Part 19
—Sí que la mato —reiteró Aura, pasando bruscamente de la sensibilidad al insano furor homicida—. Dame el cuchillo, Cayetano; dámelo, y verás... ¿Para qué vive ese monstruo, ni qué falta hace en el mundo? Es un bien que yo le quite la vida, que para nada sirve. ¿No quiere ella matarme a mí? Pues véala yo muerta antes de morirme.
—No, no —dijo Lopresti escondiendo el cuchillo—: el matar es cosa fea y sucia. Se manchará de sangre la señorita, y esas manchas de sangre no se las quitará nunca, por más que se lave...
Vuelta a la llorera y a la aflicción intensísima.
—Mira tú, Cayetano: cuando hice intención de matarla y fui por el cuchillo, estaba yo tan decidida, que ya me parecía ver a Jacoba delante de mí, expirando..., sin derramar sangre, porque no la tiene... Yo la mataba de un golpe, así..., y le decía: «Villana mujer, ¿por qué quieres asesinar mi alma, matarnos a los dos de pena, de desesperación? Pues muérete ahora rabiando, y vete a donde puedas desplegar toda tu infamia, toda tu avaricia, toda tu maldad hipócrita: al infierno...».
Al decir esto, Aura apretaba los dientes; sus ojos despedían llamas, y accionaba fieramente con el puño cerrado. Los ronquidos de Jacoba eran en aquel instante de una intensidad aterradora.
—Y al entrar aquí —prosiguió la Negretti— pensaba yo que me sería muy difícil rematarla... ¿Quién hace pasar de la vida a la muerte todo aquel cuerpo lleno de jorobas? Sería preciso un hacha, ¿verdad, Cayetano...? Porque nada adelantábamos con querer darle en el corazón, porque no lo tiene... Solo conseguiría yo matarle una o dos jorobas..., ¡y ella siempre viva!... Es muy grande esa mujer... Hay en ella mujeres muchas, una dentro de otra, y todas malas, muy malas, a cual peor... Matas una, y siempre queda mujer, o demonio, para martirizarme y volverme loca... Sí, sí, tienes razón: mejor es que no la mate... ¿A qué, si ha de morirse pronto?... Le haremos un buen entierro, Cayetano, y le meteremos en la caja todos sus diamantes, perlas y rubíes para que se vaya contenta.
—Eso no, carambito... Quédense las piedras acá... En la otra vida no sirven más que para hacer peso en el que las lleva y no dejar que se salve...
—Esta no se salva ni con peso ni sin él... En el infierno le recamarán el cuerpo con carbones encendidos, y le darán a comer esmeraldas fundidas, calentitas, y por cada ojo le meterán brillantes tallados en pico...
Con esto se iba tranquilizando la pobre Aura, y empezaba a sentir calmado el horrendo desvarío, repercusión insana del amor en su caldeado cerebro. Pasábase la mano por su frente ardorosa y por toda la cabeza, sentándose el pelo, y con aquellos pases diríase que se suavizaba su furia y se dispersaban las ideas de exterminio,.
—¿Pero quién es esta mujer maldita —dijo en tono más humano— para querer tiranizarme a mí, para imponerme su voluntad? ¡Si yo no tengo por qué obedecerla, si no es madre, ni tía siquiera, ni nada! Bueno que su marido, si viviera, me mandase... Pero esta, este galápago codicioso, ¿por qué se mete a decidir de mi suerte? ¿Qué razón hay para que no la decida yo misma?... ¡Ah, qué desgraciada soy, y qué bien haría Dios en quitarme la vida esta noche, a mí y a Fernando juntos, pues ni morirme..., mira tú, ni morirme quiero sin él!...
Rompió en lágrimas amargas, y Lopresti, en el colmo de la compasión, no acertaba a darle consuelo.
—Sí, sí —dijo Aura bebiéndose su llanto—, mañana moriremos los dos... Lo hemos decidido y lo haremos... Cuando es imposible la vida juntos, el morir unidos es un bien, un gozo... Nuestras almas subirán abrazadas al cielo, y abrazadas estarán por toda la eternidad... Mañana, mañana mismo; ni un día más...
—¡Morirse, matarse..., cosa fea! —exclamó el maltés con el más agudo registro de su voz mujeril—. Mala es esta vida; pero... ¿y si la otra es peor? Nadie ha vuelto para decirlo... Verdaderamente que hay vidas aquí tan arrastradas, que le dan a uno ganas de arrojárselas a la muerte... Pero usted, señorita Aurora, y el señor don Fernando, no están de muerte... todavía... ¡Pues si yo fuera él, si yo fuera usted, cualquier día me mataba! ¡Él tan guapo, usted tan hermosa...! ¡Ay, quién fuera ustedes!...
Y pasando de la compasión de sí mismo a la suprema piedad por los dos amantes, arrimó más su silla a la de Aurora, bajó la voz todo lo que permitía el estruendo de los ronquidos del ama, y dijo:
—A la niña le pasan estas amarguras porque quiere. Cierto que doña Jacoba no debe imperar en usted. Manda porque la dejan. La autoridad no la tiene ella, la tiene otro que está más arriba, mucho más arriba... En fin, mi doña Aurorita saldría del despotismo de este _coco_ si hiciera caso de mí... Usted no discurre, señorita; yo sí... Usted no tiene más que amor, amor y venga más amor, y yo calculo...
—¿Qué calculas tú?... ¿Piensas lo que a mí pueda interesarme? —preguntó Aurora tardando mucho en comprender la idea del maltés.
—Ayer tarde, cuando usted se emperró a llorar, después de lo que la señora le dijo, yo, desde aquel rincón, le hacía a usted señas para que no se apurase... y tuviera calma y hablara conmigo. Yo calculaba... Porque no ha de ser todo amor..., es preciso cálculo, señorita, cálculo.
—Que me muera ahora mismo si te entiendo.
—Quise entrar en su cuarto con el aquel de llevarle una taza de tila; pero la niña se había encerrado por dentro, y, naturalmente, no entré... Pues si me hubiera dejado entrar, le hubiera dicho lo que yo calculaba, lo que voy a decirle ahora para que se sosiegue y tenga esperanza de salvación... ¡Qué! ¿Por qué me come con los ojos?... Ahora se lo digo; pero prométame antes hacer lo que yo aconseje...
Diciendo esto, le acercaba el tintero y le ponía delante la carpeta en que había escrito la Zahón:
—Tonto, más que tonto. ¿Me mandas que le escriba? Si ya lo hice esta tarde, diciéndole que sí, que nos mataríamos, que preparase todo... ¿No llevaste la carta?
—Chitón..., aquí no se habla... Ha prometido la señorita hacer lo que yo mande. En guardia. Aquí tiene papel, pluma... Cójala y escriba lo que yo le diga.
—¿Pero a quién?...
—Ponga... clarito..., con buena letra: _Señor don Juan Álvarez Mendizábal_...
Absorta le miró Aura, posesionándose en un instante de las ideas que bullían en el cerebro del maltés, y lanzó una exclamación de gozo, como el que, perdido en tenebrosa noche, ve de súbito la luz que ha de guiarle.
—¡Qué gran idea, Cayetano!... ¡Qué gran idea! ¿Lo has cavilado tú?... ¿Por qué no me lo habías dicho?
—Si los enamorados, en vez de pensar en la muerte, calcularan... Pero ¿qué han de calcular, si están locos?...
—Es verdad. ¡Qué gran idea! ¡Dios mío, qué alegría, qué esperanza!... ¿A quién he de pedir amparo más que al grande amigo de mi padre..., al que...?
—Doña Jacoba le ha escrito también esta noche.
—¿Qué me cuentas?...
—No importa. Puede que el _Excelentísimo_ reciba la carta de usted antes que la de ella. Eso es cosa mía. El _coco_ manda su carta por Milagro. La de la señorita la mandaré yo por Méndez, mi amigo Méndez, portero en Hacienda. Vamos, vamos, no perder tiempo.
—¿Y qué le digo?... Cayetano, yo que acabo de estar loca, que casi lo estoy todavía, no acierto a discurrir nada.
