Part 6
—Como usted comprende, me enseñó el latín a machamartillo, porque, según él, es el latín la madre de todas las enseñanzas, y única escuela segura del buen gusto. El latín, decía, no solo hace hombres eruditos, sino buenos ciudadanos, personas sociables, finas y amenas... Por último, para que usted se haga cargo de cómo formó mi carácter aquel gran maestro, recordaré las máximas que con tenacidad me iba claveteando, como si dijéramos, en la cabeza, y así verá el contraste que forma aquella enseñanza teórica con lo que después me ha traído la realidad. «Ajusta siempre tus acciones —me decía— a un plan lógico, dentro de la más estricta moralidad, y no te separes de él por nada ni por nadie. Puede que este sistema te ocasione alguna desazón pasajera; pero a la larga apreciarás y saborearás sus hermosos resultados... No confíes nunca en lo imprevisto; no esperes nada del acaso, y que tu conducta sea siempre lo que _debe ser_, lo previsto, lo estudiado, y en modo alguno dependa del _qué será_... No aceptes jamás cosa alguna que no sepas de dónde viene, ni te fíes de prosperidades fantásticas, que suelen volverse infortunios reales... Lábrate la dicha con tu trabajo, acostúmbrate a que tu bienestar sea obra de ti mismo, y no esperes nunca favores llovidos del cielo... No contraigas deudas, ni aun por mínima cantidad, y advierte que es preferible pedir una limosna a cargarte de obligaciones... Ama la regularidad, el orden, pues si no hay arte posible sin reglas, también está sujeto a cánones invariables el arte de la vida... Considera que lo que no hayas adquirido por ti mismo no es tuyo, sino ajeno, que si aceptas beneficios que no has ganado con tu esfuerzo, te verás ligado por la gratitud, y la gratitud puede torcer tu voluntad, y apartarte de la senda del deber rígido y estrictamente moral... En lo tocante a opiniones políticas, mantente siempre en el fiel de la balanza, y cualquiera que sea la bandería a que te veas afiliado, no hagas un dogma cerrado de tus creencias, ni niegues a la creencia de los demás el respeto que merece... Nunca te acalores en la vida pública ni en la privada; no seas fogoso en tus pasiones, que eso es vicio romántico, de que debes huir como de la peste; mantente siempre templado, dueño de ti, sereno y en disposición de sortear las vehemencias ajenas. Así dominarás, sin ser nunca dominado, porque el fiero se entrega al fin, y se rinde al flemático... En todos los negocios preséntate siempre de buena fe, situándote en posición derecha, frente a las intenciones del que ha de tratar contigo...».
—Pues esta máxima —dijo Hillo gozoso— corresponde a una de las principales reglas del toreo, que llamamos _situarse en la rectitud_... Adelante.
—Conque ya ve, señor don Pedro, cómo no corresponde la palpitante realidad a la norma de conducta que mi preceptor me enseñaba; y aquí me tiene usted sin voluntad propia, sometido a misteriosas manos que me gobiernan... Lo desconocido me rige, la imprevisión me guía... Estoy amenazado del descrédito de toda la doctrina que aprendí, y no veo manera de aplicar ninguna regla, porque todas están por el suelo, pisoteadas por el acaso, a quien pertenezco sin poder evitarlo.
