Chapter 21 of 24 · 3934 words · ~20 min read

Part 21

—Dime todo lo que me falta para ser digno de la mujer que he cogido para mí, sin que nadie pueda quitármela. Te he cogido; me perteneces. Si estoy decidido a no soltarte nunca, también deseo que estés contenta de ser mía.

—¿Que no me sueltas?

—No, no; di que no..., primero se hunde el firmamento. Si la familia no quiere, me importa poco la familia... Te cojo, te tomo a cuestas..., me voy contigo al cabo del mundo: yo sé hacer las cosas... Pero no me contento con hacer..., necesito también que tu corazón sea mío, y que digas: «Satisfecha estoy de que este hombre me haya cogido..., no hay otro como él».

—No hay otro como él —repitió Aura en el torbellino de la atracción, gravitando hacia él con infalible ley física—. No hay hombre como tú..., _Luchu_, si me convenciera de esto, sería yo muy feliz.

—¿Qué me falta para que puedas decirlo? —le preguntó el miliciano echando fuego por los ojos, mas guardándose a distancia de ella—. ¿Me falta instrucción? No soy torpe. Todo lo que otro sepa, lo sé yo. Para eso están los libros, para eso los maestros. Aprenderé pronto todo lo que no sé..., cosas de ciencia y arte... ¿Qué más me falta? ¿La caballería? También la tengo, y tanto como el que más. Soy generoso, soy delicado. A honradez nadie me gana... Lo que me falta, tú me lo enseñarás con solo quererme.

—¡Ay!, _Luchu_, primo mío..., no sé cómo decírtelo... Yo te quiero y no te quiero..., yo tengo el alma dividida... Ahora se me va de una parte, luego se me va de otra. No hago más que cavilar y volverme loca... Cuando quiero no pensar en ti, pienso. Cuando quiero sujetar el pensamiento a ti, se me va... Soy muy desgraciada. Que Dios me acabe de traer mi bien, y me lo ponga delante; pero un bien, uno solo: que no me traiga dos, que no me tenga como el péndulo de un reloj... Esto no es vivir..., yo pienso en ti, y cuando te elogian me lleno de orgullo... ¡Ser tuya, tuya para siempre, eso ya es más difícil!... Me cogerás, me llevarás a la fuerza..., te llevarás la mitad de mí, quizás un poquito más de la mitad..., cada día será la mitad más un poquito, _Luchu_... Yo estoy loca, no sé lo que me pasa; no hagas caso...

—Pues ahora sí te digo que me harán pedacitos así antes que soltar yo mi conquista... ¿Qué hablas ahí de mitades?... Toda, toda entera para mí, pues aunque creas eso de los poquitos sobre la mitad, es una figuración tuya, cosa de tu cabeza más que de tu corazón... Con un día que vivamos juntos estoy seguro que me dirás: «_Luchu_, ya no más poquitos, sino toditos para ti mismo». Me lo dirás, ¿a qué sí? ¿Para qué es hablar más, Aura?... Di que todo está dicho... Esta noche sin falta me abocaré con don Apolinar.

—Hombre, todavía no... Espera...

—¡Esperar! Esa palabra la he borrado yo de mis papeles. Yo no espero cuando veo el fin de las cosas, cuando las toco, cuando las cosas me dicen: «¡Ven!». El que deja para mañana lo que puede hacer hoy, no merece tener la vida que Dios le ha dado. ¿Has visto tú que Dios espere a mañana? ¿Has visto tú que diga el Sol: «Hoy no salgo, mañana sí»? En la naturaleza todas las cosas son y vienen a punto, y no se queda nada para después. ¿Está determinado que tal día salga un pollito del huevo? Pues sale; no dice: «Voy a quedarme dentro de mi cascarón una semana más». Los árboles nos enseñan la puntualidad: el que da fruta en agosto, no la guarda para diciembre. Lo que ha de ser, lo que está maduro, no ha de dejarse que se pudra... Hace un rato me dijiste que no soy caballero... Pues para que no dudes de mi caballerosidad, en cuanto venga alguien de la familia, aunque sea Martín, te dejo para irme en busca de don Apolinar, que es mi gran amigo, para que lo sepas, y me quiere... Ya le he dicho algo, y el hombre me pregunta siempre que me ve: «_Luchu_, número uno de los _chimbos_, ¿cuándo os echo el _ballestrinque_?». Es muy marinero don Apolinar, aficionado a dos cosas: a la pesca, y a casar a todo el mundo... Pues esta noche le pesco yo a él y le digo: «Don Apolinar, el _chimbo_ y la _chimba_ se quieren casar... Son honrados, se aman... pero muchísimo, sin mitades con poquitos, y desean verse unidos por la santa Iglesia para que no diga la gente...».

