Part 3
Mi padre vino por la tarde a verme; fué tan bueno que empleó los más tiernos consuelos en tratar de amortiguar mis penas. Me mandó que comiese, con tal autoridad que, por respeto, le obedecí. Pasaron algunos días durante los cuales lo poco que comí fué en su presencia, y por obedecerle. Seguía él por su parte, prodigándome las razones que podían traerme al buen camino y hacerme olvidar a la infiel Manon. Verdad era que ya no la estimaba: ¿cómo hubiera podido estimar a la más cambiante y pérfida de las criaturas? Pero su imagen, las encantadoras facciones que llevaba grabadas en el fondo del corazón, no se borraban fácilmente. «Moriré--decíame yo--; debo morir después de tanta vergüenza y tanto dolor. ¡Pero sufriría mil muertes sin poder olvidar a la ingrata Manon!».
Mi padre se mostraba sorprendido al verme tan gravemente herido. Conociendo, como conocía, mis ideas sobre el honor, sabía que su traición a la fuerza tenía que haberla hecho despreciable a mis ojos y acabó por creer que mi obsesión venía, más que de aquella pasión en particular, de una viva inclinación hacia el sexo femenino. Encariñóse de tal modo con aquella idea que, no consultando sino su afecto por mí, vino un día a decirme abiertamente: «Caballero, hasta ahora, como sabes, fué mi intención hacerte ostentar sobre el pecho la noble Cruz de Malta, pero veo que tu vocación no te lleva por ese camino; te gustan las mujeres bonitas; voy creyendo que lo mejor será buscar una que te agrade. Dime con franqueza qué te parece».
Le respondí que no sabía establecer diferencias entre unas mujeres y otras, y que después de lo que me había sucedido las detestaba a todas por igual. «Te buscaré una--me dijo mi padre sonriendo--que se parezca a tu Manon... y que sea más fiel.--¡Ah!, si conservas algún cariño por mí--le contesté--es ella la que has de devolverme. Está seguro, padre de mi alma, que no me ha traicionado. Es incapaz de semejante infamia. El pérfido de M. de B... es quien nos engaña a ti y a mí. Si supieses lo buena que es, lo tierna y sincera, si la conocieses acabarías por quererla.--Eres un chiquillo--replicó mi padre--. ¿Cómo puedes cegarte hasta ese punto después de lo que te he contado de ella? Es ella, ella misma, quien te entregó a tu hermano. Debes olvidar hasta su nombre y aprovechar, si eres prudente, la indulgencia que tengo contigo».
Reconocía yo harto claramente que mi padre tenía razón. Pero era un movimiento instintivo el que me hacía tomar la defensa de la infiel. «¡Verdad es, desgraciadamente--dije--, que soy víctima de la más cobarde de las perfidias!--Sí--continué, derramando lágrimas de despecho--, bien veo que no soy más que un chiquillo. Mi credulidad no debe haber costado mucho burlarla. Pero bien sé lo que tengo que hacer para vengarme». Quiso mi padre saber mis intenciones. «Iré a París, prenderé fuego a la casa del pérfido M. de B... y le quemaré vivo, con Manon». Aquel arrebato hizo reir a mi padre y no sirvió sino para hacerme guardar más severamente en mi cárcel.
Pasé en ella seis meses, durante el primero de los cuales hubo poco cambio en mi estado de ánimo. Todos mis sentimientos no eran sino una perpetua alternativa entre el odio y el amor, entre la esperanza y el desconsuelo, según la forma en que se aparecía a mi espíritu la imagen de Manon. Tan pronto no miraba en ella sino la más encantadora de las mujeres y ardía en deseos de volver a verla; tan pronto ofrecíaseme como una malvada y traidora amante y me hacía a mí mismo mil juramentos de no buscarla más que para castigarla.