—Ponga... _Señor_, o _Excelentísimo señor: soy la hija de Jenaro Negretti_... Así, empezar con un golpe bueno: _soy la hija de Negretti, y_...
—Y...
—Y... ahora vaya poniendo todito lo que le pasa.
Meditó la huérfana un rato, mordiendo las barbas de la pluma, y no tardó en sentir la inundación de ideas en su cerebro, de que eran señal segura la coloración de sus mejillas y el júbilo que flameaba en sus hermosísimos ojos...
—Ya, ya... No necesitas dictarme, Cayetano. Ya calculo..., ya sé lo que tengo que decir.
Y escribió con más inspiración que soltura, sin quitar los ojos del papel, haciendo con sus labios unos hociquitos muy monos.
XXX
No se abatía con los reveses el animoso espíritu de don Juan Álvarez, ni por un tropiezo parlamentario, o por la defección de media docena de amigos a quienes tuvo por incondicionales, dejaba de creer que su buena estrella triunfaría de todo, llevándole al cumplimiento de las promesas hechas a la nación. La confianza en sí mismo no le abandonaba nunca. Formábanla el conocimiento de las energías que atesoraba su voluntad, y los recuerdos de sus éxitos anteriores, todo ello amalgamado con un poquito de soberbia. En su gigantesca estatura, que dominaba los cuerpecillos de sus compañeros de Estatuto como el alto ciprés a los helechos humildes, veía un simbolismo de la supremacía de su voluntad. Fe ciega tenía en su entendimiento, más fecundo en recursos sagaces, en mañosos ardides que en concepciones hondas. Verdad que la política de entonces, como la de ahora, no era terreno propio para lucir las supremas dotes de la inteligencia: era un arte de triquiñuelas y de marrullerías. En la oposición sí desplegaban los políticos una ideación fastuosa, con carácter teórico, que deslumbraba a los papanatas del partido y a la parte de opinión neutral que toma en serio las batallas oratorias, comúnmente sin sacar nada en limpio de ellas; pero gobernando no eran más que unos pobres caciques, unos manipuladores más o menos hábiles del teclado de la cosa pública, en pro de intereses siempre inferiores a los supremos de la nación.
Cierto que Mendizábal tuvo alguna idea grande, y que su ambición, en vez de limitarse, como la de otros, a prolongar todo lo posible las maniobras caciquiles, picaba en los altos fines nacionales; pero no le asistió la inteligencia en proporción de la magnitud de su deseo. Buena es la fecundidad en arbitrios, buenos el ingenio y la travesura; pero el perfecto hombre de Estado, _rara avis_, debe unir a tales dotes otras de carácter sintético. La vista de Mendizábal solía percibir los remotos ideales; pero no discernía bien el camino para llegar a ellos, no poseía la completa y audaz visión del hombre de Estado, el cual necesita saber mirar, sin cegarse, lo mismo al sol que al polvo.
Las trapatiestas parlamentarias de la ley electoral, que terminaron con la derrota de don Juan de Dios, y el compromiso de proponer a la reina la disolución de los Estamentos, quebrantaron los ánimos del primer ministro. Verdad que la batalla había sido ruda. La cuestión electoral fue entregada sin detenido estudio a las iniciativas de una ponencia, compuesta de cinco procuradores mal elegidos. Todo era desconcierto, imprevisión, ignorancia de los métodos de gobernar. Salió, pues, un grande ciempiés, que veían con gozo los moderados. En el partido de Mendizábal no faltaba gente práctica; pero no supo o no quiso prestarle ayuda, ilustrándole en el procedimiento parlamentario para sacar adelante las leyes, y el hombre pasó las de Caín en una mortal semana de estériles y rencorosos debates. Sobre si la elección debía ser directa o indirecta, por provincias o por distritos, sobre si se daría o no voto a las capacidades, estuvieron aquellos hombres, como locos, agotando toda la retórica insustancial que viene siendo la función abusiva de los cerebros políticos, y ha concluido por esterilizarlos.
