Chapter 8 of 14 · 3938 words · ~20 min read

Part 8

Pero cuando hubo que apearse para entrar en casa de Lescaut, tuve con el cochero una nueva cuestión, cuyas consecuencias fueron funestas. Me arrepentí de haberle ofrecido un luis, no sólo porque el regalo era excesivo, sino por una razón mucho más importante, la imposibilidad de pagarle. Hice llamar a Lescaut. Bajó de su habitación para reunírsenos en la puerta. Díjele al oído cuál era nuestro apuro. Como era de genio brusco y no estaba acostumbrado a guardar consideraciones a los cocheros, lo tomó a broma. «¡Un luis de oro!--gritó--¡Veinte palos a ese rufián!». Fué inútil que le repitiera que iba a perdernos. Arrebatóme mi bastón con ademanes de maltratar al cochero. Éste, que había quizás caído ya alguna vez bajo las manos de un guardia de corps o de un mosquetero, huyó, gritándome que me había burlado de él, pero que ya se las pagaría. Pedíle, inútilmente, que se detuviese. Su fuga me causó gran inquietud, pues no dudé que advertiría al Comisario. «Me perdéis--dije a Lescaut--. Es preciso alejarnos de vuestra casa, donde no estaremos seguros por el momento». Di el brazo a Manon y salimos precipitadamente de la calle peligrosa. Lescaut nos acompañó.

Es algo realmente admirable el modo cómo la providencia encadena los acontecimientos. Apenas habíamos caminado cinco o seis minutos un hombre reconoció a Lescaut. Buscábale, sin duda, en los alrededores de su casa con el fatal propósito que realizó. «Es Lescaut--dijo, disparándole un tiro a quemarropa--: esta noche irá a cenar con los ángeles». Escapó inmediatamente mientras Lescaut caía sin dar señales de vida. Apremié a Manon para que huyésemos, pues nuestros auxilios a un cadáver eran inútiles, y en cambio temía que nos detuviese la ronda, que no podía tardar en venir. Enfilé con ella y el lacayo el primer callejón que cruzaba; estaba tan cansada que me costaba trabajo sostenerla; vi un coche de alquiler en la esquina. Subimos, pero cuando el cochero me preguntó dónde tenía que llevarnos me vi cohibido para contestarle. No tenía ni asilo en que me creyese en salvo ni amigo a quien recurrir; y para colmo veíame sin dinero, pues no tenía en el bolsillo arriba de media _pistola_. El miedo y la fatiga habían vencido de tal modo a Manon que estaba a medias desvanecida sobre mi hombro. Tenía, por otra parte, el pensamiento obsesionado con la muerte de Lescaut y no estaba tampoco tranquilo respecto a la ronda. ¿Qué partido tomar? Me acordé felizmente de la posada de Chaillot, donde pasé unos días con Manon cuando fuimos a instalarnos al pueblo. Pensé que allí no sólo estaría en seguridad, sino que podría vivir algún tiempo sin que me apremiasen para el pago. «Llévanos a Chaillot»--dije al cochero. Negóse a ir allí tan tarde como no le pagase una pistola; otro motivo de apuro. En fin, convenimos en que le daría seis francos, que era, por otra parte, cuanto quedaba en mi bolsa.

Mientras nos encaminábamos al lugar de nuestro destino traté de consolar a Manon, aunque en el fondo reinaba profundo desconsuelo en mi espíritu. Hubiérame dado la muerte si no hubiese tenido en mis brazos el solo bien que me ataba a la vida. Era aquél el único pensamiento que me sostenía. «Es mía, la tengo por fin y me ama. Diga lo que quiera Tiberio no es un fantasma de dicha. Vería yo hundirse el universo sin que me importase. ¿Por qué? Porque ninguna otra cosa me interesa ya». Aquel sentimiento era sincero; sin embargo, mientras despreciaba todos los bienes del mundo comprendía que me sería necesaria una ínfima parte de ellos para que mi desprecio por el resto pudiese ser aún mayor. El amor es más poderoso que la abundancia, que todos los tesoros de la riqueza, pero necesita de su ayuda y nada hay más terrible para un amante delicado que verse arrastrado por aquel punto vulnerable a las cosas más miserables y groseras de la vida.