Me dieron libros que sirvieron para devolver un poco de tranquilidad a mi alma. Releí todos mis autores; adquirí nuevos conocimientos; recobré afición infinita al estudio; ya veréis lo útil que me fué todo ello luego. La clarividencia que el amor me había dado me hizo orientarme en multitud de pasajes de Horacio y Virgilio, que hasta entonces hallara confusos. Hice un comentario amoroso sobre el cuarto libro de la Eneida; me propongo publicarlo y creo que el público quedará contento de él. «¡Ay!--pensaba escribiéndolo--Un corazón como el mío hubiese necesitado la fiel Dido».
Tiberio vino un día a verme en mi cárcel. Quedé asombrado del afectuoso transporte con que me abrazó. No había recibido de él, hasta entonces, otras pruebas de cariño que aquéllas que pudieran hacerme mirarle como sencilla amistad de colegio, de ésas que se forman entre muchachos que tienen próximamente la misma edad. Le encontré tan cambiado, y sobre todo tan serio después de aquellos cuatro o cinco meses transcurridos desde la última vez que le viera, que me inspiró respeto. Hablóme más como sensato consejero que como amigo. Dolióse del extravío en que me había yo precipitado; felicitóme por mi curación, que creía muy avanzada, y exhortóme, en fin, a aprovechar aquella dura lección para abrir los ojos a lo efímero de los placeres.
Mirábale yo con asombro y acabó por darse cuenta de ello. «Querido caballero--me dijo--, no te digo nada que no sea la pura verdad, y a cuyo convencimiento no haya yo llegado después de un profundo examen. Había en mí tanta inclinación como en ti a la voluptuosidad; pero el cielo me había concedido al mismo tiempo el amor a la virtud. He usado de mi razón para comparar los frutos de una y otra y no he tardado mucho en descubrir sus diferencias. La ayuda del cielo se ha unido a mis reflexiones. El mundo me inspira un desdén que nada iguala. ¿Serías capaz de adivinar lo que me detiene para correr a la soledad? Pues únicamente la tierna amistad que te profeso. Conozco la bondad de tu corazón y de tu inteligencia; no hay buena acción de que no seas capaz. El veneno del placer te ha desviado de tu camino. ¡Qué pérdida para la virtud! Tu fuga de Amiens me causó tan gran pena que no he vuelto a disfrutar desde entonces ni un momento feliz. Juzga tú mismo por los pasos que me ha hecho dar». Contóme que después de darse cuenta de que le había engañado y me había fugado con mi amante había montado a caballo para alcanzarnos, pero que llevándole cuatro horas de ventaja, le había sido imposible; que, sin embargo, había llegado a San Denis media hora después de mi partida; que seguro de que me quedaría en París había pasado seis semanas buscándome; que había frecuentado todos los lugares donde acariciaba la esperanza de poderme hallar, y que, por fin, un día, en el teatro, había reconocido a mi amante, que iba vestida con tal lujo, que supuso debía su fortuna a un nuevo amante; que la había seguido hasta su casa, y allí había sabido por un criado que estaba mantenida por la liberalidad de M. de B... «No me detuve ahí--prosiguió--. Volví al día siguiente para que ella misma me dijese qué era de ti. Al oirme nombrarte, desapareció bruscamente y hube de venirme a provincias sin más aclaración. He sabido tu aventura y la consternación profunda en que te ha sumido; pero no he querido verte sin asegurarme de que te hallabas ya más tranquilo».
--Has visto a Manon--exclamé con un suspiro--. «Más feliz has sido, ¡ay de mí!, que yo, condenado a no volverla a ver». Reprochóme aquel suspiro que indicaba aún en mí una debilidad por ella. Luego halagóme con tanta maña comentando la bondad de mi carácter y mis inclinaciones, que hizo nacer en mí desde aquella primera visita un afán de renunciar como él a todos los placeres del siglo para abrazar el estado eclesiástico.
Tanto me agradaba la idea que en cuanto me vi solo no pensé en otra cosa. Recordé los sermones del señor obispo de Amiens que me había aconsejado lo mismo, y los augurios felices que había hecho en mi favor si llegaba a tomar aquel partido. La piedad mezclóse también en mis determinaciones. «Llevaré una vida tranquila y cristiana--decíame a mí mismo--. Me ocuparé del estudio y de mis deberes religiosos que no me dejarán pensar en los peligrosos devaneos del amor. Despreciaré lo que la mayoría de los hombres admiran. Y como estaré seguro de que mi corazón no deseará sino aquello que estime, tendré tan pocas inquietudes como deseos».
