Part 5
Tiberio, durante aquel tiempo, no había dejado de visitarme con frecuencia. Sus sermones no acababan nunca. Sin cesar me representaba todo el daño que hacía a mi conciencia, a mi honra y a mi fortuna. Oía sus consejos deferente, y aunque no tenía la menor intención de seguirlos, le agradecía su interés, conocedor del cariño que le inspiraba. Algunas veces bromeaba con él en presencia misma de Manon, y exhortábale a no ser tan escrupuloso cuando no pocos sacerdotes y aun obispos sabían hacer perfectamente compatible una querida con un beneficio. «Mirad--decíale señalando los ojos de mi amiga--y decid si no hay falta que esté disculpada por tan bella causa». Hacía acopio de paciencia; llevóla aún asaz lejos, pero cuando vió que mis riquezas iban en aumento y que no sólo le había pagado sus cien _pistolas_ sino que, habiendo alquilado una casa y doblado mis gastos, iba a precipitarme aún más en los placeres, cambió por completo de conducta. Quejóse de mi contumacia, amenazóme con el castigo del cielo y me predijo una parte de las desgracias, que no tardaron en llover sobre mí. «Es imposible--me dijo--que las riquezas que os sirven para mantener vuestros desórdenes os hayan venido por vías legítimas. Las habéis adquirido injustamente y de igual modo os veréis privado de ellas. El mayor castigo que Dios pudiera daros sería el de dejaros disfrutar tranquilamente de ellas. Todos mis consejos os han sido inútiles; ya preveía yo que pronto os parecerían enojosos. Adiós ingrato y débil amigo. ¡Ojalá vuestros criminales deleites se evaporen como una sombra, quiera el cielo que vuestra dicha y vuestras riquezas desaparezcan sin remedio, para que solo y desnudo podáis comprender la vanidad de los bienes que tan locamente os embriagaron! Entonces será cuando me halléis dispuesto a amaros y serviros, pero hoy rompo todo trato con vos y abomino de la vida que lleváis».
Fué en mi habitación, ante los ojos de Manon, donde me dirigió esta arenga apostólica. Levantóse para retirarse; quise detenerle, pero a mi vez fuí detenido por Manon, que me dijo que era un loco a quien había que dejar franca la salida.
Su discurso no dejó de hacerme alguna impresión. Hago notar los varios impulsos de mi corazón para volver a los senderos del bien, porque a este recuerdo he debido parte de mi fuerza en las más tristes circunstancias de mi vida. Las caricias de Manon disiparon en un momento el disgusto que tal escena me había causado. Seguimos llevando una vida de placeres y amor. El aumento de riquezas redobló nuestro cariño. Venus y la Fortuna no tenían esclavos más tiernos y felices. ¡Dioses! ¿Por qué llamar al mundo lugar de miserias, cuando pueden disfrutarse en él tales dichas? Pero, ¡ay de mí!, su esencia misma estriba en ser fugaces. ¿Qué otra dicha podría uno anhelar si fuesen de naturaleza de durar siempre? Las nuestras siguieron el común destino, es decir, durar poco y traer tras sí un cortejo de amargas nostalgias.
Había realizado en el juego tales ganancias que comencé a pensar en la conveniencia de colocar parte del dinero. Nuestros criados no ignoraban nuestra prosperidad, sobre todo mi ayuda de cámara y la doncella de Manon, delante de los cuales hablábamos sin rebozo. La muchacha era guapa y mi ayuda de cámara estaba enamorado de ella. Habíanselas con amos jóvenes y confiados a quienes se figuraron poder engañar fácilmente. Concibieron el designio, y lo realizaron, tan desdichadamente para nosotros, que nos colocaron en estado tal que jamás nos fué posible salir de él.
