Chapter 10 of 14 · 3952 words · ~20 min read

Part 10

Había algo tan cruel y tan insultante para mí en aquella carta que, permaneciendo un rato suspenso entre el dolor y la cólera, propúseme hacer un esfuerzo para olvidar a mi ingrata y pérfida querida. Fijé los ojos en la mujer que tenía ante mí. Era, en extremo, bella, y yo hubiese deseado que lo fuése bastante para hacerme a mi vez perjuro y traidor; pero por desgracia mía no hallé aquellos astutos y tiernos ojos, aquel divino porte y aquel cutis, cuyos matices había combinado amor mismo; en fin, aquel conjunto de perfecciones, que constituían el mágico encanto de mi pérfida amada. «No, no--dije apartando de ella mis miradas--; la traidora, ingrata que os envió bien sabía que os enviaba a una tentativa inútil. Volved y decidle que disfrute de su crimen si puede y que le disfrute sin remordimientos. Renuncio para siempre a ella, y al mismo tiempo renuncio a todas las mujeres, que si en belleza no sabrán igualarla, en perfidia le serán todas semejantes». Estuve entonces a punto de retirarme, sin tratar de saber más de Manon. Los mortales celos, que me desgarraban el corazón, disfrazábanse de una opaca y sombría calma, y tanto más me creía próximo a curarme cuanto que no sentía ninguno de aquellos movimientos de ira que me habían agitado en circunstancias parecidas. ¡Malhaya mi suerte!, tan víctima era de las burlas de mi amor como creía serlo de las de Manon y de las de G... M...

La muchacha que me había traído la carta, al verme dispuesto a salir, preguntóme qué quería que contestase a G... M... y a la dama que se hallaba con él. A esta pregunta, volví a entrar en el cuarto, y por uno de esos rápidos cambios, en que no podrán creer los que jamás sufrieron las fatigas y zozobras del amor, pasé de golpe, desde la tranquilidad en que creía hallarme, al furor más ciego. «Ve--dije--y cuenta al traidor G... M... y a su pérfida querida la desesperación en que su maldita carta me ha arrojado, pero añádeles que poco se reirán de mí, pues con mis propias manos les apuñalaré a los dos». Arrojéme en una silla; mi sombrero y mi bastón rodaron por el suelo, dos ríos de llanto brotaron de mis ojos. Entonces el acceso de furor por que acababa de pasar cambióse en profundo dolor; no hice, durante largo rato, sino llorar, entre suspiros y gemidos. «Acércate, acércate, pobre niña--dije a la joven--, puesto que es a ti a quien envían para consolarme. Dime si sabes algún remedio contra la desesperación, algún calmante contra la rabia, contra el deseo de darte a ti mismo la muerte después de dársela a los traidores, que no merecen el don de la vida. Sí, acércate--continué, al ver que iniciaba algunos pasos tímidos e inciertos para aproximárseme--, ven a secar mis lágrimas, ven a devolver la paz a mi corazón, ven y dime que me amas, para habituarme a la idea de poder ser de otra que de mi traidora. Eres bella, y quizás pueda amarte a mi vez». La pobre muchacha, que apenas tendría dieciséis o diecisiete años, y que parecía más pudorosa e inocente que sus iguales, parecía hallarse profundamente asombrada ante la extraña escena. Acercóse, pese a ello, para hacerme algunas caricias; pero entonces yo la aparté con mis manos. «¿Qué quieres de mí?--dije--. ¡Ah!, ¡eres mujer!, ¡eres de un sexo que odio! La dulzura de tu rostro me amenaza de nuevas traiciones. Vete y déjame solo aquí». Hízome una reverencia, sin osar decirme nada, y me volvió la espalda para salir. La grité que esperase. «Pero dime, al menos, cómo, por qué y con qué objeto te han enviado aquí. ¿Cómo has averiguado mi nombre y el lugar donde podías hallarme?».

