Chapter 9 of 14 · 3963 words · ~20 min read

Part 9

«Estaré, no lo dudéis»--respondí con brusquedad. No mostró gran atención a mi pena, y en el impulso de su alegría, que efectivamente parecióme de vivacidad extraordinaria, hízome divertidas pinturas de cómo había pasado el día. «¡Extraña criatura!--díjeme--, ¿qué esperar de este preludio?». Los detalles de nuestra primera separación acudieron a mi memoria. Sin embargo, ahora creía ver en la vivacidad de sus trasportes y en sus caricias un no sé qué de sincero que estaba de acuerdo con las apariencias.

No me fué difícil echar la culpa de mi pena, que me era imposible disimular durante nuestra colación, a una pérdida considerable que había tenido en el juego aquella tarde. Miraba como una gran suerte que la idea de no faltar yo de Chaillot al día siguiente hubiese partido de ella. Siempre era ganar tiempo para mis deliberaciones. Mi presencia allí alejaba todo temor para el día siguiente, y si no observaba nada que me hiciese plantear la cuestión, estaba decidido a trasladar dos días más tarde mi residencia a la ciudad, a un barrio donde nada tuviese que temer de los príncipes. Aquel arreglo hízome pasar la noche más tranquilo, pero no me quitó la amargura de tener que temer una nueva infidelidad.

Al despertarnos Manon me previno que aunque íbamos a pasar el día en nuestra habitación no por eso quería que tuviese el aspecto descuidado y que ella misma iba a arreglar mis cabellos. Teníalos yo harto bellos y aquella era diversión que se había ofrecido en varias ocasiones. Pero en aquélla puso más cuidado que había puesto en ninguna otra. Para darle gusto hube de sentarme ante su tocador y dejarla probar todas las combinaciones que se le antojaron. En el curso de su labor hacíame muchas veces volverme a ella, y apoyando las manos en mis hombros mirábame con ávida curiosidad; en seguida, tras mostrarme su satisfacción con un beso, me hacía colocar en situación para reanudar ella su faena.

Aquel juego nos entretuvo hasta la hora de la comida. Su diversión, y el gusto que tomaba en ella, me habían parecido tan naturales, y su alegría denunciaba tan poco la falsedad temida, que no pudiendo conciliar tales pruebas de amor con tan negra traición, estuve a punto, en varias ocasiones, de abrirle mi pecho, descargándole de un peso que se me hacía insoportable. Pero a cada momento concebía de nuevo la esperanza de que la confidencia vendría de ella y miraba de antemano, como un triunfo, aquella confianza.

Volvimos a su gabinete. Púsose nuevamente a acomodar mi cabellera cuando vinieron a avisarle que el príncipe de... deseaba verla. Aquel nombre me exasperó hasta la violencia. «¿Qué significa esto?--grité, rechazándola--¿Quién? ¿Qué príncipe?». No contestó a mis preguntas. «Hágale subir»--ordenó, glacial, al criado. Luego, volviéndose a mí: «Mi amado, a ti, a quien adoro, te pido un momento, de complacencia, uno tan sólo; te amaré mil veces más, te quedaré agradecida toda mi vida».

La indignación y la sorpresa trababan mi lengua. Ella, mientras, repetía sus súplicas, y yo buscaba inútilmente palabras de desdén con que rechazarlas. Pero, al sentir abrir la puerta de la antesala, cogió mis cabellos, que flotaban sobre mi espalda, con la otra mano cogió un espejo, y empleando todas sus fuerzas llevóme de tal guisa hasta la puerta del gabinete, y abriéndola con la rodilla ofreció a los ojos del recién llegado, a quien el ruido parecía haber petrificado en medio de la estancia, un espectáculo que debió asombrarle. Vi un hombre vestido con lujo, pero de bastante mala traza.

Aun en la turbación en que le sumía la escena no dejó de inclinarse en profunda reverencia. Manon no le dió tiempo a abrir la boca. Presentaba el espejo. «Vea, señor, miraos bien y hacedme justicia. Me pedís amor. He aquí el hombre a quien amo y a quien he jurado amar toda mi vida. Estableced vos mismo la comparación. Si creéis poder disputarle mi corazón decidme en qué os fundáis, pues a fuer de vuestra muy humilde servidora he de deciros que a mis ojos todos los príncipes de Italia no valen uno de los cabellos que tengo en mi mano».

Mientras duró aquel absurdo discurso, que por las trazas tenía meditado de antemano, hacía yo desesperados esfuerzos para libertarme, y compadeciéndome de aquel hombre sentíame dispuesto a reparar el ultraje con mis atenciones. Pero habiéndose repuesto con bastante facilidad, su respuesta, que me pareció un tanto grosera, quitóme mis buenas disposiciones. «Señorita, señorita--dijo con forzada sonrisa--, abro los ojos y os encuentro en verdad menos novicia de lo que creía».

Retiróse inmediatamente, sin tener ni una mirada para ella, y rumiando en voz baja, que las mujeres de Francia allá se iban con las de Italia. Nada me obligaba, en tal ocasión, a hacerle mejorar sus ideas sobre el bello sexo.

Manon abandonó mis cabellos, y arrojándose en una butaca llenó el cuarto con el estrépito de sus carcajadas. No ocultaré que me había llegado al alma aquel sacrificio que sólo podía imputar al amor. Sin embargo, la broma me pareció excesiva e hícela un reproche por ella. Contóme que mi rival, después de obsesionarla con su persecución unos días, y dejarla adivinar con muecas y guiños su amor, habíase decidido a declararse abiertamente, acompañando su declaración con sus nombres y títulos en una carta que le había hecho remitir por el cochero que les conducía a ella y sus compañeras; que aparte de las palabras de amor la prometía cuantiosos presentes. Según decía había vuelto a Chaillot con el designio de contarme aquella aventura, pero habiendo creído que podíamos hallar en ella un motivo de diversión no había podido resistir a su deseo. Entonces había concedido al príncipe italiano la libertad de visitarla en su propia casa y habíase divertido en hacerme entrar en sus planes sin ponerme en antecedentes de ellos. No le dije que hubiese sabido nada por otros conductos y la embriaguez del amor triunfante me hizo aprobarlo todo.

He observado en el transcurso de mi vida entera que el cielo escogió siempre, para castigarme con su mano de hierro, los momentos en que mi buena suerte me parecía más firme y duradera. Me creía tan feliz con la amistad de T. y el amor de Manon que hubiese costado mucho trabajo convencerme de que me amagaba un nuevo infortunio. Sin embargo, preparábase uno tan funesto, y que me ha reducido al extremo en que me hallasteis en Passy, y eso pasando por trámites y aventuras tan crueles que os costará trabajo creer mi narración veraz.

Un día que el señor T... cenaba con nosotros, oímos el ruido de una carroza que se detenía a la puerta de la hostería. La curiosidad nos impulsó a querer saber quién era el que llegaba a tales horas. Dijéronnos que era el joven G... M..., es decir, el hijo de nuestro más cruel enemigo, del viejo libertino que me encerrara a mí en San Lázaro y a Manon en el _hospital_. Su nombre empurpuró mi rostro. «Es el cielo quien le trae--dije a T...--para castigarle de la infamia de su padre. No se escapará sin que hayamos medido nuestras espadas». T... que le conocía y que hasta era uno de sus mejores amigos, esforzóse en hacerme concebir mejores sentimientos para con él. Aseguróme que era un muchacho muy amable y tan poco capaz en haber intervenido en la fea acción de su padre, que yo mismo no hablaría con él un momento sin concederle mi estimación y sin desear la suya. Después de añadir mil cosas más, me pidió mi consentimiento para ir a saludarle y proponerle viniese a ocupar un lugar en nuestra mesa. Previno la objeción del peligro que significaba para Manon descubrir su refugio al hijo de nuestro enemigo, afirmando por su honor y por su fe que cuando nos conociese no tendríamos mejor defensor. Con tales seguridades no opuse ya ningún reparo.