Fue acometida la gentil Aura de una risa nerviosa. Las expresiones y argumentos de Zoilo hacíanle muchísima gracia; y aquel determinar perentorio, aquella colosal aptitud para la ejecución, la subyugaban: eran como un poder milagroso, enormemente sugestivo, de irresistible influencia sobre la mujer... Revolvíase la pobre niña con instinto de defensa; pero caía nuevamente, sujeta con invisibles lazos, que ignoraba si eran humanos o divinos. Gozoso de verla reír, continuó Zoilo exponiendo sus planes para lo futuro, y en esto empujaron la puerta. Eran Sabino y Valentín.

—¡Qué alegres están por aquí! —dijo Sabino, avanzando en la penumbra, con las manos por delante, como los ciegos, mientras Valentín reconocía el suelo con el bastón—. ¿Por qué estáis a oscuras?

—Aura teme tanto al fuego, que no quise bajar la luz.

—¿Estáis solos? —dijo Valentín.

—Sí, señor —replicó el miliciano—: solitos y tan contentos. ¿Qué saben del tío Ildefonso?

—Que no es tanto como se temió... Un hervor de sangre... Ya pasó el peligro.

—No me conformo con esta oscuridad —dijo Sabino subiendo en busca de la luz.

—¿Y que hacíais aquí tan solitos? —preguntó Valentín acercándose a la niña—. Aura..., ¿qué dices?... Al entrar te sentimos reír... ¿Te contaba este alguna gracia?

—Sí, tío: me contaba... no se qué de don Apolinar... No, no era eso... Cosas de _Luchu_.

—Cosas de _Luchu_ —repitió este, las manos en la cintura—. Las cosas de _Luchu_ van ahora por caminos que usted no conoce, tío... pero debe conocerlos. Ni usted ni mi padre se han enterado de que Aura, aquí presente..., es mi mujer...

Valentín creyó haber oído mal, o que el chico bromeaba. Miroles a entrambos. Aura bajaba la cabeza; Zoilo repitió el concepto, a punto que Sabino descendía con la luz.

—Hijo mío —dijo parándose a mitad de la escalera—. En un hombre como tú, en un caballero militar, no caen bien las burlas sobre cosas tan delicadas.

—Yo no me burlo, padre. Soy muy formal, y ahora más que nunca. Aura es mi esposa. Ella lo quiere, y yo más. Nadie se opondrá, y el que se opusiere no será mi padre, ni mi tío, ni nada para mí. Mando en mí mismo y en ella... y sépalo todo el género humano.

Sabino miró a Valentín, y Valentín a Sabino, ambos con la boca entreabierta, embobecida. Aura se llevó el pañuelo a los ojos.

—Siento —agregó Zoilo— que no haya venido también Martín, para que supiera lo que ustedes saben ya. Aura Negretti es mi esposa, o lo será mañana si don Apolinar me cumple lo prometido, y si no, curas no me faltan. Tómenlo como quieran. Siempre fui un buen hijo, y ahora lo seré también, declarando que en este negocio, por encima de mi voluntad no hay voluntad ninguna: mi razón, como hombre libre, está por encima de todas las razones. No pido nada: me basto y me sobro.

—O estamos soñando —dijo Valentín— o este chico tiene los diablos en el cuerpo, y quien dice los diablos dice los ángeles o el rayo de la divinidad...

