Chapter 7 of 22 · 3983 words · ~20 min read

Part 7

—Todo será _a estilo de Francia_ —concluía don Eduardo—; y lo mejor es que a los milicianos de Madrid y su provincia se nos da carácter de ejército regular, formando con nosotros una división mandada por un jefe superior, y bajo la inspección de un general... Por eso ha dicho San Miguel que seremos el ángel custodio de las instituciones.

No siempre hablaba de lo mismo, aunque era muy dado a la repetición de conceptos, vicio que los retóricos llaman _batología_.

—¿No saben? Se suprimen las _cartas de seguridad_, esa rémora, señores, para la gente honrada que tiene que viajar de un punto a otro. Yo soy partidario de que se _corten abusos_. Los que han viajado por el extranjero nos dicen que estamos en el siglo XV, y francamente, yo quiero pertenecer a _mi siglo_... Seamos todos de nuestro siglo, entrando por el aro de las grandes reformas... Otra de las buenas noticias es que se suprimen _las pruebas de nobleza_ para ingresar en los establecimientos científicos, ora civiles, ora militares... Realmente, semejante ranciedad era un resabio de la Edad Media. Ábrase la enseñanza para todo el mundo y dese al mérito ancho campo. ¡Abajo la Edad Media!... Créanlo ustedes, en este particular estoy de acuerdo con Caballero y los de _El Eco_; nada más que en este particular, pues opino, como él, que la _demo... cracia_, así se dice, la _democracia_ exige que el pueblo se ilustre. Yo soy partidario de la ilustración del pueblo, como soy partidario de que el pueblo sea moral, y de que los empleados trabajen... Mi sistema es: pocos empleados, pocos, pero muy bien pagados.

Dichas estas cosas, y otras de igual trascendencia y filosofía, el jefe bromeaba un poco con sus subordinados: con este por si a novia le daba calabazas; con aquel por si era alabardero en los teatros; con el otro por si le sudaban tanto las manos, que toda la arenilla se le quedaba pegada en ellas, y obligaba a la casa a frecuentes reposiciones de aquel material. Luego les recomendaba benévola y paternalmente que no dejasen el papelorio esparcido sobre las mesas, y él mismo daba el ejemplo recogiendo legajos y metiéndolos en una alacena donde tenía botellas vacías o medio llenas, el _Diccionario geográfico_ de Miñano, confundidos sus tomos con los de novelas y viajes, entre estos el de _Enrique Watson al país de las Monas_.

—Yo soy partidario —decía— de que haya orden en las oficinas, para que el trabajo se haga como Dios manda, y cada cual encuentre lo que necesita para el pronto despacho de los asuntos...

Con esto se aproximaba la hora feliz de poner punto en las faenas del día: los sombreros parecían alegrarse en lo alto de las perchas, viendo próximo el instante de que sus dueños los cogieran para echarse a la calle.

—Vaya, ya es hora, ciudadanos —decía don Eduardo, atusándose los mechones laterales, y cubriéndose con pausa y solemnidad, como si su calva fuese una cosa sagrada que reclamaba el respeto de la protección sombreril—. Me parece que hemos trabajado bastante. Hasta mañana.

Si la tarde era plácida, se iban de paseo, y si lloviznaba o hacía frío, al café, donde con charla sabrosa de literatura, de política o de cosas mundanas, reducían a polvo el tiempo hasta la hora de cenar. Que Calpena se aburría en la oficina, no hay para qué decirlo. Desde su iniciación burocrática no había hecho más que extender algunos oficios y copiar dos o tres estados de recaudaciones.

