Chapter 3 of 22 · 3918 words · ~20 min read

Part 3

—Psh..., todo se redujo a proporcionar a don Pedro un empréstito... Sin dinero no se hacen revoluciones. Mendizábal, por su metimiento en las casas mercantiles de Londres, fácilmente levantaba fondos para quitar y poner reyes. Si para echar a los reyes se necesita dinero, el volver a traerlos cuesta mucho más. No anda sin unto el carro de las restauraciones.

—Perdone usted. Mendizábal hizo bastante más que proporcionar a don Pedro los cuartejos que necesitaba. Ya comprende usted que mientras el grande hombre refería sus hazañas, yo ni le quitaba ojo ni perdía silaba. Todo lo oí, y se me ha quedado bien presente... Hizo verdaderos prodigios, y se mostró gran financiero, gran político, y hasta gran militar, con unas facultades de organización que ya las quisieran más de cuatro... Don Pedro y su hija se habían refugiado en las islas Terceras, y allí pasaban su triste vida mirando al cielo, esperando su salvación de la Providencia. Pero esta no les hacía maldito caso, y los ingleses, a quienes el buen emperador brasileño pedía recursos, no soltaban ni un chelín. En una de sus excursiones a Londres, el aburrido Don Pedro y Mendizábal se conocieron. Don Juan le dio alientos; le indujo a perseverar en su empresa, minando la tierra para procurarse hombres y pecunia, ambas cosas necesarias para conquistar reinos, y empezó por facilitarle un empréstito de la casa Ardoin, mi casa, señor Hillo, la casa donde fui triste aprendiz con ciento cincuenta francos de sueldo al mes... Cien mil libras esterlinas entraron en el bolsillo de don Pedro, y con ellas renació la esperanza de sentar en el trono a la niña. El hombre se metió de hoz y de coz en la causa portuguesa, y no habría hecho más si doña María de la Gloria fuera su propia hija.

—Bien, bien: así han de ser los hombres.

—En un santiamén compró dos fragatas por cuenta de la Regencia, que tal era el gobierno constituido por don Pedro en la capital de las Terceras. Advierta usted que en estas compras empleaba sus recursos, sin más garantía que una palabra del emperador. Adquiridos los barcos, agenció en la City más dinero, más, y en seguida, a buscar hombres, soldados. Mientras en las Terceras se organizaban unos seis mil, en Plymouth, puerto de Inglaterra, se alistaban más. Mendizábal, que en todos estos asuntos ponía siempre una vehemencia y un ardor increíbles, y así lo declara él mismo, no tenía sosiego... Creo yo que las empresas políticas le seducen, le enloquecen; pone en ellas toda su alma y una actividad febril... El hombre se multiplicaba. Sus propios asuntos perdían para él todo interés. No vivía más que para la Monarquía liberal portuguesa. Él mismo lo dice: «Cuando se le enciende el patriotismo no vive, no desmaya hasta conseguir lo que se propone». Cien vidas propias daría él por exterminar a los sectarios del usurpador absolutista don Miguel, que es allí lo mismo que aquí nuestro don Carlos María Isidro... No contento con los alistamientos que había hecho en Inglaterra con ayuda del duque de Palmela, se planta en Bélgica, y en cuatro días, auxiliado por su amigo el general Van Halen, busca y encuentra, organiza y equipa un regimiento de mil flamencos con sus jefes y todo... En Ostende les embarcaron en un buque de vapor fletado en Londres, y reunidos en Plymouth con los ingleses y portugueses, zarpó la expedición contra Oporto, mandada por el mismo don Pedro. Dominaban en Oporto los liberales, por lo que no le fue difícil al padre de doña María la ocupación de aquella capital. Pero el don Miguel acudió con mucha tropa, puso cerco a la plaza, y si bien no pudo entrar en ella, tampoco los _mariístas_ podían salir. Allí hubiera sucumbido don Pedro, si Mendizábal, desde Londres, no le animara a la resistencia ofreciéndole nuevos auxilios. ¿Qué hizo el hombre? Pues buscar más dinero; reunir más soldados; formar al propio tiempo una escuadra, cuyo mando se ofreció al célebre almirante inglés Napier. Escuadra y segundo ejército debían operar en los Algarbes, para sublevar en pro de la reina a las poblaciones del sur, y atacar por retaguardia el ejército miguelista. Todo se hizo tal y como lo había dispuesto don Juan... La segunda expedición se dirige a Oporto, donde refuerza a los combatientes asechados por don Miguel; después parten dos mil hombres a los Algarbes, desembarcando felizmente. Allí se pasan a los liberales algunas tropas del absolutismo: entre todas invaden el Alentejo. La escuadra mandada por Napier desbarata la miguelista en el cabo de San Vicente; don Pedro sale de Oporto y bate a don Miguel. Replegándose a Lisboa, recibe este otro achuchón tremendo de las tropas liberales, y ya tenemos al emperador entrando triunfante en su capital, a la niña doña María de Braganza en el trono, y al don Miguel escapando para el extranjero como alma que lleva el diablo.