—Hijo mío, mucho te quiero —declaró Sabino, dejando a un lado la luz y desembarazándose de la capa, que aquella noche venía también mojada—. Pero ya sabes que la familia tenía otros proyectos.

—Los proyectos de la familia —replicó Zoilo— quedan reducidos por el querer mío, por el de ella, a una cháchara sin sustancia. La familia no sabe hacer las cosas; yo, sí. Y si quieren probarlo, al frente de la casa que me pongan, cuando termine el sitio.

—¡Por Dios vivo y sacramentado —exclamó Sabino, que de la fuerza de la emoción y del asombro hallábase a punto de caer al suelo—, que no sé lo que me pasa!... Dejen que me tranquilice, que medite el caso, y si veo en él la voluntad de Dios...

—Aura, hija mía —le dijo Valentín cariñoso—, sácanos de esta duda. ¿Crees que tu primo se ha vuelto loco?

—Sí, tío: loco está... y yo también —repuso la hermosa joven abrazando al viejo navegante.

—¿Pero tú...?

—Yo no sé... No me pregunte usted nada. No sé afirmar ni negar nada... Si me muero, mejor. Así no padeceré más.

—Y como no me gusta dejar las cosas para mañana, ni aun para después —dijo Zoilo—, en busca de don Apolinar me voy, pues.

—Hace poco entraba en casa de Achútegui —indicó el padre.

—Allá me voy. Don Canuto es mi amigo.

—Ven acá, fuego del cielo, temporal del sudoeste —dijo Valentín, cogiéndolo por un brazo—; párate y oye: no puedes entretenerte en correr tras de un clérigo. ¿No sabes lo que pasa? Se ha descubierto que el enemigo está minando en San Agustín. Por acá hemos empezado una contramina para salirle al encuentro debajo de tierra. En bonita ocasión vas a faltar de tu puesto.

—No falto, que allá mismo me voy ahora... A don Apolinar que me le hablen... Ello ha de ser como yo quiero, y de otra manera no... ¿Ya se van enterando de quién es Zoilo Arratia? Lo mío, yo lo dispongo. Respeto a los mayores; no les temo. Digan que yo sé hacer las cosas..., ya lo han visto... Pues aún les queda mucho que ver.

Despidiose cariñosamente, con medias palabras, de la que llamaba su mujer, y de los que efectivamente eran padre y tío, y como exhalación corrió a la disputada y cada día más gloriosa Cendeja.

Apremiada por sus tíos, que la cogían cada uno de un brazo, sentaditos a izquierda y derecha en el montón de jarcia, Aura con acongojada voz dio estas explicaciones:

—Sí, sí..., hace tiempo que _Zoiluchu_ me quiere..., y yo a él..., yo un poquito..., digo mal, un muchito... No, no hagan caso; no sé lo que digo... Es un hombre, y no hay otro como él... Vale él solo más que toda la familia de Arratia, habida y por haber. Con su genio bravo domina cuanto quiere. Mandará en mí, en ustedes todos, en Bilbao entero, si se lo propone... ¿Que si le quiero me preguntan? No sé qué contestar... Estoy ahora como los que salen de un mundo para entrar en otro... Un pie lo tengo en aquel mundo; otro pie en este... ¿Dónde debo poner los dos pies? Yo no sé... Digo que estoy loca, y que no quiero estarlo. Que Dios me ilumine de una vez, y sepa yo dónde estoy... Realmente no lo sé... ¿Voy o vengo? ¿A dónde vuelvo la cara?...

—Hija mía —le dijo Valentín con afecto, mientras Sabino no hacía más que suspirar—, serénate, reflexiona... Consulta tu corazón. Por lo que acabo de oírte, calculo yo..., vamos, tú quieres a Zoilo...

—Pero casarme no..., yo quiero esperar... Mi conciencia me dice que todavía no... Esperemos a que pase el sitio; esperemos más, más.

En este punto, creyó Sabino llegada la ocasión de emitir su voto, y lo hizo con gravedad y el tonillo sermonario que emplear solía:

—Niña de mi alma, manifiestos los designios celestiales, el dilatar su cumplimiento será como si los pusiéramos en tela de juicio.

Dicho esto, sin obtener respuesta, pues tanto Aura como Valentín callaban mirando al suelo, el buen Sabino arrastró también sus miradas por lo bajo; y como viera multitud de clavos y tirafondos esparcidos, se puso a recogerlos uno a uno, cuidando de que ni aun los más chicos se le escaparan. En esta operación asaltaron al pobre señor pensamientos lúgubres. Sus dos hijos, Martín y Zoilo, esperanza y gloria de la familia, hallábanse a la sazón en el puesto de mayor peligro, excavando la contramina para buscar al _absoluto_ en las entrañas de la tierra. ¡Vaya que si a Dios le daba por decretar que pereciese uno de los dos en la espantosa refriega subterránea!... Aparte de esto, tristísimo sobre toda ponderación, reconocía y comprobaba que era enorme la cantidad de clavos de distintos tamaños esparcidos por el suelo. Mientras los recogía y agrupaba sobre un banco, pudiera creer que invisible ángel le susurraba al oído, de parte de la divinidad, que uno de sus hijos moriría... La sangre se le congelaba en las venas... «No, Señor; eso no: aparta de mí ese cáliz...».

Advirtió que Valentín y la sobrinita hablaban susurrando; pero no se enteró de lo que decían, porque el rincón donde recolectaba clavos era el más distante del rimero de jarcia. Seguramente, Valentín le aconsejaría que fuese razonable y se dejara de esperar la venida del Anticristo. Pero no era esto lo que le decía, sino estotro:

—Tranquilízate... y aguardemos al día de mañana, pues los dos chicos tienen sus vidas jugadas a cara o cruz... Estamos aquí haciendo cálculos sobre las vidas, y para nada nos acordamos de la muerte, que a veces es la que nos saca de nuestras dudas...

—¡En peligro, en peligro _Luchu_! —exclamó Aura consternada—. Pues no quiero, no quiero... Que salga de la batería, que venga a casa. Basta de hazañas y de heroísmo... La familia es lo primero...

—Hija, el deber, el honor... —murmuró Sabino, que aproximándose pudo enterarse de este concepto.

—¡_Luchu_ en peligro! —repitió Aura en el tono de los niños mimosos—. No quiero más glorias..., no, no.

—Ea, no llores —dijo Sabino—; y si lloramos, que sea por los dos.

Al expresar esta idea, y a punto que dejaba sobre el banco el puñado de hierro que acababa de recoger, le asaltó el pensamiento lúgubre en forma más terrorífica, y el ángel volvió a secretear en su oído... La terrible sentencia no era ya que moriría uno de los dos hermanos. El Supremo Juez y Sumo Ejecutor hería de un golpe las dos cabezas. Temblaba el buen padre, y no se le ocurrió más que acudir al instante a la iglesia que estuviese abierta para prosternarse y regar con sus lágrimas el suelo, diciendo a la divinidad:

—Los dos no, Señor: eso sería demasiado... En todo caso, uno, uno no más... y aun es mucho.

XXXV

Prudencia les mandó llamar, añadiendo al mensaje que Ildefonso se había tranquilizado, recobrando el uso de la palabra. Acudieron los tres allá, y nada dijeron aquella noche del caso de la niña; mas al siguiente día, apenas efectuada la mudanza, y reunido todo el cotarro en casa propia, estimó Sabino de gran oportunidad someter al eximio criterio de su hermana el nuevo problema que los chicos planteado habían sin encomendarse a Dios ni al diablo. No tuvo tiempo la señora de Negretti de expresar su estupor y disgusto, porque fue preciso acudir a la niña bonita, que cayó primero con un síncope, después con un acceso nervioso y convulsivo, seguido de aplanamiento, delirio y congojas.

No decía más que:

—No quiero... _Luchu_ muerto no... Esperar, esperar...