El jefe le consideraba, presumiendo en él una superioridad aún no bien manifiesta, pero que lo sería pronto; y los compañeros le mostraron afecto y fraternidad, más admirados que envidiosos de su buena ropa. Ya era cosa corriente en las oficinas ver entrar niños bonitos, con sueldos desmesurados, y que no iban más que a cobrar y a distraerse un rato; hijos o sobrinos de personajes, que de este modo arrimaban una o más bocas de la familia a las ubres del presupuesto. Los empleados, que lo eran por oficio y medio de vivir, se habían acostumbrado a la irrupción de señoritos, y alternaban gozosos con ellos, esperando hacer amistades que _en su día_ valieran para el ascenso, o para la reposición en caso de cesantía. En la sección de Calpena todos los funcionarios eran de peor pelaje que él: alguno pasaba de los cincuenta años y solo disfrutaba ocho mil reales, vestía ropa vuelta del revés y apenas paseaba, por no romper botas; otros conservaban aún trajes provincianos, estirándolos cuanto podían, y no faltaba quien vistiese regularmente por el sistema económico de no pagar al sastre. Sobre todos descollaba Calpena, no solo por su elegancia y buena figura, sino por su saber de cosas extranjeras, y su rumbosa generosidad en el pago de cafés y refrescos después de la oficina. Con uno de sus colegas, extremeño, envejecido prematuramente y seco como un esparto, habitante en una casa de huéspedes de ínfima categoría, parroquiano fósil de diferentes cafés, hizo amistades, seducido por la sabrosa erudición que ostentaba en cosas y personas de Madrid. Muchas tardes iba con él al _Nuevo_, y se le pasaban mansamente las horas oyéndole contar anécdotas que parecían mentira siendo verdades, y embustes que resultaban perfecto simulacro de la verdad. Por Serrano (que así se llamaba) supo Calpena que su jefe, don Eduardo Oliván, era un hombre desgraciadísimo en su vida doméstica, aunque no conocía, o aparentaba no conocer su propia desgracia. La paz que en su hogar reinaba era la proyección de su mansedumbre, virtud con la cual adquirido había una triste celebridad. Ponderó Serrano la seductora hermosura de la mujer del jefe, y algo dijo también de su familia, muy conocida en Madrid. Se la veía muy a menudo en teatros y paseos, fingiendo una posición que no tenía, alternando con personas cuya riqueza consistía en bienes raíces, o en rentas que estaban a la vista de todo el mundo. Las de aquella buena señora eran un tanto enigmáticas.

—Si quiere usted más detalles, pídaselos al hoy general en jefe del ejército del Norte, don Luis Fernández de Córdova. Los sucesores de este son de menor categoría militar y civil. El último que ha caído en las redes de nuestra _jefa_ es ese capitán de artillería... Escosura, Patricio de la Escosura... ¿No le conoce usted? De seguro que sí. En el Príncipe le tiene usted todas las noches. Es el que retrató Bretón en el _don Martín_ de la _Marcela_.

—No sabía que los tres amantes de Marcela fueran retratos.

—Bien se ve que no está usted aún familiarizado con nuestra sociedad... Pues el _don Amadeo_ es Pezuela, y el _don Agapito_, el chico de Clemencín.

XI

—Una de estas noches, amigo Serrano —dijo don Fernando—, va usted a venir conmigo al Príncipe, para que me diga los nombres de todas las señoras que veamos en los palcos. En el tiempo que llevo aquí, he hecho algunas amistades, pocas; hace unas noches me llevaron al cuarto de Florencio Romea; en el teatro he conocido a Ventura de la Vega y a Mesonero Romanos. El señor a quien debo este conocimiento me le presentó días pasados en la calle de Alcalá mi compañero de casa don Nicomedes Iglesias. ¿Le trata usted?

—¿Cómo no?... Iglesias..., hombre de mucho talento, de gran porvenir...

—Pues me presentó a ese..., ¿cómo se llama?, Alonso..., Juan Bautista Alonso, con quien me encontró después una noche en la segunda fila de lunetas, y charlamos algo de literatura. Por él he conocido a Vega, he hablado con Larra, y he saludado a Espronceda en el café Nuevo y en el Parnasillo...

—Alonso es poeta y un buen periodista..., chico que vale. Será ministro... ¿Y no ha querido catequizarle a usted para la sociedad _Los Numantinos_?

—A mí, no... Ni yo gusto de meterme en esas cosas, ni la vida política me seduce.

—A mí..., sí..., pero no puedo consagrarme a ella, por...

Acometido de una tos violentísima, parecía que se ahogaba. Amoratado y convulso, faltábale poco para echar los bofes y escupir el alma.

