Chapter 3 of 24 · 3958 words · ~20 min read

Part 3

»Allí nos dio un poco de parola don Fernando Muñoz, que se mostró indignado, primero contra la Guardia, después contra el gobierno, por no haber previsto suceso tan escandaloso. Ya él se había quejado de que la guarnición del Real Sitio era escasa, y hecho ver al ministro que estaba maleada por las logias: a esto nos permitimos oponer una observación que me parece irrebatible. Si hubieran mandado más tropa al Real Sitio, la revolución se habría hecho quizás con mayor escándalo y transgresión más violenta de la disciplina. Después de todo, no habían pasado las cosas tan mal: “Ay, mi señor don Fernando —le dijo mi amiga, demostrando su profundo conocimiento de España y de los españoles—, dé usted gracias a Dios por haber tenido aquí tan solo a la Guardia Real, que con otros cuerpos, más tocados del maleficio revolucionario, no sabemos lo que habría ocurrido. Lo que había de acontecer, acontece con el menor daño posible. Y si no, vea usted cómo está Madrid, enteramente entregado a la anarquía. Barricadas, tumultos, muertes, atropellos. Pues aquí, donde parece que se desenlaza el drama, todo queda reducido a una revolución _di camera_, ni más ni menos. Con una escenita de ópera cómica, hemos transformado la política, nos hemos divertido un poco con las gansadas del soldado intruso, y hemos visto que la monarquía no ha perdido el respeto del ejército. ¡Ay de nosotros el día en que ese respeto falte!”. No se dio a partido tu tocayo con estas razones, y agregó que la revolución _di camera_ no podía formar estado, como hecha por sorpresa, violentando el ánimo de la señora; que nada adelantarían los sublevados del Real Sitio si en Madrid se mantenía el gobierno _en sus trece_. Órdenes se habían dado ya para que resistiera Quesada a todo trance el empuje de las turbas, ya fueran de milicianos, ya de plebe turbulenta, y Quesada era hombre con quien no se jugaba. Ya le conocían los patriotas: de él se esperaba el triunfo de la legalidad, de los buenos principios de gobierno. Si el pueblo quería nueva Constitución, manifestáralo por las vías derechas, por sus representantes naturales. Tanto mi amiga como yo creímos oportuno expresar nuestra conformidad con estas rutinas, puesto que de rutinas vivimos todos, cada cual en su esfera, y los reyes más que nadie.

»Las tres eran ya cuando firmó doña María Cristina el decreto mandando promulgar el _divino Código_, y se retiró a sus habitaciones, dándonos las buenas noches con amable sonrisa. Llegó la hora de que celebráramos la feliz terminación del conflicto, comiendo alguna cosa, y así lo hicimos. Mi amiga me ofreció aposentarme, pues no era prudente que saliéramos tan a deshora los que vivíamos fuera de Palacio. A las cuatro todo estaba en silencio, y la tropa se había retirado a sus cuarteles. Contáronnos al siguiente día que al bajar de nuevo San Román con el decreto, los sublevados prorrumpieron en vivas y mueras, estos últimos dirigidos principalmente contra la camarilla, sin mencionar a nadie. Algunos dudaban que fuese auténtica la firma de la Gobernadora; pero les tranquilizó sobre este punto un tal Higinio García, escribiente de San Román, el cual _dio fe_ de que no había engañifa en la firma y rúbrica de Su Majestad. Agregose Higinio a los sublevados. Resultó que también era sargento, y desde aquella ocasión ha continuado funcionando como uno de tantos cabezas de motín. Me dicen que fue con veinte soldados y un oficial a Segovia _para hacer allí el pronunciamiento_. Todos estos trámites son fastidiosos, ¿verdad? Las juntas, la proclamación, los actos de entusiasmo con lápida de mal pintado lienzo; la continua y mareante cancamurria del himno, quizás con alguna estrofa y estribillo nuevos, debidos al numen de cualquier patriota versificador; los abrazos en medio de la calle; las congratulaciones de los ilusos que creen entramos en una era de felicidad: todo esto aburre, y si pudiéramos escondernos en el último rincón de España, para no verlo ni oírlo, ¡qué bien estaríamos!

