Chapter 1 of 14 · 3991 words · ~20 min read

Part 1

NOTAS DEL TRANSCRIPTOR

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* * * * *

[Ilustración] _ESTRELLA_

[Ilustración]

ABATE PRÉVOST

MANON LESCAUT

PALABRAS LIMINARES

[Ilustración]

_Hay libros amables (es la palabra), divertidos, que, bien por su clave, bien por encarnar una idea o una modalidad superficial, flotante en la atmósfera, se leen golosamente, se comentan en vaga y amena charla y... se olvidan. Son libros actuales; tienen la efímera trascendencia de una moda; como ella pasan pronto y, como ella también, después de mucho tiempo, adquieren un valor simplemente anecdótico. Cuando uno de esos libros, en el transcurso de unos años, vuelve a caer en nuestras manos, sentimos un gran impulso de alegría y decimos para nuestro capote: «¡Gracias a Dios que hemos dado con un libro ameno! ¡Éste sí que es divertido!». Pero según avanzamos en la lectura, nos llamamos a engaño, considerándonos defraudados. ¡Pero es posible! ¡Si cuando lo leímos la primera vez nos encantó! ¡Y vemos con asombro que aquel libro ha envejecido atrozmente, que todo lo que antes nos pareció delicioso ahora nos aburre, y dejámoslo caer con un bostezo; es viejo ya y no tiene aun el interés documental. Y es así porque trátase de un conflicto artificial, creado por una «manera» de vida convencional, porque no es humano. Quiero decir, que los lances pueden parecernos momentáneamente divertidos, pero el pensamiento fundamental no se basa en una de esas eternas leyes como tales comunes a todos los tiempos y a todos los pueblos._

_Existen, en cambio, obras que no nos parecen tan divertidas, que hasta leemos con cierta dificultad (si confesamos la verdad, no siendo profesionales, eruditos o no teniendo el espíritu muy predispuesto a ello, todas las obras maestras se nos hacen un poco fatigosas de leer), pero que dejan una huella duradera en nuestro espíritu, que recordamos en momentos dados, por sus raras concomitancias con nuestro estado anímico, y que cada vez que son leídas se saborean con mayor delectación, sencillamente por eso, porque son «humanas», porque las pasiones que hay en sus páginas no son privativas de éstos o los otros, sino comunes a toda la humanidad, a todos los tiempos._

_«Manon Lescaut», que es además una delicia de gracia, de viveza y de color, pues que casi ayuna de descripciones, «sugiere» a maravilla el XVIII francés y revélalo en una serie de estampas mitad sentimentales, mitad libertino-burlescas, es una novela eterna, porque es la novela del amor por excelencia. Podrán autores después habernos dado otros libros en que la tragedia del amor sea más sombría, más violenta, más recargada de tintas, en que se pinte el descenso hacia la vileza, la miseria y la muerte por la pendiente de las pasiones con más brío, pero eso no quitará lozanía a la jugosa narración del abate Prévost, que, justamente en su sencillez, lleva su encanto de verdad._

_¡Manon, deliciosa muñeca que no eres ni perversa, ni liviana, ni abnegada, ni apasionada, y que, sin embargo, lo eres todo, porque eres «atrozmente» femenina! ¡Caballero Des Grieux que amas y ofrendas tu vida, que sabes envilecerte conservando en la vileza tu innato señorío, qué reales os ofrecéis a nosotros!_

_Todo, todo es en estas páginas de una pasmosa certeza; todo está lleno de amorosos apotegmas, «El amor es o no es desde el primer momento»; y el futuro caballero de Malta ama a Manon desde que la ve ante aquella deliciosa posada que tiene el encanto de un grabado de la época. «En todo amor, uno ama y otro se deja amar»; es el caballero Des Grieux el que ama. Manon se deja amar de él, se deja amar y es liviana y egoísta, y ambiciosa y cruel y mentirosa, y encuentra las argucias perversas de todos los que no aman; «la fidelidad que quiero de vos es la del corazón; la otra no me importa». «En toda historia de mujer hay un collar»; y un collar de perlas hay en la de Manon Lescaut._

