Chapter 12 of 22 · 3855 words · ~19 min read

Part 12

—Al precio que usted sabe, Jacoba, me quedo con ellas... Vaya, para que usted no chille, en esta partida llego hasta los cuarenta y dos por quilate.

—Para usted estaban.

—Tiene usted mucho género, Jacoba, género superior, y no sé cómo va a salir de él.

—Mejor... Ea, no empiece a camelarme, que no las cedo.

—¿A ningún precio?

—A ningún precio. Quiero reunir más.

—Y va de historias... Estas perlas que le manda a usted _Aline_, parécenme..., no puedo asegurarlo..., pero me da en la nariz que son las de la princesa de Beira. Tantas ganas tiene la buena señora de ser reina que vende sus perlas para comprar pólvora y cartuchos.

—Podrá ser... A usted le llaman las reinas que gobiernan, y a mí quizá me llamen... y me necesiten... las destronadas.

Dijo esto la Zahón solo con el objeto de poner en confusión a su amigo y desorientarle. Seguía don Carlos la broma, sin conseguir sofocar con su donaire el humorismo maleante de la vieja, cuando esta saltó de improviso con un recurso que a las mientes le vino en lo mejor de su charla, y era recurso de ley, fundado en algo verídico, ignorado del astuto don Carlos.

—Amigo Maturana, no le he dicho lo mejor: me ha escrito Mendizábal... ¡Vaya una cara que pone usted!... Sí, señor, me carteo con el ministro. Y si no lo cree, aquí está su secretario particular, que no me dejará por mentirosa...

—No sé... —balbució Calpena—. Sin duda es cierto... Creo haber oído algo al amigo Milagro.

—A Su Excelencia le da por las botonaduras llamativas —dijo Maturana mirando fijamente a su colega, no sin malicia—. Pero ya caigo: si el ministro se cartea con usted, será porque quiere consultarla sobre ese plan de vender los bienes de los frailes.

Y volviéndose hacia Calpena, le preguntó:

—Joven, ¿y será cierto que vende también las alhajas de los santos, y la plata y oro de las catedrales?... Porque con tal medida, si a ella se resuelve, sí que podría sacar de apuros a la Tesorería.

—No he oído nada de eso —replicó don Fernando—. Parece que se venderán todos los bienes raíces del clero, y además las campanas.

—Que son los bienes aéreos... ¡Buena se va a armar! ¡Será sonada! Créame usted, Jacoba: si no trasladamos nuestro negocio al extranjero, estamos perdidos.

—Yo no: con el arreglo que nos hará ese señor ministro, verá usted prosperar la nación. Usted no es partidario de Mendizábal.

—Yo creo que vale... Sí vale. Pero fracasará.

—Dios quiera que no... Voy a entrar en negociaciones con él para un asunto... Y el señor Calpena, que, según nos dijeron, es el amigo íntimo del gran ministro, ¿me hará el favor de interceder por mí?

—¿Negocitos con Mendizábal? —murmuró don Carlos.

—Señor mío, si a usted le necesitan las reinas, a mí me necesitan los ministros, que en realidad son los que gobiernan... Señor Calpena, usted es muy amable, y tomará mi asunto con interés.

Excusose el joven con finura y modestia, alegando que no tenía amistad con el ministro, ni podía permitirse recomendarle asuntos de ninguna clase; mas no se dio por convencida la Zahón, y elogiando la delicadeza del joven, y echándole mucho incienso, dijo:

—Es natural que usted se exprese de ese modo. Pero yo sé que don Juan Álvarez le quiere a usted mucho y le protege, y le hará procurador... Los motivos de esta protección quizás usted mismo no los sepa... Yo tampoco; la verdad, no sé nada: solo sé que... En fin, _Aline_ me ha dicho que es usted un joven de gran mérito... No hay que ruborizarse... Por todas esas razones, y otras que callo, yo quisiera, señor don Fernando, que esta noche cenara usted con nosotros...

Antes que el invitado pudiese formular sus excusas, se metió por medio don Carlos, diciendo muy gozoso:

—Aceptará, ya lo creo, y yo también. Quiero decir, que si el señor cena con ustedes, me convido...

—Lo siento mucho —dijo Calpena—. Otra noche, señora mía, tendré mucho gusto... Esta noche no puedo... créame usted que no puedo.

—Ya se ve... Es verdadero sacrificio sentarse a nuestra pobre mesa, acostumbrado usted a los convites de las grandes casas.

—No nos tratarán mal aquí, señor don Fernando —dijo don Carlos—; y si Lopresti tuviera tiempo de poner esta noche el pescado en tomatada maltesa...

—Hay tiempo... ¡Lopresti!

Repetía sus excusas don Fernando, cuando llamaron a la puerta. El maltés acudió. Eran campanillazos, golpes repetidos, dados al parecer con el puño de un bastón, y luego voces femeninas, la del sirviente y la de otra persona, riñendo, disputando.

—Es ese torbellino —dijo Doña Jacoba—. Aura, hija mía, ¿por qué alborotas? Mira que hay visita... Pasa..., ven.

XIX

En el mismo instante vio don Fernando, en el hueco de la puerta, una mujer, una joven, que más que persona humana le pareció divinidad bajada del cielo. ¿La había visto antes alguna vez? Creía que sí, creía que no. ¿Y cómo había vivido tanto tiempo sin verla? ¿Y qué habría sido de él, si por torpeza de su destino no la hubiese visto cuando la veía? Esto pensaba en la perplejidad casi estúpida de que fue acometido su espíritu ante aquella visión celeste. La que respondía por Aura se quedó también suspensa, y pensaba que no veía por primera vez al sujeto, cuyo nombre pronunció la Zahón presentándole.

—Vete adentro: deja la mantilla; deja la sombrilla con que has apaleado al pobre Lopresti, y vuélvete acá... —le dijo la señora—. No hagas la de otras veces, que tengo que ir a buscarte. Ya ves que no puedo moverme.

Fuese la joven, y tal era su turbación, que ni acertó a saludar con una ligera inclinación de cabeza a la persona que acababa de serle presentada. «¡Qué estúpida soy —se decía, corriendo hacia su cuarto—, y qué grosera y qué desmañada! No he sabido saludarle... Verdad que él no me saludó tampoco, y se quedó como un santirulico que está en oración... ¿Cómo ha dicho Jacoba que se llama? Pues ya no me acuerdo... Yo le conozco... No, no le he visto nunca: no hay más sino que yo sabía que le vería pronto... ¡Y ahora qué vergüenza me da de volver!... No vuelvo... ¡Pero si tardo, y el hombre se cansa, y se va, y no vuelve más, y no le encuentro en ninguna parte...!».

En tanto Calpena, mal repuesto de su trastorno, apenas podía enterarse de lo que Maturana y la Zahón le decían. Miraba para dentro de sí: en su mente había quedado impresa la imagen fugitiva... ¡Qué ojos, qué boca, qué talle! Quería recordar pormenores; cómo eran estas o aquellas facciones, y no podía. La imagen se borraba con el análisis; llegó un instante en que solo quedaba de ella una vaguedad, un rastro, algo como una herida, o como una sombra que doliera. Pero de improviso volvió a presentarse ante los turbados ojos de Calpena, no precedida de ningún rumor de pasos ni de voz alguna. Entró como fantasma, trayendo consigo una luz ideal, y para mayor asombro y arrobamiento de don Fernando, se presentaba risueña, mostrando unos dientes dignos de morder un cachete al Padre Eterno. Así lo pensó Calpena, que también se sonrió al verla, y salió como a recibirla, brindándole un asiento...

—No me siento; gracias —dijo Aura, y pasó...

Fue a recoger algo al otro lado de la pieza. Cuando regresaba con una cestilla de labores, recibió de lleno el galán todo el brillo, toda la expresión, toda la intensísima divinidad de los ojos negros de la damisela. El infeliz no dijo nada, miró a la mesa, y cogiendo la silla que cerca tenía dio un golpecito en el suelo, diciendo o pensando así: «¡Qué rayo de Dios!... Tempestad, locura... Si esta mujer no me quiere, me mato... Vaya si me mato. No puedo vivir».

