Chapter 10 of 22 · 3948 words · ~20 min read

Part 10

—A lo tonto, a lo tonto, empezando por galanteos de esos que allí, como en París, son la aventura de un día, o de una semana, sin consecuencias, Negretti se enamoró perdidamente de aquella prójima... Y a tanto llegó la ceguera del hombre, que se casó con ella... Crea usted que el día que me lo dijo, por poco le mato. De nada valieron los consejos, las exhortaciones de sus buenos amigos. Jenaro sentía el vértigo, y se arrojó a la sima.

—Ya, ya recuerdo la historia... Su mujer murió.

—Asesinada, al salir de un baile en Vauxhall, un sitio que hay en Londres, a donde concurre todo el mujerío..., ya me entiende usted...

—Comprendo..., mujeres guapas..., pues... Esa señora dejó una niña.

—Que recogió Negretti, poniéndola en casa de los Montefioris de _Hatton Garden_, una calle de Londres donde está todo el comercio de pedrería. A la muerte de Jenaro, la niña, por disposición testamentaria de este, fue puesta al cuidado del Montefiori de Mallorca, y luego de Zahón y Negretti.

—Y ha quedado al fin bajo el poder de doña Jacoba, donde ahora se halla. La conozco, señor.

—¿Qué tal es la chica? No la he visto desde que tenía tres años.

—Señor —respondió Milagro dando un suspiro—, Aurorita es preciosa...

—Sale a su madre, que era una divinidad —dijo el gran Mendizábal. Y se le encandilaron los ojos cuando repitió—: Es preciosa la niña...

—Pero muy revoltosa, señor... El carácter más desconcertado que Vuecencia puede imaginar.

—Tiene a quien salir... Pues bien, Negretti dejó en mi poder todo su dinero... No crea usted, pasa de un millón de reales lo que tenía, y con su fortuna me dejó el encargo de atender a la chiquilla durante su menor edad... Ello es enojoso, mayormente hallándose la joven en poder de los Zahones, de quienes tengo malas noticias.

—Puedo asegurar a Vuecencia que la niña de Negretti está muy mal educada y tiene los demonios en el cuerpo; pero merece vivir en mejor compañía, y yo sé que no ha de faltar quien la cuide, con el emolumento que percibe la urraca de doña Jacoba.

—Autorizado estoy —indicó don Juan Álvarez, distrayéndose ya de aquel asunto y empezando a pensar en cosas de más importancia— para confiarla a otras personas de la familia; y si averiguar pudiera dónde ha ido a parar Ildefonso Negretti, que se estableció en Bayona, también en joyería, allá por el año 26, de seguro... En fin, señor Milagro, quedamos en que llevará usted a esa señora... Vea la nota, y aquí tiene el dinero... Cuidado con el recibo en regla... Y pueden ustedes retirarse... Yo me voy también, que hoy ha sido día de prueba.

XVI

Acompañado de su amigo y mentor don Pedro Hillo, fue Calpena a las últimas funciones de toros, y a la apertura de los Estamentos, que se efectuó a mitad de noviembre con la solemnidad de costumbre, asistiendo la reina gobernadora. En la plaza admiraron la pericia del afamado matador Francisco Montes, y el arrojo y gallardía de don Rafael Pérez de Guzmán, oficial del ejército, de la noble casa de Villamanrique, que había cambiado los laureles militares por las palmas toreras, y la espada por el estoque. Tomó la alternativa en Madrid en junio del 31, y desde entonces fue la más grande notabilidad del arte en aquella década, después del maestro Montes. Con estos compartía el favor del público Roque Miranda, muy inferior a Montes y a _don Rafael_ en la suerte de matar, pero gran banderillero, capaz de poner _pares_ en los cuernos de la luna.

