Chapter 7 of 24 · 3964 words · ~20 min read

Part 7

Las horas se deslizaron plácidas en la cocina, gozando don Beltrán las delicias de su popularidad en aquellas tierras. No cesaban de entrar aldeanos a saludarle, y él, dando a besar su mano, a todos les trataba con afabilidad exquisita de gran señor que sabe mantenerse en su puesto, mostrándose bondadoso y familiar con los humildes. Admiró Fernando la gracia y flexibilidad con que adaptaba su lenguaje al de aquellos infelices, y pudo observar que no era todo buenas palabras, pues cuando alguno de los visitantes se condolía de su precaria situación, echaba mano don Beltrán a su culebrina de seda verde, y allí era el salir de monedas. Para los chicos llevaba siempre provisión de cuartos, que profusamente repartía. A pesar de pertenecer el noble anciano a lo que podríamos llamar el _siglo de las tabaqueras_, no había gastado nunca rapé. El contemporáneo de Napoleón, de Haydn y de Luis XVIII, anticipándose al siglo siguiente, fumaba, y de su repuesto de buenos cigarros puros y de papel, liados en una vejiga olorosa, participaba todo el mundo, chicos y grandes. A este rumbo y gallardía, arte supremo de ser aristócrata en medio de la plebe, que poseen tan pocos, debía su popularidad en todo el país, desde Zaragoza a las Fuentes del Ebro, y desde el Pirineo al Moncayo.

Despachado entre nobles y villanos un sabroso cordero con ajilimójilis, trató Calpena de sonsacar a don Beltrán alguna revelación que aclarase el punto oscuro que aquel había creído ver en la familia de Idiáquez-Urdaneta; pero el sagaz viejo esquivaba el bulto, sin soltar prenda. Cuando subían a su aposento para recogerse, don Beltrán, apoyándose en el brazo de Calpena, dijo a este:

—¡Ay, querido!, me acuerdo en este momento de que existe una razón poderosísima para que no durmamos los dos en el mismo cuarto. No se me había ocurrido antes... ¿No adivina usted lo que es?... Pues que ronco estrepitosamente..., toco la trompa y el violín, imito el trueno y el gallo..., según me han dicho, que yo no me oigo..., y con mis ronquidos no podrá usted pegar los ojos en toda la noche.

Fernando replicó que no le importaba, aunque, la verdad, no le hacía maldita gracia la música, que con programa y todo le anunciaba su amigo.

—No, no —añadió este—, no consiento que duerma usted aquí. ¡Buena noche le voy a dar!... ¡Sabina, Gervasia, chicas!...

Acudieron a sus voces el mesonero y las mujeres de la casa, y don Beltrán, que allí no pedía, sino mandaba, les dijo:

—Chicas, dejad vuestra habitación a este caballero. Podéis, por una noche, dormir las muchachas con Sabina, y tú, Ginés, bien lo puedes pasar en la cuadra. Accedieron aquellas pobres gentes a lo que el prócer disponía, y Urdaneta, mientras su paje le desnudaba, ya preparado el lecho con buen abrigo, bromeó con don Fernando:

—La solución no ha podido ser más oportuna. Ventajas para mí: que no estaré cohibido, y podré desplegar toda mi orquesta, seguro de no tener público. Ventajas para usted: que no oirá mis acordes, lo primero; lo segundo, que siendo a mi parecer sonámbula una de las mozas, la más bonita por cierto, es fácil que se le meta a usted en el cuarto a media noche... Vaya, divertirse... Querido, hasta mañana.

XI

Lo que menos pensaba don Fernando, al entrar en el cuarto que le dispusieron, era que aquella misma noche y por inesperado conducto había de conocer algunos hechos que le descifraban el enigma de la familia de Idiáquez.

—Señor —le dijo Sabas cuando entró a prestarle servicio de ayuda de cámara—, si no tiene mucho sueño le contaré los chismorreos de la casa de don Beltrán que me ha estado refiriendo su espolique Tomé, el cual habla por siete, y se pirra por sacar a relucir las... cosas de sus amos.

