Chapter 2 of 22 · 4000 words · ~20 min read

Part 2

Dígase también, para completar la figura, que don Pedro profesaba o fingía, en política, un escepticismo inalterable, rara condición en aquellos tiempos de lucha. Conocimiento y amistad tenía con personas de una y otra bandera; pero de nada le valían, sin duda por causa de su timidez, o por la vaguedad de sus opiniones, que tal vez le hacía sospechoso a tirios y troyanos. Los patriotas le miraban con recelo creyéndole arrimado al carlismo, y la gente templada le tenía por afecto a las logias. Por esto decía él, empleando la palabra griega que significa moraleja: «_Epimicion_: quien navega entre dos aguas, no llega nunca a una cátedra».

El primer huésped, don Nicomedes Iglesias también pretendía; mas no era fácil traslucir el objeto de sus desatentadas ambiciones. Cosa extraña: Hillo hablaba poco, y sus propósitos y deseos se traslucían a las primeras palabras. Por los codos hablaba Iglesias, y después de oírle perorar tres horas con gracia y facundia prodigiosas, nadie sabía lo que pensaba, ni qué planes o enredos se traía. No disimulaba el radicalismo de sus ideas, el cual no era obstáculo para que cultivase el trato de casi todas las notabilidades de aquella turbulenta generación, siendo su mayor intimidad con los exaltados. Toda la tarde estaba fuera de casa, menos cuando daba cita en ella a un par de compinches, pasándose las horas muertas de conciliábulo a puerta cerrada. Después de cenar se echaba invariablemente a la calle, y no volvía hasta la madrugada; levantábase a la hora de comer, y al encontrarse en la mesa con su amigo don Pedro, bromeaban un rato. El presbítero tenía siempre algo que decir de las nocturnidades de su compañero; pero sin traspasar nunca los límites de una discreta confianza inofensiva:

—¿Qué hay por la _casa de Tepa_?... Anoche, amigo Nicomedes, debieron ustedes tratar de ir disolviendo juntitas, para que no se enfade don Juan de Dios Álvarez... Mucho tuvieron que discutir anoche los del _rito escocés_, porque entró usted cerca de las cuatro... ¿Y qué se sabe del ínclito Aviraneta? ¿Le sueltan, o le hacen ministro, o le ahorcan?

Contestaba el otro a estas pullas inocentes con gracia y mesura, sin soltar prenda, ni clarearse más de lo que le convenía. Desde la primera cena simpatizó Calpena con sus dos compañeros de casa, y singularmente con el clérigo Hillo. El agrado que la conversación de este le causaba aumentó tan rápidamente que al segundo día eran amigos, y ambos creían que su trato databa de larga fecha. Verdad que los dos eran clásicos en lo literario, templados o neutrales en lo político, de pacífico y blando genio, amantes de la regularidad y del vivir manso, sin emociones; semejanza que un atento observador habría podido apreciar, no obstante las diferencias que la edad marcaba en uno y otro. Había, sin embargo, momentos en que Calpena se expresaba como un viejo, y don Pedro como un muchacho.

El segundo día de hospedaje, desayunándose juntos, hablaron de política, que era en aquel tiempo la usual, la obligada comidilla, lo mismo al almuerzo que a la cena.

—¿Qué le parece a usted, amigo don Fernando? —dijo Hillo—. ¿Nos cumplirá ese señor Mendizábal todo lo que nos ha prometido? Porque ya ve usted si ha venido con ínfulas. Que acabará la guerra carlista en seis meses, y que para entonces no veremos un faccioso ni buscándolo con candil. Que pondrá término a la anarquía, cortando el revesino a todas las juntas. Que arreglará la Hacienda, y pronto rebosarán las arcas del Tesoro. Que hará de la España una nación tan grande y poderosa como la Inglaterra, y seremos todos felices, y nos atracaremos de libertad y orden, de pan y trabajo, de buenas leyes, justicia, religión, libertad de imprenta, luces, ciencia, y, en fin, de todo aquello que ahora no comemos ni hemos comido nunca.

