Chapter 32 of 48 · 4156 words · ~21 min read

LIBRO XVI.

Durante la narración de Filoctetes había permanecido Telémaco como absorto e inmóvil con la vista fija en el héroe a quien escuchaba, agitándole sucesivamente y dejándose ver en su rostro las diferentes pasiones que agitaran a Hércules, Filoctetes, Ulises y Neoptólemo, a medida que iba refiriéndolas en el curso de ella. Cuando describió Filoctetes la perplejidad de Neoptólemo, incapaz de disimular, viose igualmente perplejo Telémaco; y en aquel momento hubiera podido creerse que era el mismo Neoptólemo.

Marchaba entre tanto en buen orden el ejército de los confederados contra Adrasto, rey de los daunios, que despreciaba a los dioses y aspiraba únicamente a engañar a los hombres. Halló Telémaco grandes dificultades para conducirse entre tantos reyes émulos entre sí, pues le era preciso no hacerse sospechoso a ninguno de ellos, y proporcionarse el afecto de todos. Su carácter era sincero; mas poco expresivo y complaciente: no tenía apego a las riquezas, pero tampoco sabía darlas; de modo que poseyendo un corazón generoso e inclinado al bien, no parecía afable ni sensible a la amistad, liberal ni reconocido a los favores que le dispensaban, ni atento a distinguir el mérito. Obraba sin reflexión según sus inclinaciones, y habíale educado su madre Penélope, contra la opinión de Méntor, inspirándole tal orgullo y altivez que empañaban todas sus buenas cualidades. Considerábase como de otra especie que los demás hombres, y nacidos estos para agradarle, servirle y prevenir sus deseos, y para que le consagrasen todas sus acciones cual a una divinidad. Pensaba que el honor de servirle era una alta recompensa para los que le servían: nunca debía hallarse cosa imposible cuando se trataba de complacerle; y la menor retardación irritaba su natural fogoso.

Los que hubiesen observado su carácter habrían juzgado que era incapaz de amar otra cosa que a sí mismo, y solo sensible a sus placeres y a su gloria. Mas su indiferencia hacia los demás, y la atención continua hacia sí mismo, no tenía otro origen que la agitación continua a que le conducía la violencia de las pasiones. Habíale lisonjeado su madre desde la cuna, y presentaba un ejemplo de la infelicidad de aquellos que nacen en la elevación. Los rigores de la fortuna experimentados desde la infancia no alcanzaron templar la impetuosidad de su carácter. Aunque desprovisto de todo, abandonado y expuesto a tantos infortunios, conservaba siempre su natural arrogancia; y cual se eleva la ligera palma, cualesquiera que sean los esfuerzos para abatirla; así recobraba en todas ocasiones la fiereza de su carácter.

Cuando se hallaba Telémaco en compañía de Méntor no se notaban sus defectos; al contrario, disminuían diariamente, pues semejante al brioso caballo que salta en la dilatada pradera sin que le sirvan de obstáculo rocas escarpadas, precipicios ni torrentes, y que solo conoce la mano y la voz de un solo hombre capaz de domeñarle, así, lleno de ardor, no podía contenerle otro alguno: una mirada de Méntor le servía de freno en el exceso de su impetuosidad: conocía lo que significaba, y llamaba a su corazón los sentimientos de virtud; porque la sabiduría de Méntor hacía aparecer su semblante agradable y sereno. No aplaca Neptuno más repentinamente las oscuras tempestades cuando alza su tridente y amenaza a las irritadas olas.

Mas lejos de Méntor, seguían su curso las pasiones de Telémaco, reprimidas cual un torrente por fuertes diques. Éranle intolerables Falanto y los lacedemonios que mandaba; porque venidos para fundar a Tarento aquellos jóvenes nacidos durante el sitio de Troya, faltos de educación a causa de su ilegítimo nacimiento y desarreglo de sus madres, eran bárbaros y feroces, y más semejantes a una tropa de bandidos que a una colonia de griegos.

Procuraba Falanto contradecir a Telémaco en todas ocasiones; interrumpíale en las asambleas, despreciando su parecer como el de un joven inexperto; burlábase de él cual de hombre débil y afeminado, y llamaba la atención de los jefes del ejército acerca de sus más leves faltas, esforzándose a introducir la envidia y hacer odioso a los aliados el orgullo de Telémaco.

Hizo este cierto día varios prisioneros a los daunios, y pretendía Falanto que le pertenecían, porque, según decía, era quien a la cabeza de los lacedemonios derrotara a los enemigos; y porque hallándolos Telémaco vencidos y entregados a la fuga, no había tenido que hacer otra cosa que dejarles la vida y conducirlos al campo. Sostenía Telémaco por el contrario, haber impedido venciesen los daunios a Falanto y obtenido la victoria sobre estos. Iban los dos a defender su causa ante la asamblea de los reyes confederados y se propasó Telémaco a amenazar a Falanto; y hubieran peleado los dos inmediatamente a no haberlos contenido.

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Tenía Falanto un hermano llamado Hipias, célebre en todo el ejército por su fuerza, valor y destreza. Pólux, decían los tarentinos, no peleaba mejor con el cesto: Cástor no le excedía en habilidad para manejar un caballo. Su estatura y su fuerza eran casi iguales a las de Hércules. Todo el ejército le temía; y era aún más díscolo y brutal que esforzado y valiente.

Habiendo visto Hipias la arrogancia con que Telémaco amenazó a su hermano, corrió a apoderarse de los prisioneros para conducirlos a Tarento sin aguardar la resolución de la asamblea. Súpolo Telémaco, y salió lleno de ira, cual corre el jabalí en busca del cazador que le ha herido, blandiendo el dardo con que intentaba atravesarle. Le halló, por fin, y al verle se redobló su furor. No era ya el sabio Telémaco instruido por Minerva bajo la figura de Méntor, sino un frenético, un furioso león.

¡Detente, oh el más infame de los hombres! ¡Detente!, dice a Hipias: veamos si puedes arrebatarme los despojos de los que he vencido. No los conducirás a Tarento; baja a las oscuras orillas de la Estigia. Dijo, y lanzó el dardo; pero con tanto furor que erró el golpe sin que tocase a Hipias. Desnudó inmediatamente la espada, cuyo puño era de oro, y le diera Laertes al partir de Ítaca como prenda de su ternura. Habíase servido de ella Laertes con mucha gloria en su juventud, tiñéndola en la sangre de varios capitanes célebres entre los epirotas, en cierta guerra en que había quedado victorioso. Apenas la hubo desnudado se arrojó Hipias a él para arrebatársela, queriendo aprovecharse de la superioridad de sus fuerzas; y quedando hecha pedazos entre las manos de ambos, se asieron fuertemente. Veíaseles cual dos fieras que pretenden despedazarse: despedían fuego sus ojos: se encogían y estiraban: se bajaban y volvían a alzarse, y se arrojaban mutuamente, cubiertos de sangre; enlazados sus pies y manos, y estrechándose uno a otro, parecían un solo cuerpo. Debía Hipias vencer a Telémaco, por ser de más edad aquel y menos membrudo este: falto de aliento, sentía ya flaquear sus rodillas, y redoblaba Hipias sus esfuerzos al verle vacilar. Decidida estaba la suerte del hijo de Ulises: iba a sufrir la pena de su temeridad y arrojo si Minerva, que velaba por él y que no le abandonaba en tal extremidad sino para instruirle, no hubiese inclinado la victoria en su favor.

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No abandonó esta deidad el palacio de Salento; pero envió a Iris, veloz mensajera de los dioses, que volando con ligeras alas atravesó el espacio inmenso de los aires, dejando tras sí una huella luminosa que figuraba una nube de mil colores diversos, hasta situarse sobre la playa en donde se hallaba acampado el innumerable ejército de los confederados, desde cuyo sitio observaba la pelea, y el ardor y esfuerzos de los dos combatientes. Se estremeció a vista del peligro que amenazaba al joven Telémaco, y aproximándose a él le envolvió en una nube transparente que había formado de vapores sutiles; y en el momento mismo en que conociendo Hipias su fuerza se creyó vencedor, cubrió Iris al joven alumno de Minerva con la égida que le había confiado esta sabia deidad, e inmediatamente comenzó a reanimarse Telémaco, cuyas fuerzas se hallaban ya agotadas. A medida que se animaba Telémaco llenábase Hipias de turbación, sintiendo cierta cosa sobrenatural que le causaba opresión y sorpresa. Estréchale Telémaco en una y otra actitud; le estremecía sin dejarle un solo momento para asegurarse, hasta que por último le arroja en tierra cayendo sobre él. La caída de una encina robusta del monte Ida, cortada en mil pedazos por el hacha, cuyos golpes resonaran en toda la selva, no produce mayor estrépito: se estremeció la tierra y también cuanto se hallaba en torno de los dos combatientes.

Sin embargo, al recobrar Telémaco las fuerzas había recobrado también la prudencia; y apenas acabó de vencer a Hipias, vio su exceso en atacar al hermano de uno de los reyes confederados, y en cuyo auxilio venía en el ejército; y recordando lleno de confusión los sabios consejos de Méntor, se avergonzó de la victoria conociendo haber merecido que le venciese Hipias. Poseído Falanto de furor corrió a auxiliar a su hermano, y hubiera atravesado a Telémaco con el dardo que empuñaba, a no contenerle el temor de atravesar también a Hipias sobre el cual se hallaba Telémaco. Con facilidad pudiera este haber dado muerte a su enemigo; mas sosegado su enojo pensaba únicamente en reparar su falta mostrándose moderado, y levantándose le dijo: ¡Hipias!, me basta haberos enseñado a no menospreciar mi juventud; vivid: admiro vuestro esfuerzo y valor. Los dioses han querido protegerme: ceded a su alto poder, y en adelante empleémonos en vencer a los daunios.

En tanto que así hablaba Telémaco, levantose Hipias cubierto de sangre y polvo, y lleno de vergüenza y enojo. No se atrevía Falanto a privar de la vida a quien tan generosamente acababa de darla a su hermano, y encontrábase perplejo y fuera de sí. Acudieron todos los reyes confederados, y separaron a Telémaco de Falanto y de Hipias, que perdida la fiereza no osaba alzar la vista. Admiraba todo el ejército que a pesar de sus pocos años, y careciendo del vigor propio de edad más avanzada, hubiese podido vencer a Hipias, semejante en fuerzas y estatura a aquellos gigantes hijos de la tierra que intentaron en otro tiempo arrojar del Olimpo a los seres inmortales.

Pero distaba mucho el hijo de Ulises de gozar el placer del vencimiento; y en tanto que no cesaban de admirarle se retiró a su tienda avergonzado de su exceso y lamentando su imprudencia. Conoció la injusticia y sinrazón de sus arrebatos, y la vanidad, flaqueza e infamia de su excesiva arrogancia; persuadiéndose al mismo tiempo de que la verdadera grandeza consiste en la moderación, justicia, modestia y humanidad. Así lo conocía; pero no osaba esperar corregirse después de tantas caídas: reconveníase a sí mismo, y oíasele rugir cual un furioso león.

Por espacio de dos días permaneció encerrado a solas en su tienda, sin poder resolverse a concurrir a sociedad alguna y castigándose a sí mismo. ¡Ay de mí!, decía, ¿cómo osaré presentarme a Méntor? ¿Soy yo el hijo de Ulises, conocido por el más sabio y sufrido de todos los hombres? ¿He venido acaso para introducir la discordia y el desorden en el ejército confederado? ¿Es la sangre de estos o la de los daunios sus enemigos la que debo derramar? He sido temerario: no he sabido lanzar el dardo; me he expuesto a pelear con Hipias con fuerzas desiguales; y solo debía prometerme la muerte y la afrenta de ser vencido. Sin embargo, ya no seré por más tiempo aquel temerario Telémaco, aquel joven insensato a quien no aprovechan los consejos: la afrenta acabará con mi vida. ¡Ah, felice yo, felice yo mil veces si a lo menos pudiera esperar no cometer de nuevo el exceso que me ha conducido al desconsuelo! Pero tal vez antes que termine el día ejecutaré o desearé ejecutar iguales excesos que los que ahora me cubren de horror y vergüenza. ¡Oh funesta victoria! ¡Oh elogios que no puedo tolerar, y que son para mí remordimientos crueles!

Tal era el desconsuelo de Telémaco cuando vinieron a visitarle Néstor y Filoctetes. Quiso el primero hacerle ver el daño que había causado; mas bien pronto conoció aquel sabio anciano la desolación del joven Telémaco, y trocó sus reconvenciones en palabras cariñosas para mitigar su desesperación.

Detenía a los príncipes confederados la querella de Telémaco, Hipias y Falanto, y no podían marchar hacia el enemigo hasta que estuviesen reconciliados; pues temían que los tarentinos acometiesen a los cien jóvenes cretenses que seguían a Telémaco: todo era turbación por la falta que había este cometido, y a la vista de tantos males y peligros, y de ser autor de todos ellos, se entregaba al más acerbo dolor. Todos los caudillos se hallaban en el mayor apuro: no se atrevían a poner en marcha el ejército recelando que en ella peleasen los cretenses que mandaba Telémaco, y los tarentinos a cuya cabeza iba Falanto; pues habían podido detenerlos dentro del campo a costa de gran trabajo y guardándolos estrechamente. Néstor y Filoctetes iban y venían sin cesar de la tienda de Telémaco a la del implacable Falanto, que solo respiraba venganza, sin que la persuasiva elocuencia de Néstor ni la autoridad del gran Filoctetes pudiesen moderar aquel corazón feroz, irritado a cada paso por los discursos de su hermano Hipias inspirados por el enojo. Mucho más flexible estaba Telémaco; más abatido también por el sentimiento, nada bastaba a consolarle.

Todas las tropas se hallaban consternadas mientras sus caudillos permanecían en tal agitación; y el campo confederado presentaba el cuadro del hogar desolado por la pérdida del padre de familia, el apoyo de los deudos y la esperanza de los hijos y nietos.

En medio de tal desorden y desolación, percibieron de improviso un ruido espantoso de carros y de armas, relinchos de caballos y alaridos de hombres, vencedores unos y animados por la carnicería que causaban, y otros fugitivos, heridos o moribundos. Cubrió el cielo un torbellino de polvo en forma de espesa nube que oscureció todo el campo; y en breve aumentó la oscuridad un humo tan denso que impedía la respiración, dejándose oír cierto ruido sordo, semejante al que producen los torbellinos de fuego que vomita el monte Etna de sus abrasadas entrañas, cuando Vulcano y los cíclopes forjan rayos para el padre de los dioses: el espanto se apoderó de todos los corazones.

Vigilante Adrasto infatigablemente, había logrado sorprender a los confederados. Instruido de las intenciones de estos y ocultándoles la suya, hizo en dos noches una marcha increíble para faldear la montaña poco menos que inaccesible, cuyos pasos tenían ocupados, persuadidos de que defendiendo sus desfiladeros se hallaban seguros, y aun podían caer sobre el enemigo a la otra parte de la montaña, luego que se les hubiesen reunido algunas tropas que aguardaban. Adrasto, que derramaba el oro a manos llenas, conocía los planes de sus enemigos, y había llegado a penetrar sus intenciones; porque Néstor y Filoctetes, caudillos tan sabios y experimentados, no guardaban la reserva conveniente al éxito de sus empresas. El primero, ya en el último tercio de su vida, se complacía en referir cuanto era capaz de atraerle algún elogio, y aunque menos inclinado a hablar el segundo, era pronto, y por poco que excitasen su vivacidad lograban dijese lo que había resuelto callar. Las personas artificiosas habían encontrado la llave de su corazón para extraerle los más importantes secretos. Para conseguirlo bastaba exasperarle, pues entonces prorrumpía en amenazas fogoso y fuera de sí, se vanagloriaba de tener medios seguros de obtener el objeto que se proponía, y como aparentasen dudar del éxito de sus planes, se apresuraba a explicarlos inconsideradamente, escapándosele el secreto de mayor importancia. El corazón de aquel caudillo célebre no podía guardar cosa alguna, semejante a un vaso precioso pero horadado, del cual salen los licores que contiene.

Los traidores corrompidos por el oro de Adrasto, se burlaban de la fragilidad de ambos reyes. Lisonjeaban a cada paso a Néstor con vanos elogios, recordándole sus antiguas victorias, admirando su previsión y no dejando nunca de aplaudirle. Por otra parte tendían continuos lazos al carácter impaciente de Filoctetes, hablándole solo de dificultades, contratiempos, peligros, inconvenientes y faltas irremediables; y al momento que se inflamaba su carácter violento, le abandonaba la prudencia y era ya otro hombre.

A pesar de los defectos de Telémaco, que ya hemos referido, era mucho más cauto para guardar el secreto, acostumbrado a ello por sus infortunios y por la necesidad en que se había visto desde la infancia de ocultarse a los amantes de Penélope; pero sin decir mentira carecía hasta del aire de reserva y de misterio que tienen por lo común las personas reservadas. Aparecía no estar cargado con el peso del secreto que debía guardar, y encontrábasele en todas ocasiones franco, natural, ingenuo, como el que tiene el corazón en los labios. Mas al decir todo aquello que podía sin consecuencias, sabía detenerse precisamente y sin afectación en lo que inspirase sospecha y comprometiese el secreto; por lo mismo era impenetrable su corazón, y hasta sus mejores amigos ignoraban lo que no creía útil decirles para extraerles consejos prudentes: únicamente Méntor era la persona para quien no tenía la menor reserva. Confiábase de otros amigos; pero en grados diversos, y a proporción de la prudencia y amistad que experimentaba en ellos.

Había observado Telémaco que se divulgaban en el campo confederado las resoluciones del consejo, y advertídolo a Néstor y a Filoctetes; pero estos, a pesar de su consumada experiencia, no hicieron el aprecio debido de tan saludable aviso, porque la senectud no cede fácilmente, teniéndola casi encadenada el continuado hábito de los años, sin que haya recurso alguno en lo humano que ponga término a sus resabios. Semejantes los viejos al árbol cuyo nudoso y áspero tronco se ha endurecido con los años, y que no puede enderezarse fácilmente, así en cierta edad no se doblegan contra las costumbres que han envejecido con ellos, introduciéndose hasta la médula de sus huesos. Conócenlo a las veces, pero tarde, y se lamentan de ello en vano: la juventud es el único período de la vida en que superior el hombre a sus defectos puede corregirlos.

Seguía el ejército Eurímaco, natural de Tesalia, adulador sagaz que sabía acomodarse al gusto e inclinaciones de todos los príncipes, e industrioso para encontrar nuevos medios de agradarles: nada parecía difícil al escucharle. Cuando le preguntaban su opinión, adivinaba la que agradaría más al que le preguntaba: era complaciente, satirizaba a los débiles, lisonjeaba a los que le inspiraban temor, y poseía el arte de sazonar los elogios con tal delicadeza que no disgustasen al hombre más modesto. Circunspecto con los que lo eran, jovial con los de humor festivo, pues ningún trabajo le costaba adoptar las formas distintas de todos los caracteres. Los hombres sinceros y virtuosos, siempre inalterables por acomodarse a los preceptos de la virtud, no llegarán jamás a ser tan agradables a los príncipes como aquellos que lisonjean sus pasiones dominantes. Conocía, pues, Eurímaco el arte de la guerra, y tenía capacidad para ocuparse en ella; y sin embargo de ser un aventurero que seguía a Néstor, había llegado a obtener su confianza, y extraía de él cuanto deseaba, por ser aquel algo vano y sensible a la adulación.

Aunque Eurímaco no inspiraba confianza a Filoctetes, la cólera e impaciencia de este producía iguales efectos que en Néstor la confianza que le dispensaba. No tenía Eurímaco que hacer otra cosa que contradecirle, pues en llegando a irritarle lo descubría todo. Tal era el hombre que había recibido grandes sumas de Adrasto para penetrar los designios de los aliados, teniendo en el ejército cierto número de tránsfugas que sucesivamente debían escaparse del campo de los confederados y regresar al suyo, como lo ejecutaban, haciéndolos partir Eurímaco cuando tenía que informar a Adrasto de alguna cosa de importancia. No era posible descubrir este engaño, porque los tránsfugas no conducían papel ni carta, y en el caso de ser sorprendidos nada se hubiera encontrado que hiciera sospechoso a Eurímaco.

De esta manera prevenía Adrasto las intenciones de los confederados, y apenas adoptaba el consejo una resolución, hacían los daunios lo que convenía para impedir sus consecuencias; y aunque no dejaba Telémaco de buscar la causa, y excitar la desconfianza de Néstor y de Filoctetes, era inútil su solicitud porque ambos se hallaban obcecados.

Se había resuelto en el consejo esperar las tropas numerosas que debían llegar, y adelantar con secreto durante la noche cien naves para transportarlas al campo confederado desde un sitio de la costa muy escabroso, adonde debían llegar, y entre tanto se consideraban seguros por ocupar los pasos de la montaña vecina a la costa casi inaccesible del Apenino. Campaba el ejército sobre las orillas del río Galeso, bastante próximo al mar, en un terreno delicioso y abundante de pastos y demás frutos necesarios a la subsistencia de las tropas. A la otra parte de la montaña se hallaba Adrasto, que tenían por cierto no podía pasarla; mas conociendo este las escasas fuerzas de los confederados, sabiendo que esperaban grande refuerzo, que los bajeles aguardaban las tropas que debían llegar, y que reinaba la desunión en el ejército por la discordia de Falanto con Telémaco, se apresuró a dar un gran rodeo, y marchó día y noche con velocidad hacia la orilla del mar, por caminos que se habían considerado siempre como absolutamente impracticables. Así vence los mayores obstáculos el trabajo y la osadía; así hay pocas cosas imposibles para aquellos que saben atreverse a sufrir; y así por último merecen ser sorprendidos y aniquilados los que duermen persuadidos de que es imposible lo que únicamente ofrece dificultades.

Sorprendió Adrasto al amanecer las cien naves de los confederados, apoderándose de ellas sin resistencia por estar mal guardadas y no tener la menor desconfianza, y transportó en ellas sus tropas con celeridad increíble a la embocadura del Galeso, subiendo en seguida por las riberas de él. Creyeron los que se hallaban en los puntos avanzados del campo, hacia la parte del río, que aquellas naves conducían las tropas que aguardaban, y prorrumpieron en exclamaciones de júbilo. Desembarcó Adrasto sus soldados antes que pudiesen reconocerle, y cayó sobre los confederados que nada recelaban, a quienes halló en un campamento abierto, sin orden y sin jefe y desarmados.

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La parte primera del campamento que atacó fue la que ocupaban los tarentinos que mandaba Falanto. Entraron los daunios tan impetuosamente que, sorprendidos los jóvenes lacedemonios, no pudieron resistir, y mientras corrían estos a las armas, embarazándose unos a otros en tal confusión, hizo Adrasto pegar fuego al campamento. Elévase al momento la llama entre las tiendas hasta tocar con las nubes, percíbese el ruido causado por el fuego, cual el de un copioso torrente al inundar la llanura y arrastrar en su rápido curso gruesas encinas, mieses, granjas, establos y ganados: arroja el viento la llama de tienda en tienda, y en breve presenta el campamento el aspecto semejante a un viejo bosque incendiado por leve chispa.

Falanto, que ve más de cerca el peligro, no alcanza a remediarlo: considera que todas las tropas deben perecer abrasadas si no se apresuran a abandonar el campamento; pero al mismo tiempo conoce cuán temible es retirarse en desorden delante de un enemigo victorioso: hace empiecen a salir los jóvenes lacedemonios todavía medio desarmados; mas no les dejaba respirar Adrasto: por una parte les dirige gran número de flechas; por otra arrojan sobre ellos los honderos una nube de gruesas piedras; y el mismo Adrasto, marchando con la espada en la mano a la cabeza de una tropa de daunios escogidos y los más intrépidos, persigue a los fugitivos al resplandor de la llama. Destruye con el hierro lo que escapa del fuego: nada en sangre, no le sacia la mortandad; y los tigres y leones no igualan su furia al despedazar a los pastores con los rebaños que custodiaban. Abandona el valor a los soldados de Falanto, y sucumben. Conducida la pálida muerte por una furia infernal, cuya cabeza cubren horribles serpientes, hiela la sangre en sus venas; entorpece la agilidad de sus miembros, y vacilantes sus rodillas, pierden hasta la esperanza de salvarse con la fuga.

[Ilustración]

Todavía conservaba Falanto un resto de vigor, mas al ver caer a sus pies a su hermano Hipias, herido por el terrible acero de Adrasto, alzó la vista y las manos al cielo lleno de desesperación y vergüenza. Tendido Hipias en tierra, revuélcase en el polvo arrojando de la profunda herida que le atraviesa el costado un torrente de sangre negra y humeante: ciérranse sus ojos a la luz, y abandónale la vida. Cubierto Falanto con la sangre de su hermano, y sin poderle socorrer, se ve envuelto por los enemigos que se obstinan en rendirle: herido en varias partes de su cuerpo, inutilizado su escudo, después de haber recibido millares de golpes, no puede contener a sus soldados fugitivos, y los dioses no tienen piedad del estado en que se encuentra.

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