Chapter 18 of 22 · 3945 words · ~20 min read

Part 18

«Por Dios, no olvide usted lo que tanto le he recomendado: que le siga a esa zahúrda donde vive, que procure por cualquier treta ingeniosa introducirse en ella. Cuide usted de que nadie le falte, pues su abandono no es más que aparente. Sin que él pueda sospecharlo, páguele usted su hospedaje, y encargue a los dueños de la casa que finjan el mal humor de todo patrón que no cobra... Y otra cosa espero de su hidalga cooperación. Sé que se junta de noche con los patriotas exaltados, que asiste a sus nefandas logias y a sus ritos extravagantes. Sin duda, al verse solo y perdido, trata de reformar el mundo, armándonos aquí otra revolución como la francesa, con su convención, guillotina y todo... Pues es preciso, mi querido amigo y capellán, que usted se meta también en esas logias y cavernas endemoniadas. ¿Qué le importa a usted, si su masonismo es fingido, y conserva en su conciencia el amor de la verdad y el desprecio de tales majaderías? Métase usted en la boca del lobo, sin rebozo alguno, ni temor de que le crean jacobino. Nada debe usted recelar, pues aquí estoy yo para sacarle de cualquier mal paso. Adelante, y no vacile en hacernos esta grande y noble caridad. A nadie tiene usted que dar cuenta más que a Dios y a mí, y Dios sabe la rectitud con que procede mi buen capellán, penetrando en los antros donde se forjan las revoluciones y el ateísmo. De allí saldrá usted como entre, y si consigue sacarme de ese y otros peores infiernos a esa querida alma extraviada, tendrá usted dos recompensas: la temporal y la eterna».

—Bueno, señor, bueno —murmuraba don Pedro, cayendo en profundas meditaciones.

Y al día siguiente le decía la incógnita:

«No solo le seguirá usted a todos los sitios a donde le lleve su reciente amistad con los patriotas furibundos, sino que debe penetrar en casa de la Zahón. Dos días llevo pensando en el medio mejor para realizar este metimiento, y creo haber encontrado uno magnífico, superior. Verá usted: la Zahón es socia, compinche o comadre de Maturana, el diamantista. Maturana, corredor y traficante de alhajas y obras de arte en toda Europa, gran perito, gran joyero, gran chalán, posee un abanico magnífico que ha pertenecido a la Pompadour, a la emperatriz Josefina, a Pepita Tudó, a la reina Hortensia, a Mademoiselle Mars y a otras personas que no han adquirido celebridad. Es pieza de gran valor histórico y artístico, y con él pensó Maturana hacer un buen negocio ofreciendo su compra a la reina Cristina. Pero Su Majestad, que ahora está por lo positivo y prefiere emplear su dinero en salinas, en minas, en empresas de utilidad, le ha ofrecido muy poco dinero, con lo cual ha estado el hombre fuera de sí, tirándose de los pelos. Por fin, creo que se entendió con la Zahón: han hecho un cambalache, dándole él su abanico a cambio de una colección de perlas. Hállase, pues, hoy la hermosa obra de arte en manos de la jorobada. Nada tiene de particular que el señor de Hillo, variándose el nombre y fingiendo el empaque de un señor aficionado a lo antiguo, se presente en la joyería de la calle de Milaneses, y pida que se le muestre el abanico para comprarlo. Usted lo ve, lo examina por un lado y otro, mira bien el país, el varillaje, el clavillo, diciendo algo que revele al conocedor de estas cosas; elogia la perfección del trabajo de Lefebvre y el mérito de Lancret, pintor de la cabritilla...».