III

—Yo, amigo Hillo, no entiendo este endiablado Madrid, ni puedo darle a usted una opinión sobre lo que me pregunta. Aún no he tomado tierra. Ahora vengo de Francia, y allí, puedo asegurarlo, los españoles que he conocido se hacen lenguas del señor Mendizábal, y ven en él a un hombre extraordinario, providencial, que ha de regenerar la España.

—¡Viene usted de Francia! —exclamó Hillo picado de curiosidad ardiente—. Y en Francia ha dejado a sus padres...

—Yo no tengo padres. No los he conocido nunca.

—Entonces tendrá usted tíos.

—Tampoco. Yo me crié en Vera, en casa de un sacerdote, que murió hace tres años. Sus hermanos me mandaron a París, a una casa de comercio. Un año he vivido en la capital de Francia. Después pasé a Olorón...

—Pero es usted español, seguramente.

—Creo que sí..., digo, sí: español soy.

—Habla usted nuestra lengua con gran corrección.

—Lo mismo hablo el francés.

Más avivada a cada momento la curiosidad del buen clérigo, arreció en sus preguntas:

—Y dígame, si no hay inconveniente en que yo lo sepa: ¿viene usted a estudiar una carrera, o a ocupar una placita en nuestra administración?

—Vengo a buscarme una manera de vivir honrada y modesta.

—¿Tiene usted aquí familia, parientes, amigos...?

—No lo sé... Creo que no..., creo que sí.

—Traerá usted cartas de recomendación.

—No, señor... Mis tíos (y llamo tíos al hermano y parientes del cura de Vera, en cuya casa me he criado) enviáronme a Madrid, sin decirme más que lo que va usted a oír: «Anda, hijo, que aquí no saldrás nunca de la pobreza oscura, y allá..., allá puedes encontrar protecciones donde y cuando menos lo pienses». Me hicieron el equipaje con la poca ropa que tenía, me costearon el viaje, diéronme algo para los primeros días, y aquí me tiene usted...

—Esperándolo todo de la suerte, de lo desconocido... ¡Ah, señor de Calpena, usted pitará! No le faltarán contratiempos, afanes; pero no es usted, me parece, de los que se ahogan en este piélago. Y dígame otra cosa: ¿ese buen párroco de Vera...?

—Un gran humanista, señor, más versado en los clásicos latinos y griegos que en Teología y Cánones.

—Bien se le conoce a usted, en su manera de expresarse, la sabia mano que le ha pulimentado.

—Sabía mucho mi padrino —dijo don Fernando con tristeza—; y aunque él se esforzó en darme todo su saber, yo no he tomado sino parte mínima.

—¿Modestia tenemos? Pues a mí me da en la nariz, señor don Fernandito, que usted ha de ser un grande hombre. Este tarambana de Nicomedes me aseguraba ayer que el porvenir será de los románticos, así en literatura como en política. Yo sostengo lo contrario. La sociedad se va hartando de contorsiones y de hipérboles, y el clasicismo, la corrección, la serenidad, la devoción de las buenas reglas, han de gobernar el mundo. ¿No cree usted lo mismo?

Don Fernando, profundamente abstraído, fijaba sus ojos en el ya vacío pocillo de chocolate.

—Yo no puedo tener opinión, no acierto aún a formar juicio de nada —murmuró al fin—: soy un chiquillo.

—Pues lo dicho... No sé por qué me figuro que entrará usted en esta diabólica villa con pie derecho. En todas las cosas y casos de la vida..., esto es observación mía, que no me falla..., los primeros pasos dan la norma de la suerte total.

—Pues si es así, amigo Hillo —dijo Calpena, revelando en su agraciado rostro más confusión que alegría—, yo he de ser el niño mimado de la fortuna, porque en mis primeros pasos en Madrid no piso más que flores.

Bien, hombre, bien: hay hombres predestinados a la dicha, como los hay al sufrimiento, y de estos, alguno conozco yo, sí, señor, y más de lo que quisiera... Y puedo asegurarle que no siento envidia de usted, siendo, como soy, desgraciado _a nativitate_. Créame: el suelo que yo piso es todo abrojos y guijarros cortantes... Pero ando..., ando siempre, y adelante. Lo repito: no soy envidioso, y cuando veo a un hombre con suerte, me alegro, le doy mis plácemes, y digo: «Bendito sea Dios, que, por hacer de todo, también hace seres felices».

—No estoy yo seguro de serlo, ni me fío de estas venturas, que bien podrían ser engañosas, traicioneras.

—No digo que no... Pero cuando viene la dicha, hay que tomarla sin remilgos. La Fortuna, deidad caprichuda, descaradota, se muestra más liberal con los que no se asustan de sus favores. Los modestos y encogiditos no le entran por el ojo derecho. Sea usted arrogante, acometedor; confíe en sí mismo y en su estrella; láncese sin miedo, _arrancando_, a toda clase de empresas, ya políticas, ya literarias, ya mercantiles, que de fijo en todas alcanzará la meta. Ejemplos, aunque no muchos, tiene usted aquí de hombres privilegiados que nacieron en la mayor humildad, y luego, mansamente, sin hacer nada por sí, se ven levantados del polvo y conducidos por manos de ángeles a los cielos de la prosperidad y de la gloria. Vea usted a este señor de Mendizábal, que se nos ha entrado por las puertas de España. Le encargaron a Inglaterra para ministro de Hacienda, como se encargan los niños a París, y por llegar, con la sola fuerza de su desahogo, que se impone a todo el mundo, se ha calzado la Presidencia del Consejo y cuatro ministerios. ¿Y quién es Mendizábal? Un hombre sin estudios, que no aprendió más que a leer y escribir, y algo de cuentas. ¿Pues qué es esto más que suerte? Y los afortunados, ¿qué son sino hombres que se pasan el mundo por debajo de la pata, y han tirado la modestia y los miramientos como se tira la careta de trapo que molesta y acalora el rostro?

—No estamos conformes —dijo don Fernando, más comedido en sus pocos años que el viejo Hillo— en esa manera de apreciar las causas del éxito en la vida pública. Además, no admito que el señor Mendizábal sea hombre tan ignorante, ni que carezca de autoridad para desempeñar uno, dos o media docena de ministerios. Cierto que no sabe latín; pero es muy práctico en asuntos mercantiles. Dígame usted, con la mano puesta en el corazón, si cree que para gobernar a los pueblos es indispensable tratar de tú a Horacio y Virgilio.

—¡Qué sé yo!... Una pasadita de Cicerón no les viene mal a los señores que andan en la política. Pero, en fin, concedo...

—Preveo el argumento que usted va a emplear ahora mismo, y me anticipo a refutarlo.

—Bien, hombre, bien —dijo gozoso don Pedro, sintiéndose maestro de Humanidades—. Ha empleado usted con verdadera elegancia una forma de raciocinio que los retóricos llamamos _prolepsis_... Eso es: anticiparse a la objeción, prevenir los argumentos del contrario, refutarlos antes que los emita...

—Justamente; y usted ahora, con maestría indudable, ha empleado la _expolición_ o _amplificación_...

—Que también llamamos _conmoración_..., ¿no es eso?

—Y que cuando degenera en abuso se denomina _tautología_ y _perisología_... Volviendo a mi _prolepsis_, prosigo. Usted me dirá que, si no es necesario saber latín para regir a las naciones, tampoco estriba la ciencia de gobierno en el arte o manejo de los negocios mercantiles; es decir, que si mal nos gobiernan los humanistas, no lo harán mejor los comerciantes.

—Efectivamente.

—A eso respondo que el señor Mendizábal no es un simple mercader, de esos que compran y venden géneros: es, si se me permite decirlo así, comerciante político, y no me busque usted en este concepto la _anfibología_, que no la hay. Comerciante político quiere decir: el que entiende de manejar el crédito de los países y distribuir su Hacienda, de imponer y recaudar tributos...

—El señor Mendizábal era el año 23 un traficante gaditano; menos aún, dependiente en la casa del señor Bertrán de Lis, y se metió a contratista de las provisiones del ejército, con lo cual hizo su pacotilla en pocos años.