Ya se comprende que con la compañía de Hillo en el fiero espectáculo aprendió Calpena, no solo los terminachos, sino las reglas del toreo, adquiriendo el placer de la lidia. Algunas tardes convidó también a Milagro, grande y antiguo aficionado, solo que la cortedad de su vista no le permitía enterarse bien de lo que pasaba. Hiciéronse amigos Hillo y don José, y su amistad se consolidaba, lo mismo por la comunidad de afición que por la diferencia de criterio en el juicio de las suertes. Si coincidiendo, simpatizaban, disputando como energúmenos simpatizaban y se querían más. Entre los dos sentábase Calpena en el tendido, y a menudo tenía que intervenir para aplacar sus bulliciosos ardores de controversia. Era Hillo devotísimo adepto de la escuela ronceña, y el otro de la sevillana; enaltecía el clérigo el arte propiamente dicho, la destreza en el engaño, la burla ingeniosa del peligro, la distinción, la postura, la gallardía de la figura toreril delante de la fiera; encomiaba Milagro el valor, la brutal acometividad sin remilgos, mirando más a la eficacia de la suerte que al afán de pintarla y hacer arrumacos. Eran, pues, el uno clásico, romántico el otro. Disputaba Milagro por temperamento bullanguero y por llevar la contraria. Hillo, firme en el _dogma_ rondeño, lo sostenía con seriedad, digna de una tesis escolástica. Tan pronto se arrancaba Milagro a sostener que Rafael era un chambón, que debía su boga a _ser de la grandeza_, como le defendía resueltamente por su coraje ciego y sin arte. Consideraba a Montes por paisano, pues ambos eran de Chiclana; pero a lo mejor se complacía en llamarle gandul o _figurero_.

—Pero usted, señor alma de cántaro —le decía Hillo sin poder contener su enojo—, ¿se ha enterado de lo que ha hecho ese tío en el segundo toro? Sin duda tiene usted telarañas en los ojos cuando no ha visto ese sublime arte del engaño, cuando no ha visto con qué salero se lo pasó a la fiera por delante de la cara para componerla, para quitarle los resabios adquiridos durante la lidia, para igualarle... ¿O es que usted no sabe lo que es igualar al toro?... ¿Sabe acaso distinguir los pases? Para usted es lo mismo el _natural_ que el _redondo_, el _cambiado_ y el _de pecho_.

—Lo que le digo a _zumercé_ —afirmó Milagro al concluir la lidia del tercero— es que este pase _de pecho_ de don Rafael no lo hace mejor el Verbo Divino.

—¡Pero si ha sido una gran patochada! ¡Usted no lo entiende! ¡Si no estaba perfilado don Rafael cuando se le vino el toro encima, y en vez de adelantar el brazo de la muleta hacia el terreno de afuera en la rectitud del toro, lo que hizo fue...!

—Usted si que no lo entiende. Don Rafael no movió los pies...

—¡Pero si parecía un bailarín!

—Le digo a usted que no. Me han salido los dientes viendo matar toros. Don Rafael se estuvo quieto hasta que llegó la res a jurisdicción.

—¡Pero si no llegó a jurisdicción...! ¡Por san Cornelio, que no!... Y el animal no tomó el engaño; y don Rafael, con más coraje que conocimiento, en vez de darle salida por la derecha, se la dio por la izquierda, y no supo empaparle. Total, que cuando la res dio el hachazo...

—No hubo tal hachazo.

—Le digo a usted que sí...

—Pues, hijo, si Su Reverencia entiende de decir misa como de toros, lucida está la santa Iglesia.

—Quien no entiende una palotada _sois vos_.

—Paz, paz —les decía Calpena—. No se peleen por un golletazo de más o de menos. Tan difícil es matar bien un toro como gobernar a un país. Tanto mérito tiene el que se pone entre los cuernos de una fiera, como el que se cuadra ante las astas de una nación querenciosa. No disputemos, y aplaudamos a todos.