»Consecuencia de aquella mala noche en Palacio, viendo cómo se escribe, mejor dicho, cómo se hace la historia, fue un dolor de cabeza que ayer y hoy me ha retenido en casa sin poder dar mi paseo de costumbre. Desde mi balcón vi anteayer la jura en la plaza, con asistencia de toda la guarnición de gran gala, y mucho paisanaje, prodigando unos y otros, pueblo y tropa, las demostraciones de júbilo. Creo yo que la política no se hace con sentimientos, sino con virtudes, y como no tenemos estas, poco adelantamos. El acto de la jura fue muy vistoso, con profusión de damasco rojo y amarillo en el adorno del tablado que se armó frente al Ayuntamiento. En esto llevamos ventaja a Madrid, donde no se ven más que percales indecentes para festejar los grandes sucesos. Tocó la música el himno, _por variar_, y los vivas atronaron el espacio cuando se descubrió la lápida, en cuya pintura puso sus cinco sentidos un tal Monje, encargado en el teatro de aviar las luces y de embadurnar los telones. Esmerose el hombre en la artística obra, poniéndole unos veteados que imitan mármoles con gran propiedad; en la línea inferior hay un león amarillo muy incomodado, con una garra en la bandera española, otra en una rama de laurel, y la feroz vista clavada en el libro de la Constitución, como si lo estuviera leyendo y enterándose bien de lo que dice para contárselo a la leona. En medio campean las letras “¡Viva Isabel II y la Constitución!”. ¡Con qué gana daban los vivas y con qué ardor eran contestados por la multitud! Gritaban hasta los chiquillos, y las nodrizas, y las criadas de servir. ¿Qué pensarán de todo esto? Allí queda la lápida, que ya hoy empieza a tener buches, y se ven hincharse y deprimirse con el viento los mármoles que en ella figuró el artista. Pronto las lluvias otoñales la pondrán hecha una sopa, y el león se convertirá en perro de aguas, y el libro de la Constitución quedará totalmente inservible. Durante el invierno colgarán jirones descoloridos, y quizás encuentren abrigo los pobres pájaros bajo el lienzo roto, y allí fabricarán sus industriosos nidos, para que no pueda decirse que todo aquel aparato es enteramente inútil.

»Tu amigo Hillo fue ayer a Madrid, por acuerdo mío, con objeto de agenciar algo que a ti se refiere. No te digo lo que es, ni hay para qué decirlo por ahora. Desde allá te escribirá tu Mentor, que no desea otra cosa que servirte y hacerte grata la vida. Por su gusto iría contigo; pero yo no le dejo por ahora. Tu carta última me informa de que estás bien de la herida, y de que esta no inspiró nunca ningún cuidado; dices que te asisten los mismos ángeles... Necesito más pormenores. Cuéntale a don Pedro lo que él y yo ignoramos, pues no ha de faltarte tiempo para escribir, a no ser que con tantos mimos y con ese sibaritismo en que vives se te haya embotado la voluntad.

»Quedamos en que te traes a tu Aura. Falta solo que te la den. Como eres tan poco comunicativo, no sé si te agradaría que alguien hablase de este asunto al señor Mendizábal. Explícate, hombre; habla: pide por esa boca. ¿También te enfadas porque cambio ahora los papeles, trocándome de tirana en sierva? ¡Si ahora eres tú el tiranuelo!

»Ya principian a decir que Córdova no vuelve al Norte. Cualquiera que sea su sucesor, llámese Oráa, Rodil o Espartero, tendrás una eficaz recomendación para que te den todo el auxilio que necesites en tus románticas empresas. No te maravilles de esto: vivimos en el país de las recomendaciones y del favor personal. La amistad es aquí la suprema razón de la existencia, así en lo grande como en lo pequeño, así en lo individual como en lo colectivo... Y este descubrimiento, ¿no vale nada? Es verdad, ¿sí o no? ¿Qué tienes que decir?».

