Part 17
—He salido del paso como he podido... No tenía más remedio que defender el _voto de confianza_, que es un resorte político y parlamentario muy recomendable en ocasiones como la presente... No sé de qué se maravillan estos señores moderados; si en el Parlamento inglés estamos viendo todos los días esta clase de concesiones amplias a la iniciativa gubernamental... Creo haber puesto la cuestión en su verdadero terreno... Ya se le habrá pasado el susto al pobre Mendizábal...
—Señor don Agustín —le dijo Iglesias con toda la franqueza compatible con el respeto—, es usted el hombre de más abnegación que existe en el mundo. Yo creí que ciertas virtudes eran incompatibles con la política; pero ya veo que no, ya veo que no.
—¿Por qué dice usted eso? —preguntó el _Patriarca de la libertad_, más risueño que sorprendido—. He cumplido con mi deber... Están ustedes soñando si creen...
—No les ha parecido esta buena ocasión para derribar el falso ídolo.
—Aquí no somos idólatras, amigo Iglesias: aquí no hay más que hombres de buena voluntad que trabajan por la libertad y el bien del país, cada cual según lo que puede y sabe...
Y acosado por la turba de felicitantes, siguió de grupo en grupo, perdiéndose entre el gentío. Trueba y Cossío, secretario de la Cámara, pasó saludando risueño; mas no quiso dar su opinión. En un grupo de ministeriales, de los empedernidos, claveteados de optimismo, decían:
—Argüelles haciendo equilibrios; Toreno velado, avieso, dejando traslucir, hoy más que nunca, su mala intención; Mendizábal admirable, diciendo claramente lo que debe decir, y callándose lo que le conviene reservar.
—Esta es la verdadera elocuencia parlamentaria, a la inglesa... Lo que yo digo: el Parlamento no es una academia. Aquí se viene a ilustrar las cuestiones.
Y más allá:
—Esto es una farsa. Lo que se quiere es desacreditar la representación nacional... poner en un conflicto a la corona...
—Y desquiciarlo y revolverlo todo, ya está visto, para traernos el reinado de la plebe...
—Que sigan así las cosas, y pronto tendremos que no hay más que dos partidos: la camisa sucia y la camisa limpia.
—Se ve venir el imperio de las chaquetas. Las levitas van a menos.
—No así las de _don Juan y Medio_, que cada día son más largas.
Salió al fin del tumulto don Pedro acompañando al joven Álvarez, y como este dijera que iba al café del Príncipe, _vulgo_ Parnasillo, se pegó a él, pretextando quehaceres en la misma calle, con la plausible intención de sonsacarle lo que supiera referente a Fernando. En la Carrera encontraron a Pepe Díaz, y estando con él de conversación, llegaron por la calle del Lobo otros dos, que Hillo no conocía. Eran Segovia y Juan Bautista Alonso, que traía bajo el brazo un rimero de poesías. Nada más frecuente entonces que ver a los mozalbetes por la calle cargados de paquetes de versos, como si vinieran de compras.
—Oye, tú —dijo Segovia a Miguel de los Santos cogiéndole de las solapas—, he visto a ese chico que me recomendaste, ese Eugenio...
—Hombre, sí..., excelente chico. ¡Qué simpático, qué modesto! Por cierto que no acabo de aprender su nombre.
—Ni yo. Espérate a ver si me acuerdo...
—Yo me acuerdo, yo —dijo Díaz rascándose la frente—. Un apellido endemoniado..., así como...
—Es hijo de un alemán —indicó Alonso—. Le conozco, sí... Su padre le ha hecho un flaco servicio llamándose como se llama.
—Ya me acuerdo..., _Arzen..., Arzin_...
—_Arzembuch_, escrito con _H_ y con _n_.
—Justo, así es —añadió Segovia—. Pues como te digo, el pobre muchacho no sabía qué hacer conmigo. Me llevó a su casa y me enseñó una obra... ¡Vaya una obra!
—¿En prosa o en verso?
—¿Pero qué dices ahí?... ¡Si era una mesa!
—¡Una mesa! Verdad que es carpintero antes que poeta.
—Si a la caoba llamas tú poesía, la mesa es una obra en verso.