_Y si verdad es ella, no menos verdad es él, con sus renunciamientos, sus abdicaciones, sus cobardías y las ficciones con que, exaltando los gestos de ella, pretende engañarse a sí mismo... sin conseguirlo. Aunque para ello ha de atribuirle virtudes que sabe muy bien que no posee. El amor envilece al caballero Des Grieux y el amor le redime._

_Y si ciertos son ellos, ciertos son también los que les rodean, el viejo G... M..., Tiberio, Marcelo y aquellos guardianes que al saber «la enormidad» de la pasión del caballero, en vez de compadecerlo, le explotan y suben sus tarifas hasta agotar su exiguo haber._

_El caballero ama, ella se deja amar; la ama tanto que ella, algunas veces, cuando es muy desdichada, llega a amarle también... sin perjuicio de volver a mentirle el día que volviese a ser feliz._

ANTONIO DE HOYOS Y VINENT

[Ilustración]

[Ilustración]

HISTORIA DE MANON LESCAUT

[Ilustración]

PRIMERA PARTE

[Ilustración]

Me veo obligado a hacer retroceder al lector a los días de mi vida en que encontré por vez primera al caballero Des Grieux. Fué aproximadamente seis meses antes de mi excursión a España. Aunque raramente abandonaba mi soledad, el cariño que sentía por mi hija y el deseo de complacerla llevábanme algunas veces a emprender cortos viajes, que, a decir verdad, abreviaba todo lo posible.

Volvía un día de Rouen, donde había ido cediendo a sus súplicas, para solicitar de la administración normanda la resolución favorable de un asunto de tierras a que tenía derecho por herencia de mi abuelo materno. Habiendo reanudado mi ruta por Evreux, llegué al día siguiente a la hora de comer a Passy. Sorprendióme al entrar en la ciudad encontrarme a los habitantes presa de extraña inquietud; salían precipitadamente de sus casas para correr a la puerta de una posada donde veíanse dos carricoches cerrados. Los caballos espumeantes y cubiertos de sudor, decían muy a las claras que acababan de llegar.

Detúveme un momento para averiguar las causas del tumulto, pero nada pude sacar en limpio de aquellas gentes que curiosas se atropellaban camino de la hostería sin prestar atención ninguna a mis preguntas; por fin vi en la puerta a un arquero, ostentando su bandolera, un arcabuz a la espalda, y le llamé; roguéle me explicase las causas de tanto ruido. «No es nada, caballero--aseguróme--. Son unas cuantas prostitutas que llevo con mis compañeros a Havre-de-Grâce, donde las embarcaremos para América. Hay algunas guapas, y eso es al parecer lo que excita la curiosidad de los buenos campesinos».

Hubiérame contentado con esa explicación a no ser por las lamentaciones de una vieja que salió del parador clamando con grandes espavientos que aquello era una cosa bárbara, una cosa que movía al horror y la compasión. «¿Pero qué es?»--la interrogué. «¡Ah! caballero, entre usted--me contestó--y verá si el cuadro no es para oprimir el corazón a cualquiera». La curiosidad obligóme a descender del caballo, que entregué a mi palafrenero. Entré abriéndome paso dificultosamente por entre la multitud, y mis ojos vieron efectivamente algo emocionante.

Entre las doce hembras, encadenadas de seis en seis por la cintura, había una cuyo rostro y cuyo aspecto eran tan poco conformes con su condición, que en cualquier otro lado hubiérala tomado por persona principal. Su tristeza, la suciedad y miseria de sus ropas, enturbiaban tan poco su belleza, que su vista me inspiró respeto y piedad. Trataba, sin embargo, de ocultar su persona y su rostro, todo lo que la cadena permitía, para recatarlos a las miradas indiscretas, y lo más notable era que el esfuerzo que hacía para ocultarse era tan natural que parecía dictado por un sentimiento de modestia.

