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Part 14

Después de infinidad de reflexiones detúveme en la determinación de ir a ver al gobernador y tratar de ablandarle con las ideas de la caballerosidad y el recuerdo de mi respeto y su afecto. Manon quiso oponerse a mi marcha. Decíame, con los ojos bañados en llanto: «¡Vais a la muerte; os matarán; no os veré más; quiero morir con vos!». Costóme grandes esfuerzos convencerla de la necesidad en que me veía de salir y de la conveniencia de que ella se quedase en casa. Prometíle volver en seguida. Ignoraba, igual que yo, que era sobre ella sobre quien debía caer toda la cólera de los cielos y la rabia de nuestros enemigos.

Fuí al castillo. El gobernador hallábase allí con su limosnero. Rebajóme para enternecerle a sumisiones que me hubiesen hecho morir de vergüenza si otra hubiese sido la causa que las motivase; ataquéle por todas las razones que debían impresionar un corazón que no fuése el de un tigre feroz y cruel.

El bárbaro no opuso a mis razones sino dos razones que repitió cien veces. «Manon--díjome--depende de mí. He dado palabra a mi sobrino». Estaba decidido a contenerme hasta el último extremo; contentéme, pues, con decirle que le creía demasiado amigo mío para desear mi muerte, a la que consentiría antes que en la pérdida de mi amada.

Tenía, sin embargo, la certeza al salir de allí de que nada podía esperar de aquel viejo terco, capaz de condenarme mil veces por su sobrino. Pero yo persistía en mostrarme sereno y moderado, decidido en el fondo a si llegaban a cometer grandes injusticias conmigo dar a América el espectáculo de una de las más sangrientas y horribles escenas de amor que pudiesen soñarse jamás.

Volvía a mi casa meditando en todo aquello cuando el destino, que debía querer acelerar mi ruina, me hizo topar con Sinnelet. Debió leer en mis ojos una parte de mis pensamientos. Ya he dicho que era valiente; vino a mí. «¿No me buscabais?--díjome--Comprendo que mis intenciones os molestan y supuse siempre que habríamos nosotros dos de andar a estocadas. Veamos quién es el más feliz». Díjele que tenía razón, que sólo mi muerte podía acabar con nuestras diferencias.

Nos alejamos un centenar de pasos de la ciudad. Cruzáronse nuestras espadas y casi a un tiempo le herí y le desarmé. Tanto le irritó aquella desgracia que se negó a pedirme gracia de la vida y a renunciar a Manon. Tal vez asistíame el derecho de acabar con una y otra, pero la sangre generosa que corría por mis venas no podía desmentirse nunca. «Recomencemos--díjele--y pensad que es sin cuartel». Atacóme con terrible furia. He de confesar que no era muy ducho en las armas, no teniendo como preparación sino tres meses de sala en París. Pero el amor guió mi espada. Sinnelet no dejó de traspasarme un brazo de parte a parte, pero yo, a mi vez, le di un golpe tan violento que cayó a mis pies sin sentido.

Pese a la alegría que nos produce la victoria tras de mortal combate, no pude por menos de reflexionar sobre las consecuencias de aquella muerte. Conociendo, como conocía, el cariño del gobernador por su sobrino estaba cierto que no le sobreviviría ni una hora. Pues con ser apremiante este temor, éralo menos que otro. Manon, el bienestar de Manon, la necesidad de perderla, perturbábame hasta nublar mis ojos e impedíame reconocer el lugar donde me hallaba. Sentía lo sucedido con Sinnelet y la muerte, que pusiese fin a todo, parecíame el único recurso a mis penas.

Pero hubo un pensamiento que me hizo reaccionar y recobrar mi presencia de espíritu. «¡Cómo! ¡Quiero morir para acabar mis penas! ¿Puede haberlas mayores que perder lo que amo? ¡Ah! ¡Suframos todos los dolores con tal de ser un consuelo para ella y dejemos el morir para cuando nuestra presencia sea inútil!».