—Cuéntamelo, por Dios, aunque ello sea tan largo que no acabes hasta mañana, y procura que nada se te olvide de esas hablillas de tu amigo, sin reparar que sean mentira o verdad.

—Pues sabrá su merced que este vejete salado y su nieto don Rodrigo están a matar. Don Beltrán ha sido toda su vida un disipador de lo suyo y de lo ajeno; como que no ha hecho más que divertirse y darse buena vida en los Parises y otras tierras de vicio. En cambio, su nieto ha salido tan allegador y de puño tan cerrado, que no hay más que pedir. Vea su merced trocados los papeles: el viejo pródigo y manirroto, como un muchacho que está en la edad del gastar; el chico agarrado a la cuenta y razón, como un viejo que mira por el orden y la hacienda. Me nacieron los dientes oyendo decir que don Beltrán ha sido y es el primer calavera del reino, y que se ha pasado la vida en comilonas, cacerías, recreos y larguezas de príncipe, con mucho aquel de buenas mozas, y viajes para acá y para allá. El lujo de su casa y los trenes que tenía daban que hablar, señor. Verdad que otro más generoso y más galán no le hubo: él se divertía; pero lo pagaba bien. Y a su puerta no llegó ningún pobre que se fuera desconsolado. Semejante a don Beltrán en lo dadivoso, aunque menos caballero, fue su hijo don Federico, a quien llamaban _don Fatrique_ o _don Futraque_; y entre uno y otro dejaron en los huesos la casa de Urdaneta, tan poderosa antes..., la cual quedó hecha polvo; y con los restos de ella, y el caudal no grande, pero limpio, de los Idiáquez, ha podido doña Juana Teresa, marquesa de Sariñán, esposa del _don Futraque_ y madre del don Rodrigo, amasar una fortunita, que es la que hogaño quieren hijo y madre librar de las manos pecadoras de este vejete... Desde la muerte del don Federico, la señora viuda y el marquesito ataron corto al abuelo. Este rezongaba; ¿pero qué remedio tenía más que bajar la cabeza? Cada poco tiempo, gran pelotera en la familia, porque don Beltrán pedía ocho para sus necesidades y no le daban más que tres. Si corto le ató la señora, más corto hubo de atarle el nieto al llegar a la edad de gobierno, y al hacerse cargo de manejar el caudal. Cada día le daban a don Beltrán menos _de aquí_, y el pobre señor, con el aguijón de sus vicios rancios, trinaba y se le comían los demonios. Había venido a ser un niño, el niño de la casa, el señorito juguetón y travieso a quien se dan los domingos unas pesetillas mal contadas para que se divierta. A la postre, viendo que no podían hacer carrera de él, y que cuanto más le daban, más pedía, le privaron de emprender viajes, quitáronle coches y caballerías, y hasta le tasaron el tabaco... Tan desesperado se vio el niño anciano, que fue y quiso despeñarse por una gran sima que hay más allá de Cintruénigo; pero... lo dejó para otro día. Y también se fue una noche hacia el Ebro para darse un remojón; solo que por estar el agua muy fría, no se determinó.

Lo demás que refirió Sabas, repitiendo los anales transmitidos por el cronista de la casa de Idiáquez, Tomé Torres, quedó bien presente en la memoria de Calpena, que con aquellas noticias se durmió, aplacada la sed de su curiosidad. Cuando se veía don Beltrán en extremas apreturas, porque sus proveedores le fiaban y no hallaba medio de pagar, tomaba dinero a préstamo, pues por artes del demonio su crédito era grande en aquellos pueblos, y la casa no tenía más remedio que pagar las deudas contraídas por el gran niño, para evitar desdoro y escándalos, resultando de aquí mayores disturbios entre los tres, abuelo, nuera y nieto. Últimamente, al tratarse en familia el magno asunto de la boda con la mayorazga de Castro, iniciado por doña María Tirgo, don Beltrán no intervino para nada. Mostrose después algo inclinado a la oposición; pero su nieto lo estimó como un artificio para obtener dinero, y se mantuvo en sus trece, dejando al anciano que saliese por donde le dictasen sus marrullerías. El venir a Laguardia con la familia, no fue por acompañarla en las vistas precursoras de matrimonio, ni por gusto de visitar a las niñas y a sus tíos, con quienes tuvo siempre amistad. Era que el noble Urdaneta, cuando los de Cintruénigo le sitiaban por hambre, arrancábase como los lobos en tiempo de nieve. Del primer tirón se iba a Villarcayo a que le sacase de apuros su hija Valvanera, esposa de un ricachón: allí pasar solía grandes temporadas explotando a su yerno, hasta que este y la hija se cansaban, y con buenos modales le reexpedían para Ciutruénigo.

Con su servidumbre salieron los tres de la casa señorial y tomaron el camino de Laguardia. Don Beltrán se había procurado algún dinero, no se sabe cómo, y llevaba su tren de costumbre: mula bien aparejada, los criados con las maletas, y cuanto pudiera necesitar un gran señor que viaja por recreo. En Laguardia hicieron alto los marqueses de Sariñán y el señor de Urdaneta, con el objeto que ya se sabe. Alojados en la rectoral, no faltaron querellas entre el abuelo y el nieto por la eterna cuestión de ochavos; mas todo quedó en la familia, sin que Navarridas se enterara. Instaba este a don Beltrán a que se quedase por lo menos una semana; pero el prócer, pretextando negocios apremiantes y el deseo ardiente de abrazar a su hija y nietos de otra banda, dejó los ocios de Laguardia al día y medio de reposo. Cabalgando a los alcances de Calpena por los mismos caminos, reuniéronse en la venta de Trespaderne, donde ocurrió lo que referido queda hasta la noche en que mudaron de cuarto a Fernando para evitarle la desazón de los ronquidos. Durmió tranquilamente el joven, sin que turbase su sueño el sonambulismo de la moza bonita, como anunciado le había don Beltrán, y por la mañana, cuando Sabas le ayudaba a vestirse, entró Tomé Torres a decirle de parte de su señor que le esperaba para tomar juntos el desayuno.

—¿Y para cuándo —dijo Calpena a su noble amigo, sentados frente a frente en la cocina, tomando chocolate—, para cuándo calcula usted que se verificará la boda?

—¿Qué boda?

—La de su nieto con Demetria. Supongo que de las vistas saldrá la conformidad de ambos...

—O no... ¿Usted qué sabe? Podría suceder que el trato determinara una repulsión, un antagonismo de caracteres... Perdóneme, querido Calpena; pero no puedo ser más explícito. El respeto que debo a la familia me veda extenderme más en asunto tan delicado... Y si usted no se ofendiera, le diría que nuestra amistad es muy reciente para que pueda yo ponerle en autos de mis desavenencias con Rodrigo. Mi nieto y yo no congeniamos. Su carácter es radicalmente opuesto al mío... En cuanto a la boda, no pienso intervenir para nada en ella. Allá se entiendan.

—¿Acaso teme usted que don Rodrigo no sea feliz?

—Quizás... y puesto a temer, no estoy muy seguro de que Demetria alcance la felicidad al lado de mi virtuoso nieto.

—¡Oh! Eso es imposible.

—O es usted un inocente, querido Fernando, o se pasa de listo y pretende de mí que le diga lo que sabe mejor que yo.

—Don Beltrán, ignoro por qué me habla usted de ese modo.

—¿Quiere las cosas claras? Pues allá van las cosas claras. Me equivocaré mucho si no resultara el completo fracaso de los planes de doña María Tirgo. Soy perro viejo; conozco el mundo, y el corazón de las niñas casaderas no tiene para mí ningún secreto. El fracaso puede venir, o porque Demetria no guste de mi nieto, o porque esté enamorada de otra persona.

—¡Oh, no creo...!

—Pues si es usted simple, yo no, a Dios gracias, y ahora sí que lo afirmo resueltamente. Demetria no puede elegir ya. Su corazón pertenece a otro.

—¡Don Beltrán...!

