Part 12
Como no había nada en realidad, mirando bien al fondo de mi conducta, que pudiese deshonrarme, sobre todo si se le comparaba con otros jóvenes de mi clase y de mi tiempo, y que, en el siglo en que corremos, no son miradas como vergüenzas, ni una querida guapa, ni el arte para forzar la mano a la fortuna en el juego, hice a mi padre una confesión sincera de la vida que había llevado. A cada falta que confesaba, tenía buen cuidado de añadir ejemplos célebres que disminuyesen su fealdad.
«Cierto que vivía con una querida, sin hallarme ligado a ellos por vínculos matrimoniales, pero el duque de... sostiene dos a la vista de todo París; y el señor de... tiene, hace diez años una, a la que guarda una fidelidad que no ha guardado nunca a su esposa legítima. Las dos terceras partes de las gentes honradas en Francia, consideran como una honra tener una. Cierto también, que usé de algunas supercherías en el juego, pero el marqués de... y el conde de... no tienen otras rentas; el príncipe de... y el duque de... capitanean una pandilla de caballeros de la misma orden». Por lo que se refiere a nuestros designios, respecto de la bolsa de G... M... hubiese podido probar con igual facilidad que no me faltaban precedentes, pero me quedaba aún demasiado sentimiento del honor, para no condenarme a mí mismo en compañía de cuantos en tal sentido pudiera proponerme por ejemplo, de modo que rogué a mi padre me perdonase aquella debilidad en gracia a las dos grandes pasiones que me la inspirase; la venganza y el amor.
Interrogóme sobre si conocía algún medio de apresurar mi libertad y de forma que evitase el escándalo. Participéle los sentimientos favorables a mí, mostrados por el jefe superior de Policía. «Si alguna dificultad hay--expúsele--vendrá de G... M..., así que creo no estaría de más le viéseis». Me lo prometió así.
No me atreví a suplicarle intercediese por Manon. No fué falta de audacia, sino más bien efecto del miedo que me hacía temer irritarle y de resultas sugerirle algún plan funesto para ella y para mí. Aún está por saber para mí si ese temor no ha sido la causa de los mayores infortunios, impidiéndome explorar las disposiciones de mi padre e intentar sugerirle ideas de simpatía y compasión por mi infortunada querida. Tal vez hubiese excitado su piedad; tal vez le hubiese puesto en guardia contra las impresiones desfavorables que iba a recibir del viejo G... M... ¿Qué sé yo? Mi fatal destino hubiese sido quizás más fuerte que todos mis esfuerzos, pero a lo menos no hubiese tenido sino a ella y la crueldad de mis enemigos a quienes acusar de mis desgracias.
Después de dejarme mi padre, fuése a hacer una visita a G... M... Encontróle con su hijo, a quien el guardia de corps había honradamente devuelto su libertad. Jamás he sabido detalles de su conversación, pero no me ha sido difícil adivinarlos al juzgar sus mortales efectos. Fueron juntos, quiero decir, claro es, los dos padres, a casa del jefe superior de Policía, del que solicitaron dos favores; uno hacerme salir en seguida del _Chatelet_, el otro encerrar a Manon por todo el resto de sus días o enviarla a América. Empezábase por aquel entonces a embarcar multitud de gentes sin ley ni fuero para el Mississipi. El jefe de Policía dióles palabra de hacer partir a Manon en el primer barco.
El señor G... M... y mi padre vinieron juntos a traerme la buena nueva de mi libertad. G... M... hízome un cumplido sobre el pasado y habiéndome felicitado por la dicha de tener tal padre, exhortóme a seguir en lo futuro su ejemplo. Mi padre ordenóme le presentase mis excusas por la pretendida falta cometida con su familia y darle además las gracias por haber interpuesto sus buenos oficios para devolverme la libertad.
Salimos juntos sin haber pronunciado ni una palabra que se refiriese a mi querida. Ni aun osé hablar de ella a los carceleros en su presencia. ¡Inútiles hubiesen sido por otra parte mis recomendaciones! La orden cruel había llegado al mismo tiempo que la de mi libertad. Aquella desdichada fué llevada una hora más tarde al _hospital_, para incorporarse a otras infortunadas criaturas condenadas a compartir su suerte.