—Y hecho todo eso, que si es como usted lo cuenta, no dudo en calificarlo de maravilloso, el don Juan Álvarez se volvió a su escritorio de Londres tan fresco, a contar millones, calcular empréstitos, extender letras de cambio, mirando dónde salta otra reina que socorrer, y otro usurpador malsín a quien poner en la puerta.

—Que no faltan, como usted ve.

—Pero Portugal es chico: puedo compararle a un juguete, para estas cosas de revoluciones y quita y pon de tronos. Ahora veremos cómo se las arregla aquí el gaditano; aquí, donde salimos de una zaragata para entrar en otra, donde nos peleamos por los derechos a la corona, por las Juntas, por la Milicia Urbana, por una letra de más o de menos en la Constitución, y por lo que dicen o dejaron de decir Juan y Manuela. Vamos a ver a los hombres guapos; a los salvadores de sociedades; a los que sacan el dinero de debajo de las piedras para equipar soldados; a los genios, como ahora se dice; a los que calman las olas revolucionarias con el _quos ego_... del amigo Neptuno.

—Adelante: va muy bien. Está usted empleando una forma de ironía muy bella. Es lo que llamamos _cleuasmo_.

—Dispense usted. Esta forma irónica se llama _carientismo_. Consiste, y bien lo recordará usted; consiste...

—Sea lo que fuere, amigo Hillo, mi parecer es que Mendizábal no ha venido aquí por ambición, sino por patriotismo. Oí contar que se hallaba muy tranquilo en Londres cuando recibió el nombramiento de ministro de Hacienda, que le dejó estupefacto.

—Y estupefacto se ha venido aquí por Portugal; y en cuanto llegó a Badajoz, empezó a largar decretos... Bueno: le concedo a usted que esto sea patriotismo; pero es un patriotismo... romántico, y lo romántico sepa usted que a mí no me gusta. En literatura me apesta, y a ese francés que llaman Víctor Hugo le mandaría yo cortar el pescuezo: en política tengo por más funesto aún el romanticismo.

—Puede que esté usted en lo cierto; pero el señor Mendizábal es ante todo hacendista, y en esto no creo yo que quepan romanticismos. Los números, ¡ay!, los números, amigo mío, son clásicos.

—Allá lo veremos; y pues ya tenemos al hombre con las manos en la masa, pronto hemos de saber si yo me equivoco o se equivoca usted.

—Yo no profetizo: yo espero, y...

—¿Cree usted firmemente que don Juan Álvarez enderezará esta desquiciada nación?

—No lo aseguro; pero confío en que lo hará.

—Pues yo no.

—¿En qué se funda?

—No dudo que le sobren buena intención, voluntad firme, actividad, talento; pero...

—¿Pero qué?

—Que con sus buenas cualidades incurrirá en el defecto de todos los ilustres señores que nos vienen gobernando de mucho tiempo acá. Talento no les falta, buena voluntad tampoco. Y fracasan, no obstante, y continuarán fracasando unos tras otros. Es cuestión de fatalidad en esta maldita raza. Se anulan, se estrellan, no por lo que hacen, sino por lo que dejan de hacer. En fin, amiguito, nuestros mandarines se parecen a los toreros medianos: ¿sabe usted en qué? Pues en que no _rematan_...