—Aura —dijo doña Jacoba dándole un manojo de llaves—. Saca de aquel armario la cajita de perlas, y dásela a don Carlos para que me haga el apartado...

Y mientras Aura traía las perlas, Calpena se decía: «Esto es sueño. Tal mujer no existe. Es la que traigo en mi imaginación desde qué sé yo cuándo... Lo que ahora me pasa es como el morir, como el nacer. No sé si muero o nazco... ¡Vaya una mano! Si me diera una bofetada, vería yo a Dios en su trono... ¡Y qué cuerpo, qué flexibilidad, qué gallardía! Ese traje que antes me pareció verde, ahora es azul, oscurito como un cielo sin luna, y esas motitas son como estrellas, que en los pliegues se esconden, se apagan... El espacio entre el borde del vestido y el suelo parece, cuando anda, un espacio que ríe, una boca que habla... No sé... estoy loco... Si la jorobada no repite su invitación, me convido yo mismo. Si me apalean para que me vaya, no me voy».

—Oye, mujer —dijo doña Jacoba, poniendo las perlas sobre un tablero con bordes y forrado de bayeta, previamente colocado ante sí por don Carlos—, ¿cómo es que no subieron tus amigas las de Milagro?

—Me dejaron en la puerta. Era tarde, y como las de Fonsagrada tenían prisa...

—¿Iban con ellas los dos chicos de la Guardia Real?

—Sí..., y también tenían prisa. Les han mandado recogerse temprano en el cuartel. Parece que hay runrún de revolución.

—Todos los días dicen lo mismo, y nunca pasa nada. ¿No sabes, Aura? He invitado a cenar a este señor Calpena, y no quiere, digo, no puede... Convéncele tú.

—¿Y qué caso ha de hacer de mí? —dijo Aura queriendo mirarle y sin poder levantar los ojos—. Estará invitado en otra parte..., comprometido en casas ricas...

—Si mil compromisos tuviera —manifestó Calpena haciendo por tragarse el nudo que tenía en la garganta—, los dejaría todos por la satisfacción, por el honor, por el placer de pasar algunas horas en tan amable compañía.

—Gracias —dijo Aura, echándole toda la mirada y clavándosela con ímpetu, hasta con ensañamiento.

Y la voz de Aura al decir _gracias_, o al decir otra cosa cualquiera, se le metía a Fernando dentro del sentido como una lanceta, y le inoculaba un goce inefable, una turbación honda, ganas de dar gritos y de tirarse al suelo... «¿En qué consistirá —pensaba— que me parece que la he conocido toda mi vida? Si me equivoco respecto a esta mujer; si no es la que yo soñé, la que ha venido al mundo para mí, que me parta un rayo, o que me asesinen esta noche al volver de una esquina. ¡Esta mujer para otro! No puede ser... Quien me lo diga miente... y si yo lo dudara o lo temiera, estaría loco».

Mientras doña Jacoba daba órdenes a Lopresti, Aura y Fernando cambiaron palabras insignificantes, sentados uno frente a otro, en el lado de la mesa o mostrador opuesto al que ocupaba don Carlos. Entre este y la pareja estaba la luz, con enorme pantalla verde.

—¿También usted, señorita, entiende de pedrerías, y sabe distinguir los brillantes legítimos de los falsos?

—No sé nada... Para mí como si fueran cuentas de vidrio. No entiendo nada de esto. Y usted, ¿sabe...?

—Yo no... —dijo Calpena sintiendo un impulso violentísimo de manifestarse—. No sé más sino que... No crea usted que voy a llamarla piedra preciosa, diamante, perla o cosa tal... Eso es no decir nada. Lo que digo... Digo que cuando la vi a usted entrar... creí que no era usted persona de este mundo.

—¿Pues de qué mundo?