Salían tan amigos, y hablando de política, el clérigo y el funcionario confundían sus respectivos criterios en un escepticismo zumbón. Fueron también, como se ha dicho, a la apertura de las Cortes, en el Estamento de Procuradores, que tenía por alojamiento provisional la iglesia de _Clérigos menores_ (Carrera de San Jerónimo), convertida en _redondel parlamentario_. Aunque el día no era apacible, la multitud se agolpaba en las calles por ver a la reina y su corte, y por admirar el lujo de corceles empenachados, los lacayos y cocheros a la federica, las carrozas de concha y marfil, y todo el elegante barroquismo que constituye el ceremonial palatino de calle. La hermosura de la reina, su gracia y gentileza eran tales, que ante la realidad se achicaban las hipérboles que a su paso se oían. Vestía de negro. Su peinado de tres potencias, con la real diadema y el velo blanco que graciosamente le caía sobre los hombros; la pedrería que al cuello y entre los graciosos moños de su pelo ostentaba; la majestad de su rostro; la sonrisa hechicera con que agraciaba al pueblo dirigiendo sus miradas a un lado y otro, formaban un conjunto que difícilmente olvidaba el que una vez tenía la suerte de verlo. Contaba poco más de veintiocho años, y ya su nombre había fatigado a la Historia, por las circunstancias de su casamiento, de su corta vida matrimonial, de su viudez prematura que puso en sus manos las riendas de una nación desbocada. Del bien y del mal que hizo se hablará en mejor ocasión. Por ahora se dice tan solo que aquel día de noviembre, camino de la ceremoniosa apertura, estaba guapísima. Era, sin disputa, la más salada de las reinas. Su venida fue un feliz suceso para España, y su belleza el resorte político a que debieron sus principales éxitos la Libertad y la Monarquía. Su gracia sonriente enloqueció a los españoles; muchos patriotas furibundos, a quienes las malas artes de Fernando habían hecho irreconciliables, desarrugaron el ceño. Antes de tener enemigos encarnizados, tuvo partidarios frenéticos. Difícilmente se encontrará en la historia una reina a la cual se hayan dedicado más versos: verdad que no todos los que se arrojaban a su paso, para alfombrarle el camino eran inspirados. Lo que llamamos _ángel_ teníalo Cristina en mayor grado que otras prendas eminentes de la realeza, y todos hallaban en ella un hechizo singular, un don sugestivo que encadenaba los ánimos. Por eso Quintana, afectando la confusión lírica, le decía:

«¿Quién te dio ese poder?... ¿De quién hubiste La magia celestial?».

Y otro no menos famoso poeta, la saludaba de este modo:

«¡Cuán hermosa! ¡Sus ojos celestiales Cuán apacibles miran! Ved en su frente pura La majestad grabada y la dulzura; Mirad en su mejilla La rosa del pudor encantadora. Al Consorte Real, que en ella adora No menos la virtud que la hermosura, Ved ¡cuán tierno sonríe Su labio de coral!...».

Y fue tal la prodigalidad de epítetos dulzones, _angélica, divina, divinal, dulce, amorosa, celeste_, etc., que la lengua se nos hizo empalagosa, y de ahí vino que por devolverle su tonicidad y fuerza la amargaran demasiado los románticos con sus acíbares, adelfas y cicutas.

En otro orden hubo de manifestarse el mismo fenómeno de reacción. Es indudable que muchos se fueron al campo realista, no tanto por convencimiento, como porque estaban hastiados y apestados de tanta _angélica Isabel_, de tanta _celestial Cristina_, protestaban de la virilidad contra el feminismo.

Las tres serían cuando entraba la reina en el Estamento, y si en el tránsito por las calles y Puerta del Sol los vivas no cesaban, ni las encantadoras sonrisas de la dama hermosísima, en la casa parlamentaria los aplausos y vítores fueron delirantes. Aclamando a la gobernadora, se rendía tributo a la hermosura y a la ley, a la vida nueva, a la esperanza de un porvenir dichoso. El símbolo era tan bello que encendía el fuego de la fe con más eficacia que las ideas. No es extraño, pues, que el historiador, o más bien el filósofo de la historia, se preguntara: «¿Hasta qué punto y en qué medida influyó en la suerte de España el dulce mirar de aquella Reina?». Y un faccioso del orden civil, aficionado a las grandes síntesis, consolaba a don Carlos, años adelante, en las soledades de Bourges: «No hay que culpar a nadie, señor, pues así lo ha dispuesto el que hace las criaturas. Todo habría pasado de distinta manera, si la augusta cuñada de Vuestra Majestad hubiera sido bizca».

Nuestro amigo Calpena, colocado entre los suyos don Pedro Hillo y don José del Milagro, vio desde una tribuna a la hermosa reina, y la oyó leer el discurso. Era la primera vez que la veía, y maravillado de tanta majestad y gentileza, sus ojos no se saciaban de contemplarla. Milagro, renegando de su menguada vista, no hacía más que preguntar a Hillo:

—¿Y dónde está Argüelles?... ¿Y Saavedra?... ¿Y los primerizos Pacheco y Donoso Cortés?

Poco fuerte en el conocimiento de personas, Hillo las iba señalando a capricho, y a Pita Pizarro le llamaba conde de las Navas, y a don Antonio González le confundía con don José Landero y Corchado.

—Ahí tiene usted al señor don Juan Álvarez y Méndez, tan orgulloso que parece el zar de Moscovia... —dijo don Pedro cuando ya se retiraba Su Majestad—. Con su pelito rizado y su fraque de última moda, es el más guapo de los que se sientan en el banco negro.

—Ya, ya le veo —manifestó Milagro, que no veía nada—. Está arrogantísimo mi jefe... Ese, ese es el que os ha de poner a todos las peras a cuarto. Ya veréis cómo las gasta.

—Me parece a mí —dijo Hillo— que trae buenos planes; pero no el trasteo que se necesita para ejecutarlos.

—Trasteo le sobra.

—Le falta mano izquierda.

—¡Qué ha de faltarle, hombre!

—No sabe manejar el engaño. Hay aquí ganado de mucho sentido, voluntarioso, que _hace_ por los ministros, y no para hasta que los engancha. ¡Pobre don Juan!... Él ha venido por palmas, y le van a dar...

—¿Qué...?, ¿qué le van a dar?... —dijo Milagro, empezando a amoscarse.

—Nada, hombre: no se sulfure. De toros entiende usted poco; pero de este tinglado ni una patata.

—Quien no lo entiende es Su Señoría. Me han salido los dientes viendo Cortes...

—¿En dónde, alma de Dios?

—En Cádiz..., en San Felipe Neri.

—Ese santo no es de mi devoción.

—De la mía sí. En mi iglesia adoramos a los patriotas y abominamos de la clerigalla.

—Paz, caballeros —dijo Calpena con gracia—. No me riñan aquí, o a los dos les mando a la calle.

—Es broma.

—Jugamos, nos divertimos.

En esto salían ya de la tribuna, y empezaba el penoso descenso entre un gentío bullicioso, mareante, compuesto en su mayoría de señoras charlatanas y fastidiosas, a quienes todo el espacio de pasillos y escaleras les parecía poco para sus faldamentas, chales y cintajos. Cerca ya de la salida, tropezaron con _Edipo_, el polizonte, y Calpena, que ya estaba familiarizado con su presencia en calles, cafés y teatros, le dijo, permitiéndose tutearle:

—Sí, aquí estoy... No me escapo, hombre... Puedes apuntar, por si no lo sabes, que esta mañana estuve con Iglesias en el café de Solís, y que hablamos de la inmortalidad del cangrejo y de la absoluta impertinencia de los empleados de la policía.

—No voy contra usted, señor don Fernandito —replicó el corchete risueño y humilde—. Viva usted mil años, para que proteja a los pobres el día que venga alguna tremolina.

—¡Lo que es a ti...! ¿A que no me aciertas dónde estuve hoy cuando salí del café de Solís?

—En la corbatería de Aguayo.

—¿Y antes de ir al café?

—En la peluquería de Cortina.

—Maldito seas, y quiera Dios que te pase lo que al rey de teatro que te ha dado su nombre.

—Era un rey que padecía de la vista.

—Ciego te vea yo... Bueno. Pues si me aciertas a dónde iré esta tarde, te regalo una docena de puros.

—¿De veras? Pues ya puede ir por ellos. Tráigamelos escogidos, de la fábrica de Sevilla, de a tres cuartos pieza.