Habiéndonos invitado una noche Lescaut a cenar, eran cerca de las doce cuando volvimos a casa. Llamé a mi criado, Manon a su doncella; ni el uno ni el otro acudieron. Nos dijeron que desde las ocho de la noche no se les había visto por la casa, pues salieron, haciendo previamente trasladar unos cajones, obedeciendo las órdenes que decían haber recibido de nosotros. Supuse desde luego algo de la realidad; pero no forjé sospecha que no fuése sobrepujada por lo que vi al entrar en mi cuarto. La cerradura de mi secreter había sido saltada y mi dinero y mis ropas habían desaparecido. En los momentos en que meditaba sobre lo sucedido vino a mí Manon, consternada, diciéndome que en su habitación habían hecho el mismo saqueo.
Fué tan cruel el golpe, que sólo merced a un esfuerzo extraordinario de mi razón no me abandoné a los gritos y las lágrimas. El temor de comunicar mi desesperación a Manon hízome tomar aires tranquilos. Díjele, bromeando, que me vengaría sobre algún incauto del hotel de Transilvania. Sin embargo, parecióme tan abatida por la desgracia, que su pena tuvo más fuerza para afligirme que mi fingida alegría había tenido para impedir su excesivo abatimiento. «¡Estamos perdidos!», díjome con lágrimas en los ojos. Traté vanamente de consolarla con mis caricias; mis propias lágrimas traicionaban mi desesperación y mi consternación. En efecto, estábamos tan absolutamente arruinados, que no nos quedaba ni una camisa.
Tomé el partido de enviar a buscar en seguida a Lescaut. Aconsejóme ir sin tardanza a ver al jefe superior de policía y al gran preboste de París. Fuí, pero para mi mal; pues, aparte de que aquel paso, así como los que hice dar a varios oficiales de policía, no sirvieron para nada, di tiempo a Lescaut para hablar con su hermana y sugerirle en mi ausencia una atroz determinación. Hablóla de M. de G... M..., viejo voluptuoso que pagaba pródigamente los placeres, y le hizo ver tales ventajas en ponerse bajo su protección que, turbada como estaba por nuestra desgracia, acabó por aceptar cuanto él tuvo a bien proponerle. Tan honroso trato cerróse antes de mi regreso, y su realización quedó aplazada para el día siguiente, después que Lescaut hubiese prevenido a M. de G... M... Encontré a Lescaut que me aguardaba en mi casa; pero Manon se había acostado y dado orden a su lacayo de decirme que, necesitada como estaba de reposo, me rogaba la dejase sola por aquella noche. Lescaut se separó de mí, no sin ofrecerme unas _pistolas_, que acepté. Eran ya las cuatro cuando me acosté, y habiendo aun meditado largamente sobre los medios de rehacer mi fortuna, me dormí tan tarde que hasta las once no pude despertarme. Levantéme prestamente para ir a informarme de la salud de Manon y me dijeron había salido una hora antes con su hermano, que vino a recogerla en una carroza de alquiler. Aunque tal salida me pareció sospechosa, violentéme para rechazar mis sospechas. Dejé transcurrir algunas horas, que pasé entregado a la lectura. Por fin, no siendo ya dueño de mi inquietud, púseme a pasear a grandes pasos por nuestras habitaciones. Vi en la de Manon una carta cerrada que estaba sobre su mesa. La abrí con mortal presentimiento. Estaba concebida en estos términos:
«Te juro, amado caballero, que tú eres el ídolo de mi corazón y que no hay sino tú en el mundo a quien pueda amar como te amo... ¿Pero no comprendes, pobre alma mía, que en las circunstancias a que nos vemos reducidos es necia virtud la fidelidad? ¿Crees que sin pan vive la ternura? El hambre me causaría alguna equivocación fatal; cualquier día lanzaría el último suspiro creyendo lanzar uno de amor. Te adoro, ten la seguridad de ello, pero déjame durante algún tiempo ser yo la que se ocupe de rehacer nuestra fortuna. ¡Desgraciado aquél que caiga en mis redes! Trabajo por hacer a mi caballero rico y feliz. Mi hermano te dará noticias mías y te dirá lo mucho que sufro ante la necesidad de abandonarte».