—¡Don Fernando! Advierta usted que habla con setenta y ocho años de experiencia, de observación y conocimiento de las humanas pasiones. Me basta una palabra, un gesto; me basta el tono, el acento de una frase, para comprender lo que pasa en el ánimo de quien la pronuncia... He pasado un día en la casa de Castro. Allí me contaron sucesos, escenas, lances, aventuras... Las he oído de boca de Navarridas, que las reviste de su candor. Las he oído de boca de las niñas, que en ellas ponían su alma. No he necesitado más. Salí de Laguardia con la impresión de que Demetria espiritualmente no se pertenece. La pobre niña, sin darse cuenta de ello quizás, ha entregado sus pensamientos y su alma toda a un hombre que no es mi nieto... Ea, no digo más: es usted un gran tuno, si persiste en que yo le regale el oído con mis cuentos de viejo corrido. También usted corre que se las pela. A su edad, sabía yo lo mismo que sé ahora o poco menos... Y punto final. Hablemos de otra cosa.

—Hablemos de lo que usted quiera.

Trataron en seguida de la continuación del viaje. Calpena mostró gran impaciencia. Don Beltrán no tenía prisa. Su opinión era que esperaran tres días más, para ir más seguros. Como don Fernando manifestase el propósito de seguir solo, le dijo quejumbroso:

—Lo siento en el alma, porque me inspira usted una gran simpatía. ¡Y yo que iba a proponerle que se pasara unos días en Villarcayo! Verá usted qué agradable familia la de Maltrana. Tengo dos nietas lindísimas.

—No puedo, señor don Beltrán, no puedo detenerme. Créame que lo siento.

—Sí, sí, ya recuerdo: me contó Navarridas que tiene usted su novia en Bermeo, o no sé dónde..., que es un compromiso antiguo, un afecto hondo, un lazo indisoluble. ¿Qué es ello? Alguna pasión de estas que nos ha traído el romanticismo. Cuéntemelo usted todo. Siento que mis años, y más que mis años, esta ceguera maldita, me impidan acompañarle..., asistirle como amigo, ver y admirar a su amada, que me figuro será muy bella.

—Todo cuanto usted imagine, señor don Beltrán, será pálido ante la realidad de esa hermosura pasmosa.

—Mire usted que yo he visto mucho... Por delante de estos ojos, que ahora se empeñan en borrarme los objetos, han pasado bellezas verdaderamente soberanas, bellezas celestiales..., sublimes.

—Con todo, si usted viera esta, declararía que antes no había visto nada.

—Hombre, es mucho decir... Me pica usted la curiosidad de un modo terrible.

Y al expresar esto, el rostro de don Beltrán se rejuvenecía: se le encandilaban los ojos, medio ciegos ya, y se le aguaban los labios.

—Lo que sí estimaré en grado sumo, recibiendo en ello la mejor prueba de su amistad, es que no nos separemos hasta Villarcayo.

—Si no se detiene usted mucho en el camino, para mí será gran satisfacción.

—Gracias... Y yo le compensaré a usted su esclavitud refiriéndole los motivos de mis discordias con Rodrigo de Urdaneta; seré más explícito en mis apreciaciones acerca del probable fracaso de las vistas de Laguardia; aventuraré algún consejo para que se aproveche de ese fracaso quien debe aprovecharse..., ya usted me entiende... En fin, ¿se aviene usted a que vayamos juntos?

—Sí, señor; pero no accedo a permanecer en Villarcayo más que horas.

—Bueno..., ya se verá eso... Hoy pasaremos aquí el día tranquilamente, charlando de nuestras cosas. Pero, voto a Sanes, no sea usted tan callado, ni me reserve sus afectos, sus planes, sus pasiones con tan extremada discreción. La juventud se ha vuelto ahora más taciturna y sombría que la vejez. Volvamos a los tiempos clásicos, amigo Calpena, y pongamos todos los misterios del alma encima de una mesa y entre dos copas de buen vino.

Propuso Calpena dar un paseo; pero como el cariz del tiempo anunciaba lluvia, quedáronse, después de una corta salida, al amor del fogón, en la cocina hospitalaria, acompañados de gatos y perros, viendo a Sabina y Gervasia mover cacharros y atizar la leña crujiente.

—Amigo mío —dijo don Beltrán, refrescando memorias de su mocedad borrascosa—, mi experiencia cree prestar a su juventud un gran servicio, enseñándole con mi ejemplo a poner frenos a la imaginación, a no abandonar lo cierto por correr tras lo dudoso. ¿No me entiende? Pues oiga un poquito de historia personal mía, que se relaciona con la historia del mundo. El año 795 me fui a París en persecución de una hermosura sorprendente, de esas que parecen hechas por Dios para trastornar a la humanidad, para quitarnos el poquito seso que nos queda después de las revoluciones y degollinas que armamos por las ideas, por el pan o por el poder...

—Dispénseme, don Beltrán. Ha dicho usted el 95. Me había contado Navarridas que estuvo usted en París de secretario de la embajada el 89, y que presenció parte de la revolución francesa.

—Es verdad. Lo tomaré desde más arriba. Yo me casé el 87 con una ilustre dama, sobrina del duque de Granada de Ega; enviudé el 88, al mes de haber nacido mi único hijo Federico; deseando aventar mis penas, pedí a Aranda que me destinase a una embajada y, en efecto, fui nombrado segundo secretario de la de París. Todos los sucesos de la revolución, desde los Estados Generales hasta junio del 91, en que el rey fugitivo con su familia fue detenido en Varennes y llevado prisionero a París, los presencié. Retirose la embajada, y casi todo el personal volvió a España, y en España y en mis estados permanecí yo hasta el 95... Como no es mi objeto contarle a usted aquel incendio terrible, la Revolución, voy a mi cuento, y lo sigo repitiendo que el 95 me fui a París en persecución de una hermosura sobrehumana, a quien conocí en Zaragoza en casa de mis primos los condes de Bureta.

XII

—Adelante. Loco de amor fue usted a París...

—En pleno Directorio, hijo mío. ¡Qué distinto de aquel París del 88, tan aristocrático, tan tónico y elegante, en medio de los sustos que ya ocasionaba la revolución incipiente!... Pero, ¡ay!, querido, se me ha olvidado un detalle, y tengo que volver un poquito atrás.

—Volvamos... Salió usted de Zaragoza...

—Despreciando un partido de segundas nupcias que me arregló mi buen padre...

—¿Y era hermosa, don Beltrán?

—Agradable, esbelta, mayorazga riquísima, de familia noble, bien educadita, hacendosa. En fin, una alhaja, querido, incomparable para una vida de descanso, de opulencia prosaica, con probabilidades de larga sucesión, y mucha labranza, recreos de campo y caza... Pero yo no estaba por la prosa. Mi padre quiso sujetarme. Yo me escapé a París, como digo, y aquí viene la moraleja...

—¿Tan pronto? Según eso, la hermosura ideal que usted perseguía...

—Era un fantasma, y los fantasmas hacen la gracia de no dejarse coger. A los tres meses de revolver todo París buscándola, pues la vida y las circunstancias especialísimas de aquella mujer la rodeaban de misterios, la encontré, sí... En una palabra: la que para mí más que mujer era una diosa, la que en España me juró amor eterno, se había casado con un jefe de policía, protegido de Barras.

—¡Demonio! Pues con la policía parisiense no jugaría usted, don Beltrán, si es que persistió en perseguir a la beldad fantástica.

—Persistí: soy navarro. Cultivando mis antiguas relaciones, y mariposeando de salón en salón, llegué a ser uno de los predilectos en el de madame de Beauharnais. Por cierto que... No, no olvidaré la noche en que vi entrar por primera vez a un joven militar, melenudo y pálido, de menos que mediana estatura.

—Ya le veo, ya...

—Era un _chico que prometía_. Al poco tiempo, la dueña de la casa, que era una gran coqueta, para que usted lo sepa, una coqueta saladísima y temible, atroz, enloqueció al chico de Córcega. Barras no influyó poco para que se casaran... Pues sigo mi cuento. Conté mi triste historia a Josefina, y Josefina se la contó a Napoleón. A poco de salir este para mandar el ejército de Italia, la generala Bonaparte dio en protegerme, interesándose vivamente en mi causa amorosa. La hermosura fantástica no tardó en aparecer en los salones de Josefina.

—Y allí...

—Sí; pero ya el espectáculo del libertinaje parisién me había arrancado toda ilusión. La prodigiosa hermosura se me deshizo en humo..., no sé cómo expresarlo. La sociedad del Directorio transformó completamente mis gustos. ¿Quiere usted que lo cuente todo? Pues Josefina me agradaba extraordinariamente, y acabó por enloquecerme.

—¿Y sé atrevió usted, don Beltrán?

—¿Que si me atreví? A fe que era la niña asustadiza. Créalo usted: Napoleón era celosísimo, y algunos, no diré muchos, algunos motivos tenía para ser tan escamón... Y ya no le cuento nada más, porque es usted un niño, y los malos ejemplos no convienen a las imaginaciones juveniles, exaltadas. Basta, pues, basta...

—Corriente. Respeto sus escrúpulos. Pero debo decirle que la lección que ha querido darme no encaja en el caso mío: no hay paridad.

—Eso usted lo verá... Mire, hijo, cuando el destino nos pone al pie de un árbol de buena sombra, cargado de fruto, y nos dice «siéntate y come», es locura desobedecerle y lanzarse en busca de esos otros árboles fantásticos, estériles, que en vez de raíces tienen patas..., y corren... Yo desobedecí a mi destino, y por aquella desobediencia, no he tenido paz en mi larga vida. Créalo: donde no hay raíces, no hay paz. Ea, doblemos la hoja.

—Doblémosla. Un momento, don Beltrán.... ¿Y no volvió usted a ver a Napoleón?

—Le vi entrar en París victorioso después de Austerlitz. Años después, cuando la guerra de España, volví allá con mi primo Pepe Villahermosa, con Lorenzo Pignatelli y otros. Era entonces embajador mi primo Diego Frías, que hizo entonces la tontería de afrancesarse. _Don José I_ le mandó allí representando a la España napoleónica... ¡triste papel! Gran empeño tuvo mi primo en presentarme al _chico de Córcega_ en el apogeo de su grandeza. ¡Y yo le había conocido ciruelo, es decir, novio de la viudita Beauharnais!... Me resistí heroicamente a saludar al verdugo de mi patria.

—¿Y a Josefina?

—Emperatriz, no la vi nunca. Después del divorcio, que, entre paréntesis, le estuvo muy bien empleado, fui un día a la Malmaison a ofrecerle mis respetos. Pero no se dignó recibirme. Era muy lagarta. Murió a los tres meses de mi visita. Fui a su entierro.

Otras anécdotas de su borrascosa vida galante contó don Beltrán a su amigo, cuidando siempre en sus relatos de poner de relieve lo que sugiriese alguna enseñanza útil al joven Calpena, y esquivando los ejemplos de depravación o cinismo. Terminaban casi siempre las historias con sabios consejos, mandándole que aplicara a su gobierno ciertas enseñanzas, y que en otras pusiese todo su estudio en no tomarle por maestro, en hacer todo lo contrario de lo que el biógrafo de sí mismo había hecho. Así demostraba el señor de Urdaneta el afecto que con el trato continuo iba tomando a su compañero de viaje, y este, quedándose a media miel en algunos pasajes interesantísimos de la vida del prócer libertino, agradecía el móvil honrado de las frecuentes omisiones históricas.

—No, hijo, no —le decía don Beltrán al segundo día, permitiéndose ya tutearle—. Yo he hecho locuras, y no quiero que tú las hagas, no. Eres un chico excelente y muy agudo y entendido. Mereces una vida pacífica y ordenada, por más que sea oscura, y no una vida de ansiedades y tropezones como la mía. Placeres sin fin he gustado; pero grandes amarguras he tenido que tragarme, y heme aquí al fin de la vida, malquistado con mi descendencia... Esto es muy triste, Fernandito, y no lo deseo para ti.