—Antes adivíname lo que haré esta tarde.

—No necesito adivinarlo, porque lo sé, y usted no.

—¿Y cómo es eso de ignorar a dónde voy, teniendo el propósito de ir a una parte?

—Muy sencillo. Puede que usted tenga la intención de emplear la tarde en picos pardos, y puede que haya hablado de eso con Iglesias, que es muy aficionado a las madamas. Pero aunque el señor don Fernando tenga esos planes, no irá a donde piensa, sino a donde yo sé.

—Explícame eso, _Edipo_ maldito, o aquí perece un rey de Tebas.

—Pues... esta mañana, mientras el señor andaba de ceca en meca..., fue a buscarle a su casa, tres veces, don Carlos Maturana. Me le encontré en la calle de Peligros, y me ha dicho que tiene precisión de cazarle a usted hoy, y que le cazará, aunque sea con perros.

—¿A mí?... ¡Maturana! Sí, sí, es el pariente de mis amigos de Olorón, a quien me recomendaron. No le he visto aún, porque estaba ausente de Madrid cuando yo llegué.

—Ayer regresó de sus viajes por Italia y Suiza. Traerá relojes y abanicos... En fin, no sé... El motivo de buscarle con tanta prisa es porque usted trajo un encargo para la Zahón.

—El cual aún está en mi poder, porque esa señora, que me han dicho es muy cargada de espaldas, no ha ido a recogerlo.

—Pero va de orden suya el señor Maturana, no solo por el gusto de verle a usted, sino por llevarle a la calle de Milaneses, donde le espera con la cajita doña Jacoba, que no puede salir. Y como el encarguito será de valor, no tiene el señor don Fernando más remedio que hacer la entrega por sí mismo, y fastidiarse, y echar la tarde a perros.

—Eso no... Con entregar la caja, pedir recibo, tomarlo...

—Puede que le entretengan a usted más de lo que piensa las joyas que hay en la casa.

—No soy aficionado...

—Eso se verá... cuando lo vea... Hay brillantes, perlas, corales, de los que pintan los poetas...

Y sin decir más, dio dos palmadas a don Fernando, despidiéndose con palabras de premura:

—Con Dios... Hago falta dentro... Mucha gente, y alguna no de lo mejor.

Reuniose Calpena con sus amigos, que en la puerta hablaban con dos sargentos de la Guardia Real, conocidos de Milagro, y se fueron hacia la calle de Alcalá, rumbo al Caballero de Gracia.

XVII

Exactísimos eran los informes de _Edipo_, y cuando llegó don Fernando a su casa, díjole la chica de la patrona, al abrirle la puerta, que un señor que había estado tres veces por la mañana, le aguardaba sentadito en la sala, al parecer dispuesto a no moverse de allí mientras no lograra su objeto. Minutos después hallábase Calpena frente a un sujeto como de sesenta años, acartonado y pequeñito, que llevaba muy bien su edad; mejor afeitado que vestido, pues su levita era de las contemporáneas de la paz de Basilea; el pelo entrecano y nada corto, con ricitos en las sienes, y un mechón largo cayendo hacia el cogote, como si aún no se hubiese acostumbrado a prescindir del coleto; los ojos reforzados con antiparras de cristales azules montados en plata; el perfil volteriano, el habla cascada y lenta.

—¿Conque es usted...? Bien, hijo, bien. Pues me escribió mi sobrino Felipe; pero hasta ayer no he llegado de mis correrías por el extranjero... Aquí me tiene el señor don Fernando a su disposición. La verdad, poco puede hacer por usted este pobre viejo, pues desde que salí de Palacio..., ya sabe usted que era yo primer diamantista de Su Majestad..., llevo una vida... Sentémonos, si usted quiere... Pues perdí aquella plaza, después de treinta años de honrados servicios..., y no he tenido más remedio que buscar en el comercio un modesto pasar... Ello fue..., no sé si estará usted enterado..., por malquerencia de esa farolona de _la_ Carlota..., la mujer del don Francisco..., otro que tal... En fin, más vale no hablar... Y usted, ¿qué me cuenta? ¿Qué tal le va por Madrid? ¿Ha conseguido que le coloquen? Ay, señor mío, esto está perdido con tantas libertades, y la dichosa Pragmática Sanción, que fue la manzana de la discordia... Al rey le mataron a disgustos, puede usted creerlo... Y a mí..., toda la inquina que me tomaron fue por la amistad que me tenía el príncipe de la Paz primero, y después el señor duque de Alagón... No sé si sabrá usted que don Pedro Labrador me llevó consigo al Congreso de Viena; sí señor... Pero estas son historias marchitas, y usted es joven, vive en lo presente, y le aburrirá esta manía que tenemos los viejos de revolver la hoja seca del pasado... En fin, vamos al asunto.

—Ello es que yo —dijo Calpena un tanto impaciente por despachar pronto— no he podido entregar...

—Ha hecho usted perfectamente. Encargos de cierta naturaleza no deben entregarse sino en la propia mano de la persona a quien van dirigidos. La mayor parte del contenido de la cajita que confió a usted _Aline_ es para mí; el resto, para Jacoba. Esta se halla enferma con un dolor tan fuerte en la cadera, que no puede moverse.

—Iré yo a su casa, si a usted le parece bien.

—Tan bien me parece, que traigo esa comisión, con la cual mato dos pájaros de un tiro. Cumplo con Felipe, ofreciendo a usted mis servicios, y cumplo con Jacoba, llevándole el encargo, y el portador y todo, para que llegue más seguro.

Deseando abreviar, Calpena sacó la cajita, y propuso al señor de Maturana marchar sin pérdida de tiempo. No deseaba otra cosa el antiguo diamantista, y se echaron a la calle, no sin que en el portal recomendase don Carlos a su acompañante que tuviese mucho cuidado con lo que llevaba, pues Madrid estaba infestado de rateros, y al menor descuido le dejarían con las manos limpias. Procuró Calpena tranquilizarle, y asegurando bien el bulto bajo el brazo derecho, avivó el paso. Poco hablaron por el camino, y en cinco minutos se plantaron en la calle de Milaneses.

—Amiguito, vaya un paso que tiene usted —dijo el vejete, fatigadísimo, al entrar en el portal—. Ya se ve..., un paso de veinticinco años. Subamos ahora despacito, que por aquí no hay peligro y no vamos a apagar ningún fuego. Esta maldita escalera no tiene pasamanos, y usted me ha de permitir que le coja del brazo. Pásmese usted. En esta casa...

Se paró en el rellano, donde apenas cabían los dos. La escalera, que arrancaba casi en la misma puerta de la calle, ascendía oscura, desigual, angulosa, como los senderos de la traición, y sus escalones patizambos ofrecían al confiado pie celadas espantosas.

—En esta casa..., no, en la de al lado, trabajamos juntos, cosa de un mes, Leandro Moratín y yo. Y enfrente, en el que entonces era número 14 de la manzana 71, tuve yo el gusto de cobrar el primer dinero que gané en mi vida. Fue por unas arracadas que hicimos para la infanta doña María Josefa, el año 90... Ea, cinco escalones más y llegamos.

Tiró Maturana de la campanilla, y al poco rato rechinó la tapa de la mirilla con cruz de hierro. Vio Calpena unos ojos; el viejo no dijo más que «Yo», después de lo cual empezó a sonar un claqueteo de cerrojos, al que siguieron vueltas de una llave, luego roce de cadenas, el caer de una barra, y aun después de todo este estruendo carcelario la puerta tardó un ratito en abrirse. ¿Era un hombre el que abría, era una mujer? Fernando no se enteró, porque si el aspecto podía pasar por varonil en la penumbra del pasillo, femenina era la voz que dijo:

—Don Carlos, no le esperaba tan pronto. La señora duerme, y yo estaba en la cocina echándome unas piezas a la chaqueta... Pasen, pasen. ¿Despierto a doña Jacoba?

—No, déjala que descanse. Aguardaremos. ¿Y Aurorita, qué hace?