—Con esta maldita tos —dijo cuando se fue sosegando, y se limpiaba de babas, mocos y lágrimas el encendido rostro—, ¿cómo quiere usted que sea uno político y orador?... Mi naturaleza es émula de mi bolsillo en el agotamiento, en la extenuación... No me forjo ilusiones de vivir el año que viene: estoy tísico pasado.

Trató de consolarle Calpena, con más lástima que convencimiento, porque en verdad la flaqueza y el color cadavérico de su amigo invitaban a entonar el responso. No espantado de la muerte, o echándoselas de valiente, hablaba Serrano de su próximo fin con entereza estoica un poquito afectada. Era moda entonces morirse en la flor de la edad, tomando posturas de fúnebre elegancia. Habíamos convenido en que seríamos más bellos cuanto más demacrados, y entre las distintas vanidades de aquel tiempo no era la más floja la de un fallecimiento poético, seguido de inhumación al pie de un ciprés de verdinegro y puntiagudo ramaje.

—Estos pobres huesos —prosiguió Serrano— están pidiendo la mortaja. Le diré a usted, en confianza, que es de tanto sufrir y de tanto gozar... Mi vida, si yo la contara, sería la más interesante de las novelas. Mis años, por el mucho y precipitado vivir, parecen siglos... ¡Y que llegue uno al borde de la tumba con ocho mil reales!... En fin, doblemos la hoja triste... ¿Me decía usted que desea ir conmigo al teatro para que le dé a conocer a todo el personal masculino y femenino que veamos en palcos y butacas? No podía usted encontrar, ni buscándola con candil, persona más para el caso, porque como de algún tiempo acá no tengo nada que hacer (en la oficina ya ve lo que trabajamos), me dedico a conocer _de visu_ a todo el mundo, y a la averiguación de vidas ajenas... Soy un Plutarco para esto de las vidas, y las hago también paralelas. Sabrá usted los nombres y las historias, amigo mío, que aquí no hay nadie que no tenga su historia... y las hay de oro. ¡Con decirle a usted que la de nuestro esclarecido jefe es de las más inocentes...!

—¡Caramba!

—¿Y lo duda? ¿De qué dehesa viene usted?

—¿Dónde hay más historias, en las clases altas o en las medias?

—En todas; pero las de las altas son más bonitas, más profundamente depravadas. Yo las conozco al dedillo, y en pocas noches le daré la instrucción suficiente para que no pase por cándido el día que se introduzca en la sociedad.

—¿Pero no se exime nadie, galán ni dama, del oprobio de esas historias? ¡Por Dios, Serrano...!

—Nadie... Todo el mundo tiene historia. Por lo común no hay persona bien vestida que no lleve consigo su misterio: este misterio es algo que no debe saberse, y, sin embargo, se sabe, porque fíjese usted... Nada es aquí tan público como las cosas secretas... En fin, por tener todo el mundo historia, hasta usted la tiene, usted, querido Calpena, que acaba de llegar a Madrid; y antes de dar los primeros pasos en las tablas del teatro social, ya nos indica que trae buen papel en la comedia.

—¡Yo! —exclamó Calpena palideciendo—. ¡Pobre de mí! ¡Si no soy nadie!

—Los que empiezan no siendo nada, suelen acabar siéndolo todo.

—Bueno. Pues si alrededor mío hay una historia y usted la sabe, amigo Serrano, ¿tendría inconveniente en contármela?

—Inconveniente, ninguno...; pero la tos..., ya ve..., no puedo hablar..., me ahogo...

Aguardó Calpena a que el golpe de tos se calmase, y cuando hubo pasado, aún tuvo que esperar más tiempo, porque el infeliz tísico se quedó un rato sin respiración, los ojos inyectados, la frente sudorosa, las manos trémulas...

—Pues sí..., esta maldita tos no me deja vivir... Si yo no tosiera, sería orador, créame usted... Pues no hay que tomar a mala parte esto de las historias. ¡Tan joven y ya protagonista! Si he de ser franco, no puedo aún decir a usted cosas concretas...

—¿Pues no asegura que lo sabe todo?

—Todo no. Es muy pronto todavía, y aún son pocas las personas que se han fijado en el joven Calpena... Lo que yo he oído no es ofensivo para usted, ni mucho menos.

—Sea lo que quiera, debo saberlo.

—La tos otra vez... Me ahogo...

—¡Demonio! ¿Por qué no toma usted pastillas? Yo se las traeré de la botica más próxima.

—No..., gracias... Es inútil. Las he tomado de todas clases, sin sentir el menor alivio.

—Ya pasa..., ya puede hablar.

—La verdad, amigo mío, a usted se le tiene en estudio. Solo he oído formular preguntas, aventurar alguna hipótesis... Conjeturas, presunciones..., que será, qué no será...

—¿Nada más que eso? Pues soy, respecto a mí, el primero de los curiosos investigadores, y yo pregunto también: «¿Quién soy?... Calpena, ¿quién eres?».

—¿Pero usted no lo sabe?...

Comprendiendo que había ido demasiado lejos en la expresión de sus dudas, don Fernando se enmendó diciendo:

—Sé quien soy; pero en la vida de todo hombre, por clara que aparezca, hay siempre incógnitas que resolver.

—¿De modo que no sabe usted todo lo que le concierne?

—Hombre, todo, todo precisamente, no.

—Pero sí sabrá quién le recomendó para la plaza que hoy ocupa en el ministerio.

—Juro a usted que lo ignoro.

—Las recomendaciones toman en este país giros muy extraños, y ofrecen a veces concomitancias increíbles. A mí, para que me dieran la plaza mísera que tengo, me recomendó la persona más opuesta a mis ideas, don Antonio Zarco del Valle, a quien interesé por el ama de cría de uno de sus niños. Por un empleado del personal he sabido que, en el libro donde constan los padrinos de cada empleado, figura usted como hechura y ahijado del propio Mendizábal, lo que nadie extrañará, porque bien podría el ministro ser amigo, deudo de su familia de usted.

—No lo es. Ese señor no tiene ningún motivo para interesarse por mí.

—En tal caso habrá recibido cartas expresivas de personas a quienes no puede negar un favor de esta clase. Por indiscrección de un amigo de la secretaría particular, puedo... no afirmar, ¡cuidado!, sino sospechar..., con vehementes indicios de acierto...

Sobresaltado y ansioso, aguardaba el otro la terminación del concepto. Un amago de tos determinó pausa expectante, que a Calpena le pareció un siglo. Por dicha, no fue más que amago, y Serrano pudo decir claramente:

—Si se empeña usted en oírme lo que sabe..., ¡vaya si lo sabe!..., le diré que debe su plaza a la duquesa de Berry...

Pausa.... Solo se oía el áspero ronquido que salía del pecho de Serrano. El estupor de Calpena acabó por resolverse en una risa nerviosa, que lo mismo podía ser de regocijo que de burla.

—¡La duquesa de Berry!... ¿Está usted loco? ¿La esposa del príncipe asesinado a la salida de la Ópera, hijo de Carlos X...?

—Justo... Carolina de Nápoles, hermana de nuestra reina gobernadora doña María Cristina.

—¿Y esa señora es la que figura como...?

—No figura en el libro de recomendaciones; pero por referencias, por indicios de secretaría, sé yo...

—¡Locura, delirio! —exclamó Calpena levantándose, como hombre que quiere poner fin por la ausencia a una conversación enfadosa—. Si usted me probara eso... —indicó Fernando, fingiendo indiferencia.

—¿Prueba?... ¡Oh!... Me remito al gran demostrador de verdades, el tiempo...

—Pero ¿cómo es posible...? ¿Qué tiene que ver mi humilde persona con esa princesa...?

Serrano alzó los hombros, quiso decir algo; pero, ahogándose, no hizo más que balbucir:

—No puedo. La tos, la tos...