Construía sobre esa base un plan de vida tan tranquila como solitaria. Hacía entrar en ella una casa de campo apartada en un bosquecillo, un fresco arroyuelo y un pequeño jardín; una biblioteca de libros escogidos, algunos amigos virtuosos y de buen juicio, una mesa limpia y frugal. Unía a esto un cambio de correspondencia con un amigo que viviría en París y me informaría de los sucesos acaecidos, menos por satisfacer mi curiosidad que por distraerme en la contemplación de las locas agitaciones de los hombres. «¿No sería feliz así?--añadía yo--¿No estarían satisfechos todos mis deseos?». Es indudable que aquel proyecto halagaba mis inclinaciones. Pero, para remate de tan sensato plan, sentía yo que mi corazón aguardaba aún algo, y que, para no tener nada que desear en la más deliciosa soledad, era preciso... estar con Manon.
Sin embargo, Tiberio seguía prodigándome sus visitas para fortalecerme en la determinación que me había inspirado y aproveché la ocasión para insinuarme con mi padre. Declaróme éste que dejaba a sus hijos la libertad de escoger el camino que les fuése más grato, y que sólo se reservaba el derecho de ayudarlos con sus consejos. Diómelos muy sensatos, tendiendo, menos a hacerme renunciar a mi proyecto, que a hacérmelo abrazar con conciencia de lo que hacía.
El comienzo del curso escolar se aproximaba. Convine con Tiberio en ingresar juntos en el seminario de San Sulpicio; él para acabar sus estudios de Teología, yo para empezar los míos. Su mérito, que era harto conocido del obispo de la diócesis, le hizo obtener de aquel prelado un beneficio de bastante consideración antes de su marcha.
Mi padre, creyéndome curado del todo de mi pasión, no puso dificultad ninguna en dejarme marchar. Llegamos a París. El traje eclesiástico sustituyó a la Cruz de Malta, y al título de caballero el de abate Des Grieux. Me apliqué al estudio con tal aplicación, que hice grandes progresos en pocos meses. No perdía ni un momento del día y aun empleaba parte de la noche. Mi reputación se hizo tan notoria que me felicitaban ya por las dignidades que no podía menos de obtener; y, sin haberlo solicitado yo, mi nombre fué escrito en la lista de los beneficios. No menos fervoroso me mostraba en las prácticas religiosas, a las que era asiduo. Tiberio estaba encantado de lo que miraba como obra suya y en varias ocasiones vertió lágrimas de emoción ante lo que llamaba mi conversión.
Que las resoluciones humanas estén sujetas a rápidos cambios es cosa que no me ha sorprendido nunca; una pasión las engendra y otra pasión puede destruirlas. Pero cuando pienso en la santidad de las que me llevaron a San Sulpicio y en la alegría que el cielo me hacía experimentar al llevarlas a cabo, me espanto de la facilidad con que pude romperlas. Si es verdad que la ayuda celeste es en todo momento de una fuerza igual a la de las pasiones, que vengan a explicarme por qué funesto ascendiente se encuentra uno arrastrado de súbito lejos de su deber, sin encontrarse capaz de la menor resistencia y sin sentir el menor remordimiento. Creíame absolutamente libertado de las debilidades del amor. Parecíame que hubiese preferido la lectura de una página de San Agustín o un cuarto de hora de cristiana meditación a todos los placeres de los sentidos, sin exceptuar aquéllos que pudiera ofrecerme la misma Manon. Sin embargo, un instante desdichado me hizo caer en el precipicio, y mi caída fué tanto más irreparable porque, hallándome de súbito en el mismo grado de profundidad de donde había salido, los nuevos desórdenes en que caí me arrastraron a un abismo mucho más hondo.