Traía después de esto la carta una prolija descripción del país, dando noticia de todas las figuras, de sus trajes, etc., y concluía:

«Para que no se maraville mi señor don Pedro de que tan bien conozca yo el abanico, le diré que lo he tenido en mi mano más de una vez, y lo he mirado y remirado... Vaya, lo diré todo: esa artística joya ha sido mía. La poseí dos años, sin que nadie lo supiera... Es decir, alguien lo supo; pero no Maturana... Una vez que usted la vea bien, pide precio, y cualquiera que sea, se descuelga con la muletilla de que le parece caro, y ofrece pensarlo. Después se hace mostrar perlas y diamantes, lo ve todo, y se retira diciendo que volverá. Al día siguiente vuelve, y manifiesta resueltamente y sin rodeos, a la Zahón que le compra el abanico al precio propuesto, siempre que ella se comprometa a romper de una manera radical las relaciones de Fernando con la chiquilla de Negretti. Esta manera radical no puede ser otra que sacar de Madrid a esa loquinaria, y llevársela a Córdoba o Cádiz, donde también tienen casa de comercio; pero de tal modo y con tal sigilo efectuada la salida que no pueda Fernando saber a dónde se la llevan, ni, por tanto, pensar en seguirla. ¿Qué le parece, mi bondadoso capellán, este pensamiento mío? Si lo estima feliz, mañana, cuando salga la primera vez de su casa, sobre las diez, póngase el sombrero bien terciado al lado derecho, de modo que le caiga sobre la ceja... Si lo encuentra mal, colóquese el susodicho aparato tapacabezas en forma rectilínea, bien aplomado, el ala todo lo horizontal que sea posible».

Salió Hillo al siguiente día con el sombrero bien derecho. Conceptuaba peligroso y contraproducente el recurso del abanico para avistarse con la Zahón; discurría que siendo esta mujer avariciosa, y además muy ladina, si se le ofrecía dinero por el quebrantamiento de relaciones, vería en esta oferta el reclamo de gentes poderosas. Era, pues, lógico que, encendida su ambición, pensara en afianzar las relaciones de los dos amantes antes que en destruirlas, o bien pediría más, mucho más que el precio relativamente corto del histórico abanico.

«Por esta vez —se decía Hillo—, no ha sido usted, mi señora incógnita, tan lista y perspicaz como de costumbre; y permítame que se lo exprese con el pensamiento, ya que de otro modo no pueda expresárselo... ¡En buena nos metíamos si esa mercachifle astuta llegara a entender que es Fernandito en el orden social persona muy distinta de lo que parece! Déjeme usted a mí, señora invisible, que ya me arreglaré yo para llegar al fin que todos deseamos».

En efecto, tomadas de un platero de la Concepción Jerónima, amigo suyo, dos lecciones de arte del diamantista, y aprendidos cuatro terminachos, se fue a casa de la Zahón, y trató con ella, arrancándose a comprarle unos aljófares y media docena de _rosas_, todo ello de poco valor. En su segunda visita le habló del asunto con habilidad, enjaretando embustes muy sutiles, para llevar al ánimo de la corcovada sentimientos contrarios a los fines de Calpena. Harta ya Jacoba de un noviazgo que ninguna ventaja le traía, acabó de abominar de él con las tremendas cosas que don Pedro le dijo, y se propuso tomar sin pérdida de momento las medidas necesarias para mandar a paseo al joven romántico, y quitarle de la cabeza a la niña su desatinada pasión. Todo lo temía ya. Calpena, si le dejaban, consumaría el rapto de su _Julieta_ con todo el salero, con toda la audacia de que ofrecían ejemplos mil las obras poéticas de aquel tiempo. Urgían, pues, resoluciones eficaces, perentorias; despedir a don Fernando, y empaquetar a la chiquilla para Córdoba.

Un poquitín alborotada quedó la conciencia del buen presbítero después de su última conferencia con Jacoba, porque, en verdad, las atrocidades que allí soltó traspasaban quizás la medida de la intriga inocente.

«¡Qué pensaría Fernando de mí —se dijo, andando taciturno hacia su casa— si supiera que le he presentado como un desalmado hipócrita..., si supiera, ¡ay!, que le supuse en connivencia con Luis Candelas, y otros eminentísimos ladrones!... Pero la buena voluntad me absuelve de esta triquiñuela, y Dios, que ve los corazones, sabe que en el mío no hay más que amor al bien, deseo de impedir el extravío de un ilustre caballero, llamado a grandes destinos... Creo que no solo Dios, sino el mismo Fernando me absolverá cuando le haya pasado esta calentura... ¡Ah, y entonces los dos nos reiremos de los disparates, de las abominaciones que dije!...».