Eran las once cuando llegamos a Chaillot. Fuimos recibidos en la posada como personas de absoluta confianza. No se sorprendieron de ver a Manon en traje de hombre porque están habituados en París y en sus alrededores a que las mujeres se presenten en las más diversas trazas. Hice que le sirviesen con igual prontitud que si nadase en la opulencia. Manon ignoraba mi penuria. Guardéme de decirle nada, decidido, como estaba, a volver al siguiente día a París para buscar cualquier clase de remedio a mi antipática enfermedad.

Parecióme, mientras cenaba, pálida y delgada. No me había percibido en el _hospital_, porque el cuarto donde estaba era de los peor alumbrados. Pregúntele si no era aquello efecto del miedo pasado al ver caer a su hermano. Aseguróme que aunque muy afectada por aquella desgracia su palidez provenía de haber estado tres meses ausente de mí. «¿Me quieres mucho?--la interrogué--. Mil veces más de cuanto pudiera decirte--replicóme--. ¿No me abandonarás ya nunca?--añadí--No, nunca»--replicó ella--. Aquella afirmación fué corroborada por tantos juramentos y caricias que, efectivamente, parecióme imposible que pudiera olvidarlos. Siempre he creído que fué sincera. ¿Qué razón podría haber tenido para fingir hasta aquel punto? Pero si sincera era aun era más tornadiza o, por mejor decir, ella misma no era dueña de su albedrío cuando hallábase ante mujeres que, valiendo mucho menos que ella, vivían en la abundancia, mientras se veía en la miseria. Hallábame en vísperas de topar con la prueba más clara y evidente de cuantas hasta entonces tuviera, prueba que dió lugar a la más extraña aventura de que fué víctima jamás un hombre de mi nacimiento y mi fortuna.

Como sabíale de aquel natural, apresuréme al día siguiente a ir a París. La muerte de su hermano, y la necesidad de procurarnos ropas para ella y para mí eran cosas tan naturales que no necesité pretexto ninguno. Salí de la posada con el designio, según dije a Manon y al hostelero, de tomar una carroza de alquiler; pero en realidad aquello no era sino una fanfarronada. La necesidad me obligaba a caminar a pie e hícelo rápidamente hasta Cours-la-Reine, donde tenía intenciones de detenerme. Bien necesitaba de unos momentos de soledad y descanso para ordenar mis pensamientos y prever lo que iba a hacer en París.

Sentéme sobre la hierba. Pronto me engolfé en un mar de razonamientos y reflexiones que, poco a poco, redujéronse a tres únicos capítulos. Necesitaba un socorro inmediato para hacer frente a una serie de necesidades inmediatas; tenía que abrirme un camino que fuése una esperanza de vida para lo futuro; y, esto no era lo menos importante, tenía que tomar informes y precauciones para la futura seguridad de Manon y mía. Después de haberme extendido en proyectos y combinaciones sobre aquellos tres puntos creí aún deber aplazar los dos últimos. No estábamos mal ocultos en un cuarto de Chaillot, y en cuanto a las necesidades futuras sería hora de pensar en ellas cuando estuviésemos a cubierto de las presentes.