Llevaba casi un año en París sin ocuparme para nada de los asuntos de Manon. Mucho trabajo me había costado al principio; pero los consejos, siempre prudentes, de Tiberio y mis propios pensamientos habíanme hecho obtener la victoria. Los últimos meses habían trascurrido con tal tranquilidad que comenzaba a creerme a punto de olvidar a la encantadora pérfida. Así llegó el tiempo en que había de hacer un ejercicio público para ingresar en la Escuela de Teología. Rogué a varias personas de mi más alta consideración que viniesen a honrar mis exámenes con su presencia. Mi nombre voló así por todos los barrios de París y llegó hasta los oídos de mi infiel. No le reconoció con toda certeza bajo el título de abate; pero un resto de curiosidad, tal vez el arrepentimiento de haberme engañado (jamás conseguí saber cuál de aquellos dos sentimientos), hízola interesarse por un nombre tan semejante al mío. Vino a la Sorbona con algunas otras damas, presenció mi ejercicio y no cabe duda que debió costarle poco trabajo reconocerme.
No supe nada de aquella visita. Es sabido que en tales lugares existen habitaciones reservadas para las damas, que permanecen ocultas tras una celosía. Volví a San Sulpicio cubierto de gloria y de cumplidos. Eran las seis de la tarde. Un instante después vinieron a avisarme que una señora quería verme. Fuí inmediatamente al locutorio. ¡Dios Santo, qué sorprendente aparición! Allí estaba Manon. Era ella, pero más amable y más radiante que la viera jamás. Había cumplido dieciocho años; sus encantos sobrepujaban a cuanto puede imaginarse. ¡Tenía un aire tan dulce, tan fino, tan fascinador!, el aire del amor mismo. Toda ella me pareció un encanto.
Quedé suspenso a su vista, y, no pudiendo conjeturar cuál era el objeto de aquella visita, esperé, con los ojos bajos, tembloroso, a que se explicase. Su turbación fué durante algún tiempo igual a la mía; pero viendo que mi silencio continuaba, ocultó sus ojos con la mano para disimular sus lágrimas. Díjome con un tono lleno de timidez, que comprendía que su infidelidad merecía mi odio, pero que si era cierto que alguna vez hubiese yo sentido la menor ternura por ella había sido también harto cruel dejando pasar casi dos años sin preocuparme para nada de su suerte, y aún mucho más viendo en el estado en que se mostraba a mí sin apiadarme de ella ni tener para ella una buena palabra. Imposible me sería expresar el desorden de mi alma al escucharla.
Sentóse; yo permanecí en pie, casi vuelto de espaldas, sin osar mirarla frente a frente. Varias veces comencé a hilvanar una respuesta que no tuve fuerzas para concluir. En fin hice un esfuerzo para exclamar dolorosamente: «¡Pérfida, Manon! ¡Ah, pérfida, pérfida!». Repitióme derramando lágrimas, que no pretendía justificar su perfidia. «¿Qué pretendéis, entonces?--tuve fuerzas para exclamar aún.--¡Quiero morir!--respondió--, si no me devolvéis vuestro corazón, sin el cual no es posible que viva.--¡Pídeme, pues, la vida, infiel!--respondí, derramando a mi vez lágrimas, que me esforzaba en vano por contener--; ¡Pídeme la vida, que es lo único que me queda por sacrificarte, pues mi corazón nunca ha cesado de ser tuyo!».
Apenas hube acabado de pronunciar estas últimas palabras, se levantó para correr a mí y estrecharme en sus brazos con locura. Abrumóme con las más apasionadas caricias, llamóme con los más tiernos nombres que inventó el amor para expresar sus más vivas ternuras. Yo no la contestaba aún, sino con languidez. ¡Qué tránsito desde la tranquila paz en que había vegetado a los tumultuosos sentimientos que sentía renacer! Hallábame aterrado; me estremecía, como sucede cuando nos vemos perdidos de noche en una campiña solitaria: nos creemos transportados a un mundo desconocido; nos sobrecoge un horror secreto, del que no nos reponemos hasta haber explorado bien todos los alrededores.
