LIBRO XVII.
Observaba Júpiter desde lo alto del Olimpo, y rodeado de todas las divinidades celestes, la mortandad de los confederados; consultaba al mismo tiempo los inmutables destinos, y veía los guerreros cuyo hilo debía cortar aquel mismo día la tijera de la Parca. Todas las deidades observaban atentas su semblante para penetrar cuál sería su voluntad suprema; mas el padre de los dioses y de los hombres les dijo con voz agradable y majestuosa: Ya veis la extremidad a que se ven reducidos los confederados, y a Adrasto que destruye a todos sus enemigos: sin embargo, esta perspectiva es muy engañosa, porque la gloria y prosperidad del malvado es poco duradera. Impío y odioso Adrasto por su mala fe, no alcanzará una completa victoria. Sobreviene esta desgracia a los confederados para enseñarles a corregirse y a guardar mejor el secreto en sus empresas. La sabia Minerva prepara aquí una nueva gloria al joven Telémaco que forma sus delicias. Calló Júpiter, y todos los dioses continuaron observando en silencio la pelea.
Enterados entre tanto Néstor y Filoctetes de haber consumido ya el fuego una parte del campamento, de que conducida la llama por el viento aumentaba aquel sus estragos, de que las tropas se hallaban en desorden, y de que Falanto no podía oponer resistencia al ímpetu de los enemigos; corren inmediatamente a las armas, reúnen a los capitanes, y ordenan que sin dilación salgan todos del campamento para no perecer en el incendio.
Aunque inconsolable y en extremo abatido Telémaco, olvida su dolor, viste sus armas, don precioso de la sabia Minerva, que apareciendo bajo la figura de Méntor fingió haberlas recibido de un excelente artífice de Salento, pero que las había hecho fabricar a Vulcano en las oscuras cavernas del Etna.
Aquellas armas estaban bruñidas como un espejo, y brillaban cual los rayos del sol. Veíase en ellas a Neptuno y a Palas que se disputaban la gloria de dar nombre a una ciudad naciente. Hería Neptuno la tierra con su tridente, y salía de sus entrañas un brioso caballo: vomitaba espuma su boca, fuego sus ojos: flotaban sus crines a merced del viento, y se doblaban con vigor y ligereza sus piernas delicadas y nerviosas: no andaba; saltaba con tal viveza que no dejaba huella alguna, y al parecer se oían sus relinchos.
Presentaba Minerva a los habitantes de la nueva ciudad el fruto del árbol plantado por su mano; y la rama de que pendía la oliva simbolizaba la abundancia y la paz, preferible a las turbulencias de la guerra, de que era símbolo el caballo: y los dones útiles y sencillos de aquella deidad daban a esta la victoria y su nombre a la ciudad de Atenas.
Veíase a la misma diosa reuniendo en torno suyo a las bellas artes, representadas por genios alados que, temerosos del furor brutal de Marte que todo lo destruye, venían a refugiarse en derredor de ella, cual el cordero balador corre al lado de la madre oveja huyendo del hambriento lobo, cuya ancha e inflamada boca amenaza devorarle. Con semblante irritado y desdeñoso, confundía Minerva, por la excelencia de sus obras, la loca temeridad de Aracne, que osó disputar con ella sobre la perfección de los tapices; descubriéndose a aquella desventurada a quien se veía trasformada ya en araña.
Aparecía en otra parte de las armas Minerva, cuyos consejos siguió el mismo Júpiter en la guerra contra los gigantes, con sorpresa de los demás dioses. Representábase a aquella deidad con escudo y lanza sobre las orillas del Janto y el Simois conduciendo a Ulises por la mano, reanimando a las fugitivas tropas de los griegos, oponiendo resistencia a los esfuerzos de los más bizarros capitanes troyanos, y hasta del temible Héctor; y por último, introduciendo Ulises en Troya aquella máquina fatal que debía destruir en un momento el imperio de Príamo.
Representaba el escudo a Ceres en las campiñas fértiles de Enna, situadas en Sicilia, reuniendo a los pueblos divididos por varias partes, buscándose el alimento ora en la caza, ora en las frutas silvestres que se desprendían de los árboles. Enseñaba la diosa a aquellos hombres rústicos el arte de cultivar la tierra, y extraer de sus fecundas entrañas especies para alimentarse; presentándoles un arado y haciéndoles uncir a él los bueyes. Veíase rota la tierra en surcos por la aguda reja, y después las doradas mieses que ondeaban en aquellas dilatadas campiñas: cortaba el segador con la hoz los frutos de la tierra para recompensar las fatigas del hombre, por cuyo medio, el hierro destinado al parecer a destruirlo todo, preparaba en aquellos lugares la abundancia, dando origen a todos los placeres.
Coronadas de flores las ninfas danzaban en la pradera a la orilla de cierto río cerca de un bosque: tocaba la flauta el dios Pan, y saltaban alegres los sátiros en otra parte. Veíase también a Baco coronado de yedra, apoyando una de sus manos sobre el tirso, y llevando en la otra una frondosa vid cubierta de pámpanos y racimos. Su belleza era afeminada, y aunque noble, lánguida y desfallecida, semejante a como apareció a la desgraciada Ariadna cuando la halló sola, abandonada y sumergida en el dolor en una ignorada playa.
Por último, veíase por todas partes un numeroso pueblo: ancianos que conducían a los templos las primicias de sus frutos; jóvenes que regresaban al seno de sus esposas fatigados del trabajo; esposas que marchaban delante de ellos acariciando a los niños a quienes llevaban de la mano, y pastores que cantaban mientras danzaban otros al son de sus instrumentos rústicos. Todo presentaba el aspecto de la paz, de la abundancia y de las delicias: todo parecía festivo y dichoso. El lobo y el cordero gozaban juntos en los pastos: el león y el tigre, perdida su fiereza, convivían apaciblemente con los tiernos corderos, conduciéndoles un pastorcito con el cayado; y tan agradable imagen recordaba las delicias del siglo de oro.
Vistió Telémaco aquellas armas divinas, embrazó en lugar del escudo la terrible égida que le enviara Minerva por Iris, mensajera de los dioses, y que esta había trocado con el escudo sin que lo advirtiese Telémaco, dejando en su lugar la égida temible aun a los mismos dioses.
Corrió Telémaco fuera del campamento huyendo del incendio. Llama en alta voz a los caudillos del ejército, y su voz reanima a todos los confederados. Brilla el fuego divino en los ojos del joven guerrero: preséntase sosegado a dictar órdenes cual pudiera hacerlo un anciano sabio, atento a dirigir su familia y dar instrucción a sus hijos; pero activo en la ejecución y pronto en dictarlas, semejante al río impetuoso que no solo hace correr precipitadamente sus espumosas aguas, sino que arrastra en su curso a los mayores bajeles que flotan en su superficie.
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Filoctetes, Néstor, los jefes mandurianos y de las otras naciones reconocen en el hijo de Ulises una superioridad a que ceden todos: falla la experiencia a los ancianos, y a los caudillos el consejo y la prudencia; y hasta la envidia, inseparable de los corazones humanos, desaparece: callan todos, admiran a Telémaco, pónense en orden para obedecer sin titubear como si tuviesen costumbre de hacerlo. Se adelanta Telémaco, y montando sobre una colina observa a los enemigos, y juzga no debe perder tiempo para sorprenderlos en el desorden en que se encuentran incendiando el campo de los confederados. Da con presteza un rodeo para envolverlos, y le siguen todos los caudillos más experimentados del ejército.
Atacó a los daunios cuando consideraban estos a los confederados envueltos en las llamas del incendio, y esta sorpresa les llena de turbación, cayendo a los golpes de Telémaco cual las hojas del árbol en los últimos días del otoño a impulsos del fiero aquilón, precursor del invierno, que estremece gruesos troncos y agita sus ramas. Cúbrese la tierra de hombres heridos por su mano. Atraviesa con el dardo el corazón de Ificles, el más joven de los hijos de Adrasto, que se atrevió a pelear con él para salvar la vida de su padre, creyendo que lo había sorprendido Telémaco. Este e Ificles eran bellos, vigorosos, ágiles y valientes, de igual estatura, afabilidad y juventud, e igualmente queridos de sus padres y deudos; pero Ificles era semejante a una flor que se abre en el campo para que la corte la hoz aguda del segador. Derriba después Telémaco a Euforión, lidio el más célebre que llegara a Etruria; y por último hiere con su espada a Cleómenes, que acababa de casarse y prometió a su esposa ricos despojos de los enemigos: mas no debía volver a verla jamás.
Temblaba de ira Adrasto al ver muerto a su hijo querido con tantos otros caudillos, y que la victoria huía de sus banderas. Caído Falanto a sus pies se hallaba cual la víctima próxima a ser degollada, que para libertarse de la sagrada cuchilla huye presurosa del altar: faltábale a Adrasto un solo momento para consumar la pérdida de este lacedemonio.
Cubierto Falanto con su sangre y con la de los soldados que peleaban a su lado, oye la voz de Telémaco que se adelanta a socorrerle, y al momento se disipan las sombras que oscurecían sus ojos, y se ve restituido a la vida. Este imprevisto ataque hace que los daunios dejen a Falanto para rechazar a un enemigo más temible. Hallábase Adrasto como el tigre a quien arrebatan los pastores la presa que iba a devorar. Buscábale Telémaco deseoso de acabar de un golpe la guerra, y libertar a los confederados de su implacable enemigo.
Mas no era la voluntad de Júpiter dar al hijo de Ulises una victoria tan rápida y poco difícil. La misma Minerva quería padeciese males más dilatados para que mejor aprendiera a gobernar a los hombres; y el impío Adrasto fue conservado por el padre de los dioses a fin de que Telémaco tuviese tiempo para adquirir mayor gloria y mayores virtudes. Salvó a los daunios una nube que reunió Júpiter, declarando la voluntad del Olimpo un espantoso trueno: podía creerse iban a desplomarse las bóvedas eternas del alcázar de los dioses sobre las cabezas de los débiles mortales: atravesaba el relámpago de uno a otro extremo de la nube, y en el momento mismo en que deslumbraba los ojos su fuego penetrante, volvía a caerse en las sombras tenebrosas de la noche; sirviendo además para separar a los dos ejércitos una copiosa lluvia que comenzó a caer al momento.
Aprovechose Adrasto del favor de los dioses sin reconocer su poder, cuya ingratitud le hizo merecedor de una venganza más cruel todavía. Pasaron con precipitación sus tropas entre el campamento medio incendiado y una laguna que se extendía hasta el río con tal destreza y celeridad, que su retirada mostró los recursos de su imaginación y su serenidad en los peligros. Querían perseguirle los confederados a quienes animaba Telémaco; mas favorecido por la tempestad se alejó cual el ave de ligeras alas de las redes tendidas por el cazador.
No pensaron los confederados en otra cosa que en regresar a su campo para reparar la pérdida sufrida; y al entrar en él vieron lo más lamentable que comprende la guerra. Faltos de fuerzas los heridos y enfermos para abandonar sus tiendas, no habían podido libertarse del fuego; y medio abrasados y con voz lamentable y moribunda dirigían al cielo dolorosos quejidos. Conmovió esto el corazón de Telémaco: vertió lágrimas y apartó muchas veces la vista de ellos lleno de horror y compasión; pues no podía ver sin estremecerse aquellos cuerpos vivos aún, condenados a una muerte tan prolongada como cruel, que presentaban el aspecto de las víctimas que devora el fuego sobre el ara, y cuyo olor se esparce en torno del altar.