—No es el acaso: es el supremo designio, hijo mío. Pero no te apures —dijo don Pedro, empezando a tutearle sin darse cuenta de ello, por una efusión de cariño que rápidamente invadía su corazón—. Considera que sobre todas las reglas está la realidad de la vida, y que no podemos desviar los acontecimientos de su natural curso, trazado por Dios. Tu padrino debió tener en cuenta el misterio de tu origen, antes de recomendarte que abominaras de lo desconocido. ¿Por qué no te reveló lo que sin duda sabía? O es que no sabía nada. De todos modos, hijo mío, tu existencia se balancea en el misterio, y el misterio ha de rodearte, y lo imprevisto te rondará por mucho tiempo, pese a toda la ciencia y a toda la bondad de ese don Narciso Vidaurre... ¿Qué resulta? Que tu padrino te quiso criar para lo clásico, sin considerar que eres romántico inconsciente, esto es, que a pesar tuyo el romanticismo te coge en su remolino furioso... Dispénsame que te tutee: siento hacia ti un profundo afecto. Te miro como un hijo; más propio será decir como hermano. Quiero compartir tus desventuras... cuando lleguen... Seamos románticos; aceptemos la realidad, y pues esta es ahora tan buena, no le busques tres pies al gato y date por muy contento con los bienes que llovidos caen sobre ti. Después vendrá la _anagnórisis_, y volveremos a lo clásico, al triunfo, a la apoteosis, que será coronamiento de tu destino. Sí, querido Fernando. Tu porvenir es hermoso; tú eres lo que no pareces... Serás grande, poderoso... Alégrate. Seremos amigos, grandes amigos; seremos hermanos. Y ahora, chiquillo, pues cae la tarde, vámonos despacito hacia nuestra vivienda, que la hora de la cena se aproxima, y yo, la verdad, con todo eso que me has contado, siento que se me avivan de un modo horroroso las ganitas de comer.
IX
Era verdad que don Pedro se sentía inflamado de un cariño sincero hacia el joven Calpena, afecto absolutamente desinteresado, pues no se arrimaba a su amigo con intenciones de parasitismo, viéndole en camino de doradas grandezas, sino que anhelaba guiarle por los senderos peligrosos que probablemente se abrirían ante él; aconsejarle, dirigirle, evitarle todos los escollos, para que gozase libre y desembarazadamente de los bienes que el cielo le deparaba.
No tardó Utrilla en rematar algunas, si no todas las piezas de ropa de que había tomado medidas. Dos pantalones, dos chalecos y una levita fueron entregados a los tres días de la prueba, y la terminación de lo demás se anunció para la semana próxima. Empezó por fin don Fernando a ponerse guapo y elegante, lo que con tal ropa, y los aditamentos de corbata, calzado, peluquería, etc., era cosa muy fácil en un joven a quien dotó la naturaleza de airosa figura, hermoso rostro, y modales finísimos _a nativitate_. Hillo le contemplaba embobado, viendo en él un perfecto tipo de raza aristocrática. El propio duque de Osuna, don Pedro Téllez Girón, no le aventajara, ni los agregados de la Embajada inglesa.
Desde que tuvo ropa fue incitado por su amigo a frecuentar los teatros. Hillo no le acompañaba por causa de su ministerio sacerdotal. Fea cosa era ir a los toros; pero más disculpable para un clérigo que el teatro, por celebrarse las corridas en pleno día y no ser preciso en ellas descubrirse la cabeza, exponiendo a la befa popular la ungida corona. Con todo, buenas ganas tenía de colarse una noche en la cazuela, disfrazado, para ver en el patio a Fernandito, y sorprender el efecto que causaba en la concurrencia. Contentábase con verle vestirse y acicalarse, y poner en sus manos el sombrero y bastón cuando salía. Aunque el niño volviese tarde, don Pedro no se acostaba hasta que le veía entrar, y allí eran sus preguntas:
—Qué tal, hijo, ¿te has divertido mucho? ¿Has dado golpe? Apuesto a que todos los lentes, y esos anteojos que llaman gemelos, se han dirigido a tu gallarda persona.
En el Príncipe daban _Norma_, cantada por la señora Oreiro de Lema y el señor Unanue. En la Cruz, _La joven reina Cristina de Suecia_, traducida del francés. Así de las obras como de la ejecución, pedía el clérigo a su amigo noticias prolijas, y el chico se las daba, advirtiendo la absoluta ignorancia teatral del buen señor, que no había visto nunca más pieza que _El mágico de Astrakán_, allá en Zamora, siendo él una criatura.
Menudeaba Calpena sus asistencias al Príncipe, y viéndole tan aficionado, decía don Pedro:
—¡Cómo se conoce que nos salen novias a docenas!... La suerte es que este chico se pasa de prudente y avisado, y no le atrapará ninguna de esas culebronas que...
Dígase, para explicar la confusión que seguía presidiendo los destinos de don Fernando Calpena, que a fines de septiembre nadie había ido a recoger el misterioso encargo traído de Olorón; que una tarde llegó carta anónima, no llevada por _Edipo_, sino por persona desconocida que la dejó en la puerta, y que algunas noches, al volver Fernando del teatro, creía que le seguían dos personas buscándole las vueltas y espiándole los pasos. La carta no traía dinero: estaba escrita por mano nada premiosa, menudito el trazo, la gramática bastante correcta, y solo contenía lacónicas advertencias y admoniciones cariñosas:
«Mira, niño: los guantes amarillos son de más distinción que los blancos... También te digo que no es del mejor tono aplaudir en el teatro tan estrepitosamente, sobre todo a medianos artistas... Por más que tú creas otra cosa, a juzgar por tu entusiasmo, la Ridaura no hace nada de particular en su parte de Adalgisa... Oye, niño: que vayas a misa al Carmen Descalzo, a las nueve en punto, y procura no estar en la iglesia tan distraído. A la iglesia no se va a mirar a las muchachas, sino a rezar con devoción... — P. D. Cuando se te acabe el dinero, te pones en misa la corbata escocesa, usando la negra para anunciar que lo has recibido».
—Observaciones son estas —decía Hillo radiante de satisfacción— atinadísimas. Mi leal opinión es que no debes ponerte la corbata escocesa sino cuando tengas verdadera necesidad de nuevas remesas de metálico. No hay que abusar, hijo.
La gran sorpresa cayó, como chispa del cielo, una tarde, al volver Méndez de su oficina. Traía un pliego de oficio dirigido a Calpena, y al ponerlo en sus manos, le dijo:
—Esta comunicación fue entregada al portero mayor para que indagara las señas. Corrió entre nosotros de mano en mano, hasta que vi el nombre... ¡Qué casualidad! «¡Pero si le tengo en mi casa!». Ábralo usted pronto, que, si no me engaño, es nombramiento.
Calpena se quedó frío de estupor. Don Pedro, como el que sueña despierto, exclamó:
—¡Credencial! Será cuando menos de Administrador de Tercias Reales, o de Colector del Noveno y Medias Annatas.
Abierto el pliego, resultó contener un nombramiento de Oficial de la Secretaría de Hacienda, con doce mil reales: firmaba _Mendizábal_. Un tanto desconcertó a Hillo el ver que la nueva dádiva, parabólicamente arrojada por la _mano oculta_ sobre aquel venturoso mortal, no correspondía, con ser grande, a las hipérboles que soñara la desbocada fantasía del clérigo. Pero reflexionando en ello, no tardó en conformarse y dijo:
—Para hacer boca no está mal. Pocos serán los que empiecen así. Papilla de doce mil reales no se da ni a los hijos de los ministros. Y aquí estoy yo, pretendiendo hace catorce años una triste cátedra con seis mil, sin que hasta la presente... Pero no importa... Conque, hijo, alégrate y toca las castañuelas, que por lo que veo, el mundo es tuyo. Oye: que no pasen dos días sin ir a tomar posesión y a darle las gracias al señor de Mendizábal.
Ni contento ni triste, sino fluctuando entre sus sombrías inquietudes y el gozo retozón de su vanidad halagada, Calpena contestó que no pondría los pies en el ministerio sin dar antes un paso que su decoro exigía y su ardiente curiosidad reclamaba. Empleó la mañana siguiente en la diligencia de buscar al llamado _Edipo_, lo que no le fue difícil recorriendo oficinas y retenes policiacos; pero el tal no le dio ninguna luz. No era más que un simple _intromedario_: llevaba los mensajes sin conocimiento de su procedencia; le llegaban de segunda mano, o sea por órdenes de su inmediato jefe, el señor don Manuel de Azara. Sin pérdida de tiempo echose don Fernando a buscar a este; solicitó audiencia, que le fue concedida, después de largos plantones, al anochecer del día siguiente, y encontrose frente a un hombre extraordinariamente calvo y con el bigote teñido, que le escuchó benévolo y un tanto malicioso; pero sin dar lumbres. Aseguró que de la credencial no tenía la menor noticia, y que de la remesa de encarguitos, así como de la preparación de aposento, no podía revelar cosa alguna por habérsele impuesto absoluta reserva _bajo pérdida de destino_...
—Y francamente —dijo al terminar—, no hay más remedio que defender la plaza como se pueda, mayormente cuando a uno le tienen entre ojos por ser criado a los pechos de don Tadeo Ignacio Gil... Gracias que Olózaga me considera y está contento de mí... En una palabra, caballerito, no me pregunte usted nada, porque no he de responderle. Precisamente el señor Subdelegado me estima, como he dicho, porque no hay quien me iguale en el don de silencio. Y si me permite usted darle un consejo, le diré que aprenda cosa tan fácil, poniéndose a ello, como es el callar. Lo difícil, señor mío, es callarse cuando a uno le pegan; pero callarse cuando le miman y regalan..., ¡qué cosa más fácil! Créame a mí: déjese llevar, déjese querer...
No muy satisfecho, aunque resignado con la cómoda filosofía del polizonte, se volvió a su casa don Fernando, y antes de poder contar a Hillo la reciente entrevista, recibieron ambos una nueva sorpresa: carta del misterioso corresponsal, que decía:
«Tontín, aunque Mendizábal recuerda al jovenzuelo que le sirvió de amanuense en el hotel _Meurice_, en París, no le hables de tal cosa cuando le veas, que le verás. No le pidas audiencia para darle las gracias: él te llamará. Adúlale un poquito, que le gusta, y si trabajases algún día en su despacho particular, no te muestres cansado, aunque te tenga diez o doce horas con la pluma en la mano, que le entusiasman los incansables, como él.
»No faltes el sábado, en el Príncipe, al estreno de _Los hijos de Eduardo_, traducido de Delavigne por el tuerto Bretón. Dicen que es cosa buena. Y si repiten el _Don Álvaro_, de Angelito Saavedra, no dejes de ir a verlo. Ya sé que el viernes pasado estuviste en el cuarto de Florencio Romea, donde conociste a Ventura de la Vega. Ándate con tiento en frecuentar cuartos de cómicos: fácilmente pasarás de los cuartos de ellos a los de ellas..., y esto no me gusta.
»Con perdón del señor Utrilla, la levita verde no te ha quedado bien. Hace unas arruguitas en la espalda que no aumentarán la fama del primer sastre de Madrid. Que te la vea puesta, y mándasela después para que te la arregle. De paso te encargas un _surtout_ color barquillo, y que te lo hagan pronto, que las noches ya refrescan; pero no tanto que pidan capa... Los mejores guantes son los de Dubosc, y las mejores camisas las de Fernández, calle del Príncipe. El reloj que tienes, regalo de tu padrino, está pidiendo sucesor. Además de que es feísimo, se atrasa que es un gusto, y así llegas tarde a todas partes. Ya veremos de darle jubilación. Pero no lo vendas ni lo des a nadie: guárdalo siempre como recuerdo de cuando don Narciso te tiraba de las orejas por no saber los latinajos.
»Bobillo, no te entretengas más de una hora en el _Café Nuevo_, y mira con quién te juntas, y a qué tertulias te arrimas. Cuidadito con Larra, que tiene más talento que pesa; pero es mordaz y malicioso. Si vuelves al Parnasillo, busca la amistad de Roca de Togores, de Juanito Pezuela y de Donoso Cortés... Con Espronceda y otros tan arrebatados, _buenos días y buenas noches_, y nada de intimidades... Suscríbete a _La Abeja_, lee _El Español_, y hazle la cruz al _Eco del Comercio_.
»Adiós. El domingo, a misa de once, en las Niñas de Leganés».
Suspiró Calpena al acabar la lectura, y don Pedro, echando lumbre por los ojos, dijo:
—Ya no me queda duda de que es una dama. ¡Y qué cariñosa ternura, qué purísimo y entrañable afecto!...
—Lo que yo creo —observó el joven— es que vivo espiado dentro y fuera de casa, pues la desconocida persona que me escribe sabe todos mis pasos, observa las arrugas de mi ropa, y se entera de cuándo se me atrasa el reloj.
—¿Y qué te importa, tontín? ¿Qué mayor dicha para un joven honesto que tener quien así cariñosamente le vigile, designándole los buenos caminos y apartándole de los atajos peligrosos? Ahora no hay que pensar sino en presentarte en el ministerio, tomar posesión y ponerte al habla con el grande hombre, con ese gaditano londonense, negociante antes que político, a quien yo tenía entre ojos; pero ya me va gustando, ya me va gustando. Al darte la credencial demuestra que no es rana... Ya ha olido el hombre que tú vas para personaje; que cuando tengas la edad serás procurador, prócer, o lo que te dé la real gana, y el muy tuno quiere atraerte con tiempo, llevarte a su lado, hacerte de su partido...
Meditabundo, Calpena no siguió a don Pedro en sus apreciaciones optimistas. Casi toda la noche la pasó en vela, asaltado de una fiebre inquisitiva, revolviendo en su mente los claros recuerdos de su niñez, busca por allí, husmea por allá, evocando memorias de rostros, frases o reticencias de don Narciso, o de alguien de su familia; mas en ningún repliegue del pasado vislumbró hilo que le guiara por aquel laberinto en cuyo seno misterioso se ocultaba la verdad. Tampoco Hillo durmió aquella noche con el dulce sueño que su pura conciencia ordinariamente le permitía. Viva excitación cerebral le tuvo en vela, y allí era el lanzarse a un desenfrenado juego de acertijos, admitiendo y desechando hipótesis. «Esto no lo hace más que una madre —se decía—. Y que esa madre es persona de alta posición, no puede menos de admitirse. Bien claro está: riquezas hay; nobleza también. No me falta más que el nombre para llegar a la completa solución del enigma. Luego viene el otro problema: el papá. Por san Dionisio Areopagita, esta sí que es gorda. ¡Dios mío, el padre...! No sé por qué me ha dado en la nariz tufo de sangre real... Sí, sí. Tiene mi Fernandito en toda su persona un sello de majestad, de grandeza de estirpe, que no deja ninguna duda, no, señor... Por la fisonomía, nada saco en limpio... Como narigudo, no lo es; ni tiene el labio inferior echado para afuera... Por tanto, no parece...».
Dormido al fin, soñó con las más estrafalarias anagnórisis que es posible imaginar, y al amanecer despertó sobresaltado con una idea, que en su cerebro como ladrón furtivamente se introdujo, hallándose en ese estado neblinoso que separa el dormir del velar. «Ya, ya lo acerté —dijo a media voz incorporándose en la cama—. Es... de Napoleón y de... No será difícil descubrir una duquesa o marquesa que...».
Media hora después, camino del Carmen Descalzo, donde celebraba, volvía en sí de aquella aberración, razonando de este modo: «No... porque, bien mirado, no tiene el tipo de los Bonapartes..., digo, me parece a mí. Yo no he visto a ningún Bonaparte, como no sea en estampa, porque a Napoleón I, por más que corrimos tras él los muchachos, el día siguiente de la batalla de Astorga, no alcanzamos a verle..., no vimos más que un bulto..., el bulto de un jinete, a lo lejos, por el camino de Otero... Al rey Botellas tampoco le eché la vista encima... Solo por las pinturas se hace uno cargo de la fisonomía de aquellos señores... No, no, esto es un delirio. Ni aun quitándole el bigote al niño, y engordándole mentalmente, encontraríamos el aire de familia... ¡Qué demonio!... esperemos, y Dios lo dirá».
X
Uno de los primeros días de octubre, a los veinte próximamente de su llegada a la corte, inauguró Calpena su vida burocrática, presentando su credencial en la Secretaría de Hacienda (plazuela de Ministerios), y tomando posesión de su destino. Tocole de jefe de Sección o _Mesa_, un don Eduardo Oliván e Iznardi (no tenía nada que ver con don Alejandro Oliván, entonces redactor de _La Abeja_, ni con don Ángel Iznardi, redactor de _El Eco del Comercio_). Hechura de don Luis López Ballesteros, respetado por Cea Bermúdez y por Toreno, bien agarrado en todos los gabinetes por sus excelentes relaciones, era un señor bueno como el pan, sencillo como una codorniz, afable, angosto de cerebro, y tan ancho de conciencia burocrática que en ella cabía, y aun sobraba conciencia, la libertad anchurosísima de sus subordinados. Su llaneza patriarcal parecía olvidar las jerarquías, alternando amigable y democráticamente con los inferiores en la tarea deliciosa de leer _El Español_, _El Eco_ y _La Abeja_, fumar cigarrillos, repetir y comentar todo lo que en Madrid se hablaba de política y literatura, echando de vez en cuando una plumada a los expedientes, por vía de distracción, y sin suspender la grata tertulia. Cada cual salía y entraba en aquella bendita oficina a la hora que mejor le cuadraba. Eran cinco los funcionarios, con Calpena seis, repartidos en tres mesas, con la del jefe cuatro, de distinta hechura y edad, si bien todas representaban una antigüedad venerable. Dígase que la tinta era excelente, hecha en la casa; las plumas, de ave; los tinteros, de cobre; y que sobre las bayetas verdes y los mugrientos hules se extendían los negros polvos de secar, formando en algunos sitios verdaderos arenales. Inauguraba el bueno de Oliván su trabajo cortando plumas, en lo que ponía exquisito cuidado y habilidad, pues su gala era esto y la rúbrica que echaba en las firmas, no menos rasgueada y pintoresca que la de un escribano. Mientras duraba el corte hablaba con los madrugadores, o sea los que recalaban por allí de diez y media a once; les refería incidentes o sucedidos de su familia, gracias y travesuras de sus niños; les oía contar algo de teatro y toros, alguna mujeril aventura, y así se pasaba el tiempo hasta las doce, hora en que le traían a don Eduardo su almuerzo. Sobre las bayetas arenosas extendía una servilleta, y se comía su tortilla de patatas y su chuletita de ternera. Salían y entraban los mozos de café con servicios para el jefe y algunos subalternos, y en tanto, el que no tomaba café, hacía caricaturas; otro escribía versos, y el de la última mesa las cartas a su novia. Luego se trabajaba un poquito, mientras uno leía en voz alta _El Español_, para que los demás se enterasen. El jefe solía pasarse a la sección próxima, donde había otro jefe que _veía largo_ en política, y anunciaba con seguro vaticinio todo lo que iba a pasar. Más tarde descansaban, fumando un cigarrillo. Don Eduardo recibía cortésmente a las personas que acudían al despacho de algún asunto, y para hacerles ver la actividad que allí se desplegaba, les ponía ante los ojos rimeros de papeles que debían pasar pronto a la sección correspondiente, y otros rimeros de papeles que acababan de llegar, después de lo cual les prometía no detener los expedientes más que el tiempo necesario para _el concienzudo examen de los mismos_. Luego se limpiaba el sudor de la calva, y contaba a sus subalternos lo que el otro jefe de sección le había dicho: que todo iba muy bien; que la quinta de cien mil hombres daría un resultado maravilloso, y que no había duda de que Istúriz y Galiano apoyarían incondicionalmente al señor Mendizábal en el Estamento próximo. No se podían dar las mismas seguridades de López y Caballero, y Toreno y Martínez de la Rosa no saldrían de su pasito _moderado_. Había, pues, situación Mendizábal para un rato, y se verían realizadas las reformas que el grande hombre había prometido en su famosa exposición a la reina. Pero la noticia culminante era que la Milicia urbana se reorganizaría, tomando el nombre sonoro y magnífico de _Guardia Nacional_.