V

Conforme leía, Calpena daba cuenta a los visitantes de la casa de Castro de lo sustancial de estas cartas, o sea de aquella parte que era o había de ser histórica. Reuníanse allí por la noche media docena de personas de lo más granadito del pueblo, y charlaban de política, inclinándose los más a los temperamentos medios o incoloros. El general lamento era que España tenía todo lo bueno que Dios crió, menos gobernantes que supieran su obligación, resultando que con unos y otros siempre estábamos lo mismo. Alguno de los tertulianos respiraba por el régimen absoluto, pero en la forma antigua, patriarcal, no con las ferocidades que se traían los adeptos de don Carlos, y dos tan solo, menos aún, uno y medio casi, eran resueltamente liberales, también con mesura y templanza, renegando del faroleo continuo de la Milicia nacional y de los desafueros de las logias. Excusado es decir que todos los concurrentes a la plácida reunión poseían bienes raíces, y aun adquirirían muchos más cuando pasara el escrúpulo de comprar las fincas de los conventos. Aburríase Fernando en la tal tertulia de medias tintas, de una opacidad tristísima en las ideas, y si no estuvieran allí Demetria y Gracia, le sería intolerable la sociedad de aquellos señores tan bien entonados. Más grato que la tertulia había venido a ser para él rezar el rosario con las niñas, doña María Tirgo, don José y la servidumbre. Rezando, su mente vagaba por ideales esferas, donde veía resplandores místicos o profanos, a veces filosóficos, y hermosas imágenes, todo más bello que las opiniones grises y deslucidas de los notables de Laguardia.

Pasada la Virgen de Agosto (fecha de la fiesta y feria del pueblo, que aquel año, por motivo de la guerra, fue de muy escaso lucimiento), pudo Calpena salir a la calle, cojeando un poco. Don José María le acompañaba casi siempre, y le mostraba lo notable de la villa, dándole frecuentes descansos, ora en la botica de Montenegro, ora en la tienda de Sacristán, para concluir en la iglesia, en la cual le fue enseñando todo lo que en ella había: altares, cuadros, sepulcros, ropas y vasos sagrados. Tan minuciosa prolijidad empleaba en la descripción y en la historia de cada objeto, que fueron precisas cinco largas tardes para que don Fernando se enterase de todo. Ni en la catedral de Toledo ni en San Pedro de Roma tardara más un cicerone de conciencia en mostrar antiguas riquezas. Y eso que las obras de arte de la parroquia de Laguardia no eran cosa del otro jueves. La última tarde, cuando Calpena no ignoraba ningún detalle cronológico ni artístico, y conocía los santos de todos los altares como a personas de su intimidad, le metió don José en la sacristía, y obsequiándole con vino blanco y bizcochos, se dispuso a comunicarle cosas de la mayor importancia.

—Aquí solitos, señor don Fernando —le dijo, sentados ambos en viejísimos sillones de cuero—, quiero poner en su conocimiento un delicado asunto referente a la casa de Castro, y no solo me mueve a ello el deseo, casi estoy por decir la obligación, de enterarle de tal asunto, sino mi propósito..., yo soy así..., mi propósito de consultarle acerca del mismo.

—¿De qué se trata, señor don José María? —dijo Calpena, comenzando a asustarse por el tonillo misterioso que tomaba el clérigo—. ¿Qué ocurre?

—No ocurre nada de particular, señor mío —replicó Navarridas aproximando más su sillón—: el caso es sencillísimo, aunque nuevo en esta juvenil generación de la familia de Castro. Tratamos de casar a Demetria.

—¡Ah!..., no creía, no sabía..., no sospechaba —dijo balbuciente el joven, mirando a un lienzo antiquísimo, colgado en la pared frontera, y en el cual, entre las negruras del óleo secular, se distinguía la cara de un santo de sexo indefinido—. Es muy natural..., sí, señor..., casar a Demetria.

