Chapter 4 of 14 · 3702 words · ~19 min read

Part 4

Aproximábase el invierno; todo el mundo volvía a la ciudad, y el campo iba a quedar desierto. Propúsome volver a París; no consentí en ello, pero para complacerla de algún modo díjele que podíamos alquilar un piso amueblado donde pasar la noche los días en que acabasen muy tarde las reuniones que frecuentábamos, puesto que la gran incomodidad que suponía volver tan tarde a Chaillot era el pretexto que ponía para querer abandonarle. Teníamos así dos alojamientos, uno en la ciudad y otro en el campo. Aquel cambio introdujo pronto el desorden en nuestros asuntos, provocando dos aventuras que fueron causa de nuestra ruina.

Manon tenía un hermano que era guardia de Corps y que resultó desgraciadamente vecino de nuestra misma calle. Reconoció a su hermana viéndola una mañana en la ventana. Vino en seguida a vernos. Era hombre brutal y sin principios de honor. Entró en nuestra habitación profiriendo tremendos juramentos, y como conocía una parte de las aventuras de su hermana abrumóla a injurias y reproches.

Había salido yo momentos antes, lo que no dejó de ser una suerte para él o para mí, poco dispuesto a sufrir injurias de nadie. No volví a nuestro albergue hasta después de su marcha. La tristeza de Manon me hizo, sin embargo, sospechar que algo extraordinario había ocurrido. Contóme la escena desagradable y la actitud brutal de su hermano. Me sentí tan indignado que hubiese querido correr inmediatamente a tomar venganza si ella, con sus lágrimas, no me hubiese detenido.

Mientras estábamos hablando, el guardia de Corps volvió a entrar en la habitación sin hacerse anunciar. Ciertamente que, de haberle conocido, no le hubiese recibido con tanta urbanidad como lo hice; pero después de saludarnos sonriente, dijo a Manon que venía a darle excusas de su arrebato: que la había creído en una vida de desarreglo, y que aquella idea había encendido su ira; pero que habiendo interrogado a un criado sobre mi persona había averiguado cosas tan halagüeñas para mí que su mayor deseo era el de llevarse bien con nosotros.

Aunque aquella información procedente de uno de mis lacayos tenía algo de raro y aun de chocante, recibí sus cumplidos de buena fe, creyendo dar gusto a Manon, que parecía encantada de verle dispuesto a reconciliarse.

Hicímosle quedarse a comer.

En pocos momentos se hizo tan familiar, que habiéndonos oído hablar de nuestra vuelta a Chaillot, quiso absolutamente acompañarnos. Hubo que cederle un sitio en la carroza. Fué una verdadera toma de posesión, porque se aficionó de tal modo a vernos que hizo de la nuestra su casa, y se hizo dueño en cierto modo de cuanto nos pertenecía. Llamábame hermano, y pretextando la gran confianza que tenía, dió en llevar a todos sus amigos a Chaillot y en obsequiarlos a costa nuestra. Vistióse con magnificencia por nuestra cuenta y hasta nos comprometió a pagar todas sus deudas. Cerraba yo los ojos a aquella tiranía para no disgustar a Manon y aun aparentaba no darme cuenta de que de vez en cuando le sacaba sumas de consideración. Verdad es que, siendo un terrible jugador, tenía la honradez de entregarle una parte de las ganancias cuando la fortuna le era favorable; pero la nuestra era demasiado mediocre para poder atender a tan considerables gastos. A punto estaba yo de tener una explicación con él para librarme de sus inoportunidades, cuando un accidente funesto me ahorró el trabajo, causándonos otro mucho más grave, que nos dejó sin recursos.

Nos habíamos quedado un día a dormir en París, como sucedía con harta frecuencia. La criada que dejábamos en tales ocasiones en Chaillot al cuidado de la casa vino a advertirme por la mañana que había habido un incendio durante la noche en nuestra casa y que había costado gran trabajo el extinguirlo. La pregunté si nuestro mueblaje había sufrido algún daño y me respondió que era tal la multitud de gente extraña que había tomado parte en la extinción que no podía responder de nada. Temblé por nuestro dinero, encerrado en una cajita, y fuíme a Chaillot con la mayor premura. ¡Diligencia inútil! La caja había desaparecido ya. Comprendí entonces cómo puede amarse el dinero sin ser avaro. La pérdida de mi tesoro me causó tan vivo dolor que casi perdí la razón. Comprendí de golpe las nuevas desdichas que me aguardaban. La pobreza era la menor. Conocía a Manon; sabía que por muy fiel y enamorada que fuése en la fortuna, no había que contar con ella en la miseria. Gustaba demasiado de la abundancia y los placeres para sacrificármelos. «¡La perderé!--exclamé--¡Desgraciado caballero, volverás a verte privado de cuanto amas en el mundo!». Tal idea me hizo caer en tan negra desesperación que por un momento pensé que tal vez sería mejor acabar mis males con la muerte.

Sin embargo, quedóme bastante presencia de ánimo para examinar por anticipado si no me quedaba ningún otro recurso. El cielo me sugirió una idea que contuvo mi desesperación; parecióme que no sería imposible ocultar nuestra pérdida a Manon y que por habilidad, o con ayuda de la casualidad, podría subvenir a sus necesidades en medida suficiente para que no sintiese privación ninguna.

«Contaba yo--me decía a mí mismo, para consolarme--con que veinte mil escudos nos bastarían para seis años. Figurémonos que los seis años han pasado y que ninguno de los cambios que esperaba haya tenido lugar en mi familia. ¿Qué partido tomaría? No lo sé; pero ¿qué haría entonces que no pueda hacer ahora? ¡Cuántas gentes viven en París que no poseen ni mi ingenio, ni mis cualidades naturales y que, sin embargo, deben sus medios de vida a sus habilidades propias! La Providencia--añadía, razonando siempre sobre los diversos estados de la vida--, ¿no ha arreglado las cosas sabiamente? La mayoría de los ricos y de los poderosos son necios. Esto está bien claro para quien conoce un poco el mundo. Pues bien, en ello hay una ley de justicia admirable; si ellos uniesen el talento al poder y a la riqueza serían demasiado felices, y el resto de los humanos demasiado desdichados. Las cualidades físicas y morales han sido concedidas a los menesterosos como medio de salir de la pobreza y la miseria. Los unos tratan de aprovecharse de la riqueza de los ricos, ayudándoles en sus placeres, y hacen de ellos sus víctimas; los otros, contribuyen a su instrucción y tratan de hacer de ellos hombres honrados; claro es que rara vez lo consiguen; pero eso ya no entra en los planes de la divina sabiduría; por lo menos sacan fruto a sus desvelos: el de vivir a costa de aquéllos a quienes instruyen. De cualquier modo que se mire es innegable que es una renta saneada para los pobres la necedad de los ricos».

Tales pensamientos me reanimaron un poco el corazón y la cabeza. Resolví como primera medida, ir a consultar a M. Lescaut, hermano de Manon. Conocía perfectamente París y ocasiones no me habían faltado para convencerme que no era ni de sus rentas, ni de la paga del Rey, de donde sacaba sus más saneados ingresos. Quedábanme apenas veinte _pistolas_ que felizmente para mí, guardaba en el bolsillo. Mostréle mi bolsa confiándole mi desgracia y mis crueles dudas, y acabé por preguntarle si no veía para mí más solución que morirme de hambre o saltarme, desesperado, la tapa de los sesos. Contestóme que saltarse la tapa de los sesos era recurso de necios; en cuanto a morirse de hambre, efectivamente, había mucha gente de ingenio que se veía reducida a ello cuando no quería hacer uso de sus habilidades; que sólo de mí dependía el saber si era o no capaz de ello; que, por lo que a él se refería, no podía sino ofrecerme su ayuda y su consejo en todas mis empresas.

«Todo eso es muy vago--le respondí.--Mis apuros piden más pronto remedio, y soluciones más radicales, así por ejemplo, ¿qué voy a decir a Manon?--A propósito de Manon--me interrumpió--; ¿qué es lo que os apura? ¿No tenéis en ella el medio, con sólo quererlo, de acabar para siempre con vuestras inquietudes? Una mujer como ella debía bastar a sostenernos a los tres». Cortóme la respuesta que tal impertinencia merecía, para decirme que me garantizaba mil escudos a partir entre los dos, antes de la noche, si aceptaba su consejo; que conocía a un señor, liberal en materia de placeres, que estaba seguro que daría gustoso los mil escudos con tal de obtener los favores de una mujer como Manon.

Le interrumpí: «Tenía mejor opinión de vos; siempre creí que el motivo que os impulsaba a distinguirme con vuestra amistad era un sentimiento muy distinto del que os mueve a hablarme ahora». Confesóme impúdicamente que lo mismo había pensado siempre y que, desde que su hermana había violado las leyes de su sexo, aunque fuése en favor del hombre que más amaba en el mundo, no se había reconciliado con ella sino con el designio de sacar provecho de su mala conducta. Poco trabajo me costó comprender que hasta entonces habíamos sido sus víctimas. Por muy grande que fuera la impresión que su discurso me causara, la necesidad que tenía de él me obligó a contestarle riendo que su consejo era un recurso extremo, que habría que dejar para un caso desesperado. Le rogué que me indicase otro cualquier camino.

Propúsome en vista de ello aprovechar mi juventud y mi buena figura para ponerme bajo la protección de alguna dama vieja y generosa. Tampoco me agradó aquel medio que me hacía infiel a Manon.

Le hablé yo entonces del juego como del remedio más decoroso y más conveniente a mi situación. Díjome que el juego era en verdad un recurso pero que aquello exigía una explicación; que ponerse a jugar con las esperanzas de la suerte era rematar seguramente mi pérdida; que tratar de emplear yo sólo y sin ninguna ayuda ajena, los medios que cualquier hombre hábil usa para corregir las injusticias de la suerte, era oficio harto peligroso; que quedaba un tercer recurso que era el de la asociación, aunque mi juventud le hacía temer que los señores confederados no me juzgasen con las cualidades necesarias para entrar en la liga. Sin embargo, ofrecióme interponer sus buenos oficios y lo que es más, y nunca hubiese esperado de él, puso a mi disposición algún dinero si me urgía. Yo, por mi parte, lo único que le pedí fué que nada dijese a Manon de la pérdida que habíamos sufrido ni de la conversación habida entre ambos.

Salí de su casa aún menos satisfecho que había entrado, y hasta me arrepentí de haberle confiado mi secreto. Nada había hecho por mí que no hubiese podido lograr de él sin necesidad de confiarle mi cuita, y en cambio temía mortalmente que faltase a la promesa que me hiciera de no decir nada a Manon. Además, llegué a temer, analizando sus sentimientos para con mi querida, que aspirase a explotarla por su cuenta, arrancándola de mis manos o aconsejándola por lo menos que me abandonase por otro amante más rico y más feliz. Respecto a todo esto hice mil reflexiones que no sirvieron sino para atormentarme y renovar la desesperación en que me hallaba por la mañana. Varias veces se me ocurrió el pensamiento de escribir a mi padre fingiendo una nueva conversión para así obtener algún dinero, pero me detuvo la idea de que, pese a su bondad, me había encerrado seis meses en severa prisión por mi primera falta y que después de un escándalo, como el que debió de producir mi fuga de San Sulpicio, me impondría castigo mucho más severo.

En fin, en aquel torbellino de ideas se destacó una que devolvió la calma a mi espíritu y me hizo asombrarme de no haberla concebido antes. Fué recurrir a Tiberio en quien tenía la seguridad de hallar el mismo fondo de amistad. Nada hay más admirable, ni nada hace más honor a la virtud que la confianza con que nos dirigimos a las personas cuya probidad nos es conocida. Sentimos que no hay riesgo en ello; si no siempre están en condiciones de ayudar materialmente, por lo menos estamos seguros de hallar bondad y compasión. El corazón que se cierra con tan gran cuidado, ante los otros hombres, ábrese espontáneamente en su presencia como se abre una flor a la luz del sol, del que no espera sino una dulce influencia.

Miré como prueba de la protección celestial el haberme acordado tan oportunamente de Tiberio y decidí buscar los medios de verle antes de la noche. Volvíme inmediatamente a mi casa para escribirle y señalarle sitio propio para nuestra entrevista. Le encarecía el silencio y la discreción como uno de los mayores servicios que podía hacerme en mi situación delicadísima. La alegría que la esperanza de verle encendía en mi espíritu borró las huellas de la pena que Manon hubiese notado seguramente. Habléle de nuestra desgracia de Chaillot como de una bagatela que no tenía por qué inquietarla. Como París era el lugar del mundo que más le agradaba, oyóme con gusto decir que convenía permanecer allí hasta que en nuestra residencia campesina se reparasen algunos desperfectos causados por el incendio.

Una hora más tarde recibí la respuesta de Tiberio que me ofrecía ir al lugar designado. Corrí impaciente. Sentía, sin embargo, vergüenza de mostrarme a un amigo cuya sola vista era un reproche para mis desórdenes; pero la idea que tenía de la bondad de su corazón y el interés de Manon, sostuvieron mi flaqueza.

Habíale rogado que me esperase en el jardín del _Palais-Royal_. Llegó antes que yo. Estrechóme largamente entre sus brazos y sentí su rostro bañado en llanto. Díjele que me presentaba ante él confuso y avergonzado y que comprendía toda mi ingratitud; que lo primero que le rogaba era que dijese si me era aún permitido mirarle como amigo después de haber merecido tan justamente perder su estimación y su cariño. Respondióme con ternura que nada en el mundo era capaz de hacerle renunciar a esa cualidad; que mi desgracia, y aun mis faltas y ligerezas, no habían hecho sino redoblar su cariño hacia mí; pero que era un cariño mezclado con vivísimo dolor, tal como se siente por una persona muy amada a quien se ve caminar a su perdición sin poderlo remediar.

Nos sentamos en un banco. «¡Ay!--le dije con un suspiro que salía del fondo de mi corazón--Vuestra compasión ha de ser inmensa, querido Tiberio, si como me aseguráis es igual a mis penas. Vergüenza me causa confesarlas, pues he de decir que la causa de ellas no es gloriosa; pero las consecuencias son tan tristes que no es necesario quererme, como me queréis, para sentirse enternecido».

Me pidió como una prueba de amistad que le contase todo lo sucedido desde mi salida de San Sulpicio. Satisfice su curiosidad, y lejos de alterar nada de la verdad, ni tratar de disimular mis faltas para hacerlas excusables, le hablé de mi pasión con toda la fuerza que me inspiraba. Se la expliqué como uno de esos golpes del destino que se complace en la ruina de un infeliz y de que tan difícil es a la virtud defenderse como a la prudencia prevenirse. Hícele vivísima pintura de mis zozobras, mis inquietudes, de la desesperación en que me encontraba dos horas antes de verle y del estado en que recaería si me faltaba el apoyo de mis amigos tan implacablemente como el de la fortuna. En fin, conseguí emocionar de tal modo al buen Tiberio, que le vi tan afligido por la compasión como lo estaba yo por la pena.

No se cansaba de abrazarme y exhortarme a tener conformidad y valor, pero como insistía en creer que había de separarme de Manon hícele comprender claramente que era esa separación lo que yo miraba como la mayor de las desgracias y que estaba dispuesto a sufrir no ya la miseria sino hasta la muerte antes de aceptar un remedio que me parecía peor que todos mis males juntos.

«Explicáos--me dijo entonces--. ¿Qué clase de ayuda puedo prestaros puesto que os subleváis contra todos los medios que os propongo?». No osaba yo confesarle que era de su bolsa de lo que había menester. Comprendiólo al fin y permaneció un rato con el aire de persona que duda. «No creáis--replicó por fin--que mi súbita frialdad provenga de un relajamiento en mi celo y mi amistad para vos; pero, ¡en qué alternativa me ponéis, entre negaros el único socorro que queréis aceptar o faltar a mi deber concediéndooslo!... porque, ¿no es contribuir a vuestros desórdenes daros los medios de perseverar en ellos?». «Sin embargo--continuó tras unos momentos de reflexión--, quiero creer que sea tal vez el estado violento en que os precipita vuestra indigencia lo que os priva de libertad para tomar el mejor partido. Hace falta un ánimo sereno para gustar de la sabiduría y de la verdad. Encontraré medio de procuraros algún dinero. Permitidme, mi querido caballero--añadió abrazándome--, poneros tan sólo una condición, y es que a lo menos me indicaréis el lugar donde viváis y no os opondréis a que realice mis esfuerzos para traeros al camino de la virtud, del que sólo la violencia de vuestras pasiones os aleja».

Concedíle gustoso cuanto me pedía y tan sólo le supliqué a mi vez que compadeciese mi mala suerte que me arrastraba a desaprovechar los consejos de amigo tan virtuoso. Llevóme acto seguido a casa de un banquero amigo suyo que me prestó cien _pistolas_ contra una letra suya, pues él no tenía en aquel momento dinero disponible. Ya he dicho que no era rico. Su beca era de mil escudos, pero como era el primer año que estaba en posesión de ella, aún no había cobrado sus rentas, así que era sobre sus futuros beneficios sobre los que me hacía el préstamo.

Comprendí todo el valor de su generosidad. Me emocioné hasta el punto de deplorar la ceguedad de un amor fatal que me hacía faltar a todos los deberes. La virtud tuvo durante unos momentos fuerza bastante para proyectar vivísima luz en mi espíritu, haciéndome ver la indignidad de mis cadenas. Pero el combate fué ligero y duró poco. La vista de Manon me hubiese hecho abandonar el cielo y asombréme, al volver a su lado, de haber podido, por un momento, considerar vergonzosa una ternura tan justificada por objeto tan encantador.

Manon era una criatura de carácter extraordinario. Jamás mujer alguna tuvo menos apego que ella al dinero; pero, en cambio, no podía permanecer en paz ante el temor de que pudiese faltarle. Eran placeres y pasatiempos gratos lo que le era menester; no hubiese por su gusto tocado una pieza de cobre si hubiese sido dable divertirse gratis. Ni siquiera se informaba de cuál era el estado de nuestra fortuna a condición de pasar agradablemente el día. De modo que no siendo ni muy dada al juego, ni apasionada de un lujo extraordinario, nada más fácil que tenerla contenta con sólo inventar cada día una diversión. Pero eso sí, érale tan necesario el placer que sin él no había la menor probabilidad de poder influir sobre su humor y sus inclinaciones. Así pues, aunque me amaba tiernamente, y era yo el único capaz de hacerle gustar perfectamente las delicias del amor, tenía la certeza de que su ternura no resistiría a ciertos temores. Me hubiese preferido al mundo entero con una fortuna mediocre; pero tenía la triste certeza de que me abandonaría por un M. de B... cualquiera en cuanto yo no tuviese para ofrecerle sino mi constancia y mi fidelidad.

Decidí en vista de todo esto, reducir de tal modo mis gastos particulares que en cualquier momento me hallase en condiciones de subvenir a los suyos y antes privarme de mil cosas necesarias que suprimirle a ella ninguna por superflua que fuése. La carroza me asustaba más que todo el resto, pues no veía medio de sostener al cochero y los caballos.

Descubrí mis zozobras a Lescaut. No le había ocultado haber recibido cien pistolas de un amigo. Repitióme que si quería probar fortuna en el juego no desesperaba, siempre que estuviese yo dispuesto a sacrificar un centenar de francos para obsequiar a sus asociados, de que ellos me admitiesen, gracias a su recomendación, en la liga de la industria. Pese a mi repugnancia a engañar, dejéme arrastrar por una cruel necesidad.

Lescaut presentóme aquella misma noche como pariente suyo. Añadió que tenía yo tantas más probabilidades de éxito cuanto que mayores eran mis necesidades de dinero. Sin embargo, para hacer ver que mi miseria no era la de un hombre reducido al último extremo, anuncióles que me proponía invitarles a cenar. La invitación fué aceptada; tratéles espléndidamente. Hicieron largos comentarios sobre la gentileza de mi figura y mis felices disposiciones. Sostuvieron que se podía esperar mucho de mí, porque habiendo en mi rostro algo que denunciaba a la legua al hombre honrado, nadie desconfiaría de mis manejos. En fin, dieron las gracias a Lescaut por haberles proporcionado un novicio de mis méritos, y encargaron a dos caballeros de darme durante algunos días las instrucciones necesarias.

El teatro principal de mis empresas había de ser el Hotel de Transilvania, donde había una mesa de faraón en una sala y otros varios juegos de cartas y de dados en la galería. Aquella academia funcionaba en provecho del príncipe de R..., que habitaba entonces en Clagny, y la mayoría de sus oficiales pertenecían a nuestra sociedad. ¿Lo diré para vergüenza mía? En poco tiempo supe aprovechar las lecciones de mi maestro. Adquirí sobre todo gran habilidad para escamotear la carta y, con ayuda de unos puños largos y rizados, hacíala desaparecer lo bastante ligeramente para engañar las miradas más hábiles, y arruinar sin tener apariencias de ello a no pocas gentes honradas. Habilidad tan extraordinaria acrecentó de tal modo mis ingresos que en pocas semanas me hallé dueño de sumas considerables, sin contar las que de buena fe compartía con mis asociados.

No temí entonces ya participar a Manon nuestra pérdida de Chaillot, y para consolarla, al comunicarle la nueva infausta, alquilé una casa amueblada donde instalarnos con apariencias de opulencia y seguridad.

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