Y a la mañana siguiente le escribía la _velada_:

«Antes de enterarme, por lo que me manifestó quien pudo observarlo, de la postura recta de su sombrero, señor de Hillo, señal de su desconformidad con lo que le propuse, ya había yo reconocido que anduve muy descaminada en aquel plan de comprar con el precio del abanico la liberación de Fernando. ¡Que despropósito! ¡Cuánto me alegro de que usted opinara de distinto modo, según declaró su _góndola_!... Es que con el cavilar continuo, mi cabeza se pone a veces perdida, señor capellán, y si _dormitó el buen Homero_, como dicen ustedes los retóricos, ¿qué extraño es que no solo dormite yo, sino que sueñe disparates? Despejada mi razón, he visto claro que si la diamantista huele dinero, estamos perdidos. Usted seguramente habrá imaginado y puesto en ejecución otros artificios por llegar al fin que anhelamos. Eso no quita que yo desee adquirir el abanico, y lo adquiriré, Dios mediante, cuando salgamos de este atolladero. No quiero que aquella preciosidad, que ya estuvo en mis manos, vaya a parar a otras, ni aun a las de la misma reina. En este anhelo mío se manifiesta la mujer más de lo que yo quisiera, y quizás me vea usted frívola, caprichosa... Perdóneme, y cierro este paréntesis para decirle que no desmaye, que veo cercano el peligro. Si Fernando consigue apoderarse de Aura y desaparece, cualquiera les coge después... ¡Y si contrariados en sus amores, enloquecidos por la pasión, resuelven suicidarse juntos...! ¡Dios mío, qué horror! Crea usted que esta idea me persigue desde anoche... No duermo nada pensando en los distintos procedimientos de matarse que inventa el romanticismo, y que los malditos poetas han puesto de moda, infundiéndolos a la juventud exaltada, con el continuo ejemplo de dramas y novelas... Estemos alerta... y si hay vislumbres de suicidio mutuo, entonces, ¡ah!, entonces no hay más remedio que transigir... Todo, todo, antes que ver morir a Fernando... Eso no, eso no..., repito que eso no... Concluyo, mi señor capellán, advirtiéndole que en la logia de la plazuela del Carmen andan ahora en grandes peloteras. _Los libres_ se desatan, y en su delirio, en la fiebre del motín y de la bullanga, ayudan a los estatuistas a derribar a Mendizábal... Los de la _moderación_, que se traen ahora un cierto tacto de codos con el absolutismo, se proponen no dar tiempo a _don Juan y Medio_ para la realización de su plan de reformas. Tiran a impedir que decrete la supresión de monacales y la venta de sus bienes, porque calculan que con los recursos de la enajenación se haría fuerte el hombre, rodeándose de un baluarte de plata y oro... ¡Y esos badulaques, esos patriotas exaltados no ven que son instrumento de los que abominan de la libertad! ¡Siempre lo mismo!... Conque ya sabe: métase allá, y no vacile en ponerse al lado de los que alboroten en pro de Mendizábal. No nos conviene que caiga tan pronto don Juan: lo necesitaremos más adelante, quizás muy pronto. Adiós, señor capellán; en sus oraciones no deje de encomendarme a Dios».

XXIX

Según atestiguan personas coetáneas de la Zahón, tanto se afectó esta con las inquietudes y cavilaciones de aquellos días, que se le disminuyeron las jorobas, y la exaltación de su espíritu fue parte a mermar las graves pesadumbres de su cuerpo. Pero como otros autores afirman lo contrario, manifestando que las corcovas, y con ellas el dolor y tirantez de músculos, aumentaron horrorosamente, el narrador de estos sucesos cree obrar con prudencia quedándose en el justo medio entre tan opuestas aseveraciones, y así declara y establece que las protuberancias, los sufrimientos físicos y morales y el avinagrado genio de Jacoba Zahón, eran los mismos que en los días aquellos del convite que abrió a Calpena las puertas de la casa.

