Part 4
—Son patriotas furibundos... de buena fe; de los que creen que con degollar frailes, azotar monjas y hablar pestes de todos los ministros, se arregla la nación. Sin quererlo, les preparan la suerte a los moderados. Algunos creen en Mendizábal, y otros le repudian porque no va por calles y plazuelas perorando, con un pendón en la mano... A todos tiene que contentar el señor de las largas levitas. Trabajo le mando... Si quiere usted que olfateemos lo que traman los compinches de Iglesias, vámonos a mi cuarto, donde al paso que usted lee _El Español_ y _El Eco_, yo me daré mis mañas para pescar al oído alguna palabreja... Véngase usted para acá.
Fuéronse de puntillas al cuarto de don Pedro, y desde él oyeron gran batahola en el de Iglesias; y no pudiendo este resistir el fuerte estímulo de su curiosidad, se coló en la caverna de los conjurados, pretextando recoger un tomo de las _Palabras de creyente_, de Lamennais, que había prestado a su amigo. No tardó en volver risueño con el libro, y con preciosas noticias de la conspiración, que resultaba la más inocente que en cerebros revolucionarios pudiera caber.
—Nuestro gozo en un pozo, amigo Calpena. No tratan de ahorcar a medio mundo, ni de sublevar a la tropa, ni de meter más fuego a las Juntas. Las Juntas y toda esa marimorena les importa tanto a esos ángeles de Dios como las coplas de Calaínos. Lo que les trae tan levantiscos es que las elecciones para el Estamento están próximas, y ellos, cosa muy natural, quieren ser procuradores. Mendizábal conferenció anoche con Caballero, y parece que le asegura la elección por Cuenca. Los otros dos, y alguno más que vendrá después, andan a la husma de las procuras, y quieren estar bien con Mendizábal y con el ministro de la Gobernación, don Martín de los Heros. Vea usted el secreto de estos aquelarres misteriosos.
—¿Será posible, amigo Hillo, que yo, provinciano y desconocedor del mundo y de Madrid, tenga más malicia, más trastienda que usted, que lleva ya no sé cuántos años de andar en este terreno? Dígolo porque me figuro que Iglesias y sus amigotes le han engañado como a un chino. Al verse sorprendidos por la brusca entrada de usted en el escondrijo, han variado de conversación.
—Por san Félix de Cantalicio, pienso que está usted en lo cierto... Me han dado el trapo. Soy toro noble.
Aún no había concluido la frase, cuando entró Iglesias resueltamente en el cuarto de Hillo, y llegándose a don Fernando con resuelto ademán y sonrisa un tanto maliciosa, como de hombre muy corrido para quien no hay nada secreto, le dijo:
—Ya sabemos, amigo Calpena, que ha traído usted de Francia un voluminoso paquete de papeles para el señor Mendizábal.
Quedose un tanto suspenso el joven, y no supo qué responder.
VI
—Le entregaron a usted ese paquete en Olorón. Lo había traído de Burdeos una señora... No..., no se ponga usted colorado, después de haberse puesto pálido. No se trata de ningún delito. Le dan a usted un encargo, y usted lo cumple puntualmente. No pretendo yo..., pues no faltaba más..., que usted me revele cosas sobre las cuales debe guardar secreto. No, no señor. Lo que sí puedo decirle es que el sujeto que debía recoger ese paquete o caja de manos de usted, para entregarlo al señor ministro, ya no vendrá a desempeñar esa comisión, porque anoche le han preso, y se halla incomunicado en el Saladero.
Perplejo un buen rato quedó Calpena ante la osada interpelación de Nicomedes, que con brusquedad tan impertinente quería producir efecto, y ver confirmados sus informes en el rostro del simpático mozo; pero rehecho este prontamente del estupor, le contestó con tanta dignidad como cortesía:
—Nuestra amistad, señor de Iglesias, que yo estimo mucho, no es tan antigua que a mí me permita informarle de si traigo o no encargos para determinadas personas, ni a usted preguntármelo en forma afirmativa, la cual revela una confianza un poquito prematura. Va usted demasiado a prisa, amigo don Nicomedes. Cuatro días hace que nos conocemos.
—Sentiría, señor Calpena, que usted interpretase mal lo que acabo de indicarle —dijo el otro recogiendo velas—. No pretendo que usted me revele el secreto de los encarguitos que le han confiado, ni eso a mí me importa. Creí yo que nuestra amistad, con ser de cuatro días, es ya bastante firme para que yo pueda tomarme la confianza de prevenirle contra ciertos peligros... Porque usted es un joven tan honrado como inexperto, y podría, con el candor propio de los pocos años, prestarse a ciertos mensajes, de cuya gravedad no tiene la menor idea.
—Se me figura, amigo Iglesias, que la calentura patriótica que usted padece le hace ver peligros y misterios en los actos más sencillos.
—No sabe usted dónde está, y yo tendría mucho gusto, si no se empeña en creer demasiado fresca nuestra amistad; tendría yo sumo placer, digo, en iniciarle en la vida política, puesto que a ella piensa, según veo, dedicarse.
—No he pensado en tal cosa. La vida política no se ha hecho para mí.
—El señor —dijo Hillo con cierta timidez— es de los que se lo encuentran todo hecho, y no necesita de que nadie le inicie, pues tiene mentores y padrinos, en la sombra, que no le permitirían dar un mal paso.
—Si hace usted caso de este clérigo —dijo Iglesias con humorismo—, el sotana más honrado del mundo, pero al propio tiempo el más candoroso, está usted perdido, Calpena. Haga usted caso de mí, y déjese llevar. En la sombra no hay mentores ni garambainas. Todo eso es romanticismo de clase averiada... Vamos a cuentas. Lo primero, perdóneme si le hablé con cierta impertinencia del encargo que trae...
—Yo no he traído papeles para el señor Mendizábal —replicó don Fernando—, ni me habían de escoger a mí para tales mensajes.
—No abre usted la boca sin que nos dé una nueva prueba de su inexperiencia candorosa... Puesto que aquí todos somos amigos, déjeme usted que hable y le ponga al tanto de la situación... Y antes me permitirá que le presente a dos amigos, que espero lo serán de usted en cuanto les conozca.
Cuando esto decía, dejáronse ver en la puerta dos sujetos, que eran los de la encerrona con Iglesias, ambos como de treinta a cuarenta años, y al entrar revelaron por su soltura y buenos modos ser de lo más selecto entre la juventud intelectual de aquellos tiempos. Bien supo Iglesias, al presentarles, recalcar sus nombres:
—Mi amigo Joaquín María López..., mi amigo Fermín Caballero.
Era este de color moreno; facciones bastas y rudas, del tipo castellano, común en campos más que en ciudades; bigote negro con mosca; cabello encrespado, que parecía un escobillón; complexión dura; el habla ruda y clásica, de perfectísima construcción castiza. El otro revelaba su estirpe levantina en la finura del cutis y la viveza del mirar, en la vehemencia de la expresión y en la flexibilidad y gracia. Recibiolos Calpena con franca urbanidad, y se sentaron todos, teniendo uno de ellos que hacer sofá de la cama de Hillo, y este no cabía en sí de gozo viendo tan honrada su pobre mansión.
—Trasladamos el _Sublime Taller_ desde los alcázares de Iglesias a las góticas arcadas de Hillo... —dijo con gracia López—. La Iglesia nos ampara, nos acoge en su santo regazo.
—La Iglesia —replicó Hillo, sentándose en un cofre— oye y calla, mas no otorga. En el regazo de la Iglesia no entran más que los arrepentidos.
—_Amén_ —dijo Caballero—, y expliquemos en pocas palabras la llaneza con que asaltamos la morada de estos buenos señores.
—El caso es el siguiente... Permíteme —indicó Nicomedes, que no gustaba de que otros dijesen lo que él podía decir—. Sabemos que el gobierno por una parte, la reina por otra, despachan agentes al campo y corte de don Carlos, a los cuales encargan que se finjan rabiosos absolutistas para ganar la confianza de los íntimos del pretendiente. El objeto es introducir allí la discordia, y acabar con el absolutismo por su propia descomposición. Al propio tiempo, los facciosos tienen aquí infinitos emisarios que hacen el propio juego, de lo cual resulta, señores, un tan espantoso lío, que ni aquí ni allí nos entendemos, y no sabemos ya cuáles son los adeptos legítimos y cuáles los apócrifos...