Tratábase, por lo pronto, de llenar mi bolsa; T. habíame ofrecido generosamente la suya, pero causábame repugnancia extrema ser yo quien volviera sobre el asunto. ¡Qué vergüenza, ir a exponer mi miseria a un extraño y rogarle me ayudase con su dinero! No hay sino las almas ruines a quienes la natural bajeza impida ver la indignidad o las almas cristianas que por un exceso de humildad que les hace superiores a esa vergüenza no se sientan humilladas y la acepten sin lucha. No era yo ni un hombre ruin ni un buen cristiano, y hubiese dado la mitad de mi sangre por evitar aquel bochorno. «Tiberio, el buen Tiberio, ¿me negará aquello que buenamente pueda darme? No; se sentirá compadecido de mi miseria, pero en cambio me abrumará con su moral. Tendré que aguantar sus peroratas, sus consejos, sus exhortaciones, y me hará pagar tan cara su ayuda que daría una parte de mi sangre por evitarme esa escena que me dejaría lleno de turbación y de remordimientos. ¡Bueno!--replicábame a mí mismo--, he de renunciar a toda esperanza puesto que no me quedan otros caminos, y antes que tomar por ellos derramaría gustoso la mitad de mi sangre, es decir, toda mi sangre antes que aceptar ambos. Sí, mi sangre toda--añadí, después de un momento de reflexión--, sí, daríala toda mejor que humillarme a miserias y bajezas. ¿Pero qué tiene mi sangre que ver en todo esto? Se trata de la vida de Manon, de su amor y de su fidelidad. ¿Qué puedo equiparar a ella? Nada hasta ahora. Ella es para mí la gloria, la dicha y la fortuna. Hay muchas cosas, sin duda, que daría la vida por obtener o por evitar; pero estimar algo, más que a mi vida, no significa estimarlo tanto como a Manon». No tardé mucho tiempo, después de tal razonamiento, en decidirme. Continúe mi camino decidido a ir primero a ver a Tiberio, luego a T...

Al entrar en París hallé un coche de alquiler, y aunque no tenía con qué pagarlo, contando con los recursos que iba a solicitar de unos y otros lo tomé. Híceme conducir al Luxemburgo, desde donde envíe a decir a Tiberio que estaba esperándole. Satisfizo mi impaciencia su prontitud en acudir. Le expuse la situación apurada en que me veía. Me preguntó si las cien pistolas que le había devuelto me bastarían, y sin oponer la menor dificultad fué en el mismo momento a buscarlas con esa sencillez y esa alegría en dar que son patrimonio del amor y de la amistad verdadera. Aunque no abrigaba la menor duda sobre el éxito de mi empresa, sorprendióme haberle obtenido a tan poco precio; es decir, sin tener que aguantar una homilía sobre mi impenitencia. Pero me equivocaba al creer escapar tan fácilmente; al acabar de entregarme dinero me rogó que diese una vuelta con él por la avenida del jardín. No le había hablado de Manon y por ende ignoraba que estuviese en libertad; así que su disertación no recayó sino sobre mi temeraria fuga de San Lázaro y sobre sus temores de que en vez de aprovechar la lección de cordura recibida, perseverase en mis desórdenes. Díjome que habiendo ido a visitarme a San Lázaro, al día siguiente de mi evasión, había quedado estupefacto al enterarse de la manera como había salido; que había hablado de ello con el superior, y halló que el buen religioso, aunque no se había repuesto de su espanto, había tenido, sin embargo, la generosidad de ocultar al jefe superior de Policía los detalles de mi marcha y de evitar que la muerte del portero fuése conocida fuera de allí y así de aquel lado no tenía, pues, nada que temer. Pero, añadió, que si aún quedaba en mí el menor vestigio de prudencia, aprovecharía el desenlace venturoso que daba el cielo a mis asuntos; que comenzaría por escribir a mi padre y ponerme a bien con él, y que si por una vez quería seguir sus consejos, me daría el de marcharme de París y refugiarme en el seno de mi familia.

Escuché su discurso hasta el fin. Contenía multitud de cosas satisfactorias. En primer lugar me encantó saber que por parte de San Lázaro no había nada que temer. Las calles de París volvían a ser campo libre para mí. En segundo, me alegré de que Tiberio no tuviese idea de la liberación de Manon y de su vuelta conmigo. Hasta noté que ponía cuidado en no hablarme de ella creyendo sin duda que ocupaba menos lugar en mi corazón, puesto que tan tranquilo parecía en lo que se refería a ella. Resolví, si no volver a mi casa, por lo menos escribir a mi padre, como me lo aconsejaba y atestiguarle que estaba dispuesto a volver al camino del deber, que era el de su deseo. Mi esperanza era decidirle a que me enviase dinero con el pretexto de hacer mis ejercicios en la academia, pues era muy difícil convencerle de mis disposiciones para abrazar de nuevo la carrera eclesiástica, sin contar con que no me parecía desagradable ni imposible lo que le prometía. Tenía, por el contrario, deseos vehementes de dedicarme a algo honesto y razonable, siempre que fuése compatible con mi amor. Acariciaba el plan de vivir con mi querida y al mismo tiempo hacer mis oposiciones. Eran cosas asaz compatibles. Estaba tan satisfecho con tales ideas, que prometí a Tiberio enviar el mismo día una carta a mi padre. Entré, efectivamente, después de dejarle, en un escritorio público y le escribí en forma tan tierna y sumisa que al releer la carta me lisonjeé de obtener algo del corazón paterno.

Aunque ya estaba en condiciones de tomar y pagar un coche, después de despedirme de Tiberio me fuí orgullosamente a pie, encontrando un placer en el ejercicio de mi libertad, que mi amigo me había asegurado no peligraba ya. Sin embargo, vínome súbitamente a la imaginación la idea de que sus seguridades no atañían sino a San Lázaro y que tenía, fuera de eso, el asunto del _hospital_, sin contar con la muerte de Lescaut en la que me veía mezclado a lo menos como testigo. Aquella idea me asustó de tal modo que me retiré a la primera avenida que me pareció discreto refugio e hice llamar una carroza. Fuí en derechura a casa de T..., que se rió de mis temores. Yo mismo me reí de ellos al saber que nada tenía que temer del lado del _hospital_, ni del de Lescaut. Díjome que ante la idea de que creyesen en su complicidad al conocer la fuga de Manon, había ido aquella mañana al _hospital_ y había preguntado por ella como si no estuviese enterado de nada. Que tan lejos estaban de creernos culpables que le habían contado la fuga como noticia fantástica, asombrándose de que una mujer tan bonita como Manon hubiese tomado el partido de huir con un lacayo. Él, por su parte, limitóse a responder fríamente que no le sorprendía, pues creía a la gente capaz de todo a cambio de la libertad. Continuó contándome que había ido a casa de Lescaut con la esperanza de encontrarme allí con mi deliciosa querida, y que el dueño de la casa, un alquilador de carrozas, le había asegurado no habernos visto ni a ella ni a mí, pero añadió que no le extrañaba, pues si era de Lescaut en busca de quien íbamos, habríamos sin duda sabido que acababan de matarlo poco más o menos a la misma hora. Unas dos horas antes, un guardia de corps, amigo de Lescaut había venido a verle y le había propuesto jugar. Lescaut, había ganado con tal rapidez, que el otro se había encontrado con cien escudos menos, todo su capital, en una hora.

Aquel desgraciado había suplicado a Lescaut que le prestase cincuenta escudos, o sea la mitad de la suma que acababa de perder, y sobre ciertas dificultades nacidas de la ocasión habíanse querellado con extremada violencia. Lescaut se había negado a salir espada en mano a la calle, y entonces el otro había jurado romperle la cabeza donde lo hallase, cosa que había realizado aquella misma noche; T... tuvo la generosidad de añadir que había pasado horas de inquietud pensando en nosotros y volvió a ofrecerme sus servicios. Rogóme al mismo tiempo que le diese hospitalidad, pues pensaba ir a comer con nosotros.

Como sólo me quedaba adquirir ropas para Manon, díjele podíamos salir inmediatamente si llevaba su complacencia hasta acompañarme a algunas tiendas. No sé si creyó que le hacía esta proposición para espolear su generosidad, o si fué por simple impulso de su alma magnánima, pero es el caso que conforme con marchar a aquella misma hora llevóme a los comercios que proveían su casa. Allí me hizo elegir telas de precios mucho más elevados que los que yo me proponía pagar, y, cuando intentaba hacerlo, prohibió a los comerciantes recibir moneda alguna mía. Llevó a cabo aquella amabilidad con tan buena maña que creí poder aceptar sin desdoro. En fin, tomamos juntos el camino de Chaillot, donde llegué con menos inquietud que había partido.

* * * * *

Habiendo empleado el caballero Des Grieux más de una hora en su narración le rogué tomase algún descanso y nos acompañase a la mesa. Nuestra atención le demostró que le habíamos escuchado con gusto. Asegurónos que hallaríamos cosas aún más interesantes en la continuación de su historia; y cuando hubimos acabado de cenar continuó en estos términos:

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SEGUNDA PARTE

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Mi presencia y las amabilidades de T... disiparon todo lo que aún quedaba de tristeza en el espíritu de Manon. «Olvidemos, alma mía--le dije al llegar--, nuestros pasados terrores y volvamos a empezar a vivir más felices que nunca. Después de todo, el amor es buen amo; la fortuna no guardará seguramente para nosotros tantas penas como alegrías nos proporciona». Nuestra cena fué una verdadera fiesta. Era yo más dichoso y me hallaba más orgulloso con mi Manon y mis cien pistolas que el más rico hacendista de París con sus amontonados tesoros; hay que contar las riquezas en razón de la facilidad que ofrecen para dar satisfacción a los deseos, y yo no tenía ni uno solo que no estuviese realizado ya. El porvenir mismo no me asustaba. Hallábame casi seguro de que mi padre no pondría grandes dificultades para darme lo suficiente con que vivir decorosamente en París, pues habiendo cumplido los veinte años, tenía ya derecho a exigir la parte de bienes que en la herencia de mi madre me correspondía. No oculté a Manon que el fondo de nuestra fortuna eran sólo cien pistolas. Era lo suficiente para esperar mayores bienes, que vendrían, bien fuése por mis derechos hereditarios, bien por artes del juego.

Así fué que durante las primeras semanas sólo pensé en disfrutar de mi situación; mi idea del honor, mezclada con cierto sentimiento de miedo, hacíame aplazar de día en día la renovación de mis tratos con los socios del hotel Transilvania, y limitéme a jugar en círculos menos desacreditados, donde, además, los favores de la fortuna me libraron de poner en práctica habilidades pecaminosas. Iba a jugar a la ciudad y volvía a cenar a Chaillot, acompañado muy frecuentemente de T..., cuya amistad por nosotros crecía de día en día. Manon supo hallar recursos para combatir el tedio. Intimó en la vecindad misma con algunas muchachas a quien el buen tiempo y los encantos de la estación habían traído por allí. El paseo y las menudas labores propias de su sexo constituían, alternativamente, su ocupación. Una partida de juego, a que ellas habían señalado límites, servía para hacer frente a los gastos del coche. Iban a tomar un poco aire al bosque de Bolonia, y por las tardes, a mi regreso, hallaba a Manon más bella, más apasionada y más contenta que nunca.

Sin embargo, algunas nubes parecieron encapotar el horizonte de mi dicha; pero fueron prestamente barridas por completo, y el genio alocado de Manon hizo tan cómico el desenlace, que aún encuentro melancólica dulzura en un recuerdo que evoca su ternura y la gracia pícara de su ingenio.

El solo criado que constituía nuestra servidumbre llevóme un día aparte para decirme, con mucho apuro, que tenía un secreto de gran importancia que comunicarme. Excitéle a hablar sin rebozo ni temor, y después de muchos ambages y circunloquios díjome que un señor extranjero parecía haberse enamorado de la señorita Manon. La sangre se me agolpó al corazón. «¿Y ella?», interrumpíle con más brusquedad de la que convenía para seguir enterándome. Mi violencia le asustó. Respondió, con aire de inquietud, que su perspicacia no había ido tan lejos, pero que como hacía varios días venía observando que el extranjero iba todos los días al bosque de Bolonia, y que descendiendo de su carroza, se engolfaba solo por las avenidas, y pareciendo acechar la ocasión de encontrarse con Manon, había concebido la idea de trabar amistad con sus servidores para averiguar su nombre; que le consideraban como a un príncipe italiano, y que sospechaban ellos también se trataba de una aventura galante. Añadió, tembloroso, que no había podido proporcionarse otras luces, porque el príncipe, saliendo del bosque en aquel momento, habíase aproximado a él y le había preguntado su nombre. Después de lo cual, como adivinando que se hallaba al servicio de Manon, habíale felicitado por pertenecer a la criatura más encantadora del mundo.

Esperé impaciente el final de su narración, pero tan sólo añadió ya algunas tímidas excusas, que atribuí a mis imprudentes muestras de agitación. Roguéle me diera más detalles; pero se excusó diciendo que nada más sabía, y que habiendo tenido lugar todo aquello la víspera misma, no hubo tiempo para volverse a entrevistar con la servidumbre del príncipe. Le tranquilicé, no solamente con mis elogios, sino con una justa recompensa, y le encarecí, sin mostrar la menor desconfianza de Manon, vigilase todos los pasos del desconocido.

En el fondo, sus temores me dejaron dudas crueles. Podían haberle hecho suprimir una parte de la verdad. Sin embargo, tras algunas reflexiones, volví sobre mis alarmas, hasta el punto de sentir haber dado aquellas señales de flaqueza. No tenía derecho a mirar como un delito de Manon el que los demás la amasen. Lo más probable era que ignorase su conquista; ¿cuál iba a ser su existencia si mi corazón se abría con tanta facilidad a la duda? Volví a París al siguiente día, sin haber tomado otra resolución que la de acrecentar mi capital, acelerando las ganancias, gracias a un juego más fuerte, para ponerme en estado de salir de Chaillot, al primer motivo de inquietud.

Ninguna noticia atentatoria a mi tranquilidad tuve aquella noche. El extranjero había reaparecido en el bosque de Bolonia por la tarde, y aprovechando lo sucedido la anterior, habíase encarado con mi confidente y habíale hablado de su amor, pero en términos que no denunciaban ninguna complicidad con Manon. Habíale pedido mil detalles. Por último, intentó atraerle a su servicio con considerables promesas, y al fin, sacando una carta que llevaba preparada, habíale ofrecido inútilmente algunos luises de oro por entregársela a su ama.

Dos días transcurrieron sin ningún nuevo incidente. El tercero fué más tempestuoso. Supe al volver de París, bastante tarde, que Manon, durante su paseo, se había separado un momento de sus compañeras, y que el extranjero, que la seguía a poca distancia, habíase acercado a ella a una señal que le había hecho, y habíale entregado una carta, que ella recibió con transportes de júbilo. No tuvo tiempo de mostrarlo más que besando con transporte la misiva, porque casi inmediatamente se había ido. Pero durante el resto del día pareció presa de alegría extraordinaria, y, aun después de volver a casa, aquella alegría no pareció haberla abandonado. «¿Estás bien cierto--dije tristemente a mi lacayo--de que tus ojos no te han engañado?». Tomó al cielo por testigo de su buena fe.

No sé hasta dónde me hubiesen llevado los martirios de mi corazón, si Manon, que me había oído entrar, no hubiese venido a mí, mostrando su impaciencia y exhalando amargas quejas sobre mi tardanza. No esperó mi respuesta para agobiarme a caricias, y cuando se halló a solas conmigo hízome vivos reproches por la costumbre que iba tomando de regresar tan tarde. Como mi silencio diese lugar a ello, continuó diciéndome que hacía ya tres semanas que no había pasado un día entero con ella; que no podía resistir tan largas ausencias; que, por lo menos, exigía de mi un día de vez en cuando, y que al siguiente quería tenerme a su lado desde la mañana a la noche.