XII

La placentera holganza en que vivían los individuos de la sección o mesa de que era jefe el señor don Eduardo Oliván e Iznardi tuvo su término, que si no hay mal que cien años dure, tampoco los bienes suelen ser duraderos, y el motivo de tan brusca alteración, que produjo enorme desquiciamiento en la metódica parsimonia del jefe, no fue otro que el haberse manifestado en aquella esfera administrativa el impulso de actividad que imprimió Mendizábal a los asuntos de su ministerio, cuando se desembarazó de las graves cuestiones políticas a que en los primeros días tuvo que atender. Desempeñando interinamente, además de la cartera de Hacienda, con la Presidencia, las de Guerra, Marina y Estado, hubo de promiscuar en el despacho de mil negocios diferentes. Por milagro de Dios no se volvió loco el bueno de don Juan Álvarez, que materia ofrecía cualquiera de aquellas oficinas para trastornar el seso del más pintado en tiempos tan revueltos. Confiado ya en dominar la espantosa anarquía de las juntas que convertían el reino en una inmensa jaula de locos; seguro ya del éxito de la quinta de cien mil hombres, arriesgado acto de gobierno que revelaba iniciativa poderosa y voluntad de acero, se metió en su casa propia, Hacienda, y empezó a remover y sacudir, con mano de atleta, las mohosas inercias de la administración heredada de Fernando VII. ¡Lástima que no lo hiciera con más pulso, para que las ruinas y los escombros no embarazaran la obra nueva! Construía con el hacha... Aunque no carecía de habilidad, no pudo evitar el cortarse las manos con la herramienta que tan presuroso manejaba.

Pues, señor..., obligado el pobre don Eduardo a andar de coronilla, no sabía lo que le pasaba, ni a qué santo encomendarse. En toda su vida burocrática, que con intercadencias databa de los tiempos de Ballesteros, no había visto desencadenarse sobre aquella plácida esfera un ciclón tan duro. No hacía más que ir de una mesa a otra, limpiarse con fuertes restregones el sudor de la calva, dar resoplidos, subirse el pantalón, que con tantas ansiedades se le caía. Y una mañana, medio loco ya, o loco entero, gritaba en medio de la oficina:

—Pero este buen señor nos trata como si fuéramos dependientes de comercio. La dignidad del funcionario público no consiente estos excesos de trabajo, pues ni tiempo le dejan a uno para almorzar, ni para dar un _mero_ paseo, ni para encender un _mero_ cigarrillo... Cinco intendencias me ha señalado hoy para el envío de circulares con las instrucciones reservadas y las nuevas tarifas. Pues para despachar esto, excelentísimo señor, necesito aumento de personal, necesito catorce oficiales y ocho auxiliares, y aun así, no podríamos concluirlo dentro de las horas reglamentarias, que son de diez a cuatro... Sería justo además que al exceso de ocupación correspondiera doble paga, mientras durase este ajetreo. Soy partidario de que a los empleados se les remunere bien, pues de otro modo la buena administración no es más que un mito, un verdadero mito.

Y aquella misma tarde, en el colmo ya del mal humor, que expresaba alargando los morros, entró en la sección próxima, diciendo:

—Pido al señor ministro aumento de personal, ¿y qué hace? Nada: que aún le parece mucho lo que tengo, y me pide dos chicos que escriban bien y sepan llevar correspondencia. Estamos lucidos, como hay Dios... Ea, señor Calpena, pase usted a la secretaría particular del señor ministro; y usted, Serrano... Pero no..., aguardaremos a ver si se contenta con uno..., quédese usted... Esto es insufrible. Yo digo que envidio a los presidiarios...

Pasó Calpena a donde se le mandaba, y fue introducido en una habitación pequeña con luces al patio medianero, en la cual había dos mesas y un solo empleado, viejo, que escribía con la cara tocando al papel. Un estrecho pasillo comunicaba la tal pieza con el despacho del ministro. Allí esperó órdenes. Alzó el viejo la cabeza, y levantándose las antiparras a la frente, le miró, hizo un saludo monosilábico, volvió a bajar los vidrios, y dejó nuevamente caer sobre el papel su rostro. Creeríase que no escribía con la pluma, sino con la nariz... Sonó la campanilla. Levantose el vejete de un brinco, murmurando:

—Su Excelencia llama.

Viéndole desaparecer por el pasillo, advirtió Calpena que cojeaba. Un instante después volvió con varias cartas en la mano, y dijo lacónicamente a su compañero:

—Que pase usted.

Grande fue la emoción del joven al atravesar el pasillo, al levantar la cortina y ver el hueco de la estancia... a Mendizábal no le veía. Quedose en la puerta hasta oír la palabra _adelante_, dicha con enérgica entonación. Estaba el grande hombre sentado, y se inclinaba para sacar papeles de la gaveta más baja de su mesa ministerial. Al incorporarse, presentó a la admiración y al respeto de Calpena su hermoso busto, el rostro grave de correctísimas facciones, el rizado cabello, las patillas tan bien encajadas en los cuellos blancos, y estos en el lioso tafetán de la negra corbata reluciente, las altas solapas de la levita, y por fin, al ponerse en pie, esta en toda su longitud, ceñida y al propio tiempo holgada.

Calpena permaneció inmóvil y mudo, estatua de la cortedad respetuosa. Mendizábal le miró... En la extrañísima situación de espíritu en que el buen chico se encontraba hubo de creer que su jefe le miraba con picardía. Pero es casi seguro que era pura aprensión; al menos, así lo creyó después. Contra lo que pensaba, ni le preguntó el ministro su nombre, sin duda porque lo sabía, ni sostuvo con él diálogo de introducción. Entre personaje tan elevado y un pobre subalterno de ínfima categoría, no podían mediar más palabras que las naturales entre el señor y el criado que le sirve. Estas fueron corteses, ceñidas al asunto, y sin fraseología ociosa:

—Tiene usted hermosa letra, y buen criterio para contestar por sí mismo las cartas, con una simple indicación mía.

El joven se inclinó. Cuando don Juan de Dios avanzó hacia él, ostentando la gallardía total de su persona, su alta estatura, Calpena, que ya había admirado el busto, admiró también el pantalón, de corte perfecto, como de sastrería londonense, y el pie pequeño, calzado con zapato bajo sujeto en el empeine con un lazo de cintas negras.

—Contésteme usted, por de pronto —prosiguió Su Excelencia—, estas tres cartas. La más urgente y delicada es...

No encontrando la que llamó delicada y urgente, la buscó en la mesa, después en el bolsillo interior de la levita, y como allí no pareciera, manifestó disgusto.

—Está bueno. Pues me la he dejado en casa... Pero no importa. Escríbame usted la contestación, que es sencillísima... del tenor siguiente: «Serenísima señora duquesa de Berry. Señora: Tengo el gusto de manifestar a Vuestra Alteza que, obediente a sus ruegos..., que son órdenes para mí...». Ya usted comprende..., una fórmula de gran respeto..., «que obediente..., y tal..., me he apresurado a complacer, y tal, a Vuestra Alteza Serenísima en la petición con que se ha dignado honrarme..., y tal...». Nada más... Ah, sí... «Debo manifestar a Vuestra Alteza Serenísima que el joven...». No, nada de joven... «Que la persona..., y tal, que se digna recomendarme es...». No, no... «He tomado informes, y puedo asegurar a Vuestra Alteza que el sujeto, etcétera..., es digno de la protección de persona tan elevada...». Así, poco más o menos. Vea usted cómo sale del paso. Puede tomar nota.

—No necesito tomar nota. Recuerdo perfectamente las indicaciones de Vuecencia.

—Mejor. Así me gustan a mí los hombres, vivos de memoria... Pues escríbame la carta al momento y tráigamela para firmarla.

Hizo Calpena la reverencia, se fue a su oficina y mesa, y tanteando la difícil materia epistolar en un borrador, escribió la carta, esmerándose en los trazos de su hermosa letra, y la llevó al ministro. Este había pasado al salón próximo, donde tenía como unas veinte visitas, y mientras Calpena esperaba, entró también su compañero, el viejo de las antiparras, que por primera vez le dirigió la palabra en forma afectuosa.

—Ahora tiene para rato —dijo, refiriéndose al ministro—. Lo traen loco con esto de las elecciones. Para cada puesto del Estamento hay setenta candidatos...

—Ya, ya...

—¿Y usted, señor de Calpena, se presenta para procurador?

—¡Yo! ¡Procurador yo! —exclamó Fernando con asombro, casi con miedo.