Part 5
Entonces la hermana del califa, llamada Sett Zahia, que era de tierno corazón, sintió lástima, y se acercó á la joven y le preguntó: «¿Por qué lloras, hermana mía? ¿No sabes que desde ahora estás segura, y que tu vida transcurrirá ligera y sin preocupaciones? ¿Adónde podías ir á parar mejor que al palacio del Emir de los Creyentes?» Al oir estas palabras, la hija de Prosperidad levantó los ojos sorprendida, y preguntó: «Pero ¡oh mi señora! ¿en qué ciudad estoy, para que sea éste el palacio del Emir de los Creyentes?» Sett Zahia contestó: «¡En la ciudad de Damasco! ¿Pero tú no lo sabías? ¿Y el mercader que te vendió no te ha advertido que lo hacía por cuenta del califa Abd El-Malek ben-Meruán? Ya lo sabes, hermana; eres propiedad del Emir de los Creyentes, que es mi hermano. Sécate, pues, las lágrimas, y dime tu nombre.»
Al oir semejantes palabras, la joven ya no pudo reprimir los sollozos que la ahogaban, y murmuró: «¡Oh mi señora, en mi tierra me llaman Feliz-Bella!»
A la sazón entró el califa. Avanzó hacia Feliz-Bella sonriendo bondadosamente, se sentó á su lado, y le dijo: «¡Quítate el velo de la cara, ¡oh joven!» Pero Feliz-Bella, en vez de descubrirse la cara, se aterró sólo de pensarlo, y se tapó completamente con la tela hasta por debajo de la barbilla, con mano temblorosa. Y el califa no quiso enojarse por una acción tan extraordinaria, y dijo á Sett Zahia: «Te confío á esta joven, y espero que dentro de pocos días la hayas acostumbrado á ti, y la animes, y consigas que sea menos tímida.» Después dirigió otra mirada á Feliz-Bella y no pudo ver, fuera de las telas en que estrechamente se envolvía, mas que la unión de las finas muñecas. Pero con aquello le bastó para que la amara en extremo; muñecas tan admirablemente modeladas no podían pertenecer mas que á una perfecta beldad. Y se retiró.
Entonces Sett Zahia se llevó á Feliz-Bella, y la condujo al hammam de palacio, y después del baño la vistió con un traje muy hermoso, y le colocó en el peinado varias sartas de perlas y pedrerías, y luego la acompañó el resto del día, tratando de acostumbrarla á ella. Pero Feliz-Bella, aunque muy confusa con los miramientos que le prodigaba la hermana del califa, no podía dejar de llorar, ni quería tampoco revelar la causa de sus penas, porque pensaba que con ello no variaría su destino. Guardó, pues, para sí aquel agudo dolor, y siguió consumiéndose día y noche, de tal modo, que al poco tiempo cayó gravemente enferma; y desesperaron de salvarla después de haber experimentado en ella la ciencia de los médicos más famosos de Damasco.
* * * * *
En cuanto á Feliz-Bello, hijo de Primavera, al anochecer regresó á su casa, y según costumbre, se echó en el diván, y llamó: «¡Oh Feliz-Bella!» Pero, por primera vez, nadie contestó. Entonces se levantó súbito y llamó de nuevo: «¡Oh Feliz-Bella!» Pero nadie contestó. Porque todas las esclavas se habían escondido, y ninguna de ellas se atrevía á moverse. Por fin Feliz-Bello se dirigió al aposento de su madre, entró precipitadamente, y encontró á su madre sentada, muy triste, con la mano en la mejilla y absorta en sus pensamientos. Al verla, creció su inquietud, y preguntó, todo lleno de espanto: «¿Dónde está Feliz-Bella?»
Pero la esposa de Primavera no contestó mas que con lágrimas, y después suspiró: «¡Alah nos proteja, ¡oh hijo mío! Feliz-Bella, en ausencia tuya, ha venido á pedirme permiso para salir con la vieja é ir, según me dijo, á visitar á un santo walí que realiza milagros. ¡Ah, hijo mío! ¡Mi corazón no estuvo tranquilo nunca desde que esa vieja entró en nuestra casa! ¡Tampoco la ha mirado jamás con buenos ojos nuestro portero, el servidor anciano y fiel que nos crió á todos! ¡Siempre he tenido el presentimiento de que esa vieja nos había de traer mala suerte con sus oraciones harto prolongadas y sus miradas tan astutas!» Pero Feliz-Bello interrumpió á su madre para preguntar: «¿A qué hora exactamente ha salido Feliz-Bella?» La madre contestó: «Esta mañana temprano, después de haberte ido al zoco.» Y Feliz-Bello exclamó: «¡Ya ves, madre mía, para lo que nos sirve variar nuestras costumbres y otorgar á nuestras mujeres libertades de las cuales no saben qué hacer, y que tienen que serles funestas! ¡Ah, madre mía! ¿Por qué permitiste salir á Feliz-Bella? ¿Quién sabe por dónde se pudo extraviar, ó si se ha caído al agua, ó si la sepultó un alminar que se haya derrumbado? ¡Pero voy á escape á ver al gobernador para obligarle á hacer investigaciones inmediatamente!»
Y Feliz-Bello, fuera de sí, corrió al palacio, y el gobernador le recibió sin hacerle esperar, por consideración hacia su padre Primavera, que era una de las personas más notables de la ciudad. Y Feliz-Bello, sin atender siquiera á las fórmulas obligatorias de la zalema, dijo al gobernador: «Mi esclava ha desaparecido de nuestra casa esta mañana en compañía de una vieja á la cual habíamos dado albergue. Vengo á rogarte que me ayudes á buscarla.» El gobernador, adoptando un tono lleno de interés, contestó: «¡En seguida, hijo mío! Estoy dispuesto á todo, por consideración á tu digno padre. Ve á buscar de mi parte al jefe de la guardia, y cuéntale el caso. Es hombre muy avisado y lleno de recursos, y sin duda alguna encontrará á la esclava dentro de pocos días.»
Entonces Feliz-Bello corrió á ver al jefe de la guardia, y le dijo: «Vengo á verte de parte del gobernador para encontrar á mi esclava, que ha desaparecido de mi hogar.» El jefe de la guardia, que estaba sentado en la alfombra, con las piernas cruzadas, resolló dos ó tres veces, y al fin preguntó: «¿Con quién se ha marchado?» Feliz-Bello respondió: «Con una vieja cuyas señas son estas y aquellas. Y la vieja va vestida de estameña, y lleva al cuello un rosario con millares de cuentas.» Y el jefe de la guardia dijo: «¡Por Alah! ¡Dime en dónde está la vieja, y en seguida iré á buscar á la esclava!»
A estas palabras, Feliz-Bello contestó: «Pero ¿y qué sé yo dónde está la vieja? ¿Vendría aquí si supiera dónde está?» El jefe de la guardia mudó de postura, colocando las piernas en sentido inverso, y dijo: «¡Hijo mío, únicamente Alah el Omnisciente es capaz de descubrir las cosas invisibles!» Entonces, Feliz-Bello, irritado hasta el límite, exclamó: «¡Por el Profeta! ¡A ti solo te haré responsable de esto! Y en caso necesario iré á ver al gobernador, y hasta al Emir de los Creyentes, para que sepan quién eres!» El otro contestó: «¡Puedes ir adonde te parezca! ¡No he estudiado hechicería, para adivinar las cosas ocultas!»
En seguida Feliz-Bello volvió á casa del gobernador, y le dijo: «¡He ido á ver al jefe de la guardia y ha pasado tal y cual cosa!» Y el gobernador dijo: «¡No es posible! ¡Hola, guardias! ¡Id á buscar á ese hijo de perro!» Y cuando llegó el jefe, el gobernador dijo: «¡Te mando que hagas las pesquisas más minuciosas para encontrar á la esclava de Feliz-Bello, hijo de Primavera! Envía á tus jinetes en todas direcciones. Corre tú también, y busca por todas partes. ¡Pero tienes que encontrarla!» Y al mismo tiempo le guiñó el ojo para que no hiciera nada. Después se volvió hacia Feliz-Bello, y le dijo: «¡En cuanto á ti, hijo mío, no quiero que tengas que reclamar en adelante esa esclava mas que á mí! ¡Y si por acaso (pues todo puede suceder) no se encontrara á la esclava, yo mismo te daré en su lugar diez vírgenes de la edad de las huríes, de pechos turgentes y nalgas duras y firmes como cubos de granito! ¡Y obligaré también al jefe de la guardia á darte de su harén diez esclavas jóvenes tan intactas como mis ojos! Pero tranquiliza tu alma, pues sabe que el Destino te otorgará siempre lo que te esté reservado, y por otra parte, nunca lograrás lo que no te haya destinado la suerte...»
En este momento de su narración, Schahrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.
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_PERO CUANDO LLEGÓ LA 242.ª NOCHE_
Ella dijo:
»...nunca lograrás lo que no te haya destinado la suerte.»
Entonces Feliz-Bello se despidió del gobernador, y volvió desesperado á su casa, después de haber vagado toda la noche en busca de Feliz-Bella. Y á la jornada siguiente tuvo que guardar cama, presa de una extrema debilidad y de una calentura que creció de día en día, según perdía la esperanza que le quedaba respecto á las pesquisas ordenadas por el gobernador. Y los médicos consultados contestaron: «¡Su enfermedad no tiene otro remedio que el regreso de su esposa!»
A todo esto, llegó á la ciudad de Kufa un persa muy versado en medicina, arte de drogas, ciencia de las estrellas y arena adivinatoria. Y el mercader Primavera se apresuró á llamarle á casa de su hijo. Entonces, el sabio persa, después de haber sido tratado por Primavera con los mayores miramientos, se acercó á Feliz-Bello y le dijo: «¡Dame la mano!» Y le cogió la mano, le tomó el pulso un buen rato, le miró con atención la cara, después sonrió, y se volvió hacia el mercader Primavera, diciéndole: «¡La enfermedad de tu hijo reside en su corazón!» Y Primavera respondió: «¡Por Alah! Verdad dices, ¡oh médico!» El sabio prosiguió: «Y la causa de esa enfermedad es la desaparición de una persona querida. ¡Pues bien! ¡Os voy á decir, con ayuda de los poderes misteriosos, el sitio en que se encuentra esa persona!»
Y dichas tales palabras, el persa se acurrucó, sacó de un talego un paquete de arena, que desató y extendió delante de él; luego puso en medio de la arena cinco guijarros blancos y tres guijarros negros, dos varitas y una uña de tigre; los colocó en un plano, después en dos planos, y luego en tres planos; los miró, pronunciando algunas frases en lengua persa, y dijo: «¡Oh vosotros que me oís! ¡Sabed que la persona se encuentra en este momento en Bassra!» Después reflexionó, y dijo: «¡No! Los tres ríos que ahí veo me han engañado. ¡La persona se encuentra en este momento en Damasco, dentro de un gran palacio, y en el mismo estado de languidez que tu hijo, ¡oh ilustre mercader!»
Al oir estas palabras, Primavera exclamó: «¿Y qué hemos de hacer, ¡oh venerable médico!? Por favor, ilumínanos, y no habrás de quejarte de la avaricia de Primavera. Pues ¡por Alah! te daré con qué vivir en la opulencia durante el espacio de tres vidas humanas.» Y el persa contestó: «¡Tranquilizad ambos vuestras almas, y que se refresquen vuestros párpados cubriendo vuestros ojos sin inquietud! ¡Pues yo me encargo de reunir á los dos jóvenes, y eso es más fácil de hacer de lo que tú te figuras!» Después añadió, dirigiéndose á Primavera: «¡Saca del bolsillo cuatro mil dinares!» Y Primavera se desató inmediatamente el cinturón, y colocó delante del persa cuatro mil dinares y otros mil. Y el persa dijo: «¡Ahora que tengo con qué cubrir gastos, voy á ponerme al momento en camino para Damasco, llevando conmigo á tu hijo! ¡Y si Alah quiere, regresaremos con su amada!» Después se volvió hacia el joven tendido en la cama, y le preguntó: «¡Oh hijo del distinguido Primavera! ¿Cómo te llamas?» El otro respondió: «Feliz-Bello.» El persa dijo: «¡Pues bien, Feliz-Bello, levántate, y que tu alma se vea en adelante libre de toda inquietud, pues desde este momento puedes dar por seguro que has recobrado á tu esclava!» Y Feliz-Bello, súbitamente movido por el buen influjo del médico, se levantó y se sentó. Y el médico prosiguió: «Afirma tus ánimos y tu valor. No te preocupes por nada. ¡Come, bebe y duerme! Y dentro de una semana, en cuanto recuperes las fuerzas, volveré á buscarte para hacer el viaje contigo.» Y se despidió de Primavera y Feliz-Bello, y se fué á hacer también sus preparativos para el viaje.
Entonces Primavera dió á su hijo otros cinco mil dinares, y le compró camellos, que mandó cargar de ricas mercaderías y de aquellas sedas de Kufa de colores tan hermosos, y le dió caballos para él y para su acompañamiento. Y al cabo de la semana, como Feliz-Bello había seguido las prescripciones del sabio y se había repuesto admirablemente, Primavera supuso que su hijo podía emprender sin inconveniente el viaje á Damasco. De modo que Feliz-Bello se despidió de su padre, de su madre, de Prosperidad y del portero, y acompañado de todos los buenos deseos que los brazos de los suyos invocaban sobre su cabeza, salió de Kufa con el sabio persa.
Y Feliz-Bello había llegado en aquellos instantes á la perfección de la juventud, y sus diez y siete años habían dado un sedoso vello á sus mejillas levemente sonrosadas, lo cual hacía más seductores todavía sus encantos, de modo que nadie le podía mirar sin pararse extático. Y el sabio persa no tardó en experimentar el efecto delicioso de los hechizos del joven, y le quiso con toda su alma, muy de veras, y se privó durante todo el viaje de todas las comodidades á fin de que él las aprovechara. Y cuando le veía contento, se alegraba hasta el límite de la alegría...
En este momento de su narración, Schahrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.
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_PERO CUANDO LLEGÓ LA 243.ª NOCHE_
Ella dijo:
...se alegraba hasta el límite de la alegría.
En estas condiciones, el viaje fué agradable y nada fatigoso, y así llegaron á Damasco.
Inmediatamente el sabio persa fué al zoco con Feliz-Bello, y alquiló en el acto una gran tienda, que restauró por completo: Después mandó hacer anaquelerías tapizadas de terciopelo, y en ellas colocó por orden sus frascos de valor, sus dictamos, sus bálsamos, sus polvos, sus jarabes exquisitos, sus triacas finas conservadas en oro puro, sus tarros de porcelana persa con reflejos metálicos, en donde maduraban las añejas pomadas compuestas con el jugo de trescientas hierbas raras, y entre los frascos grandes, los alambiques y las retortas colocó el astrolabio de oro.
Tras de lo cual se puso su traje de médico y el gran turbante de siete vueltas, y preparó también á Feliz-Bello, que había de ser su ayudante, despachando las recetas, machacando en el mortero, haciendo los saquillos y escribiendo los remedios que él le dictara. Para ello le vistió con una camisa de seda azul y un chaleco de casimira, y le pasó alrededor de las caderas un mandil de seda de color de rosa con franjas de oro. Después le dijo: «¡Oh Feliz-Bello! ¡Desde este momento tienes que llamarme padre, y yo te llamaré hijo, pues si no, los habitantes de Damasco creerán que hay entre los dos lo que tú comprendes!» Y Feliz-Bello dijo: «¡Escucho y obedezco!»
Y apenas se abrió la tienda que el persa destinaba á consulta, acudieron de todas partes en tropel los vecinos, unos para exponer lo que les pasaba, otros nada más que para admirar la belleza del joven, y todos para quedar estupefactos y encantados á un tiempo al oir á Feliz-Bello conversar con el médico en lengua persa, que ellos no conocían, y les parecía deliciosa en labios del joven ayudante. Pero lo que llevó hasta el límite extremo el asombro de los habitantes fué el modo de adivinar las enfermedades el médico persa.
Efectivamente, el médico miraba á lo blanco de los ojos durante algunos minutos al enfermo que recurría á él, y luego le presentaba una gran vasija de cristal y le decía: «¡Mea!» Y el enfermo meaba en la vasija, y el persa elevaba la vasija hasta la altura de sus ojos y la examinaba, y después decía: «¡Te pasa tal y cual cosa!» Y el enfermo exclamaba siempre: «¡Por Alah! ¡Verdad es!» Con lo cual todo el mundo levantaba los brazos, diciendo: «¡Ya Alah! ¡Qué prodigioso sabio! ¡Nunca hemos oído cosa parecida! ¿Cómo podrá conocerse por la orina la enfermedad?»
No es, pues, de extrañar que el médico persa adquiriera fama en pocos días por su ciencia extraordinaria entre todas las personas notables y acomodadas, y que el eco de todos sus prodigios llegase á los mismos oídos del califa y de su hermana Sett Zahia.
Y un día que el médico estaba sentado en medio de la tienda y dictaba una receta á Feliz-Bello, que se hallaba á su lado con el cálamo en la mano, una respetable dama, montada en un borrico con silla de brocado rojo y adornos de pedrería, se paró á la puerta, ató la rienda del burro á la argolla de cobre que coronaba el armazón de la silla, y después hizo seña al sabio para que la ayudase á bajar. El persa se levantó en seguida solícito, corrió á darle la mano, y le rogó que se sentase, al mismo tiempo que Feliz-Bello, sonriendo discretamente, le presentaba un almohadón.
Entonces la dama sacó de debajo de su vestido un frasco lleno de orines, y preguntó al persa: «¿Eres realmente tú ¡oh venerable jeque! el médico procedente de Irak-Ajami, que hace esas curas admirables en Damasco?» Él contestó: «Soy el mismo, y tu esclavo.» Ella dijo: «¡Nadie es esclavo mas que de Alah! Sabe, pues, ¡oh maestro sublime de la ciencia! que este frasco contiene lo que comprenderás, y su propietaria, aunque virgen todavía, es la favorita de nuestro soberano el Emir de los Creyentes. Los médicos de este país no han podido acertar la causa de la enfermedad que la tiene en cama desde el día de su llegada á palacio. Y por eso Sett Zahia, hermana de nuestro señor, me ha enviado á traerte este frasco, para que descubras esa causa desconocida.»
Oídas estas palabras, dijo el médico: «¡Oh mi señora! ¡Has de decirme el nombre de la enferma, para que yo pueda hacer mis cálculos y saber precisamente la hora más favorable para hacerle tomar las medicinas!» La dama respondió: «Se llama Feliz-Bella.»
Entonces el médico se puso á trazar en un pedazo de papel que tenía en la mano numerosísimos cálculos, unos con tinta roja y otros con tinta verde. Después sumó los guarismos verdes y los guarismos rojos, y dijo: «¡Oh mi señora! ¡he descubierto la enfermedad! Es una afección conocida con el nombre de temblor de los abanicos del corazón.» A tales palabras, la dama contestó: «¡Por Alah! ¡Es verdad! ¡Pues los abanicos de su corazón tiemblan tanto, que los oímos!» El médico prosiguió: «Pero antes de prescribir los remedios he de saber de qué país es ella. Y esto es muy importante, porque así averiguaré, en cuanto haga mis cálculos, el influjo de la ligereza ó de la pesadez del aire en los abanicos de su corazón. Además, para juzgar el estado en que se conservan esos abanicos delicados, tengo que saber asimismo el tiempo que hace que está en Damasco y su edad exacta.» La dama contestó: «Se ha criado, según parece, en Kufa, ciudad del Irak; y tiene diez y seis años, pues nació, según nos ha dicho, el año del incendio del zoco de Kufa. En cuanto á su residencia en Damasco, es cosa de pocas semanas nada más...»
En este momento de su narración, Schahrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.
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_PERO CUANDO LLEGÓ LA 244.ª NOCHE_
Ella dijo:
»...pocas semanas nada más.»
Al oir estas palabras, el sabio persa dijo á Feliz-Bello, cuyo corazón se agitaba como un molino: «¡Hijo mío, prepara los remedios tal y cual, según la fórmula de Ibn-Sina, artículo séptimo.»
Entonces la dama se volvió hacia el adolescente, al cual empezó á mirar con mayor atención, para decirle á los pocos momentos: «¡Por Alah! ¡La enferma se te parece mucho, y su rostro es tan hermoso y dulce como el tuyo!» Después le dijo al sabio: «Dime, ¡oh noble persa! ¿este joven es hijo ó esclavo tuyo?» El otro contestó: «¡Es mi hijo ¡oh respetable! y tu esclavo!» Y la anciana dama, muy halagada con tanta consideración, respondió: «¡Verdaderamente, no sé qué admirar más aquí, si tu ciencia ¡oh médico sublime! ó tu descendencia!» Y siguió conversando con el sabio, mientras Feliz-Bello acababa de arreglar los paquetitos de los remedios y los colocaba en una caja, en la cual deslizó una esquela para enterar á Feliz-Bella de su llegada á Damasco con el médico persa. Después de lo cual selló la caja y escribió en la tapadera su nombre y las señas de su casa en caracteres cúficos, ilegibles para los habitantes de Damasco, pero descifrables para Feliz-Bella, que conocía muy bien la escritura cúfica, lo mismo que la árabe corriente. Y la dama cogió la caja, dejó diez dinares de oro en el mostrador del médico, se despidió de los dos, y salió para irse directamente á palacio y apresurarse á subir á la habitación de la enferma.
La encontró con los ojos medio cerrados y bañados de llanto, como siempre estaban. Se acercó á ella, y le dijo: «¡Ah hija mía! ¡Ojalá estos remedios te alivien tanto como he gozado al ver al que los ha hecho! ¡Es un joven tan hermoso como un ángel, y la tienda en que se encuentra es un lugar delicioso! He aquí la caja que me ha dado para ti.» Entonces Feliz-Bella, por no rechazar la oferta, cogió la caja, y con una mirada indiferente examinó la tapadera; pero de pronto se le mudó el color al ver en la tapa estas palabras escritas en cúfico: «Soy Feliz-Bello, hijo de Primavera, de Kufa.» Sin embargo, tuvo bastante dominio de sí misma para no desmayarse ni descubrirse. Y sonriendo, preguntó á la anciana: «¿De modo, que se trata de un hermoso joven? ¿Y cómo es?» La dama contestó: «¡Es un conjunto de delicias, que me resulta imposible describirlo! ¡Tiene unos ojos! ¡Y unas cejas! ¡Ya Alah! ¡Pero lo que arrebata el alma es un lunar que tiene en la comisura izquierda de los labios, y un hoyuelo que al sonreir se le forma en la mejilla derecha!»
Cuando oyó estas palabras, Feliz-Bella ya no tuvo duda de que era aquél su dueño querido, y dijo á la anciana dama: «¡Ya que es así, ojalá sea de buen agüero ese rostro! Dame los remedios.» Y los cogió, y sonriendo se los tomó de una vez. Y en aquel momento vió la esquela, que abrió y leyó. Entonces saltó de la cama, y exclamó: «¡Mi buena madre, comprendo que estoy curada! Estos remedios son milagrosos. ¡Oh, qué bendito día!» Y la dama exclamó: «¡Sí, por Alah! ¡Esto es una bendición del Altísimo!» Y Feliz-Bella añadió: «¡Por favor, tráeme de comer y beber, pues me siento morir de hambre, ya que hace cerca de un mes que no puedo tragar la comida!»
Entonces la anciana, después de haber mandado á los esclavos que sirviesen á Feliz-Bella fuentes cargadas de toda clase de asados, frutas y bebidas, se apresuró á visitar al califa, para anunciarle la curación de su esclava por la ciencia inaudita del médico persa. Y el califa dijo: «¡Ve pronto á llevarle mil dinares de mi parte!» Y la anciana se apresuró á ejecutar la orden, no sin haber pasado por el aposento de Feliz-Bella, que le entregó otro regalo para Feliz-Bello en una caja precintada.
Cuando la dama llegó á la tienda, entregó los mil dinares al médico de parte del califa y la caja á Feliz-Bello, que la abrió y leyó su contenido. Pero entonces fué tal su emoción, que rompió en sollozos y cayó desmayado, pues Feliz-Bella en su esquela le relataba toda su aventura, y su rapto por orden del gobernador, y su envío como regalo al califa Abd El-Malek, de Damasco.