LIBRO XXII.
Deseaba con impaciencia el hijo de Ulises volver a reunirse con Méntor en Salento, y embarcarse en su compañía para Ítaca adonde esperaba arribaría en breve su padre. Luego que se aproximó a Salento le sorprendió hallar cultivados, convertidos en jardín y poblados de labradores todos los campos inmediatos a la ciudad, conociendo ser obra de la sabiduría de Méntor; y dentro ya de sus muros advirtió ser más escaso en ella el número de artesanos dedicados a proporcionar los goces delicados de la vida, y desterrada en parte la antigua magnificencia. Llamó esto su atención, porque su carácter le inclinaba a todo aquello que tenía las exterioridades de opulencia y cultura; pero ocuparon su imaginación otras ideas. Descubrió de lejos a Idomeneo y a Méntor, y al momento conmovieron su corazón el gozo y la ternura. Sin embargo del éxito de sus empresas durante la guerra contra Adrasto, temía no estuviese Méntor satisfecho de su conducta, y a medida que se acercaba a él procuraba descubrir en su semblante si algo tendría que reprenderle.
[Ilustración]
Abrazó Idomeneo a Telémaco cual pudiera hacerlo con su propio hijo y en seguida se arrojó Telémaco a los brazos de Méntor bañándole con sus lágrimas. Me hallo satisfecho de vos, le dijo Méntor: habéis cometido grandes yerros; pero os han servido para conoceros y desconfiar de vos mismo. Muchas veces proporcionan mayor fruto los errores que las bellas acciones; porque estas envanecen al hombre inspirándole una presunción peligrosa, al paso que aquellas le hacen conocer su interior y le proporcionan la prudencia que perdiera protegido por la fortuna. Solo os falta alabar a los dioses, y no desear que vuestros semejantes os alaben. Grandes cosas habéis hecho; pero confesad la verdad, no habéis sido vos solo quien las ha ejecutado. ¿No es cierto que al obrarlas habéis conocido proceder de una causa extraña que obraba dentro de vos mismo? ¿No erais incapaz de ejecutarlas por vuestra impetuosidad y falta de prudencia? ¿No conocéis que Minerva os ha trasformado al parecer en otro hombre superior a lo que sois para obrar lo que habéis ejecutado? Esta deidad ha suspendido los efectos de vuestros errores, como aplaca y suspende Neptuno las tempestades y las irritadas olas.
En tanto que Idomeneo preguntaba con curiosidad a los cretenses que habían regresado de la guerra, escuchaba Telémaco los sabios consejos de Méntor, y mirando a todas partes lleno de admiración decía a este: He aquí un cambio cuya causa no comprendo: ¿ha ocurrido alguna calamidad en Salento durante mi ausencia? No veo metales ni piedras preciosas; los trajes son sencillos; los edificios menos vastos y adornados; desfallecen las artes, y la ciudad ha llegado a ser comparable con la soledad.
¿Habéis observado, respondió Méntor sonriendo, el estado de los campos inmediatos a ella? Sí, replicó Telémaco, por todas partes he visto honrada la labranza, y entrados en cultivo los campos. ¿Y qué vale más, volvió a decir Méntor, una ciudad opulenta en mármoles y ricos metales, cuyos campos se hallen descuidados y estériles, o una campiña bien cultivada y fértil con una ciudad mediana, y en cuyas costumbres resplandezca la modestia? Una gran ciudad bien poblada de artesanos que se ocupen en debilitar las costumbres, proporcionando delicias a la vida, cuando su territorio sea pobre y esté mal cultivado, puede compararse a un monstruo cuya cabeza sea de enorme tamaño, y el cuerpo extenuado por falta de alimento y sin ninguna proporción con ella. El número de la población y la abundancia de los alimentos, forman la fuerza y riqueza verdadera de un rey. En el día cuenta Idomeneo con un numeroso pueblo, infatigable en el trabajo que ocupa toda la extensión de su país. Este forma una sola ciudad, cuyo centro es Salento. Hemos trasportado a la campiña los brazos que faltaban en ella y eran superfluos en la ciudad, y atraído además a este país muchos pueblos extranjeros. Mientras más se multipliquen estos, más multiplicarán también los frutos de la tierra con su trabajo; y esta multiplicación, tan agradable como pacífica, proporcionará mayor aumento a su reino que las conquistas. Hemos arrojado de la ciudad las artes superfluas que alejan al pobre del cultivo de la tierra que sufraga a sus necesidades verdaderas, y corrompen al rico entregándole al lujo y la molicie; pero sin perjudicar a las bellas artes y a los que poseen talentos para cultivarlas, y por este medio es más poderoso Idomeneo que cuando admirabais su magnificencia, porque aquel brillo ocultaba la flaqueza y miseria que en breve hubieran destruido su imperio. Ahora es mayor el número de hombres, y los alimenta con más facilidad; y acostumbrados todos ellos al trabajo, al sufrimiento y al desprecio de la vida, por su adhesión a las buenas leyes, están dispuestos a pelear en defensa de la tierra que cultivan con sus propias manos. El estado que hoy creéis abatido, será en breve maravilla de la Hesperia.
[Ilustración]
Acordaos, Telémaco, de que en el gobierno de los pueblos hay dos cosas perniciosas que rara vez procuran remediarse: una la autoridad injusta y demasiado violenta de los reyes, otra el lujo que corrompe las costumbres.
Cuando se acostumbran los monarcas a obrar sin otras leyes que su voluntad, y no ponen freno a sus pasiones, todo lo pueden; pero al mismo tiempo debilitan el fundamento de su poder, porque careciendo de regla y máxima cierta para gobernar, no rigen pueblos sino esclavos, cuyo número disminuye diariamente, a pesar de que todos les adulan a porfía. ¿Y quién les dirá la verdad? ¿Quién opondrá diques a este torrente? Todo sucumbe: huyen los sabios, y se ocultan lamentando las desgracias públicas; y si acaso una revolución repentina y violenta hace entrar en sus antiguos límites el poder que los había traspasado, no pocas veces le conduce a su ruina el golpe mismo que pudiera salvarle. Ninguna cosa amenaza la funesta caída como la autoridad que llega a ser ilimitada, porque puede compararse a un arco cuya cuerda se estira con exceso, que llega a romperse de repente si aquella no se afloja; mas ¿quién osará hacerlo? Hallábase Idomeneo corrompido hasta el fondo de su corazón por la autoridad que le lisonjeaba tanto, y aunque caído de su trono no había llegado a desengañarse. Ha sido, pues, necesario que los dioses nos enviasen aquí para que olvidase el abuso del poder ciego y opresivo que no conviene a los hombres, y aun así ha sido preciso también obrar maravillas para convencerle.
El otro mal, poco menos que incurable, es el lujo; porque así como la excesiva autoridad seduce a los reyes, seduce el lujo a las naciones. Suponen que este proporciona subsistencia al pobre a expensas del rico, como si aquel no pudiera hallarla con mayor utilidad multiplicando los frutos de la tierra, sin debilitar al rico extraviándole en la sensualidad. Se acostumbra una nación entera a considerar las cosas superfluas como necesarias a la vida: se inventan diariamente estas, y no pueden vivir sin lo que era desconocido treinta años antes, y a esto se da el nombre de buen gusto, perfección de las artes y cultura de la nación. Elógiase como virtud este vicio que acarrea otros muchos, y comunica su contagio desde el monarca hasta la plebe. Quieren los deudos de aquel imitar su opulencia, la de estos los grandes del estado, rivalizar con estos las clases medianas, porque ¿quién se hace justicia a sí mismo?, y a estos quieren igualarse los pobres. Hacen todos más de lo que pueden, unos por fasto y por prevalerse de sus riquezas, otros por vergüenza mal entendida y por ocultar su pobreza, y aun aquellos que son bastante cuerdos para desaprobar el desorden, no lo son para corregirle los primeros, dando ejemplos opuestos. Arruínase la nación, y se confunden todas las clases. El deseo de adquirir bienes para sostener gastos inútiles corrompe las más puras almas, y solo se trata de ser ricos, porque la pobreza es infamia. El sabio, el hábil, el virtuoso, el que instruye a sus semejantes, el vencedor en las batallas, el que salva la patria, el que sacrifica todos sus intereses, será despreciado si la opulencia no hace brillar sus talentos. Hasta el que nada posee quiere aparecer rico: gasta cual si tuviese: contrae deudas, engaña, y para conseguirlo se vale de mil artificios indignos. ¿Y quién remediará tantos males? Preciso es trocar el gusto y las costumbres de una nación, y darla leyes nuevas. Pero ¿quién podrá verificarlo sino un monarca filósofo que con el ejemplo de su moderación sepa avergonzar a los inclinados a gastos superfluos, y alentar al sabio, que adquirirá influencia sobre el pueblo viviendo en la honrosa frugalidad?
Escuchaba Telémaco a Méntor como el que despierta de un profundo sueño: conocía la verdad de sus palabras, y se grababan estas en su corazón a la manera que el escultor diestro imprime los rasgos que quiere sobre el mármol, dándoles vida y movimiento. Nada respondía; pero recordaba lo que le acababa de decir, y observaba con la vista los cambios ejecutados en la ciudad, y en seguida decía de esta suerte.
[Ilustración]
Por vos ha llegado a ser Idomeneo el más sabio de los reyes: le desconozco y también a su pueblo. Confieso que lo que habéis hecho vale infinitamente más que nuestras victorias; porque la casualidad y la fuerza tienen gran parte en los éxitos de la guerra, y por lo mismo debe ser el soldado partícipe de la gloria en las batallas, al paso que vuestra obra procede de una sola cabeza, y ha sido preciso hayáis trabajado solo para corregir al rey y a su pueblo. Los sucesos de la guerra son siempre odiosos y funestos, y aquí todo es obra de una sabiduría divina, todo es agradable, puro, amable, y en todo ello se ven rasgos de un poder superior al del hombre. Cuando este apetece la gloria, ¿por qué no se la procura empleándose en ejecutar el bien? ¡Ah, qué mal la comprenden cuando la buscan asolando la tierra y derramando sangre humana!
Manifestó Méntor su gozo al advertir desaprobaba Telémaco las victorias y las conquistas, sin embargo de hallarse en una edad en que era muy natural le alucinase la gloria que acababa de adquirir.
Cierto es, dijo Méntor, que cuanto veis aquí es bueno y laudable; pero sabed que podrían hacerse cosas todavía mejores. Idomeneo modera sus pasiones y se esfuerza en gobernar con justicia. Sin embargo, no deja de padecer algunos errores, consecuencias desgraciadas de los que antes ha cometido; porque cuando el hombre quiere huir el mal, le persigue este al parecer por largo tiempo, pues el hábito enerva su carácter con errores inveterados y prevenciones casi incurables. ¡Feliz el que jamás se extravió! Solo él puede obrar el bien con perfección. Telémaco, los dioses exigirán de vos más que de Idomeneo, pues habéis conocido la verdad desde la juventud, y jamás os entregasteis a las seducciones de una excesiva prosperidad.
Idomeneo, continuó Méntor, es prudente e ilustrado; pero se ocupa demasiado en los detalles, y no medita bastante sobre la generalidad de los negocios para formar planes. La habilidad de un monarca, superior a los demás hombres, no consiste en hacerlo todo por sí mismo; porque es grosera vanidad esperar conseguirlo o intentar persuadir al mundo de tener capacidad para ello. El rey debe gobernar eligiendo y dirigiendo a los que gobiernan bajo su autoridad, sin que sea preciso ejecute los pormenores, porque sería hacer lo que toca a estos; sino exigir le enteren de su ejecución y saber bastante para verificarlo con discernimiento. Elegir y aplicar según sus talentos a los que gobiernan es hacerlo maravillosamente; pues el gobierno supremo y perfecto consiste en gobernar a los que gobiernan. Para ello es preciso observarlos, experimentarlos, moderarlos, corregirlos, animarlos, elevarlos o abatirlos, cambiarlos de lugar y no dejar nunca de vigilarlos. Aspirar el monarca a examinarlo todo por sí mismo, es pequeñez, desconfianza, entregarse a los detalles, que absorben el tiempo y la libertad del entendimiento que requieren las cosas de importancia; porque para formar grandes proyectos, debe estar el entendimiento libre y reposado, y pensar con quietud, separado absolutamente de la expedición de los negocios delicados. El talento agobiado con los pormenores puede compararse con las heces del vino que carecen de fuerza y no agradan al paladar, y el que gobierna por ellos se ocupa de lo presente sin entrar en las miras de un porvenir remoto; y arrastrados siempre por el negocio del día, cual su única ocupación, se contrae demasiado a ella y hace limitado su entendimiento, porque no se juzga bien de los negocios sino cuando se les compara en globo, ordenándolos para que tengan consecuencia y proporción. Desviarse de esta regla es imitar al músico que se contentase con hallar sonidos armoniosos sin tomarse el trabajo de unirlos y ordenarlos para componer una música agradable, o al arquitecto que creyese haberlo hecho todo aglomerando hermosas columnas y piedras bien labradas, sin pensar en el orden y proporción de los adornos del edificio; pues al levantar un salón no prevé ha de ser necesaria la escalera, y cuando edifica el todo del edificio no cuida del portal ni del patio. Su obra será una aglomeración confusa de partes magníficas que no convendrán unas con otras, y lejos de hacerle honor será un monumento que perpetuará su oprobio; porque hará ver que no pensó con bastante extensión para concebir a la vez el plan general de la obra, carácter propio de un entendimiento escaso. El que ha nacido con entendimiento limitado a los pormenores, solo es apto para ejecutar dirigido por otro. No lo dudéis, Telémaco; el gobierno de un reino requiere cierta armonía como la música, y justas proporciones como la arquitectura.
Si todavía queréis que me sirva de la comparación de estas dos artes, os haré conocer cuán medianos son los hombres que gobernando se ocupan de los detalles. El músico que solo canta en un concierto, por bien que lo ejecute nunca será otra cosa que un cantor; pero el que le dirige y ordena a la vez todas sus partes, es el verdadero maestro de capilla. Del mismo modo es operario o peón el que labra las columnas o levanta una parte del edificio, mientras que el que ha ideado la totalidad de él, tiene en la cabeza todas sus proporciones, es el verdadero arquitecto. Por igual principio son los que menos gobiernan aquellos que se ocupan en el mayor número de negocios; porque el verdadero genio que rige el estado es el que no ejecutando nada, hace se ejecute todo, el que medita, inventa, penetra en lo futuro, retrocede a lo pasado, arregla, proporciona, prepara de lejos, se concentra sin cesar para luchar contra la fortuna como el nadador contra el torrente de las aguas, y cuida noche y día de no fiar nada a la casualidad.
¿Pensáis, Telémaco, trabaje asiduamente un célebre pintor desde la mañana hasta la noche para concluir sus obras con más prontitud? No: esta tarea agotaría el fuego de su imaginación; no inventada, porque es preciso hacerlo todo con irregularidad y por rasgos, según los produce el gusto y los excita el entendimiento. ¿Juzgáis que pase el tiempo en moler los colores y preparar los pinceles? Tampoco; porque esta ocupación es de aprendices, y él se reserva el cuidado de meditar, y se dedica a ejecutar rasgos atrevidos que den a las figuras vida, pasión y nobleza. Tiene en su cabeza los conceptos, los sentimientos de los héroes que quiere representar, se trasporta a los siglos en que florecieron y a las circunstancias en que se hallaron; y a esta especie de entusiasmo debe reunir capacidad para retenerle en su imaginación, y para que todo sea verdadero, correcto y proporcionado. ¿Y creéis sea preciso menos ingenio y menos esfuerzos del entendimiento para formar un gran monarca que un célebre pintor? Concluid, pues, que la ocupación de un rey debe ser crear grandes proyectos, y elegir hombres a propósito para ejecutarlos.
Creo comprender todo lo que me decís, respondió Telémaco; pero en tal caso se vería engañado muchas veces el monarca no tomando parte en los detalles. Vos sí que os engañáis, replicó Méntor; lo que impide ser engañado es el conocimiento general del gobierno. Los que no conocen los negocios ni tienen verdadero discernimiento van siempre a ciegas, y la casualidad solamente impide que se engañen; porque ni saben lo que buscan ni lo que deben buscar, y sin hacer otra cosa que desconfiar, desconfían más bien del honrado que les contradice que del engañoso que les adula. Por el contrario, los que conocen el arte de gobernar y aquello de que es capaz el hombre saben lo que pueden prometerse de ellos y los medios de conseguirlo: penetran bastante, cuando menos en globo, si aquellos que les auxilian son instrumentos a propósito para sus planes, y si entran en sus miras para lograr el objeto que se proponen; y como además no entran en los pormenores penosos, se halla más libre su entendimiento para penetrar de un golpe de vista el todo de la obra, y si se dirige al fin principal. Si son engañados, no es en lo esencial; y superiores a la envidia propia de almas bajas y talentos limitados, conocen que es imposible dejar de ser engañados en los negocios importantes, porque es imposible dejar de ocupar en ellos a los hombres que con tanta generalidad son engañosos. Pero se pierde mucho más en la irresolución que produce la desconfianza, que se perdería en dejarse engañar alguna vez; y es demasiada fortuna ser solo engañado en las cosas de poca monta, porque las importantes no dejan de presentarse y esto es lo único que debe preocupar a un hombre grande. Preciso es reprimir con severidad el engaño cuando se descubre; pero también debe tolerarse algún engaño para no ser verdaderamente engañado. El artesano todo lo ve y ejecuta por sí mismo; mas el monarca no puede hacerlo y verlo todo, pues solo debe ejecutar lo que ningún otro pueda hacer bajo su dirección, ocupándose únicamente en la decisión de cosas importantes.
Finalmente, dijo Méntor a Telémaco, los dioses os protegen y preparan un reinado lleno de sabiduría. Cuanto aquí veis, lo hacen menos por la gloria de Idomeneo que para instruiros. Los establecimientos sabios que admiráis en Salento son una sombra de lo que haréis algún día en Ítaca, si corresponden vuestras virtudes al alto destino que os aguarda. Tiempo es ya de que pensemos en partir: Idomeneo tiene preparado un bajel al efecto.
Inmediatamente le abrió Telémaco su pecho, aunque con repugnancia, acerca de la causa que le hacía sensible dejar a Salento. Tal vez, dijo, vituperaréis que me sea tan fácil en dejarme llevar de mis inclinaciones en los lugares por donde paso; pero serían continuos mis remordimientos si os ocultase que amo a Antíope, hija de Idomeneo. Querido Méntor, no es esta una pasión ciega como aquella de que me curasteis en la isla de Calipso: he conocido bien la profundidad de la herida que abrió el amor inspirado por Eucaris, y todavía no puedo pronunciar su nombre sin sentirme agitado: ni el tiempo ni la ausencia han podido cicatrizarla, y esta funesta experiencia me ha enseñado a desconfiar de mí mismo. Pero en nada es semejante a aquella mi inclinación a Antíope: no es un amor apasionado, sino estimación, afecto, persuasión de que seré feliz si vivo con ella. Si alguna vez me restituyen los dioses a mi padre, y me permiten elegir una esposa, lo será Antíope. Lo que me inclina a ella es su modestia, reserva, retiro, asiduo trabajo, perfección en las labores de lana y brocado, aplicación a los cuidados domésticos después de perdida su madre, su desprecio a los vanos adornos, y el olvido e ignorancia de su hermosura que sobresale en ella. Cuando la encarga Idomeneo dirigir las danzas de jóvenes cretenses al compás de la música, podría equivocársela con Venus risueña, acompañada de las Gracias: cuando la lleva en su compañía a la caza, se presenta llena de majestad, y maneja con destreza el arco cual Diana en medio de sus ninfas: todos la admiran; solo ella ignora lo que vale. Si entra en los templos, llevando sobre la cabeza los canastillos que contienen las ofrendas sagradas, pudiera creerse es la divinidad misma que habita en ellos. ¡Con qué temor y respeto religioso no la vemos ofrecer sacrificios, y aplacar el enojo de los dioses, cuando es necesario expiar alguna falta o vencer un funesto presagio! Por último, al verla rodeada de mujeres con la aguja de oro en la mano, parece a Minerva que tomando forma humana inspira las bellas artes al hombre. Anima a todos al trabajo, dulcificando su tarea con los encantos de su voz cuando canta la historia maravillosa de los dioses, y aventaja a la más exquisita pintura la delicadeza de sus bordados. ¡Venturoso el hombre que una a ella un dulce himeneo! No tendrá que temer otra cosa que perderla y sobrevivirla.
[Ilustración]
Querido Méntor, pongo a los dioses por testigos de que me hallo dispuesto a partir; porque si bien amaré a Antíope mientras viva, no por ello dilataré mi regreso a Ítaca. Si otro alguno debiera poseerla, trascurriría el resto de mis días triste y desconsolado. Sin embargo, me apartaré de ella aunque supiese que la ausencia podía hacérmela perder. No quiero hablar a ella ni a su padre de mi amor, pues solo a vos debo hacerlo hasta tanto que, sentado Ulises sobre el trono, preste su consentimiento. Por lo que acabo de decir podéis persuadiros de cuán diferente es este afecto, de aquella pasión hacia Eucaris que tanto me obcecó.
Telémaco, respondió Méntor, conozco la diferencia. Antíope es amable, prudente y sensible; sus manos no desdeñan el trabajo; prevé de lejos y acude a todo; sabe callar y obrar sin precipitación: se la ve ocupada a todas horas, y lo hace todo con oportunidad, formando sus delicias el arreglo doméstico, que la adorna más que su propia hermosura; y sin embargo de extender su cuidado a todo, y de estar encargada de corregir, negar y economizar (cosas que producen odiosidad), se ha hecho amable a los ojos de todos, por no encontrar en ella parcialidad, ligereza ni obstinación como en las demás, pues de una sola mirada se hace entender, y temen todos desagradarla. Ordena con precisión, y solo aquello que puede ser ejecutado; reprende bondadosa, y al hacerlo alienta a los que la obedecen. Descansa en ella Idomeneo, a la manera que el fatigado viajero a la sombra sobre la verde yerba; y en efecto, tenéis razón en decir que Antíope es un tesoro digno de ser buscado en los países más remotos. Ni su entendimiento ni su cuerpo se adornan jamás con ostentación; y aunque de imaginación viva, es discreta, habla solo por necesidad, y cuando llega a abrir los labios corren de ellos la persuasión y la ingenuidad: hace callar a todos, y se ruboriza de ello; y si advierte que la escuchan con atención, falta poco para que olvide lo que intentaba decir. Así es que apenas hemos oído su voz.
[Ilustración]
¿Os acordáis, Telémaco, del día en que su padre la hizo venir al sitio en que nos hallábamos? Se presentó con la vista baja, cubierta con un velo, y solo habló para templar el enojo de Idomeneo que deseaba castigar rigurosamente a uno de sus esclavos. Al principio tomó parte en su pesadumbre, y después la calmó: por último le manifestó cuanto podía disculpar a aquel desgraciado, y sin dar a entender al rey que se había dejado arrastrar demasiado de su enojo, le inspiró sentimientos de compasión y de justicia. No aplaca Tetis con más dulzura las irritadas olas cuando adula al viejo Nereo. Un día dirigirá Antíope el corazón de su esposo, sin procurarse autoridad alguna ni prevalerse de sus gracias; a la manera que hoy toca la lira cuando pretende producir en sus cuerdas agradables consonancias. Vuestro amor, Telémaco, vuelvo a decir, es justo: los dioses la destinan a vos: la amáis razonablemente, y es preciso aguardar a que os la otorgue Ulises. Alabo no hayáis osado descubrir vuestras intenciones; mas sabed que si hubieseis procurado hacerlo, las hubiera desechado y dejado de estimaros, porque nunca se ofrecerá a nadie: dejará que su padre la otorgue, y no se enlazará con el que no tema a los dioses y posea virtudes. ¿No habéis observado que se deja ver menos, y baja más la vista después de vuestro regreso? Sabe los acontecimientos felices que os han ocurrido en la guerra, vuestro nacimiento, vuestras aventuras, y cuanto los dioses han hecho en vuestro favor, y esto la hace más reservada y modesta. Partamos, Telémaco; partamos a Ítaca: no me resta otra cosa que proporcionaros el encuentro con Ulises, y poneros en estado de obtener una esposa digna de la edad del siglo de oro. Y aun cuando fuese pastora en el frío Álgido, en vez de hija del rey de Salento, seríais demasiado feliz en llegar a poseer a Antíope.
[Ilustración]