—¿Qué significa eso?

—No se ría usted del toreo, arte que me precio de conocer, aunque no prácticamente. Y sepa usted, niño ilustrado, que hay reglas comunes a todas las artes... De mi conocimiento saco la afirmación de que nuestros ministriles no _rematan la suerte_.

—¿Y cree usted que Mendizábal...?

—Hará lo que todos. Empezará con mucho coraje, y un trasteo de primer orden..., pero se quedará a media suerte. Usted lo ha de ver... Que no remata, hombre, que no remata... Y créame usted a mí: mientras no venga uno que remate, no hemos adelantado nada.

V

Alejose hacia su cuarto, accionando festivamente, y en dirección al suyo iba también Calpena, cuando le detuvo el patrón señor Méndez, y le dijo entre risueño y respetuoso:

—Ahí tiene usted el sastre.

—¿Qué sastre?

—Pues el cortador mayor del señor Utrilla, que viene a tomarle medida. Le mandé pasar a la sala, donde espera hace un cuarto de hora.

—Ese señor se equivoca. Yo no he llamado a ningún sastre.

—Aunque no le haya usted llamado, él viene, y cuando viene, él sabrá por qué. Déjese tomar medida, y que le hagan cuanta ropita necesite para ponerse bien guapo.

—¿Pero está usted loco?... ¿No hay más que encargar ropa? Y luego..., señor Méndez..., luego vienen las cuentas, ¿y qué hacemos? ¿Soy acaso un señor Mendizábal, que con cuatro rasgos de pluma fabrica millones?

—Las cuentas no son cuenta de usted, sino de quien las pague. Entre el señor en su cuarto, y escoja las telas, y déjese que le midan el cuerpo a lo largo y a lo ancho...

—Que pase ese hombre —dijo Calpena prestándose a todo, con la esperanza de salir de la confusión en que, desde su venturosa llegada a Madrid, vivía.

En presencia del oficial, hombre finísimo, colorado y regordete, que iba cargado de muestras de diferentes paños, don Fernando no pudo resistir a la fascinación que ejercía sobre él, joven y gallardo, la idea de vestirse elegantemente. Ante todo quiso saber cómo y por qué los afamados sastres acudían en busca de parroquia sin que nadie les llamase; pero sus interrogaciones prolijas y capciosas no lograron aclarar el enigma.

—Mi principal, el señor Utrilla —le dijo aquel relamido sujeto—, me ha mandado acá con muestras y encargo de tomar a usted medida para diferentes piezas. Hubiera venido él en persona con mucho gusto; pero está malo de un pie, y hoy no puede salir de casa. De quién ha recibido las órdenes para estas hechuras, yo no lo sé, señor mío, ni es cosa que me corresponde averiguar.

—Pues yo —afirmó Calpena— no me dejo medir el cuerpo mientras no sepa... ¿Será tal vez alguna broma impertinente?

—Eso, de ningún modo... Utrilla no se presta a tales bromas... Crea usted que, cuando me ha mandado aquí, es porque ha recibido órdenes de personas que saben el cómo y por qué de lo que encargan. Conque... tomemos esos puntos, y no piense usted en nada más que en vestirse como le corresponde.

—Accedo, sí, señor —replicó don Fernando en el tono de quien se presta a seguir un bromazo de buen género, y seducido además por la idea de ver realizada su ilusión juvenil de vestir buena ropa—. ¿Sabe usted el cuento del perrito y del trasquilador?

—Sí, señor —dijo el otro, ayudándole a quitarse levita y chaleco—. Es un cuento viejísimo...

—Pues ahora mida usted todo lo que quiera, y hágame todas las prendas de vestir que haya dispuesto... el amo del perrito.

—Me han dicho que dos levitas, fraque, un traje de mañana..., cuatro pares de pantalones variados.

—Ande usted, maestro... Y si quiere dejarle borlita en el rabo, déjesela usted.

—La ropa más precisa para un joven _introducido_ en sociedad. ¿Qué menos? ¡Ah!, me olvidaba. También le haremos capa de sedán finísimo, con forros de piel de chinchilla.

—Me parece muy bien... ¿Y las levitas, cómo han de ser?

—El señor de Utrilla acaba de llegar de Londres... Precisamente al bajar de la diligencia se estropeó el pie. Pues ha traído las últimas novedades que se han puesto al uso en aquella capital. Las levitas son ahora cortas y de poco vuelo en los faldones; pero siguen muy entalladas, marcando bien la cintura. Las que ha traído el señor Mendizábal, y que tanto llaman la atención, son ya antiguas, y en Londres no las usan más que los _lores_, que es como si dijéramos los señores próceres protestantes, que tienen asiento en lo que llaman Parlamento inglés, o sea las Cortes liberales de allá.

—Hombre, bien... ¿Conque entalladas y de faldón corto?

—Menos largo que el año pasado —dijo el sastre, tomando y anotando las medidas con singular presteza—. Los cuellos son ahora más largos, y bien caídos sobre los hombros; los botones grandes... Haremos una de las levitas, si a usted le parece, con cordones a la húngara...

—Perfectamente. Despáchese usted a su gusto... ¿Y los paños?

—Fíjese usted en este color verde oscuro, que es la gran novedad que ha traído Utrilla. Se llama _Lord Grey_, y es el gran _furor_ en Londres.

—Pues hagamos _furor_ aquí... Pero las dos levitas no serán iguales.

—Haremos azul gendarme, _Conde Orsay_, la de cordones. ¿Qué le parece?

—Acertadísimo... ¿Y cuándo podré estrenar?

—Lo activaremos todo lo posible... Tenemos mucho trabajo, y velamos para servir a tantísima parroquia.

—Pero no me dejarán ustedes para lo último, como parroquiano pobre...

—Será usted de los primeros... Y que tiene un talle de primer orden, y una forma de cuerpo que no hay más que pedir. Le caerá a usted la ropa que ni pintada.

—Y en fraques, ¿qué se lleva?

—Los fraques son ahora sin cartera; faldones nada de anchos, y los cuellos de la misma forma que las levitas. El señor Mendizábal los trae negros, verdaderamente _fachonables_ por el corte y lo bien sentados.

—¿Y el mío será también negro?

—No, señor: a usted, por la edad, le corresponde... café claro.

—¡Magnífico!... Y en pantalones ¿qué tenemos?

—Sigue la moda de las telas escocesas; pero sin exagerar el tamaño de los cuadros. Haremos a usted dos _patencur_, y dos más ligeritos: uno negro para entierros, y otro claro. Se llevan estrechos, sin tocar en el extremo. Chalecos, se le harán a usted seis: dos de seda en claro, uno en oscuro, dos _piqué_ y uno escocés.

—¡Maravilloso! Y en tanto que me confeccionan todo eso, me estaré en casa, escondidito, leyendo las _Mil y una noches_, única lectura a que debo aplicarme ahora para hacerme a estas sorpresas... Adiós, maestro... Y que se esmeren en el corte... ¿Cuándo probamos? Estoy aquí a su disposición todo el día. ¿Pues cómo voy a salir a la calle con estos adefesios de ropa que he traído de mi pueblo?... Vaya con Dios... y no me olvide, maestro.

Retirose el sastre, y don Pedro Hillo, que acechaba en la puerta aguardando que el joven estuviese solo, entró de rondón con los brazos abiertos, diciendo muy gozoso:

—Pero, niño, ¡le regalan ropa elegante, y todavía gruñe! Rarísimos son en el universo estos fenómenos de salirle a uno sastres _ex-machina_, que le miden, le cortan, le cosen, y después no cobran. Casos tales acaecen solo de siglo en siglo, y hay que saber aprovecharlos. ¡_Oh fortunate nate_! Yo, que para hacerme una sotana tengo que ahorrar seis meses en la comida, le declaro a usted simple de solemnidad si no acepta calladito esas mercedes anónimas. Por la sagrada orden que profeso, declaro también que a mí no me ha pasado jamás cosa semejante, y que las deidades misteriosas y las manos ocultas no han existido para mí. A usted me arrimo, por si se me pega algo y halla en su ventura mi desventura algún remedio. Ya, ya sé..., me lo ha dicho Méndez, que anoche recibió usted un abultado pliego. Abrió, ¿y qué era? Billetes para los teatros del Príncipe y la Cruz. Dígame: ¿no ha recibido también para los toros?

—Todavía no —dijo Calpena sonriente—; pero por lo que voy viendo, ya no dudo que los tendré la víspera de la primera corrida. Y como de los teatros mandan dos, para que vaya con algún amigo, iremos juntos a la plaza.

—Ya le mandarán también, cuando empiece el tiempo de las máscaras, para los bailes de _Trastamara_ y del _Café de Solís_. Pero a eso no podré acompañarle... Le daré consejos, porque de fijo han de salirle aventuras y le acosarán mascaritas...

—Ya adivino sus consejos.

—¿A que no?

—Que remate la suerte.

—No, no es eso, sino todo lo contrario. Que se prevenga contra las celadas que pudieran tenderse a su voluntad honesta, virginal. Este Madrid es muy malo. No se fíe usted de las caras tapadas.

—De las manos ocultas debo fiarme, según dice.

—No es lo mismo. Esa mano desconocida le viste a usted, le da de comer, atiende a sus necesidades. Las caritas encapuchadas podrían hacer lo contrario: desnudarle, quitarle el pan de la boca y reducirle a la ruina y la miseria. Existirán tal vez, ¿quién asegura que no?, manos escondidas que quieran perderle, como las hay que trabajan por su bien. Lo primero que usted debe hacer es averiguar en qué cielo habita esa deidad misteriosa, para poder rezarle y pedirle lo que le convenga.

—¿Qué le pediría usted para mí si estuviese en mi lugar?

—Lo primero, un destino de Hacienda o de _lo Interior_ con doce mil realetes... Y puesto a pedir, yo que usted pediría también la cátedra de Alcalá para un amigo.

—Para usted eso y mucho más.

—Las manos mágicas deben extender sus caricias a los buenos amigos. A Roma con Santiago he revuelto yo para conseguir esa humilde plaza, y aquí me tiene usted esperando a que san Juan baje el dedo. Si hubiera para mi una mano oculta, esa mano, en medio de las tinieblas de lo incógnito, me daría una bofetada. Estoy dejado de la mano de Dios, por lo que voy creyendo que Dios está en todas partes menos en las oficinas, y que, si acaso está, no tiene en ellas la mano, sino el pie.

—No hay que desmayar. Hagamos un trato. Búsqueme usted a la persona que ha mandado a Utrilla tomarme medidas, y si me la encuentra, prometo a usted solemnemente que el primer favor que pediré a mi desconocida providencia es esa colocación que usted desea..., esto en el caso de que nos resulte influyente.

—¡Influyente!... ¡Por Dios, don Fernandito, no me venga usted con inocencias! Esa persona desconocida tiene que ser muy alta, pero muy alta.

—¿En qué lo conoce?

—A ver..., pronto, enséñeme usted la carta en que venían las localidades de teatro.

—No es carta... Es un pliego cerrado con obleas... Aquí lo tiene usted.

—A ver, a ver... ¡San Canuto, qué papel más fino!... Este papel, puede usted asegurarlo, no se encuentra en ninguna tienda de Madrid... ¿Y la letra del sobre?... ¡Ay qué letra, san Bartolomé! ¿Es de mujer? ¿Es de hombre?... Señor don Fernando, no se asuste de lo que voy a decirle. La mano que ha escrito esto es de sangre real.

—¡Atiza!

—¡De sangre real!... Y si no, al tiempo... ¡Ay, señor don Fernandito de mi alma, allá va una profecía! Déjeme usted ser profeta, y adivino, y augur, y brujo, si usted quiere. Antes de cuatro días recibe usted, como llovido del cielo, el nombramiento... de...

—¿De qué?

—Vamos..., de Caballerizo Mayor del Reino, digo, de Palacio... Y si no es esto, será de otra cosa de mucha categoría.

Rompió a reír Calpena, y dijo a su amigote:

—Pero, señor don Pedro, ¿somos clásicos, o no somos clásicos?

—Sí, sí, tiene usted razón: no desvariemos, ilustre joven; pero por de pronto, yo, el más desgraciado de los nacidos, quiero hacer constar que anhelo ser su amigo de usted. Sí, sí: seamos amigos; déjeme usted arrimarme al ser más afortunado, más resplandeciente de felicidad que he visto en mi vida. Es usted el sol, y yo me muero de frío.

—Bueno, seamos amigos —replicó don Fernando, no sin cierta emoción—. Y pues el día está hermosísimo, vámonos de paseo, y le contaré a usted muchas cosas que ignora, y que quizás le hagan rectificar sus juicios acerca de mí como depositario de la dicha terrestre. Diré a usted quién soy, de dónde vengo, por qué estoy en Madrid...

—Todo eso me interesa extraordinariamente... Ya me lo contará usted otro día; hoy no puede ser... Ni usted ni yo debemos salir hoy. Nos estaremos aquí toda la mañana acechando a Iglesias.

—¿Pero Iglesias no duerme aún?

—Aún estaría en el primer sueño, o empezando el segundo, si no hubieran venido a despertarle muy temprano, serían las siete, dos de sus amigotes. Sin duda ocurren cosas gravísimas. ¿Y sabe usted quiénes son esos dos que entraron, y, tirándole de una pata, le sacaron de la cama? Pues yo tampoco lo sé a punto fijo, porque soy poco fuerte en fisonomías. Uno de ellos me parece que es el conde de las Navas; el otro tan pronto me parece Fermín Caballero, como Seoane... De que son pájaros gordos del jacobinismo, no tengo duda...

—¿Y a nosotros qué nos importa?

—A usted, hombre feliz por obra y gracia de la providencia enmascarada, nada le altera. ¿Ha leído usted _El Español_ de hoy?... ¿A que no?... ¿A que tampoco ha leído _El Mensajero_ ni _El Eco del Comercio_? En mi cuarto los tengo. Vienen los tres diarios echando bombas, cada uno según el son a que baila. Yo me alegro, para que se arme de una vez. Esta visita de los compinches de Iglesias tan a deshora, significa que anoche hubo gran trapatiesta en la casa de Tepa, entiéndase _logia_, y en los cafés donde rebulle la patriotería. Parece que las Juntas no quieren disolverse, las de Andalucía sobre todo, y he aquí al señor Mendizábal en un brete, porque nos ofreció poner fin a esta horrible anarquía, y en los primeros días creímos que lo lograba. Pero aquí, para que usted se vaya enterando, tanto puede la envidia de los propios, como la mala voluntad de los extraños; o en otros términos, que los amigos, o sea el agua mansa, son más de temer que los enemigos. ¿No lo entiende? Pues quiere decir que los _estatuistas_ templados caídos del poder con Toreno, se introducen en los conciliábulos de los patriotas, fingiéndose más exaltados que estos, para sembrar cizaña, y al propio tiempo los _libres_ que aún no tienen empleo se van a las sacristías del otro bando y atizan candela, para que los diarios de la _moderación_ se desborden y se encienda más el furor de las Juntas. Estas nos ofrecen un espectáculo delicioso. Una pide que se restablezca la Constitución del 12; otra que se modifique el Estatuto, y entre todas arman una infernal algarabía. El señor Mendizábal pretende gobernar en medio de esta jaula de locos furiosos. Manda tropas contra las Juntas, y los soldados se pasan a la patriotería... Y los carlistas, en tanto, bañándose en agua rosada, preparándose para venir hacia acá, porque Córdova no les ataca mientras no le manden refuerzos... Estamos en una balsa de aceite... hirviendo. ¡Qué gratitud debemos al Señor Omnipotente por habernos hecho españoles! Porque si nos hubiera hecho ingleses o austríacos o rusos, ahora estaríamos aburridísimos, privados de admirar esta entretenida función de fuegos artificiales.

—¿Y esos que están en el cuarto de Iglesias...?