—Sus opiniones avanzadas y la viveza de su genio, le arrastraron a la empresa de abastecer al ejército y marina en condiciones tales, que su servicio fue, más que negocio, un caso de abnegación y patriotismo. Todavía no se han liquidado aquellas cuentas, y las ganancias de don Juan de Dios, si las tuvo, están aún en poder de la nación.

—Porque usted lo dice lo creo... Persona de mi mayor confianza me ha contado a mí que Mendizábal, allá por el año 20, era en Cádiz un muchachón alborotado, bullanguero, de una intrepidez loca para las aventuras políticas. Él y otros tales no hacían más que conspirar en logias y cuarteles para que volviese la Constitución del 12, y destronar al rey o convertirlo en un monigote.

—Es verdad.

—Y que trabajó por la bandera que defendían Riego, Arco, Agüero, Quiroga...

—También es cierto. Todas aquellas trapisondas salían de la masonería, que ahora es una vieja pintada, y entonces era una mocetona llena de vida y seducciones, con las cuales enloquecía a la juventud.

—No me disgusta la imagen, señor mío. Adelante.

—En Cádiz existía lo que llamaban el _Soberano Capítulo_ y el _Sublime Taller_, y qué sé yo qué. De estos talleres y capítulos salían las conspiraciones para sublevar el ejército y derrocar la tiranía; de allí las trifulcas, las asonadas, los ríos de sangre... Mendizábal era masón, que en aquel tiempo era lo mismo que decir _político_. Si quiere usted más noticias, pídaselas a don Antonio Alcalá Galiano, que anduvo con él en aquellos trotes; al señor Istúriz, a don Vicente Bertrán de Lis...

—De donde se deduce, amigo Calpena —dijo el clérigo suspirando fuerte—, que el que pretenda en estos tiempos ser algo o conseguir alguna ventaja, aunque esta le corresponda de justicia, y lo intente sin agarrarse previamente a los faldones o a las faldas de esa gran púa de la masonería, es un simple o un loco.

—No diré yo tanto. Las cosas son como son.

—Tenga usted presente que hay logias liberales y logias absolutistas. Las primeras conspiran; las segundas también. Unas y otras introducen individuos suyos en la contraria, fingiéndose amigos, para sorprender secretos.

—Si, sí; y se pelean en las tinieblas de los ritos nefandos. De las unas salen los ejércitos sediciosos, que todo lo destruyen y profanan; de las otras los tribunales sanguinarios que levantan la horca. Así vive España..., hoy te fusilo, mañana te ahorco.

—Y vea usted. Si el 24 hubiera sufrido don Juan de Dios la suerte de su compinche Riego, hoy no tendríamos la dicha de que ese señor nos arreglara la Hacienda, y nos hiciera juiciosos y ricos.

—Porque escapó a Inglaterra.

—Le llamaba la banca más que la política.

—Se estableció en un país grande y libre, donde forzosamente había de aprender muchas cosas solo con tener ojos y ver, solo con tener oídos y oír.

—Sí, porque en los libros me parece que poco aprende su ídolo de usted. Le llamo así porque veo, amigo Calpena, que es usted de los devotos furibundos del _hombre nuevo_, y que conoce su vida y milagros, entendiendo por milagro lo que dicen ha hecho en Portugal.

—Algo sé del señor Mendizábal... Más de lo que usted piensa.

—¿Andan por el extranjero biografías del grande hombre?

—No he leído ninguna.

—¿Pues quién se lo ha contado?

—Él mismo.

—¡Le conoce usted..., le trata!

Al ver en el rostro de Calpena la sonrisa plácida y el movimiento afirmativo con que a su pregunta respondía, Hillo se quedó suspenso de estupor, de admiración... No daba crédito a tan inaudito caso de precocidad. ¡Tan joven, y haber tratado a Mendizábal, charlar con él, quizás poseer su confianza! Desde aquel momento vio el clérigo en su amiguito un ser extraordinario, misterioso. Aumentaban su fascinación la procedencia extranjera del joven; el no saberse quién era; la atención y exquisitos cuidados que le prodigaban los patrones, recatando sigilosamente el nombre de las personas que habían recomendado al nuevo huésped; la educación exquisita de este; su aire, belleza y modales aristocráticos... y, sobre todo, haber tratado a Mendizábal, y oír de él mismo la narración de episodios históricos y lances personales. Don Pedro se levantó de su asiento impulsado de la sorpresa, que como un resorte le movía, y dio pasos desordenados, repitiendo:

—¡Le conoce, le ha tratado!... Dígame, cuénteme: no deje que me abrase la curiosidad.

IV

—Allá voy —dijo Calpena indicando a su amigo que se sentara—. Paréceme haber contado a usted que los hermanos de mi padrino me mandaron a París a instruirme en el comercio y la banca. Empecé a trabajar, digo, a aprender, en la casa de comisión de Reischoffen y Bloss, alsacianos, donde solo estuve tres meses, pasando después a la célebre casa de banca de Ardoin, que opera por millones de millones, y hace empréstitos a las naciones apuradas, negociando con los estados y con los reyes, con los gobiernos y hasta con las revoluciones. En fin, esto es largo de contar. Allí estaba yo muy bien. Llevaba toda la correspondencia de la América española; me daban regular sueldo, y el principal me distinguía y me trataba con mucho miramiento. Un día de febrero vimos entrar a un señor alto y bien parecido, de ojos negros, cabello rizado, patillas cortas, muy elegante y pulcro. Al punto corrió la voz entre los dependientes:

—Es Mendizábal, el gran Mendizábal, el restaurador de la Monarquía legítima en Portugal...

Entró en el despacho del barón, nuestro jefe, y a la media hora este me llamó...

—Para presentarle al señor don Juan de Dios.

—No, señor: para mandarme que le acompañara por las calles de París, que yo conocía perfectamente, y el señor Mendizábal no. Tenía que ir a la casa Erlanger, _rue Drouot_, muy cerca de la nuestra, _Chaussée d’Antin_. Cojo mi sombrero, y me pongo a la disposición del hombre grande, en cuya compañía salí muy orgulloso. Por la calle me hizo mil preguntas: quién era yo, cómo se llamaban mis padres, cuánto tiempo llevaba de residencia en París y de aprendizaje en casa de Ardoin. Yo le contesté como pude, y al llegar a las oficinas de Erlanger me mandó esperar para que le condujese a otra parte.

—Nada, que le cayó usted en gracia —dijo Hillo restregándose las manos—. Así se empieza, así.

—Al salir de la visita me preguntó si sabía yo cuál era la mejor casa de París en guantes y perfumería, y le indiqué Damiani, en el boulevard Saint-Denis. Tomó el hombre un coche de alquiler, que allí llaman _fiacre_, y fuimos de compras. Debo decirle a usted que es algo presumido, y que gusta de acicalarse y lucir su buena figura. De la guantería fuimos a comprar un maletín de mano para viaje, con muchos compartimientos y algún secreto para papeles reservados. Compró también un calzador, tirantes y algunas otras baratijas que no recuerdo. Dejome en mi escritorio, y él se fue a su hotel, en la _rue de l’Arcade_, mostrándose en la despedida tan fino y al propio tiempo tan llano, que yo estaba encantado. Díjome que, siempre que no le convidasen, comería en el Palais Royal, en casa de Very, y se dignó invitarme, excusándome yo todo turbado y confuso.

—Esto se llama caer de pie, amigo mío, o nacer en Jueves Santo. Siga usted, que me parece que aún falta algo.

—Verá usted. A los dos días mandó un recado a mi principal, pidiéndole un buen amanuense español que escribiese corrido, con buena letra y mejor criterio. El barón me eligió a mí, y aquí me tiene usted, encerrado con el señor Mendizábal en una cómoda estancia del hotel _Meurice_, los dos frente a frente, con una mesa por medio, él dictando y yo escribiendo. Hombre más incansable no he visto en mi vida. Cinco horas me tuvo con la pluma en la mano. Dictó una larguísima carta a Martínez de la Rosa, otra al Conde de Toreno, y dos o tres a personas para mí desconocidas. Él estaba en bata, una bata elegantísima, y zapatillas de terciopelo, con las que lucía su pie pequeño, que parece de mujer. Casi era preciso escribir taquigrafía para poder seguirle. Expresaba su pensamiento con rapidez; rectificaba pocas veces; no se paraba en el estilo; iba derecho al asunto y a la idea, sin cuidarse de la forma. Mandome volver al día siguiente, y me dictó tres o cuatro decretos, uno de ellos suprimiendo las órdenes religiosas y haciendo tabla rasa de todos los frailes, monjas, clérigos y beatas que hay en estos reinos, estableciendo la reversión de todos los bienes al Estado para venderlos... y ¡qué sé yo!