Quedé, tras la lectura de esta carta, sumido en un estado que me será muy difícil describir, pues ignoro aún hoy qué sentimientos me agitaban entonces. Fué una de esas situaciones únicas que no han tenido paridad en otra alguna. No sabe uno explicárselas a los demás porque no pueden tener ni una idea aproximada de ellas, y es muy difícil explicárselas a sí mismo, porque siendo únicas en su clase no se enlazan a nada en nuestra memoria y no pueden ni aun compararse con ningún sentimiento conocido. De todos modos, cualesquiera que fuesen los míos, participaban desde luego del dolor, del despecho, de los celos y de la vergüenza. ¡Feliz de mí si no hubiese sido aún mayor la dosis de amor!
«Me ama, quiero creerlo así; pero ¿no necesitaría ser un monstruo para odiarme? ¿Qué derechos existieron jamás sobre un corazón que no tenga yo sobre el suyo? ¿Qué podría hacer por ella después de todo lo hecho ya? ¡Sin embargo, me abandona y la ingrata se cree a cubierto de mis reproches con decirme que no ha cesado de amarme! Y habla del hambre. ¡Gran Dios, con qué grosería de sentimientos responde a mi delicadeza! ¡No pensaba yo en eso cuando por amor a ella renuncié a mi fortuna y a las dulzuras del hogar paterno; yo que me he privado hasta de lo más preciso para proporcionarle sus menores deseos y sus menores caprichos! Me adora, dice. ¡Si me hubieses adorado, ingrata, no hubieses aceptado los consejos que te daban, no me hubieses abandonado al menos sin decirme adiós! Soy yo quien ha de decir los crueles sentimientos que se experimentan al separarse de las personas a quienes se ama». Mis quejas viéronse interrumpidas por una visita con la que no contaba. La de Lescaut. «¡Verdugo!--le dije echando mano a la espada--; ¿Dónde está Manon? ¿Qué has hecho de ella?». Mi impulso pareció aterrarle. Díjome que si era así como le recibía, justamente cuando venía a darme cuenta del mayor servicio que cabía ofrecerme, iba a retirarse para no volver jamás a poner los pies en mi casa. Corrí a la puerta, que cerré. «No creas--díjele encarándome con él--que vas una vez más a engañarme con fábulas y cuentos. Has de defender tu vida o devolverme a mi Manon.--¡Cuidado que sois vivo de genio! Es justamente la única razón que aquí me trae. Vengo a comunicaros una dicha que no esperáis y por la que tal vez me debáis un poco de agradecimiento».
Quise una explicación inmediata. Contóme entonces que Manon no pudiendo con el miedo a la miseria y sobre todo resignarse de golpe y porrazo a la reducción de nuestro tren, habíale rogado que le presentase a M. de G... M..., que pasaba por ser hombre generoso. Guardóse, claro es, muy bien de decirme que había sido él quien se lo propuso y que había arreglado las cosas antes de decidirla a ello. «La he presentado esta mañana, y el buen caballero se ha mostrado tan satisfecho que por primera providencia la ha invitado a ir a pasar unos días con él en su casa de campo. Yo--prosiguió Lescaut--que he comprendido en seguida de qué utilidad podía ser aquello para vos, le hice saber discretamente que Manon había experimentado en estos últimos tiempos grandes pérdidas en el juego, y de tal modo he sabido exaltar su generosidad que ha empezado por hacerle un donativo de doscientas _pistolas_. Le he dicho que eso estaba bien por el momento, pero que el porvenir traería a mi hermana grandes gastos, que además se había encargado de la educación de un hermano menor que nos había quedado después de la muerte de nuestros padres, y que si la estimaba como decía, no la dejaría padecer en la persona del pobre niño, que Manon miraba como la mitad de sí misma. Tal narración ha tenido la virtud de enternecerle. Se ha comprometido a alquilar una casa cómoda para ella y para vos, puesto que vos sois ese pobre hermanito huérfano; ha prometido amueblárosla con decoro y pasaros además, todos los meses, cuatrocientas libras que, o yo no sé contar, o hacen cuatro mil ochocientas al año. Ha dado orden a su intendente antes de marchar al campo, de buscar una casa y tenerlo todo dispuesto para su regreso. Entonces veréis a Manon que me ha encargado mil abrazos para vos y deciros que os ama más que nunca».