—Del otro, del cielo...

—¿Pero usted cree que si yo hubiera estado en el cielo iba a dejarme caer aquí? ¡Qué tontería!

—No haga usted caso —dijo la Zahón—. Esta niña es una revoltosa sin juicio. Ya es tiempo de que vaya sentando la cabeza.

—Soy muy mal criada —afirmó Aura con graciosa ingenuidad, sin el menor dejo de falsa modestia—. Vamos, que no tengo educación... No he tenido quien me eduque ni quien me enseñe nada... Y ahora trato de educarme yo misma; pero, la verdad, no sé por dónde empezar.

—¡Qué deliciosa modestia!

—¡Modesta yo! No, señor: ya verá usted cómo no lo soy. Algún mérito me parece a mí que tengo, y como lo sé, lo digo.

—La sinceridad es la primera de las virtudes —afirmó Calpena fascinado por los ojos negros de Aura, que no podían ser contemplados de cerca.

La ardiente admiración del joven veía en ellos tan pronto una inmensidad de dulzura que atraía, como una inmensidad de peligro que rechazaba. Dulzura o peligro, el hombre sentía un irresistible impulso de comérselos, de apropiarse toda su luz, toda su pasión. ¡Y qué perfecta armonía entre los ojos y lo demás del rostro, en él cual solo se veían perfecciones! El color era moreno suave, blancura encendida más bien, como si en sus mejillas se reflejasen llamaradas lejanas... La frente dominaba tan hermoso conjunto con su pureza de alabastro caldeado.

—Déjeme usted que admire —dijo Calpena en tono y actitud de devoción— esas cejas divinas, esas pestañas que hablan y esos labios que miran... No sé lo que digo.

—Diga usted de una vez que soy muy bella... ¿Por qué no se ha de decir lo que es verdad? Ya ve usted cómo no conozco la modestia. El ser bonita no tiene ningún mérito, porque así ha nacido una...

—Aura, por Dios, no tontees... —indicó doña Jacoba levantándose con gran esfuerzo—. Voy a ver qué hace ese pelmazo.

—¿Quieres que vaya contigo?

—No, hija: quédate aquí acompañando a estos señores... Puedo andar sola.

Ponía don Carlos toda su atención en las perlas que examinaba cuidadosamente, y luego las distribuía en tres grupos. Aura y Fernando se creían solos.

—¿Qué? —dijo ella viendo al galán suspenso y como asustado—, ¿se enfada usted porque yo misma me alabo y digo que soy hermosa?

—No; la sinceridad... Todo en usted es extraordinario, inaudito, sin igual.

—No me haga usted caso. Soy muy mal educada... La buena educación pide que cuando una se siente discreta diga: «soy tonta», y que cuando somos bonitas, sostengamos que no valemos nada.

—No es eso buena educación: es gazmoñería, y falsa humildad, máscara de la soberbia.

—A mí me han hecho creer que la verdadera finura consiste en rebajarse y elogiar a los demás.

—¿Aunque no se sienta el elogio?

—¡Ah! no: eso sí que no puedo hacerlo yo. Por nada del mundo le diría yo a usted, por ejemplo, que me agrada, si no lo sintiera.

—Luego usted me dice que no le soy desagradable.

—Yo no pensaba decírselo... Si lo he dicho sin querer, dicho se queda.

Se le encendieron las mejillas, y después de una pausa en que Fernando, absorto, no sabía qué expresar, rectificó la joven su atrevido concepto:

—La culpa tiene usted por hacerme caso y darme conversación. Se me escapan las tonterías cuando menos lo pienso. Bien dice Jacoba que no tengo vergüenza...

—Eso no es verdad.

—Quiero decir que soy muy descarada... Y no sabe usted los disgustos que he tenido en Madrid por esta mala costumbre mía de decir todo lo que siento. Mis amigas me critican, y algunas se han negado a salir de paseo conmigo. Otras, en cuanto me han oído hablar dos veces, se han resistido a recibirme en su casa. Vamos, que me tienen por una salvaje, y lo soy, aunque lo disimulo vistiéndome, ya usted ve, como las mujeres civilizadas... Eso lo sabe una sin que se lo enseñen... Pero... mire usted qué cosas tan raras me pasan a mí: esta noche es la primera vez que siento pena de ser como soy. Al decirle lo que le dije, ¡me subió un calor a la cara...! Me figuré que usted se enfadaba conmigo, que me iba a querer mal por mi desvergüenza...

—No, no, eso no. Es sinceridad, y yo la admiro y la aplaudo... ¿Pero por qué no hemos de ser todos así? ¿Qué educación es esta que nos impone la mentira en todos los actos?

—Pues ahora me confunde usted más —dijo Aura con una ingenuidad y una sencillez que acabaron de enloquecer a Calpena—. Porque yo empezaba a querer educarme procurando hacerme la vergonzosa, y usted sale ahora diciéndome que cuanto más desvergonzada mejor.

—No, cuanto más sincera... Lo que usted debe hacer es no empeñarse en cosa tan difícil como la educación por sí misma. No acertaría usted. Lo mejor es que confíe ese cuidado a otra persona: a mí, por ejemplo.

—¿Pero cómo me va usted a educar, si no está siempre conmigo?

—¡Oh!... Eso se arreglaría de un modo muy fácil...

—¿Cómo?

—Estando...

—¿Siempre conmigo? Pues le juro a usted que no me disgustaría. En decir esto no veo yo que haya maldad.

—Ninguna...

Al llegar a este punto, miráronse los dos largo rato sin pronunciar palabra. ¿Les estorbaba el viejo diamantista, aunque solo en presencia corporal, por tener todo su espíritu aplicado al examen y selección de perlas? Calpena, perdidamente enamorado de aquella mujer con súbito incendio pavoroso, pensaba en el singular caso, en la inaudita sorpresa que le ofrecía su destino. Era en verdad estupendo que siendo él un misterio vivo, y encontrándose en el mundo, en su florida edad, rodeado de sombras, le saliese al paso, en aquella ocasión suprema de su amor primero (el cual, por la fuerza con que venía, debía de ser único), un enigma tan extraño como el suyo propio. «Ya sospechaba yo —se dijo— la existencia de esta mujer tan hechicera y seductora; ya me anunciaba el corazón que en nuestras sociedades puede encontrarse un ser tan bello, tan ingenuo, en toda la hermosura libre y silvestre de quien no ha pasado por los absurdos tamices de la educación corriente. Esta mujer superior, este admirable pedazo de la divinidad, aunque sin pulimento, para mí estaba guardada; para mí, que he venido al mundo en algún torbellino de las pasiones humanas, y tengo por ley de mi destino la misión, ¿por qué no ha de ser misión?, de venir a chocar con otro misterio como el mío, con otro enigma, y fundirnos misterio con misterio, y...». De buena gana habría roto el silencio soltándole estas preguntas, expresión de la ansiedad de un amor investigador, receloso, policiaco: «¿Quién eres tú?... ¿De dónde has salido tú?... ¿Quiénes son tus padres?... ¿Por qué estás en esta casa?».

El silencio fue interrumpido por Maturana, que, mostrando entre sus dedos una gruesa y hermosa perla, se volvió a los que ya es forzoso llamar amantes, y en tono grave les dijo:

—¡Qué hermosura, qué redondez, qué oriente!... ¡Y que este prodigio de la naturaleza haya salido de los profundos abismos de la mar!... ¡Y que esto sea, como dicen, una enfermedad de la ostra... un tumor, según otros, producto de la baba con que el pobre animal se cura de los golpes que le dan los crustáceos! ¡Y cosa de tanto valor no es, en su origen, más que una baba!... ¡Misterios de la vida, del tiempo!...

XX

No se manifestaba en la mesa la sordidez de Jacoba Zahón, como vulgarmente creían vecinos chismosos, y amigos desconocedores de las interioridades de la casa. Del trato comercial procedía su fama de avaricia, y cuanto se dijese en este terreno era poco, pues no ha venido al mundo persona que con más cruel ahínco defendiera el ochavo. Los del gremio la temían; gimieron siempre los parroquianos entre sus uñas rapaces; en tratándose de negocio pingüe, no reparaba en medios, ni había para ella compañerismo, ni delicadeza, ni caridad. Reproducíanse en ella todas las cualidades de su marido, Bartolomé Zahón, a quien llegó a sobrepujar en la frialdad de cálculo, en la codicia desmedida y en la dureza de las condiciones de venta o empeño, aprovechando siempre, sin miramiento alguno, las ocasiones ventajosas. No perdonaba; hacía cumplir los contratos, implacable sacerdotisa de la letra, y al propio tiempo los cumplía fielmente por su parte. Jamás la cogió nadie en renuncio legal; jamás tuvo que ver con la justicia humana. Vivía, pues, dentro de la estricta honradez social, del respeto de las leyes y costumbres. No tomó nunca nada que en rigor de derecho no fuera suyo, ni dio a nadie parte mínima de su legal pertenencia. Con tal modo de ser se fue labrando su fama de miseria, fundadísima en todo, menos en los cuentos que corrían acerca de la mala vida que se daba. Como en su casa entraban pocas personas, y las amistades y relaciones no pasaban de un círculo estrecho, pocos sabían que la mesa de Jacoba no era escasa, que a veces era espléndida, y que si ocurría tener que obsequiar a alguien, lo hacía con decente abundancia y hasta con ostentación. Así queda explicado que la cena de aquella célebre noche fuera excelente, y que Calpena la encontrase muy superior a lo que había imaginado. Añádase que Lopresti era un hábil cocinero, que guisaba a la italiana y a la francesa, y poseía el secreto de algunos platos sabrosísimos a estilo de La Valette y de Cagliari.

Por milagro de Dios, Jacoba se sintió, después de anochecer, muy mejorada de los horrendos dolores que le habían retorcido el cuerpo, y gozosa, renqueando de aquí para allí con el apoyo de su bastón, iba del comedor a la cocina, o al revés; sacaba de los armarios una mantelería riquísima (que había ido a parar allí sabe Dios cómo); exhumaba vajilla fina, alguna hermosa pieza de plata repujada, y en fin, lo disponía todo para lucimiento de su casa y satisfacción de su amor propio. Dígase también que Jacoba Zahón, fuera de los asuntos mercantiles, era bastante agradable, de mucho mundo, conocedora de los usos que constituyen la etiqueta, de hablar ameno y correctísimo. Pero estas cualidades, junto al mostrador, trocábanse en una ferocidad egoísta que ponía los pelos de punta al infeliz que trataba con ella. En esto seguía las tradiciones de su familia: no hacía más que manifestarse en toda la plenitud de su ser, heredado de otros seres, consecuente con lo que los Zahones llevaron siempre en la masa de la sangre. Malta en tiempos remotos; después Mallorca, Gibraltar, Sevilla, y desde mediados del siglo pasado, Cádiz, Córdoba y Madrid, fueron campo donde esta planta zahónica creció con varia lozanía. Algunos se enriquecieron; otros trabajaron con mediano fruto, y los últimos tuvieron no pocos reveses, que remedió el tino económico de Bartolomé Zahón, y las dotes rapaces de su mujer. En la época en que encontramos a esta señora, toda estevadita, patizamba y hecha una calamidad, la casa no era más que sucursal de la establecida recientemente en Córdoba por Laureano Zahón, hijo único de doña Jacoba y su heredero. En Córdoba se había montado un taller, y allí se acumulaba la pedrería más usual conforme a las exigencias de una industria y comercio bastante activos. En Madrid solo quedaba la compra y venta, la red tendida para recoger gangas, todo el género vagabundo que siempre fluctúa en grandes poblaciones; quedaban también valiosos préstamos con prenda, que doña Jacoba sabía hacer como nadie, a cencerros tapados, sin pagar contribución de pestamista.