Part 11
Replicó el mancebo (pues hombre era por la facha, aunque la voz de tiple lo contrario declarase) que la tal Aurorita había salido de paseo con la señora y niñas de Milagro, y con otras cuyo nombre no recordaba, hermanas de un sargento de la Guardia Real; y en tanto, abría la puerta de la sala, que más bien era tienda, por las dos mesas, con trazas de mostradores, que en ella había, y los armarios de forma pesada y robusta, cerrados con fuertes herrajes, guardando con avaricia sigilosa tesoros o secretos. Dos o tres sillones de vaqueta, de un uso secular, claveteados y lustrosos, y un par de sillas eran los únicos muebles que en tan extraña sala brindaban comodidad al visitante. Acomodose Maturana en un sillón, y Calpena en una silla, dejando al fin sobre la mesa su enojosa carga, y aguardaron silenciosos, hasta que el diamantista, sacando su tabaquera de concha, tomó un polvito, después de ofrecer al joven, que hubo de excusarse graciosamente. La conversación se reanudó en el mismo punto en que había quedado al subir la escalera.
—La buena señora —dijo Maturana oliendo el rapé con la mayor finura y encandilando los ojuelos— se empeñó en que todo había de ser zafiros... y mi padre y mis tíos estuvieron tres meses y medio buscándolos de gran tamaño... Y que escaseaban en aquel tiempo los zafiros y se pagaban bien, como ahora las esmeraldas.
—Escasean las esmeraldas..., ya —dijo Calpena, solo porque la cortesía le obligaba a decir algo.
—Se han pagado en los últimos años a doce y catorce duros quilate, las de buen tamaño..., ya ve usted. Algo bajaron de precio cuando don Pedro de Portugal vendió su soberbia colección, en los apuros de la Regencia en las Islas Terceras... Y a propósito... Este recuerdo de don Pedro y doña María de la Gloria (que por cierto ha recuperado parte de las esmeraldas y aguamarinas de la corona de Portugal); este recuerdo, digo, me trae a la memoria al señor de Mendizábal... ¿Es cierto que usted...? Si es impertinente mi pregunta, no digo nada.
—Hable usted.
—Es que... me habían asegurado que es usted el ídolo del señor ministro; el niño mimado, vamos...
Apresurábase don Fernando a desmentir tan absurda especie, que no por primera vez oía, y cuyo origen atribuyó a las hablillas y murmuraciones oficinescas, cuando sintieron ruido y voces en las habitaciones inmediatas. Maturana se acercó a la puerta, y entreabriéndola, dijo:
—¿Qué es eso, Lopresti? ¿Se levanta la señora?
Y la voz de tiple contestó desde dentro:
—Allá va...
Momentos después, entraba en la sala doña Jacoba Zahón, apoyada por la izquierda en el fámulo, por la derecha en un grueso bastón, y con difícil paso, marcado por lamentos y suspiros, llegó hasta soltar sobre un sillón la dolorosa carga de su cuerpo. Antes de saludar a Calpena, despidió al de la voz aguda con expresiones displicentes de ama de casa que gasta mal genio:
—Entretente ahora con tus costuras, y olvídate de tus obligaciones, como ayer, que nos diste de cenar a las nueve de la noche... ¡Ay, si yo recobrara mi salud y pudiera estar en todo, cómo te haría andar derecho!... Anda..., holgazán, lávame los pañuelos... A las seis, el vinito con la medicina...
Volvió después su rostro hacia Calpena, y le saludó con graciosa sonrisa, mostrando al joven su senil y enfermiza hermosura, que enormemente contrastaba con su desgraciado cuerpo. Ofrecía su cabeza un exactísimo parecido con la de María Antonieta; mas por el color exangüe y la extremada delgadez del interesante rostro era la cabeza de la infeliz reina después de cortada, tal como nos la ha transmitido la auténtica mascarilla de cera existente en un célebre museo. Don Fernando sintió frío al contemplar aquel rostro tan fino y transparente, de un perfil distinguidísimo, apagados los ojos, lívido el labio, mostrando una dentadura en buena conservación. El cabello era gris, y para que resaltara mayor la terrible semejanza con la decapitada reina, se sujetaba dentro de una escofieta blanca. El cuerpo no debiera llamarse feo, sino monstruoso: cada hombro a diferente altura, corvo el espinazo. Se envolvía en una cachemira muy usada, bajo la cual aparecían la falda de estameña oscura, y los zapatos de paño, holgadísimos, pertenecientes sin duda a su difunto esposo. A la cara correspondían las manos, también de cera, finísimas, bien marcadas las falanges bajo una piel sedosa; las uñas no muy cortas, pero limpias: lucía en sus dedos una sortija negra, con un hermosísimo _ópalo de fuego_ de gran tamaño.
