Chapter 5 of 24 · 3956 words · ~20 min read

Part 5

»Y la mía, querido Fernando, pues también yo estoy algo loco, es que regularices tu vida, y no nos des más sofoquinas. Si he de decirte la verdad, soy menos indulgente que la señora incógnita, y creo en conciencia que las transacciones y tolerancias deben limitarse a la autorización de tus amores, siempre que les des el giro matrimoñesco que exige el decoro. Si fuera yo el tirano, te fijaría un plazo para recobrar tu novia y unirte con ella en santa coyunda, dando con esto por cerrado el ciclo de tus aventuras caballerescas, y obligándote a volver acá, donde hallarías casa y medios de vivir pacífica y holgadamente.

»No puedo ocultarte que mi mayor deseo es que la señora incógnita me mande a tu lado. Se lo he propuesto, y con mucha delicadeza me ha contestado negativamente. Te reproduciré sus propias palabras, que están bien fijas en mi memoria: “Quiero probar si ejerzo o no verdadera atracción sobre él; si mi autoridad, expresada con dulzura, es un lenguaje inteligible para su corazón. Como esta prueba no sería eficaz sin libertad, se la concedo y aguardo. Quiero que venga al bien, a la paz, a mi cariño, con espontaneidad y efusión; no atraído por maestros o empujado por rodrigones. El sistema de la vigilancia, del espionaje, de la previsión, me dio un resultado desastroso: ha sido la derrota del régimen absoluto. He de probar ahora el régimen contrario: la libertad. Triunfaré si consigo de su albedrío lo que no logré desplegando, al uso despótico, todo el lujo de medidas autoritarias y policiacas. No, no... Marchemos, como dijo el otro, por la senda constitucional. Yo legislo y no gobierno... Le marco a Fernando los caminos que creo conducentes a su felicidad, y cruzadita de brazos espero”. ¿Qué te parece? Cuando esto me dijo, no pude menos de lanzar un “¡Viva la libertad!” con toda mi alma, y aun creo que canté un poco el himno.

»Pues bien, amadísimo Fernando: Pedro Hillo, tu mejor amigo, se permite decirte, por vía de consejo, que no abuses de la libertad. Aborda tu asunto por las vías derechas; preséntate al señor Negretti, y pídele a la niña; tómala, y vente corriendito para acá por el camino más corto y por los medios de locomoción más veloces. Créeme a mí... Tu viejo amigo no te engaña. Ya sabes, derecho al bulto, y _fijándote en la rectitud_. No hagas _pases de telón_, ni _cambiados_, sino exclusivamente _naturales_.

»Vaya, ¿qué me das si te digo una cosa? Pues aunque no me des nada te la diré, para alumbrar con viva luz el camino que piensas seguir. Si te presentas al señor Negretti y le pides la niña como caballero leal, la niña es tuya... Ea, ya lo sabes. Cuando Hillo te lo dice, por algo será, tontín... Conque vete pronto en busca de tu desenlace, y no te pese encontrarlo desabrido y sin peripecias; que los dramas son muy bonitos en el teatro o en la plaza de toros; pero en la vida..., líbrete Dios».

Reanudada la tarea epistolar por la noche, decía don Pedro:

«Hoy he tenido el honor de hablar con una persona dignísima, en un tiempo respetada y admirada por ti; después... ¡Ah!, pillo, ya me has comprendido; ya sabes que el sujeto a que me refiero es don Juan Álvarez Mendizábal. Le he visto hoy por tercera vez desde que estoy en Madrid. ¿Creerás que me ha llevado a su casa un asunto político? Nada de eso, chiquillo: hemos hablado de cosas privadas, sin perjuicio de tirar un par de chinas al gobierno. Hombre más amable y servicial que este don Juan de Dios no creo que lo haya. Estoy contento de él. No creas, se acuerda de ti, y te tiene por muy despierto y simpático. ¿Qué tal? ¡Y luego dirás...!