Atendiéndola cariñosa, Prudencia sentía la chafadura de su amor propio, y no se conformaba con que su idea se desviase tan visiblemente de la línea por donde ella con toda previsión y talento quiso encaminarla. ¡El pobre Martín chasqueado, y ella desconceptuada como directora y gobernante! Era una jugarreta de la realidad, que tenía la maldita maña de resolver las cosas por sí y ante sí, haciendo mangas y capirotes de la lógica y el sentido común... Pero, en fin, del mal el menos. Siempre resultaba lo sustancial de su proyecto: que todo quedara en casa, y que el gandul de Madrid se fuese, si acaso venía, con las orejas gachas. A medida que la nueva inesperada solución iba haciéndose hueco en el pensamiento de la mujer práctica, reconocía esta las cualidades de Zoilo, y con mayor benevolencia le juzgaba. No podía menos de alabar el garbo y audacia con que había tomado la delantera al sosaina de su hermano, demostrando una resolución enteramente varonil. Era un hombre, era un bilbaíno neto. Con su arrojo en la guerra, y aquella _franqueza_ gallarda para apoderarse de la niña y hacerla suya, sin pedir permiso a nadie, ni andar en melindres, se había puesto de un golpe a la cabeza de todos los Arratias, y parecía dispuesto a no abandonar la bien ganada supremacía.

Aprovechando los ratos de sosiego de Aura y la relativa tranquilidad de Ildefonso, llamó Prudencia a don Apolinar y celebró con él una conferencia en el comedor, a puerta cerrada. Era forzoso casar a los chicos inmediatamente, porque habían demostrado tal impaciencia que se hacía indispensable arrojar sobre aquel amor la capa del matrimonio. Si así no se hiciera, podrían sobrevenir escándalo y deshonra. Mostrose conforme don Apolinar, para quien no había plato de más gusto que casar a alguien, y propuso explorar el ánimo de la niña y echar un parrafito con ella. Poseía el tal clérigo una singular delicadeza para meter sus dedos en la boca de las señoritas más vergonzosas y pudibundas; pero en aquel caso no sacó las revelaciones que obtener creía. Afligidísima y con más ganas de llorar que de confesarse, Aura solo dijo que a _Luchu_, sí..., le quería..., que _Luchu_ era un hombre, y que con su voluntad era capaz de mover las montañas... Pero que ella no quería casarse hasta que no pasara mucho tiempo, mucho, pues había un compromiso antiguo, que en conciencia debía respetar... Su amor primero no se le había salido aún del pensamiento. Desalojaba poquito a poco..., pero aún tenía dentro la cabeza..., o los pies... No podía ella discernir si eran los pies o la cabeza del otro amor, lo que todavía no se le arrancaba... De aquí provenían sus dudas, su desazón del alma y del cuerpo, su falta de resolución..., su miedo de precipitarse..., sus ganas de reposo y de un largo _veremos_...

Prudencia, enemiga declarada de los _veremos_, protestaba contra estas vacilaciones; pero ni ella ni don Apolinar pudieron reducir a la hermosa niña. ¡Vaya que era terca! A solas otra vez la señora y el clérigo, resolvieron prepararlo todo para las bendiciones, pues bien podía ser que los aplazamientos de Aura fuesen un coquetismo intenso, de arte sutil; que los nerviosos engañan y se engañan, dando por abominable lo que más ardientemente desean. La noticia de la espantosa lucha entablada en las tenebrosas galerías, abiertas por sitiadores y sitiados entre Uribarri y la casa de Quintana, por bajo de San Agustín, desvió de aquel asunto las ideas de tía y sobrina, y no quedó en sus almas más que el terror. Aura, delirante, tan pronto se sumergía en un duelo lúgubre, como quería lanzarse a la calle, ansiosa de llegar hasta el lugar trágico, y oír los tiros, y ver sacar los muertos, y apurar la impresión directa de la catástrofe, como se apura un tósigo que pone fin al humano sufrimiento. Su romanticismo causaba extrañeza a la tía y al cura, que lo conceptuaron fenómeno patológico.

—No quiero dudas —decía—. Vivir o morir... Ni a media vida ni a media muerte quiero verme... Si ha de hundirse todo Bilbao en un segundo, sea... Así acabaremos de dudar.