—Ya ve usted. Mi hermana y yo venimos poniendo en ello de un mes acá nuestros cinco sentidos, que son diez sentidos... La chica anda ya en los veintiún años. Es, como usted sabe, una rica mayorazga, la más rica de este término. Conviene, pues, buscarle marido; pues aunque ella no necesita de ayuda de varón para el gobierno de su hacienda, no es bien que la poseedora de estos estados permanezca soltera. Para la felicidad de ella, para su equilibrio, vamos al decir, así como para lustre de su nombre y de su casa, conviene que la niña tenga esposo. ¿No piensa usted lo mismo?

—Exactamente lo mismo —respondió el joven, que volvió a mirar al santo; y ya en aquel punto, o porque entrase más luz, o porque sus ojos se habituasen a la penumbra, ello es que le pareció mujer, es decir, santa y bonita.

—Celebro que sea usted de mi parecer. Pues un mes llevamos María y yo en este negocio, y creo que nos aproximamos a un resultado felicísimo, pues el punto delicado de la elección de esposo está casi resuelto.

—¿Y quién es..., se puede saber..., quién es el venturoso mortal a quien se cree digno de poseer tal joya?

—Tiene usted razón: joya es de gran precio la niña, y mucho tiene que valer el que se la lleve... Ahí estaba la dificultad: elegir un hombre que si no igualase en prendas a Demetria, se le aproximara; vamos, que fuera de lo más selecto entre los jóvenes del día. Pues sí, señor: hemos encontrado ese _rara avis_.

—¿Puedo saber quién es? ¿Acaso le conozco?

—Espérese usted un poco. Como me consta el interés vivísimo con que usted mira cuanto a mis sobrinas se refiere; como no puedo olvidar que ha sido usted el espíritu valiente que las redimió de aquel endiablado cautiverio de Oñate; como sé todo esto...

—Acabe usted, por Dios.

—Como sé todo esto, y me consta la gratitud que las niñas le tienen y lo mucho que estiman su caballerosidad, su hidalguía, su..., en fin, que usted debe saberlo antes que nadie. Pero el asunto es reservado; queda entre los dos... Pues decía..., ya..., a ello voy; decía que después de mucho discurrir mi hermana y yo, y de pasar revista a los linajes y circunstancias de todas las casas ilustres de veinte leguas a la redonda..., mi hermana..., para que usted lo sepa..., es muy fuerte en linajes y en historias de familias..., decía que al fin nos fijamos en la noble casa de Idiáquez. ¿La conoce usted?

—No, señor..., ese apellido me suena..., pero no..., no conozco.

—Los Idiáquez son una rama de la antiquísima casa de Lazcano, que viene a enlazarse por sucesivos entroncamientos con los Palafox y con los Gurreas de Aragón, de la estirpe del Rey Católico; con los Borjas y Pignatellis, con los...

—Pero en puridad, señor don José María, ¿quién es el novio?

—El novio, señor mío, es y no puede ser otro que don Rodrigo de Urdaneta Idiáquez, Conde de Saviñán y de Villarroya de la Sierra, el cual tiene su casa señorial en la renombrada villa de Cintruénigo; hijo de don Fadrique, o don Federico, lo mismo da, de Urdaneta, ya difunto, y de doña Juana Teresa de Idiáquez y demás hierbas, pues si fuera a designar todos los apellidos, no acabaría en media semana.

—Bien; me parece muy bien —dijo Calpena, volviendo a mirar la pintura, que ya no le pareció santa, sino santo, y bastante feo. Fijándose más, vio que a los pies tenía una corona, como si la despreciara, y en la mano una calavera, que antes le había parecido un queso con ojos.