T... nos le trajo, claro que no sin haberse tomado antes unos momentos para informarle de quiénes éramos. Entró con un aire que desde luego nos previno en su favor. Abrazóme cordialmente y nos sentamos todos. Mostró su admiración por Manon, por mí, por cuanto nos pertenecía, y comió con un apetito que hacia honor a nuestra cena.

Cuando alzaron los manteles la conversación se hizo más seria. Bajó los ojos y puso sordina en la voz para hablarnos de los excesos cometidos por su padre con nosotros. Presentónos sus excusas más humildes. «Las abrevio--dijo--para no avivar un recuerdo que me causa rubor». Si sus palabras eran sinceras en un principio, hiciéronse aún mucho más a continuación. Y no había pasado un cuarto de hora sin que me diese cuenta de la impresión que los encantos de Manon causaban sobre él. Sus miradas y sus maneras hacíanse rendidas por momentos. Sin embargo, nada dejó aparecer de tales sentimientos en sus palabras, pero aunque no hubiese estado iluminado por los celos, tenía demasiada experiencia en las cosas de amor para no saber lo que aquello significaba.

Acompañóme parte de la noche y no nos dejó sin haberse felicitado de nuestro conocimiento y haber solicitado de nosotros permiso para renovar de vez en cuando la oferta de sus servicios. Marchó de madrugada con T..., que aceptó un sitio en su carroza.

No sentía, como he dicho ya, ninguna inclinación celosa. Tenía más fe que nunca en los juramentos de Manon. Aquella deliciosa criatura poseía tal ascendiente sobre mi corazón, que no cabía en él ningún pensamiento que no fuése de fe, amor y respeto. En vez de reprocharle el haber gustado al joven G... M... estaba orgulloso del efecto de sus encantos, y hacíame una gloria de ser amado por una criatura que todo el mundo encontraba bella. Ni aun siquiera juzgué pertinente comunicarle mis sospechas. Habíamos empleado algunos días en los cuidados de su vestuario, y, mientras, habíamos discutido si podíamos o no ir al teatro sin peligro de ser reconocidos. T... vino a vernos antes de acabar la semana y le consultamos sobre aquel particular. Comprendió, en seguida, que había que decir que sí para serle agradable a Manon. Resolvimos ir aquella misma noche.

Pero aquella determinación no pudo ejecutarse, pues, habiéndome llamado aparte me dijo sobre poco más o menos: «Estoy en un verdadero compromiso desde la última vez que os vi y mi visita de hoy no es sino una consecuencia de ello. G... M... está enamorado de vuestra querida; me lo ha confesado. Soy su íntimo amigo y estoy dispuesto a todo para servirle; pero también lo soy vuestro. Considero sus intenciones injustas y se las reprocho desde el fondo de mi corazón. Hubiérale guardado el secreto si él, para vencer, no hubiese pensado en emplear sino los procedimientos corrientes, pero está informado del carácter de Manon. Ha sabido, no sé cómo, que gusta de la abundancia y los placeres, y como la fortuna de que disfruta es considerable, ya me ha dicho que piensa tentarla con un magnífico regalo primero, con la oferta de diez mil libras de renta después. En igualdad de condiciones ambos, hubiese tenido grandes escrúpulos en traicionarle, pero la justicia está unida, de vuestra parte, a la amistad, tanto más que habiendo sido la causa imprudente de su pasión, introduciéndole aquí, tengo el deber de remediar el mal que involuntariamente he hecho».

Agradecí a T... aquella prueba realmente considerable de amistad y le devolví su confianza confesándole que el carácter de Manon era tal y como G... M... se lo figuraba, es decir, que no podía soportar el nombre de la pobreza. «Sin embargo--dije--, no siendo cuestión sino de más o menos, no la creo capaz de abandonarme por otro. Estoy en condiciones de no permitir que le falte nada y aun creo que mi fortuna se acrecentará de día en día. Lo único que temo es que G... M... aproveche el conocer nuestro refugio para jugarnos una mala pasada».

T... me aseguró que respecto a eso podía estar tranquilo; que G... M... era capaz de una locura amorosa, pero no de una bajeza, y que si hubiese tenido la cobardía de hacer una, sería él, que me hablaba, el primero en castigarla y en reparar el mal que involuntariamente habría causado. «Os agradezco vuestras intenciones--le repliqué--, pero el mal estaría hecho y el remedio sería muy difícil. Así es que lo más prudente es prevenirle, abandonando Chaillot por otro lugar cualquiera.--Sí--replicó el señor T...--, pero os será difícil hacerlo con la rapidez que sería menester, pues G... M... estará aquí antes de las doce. Me lo dijo ayer, y eso es lo que me ha hecho venir tan temprano para informaros de sus planes. Puede llegar de un momento a otro».

Aviso tan perentorio hízome mirar aquel asunto con atención creciente. Como me parecía imposible evitar la visita de G... M... y no menos imposible impedir que se declarase a Manon, tomé el partido de prevenirle yo mismo sobre los planes de aquel nuevo rival. Pensé que estando enterada de las proposiciones que iban a hacerle y oyéndolas de mí mismo tendría más fuerzas para rechazarlas. Descubrí mi pensamiento a T..., que me dijo que el plan le parecía arriesgadísimo. «Reconozco que sí--le dije--, pero todas las razones que puede haber para tener fe en una querida las tengo para creer en la mía.

[Ilustración]

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No habría sino la cuantía de las promesas que pudiese deslumbrarla y ya os digo que no conoce el interés. Ama el bienestar, pero me ama a mí también; y tal como están de florecientes nuestros asuntos, creo que me preferiría a mí al hijo del hombre que la metió en el _hospital_». En una palabra, persistí en mi determinación y habiéndome apartado con Manon, le enteré de todo lo que acababa de saber.

Dióme las gracias por la buena opinión que tenía de ella y me prometió acoger las ofertas de G... M... de forma que no le quedasen deseos de renovarlas. «No--objeté--, no conviene irritarle con un exabrupto, puesto que podría perdernos. Pero bastante sabes tú, pícara--añadí riendo--, la manera de deshacerte de un adorador pegajoso y molesto». Después de permanecer unos momentos soñadora, dijo: «Acaba de ocurrírseme una idea admirable y estoy encantada con ella; G... M... es el hijo del peor de nuestros enemigos. Debemos vengarnos del padre, no en la persona, pero si en la bolsa del hijo. Voy a escucharle, a aceptar los presentes y a reirme de él.--El proyecto es bonito; pero ¿no te acuerdas ya, criatura, que fué el camino que te llevó al _hospital_?».

Fué inútil que me esforzase en mostrarla los peligros de la empresa; respondióme que tan sólo era cuestión de tomar bien nuestras medidas, y halló respuesta a todas mis objeciones. Dadme el ejemplo de un amante que no haya cedido a todos los caprichos de una querida adorada y os confesaré que hice mal en conformarme. Decidimos, pues, hacer de G... M... nuestra víctima, y por una cruel ironía de la suerte la víctima fuí yo.

Vimos aparecer su carroza a eso de las once. Hizo mil rebuscados cumplidos sobre la libertad que se tomaba al venir a comer con nosotros. No se sorprendió al ver a M. de T..., que le ofreciera la víspera venir también y que se había excusado con algunos asuntos urgentes para no venir en el mismo coche. Aunque no había ni uno solo entre nosotros que no llevase la traición en el corazón, sentámonos a la mesa con aire de cordialidad y amistad; G... M... halló fácilmente manera de declarar sus sentimientos a Manon. No debí parecerle molesto, pues me ausenté exprofeso durante unos minutos.

Noté bien a las claras, a mi regreso, que no le habían descorazonado con un exceso de severidad. Parecía del mejor humor del mundo. Yo, por mi parte, afectaba estarlo también. Reíase interiormente de mi simpleza; yo de la suya. Durante toda la tarde representamos el uno para el otro una divertida escena. Arregléme de manera de procurarle, antes de su partida, una nueva entrevista con Manon, de modo que debió quedar tan satisfecho de mi prudencia como de la buena mesa.

No bien hubo subido a su carroza con M. de T..., Manon corrió a mí con los brazos abiertos, riendo a carcajadas. Repitióme sus discursos y sus proposiciones, sin cambiar palabra. Reducíanse a lo siguiente: la adoraba; quería compartir con ella cuarenta mil libras de renta de que disfrutaba ya, sin contar lo que heredaría cuando muriese su padre. Iba a ser dueña de su fortuna y de su corazón, y como arras de aquellos bienes estaba dispuesto a darle una carroza, un hotel amueblado, una doncella, tres criados y un cocinero.

«He ahí un hijo--dije a Manon--mucho más generoso que su padre. Hablemos de buena fe--añadí--; tales promesas, ¿no os tientan?--¿A mí?--respondió, ajustando a su pensamiento estos versos de Racine:

¿Yo? ¿Me creeréis capaz de tal perfidia? ¡Yo! ¿Podría acaso resistir el semblante odioso que evoca el recuerdo del _hospital_ a mis ojos?

--No--repliqué, continuando por mi parte la parodia:

No; costárame trabajo creer, señora, que el _hospital_ estuviera grabado con un trazo de amor en vuestro corazón.

«Pero no deja de ser un porvenir seductor, un hotel con carroza y tres lacayos, y el amor mismo puede pocas veces hacer así las cosas».

Hízome protestas de que su corazón era mío para siempre y que a nadie amaría jamás sino a mí. «Las promesas que me ha hecho más son aguijón a mi venganza que dardos de amor». Le pregunté si entraba en sus designios aceptar el hotel y la carroza. Respondióme que no quería sino el dinero.

La gran dificultad estaba en obtener lo uno sin lo otro. Decidimos esperar las explicaciones de G... M..., que vendrían en una carta que había prometido escribirle. Recibióla, efectivamente, al día siguiente de mano de un lacayo sin librea que supo hábilmente hallar ocasión para hablarla sin testigos. Díjole que esperase su contestación y vino a traerme la carta a mí. Abrímosla juntos.

Además de los lugares comunes de ternura amorosa, contenía las promesas de mi rival. No reparaba en gastos. Comprometíase a entregar diez mil francos al tomar posesión del hotel, y además a reparar de tal modo las disminuciones que la susodicha cantidad pudiese padecer que Manon la tuviese siempre delante de sí en dinero contante. En cuanto a la inauguración no la retrasaba con exceso. Sólo pedía de plazo dos días para preparar las cosas y hasta la señalaba el lugar donde el hotel estaría emplazado y la marcaba la hora en que la esperaría si conseguía escaparse de entre mis manos. Era esto último lo único que debía inquietarle, pues respecto a todo lo demás parecía estar completamente tranquilo, pero añadía que, si tenía dificultades para escaparse, él encontraría medio de que su fuga fuése cómoda y fácil.

G... M... era más astuto que su padre y quería tener su presa entre las manos antes de soltar el dinero. Deliberamos sobre la actitud que Manon debía adoptar. Hice aún algunos esfuerzos para quitarle la empresa de la cabeza, haciéndola ver todos los peligros que encerraba. Nada pudo quebrantar su determinación.

Escribió breve respuesta a G... M... para decirle que no hallaría dificultad para ir a París el día señalado y que podía aguardarla con absoluta certeza.

Arreglamos en seguida las líneas de nuestra acción. Yo debía partir inmediatamente para buscar en algún pueblecillo, al otro lado de París, una casa, y llevaría a ella nuestro equipaje. Al día siguiente, que era el de la cita, ella iría temprano a París, y después de recibir los obsequios de G... M... le rogaría insistentemente que la llevase al teatro, cogería consigo todo lo que pudiese llevar de la suma aquella, encargaría del resto a mi lacayo, que deseaba llevarse con ella, pues era el mismo que la salvó del _hospital_ y que nos era ciegamente adicto. Yo me hallaría con un coche en la esquina de la calle San Andrés de los Arcos, y a las siete, dejando al coche en espera, avanzaría en las sombras hasta la puerta de la Comedia. Manon me prometió hallar una excusa para abandonar el palco un momento y, aprovechándole, venir en busca mía. El resto era cosa fácil; en un momento estaríamos en mi coche y en poco tiempo habríamos salido de París por la puerta del barrio de San Antonio, que era nuestro camino más corto para nuestra nueva morada.

Aquel plan, estrafalario y todo, nos pareció muy bien arreglado. Pero había una ciega temeridad en creer que, aun resultando todo a las mil maravillas, hubiésemos podido escapar luego a las consecuencias. Sin embargo, nos expusimos con la confianza más temeraria. Manon fuése con Marcelo; así se llamaba nuestro criado. La vi marchar con pena. Díjela al abrazarla: «Manon, ¿no me engañas? ¿Me serás fiel?». Quejóse tiernamente de mi desconfianza y me renovó todos sus juramentos.

Según su cuenta debía de llegar a París a las tres. Yo partí después de ella y fuí a recluirme para perecer de aburrimiento todo el resto de la tarde al café de Feré, en el puente de San Miguel. Allí permanecí hasta la noche. Salí entonces para tomar un coche e ir a apostarme con él, según habíamos quedado, a la entrada de la calle de San Andrés de los Arcos; después fuí a pie a la puerta del teatro. Sorprendióme no hallar a Marcelo, que debía de estar esperándome. Esperé pacientemente una hora, confundido entre los lacayos, ojo avizor, acechando a todos los transeuntes. En fin, al dar las siete, sin percibir nada que tuviese relación con nuestros planes, tomé un billete de parterre para ir a ver si divisaba a Manon y a G... M... en un palco. Ni uno ni otra estaban allí. Volví a la puerta, donde dejé transcurrir aún un cuarto de hora, lleno de impaciencia y de inquietud. No viendo nada tampoco, fuí a mi coche sin resolverme a tomar un partido u otro. Habiéndome visto mi cochero, vino a mi encuentro para decirme, con aire de misterio, que una linda damisela me esperaba, hacía una hora, en la carroza, que había intentado llamar mi atención con multitud de gestos, que él había visto muy bien, y que sabiendo que había de volver había dicho que no se impacientaría y me aguardaría tranquilamente allí.

Creí en seguida que era Manon. Me acerqué rápidamente y entonces vi un rostro encantador que no era el suyo. Tratábase de una desconocida, que empezó por preguntarme si no era con el caballero Des Grieux con quien tenía el honor de hablar. Díjele que, efectivamente, aquel era mi nombre. «Tengo una carta para vos--díjome--, carta que os instruirá del objeto de mi presencia y de cómo he tenido el honor de conocer vuestro nombre». Roguéle me diese tiempo para leerla en un establecimiento cercano. Quiso acompañarme y aun me aconsejó que pidiese un reservado. «¿De quién procede esta carta?»--le dije, al subir. Pero ella me respondió que ya lo vería al leerla.

Reconocí la letra de Manon. He aquí, poco más o menos, lo que me decía: G... M... le había recibido con una cortesía y una magnificencia que sobrepujaban a toda idea. Le había agobiado de presentes y hecho entrever un porvenir de reina. Me aseguraba, sin embargo, que no me olvidaba en aquella nueva fase de su fortuna, aunque no habiendo podido convencer a G... M... de que la llevase al teatro aquella noche, tenía que dejar para otro día el gusto de verme. Pero que para consolarme de la pena que adivinaba podría causarme la noticia había encontrado manera de enviarme a una de las muchachas más bonitas de París, que sería la portadora de su carta. _Firmado_: vuestra fiel amante, Manon Lescaut.