Con estos temores y sobresaltos, Aura desbordando su imaginación, Prudencia y el cura encomendándose a la Virgen, Negretti a ratos solo, a ratos con su mujer, sumido en una meditación cavernosa, pasaron toda la tarde, hasta que llegó Valentín con mejores noticias, dando a entender que se había conjurado el peligro. Venía el pobre navegante fatigadísimo, tiznado y lívido el rostro, tan fieramente dominado por su crónico reúma, que con gran trabajo tiraba de la pierna derecha para servirse de ella. Dejose caer en una silla, los brazos colgando, el sombrero echado atrás..., aguardó un ratito hasta que sus pulmones y su laringe pudieron funcionar regularmente.

—No he visto caso igual —les dijo entre toses—; yo me asomé a la contramina, y salí horrorizado. A las ocho y media de la noche la empezaron con dos ramales. Había que ver a los chicos de tropa y milicia trabajando como los topos. Los viejos, entre los cuales estuve más de dos horas maniobrando de espuerta, sacábamos la tierra. A la madrugada, uno de los dos ramales de acá se encontró con el de ellos. El oscurantismo venía hocicando en la tierra, y escarbando con las uñas desde la fuente de Uribarri, para buscar el tamborete de la casa de Quintana, que querían volar... Pero no contaban con que también aquí tenemos topos, no de los serviles que no ven, sino de la Libertad, muy despabilados... Cuando el boquete de acá y el de allá se juntaron, el sargento de zapadores, Elizagárate, agarró la pala facciosa, y dio un achuchón tan fuerte, que del palazo destrozó la barriga del minero de allá... Solo dos hombres podían trabajar en el frente de la galería, ancho de tres pies por una parte y otra. Abriendo hueco a todo escape, los de acá se precipitaron al otro lado: _Zoiluchu_ reventó a uno con la pala, y mató a otro de un pistoletazo. El agujero, que ya era corto, acortose más con los dos cadáveres. ¿Pasarían ellos acá, o nosotros allá? Y entre tanto, si la tierra se hundía, pues bien podía ser, allí quedaban todos sepultados... Yo llegué hasta cerca del boquete de comunicación y me entró tal miedo, que salí despavorido. Denme a mí agua y ventarrón: ni a la una ni al otro temo; pero con la tierra _jonda_ no juego... Me espanta verme en el sepulcro antes de morirme... Cuando salí al aire, me pareció que resucitaba. No hay quien respire allá dentro... Y a la luz de las linternas ve uno brazos que le cogen y le enganchan la ropa... Son raíces de árboles...

Tomado aliento, refirió después cómo ahumaron las galerías con pimiento quemado para ahuyentar a los sitiadores. Los topos de allá se escabulleron, y cuando se iba disipando aquella pestilencia asfixiante, los de acá lanzáronse por la mina, respirando a medias. Contaban que llegaron hasta la boca, y que halláronla cerrada con sacos de tierra, como si quisieran defenderla. Luego se han escalonado los nuestros a lo largo del tubo, esperando a ver si se atreven a hocicar otra vez. Si se atrevieran, ¡Dios sabe lo que pasaría!... Pero avisados como estamos, no podrán ellos cargar la mina; nos hemos salvado, aunque queden las galerías cegadas con carne y huesos de valientes... Por fin, con las precauciones tomadas, piensan todos que si hemos sabido cortar los vuelos del águila, y cogerle las vueltas al gato, también sabremos taparle los agujeros al ratoncito faccioso.

A punto que tomaban una frugal cena, dando un huevo a Negretti, y otro a la niña, con sopita de vino, entró Sabino sofocado y gozoso. Después de pasarse todo el día de iglesia en iglesia, implorando la Divina Misericordia, se había personado en la Cendeja, donde acababa de tener la satisfacción de ver vivo y sano a su hijo Zoilo. A Martín no le había visto; pero por Pepe Iturbide sabía que continuaba en las Cujas sin novedad.

—Gracias sean dadas al Señor —dijo Valentín; y Aura, con las felices nuevas, parecía recobrar la animación y el contento.