Part 7
Aquel final de mi discurso devolvió la tranquilidad a Tiberio que me confesó que tenían algo de razonable mis pensamientos. La sola objeción que me opuso fué preguntarme por qué no era fiel a mis principios sacrificando mi amor a la esperanza de aquella renumeración de que tan alta idea me formaba. «¡Oh!, amigo mío--respondí--, es que reconozco mi debilidad y mi miseria. Bien sé que es mi deber poner mis actos al tenor de mis ideas, pero, ¿está en mi mano realizarlo? ¿De qué sobrenaturales auxilios no necesitaría yo para olvidar los encantos de Manon?--Dios me perdone--repuso Tiberio--, creo hallarme ante uno de nuestros jansenistas.--No sé lo que soy--repliqué--, no sé tampoco lo que debiera ser, pero demasiado experimenté la verdad de lo que afirman».
Nuestra conversación tuvo por el pronto la ventaja para mí de avivar la piedad de mi amigo. Comprendió que había más debilidad que malicia en mis desórdenes. Su amistad estuvo en lo sucesivo más dispuesta a prestarme su ayuda, sin la cual hubiese perecido infaliblemente. Sin embargo, guardéme de descubrirle mi intención de escapar de San Lázaro. Roguéle tan sólo se encargase de mi carta. Habíala preparado antes de su llegada y no me faltaron pretextos para justificar mi necesidad de escribirla. Tuvo la honradez de cumplir con exactitud mi encargo, y así, Lescaut recibió mi misiva antes de la noche.
Vino a verme al día siguiente y consiguió sin dificultad pasar por mi hermano. Mi alegría al verle en mi habitación fué extremada. Cerré la puerta con precaución. «No perdamos ni un solo minuto--le dije--. Dadme primero noticias de Manon y dadme después un buen consejo para romper los hierros de mi prisión». Aseguróme que no había visto a su hermana desde la víspera de nuestra detención, y que si había conseguido saber algo de ella y de mí fué sólo a fuerza de indagaciones y cuidados. Y, en fin, que habiéndose presentado dos o tres veces en el _hospital_, habíanle negado el permiso para comunicar con ella. «¡Desgraciado G... M...!--rugí furioso--¡cuán caro me lo has de pagar!».
--Por lo que a vuestra liberación se refiere, es empresa más difícil de lo que podéis suponer. Hemos pasado gran parte de la noche dos amigos y yo estudiando el edificio y llegamos a la conclusión de que dando vuestros balcones a un patio rodeado de construcciones, costaría mucho trabajo sacaros. Por otra parte, habitáis el tercero y es imposible meter aquí ni cuerdas ni escalas. No veo, pues, ninguna ayuda que pueda venir de fuera. Es pues, en la casa misma donde hay que hallar los recursos.
--No--respondí--; lo he examinado todo, especialmente desde que mi prisión es menos severa gracias a las bondades del superior, la puerta de mi cuarto no se cierra ya con llave y disfruto de libertad para pasearme en las galerías que corresponden a las celdas de los frailes; pero todas las escaleras están obstruidas por fuertes puertas que tienen buen cuidado de mantener cerradas noche y día, de modo que es imposible que la habilidad baste a salvarme.
«Esperad--rectifiqué después de haber meditado sobre una idea que me pareció excelente--; ¿podríais prestarme una pistola?--Muy fácilmente--me contestó--; ¿pero es que queréis matar a alguien?». Aseguréle que me hallaba tan lejos de la idea de matar a nadie, que ni aun era necesario que la pistola estuviese cargada. «Traédmela y no faltéis por la noche a las once frente a esta casa y acompañado de dos o tres de vuestros amigos. Espero poder ir a reunirme con vosotros». Quiso inútilmente otras explicaciones, pero yo le dije que una empresa tal y como la que yo meditaba sólo después del éxito podía parecer razonable. Le rogué abreviase su visita a fin de que le fuése más fácil tener acceso hasta mí al día siguiente. Efectivamente, le dejaron entrar sin oponer más dificultades que la vez primera. Su aspecto era grave y no hay nadie que no le hubiese tomado por un hombre de honor.
