Chapter 22 of 22 · 165 words · ~1 min read

Part 22

—También —replicó Hillo con voz opaca, casi lloroso—. Y en verdad que por más que me devano los sesos, no acierto a explicarme... De la cama me sacaron estos verdugos. Comprendo que a ti... ¡A ti, sí!... Era necesidad ponerte a la sombra.

—Yo no conspiro.

—Conspiras contra ti mismo. Yo, ni contra mí ni contra nadie... No he hecho más que hablar mal de Mendizábal..., y eso no mucho.

—No es Mendizábal, no, quien ha tenido la humorada de juntarnos aquí: es la _mano oculta_... ¿Tan candoroso es mi buen clérigo que no lo ve?

—¡Fernando!

—¡La invisible deidad, la tutelar, la próvida mascarita!... ¡Ah!, no se quiere que el niño esté solo... Se teme su desesperación, se teme su rabia...

Enorme distensión de músculos en ojos y boca declaraba el estupor del buen presbítero.

—No está mal esto. ¿Verdad que no está mal?... Para que diga usted ahora que no _remata_...

—¡Vaya si _remata_...!

Santander (San Quintín), agosto-septiembre de 1898.

FIN DE «MENDIZÁBAL»