—Pero hay otra cosa peor —interrumpió López, que, como buen orador, gustaba de expresar por sí las ideas de los demás—; hay otra cosa. Hierven discordias mil en la corte del pretendiente, por ser muchos los carlistas de viso que desean la transacción, siempre que el gobierno liberal les reconozca grados, emolumentos y honores.
—Andan estos —prosiguió Caballero, que hablaba poco y bien— en continuo tejemaneje de Oñate a La Granja y de La Granja a Oñate, zurciendo voluntades y buscando la reconciliación de antiguos conmilitones, ahora desavenidos; y como, si lograran su objeto habrían de sobrevenir grandes males a la nación, nosotros, que miramos por la permanencia del sistema representativo, haremos cuanto esté de nuestra parte porque todas esas artimañas resulten fallidas.
—Y además..., hay —apuntó Nicomedes— una tenebrosa y hasta hoy indescifrable conjura de la infanta Carlota...
—Señores —declaró don Pedro poniéndose en pie—, la Iglesia, como dueña del local en el cual, por su tolerancia, que no por su gusto, se celebra esta nefanda reunión, recomienda a los señores preopinantes que no hablen de las reales personas.
—Tiene razón nuestro noble castellano —dijo López con sorna—. No nombraremos a ninguna persona real; pero podemos designar por su nombre griego al que lo recibió y adoptó conforme a rito, cuando y donde todos sabemos. Hablaremos, pues, de _Dracón_.
—¡Alto! —gritó Hillo poniéndose en pie—, porque el designado con notoria irreverencia con ese nombre, que huele a chamusquina masónica, es Su Alteza el infante don Francisco. Al menos yo lo he oído así, y no permito, señores, no permito...
—Bueno, bueno —dijo Caballero—: no lastimemos los sentimientos religiosos y monárquicos con tanta sinceridad manifestados por este buen señor. A _Dracón_ todos le conocemos, y no hay que hacer misterio de él ni de su nombre de batalla. Creo que se exagera la importancia del tal: de mí sé decir que no creo que exista plan ninguno verosímil fundado en la personalidad del infante.
—Poco a poco —apuntó Nicomedes—. Fermín, a ti te consta que sí lo hay.
—No..., lo que me consta es que algunos cándidos han echado a volar ese nombre, denigrándolo con la suposición de que teníamos en la persona que lo lleva un nuevo pretendiente. Y esto es absurdo; esto no cabe en cabeza humana, ni aun en la de un español de 1835, que es la cabeza que nos ofrece la historia como más destornillada.
—Y, sin embargo, hay quien lo dice.
—Y quien lo cree, y lo sostiene como cosa muy práctica.
—Y no falta quien asegure que es la única salvación del país.
—Señores, son muchas salvaciones para un solo país... Salvadora la reina Cristina, salvador don Carlos, salvador Mendizábal, y ahora también don Francisco nos quiere salvar... Vamos, con tantas salvaciones, España va al abismo.
—Señores, no desvariemos —indicó Hillo—. El señor infante don Francisco, que es persona discreta, no ha puesto sus ojos en el trono... Se contentará por hoy con sentarse en el Estamento de próceres.
—Pretensión contraria a las leyes, tras de la cual hemos de ver y vemos una ambición política muy sospechosa, señores, muy sospechosa.
—No exageremos... Cuando más, cuando más, _Dracón_ aspira a la Regencia...
—¡Otra te pego!...
—Señores conferenciantes —dijo Hillo con festiva severidad—, que no permito, que no puedo consentir afirmaciones tan contrarias al decoro de la real familia... Si siguen Sus Señorías por ese camino, mandaré que les lleven al corral.
—¿Somos gallinas?
—Toros de sentido..., de excesivo sentido, maliciosos, imposibles para la brega, por lo cual creo que no puede acabar bien la elocuente corrida que estamos celebrando.
—¡Ja, ja, ja!... Muy bien. En fin, concretemos: seamos explícitos y lacónicos, porque este joven (por Calpena) dirá, y con razón, que le estamos embromando. ¿Verdad, señor Calpena, que no entiende usted qué relación puede existir entre su persona y estas cosas desordenadas que acaba de oír?
