Chapter 11 of 14 · 3924 words · ~20 min read

Part 11

Comunicábame que habiendo ido G... M... a buscar dinero a su casa, aprovechaba el tiempo para comunicarme una idea muy divertida que se le había ocurrido. Que creía que no podía vengarme de mi rival de modo más sabroso que comiéndome su cena y acostándome con mi querida en el lecho que había pensado disfrutar con ella, y que aquello le parecía empresa fácil si podía contar con tres o cuatro hombres que tuviesen bastante valor para detenerle aquella noche y bastante fidelidad a mí para guardarle a la vista hasta la siguiente mañana; que, por lo que a él se refería, prometíame entretenerle aún una hora con razones que tenía pensadas ya.

Enseñé la misiva a Manon y le conté de qué astucia me había valido para llegar hasta ella. Mi invención y la de T... le parecieron admirables. Nos reímos a nuestras anchas unos minutos; pero como la hablase de la última como de una broma, quedé asombrado al ver que le parecía cosa muy digna de pensarse y que aun me la proponía como algo cuya realización le encantaba. En vano fué que la objetase la dificultad de hallar así, sin más ni más, gentes capaces de detener a G... M... y vigilarle luego; díjome que, por lo menos, había que intentarlo, puesto que T... nos garantizaba una hora por lo menos. Y en respuesta a mis demás objeciones limitábase a decirme que yo actuaba de tirano y que no tenía la menor complacencia para con ella. Nada le pareció más divertido que aquel proyecto. «Tendréis su mesa, dormiréis en su lecho y mañana temprano partiréis llevándoos su dinero y su querida, y así estaréis bien vengado del padre y del hijo».

Cedí a sus instancias, pese a los avisos de mi corazón, que parecía presagiarme una catástrofe. Salí con intención de encargar a dos o tres guardias de Corps con quienes Lescaut me había puesto en relación se encargasen del cuidado de detener a G... M... Sólo a uno hallé, pero era hombre resuelto que en cuanto supo de lo que se trataba me garantizó el éxito. Tan sólo me pidió diez _pistolas_ para recompensar a tres soldados de la Guardia, a cuyo frente pensaba ponerse. Roguéle que no perdiese el tiempo. Reuniólos en menos de un cuarto de hora. Esperábales yo en su casa, y cuando todo estuvo dispuesto llevéles yo mismo a la esquina de la calle por donde G... M... había forzosamente de pasar camino de la morada de Manon. Encarguéles que no le hiciesen sufrir malos tratos, pero que le guardasen tan estrechamente hasta las siete de la mañana que yo pudiese descansar en la absoluta seguridad de que no se les escaparía. Díjome que su designio era llevarle a su cuarto y allí obligarle a desnudarse y aun a acostarse, mientras él y sus bravos pasaban la noche jugando y bebiendo.

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Permanecí con ellos hasta que vi venir a G... M..., y entonces me retiré a un sitio oscuro para ser testigo de escena tan extraordinaria. El guardia de corps abordóle pistola en mano para advertirle amablemente que no quería ni su vida ni su bolsa, pero que si oponía resistencia o gritaba veríase en el caso doloroso de saltarle la tapa de los sesos. G... M..., viéndole sostenido por tres soldados y temiendo, sin duda, recibir un tiro si hacía algún gesto, no opuso resistencia. Vi llevárselo como a un cordero.

Volví a casa de Manon, y para quitar toda sospecha en los criados, díjele, delante de ellos, que no debíamos esperar a G... M... para cenar, que asuntos urgentes reteníanle mal de su grado, y que me había encargado viniese a excusarle y a ocupar su sitio, cosa que miraba yo como singular honor, por tratarse de dama tan bella. Supo secundarme hábilmente. Nos sentamos a la mesa. Mientras los lacayos nos servían, conservamos un continente grave. En fin, después de despedirles o autorizarles a que se retirasen, pasamos una de las mejores noches de nuestra vida. Advertí a Marcelo, en secreto, que buscase un coche y le encargase estuviese a las seis en punto de la mañana a la puerta. Fingí abandonar a Manon a media noche, pero en seguida, habiendo vuelto a entrar gracias a la ayuda de Marcelo, dispúseme a ocupar el sitio de G... M... en la cama igual que lo había ocupado en la mesa.

Durante aquel tiempo, nuestro enemigo malo trabajaba laborando por nuestra perdición. Mientras nos entregábamos a los locos arrebatos del placer, la catástrofe estaba suspendida sobre nuestras cabezas. Pero, para mejor comprender las circunstancias de nuestra ruina, hay que explicar las causas.

A G... M... seguíale su lacayo cuando los guardias de corps le detuvieron. El muchacho, aterrado de la aventura de su amo, huyó desandando el camino, y por primera providencia, para tratar de socorrer a su señor, fué a advertir al viejo G... M... de lo que sucedía.

Tales nuevas no podían por menos de alarmarle. Su vivacidad era extremada para sus años. Quiso, para empezar, saber de boca del lacayo todo lo que su hijo había hecho aquella tarde; si se había querellado con alguien, si había intervenido en alguna riña, si había acudido a algún lugar sospechoso. El criado, que creía a su señor en el más espantoso de los peligros, y por ende, mirábase como obligado a todo para salvarlo, descubrió al viejo cuanto sabía de su pasión por Manon, de los gastos hechos por ella, de cómo pasara la tarde en su casa hasta cerca de las nueve que había salido y de la desgracia acaecida al regreso. Fué bastante para hacer sospechar al viejo que el asunto de su hijo era una querella amorosa. Aunque eran las diez y media de la noche, no dudó en ir a casa del jefe superior de Policía. Rogóle diese órdenes apremiantes a todos sus subordinados y tras pedirle una guardia para sí mismo, corrió a la calle donde su hijo había sido detenido. Recorrió todos los lugares en que esperaba encontrarle, y por fin, no hallando trazas de él, hízose llevar a casa de la querida, donde esperaba que tal vez hubiese regresado ya.

Iba a acostarme cuando llegó. Cerrada la puerta del cuarto, no oí llamar a la de la calle. Entró seguido de dos arqueros, y tras informarse inútilmente de lo que había sido de su hijo, sintió deseos de conocer a la querida, para ver de obtener alguna luz en el asunto. Subió a su habitación, acompañado siempre de los arqueros. Íbamos a meternos en la cama, cuando abrió la puerta y con su presencia heló la sangre de nuestras venas. «¡Dios santo, el viejo G...!»--díjele a Manon. Salté para coger mi espada. Desgraciadamente, habíase enredado en mi cinturón. Los arqueros, que vieron mi ademán, se aproximaron para arrebatármela. Un hombre en camisa, es hombre vencido. Me quitaron el arma.

Aunque turbado por aquel espectáculo, G... M... no tardó en reconocernos. «¿Es ilusión de mis sentidos? ¿no tengo realmente ante mí al caballero Des Grieux y a Manon Lescaut?». Tan ciego me hallaba, por la ira, que ni aun le contesté. Pareció dar vueltas a algunos pensamientos en su cabeza y, como si súbitamente se inflamase de ira, gritó dirigiéndose a mí. «¡Ah, infortunado! ¡Estoy seguro de que has asesinado a mi hijo!». Aquella injuria me exasperó. «¡Viejo traidor!--respondí con orgullo--; ¡si hubiese querido matar a alguien, hubiese sido a ti!--Sujetadle bien--dijo a los arqueros--. Es preciso que me dé noticias de mi hijo. Le haré ahorcar mañana si no me dice inmediatamente dónde se halla.--¡Me harás ahorcar!--repliqué--Es a tus iguales a quienes hay que mandar a la horca. Sabe que soy de sangre más noble y pura que la tuya. Sí--añadí--, sé que ha sido de tu hijo, y si sigues agotando mi paciencia, le haré estrangular antes de que sea de día y tú correrás igual suerte que él».

Fué imprudencia mía decirle que sabía dónde estaba su hijo, pero el exceso mismo de mi cólera, me hizo cometer esa torpeza. Llamó inmediatamente a otros cinco o seis arqueros que aguardaban a la puerta y les encargó se asegurasen de toda la servidumbre de la casa. «¡Ah, señor caballero!--díjome con tono burlón--¡Con que sabéis a dónde está mi hijo y le haréis estrangular! Contad con que a mi vez sabré poner buen orden a las cosas». Comprendí entonces la torpeza que había cometido.

Acercóse a Manon que lloraba sentada en el lecho. Díjole algunas irónicas galanterías sobre el imperio que ejercía sobre el padre y sobre el hijo y del buen uso que de él hacía. Aquel vetusto monstruo de incontinencia quiso tomarse algunas familiaridades con ella. «¡Guárdate de tocarla!--grité--¡No habría nada, por sagrado que fuése, capaz de librarte de mis manos». Salió dejando en el cuarto tres arqueros con el encargo de hacernos vestir rápidamente.

No sé cuáles eran entonces sus designios respecto a nosotros. Quizás nos hubiese dejado en libertad si le hubiésemos dicho dónde se hallaba su hijo. Pensé, mientras me vestía, si no sería aquél el mejor partido. Pero si se hallaba en tales disposiciones al dejar nuestro cuarto, volvió con otras muy distintas. Había ido a interrogar a los criados de Manon, que habían sido detenidos por los arqueros. Nada pudo sacar de los que G... M... había puesto a su servicio; pero, cuando supo que Marcelo nos había servido antes a nosotros, decidió hacerle hablar intimidándole con amenazas.

Era un muchacho fiel, pero sencillo y tosco. El recuerdo de lo que había hecho en el _hospital_ para libertar a Manon, junto al terror que G... M... le inspiraba, causaron tal impresión sobre su alma simple, que creyó que le iban a llevar al potro o a la rueda. Prometió decir todo lo que sabía si le perdonaban la vida. G... M... comprendió, por tales palabras, que había en nuestros asuntos algo más serio y más criminal de lo que hasta entonces se figurara. Ofreció a Marcelo, no sólo la vida, sino una recompensa si lo confesaba todo.

El desdichado le contó una parte de nuestros proyectos, aquélla de que no nos habíamos recatado para hablar delante de él, puesto que en ella había de intervenir forzosamente. Cierto que ignoraba los cambios que habíamos introducido en París, pero le habíamos informado al salir de Chaillot del proyecto y del papel que en él debía representar. Contó que nuestra intención era engañar a su hijo; que Manon iba a recibir o había recibido ya diez mil francos, que según nuestros planes no debían volver nunca ya a manos de los herederos de la casa G... M...

Después de hacer aquel descubrimiento el viejo subió presto a nuestro cuarto. Entró en el gabinete donde le fué fácil encontrar la suma y las alhajas. Volvió a nosotros, el rostro arrebatado de ira, y enseñándonos lo que dió en llamar nuestra rapiña nos abrumó a injurias. Mostró a Manon el collar de perlas y los braceletes. «¿Los reconocéis?--díjole con sonrisa burlona--No es la primera vez que los tenéis en vuestro poder. ¡Los mismos, a fe mía! ¡Se ve que eran de vuestro agrado, buena moza!... Ya no me cabe duda.--¡Pobres criaturas--añadió--; son encantadoras a decir verdad las dos! ¡Lástima que sean un poco canallas!».

Mi corazón ardía de rabia ante aquel afrentoso discurso. Hubiese dado por ser libre... ¡Justo cielo!, ¿qué no hubiese yo dado por ser libre un momento? En fin, violentéme para decirle con una parsimonia que no era sino refinamiento de furor: «Acabemos, señor, con sus injuriosas burlas. ¿De qué se trata? ¿Qué pretende hacer de nosotros?--Se trata, señor caballero--díjome calmosamente--, de ir al _Chatelet_. Mañana será de día y veremos más claro en el asunto, y espero que entonces me dirá por fin dónde está mi hijo».

Comprendí, sin necesidad de grandes reflexiones, que era cosa de terribles consecuencias para nosotros vernos encerrados en el _Chatelet_. Preví, con un escalofrío, todas las derivaciones. Pese a mi orgullo dime cuenta de que había que inclinarse al peso de la adversa fortuna y tratar de obtener algo por el halago de mi más cruel enemigo. Roguéle con acento de sinceridad leal que me prestase un momento de atención. «Me hago justicia a mí mismo--le dije--. Confieso que los pocos años me han hecho cometer grandes faltas y que habéis sido lo suficientemente perjudicado por ellas para tener el derecho de quejaros; pero conocéis también la fuerza del amor y debéis saber lo que padece un infortunado a quien arrebatan lo que más ama; debéis comprender y perdonar que haya buscado una pequeña venganza o por lo menos creerme bastante castigado con la afrenta que acabo de sufrir. No hace falta ni prisión ni suplicios para hacerme confesar dónde se halla vuestro hijo. Está en lugar seguro. Mi intención no fué ni deshacerme de él ni ofenderos. Estoy pronto a deciros el lugar donde pasa la noche si nos concedéis en cambio la libertad».

El viejo tigre, en vez de sentirse ablandado por mi ruego, volvióme la espalda riéndose de mí. Dejó escapar tan sólo algunas palabras para mostrarme que conocía nuestros propósitos hasta en su origen. Por lo que a su hijo se refería dijo que se bastaba para encontrarle puesto que no le había asesinado. «Conducidles al pequeño _Chatelet_--ordenó a los arqueros--, y cuidad que no se escapen, pues el caballero es un lince y se ha escapado ya de San Lázaro».

Salió dejándome en el estado que podéis suponer. «¡Oh, cielos!--clamaba con desesperación--¡Acepto gustoso todos los castigos que queráis enviar sobre mí, pero que un malvado pueda hacerme víctima de tales tiranías es lo que más me desespera!». Los arqueros nos rogaron que no les hiciésemos esperar más. Tenían una carroza a la puerta. Ofrecí mi mano a Manon para bajar. «Ven, reina amada--díjele--, ven a aceptar el rigor injusto de la suerte. Tal vez quiera el cielo que algún día seamos más felices».

Partimos en la misma carroza. Arrojóse en mis brazos. No le había oído ni una sola palabra desde la llegada de G... M..., pero al hallarse sola conmigo díjome mil ternezas acusándose de ser la causa de mi desgracia. Aseguré que jamás me quejaría de mi suerte mientras ella no cesase de amarme. «No soy yo a quien debes de compadecer--continué--. Algunos meses de encierro no me espantan y desde luego prefiero el _Chatelet_ a San Lázaro. Pero, es por ti, alma mía, por quien tiembla mi corazón. ¡Qué destino para criatura tan bella! ¡Cielos! ¿Cómo tratáis así a la más acabada de vuestras obras? ¿Por qué no nacimos con cualidades acordes a nuestra miseria? Hemos recibido ingenio, gusto, sentimiento... ¡Qué triste el uso que de ellos hacemos mientras tantas almas bajas y dignas de esa suerte gozan de los dones y favores de la fortuna!».

Tales reflexiones dejáronme transido de dolor. Pero nada significaban si había de compararlas con las que miraban a lo porvenir, pues si he de decir verdad estremecíame de miedo por Manon. Había estado ya en el _hospital_, y aunque hubiese salido, no ignoraba yo lo peligrosas, por sus consecuencias, que eran ciertas recaídas en aquel lugar. Hubiese querido participarle mis temores pero temí alarmarle con exceso. Temblaba por ella sin osar comunicarle mis zozobras y abrazábale con tiernos suspiros para por lo menos asegurarle de mi amor, que era el único sentimiento que osaba expresarle. «Manon--díjele--, háblame con franqueza; ¿me amáis siempre?». Contestóme que le mortificaba el que pudiese dudarlo. «Pues bien, ya no dudo y afrontaré a todos nuestros enemigos con esa fe. Emplearé todo mi esfuerzo en salir del _Chatelet_ y mi sangre no servirá de nada si no empleo hasta la última gota en sacaros de allí en cuanto yo me vea libre».

Llegamos a la prisión. Nos pusieron en lugar aparte a cada uno. Aquel golpe me fué menos cruel por haberlo previsto de antemano. Me recomendó Manon al portero haciéndole saber que yo era persona distinguida y ofreciéndole una recompensa. Abracé a mi amada antes de separarme de ella. La conjuré a no afligirse con exceso y a no temer nada mientras estuviese yo en el mundo. No careciendo yo de dinero díle algo a ella y pagué al portero un mes de pensión adelantado para ambos.

Mi dinero dió resultados óptimos. Pusiéronme en un cuarto limpio y bien arreglado y me aseguraron que Manon tenía uno igual.

Ocupéme en seguida de los medios de apresurar mi libertad. No había nada de realmente criminal en nuestra aventura, y aun suponiendo que el intento de robo se probase, gracias a la declaración de Marcelo, no ignoraba yo que las intenciones no podían castigarse. Decidí escribir en seguida a mi padre para rogarle viniese a París en persona. Causábame menos vergüenza, como ya he dicho, estar en el _Chatelet_ que en San Lázaro. Esto sin contar que, aunque conservaba todo mi respeto por la autoridad paterna, la edad y la experiencia habían disminuido mucho mi timidez. Escribíle, pues, y en el _Chatelet_ no pusieron inconveniente a la salida de mi carta. Era, sin embargo, una molestia que hubiese podido ahorrarme de saber que mi padre llegaba a París al siguiente día.

Había recibido la carta que le escribiera ocho días antes. Tuvo una gran alegría; pero por mucho que mi conversión halagase su deseo no creyó poder confiar del todo en mis promesas. Tomó así el partido de venir en persona a asegurarse de mi conversión y trazar su línea creada al tenor de la sinceridad de mi arrepentimiento. Llegó al día siguiente de mi prisión.

Su primera visita fué a Tiberio, a quien indicábale yo que debía dirigir la respuesta a mi carta. No pudo saber de él ni mi domicilio ni mi estado presente. Tan sólo supo mis principales aventuras desde que me escapé de San Sulpicio. Tiberio le habló con elogio de las buenas disposiciones que viera en mí en su última visita. Añadió que me creía libre de Manon, pero que así y todo, causábale sorpresa que le tuviese sin noticias desde hacía ocho días. Mi padre no se dejó engañar. Comprendió que había algo que escapaba a la penetración de Tiberio en aquel silencio de que se quejaba, y tanta maña dióse en seguir mi rastro que a los dos días de su llegada supo que me hallaba en el _Chatelet_.

Antes de recibir su visita, que me encontraba muy lejos de creer inminente, recibí la del Jefe Superior de Policía, o, mejor dicho, para llamar las cosas por su nombre, sufrí un interrogatorio. Hízome algunos reproches, pero he de confesar que no se mostró ni severo ni desagradable. Me dijo que me compadecía por mi mala conducta; que había mostrado gran falta de tacto al hacerme enemigo de un señor como G... M...; que había que reconocer que en mi asunto había más imprudencia que malicia, pero que no por eso dejaba de ser la segunda vez que me veía sometido a los fallos de un Tribunal y que hubiese sido de esperar que me volviese más formal después de dos o tres meses de lecciones en San Lázaro.

Contento de tenérmelas que haber con un juez razonable, expliquéme con él de un modo tan sensato y respetuoso que pareció satisfecho en extremo de mis respuestas. Díjome que no debía de entregarme a la desesperación, pues estaba dispuesto a servirme por simpatía a mi nacimiento y a mi juventud. Me tomé la libertad de recomendarle a Manon, y recomendársela loando su dulzura y buen natural. Rióse para decirme que no la había visto aún, pero que le habían hablado de ella como de una persona harto peligrosa. Aquellas palabras exaltaron de tal modo mi ternura por ella que prorrumpí en mil razones inflamadas de pasión en defensa de mi pobre amada, y aun no pude contener mis lágrimas. Ordenó que me llevasen nuevamente a mi habitación. «¡Amor, amor!--murmuró el grave magistrado al verme salir--, ¿no te reconciliarás nunca con la prudencia?».