Sentámosnos uno junto a otro. Cogí sus manos entre las mías. «¡Ah, Manon!--díjele acompañando mis palabras de una mirada llena de tristeza--No esperaba la negra traición con que pagasteis mi amor. Bien fácil os era engañar a un pobre corazón en que reinabais como única señora y que cifraba su dicha en obedeceros y seros grato. Decidme ahora si habéis encontrado otro tan tierno o tan sumiso. No, imposible, la naturaleza no ha hecho otro de mi temple. Decidme al menos si pensasteis en él alguna vez con nostalgia. ¿Qué fe he de poner en vuestra bondad, que hoy os hace venir a consolarle? Bien veo que sois más encantadora que nunca, pero, a cambio de cuanto por vos sufrí, bella Manon, decidme si seréis más fiel».
Tales y tan tiernas cosas me dijo sobre su arrepentimiento y con tales juramentos se ligó a la fidelidad inquebrantable que acabó por enternecerme. «Amada Manon--suspiré con una mezcla extraña de expresiones amorosas y teológicas--; eres demasiado adorable para una criatura humana. Siento mi corazón arrebatado por victorioso deliquio. Todo lo que de libertad se habla en San Sulpicio, no es sino una quimera. Voy a perder mi fortuna y mi reputación por ti, lo preveo; leo en tus lindos ojos mi destino, pero ¿de qué pérdidas no me vería consolado por tu amor? Los favores de la fortuna no me importan, la gloria me parece humo, mis planes de vida eclesiástica, locos desvaríos, todo bien que no sea el que a tu lado espero es un bien despreciable, puesto que no tendría fuerza ni un solo instante en mi corazón contra una sola de tus miradas».
Aunque ofreciéndole para lo futuro un olvido general de sus pecados quise saber cómo se había dejado seducir por M. de B... Contóme que, habiéndola visto asomada a la ventana, se había enamorado de ella; que le había hecho su declaración en estilo de Granjero-General; es decir, haciéndole saber que el pago sería proporcionado a los favores; que había comenzado por capitular aunque sin otra idea que la de sacar de él alguna cantidad considerable que nos ayudase a vivir cómodamente; que la había deslumbrado con tan magníficas promesas que se había dejado vencer poco a poco. Añadió que debía yo, sin embargo, juzgar su remordimiento por las muestras de dolor que había dado la víspera de nuestra separación y que, pese a la opulencia de que la rodeara, jamás había sido feliz con él, no sólo porque no hallaba, añadió, la delicadeza de mis sentimientos y el encanto de mis modales, sino porque en medio de los placeres con que la obsequiaba, guardaba en el fondo de su corazón el recuerdo de mi amor y el remordimiento de su infidelidad. Hablóme de Tiberio y de la gran turbación que su visita le produjo. «Una estocada en el corazón hubiese alterado menos mi sangre. Volvíle la espalda sin poder sostener ni un momento su presencia».
Continuó contándome por qué medios supo mi estancia en París, mi cambio de condición y mis ejercicios de la Sorbona. Me aseguró que se había emocionado de tal modo durante la controversia que le había costado gran trabajo contener sus lágrimas, sus gemidos y aun sus gritos, que en más de una ocasión estuvieron a punto de estallar. Díjome, por último, que había salido la última de aquel lugar, para ocultar a las miradas indiscretas su turbación y que, siguiendo los impulsos de su corazón y la impetuosidad de sus deseos, había venido derecha al seminario con la resolución de morir si no me hallaba dispuesto a perdonarla.
¿Dónde habría un bárbaro que ante arrepentimiento tan vivo y tan apasionado no se hubiese conmovido? Por lo que a mí se refiere comprendí que hubiese sido capaz de sacrificar a Manon en aquel momento todos los obispados de la cristiandad. La pregunté qué nuevo orden creía ella debíamos poner en nuestros negocios. Propúsome lo primero salir del seminario y suspender toda decisión hasta hallarnos en lugar más seguro. Consentí en cuanto quiso, sin replicar. Fuese, pues, en su carroza, a esperarme en la esquina de la calle. Escapéme un momento después, sin que el portero me viese, y ganando el coche, subí con ella. Detuvímosnos en una tienda de ropas usadas; volví a recobrar galones y espada. Manon corrió con los gastos, pues yo no tenía dinero alguno, porque ante el temor de que pudiese hallar algún obstáculo para salir de San Sulpicio no había querido que volviese a mi cuarto a recogerlo. Por otra parte mi tesoro era escaso y en cambio ella lo bastante rica, gracias a las liberalidades de M. de B..., para desdeñar lo que me obligaba a abandonar. En casa del ropavejero discutimos el partido que convenía tomar. Para hacerme más grato el sacrificio de M. de B... decidió no andarse en paliativos con él. «Quiero dejarle los muebles, que son suyos. Es de justicia--dijo Manon--. En cambio me llevaré, como es natural, mis alhajas y casi sesenta mil francos que le he sacado en dos años. Ningún derecho sobre mí le he dado--añadió--, así es que podemos vivir sin temor en París, alquilando una casa cómoda, donde seremos felices».
Hícele observar que si no había peligro para ella habíalo y muy grande para mí, que tarde o temprano acabaría por ser reconocido, y que estaría continuamente expuesto al mismo peligro por el que ya pasé una vez. Me hizo comprender que sentiría mucho tener que dejar París. Amábala tanto que temeroso de enojarla no había peligro que no fuése capaz de correr por ella. Pero, por fin, hallamos un justo medio razonable, que consistía en alquilar una casa en los alrededores, en cualquier pueblecillo, desde donde pudiésemos ir a la ciudad siempre que nos fuése menester para diversiones o negocios. Escogimos Chaillot, que no está muy lejos. Manon volvió acto seguido a su casa, y yo me fuí a esperarla a la puerta pequeña del jardín de las Tullerías.
[Ilustración]
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Volvió una hora más tarde en una carroza de alquiler, con una muchacha que la servía y algunos baúles, donde estaban encerrados sus trajes y cuantas cosas tenía de valor.
Poco tardamos en llegar a Chaillot. Nos hospedamos la primera noche en la posada para tener tiempo de buscar una casa o por lo menos un piso donde instalarnos con comodidad. Hallamos, al siguiente día, uno de nuestro agrado.
Mi felicidad me pareció establecida sobre bases de firmeza inquebrantable. Manon era la dulzura y la complacencia personificadas. Tenía para mí tales y tan delicadas atenciones que por ellas me creí compensado de todas mis penas. Como habíamos adquirido los dos un poco de experiencia, razonábamos sobre la solidez de nuestra fortuna. Sesenta mil francos que constituían el fondo de nuestra riqueza, no eran una suma que pudiera dar de sí para toda una vida. Tampoco estábamos dispuestos a limitar nuestros gastos con exceso. La mayor virtud de Manon, como tampoco mía, no era el ahorro. He aquí el plan que nos trazamos: «Sesenta mil francos--dije--pueden sostenernos seis años. Dos mil escudos al año nos bastarán si seguimos viviendo en Chaillot. Llevaremos vida decorosa, pero sencilla. Nuestro único gasto será la carroza y el teatro. Ya nos arreglaremos. A la Ópera, que os agrada, iremos dos veces por semana. En cuanto al juego nos las compondremos de modo que nuestras pérdidas no pasen nunca de dos _pistolas_. Es imposible que en el espacio de seis años no haya ningún cambio en mi familia; mi padre es viejo, puede morir y me hallaría entonces en situación desahogada, por encima de todo temor».
Aquel acuerdo no hubiese sido ciertamente la mayor locura de mi vida si hubiésemos sido capaces de atenernos a él. Pero nuestras resoluciones no duraron arriba de un mes: Manon sentía pasión por el placer, yo por ella. Surgían a cada instante nuevas ocasiones de gastar, y lejos de lamentar los profusos despilfarros yo era el primero en proporcionarle cuanto creía que podía serle grato. Nuestra casita de Chaillot comenzaba a cansarle.