Cuando me vi en posesión del instrumento de mi libertad no dudé ya del éxito de mi empresa. Era extraño y arriesgado; pero ¿de qué no sería yo capaz con los motivos que me animaban? Había yo observado, desde que me era permitido salir de mi cuarto y pasearme por las galerías, que todas las noches el portero entregaba todas las llaves al superior, y que momentos después reinaba profundo silencio, que denunciaba a las claras que todo el mundo dormía en la casa. Podía yo, sin obstáculo, ir por una galería de comunicación, desde mi cuarto al de aquel padre. Mi idea era quitarle las llaves, asustándole con la pistola si oponía resistencia a dármelas, y ya con ellas abrirme paso. Esperé con impaciencia. El portero vino a la hora de siempre, es decir, un poco después de las nueve. Dejé pasar aún una hora para asegurarme de que todos, frailes y criados, estaban dormidos. Salí al fin con mi pistola y una vela encendida. Llamé suavemente a la puerta del superior, procurando meter el menor ruido posible. Oyóme a la segunda vez, y creyendo, sin duda, que se trataba de algún religioso que se había puesto enfermo, vino a abrir. Tuvo, sin embargo, antes de franquear la entrada, la precaución de preguntar quién era y qué querían de él. No tuve, pues, más remedio que dar mi nombre, pero lo hice con tono quejumbroso para darle a entender que me hallaba enfermo. «¡Ah!, sois vos, querido hijo... ¿Qué es lo que os trae a tales horas?». Entré en la habitación y ya allí le declaré sin ambages que me era imposible seguir más tiempo en San Lázaro; que la noche me parecía propicia para marcharse de allí y que esperaba de su amabilidad me diese las llaves o me abriese él mismo.
Aquella explicación debió sorprenderle. Permaneció un rato contemplándome, sin darme explicaciones; como no podía perder el tiempo, tomé nuevamente la palabra para decirle que estaba muy agradecido a sus bondades, pero que siendo la libertad el mejor de los bienes, sobre todo para mí, a quien privaban de ella injustamente, estaba decidido a procurármela aquella noche, fuése como fuése, y añadí que para que no se molestase en elevar la voz llevaba en mi cinturón una razón convincente. «¡Una pistola! ¿Cómo?, ¿queréis arrebatarme la vida en pago a las bondades que he tenido con vos?--¡Dios me libre!--respondíle--Tenéis demasiado talento para ponerme en ese trance, pero quiero ser libre, y mi resolución es tan firme que si mi plan se desbarata por vuestra culpa os hago responsable de ello.--Pero hijo mío--protestó lleno de miedo y palideciendo--, ¿qué os he hecho?, ¿por qué razón deseáis mi muerte?--No, no--repliqué impacientándome--; no quiero vuestra muerte, pero si queréis vivir abridme la puerta y seré vuestro mejor amigo». Vi las llaves sobre su mesa, las cogí y le rogué me siguiese, encareciéndole la necesidad de no hacer ruido.
Hubo a la fuerza de obedecerme. A medida que avanzábamos y que franqueaba las puertas me repetía con un suspiro: «¡Ah, hijo mío, hijo mío! ¡Jamás lo hubiera creído!--¡Cuidado con el ruido!--limitábame a responder». Por fin llegamos a la gran puerta que daba a la calle. Creíame ya libre, y permanecía detrás del fraile, con la pistola en una mano, la vela en la otra.
Mientras él se apresuraba a abrir, un criado, que dormía en una habitación vecina, al oir el ruido de los cerrojos asomó la cabeza a la puerta. El buen padre le creyó capaz de detenerme, y le ordenó, con harta imprudencia, que interviniese. Tratábase de un fornido bribón, que se arrojó sobre mí sin vacilar. No me anduve en ambajes y le disparé un tiro en pleno pecho. «He aquí de lo que sois culpable, padre mío--díjele a mi guía--. Pero que esto no os impida seguir--añadí, empujándole hacia la última puerta». No se atrevió a resistir. Salí sin novedad, y a cuatro pasos de allí hallé a Lescaut con dos amigos, según me habían prometido.
Nos alejamos. Lescaut me dijo que había creído oir un tiro. «Es culpa vuestra--respondí--; ¿por qué me trajisteis la pistola cargada?». Sin embargo, le di las gracias por aquella precaución, sin la cual hubiese tenido San Lázaro para rato. Fuimos a acabar la noche a una taberna, donde me indemnicé de la mala mesa que padecía hacía tres meses. No tenía, sin embargo, humor para gozar de nada; sufría pensando en Manon. «Hay que salvarla--dije a mis tres amigos--. No he deseado la libertad más que con tal fin. Os pido la ayuda de vuestra maña; por lo que a mí atañe estoy dispuesto a jugarme la vida en tal empresa». Lescaut, que no carecía ni de talento ni de prudencia, nos hizo notar que había que ir con mucha prudencia; que mi salida de San Lázaro y la desgracia involuntaria, causada al huir, harían ruido; que el Jefe Superior de Policía me haría buscar, y tenía las manos largas, y, en fin, que si no quería exponerme a algo peor que San Lázaro, convenía que permaneciese oculto unos días para dar tiempo a que el primer fuego de mis enemigos se extinguiese.
Su consejo era prudente, pero hubiérase precisado serlo yo también para seguirlo. Tanta lentitud y precaución compaginaban mal con mi pasión. A todo lo más que llegué fué a prometerle que el siguiente día lo pasaría durmiendo. Encerróme en su cuarto, donde permanecí hasta la noche.
Empleé gran parte del tiempo en hacer proyectos y en inventar expedientes para librar a Manon. Hallábame convencido de que su prisión era aún más severa que lo había sido la mía. No se trataba de emplear la fuerza ni la violencia, sino la habilidad. Tan poco claras mostrabanme las cosas que decidí tomarme algún tiempo para enterarme de la marcha interna del _hospital_.
No bien con la noche recobré la libertad, rogué a Lescaut que me acompañase. Enhebramos conversación con uno de los porteros, que me pareció hombre de buen juicio. Fingíme extranjero, que había oído hablar con elogio del establecimiento y del orden que reinaba allí. Interroguéle sobre los menores detalles y de unas cosas en otras fuimos a parar a los administradores, cuyos nombres y cualidades díjele deseaba saber. Sus respuestas a tales indagatorias hicieron brotar en mi cerebro una idea que me pareció bien, desde luego, y que no tardé en poner por obra. Preguntéle, como cosa que era absolutamente precisa para mis planes, si aquellos señores tenían hijos. Contestóme que por lo que a la mayor parte se refería no podía contestarme, pero que de uno, T..., que era de los principales, sí estaba seguro que tenía un hijo, en edad de matrimoniar, y que había venido ya varias veces con su padre al _hospital_. Aquella certeza me bastó.
Abrevié nuestra conversación y expuse a Lescaut, al volver a su casa, el plan que me había trazado. «Supongo--díjele--que T... hijo, rico, y de buena familia como es, debe de sentir inclinación por los placeres como todos los jóvenes de su edad. No le creo capaz de ser enemigo de las mujeres, ni ridículo hasta el punto de negar su ayuda para una empresa de amor. Tengo el proyecto de interesarle en la libertad de Manon. Si es un caballero y tiene sentimientos nobles nos concederá su auxilio por generosidad. Si no es capaz de hacerlo por este motivo, hará de todos modos algo por una muchacha amable, aunque no sea más que con la esperanza de tener parte en sus favores. No quiero retrasar mi visita más allá de mañana. Me siento tan consolado por este proyecto que me parece cosa de buen agüero».
Lescaut convino en que mis ideas no carecían de sentido. Pasé la noche menos triste.
A la mañana siguiente me vestí lo más decentemente que pude dada mi indigencia y me hice conducir en coche a casa de T... Mostróse extrañado al recibir la visita de un desconocido. Auguré bien de su cara y de su cortesía. Me expliqué francamente con él, y para ayudar a su buen natural habléle de mi pasión y de los méritos de mi querida como de cosas que no podían tener igual sino entre sí. Díjome que aunque no había visto nunca a Manon por lo menos había oído hablar de ella si era, como creía, la que fué querida del viejo G... M... No dudé que le habrían puesto en antecedentes sobre mi participación en aquella aventura y para ganar más su voluntad fingiendo una confianza absoluta, le conté detalladamente todo lo que nos sucediera a Manon y a mí. «Ya veis, señor--continué--, el interés de mi vida y el de mi corazón están en vuestras manos. La una no me es ciertamente más preciosa que el otro. No tengo secretos para vos porque sé de vuestra generosidad y porque la paridad de edades me deja la esperanza de que alguna habrá entre nuestras inclinaciones».
Pareció muy sensible a mi prueba de franqueza y de candor. Su respuesta fué la de un hombre que tiene mundo y buenos sentimientos, cosa que no siempre da el mundo y en cambio hace perder con frecuencia. Me dijo que miraba mi visita como algo grato, mi amistad como una de las adquisiciones más valiosas, y que trataría de merecerla por el celo que pondría en servirme. No me ofrecía devolverme a Manon, según él, porque no gozaba de crédito para ello, pero que me ofrecía verla y hacer todo lo que en él estuviera para devolverla a mis brazos. Más satisfecho quedé de aquella falta de fe en su poder que si me hubiese ofrecido una plena y absoluta seguridad de dar satisfacción a todos mis anhelos. Encontré en la moderación de sus promesas una franqueza que me encantó. En una palabra, prometímelo todo de sus buenos oficios. La sola promesa de procurarme una entrevista con Manon me hubiese hecho realizar cualquier cosa por él. Expreséle algo de tales sentimientos de modo que vió que tampoco yo era un malnacido. Nos abrazamos y quedamos amigos sin otras razones que la bondad de nuestros corazones y esa noble disposición que hace que un hombre leal y generoso profese amistad a otro que lo es también. Llevó las pruebas de su estima más lejos aún, pues conociendo mis aventuras, no ignorando mi salida de San Lázaro y juzgando que no debía hallarme sobrado de medios puso su bolsa a mi disposición. No acepté, pero le dije: «Es demasiado. Ahora bien, si con tanta bondad y amistad me hacéis volver a ver a mi adorada Manon, soy vuestro de por vida; si me devolvéis del todo a esa amada criatura no creeré pagaros derramando por vos hasta la última gota de mi sangre».
Nos separamos después de convenir hora y sitio en que debíamos encontrarnos; por su parte llevó la complacencia hasta no retrasarlo más allá de aquella misma tarde.
Le esperé en un café donde vino a reunirse conmigo a eso de las cuatro y, ya juntos, emprendimos el camino del _hospital_. Me temblaban las piernas al atravesar los grandes patios. «¡Poder del amor--decía yo--, volveré a ver al ídolo de mi corazón, al objeto de tantas lágrimas e inquietudes! ¡Cielos, dadme fuerzas para vivir hasta llegar a ella y disponed luego de mi fortuna y de mi vida! No tengo otra gracia que pediros».
El señor T... habló con algunos porteros y empleados que se apresuraron a ofrecerle cuanto estuviese en su mano. Hízose mostrar el lugar de la prisión de Manon y nos llevaron hasta él mostrándonos una llave de aterradora magnitud que servía para abrir su puerta. Le pregunté al lacayo encargado de guiarnos, que era el que le había servido, cómo había pasado la infeliz el tiempo de su encierro. Díjonos que era de dulzura angelical; que jamás había recibido de ella una mala palabra; que no había cesado de llorar las seis primeras semanas de su reclusión; pero que desde hacía algún tiempo parecía tomar su desgracia con más calma y que se ocupaba en coser de la mañana a la noche, excepción hecha de algunos ratos que dedicaba a la lectura. Le pregunté también si al menos había estado atendida con limpieza, y me contestó que de lo preciso no había carecido.