—En efecto: no se me alcanza qué concomitancia pueda tener mi humilde persona con esos agentes reservados, con esas intrigas, con el señor _Dracón_ y demás...
—Hemos sabido —dijo Nicomedes con campanuda solemnidad— que de Francia se remitió un paquete de interesantes papeles a Madrid... No vaya usted a creer que intentamos sustraer ese tesoro, y apropiárnoslo por medios contrarios a la hidalguía. En poder de usted se halla todavía el encargo. La persona que debía recogerlo ha sido presa, y probablemente no saldrá pronto de la cárcel. Es muy posible que alguien intente apoderarse del paquete, diciendo a usted que viene de parte de su legítimo dueño. Yo le suplico, señor don Fernando, que no lo suelte, aunque los que vengan a pedirlo le presenten esquela del mismo señor don Eugenio Aviraneta, a quien viene dirigido, porque tanto el recado como la esquela, serán falsos de toda falsedad.
—Pues correspondo a su franqueza —dijo don Fernando, a quien todos oían con vivísima atención— que no traigo yo encargo ni cosa alguna para ese señor que acaba de nombrar; y si algo hay en mi baúl, que me confiaron en la frontera personas de toda mi confianza, y que no conspiran ni han conspirado nunca, lo entregaré a quien venga a reclamarlo, siempre que acredite, por usual conocimiento, ser la persona a quien viene rotulado.
—Pues aún me resta que decir algo para que vean todos mi sinceridad y nobleza. Antes dije a usted que el paquete venía dirigido a Mendizábal; pero esto lo hice sin más objeto que desconcertarle a usted, con la idea de que su turbación le arrastrase a revelarme algo que yo quería saber: lo que usted trae no viene dirigido a Mendizábal, ni tiene nada que ver directamente con nuestro célebre gaditano. Pero personas muy altas, muy altas, fíjese bien en lo que afirmo, pudieran tener noticia de que el señor Calpena es portador de papeles graves, y en este caso no dejarían de intentar por todos los medios apoderarse de ellos.
—En vez de aumentar la confusión de este excelente joven —indicó Caballero—, procuremos disiparla, amigo Nicomedes, y al propio tiempo, convenzámosle de que no pretendemos apoderarnos de secretos que no se nos quieren confiar.
—Justamente —dijo López—, y empecemos por declarar que ignoramos, o por lo menos, que no sabemos con exactitud qué documentos se han confiado a su discreción. Puede ser algo que exclusivamente interese a la familia real; puede ser del común interés de los partidos militantes. Me inclino a creer esto. El propio Aviraneta no sabe lo que es, o no quiere decírnoslo.
—No lo sabe —afirmó Iglesias—. Así me lo aseguró ayer, y debemos creerlo.
—_Hame dado en la nariz_ —dijo Caballero— que lo que han remitido a don Eugenio es todo el fárrago de papeles concernientes a la _Confederación isabelina_, de infausta memoria. Él mismo se lo llevó a Francia no sé con qué objeto, y de allá se lo remiten para que lo utilice aquí en contra nuestra, y en pro de los Torenos y Martínez... Yo, señores míos, me fío poco de Aviraneta, y no quisiera que mis amigos tuvieran interés por nada que al infatigable conspirador se refiera... Fíjese usted, señor Calpena, en lo que voy a decirle, para que no se embrollen sus ideas con la extraordinaria confusión que ha de resultarle de lo que decimos. Los estatuistas nos acusan de haber preparado, dispuesto, organizado, en una palabra, el degüello de los frailes, el asesinato de Canterac y otros abominables hechos de que usted tendrá conocimiento. Se nos quiere denigrar, inutilizar para la gobernación del reino. Si hay responsabilidad, no pueden ellos eludirla, pues en los terribles días de julio del año pasado era Presidente del Consejo el señor Martínez de la Rosa; ministro de la Gobernación el señor Moscoso, y corregidor de Madrid el señor marqués de Falces. ¿Sabéis lo que, en mi presunción, contiene la