Habiéndome mi padre obligado a acompañarle a la casa donde moraba, eran casi las seis cuando conseguí, escabuyéndome a sus miradas, volver al _Chatelet_. Pensaba enviar algunos refrescos a Manon y recomendársela al portero, pues no creía me permitiesen verla. Tampoco había tenido aún tiempo de pensar en los medios de libertarla.
Pregunté por el conserje. Había quedado satisfecho de mi generosidad y cortesía, así es que mostró gusto en servirme. Hablóme de la suerte de Manon como de una desgracia que lamentaba por que sabía me causaría pena. No comprendí aquel lenguaje. Hablamos pues algunos momentos sin entendernos. Al fin, notando que necesitaba una explicación, me la dió tal y como ya tuve el honor de deciros y aún siento horror a repetir.
Jamás apoplejía causó efecto más rápido y terrible. Caí con palpitaciones de corazón tan dolorosas, que perdí el conocimiento y pude creerme libertado de la carga de la vida para siempre. Aún quedábame algo de aquella impresión cuando recobré el conocimiento. Volví los ojos a todas partes y aun me palpé para convencerme de si me quedaba algo de la desdichada condición de ser viviente. Verdad es que, de seguir tan sólo el natural instinto que nos hace desear libertarnos de nuestras penas, nada podía parecerme más dulce que la muerte en aquella hora de angustia y consternación. La misma religión no podía amenazarme después del tránsito con nada más atroz que las crueles convulsiones que me atormentaban. La muerte, sin embargo, sólo a mí hubiese sido útil; Manon necesitaba de mi esfuerzo todo y juré emplearlo en su servicio sin vacilaciones.
El portero prestóme toda la asistencia que hubiese podido esperar del mejor de mis amigos. Recibí sus servicios con vivísima gratitud. «¡Dios mío, os veo compadecido de mis penas! Todo el mundo me abandona. Mi mismo padre cuéntase entre mis perseguidores más crueles. Nadie tiene piedad de mí. Vos sólo, en la mansión de la crueldad y la barbarie, tenéis lástima del más miserable de los hombres».
Aconsejóme no salir a la calle hasta haberme repuesto un tanto del estado de turbación en que me hallaba. «¡Dejad, dejad!--respondíle saliendo sin hacer caso--Os volveré a ver antes de lo que creéis. Preparadme el más lúgubre de vuestros calabozos. Voy a hacer méritos para ser dueño de él».
Efectivamente, mis primeras resoluciones llegaban nada menos que a deshacerme de los dos G... M... y del jefe superior de Policía y caer acto seguido a mano armada sobre el _hospital_ con cuantos pudiese interesar en mi pleito. Mi mismo padre, con serlo, apenas si escapaba de la venganza que conceptuaba justa, pues el portero no me había ocultado que él y G... M... habían sido los autores de mi infortunio.
Pero cuando hube dado unos pasos por la calle y el aire fresco calmado un poco mis nervios y mi irritación, mi furor dejó sitio poco a poco a sentimientos más razonables. La muerte de nuestros enemigos no hubiese servido de nada a Manon y en cambio me hubiese quitado toda manera de ayudarle. Ensamblé todas mis fuerzas y todos mis pensamientos para trabajar por la liberación de Manon, dejando el resto para después del éxito de aquella empresa.
Quedábame poco dinero y aquello era una de las bases por donde había que empezar. No veía sino tres personas de quienes pudiese esperarlo; M. de T..., mi padre o Tiberio. Había pocas probabilidades de obtener algo de los dos últimos y avergonzábame de cansar al otro con mis abusos. Pero no es ciertamente en las horas de desesperación cuando se guardan las consideraciones. Fuíme inmediatamente al seminario de San Sulpicio sin preocuparme de si sería reconocido o no. Hice llamar a Tiberio. Sus primeras palabras diéronme a entender que ignoraba aún mis últimas aventuras. Aquello me hizo cambiar en mi plan, que era emocionarle, compadecerle con mi infortunio. Habléle de la alegría que había tenido al ver a mi padre y roguéle me prestase algún dinero para pagar mis deudas antes de abandonar París. Ofrecióme su bolsa para coger lo que quisiese. Cogí quinientos francos de seiscientos que había en ella y le ofrecí un recibo. Pero era demasiado delicado para aceptarlo.