Como los seis guardias que acompañaban y vigilaban a las desdichadas hallábanse en la estancia con ellas, llevéme aparte al jefe que les mandaba, para pedirle algunos esclarecimientos sobre la suerte destinada a la joven. No pudo decirme sino generalidades. «La hemos sacado del _hospital_ por orden expresa del jefe superior de Policía--aclaró--. Y no es de suponer que estuviese allí por sus virtudes. Por lo que a mí se refiere, la he interrogado varias veces durante el viaje, y se obstina en no contestarme. Aunque no tengo ningún encargo especial de benevolencia para ella, no he dejado de guardarla ciertas consideraciones, pues me parece de mejor condición que sus compañeras. Ahí tenéis un joven que tal vez pueda instruiros; mejor que yo sabe los motivos de su desdicha; viene siguiéndola desde París sin cesar ni un momento de llorar. Forzosamente, trátase de su amante o de su hermano».

Volví los ojos en la dirección que me indicaban, y vi al joven sentado en un rincón. Parecía sumido en profundo ensueño, y, a decir verdad, jamás vi más exacta imagen del dolor. Vestía muy sencillamente, pero distinguíase a primera vista al hombre de cuna y educación. Acerquéme a él; alzóse de su asiento, y vi en sus ojos, en su rostro y sus ademanes todos, un no sé qué de noble, que me predispuso a desear servirle. «No quisiera molestaros--díjele sentándome a su lado--. Desearía tan sólo que satisficieseis la curiosidad que me impulsa a conocer a la bella damisela, que no me parece hecha para un destino tan cruel como el que le cupo en suerte».

Contestóme con franqueza que se lo impedía la imposibilidad en que se hallaba de satisfacer mi curiosidad sin aclarar al mismo tiempo su personalidad propia, y que esto no le era dable por tener muchas razones para desear guardar el incógnito. «Puedo deciros, eso sí, lo que no ignoran ni esos miserables--prosiguió mostrándome a los arqueros--. Que la amo con una pasión violenta que hace de mí el más infortunado de los hombres. Hice en París esfuerzos sobrehumanos para conseguir su libertad, pero las súplicas, la astucia y la fuerza han sido inútiles. He tomado el partido de seguirla aunque sea al fin del mundo. Me embarcaré con ella; iré a América. Pero lo cruel, lo inícuo, es que esos malvados--y aludía a los guardianes--, no me dejan acercarme a ella. Mi intención era atacarlos a algunas leguas de París; había conseguido asociarme a cuatro hombres, que, a cambio de una suma considerable, me ofrecieron su ayuda; los canallas me abandonaron a mis propias fuerzas y se largaron con el dinero. La inutilidad de intentar vencer por la violencia me hizo rendir armas; entonces propuse a los arcabuceros que me permitiesen seguirles ofreciendo una recompensa; la esperanza de las ganancias les movió a acceder. Me han obligado a pagarles cada vez que he querido hablar con mi querida. Mi bolsa quedó exhausta en muy poco tiempo, y ahora tienen la crueldad de rechazarme cuando intento acercarme a ella. Hace un rato, como sin hacer caso de sus amenazas me aproximé, tuvieron la osadía de alzar contra mí la culata de sus fusiles. Me veo precisado, para satisfacer su avaricia y para poder seguir el camino, a vender aquí un caballo muy malo que hasta ahora me sirvió de cabalgadura y tendré que seguir a pie».