Tomé el camino de la ciudad. Volví a mi casa, donde hallé a Manon medio muerta de miedo y de inquietud. Mi presencia la reanimó. No podía, sin embargo, ocultarla el terrible accidente que acababa de tener lugar. Ante la narración de la muerte de Sinnelet y de mi propia herida cayó desvanecida en mis brazos. Tardé más de un cuarto de hora en hacerle recobrar el conocimiento.

[Ilustración]

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Yo mismo estaba medio muerto de espanto, no viendo, como no veía el menor rayo de esperanza para su salvación y la mía. «Manon, ¿qué hacemos ahora? ¡Dios mío!, ¿qué será de nosotros? Tengo forzosamente que alejarme; ¿queréis quedaros vos aquí? Sí, quedaros; aún podéis ser feliz. Yo parto lejos, para buscar la muerte entre los salvajes o bajo las garras de las fieras».

Alzóse, pese a su debilidad, y me cogió la mano para llevarme hacia la puerta. «Huyamos juntos--díjome--. No perdamos un instante. Pueden haber hallado el cuerpo de Sinnelet y entonces no tendríamos tiempo de partir.--Pero, Manon adorada--díjela enloquecido--, decidme dónde queréis que vayamos. ¿Veis algún recurso? ¿No sería mejor que trataseis de vivir aquí sin mí y que voluntariamente llevaseis mi cabeza en ofrenda al gobernador?

Aquella proposición no sirvió sino para aumentar su ardor; hube de seguirla. Tuve aun, al partir, la presencia de ánimo de coger algunos licores fuertes que había y todas las provisiones que pude llevar. Dijimos a nuestros criados, que se hallaban en el cuarto contiguo, que nos íbamos a dar nuestro paseo vesperal (teníamos aquella costumbre), y nos alejamos de la ciudad con más prontitud de lo que la endeble fragilidad de Manon me dejaba esperar.

Aunque seguía indeciso respecto a la meta de nuestro viaje, no dejaba de acariciar algunas esperanzas, sin las que hubiese preferido la muerte a la incertidumbre de lo que podía ser de Manon. Había adquirido suficiente conocimiento del país en casi diez meses que llevaba en América para no ignorar la manera como aprovisionaban a los salvajes. Podía uno ponerse en sus manos sin riesgo de una muerte segura. Había incluso aprendido algunas palabras de su lengua y algunas de sus costumbres en las varias ocasiones en que les había visto.

Junto a aquella mísera esperanza tenía otra que radicaba en los ingleses que, como es sabido, tienen, como nosotros, establecimientos en aquella parte del Nuevo Mundo. Pero espantábame la distancia; antes de llegar a sus colonias teníamos que atravesar grandes planicies, cuyo recorrido exigía días enteros, y algunas montañas tan altas y escarpadas que su acceso parecía difícil a hombres toscos y vigorosos. Pensaba, sin embargo, que podíamos contar con dos ayudas: los salvajes para guiarnos, los ingleses para recibirnos en sus colonias.

Anduvimos cuanto permitieron las fuerzas de Manon, que fueron unas dos leguas, pues aquella incomparable amante negóse a detenerse antes. Abrumada al fin de cansancio, confesóme que no podía más. Era noche ya; sentámosnos en medio de una enorme llanura, sin haber podido hallar un árbol para cobijarnos. Su primer cuidado fué cambiar los vendajes de mi herida, que ella misma había curado antes de la marcha. Fué inútil que me opusiese a su voluntad; hubiese acabado de abrumarla de pena si la hubiese negado la satisfacción de creerme a gusto y libre de peligro antes de mirar por su propia conservación. Me sometí unos minutos a sus deseos y recibí sus cuidados en silencio y avergonzado. Pero cuando hube satisfecho su anhelo de ternura, ¡con qué fervor no di yo suelta a la mía! Despojéme de mis ropas para hacer que, extendiéndolas sobre ella, su lecho fuése menos duro. Púseme, aun contra su voluntad, a emplear todas mis artes en paliar las incomodidades. Calenté sus manos con el fuego de mis besos y el aliento de mis suspiros. Pasé toda la noche en vela, junto a ella, implorando del cielo le concediese un sueño dulce y sosegado. ¡Dios mío, cuán sinceros eran mis votos y cuán riguroso fuisteis al no escucharlos!

Perdonadme si en pocas palabras acabo esta narración que me destroza de pena. Os cuento desgracias que jamás tuvieron iguales; toda mi vida está destinada a llorarlas. Pero aunque las tengo perpetuamente presentes en mi memoria, mi ánimo flaquea y parece vacilar de horror cada vez que intento expresar con palabras mi recuerdo.

Habíamos pasado tranquilamente una parte de la noche; creíala dormida y casi no me atrevía a respirar por miedo a turbar su sueño.

Al amanecer noté, al tocar sus manos, que las tenía frías y temblorosas. Apretélas contra mi pecho para devolverles su calor. Notólo, y con un esfuerzo, para devolverme la caricia, murmuró con voz débil que creía ya llegada su última hora.

No atribuí a aquellas palabras otra trascendencia que al lenguaje corriente en la desgracia y no contesté sino con los tiernos consuelos del amor. Pero sus frecuentes suspiros, su silencio ante mis preguntas y las frecuentes crispaciones de sus manos, entre las que estrechaba las mías, me hicieron temer que se aproximaba el fin de sus males.

No me pidáis que os describa mi pena ni que os cuente sus últimos momentos.

La perdí. Aun en la agonía recibí de ella pruebas inolvidables de amor. Eso es cuanto aún tengo fuerzas para deciros de aquel deplorable y triste accidente.

Mi alma no siguió a la suya. Sin duda, el cielo no me creyó suficientemente castigado; ha querido que siga arrastrando una vida lánguida y miserable. Renuncio voluntariamente a llevarla jamás más feliz.

Pasé más de veinticuatro horas los labios en el rostro y en las manos de mi adorada Manon. Mi primera idea fué morir, pero pensé al segundo día que, después de mi muerte, su cuerpo estaría expuesto a ser pasto de las bestias feroces. Hice el proyecto de enterrarla y luego esperar la muerte tendido sobre su fosa. Estaba ya tan próximo a ella por la debilidad que el ayuno y el dolor me habían causado que me costaba trabajo tenerme en pie. Me vi precisado a recurrir a los licores que había traído; ellos devolviéronme las fuerzas necesarias para el triste oficio que iba a desempeñar.

No era empresa difícil cavar la tierra en el lugar donde estaba, que era una llanura cubierta de arena. Rompí mi espada para servirme de ella para abrir el hoyo, pero me fué menos útil que mis manos. Abrí un foso profundo. Sentéme aun junto a ella y la contemplé con arrobo, sin resolverme a cerrar su tumba. Al fin sentí que mis fuerzas comenzaban a faltarme nuevamente, y temiendo carecer de ellas para mi triste misión, sepulté para siempre en la tierra a la criatura más bella y amable que existió jamás. Tendíme acto seguido sobre su tumba, el rostro vuelto a la tierra, y cerrando los ojos con el designio de no volverlos a abrir, impetré la ayuda del cielo y esperé la muerte.

Lo que os costará trabajo, sin duda, creer es que durante el desempeño de esa triste misión no brotó ni una lágrima de mis ojos, ni un suspiro de mi pecho. La profunda consternación en que estaba sumido y la determinación tomada de morir cortaba el curso a toda manifestación de desesperación y dolor. Así es que no permanecí mucho tiempo en aquella postura sin perder el conocimiento.

Después de lo que acabáis de oir, el fin de mi historia tiene tan poco interés que no merece la pena que os dais en escucharla. Trasladado el cuerpo de Sinnelet a la ciudad, y examinadas cuidadosamente sus heridas, halláronse con que no solamente no estaba muerto sino que aquéllas carecían de importancia. Contóle a su tío cómo habían sucedido las cosas y su generosidad llevóle a dar cuenta de la mía. Me hicieron buscar, y mi ausencia, junto con la de Manon, hicieron creer en una fuga. Era ya tarde para salir en mi seguimiento, pero el día siguiente y el otro empleáronse en mi busca.

Halláronme, sin dar señales de vida, tendido sobre la tumba de Manon, y los que así me encontraron, casi desnudo y sangrando por mi herida, no dudaron que había sido robado y asesinado. Me llevaron a la ciudad. El movimiento del traslado me volvió a la realidad. El suspiro que proferí al abrir los ojos y mi gemir al encontrarme entre los seres vivientes, les hicieron comprender que aun era hora de prestarme auxilio; diéronmelos con demasiada fortuna. No dejé de ser encerrado, sin embargo, en severa prisión.

Instruyéronme proceso, y como Manon no parecía, acusáronme de haberme deshecho de ella en un impulso de ira y celos. Conté, claro es, mi lamentable aventura. Sinnelet, pese a los transportes de dolor que la narración le produjo, tuvo la generosidad de solicitar gracia para mí. La obtuvo.

Estaba tan débil que se vieron obligados a trasportarme desde la prisión a mi lecho, donde permanecí tres meses víctima de grave dolencia. Mi odio a la vida no disminuía; invocaba constantemente la muerte y durante mucho tiempo me obstiné en rechazar todos los remedios. Pero el cielo, después de haberme castigado con tanto rigor, tenía el designio de hacerme útiles mis desgracias y sus castigos; iluminóme con sus luces, que hicieron brotar en mí ideas dignas de mi nacimiento y educación.

Habiendo comenzado a renacer la tranquilidad en mi espíritu, aquel cambio fué seguido de mi curación. Dejéme llevar por entero de las inspiraciones del honor y seguí desempeñando mi modesto empleo en espera de los barcos de Francia, que visitaban una vez al año aquella parte de América. Estaba resuelto a volver a mi patria para borrar con una vida ejemplar el escándalo de mi conducta. Sinnelet había tomado sobre sí el cuidado de hacer trasladar el cuerpo de mi amada a un lugar digno.

Fueron seis semanas después de mi curación cuando, paseando un día por la orilla del mar, vi llegar un barco a quien los negocios traían a Nueva Orleans. Esperé al desembarco de la tripulación. ¡Cuál no seria mi sorpresa al reconocer a Tiberio entre los que se encaminaban a la ciudad! Díjome que el único objeto de su viaje había sido verme y convencerme que volviese a Francia; que habiendo recibido la carta que le escribí desde el Havre había corrido allí en persona para llevarme la ayuda que le pedía y había experimentado vivísimo dolor al saber mi marcha, y que hubiese partido tras de mí si hubiese hallado barco dispuesto a ello, que habíalo buscado durante meses en varios puertos, habiendo encontrado por fin uno en _Saint-Maló_ que levaba anclas para la Martinica habíase embarcado con la esperanza de encontrar allí un pasaje fácil para Nueva Orleans. Que habiendo sido apresado el barco por los corsarios españoles y llevado a una de sus islas habíase escapado gracias a su habilidad, y después de diversas aventuras había hallado la ocasión en la marcha del barco que le había traído con felicidad hasta mí.

No podía menos de sentirme lleno de gratitud por un amigo tan generoso y constante. Le llevé a mi casa e hícele dueño de cuanto poseía. Contéle cuanto me había sucedido desde mi salida de Francia, y para darle una alegría con la que no contaba, díjele que las simientes de virtud que había sembrado antaño en mi espíritu comenzaban a producir frutos de que podía estar orgulloso.

Pasamos dos meses juntos en Nueva Orleans en espera del barco que venía de Francia, y tras hacernos, por fin, a la mar, tomamos tierra hace quince días en _Havre-de-Grâce_. Escribí a mi familia al llegar. He sabido por la contestación de mi hermano mayor la triste nueva de la muerta de mi padre, a la que temo, con harta razón, que mis desvaríos hayan contribuido. Como el viento era favorable para Calais, me embarqué en seguida con designio de ir a casa de un caballero de mi familia donde mi hermano me espera.

FIN

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