Chapter 6 of 14 · 3939 words · ~20 min read

Part 6

Al ver aquello, la buena anciana dijo al médico: «¿Por qué se ha desmayado de pronto tu hijo, después de romper en llanto?» El médico contestó: «¿Cómo no va á ser así, ¡oh venerable! cuando la esclava Feliz-Bella, á quien he curado, es propiedad de este al que crees mi hijo, y que no es otro que el hijo del ilustre mercader Primavera, de Kufa? Y nuestra venida á Damasco no ha tenido más objeto que buscar á la joven Feliz-Bella, que había desaparecido un día, arrebatada por una maldita vieja de ojos traidores. Así es ¡oh madre nuestra! que desde ahora ciframos en tu benevolencia nuestra esperanza más querida, y no dudamos de que nos ayudarás á recobrar el más sagrado de los bienes.» Después añadió: «Y en prenda de nuestro agradecimiento, he aquí, para empezar, los mil dinares del califa. ¡Tuyos son! ¡Y el porvenir te demostrará que la gratitud por tus beneficios ocupa en nuestro corazón un sitio de honor!...»

En este momento de su narración, Schahrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.

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_PERO CUANDO LLEGÓ LA 245.ª NOCHE_

Ella dijo:

»...la gratitud por tus beneficios ocupa en nuestro corazón un sitio de honor!» Entonces la buena señora empezó por apresurarse á ayudar al médico para que Feliz-Bello, desmayado, recobrara el conocimiento, y después dijo: «Podéis contar con el fervor de mi buena voluntad y mi abnegación.» Y les dejó para ir en seguida junto á Feliz-Bella, á la cual encontró con el rostro radiante de júbilo y salud. Y se acercó á ella sonriente, y le dijo: «Hija mía, ¿por qué no has tenido desde el principio confianza en tu madre? De todos modos, ¡cuánta razón te asistía para llorar todas las lágrimas de tu alma al verte separada de tu dueño, el hermoso y dulce Feliz-Bello, hijo de Primavera, de Kufa!» Y al ver la sorpresa de la joven, se dió prisa á añadir: «Puedes contar, hija mía, con toda mi discreción y mi voluntad maternal para contigo. ¡Te juro que te reuniré con tu amado, aunque me costara la vida! ¡Tranquiliza, pues, tu alma, y deja que la anciana trabaje para tu bien, según su saber!»

Abandonó entonces á Feliz-Bella, que le besaba las manos llorando de alegría, y fué á hacer un paquete, en el cual puso ropas de mujer, alhajas y todos los accesorios necesarios para un completo disfraz, y volvió á la tienda del médico, é hizo seña á Feliz-Bello para hablar aparte con él. Entonces Feliz-Bello la llevó á la trastienda, detrás de una cortina, y se enteró por ella de sus proyectos, que le parecieron perfectamente combinados, y se dejó guiar por el plan que ella le sometió.

Con lo cual la buena dama vistió á Feliz-Bello con ropas de mujer que había llevado, y le alargó los ojos con kohl, y agrandó y ennegreció el lunar de la mejilla, y después le puso brazaletes en las muñecas y le colocó alhajas en la cabellera, cubierta con un velo de Mosul; y hecho esto, dirigió la última ojeada á su tocado, y le pareció que estaba encantador así y mucho más hermoso que todas las mujeres juntas del palacio del sultán. Entonces le dijo: «¡Bendito sea Alah en sus obras! Ahora, hijo mío, tienes que andar como las jóvenes todavía vírgenes, yendo á pasitos cortos, moviendo la cadera derecha y enarcando hacia atrás la izquierda, sin dejar de dar ligeras sacudidas á tus nalgas sabiamente. ¡Haz un corto ensayo de esas maniobras antes de salir!»

Entonces Feliz-Bello se puso á ensayar en la tienda los ademanes consabidos, y lo hizo tan bien, que la buena dama exclamó: «¡Maschalah! ¡Ya pueden dejar de alabarse las mujeres! ¡Qué maravillosos movimientos de nalgas y qué meneo de riñones tan espléndido! Sin embargo, para que la cosa resulte completamente admirable, es menester que des á tu cara una expresión más lánguida, inclinando el cuello un poco más y mirando con el rabillo del ojo... ¡Así! ¡Perfectamente! Ya puedes seguirme.» Y se fué con él á palacio.