—Como usted comprende —añadió con gravedad don José María—, teniendo en cuenta todas las partes del individuo, no hemos reparado principalmente en su alcurnia, que es altísima, ni en su lucida riqueza, sino en sus virtudes, las cuales son tantas, al decir de la fama, que no hay lenguas que puedan elogiarle como se merece. Su edad es de veintiséis años, su presencia gallardísima, su rostro hermoso, espejo de un alma noble, sus acciones señoriles, su lenguaje comedido y muy galán..., en fin, que parece haber venido al mundo adrede para emparejar con esta sin par niña, cuyos méritos conoce usted. Hace días que María y yo, por medio de una discretísima correspondencia, venimos tratando de este matrimonio, que esperamos bendecirá Dios, concediéndole numerosa prole.

—Según eso —dijo Fernando sin ocultar su asombro—, ¿no conocen ustedes al candidato?

—Le conocemos y no le conocemos. El año 21 o 22, con ocasión del destierro de don Beltrán de Urdaneta... ¿No ha oído usted nombrar a don Beltrán de Urdaneta?

—¡Yo qué he de oír nombrar a ese señor!

—Pues es en estas tierras más conocido que la ruda. Decía que con motivo de su destierro por trapisondas políticas, residió aquí la familia como unos ocho meses. Rodriguito era entonces un chiquillo precioso: diez u once años todo lo más. Demetria tenía seis, si mal no recuerdo. Las dos familias intimaron: el niño y la niña no se separaban en todo el día, fraternizando en sus juegos infantiles. Recuerdo que en aquella Navidad les hice un nacimiento en la misma habitación donde usted mora. Lo que yo gozaba con ellos no es fácil imaginarlo. Desde entonces, me dio el corazón que aquellos dos seres tan graciosos y angelicales habían de juntarse, con el tiempo, en santa coyunda. Don Beltrán, abuelo de Rodrigo, y don Fadrique, su padre, salían con Alonso a cacerías interminables. Verdad que desde entonces no hemos vuelto a verles; pero mi hermana, que entabló cordial amistad con doña Juana Teresa de Idiáquez, ha seguido sosteniendo con ella correspondencia tirada; mi cuñado Anselmo de Tirgo tuvo en arrendamiento, por no sé cuántos años, la propiedad de los Urdanetas que llaman _Mojón de los tres reyes_, y fue de los que ayudaron a desempeñar la casa, que vino muy a menos por las imprevisiones y larguezas desmedidas del don Beltrán.

—Y Demetria, ¿tampoco ha vuelto a ver al don Rodrigo desde que jugaban juntos y usted les hacía los belenes?

—No han vuelto a verse, no señor.

—¿Y se ha enterado de que quieren ustedes casarla?

—Se lo hemos dicho, naturalmente; y como es tan discreta y sesuda, nos ha contestado que agradecía mucho el interés que tomábamos por ella; que, en efecto, tiene noticia de las virtudes y méritos del señor don Rodrigo, y que accederá a ser su esposa, si, después de tratarle en esta edad del discernimiento, le encuentra digno de concederle, con su mano, su corazón.

—Muy bien contestado, señor don José. En todo revela su entendimiento superior.

—Los informes que tenemos del ilustre joven, fidedignos, tomados en fuentes diversas, convienen en que es un dechado de grandes y nobles cualidades; perfecto caballero, que cuida de conservar intacta la dignidad de sus mayores; de tan intachable conducta en lo moral, que nadie podría echarle en cara ni aun aquellas transgresiones leves que tan disculpables son en la juventud; grave en su trato, en su lenguaje comedido, llano con los humildes, digno entre los poderosos sus iguales, formal en sus tratos, esclavo de su palabra, señor en sus actos todos; enemigo de juegos y pasatiempos que no conducen más que al pecado; desconocedor de todos los vicios, amante de todas las virtudes...

—Diga usted de una vez que es santo y acabará más pronto.

—Pues nos han contado de él rasgos que casi elevan su virtud a la categoría de santidad, sí, señor. Para poder restaurar la hacienda de Idiáquez, que, como antes he dicho, quedó maltrecha con los despilfarros de don Beltrán y del don Fadrique, nuestro Rodrigo se consagró en cuerpo y alma a la práctica del orden, de la regularidad administrativa, imponiéndose a la edad de veintiún años una economía implacable, que no solo significaba la privación de todos los goces de la juventud, sino que le imponía una estrechez de vida más propia de padres del yermo que de caballeros de este siglo. ¡Mire usted que es virtud!

