Part 6
»Pues hay más, señor. Luego empezaron a buscarnos camorra a mí y a otros dos castellanos. Que si éramos de la cáscara amarga, masones o perdularios ateos. Yo no hacía caso, y seguía en mi trabajo. Pero un día me acusó un chico de Éibar de que yo había dicho no sé qué cosa de la Virgen..., de esas expresiones que uno suelta sin pensar, cuando no le sale bien un trabajo, o cuando a uno le salta una brasa a la cara y le quema..., pues de esas cosas que se dicen: total, nada. ¿Pero, Señor, yo, buen cristiano siempre, cómo había de hablar mal de la Virgen? Y aunque algo dijera, es un suponer, no por eso deja uno de ser apostólico romano, al igual de ellos. Siempre he sido devoto de Nuestra Señora. Aquí, colgada de mi pecho, llevo, mírela usía, la medalla de la Pilarica, que me puso mi madre... Pues nada, que allí salió el capataz, uno de Lezo, que le llaman Choriya, de esos que se comen los santos, y amenazándome con un martillo dijo que yo merecía que me atravesaran la lengua con un clavo ardiendo, por haber hablado de _peinetas_ nombrando a la Virgen; y yo le respondí que las _peinetas_ eran para él, y tres más. Resultado: que me castigaron, y vino un capellán a echarme predicaciones, y lo mandé también a donde me pareció. Por esto, y porque a uno no le pagaban, resolví marcharme, y una noche me escapé con otros dos mozos, que también son de acá. No más, no más facción. Buen chasco nos habíamos llevado, pues creímos que allá ganaríamos un jornal lucido, por ser aquello reino _pretendiente_; pero nos salió la cuenta fallida, porque allí no hay más que miseria, malos tratos, y desconfianza de todo el que ha mamado leche castellana, como yo, que en tierra de Burgos, donde mismamente estampó sus patas el caballo de Santiago, vine al mundo. Resultado: que hemos vuelto acá sin un maravedí, ladrando de hambre, y ahora nos vemos en nuestra tierra mal mirados por haber servido a ese pavo acuático, que antes cegará que verse rey de las Españas.
»A eso voy, sí, señor... Ya, ya entiendo que lo que le interesa conocer es todo lo que yo sepa al tenor de la familia del señor Negretti. Voy a eso: bebamos otro poco, que esto da la vida. Una de las razones por que deseaba volverme a mi terreno, era el no ver tasado el vino, que allí se lo daban a uno por medida, y harto de agua, mientras que aquí lo bebemos de lo mejor sin pensar en que tiene fin... Pues voy a lo de la familia. Una sola vez vi a doña Prudencia y a la sobrina. ¡Carachis, qué guapa es; vaya un golpe de ojos! Oí decir que en Madrid un señor príncipe estuvo loco de amores por ella, y que los padres de él, por quitarle de que se casara, le encerraron en una torre, donde se arrancó la vida; que a ella, para que se le pasara la ilusión de su príncipe, la trajeron acá, y qué sé yo qué más historias... ¡Ah!, ya me acuerdo: que la niña, a quien llaman doña Laura o cosa así, es rica, pues su padre le dejó mucha pedrería fina de diamantes y topacios amarillos; pero que tenía más _opulencia_ el príncipe su novio, el cual solo en tierras había de heredar media España y una porción de islas de mar adentro. No sé, señor: cosas que dicen los criados, y que serán mentira, pienso yo... Vi a la tía y sobrina en Elorrio; luego se fueron a Bermeo, y ya no sé más sino que don Ildefonso iba allá los sábados para volverse los lunes. De su paradero hoy, no puedo decirle sino que cuando se retiró del servicio de la facción se fue a Bilbao, donde vive la familia de Prudencia. No he vuelto a ver al señor Negretti, ni he tenido de él más noticias que lo que decía este o el otro de mis compañeros, hablar por hablar...