»_Ultimátum_: cuidarás de tenerme al corriente de los puntos donde resides, caminos por donde vas, _et reliqua_. Esto es indispensable. Si el despotismo vive en las tinieblas, o sea en la ceguera de la opinión, la libertad requiere luz, mucha luz. Fuera misterios; el régimen pide que estén las ollas destapadas para saber lo que se guisa. Dos veces por semana me escribirás, dando cuenta de tus pasos, y especificando los lugares a donde debo dirigirte mis cartas. Niño de mi corazón, que vuelvas pronto. Con el alma en un hilo, te espera tu viejo Mentor. — _Pedro Hillo._

»_Epílogo_.— Corre la voz de que han asesinado al general Quesada. Ello ha sido en Hortaleza, donde buscó más bien descanso que escondite el animoso general vencido: averiguado su paradero por las turbas rencorosas, le acosaron hasta dar con él, matándole villanamente.¡Y creíamos que la revolución _de opereta_ venía embolada! Me cuenta Nicomedes que este crimen estúpido, inútil, indisculpable, perpetrado a sangre fría después de la fácil victoria del pueblo, es obra de una pandilla de _jamancios_, algunos de los cuales estaban en el Saladero cuando nos encerró allí la señora incógnita por nuestros pecados. Frecuentaban en noches de tumulto las reuniones de _Tepa_. Tú les conocerás. Lamentan hoy los revolucionarios que cuatro sinvergüenzas canallas hayan desvirtuado la bonita leyenda de este movimiento popular, que empezó con la tenacidad, hasta cierto punto simpática, de los urbanos, y concluyó con el audaz golpe, hasta cierto punto caballeresco, de los sargentos de la Guardia Real. Pero yo veo que si no hay función sin tarasca, no puede haber motín sin coces. Desconfía de la revolución que se pone guantes, porque entorpecida de las manos, te _acaricia_ con las patas. Ea, no más. Adiós».

VIII

Esta y las anteriores cartas de tal modo perturbaron el espíritu del señor de Calpena, que no dormía con sosiego, asaltado de pensamientos contradictorios. No poco le inquietaba la noticia del disfavor de Negretti en la corte de Carlos, y como no había contestado el tal a tres cartas que Fernando le llevaba escritas durante su largo encantamento en Laguardia, era lógico suponer que ya no estaba al servicio del Pretendiente. ¿A dónde se dirigiría para dar cumplimiento a la empresa en que no solo su amor, sino su honor y su dignidad estaban empeñados? Este problema se le presentaba, pues, oscuro y dificultoso. Por otra parte, dábanle ánimo ciertas expresiones vagas de la incógnita, y las reticencias, algo menos nebulosas, del buen Hillo: indudablemente se había influido con Mendizábal para que este recabara de Negretti el consentimiento, desenlace trivial de la comedia de costumbres moralizadoras. Las visitas de Hillo a don Juan Álvarez no podían tener otro objeto. Todos los caminos se le franqueaban al enamorado joven, y se le abrían las puertas de su ventura con áureas llaves; querían trocarle su drama emocional y caballeresco en cuento infantil, de esos en que sale un hada benéfica que en un dos por tres lo arregla todo graciosamente. ¡Fácil y cómodo final! Pero tanta dicha era por punzantes dudas acibarada. ¿Dónde estaba Negretti? Si Mendizábal sabía su residencia, ¿cómo Hillo no tuvo la previsión de averiguar dato tan importante para comunicarlo a su Telémaco? Y si don Juan Álvarez no lo sabía, ninguna eficacia podía tener su noble mediación.