Un día entero estuvo la diamantista rumiando una solución pronta y eficaz: escribió a su hijo, residente en Córdoba, ordenándole que viniese en su ayuda. Era urgente apartar de la familia al exaltado joven, a quien recibió y agasajó suponiendo en él secretos enlaces con damas poderosas y con ministros y personajes de gran viso. Buen chasco le había dado el tal Fernandito, que resultaba un triste y desamparado poeta, uno de tantos pelagatos del romanticismo, sin más fortuna que su melena y su enfática misantropía. Y lo mismo pensaba seguramente el señor de Mendizábal, que habiéndole sin duda colocado por intrigas de las logias, acababa de ponerle de patitas en la calle. Vivía el tal miserablemente en un cuchitril de la calle de las Urosas, entre ratones, poetas, comicastros, y quizás mujeres de mala estofa, y todo en él, su traza y su fraseología, revelaba un presumido sin sustancia, abandonado de Dios y de los hombres. ¡Fuera, pues; fuera don Fernando..., que no era bien comprometer el grandioso porvenir de la niña, ni arrojar a puercos las margaritas de la herencia de Negretti! Maturana, y otras personas a quienes consultó, opinaban del propio modo. ¡Fuera niños románticos, que no traían consigo más que desvaríos, barullo, hambre!

Aunque hacía días que la Zahón se esmeraba en manifestar al joven, ya con miradas desapacibles, ya con palabras ásperas, el desprecio que hacia él sentía, no le pareció bastante decisiva esta forma de romper amistades, y una tarde le espetó, con seca y rotunda frase, la orden de poner fin al visiteo:

—La familia meditaba otros planes con respecto a Aurora; la familia tenía sobre sí la responsabilidad del porvenir de la huérfana de Negretti; la familia no necesitaba explicar a nadie el motivo de sus resoluciones; la familia...

—La familia de Aura soy yo —dijo Fernando con noble ademán y firme convicción.

Y dicho esto se marchó altanero, no ciertamente como salen los que no piensan volver. Pero a Jacoba se le figuró, en su desconocimiento de las humanas pasiones, que Fernando salía de su casa corrido, como si todas aquellas razones de la familia (y vuelta con la familia) hubieran convencido al romántico de la vanidad de sus pretensiones. Creyéndose, pues, victoriosa, ya no le faltaba más que llamar a la tontuela y echarle la rociada que preparado había para aterrarla y reducirla:

—Aura, ven acá, Aura: ¿en dónde te metes que no acudes cuando te llamo? Ves que estoy baldadita, que no puedo moverme, y no vienes...

Por fin apareció en la puerta, como alma del otro mundo, vaga en la forma, insensible el paso, la imagen de Aura, toda palidez en el rostro, en los ojos toda fuego, el pelo sencillamente recogido más que peinado; y antes que hablase la jorobada, le dijo con voz que parecía salir de algún hueco misterioso bajo el suelo de la habitación:

—Mi familia es él...

—¿Has oído lo que te dije, niña?

—Mi familia es él... Yo no tengo más familia que él.

—Vete a tu cuarto, simple, y a la noche hablaremos, que ahora espero visita y no me conviene incomodarme... Si quieres tocar y cantar, puedes hacerlo; pero cierra la puerta.

Desapareció Aura, y al poco rato llenaba toda la casa su voz tiernísima cantando _Assisa al pie d’un salice_. Entraron dos marchantes, y allá se entretuvieron largo rato con doña Jacoba examinando piedras, dándose recíprocamente la jaqueca con el regateo de quilates y precios. Fuéronse ya muy tarde, llevándose aljófar, media docena de esmeraldas de las llamadas _aguamarinas_, y aflojaron dinero: oro, plata. Arrastrando su cuerpo, más bien que llevada por él, llegose la Zahón a los armarios, guardó preciosos objetos, estuvo mediano rato dando vueltas y más vueltas de llaves, y con la misma lentitud pudo ganar el sillón, donde se apoltronó, hasta que Lopresti fue a anunciarle la cena. En el comedor la aguardaba una sopita de sémola y un plato de pescado frito. Viendo que Aura no acudía a la cena, y que su cubierto continuaba baldío, la señora dijo al maltés:

—¿Y la niña?... Ya: ¿no quiere cenar su _alteza_?... Pues déjala, no la llames otra vez. Que coma música... Me importan poco sus rabietas... Era ya loca, y el maldito romanticismo me la ha trastornado más de lo que estaba. ¡Grande error ha sido! Pero se irá curando... ¡Qué remedio tiene más que someterse!... Con ayuda del tiempo y de la ausencia, me prometo ponerla como un guante. No me dé Dios más trabajo que este...

A poco de cenar la llamó. Continuaba la joven en el mismo desgaire, mal peinada, mal vestida, con un lindísimo _deshabillé_ que marcaba sus incomparables líneas corporales, hermosísima, toda blancura en traje, cara y manos, toda tinieblas en el pelo y en los ojos..., el andar ligero, la mirada grave, pasiva, calmosa, fría como una espada cuando la clavaba en la Zahón.

—Siéntate a mi lado, hija mía —le dijo la corcovada, arrimando la silla más próxima—, y óyeme... ¿Qué? ¿No me has oído?... ¿Por qué estás ahí parada, inmóvil...? ¿Cómo quieres que hablemos con la mesa de por medio? Acércate más... Bueno, hija, te empeñas en hacer la fantasma y nada tengo que decirte. Tú te cansarás... De verte así, tan callada, me entra sueño..., y sueño me da también esa quietud con que me miras... En fin, si no quieres hablar, tendrás que oírme, porque no dormiría yo tranquila esta noche si no te dijese que ese falso duque y trovador de filfa no entra más en mi casa. Nos hemos equivocado, hemos estado en Babia. Acabarás por convencerte de dos cosas; digo, de tres; de tres, hija mía. La primera es que nada de lo que yo disponga puede ser contrario a tu felicidad: con razón se ha dicho «quien bien te quiere... etcétera». La segunda, que te conviene, por tu salud corporal y del alma..., te conviene, repito, tomar aires, salir de Madrid..., y para esto, niña, para llevarte y cuidar de ti, viene mi hijo..., le espero mañana... Y la tercera cosa es que encontrarás, no a docenas sino a miles, galanes de más mérito y de más enjundia que ese tontaina de Fernandito, que no es más que un pobre pájaro aburrido, tan vacío de mollera como de bolsa... ¿No respondes? ¿Te vas convenciendo?... Parece que te has vuelto tonta... Aura, por Dios, da sueño mirarte...

Sin responder nada, Aura se fue con lento paso, y Jacoba permaneció un instante con los ojos fijos en la puerta por donde se había ido. Puso atención después, aplicando la oreja..., pero nada oyó: ni ruido de pisadas, ni llanto, ni voz alguna.

—Cayetano —dijo después la señora, apartando de Aura su atención—, tráeme eso, y acerca más la luz.

Púsole delante Lopresti el tintero de cobre con polvorera, y la negra carpeta sebosa donde la señora escribía. De ella sacó la jorobada un pliego de buen papel, escrito ya en dos y media de sus carillas, y aproximado el quinqué y bien atizada la mecha, continuó su obra interrumpida, trazando con lentitud y vacilante pulso los caracteres, hasta que llegó al fin, y puso la firma y rúbrica. Leyó cuidadosamente toda la carta, salpicando las comas donde le parecía, arreglando algún trazo de letra torcido, o haciendo leves enmiendas que no afearan la escritura, y bien regado el papel de polvos abundantes, se entretuvo en doblarlo y cerrarlo con prolijo esmero, y extendió al fin despacio, letra por letra, el sobrescrito: _Excelentísimo señor don Juan Álvarez de Mendizábal, ministro_.

Muy satisfecha debió de quedar de su obra, porque sus ojos se animaban, sus labios se movían, hablando para sí, silenciosos, y acariciaba la carta entre sus finísimos y blancos dedos... Pasado un rato de meditación, intentó ponerse en movimiento.

—Lopresti, ven, que no puedo levantarme, ¡ay, ay, ay! Cógeme por la cintura..., con cuidadito... ¿Y esa?

—En su cuarto...

—Déjala... Se pasará toda la noche lloriqueando, y mañana estará más tranquila... Que llueva, que llueva..., para que el alma se descargue de nubarrones... Vete a ver si duerme.

—Me parece que sí... No siento nada —dijo el maltés, volviendo de su inspección, que solo duró un par de minutos.

—Pues vamos..., sostenme bien, que me caigo... ¿Has cerrado todo..., has apagado la lumbre?... En seguida que yo me acueste..., ya sabes, te traes aquí una manta y te acuestas en el sofá de paja, para que estés toda la noche al cuidado. Deja encendida la luz... Como tienes el sueño ligero, no se moverá un ratón en la casa sin que tú lo sientas... Clavadas como están las maderas de todos los balcones, me parece que tenemos completa seguridad... Yo me caigo de sueño...

Dejola el buen Cayetano en su alcoba, donde se acostó vestida, bien cubierta de mantas. Una candelilla de aceite dentro de un vaso le daba la claridad suficiente para no estar en tinieblas. Entre la lana oscura, lucía el lívido rostro de María Antonieta guillotinada, y no viéndose configuración de cuerpo, sino un informe bulto, podía creerse que doña Jacoba no era más que una cabeza colocada al azar sobre montones de trapos.

Transcurrió más de una hora sin que Lopresti, tumbado en el sofá del comedor, conforme a las órdenes de su señora, observase novedad en la casa, ni oyese ruido alguno. Los de la calle, sonar de relojes distantes, pasos de transeúntes, rumor de alguna pendencia, rodar de carros, quedábanse fuera, y no había para qué poner atención en ellos. A las once y media comenzó el roncar suave de la Zahón, que luego fue en aumento, con notas aflautadas y acordes graves, que infundirían pavor a quien no estuviese acostumbrado a oírlos. Lopresti se adormiló un rato, al son de aquella tan conocida música; pero le despertó algo que no era ruido..., un presentimiento no más, tal vez una idea.

Dudó un momento si le engañaban sus ojos, o si era, en efecto, la propia persona de Aura aquella imagen que veía, avanzando cautelosa, deslizándose ante la pared del comedor como proyección de linterna mágica. La mesa interpuesta impedíale ver la mitad inferior de la figura... Traía una luz en la mano izquierda, y con la otra apretaba contra el pecho un objeto que no se distinguía fácilmente... ¡Vaya si era Aura! ¿Pues quién podía ser más que ella? «Esta madamita está loca, o es sonámbula», pensó el maltés. Pero esta última presunción no se confirmó, porque la joven fijó en Lopresti su ardiente mirada, y luego fue hacia él indecisa, andando y deteniéndose por segundos. A medida que se acercaba, iba perdiendo aquel aspecto de _Lady Macbeth_ con que se apareció a los encandilados ojos del fámulo. Dejó sobre la mesa la luz que traía, y miró espantada a la puerta por donde los furibundos ronquidos de la Zahón llegaban al comedor. Eran el propio ser de la diamantista manifiesto en el sonido.

Lo primero que hizo Lopresti al tener a la señorita al alcance de sus manos, fue tratar de quitarle de la mano derecha un largo y afilado cuchillo que con ella vigorosamente empuñaba: era el cuchillo de la cocina.

—Déjame, déjame, Cayetano... —dijo Aura con voz ahogada, defendiendo el arma con toda la fuerza que desplegar podía—. Esta noche la mato, la mato... Déjame.

Al pronunciar el último _déjame_, ya Lopresti le había quitado el cuchillo. Aura se sentó, y poniendo los codos sobre la mesa y la cara entre las palmas de las manos, rompió a llorar.

—Eso de matar es cosa mala, señora doña Aurorita; cosa mala casi siempre, y, en todo caso, no es obra para mujeres.