LIBRO XXIII.
Idomeneo, que temía la partida de Méntor y de Telémaco, se ocupaba únicamente de retardarla. Manifestó a Méntor no podía arreglar sin su consejo cierta discordia suscitada entre Diófanes, sacerdote de Júpiter Conservador, y Heliodoro que lo era de Apolo, acerca de los presagios que se extraían del vuelo de las aves y de las entrañas de las víctimas.
¿Por qué, respondió Méntor, os mezcláis en las cosas sagradas? Dejad la decisión a los etrurios, que poseen la tradición de los oráculos más antiguos, y se hallan inspirados para ser intérpretes de los dioses; y emplead solamente vuestra autoridad en sofocar en su origen tal discordia. Pero sin manifestar parcialidad ni prevención, y contentándoos con apoyar la decisión cuando haya recaído. No olvidéis que el monarca debe estar sometido a la religión, y no entrometerse jamás a arreglarla; porque viene de los dioses y es superior a los reyes. Cuando estos quieren hacerlo, la esclavizan en vez de protegerla; pues son tan poderosos, y tan débiles los demás hombres, que si se les dejase intervenir en las cuestiones relativas a ella, todo correría el riesgo de ser trastornado a su voluntad. Dejad, pues, en libertad a los favorecidos de los dioses para que decidan, y limitaos a reprimir a aquellos que no obedezcan su juicio luego que haya sido pronunciado.
En seguida se lamentó Idomeneo de la perplejidad en que se hallaba sobre gran número de procesos entre varios particulares que le instaban para que los decidiese.
Hacedlo, respondió Méntor, resolviendo todas las cuestiones nuevas que hayan de establecer máximas generales de jurisprudencia o para interpretar las leyes; pero nunca toméis a vuestro cargo juzgar los casos particulares, pues acudirán todos de tropel, seréis el único juez de vuestro pueblo, e inútiles los demás jueces: os agobiarán los negocios de poca entidad, distrayéndoos de los de grande importancia, y no os será posible arreglar el pormenor de ellos. Guardaos bien de dar lugar a esto; remitid los negocios particulares a los magistrados ordinarios; no hagáis sino lo que ningún otro pueda hacer para aliviaros, y de este modo llenaréis las funciones verdaderas de rey.
También me estrechan, decía Idomeneo, a que haga varios matrimonios; porque las personas distinguidas que me han acompañado a la guerra, y perdido grandes bienes de fortuna por servirme, desearían encontrar alguna recompensa enlazándose con ciertas jóvenes ricas, y solo una palabra mía basta a procurarles el establecimiento que apetecen.
Cierto es, replicó Méntor, que solo os costaría una palabra; pero también lo es que esta podría costaros muy cara. ¿Querríais privar al padre y a la madre de la libertad y consuelo de elegir yernos, y de consiguiente herederos? Sería poner a todas las familias en la esclavitud más rigurosa, y seríais además responsable de las desgracias domésticas de vuestros ciudadanos. Hartas espinas tiene en sí el matrimonio, sin agravarle con esta pesadumbre. Si tenéis servidores fieles que recompensar, dadles tierras incultas, añadidles honores proporcionados a su condición y a sus servicios, y aun algún numerario tomado de los fondos destinados a otros gastos; pero no paguéis jamás vuestras deudas sacrificando a las jóvenes ricas contra la voluntad de sus padres.
De esta cuestión pasó Idomeneo con brevedad a otra, diciendo: Se quejan los sibaritas de que hemos usurpado las tierras que les pertenecen, y dádolas como campos incultos a los extranjeros establecidos aquí: ¿cederé yo a sus pretensiones? Si lo hago, creerán todos estar autorizados para hacerlas en perjuicio nuestro.
No es justo, respondió Méntor, creer a los sibaritas en causa propia; mas tampoco lo es creeros en la vuestra. ¿A quién creeremos pues?, replicó Idomeneo. A ninguna de las dos partes, prosiguió Méntor. Preciso es elegir como árbitro un pueblo que no sea sospechoso a unos ni a otros: tales son los sipontinos, que ningún interés tienen contrario al vuestro.
¿Pero acaso, respondió Idomeneo, estoy yo obligado a someterme a un árbitro? ¿No soy rey? ¿Deberá someterse un soberano a los extranjeros acerca de los límites de su dominación?
Pues no queréis ceder, prosiguió Méntor, debéis juzgar ser bueno vuestro derecho. Por otra parte tampoco lo harán los sibaritas sosteniendo ser cierto el suyo, y en tal oposición o ha de aveniros un árbitro elegido por ambas partes, o ha de decidir la suerte de las armas: no hay término medio. Si entraseis en una república en que no hubiese magistrados ni jueces, y en la cual se creyeran autorizadas las familias para hacerse justicia por medio de la fuerza, lamentaríais su desventura y os causaría horror tan espantoso desorden, pues se armarían unas contra otras. ¿Y creéis que los dioses no miren con el mismo horror al mundo entero, que no es otra cosa que la república universal, si cada pueblo, que es una gran familia, se cree con derecho a hacerse justicia a sí mismo por medio de la violencia contra los demás pueblos? El particular que posee un campo como patrimonio de sus progenitores, no puede mantenerse en él sino por la autoridad de las leyes y el juicio de los magistrados; y si pretendiese conservar por la fuerza lo que le ha dado la justicia, sería castigado con severidad cual sedicioso. ¿Juzgáis que los monarcas puedan emplear la fuerza para apoyar sus pretensiones, sin haber tentado antes los medios suaves y humanos? ¿No es aún más sagrada la justicia, y más inviolable para los reyes con relación a la totalidad de otros países, que para las familias relativamente a algunos terrenos cultivados? ¿Será injusto y raptor cuando se apodera únicamente de cortas porciones de tierra, y justo y héroe si ocupa provincias? Si se previene y lisonjea, si se ciega en los pequeños intereses del particular, ¿no deberá temerse todavía más que suceda así en los grandes intereses del estado? ¿Se creerá a sí mismo en lo que hay tantas razones para desconfiar del juicio propio? ¿No temerá engañarse en los casos en que el error de un solo hombre produce consecuencias terribles? El error de un monarca que se lisonjea en sus pretensiones, causa muchas veces estragos, hambres, mortandades, pérdidas, depravación de costumbres, cuyos funestos efectos se trasmiten a edades remotas. ¿Y no temerá lisonjearse en tales ocasiones el rey que siempre está rodeado de lisonjeros? Si conviene en algún árbitro que termine su diferencia, manifiesta equidad, moderación y buena fe; publica las razones sólidas en que se apoya su derecho, y el árbitro elegido es un mediador amigable, no un juez riguroso. Mas no se somete ciegamente a sus decisiones, sino que se le mira con deferencia: no pronuncia la decisión como juez soberano, hace proposiciones, y por sus consejos se sacrifica algo para conservar la paz. Si a pesar de sus cuidados por conservarla sobreviene la guerra, le tranquiliza al menos el testimonio de su conciencia, goza la estimación de sus vecinos y la protección del cielo. Convencido Idomeneo, consintió en que los sipontinos fuesen mediadores entre él y los sibaritas.
Viendo el rey eran inútiles todos sus esfuerzos para detener a los dos extranjeros, procuró conseguirlo por un vínculo más fuerte. Había observado que Telémaco amaba a Antíope, y se prometió lograrlo excitando su pasión: con este objeto la hizo cantar muchas veces durante los festines; y aunque lo ejecutó por obediencia a su padre, fue con tanta modestia y disgusto que no podía desconocerse el que experimentaba al obedecerle: y aun llegó Idomeneo a pretender cantase la victoria alcanzada sobre Adrasto y los daunios; pero no pudo resolverse a celebrar las alabanzas de Telémaco: negose con respeto, y no osó insistir en ello su padre. Penetraba su agradable voz en el corazón del hijo de Ulises: escuchábala absorto; e Idomeneo, que no apartaba de él la vista, se regocijaba al observar su turbación. Sin embargo, aparentaba Telémaco no conocer los designios del rey. No le era posible en ciertas ocasiones dejar de conmoverse; mas la razón era superior a sus sentimientos: ya no era aquel Telémaco a quien una tiránica pasión cautivara en otro tiempo en la isla de Calipso. Mientras cantaba Antíope guardaba el mayor silencio, y cuando había acabado se apresuraba a atraer la conversación a cualquier otro objeto.
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No pudiendo el rey lograr por este medio su designio, se resolvió a preparar una gran cacería para complacer a su hija. Lloró Antíope no queriendo concurrir a ella, mas fue preciso ejecutar la orden terminante de su padre. Montó un fogoso caballo, semejante a los que domaba Cástor para las lides; y le guiaba sin dificultad, siguiéndola una tropa de hermosas doncellas, entre las cuales aparecía cual Diana en las florestas. La vio Idomeneo y no se cansaba de mirarla, y al verla olvidaba todos sus infortunios: viola también Telémaco, y más le conmovió la modestia de Antíope que su destreza y sus gracias.
Perseguían los perros a un jabalí enorme, y tan furioso como el de Calidón, cuyas largas y erizadas cerdas eran semejantes a los dardos: centelleábanle los ojos, y sus bufidos se percibían a larga distancia cual el ruido de los vientos cuando los encierra Eolo en su gruta para calmar las tempestades: cortaba los troncos con el corvo colmillo del mismo modo que pudiera hacerlo la hoz del segador: despedazaba a los perros que osaban aproximarse a él, y los más atrevidos cazadores temían esperarle al perseguirle.
Mas no temió acercarse a él Antíope corriendo con la velocidad del viento: le arrojó un dardo y quedó herido en el lomo; y comenzando a correrle la sangre, se aumentó su furor y corrió hacia la mano que le había herido. Estremecido el caballo de Antíope, retrocede a pesar de su fiereza, arrójase a él el jabalí cual la pesada máquina cuyo golpe estremece las murallas más sólidas, vacila el caballo, cae, y queda tendida en tierra Antíope sin arbitrio para evitar el fatal golpe del colmillo del jabalí deseoso de vengar su herida. Pero a este tiempo ya había descendido Telémaco del caballo, cuidadoso por el peligro que pudiera correr Antíope, y con la celeridad del rayo se coloca entre el caballo y la fiera, e introduce por el costado de esta un dardo que la hizo caer llena de furor.
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Divide al instante del cuerpo la cabeza que todavía inspiraba temor al verla de cerca, y cuya magnitud sorprende a los cazadores: preséntala a Antíope, ruborízase esta, y procura descubrir en los ojos de su padre lo que debía hacer, e indícale este la acepte, complacido al verla fuera de peligro después de haberle llenado de espanto la situación en que se viera. Recibo de vos llena de gratitud, dijo Antíope a Telémaco al recibirla, otro don más grande, pues os debo la vida; y apenas hubo acabado de decir estas palabras, temió haber dicho demasiado, bajó la vista, y al observar Telémaco su turbación no se atrevió a hablar cual deseaba, y solo la dijo estas palabras: ¡Venturoso el hijo de Ulises, pues ha conservado vida tan preciosa!, pero todavía más venturoso si pudiese pasar la suya a vuestro lado. Oyole Antíope, y sin darle respuesta se incorporó precipitadamente con las demás jóvenes que la acompañaban, y volvió a subir a su caballo.
En aquel momento mismo hubiera Idomeneo ofrecido su hija a Telémaco; pero quiso estimular su pasión dejándole en la incertidumbre, y aun creyó retenerle en Salento por el deseo de asegurar su enlace. Así pensaba Idomeneo; mas los dioses burlan la sabiduría humana, y lo que debía detener a Telémaco fue precisamente el motivo que aceleró su partida, pues lo que comenzaba a sentir en su corazón introdujo en él una desconfianza justa de sí mismo.
Redobló su solicitud Méntor para inspirar a Telémaco un deseo impaciente de regresar a Ítaca, instando al mismo tiempo a Idomeneo para que les dejase partir. Ya se hallaba dispuesto el bajel; porque Méntor, que dirigía todos los momentos de la vida de Telémaco para elevarle al más alto grado de gloria, no le permitía permanecer en lugar alguno sino en cuanto le era necesario para ejercitar sus virtudes y proporcionarle lecciones de experiencia, y había tenido cuidado de preparar el navío desde su regreso del campo confederado.
Idomeneo que con tanta repugnancia le viera preparar, cayó en una mortal tristeza y en un desconsuelo que causaba compasión cuando vio iban a abandonarle los dos huéspedes que tantos auxilios le proporcionaran. Encerrábase en los sitios más retirados del palacio, y en ellos desahogaba su pecho sollozando y vertiendo lágrimas: olvidó el alimento, huyó el sueño de sus párpados y consumíale la inquietud: semejante al corpulento árbol cuyas pobladas ramas proporcionaran sombra a la madre tierra, respetado en otro tiempo por el hacha del leñador y nunca estremecido por los huracanes; pero que, comenzado a roer por el gusano que se introdujera en los canales por donde circulaba la nutridora savia, llega a convertirse en un tronco vestido de corteza y poblado de secos tallos, porque debilitándose sin causa conocida, se marchitó y perdió el adorno frondoso de su hoja: tal era el estado de Idomeneo.
Enternecido Telémaco no osaba abrir los labios: temía la hora de la partida, buscaba pretextos para retardarla, y hubiera permanecido largo tiempo en tal incertidumbre si no le hubiese dicho Méntor: Me complace veros tan demudado: nacisteis de carácter duro y altanero: no afectaban vuestro corazón sino las comodidades e intereses propios; mas por fin habéis llegado a ser hombre, y por la experiencia de los males propios comenzáis a compadecer los ajenos. Sin esta compasión no hay bondad, virtud, ni capacidad para gobernar a los hombres; pero es preciso no llevarla al extremo ni caer en la flaqueza. Hablaré gustoso a Idomeneo para que nos permita partir, y os evitaré la turbación consiguiente; pero no quiero que la vergüenza y la timidez dominen vuestro corazón, porque debéis acostumbraros a hermanar el valor y la firmeza con la tierna y sensible amistad, temiendo afligir al hombre cuando no sea necesario, tomando parte en sus penas cuando no puedan evitarse, y dulcificando en lo posible el golpe que no esté en vuestras manos evitar. Por eso mismo, respondió Telémaco, sería para mí preferible supiese Idomeneo por vos nuestra partida.
Os engañáis, replicó Méntor, querido Telémaco: habéis nacido como los hijos de los reyes, nutridos entre púrpura, que pretenden se haga todo a su gusto, y que la naturaleza entera obedezca su voluntad, pero sin tener ánimo para resistir a persona alguna cara a cara; no porque desprecien a los hombres, ni porque llenos de bondad teman afligirles, sino porque deseosos de su propia comodidad no quieren ver en torno suyo al melancólico ni al descontento. No les afectan las miserias y calamidades humanas cuando no se hallan a su vista, y si oyen hablar de ellas se entristecen considerándolo inoportuno, pues para agradarles siempre ha de decírseles que viven todos contentos; y en tanto que se entregan a los placeres, nada quieren ver ni oír que pueda interrumpirlos. Si es preciso reprender, corregir, desengañar a alguno, resistir a las pretensiones o injustos deseos de hombres importunos, lo encargan a otro; y en vez de hablar por sí mismos con entereza y agrado en tales ocasiones, permitirán les arranquen gracias las más injustas, y perjudicarán los negocios de mayor interés, por no decidir contra el parecer de aquellos con quienes tratan diariamente. Esta flaqueza que experimentan en sí mismos, hace que cada cual procure aprovecharse de ella: se les insta e importuna, se les agobia, y haciéndolo se llega a obtener lo que se apetece. Lisonjéaseles y se les inciensa al principio para insinuarse; pero luego que se ha obtenido su confianza, y se está cerca de ellos en empleos de alguna categoría, se les subyuga: laméntanse de ello y desean sacudir el yugo: sin embargo, arrástranle toda su vida. Aparentan celo por no ser gobernados; mas lo son siempre, y no pueden dejar de serlo, semejantes al débil tallo de la vid, que careciendo de apoyo propio lo busca en el tronco de algún árbol robusto.
No permitiré caigáis en tal flaqueza, que hace al hombre imbécil para el gobierno. La ternura que impide os atreváis a hablar a Idomeneo, desaparecerá luego que estéis fuera de Salento; porque no es su dolor lo que os estremece, sino que os embaraza su presencia. Id, hablad a Idomeneo; aprended en esta ocasión a ser a la vez tierno y animoso: manifestadle vuestro sentimiento por apartaros de él; pero al mismo tiempo hacedle ver con tono decisivo la necesidad de nuestra partida.
No se atrevía Telémaco a resistir a Méntor ni a presentarse a Idomeneo: ruborizábase de su timidez; mas no tenía valor para hacerse superior a ella: vacilaba, y dando algunos pasos retrocedía inmediatamente para alegar alguna excusa que lo retardase. Sin embargo, una sola mirada de Méntor le imponía silencio y desaparecían todos los pretextos. ¿Sois vos, decía Méntor sonriendo, el vencedor de los daunios, el libertador de la grande Hesperia, el hijo del sabio Ulises, que después de los días de este ha de ser oráculo de la Grecia? ¡No os atrevéis a decir a Idomeneo no seros posible retardar más vuestro regreso a la patria para abrazar al que os dio el ser! Pueblo de Ítaca, ¡cuán desventurado serás si algún día llegas a tener un rey dominado por la mal entendida vergüenza, y que sacrifica los mayores intereses a sus debilidades en las cosas de menos importancia! Ved aquí, Telémaco, cuánta diferencia media entre el valor necesario en las lides y el que es propio de los negocios: no os inspiraron temor las armas de Adrasto, y teméis a la tristeza de Idomeneo. He aquí lo que deshonra a los príncipes que ejecutaron las mayores hazañas: después de haber obrado cual héroes en la guerra, lo hacen como el menos capaz en las ocasiones ordinarias en que otros se mantienen con esfuerzo.
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Penetrado Telémaco de la verdad de estas palabras, y ofendido de las reconvenciones de Méntor, partió con celeridad; pero apenas se presentó en el lugar en que se hallaba sentado Idomeneo con la vista en el suelo, desfallecido de tristeza, temiéronse uno a otro y no se atrevió a mirarle. Entendíanse sin hablar palabra, y temían recíprocamente romper el silencio: comenzaron a llorar uno y otro, y por último, arrebatado Idomeneo por el exceso de su dolor, exclamó: ¡De qué sirve buscar la virtud si recompensa tan mal a los que la estiman! ¡Después de haberme hecho ver mis flaquezas, me abandonan! Incidiré de nuevo en el infortunio: no se me hable más de gobernar bien: no, no puedo hacerlo: me hallo ya cansado de los hombres. ¿A dónde queréis ir, Telémaco? Vuestro padre no existe: le buscáis inútilmente: Ítaca es presa de vuestros enemigos, y os sacrificarán si regresáis a ella: vuestra madre se habrá entregado ya a los brazos de otro esposo. Permaneced aquí: seréis mi yerno y mi heredero: reinaréis después de mis días y aun durante mi vida será aquí absoluto vuestro poder: no tendrá límites mi confianza. Pero si sois insensible a todas estas ventajas, dejadme al menos a Méntor, que es mi único apoyo. Hablad, respondedme; no se endurezca vuestro corazón: tened piedad del más infeliz de los hombres. ¡Qué! ¡Nada respondéis! ¡Ah!, comprendo cuán desapiadados son para mí los dioses: sí, los veo todavía más rigurosos que cuando en Creta traspasé el pecho de mi propio hijo.
No soy mío, respondió Telémaco con voz tímida y turbada: los destinos me llaman a mi patria; y Méntor, que posee la sabiduría de los dioses, me manda partir en nombre de ellos. ¿Qué queréis que haga? ¿Renunciaré al padre, a la madre, y a la patria que debe serme todavía más cara? Nacido para ocupar el trono, no me hallo destinado a una vida tranquila y agradable, ni a obrar según mis inclinaciones. Más rico y poderoso es vuestro reino que el de Ulises; pero debo preferir el que me destinan los dioses al que tenéis la bondad de ofrecerme. Me contemplaría feliz si tuviese por esposa a Antíope sin la esperanza de sucederos en el reino; mas para hacerme digno de ella, debo ir adonde me llama mi deber, y debe ser también mi padre el que pida su mano para mí. ¿No me prometisteis enviarme a Ítaca? ¿No he peleado por vos contra Adrasto en el ejército confederado en virtud de esta promesa? Tiempo es ya de que repare las desgracias domésticas. Los dioses que me han dado a Méntor, han encomendado también a este el hijo de Ulises para que le haga cumplir sus destinos. ¿Queréis que pierda a Méntor después que lo he perdido todo? Ni poseo bienes de fortuna, ni tengo adonde retirarme, ni padre, ni madre, ni patria segura: solo me queda un hombre sabio y virtuoso, don el más precioso de Júpiter. Juzgad vos mismo si puedo renunciar a él y consentir en que me abandone. No, antes moriré. Arrancadme la vida, que nada es, y no me dejéis sin Méntor.
A medida que hablaba Telémaco, era más vigorosa su voz, y desaparecía su timidez. No hallaba Idomeneo qué responderle, ni podía convenir en lo que le decía el hijo de Ulises; y cuando no le era posible hablar, procuraba al menos excitar su compasión con sus gestos y miradas. Entonces vio aparecer a Méntor, que le dijo con gravedad:
No os aflijáis: os dejamos; mas permanecerá a vuestro lado la sabiduría que preside a los consejos de los dioses: pensad solamente que habéis sido demasiado feliz en que nos haya enviado Júpiter para salvar vuestro reino y sacaros del extravío en que vivíais. Filocles, a quien os hemos restituido, os servirá fielmente, y permanecerán siempre en su corazón la inclinación a la virtud, el amor al pueblo y la compasión al desgraciado. Escuchadle: servíos de él lleno de confianza y sin envidia. El mayor servicio que puedo haceros es obligarle a que os haga ver vuestros errores sin contemplación; pues el mayor valor de un buen monarca consiste en buscar amigos verdaderos que le digan sus defectos. Si tenéis ánimo para ello, en nada os perjudicará nuestra ausencia y viviréis feliz; pero si la lisonja, que se desliza cual la serpiente, vuelve a encontrar camino para introducirse en vuestro corazón, estáis perdido. No dejéis que os abata el dolor, y esforzaos a seguir la virtud. He dicho a Filocles cuanto debe hacer para aliviaros y para no abusar jamás de vuestra confianza: yo os respondo de él, pues os le han dado los dioses como me han dado a mí a Telémaco. Cada cual debe seguir animoso su destino: inútil es afligirse; si alguna vez tenéis necesidad de mí, volveré después que haya restituido a Telémaco su padre y su patria. ¿Qué podría yo hacer más agradable para mí? No busco bienes de fortuna ni autoridad sobre la tierra, solo quiero ayudar a los que desean la virtud y la justicia. ¿Cómo podré yo olvidar la confianza y amistad con que me habéis tratado?
Este razonamiento cambió repentinamente la situación de Idomeneo: sintió aplacado su corazón, a la manera que Neptuno aplaca con su tridente las olas embravecidas y las tempestades. Experimentaba únicamente un dolor pasivo, que era más bien tristeza y efecto de ternura que aflicción; y comenzaban a renacer en su pecho el valor, la confianza, la virtud y la esperanza de ser auxiliado por los dioses.
Pues bien, mi querido Méntor, dijo Idomeneo: lo perderé todo resignado; pero al menos acordaos de mí cuando hayáis llegado a Ítaca, en donde vuestra sabiduría os conducirá a la prosperidad. No olvidéis ha sido obra vuestra Salento, en cuya ciudad dejáis un rey desgraciado, que ninguna esperanza tiene sino en vosotros. Partid, digno hijo de Ulises, ya no os detengo más; no pretendo resistir a los dioses que me habían proporcionado tan inestimable tesoro: partid vos también, oh Méntor, el más grande y más sabio de los hombres (si es que la humanidad puede hacer lo que vos habéis ejecutado, y si acaso no sois divinidad que haya adoptado la forma humana para instruir a los débiles e ignorantes); conducid al hijo de Ulises, más venturoso aún por poseeros que por la victoria alcanzada contra Adrasto. Partid ambos: no me atrevo a deciros más; perdonad mis suspiros. Id, viváis felices juntos: nada me resta sobre la tierra sino la memoria de que hayáis vivido conmigo. ¡Venturosos días, cuyo precio no he conocido nunca bastante bien, días trascurridos con demasiada rapidez, ya no volveréis, ya mis ojos no volverán a ver lo que ahora miran!
Aprovechó Méntor para la partida este momento: abrazó a Filocles, que sin poder hablar una sola palabra le bañó con su llanto. Quiso Telémaco dar la mano a Méntor para libertarse de las de Idomeneo; pero colocándose este entre los dos, se dirigió con ellos hacia el puerto. Mirábalos, suspiraba, comenzaba a hablar; mas no podía acabar palabra alguna.
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Entre tanto percibieron en la playa la confusa gritería de los marineros: prepararon estos las jarcias, izaron las velas y comenzó a soplar un viento favorable. Despídense del rey Telémaco y Méntor llorosos, estréchales por largo tiempo entre sus brazos Idomeneo, siguiéndoles con la vista mientras pudo divisarlos.
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