—Haga usted memoria, señor Gay —dijo Fernando gozoso por lo que sabía, ansiando saber más—, y cuénteme todo lo que oyó, sin omitir nada, ni aun lo que charlaban sus compañeros sin conocimiento de causa, por presunciones o conjeturas.
—Ahora voy... Antes diré a usía una cosa que se me había olvidado. Por dos veces me preguntó el señor Negretti si yo conocía algún chico de confianza para mandarlo de propio, con carta de interés, a Laguardia, y yo le contesté que a ninguno conocía, como era la verdad. Digo esto, porque como el señor viene de Laguardia, y según parece ha estado allí tres meses largos, calculo yo si aquello que me preguntó el maestro tendría que ver con la persona de vuecencia.
—Indudablemente, el mensaje, carta, o recado era para mí; pero si al fin lo despachó Negretti, no llegó a Laguardia.
—No puedo asegurar a usía que don Ildefonso llegara a mandar el propio; pero se me antoja que sí, porque había en Durango un tuerto recadista que iba por los pueblos con un niño Jesús pidiendo para el santuario de Iciar, y en aquellos días le vimos vestido con la ropa vieja de Negretti, y nos dijo que iba a dar la vuelta de Álava con su santirulico; después no le vimos más.
—Tampoco pareció por allá ese mensajero. Siga, siga, que aún le queda mucho en la memoria.
—Sigo. Pues en Durango dijeron que doña Prudencia se veía y se deseaba para resguardar a la niña de tantísimo pretendiente como la acosaba, por el aquel de su hermosura... ¡Carape, qué boca de cielo, qué gancho! Un capitán de barco la vio, y quedó enamorado. Dos más de Bermeo, y un coronel carlista, la pidieron para esposa; pero ella diz que a ninguno hacía caso, motivado a que no podía echar de su pensamiento al príncipe difunto. De esto hablábamos los amigos de don Ildefonso, y uno de nuestra pandilla llamado _Bachi guzur_ (_Bautista el embustero_), chico de mucha idea, a quien da el naipe por inventar cosas, nos decía: «Yo me pienso que el príncipe no se ha muerto, y que a ella le han dicho la mentira de la defunción para desenamorarla, porque así conviene a la familia; y apostaría yo a que el serenísimo galán anda de la ceca a la meca disfrazado, buscándola al modo de lo que pasa en las historias inventadas, que a mí me parecen verdad; y creo que nada de lo que rezan los libros es mentira, o que las mentiras son verdades que se miran por el revés». Nada, señor: con estas habladurías nos entreteníamos a la salida del trabajo, y uno decía peras, otro decía higos, y pasábamos el rato... En fin, señor, creo haber declarado a vuecencia todo lo que sé. Si algo más me viene a la memoria, se lo diré esta tarde, en el presupuesto de que no se vaya hasta la noche o hasta mañana.
—Quisiera partir ahora mismo..., yo soy así... ¿Cree usted que encontraré en Bilbao al señor Negretti?
—Seguro... Y si él no está, estará la familia, de contado. No tiene usía más que preguntar en Bilbao por la casa de los Arratias. Cualquier chico de las calles le dará razón. Es allí por la Ribera. No tiene pérdida.
—¿Y esos Arratias son...?
—Hermanos de doña Prudencia. Tienen barcos que andan en la mar.
—Vamos, son armadores.
—Y comerciantes, que traen del Norte duelas, bacalao y toneles de una bebida que llaman _cerveza_, más amarga que los demonios; y arman también barcos chicos para _la pesquería del escabeche_... Si no estuvieran allí don Ildefonso y su esposa y sobrina, los Arratias le darán razón cierta de dónde moran.
Consultado Gay acerca del camino más corto y más seguro para ir de Leciñana a la capital de Vizcaya, manifestó que aunque lo más derecho era tomar la vuelta de Orduña, no le aconsejaba tal camino, por estar toda aquella parte plagada de facciosos.
—Tú ya sabes —dijo a su compadre—. Te vas derechito por esta orilla del Ebro, hasta Trespaderne, y allí tiras para arriba, a esta mano. ¿Sabes la Sierra del Gato? Pues la vas faldeando. Pasas por Cebolleros, Villacomparada y Villamezán, y ya estás en tierra de Mena. De allí a Valmaseda es como andar por una calle. Total, que puedes llevar a vuecencia en cuatro días, con descanso.
No paraba mientes en ningún peligro don Fernando, que sin oír otra voz que la de su esforzado corazón, ansiaba lanzarse hacia el cumplimiento y remate de la empresa, por tan desgraciados accidentes entorpecida. Su espíritu de nuevo se inflamaba en la querencia de los actos maravillosos, en todo aquello que rompiese los moldes de lo común. ¡A Bilbao por Aura! Tal era su divisa, y ya se le hacían lentas las horas, pausados los minutos que tardara en realizar algún descomunal esfuerzo por la idea y fines que tal emblema expresaba.
Ocurría esto un miércoles. El jueves por la noche entraban en Trespaderne, a punto que salía un destacamento de fuerzas cristinas, y no tardaron en informarse de que una partida que había bajado del puerto de los Tornos, y otra que anduvo por Peña Complacera, se juntaban en San Pelayo, punto muy principal del valle de Mena, para recorrer aquellos pueblos y llevarse cuanto encontraran. A todos los trajinantes que iban en tal derrotero encarecía el alcalde de Trespaderne la conveniencia de que se detuvieran dos o tres días hasta que la situación se despejase. Insistía Calpena en continuar al siguiente día su camino; pero tales razones le dio Sabas, apoyado muy cuerdamente por el alcalde, hombre tosco y de buen sentido, que hubo de resignarse, pataleando, a una corta espera, que aseguró no pasaría de veinticuatro horas. La realidad, no obstante, impuso mayor detención, y hacer acopio de paciencia. El mesón o parador en que se habían instalado era de lo peor del género, similar de las famosas ventas manchegas: la única estancia que ofrecía relativa comodidad ocupábala Calpena; y no sabiendo este qué hacer en el largo aburrimiento y plantón fastidioso, pidió tintero y pluma, pues desde que salió de Laguardia le había entrado una viva comezón de escribir. ¿A quién? A los tres puntos cardinales de su afecto: al norte, Negretti y Aura, los amigos de Laguardia al este, al sur los de Madrid. La náutica rosa de aquel corazón no tenía occidente... Como la querencia del sur había tomado en él extraordinaria viveza, por el camino redactó mentalmente multitud de cartas dirigidas a la misteriosa deidad que le protegía, haciéndole suyo en el presente y en el porvenir. En posesión ya de los avíos de escribir, se dijo, preparándose de papel: «Lo primero a _ella_...». Pero con toda su aplicación, no pudo pasar de la primera línea: «Mi señora desconocida...», fórmula que varió hasta lo infinito, sin encontrar la más apropiada. «Señora incógnita, mi muy amada protectora...». Y luego de encontrada la fórmula, ¿qué le diría? En estas perplejidades, mirando al papel, mordiendo las barbas de la pluma, encontrole Sabas, que subió a decirle presuroso:
—Ahí está ese señor... Oiga las voces que da, y el ruido que arman sus criados y caballerías. Es el viejo Urdaneta, don Beltrán de Urdaneta, ¿sabe, señor?, el abuelo del don Rodrigo que esperaban en Laguardia con toda su familia... Verá qué viejo más salado. Va también hacia Mena, donde está su hija, casada con el mayorazgo de Maltrana.
X
—¡Al demonio tú y don Beltrán! Me has asustado. Creí que se trataba de otra persona. ¡Si yo no conozco a ese viejo, ni le he visto en mi vida!
—Pues ahora tendrá por fuerza que verle y que tratarle, porque es parroquiano antiquísimo de este mesón, y en él para desde el siglo pasado, siempre que va y viene. Como el único cuarto decente es este, él tiene costumbre de ocuparlo: el mesonero le ha dicho que se acomode aquí con el señor, que también es persona de la grandeza de España.
—No quiero —dijo Calpena, a quien molestaba en aquella ocasión hacer conocimientos—. Me iré a un pajar, y que venga ese don Beltrán o don Cuerno a ocupar su aposento.
Y cuando se levantaba, decidido a escabullirse antes que el nuevo huésped llegara, ábrese la desvencijada puerta y penetra un simpático y noble anciano, de buena estatura, algo rendido al peso de la edad, de afable rostro y modales finísimos, revelando en todo el alto nacimiento y el refinado trato social.
—Perdone usted, señor mío, esta invasión de su aposento. La edad nos da privilegios bien tristes. No quiero, no, desalojarle..., no faltaba más. Me atrevo a proponerle que, pues en nuestro _hotel_ no hay más que una estancia, la compartamos los dos como buenos amigos. Ni usted me estorba, ni yo he de estorbarle; y sabiendo ya con quién he de vivir veinticuatro horas, solo añado que es para mí gran satisfacción la compañía de persona tan principal.
Correspondiendo Fernando a la cortesanía del insinuante viejo, propuso retirarse dejándole toda la pieza, para mayor comodidad y desahogo; a lo que contestó don Beltrán que por ningún caso lo aceptaría.
—Respondo de que, a poco que nos tratemos, mi compañía no ha de serle a usted desagradable, pues a mí, que hoy le veo por primera vez, me encanta ya la suya.
A un movimiento de sorpresa interrogativa del joven, dio respuesta con estas palabras:
—No nos conocemos y nos conocemos, señor de Calpena, porque ha de saber usted que vengo de Laguardia, donde he dejado a mi nuera y a mi nieto, y en las veinticuatro horas que allí me detuve, no han cesado aquellas buenas personas de hablarme de usted. El cura Navarridas y las niñas de Castro estiman a su huésped en todo lo que vale. Ya sé, ya sabemos todo..., por qué serie de accidentes fue usted a parar allí, el servicio que prestó a las niñas, su conducta valerosa, gallarda... Y como al propio tiempo sé que don José María le habló a usted de mí, démonos por recíprocamente presentados, y tengámonos por amigos de larga fecha..., digo, larga no, porque es usted casi un niño.
Decía esto, tomando asiento, después de despojarse de su abrigo de viaje. Sin dar tiempo a que Fernando le expresara su agrado por tantas amabilidades, le dijo, reparando en el papel y tintero:
—Si estaba usted escribiendo, puede seguir. Tome la silla, y pues no hay otra, yo me pasearé en el domicilio común mientras usted escribe.
—No, señor: solo por matar mi aburrimiento pensé escribir..., pero ahora que tengo compañía tan grata, quédese para mañana la escritura...
—Pues si usted no escribe, le propongo que nos vayamos a la cocina, donde tenemos un buen fuego, y estaremos muy bien. Siempre que paro aquí, me paso las horas junto al hogar, en compañía de estas gentes sencillas y honradas, y de los gatos y perros. Ya me conocen hasta los animales.
—También a mí me gusta engañar las horas en las cocinas de los pueblos, mirando las llamas del fogón, sintiendo el hervir de los pucheros, y echando un párrafo con los aldeanos. Vamos, vamos, señor don Beltrán.
—Deme usted el brazo, joven, que no me hace gracia, a mis años, tomar medida a estas desvencijadas escaleras. ¡Qué recuerdos tiene para mí esta casa! No le exagero a usted si le digo que he parado en ella unas sesenta veces. La primera, no hace nada de tiempo... el año 780, yendo con mi padre a una cacería, invitados por mi pariente el condestable, el padre de Bernardino Frías, a quien usted conocerá; la segunda, cuando llevamos a mi hermana a profesar en las franciscanas de Medina de Pomar; la tercera..., ni me acuerdo ya. Por aquí pasé para llevar a mi hija Valvanera a sus bodas con Maltrana, y a casa de mi hija voy también ahora. La fecha de aquel casamiento es de las que no se olvidan. En este parador, cuando íbamos a Villarcayo, nos dieron la noticia de la batalla de Bailén... En fin, pasé también el 28, huyendo de las bandas apostólicas, y había pasado el 23, por evitar un encuentro con las tropas de Angulema. Íbamos hacia la frontera Osuna y yo, el duque viejo (padre de estos chicos), Pedro Alcántara y Mariano, y tuvimos que dar un largo rodeo para tomar un barco que salía de Santoña, y nos llevó a La Rochelle... En fin, mi vida es muy larga, y en ella no faltan peripecias.
Tomaron posesión del mejor banco de la cocina, junto a la mesa de castaño, y don Beltrán anunció alegremente que había mandado asar un cordero y preparar ajilimójilis.
—Esta llaneza —dijo gozoso— me encanta; estas comidas elementales y primitivas son mi delicia. O esto, o los refinamientos de la cocina parisiense. Y en cuanto a la sociedad, o la más alta, o la de estos infelices, reforzada por los gatos y perros, que ya tiene usted aquí, buscando mis halagos.
En efecto: uno de los dos michos de la casa, se le había subido en el brazo, y el otro se rascaba contra sus piernas. Dos magníficos lebreles le hacían la guardia a un lado y otro de la silla.
—A mí, señor don Fernando —continuó—, no me dé usted términos medios. O los palacios resplandecientes de lujo, o esta humilde cocina. Y en cuestión de bello sexo, que siempre fue una de mis más caras aficiones, o las damas encopetadas, o estas gallardas bestias campesinas... Que nos traigan vino blanco, que aquí lo hay superior. Chica, llévate esto, y dile a Ginés que si no tiene vino blanco, que mande por él inmediatamente a casa de Sopelana.
—Lo hay, señor marqués —dijo la moza—, y ahora mesmito se lo traigo.
—Pues date prisa, que aunque no me atiendas a mí por viejo... (¿Tú sabes lo que dijo Carlos V..., no este Carlos V, sino el otro?... Luego te lo diré...). Pues si a mí no me atiendes, porque soy un pobre vejestorio inservible, no harás lo mismo con este caballero tan guapo.
—A fe mía que lleva usted bien sus años, señor don Beltrán —dijo Calpena—. Conserva usted su agilidad, su buen humor, con las prendas todas del caballero de raza.
—¡Oh! no, amigo mío: ya estoy muy acabado; ya no soy ni sombra de lo que fui. Verdad que no me falta la cabeza, y discurro como en mis mejores tiempos; pero la vista se me va. Hay días en que no veo tres sobre un burro, y si sigo así, pronto quedaré ciego. Esto me aflige, porque me he propuesto llegar a los noventa. Respecto de mi edad, habrá usted oído mil leyendas. Hay quien cree que he cumplido el siglo, y que me rebajo... Patraña: hace lo menos diez años que renuncié a ese inocente coquetismo.
—No representa usted —dijo Calpena queriendo halagarle— arriba de setenta..., setenta y dos todo lo más.
—¡Ay, qué lisonjero y qué _bon enfant_! No, hijo..., aumente usted un poquito, y llegue hasta los setenta y ocho. Sí señor: yo vine al mundo en la noble ciudad de Olite, en 1758. Eche usted una mirada a todo lo que comprende el espacio entre esa fecha y este pícaro 36. Sí señor, en 1758: le llevo once años a Napoleón y a Wellington, que nacieron el 69; Mozart era más viejo que yo en dos años, y Schiller un año más joven. Goya, mi amigo, el pintor celebérrimo, me llevaba doce años, y yo le llevo nueve a don Manuel Godoy. Como Napoleón, otras celebridades que ya se han muerto, Beethoven, Moratín, Talma, eran mucho más jóvenes que yo...
—¡Qué prodigiosa memoria!