Analizando estas dificultades, pensaba en Rapella, que a fuer de intrigante y entrometido farsantón, habría sido el más útil guía en tal laberinto. Pero ignoraba el paradero del siciliano, a quien dos veces había escrito sin obtener respuesta. Probablemente había desempeñado su comisión política, y vuéltose a Madrid, a Nápoles, o al quinto infierno. En medio de estas confusiones, sentíase agitado el buen Calpena por un sentimiento de calidad desconocida, que despacito y por lentos avances se le iba metiendo en el corazón, en aquellas regiones de él que hasta entonces permanecieron vacías. ¿Qué podía ser más que el afecto puro y hondo de la señora incógnita que le llamaba, que le atraía, cual si le estuvieran tirando, tirando, de un hilo misterioso, el cual era más fuerte mientras en mayor tensión lo ponían? ¡Y qué instinto tan seguro el de la invisible al aplicar a su protegido el tratamiento de la libertad! Si por el sistema de la tiranía policiaca no logró hacerse querer, el nuevo régimen establecía la feliz concordia entre el pueblo y la autoridad, en cierto modo de derecho divino. Fernando la quería ya; pensaba en ella en sus insomnios; trataba de darle fisonomía y visible ser en su imaginación, y a ratos anhelaba ardientemente aproximarse a ella, maldiciendo airado la prolongación del misterio. ¿Por qué no se le revelaba de una vez para siempre? ¿Por qué ignoraba él lo que Hillo sin duda sabía ya? ¿Había alguna poderosa razón para perpetuar el juego de máscaras? ¿Se enojaría la divinidad si él resueltamente se aproximaba y con cariñosa mano arrancaba el velo? No: era lo más prudente dejar que la dama tapase y descubriese, según su deseo y conveniencia, pues la oportunidad de un acto de tal naturaleza solo ella podía apreciarla. Lo que indudablemente persistía en el ánimo de Calpena, bien mirado el problema por todas sus facetas y aspectos diferentes, era la resolución de obedecer a su gobernadora en cuanto le ordenase; obediencia que debía de ser el signo más claro de gratitud por haber ella transigido en el magno negocio de los amores. Pues la corona aceptaba lealmente el principio democrático, el pueblo sumiso celebraba firme y honrada alianza con el trono. ¡Feliz concordia, que es el sueño de las naciones! En España no es sueño, es pesadilla, y al despertar de ella duelen los huesos.

Señaló por fin don Fernando, entrado septiembre, un día que debía ser término fatal de su encantamento, pues ya su vida en Laguardia no era descanso, sino ocio. Aún insistía Demetria en que no estaba bien curado de _su patita coja_, y le incitaba a esperar a la época de la vendimia; pero él, estimando delicadamente estas insinuaciones como dictadas de la cortesía, no se dio a partido y dispuso todo para su marcha. Como nada debe ocultarse, sépase que recompensó a los servidores de la casa con tan desusada largueza, que por mucho tiempo perduró en Laguardia la fama de la generosidad del caballero don Fernando, a quien tenían por uno de los mayores potentados del mundo. A don José María de Navarridas dio también una buena pella para que la repartiese entre los pobres del pueblo, y tuvo además la feliz idea de hacer sus visitas a cada una de las casas que conocía, sin olvidar las más humildes, lo que acabó de fijar en el ánimo del vecindario la opinión de la hidalguía y verdadera grandeza del huésped de Castro.

Y se alegraba este de haber dispuesto tan en sazón su partida, porque según le dijo una tarde el cura, llevándole aparte con misterio, pronto debían de llegar a Laguardia los Idiáquez y Urdanetas, hijo y madre, que venían a vistas con aparatoso séquito de criados. También vendría el abuelo paterno del don Rodrigo, don Beltrán de Urdaneta; pero este señor, muy anciano ya, aunque todavía templado y entero, no haría más que tomar descanso de un par de días en Laguardia, para seguir después hacia el valle de Mena, donde vivía su hija Valvanera, casada con uno de los ricos Maltranas, y madre de numerosa prole. No sentía malditas ganas Calpena de encontrarse con aquella familia, a pesar de la aureola de virtudes de que la rodeaba el bonísimo Navarridas, y se alegraba de llevar dirección contraria, para no topar con ellos en el camino. Venían de oriente los Idiáquez, como los Reyes Magos, y él se iba hacia Miranda de Ebro (occidente).

El día de la partida, avanzado ya septiembre, fue para todos muy triste. Habiendo determinado el viajero salir a la caída de la tarde, revelaron todos su pena a la hora de comer con una inapetencia desusada en aquella casa. Habían regalado las niñas a don Fernando un caballo hermoso, con los mejores arreos que daba de sí la industria del país; fineza que agradeció, como es de suponer, en tales circunstancias, prometiéndose corresponder a ella con otra superior en cuanto llegase a Madrid. Y como manifestara deseos de tomar a su servicio, para llevársele, al mozo de la casa de Castro llamado Sabas, uno de los que acompañaron a las niñas en el viaje a Oñate, accedió Demetria gozosa, y el hombre, ya maduro, de probada lealtad y diligencia, no vaciló en admitir la propuesta, pues no había para él mayor gusto que emplearse en el cuidado y servicio de tan noble caballero. Las cuatro serían cuando abandonó don Fernando la ilustre morada de Castro. Multitud de personas fueron a despedirle. Las niñas, con doña María Tirgo, don José Navarridas y el señor de Crispijana, bajaron de la villa al camino, y al llegar a este se apeó don Fernando para seguir todos a pie un buen trecho, pues la tarde estaba fresca y convidaba a dar un paseíto. Hablaron, como es de rúbrica en estos casos, de la próxima vuelta.

—Ya, ya: ¡si seremos tan tontas que creamos que vuelve por aquí! Deseando está él perdernos de vista —decía Demetria.

Y Navarridas:

—No, mujer, no digas tal. ¿Pues no ha de volver? Me lo ha prometido, y las promesas de caballeros de esta calidad son como una escritura ante notario...

—Sí, sí, fíese usted de escrituras ni de promesas.

Y Gracia:

—También a mí me ha dado palabra de volver, y si no vuelve, no tiene él la culpa, sino la novia, que le atará a la pata de una silla.

Y doña María Tirgo:

—Dejadle, tontuelas, que ya sabrá él lo que tiene que hacer. Venga o no venga, cuando ande por esas cortes y en esas grandezas, se acordará de estas pobres aldeanas, que se han esmerado en hacerle la vida agradable.

Calpena sentía un nudo en su garganta; deseaba poner fin a la despedida, que se iba haciendo en extremo patética, y no sabía ya qué decir, ni con qué tonos y actitudes expresar la emoción vivísima que le embargaba. Dio el alto don José María, diciendo:

—Vaya, de aquí no pasamos.

Y el viajero apresuró la escena final. Dejose abrazar por el cura; apretó con efusión las manos de las niñas y de doña María, y añadiendo pocas y oportunas palabras, montó a caballo y se alejó al paso, volviendo atrás la vista. Gracia y don José María lloraban. Demetria, un tanto descolorida, conservaba su hermosa serenidad, mordiéndose los labios. Le vio alejarse con tristeza grave. Doña María agitaba su pañuelo.

Picaron espuelas amo y escudero, y al llegar a la vuelta del camino donde perderían de vista a la noble familia, se pararon para darle el último adiós. Las dos niñas y la señora azotaban el aire con sus pañuelos; Navarridas repetía estas demostraciones con su paraguas en una mano y el sombrero en la otra... Y ya no se vieron más.

A la hora y media de camino, don Fernando, que iba cabizbajo y melancólico, sintió un súbito anhelo de volver atrás. Tan repentino fue, y al propio tiempo tan vivo, que maquinalmente paró el caballo, y preguntó a Sabas:

—¿Dónde estamos? ¿Cuánto hemos andado?

—¿Qué, señor, se ha olvidado algo? ¿Tenemos que volvernos?

—No, es que... En efecto, se me olvidó algo; pero no me hace falta. Sigamos.

—Se está tan bien en la casa de Castro, señor, que siempre que uno sale, cree que se deja algo en ella. ¿Y qué es lo que se deja? La querencia, señor, la querencia de casa tan buena.