Aunque pareció hacer su narración con bastante serenidad, dejó, al concluir, caer algunas lágrimas. La aventura me pareció de las más emocionantes y enternecedoras. «No quiero arrancaros vuestro secreto--díjele--, pero si puedo seros útil en algo me ofrezco gustoso a serviros.--¡Pardiez!--replicó--no veo ni la menor luz de esperanza; he de someterme a la crueldad de mi destino; iré a América; a lo menos allí seré libre con la mujer a quien amo. He escrito a un amigo que me enviara algún dinero a Havre-de-Grâce; no me preocupa sino la manera de ir hasta allí y la de procurar a esta infeliz criatura--añadió mirando con ternura a su amada--algunos consuelos durante el camino.--Pues bien--le dije--voy a poner fin a vuestros apuros. Aquí tenéis algún dinero que os ruego aceptéis y conste que siento no poder prestaros mejor ayuda».

Dile cuatro luises de oro sin que los guardianes se percatasen de ello, pues suponía, con fundamento, que si le sabían dueño de tal suma, sus exigencias serían mayores. Hasta ocurrióseme la idea de hacer un trato con ellos para que el enamorado doncel pudiese hablar libremente a su querida, hasta llegar al Havre. Dicho y hecho; llamé al jefe y sin ambages hícele mi proposición. Pareció avergonzado, pese a sus fanfarronadas. «No es, caballero--comenzó con aire de confusión--, que nos neguemos a dejarle hablar a esa mujer, pero si fuése por él estaría perpetuamente a su lado; eso nos crea una molestia; justo es que pague.--Veamos--interrogué--cuánto haría falta para que no la experimentaseis». Tuvo la audacia de pedirme dos luises. Se los di inmediatamente. «Pero tenga cuidado--le previne--que no se les ocurra hacer ninguna granujada, pues voy a darle mis señas al joven ese con objeto de que pueda informarme, y esté seguro de que tengo influencia bastante para hacerles castigar si no cumple lo convenido». Costóme, pues, el encuentro, seis luises de oro.

La graciosa sencillez y la viva gratitud que el joven desconocido me mostró, acabaron de persuadirme de que había nacido en nobles pañales y que merecía mis liberalidades. Antes de partir dirigí la palabra a su amiga, la cual me contestó con una modestia tan encantadora y dulce, que sirvió para sugerirme, mientras me alejaba de allí, mil reflexiones sobre el extraño carácter de las mujeres.

Encerrado nuevamente en mi soledad, nada supe sobre la continuación de la aventura. Pasaron así dos años durante los cuales llegué a olvidar el lance, hasta que la casualidad me hizo saber todas las circunstancias de él.

Volvía yo de Londres a Calais con el marqués de... mi discípulo; nos habíamos alojado, si no recuerdo mal, en el _León de Oro_, donde por motivos que no son del caso nos vimos forzados a pasar todo el día y la noche siguientes. Paseando aquella tarde por las calles, creí divisar al mismo joven con quien me topara en Passy. Estaba bastante mal de indumentaria y mucho más pálido que la primera vez que me encontré con él. Llevaba un viejo portamantas en la mano y parecía recién llegado.

Sin embargo, como era demasiado guapo chico para pasar inadvertido, no dudé ni un momento, y dije al marqués: «Hemos de abordar al muchacho ese».

Su alegría no tuvo límites cuando él a su vez me reconoció. «¡Ah! caballero--exclamó con júbilo--. Soy feliz al poder expresaros una vez más mi gratitud». Le pregunté de dónde venía y me dijo llegaba por mar de Havre-de-Grâce, donde hacía poco había desembarcado de América. «No me parece que os halléis floreciente de dinero--insinué--. Id si queréis al _León de Oro_, donde habito yo. En seguida iré a reunirme con vos».

Volví, efectivamente, impaciente por saber los detalles de su infortunio y de su extraño viaje a América. Hícele mil finezas y di órdenes para que no le faltase nada. No esperó que yo le incitase para contarme la historia de su vida. «Caballero--me dijo--os portáis conmigo de tal guisa que tendría a baja ingratitud ocultaros nada. Quiero contaros no sólo mis desgracias y mis penas, sino mis debilidades y mis desórdenes más vergonzosos. Estoy seguro de que, aun condenándolos, no podréis por menos de compadecerme».

Debo advertir aquí a mis lectores que escribí su historia casi inmediatamente después de habérsela oído contar, y que por lo tanto pueden estar seguros y tranquilos respecto a la veracidad y exactitud de la misma. He sido gráfico hasta en la reprodución de las reflexiones y el reflejo de los sentimientos que el aventurero expresaba con gracia encantadora. He aquí la narración en que no entremezclaré nada que no haya oído de sus labios.

* * * * *

Tenía yo diecisiete años y acababa mis estudios de filosofía en Amiens, adonde mi familia, perteneciente a una de las más nobles Casas de P... me había enviado. Llevaba una vida tan ordenada y sensata que mis maestros me ponían como ejemplo a mis condiscípulos. No es que yo hiciese esfuerzos extraordinarios para merecer esta opinión halagüeña, sino más bien que mi carácter es dulce y tranquilo por natural inclinación. Aplicábame al estudio por afición y me ponían en el activo de las virtudes lo que en realidad no era sino aversión a los vicios. Mi nacimiento, mi amor a la aplicación y algunos naturales atractivos me habían hecho ser conocido y estimado de toda la población.

Acabé mis ejercicios públicos con general aprobación hasta el punto de que el señor Obispo, que asistía a ellos, me propuso prepararme para el estado eclesiástico, donde, según él, adquiriría más gloria que en la Orden de Malta a que me destinaban mis padres. Hacíanme a este propósito llevar ya la cruz con la denominación del Caballero Des Grieux. Llegadas las vacaciones, disponíame a volver a casa de mi padre que me había prometido enviarme en seguida a la Academia.

Mi única pena al dejar Amiens era perder un amigo a quien me uniera siempre tierna amistad. Era mayor que yo. Nos habíamos educado juntos, pero siendo su patrimonio harto modesto veíase obligado a abrazar el estado eclesiástico y a permanecer en Amiens después de mi marcha para seguir los estudios que correspondían a su profesión. Tenía mil buenas cualidades. Las mejores las iréis encontrando en el curso de mi historia, sobre todo un celo y una generosidad en la amistad que sobrepasan los más célebres ejemplos del mundo antiguo. Si yo hubiese seguido sus consejos, hubiese sido siempre sensato y feliz. Si a lo menos hubiese aprovechado sus reproches en el abismo a que mis pasiones me arrastraron, algo hubiese salvado en el naufragio de mi fortuna y mi reputación. Pero no recogí otro fruto de sus enseñanzas que la pena de verlas inútiles, y aún, algunas veces, duramente recompensadas con las repulsas de un ingrato que se ofendía con ellas y las calificaba de impertinencias.

Había yo señalado la fecha de mi marcha de Amiens. ¡Por qué no la señalaría para un día antes o después! Hubiese llevado a la presencia paterna el tesoro de mi inocencia. La víspera misma del día en que debía abandonar la villa, estando paseando con mi amigo, que se llamaba Tiberio, vimos llegar el coche de Arras y lo seguimos hasta la posada donde esos vehículos se detenían. Ningún motivo que no fuése la curiosidad nos impulsaba a ello. Salieron de él algunas mujeres que al instante internáronse en el parador, pero quedó allí una muy joven que permaneció en el patio, mientras que un viejo, que parecía servirle de rodrigón, apresurábase a hacer retirar sus equipajes de los cestos. Parecióme tan bella, que yo, que jamás me había parado a pensar en la diferencia de los sexos, ni mirado a una mujer con mediana atención, yo, repito, de quien todo el mundo admiraba la sensatez y la tranquilidad, hálleme súbitamente inflamado de pasión hasta el delirio. Tenía el defecto de ser excesivamente tímido y fácil de desconcertar, pero en aquel caso, en vez de verme detenido por aquella debilidad, avancé resueltamente hacia la desconocida.

[Ilustración]

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Aunque seguramente era más joven que yo, recibió mis galanterías sin mostrarse azorada. Preguntéle qué le llevaba a Amiens, y si tenía amistades o conocimientos allí. Contestóme ingenuamente que iba enviada por su familia para profesar como religiosa. El amor, aunque sólo hacía un momento que anidaba en mi alma, hacíame tan clarividente, que desde luego miré aquello como un golpe mortal asestado a mis deseos. Habléle de manera que no le dejó duda respecto a mis sentimientos, pues por lo visto poseía mucha más experiencia que yo. Según dijo, la enviaban al convento contra su voluntad, para evitar, indudablemente, una naciente inclinación al placer, causa luego de todas sus desgracias y las mías. Combatí la cruel determinación de sus padres con todas las razones que mi amor y mi elocuencia escolástica me sugirieron. No mostró ni enfado ni desdén; díjome, tras un momento de silencio, que presentía desde luego que iba a ser desgraciada, pero que indudablemente debía ser voluntad celeste, cuando ningún medio tenía de evitarlo. La dulzura de sus miradas, un aire encantador de tristeza al pronunciar las anteriores palabras, o mejor la fatalidad de mi destino, que me arrastraba a la perdición, no me dejaron ni un instante de duda. La juré que, si quería confiar en mi honor y en la infinita ternura que me inspiraba ya, daría gustoso mi vida por librarla de la tiranía de los suyos y hacerla feliz. Mil veces me pregunté después, con asombro, de dónde me vinieron entonces la audacia y la facilidad para expresarme, pero no valdría la pena hacer del amor una divinidad si no supiese realizar tales prodigios.

Mi bella desconocida no ignoraba que a mi edad no se miente. Confesóme que si yo creía ver algún medio para ponerla en libertad, se consideraría deudora a mí de algo que estimaba más que la vida. La repetí que estaba dispuesto a emprender cualquier empresa por difícil y arriesgada que fuése, pero que careciendo de la necesaria experiencia de los medios de qué valerme, tenía que limitarme a aquella afirmación, que a decir verdad no era de gran utilidad ni para ella ni para mí. Como llegara entonces su viejo Argos, mis esperanzas iban a evaporarse a no haber tenido ella suficiente ingenio para suplir la deficiencia del mío. Quedéme asombrado a la llegada de su ayo, al ver que me llamaba _primo mío_ y que, sin parecer desconcertada en lo más mínimo, me decía, que, puesto que había tenido la suerte de encontrarme en Amiens, dejaba para el día siguiente su entrada en el convento, por tener el gusto de cenar en mi compañía. Comprendí pronto el alcance de su astucia y propúsele hospedarse en una posada cuyo dueño, establecido en Amiens después de haber sido muchos años cochero de mi padre, me era adicto en cuerpo y alma.

Llevéla yo mismo, mientras el viejo rumiaba no sé qué protestas, y mi amigo Tiberio, que no comprendía nada de la escena, nos seguía sin pronunciar palabra. No había este último oído palabra de nuestra conversación, entretenido en pasear por el patio, mientras hablaba yo de amor a mi bella desconocida. Como desconfiaba de su severidad, me deshice de él, dándole un encargo. Así tuve el placer, al llegar al albergue, de hablar a solas con la dueña de mi corazón.

Pronto me di cuenta de que era menos niño de lo que yo mismo creía. Esponjábase mi corazón en mil tiernas y deliciosas sensaciones de que jamás había tenido sospecha; una tibia sensación de bienestar corría por mi cuerpo. Era presa de loco delirio que por algún tiempo me quitaba el uso de la palabra y que sólo se exteriorizaba en los ojos.

La señorita Manon Lescaut, así me dijo llamarse, parecía harto satisfecha del efecto de sus encantos sobre mí. Creí notar que hallábase no menos emocionada que yo, y aun me confesó que me encontraba amable y que le encantaría deberme su libertad. Quiso saber quién era yo, y una vez sabido, el conocimiento pareció aumentar la naciente simpatía, pues, según dijo, siendo de la misma clase, halagábala más mi conquista. Buscamos modo de poder ser el uno del otro.