Nos acercamos a su puerta. Mi corazón latía con violencia. Dije a M. de T... «Entrad solo y prevenidla de mi visita, pues temo que mi súbita presencia la afecte demasiado». La puerta nos fué franqueada. Permanecí en la galería. No obstante me enteraba de su conversación. Díjole que iba a llevarle algún consuelo; que era uno de mis amigos y que se interesaba mucho por nuestra dicha. Preguntóle ella con gran viveza que si podría enterarla de lo que había sido de mí. Prometióle llevarme a sus plantas todo lo enamorado y fiel que ella podía desear. «¿Cuándo?--interrogó--Hoy mismo--dijo él--. No tardará. Si lo deseáis, en este mismo momento comparecerá ante vuestros ojos». Comprendió que yo me hallaba tras de la puerta y corrió allí precipitadamente en el momento en que al sentirla venir entraba yo. Nos abrazamos con esa efusión de ternura que una ausencia de tres meses hace tan dulce para los verdaderos amantes. Nuestros suspiros, nuestras entrecortadas exclamaciones, mil nombres de amor repetidos languidamente por uno y otro, constituyeron durante un cuarto de hora una escena que llegó a emocionar a T... «Os envidio--dijo, mientras nos hacía sentar--. No hay suerte, por gloriosa que sea, a la que no prefiriese yo una querida tan bella y apasionada.--También desdeño yo todos los imperios del mundo--le respondí--para asegurarme la dicha de ser amado por ella.
Todo el resto de una conversación tan ardientemente deseada no podía dejar de ser infinitamente tierno. La pobre Manon me contó sus aventuras y yo le narré las mías. Lloramos amargamente al aludir al estado en que ella se hallaba y al que acababa yo de escapar; T... nos consoló renovando sus promesas de trabajar fervorosamente para poner fin a nuestras miserias. Aconsejónos que abreviásemos aquella primera entrevista para que le fuera fácil proporcionarnos otras. Le costó no poco trabajo hacernos seguir su consejo. Sobre todo Manon, no se resolvía a dejarme partir. Reteníame por las manos y por las ropas; hízome volver a sentar un centenar de veces. «¡Ah, en qué lugar me dejáis! ¡Quién puede asegurarme que volveré a veros!»; M. de T... la prometió que vendría a verla con frecuencia, trayéndome consigo. «En cuanto al lugar--dijo con galantería--no debe llamarse ya el _hospital_; es Versalles mismo desde que encierra la persona que merece el imperio de todos los corazones».
Al salir mostréme liberal con el lacayo que la servía, para animarle a poner celo en sus servicios. Aquel muchacho tenía el alma menos dura y ruin que sus iguales. Había sido testigo de nuestra entrevista. Aquel espectáculo le había emocionado. Un luis de oro que le entregué acabó de hacérmele incondicional. Llevóme aparte cuando bajamos a los patios: «Señor, si queréis tomarme a vuestro servicio o darme una recompensa que me indemnice del empleo que perdería aquí, creo que no me sería difícil devolver la libertad a la señorita Manon».
Agucé el oído ante aquella proposición, y aunque no tenía nada de nada hícele promesas que sobrepujaban con mucho su deseo. Contaba con que siempre sería factible recompensar a un hombre de aquel temple. «Puedes estar persuadido, amigo mío, que no hay nada que no esté dispuesto a hacer por ti y que tu fortuna está tan segura como la mía». Quise saber de qué medios pensaba valerse. «Sencillamente, abrirle por la noche la puerta de su celda y acompañarla hasta la de la calle, donde es preciso que vos la esperéis pronto a recibirla». Le pregunté si no había peligro en que fuése reconocida al atravesar las galerías y los patios. Confesóme que algún peligro habría, pero que era preciso arriesgar algo.
Aunque estaba encantado de verle tan resuelto, llamé a T... para comunicarle el proyecto y la única razón que podía hacerme dudar. Halló más inconvenientes que yo. Convino en que, efectivamente, podía escaparse así. «Pero si la reconocen--continuó--y si la detienen en su fuga, será quizás su pérdida para siempre. Por otra parte, tendríais que abandonar París inmediatamente, pues nunca estaríais bastante bien escondidos para las pesquisas que se harían en su busca. Redoblaríanse en este caso, tanto por vos como por ella. Un hombre escapa fácilmente si está solo; pero le es casi imposible permanecer en el incógnito teniendo al lado una mujer bonita».
Por muy prudente que me pareciese el razonamiento, no tuvo poder en mi espíritu sobre la esperanza tan próxima de devolver la libertad a Manon. Díjeselo así a T..., rogándole perdonase al amor un poco de imprudencia y de temeridad. Díjele que mi intención era, efectivamente, abandonar París para instalarme en algún pueblo próximo, como hiciera ya en otra ocasión. Convinimos con el criado en no retrasar la empresa sino hasta el día siguiente, y para hacerlo todo lo seguro que estuviese en nuestra mano decidimos traer un traje de hombre para facilitar nuestra salida. No era cosa fácil hacerlo entrar, pero la imaginación me dió medios para ello. Rogué tan sólo a T... que se vistiese dos chupas ligeras, una sobre otra, pues del resto me encargaba yo.
Volvimos por la mañana al _hospital_. Llevaba yo para Manon ropa blanca, medias, etc., y por encima de mi jubón un sobretodo que no dejaba ver demasiado lo abultado de mis bolsillos. Sólo permanecimos un momento en su cuarto. Nada faltaba sino el calzón que, desgraciadamente, había olvidado.
El olvido de aquella prenda imprescindible nos hubiese hecho ciertamente reir si el apuro en que nos ponía hubiese sido menos serio. Hallábame desesperado de que semejante bagatela pudiese hacernos fracasar. Al fin, tomé un partido extremo, que fué salir yo sin él. Dejé el mío a Manon. Mi sobretodo era largo y con ayuda de unos alfileres quedé en estado de pasar decorosamente por la puerta.
El resto del día me pareció de una lentitud insoportable. En fin, llegada la noche, fuimos a instalarnos en una carroza, un poco más abajo de la puerta del _hospital_. No pasó mucho tiempo sin que viésemos aparecer a Manon con su guía. La portezuela estaba abierta y ambos subieron en un momento. Recibí a mi amada en mis brazos; temblaba como una hoja. El cochero preguntó que dónde había de conducirnos. «Condúcenos al fin del mundo--grité--; llévame donde no haya fuerzas capaces de separarme nunca de Manon».
Aquel arrebato, que no fuí dueño de contener, estuvo a punto de traerme fatales consecuencias. El cochero recapituló sobre mis palabras y al darle después las señas de la calle donde quería ir, díjome que temía no fuése yo a meterle en un mal negocio; que no se le ocultaba que aquel adolescente a quien llamaba Manon era una mujer que raptaba del _hospital_ y que no estaba de humor de perderse por amor a mí.
Los escrúpulos de aquel bergante no eran sino deseos de hacerse pagar el coche más caro. Estábamos demasiado cerca del _hospital_ para no pasar por todo. «Cállate--le dije--. Hay un luis de oro para ti». Después de aquello me hubiese ayudado, incluso a quemar el _hospital_.
Llegamos a la casa en que vivía Lescaut. Como era tarde, T... nos abandonó a medio camino, prometiéndonos vernos al día siguiente. Sólo el lacayo quedó con nosotros.
Estrechaba yo a Manon con tal afán entre mis brazos, que los dos apenas ocupábamos un solo sitio en la carroza. Lloraba ella de alegría y sentía yo sus lágrimas mojarme el rostro.