—O necesidad..., según como estuvieran las cosas.

—Virtud, digo, porque no era para tanto, señor mío. Verdad que en esto le ayudaba su madre doña Juana Teresa. Esta sí que es una santa. Ella fue quien le enseñó la economía prodigiosa, gracias a la cual han sacado adelante los intereses, conservando casi todos los bienes raíces. Otro rasgo de virtud es que jamás se le ha oído a don Rodrigo una palabra malsonante, pues hasta para reñir a un criado que falta a su obligación emplea formas corteses. Sus pensamientos son siempre limpios; su vida de una pureza ejemplar. Actos de religiosidad y cristianismo se cuentan de él a millares, señalándose principalmente por el rigor piadoso con que ayuna toda la Cuaresma, sin hacer gala de ello, y por su devoción a la Virgen... En el gobierno de su hacienda, lleva las cuentas de frutos y gastos con una prolijidad minuciosa, de modo que no se le escapa un maravedí, y en la casa, con tal sistema, todo marcha a maravilla... Conque vea usted por qué caminos de Dios vienen a unirse los que atesoran las mismas cualidades. ¿Qué ha de resultar de esto, señor don Fernando, más que la misma perfección, y por ende la felicidad suprema?

—Pues si me permite usted una observación, señor don José María, y me promete tenerla por sincera y leal, allá va. Si el don Rodrigo es tal y como usted me le pinta; si hay completa fidelidad en ese retrato, yo me atrevo a declarar, porque así lo pienso, que Demetria no ha de gustar de su novio cuando le trate.

—¡Por Dios, señor don Fernando!...

—Esta es mi opinión, señor de Navarridas. Apréciela usted como quiera. Puede que me equivoque; puede resultar que el don Rodrigo no sea enteramente igual al retrato que usted por referencias hace, pues no le trata hoy ni le ha visto desde que él era niño. Y también digo que si, retocando la pintura, le quita usted algunas de esas virtudes eminentes, tal vez sea más grato a la niña.

—¿Qué dice usted...? ¿Más grato a la niña cuanto menos virtuoso...?

—No depende el atractivo personal de las virtudes exclusivamente, señor mío. Claro que las virtudes algo significan; pero no son ellas solas las que hacen al hombre agradable, propicio al amor. No sé si me explico bien. Usted es un santo. Si este grave asunto se ha de decidir entre santos, tendré que inhibirme, porque yo no lo soy. Sujeto a las debilidades humanas, creo poder juzgar de cosas de amor, de simpatía, mejor que usted. Y perdóneme esta franqueza, mi buen amigo.

—Sí que le perdono... Usted me confunde. Tengo al señor Calpena en gran estimación y le coloco entre los primeros caballeros del mundo, conocedor de la sociedad y del corazón humano... Por lo que usted me ha contado, poniendo en mí su confianza, sé que tiene motivos para dar lecciones al más pintado en lo tocante a los afectos entre hombre y mujer. Puede que esté en lo cierto... Pero como nada ha de hacerse sin que preceda el trato de los novios, y mi sobrina, según su gusto y parecer, es la que ha de decidirlo en definitiva, esperemos. Dentro de poco tiempo serán las vistas, pues aquí ha de venir el don Rodrigo con su madre y su abuelo don Beltrán, y entonces se sabrá si...

—Todo eso me lo contará usted, porque yo he de marcharme pronto. Mis asuntos apremian, y no estaré en Laguardia cuando se celebren las vistas, precursoras de esto que parece matrimonio de reyes.

—¡Sí que lo parece!... ¡Ja, ja!... —dijo gozoso Navarridas—. Aquí tenemos nuevo ejemplo del casorio de Isabel de Castilla con Fernando de Aragón. Veremos unidas dos casas poderosas, Castro-Idiáquez o Idiáquez-Castro... _Tanto Monta_.

VI