—Usted me dispensará, señor Calpena —dijo con voz dulce, musical, que casi daba tonos de italiano al español correctísimo que hablaba—, que haya tardado tanto en avisarle... Que hoy, que mañana... Pero la carta de _Aline_ llegó cuando yo me hallaba en lo peor del ataque. Esta maldita ciática me tenía en un grito. Y el año pasado las paletillas..., después todo el esqueleto... Ay, si le dijeran a usted, señor de Calpena, que yo he sido una mujer esbeltísima, se echaría a reír... Vea usted los estragos del reuma en estos pobres huesos... Pues sí, _Aline_ me decía... Y ayer el amigo Maturana, al llegar de su viaje, me decía... En fin, que celebro infinito ver a usted en mi casa, y le agradezco la atención de traerme por su propia mano la caja.
Por iniciativa de Maturana, se procedió a la apertura del paquete, rompiendo los hilos que sujetaban el papel que lo envolvía. En tanto Jacoba continuaba:
—Por el amigo Milagro he tenido noticias de usted, y sé que está en gran predicamento con el señor de Mendizábal... No, no lo niegue. Ya sé que es usted la misma modestia... Pues el señor don Juan, en la posición que hoy ocupa, no se acordará de mí. ¡Cuántas veces le vi en mi tienda, calle de la Verónica, esquina a la de la Carne, donde estuvimos tres años antes de pasar a la calle Ancha! Era entonces un muchachón de lo más alborotado que puede usted imaginarse, un buscarruidos, un metomentodo; ayudaba a los patriotas levantiscos que armaban un tumulto a cada triquitraque. Bien me acuerdo, bien. Juanito Álvarez hizo la contrata de víveres el año 23, cuando tuvimos allí prisionero al rey. ¡El rey! ¡Ah!..., me parece que le estoy viendo, con su traje de mahón, asomado a los balcones de la Aduana, mirando al mar con un anteojo muy largo, en espera de barcos franceses o ingleses que vinieran a libertarle... Mendizábal empezaba entonces sus negocios en gran escala, y, si no recuerdo mal, algo traficó en pedrería con Londres y Ámsterdam. Por si había conspirado o no había conspirado, lo condenaron a muerte, y salió de Cádiz escapado para no volver más... Ya, ya se acordará él de los Zahones, y de los refresquitos de sangría que le hacíamos en casa, cuando volvía de Rota con Jenaro Negretti. En Rota tenían ambos sus novias, las de Urtus, dos hermanas lindísimas. La una murió de calenturas, y la otra casó con un hermano de este, Cayetano Lopresti, maltés, que está en mi servicio desde el año 25... ¡Cómo se pasa el tiempo! ¡Ay, don Carlos!, ¿qué me dice usted de este correr de los años? El 23, cuando fue a Cádiz con la corte, usaba usted todavía coleta, y los chicos de la calle le hacían burla... ¿Se acuerda?
Más atento a lo que iba sacando del cajoncillo que a las tristes remembranzas de su amiga, Maturana no contestó. Fijose también doña Jacoba en lo que el viejo ponía con religioso respeto sobre la mesa, y alargó su mano para cogerlo y examinarlo.
—Ya... —dijo—, las peinas que tanto ponderaba _Aline_... El carey es finísimo; los diamantes valen poco... Andanada de veinticinco. Viene bien para completarle a la de Castrojeriz las arracadas que quiere tomar, rostrillo y cinturón para la Virgen de Valvanera.
—¿Tiene bastante ya? —preguntó maquinalmmte Maturana, mirando con lente un joyel montado en plata.
—Tiene... ¡Oh, sí!..., con lo que le vendió la Concha Rodríguez y este, habrá bastante.
—Si no... Yo he traído como unos veinte diamantes de desecho..., muy propios para Vírgenes y Niños Jesús... Vea usted, Jacoba, vea qué hallazgo...
—¿Qué?... ¿Qué es eso?
—Esto es un joyel de los que se usaban en los peinados Pompadour, convertido en alfiler de pecho con poco arte: conozco esta prenda como a mis propios dedos. No me equivoco, no: es la misma. Esmeralda _hialina_ del Perú, superior, con cerco de brillantes en plata. Catorce brillantes, dos de ellos de bajo color, y otro con pelo... Es la misma joya, la que perteneció, con otras del propio estilo, a la Vallabriga, la esposa del infante don Luis... Todo se vendió en París el año 8; luego hubo algún descabalo, porque Montefiori cedió en Metz los pendientes de este mismo juego... Juraría que este joyel lo compró el corredor de _Aline_ en Alsacia: los judíos alsacianos poseían mucha piedra procedente de España, no solo de la grandeza, sino de la de Godoy y Pepita Tudó.
—Es muy lindo... Lástima no tener las otras piezas —dijo la Zahón, examinándolo sin lente, con ojo muy perito—. Esto viene para usted. Para mí ha de haber un saquito con varias piedras sueltas: venturinas, turquesas, algunos brillantes...
—Aquí lo tiene usted —indicó Maturana, vaciando el saquito en la palma de su mano.
—¡Caramba, qué hermoso brillante!... Talla de Ámsterdam, sesenta y cuatro facetas... Vea usted qué tabla y qué culata... Este otro amarillea un poco. No daría yo por el quilate de este ni tampoco cincuenta duros... Las turquesas me gustan, y si usted quiere me quedo con ellas. Tengo yo dos hermanas de estas, tan hermanas, que no dudo en asegurar que proceden de Venecia, como las mías, y que pertenecieron a una dama italiana, no me acuerdo el nombre, de la cual se dijo si tuvo o no tuvo que ver con Massena... Estas _rosas_ valen poco... Todo es género corriente recogido en el Bearnés y Languedoc...
Pasando de la mano del viejo a la de doña Jacoba, esta lo examinó fríamente, diciendo:
—El brillante bueno no tendrá menos de cinco quilates y tres cuartos.
—Lo tomará la de Gravelinas, que ya reúne seis iguales, con el último que yo le vendí.
—No quiero nada con la duquesa, que aún me debe la mitad del collar de perlas. Lo reservo para un parroquiano que sabe apreciar el artículo, y es caprichoso, espléndido...
—Ya sé quién es. Mucho ojo, amiga Jacoba. No cuente usted con las esplendideces de los que tienen su fortuna en América, en negros y caña de azúcar. A lo mejor, saldrán estos señores exaltados con la supresión de la esclavitud, y la plumada de un ministrillo dejará en cueros a más de cuatro que apalean las onzas... Y usted, señor Calpena, ¿se aburre viéndonos examinar estas baratijas?
—¡Oh!..., es muy bonito —dijo Fernando—; ¡pero cuántos años de revolver piedras entre los dedos para llegar a adquirir esa práctica, ese conocimiento...!
—La costumbre... —indicó la Zahón—. Desde muy niña ando yo en este comercio..., y, créalo usted, si dejara de ver piedras y de sobarlas y de jugar con ellas, me moriría de fastidio. Ya mis dedos las conocen solos, y casi no necesito mirarlas para saber lo que valen.
—Yo también, desde que me destetaron, señor don Fernando, o poco después, manejo estos pedazos de vidrio.
—Para mí, lo parecen.
—Y lo son: vidrio fabricado por la naturaleza en el horno de los siglos... ¡Ah!..., ¡oh!, atención. Aquí viene lo bueno.
Al decir esto, sacaba un objeto estrecho, largo como de una cuarta, envuelto en finísimas túnicas de papel de seda. Era un abanico, obra estupenda del arte francés del siglo pasado. Desplegando cuidadosamente el varillaje de calado nácar, obra de mágicos cinceles, y el país pintado en cabritilla, ideal escena de marquesas pastoreando en jardín de amor, entre sátiros, _pierrotes_ y caballeros con pelliza, Maturana lo mostró abierto, sutilmente cogido por el clavillo de oro, a los asombrados ojos de doña Jacoba y Calpena, quienes se maravillaron de obra tan bella y sutil.
—Esta es una de las piezas más admirables que existen en el mundo, en el ramo de abaniquería —dijo el diamantista, ronco de entusiasmo y del gozo que le producía el arrobamiento de los dos espectadores—. Fíjense en esas varillas, que parecen hechura de los ángeles, y no tienen el menor desperfecto; fíjense en la pintura, en esas caras, en los ropajes y en el paisaje del fondo..., observen las ovejitas, que no parece sino que oye uno sus balidos... Pues si notable es esta pieza por su arte, no lo es menos por su historia, que voy a contar.
Envolvió de nuevo el abanico en sus fundas finísimas de papel, y poniéndolo sobre la mesa, protegido por su mano izquierda, se lanzó con vuelo atrevido a los espacios de la Historia.
XVIII
—Hiciéronlo Lancret y Lefebvre para la reina María Leczinska, por encargo de Su Majestad Luis XV, y naturalmente, apenas concluido, Madame de Pompadour se dio sus mañas para apropiárselo. En el zócalo de la columnita que habrán ustedes visto en el país, a la derecha, pusieron los artistas la divisa de la cortesana, que dice: _virtus in arduis_. A la muerte de esta señora, pasó el abanico por sucesivas ventas a la marquesa de Maurepas, y luego se nos pierde en el laberinto de la Revolución francesa, hasta que reaparece en Coblenza, donde lo compra un mercader italiano y lo lleva a Nápoles. Qué vueltas dio por los aires de mano en mano hasta venir a las del Príncipe de la Paz en 1805, yo no lo sé, ni creo que nadie lo pueda averiguar. Lo que afirmo es que lo usó Su Majestad la reina María Luisa. El año 8, por marzo, hallándose la real familia en Aranjuez, se perdió uno de los diamantes del clavillo, y por conducto del señor Príncipe de la Paz, vino el abanico a mis manos para la reparación consiguiente. Entonces, ¡ay!, lo vi por primera vez, y quedé prendado de su mérito. A los pocos días de tenerlo en mi taller, lo entregué compuesto a Su Alteza; mas la Providencia no favoreció al pobre abanico, pues antes de que el príncipe pudiera devolverlo a la reina, sobrevinieron los terribles sucesos del día de san José. A Godoy por poco le matan. Los amotinados saquearon el Palacio y pegaron fuego a los muebles... ¡Qué dolor! Era de temer que el precioso objeto fuese a parar a manos viles, a personas ignorantes que desconociesen su valor... Pues no, señor. A fin del mismo año de 1808 reaparece en poder del mariscal Soult, hombre inteligente, soldado artista, que lo estima como merece, y se lo regala a Napoleón en enero del año siguiente. Enviado a Josefina con otros obsequios, esta lo regala a su hija Hortensia, reina de Holanda, que lo lució en una ceremonia, a la cual dicen que fue a regañadientes: el bodorrio del emperador con la archiduquesa de Austria. Después de Waterloo, todo fue peripecias y saltos terribles para el señor abanico, que tuvo en poco tiempo distintos dueños. Primero, un anticuario holandés, que lo vende a la Princesa Stolbey, fallecida en Baviera el año 20; segundo, el príncipe Carlos de Baviera, emparentado con Eugenio Beauharnais; tercero, otro anticuario, de Nancy, que lo lleva a París, lo hace restaurar, y consigue venderlo a precio exorbitante a un desconocido, que obsequia con él a mademoiselle Mars en una representación de no sé qué tragedia... No sé si sabrán ustedes que la célebre actriz es muy aficionada a los brillantes, y tenía colección de ellos por valor de ochocientos mil francos; no sé si sabrán también que el año 27 le hicieron un robo de alhajas, valor de trescientos mil francos. ¡Pues no ha metido poca bulla ese proceso, que creo no ha terminado todavía! Parecieron los ladrones; pero las piedras, no. Pues bien: deseando esa señora reponer los brillantes que le quitaron y no disponiendo de dinero suficiente, hizo varios cambalaches con Bertin y con los hermanos Rosenthal, sucesores del famoso Bœhmer, y en uno de estos cambalaches sale otra vez al mercado el famoso abaniquito. Desde entonces puse yo en él los cinco sentidos, deseoso de comprarlo: ha pasado por manos de diversos marchantes; fue a tomar aires por Alemania y Suecia; en cuatro años ha pertenecido a un Poniatowsky, a una gran duquesa de Hesse y a un coleccionista que vive en la Selva Negra, el cual murió el año pasado, y su heredero, que era el santísimo hospital de Tréveris, hizo almoneda de todo. Vuelve mi abanico volando al mercado, y en Lyon se posa en casa de mi amigo Jobard. Trato de cazarle allí, y Jobard, que es de los que persiguen gangas, me toma a mí por un inocente y quiere explotarme. Finjo desistir del empeño, y me marcho tras de otros asuntos; pero sabiendo de buena tinta que el marchante lionés se tambalea, doy el encargo al amigo Montefiori, de Burdeos, para que esté a la mira y aproveche la ocasión... La ocasión llegó, y hace tres meses fue adquirida, por cuenta mía, la famosa prenda por la mitad de lo que le costó al adorador de mademoiselle Mars...
—De lo que usted nos ha contado, por cierto muy bien —dijo Calpena, que había oído con deleite—, se saca la consecuencia de que hay objetos inanimados cuya historia es más interesante que la de muchas personas.
—Eso, admitiendo que sean verdad todas esas traídas y llevadas del abanico —observó la Zahón, escéptica, desdeñosa, pues no le gustaba que su colega supiese más que ella en tales materias—. No se fíe, don Fernando, que este Maturana le compone su historia a cada pieza que vende, forma especial suya de hacer el artículo.
—En esto —dijo Maturana riendo— me ganaba su marido de usted, Jacoba. Recuerdo que tuvo una pareja de diamantes que había sido del Tamerlán, después de Antonio Pérez, y últimamente de Godoy... Ya se sabe: todas las joyas de precio que han salido a la venta del año ocho acá, se le han colgado al pobre don Manuel.
—Pues ese abanico —afirmó la Zahón displicente y maligna, entornando los ojos— no se vende en España, tal como están hoy las cosas, aunque lo adornen con más historias que tiene el Cid.
—Este abanico —replicó Maturana, acariciando la joya— lo vendo yo en España, y al precio que me dé la gana, señora doña Jacoba, aunque usted no quiera... ¿Cree usted que voy a ofrecérselo a esos pelagatos del Estatuto, o a las señoras de los patriotas, que apenas tienen para poner un cocido?
—Pues a la grandeza la verá usted completamente acoquinada con estas revoluciones y estas guerras malditas. ¿Dinero? Poco hay, o es que no quieren gastarlo. ¿Gusto? Ya sabe usted que aquí no privan más que las apariencias baratas... Vaya, don Carlos, no ande con misterios, y díganos que piensa encajarle su abanico a la reina gobernadora.
—¡Oh!, no hay otra mujer en el mundo —observó Calpena con entusiasmo— que sea digna de tal joya.
—Eso sí... Sabe apreciar lo bueno. Pero yo pongo mi cabeza a que si don Carlos le propone el abanico, ofrecerá por él una miseria.
—Su Majestad es artista, y además espléndida, generosa...
—¡A quién se lo cuenta!... ¡Ay, ay! Lo fue, sí, señor —dijo la Zahón amargando el concepto con quejidos—. Lo fue... ¡Dios me favorezca, ay!... Pero desde que ha empezado a soltar hijos, se ha vuelto muy roñosa.
—¡Si no ha tenido más que uno!
—Y lo que ha de venir..., ¡ay! Está ya de cinco meses, ¡ay!... Dos años de casada lleva por lo secreto, según dicen, y al paso que va, no habrá bastantes rentas para el familión que nos traerá esa señora... ¡Y este don Carlos, bobalicón, todavía piensa que le va a comprar... ese juguete!
—Este juguete, y cuanto yo quiera —afirmó el diamantista con seguridad burlona, casi insolente— me lo comprará la reina, y me lo pagará como a mí me convenga.
