Chapter 13 of 14 · 3978 words · ~20 min read

Part 13

No les había hablado de Manon, en particular, porque no entraba en mis planes que conociesen mi pasión. Imagináronse primero que no era sino una fantasía muchachil la que me hacía buscar una distracción con aquellas criaturas. Pero, cuando creyeron notar que estaba enamorado, aumentaron de tal modo el tributo, que al salir de Nantes, donde dormimos el día que llegamos a París, mi bolsa estaba exhausta.

¡Para qué deciros cuál fué el triste motivo de mi conversación con Manon durante el camino, ni la impresión que su vista causó sobre mí cuando hube obtenido de los guardias la libertad de acercarme al carricoche! ¡Ah! las palabras no son capaces, sino de dar a medias idea de lo que sucedía en nuestro corazón. Pero imaginaos a mi infortunada amiga sujeta por una cadena que le rodeaba la cintura, sentada sobre un haz de paja, la cabeza apoyada en la pared del vehículo y el rostro pálido y humedecido por las lágrimas que brotaban de sus ojos a pesar de tener los párpados cerrados. Ni aun había tenido la curiosidad de abrirlos al oir el ruido que hacían sus guardianes ante el temor de ser atacados. Su ropa estaba sucia y en desorden, sus manos delicadas expuestas a las crueles caricias del frío, aquel rostro capaz de convertir al universo a la idolatría, parecía devastado y presa de un abatimiento sin límites.

Ocupaba todo mi tiempo en observarla mientras caminaba a caballo al lado del carricoche. Tan poco en mis cabales me hallaba, que estuve a punto de caer varias veces. Mis suspiros y mis constantes exclamaciones me valieron algunas miradas de ella. Entonces me reconoció y pude observar que su primer impulso había sido arrojarse del coche para venir a mí, pero retenida por la cadena, volvió a caer en la primitiva actitud.

Rogué a los arqueros que por compasión se detuviesen un momento; cedieron por avaricia. Dejé mi caballo para sentarme a su lado. Estaba tan debilitada y vencida que permaneció largo rato sin poder hablar ni mover las manos. Durante aquel tiempo humedecílas con mis lágrimas, e incapaz de hablar yo mismo, permanecimos así, largo rato, en la más triste situación que es dado imaginar. No menos triste fueron nuestras razones cuando hubimos recobrado el uso de la palabra. Manon habló poco; diríase que el dolor y la vergüenza habían alterado los resortes de su voz, que era débil y temblorosa. Dióme las gracias por no haberle olvidado y también por la alegría que la proporcionaba--díjome suspirando--, verme una vez aún para poder darme un postrer adiós. Pero cuando le aseguré que no había en el mundo fuerzas capaces de separarme de ella y que estaba dispuesto a seguirla al fin del universo para cuidarla y servirla, para amarla y para ligar mi destino a su miseria, la pobre criatura entregóse a tan intensas y dolorosas emociones que llegué a temer por su vida ante el fuerte sacudimiento experimentado. Todos los movimientos que agitaban su alma parecían reflejarse en sus ojos. Teníalos clavados en mí. A veces abría la boca sin tener fuerzas para concluir de pronunciar las palabras que iba a decir. Algunas se le escapaban, sin embargo. Eran de admiración por mi amor, de protesta contra su exceso, de duda ante la posibilidad de haberme inspirado una pasión tan perfecta y de súplica para que renunciase al proyecto de seguirle, y buscar lejos de ella una felicidad digna de mí que, decía, no podía darme.

Pese a la crueldad de mi suerte, hallaba mi dicha en sus miradas y en la seguridad de mi amor. Había perdido, es verdad, todo lo que el resto de los hombres estiman, pero tenía el corazón de Manon, que era lo que yo más estimaba. Vivir en Europa o en América... ¿qué me importaba, si era feliz y si vivía con ella? ¿No es acaso el universo entero patria común para dos seres que se aman? ¿No encuentran el uno en el otro padre, madre, amante, amigos, riquezas y felicidad?

Si algo me inquietaba era la idea de ver a Manon expuesta a las privaciones de la indigencia. Figurábame ya en su compañía en un país inculto y poblado por salvajes. «Seguro estoy--decíame a mí mismo--que no los habrá tan salvajes y crueles como mi padre. A lo menos nos dejarán en paz. Si las descripciones que de ellos se hacen son exactas, viven según las leyes de la Naturaleza, no conocen ni las fatales leyes de la avaricia que dominan a G... M..., ni las fantásticas preocupaciones del honor que hacen de mi padre un enemigo. No molestarán, pues, a dos amantes a quienes verán vivir con igual sencillez que ellos». Por aquel lado estaba tranquilo.

Pero no me hacía ilusiones por lo que a la parte material de la vida se refería. Había experimentado con harta frecuencia que existen necesidades imprescindibles para una criatura delicada como Manon, acostumbrada a una vida cómoda y regalada. Estaba desesperado de haber malgastado inútilmente mi dinero y de que el poco que aun me quedaba amenazase acabárseme por la bribonería de los arcabuceros. Pensaba que con una modesta suma hubiera podido, no sólo defenderme contra la miseria una temporada en América, donde el dinero escasea, sino emprender alguna empresa duradera.

Aquel pensamiento engendró el de escribir a Tiberio, a quien siempre encontré propicio a prestarme la noble ayuda de su amistad. Escribíle desde la primera villa por donde pasamos. No le daba otra razón sino el gran apuro en que me veía en Havre-de-Grâce, donde le confesaba había ido acompañando a Manon. Le pedía cien _pistolas_. «Hacedlas llegar a mi mano--decíale--por el jefe de las postas. Ya veis que es la última vez que os importuno; pero viéndome forzado a abandonar a mi infortunada amante no puedo dejarla ir al destierro sin alguna ayuda que mitigue su situación».

Los arcabuceros hiciéronse tan intratables, cuando pudieron juzgar de la violencia de mi pasión, y agobiáronme con tales exigencias, que pronto me vi reducido a la última miseria. El amor, de otra parte, no me permitía administrar mi bolsa. Pasaba todo el tiempo junto a Manon, y no era ya por horas sino por días enteros como había que medirme el tiempo. En fin, agotado mi tesoro, me vi a la merced de aquellos seis miserables que me trataban con insoportable grosería. Testigo fuisteis en Passy. Vuestro encuentro fué un feliz respiro que me acordó la Fortuna. Vuestra piedad ante mi infortunio, la sola recomendación para vuestro corazón generoso. Vuestro donativo me permitió llegar al Havre, pues los arqueros guardaron más fe a su promesa de la que les creía capaces.

Llegamos. Fuí al correo. Tiberio no había tenido aún tiempo de contestarme. Me informé con exactitud del día en que podría recibir su carta. Resultó que no podía llegar sino dos días después, y por una burla cruel de mi destino, que el barco en que nos íbamos salía por la mañana el mismo día en que debía de llegar el dinero. No puedo pintaros mi desesperación. «¡Cómo--clamé lleno de angustia--aun en la desgracia misma he de distinguirme por el exceso de mi mal!». Manon me contestó: «¡Bah! ¿Merece vida tan miserable nuestros trabajos por conservarla? Muramos en el Havre, mi amado caballero: ¡Que la muerte acabe de un golpe con nuestras miserias! ¿Debemos ir a buscarla a una tierra ignorada, donde deben esperarnos dolores sin cuento, puesto que de ella han querido hacer un castigo para mí? ¡Muramos!--repitió--. O por mejor decir, ve a buscar la dicha en los brazos de otra amada menos infortunada que yo.--No, no--respondíle--, es para mí una dicha ser desdichado con vos».

Sus palabras hiciéronme temblar. Juzgué que estaba abrumada por sus penas. Esforcéme en tomar un aire tranquilo para quitarle aquellas funestas ideas de muerte y desesperación. Resolví comportarme así en lo futuro y tuve ocasión de aprender que no hay nada capaz de inspirar confianza a una mujer como la intrepidez del hombre a quien ama.