Permaneció don Fernando silencioso, y con igual economía de palabras continuó larguísimo trecho, hasta que, ya de noche, aproximándose a Labastida, entablaron amo y escudero el siguiente diálogo:

—Bueno, Sabas: ya que se nos va pasando el amargor de la despedida..., las despedidas, ¡ay!, son siempre muy penosas, y más cuando uno se separa de personas tan buenas, tan puras, tan..., en fin, ya que avanzamos en nuestro camino, y vuelven a posesionarse de esta cabeza mía los pensamientos que motivan mi viaje, te diré que me han movido a tomarte a mi servicio, además de tus buenas prendas, otras razones... No me entiendes. Recordarás que anoche, hablando tú y yo de la corte carlista, donde padeciste cautiverio y mil penalidades, dijiste, entre otras cosas, ya terribles, ya joviales, algo que ha sido para mí la única luz que distingo en la oscuridad que me rodea.

—¿Qué dije, señor, que pueda ser luz de su merced? Ya no me acuerdo.

—Que el jueves llegaron de Vizcaya dos hombres, los cuales habían servido hasta el mes pasado en la maestranza carlista; que el uno es compadre tuyo, y que marchó a un pueblecillo cerca de Miranda, de donde es natural. Aquí tienes la razón dé que yo corra hacia Miranda. Necesito hablar con ese hombre esta noche misma, si es posible. Llévame allá, que para eso, y nada más que para eso, vienes conmigo.

—Verdad, señor: el que vino de allá, escapado, corrido, muerto de hambre, y sin ganas de volver, es Bonifacio Gay, primo y compadre mío, y ahora está con su familia en Leciñana del Camino, a legua y media de Miranda.

—Pues allá nos vamos.

—Si el señor tiene prisa, con seis horas de descanso en Labastida será bastante para el ganado. Si salimos al alba, llegaremos a Miranda entre ocho y nueve. Tomamos un bocado, y a la hora de comer caemos en Leciñana.

—Perfectamente... ¿Estás bien seguro de que tu primo trabajaba en la maestranza?

—Donde hacen las balas, sí, señor. Es herrero y fundidor, y entiende de toda suerte de artificios, verbigracia: norias, relojes, molinos y chocolateras. Diez meses se ha llevado trabajando para la facción, y visto que no había _de aquí_, y que sobre no pagarle le acusaban de masón, se escabulló y con mil trabajos pudo llegar a Salvatierra, de donde tomó el camino de su pueblo, pasando por Laguardia el jueves, como dije a su merced.

—Quisiera tener alas para llegar de un vuelo a ese lugar —dijo Fernando, picando espuelas—, pues cuando se me mete en el alma la curiosidad, no sé lo que es paciencia, y quisiera convertir las horas en minutos.

La conversación de los jinetes saltaba de tema en tema: la guerra, la paz, las cosechas, y fueron a parar al punto de partida de su jornada.

—¿Qué estarán haciendo ahora en la casa de Castro? Se habrán puesto a cenar. De seguro se preguntan unos a otros: «¿En dónde estarán ya don Fernando y Sabas? ¿Habrán llegado a Labastida?...». La vida no es más que esto, señor —dijo el escudero—, y ella y la muerte son lo mismo: unos que se van y otros que se quedan..., unos que vienen y otros que están, porque vinieron antes, los cuales un día les tocará también ser... _idos_. Todos, señor, fuimos _venidos_, y seremos _idos_.

Nada les ocurrió en Labastida digno de referencia; nada tampoco en Miranda, a donde llegaron al siguiente día. Vieron mucha tropa ociosa; no había operaciones; el ejército del Norte aguardaba que sus generales tuvieran un plan. Todo el interés de la guerra lo absorbían entonces las atrevidas expediciones de Gómez y de don Basilio. El primero se paseaba por las Castillas y Extremadura como por su casa, y el segundo regresaba a las Provincias después de haber asolado la Rioja, Soria, y corrídose por el riñón de Castilla hasta muy cerca de La Granja.

Sin detenerse en Miranda más que lo preciso para dar pienso y descanso a las caballerías, continuaron Calpena y Sabas su marcha, hasta parar en Leciñana del Camino, lugar misero rodeado de arideces, no lejos del Ebro y al pie de la sierra de Turiso. Con tan buena suerte y tan a punto llegaron, que no hubo necesidad de indagaciones para encontrar al señor Gay, pues en las primeras casas del pueblo dieron con él, a la puerta de un herradero, en ocasión en que con otros hombrachos se ocupaba en calzar unos mulos.

—Bonifacio —le dijo su compadre, sin más ceremonia—, venimos en tu busca, porque este caballero noble quiere plática contigo.

Un tanto receloso y huraño en los primeros momentos, después franco y comunicativo, Gay, que era un hombre membrudo, como de cincuenta años, la cabeza blanqueada por canicie precoz, las manos ennegrecidas por la forja, dio los últimos martillazos en la pezuña del animal, y mandando traer un jarro de vino, entró con su compadre y el caballero en la única pieza vividera de la herrería. Atizándose tragos de mosto, respondió a las preguntas de Calpena con estas o parecidas expresiones.

IX

—¡Que si conozco al señor Negretti!... ¡Si era yo el obrero que más quería don Ildefonso, y a don Ildefonso le quería yo como a mi padre, por más que seamos los dos de la misma edad, año más, año menos! Y no se hallará otro, lo digo yo, que mejor entienda de todas las mecánicas del mundo, así como no le hay de tanta conciencia para el trabajo, pues a cuanto sale de sus manos o de las manos que obedecen su idea, no hay que ponerle pero... Es lo que el señor dice: tal hombre no cuadra en el servicio de aquella gente y de aquel gobierno tan eclesiástico. Tanto a él, como a todos los demás que no éramos de Guipúzcoa, nos traían entre ojos, y como por la influencia del _sacerdocio_, que allí siempre está de centinela, había entre nosotros tantos soplones y cuenteros, pronto empezaron a decir si don Ildefonso era masón _volterano_, que si no confesaba, que si tal... Hasta que un día, allá por julio, hallándonos en Durango, los mequetrefes de la Comisión que son los registradores de cartas, todos ellos muy aclerigados, legos de convento, mandaderos de monjas y _viceversa_, salieron con la gaita de que don Ildefonso se carteaba con ese ministro de Madrid que les ha limpiado a los frailes el santo pesebre... Justo, el señor Mendizábal. Resultado: que al maestro le llevaron preso a Tolosa, por delito que llaman de _ilesa majestad_. Salió a su defensa el infante don Sebastián, diciendo al rey que cerraba la maestranza si le quitaban al hombre que más valía en ella y que mejor hacía las cosas. Resultado: que le soltaron; pero no le dejaban vivir, y a donde quiera que iba le seguían dos o tres _iscariotes_, y el hombre andaba tan aburrido que hasta perdió las ganas de comer. Por aquellos días nos pusieron un comandante nuevo de director de talleres. Era una acémila muy aclerigada, que no entendía jota de nuestro oficio. Había sido seminarista, ordenado de menores; después sirvió en las guerrillas de Guergué, y en la corte tuvo padrinos de la camarilla frailuna que le hicieron capitán de golpe y porrazo; y como el rey es así, que no ve más que por los ojos de cuatro cebones que están siempre gruñendo a su lado, aún pensaba que andaba corto en su carrera el tal Gorostia, en lengua de ellos _acebo_, y hágote comandante de ingenieros. Pues una mañana estábamos trabajando como locos para terminar unas granadas, cuando el tal comandante le dijo al maestro que aquello estaba mal: trabáronse de palabras, y don Ildefonso, que es hombre de malas pulgas, de mucho pundonor, y tiene las manos de hierro, de tanto andar con él, le arreó una bofetada tan tremenda que le puso patas arriba, echando espumarajos por la boca. No le quiero decir a vuecencia la que se armó. Resultado: que a don Ildefonso le metieron preso otra vez, y venga consejo de guerra, y vengan papeles... El hombre, cargado, dijo que se marchaba, y que la culpa tenía él por haberse metido al servicio de cosa tan desatinada como es la facción...