—¿Y esa mesa no tenía cajón?
—Hombre, sí; y del cajón sacó cuatro tragedias y dos comedias del teatro antiguo barnizadas por él... _Los empeños de un acaso_ y _La confusión de un jardín_.
—Ya caigo —dijo Alonso—: es el autor de aquella famosa _Restauración de Madrid_ silbada horrorosamente en la Cruz hace dos o tres años.
—¡Pobre Eugenio! —exclamó Díaz—, es tan tímido, tan para poco, que no saldrá adelante, valiendo mucho y sabiendo lo que sabe.
—Pues veréis: entre las tragedias que sacó del cajón de la mesa, había un drama, los dos primeros actos de un drama...
—_Los Amantes de Teruel_... ¿Te los leyó?
—Empezaba yo a leer, cuando entró ese loquinario, ese Calpena, y... Él fue quien leyó, ¡pero con una entonación, chico...!, vamos, tan bien leía, que si nos encantó la obra, no nos maravilló menos el intérprete.
—Ya le he dicho —indicó Alonso— que debe dedicarse al teatro, a la escena. Sería un gran actor.
—¿Y dónde dejasteis a Calpena? —preguntó Álvarez.
—Con Eugenio ha ido al Príncipe, a ver el ensayo del _Antony_.
—Pues allá me voy... ¿Vamos?
Excusáronse Alonso y Díaz por tener quehaceres, que debían de ser poéticos; pero Segovia se agarró del brazo de Álvarez, con ánimo de acompañarle. Calle abajo se fueron dos, y los otros, con el pegadizo don Pedro, se metieron por la del Lobo. Por cierto que el buen presbítero, ya en la pista de su don Fernando, si por una parte se hallaba satisfecho de haber encontrado en Miguel de los Santos un diligente y afectuoso auxiliar de su campaña, por otra se sentía contrariado de tener que abandonar el campo, cuando tan favorables circunstancias aquella tarde le ofrecía el acaso, o la Divina Providencia. Al despedirse de Álvarez en la puerta del teatro por la calle del Lobo, le dijo apenadísimo:
—No saben cuánto siento no poder colarme con ustedes en el ensayo. Me gusta extraordinariamente ver ensayar... ¿Pero cómo entro vestido de cura? No puede ser. Otra vez será.
Y se fue triste y cabizbajo, diciendo a las baldosas de la calle: «Razón tiene la señora incógnita al recomendarme que para andar en estos trotes me vista de seglar... No más hábitos. Por san Juan Capistrano, mañana mismo los ahorco».
XXVII
Salió don Fernando Calpena del ensayo de _Antony_ con un grave aumento de la locura que ya por sus exaltados amores padecía, y al despedirse de su amigo Juan Eugenio en la esquina de la calle de las Huertas, le dijo que ni se había escrito ni se volvería a escribir un drama tan excelente, verdadero evangelio de los desheredados a quienes oprime la balumba del artificio social. El carpintero-poeta, cuya mente conservaba un excelso reposo, no expresó nada en contra de tan radical opinión; pero algo tenía que decir sin duda, solo que se lo reservaba para más adelante, cuando los años y la experiencia le dieran la autoridad de que entonces carecía. No hizo más que mirar a su amigo con aquella expresión de intensísima agudeza, que conservó hasta su vejez, y apretarle las manos. Al separarse le dijo:
—Tendré copiado el acto tercero el sábado, y en seguida podrás leerlo. Aparece Isabel en la primera escena, vestida para la boda... Luego entra don Rodrigo... En fin, ya lo verás. Adiós.
Y echó a correr hacia su casa, con pasito corto y vivaracho. Era pequeñín, todo nervios, con una cara ratonil, graciosa y llena de inteligencia, unos ojuelos que despedían lumbre, y una boca como la de los ángeles feos, que también los hay, según dicen. Calpena le miró alejarse, y melancólico se decía: «¿Por qué Dios no me dio a mí su talento?... Bien podía habérmelo dado, sin quitárselo a él..., bien podía...».
La transformación moral del enamorado joven se traslucía claramente en lo físico: había enflaquecido; sus ojos, que antes eran hermosos y alegres, brillaban después de la crisis con mayor hermosura, y su alegría era extraña combinación de zozobra y delirio. Hablaba con más viveza, amontonando ideas sobre ideas, empleando con frecuencia imágenes felices. Vestía con elegante descuido, olvidado ya del atildamiento presuntuoso que hacía de él un perfecto _estatuista_ en capullo. Dejaba crecer la negra melena y la mantenía crespa, indómita, dando a los rizos y mechones libertad para estirarse o encogerse como quisieran. Había llegado a adquirir, con estas y otras costumbres nuevas, un sello propio, personal, que le distinguía y señalaba entre sus amigos. Estos eran cada día en mayor número desde que se lanzó a la independencia, y los tomaba conforme le iban saliendo, aristócratas o plebeyos: se mezclaba en la turbamulta humana con indecible gozo, ávido de vivir, de ver, de apreciar y discernir, de ejercitar, en fin, toda la energía intelectual y moral que a raudales brotaba de todas las honduras de su alma renovada.
Hizo en aquellos días conocimiento con los Madrazos, Federico y Perico, el uno precoz artista, el otro escritor y poeta, ambos excelentes muchachos, entusiastas, locos por el arte y la belleza; con Ochoa, inseparable de aquellos y cofundador de _El Artista_, para el cual unos escribían y otros dibujaban; con Villalta, con Trueba y Cossío, político audacísimo al par que escritor bilingüe, pues lo mismo escribía en inglés que en español; con Dionisio Alcalá Galiano, hijo de don Antonio, uno de los jóvenes más despiertos y más inteligentes de aquel tiempo; con Revilla, Gonzalo Morón, Larrañaga y otros que en la literatura, en la crítica y en la política empezaban a bullir; con ambos Escosuras, con ambos Romeas, con Guzmán y Latorre; y al propio tiempo intimó más con Espronceda, Mesonero, Roca de Togores, Ventura, y otros que ya conocía. Aquella juventud, en medio de la generación turbulenta, camorrista y sanguinaria a que pertenecía, era como un rosal cuajado de flores en medio de un campo de cardos borriqueros, la esperanza en medio de la desesperación, la belleza y los aromas haciendo tolerable la fealdad mal oliente de la España de 1836.
Más firme cada día en la fe de sus amores, veía Calpena en Aura algo más que una mujer bella, veía la mujer misma, con todas las cualidades propias del sexo en grado superior. Por perfecta la tenía desde la punta del pie a la última mata del cabello; perfecta era también en su inteligencia, que exhalaba rayos; en su voluntad ardorosa, rebelde a los términos medios; en sus caprichos, que escondían una profunda psicología; en todo, señor, en todo, pues si Aura reía, toda la naturaleza se alegraba con ella, y si lloraba, cielo y tierra se cubrían de tristeza.
Pues, señor: bastantes días habían pasado desde el ensayo del _Antony_; bastantes, sí, porque ya se había estrenado el revolucionario drama de Dumas, cuando ocurrió lo que ahora se referirá. Ello fue al principiar febrero, pasadas las tremolinas parlamentarias de fin de enero, cuando se discutió la ley electoral y derrotaron al gobierno, y el señor de Mendizábal, entre la espada y la pared, no tuvo más remedio que disolver los Estamentos y convocar nuevas Cortes. Y como el diablo, cuando no tiene que hacer, se entretiene en coger moscas, don Juan de Dios, libre de la fatiga del Parlamento, que tan agobiado le traía, se dedicó a remover el personal de su ministerio: todo era traslaciones, cesantías, empleados que venían no se sabe de dónde; otros que se iban a sus casas a _mascar el vacío_, como dijo un cesante de aquel tiempo... En fin, que una tarde, hallándose Calpena en su oficina aburridísimo, esperando ansioso la hora, antes que esta llegó un antipático, maldecido papel... ¡Ay!, era nada menos que su traslación a Cádiz, a las secciones recientemente creadas para la Liquidación de Créditos. El efecto que esto le hizo fue deplorable: vio en ello la malquerencia de un oculto enemigo, y echaba pestes contra los malos gobiernos y contra el propio don Juan de Dios, a quien desde aquel día retiró su admiración y cariño.
En aquel estado de amargura y rabia le encontró Hillo una mañana, cuando de vuelta de misa disponíase a endilgar la ropa _corta_, para echarse a la calle.
—¡Pero, chico —le dijo—, si estás de enhorabuena! Vas a Cádiz, _la cuna de nuestras libertades_, como decís los patriotas, y allí vivirás como un príncipe, y harás conquistas, y beberás la rica manzanilla, y tienes ancho campo para conspirar con los Riegos de hogaño por la Constitución del 12.
—Ni usted sabe lo que se dice, ni yo voy a Cádiz —replicó Fernando de malísimo talante—. Pensaré de hoy a mañana lo que debo hacer, y se lo diré a usted... Veo la mano, sí; veo la mano que en las tinieblas me ha descargado este golpe de maza... Pero no caeré, no: si creen que voy a desplomarme, a rendirme y a pedir perdón, se equivocan. Abur.
Se marchó con esta seca despedida, y don Pedro no volvió a verle hasta el día siguiente. No pocas noches dormía fuera de casa. Leyendo dramas o charlando de literatura en casa de algún amigo, se le pasaban las horas insensiblemente, y sorprendido por la aurora en esta febril tarea, se quedaba dormidito en un sofá o en el santo suelo, ya en el hospedaje de Álvarez, ya en el de Pepe Díaz. También don Pedro andaba un poco salido: entre diez y once de la mañana se vestía de paisano y se lanzaba al divagar callejero; por tarde y noche frecuentaba los cafés, y hacía en unos y otros diversas amistades. En el de Solís encontró a Calpena con un chicarrón que iba cargado de dramas: le vio desde lejos, se acercó en el momento en que salía, le fue siguiendo, y, por fin, le dio alcance en la calle del Turco.
—Voy contigo —le dijo poniendo en práctica las instrucciones últimamente recibidas—. Tenemos que hablar. ¿No sabes lo que ocurre? Pues que mañana nos largamos.
—¿A dónde, mi reverendo amigo y capellán?
—A Cádiz: tengo yo también allí un asuntillo. ¡Qué oportunidad! Me acompañas y te acompaño.
—Irá usted solo. Mejor va uno solo que mal acompañado. Yo, señor don Pedro Hillo, no salgo de Madrid... Y no me ponga usted la cara fosca y patibularia, porque como no es usted mi padre, ni mi tío, ni menos mi abuelo, y tan solo es un amigo muy apreciable, yo no estoy en el caso de que usted me riña.
—Hombre, reñirte, no —repuso Hillo con mansedumbre—. Somos tan solo amigos, dices bien, y ninguna autoridad tengo sobre ti, como no sea la que me dan los años. ¡Triste autoridad!... Bueno, bueno: no quieres ir a Cádiz. _Ergo_, ¿renuncias a tu destino?
—Renuncio, sin _ergo_; presento la dimisión...; le digo al señor Mendizábal que vaya él si quiere...
—Pues, hijo, siento hacerte una observación que te va a saber muy mal..., pero qué remedio, es mi deber hacértela, para que medites el caso, y resuelvas según tu libérrima voluntad... Ya leo en tu cara que lo has adivinado. Palideces...
—Palidezco de verle a usted tan meticuloso, empleando rodeos y perífrasis para decirme algo que podrá ser amargo y triste, pero que no me anonada, no, señor, no me anonada...
—¿Sabes...?
—Y si no sé, sospecho... Vaya, suélteme usted pronto el rayo.
El bigardón que llevaba a cuestas mediano fardo de dramas y tragedias en cuatro y cinco actos, con prólogo y epílogo, comprendiendo que trataban de asunto delicado, se largó, dejándoles en su grave contienda en medio de la calle.
—Pues lo que debía suceder ha sucedido. La deidad próvida, la dulce enmascarada, nuestra grande amiga, nuestra...
—Hombre, acabe usted de una vez. Total, que se ha incomodado porque no quiero ir a Cádiz. ¿Y cómo sabe mi resolución?
—No la sabe, la teme, y dice en su última carta que si no vas, no cuentes más con ella.
—Creo —dijo Calpena con gravedad— que no falto a la gratitud respondiendo que no acepto la protección en esa forma despótica, altanera. Se obedece ciegamente a una madre, a un padre, aun cuando la obediencia nos destroce el corazón; pero ¿quién puede exigir que sacrifiquemos libertad, dignidad, vida, a los caprichos de un fantasma? ¿Que no es fantasma dice usted? Pues que se quite la gasa, el capuchón... Abandonado estuve, abandonado estoy... ¿Qué me ha dado el fantasma? ¿Me ha dado un nombre? ¿Me ha dado algo más que algunos trajes y algún dinero? ¡Y a cambio de estos beneficios, pide que me convierta en un párvulo sin voluntad, sin iniciativa para nada! Amigo Hillo, antes que el bienestar adquirido con una pasividad humillante, pueril, ridícula, quiero una pobreza con dignidad... No, no entra en mis ideas vivir de lo que se me arroja en mitad de la calle; soy joven, no me falta inteligencia: quiero vivir por mí y para mí...
—Todo eso está muy bien —dijo el clérigo—. Quieres trabajar, lucir tus facultades. ¡Magnífico! Pero, tonto, si con la protección del fantasma lo harás mejor que solo y abandonado. ¿A qué luchar desesperadamente, para sucumbir...? En cambio, con la base de tu destinito...
—No sea usted inocente, don Pedro. ¡El destinito! ¡Vivir amarrado al pesebre de la administración! ¿Pero no comprende usted que el que una vez prueba las facilidades de ese pesebre, ya está enviciado para toda la vida, ya no se pertenece, ya es una máquina que los ministros paran o echan a andar, según les acomoda? No, no me digan que sea máquina... En los empleos tiene usted la explicación de la inercia nacional, de esta parálisis que se traduce luego en ignorancia, en envidia, en pobreza...
—Muy bonito como teoría..., pero...
—De esto hablamos anoche largamente Larra y yo, y renegamos de los empleos, que son como el opio o el hastchís para esta nación viciosa, indolente. Por mi parte, digo que antes comerán en un mismo plato constitucionales y facciosos, antes se volverán chaquetas las levitas de don Juan Álvarez, que yo resignarme a ser toda mi vida funcionario público.
—Has empleado lindamente la figura que llamamos _imposible_ o _adynaton_.
—Déjese ya de retóricas, don Pedro. ¿Cree usted que están los tiempos para retóricas? Eso pasó. Aquí vendrá un desquiciamiento si no vienen nuevas ideas, aire nuevo, a regenerarnos...
Y abriendo los brazos en plena calle, parados uno frente a otro, dijo a su amigo:
—Déjeme usted ser libre, déjeme usted probar mis fuerzas... No quiero protección anónima. Si conoce usted a la divinidad encapuchada, dígale que quiero pertenecerme, pensar por mí mismo y poner en ejecución lo que pienso... ¿Que me estrello? Bueno. Pues estrellado y con media vida, podré decir: «¡Viva la independencia! ¡Viva la dignidad humana!».
XXVIII
Separáronse. A los pocos días se despidió Calpena de la casa de Méndez, porque en su nueva vida independiente, abandonado de la invisible protección, necesitaba aposentarse con mayor economía. Tanto Méndez como su hija y esposa con lágrimas en los ojos viéronle salir, y le abrumaron con amabilidades quejumbrosas, mostrando lástima de su partida, por un _punto de quijotismo_, como decía el patrón, el cual añadió a esta frase sanos consejos y exhortaciones atinadísimas.
—¡Vaya que dejar un empleo tan bueno por no ir a Cádiz! —clamaba doña Cayetana, oprimiéndose el pecho, que rebotaba contra la garganta.
—Y ¿por qué no han de dejarle aquí? —decía Delfinita bizcando más el ojo—. También es tema querer echarle de Madrid... Todo por una mala novia...
En fin, que el hombre se fue. Hillo no se hallaba en casa cuando estas patéticas escenas ocurrían. Y por cierto que andaba el tal curita hecho un paseante en corte, vestidito de seglar, con bastón y sombrero de copa, todo el santo día de mazo en calabazo, y no ciertamente en las mejores compañías. Muchos, ignorantes de los móviles de su conducta, le tenían por echado a perder; otros sospechaban que los jacobinos y masones le habían seducido, atrayéndole a sus conciliábulos oscuros. Su buen nombre eclesiástico no ganaba nada con esto; pero a él le importaba ya una higa la opinión clerical, y todo lo que no fuera el honrado objeto de sus trabajos y pesquisas.
Como Calpena no ocultaba su domicilio, calle de las Urosas, allá se iba don Pedro a diferentes horas, sin dar a sus visitas apariencias de persecución o de fisgoneo policiaco. Siempre buscaba un pretexto, comúnmente literario, y hasta llegó a fingir que escribía un _Florilegio de Refranes_, y que necesitaba compulsar textos muertos y vivos. Igualmente iba en busca de Miguel de los Santos; pero siempre con mala suerte: no se podía hacer carrera de aquel chico, dotado de excelsas cualidades, que desvirtuaba con su pereza.
—Miguelito —le decía Hillo, que al poco tiempo de amistad ya le tuteaba—, tú vales mucho y no serás nunca nada.
Acontecía no pocas veces que iba a buscarle a las nueve de la mañana y le encontraba en el primer sueño. Algunos días tomaba el desayuno a las cinco de la tarde. Con semejante vida, ¿qué había de hacer el hombre, ni de qué le valía su grande ingenio? No concluyó jamás nada de lo que empezaba. De sus propias obras se aburría, a fuerza de admirar las ajenas; amaba a sus amigos entrañablemente; de sí mismo no hacía ningún caso.
Lo que a Hillo mayormente le incomodaba era no encontrar en él eficaz ayuda para traer a Fernando al buen camino, y siempre que de esto le hablaba, salía el bueno de Miguelito con unas filosofías que dejaban helado al pobre don Pedro. Quería este aplicar a todo los principios que establecen el gobierno de los individuos por la familia, y de la familia por el Estado, organizando una especie de colegio universal, y Álvarez profesaba un donoso fatalismo con profundas raíces en su mente. Sacaba de quicio al buen capellán el humorismo con que Miguel de los Santos trataba las cosas más graves; aquella pachorra, aquel mirar tierno con que afirmaba el imperio absoluto, soberano, de la fatalidad. Todo pasa como debe pasar, y es inútil y ridículo pretender desviar personas y cosas del camino que les imprime la escondida fuerza que todo lo gobierna. De esto resulta que no debemos tomar a pechos ningún humano incidente. Desgracia y ventura no son más que términos de relación, convencionalismos. Así como no podemos influir en los fenómenos meteorológicos, nos está vedado el oponernos al fenómeno histórico, afecte a las naciones, afecte a los individuos... Lo único que sacó en limpio don Pedro fue alguna que otra noticia íntima referente a los amores de Calpena. La Zahón, que ya venía algo esquinada, sin que se sepa por qué, vio con malos ojos la renuncia que hizo Fernando de su destino: si primero le había tenido por príncipe con disfraz, luego le tuvo por un ladino pelagatos, que husmeaba la dote de Aura; y deseando poner punto en tales relaciones, empezó por limitar las entrevistas de los novios y dificultar el carteo. De todo esto resultaba la espantosa murria de Calpena en aquellos días. Su exaltada mente le sugería sin duda proyectos audaces, caballerescos, traduciendo a la realidad el peregrino enredo de los dramas románticos.
—¿Querrá usted creer —dijo Álvarez— que a nuestro amigo se le ha ocurrido aplicar al caso de la calle de Milaneses el procedimiento del narcótico? Sí..., dar a la señorita un bebedizo para que se quede tiesa y fría, simulando la muerte... Vamos, como en _Romeo y Julieta_ y en _Catalina Howard_, y luego cargar con la difunta, que no es difunta más que de mentirijillas, y... ya supondrá usted lo demás. De las distintas clases de raptos, pienso que no se le ha quedado ninguna por estudiar..., y ya verá usted cómo sale por algún registro inesperado, teatral, y a todos nos deja con la boca abierta.
Y mientras Miguelito poníale ante los ojos estas probables contingencias de trágicos lances, la invisible tutora le empujaba cada día con más apremio hacia el remolino que la voluntad y la pasión de Calpena iban formando. En una de las últimas comunicaciones de la _velada_, le decía entre otras cosas: