Part 7
Pero el síndico, sin devolver el saludo á su esposa, le dijo en tono agrio: «¿De qué felicidad me hablas? ¿Puede haber felicidad para mí?» Su esposa, asombrada, le dijo: «¡El nombre de Alah sobre ti y á tu alrededor! ¿Por qué esas suposiciones nefastas? ¿Qué te falta para ser feliz? ¿Y cuál es la causa de tu pesar?» Él contestó: «¡Tú sola eres tal causa! ¡Escúchame, ¡oh mujer! ¡Piensa en la pena y amargura que experimento siempre que voy al zoco! Veo en las tiendas á los mercaderes sentados y teniendo al lado sus hijos, que crecen ante su vista, sean dos ó sean cuatro. Y están aquéllos orgullosos de su posteridad. ¡Y yo solo me veo privado de esa dicha! ¡Y á veces deseo la muerte, para librarme de esta vida desconsolada! ¡Y ruego á Alah, que llamó á mis padres á su seno, que escriba también un fin que ponga término á mis tormentos!»
A estas palabras, contestó la esposa del síndico: «No te preocupen tan aflictivos pensamientos, y ven á honrar el mantel que he puesto para ti.» Pero el mercader gritó: «¡Jamás! ¡No quiero comer ni beber, y sobre todo, no quiero aceptar desde ahora nada de tus manos! ¡Tú sola eres la causante de nuestra esterilidad! ¡Ya han pasado cuarenta años desde que nos casamos, y sin ningún provecho! ¡Y siempre me has impedido tomar otras esposas, y como eres una mujer interesada, te aprovechaste de la flaqueza de mi carne en la primera noche de nuestras bodas, para hacerme jurar que no traería otra mujer á esta casa en tu presencia, y que ni siquiera me acostaría mas que contigo! Y yo te lo prometí candorosamente. Y lo peor es que he cumplido mi promesa, y que tú, al ver que eres estéril, no has tenido la generosidad de relevarme de mi juramento. Pero ¡por Alah! ahora te juro que prefiero cortarme el zib á dártelo en adelante; ni siquiera he de acariciarte con él. Pues ya veo que es tiempo perdido trabajar contigo. ¡Lo mismo sacaré hundiendo mi herramienta en el agujero de una peña que tratando de fecundar una tierra tan seca como la tuya! ¡Por Alah! ¡Han sido copulaciones perdidas todas las que tan generosamente he desperdiciado en tu abismo sin fondo!»
Cuando la mujer del síndico oyó tan agresivas palabras, vió la luz convertirse ante sus ojos en tinieblas, y con el acento más agrio que le pudo dar la ira, gritó á su esposo el síndico: «¡Ah viejo helado! ¡Perfúmate la boca para hablar conmigo! ¡El nombre de Alah sobre mí y á mi alrededor! ¡Guárdeme de toda fealdad y falsa imputación! ¿Crees que de los dos soy yo la culpable? ¡Desengáñate, infeliz viejo! ¡Échate la culpa á ti y á tus fríos compañones! ¡Por Alah! ¡Tus compañones están fríos y segregan un líquido demasiado claro y sin vigor! ¡Ve á comprar algo con que espesar y calentar su jugo! ¡Y entonces verás si mi fruta está llena de buena semilla ó es estéril!»
Estas palabras de su esposa irritada quebrantaron bastante las convicciones del síndico, y con acento vacilante preguntó: «Y si es cierto, como tú afirmas, que mis compañones están fríos y transparentes, y su jugo es claro y falto de vigor, ¿podrías indicarme el sitio en que se vende la droga capaz de espesar lo que no está espeso?» Su esposa le contestó: «¡Encontrarás en casa de cualquier droguero la mixtura que espesa los compañones de los hombres y les da aptitud para fecundar á la mujer!...»
En este momento de su narración, Schahrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.
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_PERO CUANDO LLEGÓ LA 251.ª NOCHE_
Ella dijo:
»...la mixtura que espesa los compañones de los hombres y les da aptitud para fecundar á la mujer!»
Al oir estas palabras, el síndico pensó: «¡Por Alah! ¡Mañana mismo voy á la droguería á comprar un poco de esa mixtura para espesar los compañones!»
Y á la mañana siguiente, apenas se abrió el zoco, el síndico cogió un tazón vacío, y fué á una droguería y le dijo al droguero: «¡La paz sea contigo!» Y el droguero le devolvió la zalema y le dijo: «¡Oh mañana bendita que te trae como primer parroquiano! ¡Manda!» El síndico dijo: «Vengo á pedirte que me vendas una onza de la mixtura que espesa los compañones del hombre.» Y le alargó el tazón de porcelana.
Cuando oyó estas palabras, el droguero no supo qué pensar, y se dijo: «Nuestro síndico, generalmente tan formal, tiene ganas de broma; le contestaré, pues, en el mismo tono.» Y le dijo: «¡Por Alah! Ayer sí que me quedaba; pero se vende tanta mixtura de esa, que se me agotó la provisión. Ve á pedírsela á mi vecino.»
Entonces el síndico fué á casa del segundo droguero, y después á casa del tercero, y luego á todas las droguerías del zoco, y todos le despedían con las mismas palabras, riéndose para sí de tan extraordinaria petición.
Cuando el síndico vió que sus gestiones no le daban resultado, volvió á su tienda, y se sentó, muy meditabundo y asqueado de la vida. Y mientras pasaba tan mal rato, vió que parábase á su puerta el jeque de los corredores, el mayor tragador de haschich, borracho, fumador de opio, modelo de los perdidos y de la canalla del zoco, el cual se llamaba Sésamo.
El corredor Sésamo respetaba mucho al síndico Schamseddin, y nunca pasaba por delante de su tienda sin saludarle, inclinándose hasta el suelo y usando las más corteses fórmulas. Y aquella mañana no dejó de tributar las acostumbradas consideraciones al buen síndico, que no pudo dejar de corresponder á su zalema en tono de mal humor. Y Sésamo, que lo notó, le preguntó: «¿Qué gran desastre te ha ocurrido para perturbar así tu alma, ¡oh venerable síndico nuestro!?» Éste contestó: «Mira, Sésamo, ven á sentarte aquí y oye mis palabras. Y verás si tengo motivo para afligirme. Considera, Sésamo, que hace cuarenta años que me casé, y todavía no he tenido ni sombra de un niño. ¡Y han acabado por decirme que la culpa es sólo mía, porque, al parecer, mis compañones son transparentes y mi jugo harto claro y sin vigor! Y me han aconsejado que busque en las droguerías la mixtura que espesa los compañones. Pero ningún droguero la tiene en su tienda. ¡Y aquí me ves desesperado, por no poder encontrar algo con que dar la consistencia necesaria al jugo más preciado de mi individuo!»
Cuando el corredor Sésamo oyó las palabras del síndico, en vez de asombrarse ó reirse, como los drogueros, alargó la mano con la palma hacia arriba, y dijo: «Pon un dinar en esta mano y dame un tazón de porcelana. Tengo lo que necesitas.» Y el síndico le preguntó: «¡Por Alah! ¿Es posible? ¡Oh Sésamo! ¡sabe que si me ayudas en este trance está hecha tu fortuna! ¡Te lo juro por la vida del Profeta! ¡Y para empezar, toma dos dinares en lugar de uno!» Y le puso las dos monedas de oro en la mano y le entregó el tazón.
Entonces, Sésamo, el borracho fabuloso, se mostró en aquella ocasión bastante superior en ciencia á todos los drogueros del zoco. Efectivamente, volvió á su casa, después de haber comprado en el zoco cuanto le hacía falta, y en seguida se puso á preparar la siguiente mixtura:
Tomó dos onzas de zumo de copaiba china, una onza de extracto graso de cáñamo jónico, una de cariofilina fresca, una de cinamomo rojo de Serendib, diez dracmas de cardamomo blanco de Malabar, cinco de jengibre indio, cinco de pimienta blanca, cinco de pimentón de las islas, una onza de bayas estrelladas de badián de la India y media onza de tomillo de las montañas. Mezclólo todo diestramente, después de machacarlo y pasarlo por el tamiz, le echó miel pura, y así formó una pasta muy compacta, á la cual añadió cinco granos de almizcle y una onza de huevas de pescado machacadas. Le añadió también un poco de julepe ligero de agua de rosas, y lo puso todo en el tazón de porcelana.
Apresuróse entonces á llevar el tazón al síndico Schamseddin, diciéndole: «¡He aquí la mixtura soberana que endurece los compañones del hombre y espesa los jugos demasiado flúidos!...»
En este momento de su narración, Schahrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.
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_PERO CUANDO LLEGÓ LA 252.ª NOCHE_
Ella dijo:
«¡He aquí la mixtura soberana que endurece los compañones del hombre y espesa los jugos demasiado flúidos!» Después añadió: «Es preciso tomar esta pasta dos horas antes de la conjunción sexual. Pero los tres días anteriores hay que limitarse á comer únicamente pichones asados muy sazonados con especias, pescados machos con sus lechecillas, y por último criadillas de carnero ligeramente asadas. Y si con todo eso no llegas hasta atravesar las paredes y fecundar un peñasco pelado, consiento en afeitarme la barba y los bigotes y te permito que me escupas en la cara.» Y dichas estas palabras, entregó al síndico el tazón de porcelana y se fué.
Entonces el síndico pensó: «¡Este Sésamo, que se pasa la vida en el libertinaje, seguramente debe entender de drogas endurecedoras! ¡Voy á poner mi fe en Alah y en él!» Y volvió á su casa y se reconcilió con su esposa, á la cual, por otra parte, amaba, y ella le amaba á él, y ambos se dieron mutuas explicaciones por su arrebato pasajero, y se hicieron presente cuánta pena les había causado estar reñidos toda una noche por palabras sin importancia.
Después de lo cual, Schamseddin siguió escrupulosamente durante tres días el régimen prescrito por Sésamo, y acabó por comerse la consabida pasta, que le pareció excelente.
Entonces notó que la sangre se le calentaba en extremo, como en los tiempos de su infancia, cuando apostaba con chiquillos de su edad. Y se aproximó á su esposa y la cabalgó; y ella le correspondió; y á ambos les maravilló el resultado en cuanto á duración, repetición, calor, chorro, intensidad y consistencia.
Y aquella noche la esposa del síndico quedó indiscutiblemente fecundada, de lo cual tuvo la certeza completa cuando comprobó que se le pasaron así tres meses.
La preñez siguió su curso normal, y á los nueve meses, día por día, la mujer parió con felicidad, pero con muchas dificultades, porque el niño que nació era tan grande como si tuviera un año. Y la comadrona declaró, tras las invocaciones acostumbradas, que en su vida había visto niño tan fuerte ni hermoso. Lo cual no es de asombrar si se recuerda la pasta maravillosa de Sésamo.
La comadrona recogió al niño y lo lavó invocando el nombre de Alah, de Mohammad y de Alí, y le recitó al oído el acto de fe musulmán. Le envolvió y se lo dió á la madre, que le amamantó hasta que quedó saciado y dormido. Y la comadrona pasó otros tres días junto á la madre, y no se fué hasta no estar segura de que todo iba bien y después de haberse repartido entre las vecinas las golosinas preparadas con tal motivo.
Al séptimo día echaron sal en la habitación, y entonces entró el síndico á felicitar á su esposa. Luego le preguntó: «¿En dónde está el don de Alah?» En seguida ella le mostró el recién nacido. Y el síndico Schamseddin quedó maravillado de la hermosura de aquel niño de siete días, que parecía tener un año, y cuya cara era más brillante que la luna llena al salir. Y preguntó á su esposa: «¿Cómo le vas á llamar?» Ella contestó: «Si fuera una niña ya le habría puesto nombre. Pero como es un niño, á ti te corresponde.»
Y en aquel momento una de las esclavas que envolvían al niño lloró de emoción y placer al advertir en la nalga izquierda del chico una linda mancha oscura como un grano de almizcle, que resaltaba por su forma y color encima de la blancura de lo demás. Y en cada una de las dos mejillas del niño también había un bonito lunar negro y aterciopelado. Y el digno síndico, inspirado por aquel descubrimiento, exclamó: «¡Le llamaremos Alaeddin Grano-de-Belleza!»
Llamóse, pues, al niño Alaeddin Grano-de-Belleza; pero como tal nombre resultaba muy largo, nunca le llamaban mas que Grano-de-Belleza. Y á Grano-de-Belleza le amamantaron durante cuatro años dos nodrizas distintas y su madre; así es que llegó á ser fuerte como un leoncillo, y blanco como el jazmín, y sonrosado como las rosas. Y era tan hermoso, que todas las niñas de parientes y vecinos le querían con locura, y él aceptaba sus homenajes, pero nunca consentía que le besaran, y las arañaba cruelmente cuando se le acercaban demasiado; así es que las niñas y hasta las jóvenes se aprovechaban de su sueño para ir á cubrirle de besos impunemente y á maravillarse de su hermosura y lozanía.
Cuando el padre y la madre de Grano-de-Belleza vieron cuán admirado y mimado era su hijo, temieron al mal de ojo, y resolvieron sustraerle á tan maligno influjo. Y con tal fin, en vez de hacer como otros padres, que dejan que las moscas y la suciedad cubran la cara de sus hijos, para que parezcan menos guapos y no atraigan al mal de ojo, los padres de Grano-de-Belleza encerraron al niño en un subterráneo situado debajo de la casa y le criaron allí, lejos de todas las miradas. Y Grano-de-Belleza crióse de aquel modo ignorado de todos, pero rodeado de los cuidados incesantes de esclavos y eunucos. Y cuando fué mayor le dieron maestros instruidísimos, que le enseñaron el Korán, las ciencias y escribir bien. Y llegó á ser tan sabio como hermoso y bien formado. Y sus padres resolvieron no sacarle del subterráneo hasta que las barbas le crecieran tanto que le arrastraran...
En este momento de su narración, Schahrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.
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_PERO CUANDO LLEGÓ LA 253.ª NOCHE_
Ella dijo:
...hasta que las barbas le crecieran tanto que le arrastraran.
Y cierto día, un esclavo que llevaba á Grano-de-Belleza unas fuentes con manjares no se acordó de cerrar al salir la puerta del subterráneo; y Grano-de-Belleza, al ver abierta aquella puerta, en la cual nunca se fijó, dado lo amplio que era el subterráneo aquel, lleno de tapices y cortinajes, se apresuró á salir y á subir al piso en que se encontraba su madre rodeada por diversas damas aristocráticas que habían ido á visitarla.
A la sazón, Grano-de-Belleza habíase convertido en un maravilloso y arrogante joven de catorce años, hermoso como un ángel, con las mejillas aterciopeladas como un fruto, y sus lunares á ambos lados de los labios, sin contar el que no se le veía.
De modo que cuando las damas vieron entrar de pronto á aquel hermoso joven, á quien no conocían, apresuráronse muy asustadas á taparse el rostro con los velos, y dijeron á la esposa de Schamseddin: «¡Por Alah! ¿No te avergüenzas de traer junto á nosotras á un extraño? ¿No sabes que el pudor es uno de los dogmas esenciales de la fe?»
Pero la madre de Grano-de-Belleza contestó: «¡Invocad el nombre de Alah, ¡oh invitadas mías! pues el que veis no es otro que mi hijo amado, fruto de mis entrañas, el hijo del síndico de los mercaderes del Cairo, el que ha sido criado por los pechos de nodrizas generosas y en brazos de hermosas esclavas, y en hombros de vírgenes escogidas, y en el pecho de las más puras y nobles! ¡Es el ojo de su madre y el orgullo de su padre! ¡Es Grano-de-Belleza! ¡Invocad el nombre de Alah, ¡oh mis convidadas!»
Y las esposas de los emires y de los mercaderes ricos contestaron: «¡El nombre de Alah sobre ti y á tu alrededor! Pero ¡oh madre de Grano-de-Belleza! ¿cómo es que nunca hasta hoy nos enseñaste á tu hijo?»
Entonces la esposa de Schamseddin empezó por levantarse, y besó á su hijo en los ojos, y le despidió para que no estorbase más á las invitadas, y después les dijo: «Su padre mandó criarle en el subterráneo de nuestra casa, para librarle del mal de ojo. Y ha resuelto no enseñarle hasta que le haya crecido la barba, por lo mucho que teme llamar sobre él peligros y malos influjos. Y si ha salido ahora, debe ser por culpa de algún eunuco que se habrá olvidado de cerrar la puerta.»
Oídas estas palabras, las convidadas felicitaron mucho á la esposa del síndico por tener un hijo tan hermoso, y le desearon las bendiciones del Altísimo, y luego se fueron.
Entonces Grano-de-Belleza volvió junto á su madre, y al ver que los esclavos enjaezaban una mula, preguntó: «¿Para quién es esa mula?» Ella contestó: «Para ir á buscar á tu padre al zoco.» Él preguntó: «¿Y cuál es el oficio de mi padre?» Ella dijo: «Tu padre, ¡ojos míos! es un gran comerciante y síndico de todos los mercaderes del Cairo, y proveedor del sultán de los árabes y de todos los reyes musulmanes. Y para que te formes idea de la importancia de tu padre, sabe que los compradores no se dirigen á él mas que para grandes negocios, cuyo importe pase de mil dinares; pero si el negocio es menos, aunque se trate de novecientos noventa y nueve dinares, se ocupan de ello los empleados de tu padre, sin molestarle. Y no hay mercancía ni cargamento que pueda entrar en El Cairo ni salir sin que antes se entere tu padre y le pidan parecer. Alah ha otorgado á tu padre ¡oh hijo mío! riquezas incalculables. ¡Démosle gracias!»
Grano-de-Belleza contestó: «¡Sí! ¡Loor á Alah, que me ha hecho nacer hijo del síndico de los mercaderes! ¡Por eso ya no quiero pasar la vida encerrado, lejos de todas las miradas, y desde mañana tengo que ir al zoco con mi padre!» Y la madre contestó: «¡Alah te oiga, hijo mío! En cuanto vuelva tu padre se lo diré.»
Y en cuanto Schamseddin volvió, su esposa le refirió lo que acababa de ocurrir, y le dijo: «Ya es tiempo de que nuestro hijo vaya al zoco contigo.» El síndico respondió: «¡Oh madre de Grano-de-Belleza! ¿Ignoras que el mal de ojo es una realidad de las más amargas y lamentables y que no se pueden gastar bromas con cosas tan serias? ¿Olvidaste la suerte del hijo de nuestro vecino y la de otros muchos, víctimas del mal de ojo? ¡Te prevengo que la mitad de los muertos que están enterrados han perecido del mal de ojo!»
La mujer del síndico contestó: «¡Oh padre de Grano-de-Belleza! ¡Realmente el destino del hombre está sujeto á su cuello! ¿Cómo ha de poder librarse de él? Y la cosa escrita no puede borrarse, y el hijo seguirá el mismo camino que su padre en vida y en muerte. ¡Y lo que existe hoy ya no existirá mañana! ¡Y piensa en las consecuencias funestas de que nuestro hijo sea víctima algún día por culpa tuya! Efectivamente, cuando, después de una vida que te deseo larga y siempre bendita, te hayas muerto, nadie querrá reconocer á nuestro hijo por heredero legítimo de tus riquezas y propiedades, puesto que hasta hoy todo el mundo ignora su existencia. Y de tal suerte, el Tesoro del Estado se apoderará de todos tus bienes y desposeerá á tu hijo sin remedio. Y por mucho que yo invoque el testimonio de los ancianos, los ancianos tendrán que decir: «Nunca nos hemos enterado de que el síndico Schamseddin tuviera ningún hijo ni hija.» Palabras tan sensatas hicieron reflexionar al síndico, que contestó al cabo de un rato: «¡Por Alah! ¡Tienes razón, ¡oh mujer! Mañana mismo llevaré conmigo á Grano-de-Belleza, y le enseñaré á vender y comprar, y las negociaciones, y todos los elementos del oficio.» Después se volvió hacia Grano-de-Belleza, transportado de alegría por aquella noticia, y le dijo: «Ya sé que te encanta ir conmigo. ¡Pero sabe, hijo mío, que en el zoco hay que ser muy formal y tener los ojos bajos con modestia! ¡Espero, pues, que pongas en práctica las sabias lecciones de tus maestros y los buenos principios en que te has criado!»
Al día siguiente, el síndico Schamseddin, antes de llevar á su hijo al zoco, le hizo entrar en el hammam...
En este momento de su narración, Schahrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.
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_PERO CUANDO LLEGÓ LA 254.ª NOCHE_
Ella dijo:
...le hizo entrar en el hammam, y después del baño lo vistió con un traje de raso blanco, el mejor que tenía en el almacén, y le ciñó la frente con un turbante ligero de tela con rayas finas de seda dorada. Después de lo cual, ambos tomaron un bocado y bebieron un vaso de sorbete, y ya refrescados, salieron del hammam. El síndico cabalgó en la mula blanca que sujetaban los esclavos y puso á la grupa á su hijo Grano-de-Belleza, cuya frescura de tez se había hecho todavía más notable y cuyos brillantes ojos habrían seducido á los mismos ángeles. Después, montados ambos en la mula y seguidos por los esclavos, que llevaban ropón nuevo, emprendieron el camino del zoco.
Al verles, todos los mercaderes del zoco y todos los compradores y vendedores quedaron maravillados, y se decían unos á otros: «¡Ya Alah! ¡Mirad al muchacho! ¡Es como la luna en la noche décimacuarta!» Y otros decían: «¿Quién será ese niño delicioso que está detrás del síndico Schamseddin? ¡Nunca le habíamos visto!»
Mientras surgían tales exclamaciones al paso de la mula montada por el síndico y Grano-de-Belleza, acertó á pasar el corredor Sésamo por el zoco, y vió asimismo al muchacho. Y Sésamo, á fuerza de libertinaje y de excesos de opio y haschich, había acabado por perder completamente la memoria, y ni siquiera se acordaba de la curación que había logrado en otro tiempo por medio de la milagrosa mixtura á base de almizcle, copaiba y tantas cosas excelentes.
Y al ver al síndico en compañía de aquel hermoso joven, empezó á sonreírse con socarronería y á gastar bromas picantes acerca de ellos, diciendo á los mercaderes que le oían: «¡Mirad al viejo de barbas blancas! ¡Es lo mismo que el perro! ¡Blanco por fuera y verde por dentro!» E iba de un mercader á otro, repitiendo á todos sus chanzas y chistes, hasta que no quedó uno en el zoco que no tuviera la certeza de que el síndico Schamseddin tenía en su tienda á un joven mameluco para su placer.
Cuando estos rumores llegaron á oídos de los notables y de los principales mercaderes, se celebró una reunión de los de más edad y más respetados entre ellos, para juzgar el caso de su síndico. Y en medio de la asamblea peroraba Sésamo y hacía grandes ademanes de indignación, y decía: «¡Ya no queremos tener en adelante á nuestra cabeza, como síndico del zoco, á esa barba viciosa que se roza en secreto con los muchachitos! Y desde hoy vamos á abstenernos de ir á recitar antes de abrir las tiendas, según solíamos hacer por las mañanas, los siete versículos sagrados de la Fatiha en presencia del síndico. ¡Y no terminará el día sin que elijamos otro síndico que sea un poco menos aficionado á los muchachos que ese viejo!»