Sentéme a meditar sobre aquellos curiosos lances que me deparaba la suerte. Hallábame en tal perplejidad que tardé mucho tiempo en contestar a las preguntas con que Lescaut me agobiaba. Fué entonces cuando el honor y la virtud hiciéronme sentir aún las mordeduras del remordimiento y cuando eché una mirada retrospectiva que abarcaba Amiens, la casa paterna y San Sulpicio, todos los lugares, en fin, en que viví inocente y feliz. ¡Qué inmenso abismo separábame de aquellos días dichosos! Ya no los veía sino como lejanas sombras que si bien aun atraían mis deseos y mis nostalgias no tenían ya fuerza para hacer brotar la voluntad. «¿Por qué fatalidad--decíanme--me han hecho de tal modo criminal? El amor es una pasión inocente; ¿cómo se ha tornado para mí en fuente de miserias y desórdenes? ¿Qué me impedía vivir virtuoso y feliz junto a Manon? Mi padre que tan tiernamente me amaba, ¿no hubiese cedido de apremiarle con justas instancias? ¡Ah!, mi padre hubiérala amado él mismo como a una hija querida digna de hacer la dicha de su hijo y ahora sería yo feliz con el amor de Manon, el afecto de mi padre, la estima de las gentes honradas, los bienes de la fortuna y la tranquilidad de la virtud. ¡Cruel contrasentido! ¿Qué infamia vienen a proponerme? ¿Qué abyecciones voy a compartir? ¿Pero, me queda el recurso de vacilar siendo Manon la que lo ha arreglado y perdiéndola yo si no me conformo a ello?». «Señor Lescaut--grité cerrando los ojos como para apartar tan descorazonadoras reflexiones--, si su intención es servirme os doy las gracias; tal vez hubieseis podido tomar por más honrados caminos, pero es cosa hecha, ¿verdad? No pensemos pues sino en aprovechar vuestros esfuerzos y en poner en práctica vuestro proyecto».
Lescaut a quien mi cólera seguida de tan largo silencio había sumido en la inquietud, pareció encantado de verme tomar un partido tan distinto del que temiera. Era todo menos valiente y de ello tuve buenas pruebas a continuación. «Si, sí, ya lo creo--aseguró--, es un verdadero favor el que os he hecho y ya veréis cómo trae más ventajas de las que ahora parece». Pusímosnos de acuerdo sobre la manera de disipar la desconfianza que M. de G... M... pudiese abrigar sobre nuestra pretendida fraternidad viéndome mayor y más viejo de lo que probablemente esperaría. No encontramos sistema mejor que tomar ante el aire inocente y provinciano y hacerle creer que mi deseo era abrazar el estado eclesiástico, para lo cual asistía diariamente al colegio. Resolvimos también que mi indumentaria dejaría mucho que desear la primera vez que me presentase ante él.
Volvió a la ciudad tres o cuatro días después; llevó él mismo a Manon a la casa que su intendente había tenido cuidado de preparar. Hizo prevenir en seguida a Lescaut de su regreso, y habiéndome avisado éste a mí, los dos nos presentamos en la casa. El viejo amante había partido ya.
Pese a la resignación con que me había sometido a su voluntad, no pude reprimir la protesta de mi corazón al verme ante ella. La parecí triste y mustio; la alegría de su presencia no era suficiente para borrar la pena de su infidelidad. Ella, por el contrario, parecía transfigurada por la alegría de verme. Hízome reproches de mi frialdad; no impidió, sin embargo, que los epítetos de pérfida e infiel se escapasen de mis labios, acompañados de otros tantos suspiros.
Burlóse primero de mi simplicidad; pero cuando vió mis miradas fijarse en ella laceradas y la tristeza que ponía en aceptar un cambio tan opuesto a mi genio y a mis deseos, fuése sola a su habitación, y como un momento después la siguiera, encontréla deshecha en llanto. Le pregunté la causa. «¡Bien fácil es adivinarla!--respondióme--. ¿Cómo he de vivir si mi presencia os da ese aspecto sombrío y os entristece? No habéis sido para hacerme una caricia en una hora que lleváis aquí y habéis recibido las mías con la dignidad del Gran Turco en su serrallo».--«Escuchadme, Manon--repliquéle, abrazándola--. No puedo ocultaros que tengo el corazón mortalmente afligido. No hablo ahora de la alarma en que vuestra fuga me sumió, ni de la crueldad que supone dejarme sin una palabra de consuelo, después de pasar la noche en un lecho que no era el mío; el encanto de vuestra presencia me haría olvidar mucho más. Pero ¿creéis que puedo pensar, sin que un sollozo se escape de mi garganta y las lágrimas se agolpen a mis ojos--proseguí, vertiendo algunas--, en la triste vida que pretendéis lleve yo en esta casa? Dejemos mis miramientos y mi honor a un lado; no son tan débiles razones las que han de combatir un amor como el mío; pero ese mismo amor, ¿no comprendéis que ha de gemir al verse tan mal recompensado o, mejor dicho, tan cruelmente tratado por una querida dura e ingrata?».
Interrumpióme: «Escuchad, mi caballero; es inútil atormentarme con reproches que me desgarran el corazón cuando vienen de vos. Bien veo lo que os hiere. Esperaba que aceptaríais el proyecto que había discurrido para rehacer nuestra fortuna y era por respeto a vuestra delicadeza que comenzara a ponerlo en ejecución sin consultároslo; pero puesto que no lo aprobáis, renuncio a él». Añadió que tan sólo me pedía un poco de complacencia para acabar el día, que había recibido ya doscientas pistolas de su viejo amante, que además habíale prometido traerle un collar de perlas y algunas otras alhajas, más la pensión anual. «Dejadme tan sólo--imploró--el tiempo de recibir sus presentes. Os juro que no podrá jactarse de lo que ha obtenido de mí, pues yo he ido demorando mi rendición hasta hallarnos de vuelta aquí. Verdad es que me ha besado más de un millón de veces las manos; justo es que pague ese placer y no le costará menos de cinco o seis mil francos, precio proporcionado a sus años y a sus riquezas».
Su determinación me fué mucho más agradable que la esperanza de los cinco o seis mil francos. Tuve ocasión de contestar que mi corazón no había perdido aún todo sentimiento de honor, puesto que palpitaba satisfecho de escapar a aquella infamia. Pero había yo nacido para las alegrías cortas y los dolores largos. La fortuna no me salvaba de un precipicio sino para arrojarme en otro más hondo. Después de haber mostrado a Manon mi júbilo por mil mimos y caricias, díjele que convenía advertir a Lescaut para que nuestras medidas fuesen acordes. Puso él algunos reparos; pero la idea de los cuatro o cinco mil francos contantes y sonantes hiciéronle entrar alegremente en nuestros planes. Quedó acordado que nos reuniríamos todos a comer con M. de G... M..., por dos razones: una, para ofrecerme una escena divertida, haciéndome pasar por un escolar hermano de Manon; la segunda, para impedir que el viejo libertino se propasase con exceso con su querida, usando de un derecho que creería haber adquirido pagándole, tan generosamente, por adelantado. Debíamos retirarnos Lescaut y yo en el momento en que subiese a la habitación donde pensaba pasar la noche. Manon ofreciónos que, en vez de seguirle, se escaparía y vendría a reunirse con nosotros. Lescaut prometió tener una carroza en la puerta. Llegada la hora de la cena, M. de G... M... no se hizo esperar. Lescaut y su hermana estaban en la sala. La primera atención del viejo fué ofrecer a su bella un collar, brazaletes y arracadas de perlas, que valían, por lo menos, mil escudos; en seguida contóla en bellos luises de oro la suma de dos mil cuatrocientas libras, que constituían la mitad de la pensión, no sin sazonar su presente con mil ternuras, muy en el género de la antigua Corte. Manon no pudo negarle algunos besos, que al fin y al cabo eran pago del dinero que le pusiera entre las manos. Yo esperaba tras de la puerta, a que Lescaut me avisase que podía entrar.