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¡Ay!, exclamaba Telémaco, ¡he aquí los males que ocasiona la guerra! ¡Qué ciego furor arrastra a los desventurados mortales! Demasiado corta es su vida sobre la tierra; harto miserables son sus días: ¿por qué, pues, precipitar una muerte tan próxima?, ¿por qué añadir padecimientos espantosos a las penalidades que por decreto de los dioses son consiguientes a la corta vida del hombre? Todos son hermanos y se despedazan sin embargo unos a otros: menos crueles son las fieras, pues no se hacen la guerra el león al león, ni el tigre al tigre: atacan a los animales de diferente especie: solo el hombre, dotado de razón, hace lo que jamás las bestias que carecen de ella. ¿Y por qué estas guerras? ¿Acaso no hay en el universo más tierra de la que pueden cultivar? ¡Cuántos desiertos existen que no alcanzaría a poblar el género humano! ¿Y por qué la falsa gloria, el título vano de conquistador a que aspira un tirano enciende la guerra en países inmensos? ¡Un solo hombre, don de la cólera de los dioses, sacrifica así a su vanidad a tantos semejantes suyos! ¡Ha de ser preciso que todo perezca, que todo se anegue en sangre humana o sea devorado por las llamas, y sucumba al hambre, todavía más cruel, el que burle los estragos del hierro, para que el que desoye la naturaleza halle su gloria y su placer en la universal destrucción! ¡Monstruosa gloria! ¿Y podrá aborrecerse y despreciarse cual merecen los que así olvidan la humanidad? No, no: lejos de ser considerados cual héroes, ni aun son hombres; y deben ser execrados de todos los siglos que creyeron habrían de admirarles. ¡Ah, cuánto deben cuidar los monarcas de las guerras que emprenden! Han de ser justas y aun necesarias al bien público; porque la sangre de un pueblo debe solo derramarse en el último extremo para salvar al pueblo mismo. Mas por desgracia consejos lisonjeros, ideas falsas de gloria, vanas rivalidades, injusticia, ambición, cubiertas con el velo de especiosos pretextos, y por último empeños temerarios, producen casi siempre guerras que hacen desgraciados a los príncipes, arriesgándolo todo sin necesidad, con igual perjuicio de sus súbditos que de sus enemigos. Así discurría Telémaco.
Al mismo tiempo procuraba disminuir los males de la guerra, no contento con lamentarse de ellos. Socorría personalmente a los enfermos y moribundos con medicinas y numerario; consolando y animando a unos y otros con afabilidad, y cuidando de que lo verificasen otros con aquellos a quienes no podía visitar por sí mismo.
Entre los cretenses que le acompañaban había dos ancianos llamados Traumáfilo y Nosófugo.
Había concurrido el primero al sitio de Troya con Idomeneo, y aprendido de los hijos de Esculapio el arte divino de curar las heridas. Derramaba en las más profundas y emponzoñadas un bálsamo oloroso que consumía las carnes muertas y corrompidas, sin necesidad de incisiones, y que formaba con prontitud nuevas carnes más sanas que las primeras.
El segundo jamás vio a los hijos de Esculapio; pero poseía por medio de Meríones un libro sagrado y misterioso que les diera aquel. Era Nosófugo además protegido de los dioses, había compuesto himnos en loor de los hijos de Latona, y ofrecía diariamente a Apolo el sacrificio de una oveja blanca y sin mancha, cuyo dios le inspiraba muchas veces. Apenas veía un enfermo, conocía la causa de su dolencia examinando la vista, el color de la tez, la respiración y la estructura de su cuerpo. Ora administraba remedios que hacían sudar y manifestaban en su resultado cuánto altera la transpiración la máquina del cuerpo humano, suprimida o facilitada; ora ciertos brebajes que fortificaban poco a poco a los que padecían languidez o desfallecimiento para rejuvenecer al hombre y dulcificar su sangre. Pero aseguraba tenía este muchas veces que acudir a la medicina por carecer de virtudes y de valor. Vergüenza es, decía, padezca tantas enfermedades; porque las buenas costumbres producen la salud: su intemperancia convierte en venenos mortales los alimentos destinados a conservar la vida. Más la abrevian los placeres inmoderados, que pueden prolongarla los remedios. Menos enfermedades aquejan al pobre a quien falta el alimento, que al rico que lo tiene con exceso; porque los alimentos que excitan demasiado el paladar, y se usan en más cantidad que la necesaria, emponzoñan en lugar de nutrir. Las medicinas son en sí mismas males verdaderos que destruyen la naturaleza y que deben usarse en las necesidades urgentes. El gran remedio siempre inocente y útil es la sobriedad, la templanza en los placeres, la tranquilidad interior y el ejercicio del cuerpo; pues se forma una sangre dulce y templada disipando los humores superfluos. De esta manera se admiraba menos a Nosófugo por sus remedios que por el régimen que prescribía para evitar las dolencias y hacer inútiles los remedios.
