Chapter 2 of 14 · 3998 words · ~20 min read

Part 2

Al volver de su desmayo, estrechó contra su corazón el precioso talismán, causa de tanto suspiro, zozobra, pena y dolor, y exclamó: «¡Plegue á Alah que sea éste un presagio de dicha y la señal de que también encontraré á mi muy amada Budur!» Después besó el talismán y se lo llevó á la frente, y en seguida lo envolvió con esmero en un pedazo de tela, y se lo ató alrededor del brazo, para evitar que se le perdiera otra vez. Y empezó á brincar de alegría.

Cuando se tranquilizó, recordó que el buen jardinero le había encargado que desarraigase un algarrobo añoso que ya no daba hojas ni fruto. Se ajustó, pues, un cinturón de cáñamo, se levantó las mangas, cogió una azada y un canasto, y puso inmediatamente manos á la obra, dando grandes golpes á las raíces del añoso árbol á ras de tierra. Pero de pronto notó que el hierro del instrumento chocaba con un cuerpo metálico y resistente, y oyó como un ruido sordo que se propagaba por debajo del suelo. Separó entonces rápidamente la tierra y los guijarros, dejando al descubierto una gran chapa de bronce, que se apresuró á quitar. Entonces columbró una escalera de diez peldaños bastante altos abierta en la roca; y tras de haber pronunciado las palabras propiciatorias _la ilah il' Alah_, se dió prisa á bajar, y vió una ancha cueva cuadrada, de construcción muy antigua, de los tiempos remotos de Thammud y Aad; y en aquella cueva abovedada encontró veinte tinajas enormes, colocadas en orden á ambos lados. Levantó la tapa de la primera, y comprobó que estaba completamente llena de barras de oro rojo; levantó entonces la segunda tapa, y advirtió que la segunda tinaja estaba repleta de polvo de oro. Y abrió las otras diez y ocho, y las encontró llenas alternativamente de barras y polvo de oro.

Repuesto de su sorpresa, Kamaralzamán salió entonces de la cueva, volvió á poner la chapa, terminó el trabajo, regó los árboles, según costumbre adquirida de ayudar al jardinero, y no acabó hasta por la noche, cuando volvió su anciano amigo.

Las primeras palabras que el jardinero dijo á Kamaralzamán fueron para darle una buena noticia. Díjole así: «¡Oh hijo mío! Tengo la alegría de anunciarte tu próximo regreso al país de los musulmanes. He encontrado, en efecto, un barco fletado por mercaderes ricos, que se hará á la vela dentro de tres días. He hablado con el capitán, que está conforme en darte pasaje hasta la isla de Ébano.» Al oir estas palabras, Kamaralzamán se alegró mucho, y besó la mano al jardinero, y le dijo: «¡Oh padre mío! Puesto que acabas de darme una buena nueva, yo, á mi vez, te he de dar también otra noticia que creo ha de contentarte...

En este momento de su narración, Schahrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.

[Illustration]

_PERO CUANDO LLEGÓ LA 219.ª NOCHE_

Ella dijo:

»...otra noticia que creo ha de contentarte, aunque ignores la avidez de los hombres del siglo, y tu corazón esté puro de toda ambición. Tómate el trabajo de venir conmigo al jardín, y te enseñaré ¡oh padre mío! la fortuna que te envía la suerte misericordiosa.»

Llevó entonces al jardinero al sitio en que se erguía el algarrobo desarraigado, levantó la chapa, y sin reparar en la sorpresa y espanto de su amigo, le hizo bajar á la cueva, y destapó delante de él las veinte tinajas llenas de oro en barras y en polvo. Y el buen jardinero, como atontado, levantaba las manos y abría extremadamente los ojos ante cada tinaja, diciendo: «¡Ya Alah!» Después Kamaralzamán le dijo: «¡He aquí ahora tu hospitalidad recompensada por el Dador! ¡La propia mano que el extranjero te alargaba para que le socorrieras en la adversidad, con el mismo ademán hace correr por tu morada el oro! ¡Así lo quieren los destinos propicios á las raras acciones animadas por la belleza pura y por la bondad de los corazones espontáneos!»

Al oir estas frases, el anciano jardinero, que no podía articular palabra, se echó á llorar, y las lágrimas resbalaban silenciosas por su larga barba y hasta por su pecho. Logró, por fin, hablar, y dijo: «Hijo mío, ¿qué quieres que haga un viejo como yo con este oro y estas riquezas? Verdad es que soy pobre; pero con mi dicha me basta, y será completa si quieres darme sólo un dracma ó dos para comprar un sudario, que al morir en mi soledad dejaré á mi lado, á fin de que el caminante caritativo envuelva en él mis despojos para el día del juicio.»

Y esta vez le tocó llorar á Kamaralzamán. Luego dijo al viejo: «¡Oh padre de la sabiduría! ¡oh jeque de manos perfumadas! ¡la santa soledad en que pasas tus años pacíficos borra ante tus ojos las leyes que dictó el rebaño adánico acerca de lo justo y lo injusto, de lo falso y lo verdadero! ¡Pero yo he de volver á vivir entre los humanos feroces, y no puedo olvidar tales leyes, so pena de ser devorado! ¡Así, pues, si quieres, repartámonoslo! Tomaré la mitad y tú la otra mitad. ¡Si no, no tocaré absolutamente nada!»

Entonces el anciano jardinero contestó: «Hijo mío, mi madre me parió aquí mismo hace noventa años, y después murió; mi padre murió también. Y el ojo de Alah ha seguido mis pasos, y he crecido á la sombra de este jardín y escuchando el rumor del arroyuelo natal. Tengo cariño á este jardín y á este arroyo, ¡oh hijo mío! y al murmurador follaje, y á este sol, y á esta tierra materna en que mi sombra se alarga en libertad y se conoce á sí misma, y á la luna, que de noche me sonríe por encima de los árboles hasta la mañana. ¡Todo esto habla conmigo, ¡oh hijo mío! Te lo digo para que sepas la razón que me sujeta aquí y me impide partir en tu compañía hacia los países musulmanes. Soy el único musulmán de este país en que vivieron mis antepasados. ¡Blanqueen, pues, en él mis huesos, y que el único musulmán muera con la cara vuelta hacia el sol que ilumina una tierra inmunda ahora, mancillada por los hijos bárbaros del oscuro Occidente!»

Así habló el anciano de las manos temblorosas. Después añadió: «En cuanto á esas tinajas preciosas que te preocupan, toma, si lo deseas, las diez primeras, y deja las otras diez en la cueva. Serán el premio de aquel que entierre el sudario en que yo duerma.

«Pero hay más. Lo difícil no es eso, sino embarcar las vasijas en el navío sin llamar la atención y excitar la codicia de los hombres de alma negra que habitan en la ciudad. Ahora bien; en mi jardín hay olivos cargados de fruto, y en el sitio adonde vas, en la isla de Ébano, las aceitunas son cosa rara y muy estimada. De modo que ahora mismo voy á comprar veinte tarros grandes, que llenaremos á medias de barras y polvo de oro, acabándolos de llenar con las aceitunas de mi jardín. Y entonces será cuando podamos llevarlos sin temor al barco que va á salir.»

Este consejo fué seguido inmediatamente por Kamaralzamán, que se pasó el día preparando los tarros comprados. Y cuando no le quedaba por llenar mas que uno, dijo para sí: «Este talismán milagroso no está bastante seguro arrollado á mi brazo; pueden robármelo mientras duermo ó perderse de otra manera. ¡Lo mejor es, seguramente, colocarlo en el fondo de este tarro; después lo cubriré con las barras y el polvo de oro, y encima colocaré las aceitunas!» Y en seguida ejecutó su proyecto; y terminado que fué aquello, tapó el último tarro con su tapa de madera blanca, y para distinguirlo de los otros en caso necesario, le hizo una muesca en la base, y después, enardecido por aquel trabajo, grabó con una navaja todo su nombre, Kamaralzamán, en hermosos caracteres enlazados. Concluída tal tarea, rogó á su anciano amigo que avisase á los hombres de la nave para que al día siguiente fueran á recoger los tarros. Y el viejo desempeñó en seguida el encargo, y regresó á casa un tanto fatigado, y se acostó con un poco de calentura y algunos escalofríos.

A la mañana siguiente, el anciano jardinero, que en su vida había estado enfermo, notó que se acrecentaba el mal de la víspera; pero no quiso decírselo á Kamaralzamán, para no amargarle la salida. Se quedó en el colchón, presa de una gran debilidad, y comprendió que iba á llegar su último momento.

Durante el día, los hombres de la nave fueron al jardín á recoger los tarros, y dijeron á Kamaralzamán, que les había abierto la puerta, les indicase lo que tenían que recoger. El joven les llevó junto á la verja y les enseñó los veinte tarros, bien colocados, diciéndoles: «¡Están llenos de aceitunas de primera calidad! ¡Os ruego, pues, que tengáis cuidado para no estropearlas!» Luego, el capitán, que había acompañado á sus hombres, dijo á Kamaralzamán: «¡Sobre todo, señor, no dejes de ser puntual; porque mañana el viento soplará de tierra y nos daremos á la vela en seguida!» Y cogieron los tarros y se fueron...

En este momento de su narración, Schahrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.

[Illustration]

_PERO CUANDO LLEGÓ LA 222.ª NOCHE_

Ella dijo:

...Y cogieron los tarros y se fueron.

Después Kamaralzamán entró en la habitación del jardinero, y le encontró la cara palidísima, aunque llena de gran serenidad. Le preguntó cómo estaba, y entonces se enteró de que hallábase enfermo, y á pesar de las palabras que el otro le decía para tranquilizarle, no dejó de alarmarse mucho. Le hizo tomar varios cocimientos de hierbas verdes, pero sin gran resultado. Después le acompañó todo el día, y le veló por la noche, y pudo ver que el mal se agravaba. Y por la mañana, el buen jardinero, que apenas tenía fuerzas para llamarle hacia su cabecera, le cogió de la mano y le dijo: «¡Kamaralzamán, hijo mío, escucha! ¡No hay más Dios que Alah! ¡Y nuestro señor Mohammad es el enviado de Alah!» Y expiró.

Entonces Kamaralzamán rompió en llanto, y estuvo mucho rato llorando á su lado. Se levantó después, le cerró los ojos, le rindió el último tributo, le hizo un sudario blanco, abrió la huesa y enterró al último musulmán de aquel país caído en el descreimiento. Y entonces pensó en embarcarse.

Compró algunas provisiones, cerró la puerta del jardín, se llevó la llave consigo, y corrió á escape al puerto, cuando el sol estaba ya muy alto; pero fué para ver que el barco, á toda vela, iba ya obedeciendo al viento favorable hacia alta mar.

Extremado fué el dolor de Kamaralzamán al ver aquello; pero no lo exteriorizó, para que no se riera á costa suya la gentuza del puerto. Y volvió á emprender tristemente el camino del jardín, del cual era ya único heredero y propietario por fallecimiento del anciano. Y en cuanto llegó á la casita, se desplomó en un colchón, y lloró por sí mismo, y por su amada Budur, y por el talismán que acababa de perder por segunda vez.

La aflicción de Kamaralzamán no tuvo límites cuando se vió obligado por el Destino feroz á quedarse hasta fecha desconocida en aquel país inhospitalario; y el pensamiento de haber perdido para siempre el talismán de Sett Budur le desesperaba más, y decía para sí: «¡Mis desdichas empezaron con la pérdida del talismán y volvió la buena suerte cuando lo recobré; y ahora que lo he vuelto á perder, quién sabe las calamidades que me caerán encima!» Sin embargo, acabó por exclamar: «¡No hay más recurso que Alah el Altísimo!» Después se levantó, y para no exponerse á perder las otras diez tinajas que constituían el tesoro subterráneo, fué á comprar otros veinte tarros; puso en ellos las barras y el polvo, y los acabó de llenar con aceitunas hasta arriba, diciendo para sí: «¡Así estarán preparados el día que Alah quiera que me embarque!» Y volvió á regar las legumbres y los árboles frutales, recitando versos muy tristes relativos á su amor hacia Budur. Eso en cuanto á Kamaralzamán.

* * * * *

En cuanto al buque, tuvo vientos favorables, y no tardó en llegar á la isla de Ébano, y fué á fondear precisamente debajo del malecón en que se elevaba el palacio habitado por la princesa Budur con el nombre de Kamaralzamán.

Al ver aquella nave que entraba á toda vela y ondeando el pabellón, Sett Budur sintió vivos deseos de ir á verla, tanto más cuanto que siempre tenía la esperanza de que había de encontrar algún día á su esposo Kamaralzamán embarcado en alguno de los navíos que venían de lejos. Mandó á algunos de sus chambelanes que la acompañaran, y fué á bordo del buque, del cual le dijeron, por otra parte, que venía cargado con ricas mercaderías.

Al llegar á bordo, mandó llamar al capitán, y le dijo que quería ver la nave. Después, cerciorada de que Kamaralzamán no se encontraba entre los pasajeros, preguntó por curiosidad al capitán: «¿De qué viene cargado el barco, capitán?» Éste contestó: «¡Oh, señor! Además de los mercaderes pasajeros, llevamos en el sollado ricas telas, sederías de todos los países, bordados en terciopelo y brocados, telas pintadas, antiguas y modernas, de muy buen gusto, y otras mercancías de valor; llevamos medicamentos chinos é indios, drogas en polvo y en rama, díctamos, pomadas, colirios, ungüentos y bálsamos preciosos; llevamos pedrería, perlas, ámbar amarillo y coral; tenemos también perfumes de todas clases y especies selectas; almizcle, ámbar gris é incienso, almáciga en lágrimas transparentes, benjuí gurí y esencias de todas las flores; tenemos asimismo alcanfor, cilantro, cardamomo, clavo, canela de Serendib, tamarindo y jengibre; finalmente, hemos embarcado en el último puerto aceitunas superiores, de las llamadas «de pájaro», que tienen una piel muy fina y una pulpa dulce, jugosa, del color del aceite rubio...»

En este momento de su narración, Schahrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.

[Illustration]

_PERO CUANDO LLEGÓ LA 225.ª NOCHE_

Ella dijo:

»...que tienen una piel muy fina y una pulpa dulce, jugosa, del color del aceite rubio.»

Cuando la princesa Budur oyó nombrar las aceitunas, que le gustaban con delirio, interrumpió al capitán, y le preguntó, brillándole los ojos de deseo: «¡Ah! ¿Y cuánta cantidad tienes de esas aceitunas «de pájaro»?» Él contestó: «Tenemos veinte tarros grandes.» Ella dijo: «¿Son muy grandes? ¡Dímelo! ¿Y tienen también aceitunas de las que se llaman rellenas, es decir, de las que se les han quitado los huesos para sustituirlos con alcaparras ácidas, y que mi alma prefiere con mucho á las que tienen hueso?» El capitán abrió los ojos, y dijo: «Supongo que también las habrá en esos tarros.»

Al oirle, la princesa Budur notó que se le hacía la boca agua con el deseo no satisfecho, y dijo: «Quiero comprar uno de esos tarros.» Y el capitán contestó: «Aunque al propietario se le escapó el barco en el momento de zarpar y no puedo disponer libremente de ellos, nuestro señor el rey tiene derecho á coger lo que quiera.» Y gritó: «¡Hola! ¡Traiga uno de vosotros del sollado uno de los veinte tarros de aceitunas!» Y en seguida los marineros sacaron del sollado y trajeron uno de éstos.

Sett Budur mandó levantar la tapa, y le maravilló tanto el aspecto admirable de aquellas aceitunas «de pájaro», que exclamó: «Quisiera comprar los veinte tarros. ¿Cuánto costarán, según el precio corriente del zoco?» El capitán contestó: «Según el precio del zoco de la isla de Ébano, creo que cada tarro de aceitunas valdrá cien dracmas.» Sett Budur dijo á sus chambelanes: «¡Pagad al capitán mil dracmas por cada tarro!» Y añadió: «Cuando vuelvas al país del mercader, le pagarás eso por las aceitunas.» Y se fué, seguida de los que cargaron con los tarros de aceitunas.

La primera diligencia de Sett Budur al llegar á palacio fué entrar en el aposento de su amiga Hayat Alnefus para avisarle de la llegada de las aceitunas. Y cuando los tarros fueron llevados al interior del harén, según las órdenes dadas, Budur y Hayat-Alnefus, en el colmo de la impaciencia, mandaron traer la fuente mayor de las de dulce, y ordenaron á las esclavas que levantaran con cuidado el primer tarro y vaciaran en ella el contenido todo, formando un montón bien acondicionado, en el que se pudieran distinguir las aceitunas con hueso de las deshuesadas.

¡Y cuál no sería el maravillado pasmo de Budur y su amiga al ver mezclados con las aceitunas barras y polvo de oro! Y esta sorpresa tenía algo de decepción, por pensar que tal mezcla podía haber echado á perder las aceitunas; de modo que Budur mandó traer otras fuentes y vaciar los demás tarros, uno tras otro, hasta el vigésimo. Pero cuando las esclavas hubieron volcado el último, y apareció el nombre de Kamaralzamán en la base, y brilló el talismán en medio de las aceitunas, Budur lanzó un grito, se puso palidísima, y cayó desmayada en brazos de Hayat-Alnefus. ¡Acababa de reconocer la cornalina que llevó en otro tiempo sujeta al nudo de seda del calzón!

Al volver en sí, merced á los cuidados de Hayat-Alnefus, Sett Budur cogió la cornalina talismánica y se la llevó á los labios, exhalando un suspiro de felicidad; después, para que las esclavas no se enteraran de su disfraz, las despidió á todas, y dijo á su amiga: «¡He aquí ¡oh amada mía querida! el talismán causante de que estemos separados mi esposo adorado y yo! ¡Pero así como he dado con él, pienso volver á encontrar á aquel cuya venida nos llenará de felicidad á ambas!»

Inmediatamente mandó llamar al capitán de la nave, que se le presentó y besó la tierra entre sus manos, y aguardó que le preguntaran. Entonces Budur le dijo: «¿Puedes decirme ¡oh capitán! lo que hace en su tierra el amo de los tarros de aceitunas?» El capitán respondió: «Es ayudante de jardinero, y había de embarcarse con sus aceitunas para venir á venderlas aquí, pero no llegó á tiempo al barco.» Budur le dijo: «Pues bien; sabe ¡oh capitán! que al probar las aceitunas, de las cuales las mejores están, efectivamente, rellenas, he descubierto que el que las ha preparado no puede ser mas que uno que fué cocinero mío, pues era el único que sabía dar al relleno de alcaparras ese sabor picante y suave á la vez que me gusta infinito. Y ese maldito cocinero se escapó, temiendo que le castigaran por haber perjudicado á un pinche al tratar de acariciarlo de una manera harto dura y poco proporcionada. Por consiguiente, es menester que te des á la vela y me traigas lo antes posible á ese ayudante de jardinero, porque sospecho mucho que sea mi ex cocinero, autor del desgarrón de su delicado pinche. Y te recompensaré con liberalidad si cumples mis órdenes con gran diligencia; de lo contrario, no te permitiré volver más á mi reino; y como volvieras, te mandaría matar, lo mismo que á los de tu tripulación...»

En este momento de su narración, Schahrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.

[Illustration]

_PERO CUANDO LLEGÓ LA 228.ª NOCHE_

Ella dijo:

»...te mandaría matar, lo mismo que á los de tu tripulación.»

Al oir estas palabras, el capitán no pudo contestar mas que oyendo y obedeciendo, y á pesar del perjuicio que salida tan forzada pudiera ocasionar á sus mercaderías, supuso que á la vuelta le indemnizaría el rey, y se dió á la vela. Y le permitió Alah una navegación tan feliz, que llegó en pocos días á la ciudad descreída, y desembarcó de noche con los marineros más robustos de su tripulación.

En seguida se dirigió con su escolta al jardín habitado por Kamaralzamán, y llamó á la puerta.

En aquel momento, Kamaralzamán, que había acabado su labor del día, estaba sentado muy triste, y con lágrimas en los ojos recitaba versos sobre la ausencia. Pero al oir llamar á la puerta, se levantó y fué á preguntar: «¿Quién va?» El capitán, fingiendo voz cascada, dijo: «¡Un pobre de Alah!» Al oir esta súplica, dicha en árabe, Kamaralzamán, cuyo corazón latió de piedad, abrió. Pero inmediatamente fué cogido y agarrotado, y los marineros invadieron el jardín, y al ver los veinte tarros colocados como la primera vez, se apresuraron á cogerlos. Después volvieron todos al barco, y se dieron inmediatamente á la vela.

Entonces el capitán, rodeado por sus hombres, se acercó á Kamaralzamán y le dijo: «¡Ah! ¿Conque eres tú el aficionado á muchachos, que desgarraste al niño en la cocina del rey? ¡Cuando llegue el barco, encontrarás el palo dispuesto á hacerte lo propio, como no prefieras que ahora mismo te ensarten estos mozos continentes!» Y le señaló á los marineros, que se guiñaban el ojo al mirarlo, pues les parecía muy bien disfrutar de aquella ganga.

Al oir tales palabras, Kamaralzamán, que aunque libertado de las ataduras desde que llegó á la nave no había dicho palabra, dejándose llevar por el Destino, no pudo soportar tamaña imputación, y exclamó: «¡Me refugio en Alah! ¿No te da vergüenza hablar de ese modo, ¡oh capitán!? ¡Reza por el Profeta!» El capitán contestó: «¡Sean con Él y con todos los suyos la bendición de Alah y la plegaria! ¡Pero tú fuiste el que ensartó al chico!»

Al oir estas palabras, Kamaralzamán exclamó otra vez: «¡Me refugio en Alah!» El capitán replicó: ¡Tenga Alah misericordia de nosotros! ¡Nos ponemos bajo su custodia!» Y Kamaralzamán repuso: ¡Os juro á todos vosotros por la vida del Profeta (¡sean con Él la plegaria y la paz!), que no entiendo nada de semejante acusación, y que nunca he puesto los pies en esa isla de Ébano á la cual me lleváis, ni en el palacio ele su rey! ¡Rezad por el Profeta, ¡oh buena gente!» Entonces todos replicaron, como se acostumbra: «¡Sea con Él la bendición!»

Pero el capitán replicó: «¿De modo que nunca has sido cocinero ni has ensartado á ningún niño en tu vida?» Kamaralzamán, en el límite de la indignación, escupió al suelo, y gritó: «¡Me refugio en Alah! ¡Haced de mí lo que queráis, pues ¡por Alah! mi lengua no se volverá á mover para contestar á tales cosas!» Y ya no quiso decir palabra. Entonces el capitán dijo: «Yo cumplo mi deber con entregarte al rey. ¡Si eres inocente, ya te arreglarás como puedas!»

A todo esto, el barco llegó á la isla de Ébano con felicidad. Y el capitán llevó en seguida á Kamaralzamán á palacio, y solicitó ver al rey. Y como le aguardaban, se le introdujo en la sala del trono.

Y Sett Budur, para no delatarse, por interés tanto suyo como de Kamaralzamán, había combinado un plan muy acertado, sobre todo para discurrido por una mujer.

Y cuando miró al que el capitán traía, á la primera ojeada conoció á su adorado Kamaralzamán, y se quedó muy pálida y amarilla como el azafrán. Y todos atribuyeron su cambio de color á la ira por el recuerdo de la ensartadura del niño. Ella le miró mucho rato sin poder hablar, mientras Kamaralzamán, con su traje viejo de jardinero, había llegado al límite de la confusión y el temblor. Y estaba muy distante de figurarse que se encontraba en presencia de aquella por quien había vertido tantas lágrimas y experimentado tantas penas, zozobras y malos tratos.

Por fin pudo dominarse Sett Budur, y se volvió hacia el capitán, y le dijo: «¡Como premio por tu fidelidad, te quedarás con el dinero que te di por las aceitunas!» El capitán besó la tierra, y dijo: «¿Y los otros veinte tarros de esta última vez que están todavía en el sollado?» Budur dijo: «Si has traído otros veinte tarros, apresúrate á mandármelos. ¡Y te pagaré mil dinares de oro!» Y le despidió.