Volví a casa de M. de T... Con él no guardé reserva de nada. Hícele la exposición de mis desgracias y de mis penas. Sabía ya hasta los menores detalles por la precaución que tuvo de seguir la aventura del joven G... M... hasta su fin. Escuchóme, sin embargo, y pareció compadecerme mucho. Cuando le pedí consejo sobre el modo de salvar a Manon díjome que veía tan poca luz de esperanza en ello que de no hacer el cielo un milagro había que renunciar a toda ilusión; que había ido por el _hospital_ intencionadamente después de encerrada ella allí y que ni aun él pudo obtener permiso para verla; que las órdenes del Jefe Superior de Policía eran muy rigurosas, y que para colmo de desdicha la banda de infelices con quienes estaba condenada a partir debían de hacerlo el siguiente día.
Tan consternado me hallaba con sus palabras que hubiese podido estar hablando durante una hora sin que se me hubiese ocurrido interrumpirle. Me dijo que no había ido a verme al _Chatelet_ para conservar más libertad de movimientos no mostrando amistad por mí; que en las horas que llevaba en libertad había tenido la pena de ignorar dónde me hallaba y que había deseado ardientemente verme para darme el único consejo de que creía podía venir algún bien para Manon, pero que se trataba de un consejo peligroso en el cual me rogaba ocultase siempre que él había tenido parte, y era elegir algunos valientes que tuviesen bastante audacia para atacar a los guardas encargados de escoltar a Manon en cuanto hubiesen salido de París con ella. No esperó que le hablase de mi indigencia. «Ahí tenéis cien _pistolas_--díjome ofreciéndome una bolsa--que pueden seros de alguna utilidad. Me las devolveréis cuando vuestros asuntos estén en orden». Añadió que si el cuidado de su reputación se lo hubiese permitido él mismo me hubiese ofrecido la ayuda de su brazo y de su espada.
Aquella generosidad me emocionó hasta el llanto. Empleé en testimoniarle mi gratitud toda la vivacidad que mi aflicción me dejaba aún. Pregunté si no se podía esperar nada por el camino de las súplicas del Jefe Superior de Policía. Díjome que ya había pensado en ello pero que le parecía inútil, pues una gracia de aquella naturaleza no podía pedirse sin una razón y que no veía qué razón podía aducirse para interesar a tan alto y severo personaje, y que si algo podía esperarse en tal sentido era interesando a G... M... y a mi padre en nuestro favor y haciendo que ellos mismos implorasen del Jefe Superior de Policía la revocación de su sentencia. Ofrecióme hacer todos los esfuerzos imaginables para ganar a nuestra causa al joven G... M..., aunque creía hallarle un poco frío con él, tal vez por algunas sospechas concebidas a su cuenta en nuestro asunto. Aconsejóme no omitir por mi parte esfuerzo para tratar de ganar la voluntad paterna.
No era ni mucho menos empresa fácil para mí y no sólo por la dificultad natural de realizarla, sino por otra razón que me hacía temer mostrarme ante él. Habíame escapado de nuestro alojamiento, faltando a sus órdenes, decidido a no volver más desde que supe el triste destino de Manon. Temía no me detuviese contra mi voluntad y aun no me obligase a seguirle a provincias. Mi hermano mayor había empleado en otros tiempos aquel método. Sin embargo, encontré un medio de verme con él sin peligro: citarlo en un sitio público y hacerme anunciar a él con un nombre supuesto. Tomé aquel partido; T... fuése a ver a G... M... y yo por mi parte al Luxemburgo, desde donde envié a avisar a mi padre que un caballero que era su servidor le aguardaba. Temí tuviese algún reparo en venir, pues la noche se aproximaba, pero poco después vile llegar seguido de un lacayo. Roguéle tomásemos por un paseo solitario en que pudiésemos hablar a solas. Dimos lo menos cien pasos sin despegar los labios. Supongo comprendería que tantos preparativos no se habían hecho sin un motivo de importancia. Esperaba, pues, mi discurso: yo meditaba.
Por fin hablé. «Señor--díjele temblando--, sois un buen padre. Me habéis colmado de bienes y me habéis perdonado un número infinito de faltas. El cielo me es testigo de que tengo por vos los sentimientos filiales más tiernos y respetuosos. Pero me parece que vuestra severidad...--¡Mi severidad!...--contestó mi padre, que debía de hallar que hablaba yo con excesiva calma para la medida de su impaciencia--. ¡Ah, señor!--repliqué--, paréceme si que vuestra severidad es excesiva en el trato que habéis infligido a la desdichada Manon. Habéis escuchado a G... M... Su odio os la ha representado con los más negros colores. Os habéis hecho de ella una idea odiosa. Sin embargo, es la más dulce y amable criatura que se vió jamás. ¡Pluguiera al cielo que hubieseis deseado verla un momento! Estoy seguro que os habría parecido tan encantadora como a mí. Hubieseis tomado su defensa; hubieseis detestado las negras astucias de G... M...; hubieseis tenido compasión de nosotros. Estoy cierto de que vuestro corazón no es insensible y os hubieseis dejado enternecer».
Interrumpióme al ver que el fuego con que hablaba no me permitía acabar. Quiso saber a dónde iba a parar con mi inflamado discurso. «¡A imploraros la gracia de mi vida, que no podré conservar ni un día más si Manon parte para América!--No, no--díjome con tono severo--. Prefiero verte muerto que sin honra y sin decoro.--¡No sigáis adelante!--dije, cogiéndole por el brazo--¡Arrancadme esta vida odiosa e insoportable, pues en el estado de desesperación en que me arrojáis la muerte será un favor para mí! ¡Es regalo digno de la mano de un padre!--No te daría sino lo que mereces--replicó--. Conozco a muchos padres que no hubiesen esperado tanto tiempo para ser tus verdugos, pues mi bondad excesiva es lo que te ha perdido».
Arrojéme a sus plantas: «¡Ah, si aún os queda un poco de amor por mí--clamé, abrazándome a sus rodillas--no os mostréis duro e implacable ante mis lágrimas. Pensad que soy vuestro hijo... Acordaos de mi madre, a quien amabais tiernamente. ¿Hubieseis sufrido que la arrancasen de vuestros brazos? No, la hubieseis defendido hasta la muerte. ¿Es que los demás no tenemos también corazón? ¿Puede serse implacable después de haber gozado una vez de las dulzuras del amor?--¡No me hables más de tu madre!--replicóme con irritado acento--. Su recuerdo no sirve sino para atizar mi indignación. Tus desórdenes la matarían de pena si hubiese vivido bastante para verlos. Acabemos ya esta entrevista que me importuna y no me hará cambiar de resolución. Me vuelvo a casa y te ordeno que me sigas».
El tono duro y seco con que me intimó aquella orden me hizo comprender que su corazón era inflexible. Alejéme algunos pasos con el temor que se le ocurriese la idea de detenerme por su propia mano. «No aumentéis mi desesperación--díjele--forzándome a desobedeceros. Es imposible que vaya con vos. No lo es menos que viva después de la dureza con que me habéis tratado. Os doy mi eterno adiós. Mi muerte, de la que tendréis pronto noticia, hará tal vez más paternales vuestros sentimientos para conmigo». Como volviese la espalda para abandonarle, gritó colérico: «¿Te niegas a venir conmigo? Ve, corre a tu perdición. ¡Adiós, hijo ingrato y rebelde!--¡Adiós!--díjele con ciego arrebato--¡Adiós, padre cruel y desnaturalizado!».
