Part 2
Después de mucho cavilar no hallamos más camino que la fuga. Había en primer lugar que burlar la vigilancia del guardián que era hombre de temer, pese a su simple condición de criado. Decidimos que haría preparar durante la noche una silla de posta, y que vendría con ella a buscarla antes de que se hubiese despertado, que nos escaparíamos secretamente y que iríamos a París, donde nos haríamos casar. Tenía yo unos cincuenta escudos, fruto de mis ahorros; ella poseía poco más o menos el doble. Nos imaginábamos, como niños que eramos, sin experiencia ninguna de la vida, que una suma así no se acabaría nunca, e igualmente contábamos con el éxito de nuestras otras medidas.
Después de cenar con más gusto que lo hiciera nunca, me retiré para poner en ejecución nuestros planes. Mis arreglos fueron tanto más fáciles, cuanto que, habiendo tenido intenciones de volver al día siguiente a casa de mi padre, mi reducido equipaje estaba ya preparado. No hallé, pues, dificultad ninguna para hacer transportar mi cofre y tener un coche preparado para las cinco de la mañana, que era la hora en que se abrían las puertas de la ciudad, pero en cambio tropecé con un obstáculo con el que no contaba, y que estuvo a punto de dar con mis planes en tierra.
Tiberio, aunque sólo tenía tres años más que yo, era muchacho de muy buen sentido y de intachable conducta. Me quería con ternura extraordinaria. La vista de tan bella damisela como la señorita Manon, mi apresuramiento en servirla y mi insistencia en deshacerme de él, hiciéronle concebir sospechas de mi amor. No había osado volver a la posada por miedo a ofenderme con su vuelta, pero fué a esperarme a mi habitación, donde le hallé a mi llegada, pese a ser ya más de las diez de la noche. Su presencia me entristeció; notó él pronto la contrariedad que me causaba. «Estoy seguro--me dijo sin ambages--que meditas algún plan que quieres ocultarme; lo veo en tu aspecto». Contestéle bruscamente «que no estaba ciertamente obligado a rendirle cuentas de mis acciones». Pero insistió tanto y tan perseverantemente para que le revelara mi secreto, que no estando acostumbrado a guardar reserva con él, hícele la confesión completa de mi pasión. Recibióla con tales muestras de descontento, que me hizo estremecer. Arrepentíme sobre todo de la indiscreción con que le había descubierto mi plan de fuga. Díjome que era demasiado amigo mío para no oponerse con todas sus fuerzas; que quería comenzar por exponerme todo lo que creía capaz de desviarme del peligroso proyecto, pero que si no renunciaba inmediatamente a aquella infame resolución, advertiría a las personas a quienes creyese capacitadas para detener el golpe. Echóme luego un largo discurso y acabó por reiterarme su amenaza de denunciarme si no le daba mi palabra de portarme con prudencia y cordura.
Estaba yo desesperado de haberme traicionado tan torpemente, pero habiendo, el amor, en unas horas, despertado el ingenio, puse mientes en que no le había dicho que mi decisión debía realizarse a la mañana siguiente, y decidí engañarle con un equívoco: «Tiberio--le dije--hasta hoy te he creído mi mejor amigo y he querido probarte con esta confidencia. Verdad es que amo, y no te engaño con ello, pero por lo que a mi fuga se refiere, no es empresa para emprenderla al azar. Ven a buscarme mañana a las nueve de la mañana; si es posible te haré ver a mi amada y me dirás si vale o no la pena de dar este paso por ella». Dejóme por fin solo, tras mil protestas de amistad.
Empleé toda la noche en poner en orden mis asuntos y habiéndome encaminado al amanecer a la hostería de la señorita Manon, la encontré esperándome. Estaba asomada a su ventana, que daba a la calle, así que, viéndome a lo lejos, vino ella misma a abrirme. No tenía más equipaje que su ropa blanca, y de ella me encargué yo mismo. La silla de postas estaba preparada y así nos alejamos en seguida de la villa. Ya os contaré a continuación cuál fué la conducta de Tiberio, al darse cuenta de mi engaño. Su abnegación no disminuyó. Ya veréis a qué extremos le llevó y cuántas lágrimas debiera yo verter pensando lo mal que le correspondí.
Tanta prisa nos dimos, que llegamos a Saint-Denis antes de anochecer. Había galopado a caballo al lado del coche, lo cual nos impidió hablarnos como no fuése en los relevos, pero viéndonos ya cerca de París, es decir, casi en seguridad, nos tomamos tiempo para refrescar y comer algo, cosa que no habíamos hecho desde que salimos de Amiens. Aunque mi pasión por Manon era muy grande, supo ella persuadirme de que la suya por mí no era menor, y tan poco reservados éramos en nuestras caricias, que ni aun paciencia teníamos para esperar a estar a solas. Los postillones y los hosteleros nos miraban, asombrados de ver dos adolescentes como nosotros que parecían amarse con tal fervor.
Nuestros proyectos matrimoniales evaporáronse al llegar a Saint-Denis; frustramos los derechos de la Iglesia y nos encontramos casados sin saber cómo. Es indudable que, dado mi natural tierno y amante, mi felicidad estaba hecha para toda la vida si Manon me hubiese sido fiel. Cuanto más la trataba, más descubría en ella mil amables cualidades. Su dulzura, su ingenio, su corazón y el encanto de su belleza formaban una cadena tan fuerte y tan encantadora que jamás hubiera sido yo capaz de romperla. Espantosa versatilidad de las cosas humanas, lo que hizo mi desdicha, pudo hacer mi felicidad. Justamente soy el más desgraciado de los hombres por esa constancia que debió depararme la suerte más envidiable y las más hermosas recompensas del amor.
Alquilamos un piso amueblado en París, en la calle de V..., y quiso mi suerte aciaga que resultase próxima a la casa del señor de B..., famoso Granjero-General. Tres semanas iban transcurridas en las cuales de tal modo me tuvo embargado el amor, que no tuve tiempo de pensar en el dolor que debía haber producido a mi padre mi inopinada ausencia. Sin embargo, como el desorden nada tenía que ver con mi conducta, y Manon se comportaba con gran decoro, la misma tranquilidad en que vivíamos contribuyó a recordarme la idea del deber.
Resolví reconciliarme con mi padre si era posible. Valía tanto mi amante que no dudé poder hacerla grata a sus ojos si conseguía que llegase hasta él noticia de su bondad y su mérito; en una palabra, concebí esperanzas de llegar a obtener su consentimiento para casarme con ella, ya que sin él, había llegado a la conclusión de que era imposible. Participé mis proyectos a Manon haciéndola ver que, además de los motivos de amor y de deber, la necesidad podía ser parte en ello, pues nuestros fondos disminuían de un modo aterrador y comenzaba a volver sobre mi primitiva idea de que eran inagotables.
Manon acogió fríamente mi proyecto; sin embargo, las razones que opuso a él nacían tan sólo de su misma ternura y el miedo de perderme, si conocido el lugar de nuestro retiro, mi padre no cedía. No tuve ni la menor sospecha del golpe cruel que iban a asestarme. A mi objeción de la penuria monetaria, contestó que aun nos quedaba dinero para vivir algunas semanas y que después acudiría al afecto y a la munificencia de unos parientes provincianos. Endulzó su negativa con tan tiernas y apasionadas caricias, que yo, que sólo para ella vivía, y no sentía la menor desconfianza de su cariño, no pude menos de aprobar todas sus palabras y todas sus resoluciones.
Habíale dejado el manejo de nuestra bolsa y el cuidado de saldar los gastos diarios. Poco tiempo después me di cuenta de que nuestra mesa era más abundante y de que ella se había comprado algunos adornos de precio exhorbitante. Como según mis cálculos no debían de quedarnos sino diez o quince _pistolas_, no pude por menos de expresarle mi asombro ante aquel aparente aumento de opulencia. Rogóme que no me preocupara de ello. ¿No te había prometido encontrar recursos?--me dijo. Queríala yo demasiado y con demasiada ingenuidad para alarmarme.
Un día que había salido a media tarde, habiéndola advertido que tardaría más que de costumbre en volver, chocóme que a mi regreso me hiciese esperar dos o tres minutos antes de abrir la puerta. No teníamos a nuestro servicio sino una mozuela aproximadamente de nuestra edad. Venido que hubo a abrirme, le pregunté por qué había tardado tanto. Me contestó con aire de confusión que no me había oído llamar. Como no había llamado sino una vez, le dije: «¿Pero si no has oído llamar, cómo has salido a abrir?». Mi pregunta la desconcertó de tal modo que no teniendo bastante serenidad para contestarme, echóse a llorar, mientras entre balbuceos me juraba que no era culpa suya, que la señorita la había prohibido abrir la puerta hasta que el señor de B... hubiese salido por la otra escalera que correspondía al gabinete. Quedé tan confuso que ni aun fuerzas tuve para entrar en casa. Tomé el partido de volver a salir con pretexto de un negocio urgente y encargué a la sirvienta que dijese a su ama que volvería al instante, pero que no le dijese, en cambio, que me había hablado de M. de B...
Mi consternación fué tal que las lágrimas rodaban por mis mejillas al bajar la escalera, sin saber aún a qué sentimiento obedecían. Entré en un café, y habiéndome sentado junto a una mesa oculté la cabeza entre las manos, tratando de esclarecer lo que pasaba en mi corazón. No me atrevía a recordar lo que acababa de oir; quería creerlo una alucinación y tentado estuve dos o tres veces de volver a mi casa sin mostrar haberlo dado importancia. Parecíame tan absurdo que Manon me hubiese traicionado, que temía injuriarla con la sola sospecha. Adorábala, de ello no había duda; tantas pruebas de amor me había dado ella a mí, como yo a ella. ¿Por qué había, pues, de acusarla de ser menos sincera y menos constante que yo? ¿Qué razón podía tener para traicionarme? No hacía sino tres horas que me había agobiado con sus más tiernas caricias y que había recibido las mías con delirio; creía conocer su corazón como el mío mismo. «No, no--repetía sin cesar--. ¡Es imposible que Manon me engañe! No ignora que sólo vivo para ella; sabe que la adoro... Eso no puede ser motivo para odiarme».
Sin embargo, la visita, y sobre todo la salida furtiva de M. de B..., no dejaban de preocuparme. Recordaba también las pequeñas adquisiciones de Manon, que me parecían exceder nuestros medios presentes. Aquello parecía denunciar las liberalidades de un nuevo amante. ¡Y aquella confianza en recursos desconocidos! Costábame trabajo contestar a tantos enigmas en el sentido favorable en que mi corazón deseaba la respuesta. Por otra parte, apenas me había separado de ella desde que estábamos en París. Ocupaciones, paseos, diversiones, siempre habíamos ido el uno con el otro. ¡Dios mío!, un momento de separación nos hubiese entristecido demasiado! Teníamos que repetirnos constantemente que nos amábamos; sin ello hubiésemos muerto de inquietud. No me era posible figurarme a Manon ni un solo momento ocupada de otro que no fuése yo.
Al fin creí haber dado con la clave de aquel misterio. «M. de B...--repetíame--es indudablemente un señor que posee muchas relaciones y que hace grandes negocios; la familia de Manon se habrá servido de él para hacer llegar a sus manos algún dinero. Quizá ha recibido ya algo de él, tal vez haya vuelto hoy a traerle más. Sin duda quiere bromear ocultándomelo, para sorprenderme agradablemente. Quién sabe si ya me hubiese hablado de ello si hubiese vuelto tranquilamente como todos los días, en vez de venir a afligirme aquí. Por lo menos no me lo ocultará cuando yo mismo le hable de ello».
Me afirmé de tal modo en esta opinión, que inmediatamente tuvo poder bastante para disminuir mi tristeza. Volví a mi casa y abracé a Manon que, por otra parte me recibió muy bien, con la habitual ternura. Tentado estuve de descubrirle mis conjeturas que, más que antes, consideraba ciertas; detúvome, sin embargo, la esperanza de que tal vez iba ella a abrirme su corazón, contándome lo sucedido.
Nos sentamos a la mesa; yo estaba muy contento, pero pronto se nubló mi alegría creyendo percibir huellas de tristeza en el rostro de mi adorada. Observé también que sus miradas se fijaban en mí de manera desacostumbrada. No pude definir si era amor o compasión, pero desde luego me pareció un sentimiento tierno y lánguido. Púseme a mirarla con redoblada atención; tal vez no sería menor la tristeza que sentiría ella al juzgar por mis miradas el estado de mi corazón. Ni comíamos, ni hablábamos; en fin, vi caer lágrimas de sus bellos ojos; ¡pérfidas lágrimas!
«¡Dios mío!--clamé con angustia--¡Lloras, mi adorada Manon, sufres hasta llorar, y no me dices palabra de tus penas!». No me contestó sino con algunos suspiros que sirvieron para aumentar mi inquietud. Alcéme del asiento tembloroso y la conjuré con todos los extremos que emplea el amor en tales casos a descubrirme la razón de sus lágrimas; yo mismo acabé por verterlas tratando de enjugar las suyas; estaba más muerto que vivo. Un bárbaro hubiérase enternecido ante los testimonios de mi dolor y mi temor.
En los momentos en que así me ocupaba de ella sentí que varias personas subían las escaleras. Llamaron suavemente a la puerta. Manon me dió un beso, y escapándose de mis brazos refugióse en su cuarto, donde se encerró. Me figuré que estando sin arreglar quería ocultarse a las miradas de los desconocidos visitantes. Fuí a abrir yo mismo.
Apenas lo hube hecho, me sentí sujeto por tres hombres, en los que reconocí a los lacayos de mi padre. No emplearon violencias conmigo, pero habiéndome sujetado dos de ellos por los brazos, el tercero registró mis bolsillos, sacando de ellos un cuchillito, que era la única arma que llevaba yo encima. Pidiéronme perdón por la necesidad en que se veían de faltarme al respeto; dijéronme también, naturalmente, que obraban por orden de mi padre, y que mi hermano mayor me aguardaba abajo en una carroza. Tan turbado me hallaba, que me dejé llevar sin resistencia y sin protestas. Mi hermano me aguardaba, efectivamente. Colocáronme en la carroza a su lado, y el cochero, que había recibido órdenes con antelación, nos condujo a buen paso hasta San Denis. Mi hermano me abrazó afectuosamente, pero no me dijo nada, de modo que quedé libre para meditar sobre mi infortunio.
Eran tantas las sombras, que no llegaba a mí ninguna claridad que me permitiese orientarme. Veíame cruelmente traicionado; pero ¿por quién? El primero que me vino a las mientes fué Tiberio; «¡Traidor!--pensé--; ¡ay de tu vida si mis sospechas se confirman!». Reflexioné, sin embargo, que ignorando el lugar de mi retiro era imposible que por él hubiesen llegado a saberlo. En cuanto a acusar a Manon, era cosa de que mi corazón no se sentía capaz. La tristeza extraordinaria bajo cuyo peso habíala visto como anonadada, sus lágrimas, el tierno beso que me dió a punto de partir, parecíanme, sí, un enigma, pero más bien me inclinaba a explicármelo como un presentimiento de nuestra común desdicha. Así, mientras me desesperaba ante los acontecimientos que me alejaban de ella, tenía el candor de pensar que era aún más digna de lástima que yo.
El resultado de mis cavilaciones fué la convicción de haber sido visto en las calles de París por algunos conocidos que habrían dado aviso a mi padre. Aquella idea me consoló algo, pensando que saldría del paso con alguna reprimenda o algún castigo. Prometíme sufrirlo con paciencia y ofrecer cuanto exigiesen de mí a trueque de facilitarme ocasión de volver a París lo antes posible, para devolver vida y alegría a mi querida Manon.
Llegamos pronto a San Denis. Mi hermano sorprendido por mi silencio dió a imaginar que era efecto de mi temor y procuró consolarme, asegurándome que nada tenía que temer de parte de mi padre a condición de que volviese a él dispuesto a entrar resueltamente por los caminos del deber, para merecer el gran cariño que me tenía. Hízome pasar la noche en San Denis, teniendo la precaución de hacer que durmiesen en mi cuarto los tres lacayos.
Lo que más me entristeció fué verme en la misma posada donde me había detenido con Manon viniendo de Amiens a París. El amo y los criados me reconocieron y adivinaron al mismo tiempo la verdad de lo sucedido. Oí decir al dueño: «¡Ah!, es el guapo caballerito que pasó por aquí hace seis semanas con una damisela a quien parecía amar con locura. ¡Qué bonita era! ¡Pobres muchachos, cómo se acariciaban! ¡Pardiez! Es lástima que les hayan separado». Hice como que no me enteraba de nada y traté de mostrarme lo menos posible.
Mi hermano tenía preparada en San Denis una silla de postas en la que partimos por la mañana temprano, llegando a casa a la noche siguiente. Vió a mi padre antes que yo, para prevenirle en favor mío, diciéndole con qué mansedumbre me había dejado conducir allí; de este modo fuí recibido con menos dureza de la que esperaba. Limitóse a algunos reproches generales sobre la falta cometida por mí, ausentándome sin su permiso. Por lo que a mi amante se refería, redújose a decirme que me estaba muy bien empleado lo sucedido, por haberme entregado en brazos de una mujer desconocida; que tenía él mejor opinión de mi prudencia; pero que esperaba que aquella aventurilla sirviese para hacerme más cauto. No tomé el discurso sino en el sentido que acordaba con mis ideas. Agradecí a mi padre la bondad de su perdón, y le prometí observar una conducta más sumisa y ordenada. En el fondo de mi corazón me conceptuaba vencedor, pues del modo con que las cosas se arreglaban no dudaba que se me ofrecería ocasión de escaparme de mi casa, quizás antes de que trascurriese aquella noche.
Pusímosnos a cenar; burláronse de mi conquista de Amiens y de mi fuga con aquella _fiel_ amante. Recibí las bromas de buen grado y aun satisfecho de que me fuése permitido hablar de lo que llenaba continuamente mi pensamiento. Pero algunas palabras que se le escaparon a mi padre me hicieron aguzar el oído, con atención grandísima.
Habló de la perfidia y del servicio interesado, prestado por M. de B... Quedé turbado al oirle pronunciar aquél nombre, y le rogué humildemente me explicase lo que quería decir. Entonces, volvióse a mi hermano para preguntarle si no me había contado toda la historia. Mi hermano contestó que, encontrándome absolutamente tranquilo, no había creído necesario usar aquel remedio para curar mi locura. Noté que mi padre vacilaba entre explicarse por completo o no. Supliquéle tan insistentemente que al fin me satisfizo, o mejor dicho, me asesinó cruelmente con la más horrible de las narraciones.
Empezó por preguntarme si había caído en la necia credulidad de suponerme amado por mi querida. Contestéle audazmente que estaba seguro, y que nada podía inspirarme la menor desconfianza. «¡Ah! ¡ah! ¡ah!--exclamó echándose a reir--¡Es magnífico! Eres un pobre engañado, y me alegra verte en ese estado de espíritu! Es una verdadera lástima, mi pobre caballero, hacerte entrar en la Orden de Malta, puesto que tantas disposiciones tienes para hacer un marido cómodo y paciente». Añadió mil burlas de tal tenor, sobre lo que él llamaba mi tontería y mi credulidad.
En fin, como yo permanecía silencioso, siguió diciéndome que, según el cálculo que podía hacer del tiempo desde mi partida de Amiens, Manon me había amado doce días. «Sé--añadió--que marchaste de Amiens el 28 del mes pasado. Estamos a 29 de éste, hace once que M. de B... me escribió, y supongo que habrá necesitado ocho por lo menos para trabar conocimiento perfecto con tu querida. Así que quita once y ocho de treinta, y un día que hay desde el 28 de un mes al 29 del otro, y quedan doce, poco más o menos». Después de decir esto, volvieron a las risas.
Oía todo con tal opresión de corazón, que temía no poder resistir hasta el fin de aquella triste comedia. «Sabrás--añadió mi padre--puesto que lo ignoras, que M. de B... ha ganado el corazón de tu princesa, pues no deja de ser una burla querer convencerme de que ha querido quitártela por celo desinteresado en mi servicio. ¿Es acaso de un hombre como él, que por otra parte no me conoce siquiera, de quien hay que esperar sentimientos tan nobles? Contóle ella indudablemente que eras mi hijo y me escribió entonces el lugar de tu escondite y el desorden en que vivías, advirtiéndome que hacía falta mano de hierro para apoderarse de ti, y ofreciendo facilitarme los medios. He ahí como, gracias a sus lecciones y a las de tu misma amante, ha encontrado tu hermano manera de apoderarse de ti. ¡Y ahora felicítate de la duración de tu victoria! Hay que confesar, caballero, que sabes vencer deprisa, pero que no sabes conservar tus conquistas».
No tuve valor para seguir oyendo su discurso, cada una de cuyas palabras me taladraba el corazón. Me levanté de la mesa y no bien había dado cuatro pasos me desplomé, perdido el conocimiento. Volví en mí con rapidez gracias a eficaces auxilios. Abrí los ojos para derramar un torrente de lágrimas y los labios para proferir amargas y desgarradoras quejas. Mi padre, que siempre me amó tiernamente, empleó todo su cariño en consolarme. Escuchábale yo sin oirle. Acabé por arrojarme a sus pies y, abrazado a sus rodillas, implorar de él que me dejase volverme a París, para apuñalar a M. de B... «No--clamaba yo desesperadamente--, no ha conquistado el corazón de Manon; ha empleado la violencia; seguramente la ha reducido por un sortilegio o por un veneno o tal vez la ha forzado brutalmente. Manon me ama. ¿No había yo de saberlo? La habrá amenazado con un puñal en la mano, para obligarla a abandonarme. ¿Qué no habrá hecho para apoderarse de una amante tan encantadora? ¡Oh! ¡Dioses, dioses! ¿será posible que Manon me haya traicionado y haya dejado de amarme?».
Como seguía hablando de volverme a París, y me levantaba a cada momento con esa intención, mi padre comprendió que en el estado de excitación que me hallaba nada era capaz de detenerme. Condújome a una sala del piso alto y allí me dejó con dos criados a la vista. Mil vidas hubiese dado yo por estar solamente un cuarto de hora en París. Comprendía que habiendo dejado traslucir con tanta claridad mis intenciones, no me consentirían fácilmente salir de mi cuarto. Medí con los ojos la altura de las ventanas, y no viendo posibilidad de escapar por aquel camino, me dirigí humildemente a mis criados. Les ofrecí, con mil juramentos, hacer su fortuna si querían consentir en mi evasión. Les apremiaba, les halagaba, les amenazaba; pero aquella tentativa también fué inútil Perdí entonces toda esperanza. Decidí morir y arrojéme sobre mi lecho decidido a no dejarle sino con la vida. Así pasé toda la noche y el día siguiente. Rechacé la comida que me ofrecieron.