—No diga usted memoria; diga usted años. Cuando uno va de capa caída, se entretiene en ajustar estas tristes cuentas, en comparar vejeces... Consolemos, yo mis cansados años, usted los suyos verdes, con este vinito blanco... ¡Ah, señor de Calpena!, habrá usted pasado en la casa de Castro una temporada agradabilísima...
Ponderó Fernando con frase entusiasta las excelencias de la vida en aquella señoril y opulenta mansión, y al panegírico que hizo de sus habitantes, asentía don Beltrán entornando los ojos y paladeando el vino.
—Sí, sí..., las niñas son dos ángeles, Demetria un prodigio, Navarridas un santo, tan cariñoso, tan servicial..., aunque a veces el exceso de su amabilidad resulta un poquitín enfadoso, ¿verdad? Y en cuanto a doña María Tirgo, que es otra santa, otro prodigio, otro ángel, no dudo que le habrá mareado a usted más de la cuenta, hablándole de linajes, su ciencia y su manía.
—Algo me hizo ver la señora de sus conocimientos genealógicos: por ella estoy bien enterado de la nobleza de los Urdanetas e Idiáquez. De los entronques con las primeras casas de Aragón y Navarra resulta que llevan ustedes sangre de mil y mil varones insignes, y de santos gloriosos.
—Sí, sí: no falta parentela ilustre por los cuatro costados —dijo gravemente don Beltrán, con cierto desdén de buen tono hacia las humanas grandezas—. También nos vanagloriamos de que muchos de nuestra sangre estén en los altares... Y esta vena de la santidad no creo yo que se haya extinguido en mi familia.
—También supe por doña María y su hermano —prosiguió Calpena— el proyecto de enlazar familia tan ilustre con la también noble y poderosa de Castro-Amézaga, casando a su nieto de usted, el señor don Rodrigo, con ese espejo de las doncellas, Demetria, de quien solo con nombrarla creo hacer el más cumplido elogio.
—Oh, sí: la niña es una monada, y da gusto verla jugando a la administración.
—Pues, por lo que me han dicho, para encontrar quien en virtudes y mérito pueda igualar a tal niña, han tenido que pedir un esposo a la casa de Idiáquez.
—Sí, sí... —murmuró con Beltrán indiferente, pensativo, dejando correr su mente por espacios distantes.
—Y solo en ella se ha encontrado un varón digno de tal hembra.
—Sí, sí...
—No puede usted figurarse los encarecimientos que de su señor nieto de usted, don Rodrigo, me han hecho los hermanos Navarridas.
—Sí, sí... La fama no hay quien se la quite... Posee cualidades, indudablemente, grandes cualidades... ¿Qué duda tiene?... Juicioso, grave, reposado... cumplidor de todos los preceptos...
Grande fue la sorpresa de Calpena ante la frialdad de don Beltrán en aquel asunto, pues esperaba todo lo contrario: que al noble anciano se le caería la baba en demostración de su orgullo por ser dos veces padre del prodigioso marqués de Sariñán. Notó además en el buen señor contrariedad o disgusto, deseo de hablar de otra cosa. Su cara inteligente habíase alargado; parecía más viejo, por la desaparición de la sonrisa que le rejuvenecía. Dos suspiros hondos salieron de su pecho.
Sentíase Calpena devorado de abrasadora curiosidad, y anhelando satisfacerla, se dijo: «Aquí hay algún secreto, quizás discordias de familia. ¿Qué será? He de tirarle de la lengua a este vejete para poner a prueba su discreción». Pensando así, no cesaba de observar a Urdaneta, que en aquel instante hablaba paternalmente con un pobre aldeano. No había visto nunca Fernando rostro tan expresivo, de tanta movilidad y viveza, máscara de consumado histrión que _interpreta_ las agudezas y marrullerías así como las benevolencias seniles. De todo había en la cara de don Beltrán, finamente aristocrática, de líneas un tanto angulosas ya, por causa de la vejez. Calpena recordaba las imágenes que había visto de Voltaire, de Talleyrand, del abate L’Épée.