Salí en seguida del Luxemburgo. Anduve por las calles como un loco hasta dar en casa del señor T... Alzaba, mientras iba caminando, las manos al cielo para invocar todas las potencias celestiales. «¡Oh, cielos!--repetía--, ¿seréis siempre implacable para los míseros mortales? ¡Sólo de vos puedo esperar ayuda!».
T... no había vuelto aún a su casa, pero regresó después de estarle esperando unos momentos. Su gestión no había dado mejor resultado que la mía, y así me lo dijo con abatido rostro. El joven G... M..., aunque menos irritado que su padre contra mí y contra Manon, no había querido tomar sobre sí el impetrar piedad para ella. Habíase excusado, alegando el temor que a él mismo inspiraba aquel viejo vengativo que habíase enfurecido ya una vez, reprochándole sus proyectos amorosos por lo que a Manon atañía.
No me quedaba, pues, más camino que el de la violencia, tal y como T... me había trazado el plan; a él reduje todas mis esperanzas. «Son bien endebles--díjele--; pero la más dulce y grata para mí es la de perecer en la empresa». Dejéle, rogándole me auxiliase con sus votos, y ya no pensé sino en asociarme unos camaradas a quienes contagiar mi valor y resolución.
Al primero que se me ocurrió recurrir fué al guardia de corps que me había servido ya para detener a G... M... También proyectaba ir a pasar la noche a su casa, no habiendo tenido ánimos para procurarme alojamiento. Le hallé solo. Mostró gran alegría al verme, pues me creía en el _Chatelet_. Ofrecióme sus servicios; le expliqué los que podía prestarme. Tenía bastante buen sentido para apreciar todas las dificultades, pero también bastante generosidad para correr los riesgos.
Pasamos una parte de la noche en madurar mi proyecto. Hablóme de los tres soldados de la guardia de que se valiera en la última ocasión como de tres valientes. T... habíame informado con exactitud del número de los arqueros que debían guardar a Manon en el camino; no eran más que seis. Cinco hombres valientes y resueltos serían bastante para sembrar el pánico entre aquellos miserables, incapaces de defenderse decorosamente si pueden librarse de los riesgos del combate con una cobardía.
Como no carecía de dinero, el guardia de corps aconsejóme no escatimar nada para asegurar el éxito de nuestro ataque. «Necesitamos--dijo--caballos, pistolas y un mosquete cada uno. Yo me encargo de hacer mañana los preparativos. Hacen falta también tres trajes de paisano para los soldados, que, claro es, no osarán mostrarse en una aventura así con los uniformes del regimiento». Puse en sus manos las cien _pistolas_ que me diera T... y que fueron gastadas al siguiente día hasta el último céntimo. Los tres soldados desfilaron ante mí; les animé con promesas y para ilusionarles más di a cada uno diez _pistolas_.
Llegado el día en que la empresa había de tener lugar envié uno al _hospital_ desde por la mañana temprano, para cerciorarse por sus propios ojos de la partida de los arqueros con su presa.
Aunque no había tomado tal precaución sino por un exceso de inquietud y previsión, resultó que era absolutamente precisa. Había confiado en algunas indicaciones erróneas que me habían dado sobre el camino que debían seguir y creía que era en la Rochelle donde la lamentable caravana iba a embarcar. Hubiese malgastado mis esfuerzos de esperar en el camino de Orleans. Fuí informado por el soldado de guardia que era de Havre-de-Grâce de donde partiría el barco para América.
Corrimos a la Puerta de San Honorato, cuidando de ir por distintos caminos. Nos reunimos en los límites del barrio. No tardamos en ver venir los seis guardias y los dos míseros coches que tropezasteis en Passy hace dos años. Aquel espectáculo estuvo a punto de quitarme las fuerzas y hasta el conocimiento. «¡Oh, fortuna!--gemí--¡Cruel fortuna! ¡Dame la muerte o la victoria!».