Vino a por mí en cuanto Manon hubo guardado el dinero y las alhajas. Llevóme a M. de G... M... y me ordenó hacerle una reverencia. Hícele dos o tres de las más profundas. «Dispénsele, caballero--advirtió Lescaut--; es un chiquillo, novato en lides sociales. Está muy lejos, como veréis, de tener los aires de París, pero esperamos que un poco de costumbre le dará aplomo. Tendréis el honor de ver aquí con frecuencia al señor--continuó, volviéndose a mí--; aprovechad la lección de tan noble modelo».
El viejo amante pareció encantado de verme. Dióme unos golpecitos en la mejilla, diciéndome que era un guapo chico, pero que, por lo mismo, había de andar sobre guardia en París, donde los muchachos resbalaban fácilmente hacia el desbarajuste. Lescaut tranquilizóle, asegurándole que era de natural tan serio que no pensaba sino en hacerme sacerdote y que mi único entretenimiento consistía en construir rosarios. «Encuentro en él cierto parecido con Manon--afirmó el viejo, alzándome la cabeza con la mano.--Caballero, nos tocamos tan de cerca que es natural... así es que quiero a Manon como a mí mismo.--¿Oís?--hizo observar a Lescaut--. Tiene ingenio y es lástima que este muchacho no posea un poco más de mundo.--¡Oh!, caballero--repliqué--. He aprendido ya mucho en nuestras iglesias y creo que los habrá en París más tontos que yo.--¿Lo veis? Es pasmoso su despejo para un chico provinciano».
Toda nuestra conversación fué poco o menos la misma durante la comida. Manon, que era tentada a la risa, estuvo en varias ocasiones a punto de estropearlo todo con sus carcajadas. En cuanto a mí, tuve en el trascurso de la cena ocasión de narrarle su propia historia y aun de predecir la desgracia que le amagaba. Manon y Lescaut estaban yertos durante mi cuento, sobre todo al trazar yo su retrato; pero el amor propio puso una venda en los ojos de la víctima impidiéndole reconocerse, y supe, por mi parte, rematar de tal modo la historia, que él fué el primero en encontrarla jocosa. Como ahora veréis, no ha sido sin motivo que me he extendido con respecto a esta ridícula escena.
Llegó, por fin, la hora de acostarse, y el viejo habló de amor y de impaciencia. Nos retiramos Lescaut y yo. Condujéronle a su cuarto, y Manon, habiendo salido de él con pretexto de una imprescindible necesidad, vino a reunírsenos en la puerta. La carroza, que nos esperaba tres o cuatro casas más allá, avanzó para recogernos y en pocos momentos nos alejamos del barrio.
Aunque, a mis ojos, aquella acción fuése una verdadera canallada, no era ciertamente la peor que debía tener que reprocharme. Más escrúpulos me inspiraba el dinero adquirido en el juego. Pero tan poco disfrutamos del uno como del otro, y plugo al cielo que el más leve de los dos delitos fuése el más severamente castigado.