Entonces me dijo que conociendo de larga fecha a G... M... éste la había enviado a buscar a las cinco de la tarde, y que habiendo seguido al lacayo, que fué en su busca, había hallado a su amigo en una soberbia casa, donde jugaba al _piquet_, con una dama muy bella, y que entonces los dos le habían encargado que me entregase la carta que me había dado, después de prevenirla que me encontraría en una carroza en la esquina de la calle de San Andrés. Preguntéle si nada más le habían dicho. Contestó, ruborizándose, que le habían hecho concebir la esperanza de que la conservaría a mi lado para hacerme compañía. «Te han engañado, mi pobre niña, te han engañado. Eres mujer y necesitas un hombre, pero necesitas uno que sea rico y feliz, y no es ciertamente aquí donde puedes hallarlo. Vuelve, vuelve a G... M... Ese tiene cuanto precisa para ser amado de las bellas; tiene hoteles, muebles y trenes que ofrecer. En cuanto a mí, que no tengo sino amor que dar, las mujeres desdeñan mi miseria y hacen juego de mi simplicidad».

Añadí mil cosas tristes o violentas, según que las pasiones, que me agitaban alternativamente, cedían o me arrastraban. Pero, a fuerza de atormentarme, mi delirio disminuyó lo suficiente para dejar sitio a la reflexión. Comparé aquel infortunio a los que había padecido del mismo orden, y saqué, en consecuencia, que en aquella ocasión no había por qué desesperarse más que en las anteriores. Conocía a Manon; ¿por qué, pues, afligirme de aquel modo por una desgracia que debía de prever? ¿Por qué, mejor, no emplear mis fuerzas en buscar remedio? Aun era tiempo. Por lo menos, no debía malgastar mis energías, si no quería hacerme luego el reproche de haber contribuido con mi negligencia a mis propias penas. Púseme, pues, a pensar en los medios que podían abrirme un camino de esperanza.

Tratar de arrancarla por la violencia de las manos de G... M..., era una insensatez inútil, que no ofrecía la menor probabilidad de éxito, pero en cambio parecíame, que si podía procurarme la menor entrevista con ella, ganaría infaliblemente la batalla. ¡Conocía tan bien los puntos sensibles de su corazón! ¡Estaba tan seguro de ser amado por ella! Aquella misma extravagancia de enviarme una mujer bonita para consolarme, estaba seguro que era a ella a quien se le había ocurrido, y era prueba de su compasión por mis sufrimientos.

Resolví poner en juego toda mi maña para conseguir entrevistarme con ella. Entre los varios caminos que fuí examinando, me detuve en el siguiente: T... había mostrado demasiada buena voluntad en mi ayuda para que me fuése dado dudar de su sinceridad y su celo. Prometíme ir a verle inmediatamente y comprometerle a llamar a G... M..., con pretexto de un asunto importante. Sólo necesitaba media hora para hablar a Manon. Mi plan era hacerme introducir en su mismo cuarto, y me parecía cosa fácil en ausencia de G... M...

Habiéndome devuelto tales resoluciones parte de mi calma, pagué espléndidamente a la joven que aun permanecía conmigo, y para quitarle las ganas de volver a reunirse con quienes la habían enviado, tomé sus señas dejándola entrever que tal vez iría a pasar con ella el resto de la noche. Subí a mi coche e híceme llevar con toda la rapidez posible a casa del señor T... Tuve la suerte de encontrarle, aunque durante el camino me atormentara el temor de su ausencia. Una palabra le puso al corriente de mis penas y del favor que venía a pedirle.

Asombróle de tal modo que G... M... hubiese podido seducir a Manon, que, ignorando la parte que yo mismo había tenido en mi desgracia, ofrecióse espontáneamente reunir a todos sus amigos para emplear sus brazos y sus espadas en libertar a mi querida. Hícele comprender que todo aquel ruido podía sernos perjudicial a ella y a mí. «Guardemos nuestra sangre para el último extremo. Medito un medio menos ruidoso y del que espero igual éxito». Ofrecióse a hacer, sin excepción, cuanto le pidiese. Y habiéndole repetido que tan sólo se trataba de hacer llamar, con pretexto de hablar con él, a G... M..., y hacerle faltar de su casa una hora o dos, salió conmigo para complacerme.

Discutimos sobre el pretexto de que podía valerse para entretenerle tanto tiempo. Aconsejéle empezar por enviarle una carta fechada en un figón, citándole urgentemente para un asunto de tal importancia que no admitía espera. «Espiaré--le dije--el momento de su salida y no me costará trabajo introducirme en la casa, no siendo, como no soy, conocido sino de Manon y de Marcelo, mi criado. En cuanto a vos, podéis decirle que el asunto importante de que deseáis hablarle es un asunto de dinero. Que acabáis de perder no sólo el vuestro, sino mucho más sobre palabra. Necesitará tiempo para procurároslo, y yo tendré el que me hace falta».

M. de T... hizo ce por be todo lo que yo le había encargado. Dejéle en el figón, donde escribió inmediatamente su carta. En cuanto a mí, fuí a colocarme a algunos pasos de la casa de Manon, vi llegar al portador de la misiva, y partir a poco G... M... a pie y seguido de un lacayo. Tras de darle tiempo para salir de la calle, me aproximé a la puerta de la infiel, y pese a mi ira, llamé con el respeto con que lo haría en un templo. Felizmente, fué Marcelo quien vino a abrirme la puerta. Hícele una seña y, aunque nada tenía que temer de los demás criados, le pregunté si podía conducirme al cuarto donde estaba Manon sin ser notado. Dijo que era cosa fácil, con sólo subir con cuidado la escalera principal. «Vamos pronto--le dije--, y trata de impedir que suba nadie mientras yo esté allí». Así llegué sin tropiezo al cuarto de Manon.

Hallábase ella entregada a la lectura. En tal ocasión fué cuando mejor pude admirar el carácter de aquella criatura. En vez de parecer aterrada o asombrada al verme, no dió sino esas ligeras pruebas de sorpresa naturales cuando nos encontramos con una persona que creemos lejos. «¡Ah, sois vos, amor mío!--exclamó viniendo a abrazarme con la ternura habitual--¡Dios mío, qué audaz sois! ¡Quién hubiese podido esperaros hoy en tal lugar!». Me desprendí de sus brazos, y, en vez de corresponder a sus caricias, la rechacé con desdén y retrocedí dos o tres pasos para alejarme de ella. Aquel ademán no dejó de desconcertarla. Permaneció inmóvil y fijó sus ojos en mí, cambiando de color. Tan contento me hallaba en el fondo de volverla a ver que, pese a los numerosos motivos de ira que tenía contra ella, apenas encontraba fuerzas para hacerle reproches. Sin embargo, mi corazón sangraba aún por la cruel ofensa que me había inferido. Llamé en mi auxilio a la memoria para exaltar mi indignación, y traté de encender en mis ojos otros fuegos que no fuesen los del amor. Como permaneciese yo un rato en silencio y Manon reparase en mi agitación, vile temblar al parecer de miedo.

No pude resistir tal espectáculo. «¡Ah, Manon!--dije con tierna queja--¡Infiel, perjura Manon! ¿Por dónde comenzaré mis reproches? Os veo pálida y temblorosa y aun soy tan sensible a vuestros menores sufrimientos, que temo afligiros excesivamente con mis reproches. Pero he de decíroslo Manon, tengo el corazón lacerado por la crueldad de vuestra traición. Esos golpes no se descargan sobre un enamorado si no se ha decidido su muerte. ¡La tercera vez, Manon! ¡Las llevo bien contadas! ¡Imposible olvidarlo! En vos misma está decidir en esta hora suprema, pues mi pobre amor no puede resistir semejante trato. Siento que va a sucumbir y que está próximo a partirse de dolor. ¡No puedo más!--gemí sentándome en una silla--. Apenas si me es dado sostenerme y hablar».

No me contestó; pero, apenas me vió sentado, se arrodilló y, apoyando la cabeza en mis rodillas, ocultó el rostro entre mis manos. Sentí que por un momento las humedecía con su llanto. ¡Dios de Dios, pensad qué turbación no agitaría mi alma! «¡Ah, Manon, Manon!--repuse con un suspiro--Es ya tarde para llorarme cuando me habéis matado primero. Fingís una tristeza que estáis lejos de sentir. El mayor de vuestros males es indudablemente, el de mi presencia, que siempre vino a interrumpir vuestros placeres. Abrid bien los ojos y veréis quién soy. No se llora así por un desdichado a quien se traicionó y abandonó cruelmente». Seguía besando mis manos sin cambiar de postura. «Inconstante Manon--añadí aún--, mujer ingrata y sin fe, ¿a dónde, a dónde están vuestras promesas? Amante versátil y cruel, ¿qué has hecho del amor que me jurabas aún hoy mismo? ¡Justos cielos! ¿puede una infiel burlarse de nosotros así, después de invocaros fervorosamente? ¿Es el perjuro quien obtiene la recompensa? ¿La desesperación y el abandono son para la constancia y la fidelidad?».

Aquellas palabras mías fueron acompañadas de tan amargas reflexiones que, mal de mi grado, dejé escapar algunas lágrimas. Manon lo notó en el cambio de mi voz. Rompió, por fin, el silencio. «Bien se ve--dijo con tristeza--que soy culpable, cuando tal dolor pude causaros; pero que el cielo me castigue si creí serlo o si tal pensamiento me asaltó siquiera».

Aquel discurso me pareció tan desprovisto de sentido común y buena fe que no pude librarme de mi primer impulso de cólera. «¡Horrible disimulo!--exclamé--Veo mejor que nunca que eres una vil y una pérfida. Ahora es cuando conozco tu miserable carácter. Adiós, ruin criatura--dije, poniéndome en pie--, mejor quiero morir mil veces que tener trato alguno contigo. ¡Que el cielo me castigue si te honro con una sola mirada! Quédate con tu nuevo amante; ámale; ódiame a mí; renuncia al honor y al sentido de lo justo; me es igual, de todo me he de reir ya».

De tal modo la espantó la explosión de mi voz que, siempre de rodillas, me miró temblorosa, no osando respirar. Di aún algunos pasos, en dirección a la puerta, sin separar los ojos de ella. Pero hubiese hecho falta ser inhumano para permanecer indiferente ante tantos encantos. Tan lejos me hallaba de poseer esa bárbara fuerza que, pasando de golpe al extremo opuesto, volví hacia ella o, por mejor decir, precipitéme sin reflexionar. La cogí en mis brazos y le di mil tiernos besos; la pedí perdón de mi violencia; confesé que era un bárbaro y que no merecía ser amado de una criatura como ella.

La hice sentar y me arrodillé, a mi vez, rogándole me escuchase así. Luego, todo lo que un amante, sumiso y apasionado, pueda discurrir, de respetuoso y tierno, lo encerré en pocas palabras dándola excusas. Supliquéla, como singular favor, que me perdonase. Dejó caer sus brazos en torno a mi cuello, diciéndome, con dulce acento, que era ella la que necesitaba de perdón, por las penas que involuntariamente me causaba, y que comenzaba a temer, no sin razón, que no me pareciese suficiente lo que en descargo suyo iba a decirme. «¡A mí!--interrumpí--¡Si no os pido justificación ninguna! Apruebo cuanto hicisteis. No soy yo quién para pedir razones de tu conducta. Soy feliz, y me doy por satisfecho si mi Manon no me priva de la ternura de su corazón. Pero--continué--sin necesidad de volver sobre mi estado de espíritu, ¡oh, poderosa Manon, que a capricho creáis mis alegrías y dolores!, humildemente, después de mostrarte mi arrepentimiento, ¿no me será permitido hablaros de mis penas y mis sufrimientos? Quisiera saber de vos misma qué ha de ser de mí hoy, y si pensáis firmar mi sentencia de muerte, pasando la noche con mi rival».

Puso algún tiempo en meditar su respuesta. «Caballero mío--díjome, recuperando su aspecto tranquilo--, si, desde luego, os hubieseis explicado con tal claridad os hubieseis ahorrado no pocos sinsabores y a mí una escena harto penosa. Puesto que vuestro padecimiento sólo viene de vuestros celos, os hubiese curado al momento, ofreciéndoos seguiros inmediatamente, aunque fuése al fin del mundo. Pero he creído que era la carta que os escribí, bajo las miradas inexorables de G... M..., y la muchacha que os enviamos lo que provocaba vuestra indignación. Temí que pudierais mirar mi carta como una burla y a la joven enviada por G... M... como un síntoma de que renunciaba a vos para unirme definitivamente a él. Este pensamiento me ha llenado de consternación, pues por muy inocente que yo fuése, no podía ocultárseme que las apariencias no me eran favorables. Sin embargo, quiero que seáis mi juez después de explicaros la verdad de lo sucedido». Hízome saber entonces todo lo que le había pasado desde que había encontrado a G... M... que la esperaba en el mismo lugar donde ahora nos hallábamos. Habíale recibido, efectivamente, como a la primera princesa del mundo. Habíale enseñado todas las estancias de una limpieza y una riqueza admirables. Entrególe diez mil libras en su gabinete, añadiendo algunas alhajas, entre las que se hallaba el collar y los brazaletes de perlas que ya una vez le diera el padre. Hízole servir, por los nuevos criados que tomó para ella, ordenándoles que de allí en adelante le mirasen como a su dueña y señora; hízole, en fin, ver la carroza y los caballos y todo el resto de sus presentes. Después de lo cual propúsole una partida de juego para esperar la hora de la comida. «Confieso--dijo--que quedé deslumbrada por tanta magnificencia. Pensé que sería una tontería renunciar a tales bienes, contentándonos con llevarnos las diez mil libras y las alhajas; que igual yo que vos habíamos hecho nuestra fortuna y que podíamos vivir agradablemente a expensas de G... M... En vez de proponerle el teatro, decidí sondearle, en lo que a vos se refería, para ver las facilidades que podríamos hallar para la ejecución de mi sistema. Le he encontrado persona muy tratable. Preguntóme qué pensaba de vos y si no me había causado tristeza abandonaros. Contesté que érais tan amable y os habíais comportado siempre de tal modo conmigo que era natural que no pudiese odiaros. Confesó que no carecíais de méritos y que él mismo había sentido vivo impulso de simpatía por vuestra persona. Quiso saber, cómo creía yo, que tomaríais mi marcha, sobre todo cuando supieseis que estaba en sus manos. Contestéle que la fecha de nuestro amor era tan vieja ya, que había tenido tiempo de enfriarse un poco; que al mismo tiempo pasabais por una crujía material, así que tal vez no miraseis mi pérdida, que os libraba de pesado fardo, como gran desgracia. Añadí que no dudando que os conduciríais pacíficamente no había vacilado en deciros que venía a París para ciertos asuntos, que habíais consentido en ello y que habiendo venido vos también no parecíais muy inquieto cuando os dejé. Si le creyese capaz--díjome entonces--de convivir amistosamente conmigo, sería yo el primero en ofrecerle mis servicios y mis atenciones. Contesté que conociéndoos como os conocía no dudaba de que os comportaríais correctamente, sobre todo--añadí--si él podía ayudaros en vuestros asuntos, harto desarreglados desde la riña con vuestra familia. Interrumpióme, para hacer protestas de ofreceros toda la ayuda que de él dependiese, y hasta si queríais embarcaros en un nuevo amor os presentaría a una querida muy linda que había dejado para amarme a mí.

»Aplaudí su idea--añadió--, para borrar toda sospecha en él, y afirmándome más y más en mi proyecto, no hacía sino pensar en la manera de avisaros de lo que sucedía, por miedo a que os alarmaseis con exceso al verme faltar a vuestra cita. Fué con tal intención con la que le propuse enviaros a vuestra nueva amiga aquella misma noche por tener un pretexto para escribiros. No hubo más remedio que recurrir a aquella astucia, pues no tenía esperanzas de que me dejase sola ni un instante.