Nos consultamos un momento sobre la manera de llevar a cabo el ataque; los arqueros no iban arriba de cuatrocientos pasos delante de nosotros y podíamos cortarles el paso con sólo cruzar un pequeño campo al que bordeaba el camino real. Los guardias de corps fueron de opinión de hacerlo así, para caer de improviso sobre ellos, sembrando el pánico en sus filas. Aprobé su idea y fuí el primero en picar espuelas al caballo. Pero la fortuna mostróse sorda a mis ruegos.
Los arqueros, viendo a cinco caballeros galopar hacia ellos, no dudaron fuése con intención de atacarles. Pusiéronse a la defensiva, preparando sus bayonetas y sus fusiles con aire de resolución.
Aquello que no tuvo otra consecuencia que exasperar nuestra furia en el guardia de corps y en mí, robó de golpe y porrazo el valor de nuestros pusilánimes compañeros. Paráronse como de común acuerdo y habiendo cambiado algunas palabras entre sí, volvieron grupas y a todo galopar de sus caballos dirigiéronse hacia París.
«¡Dios mío! ¿qué hacer ahora?--díjome el guardia de corps que parecía tan anonadado como yo ante aquella infame deserción--No somos sino dos». Habíame quedado mudo de furor y de asombro. Detúveme dudando si mi primera venganza no debía de emplearla en la persecución y castigo de los cobardes que así me abandonaban. Mirábales huir y volvía al mismo tiempo mis ojos a los arqueros. Si me hubiese sido posible partirme en dos, hubiese caído a la vez sobre los dos objetos de mi odio.
El guardia de corps, que dióse cuenta de mi incertidumbre por mis miradas de espanto, rogóme prestase oídos a sus consejos. «No siendo sino dos, sería locura atacar a seis hombres que están tan bien armados como nosotros y que parecen esperarnos a pie firme. Hay que volver a París y escoger mejor a nuestros hombres y mañana alcanzarlos. Los arqueros no podrán hacer grandes jornadas con esos pesados carromatos y no nos costará gran trabajo».
Medité un momento sobre aquel partido pero, no viendo por todas partes sino motivos de desesperación, tomé una resolución verdaderamente extrema, y fué, después de dar las gracias a mi compañero por sus servicios, despedirme de él, y luego, en vez de atacar a los arqueros, acercarme sumiso a ellos y rogarles me permitiesen incorporarme a su caravana para acompañar a Manon hasta Havre-de-Grâce y pasar luego con ella al otro lado del mar. «Todo el mundo me persigue o me traiciona--díjele al guardia de corps--, nada puedo esperar de nadie, no aguardo nada de la fortuna, ni menos auxilio de los hombres. Mis males han llegado a la meta, no me queda sino someterme. Así, que cierro los ojos a la esperanza. Pluga al cielo recompensar vuestra generosidad. Adiós. Voy a ayudar a mi mala suerte a consumar mi ruina corriendo a ella voluntariamente». Inútilmente hizo esfuerzos para convencerme que debía de volver a París. Roguéle que me dejase a merced de mi destino y que se fuése él, pues temía que los arqueros siguiesen creyendo en una intención de ataque por nuestra parte.
Fuí hacia ellos con paso lento y tal consternación en el semblante, que no pudieron creer en una intención de ataque. Sin embargo, permanecían a la defensiva. «Tranquilizaos señores--díjeles abordándoles--, no os traigo la guerra; vengo tan sólo a pediros gracia». Roguéles siguiesen su camino sin desconfianza y expliquéles, mientras caminábamos, el favor que esperaba de ellos.
Consultáronse sobre cómo debían recibir aquella confesión. El jefe del destacamento tomó la palabra en nombre de los demás. Respondióme que las ordenes que tenía para vigilar a sus cautivas eran de rigor extremo; que, sin embargo, parecíales tan simpático y buena persona, que él y sus compañeros faltarían un algo a su deber, pero que, como comprendería aquel sacrificio había de costarme algo. Quedábanme quince _pistolas_ y no tuve inconveniente en decirles lo que constituía mi capital. «Pues bien, seremos generosos; no os costará sino un _escudo_ por hora hablar con la mujer que queráis; es el precio corriente en París».