Ambos fueron enviados por Telémaco para visitar a todos los enfermos del ejército. Curaron a muchos con sus remedios; y más todavía por el cuidado con que los aplicaron oportunamente, pues se dedicaron a procurarles aseo, impidiendo por este medio se corrompiese el aire, y a hacerles observar exactamente un régimen sobrio en su convalecencia. Todos los soldados tributaban gracias a los dioses por haber enviado a Telémaco al ejército de los confederados.
No es hombre, decían, sino una divinidad bienhechora en forma humana: si lo es, se asemeja menos a los hombres que a los dioses: solo existe para hacer beneficios; y es más amable por su dulzura y bondad que por su valor. ¡Ah, si pudiésemos obtenerle por rey! Mas los dioses le reservan para otro pueblo más feliz a fin de que renueve en él el siglo de oro.
Cuando por precaución contra los ardides de Adrasto visitaba de noche Telémaco los cuarteles del campamento, oía estos elogios, que no podían sospecharse producidos por la adulación, como aquellos que dicen muchas veces los lisonjeros en presencia de los príncipes, persuadidos de que carecen de modestia y delicadeza, y que basta adularlos inmoderadamente para lograr su favor. El hijo de Ulises no podía gozar otros que los ciertos; ni tolerar sino los que le daban en secreto lejos de su presencia, y los que verdaderamente merecía. No era insensible a ellos su corazón. Experimentaba aquel placer puro y delicioso que los dioses han hecho inseparable de la virtud, y que no puede concebir ni creer el malvado por no conocerla; pero no se abandonaba a este placer: presentábanse de tropel a su imaginación cuantas faltas había cometido, sin olvidar su natural altivez e indiferencia hacia los hombres; y avergonzábase interiormente de parecer bueno habiendo nacido con carácter tan duro. Atribuía a la sabia Minerva toda la gloria que aplaudían en él, sin creer merecerla.
Vos, ¡oh gran deidad!, exclamaba, me habéis dado a Méntor para que me instruya y corrija; prudencia para aprovecharme de mis propios defectos, desconfiando de mí mismo: vos reprimís mis impetuosas pasiones: me dejáis gozar el placer de aliviar a los desventurados; y sin vos sería odiado y digno de serlo, cometería errores irreparables, y me vería cual el infante que sin conocer su propia flaqueza abandona a la madre y cae a los primeros pasos.
Admirábanse Néstor y Filoctetes al ver a Telémaco tan afable y cuidadoso para obligar a sus semejantes, tan solícito e ingenioso para prevenir sus necesidades; y no sabían qué pensar no reconociendo en él los defectos de que antes adolecía. Pero nada les sorprendió tanto como su esmero en celebrar los funerales de Hipias. Él mismo recogió su cuerpo ensangrentado y desfigurado del sitio en donde se hallaba con otros muchos cadáveres: vertió lágrimas compasivo, y exclamó: ¡Oh esclarecida sombra, ahora conoces cuánto aprecié tu valor! Cierto es que tu orgullo me irritaba; pero tus defectos provenían de una juventud fogosa, y bien conozco cuán disimulables son los yerros en tal edad. Con el tiempo hubiéramos llegado a unirnos sinceramente: yo tampoco supe comportarme por mi parte. ¡Oh dioses! ¿Por qué privarme de él antes de que hubiese podido obligarle a que me estimase?
En seguida hizo lavar el cadáver con varios aromas y preparar una hoguera. A los reiterados golpes del hacha caían desde la cumbre de los montes hasta las orillas del Galeso los altos pinos, las encinas robustas, que ostentaban amenazar a los cielos, los olmos siempre verdes y poblados de hoja, y las hayas honor de los bosques. Hizo elevar una pira, guardando el orden y regularidad de los edificios, y comenzando a tomar cuerpo la llama despidió un torbellino de humo que se elevaba hasta incorporarse con las nubes.