»Rió de mi proposición; llamó a su lacayo, y tras de preguntarle si sabría encontrar a su antigua amiga, mandóle de un lado para otro en su busca. Creyó primero que era a Chaillot donde había que ir a buscaros, pero yo le desengañé diciéndole que, al separarnos, os prometí ir al teatro, y si algo me lo impedía o se presentaba alguna dificultad me esperaríais en una carroza en la esquina de la calle de San Andrés, y que, por lo tanto, más valía enviaros allí a vuestra nueva amante, aunque no fuése más que para impedir que os consumieseis de aburrimiento toda la noche. Díjele también que no estaría de más escribiros dos palabras para advertiros de aquel cambio, que os costaría trabajo explicaros si no. Consintió, pero me vi obligada a escribir en su presencia, y claro que me guardé muy bien de explicarme abiertamente en mi carta. He ahí--concluyó Manon--la manera como han sucedido las cosas. No os oculto nada, ni de mí ni de mis intenciones. La joven vino; la hallé bella, y como no dudaba de que mi ausencia os entristecería deseé sinceramente os entretuviera unos momentos, pues la fidelidad que en vos deseo es la del corazón. Me hubiese gustado poder enviaros a Marcelo, pero no tuve ni un momento para explicarle lo que había de deciros». Remató su narración contándome la perplejidad en que la carta del señor T... sumió a G... M... «Dudaba si dejarme o no, y me afirmó que su ausencia no podía durar, y esto es lo que me hace veros con inquietud y lo que me hizo también mostrar sobresaltada tristeza».

Escuché el discurso con paciencia. Hallaba en él infinidad de cosas crueles y mortificantes para mí, pues la intención de su infidelidad estaba tan clara que ni aun había intentado ocultarla. No podía esperar de G... M... que la dejase toda la noche como a una vestal. Era, pues, con él con quien esperaba pasarla. ¡Qué confesión para un amante! Pensé, empero, que yo era en parte culpable de su falta por haberla puesto en antecedentes de la pasión de G... M... y también por mi complacencia y ceguedad al entrar en el plan que ella había concebido. Por otra parte, por uno de esos recodos particulares a mi carácter, sentíame enternecido por la ingenuidad de su confesión y por la manera abierta y buena con que me contaba todos los detalles, aun aquéllos que más debían de ofenderme. «Peca sin malicia--me dije a mí mismo--. Es ligera e imprudente, pero también recta y sincera». Añádase a esto que el amor bastaba por sí solo para cerrarme los ojos sobre todas sus faltas. Hallábame, a decir verdad, demasiado satisfecho con la idea de robársela aquella misma noche a mi rival. Díjele, sin embargo: «Y la noche, ¿con quién la hubieseis pasado?». Aquella pregunta, que formulé tristemente, pareció confundirla. No me contestó sino con evasivas. Tuve lástima de su confusión e interrumpiendo mi discurso dije que naturalmente pensaba que me siguiera inmediatamente, sin demora. «Lo haré--dijo--; pero ¿no aprobáis mi proyecto?--¡Ah!, no basta--dije a mi vez--, ¿no basta que haya aprobado cuanto hicisteis hasta ahora?--Cómo, ¿ni aun siquiera nos llevaremos los diez mil francos? Me los dió y son míos». Aconsejela que lo abandonase todo, y que aprovechásemos el tiempo para alejarnos rápidamente de allí, pues aunque sólo media hora llevaba con ella, comenzaba a temer el regreso de G... M... Sin embargo, tales instancias me hizo para convencerme de que no nos fuésemos con las manos vacías que creí complacerla concediéndole algo, puesto que tanto me había concedido a mí.

Cuando nos preparábamos a marchar oí, con un estremecimiento de terror, llamar con grandes golpes dados en la puerta de la calle. No dudé que era G... M..., y en la turbación que aquella idea puso en mi espíritu, dije a Manon que era hombre muerto si se dejaba ver. Efectivamente, aun no era yo bastante dueño de mí mismo para contenerme a su vista. Marcelo puso fin a mis penas entregándome una carta que acababan de darle para mí. Era de T...