Cuando hube perdido la esperanza de recibir ningún socorro de Tiberio, vendí mi caballo. El dinero que obtuve, junto con el que aun me quedaba de vuestra liberalidad, formaba la modesta suma de diecisiete _pistolas_. Gasté siete en comprar algunas cosas precisas a Manon y guardé las otras diez avaramente, como base de nuestra futura fortuna en América. No me costó gran trabajo hacerme recibir en el barco. Buscábase entonces gente joven dispuesta a unirse a la colonia. El pasaje y la comida me fueron concedidos de un modo gratuito. Como el correo de París debía marchar al siguiente día, dejé una carta para Tiberio. Era sincera y capaz de enternecerle, puesto que le hizo tomar una resolución que sólo podía venir de un amigo sincero, lleno de infinita ternura y generosidad por otro amigo desgraciado.

Nos dimos a la vela. El viento nos fué propicio. Obtuve del capitán un lugar aparte para mí y para Manon. Tuvo la bondad de mirarnos desde un principio de manera diferente que a nuestros míseros compañeros. No creí incurrir en ningún pecado afrentoso diciéndole que Manon y yo estábamos unidos en matrimonio. Desde el primer día habíala llevado aparte, y para atraernos su simpatía habíale contado una parte de nuestros infortunios. Nos acordó su protección, y palmarias señales de ella recibimos durante la travesía. Nos hizo dar de comer decorosamente, sin contar con que las consideraciones que nos guardaba nos hicieron respetar por nuestros compañeros de miseria. Mi atención estaba siempre alerta para que Manon no sufriese la menor incomodidad. Notábalo ella, y aquello, junto con la idea de la extrema miseria a que por su amor me había rebajado, hacíanla tan tierna y apasionada, tan atenta a mis menores deseos, que era entre ella y yo un pugilato de servidumbres de amor. No tenía ni la menor nostalgia de Europa. Al contrario; según avanzábamos hacia América sentía esponjarse mi corazón y se hacía en él la paz. Si hubiese estado seguro de no carecer de las cosas más necesarias para la vida hubiese dado gracias a la Fortuna por haber dado aquel giro favorable a mi existencia de desdichas.

Después de una navegación de dos meses llegamos, por fin, a la orilla deseada. El país, a primera vista, no nos ofreció nada de agradable. Eran llanuras yermas e inhospitalarias en que apenas veíase algún arroyo y algún árbol deshojado por el viento. No se veía rastro de hombres ni animales; pero habiendo el capitán ordenado que disparasen algunos tiros de nuestra artillería, no tardamos en ver aparecer a unos ciudadanos de la Nueva Orleáns que se aproximaron a nosotros con vivas señales de júbilo. No habíamos visto la villa, que se halla oculta por aquel lado tras una pequeña colina. Nos recibieron como a emisarios del cielo.

Los pobres habitantes apresuráronse a hacernos mil preguntas sobre el estado de Francia y de cada una de las provincias donde habían nacido. Abrazábannos como a sus hermanos y como a compañeros amados que venían a compartir su soledad y su miseria. Con ellos tomamos el camino de la ciudad; pero al avanzar vimos con pena que lo que nos habían elogiado como una gran ciudad no era sino un villorrio miserable constituido por algunas pobres cabañas. Habitábanlo seiscientas o setecientas personas. La casa del gobernador nos pareció algo mejor por su tamaño y por su situación. Hállase defendida por algunas fortificaciones hechas con tierra, en torno de las que corre un largo foso.

Fuimos llevados a su presencia. Conferenció largamente con el capitán y luego fué pasando revista, una a una, a todas las mujeres de la remesa. Eran treinta, pues habíamos hallado en Havre otra banda que se reunió a la nuestra. Después de haberlas examinado atentamente, el gobernador hizo llamar a algunos jóvenes de la ciudad que se desesperaban en espera de una esposa e hizo echar a suertes. No había aún hablado a Manon, pero cuando ordenó retirarse a los demás nos hizo quedar a ella y a mí. «Me dice el capitán que estáis casados y que ha podido apreciar durante el viaje que se trata de dos personas de talento y mérito. No quiero escudriñar en las razones que han causado vuestra desgracia, pero si es verdad que tenéis tanto mundo como vuestro aspecto me hace creer, podéis estar seguros que haré cuanto esté en mi mano para endulzar vuestra suerte, y a la vez vosotros me ayudaréis a hallar alguna distracción en este lugar desierto y salvaje».

Contestéle del modo que creí más conveniente para confirmarle en la idea que se había formado de nosotros. Dió entonces algunas órdenes para hacernos preparar alojamiento y nos invitó a quedarnos a cenar con él. Encontréle muy tratable para ser el jefe de una penitenciaria. En público no nos hizo pregunta ninguna sobre el fondo de nuestras aventuras. La conversación fué general y, pese a nuestra tristeza, Manon y yo nos esforzamos en distraerle.

Por la noche nos hizo llevar a la habitación que nos habían preparado. Nos encontramos con una miserable cabaña con muros de barro y de madera, compuesta de tres habitaciones y un granero. Había hecho poner cinco o seis sillas y algunas otras cosas necesarias para la vida.

Manon pareció aterrada a la vista de tan triste morada. Era más por mí que por ella por lo que se sentía afligida. Cuando quedamos solos sentóse y púsose a llorar amargamente. Impúseme el deber de consolarla; pero cuando me dijo que era más por mí que por ella por lo que lloraba con tanto desconsuelo, y que el motivo de su aflicción era pensar en las privaciones que por ella me imponía, tomé sobre mí la misión de consolarla y hacer aquello menos triste. «¿De qué he de quejarme si tengo cuanto deseo en el mundo? ¿No me amáis? ¿Qué otra dicha puedo haber deseado? Dejemos al cielo el cuidado de nuestra fortuna. La situación no es tan desesperada. El gobernador es un hombre considerado; ha mostrado estima por nosotros; no dejará, seguramente, que carezcamos de lo preciso. Por lo que a la miseria de nuestra cabaña y a la tosquedad de los muebles se refiere, habréis podido observar que hay aquí pocas gentes mejor alojadas que nosotros. ¡Eso sin contar con que vos sois admirable alquimista, porque todo lo transformáis en oro con vuestra sola presencia!».

--Entonces seréis la persona más rica del universo--díjome--, pues si es verdad que jamás hubo amor como el vuestro, no menos verdad es que jamás ser humano fué más tiernamente amado que lo sois vos. Quiero ser justa para conmigo misma--continuó--y confesar que nunca merecí la prodigiosa devoción que me mostráis. Os he causado penas y sinsabores que han necesitado de toda vuestra bondad para hallar perdón. He sido infiel, ligera y aun, amándoos con toda mi alma como os amé siempre, fuí hasta ingrata. Pero nunca podéis imaginaros hasta qué punto he cambiado. Las lágrimas que tantas veces visteis brotar de mis ojos ni una sola vez fueron motivadas por mis propios males. Ésos dejé de sentirlos cuando vos vinisteis a compartirlos conmigo. No lloraba sino de ternura y compasión por vos. No podré consolarme de haberos hecho sufrir ni un solo momento. No ceso de reprocharme mi liviandad ni de admirar vuestra abnegación por una infortunada indigna de ella, que con toda la sangre de sus venas no podría pagarla--añadió con abundancia de lágrimas y suspiros.

Su llanto, su discurso y el tono en que lo había pronunciado hicieron sobre mí tan gran impresión que creí sentir partírseme el corazón. «Tened cuidado--díjela--, tened cuidado, mi adorada Manon; no tengo fuerzas para soportar pruebas tales de vuestro amor, pues no puedo habituarme a júbilo tan grande. ¡Oh, Dios mío!--gemí--. Ya nada os pido, estoy seguro del corazón de mi Manon, que es cuanto deseo para ser feliz. Ya no cesaré de serlo nunca. Ya soy feliz.--Lo seréis--respondióme--si de mí hacéis depender vuestra felicidad, y por lo que a mí se refiere ya no sé dónde hallar la mía».

Me acosté con aquellas ideas, que hacían de mi cabaña un palacio digno del más poderoso monarca del mundo. América parecióme después de eso un lugar de delicias. «Es a Nueva Orleáns--decíale frecuentemente a Manon--donde hay que venir si queremos gozar de las delicias del amor. Es aquí donde puede amarse sin celos, sin interés y sin infidelidades. Nuestros compatriotas vienen a buscar oro, ¡no saben que hemos hallado tesoros mucho más valiosos!».

Cultivamos cuidadosamente la amistad del gobernador. Algunas semanas más tarde me dió un pequeño destino que había vacado en el castillo. Aunque no era cosa muy admirable, aceptéla como un don del cielo, pues me colocaba en condiciones de vivir sin ser una carga para nadie. Tomé un criado para mí y una doncella para Manon. Nuestra pequeña fortuna quedó en orden. Yo, por mi parte, era muy ordenado; Manon no lo era menos. No dejábamos pasar ninguna ocasión de hacer un favor o ser útiles a nuestros convecinos. Aquella servicialidad y nuestro natural simpático y deferente nos atrajeron las simpatías de la colonia toda. En poco tiempo llegamos a estar tan considerados que pasábamos por ser las primeras personalidades de la colonia después del gobernador.

La inocencia misma de nuestras ocupaciones y la tranquilidad de que gozábamos continuamente nos llevó a rememorar insensiblemente las ideas religiosas. Manon nunca fué una mujer descreída; tampoco yo era uno de esos libertinos que se jactan de unir la irreligión a la torpeza de costumbres. La experiencia comenzaba a hacer en nosotros las veces de los años. Nuestras charlas, plenas de reflexión, hicieron nacer en nosotros el deseo de un amor honesto. Fuí el primero en proponer aquel cambio a Manon. Conocía bien su corazón y sabía que era recta y justa en su sentir. Hícele comprender que faltaba algo a nuestra dicha. «Es--díjele--la bendición del cielo. Nuestras almas son demasiado bellas y nuestros corazones demasiado justos para vivir voluntariamente en el olvido de nuestros deberes. Pase que hayamos vivido así en Francia, donde tan imposible nos era dejar de amarnos como legalizar nuestro amor; pero en América, donde no dependemos sino de nosotros mismos, donde no tenemos por qué respetar las leyes arbitrarias del abolengo y la fortuna, donde hasta nos creen ya casados, ¿qué puede impedirnos que nos casemos efectivamente y que santifiquemos nuestra unión con un juramento que autoriza la Iglesia? Por lo que a mí atañe, nada de nuevo os ofrezco al ofreceros mi mano y mi corazón, pero estoy dispuesto a renovar la oferta al pie de los altares».

Parecióme que aquellas palabras llenábanle de alegría. «¿Me creeréis si os digo que mil veces pensé en ello desde que estamos en América? El temor de disgustaros me hizo sepultar ese pensamiento en lo más hondo de mi corazón. No tengo la pretensión de aspirar a ser vuestra esposa.--¡Ah, Manon!; pronto serías la de un rey si al cielo pluguiese que hubiese nacido con corona. No vacilemos más. Ningún obstáculo podemos temer. Hoy mismo quiero hablar al gobernador y decirle que hasta hoy le mentimos. Dejemos temer a los amantes vulgares las cadenas irrompibles del matrimonio. No las temerían si, como nosotros, estuviesen seguros de llevar siempre las del amor». Fuíme, dejando a Manon transida de júbilo por aquella resolución.

Estoy seguro que no habría un hombre honrado en el mundo que no aprobase mi determinación en las circunstancias en que yo me hallaba; es decir, atado irremisiblemente a una pasión que jamás podría romper y perseguido por remordimientos que no debía ahogar. Pero ¿habrá alguien que pueda tachar de injustas mis quejas si lamento la crueldad de los cielos que rechazaron, qué digo rechazaron, castigaron como tremendo crimen un plan hecho tan sólo para agradarle. Habíame dejado caminar tranquilamente por los más arriesgados vericuetos del vicio y reservaba el más tremendo de sus castigos para cuando intentase marchar por las sendas de la virtud. Temo carecer de las fuerzas necesarias para acabar la narración del más funesto lance que sucedió jamás.

Fuí a ver al gobernador, tal y como había quedado con Manon, para rogarle consintiese en la celebración de la ceremonia de nuestro matrimonio. Me hubiese guardado muy bien de hablarle a él ni a nadie si hubiese creído que su capellán, que era el solo sacerdote que había en la ciudad, me hubiese hecho aquel favor sin su intervención; pero no esperando que éste se aviniese al secreto, había tomado la determinación de obrar abiertamente.

El gobernador tenía un sobrino llamado Sinelet, a quien quería mucho. Era un hombre de unos treinta años, valiente, pero iracundo y violento. No estaba casado. La vista de Manon había encendido una pasión en su pecho y la constante vista de su belleza durante los nueve o diez meses que llevábamos allí habíala atizado hasta hacerle consumirse en ella. Sin embargo, como se hallaba persuadido, igual que su tío y todo el resto de la ciudad, de que me hallaba casado con ella, había dominado su amor hasta no dejar traslucir nada, y aun en varias ocasiones había puesto verdadero celo en servirme.

Encontréle con su tío cuando llegué al castillo. Como no tenía ningún motivo para ocultarme a él no vi inconveniente en explicarme en su presencia. El gobernador me oyó con la bondad acostumbrada. Contéle parte de mi historia, que pareció escuchar con agrado, y cuando le rogué asistiese a la ceremonia que proyectaba tuvo la generosidad de ofrecerme costear el gasto que ocasionase la fiesta. Me fuí muy contento.

Una hora más tarde vi llegar al limosnero a mi casa. Creí que venía a darme algunas instrucciones respecto a mi boda; pero después de saludarme fríamente, díjome que el gobernador me prohibía ni aun pensar en ello, pues tenía otros proyectos respecto a Manon. «¿Otros proyectos respecto a Manon?--interrogué, con el corazón oprimido por mortal angustia--¿Y cuáles son, señor limosnero?». Contestóme que no debía yo ignorar que el señor gobernador era el amo allí y, por lo tanto, que habiendo sido Manon enviada desde Francia para uso de la colonia era de su incumbencia disponer de ella; que no lo había hecho hasta entonces porque la creía casada, pero que habiendo sabido de mis mismos labios que no era así había determinado entregársela al señor Sinnelet, que estaba enamorado de ella.

La ira pudo más que la prudencia. Ordené altivamente al limosnero que saliese inmediatamente de mi casa, advirtiéndole que ni el gobernador, ni Sinnelet, ni el pueblo entero osarían poner mano en mi mujer o mi querida, como quisiesen llamarla.

Participé en seguida a Manon el funesto mensaje que acababa de recibir. Supusimos que Sinnelet había ejercido presión sobre su tío después de mi marcha y que todo era el resultado de un siniestro propósito madurado desde hacía tiempo. Eran los más fuertes. Nos hallábamos en la Nueva Orleans perdidos como en medio del mar; es decir, separados del resto del mundo por enormes espacios. ¿Dónde huir en un país desconocido, desierto o habitado por bestias feroces y por salvajes tan bárbaros como ellas? Sabíame estimado en la población, pero no podía esperar conmoverlos hasta obtener un auxilio proporcionado a mi mal. Hubiese necesitado dinero y era pobre. Por otra parte, el éxito de una revuelta popular era incierto, y si la fortuna nos era adversa nuestra desgracia no tendría remedio.

Daba vueltas en mi cabeza a todas aquellas ideas. Comuniqué algunas a Manon; concebí nuevas, sin esperar su respuesta; tomaba una determinación que abandonaba en seguida pareciéndome descabellada; hablaba solo, contestaba en voz alta a las preguntas que me formulaba yo mismo; en fin, hallábame en un estado de agitación que a nada podría comparar, pues nunca fué igualada. Manon no apartaba de mí los ojos. Por mi turbación juzgaba de la magnitud del peligro y temblaba por mí y por ella misma. La pobre criatura no osaba expresar su miedo.