Hallábame rumiando mis ideas de siempre y meditando sobre la conversación que acababa de tener con el Jefe Superior de Policía cuando sentí abrir la puerta de mi celda: era mi padre. Aunque debía estar preparado para la visita, que esperaba algunos días más tarde, impresionóme de tal modo que me hubiese precipitado en cualquier abismo que se hubiese abierto ante mis pies para rehuir su vista. Abracéle con señales inequívocas de mi turbación. Sentóse, sin que ni él ni yo hubiésemos abierto aún la boca.

Como permaneciese en pie, descubierto y con los ojos bajos, díjome gravemente: «Sentaos, caballero, sentaos. Gracias al ruido escandaloso de vuestros libertinajes y de vuestras indelicadezas, he hallado el lugar en que morábais. Es la triste ventaja de tales méritos el no poder permanecer ocultos. Vais a la celebridad por un camino infalible. Espero que la meta será pronto la _Greve_ y que disfrutaréis de la gloria de veros expuesto a la pública admiración».

No contesté nada. Continuó: «¡Qué desdicha para un padre, después de haber luchado por un hijo y no haber regateado medios para hacer de él un hombre honrado, hallarse con que no es sino canalla que les deshonra! Se consuela uno de una pérdida de fortuna; el tiempo la borra y la pena disminuye. Pero ¿qué remedio contra un mal que aumenta de día en día, como sucede con los desórdenes del hijo vicioso que pierde todo sentimiento de honor. ¿No dices nada, desdichado?--añadió--¡Ved qué aire contrahecho de modestia, qué hipócrita humildad! ¿No se le creería acaso, al verle así, un hombre honrado, digno de su raza?».

Aunque comprendía merecer una parte de sus ultrajes parecíame que los llevaba demasiado lejos. Creíme con derecho a hacerme oir.

«Os aseguro, señor, que la humildad con que me presento ante vos no es fingida; es la actitud natural en un hijo que siente infinito respeto por su padre, mucho más cuando se muestra irritado con él. No pretendo tampoco pasar por el hombre más sensato y ecuánime. Reconozco que merezco vuestros reproches, pero os conjuro a que en ellos pongáis un poco más de bondad y a que no me tratéis como al más perverso de los hombres. No merezco tales epítetos. Es el amor, bien lo sabéis, el causante de todas mis faltas. ¡Fatal pasión! ¿No conocéis su fuerza? ¿Vuestra sangre, que es manantial de la mía, no sintió jamás sus ardores? El amor me hizo con exceso tierno, apasionado, fiel, quizás complaciente con exceso a los deseos de una querida encantadora. He ahí mis crímenes. ¿Veis ahí alguno que os deshonre? Veamos, padre querido--continué con ternura--, un poco de piedad para un hijo, lleno siempre de respeto y de afecto por vos, y que no ha renunciado, como creéis, al honor y al deber, y que es mil veces más de compadecer de lo que podríais pensar». Vertí algunas lágrimas como acompañamiento de tales palabras.

Un corazón paterno es la obra maestra de la Naturaleza; reina en él, por así decirlo, y ella misma maneja todos sus resortes. El mío, que unía a su calidad de padre el ser un hombre de talento y de gusto natural, sintióse tan impresionado del giro que había dado yo a mis disculpas que no fué dueño de ocultarme el cambio habido en su espíritu. «¡Ven, pobre caballero, ven a abrazarme! Me das lástima». Le abracé. Me estrechó contra su pecho de un modo que denunciaba a las claras lo que sucedía en su corazón. «Pero ¿de qué medio nos valdremos--dijo--para sacarte de aquí? Explícame todos tus asuntos, sin disfrazar la verdad».