Adelantáronse los lacedemonios con paso lento y lúgubre, llevando hacia el suelo las agudas picas, y con la vista fija en él: veíase retratado el dolor más acerbo en sus semblantes, y corrían las lágrimas por su rostro en abundancia; y en pos de ellos venía Ferécides, anciano a quien abatía menos el número de los años que la pena de sobrevivir a Hipias, a quien educara desde la infancia: anegado en lágrimas, alzaba al cielo las manos y la vista. Desde la muerte de Hipias rehusaba el alimento, y el benéfico sueño no había podido cerrar sus párpados ni suspender un momento el agudo dolor que le aquejaba; seguía a la multitud ignorando a dónde caminaba; aunque sin articular una sola palabra por hallarse su corazón oprimido, guardando el silencio que produce la desesperación. ¡Oh Hipias!, exclamó lleno de furor al ver encendida la hoguera: ¡Hipias, ya no te verán mis ojos! ¡Hipias no vive y aún existo! ¡Oh mi querido Hipias! ¡Yo, yo soy el cruel, el inhumano que te enseñó a despreciar la muerte! Esperaba cerrarían tus manos mis párpados, y que recibieses mi postrer aliento; mas ¡oh desapiadados dioses!, ¿prolongáis mi vida para que sea testigo de la muerte de Hipias? ¡Hijo querido, a quien alimenté y que me fue deudor de tan solícitos cuidados, ya no te veré más! Pero sí a tu madre, que morirá de dolor; sí a tu joven esposa, despedazando su pecho y arrancando su hermoso cabello. Me reconvendrán por haber sido causa de tu muerte: ¡y lo soy, por mi desgracia! ¡Sombra querida!, llámame desde las orillas de la Estigia: me es ya odiosa la luz: solo a ti anhelo ver, Hipias querido. ¡Hipias, caro Hipias, solo conservo la existencia para tributar a tus cenizas los últimos honores!
Entre tanto veíase el cuerpo del joven Hipias extendido sobre un féretro, cubierto de púrpura y adornado de oro y plata en el cual le conducían. La muerte que había cerrado sus ojos no pudo borrar su belleza, y aún se veían medio retratadas las gracias en su lívido rostro. En torno de su cuello, más blanco que la nieve, pero inclinado a la espalda, flotaba la larga y negra cabellera, más hermosa que la de Atis o de Ganimedes, que iba a ser reducida a cenizas, y advertíase en el costado la herida profunda, que dando salida a toda la sangre le hiciera descender al oscuro reino de Plutón.
Triste y abatido Telémaco, seguía de cerca el cadáver esparciendo flores sobre él; y luego que llegaron a la hoguera no le fue posible dejar de derramar nuevas lágrimas, al ver cómo penetraba la llama en las ricas telas que cubrían el cuerpo. ¡Adiós, exclamó, magnánimo Hipias!, pues no osaré llamarte mi amigo: ¡sombra que mereciste tanta gloria, aplácate! Si no te amase envidiaría tu dicha, pues te libertas de las miserias que aún padecemos, y has salido de ellas por el camino más glorioso. ¡Cuán dichoso sería yo si cual tú terminase mi carrera! Dé la Estigia libre paso a tu sombra: ábranse los Campos Elíseos, conserve la fama tu nombre a todas las edades, y reposen en paz tus cenizas.
Apenas hubo pronunciado estas palabras interrumpidas de sollozos, lanzó un grito de dolor todo el ejército, compadecíanse todos de Hipias, cuyas hazañas referían, y recordando sus buenas cualidades el sentimiento de su muerte, olvidábanse los defectos de una juventud impetuosa y de la mala educación que recibiera. Pero todavía les afectaban más las tiernas demostraciones de Telémaco. ¿Es este, decían, aquel joven griego tan fiero, altivo, desdeñoso e intratable? Vedle ya humano, afable y compasivo. Sin duda le ama Minerva, que tanto amó a su padre Ulises, y le ha concedido el más precioso don que pueden otorgar los dioses al hombre, haciéndole sensible a la amistad y dándole la sabiduría.
Ya habían consumido las llamas el cadáver. Derramó Telémaco aguas aromáticas sobre las humeantes cenizas; colocó estas en una urna de oro que adornó con flores, y la llevó a Falanto. Hallábase este tendido sobre un lecho cubierto de heridas, y en medio de su extrema debilidad descubría las puertas oscuras del averno.
Habíanle ya prodigado todos los auxilios de su arte Traumáfilo y Nosófugo, enviados a este fin por el hijo de Ulises: fue recobrando poco a poco el espíritu próximo ya a exhalarse reanimando sus fuerzas insensiblemente, difundiéndose por sus venas un bálsamo de vida, y un calor benéfico que le arrebató de los yertos brazos de la Parca. Desapareciendo el desfallecimiento sucedió a él el dolor: comenzó a lamentar la muerte de su hermano, que hasta entonces no se hallara en estado de sentir. ¡Ay!, decía, ¿por qué tantos cuidados para conservarme la vida? ¿No sería mejor seguir a mi caro Hipias? ¡Yo le vi perecer a mi lado! ¡Oh Hipias, delicia de mi vida, hermano, querido hermano, ya no existes! ¡Ya no podré verte, escucharte, abrazarte, referirte mis penas, ni aliviar las tuyas! ¡Oh dioses, enemigos del hombre, ya no existe Hipias para mí! ¡Será posible! ¿Pero no es un sueño? No, sino demasiado cierto. ¡Oh Hipias!, te he perdido; he sido testigo de tu muerte, y debo vivir aún todo el tiempo necesario para vengarte: quiero inmolar a tus manes al cruel Adrasto teñido con tu sangre.
Mientras que así hablaba Falanto, se esforzaban a mitigar su dolor aquellos dos hombres celestiales, temiendo acrecentase el mal de sus heridas e hiciese ineficaces los remedios. Preséntase a él de improviso Telémaco, y al verle agitaron su corazón dos opuestos afectos. Conservaba aun el resentimiento de lo acaecido con Hipias, y le aumentaba el dolor de haberle perdido; y por otra parte conocía era deudor de la vida a Telémaco, que le sacó cubierto de sangre y próximo a expirar de las manos de Adrasto. Pero a vista de la urna de oro que encerraba las caras cenizas de su hermano Hipias, derramó copioso llanto, abrazó a Telémaco sin poder articular una sola palabra, y con voz desfallecida le dijo sollozando:
Hijo digno de Ulises, vuestra virtud me obliga a amaros. Os debo el resto de vida que por momentos se extingue; pero todavía os soy deudor de un bien mucho más grato para mí. Por vos dejará de ser presa de carnívoras aves el cuerpo de mi hermano; y su sombra privada de sepultura, no vagará desgraciada en las orillas de la Estigia, rechazada siempre por el desapiadado Caronte. ¡Por qué me dispensa tan señalados beneficios un hombre a quien tanto he aborrecido! ¡Recompensadlo, oh dioses, y libradme de vida tan infeliz! Y vos, oh Telémaco, haced conmigo iguales oficios que habéis hecho con mi hermano para que nada falte a vuestra gloria.
Dichas estas palabras permaneció algún tiempo Falanto agobiado por el exceso de su dolor, y cerca de él Telémaco sin atreverse a hablarle esperando recobrase las fuerzas. Verificado así tomó Falanto la urna de los brazos de Telémaco, la besó una y mil veces bañándola con sus lágrimas, y exclamó: ¡Oh caras y preciosas cenizas! ¿Cuándo serán depositadas las mías en esta misma urna? ¡Oh sombra de Hipias! yo te sigo al averno: a entrambos nos vengará Telémaco.
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Disminuía diariamente el cuidado y el mal de Falanto por la asistencia de los dos célebres profesores de la ciencia de Esculapio. Acompañábales Telémaco incesantemente para que redoblasen sus esfuerzos, y todo el ejército admiraba más la bondad con que socorría a su mayor enemigo, que el valor y prudencia que mostrara salvando a todo el ejército confederado.
Al mismo tiempo mostrábase infatigable Telémaco en las duras fatigas de la guerra: era escaso su sueño, interrumpido muchas veces ora por los avisos que a cada instante recibía de día y noche y ora por sus repetidas visitas a todos los cuarteles del campamento, que nunca verificaba a las mismas horas para sorprender a los que no vigilaban cual debían. Regresaba muchas veces a su tienda cubierto de polvo y sudor: era sencillo el alimento que usaba, viviendo como el soldado para darle ejemplo de sobriedad y de paciencia; pues habiendo en el campamento escasez de víveres, consideró necesario contener la murmuración sometiéndose voluntariamente a iguales privaciones. Lejos de debilitarse su cuerpo con vida tan penosa, se fortificaba y endurecía diariamente; comenzaban a desaparecer aquellas gracias afeminadas que acompañan a la edad juvenil, oscureciéndose su tez, y haciéndose sus miembros más vigorosos y fornidos.
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