LIBRO XII.
El ejército confederado armaba las tiendas, estaba cubierta la campiña de ricos pabellones de toda clase de colores, donde se prometía hallar sueño benéfico el fatigado guerrero. Cuando entraron los reyes en la ciudad con su comitiva, se admiraron de que en tan corto tiempo se hubieran podido levantar tantos edificios magníficos, ni que la preocupación por la guerra hubiera impedido se embelleciese y creciese a la vez aquella ciudad naciente.
También excitó su admiración la sabiduría y vigilancia de Idomeneo, que había sabido fundar tan bello reino, y de ello deducían todos que ajustada la paz con él, serían muy poderosos los aliados si entrase en la liga contra Adrasto. Propusiéronlo a Idomeneo, que no pudiendo desechar tan justa proposición, ofreció tropas.
Pero como no ignoraba Méntor cosa alguna de las que son necesarias para que florezca un estado, conoció no ser las fuerzas de Idomeneo tan grandes como parecían, y hablando a solas con él le dijo de esta suerte:
Ya veis no han sido inútiles mis cuidados: Salento está libre de las desgracias que le amenazaban. En vos solo consiste elevar su gloria hasta los cielos, igualando en el gobierno de vuestro pueblo al sabio Minos vuestro abuelo. Seguiré hablándoos con libertad, pues supongo lo queréis así y que detestáis la lisonja. Mientras que estos reyes ensalzaban vuestra magnificencia, consideraba yo la temeridad con que habéis procedido.
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Al oír Idomeneo la palabra temeridad se alteró su rostro, se le turbó la vista, se estremeció, y faltó poco para que interrumpiese a Méntor manifestándole su resentimiento; mas este le dijo con modestia y respeto, pero con tono franco y atrevido:
Bien conozco que la palabra temeridad os ha causado extrañeza; cualquier otro que yo hubiera hecho mal en servirse de ella, porque es preciso respetar a los reyes y conducirse con delicadeza aun cuando se les reprenda, pues demasiado les hiere la verdad por sí misma sin añadir a ella palabras fuertes. He creído toleraríais que os hablase así para haceros conocer vuestro error. Mi objeto ha sido habituaros a oír dar a las cosas su verdadero nombre, y a comprender que cuando os den consejos acerca de vuestra conducta, jamás se atreverán a deciros lo que piensan; y si queréis no ser engañado, deberéis comprender siempre más de lo que os digan sobre aquello que os sea desventajoso. En cuanto a mí templaré las palabras según la necesidad; pero os es inútil que sin interés ni consecuencia os hablen con dureza en secreto. Ningún otro se atreverá a ello, y envuelta en bellos disfraces la verdad la veréis a medias.
He aquí, contestó Idomeneo, perdido ya el primer impulso de su enojo y avergonzado al parecer de su delicadeza, lo que puede la costumbre de ser adulado. Os debo la salud de mi nuevo reino, y no hay verdad alguna que no me crea dichoso al escucharla de vuestro labio; pero compadeced a un rey emponzoñado por la lisonja, y que ni aun en la desgracia ha podido hallar hombres generosos que le digan la verdad. No: jamás encontré quien me amase bastante para desagradarme diciéndome la verdad desnuda.
Al decir estas palabras abrazaba afectuosamente a Méntor, y humedecían las lágrimas sus ojos. Con dolor, le contestó el sabio anciano, me veo obligado a deciros cosas duras; ¿mas puedo engañaros ocultándoos la verdad? Poneos en mi lugar. Si fuisteis engañado hasta ahora, habéis querido serlo, temiendo a los consejeros demasiado sinceros. ¿Habéis buscado acaso a los hombres más desinteresados y capaces de contradeciros? ¿Cuidasteis de oír a los menos solícitos de agradaros, a los más imparciales en su conducta, a los más capaces, en fin, de condenar vuestras pasiones e injustos sentimientos? Cuando hallasteis al lisonjero, ¿le habéis huido?, ¿habéis desconfiado de él? No, no: sin duda no habéis hecho lo que aquellos que aman la verdad y son dignos de conocerla. Veamos ahora qué haréis al veros humillado por la verdad que os condena.
Decía, pues, que lo que tanto elogian en vos, merece ser vituperado; porque mientras teníais tantos enemigos exteriores que amenazaban vuestro reino, apenas empezado a fundar, solo os ocupabais de lo interior de la nueva ciudad, elevando edificios magníficos. Esto es lo que os ha costado tantas vigilias como habéis confesado vos mismo. Habéis agotado vuestras riquezas sin cuidar del aumento de la población y cultivo de las tierras fértiles de esta costa. ¿No era preciso considerar como los dos fundamentos esenciales de vuestra pujanza el tener muchos hombres buenos, y tierras bien cultivadas para alimentarlos? Requeríase para ello una larga paz a los principios para favorecer la multiplicación de brazos: debíais ceñiros al fomento de la agricultura y al establecimiento de sabias leyes: pero la ambición os ha arrastrado hasta el borde del precipicio, y esforzándoos para aparecer grande, habéis arriesgado vuestra verdadera grandeza. Apresuraos a enmendar los yerros: suspended todas esas grandes obras: renunciad al lujo que arruinará a esta nueva ciudad: dejad respire en la paz vuestro pueblo: dedicaos a proporcionar la abundancia para facilitar los matrimonios. Sabed que en tanto seréis rey en cuanto tengáis pueblos que gobernar, y que vuestro poder debe medirse no por la extensión de las tierras que ocupéis, sino por el número de hombres que las habiten y estén obligados a obedeceros. Poseed un país bueno aunque de mediana extensión: pobladlo con brazos innumerables, laboriosos e instruidos: procurad que os amen; y por tales medios seréis más poderoso, más feliz y mayor vuestra gloria que la de todos los conquistadores que asolan tantos reinos y provincias.
¿Qué haré, pues, con estos reyes?, contestó Idomeneo: ¿les confesaré mi debilidad? Cierto es que he descuidado la agricultura, y aun el comercio tan fácil en esta costa, ocupado únicamente en edificar una ciudad opulenta. ¿Será preciso, mi querido Méntor, llenarme de oprobio haciendo ver mi imprudencia a tantos monarcas reunidos? Si es preciso, quiero hacerlo: lo haré sin dudar por más que pueda serme sensible; porque me habéis hecho ver que el buen rey que se consagra al bien de sus pueblos debe preferir la salud del reino a su propia fama.
Dignos son esos sentimientos de un monarca padre de su pueblo, replicó Méntor: en esa bondad, no en la magnificencia vana de Salento, reconozco en vuestro corazón el de un verdadero rey; mas preciso es atender a vuestro honor por el interés del reino. Dejadme obrar: yo haré entiendan estos monarcas que os halláis empeñado en restablecer a Ulises, si aun existe, o al menos a su hijo en el trono de Ítaca, y que pretendéis arrojar por fuerza de aquella isla a los amantes de Penélope. Comprenderán sin dificultad que esta empresa exige tropas numerosas, y consentirán en que les deis un corto auxilio contra los daunios.
Conocéis, caro amigo, mi honor, y la reputación de esta ciudad naciente, cuya debilidad ocultaréis a todos mis vecinos, replicó Idomeneo, aliviado al parecer de la pena que oprimía su corazón. ¿Pero qué apariencia de verdad puede tener el decir que quiero enviar mis tropas a Ítaca para restablecer en el trono a Ulises o a su hijo Telémaco, mientras que este se compromete a ir con ellos a la guerra contra los daunios?
Nada os inquiete, replicó Méntor: solo diré lo que sea cierto. Los bajeles que enviéis para establecer vuestro comercio, irán a las costas del Epiro y harán dos cosas a un tiempo: llamar a las vuestras a los mercaderes extranjeros a quienes alejan de Salento excesivos impuestos, y procurar nuevas de Ulises. Si existe, no debe distar mucho de estos mares que separan la Grecia de la Italia, pues aseguran haberle visto en Feacia; y aun cuando ninguna esperanza nos quedase de hallarle, harían vuestros bajeles a su hijo un señalado servicio, pues esparcirían en Ítaca y en todos los países vecinos el terror del nombre del joven Telémaco, a quien creen muerto como a Ulises. Los amantes de Penélope se llenarán de sorpresa cuando sepan que puede regresar Telémaco sin dilación con el auxilio de un aliado poderoso: recibirá consuelo aquella, y se negará a elegir nuevo esposo: los de Ítaca no se atreverán a sacudir el yugo de su actual dominación; y de esta manera os ocuparéis en beneficio de Telémaco, mientras lo está él con los aliados en la guerra contra los daunios.
¡Feliz el monarca que encuentra el auxilio de prudentes consejos!, exclamó Idomeneo. El amigo sabio y leal presta mayores utilidades a un rey que los ejércitos victoriosos. ¡Pero más feliz todavía el que conoce su dicha y sabe aprovecharse de ella haciendo buen uso de los consejos acertados! Porque ocurre muchas veces que alejan de su confianza a los hombres sabios y virtuosos, cuyo mérito les inspira temor, para dar oídos a los lisonjeros cuya traición no temen. Yo cometí este error, y os referiré todas las desgracias que he sufrido por un falso amigo que lisonjeaba mis pasiones con la esperanza de que protegiese las suyas.
Fácilmente persuadió Méntor a los reyes confederados debía cuidar Idomeneo de restablecer a Telémaco en Ítaca, mientras que este les acompañaba; y se contentaron con llevarle en su ejército a la cabeza de cien jóvenes cretenses, que era la flor de la nobleza venida con este rey desde Creta. Habíalo aconsejado así Méntor a Idomeneo, diciéndole: Durante la paz debe cuidarse de multiplicar la población; pero enviarse a las guerras extranjeras a los jóvenes nobles para evitar que la nación se afemine y llegue a ignorar el arte de la guerra. Esto basta para mantener en toda ella cierta emulación de gloria en la inclinación a las armas; desprecio de las fatigas y aun de la muerte: y por último, la experiencia del arte militar.
Partieron de Salento los reyes confederados satisfechos de Idomeneo, encantados de la sabiduría de Méntor, y llenos de gozo por llevar en su compañía al joven Telémaco, que no pudo sofocar los efectos de su dolor al separarse de su amigo. Mientras que aquellos se despedían de Idomeneo y le juraban una eterna alianza, abrazaba Méntor a Telémaco anegado en lágrimas. Soy insensible, decía este, al júbilo que debía inspirarme el correr a la gloria; solo experimento el dolor de dejaros. Paréceme que vuelvo a padecer el infortunio que me hicieron sufrir los egipcios, arrebatándome de vuestros brazos y privándome hasta de la esperanza de volveros a ver.
Bien diferente es esta separación, replicó Méntor con afabilidad para consolar a Telémaco; porque es voluntaria, será de corta duración, y corréis a la victoria. Vuestro amor hacia mí debe ser más animoso y menos tierno: acostumbraos a la ausencia, hijo querido: no siempre viviré con vos; y es preciso que la prudencia y la virtud os conduzcan más bien que mi presencia.
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Al decir estas palabras Méntor, bajo cuya figura se ocultaba la diosa, cubría esta a Telémaco con su égida, y derramaba sobre él el espíritu de la sabiduría y de la previsión, el valor intrépido y la moderación, que rara vez se hallan reunidos.
Corred, le decía, a los mayores peligros, siempre que sea útil arrostrarlos; porque más deshonra a un príncipe evitarlos en los combates que no ir jamás a la guerra, y no debe ser dudoso al soldado el valor de su caudillo. Si es necesario a un pueblo conservar los días del monarca, lo es todavía mucho más que nunca sea dudosa la reputación del valor de este. Acordaos de que el que manda debe dar ejemplo a los que obedecen, para animar a todo el ejército. No temáis ningún peligro, y pereced en la lid antes de que se dude de vuestro valor; porque los aduladores que más se esfuercen a alejaros del riesgo, serán los primeros que dirán en secreto que sois flaco de corazón, si lo logran con facilidad.
Mas no busquéis los peligros sin utilidad; porque el valor no es virtud cuando no le dirige la prudencia, sino desprecio insensato de la vida y ardor brutal: el valor arrebatado nada tiene de seguro. El que no se domina en las ocasiones de peligro, es más fogoso que valiente, y debe estar fuera de sí para ser superior al temor; porque no puede vencerle cuando su corazón se halla en el estado natural que si no le inclina a huir, le sobresalta al menos haciéndole perder la libertad del ánimo que necesitaría para dictar órdenes acertadas, aprovechar las ocasiones, destruir a sus enemigos y servir a la patria. Posee el ardor de un guerrero, pero no el discernimiento de un caudillo; y aun le falta el verdadero valor del simple soldado, porque este debe conservar en la pelea la serenidad y moderación necesarias para obedecer. El que se expone temerariamente, turba el orden y disciplina militar, presentando un ejemplo de temeridad que expone muchas veces a grandes desgracias todo un ejército; y los que prefieren la vana ambición al interés de la causa común, merecen castigos en vez de recompensas.
Guardaos bien, hijo querido, de buscar con impaciencia la gloria; porque el verdadero medio de hallarla es aguardar tranquilamente la ocasión de alcanzarla. La virtud se hace más digna de respeto cuando es más sencilla, más modesta y más enemiga del fasto; y a medida que crece la necesidad de arrostrar el peligro, deben aumentar siempre los auxilios de la previsión y del valor. Por lo demás, acordaos de que es preciso no excitar la envidia, y no seáis por vuestra parte rival de la prosperidad de ninguno: load siempre al que merezca elogio; pero con discernimiento, diciendo lo bueno complacido, y ocultando lo malo condoliéndoos de ello.
Nunca decidáis en presencia de esos caudillos ancianos y llenos de una experiencia que os falta: escuchadlos con deferencia: consultad con ellos: rogad a los más consumados que os instruyan, y no os avergoncéis de atribuir a sus instrucciones vuestros mejores hechos. Por último, jamás deis oídos a los que intenten excitar vuestra desconfianza y rivalidad contra los otros jefes: habladles con ingenuidad y confianza, y si creéis que os han faltado, descubridles vuestro corazón, explicadle vuestras razones. Si son capaces de conocer la nobleza de semejante conducta, obtendréis su estimación y lograréis de ellos lo que deseaseis; y si, por el contrario, desconociesen vuestros sentimientos, penetraréis por vos mismo la injusticia que debéis soportar, adoptaréis medidas prudentes para no comprometeros mientras dure la guerra, y de nada tendréis que arrepentiros. Pero sobre todo nunca digáis los motivos de queja que creáis tener contra los caudillos del ejército a aquellos aduladores que se ocupan en sembrar la discordia entre los que obedecen.
Yo permaneceré aquí para auxiliar a Idomeneo en la necesidad en que se halla de ocuparse en beneficio de su pueblo, y para hacerle enmendar los yerros a que le ha arrastrado el mal consejo de la adulación al establecer su nuevo reino.
No pudo dejar Telémaco de manifestar su sorpresa y desprecio acerca de la conducta de Idomeneo; mas replicole Méntor con severidad: ¿Os maravilláis, le dijo, de que obren como hombres los más dignos de estimación, y aun de que manifiesten debilidades propias de la humanidad en medio de los escollos innumerables e inseparables de la dignidad real? Cierto es que Idomeneo ha sido educado en el fasto y la altivez; ¿pero qué filósofo podría encontrar defensa contra la adulación si hubiese ocupado su lugar? Sin duda se ha dejado convencer por los que obtuvieron su confianza; pero los reyes más sabios son engañados muchas veces por más precauciones que tomen para evitarlo, porque un monarca no puede pasar sin ministros que le alivien y de quienes se fíe, pues le es imposible hacerlo todo por sí. Además los reyes conocen con mayor dificultad que los demás hombres a aquellos que les rodean, porque en su presencia están siempre enmascarados, y emplean toda clase de artificios para engañarles. ¡Ah, demasiado lo experimentaréis, Telémaco! No se encuentran en los hombres las virtudes y los talentos que se buscan; y aunque es bueno estudiarlos para penetrar en sus corazones, cométense yerros cada día, y jamás se logra sean mejores como lo exige la utilidad pública. Todos son obstinados y rivales, y ni llega a persuadírseles ni se les corrige con facilidad.
Cuanto es mayor el número de pueblos que hay que gobernar, debe serlo el de los ministros que hagan lo que el monarca no puede hacer por sí mismo, y de consiguiente más necesidad tienen de hombres en quienes depositar la autoridad, y mayor también el peligro de engañarse en la elección. Critica hoy sin piedad a los reyes quien, si reinase mañana, reinaría peor que ellos y cometería los mismos yerros u otros infinitamente mayores; porque la condición del hombre privado, si reúne facilidad para hablar bien, oculta los defectos naturales, realza los talentos y aparece digno de todos los empleos de que se ve distante, pues sola la autoridad sujeta la capacidad del entendimiento a una prueba difícil que pone de manifiesto grandes defectos.
El poder es semejante al vidrio que aumenta los objetos. En los empleos elevados aparecen mayores los defectos, y de grande consecuencia las cosas más pequeñas; y las menores faltas tienen repercusiones violentas. Ocúpase el mundo entero en observar incesantemente a un hombre solo y en juzgarle con el mayor rigor, mientras que al hacerlo carecen de experiencia acerca del estado en que se halla, y sin conocer las dificultades desconocen también que es hombre, según exigen sea perfecto. Por bueno y sabio que sea un rey, al fin es hombre; su talento y su virtud tienen límites. No siempre puede reprimir los hábitos, el genio y las pasiones: hállase rodeado de personas interesadas y artificiosas, y no encuentra los auxilios que procura: padece cada día algún error, arrastrado ora por sus pasiones, ora por las de sus ministros; y apenas ha enmendado uno cuando vuelve a caer en otro. Tal es la condición de los reyes más ilustrados y virtuosos.
Los reinados mejores y de mayor duración son demasiado cortos e imperfectos para enmendar en su último período lo que involuntariamente erraron al principio. Acompañan a la diadema todas las miserias, y la impotencia humana sucumbe al enorme peso de ellas; así que es preciso compadecer y disculpar a los reyes. ¿No son dignos de compasión por tener que gobernar a tantos hombres, cuyas necesidades son infinitas, y que dan tantos sinsabores a los que intentan gobernarles bien? Hablando francamente puede decirse que los hombres merecen compasión, porque debe gobernarlos un rey, que es hombre como ellos; pues para dirigirlos sería preciso un dios. Pero también son dignos de ella los reyes por ser hombres; es decir, débiles e imperfectos, si se considera que han de gobernar a la innumerable multitud de seres corrompidos y engañosos.
Idomeneo perdió por culpa suya el reino de sus progenitores en Creta, respondió con viveza Telémaco; y sin vuestros consejos hubiera perdido otro en Salento. Confieso, replicó Méntor, que ha padecido grandes errores; pero buscad en Grecia y en los países más civilizados un rey que no los haya cometido indisculpables. El hombre más grande tiene en su temperamento y en su carácter defectos que le arrastran, y los más dignos de elogio son aquellos que poseen bastante valor para conocer y reparar sus extravíos. ¿Pensáis que Ulises, el grande Ulises vuestro padre, modelo de todos los reyes de Grecia, no tiene también sus debilidades y defectos? ¡Cuántas veces hubiera sucumbido a los peligros y dificultades que le ha presentado la fortuna si no le hubiese conducido Minerva paso a paso! ¡Qué de veces le ha detenido o guiado para conducirle siempre a la gloria por el camino de la virtud! No esperéis hallarle sin imperfección cuando le veáis reinar lleno de gloria en Ítaca: le veréis sin duda. Grecia, Asia y todas las islas le han admirado a pesar de sus defectos, que han realzado mil cualidades maravillosas. Demasiado feliz seréis en poderle admirar también, y en estudiarle sin cesar como el modelo que debéis seguir.
Telémaco, acostumbraos a no esperar de los hombres más grandes otra cosa que lo que puede hacer la humanidad. La inexperta juventud se entrega a una crítica presuntuosa, que le hace ver con disgusto los modelos que le es preciso seguir, y que le conducen a una indocilidad incurable. No solamente debéis amar, respetar, imitar a Ulises por más que no sea perfecto; sino estimar en mucho a Idomeneo, a pesar de lo que he reprendido en él, porque es naturalmente sincero, recto, equitativo, liberal, benéfico y perfecto su valor: detesta el fraude cuando le conoce, y sigue libremente las inclinaciones de su corazón. Sus talentos son proporcionados al lugar que ocupa. La ingenuidad con que confiesa su error, su dulzura, sufrimiento para permitir le diga las cosas más desagradables, el valor con que enmienda públicamente sus yerros, y se hace superior a la crítica humana, manifiestan un alma verdaderamente grande. La fortuna o el consejo de otro pueden preservar de ciertos errores al hombre de mediana capacidad; mas solo una virtud extraordinaria alcanza a empeñar a un rey, largo tiempo seducido por la adulación, a que repare los yerros que haya padecido; y es mucho más glorioso levantarse de este modo que no haber caído jamás.
Ha padecido Idomeneo errores en que inciden casi todos los reyes; pero es muy raro el que procura enmendarlos, y no podía yo dejar de admirarle cuando me permitía contradecirle. Admiradle vos también, querido Telémaco: por utilidad vuestra, más bien que por su reputación, os doy este consejo.
De este modo hizo conocer Méntor a Telémaco el peligro de ser injustos, dejándose llevar a una crítica rigurosa contra los demás hombres, y sobre todo contra aquellos que tienen que vencer las dificultades del gobierno; y en seguida le dijo: Tiempo es de que partáis: adiós. Yo os aguardaré, caro Telémaco. No olvidéis que el que teme a los dioses nada tiene que temer de los hombres. Os veréis en los mayores peligros; pero sabed que Minerva no os abandonará.
Al oír Telémaco estas palabras juzgó hallarse en presencia de la diosa; y aun hubiera creído ser ella quien las decía para inspirarle confianza, si no le hubiese recordado la idea de Méntor añadiendo: No olvidéis, oh hijo mío, la solicitud con que os he cuidado durante la infancia para haceros sabio y valeroso como Ulises. Nada hagáis que no sea digno de los grandes ejemplos que os ha dado, y de las máximas de virtud que he procurado inspiraros.
Ya el sol comenzaba a elevarse y doraba las altas cimas de las montañas, cuando salieron de Salento los reyes confederados para reunirse con sus tropas, que acampadas alrededor de la ciudad se pusieron en marcha bajo sus órdenes. Relucía por todas partes el hierro de las agudas picas, ofuscaba la vista el brillo de los escudos, y se elevaba hasta las nubes un torbellino de polvo. Acompañáronles Idomeneo y Méntor hasta el campo, y se alejaron de los muros de la ciudad. Por último, se separaron después de haberse dado mutuas pruebas de verdadera amistad; sin que dudasen sería durable la paz luego que conocieron el bondadoso corazón de Idomeneo, que les habían pintado muy diferente de lo que era, sin duda juzgando de él no por sus sentimientos, sino por los consejos lisonjeros e injustos a que había dado oídos.
Después de la marcha del ejército condujo Idomeneo a Méntor a todos los barrios de la ciudad. Veamos, decía este, cuántos habitantes existen en ella y su campiña: enumerémoslos para saber cuántos labradores hay, y lo que produce la tierra de trigo, vino, aceite y otras especies, para deducir si basta a alimentarlos, y si puede hacerse un comercio útil de lo superfluo con los extranjeros. Examinemos también el número de bajeles y marineros para formar juicio de vuestras fuerzas. En efecto, visitó el puerto y las naves, informándose acerca de los países adonde navegaban para comerciar, en qué mercancías traficaban para la exportación e importación, gastos de viaje, anticipos que mutuamente se hacían los traficantes y sociedades que formaban, con el objeto de averiguar si eran equitativas y las observaban con fidelidad; y por último, el riesgo de los naufragios y de otras desgracias propias del comercio, para evitar la ruina de los mercaderes, que alucinados con la ganancia emprenden lo que es superior a sus fuerzas.
Manifestó su deseo de que fuesen castigadas con severidad las quiebras, porque las que no adolecen de mala fe son casi siempre efecto de la temeridad; dictando al mismo tiempo reglas para evitarlas. Estableció magistrados a quienes diesen cuenta los negociantes de los efectos, beneficios y gastos de las empresas; y no se les permitió arriesgar capitales ajenos ni más de la mitad de los suyos. Hacían las empresas por compañías cuando no podían verificarlo por sí solos; y el método de estas era inviolable por el rigor de las penas impuestas a los que faltaran a ellas, y absoluta la libertad del comercio, pues lejos de gravarlo con impuestos, se ofrecían recompensas a los que atrajesen al puerto de Salento traficantes de cualquiera otra nación.
Por este medio corrieron en breve a Salento muchos pobladores. Su comercio era semejante al flujo y reflujo de las aguas del océano, acumulándose en la ciudad las riquezas cual se suceden incesantes sus olas. Era libre la entrada y salida de toda clase de géneros; y tan útiles los que se introducían como los que se exportaban, dejaban unos y otros beneficio en Salento. En su puerto presidía la más recta justicia a cuantas naciones concurrían a él; y la sinceridad, el candor y la buena fe llamaban al parecer desde aquellas elevadas torres a los negociantes de los países más lejanos: viviendo con toda seguridad en Salento como en su propia patria los que, ora venían de las playas de oriente donde sale el sol cada día del fondo de las aguas, ora del vasto mar en donde cansado de su carrera este astro benéfico, apaga sus abrasados rayos.
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En lo interior de la ciudad visitó los almacenes, tiendas de artesanos y todas las plazas públicas. Prohibió a los mercaderes extranjeros que introdujesen efectos de lujo para no alentar la molicie. Ordenó los trajes, alimentos, muebles, capacidad y adorno de las casas para cada clase de habitantes. Proscribió todo adorno de oro y plata, diciendo a Idomeneo: Solo hallo un medio para que sea este pueblo moderado en sus gastos, y es que vos le deis ejemplo. En vuestra exterioridad debe resplandecer cierto aspecto de majestad; mas vuestro poder se señalará sobradamente por las guardias y ministros principales que os acompañen. Contentaos con un traje de lana muy fina teñida de púrpura: vistan igual tela los primeros personajes del estado, sin otra diferencia que el color y la sencillez de la bordadura de oro que llevaréis al extremo del vuestro; y la variedad de colores servirá para distinguir la diferencia de condiciones sin necesidad de oro, plata ni pedrerías.
Arreglad las clases por el nacimiento. Colocad en la primera a aquellos cuya nobleza sea más antigua y opulenta. Los que tengan mérito y autoridad se hallarán bastante satisfechos al verse postergados a aquellas antiguas e ilustres familias que viven en la dilatada posesión de las primeras honras; y los que no les igualen en nobleza cederán sin dificultad, con tal que no les habituéis a desconocer su origen en una fortuna súbita, y dispenséis elogios a la moderación de los que sean modestos en la prosperidad, sirviéndoos de regla invariable que la distinción menos expuesta a los tiros de la envidia es aquella que proviene de una serie dilatada de ascendientes.
También será ejercitada la virtud, y hallará el estado quien le sirva solícito, si concedéis coronas y estatuas como recompensa de las buenas acciones, y señaláis este principio de nobleza para los hijos de aquellos que las ejecuten.
Las personas de mayor jerarquía vestirán de blanco con una franja de oro en la parte inferior del vestido, adornará su dedo un anillo de oro, y llevarán pendiente del cuello una medalla del mismo metal con vuestra efigie. Los de la jerarquía inmediata vestirán de azul con la franja de plata y el mismo anillo, pero sin la medalla: los de la siguiente de verde sin franja ni anillo, pero con la medalla de plata: los de la cuarta de amarillo: de color de rosa los de la quinta: del de flor de lino los de la sexta; y los de la séptima, compuesta de la plebe, del blanco y amarillo mezclados.
Los esclavos de las siete clases enumeradas usarán el color de ceniza oscuro, y de esta manera se distinguirá cada uno según su condición respectiva, desterrándose de Salento las artes todas que se dirigen a fomentar el lujo; y los que hoy se emplean en ellas, se dedicarán al escaso número de las necesarias, o bien a la agricultura o al comercio. Pero no se permitirá jamás ninguna alteración en la clase de telas ni en la hechura de los vestidos; porque es indigno de los hombres destinados a una vida seria y noble entretenerse en inventar adornos afectados, y también el que lo permitan a sus esposas a quienes sería menos vergonzoso caer en semejantes excesos.
Imitando Méntor al diestro jardinero que corta del árbol la madera inútil, procuraba evitar el lujo que corrompe las costumbres, estableciendo en todo la frugalidad y sencillez. Ordenó al mismo tiempo los alimentos que debían usar los ciudadanos y los esclavos. ¡Qué oprobio es, decía, haga consistir su grandeza el hombre de más elevada clase en los manjares que debilitan el alma y arruinan insensiblemente la salud del cuerpo! Deberían cifrar su dicha en la moderación, en la posibilidad que tienen de hacer bien a sus semejantes, y en la reputación de las buenas acciones. La sobriedad halla sabrosos los alimentos más simples, conserva la robustez, y proporciona los placeres puros y constantes. Es necesario, pues, limitéis vuestros alimentos a los mejores; pero preparados sin ningún aderezo, porque es un arte para emponzoñar a los hombres excitar su apetito más allá de la verdadera necesidad.
Conoció Idomeneo haber obrado mal dejando corromper las costumbres de los habitantes de Salento, con infracción de las leyes dictadas por Minos acerca de la sobriedad; pero le hizo advertir Méntor que hasta las leyes, aunque renovadas, serían inútiles si el ejemplo del rey no les daba la autoridad que no podían adquirir de otro modo. Reformó Idomeneo su mesa sin dilación, admitiendo solo en ella el pan exquisito, el vino del país, que es agradable en extremo, pero en corta cantidad, y algunos manjares sencillos, a imitación de lo que hicieron los demás griegos durante el sitio de Troya; y nadie osó quejarse de una ley que el monarca se imponía a sí mismo, corrigiéndose todos de la profusión que comenzaba a advertirse en las mesas.
Proscribió en seguida Méntor la música tierna y afeminada, que corrompe a la juventud, y condenó con igual severidad la que embriaga no menos que el vino, excitando a la impudencia y liviandad, circunscribiéndola a las fiestas de los templos para cantar las alabanzas de los dioses y de los héroes que dieran ejemplos de las más señaladas virtudes. Tampoco permitió, sino en los templos, las columnas, medallones, pórticos y demás adornos de arquitectura, dictando modelos con sencillez y elegancia para edificar en corto espacio casas cómodas y alegres, capaces de numerosas familias; de forma que convertidas a un aspecto sano, fuesen las habitaciones separadas unas de otras, conservando con facilidad el orden y el aseo sin grandes desembolsos.
Procuró que todas las casas de alguna consideración tuviesen un salón y un pequeño peristilo con aposentos reducidos para las personas libres; mas prohibió severamente la superfluidad y magnificencia. Estos diferentes modelos, proporcionados al número de cada familia, sirvieron para hermosear una parte de la ciudad, y para darle regularidad sin crecidas expensas; mientras que la otra parte de ella, edificada según el capricho y fasto de los particulares, era menos agradable y cómoda a pesar de su magnificencia. Aquella parte de la ciudad fue acabada en poco tiempo, porque la costa inmediata de la Grecia suministró buenos arquitectos, y se trajeron del Epiro y de otros países gran número de operarios, con la condición de que después de acabar su trabajo se establecerían en las inmediaciones de Salento, y se les adjudicarían terrenos para ponerlos en cultivo y poblar la campiña.
Pareciéronle a Méntor la pintura y la escultura artes que no debían abandonarse; pero sin permitir se dedicasen muchos a ellas dentro de la ciudad. Estableció una escuela presidida por profesores de gusto exquisito que examinasen a los alumnos. Nada indigno o mediano, decía, debe permitirse en estas artes que no son absolutamente necesarias. Por lo mismo dedíquense a ellas los jóvenes cuyo genio prometa mucho y tiendan a la perfección: los demás han nacido para las artes menos nobles, y han de ser empleados con mayor utilidad en las necesidades ordinarias de la república. Empléense en buen hora los escultores y pintores en conservar la memoria de los hombres grandes y de los memorables hechos: en los edificios públicos o en los sepulcros ha de transmitirse el recuerdo de lo que se obró por una virtud extraordinaria, o para utilidad de la patria.
Pero la moderación y frugalidad de Méntor no impidieron autorizase los grandes edificios destinados a las carreras de carros y caballos, a los combates de la lucha y del cesto, y de todos los que ejercitan el cuerpo para hacerle más ágil y vigoroso.
Expelió un considerable número de mercaderes que vendían varias telas de países lejanos, bordaduras de alto precio, vasijas de oro y plata con efigies de dioses, de hombres y de animales, y por último aguas de olor y perfumes; y aun quiso que los muebles fueran sencillos y construidos de manera que durasen largo tiempo: de modo que los salentinos que se lamentaban de su pobreza, comenzaron a experimentar las muchas riquezas superfluas que conocían; pero riquezas engañosas que les empobrecían, haciéndose efectivamente ricos a medida que tenían valor para desprenderse de ellas. Despreciar tales riquezas, se decían unos a otros, es enriquecerse, porque agotan el estado: disminuyamos, pues, nuestras necesidades reduciéndolas a las que establece la naturaleza como verdaderas.
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Reconoció sin dilación los arsenales y almacenes para cerciorarse de si se hallaban en buen estado las armas y lo demás necesario para la guerra; porque siempre, decía, se debe estar en disposición de emprenderla para no verse nunca reducidos a la desgracia de soportarla. Halló faltaban muchas cosas, y al momento reunió a los operarios para que labrasen el hierro, acero y alambre. Veíanse fraguas encendidas, y torbellinos de humo y de llamas semejantes al fuego subterráneo que vomita el monte Etna: estremecíase el yunque a los repetidos golpes del martillo, que resonaban en las playas y montañas vecinas; de modo que podía creerse estar en aquella isla en donde, animando Vulcano a los cíclopes, forja rayos para el padre de los dioses: esta sabia previsión producía que en el seno de la paz se viesen los preparativos de la guerra.
En seguida salió Méntor de la ciudad con Idomeneo, y halló incultas grandes porciones de tierras fértiles, mal cultivadas otras por el descuido y miseria de los labradores que carecían de brazos para el cultivo, y también de valor y fuerzas para perfeccionar la agricultura; y viendo Méntor desolada aquella campiña, dijo al rey: Aquí está dispuesta la tierra a enriquecer a los habitantes; mas no hay número suficiente de estos. Hagamos cultivar estas llanuras y colinas a los muchos artesanos que existen en la ciudad, y cuya industria sirve únicamente para corromper las costumbres. Verdaderamente es una desgracia que estos hombres dedicados a las artes no estén ejercitados en el trabajo, porque aquellas requieren una vida sedentaria; pero he aquí los medios de remediarlo. Dividiremos entre ellos los terrenos incultos, y llamaremos en su auxilio a los pueblos vecinos, que bajo su dirección harán los más penosos trabajos, si se les ofrecen recompensas proporcionadas con los frutos de las tierras que cultiven, permitiéndoles poseer parte de ellas, incorporándose por este medio a vuestro pueblo que todavía no es bastante numeroso; y con tal que sean laboriosos y dóciles a las leyes, no tendréis mejores vasallos, y acrecentarán vuestro poder. Los artesanos de la ciudad transportados al campo educarán a sus hijos habituándoles al trabajo e inclinándoles a la vida campestre. Además, todos los operarios extranjeros que trabajen en edificar la ciudad se obligarán a desbrozar cierta porción de tierra y también a cultivarla: agregadlos a vuestro pueblo luego que hayan acabado su trabajo, pues se complacerán en pasar sus vidas bajo la dominación que hoy es tan suave. Como son robustos y laboriosos, servirá su ejemplo para excitar al trabajo a los que hayan salido de la ciudad, con quienes se mezclarán, y en lo sucesivo se verá poblado todo el país por familias robustas y dedicadas a la labranza.
No os desveléis por el aumento de la población: en breve será innumerable si facilitáis los matrimonios. Los medios no ofrecen dificultad. Casi todos los hombres tienen inclinación a él, y solo la miseria les impide realizarlo: si los libertáis de impuestos, vivirán sin grande trabajo con sus hijos y esposas; pues jamás fue ingrata la tierra: alimenta siempre con sus frutos a los que la cultivan cuidadosamente, sin negar sus beneficios más que a aquellos que se desdeñan de emplear en ella su trabajo. Cuanto mayor es el número de hijos de un labrador, lo es también su riqueza si el príncipe no los empobrece, porque desde la infancia comienzan todos ellos a serle útiles. Apacenta el menor los carneros; los de más edad conducen ya los rebaños, y los mayores trabajan al lado de su padre. Entre tanto prepara la madre una comida sencilla para el esposo y los queridos hijos, que deberán regresar fatigados del trabajo del día: cuida de ordeñar las vacas y ovejas, y se ven correr ríos de leche: enciende un gran fuego, a cuyo derredor se entretiene en cantar durante la noche toda la familia inocente y pacífica mientras llega la hora de entregarse al sueño; y prepara también el queso, la castaña y las frutas conservadas con tanta frescura como si acabase de cogerlas del árbol.
Regresan los pastores y cantan acompañados de la flauta las canciones nuevas que han aprendido en las cabañas vecinas, oyéndoles la familia reunida. Entra el labrador con el arado, cuyos cansados bueyes se aproximan con la cabeza inclinada y paso lento a pesar del aguijón que les hostiga, y allí acaba el trabajo con el día; las adormideras, que por disposición de los dioses esparce el sueño sobre la tierra, sofocan con sus encantos el cuidado y la pesadumbre, produciendo en la naturaleza un sueño agradable, y todos duermen sin prever el trabajo del siguiente día.
¡Feliz el hombre exento de ambición, desconfianza y artificio, si le dan los dioses un rey bueno que no turbe su inocente júbilo! ¡Pero qué horrible inhumanidad arrebatarle por miras de ambición y de opulencia los frutos de la tierra, debidos únicamente a la liberalidad de la naturaleza y al sudor de su frente! La naturaleza por sí sola arrojará de sus entrañas fecundas lo que baste a un infinito número de hombres moderados y laboriosos; pero el orgullo y la molicie de algunos sume a los demás en una espantosa pobreza.
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¿Que haré, replicó Idomeneo, si descuidan el cultivo los que disemine en estas fértiles campiñas?
Lo contrario, respondió Méntor, de lo que se hace comúnmente. Los príncipes codiciosos y faltos de previsión, cuidan únicamente de cargar de impuestos a los vasallos más vigilantes e industriosos para aumentar sus tesoros, porque se prometen ser pagados más fácilmente; y al mismo tiempo cargan menos a aquellos a quienes la pereza hace más miserables. Alterad este mal orden que agobia a los buenos, recompensa al vicio, e introduce una negligencia tan funesta al monarca como al estado: poned tasas, estableced multas, y si es preciso otras penas rigurosas contra aquellos que descuiden sus campos, a la manera que castigaríais al soldado que abandonase su puesto en la guerra; y por el contrario, dad gracias y conceded exenciones a las familias que multiplicándose aumenten a proporción el cultivo de sus tierras: en breve se multiplicarán y se animarán todos al trabajo, que llegará a ser ocupación honrosa, y no se verá despreciado el labrador. Volverá a honrarse el arado manejándole la mano victoriosa que haya defendido a la patria; y no será inferior el mérito de cultivar durante una dichosa paz el patrimonio de los ascendientes, que haberlo defendido con valor durante la agitación de la guerra. Florecerán los campos: se coronará Ceres con doradas espigas: hollando Baco con su planta la uva, hará correr raudales de vino más dulce que el néctar: repetirán los hondos valles el canto de los pastores, uniendo la consonancia de sus voces e instrumentos a orillas de cristalinos arroyos, en tanto que retozando los ganados sobre la yerba y entre las flores no teman al carnívoro lobo.
¿No seréis demasiado feliz proporcionando tantos beneficios, y haciendo vivir en sosiego a tantos pueblos a la sombra de vuestro nombre? ¡Oh Idomeneo!, esta gloria es de mayor precio que asolar la tierra y esparcir por todas partes, y aun en vuestros dominios en medio de las victorias como entre el extranjero, la carnicería, la turbación, el horror, el desfallecimiento, la consternación, el hambre y la desesperación.
¡Feliz el monarca favorecido de los dioses y dotado de un corazón capaz de formar las delicias de su pueblo, y de mostrar a los venideros siglos el período de cuadro tan risueño! Toda la tierra se humillará a sus pies para suplicarle que la gobierne en vez de resistir su poder.
Pero cuando los pueblos se vean felices en la abundancia y en la paz, respondió Idomeneo, les corromperán las delicias, y emplearán contra mí las fuerzas que les haya dado.
No lo temáis, dijo Méntor; ese es un pretexto de que se valen siempre para lisonjear a los príncipes pródigos que quieren agobiar con impuestos a sus pueblos. El remedio es fácil. Las leyes que acabamos de establecer para la agricultura los harán laboriosos; y en medio de la abundancia solo tendrán lo necesario, porque hemos proscrito las artes que alimentan lo superfluo. Esta abundancia se disminuirá por la facilidad de los matrimonios y por la multiplicación de las familias; y siendo estas numerosas y poca la tierra que cultiven, la cultivarán sin descanso. La ociosidad y la molicie hacen a los pueblos rebeldes e insolentes; el vuestro tendrá pan en abundancia, pero solo pan y frutos adquiridos con su propio sudor.
Mas para que sea moderado ha de fijarse desde ahora la porción de terreno que pueda poseer cada familia. Ya sabéis que las hemos dividido en siete clases según sus diferentes condiciones, y es preciso no permitir que ninguna de ellas pueda poseer más de la absolutamente necesaria para la subsistencia del número de personas de que conste. Siendo invariable esta regla, no hará el noble adquisiciones sobre el pobre: tendrán todos terrenos, pero de corta extensión, y serán excitados a cultivarlos bien; y si la dilatada serie de los tiempos llega a producir falta de tierras, formaranse colonias que aumenten el poder del estado.
También creo debéis evitar el excesivo uso del vino: si se han plantado muchas viñas, que las arranquen; porque es el origen de muchos males causando enfermedades, riñas, sediciones, ociosidad, tedio al trabajo y desórdenes domésticos. Resérvese, pues, como un remedio, o cual un raro licor que solo se emplee en los sacrificios y festividades extraordinarias; mas no esperéis que esta importante regla sea observada si vos mismo no dais el ejemplo.
Deben guardarse además inviolablemente las leyes de Minos para la educación de la infancia, estableciendo escuelas públicas en donde se enseñe el temor a los dioses, el amor a la patria, el respeto a las leyes, y la preferencia del honor sobre los placeres y aun sobre la misma vida.
Haya magistrados que vigilen a las familias y sus costumbres: velad también vos mismo que sois rey, es decir, pastor, para hacerlo noche y día sobre vuestro rebaño; y de este modo evitaréis gran número de excesos y delitos; los que no podáis evitar castigadlos severamente al principio; pues el hacerlo así envuelve clemencia, porque el escarmiento contiene los efectos de la impunidad. Poca sangre vertida oportunamente, ahorra mucha y produce el temor sin necesidad de ser riguroso.
¡Pero qué máxima tan detestable la de creer que solo puede hallarse la seguridad en la opresión de los vasallos! No facilitarles instrucción, no conducirlos a la virtud, no hacerse amar, estrecharlos con el terror hasta el extremo de la desesperación, ponerlos en la dura necesidad de o no poder jamás respirar libremente, o sacudir el yugo de una dominación tiránica, ¿es acaso el medio seguro de reinar sin inquietud?, ¿es el verdadero camino que conduce a la gloria?
Acordaos de que los monarcas menos poderosos son aquellos cuya dominación es más tiránica. Todo lo toman y lo arruinan; solo ellos poseen el estado, mas este se aniquila: vense incultos y casi desiertos los campos: deterióranse las ciudades y agótase el comercio; y el rey que no puede serlo solo, y a quien hacen grande sus pueblos, se empobrece también poco a poco por el aniquilamiento insensible de aquellos de quienes extrae el poder y las riquezas. Se agota el numerario y faltan hombres; pérdida la mayor y más irreparable. Su tiránico poder convierte en esclavos a los vasallos, que le adulan, le adoran al parecer, aunque tiemblan hasta de sus miradas. Pero aguardad la más leve revolución; y este poder monstruoso, llevado hasta el extremo de una excesiva violencia, no será duradero, pues no hallará recurso alguno en el corazón de los vasallos, porque ha irritado a todas las clases y obligado a sus individuos a que suspiren por un cambio que mejore su suerte. Derrocado el ídolo al primer golpe, se quiebra y son pisados sus pedazos. El desprecio, el odio, el temor, el resentimiento, la desconfianza, en una palabra, todas las pasiones se arman contra la autoridad aborrecida; y el rey que en la prosperidad no encontraba uno solo bastante atrevido para decirle la verdad, no encontrará tampoco en la desgracia quien le disculpe ni quien le defienda contra sus enemigos.
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Persuadido Idomeneo por los discursos de Méntor, repartió sin tardanza los terrenos vacantes entre los artesanos dedicados a oficios inútiles, y ejecutó cuanto ya tenía resuelto; reservando únicamente los que destinaba para los operarios que no podían cultivarlos hasta que hubiesen concluido los edificios de la ciudad.
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