No tuvo más remedio el Jefe del Gabinete, al término de esta desdichada campaña, que disolver los Estamentos. La reina no le puso obstáculo, y próceres y procuradores fueron mandados a sus casas. En la brega perdió _don Juan y Medio_ la amistad de sus dos más ardientes defensores, Istúriz y Alcalá Galiano, en quienes ya, desde diciembre, se columbraban las ganitas de formar rancho aparte; juego escénico que ha llegado a constituir el resorte más rutinario y más amanerado de nuestra fastidiosa comedia política. Aunque a Mendizábal le llegó al alma esta defección, no por eso se acobardó, y aún soñaba con que el nuevo Estamento le proporcionaría medios eficaces de realizar sus grandes propósitos. Pero si no desmayaba en sus alientos y ambiciones, físicamente se sentía fatigado, pues la tarea de los últimos días de enero y de los comienzos de febrero fue para rendir a un gigante. Bien se le traslucía el cansancio en la palidez del rostro, y también en la inclinación de su cuerpo, ya no tan espigado como cuando nos vino de Inglaterra radiante de esperanzas. El buen señor propendía más a la meditación; gustaba de la soledad, donde pudiese ahondar en los graves problemas que la realidad le ofrecía; mostraba menos confianza en las personas circunstantes, y un poquito de asco de la adulación, de aquel incienso continuo con que algunos se recomendaban a su benevolencia. En tal situación moral y física le encontramos una noche en su despacho, a hora muy alta de la noche, engolfado en diversos asuntos apremiantes, queriendo resolverlos todos, y aplicando desordenadamente su atención a este y al otro con voluble inquietud. Había comido en casa de Seoane, retirándose después a su ministerio con varios amigos, a quienes despidió para poder trabajar. Deslizábase el tiempo entre la actividad febril y súbitas caídas en la sima de la meditación. Escribía, soltaba la pluma, revolvía papeles. Su pensamiento iba de un asunto a otro, ondulante, vagabundo, como mariposa que no sabe en qué flor quedarse. A lo mejor se posaba en una idea y en ella permanecía, perdiéndose en un discurrir opaco, dulce imaginar que casi tocaba en la somnolencia.
«Este Córdova..., este Córdova... —decía entre dientes escribiendo al general en jefe del ejército del Norte—. ¿Será cierto que es la clave de la situación? ¿Será cierto que vivimos en el gobierno porque nos tolera, y que moriremos cuando se canse de vernos vivos?». Y luego escribía, interrumpiéndose a menudo para pensar los conceptos, cosa nueva en él, pues comúnmente enjaretaba un largo escrito como el buen nadador que aguanta mucho tiempo en las profundidades sin tomar aliento. Antes de terminar la carta al general, la dejó para leer párrafos de otras ya leídas, que quería recordar... Y de pronto contemplaba con vago mirar un montoncito de cartas que aún no habían sido abiertas: las removía, se fijaba en los sobrescritos... Apareció de pronto un portero con dos más, y al poco rato volvió con otra que dejó sobre la mesa, sin que el señor ministro se dignara mirarla.
Cerrando por fin los pliegos para Córdova, cayó la mente de don Juan en un sombrío bache de ideas que le tuvieron suspenso, fija la vista en los diferentes papeles que en la mesa había, sin ver nada. He aquí lo que pensaba: «Olózaga acaba de decírmelo, y no me decido a creerlo... En Palacio están hartos de mí..., estoy caído ya... Gobierno aún porque no han encontrado el modo, decoroso para ellos, de ponerme en la calle... Esto no puede ser. Olózaga es muy mal pensado, y tiene en la masa de la sangre el odio a los Borbones... La reina me ha recibido hoy con visibles muestras de aprecio... ¿Pero quién se fía...? Será o no será sincera... ¡Dichosos reyes!... y nosotros medio locos aquí por defenderles, por sostenerles en el trono; nosotros muriendo para que ellos vivan... No, no es verdad que esté acordada mi caída, ni mi sustitución por Córdova o Martínez de la Rosa. Creo en la lealtad de Córdova..., que en su última carta, concretándose a cosas militares, nada me dice de política... En Martínez lo creo..., de Toreno todo lo temo; los fabricantes del Estatuto se mueren de tristeza lejos del poder... Los señoritos esos de la _suprema inteligencia_ no acaban de persuadirse de que el país no existe exclusivamente para ellos... El país, _señores del anillo_, no es un fraque hecho a vuestra medida... el país...». Estimulado al trabajo por un aguijonazo de su voluntad, pasó la vista por otra carta, y quiso contestarla; pero no tardó en distraerse de nuevo, pensando: «Debe de estar en lo cierto Olózaga... Como que me lo ha dicho también Seoane... El señor don Fernando Muñoz, a quien Romero Alpuente llama con mucha gracia _Fernando Octavo_, no se recata para hablar pestes de mí: me llama _déspota_, y a Castroterreño le dijo que yo soy un _Calígula_... ¡Calígula!... Este buen señor sabe menos historia que yo. ¡Llamarme Calígula porque me apoyo en la voluntad del pueblo, porque me inflama el amor del pueblo, porque con y para el pueblo me propongo llevar hasta el fin mis planes...! Aguárdese usted un poco, señor Muñoz, buen caballero y amigo mío. Gusta usted, según dicen, de acercarse a los corrillos de las tertulias aristocráticas y palatinas, y aplicar el oído y enterarse de lo que charlan, para dar traslado _al Ama_, como usted dice... Pues lléguese usted aquí y óigame esto que el _Ama_ debe saber... Juan Álvarez Mendizábal ha caído en desgracia porque no quiere la cooperación francesa para terminar la guerra, porque no accede ni accederá a que _Palacio_ nos traiga acá otro duque de Angulema, que es lo que allí pretenden...». Rápidamente giraba de un punto a otro su pensamiento... La memoria le punzaba, haciendo dar a su atención un salto atrás. «Se me olvidó decir a Córdova que no deje de poner diez mil bayonetas en el Baztán..., explicarle los motivos por que prefiero la intervención inglesa a la francesa...». Y no tardó en enlazar esta idea con otra: «Williers me apoya, Williers no me falta. Bien claro me lo dijo anoche, añadiendo que no recele de Córdova. Él y Córdova son uña y carne. Se escriben todos los días... Pero me decía en París mi amigo Maury, el poeta, que no me fíe nunca de los diplomáticos. Esta noche, charlando en casa de Seoane, dijo aquel joven, secretario que fue de Ofalia, no recuerdo su nombre..., dijo que Williers juega con dos cartas... Yo no hice caso... Confío en Williers. Su apoyo es sincero. ¡Que no tenga uno, en esta posición, un lente milagroso para ver las almas, para ver el pensamiento de los que nos hablan!».
Y divagando siempre, encontrose frente _al Ama_, y le dijo: «Señora Ama, para que Vuestra Majestad se ahorre el pretexto de que no hago nada, voy a demostrar ahora que no quiero que la posteridad ignore quién ha sido Mendizábal... Todo lo paso, menos que los niños de las escuelas, dentro de cincuenta años, pregunten: “¿Quién fue ese Mendizábal?...”». Buscó en la mesa un papel que le habían traído poco antes para que lo examinara, por si deseaba corregir algo en él, y no hallándolo tan fácilmente como creía, se impacientó. «... Es mucho cuento... ¡Si lo tuve en mi mano hace dos minutos...! ¡Ah, no me negará la señora reina que está influida por el embajador de Francia...! Menudean las cartas del hijo de _Igualdad_... ¡Francia, Francia! De allí ha venido siempre la perdición de nuestros reyes borbónicos... ¡Francia...! ¿Pero dónde lo he puesto, señor...? Y de los de acá, Martínez es el inspirador de Vuestra Majestad. Reconozco lealmente que Martínez es un hombre honrado..., pero..., padre del Estatuto, le molesta que mi personalidad anule su personalidad... Yo no he fabricado Estatutos; pero sé hacer países... Yo no soy poeta; pero soy hacendista, y en este momento voy a cantar una oda, que no le cabe en la cabeza al señor Martínez..., porque yo, señor Martínez, no sabré latín; pero sé... ¡Ah! aquí está... ¿Pero dónde te habías metido, papel? ¿Quién te puso en este montoncito de las cartas de mujeres?...».
Fijó su atención en el largo escrito, y leyó cuidadosamente, recreándose en cada párrafo, en cada palabra, en cada letra. El preámbulo era frío, despiadado, cruel. El artículo primero, semejante a una inmensa hoz, decía con aterrador laconismo: «Quedan suprimidos todos los monasterios, conventos, colegios, congregaciones y demás casas de comunidad o de instituto religioso de varones, inclusas las de clérigos regulares y las de las cuatro órdenes militares existentes en la Península, islas adyacentes y posesiones de España en África...».
Continuando la detenida lectura, algo hubo de encontrar en el artículo quinto que no le gustaba. Trazó la enmienda entre líneas, y después de borrar y escribir de nuevo al margen, tiró de la campanilla. A poco de penetrar el portero y de recibir una breve orden del ministro, presentose un señor de mezquina estatura, con anteojos de oro sobre el huesudo caballete de su nariz de trompa; traía en la mano un papel semejante al que don Juan de Dios acababa de leer.
—Mire usted, Sánchez —le dijo el ministro dándole el decreto—, hay que modificar la disposición referente a los conventos de monjas que deben quedar. No están claras las atribuciones de las juntas que han de determinar el número de religiosas... Prevengamos las malas interpretaciones, los abusos. Vea usted cómo he redactado el párrafo segundo del artículo quinto... Ponerlo todo en limpio y que lo vea Argüelles... Ese otro decreto (el que Sánchez le traía recién copiado), no necesita más enmienda. Perfectamente claro y preciso...
Recreose también en su texto, fríamente ejecutivo, revolucionario. Como quien no rompe un plato, el artículo primero decía: «Quedan declarados en venta, desde ahora, todos los bienes raíces de cualquier clase que hubiesen pertenecido a las comunidades y corporaciones religiosas extinguidas, y los demás que hayan sido adjudicados a la nación por cualquier título o motivo, y también los que en adelante lo fueren, desde el acto de su adjudicación».
—¿No tenemos ya nada que corregir aquí? —preguntó el de la aventajada nariz.
—Absolutamente nada.
—¿De modo que...?
—A la _Gaceta_ con él...
—¡A la _Gaceta_! —replicó el funcionario, recogiendo de manos de su jefe el terrible documento.
—Daremos el otro dentro de unos días... Me lo trae usted mañana, puesto en limpio... Y ahora... Media noche ya..., pueden ustedes retirarse... Yo me quedaré un rato más examinando esta correspondencia... Que se aguarde Milagro.
Volvió a quedarse solo; y tan grande excitación sentía, que tuvo que espaciar sus ideas y sacudir sus nervios, paseándose de largo a largo en la vasta pieza. «¡Para que digan que no hago nada!... ¡Qué revolución, qué colosal sacudimiento!... Entrego a la clase media... _cuatro mil millones_..., ¿qué digo? más, mucho más». Volvió a la mesa, y rápidamente trazó algunos números... «_Seis, siete mil millones_, y aún me quedo corto...». Mirando al espacio, quedose como en un embeleso dulce o embriaguez financiera... Su mente se lanzaba a las presunciones del porvenir, nadando en un océano tan revuelto como profundo, con olas de cifras cada vez más hinchadas...
XXXI
Otra vez en su mesa el señor don Juan, incansable, desvelado... Adquirida la costumbre de trasnochar, no le apuntaba el sueño hasta la madrugada. En las altas horas de la noche sentía sus facultades más claras, su ingenio más agudo, y extraordinariamente aumentada su fecundidad de recursos expeditivos, de mañosas tretas, para escamotear las dificultades antes que para vencerlas.
—Que venga Milagro.
Y al punto se presentó el buen don José con varias cartas a la firma. Firmó Mendizábal, y entregó cuatro más que requerían contestación. Eran todas referentes a negocios electorales. Este pedía la procuración para sí; aquel para su pariente o amigo. Quién solicitaba humildemente; quién reclamaba con soberbia mal envuelta en cortesía, alegando servicios a la libertad y una larga historia bullanguera. A unos se les contestaba con el _perdone, hermano_, a otros se ofrecían esperanzas bien rebozaditas, y ciertos y determinados nombres sacaban tajada, seguridades de éxito.