Cuando llegaron á la puerta de entrada del pabellón reservado al harén, avanzó el jefe de los eunucos y dijo: «Ninguna persona extraña puede entrar sin orden especial del Emir de los Creyentes. ¡Atrás, pues, con esa joven, ó si quieres, entra tú sola!» Pero la anciana dama dijo: «¿Qué has hecho de tu cordura, ¡oh corona de los guardianes!? ¡Tú, que generalmente eres la misma delicia y la urbanidad, adoptas ahora un tono que le sienta muy mal á tu aspecto exquisito! ¿No sabes ¡oh dotado de nobles modales! que esta esclava es propiedad de Sett Zahia, hermana de nuestro amo el califa, y que Sett Zahia, en cuanto sepa tu falta de consideración respecto á su esclava preferida, no dejará de hacer que te destituyan y hasta de mandar decapitarte? ¡Y tú mismo habrás sido de esta manera el causante de tu infortunio!» Después la dama se volvió hacia Feliz-Bello y le dijo: «¡Ven, esclava, olvida por completo esa falta de miramiento de nuestro jefe, y sobre todo no le digas nada á tu señora! ¡Anda, vamos ya!» Y le cogió de la mano y le hizo entrar, mientras Feliz-Bello inclinaba mimosamente la cabeza á derecha é izquierda, sonriendo con los ojos al jefe de los eunucos, que meneaba la cabeza.

Ya en el patio del harén, la dama dijo á Feliz-Bello: «Hijo mío, te hemos hecho reservar una habitación en el interior del harén, y allá vas á irte en seguida tú solo. Para dar con el aposento, entras por esta puerta, tomas la galería que encuentres delante, vuelves á la izquierda, y después á la derecha, y otra vez á la derecha; cuentas en seguida cinco puertas, y abres la sexta, que es la de la habitación que se te ha reservado, y á la cual irá á buscarte Feliz-Bella, á quien voy á avisar. Y yo me encargaré de que salgáis los dos de palacio sin llamar la atención de guardias ni de eunucos.»

Entonces Feliz-Bello entró en la galería, y en su turbación se equivocó de camino; volvió á la derecha, y después á la izquierda por un pasillo paralelo al otro, y penetró en la sexta habitación...

En este momento de su narración, Schahrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.

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_PERO CUANDO LLEGÓ LA 246.ª NOCHE_

Ella dijo:

...en la sexta habitación.

Así llegó á una sala alta, coronada por una hermosa cúpula, y cuyas paredes estaban adornadas con versículos en caracteres de oro que corrían por todas partes, enlazados en mil líneas perfectas; las paredes estaban tapizadas con seda de color rosa; las ventanas tamizadas con finas cortinas de gasa, y el suelo cubierto con inmensas alfombras del Khorasán y Cachemira; en los taburetes aparecían colocadas copas con frutas, y encima de las alfombras se extendían fuentes cubiertas con un paño protector, que dejaba adivinar, por sus formas y sus perfumes admirables, esa famosa pastelería, delicia de las gargantas más descontentadizas, y que sólo Damasco, entre todas las ciudades de Oriente y del universo entero, sabía dotar de sus cualidades tan exquisitas.

Y Feliz-Bello estaba muy lejos de figurarse lo que le reservaban en aquella sala los poderes desconocidos.

En medio de la estancia había un trono cubierto de terciopelo, único visible; y Feliz-Bello, sin atreverse á retroceder, por temor á que le encontraran vagando por los corredores, fué á sentarse en el trono, y aguardó su destino.

Apenas llevaba allí algunos momentos, cuando llegó á sus oídos un rumor de seda repercutido por la bóveda, y vió entrar por una de las puertas laterales á una joven de aspecto regio, sin más ropa que la interior, sin velo en la cara ni pañuelo en la cabellera, y la seguía una esclava muy bella, con los pies descalzos, que llevaba flores en la cabeza y en la mano un laúd de madera de sicomoro. Y aquella dama no era otra que Sett Zahia, hermana del Emir de los Creyentes.

Cuando Sett Zahia vió á aquella persona velada que habíase sentado en la sala, se acercó á ella afablemente y le preguntó: «¿Quién eres, ¡oh extranjera! á quien no conozco? ¿Por qué llevas echado el velo en el harén, donde nadie puede verte?» Pero Feliz-Bello, que se había apresurado á ponerse en pie, no se atrevió á pronunciar palabra y tomó la determinación de fingirse mudo. Y Sett Zahia le preguntó: «¡Oh joven de ojos hermosos! ¿por qué no me contestas? Si por casualidad eres alguna esclava despedida de palacio por mi hermano el Emir de los Creyentes, date prisa á decírmelo, é iré á interceder por ti, pues nunca me niega nada.» Pero Feliz-Bello no se atrevió á contestar. Y Sett Zahia se figuró que aquel silencio de la joven obedecía á la presencia de la esclavita que estaba allí con los ojos muy abiertos, mirando con asombro á aquella persona tapada y tan tímida. Sett Zahia le dijo entonces: «Ve, querida, y quédate detrás de la puerta para impedir que entre nadie en la sala.» Y cuando salió la esclava, se colocó junto á Feliz-Bello, que tuvo deseos de apretarse más el velo, y le dijo: «¡Oh joven! Dime ahora quién eres, y tu nombre, y el motivo de tu venida á esta sala, en la cual sólo entramos el Emir de los Creyentes y yo. Puedes hablarme con el corazón en la mano, pues te encuentro encantadora y tus ojos me gustan mucho. ¡Verdaderamente, te encuentro deliciosa, hija mía!» Y Sett Zahia, que gustaba en extremo de las vírgenes blancas y delicadas, antes de que le contestara cogió á la joven por la cintura, atrayéndola hacia sí, y le puso la mano en los pechos para acariciárselos, mientras le desabrochaba el vestido con la otra mano. ¡Pero se quedó estupefacta al observar que el pecho de la joven era tan liso como el de un muchacho! Y primero retrocedió, pero después se acercó y le quiso levantar la falda para aclarar tal asunto.

Cuando Feliz-Bello adivinó aquella intención, juzgó más prudente hablar, y cogió la mano á Sett Zahia, y llevándosela á los labios, dijo: «¡Oh mi señora, me entrego enteramente á tu bondad, y me coloco bajo tus alas pidiéndote protección!» Sett Zahia dijo: «Te la otorgo por completo. Habla.» Y él dijo: «¡Oh mi señora! No soy una mujer. Me llamo Feliz-Bello, y soy hijo de Primavera, de Kufa. Y si he llegado hasta aquí arriesgando mi vida, ha sido para volver á ver á mi esposa Feliz-Bella, la esclava que el gobernador de Kufa me robó para enviarla como regalo al Emir de los Creyentes. ¡Por la vida de nuestro Profeta, ¡oh señora mía! apiádate de tu esclavo y de su esposa!» Y Feliz-Bello se echó á llorar.

Sett Zahia se apresuró á llamar á la esclava y le dijo: «¡Corre en seguida á la habitación de Feliz-Bella, y dile: «Mi ama Zahia te llama.» Después se volvió...

En este momento de su narración, Schahrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.

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_PERO CUANDO LLEGÓ LA 247.ª NOCHE_

Ella dijo:

...Después se volvió hacia Feliz-Bello y le dijo: «¡Calma tu espíritu, ¡oh joven! ¡No te pasarán mas que cosas felices!»

Y mientras tanto, la buena anciana había ido á buscar á Feliz-Bella y le había dicho: «¡Sígueme aprisa, hija mía! ¡Tu esposo querido está en la habitación que le he reservado!» Y la guió, pálida de emoción, al aposento en donde creía encontrar á Feliz-Bello. Y su dolor fué muy grande, y no menor su terror, al no verle allí; y la vieja dijo: «¡Seguramente se habrá extraviado por los pasillos! ¡Vuelve, hija mía, á tu habitación, mientras yo voy en busca suya!»

Y entonces fué cuando la esclava entró en el aposento de Feliz-Bella, á la cual encontró toda trémula y muy pálida, y le dijo: «¡Oh Feliz-Bella! Mi ama Sett Zahia te llama.» Entonces Feliz-Bella ya no tuvo duda de su perdición y de la de su amado, y tambaleándose siguió á la gentil esclava que le indicaba el camino.

Pero apenas había entrado en la sala, cuando la hermana del califa se acercó á ella con la sonrisa en los labios, la cogió de la mano y la llevó junto á Feliz-Bello, que seguía con el velo puesto, diciéndoles á ambos: «¡He aquí la dicha!» Y los dos jóvenes se conocieron al momento, y cayeron desmayados uno en brazos de otro.

Entonces la hermana del califa, ayudada por la esclava, les roció con agua de rosas, les hizo recobrar el conocimiento y les dejó solos. Volvió al cabo de una hora, y los encontró sentados, abrazándose estrechamente y con los ojos llenos de lágrimas de ventura y gratitud por su bondad. Entonces les dijo: «¡Ahora tenemos que festejar vuestra unión bebiendo juntos por la eterna duración de vuestra felicidad!» Y en seguida, á una seña suya, la risueña esclava llenó de vino exquisito las copas y se las presentó. Y bebieron, y Sett Zahia les dijo: «¡Cuánto os amáis, hijos míos! Debéis de saber versos admirables sobre el amor y canciones muy bellas acerca de los amantes. ¡Me gustaría que cantaseis algo! ¡Tomad este laúd y haced resonar con vuestro arte el alma de su madera melodiosa!»

Entonces Feliz-Bello y Feliz-Bella besaron las manos de la hermana del califa, y templando el laúd, cantaron alternativamente estas maravillosas estrofas:

--_¡Te traigo hermosas flores bajo mi velo de Kufa, y frutas todavía empolvadas con el oro del sol!_

--_¡Todo el oro del Sudán está en tu piel, amada mía! ¡Los rayos del sol están en tus cabellos, y el terciopelo de Damasco en tus ojos!_

--_¡Heme aquí! ¡Vengo á buscarte durante la hora en que las noches tibias son propicias!... ¡El aire es leve, la noche se hace sedosa y transparente, y hacia nosotros llega el murmullo de las hojas y del agua!_

--_¡Aquí me tienes, ¡oh mi gacela de las noches! ¡Tus ojos han deslumbrado á todas las tinieblas! ¡Quiero sumergirme en tus ojos, como el ave que se embriaga sobre el mar!_

--_¡Acércate más, y toma en mis labios sus rosas! ¡Déjame después salir lentamente de mi cáliz, y acabar de desnudarme para ti desde los hombros hasta los tobillos!_

--_¡Oh mi muy amada!_

--_¡Heme aquí! ¡El secreto fruto de mi carne de luna tiene la forma del dátil maduro! ¡Ven!... ¡Se te aparecerá todo el mar, el mar lleno de olas, en que las aves se embriagan!_

Apenas habían expirado las últimas notas de aquel canto en los labios de Feliz-Bella, desfallecida de felicidad, cuando súbitamente se descorrieron las cortinas y el califa en persona entró en la sala.

Al verle, se levantaron los tres apresuradamente y besaron la tierra entre sus manos. Y el califa les sonrió á todos, y fué á sentarse en medio de ellos en la alfombra, y mandó á la esclava que trajera vino y llenara las copas. Después dijo: «¡Vamos á beber para festejar la vuelta de Feliz-Bella á la salud!» Y levantó la copa de oro y dijo: «¡Por amor á tus ojos, ¡oh Feliz-Bella!» Y bebió lentamente. Dejó entonces la copa, y notando la presencia de aquella esclava á quien no conocía, preguntó á su hermana: «¿Quién es esa joven que está ahí, y cuyas facciones me parecen tan bellas bajo el velo ligero?» Sett Zahia contestó: «¡Es una compañera sin la cual no le es posible vivir á Feliz-Bella, pues no puede comer ni beber á gusto si no la tiene cerca!»

Entonces el califa levantó el velo de la supuesta esclava y se quedó pasmado de su belleza. En efecto, Feliz-Bello todavía no tenía pelo en las mejillas, sino tan sólo un leve bozo que daba una sombra adorable á su blancura, sin contar con el lunar de almizcle que sonreía bellamente en su barbilla.

Y el califa, muy apasionado, exclamó: «¡Por Alah! ¡Oh Zahia! ¡Desde esta noche quiero también tomar por concubina á esta nueva adolescente, y le reservaré, como á Feliz-Bella, una habitación digna de su hermosura y un tren de casa como á mi esposa legítima!» Y Sett Zahia respondió: «¡Por cierto ¡oh hermano mío! que esta joven es un bocado digno de ti!» Después añadió: «Ahora precisamente recuerdo una interesante historia que he leído en un libro escrito por uno de nuestros sabios.» Y el califa preguntó: «¿Y cuál es esa historia?» Sett Zahia dijo:

«Sabe ¡oh Emir de los Creyentes! que hubo en la ciudad de Kufa un joven llamado Feliz-Bello, hijo de Primavera...

En este momento de su narración, Schahrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.

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_PERO CUANDO LLEGÓ LA 248.ª NOCHE_

Ella dijo:

»...un joven llamado Feliz-Bello, hijo de Primavera. Era dueño de una esclava muy hermosa, á la cual amaba, y que le amaba también, pues á ambos les habían criado juntos en la misma cuna, y se habían poseído desde los primeros tiempos de la pubertad. Y fueron dichosos años enteros, hasta que un día el tiempo se volvió contra ellos, arrebatándoles el uno al otro. Una vieja fué la que sirvió de instrumento de desgracia al Destino feroz. Raptó á la esclava y se la entregó al gobernador de la ciudad, que se apresuró á enviársela como regalo al rey de aquel tiempo.

»Mas el hijo de Primavera, al saber la desaparición de la que amaba, no descansó hasta que la encontró en el propio palacio del rey, en medio del harén. Pero en el momento en que ambos se congratulaban de verse reunidos y derramaban lágrimas de alegría, el rey entró en la sala en que se encontraban y les sorprendió juntos. Su furor llegó al colmo, y sin tratar de poner en claro el asunto, les mandó cortar la cabeza.

»Ahora bien--prosiguió Zahia--; como el sabio que escribió esta historia no da su parecer sobre el procedimiento, quisiera preguntarte ¡oh Emir de los Creyentes! tu opinión acerca del acto del rey, y saber lo que habrías hecho en su lugar y en las mismas condiciones.»

El Emir de los Creyentes, Ab El-Malek ben-Meruán, respondió sin vacilar: «Ese rey debió haberse guardado de obrar con tanta precipitación, y mejor habría sido que perdonase á los dos jóvenes, por tres razones: la primera, porque ambos se querían de veras y desde mucho antes; la segunda, porque eran en aquel momento los huéspedes del rey, puesto que estaban en su palacio; y la tercera, porque un rey no debe proceder sino con prudencia y mesura. ¡Deduzco de todo esto que cometió un acto indigno de un buen rey!»

Al oir estas palabras, Sett Zahia se echó á los pies de su hermano, y exclamó: «¡Oh Príncipe de los Creyentes! ¡sin saberlo, acabas de juzgarte á ti mismo en el acto que vas á realizar! ¡Te conjuro, por la sagrada memoria de nuestros antepasados y de nuestro augusto padre, el íntegro, á que seas equitativo en el caso que voy á someterte!» Y el califa, sorprendidísimo, dijo á su hermana: «¡Puedes hablar con toda confianza! ¡Pero levántate!» Y la hermana del califa se levantó, y se volvió hacia los dos jóvenes, y les dijo: «¡Poneos de pie!» Y se pusieron de pie. Y Sett Zahia dijo á su hermano: «¡Oh Emir de los Creyentes! Esta esclava tan dulce y tan bella, que está cubierta con el velo, no es sino el joven Feliz-Bello, hijo de Primavera. Y Feliz-Bella es la que se crió con él, y más adelante llegó á ser su esposa. Y su raptor no es otro que el gobernador de Kufa, llamado Ben-Yussef El-Thekafi. Ha mentido al decirte en su carta que había comprado la esclava por diez mil dinares. Te pido que le castigues, y perdones á estos dos jóvenes tan disculpables. ¡Otórgame su indulto, pensando en que son tus huéspedes y les resguarda tu sombra!»

A estas palabras de su hermana, el califa respondió: «¡Cierto que sí! ¡No tengo costumbre de desdecirme!»

Después se volvió hacia Feliz-Bella y le pregunto: «¡Oh Feliz-Bella! ¿Declaras que ese es tu esposo Feliz-Bello?» Ella contestó: «¡Tú lo has dicho, ¡oh Príncipe de los Creyentes!» Y el califa dijo: «¡Os devuelvo el uno al otro!» Tras de lo cual miró á Feliz-Bello, y le preguntó: «¿Puedes decirme siquiera cómo has podido penetrar aquí y enterarte de la estancia de Feliz-Bella en mi palacio?» Feliz-Bello contestó: «¡Oh Emir de los Creyentes! ¡Concede á tu esclavo algunos momentos de atención, y te contará toda su historia!» Y en seguida puso al califa al corriente de toda la aventura, sin omitir ni un detalle, desde el principio hasta el fin.

El califa quedó en extremo asombrado, y quiso ver al médico de Persia que había ejercido una intervención tan prodigiosa, y le nombró médico de palacio en Damasco, y le colmó de honores y consideraciones. Después albergó á Feliz-Bello y Feliz-Bella en su alcázar durante siete días y siete noches, y dió en honor suyo grandes fiestas, y los mandó á Kufa cargados de regalos y honores. Y destituyó al gobernador y nombró en su lugar á Primavera, padre de Feliz-Bello. Y así todos vivieron en el colmo de la felicidad durante larga y deliciosa vida.

Cuando Schahrazada acabó de hablar, exclamó el rey Schahriar: «¡Oh Schahrazada! ¡Me encantó esa historia, y sobre todo, los versos me han exaltado hasta el último límite! ¡Pero me sorprende mucho no encontrar en ella los pormenores sobre aquella clase de amor que me hiciste prever!»

Y Schahrazada sonrió levemente, y dijo: «¡Oh rey afortunado! Precisamente esos pormenores están en la HISTORIA DE GRANO-DE-BELLEZA, que me reservo contarte si es que lo autorizas.»

Y el rey Schahriar exclamó: «¿Qué dices, ¡oh Schahrazada!? ¡Por Alah! Tengo un grandísimo interés por oir la HISTORIA DE GRANO-DE-BELLEZA. ¡Apresúrate, pues, á contarla!»

* * * * *

Pero en aquel momento Schahrazada vió aparecer la mañana, y dejó la historia para otro día.

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_PERO CUANDO LLEGÓ LA 250.ª NOCHE_

Ella dijo:

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HISTORIA DE GRANO-DE-BELLEZA

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He llegado á saber ¡oh rey afortunado! que hubo en El Cairo un venerable jeque, que era el síndico de los mercaderes de la ciudad. Todo el zoco le respetaba por su honradez, por sus modales corteses y distinguidos, por su lenguaje mesurado, por su riqueza y por el número de sus esclavos y servidores. Se llamaba Schamseddin.

Un viernes, antes de la plegaria, fué al hammam, y entró después en la barbería, donde, según las prescripciones sagradas, mandó que le cortaran los bigotes precisamente al ras del labio superior y que le afeitaran con esmero la cabeza. Tras de lo cual, cogió el espejo que le brindaba el barbero y se miró, no sin haber recitado el acto de fe, para preservarse de una complacencia demasiado señalada por sus facciones. Y comprobó con tristeza infinita que los pelos blancos de su barba eran mucho más numerosos que los negros, y que se necesitaba fijar mucho la atención para distinguir los negros, diseminados entre los mechones blancos. Y pensó: «Las barbas canosas son indicio de vejez, y la vejez es una advertencia de la muerte. ¡Pobre Schamseddin! ¡Hete ya próximo á las puertas de la tumba, y todavía no tienes sucesión! ¡Te extinguirás como si nunca hubieras existido!» Después, completamente preocupado con tan desoladores pensamientos, se dirigió á la mezquita para orar, y desde allí regresó á su casa, en donde su esposa, que sabía las horas acostumbradas de su llegada, se había preparado á recibirle, bañándose, y perfumándose, y cepillándose con mucho cuidado. Y le recibió con cara sonriente, y le dió la buena acogida, diciéndole: «¡Que sea una noche feliz para ti!»