—¡María Santísima! Pero eso sería broma.

—¿Broma? Ya verá usted las que gasta ese sujeto. No habíamos concluido aquella degollina de frailes y la repartición de sus riquezas, cuando entró un señor inglés, que debía de ser diplomático, pariente, sobrino, hijo quizás del embajador en Madrid, que no sé cómo se llama.

—_Mister_ o _sir_ Jorge Williers. Adelante.

—Y hablaron en inglés, y no entendí una palabra... Bueno: pues en esto son anunciados tres españoles, y don Juan les manda pasar. ¡Ay, qué alegría, qué abrazos, qué tarabillas, hablando todos a un tiempo! Evocaban recuerdos de la juventud, alababan lo pasado, denigraban lo presente con saña y cuchufletas... La conversación fue continuada en castellano, después de hacer Mendizábal con gran ceremonia la presentación del inglés a los españoles, y viceversa. Pregunté al señor don Juan si debía retirarme, y me mandó que me quedara, lo que me supo muy bien. ¡Qué gusto estar mano a mano con aquellos señorones, calladito, oyendo todo lo que decían, que era sabroso, picante y muy instructivo, pues yo poco o nada sabía de España! Mandó don Juan al mozo que sirviese vino de Porto, y con esto las lenguas se soltaron aún más de lo que estaban.

—Recordará usted los nombres de esos tres españoles, que de fijo hablarían pestes de su patria.

—Los nombres no los recuerdo; las caras, sí: de seguro son personajes de acá, y puede que alguno esté hoy en candelero. El uno puso de vuelta y media a ese Martínez de la Rosa; el otro no dejó hueso sano al conde de Toreno, que entonces era ministro, y el tercero le hincó el diente venenoso a la reina Cristina y a su marido don Fernando Muñoz.

—¡Lástima que usted no se fijara en los nombres!

—Continúo. Pues hablando, hablando de lo revuelto que está todo, de lo mal que gobiernan los que gobiernan, de las cosas gordas que se preparan, la conversación recayó en los asuntos de Portugal, y uno de ellos dijo que en Lisboa había salido un folleto poniendo de oro y azul a Mendizábal, y negando que tuviera arte ni parte en la restauración de doña María de la Gloria. Armose entonces gran tremolina. Don Juan Álvarez daba golpes en el brazo del sillón, acusando de envidiosos y calumniadores a algunos españoles residentes en Portugal; indignose el inglés, echando venablos en su lengua, y los otros atribuían todo a intrigas de los _moderados_ (no sé qué gente es esta que aquí llaman _moderada_), por arrojar lodo a la figura del grande hombre que se indicaba ya como el único que podía enderezar al país. No sé cuál de ellos manifestó no estar al corriente de lo de Portugal, por haber vivido fuera de la península durante los años de aquellas tremolinas... (paréceme que el tal es militar y de los que aquí llaman _ayacuchos_), y entonces don Juan Álvarez, a instancias de todos, refirió puntualmente las grandes empresas a que prestó su auxilio.

—Y se despacharía a su gusto, abultando los peligros, y presentándose como enviado de la Providencia divina.

—Solo puedo asegurarle a usted que en lo que relató se ve la verdad, así como una energía pasmosa, fecundidad de arbitrios, recursos ingeniosos, entusiasmo para encender más la voluntad, maña para suplir a la fuerza. Lo que sí me pareció notar es que el buen señor se regodea contando sus empresas: gusta de hablar de sí mismo, y de hacer ver que sin él no se hubiera hecho nada, lo que en muchos casos parecía verdad.