estafeta que ha traído el señor Calpena? Pues el plan de Constitución que hicimos Olavarría y yo; la exposición dirigida a Su Majestad por Flórez Estrada, condenando el Estatuto; el proyecto de asonada general; el plan de ministerio, presidido por Pérez de Castro; los compromisos contraídos por Palafox y Calvo de Rozas, con el nombre de _trabajos militares_, y, por último, el informe de la Comisión que nombramos para proponer al gobierno el mejor sistema de _extinción de frailes_. Todo eso y algo más había. Aviraneta, como iniciador de la _Isabelina_, arrambló con el archivo cuando la persecución de la policía le obligó a emigrar a Francia. ¿Trataría de hacer algún negocio con Luis Felipe? ¿Habrá entrado en contubernios con don Carlos? Yo no lo sé... Ya os he dicho que no me fío de ese hombre, y que de su refinada astucia y doblez lo temo todo. Vosotros creéis en Aviraneta; yo no. Para mí es un monstruoso talento, el más sutil y agudo para la intriga. El año pasado conspiraba o aparentaba conspirar con nosotros. Este año trabaja secretamente por los enemigos del progreso. Vosotros creéis en sus alardes de patriotismo revolucionario; yo no. Vosotros confiáis en su lealtad; yo desconfío hasta de su sombra. Si le ayudáis, ayudáis al desprestigio de Palafox, de don Jerónimo Valdés, de San Miguel, de los patriotas Quiroga y Palarea, de Salustiano, del propio Mendizábal, pues ya sabéis que don Juan Álvarez comunicó desde Londres su propósito de constituir allí un _Círculo isabelino_, y de facilitar fondos para la _causa_, y en esfera más modesta ayudáis también a vuestro propio vilipendio y al mío...
—Fermín, Fermín —dijo Iglesias apretando los puños, encendido el rostro—: tú siempre pesimista, tú siempre malévolo y suspicaz, desconfiando de los hombres más adictos a la idea, de los que han sabido padecer por ella persecuciones horribles.
—Y tú, Nicomedes, siempre iluso y confiado, pobre enfermo de la _calentura patriótica_, ni aprendes nada de la experiencia, ni atiendes a las lecciones del tiempo. Tanto a ti, pobre Iglesias, como a ti, Joaquín, almas crédulas, espíritus generosos, os digo que desconfiéis de Aviraneta, que no le ayudéis en sus maquinaciones, que le dejéis solo en la febril inquietud de su conspirar instintivo, genial, por amor al arte, por ley de su naturaleza.
Y cambiando bruscamente al tono familiar, antes que sus atontados amigos pudieran replicarle, se levantó y formuló la despedida en estos términos:
—Ya he sermoneado bastante, y ahora me voy, que tengo que trabajar. Holgazanes, quedaos con Dios.
—Fermín, aguarda, siéntate... que aún tenemos mucho que hablar.
—¡Hablar! La maldita palabra. Es la sarna del país. España llegará al fin del siglo sin haber hecho nada más que rascarse, es decir, hablar... Quedaos con Dios... Y usted, señor de Calpena, al aceptarme por su amigo, me va a permitir que le dé un consejo. Es usted muy joven; yo tengo treinta y seis años y alguna experiencia. No haga caso de estos pobres orates. Si quiere usted seguir el consejo de un patriota honrado, que no padece la famosa _calentura_, y profesa sus ideas con fría convicción, no sirva usted de correo a los conspiradores de oficio. Y pues le han cogido de sorpresa, encargándole comisiones que no habría aceptado con conocimiento, vénguese por el método inquisitorial... En vez de entregar los papeles al señor de Aviraneta, arrójelos a las llamas. Ganará usted mucho en tranquilidad de conciencia.
—¡Quemarlos! ¡Eso no! —gritó Iglesias.
—Créame a mí...
—No le crea, no, Fernando. Es de Cuenca, que es como decir leñador y carbonero...
—Carbón, sí; carbón haría yo de todo ese fárrago de sandeces —dijo Caballero con arrogancia, enarbolando su bastón—. Nuestro pasado político, amigos revolucionarios, debe ir al fuego... Quemad la broza, que las ideas, no temáis..., esas no arden.
Y encasquetándose el sombrero, que era de los voluminosos que entonces se usaban, salió del cuarto y de la casa con resuelto y presuroso andar.
VII
Aunque desconcertados por la enérgica manifestación de Caballero, que al fin hubo de condenar las bajas intrigas, no cejaron Iglesias y López en su propósito de catequizar al joven Calpena. Aún insistió don Joaquín en que entregase el _lío_ a don Eugenio Aviraneta, sin pensar en hacerlo cisco, como le aconsejara Fermín con implacable rigor; y más atrevido Iglesias, propuso al joven, no que pusiese en sus manos lo que era objeto de tantas cavilaciones, sino que permitiera ver su contenido, prometiendo ambos guardar profundo secreto sobre lo poquito que examinar pudiesen. Negose resueltamente don Fernando, y ellos invocaron los principios liberales que sin duda el joven profesaba; los grandes intereses del pueblo, al cual todos pertenecían; y añadiendo a los halagos las promesas, ofrecieron traerle antes de tres días una credencial de ocho mil reales en cualquier ministerio, si a satisfacer su ardiente curiosidad se prestaba. Pero ni las demostraciones de amistad ni las ofertas de colocación quebrantaron la delicada entereza de don Fernando, el cual decididamente, con frase categórica y un tanto áspera, les quitó toda esperanza, alentándole en esto su amigo Hillo con muecas y manotadas expresivas. Replegáronse de mal talante los patriotas al cuarto de Iglesias, y lo primero que hizo don Fernando al entrar en el suyo fue guardar bajo llave, en los seguros cajones de una cómoda, el contenido de su baúl, o aquella parte que convenía poner a cubierto de cualquier sorpresa.
—Hace usted bien —le decía Hillo gozoso—, porque estos _libres_, como ellos se llaman, no se paran en pelillos. Fuera del patriotismo, son honrados, y por nada del mundo le quitarían a usted un botón ni un cigarro de papel. Pero en mediando lo que ellos llaman _el interés de la Confederación_ o de la libertad, aunque esta sea tan desacreditada como la de la imprenta; como se trate de arma política con que puedan descabellar al contrario y arrastrarle por el redondel, se ciegan, y de noblotes y decentes se convierten en los primeros badulaques del mundo.
De acuerdo en esto como en todo, pues los lazos de su amistad se apretaban más cada hora, salieron a dar un paseo antes de comer.
—¡Qué hermoso apóstrofe el de Caballero! —decía, calle abajo, hacia la de Alcalá, el buen clérigo Hillo—. Mejor será llamarlo _conminación_ o _deprecación_...
—Llamémoslo _corrección fraterna_, que así deben nombrarse los hijos de tal padre. Me ha gustado don Fermín. ¿Sabe usted que los otros parecen locos?
—Y no es lo peor que lo parezcan, sino que lo sean, y que nos comuniquen a nosotros su locura. Yo siento un gran desorden en mi cabeza.
—Y yo. Le aseguro a usted que me falta poco para ponerme a gritar en medio de la calle. ¿Conque es verdad que he conspirado sin saberlo? ¿Conque es verdad que traigo papeles que comprometen a la real familia... o a los reales masones, o a los isabelinos, o al demonio coronado? Y ahora consulto yo con usted una sospecha grave: ¿tendrá alguna relación este enredo con los favores que recibo de mano desconocida?... Esa personalidad misteriosa que en las tinieblas me protege, ¿tendrá algo que ver con..., con no sé qué?... Yo desvarío, se embarullan mis ideas. ¿Me encontraré envuelto, sin culpa ninguna, en alguna endemoniada intriga? Dígame su franca opinión... Usted es hombre de mundo, y conoce esta sociedad y estos manejos de la política. Yo soy un inocente: vengo de un pueblo fronterizo y de una ciudad extranjera, donde he vivido amarrado a un bufete de comerciante... Yo no sé nada de esto. Ilumíneme usted; indíqueme si debo hacer algo, o no hacer nada y dejar correr los acontecimientos...
—Pues, mi amigo don Fernando, creo, y no hay que asustarse, que se halla usted metido de hoz y de coz en un lío estupendo... Dígame ante todo: ¿es cierto que trae usted esa caja?