Chapter 38 of 48 · 4814 words · ~24 min read

LIBRO XIX.

Luego que salió Telémaco de aquellos lugares se sintió aliviado de un grave peso; y esto le hizo conocer la desventura de los que se hallaban encerrados en ellos sin esperanza de salir jamás. Causábale espanto el considerar cuánto eran castigados los reyes con mayor rigor que los demás culpables. ¡Cómo!, exclamaba, ¡tantas obligaciones, tantos peligros, tantos lazos y dificultades para conocer la verdad, para guardarse de sí mismo y de los demás hombres; y por último, tormentos tan horribles en los infiernos después de haber vivido en la agitación, envidiados y contrariados en el corto espacio de la vida! ¡Insensato aquel que apetece la diadema! ¡Dichoso el que se ciñe a la condición privada y pasiva, que hace menos difícil la virtud!

Al hacer estas reflexiones llenábase de turbación, se estremecía hasta llegar a caer en la desesperación de los desventurados a quienes acababa de ver; pero a medida que se alejaba de aquella tenebrosa mansión de horror, iba recobrando el valor: respiraba ya, y descubría de lejos la luz pura y agradable de la morada de los héroes.

Allí habitaban los buenos reyes que hasta entonces habían reinado con sabiduría, los cuales estaban separados de los demás justos; pues a la manera que los malos príncipes padecían en el Tártaro tormentos infinitamente más rigurosos que los demás que vivieron en la condición privada, así los buenos reyes gozaban en los Campos Elíseos una dicha infinitamente superior que el resto de los mortales a quienes animó la virtud mientras existieron.

[Ilustración]

Acercose Telémaco a aquellos reyes que discurrían por entre olorosos bosques, hollando con la planta céspedes siempre floridos y nuevos, regados por pequeños arroyos de hermosas y cristalinas aguas, que producían una frescura deliciosa, a cuyas orillas resonaban los trinados gorjeos de crecido número de aves. Hermanábanse allí las flores de la primavera y los ricos frutos del otoño: jamás se experimentaban los ardores de la abrasada canícula, ni se atrevía el aquilón a soplar. La guerra sedienta de sangre, la envidia que muerde con su venenosa boca y abriga ponzoñosas víboras, la rivalidad, la desconfianza, el temor, los vanos deseos; nada turba aquella afortunada mansión de la paz. No tiene allí término el día, ni se conocen las sombras de la noche. En torno de los cuerpos de aquellos hombres justos se difunde una luz pura y agradable que les cubre como las vestiduras; pero aquella luz no es semejante a la opacidad que alumbra a los mortales, y que no es otra cosa que tinieblas: más que luz, es gloria celestial: penetra los cuerpos de mayor espesor más sutilmente que los rayos del sol el cristal: no deslumbra jamás; al contrario, fortifica la vista y produce en el alma cierta especie de serenidad: solo ella alimenta a los bienaventurados: de ellos sale y a ellos vuelve, penetrando e incorporándose con ellos cual el alimento a los vivientes. La ven, la sienten y la respiran; produce en ellos un manantial inagotable de paz y de goces, quedando sumergidos en un abismo de delicias cual los peces en las aguas del mar. Nada apetecen: poséenlo todo sin tener cosa alguna, porque satisfecho su corazón con aquella luz pura no conocen deseos, y la plenitud y abundancia les hace superiores a cuanto desean gozar sobre la tierra los hombres hambrientos e insaciables. Desprecian las delicias que disfrutan, porque el exceso de su felicidad interior no les deja sentir los goces exteriores: semejantes a los dioses que, saciados con la ambrosía y el néctar, desdeñarían cual manjares groseros los que les presentasen de la mesa más exquisita de cualquier mortal. Huyen todos los males de aquellos lugares de quietud y de paz: la muerte, las dolencias, la pobreza, el dolor, el pesar, el remordimiento, el temor, la discordia, el disgusto, el enojo, y hasta la esperanza que produce a las veces penas iguales al temor, no penetra allí jamás.

Las elevadas montañas de la Tracia, cuyas altas cimas cubiertas de nieve y de hielo desde los primeros tiempos del mundo hienden las nubes, serían arrancadas de sus cimientos colocados en el centro de la tierra con mayor facilidad que pudiera conmoverse el corazón de aquellos hombres justos. Compadecen sin embargo las miserias que agobian a los mortales, aunque la compasión en nada turba su inalterable dicha. Juventud eterna, perdurable felicidad, celestial gloria, están retratadas en sus rostros; pero no es su alegría inmodesta e inconsiderada, sino agradable, noble, y llena de majestad: enajenados con el goce sublime de la verdad y de la virtud, experimentan a cada instante y sin interrupción aquella sorpresa que siente una madre al ver al hijo querido cuya muerte había llorado; mas el gozo que abandona en breve a la madre, permanece por siempre en el corazón de aquellos héroes sin desfallecer un momento y renovándose incesantemente: sienten la enajenación del ebrio; pero no la ceguedad y turbación que produce la embriaguez.

Diviértense con lo que gozan: fijan con desprecio la planta en lo que formaba el regalo y ostentación de la clase en que vivieran, cuya suerte lamentan: recuerdan complacidos aquellos tristes pero pasajeros años que tuvieron la desgracia de combatir contra sí mismos y contra el torrente de hombres viciosos para llegar a ser buenos: admiran el auxilio de los dioses que como por la mano les condujeran a la virtud en medio de tantos peligros. Circula sin cesar por sus corazones cierto espíritu divino, cual un torrente de la misma divinidad que se incorpora con ellos: ven y conocen su dicha, y que serán eternamente dichosos. Cantan en loor de los dioses a una voz, con un pensamiento y un solo corazón; y produce la felicidad en sus almas unidas un flujo y reflujo continuo.

En este enajenamiento divino pasan los siglos con más velocidad que los mortales las horas; y sin embargo no se disminuye su felicidad inalterable en mil y otros mil siglos. Reinan todos a la vez; mas no sobre tronos que pueda destruir el influjo del hombre, sino en sí mismos y con un poder inmutable; pues no necesitan hacerse temibles usando de la autoridad que emana de una nación vil y miserable. No usan coronas, cuyo brillo oculta tantos disgustos y sinsabores: los mismos dioses han ceñido su sien con diademas que no puede alterar ningún influjo humano.

Telémaco, que buscaba a su padre, y que temiera antes hallarle en aquellos lugares deliciosos, quedó tan complacido de la paz y ventura que gozaban, que habría deseado encontrarle allí, y aun se afligía al considerar le era preciso volver a la sociedad de los mortales. Aquí, decía, se encuentra la verdadera vida: la que ofrece el mundo es una verdadera muerte. Pero lo que más le maravillaba era haber visto tantos reyes castigados en el Tártaro, y tan corto número de ellos premiados en los Campos Elíseos; y de aquí dedujo ser escasa la porción de ellos bastante animosos y esforzados para resistir su propio poder, y la adulación de los muchos que se dedican a excitar sus pasiones. Así es que son raros los buenos reyes, y que no serían justos los dioses si habiendo tolerado el abuso de su poder mientras vivieron, no les castigasen más allá de la vida.

No encontrando Telémaco a su padre Ulises entre aquellos reyes, buscó al divino Laertes su abuelo, y mientras que lo hacía inútilmente, acercose a él un anciano respetable y lleno de majestad; mas no era su vejez semejante a la de los hombres, a quienes agobia el peso de los años. Conocíase, sí, haber muerto en la senectud, y reunía la gravedad de ella a las gracias de la adolescencia; porque estas se renuevan aun en los más caducos ancianos luego que entran en los Campos Elíseos. Adelantábase hacia Telémaco apresuradamente, y le miraba con cierta complacencia cual si fuese para él persona muy querida. Entre tanto hallábase Telémaco cuidadoso y perplejo por no conocerle.

[Ilustración]

Querido hijo mío, le dijo el anciano, yo te perdono que no me conozcas: soy Arcesio, padre de Laertes. Terminé la carrera de mis días antes que Ulises mi nieto partiese al sitio de Troya, y niño todavía tú, ibas en los brazos de la nodriza. Desde entonces concebí de ti grandes esperanzas, y no me he engañado; pues veo desciendes al reino de Plutón en busca de tu padre, y que los dioses te favorecen en esta empresa. ¡Venturoso joven! ¡Los dioses te protejen y preparan una gloria igual a la de tu padre! ¡Venturoso yo también pues vuelvo a verte! Cesa, cesa de buscar a Ulises en estos lugares: vive todavía, y a él está reservado el restablecimiento de nuestra dinastía en la isla de Ítaca. El mismo Laertes, aunque oprimido por los años, existe también, y espera el regreso de su hijo para que cierre sus párpados. Trascurre la vida del hombre como las flores que se abren por la mañana, y a la tarde se marchitan y son despreciadas. Trascurren las generaciones cual la corriente de un caudaloso río, y nada alcanza a detener la marcha presurosa del tiempo, que arrastra en pos de sí lo que parece más inmutable. Tú, hijo mío, tú mismo, tú mismo que ahora gozas de una juventud vigorosa y fecunda en placeres, considera que esta hermosa edad no es otra cosa que una flor que se secará apenas haya nacido: tú te verás trocado insensiblemente: se desvanecerán cual un sueño las encantadoras gracias y agradables placeres que te acompañan, la robustez, el gozo, la salud, y solo te quedará de todo ello un triste recuerdo: la senectud desfallecida y enemiga de los placeres vendrá a arrugar tu rostro, a agobiar tu cuerpo, debilitar tus miembros, a agotar en tu corazón el manantial del gozo, a disgustarte de lo presente, a inspirarte temor de lo futuro, a hacerte insensible a todo a excepción del dolor.

Acaso esta época te parezca remota; mas ¡ay!, te engañas, hijo mío: se acerca veloz: ya llega; pues lo que se aproxima con tal rapidez no dista mucho, mientras lo presente que pasa fugitivo está ya bien lejos, porque se aniquila mientras lo decimos y no puede retroceder. Jamás cuentes con lo presente, hijo mío: sigue el camino áspero y trabajoso de la virtud con la vista siempre fija en el porvenir. Prepárate un lugar en la mansión dichosa de la paz por medio de costumbres puras y amor a la justicia.

Por último, en breve verás a tu padre recobrar la autoridad en Ítaca: reinarás después de él. Pero ¡ah, hijo mío!, ¡cuánto engaña la diadema! Cuando se mira de lejos brillan en ella grandezas y delicias; mas considerada de cerca solo se hallan espinas. Puede el ciudadano vivir sin deshonra oscurecido en agradable vida; mas un rey no puede preferir sin deshonrarse las comodidades y la ociosidad a las penosas funciones del gobierno. Debe ocuparse de los que gobierna y jamás de sí mismo: sus menores faltas son de gran consecuencia, pues acarrean la desgracia de los pueblos tal vez por muchos siglos: deben reprimir la audacia de los malos, proteger la inocencia y extirpar la calumnia. No basta que dejen de hacer mal: preciso es causen todo el bien posible que el estado ha menester: tampoco basta produzcan el bien por sí mismos, sino que están obligados a impedir todo el mal que harían los demás si no les contuviesen. Teme, pues, hijo mío, teme una condición tan peligrosa: ármate de valor contra ti mismo, contra tus pasiones y contra la adulación.

Mientras decía estas palabras Arcesio, parecía animado de un espíritu divino, y se manifestaba en su rostro la compasión por los males que acompañan al cetro. Cuando se empuña, decía, para satisfacer las pasiones, es una tiranía monstruosa: cuando para llenar los deberes y conducir a un numeroso pueblo cual el padre a sus hijos, es una servidumbre penosa que requiere valor y sufrimiento heroico; y de aquí es que los que reinan con virtud sincera, poseen en los Campos Elíseos cuanto puede darles el poder de los dioses para complemento de su felicidad.

Penetraban las palabras de Arcesio hasta el corazón de Telémaco, grabándose en él a la manera que el buril del diestro artífice esculpe en el bronce las figuras que quiere conservar indelebles a la posteridad más remota, o como un fuego sutil que se introducía en sus entrañas: sentíase conmovido e inflamado, y descendía al parecer sobre él cierto espíritu divino que le consumía interiormente, sin que pudiese contener, soportar ni resistir tan viva y deliciosa sensación, mezclada con un tormento capaz de producir la muerte.

Comenzó Telémaco a respirar con mayor libertad al advertir en las facciones de Arcesio mucha semejanza con las de Laertes; y aun le parecía recordar confusamente que las había visto en el rostro de su padre Ulises cuando partió al sitio de Troya.

Este recuerdo enterneció el corazón de Telémaco: corrían por sus mejillas lágrimas de gozo: quería estrechar en sus brazos a tan querida sombra, y lo procuró muchas veces, pero en vano; pues huía cual el sueño engañoso, y semejante al que duerme, y ora sigue con la boca abierta y sedienta la fugitiva corriente, ora procura articular con torpe labio palabras que no puede pronunciar, ora extiende las manos esforzándose inútilmente; del mismo modo enternecido Telémaco veía a Arcesio, le oía y le hablaba, aunque sin poder encontrar su cuerpo. Por último, preguntole quiénes eran aquellos hombres que veía en torno suyo.

En ellos estás viendo, hijo mío, respondió el anciano, los hombres célebres que fueron el adorno de su siglo y la gloria del género humano. Entre ellos se encuentra el escaso número de reyes que fueron dignos de la corona, y cumplieron con fidelidad las funciones de dioses de la tierra. Los que ves a su inmediación, aunque separados por una nube trasparente, gozan gloria inferior; y sin embargo de que verdaderamente son héroes, no puede compararse el valor de sus proezas militares con la gloria de los reyes sabios, justos y benéficos.

Entre esos héroes verás a Teseo con semblante un tanto melancólico: siente la desgracia de haber sido demasiado crédulo para con una mujer artificiosa, y aún se aflige al recordar la injusticia con que pidió a Neptuno la muerte de su hijo Hipólito: ¡dichoso él si no hubiera sido tan pronto y fácil de irritar! También verás a Aquiles apoyado sobre la lanza, a causa de aquella grave herida que recibió en el talón, hecha por el infame Paris, y que terminó su vida. Si su sabiduría, moderación y justicia hubiesen igualado a su intrepidez, le hubieran concedido los dioses un reinado más duradero; mas doliéronse de los dólopes y ftiotas sobre quienes debía reinar después de Peleo, y no quisieron confiar tantos pueblos a un hombre más propenso al enojo que el proceloso mar. Abreviaron las Parcas el hilo de sus días, y fue cual la flor que corta la reja del arado apenas se abrió, y expira el mismo día que la vio nacer. Sirviéronse los dioses de él para castigar a los hombres de sus delitos como de las tempestades y torrentes, haciendo que abatiese Aquiles las murallas de Troya para vengar el perjurio de Laomedonte y los injustos amores de Paris: y después de haberle empleado como instrumento de su venganza, aplacados ya, se negaron a las lágrimas de Tetis, y a dejar por más tiempo sobre la tierra a aquel joven héroe, que no era a propósito para otra cosa que para inquietar a los hombres y asolar ciudades y reinos.

¿Ves aquel otro con semblante feroz? Es Áyax, hijo de Telamón y deudo de Aquiles, cuya gloria en las lides tal vez no te sea desconocida. Muerto Aquiles pretendió que solo a él debían adjudicar sus armas: creyó tu padre no ser inferior a él, y juzgaron los griegos en favor de este. Desesperado Áyax diose la muerte, y aun se ven retratados en su rostro la indignación y el furor. No te acerques a él, hijo mío, pues creería que ibas a insultarle en la desgracia, y debe ser compadecido. ¿No reparas que nos mira con disgusto, y que se introduce aceleradamente en aquel bosque sombrío por serle odiosa nuestra vista? Observa a este otro lado a Héctor, que habría sido invencible si el hijo de Tetis no hubiera existido en su tiempo. Pero he allí a Agamenón, que lleva todavía sobre sí las señales de la perfidia de Clitemnestra. ¡Ah hijo mío!, me estremezco al recordar las desgracias de la familia del impío Tántalo. La discordia de los dos hermanos Tiestes y Atreo ha llenado de horror y de sangre esta mansión. ¡Ah, cuántos delitos acarrea un solo crimen! Regresando Agamenón del sitio de Troya a la cabeza de los griegos, no tuvo tiempo para gozar tranquilo la gloria que adquiriera: tal es el destino del mayor número de los conquistadores. Todos estos héroes que ves fueron temibles en la guerra; pero nunca amables por sus virtudes, y por lo mismo se hallan en la segunda morada de los Campos Elíseos.

Los demás reinaron con justicia y obtuvieron el amor de sus pueblos: por esta causa son los favoritos de los dioses. Mientras que Agamenón y Aquiles conservan todavía el disgusto y defectos de que adolecieron, y se lamentan en vano de sus discordias y peleas, y de la vida que perdieron afligiéndose por no ser otra cosa que sombras vanas e impotentes; nada tienen que desear para su dicha estos reyes justos, purificados por la luz divina que les alimenta. Ven compasivos la inquietud de los mortales, y parécenles juegos de la infancia los negocios que ocupan al hombre ambicioso: sus corazones se hallan saciados con la verdad y la virtud que beben en su fuente. Nada tienen que sufrir de sí ni de otro: sin deseos, sin necesidades ni temores, todo acabó para ellos a excepción de su dicha, que no puede acabarse.

Observa, hijo mío, al antiguo Ínaco que fundó el reino de Argos. Su vejez agradable y majestuosa, las flores que nacen a sus pies, paso ligero semejante al vuelo de las aves, la lira de marfil que lleva en la mano con la cual acompaña el canto eterno en alabanza de las maravillas de los dioses. Su boca y su corazón exhalan un perfume exquisito, y los acentos de su armoniosa lira y de su voz arrobarían a los dioses y a los hombres. De este modo ha sido recompensado el amor a los pueblos que reunió dentro del recinto de nuevas murallas, y a quienes dictó leyes.

[Ilustración]

También puedes observar entre aquellos mirtos al egipcio Cécrope, que reinó el primero en Atenas, ciudad consagrada a la diosa de la sabiduría, y cuyo nombre se le dio. Conduciendo Cécrope desde Egipto leyes útiles dio origen en Grecia a las ciencias y buenas costumbres, suavizó el carácter feroz de los habitantes del Ática, y los reunió con vínculos sociales. Fue justo, humano, compasivo: dejó en la abundancia a los pueblos mientras quedaba su familia en la medianía, no queriendo obtuviesen la autoridad sus hijos después de su muerte, porque juzgaba había otros más dignos que ellos.

Preciso es te señale en aquel pequeño valle a Erictonio, que inventó el uso de la plata para acuñar moneda con el objeto de facilitar el comercio entre las islas de Grecia, aunque previendo los inconvenientes de su invención. Aplicaos, decía a todos los pueblos, a multiplicar en vuestro suelo las riquezas que proporciona la naturaleza, que son las verdaderas: cultivad la tierra para tener en abundancia trigo, vino, aceite y frutas: multiplicad los rebaños para que os alimenten con la leche y os cubran con la lana: de este modo os pondréis en estado de no temer jamás la pobreza. Seréis más ricos cuanto sea mayor el número de vuestros hijos, con tal que los hagáis laboriosos; porque es inagotable la tierra, y su fecundidad se aumenta a medida del número de brazos que se ocupan en cultivarla cuidadosamente: a todos recompensa con liberalidad, al paso que se hace avara e ingrata para con los que descuidan su cultivo. Dedicaos principalmente a las riquezas verdaderas que satisfacen las necesidades del hombre. La moneda debe solo apreciarse en cuanto es necesaria, bien para sostener las guerras exteriores inevitables, bien para el comercio de las mercancías que siendo precisas falten en vuestro país; y aun sería de desear se hiciese únicamente el comercio de aquellas cosas que no sirven para mantener el lujo, la vanidad y la molicie.

Mucho temo, decía varias veces el sabio Erictonio, mucho temo, hijos míos, haberos hecho un presente funesto inventando la moneda. Preveo excitará la avaricia, el fasto y la ambición; que sostendrá infinito número de artes perniciosas que corromperán las costumbres; que os hará molesta la feliz sencillez que proporciona el reposo y seguridad de la vida; y por último, que os conducirá a despreciar la agricultura, fundamento de la vida humana y origen de los bienes verdaderos; pero los dioses son testigos de la pureza de corazón con que os he dado esta invención útil en sí misma. Finalmente, cuando advirtió Erictonio que la moneda corrompía los pueblos, según lo había previsto, se retiró lleno de sentimiento a los montes, en donde vivió pobre y retirado de los hombres hasta una extremada senectud, sin querer mezclarse en el gobierno de ellos.

Apareció poco tiempo después en Grecia el célebre Triptólemo, a quien enseñara Ceres el arte de cultivar la tierra y de poblarla anualmente de doradas mieses; no porque los hombres desconocieran todavía el trigo y los medios de multiplicarlo sembrándole, sino porque ignoraban la perfección de la labranza, y enviado Triptólemo por Ceres, vino a ofrecer con el arado en la mano los dones de aquella deidad a todos los pueblos que tenían bastante ánimo para vencer su natural pereza y dedicarse a un trabajo asiduo. En breve enseñó Triptólemo a los griegos a romper la tierra, fecundizarla y abrir sus entrañas; en breve las cortadoras hoces abatieron las tiernas espigas que poblaban los campos; y luego que fue conocido el medio de cultivar el trigo y alimentarse con el pan, suavizaron sus costumbres hasta los pueblos más salvajes que vagaban por las selvas del Epiro y la Etolia, sustentándose con bellotas, y se sometieron al yugo de las leyes.

Hizo conocer Triptólemo a los griegos cuán lisonjero sea deber las riquezas al propio trabajo, y extraer de la tierra todo lo necesario para vivir con comodidad. Esta inocente y sencilla abundancia, inherente a la agricultura, hizo recordasen los prudentes consejos de Erictonio, y empezaron a despreciar la moneda y todas las riquezas, que coloca en el número de ellas la imaginación de hombres a quienes seduce el deseo de placeres peligrosos, alejándoles del trabajo en que antes hallaban bienes efectivos y costumbres puras en la vida independiente. Conocieron, pues, que un campo fértil y bien cultivado es un verdadero tesoro para una familia que desee vivir con frugalidad cual vivieron sus padres. ¡Dichosos habrían sido los griegos si hubiesen subsistido en estas máximas tan capaces de hacerles poderosos, independientes, felices y dignos de serlo por una virtud sólida! Mas ¡ah!, las olvidaron, empezaron a apreciar las falsas riquezas, descuidando poco a poco las verdaderas, y llegaron a degenerar de su primitiva y maravillosa sencillez.

¡Hijo mío!, reinarás algún día, y entonces acuérdate de inclinar a los hombres a la agricultura, de honrarla y de aliviar a los que se dedican a ella; y no permitas viva ninguno en la ociosidad, ni ocupado en las artes que mantienen el lujo y la corrupción. Aquí se ven favorecidos de los dioses dos hombres que fueron sabios en la tierra. Repara, hijo querido, cuán superior es su gloria a la de Aquiles y a la de otros héroes que solo se distinguieron en la guerra; superioridad semejante a la hermosa primavera que excede en ventajas al invierno, o a la luz del sol que brilla infinitamente más que la luna.

En tanto que Arcesio hablaba de esta suerte, advirtió tenía Telémaco fija la vista en un pequeño bosque de laureles y un cristalino arroyo, cuyas orillas se veían sembradas de violetas, rosas y otras muchas flores, cuyos colores variados imitaban a los de Iris cuando desciende a la tierra para anunciar a los mortales los decretos del Olimpo. Encontrábase en aquel lugar el gran rey Sesostris, a quien conoció Telémaco, lleno de una majestad infinitamente mayor que la que en él se advertía cuando ocupaba el trono de Egipto: despedían sus ojos una agradable luz que ofuscaba los de Telémaco; y al verle hubiera podido creérsele embriagado con el néctar, según le había hecho superior a la razón humana el espíritu divino para recompensar sus virtudes.

Reconozco, dijo Telémaco a Arcesio, reconozco, padre mío, a aquel sabio rey de Egipto a quien vi no ha mucho tiempo.

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Hele allí, respondió Arcesio: su ejemplo te convencerá de la munificencia con que los dioses premian a los buenos monarcas. Pero es preciso sepas que toda su felicidad actual nada es en comparación de la que le estaba destinada, si la prosperidad no le hubiese hecho olvidar los preceptos de la moderación y de la justicia. El deseo de abatir el orgullo de los tirios le empeñó en ocupar aquella ciudad: la conquista de ella excitó el nuevo deseo de otras conquistas, y seducido por la gloria vana de los conquistadores, subyugó, o para decirlo mejor, asoló toda el Asia. Regresó a Egipto cuando su hermano se había apoderado del reino y alterado las mejores leyes con su injusto gobierno, y de consiguiente las gloriosas conquistas de Sesostris produjeron solo el efecto de turbar el sosiego de su imperio. Pero lo que le hace menos disculpable es haberse dejado llevar del amor a su propia gloria, arrastrando al carro de su triunfo los reyes más soberbios a quienes había vencido. Llegó a conocer este error, y se avergonzó de su inhumanidad. Tal fue el fruto de sus victorias, y he aquí lo que hacen los conquistadores en perjuicio suyo y de los estados que gobiernan cuando tratan de usurpar los de sus vecinos. Esto perjudicó la gloria de un monarca, por otra parte justo y benéfico; gloria que le tenían preparada los dioses.

¿Ves aquel otro, cuya herida parece reciente? Es Dioclides, rey de Caria, que se inmoló voluntariamente en una batalla por el bien de su pueblo, por haber presagiado el oráculo que en la guerra de los carios con los licios vencería la nación cuyo rey pereciese.

Considera aquel otro sabio legislador que, habiendo dictado leyes capaces de hacer felices a sus vasallos, exigió de ellos jurasen no violarían jamás ninguna durante su ausencia; y hecho este juramento se desterró voluntariamente de su patria, y murió pobre fuera de ella para obligarles a guardar por siempre leyes tan útiles.

También estás viendo a Eunésimo, rey de los pilios, y uno de los progenitores del sabio Néstor. En cierta peste que asolaba la tierra, y cubría de nuevas sombras las orillas del Aqueronte, suplicó a los dioses aplacaran su enojo contentándose con su muerte para que se salvasen millares de inocentes: oyéronle propicios, y le proporcionaron aquí una verdadera corona en nada comparable con las que ofrece el mundo.

Aquel anciano que ves coronado de flores es el famoso Belo que reinó en Egipto, se enlazó con Anquínoe, hija del dios Nilo, que oculta el origen del manantial de sus aguas y enriquece las tierras que riega cuando las inunda: tuvo dos hijos; Dánao, cuya historia no ignoras, y Egipto que dio su nombre a aquel hermoso reino. Creyose Belo más poderoso por la abundancia que proporcionaba a su pueblo y por el amor de sus súbditos, que por todos los tributos que hubiera podido imponerles.

Todos estos hombres, a quienes crees muertos, viven aún, hijo mío; pero no como lo hacen los que arrastran la vida miserable del mundo, que es una verdadera muerte: solamente se han trocado sus nombres. ¡Plegue a los dioses merezcas esta dichosa vida, que nada puede turbar ni hallará término! Apresúrate, pues: ya es tiempo de que vayas en busca de tu padre. Antes de hallarle, ¡ay!, ¡cuánta sangre verás derramada! ¡Pero qué gloria te espera en las campiñas de la Hesperia! Recuerda los consejos del sabio Méntor: si obras según ellos será célebre tu nombre entre todas las naciones y por todos los siglos.

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Dijo: y al momento condujo a Telémaco hasta la puerta de marfil que da salida al tenebroso imperio de Plutón. Separose de él Telémaco bañado en lágrimas sin poder abrazarle; y saliendo de aquellos lugares sombríos, regresó con celeridad al campo de los confederados, después de haberse reunido a los dos jóvenes cretenses que le acompañaron hasta cerca de la caverna, y que no tenían esperanzas de volverle a ver.

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