—Ciertamente —dijo Fernando—. La reina está obligada a proteger las artes..., y es su deber formar colecciones, que luego pasan a los museos.
Era la Zahón envidiosa, y su egoísmo comercial no toleraba que otro del gremio, aun siendo amigo suyo, hiciese mejor negocio que ella. La seguridad que mostró Maturana de vender en Palacio con ventajas grandes, la sacó de quicio; exacerbados sus dolores por la emulación mercantil, empezó a dar chillidos, y entre ellos iba soltando estas palabras:
—No, no... No puede ser... Maturana loco... Reina no compra, reina guarda dinero.
—Si María Cristina guarda el dinero —afirmó Maturana frío y cruel, pues cuando se proponía humillar a su rival no conocía la compasión—, lo sacará de las arcas para dármelo a mí... Su Majestad me comprará todos los objetos y joyas de mérito que yo le lleve, y a usted no le comprará nada... A usted nada..., a mí todo.
—Bruto..., majadero y vanidoso... ¡Ay, me muero!... Este dolor para usted..., para usted debiera ser.
—Gracias..., no me conviene el artículo.
—¡Vaya con don Carlos!... Ahora sale con que tiene vara alta en Palacio..., con que le ha caído en gracia a la reina... ¡Ja, ja!... ¡Ay, ay!... Me río llorando, ¡ay de mí! ¡Bien por el nuevo favorito!
—Favorito soy... en mi ramo, se entiende. Y la reina gobernadora me favorece, porque me necesita...
—¡Le necesita!... Buenos estamos. ¿Cree usted que la señora piensa encargarle arreglos y composturas? ¡Si la moda reinante es volver a lo antiguo!
—La reina no me ha llamado para ninguna chapuza.
—¿Luego, Su Majestad le ha llamado a usted? —preguntó Calpena, mientras doña Jacoba, estupefacta, no sabía qué decir.
—Sí, señor, he tenido esa honra. ¿No llamó a Mendizábal para arreglar la Hacienda y salvar el país? Pues a mí, que en mi ramo soy tanto o más que Mendizábal en el suyo, me llama también la corona... para fines no menos altos.
—¿Y qué tiene que ver nuestro ramo, la joyería, con nada de lo que está pasando en España?
—¿Qué tiene que ver...? Llega un momento, en las peripecias de un reinado, en que el arte del diamantista puede auxiliar poderosamente a la monarquía.
—¡Ay, ay!... Este hombre quiere volvernos locos... Don Fernando, no le haga usted caso... Se burla de mí, y quiere ponerme peor haciéndome reír.
—Ríase usted o llore todo lo que quiera..
—No lloro, no, ni me río —indicó la Zahón altanera y burlona—. Estoy indignada por la falta de respeto con que habla usted de la reina. ¡Pues no dice que le ha llamado!
—Seis veces han llegado a mi casa criados palaciegos preguntando cuándo venía del extranjero el señor Maturana... y el Intendente ha estado a verme hoy... No, si no he de decir para qué me quiere Su Majestad. A su tiempo se sabrá.
—Ya... Es que quiere encargar una corona morga... nática, o como se diga, para el Muñoz —dijo la Zahón venenosa, echando por los ojos toda su envidia, mezclada con su agudo sufrimiento—. Me voy a poner muy mala... Ya lo estoy. Este hombre me irrita... Me cuenta cosas que no me importan... Me ahogo... ¡Lopresti..., condenado Lopresti..., que me muero!... ¡La taza de vino, los polvos, esos polvos... Lopresti!
Entró al fin el fámulo, avisado por los gritos de su ama, y le dio a beber una pócima de vino y caldo, en la cual vertió el contenido de una papeleta de farmacia.
—¡Qué amargo está!... ¡No lo has revuelto, condenado! —dijo la señora bebiendo a sorbos—. Ahora te traes una luz: ya no se ve... ¿Y ha sacado las perlas que vienen para mí, don Carlos?
—Aquí están... Que traigan luz. Quiero verlas.
Traída la luz, examinó Maturana las perlas, y debió encontrarlas excelentes, porque al punto formuló esta proposición: