Chapter 42 of 48 · 4832 words · ~24 min read

LIBRO XXI.

Apenas dejó de existir Adrasto, regocijáronse todos los daunios por su libertad, en vez de llorar su derrota y la pérdida de su caudillo, y ofrecieron la mano a los confederados en señal de paz y reconciliación. Huyó cobardemente Metrodoro, hijo de Adrasto, a quien educara este en las máximas de simulación, inhumanidad e injusticia: mas un esclavo, cómplice de sus infamias y crueldades, colmado de riquezas después de haberle hecho libre, y el único a quien confió su fuga, le sacrificó a su propio interés, y dándole muerte le cortó la cabeza y la condujo al campo de los confederados prometiéndose grandes recompensas por este delito que terminaba la guerra, mas causó horror aquel malvado y pereció en el suplicio. Al ver Telémaco la cabeza de Metrodoro, joven de maravillosa hermosura, de buen carácter, y a quien habían corrompido los placeres y el mal ejemplo, no pudo contener sus lágrimas. ¡Ay!, exclamó: he aquí los efectos que produce el veneno de la prosperidad en un príncipe joven: cuanto es mayor su elevación y vivacidad, tanto más se le extravía y se le aleja de los sentimientos que inspira la virtud. Tal vez me vería yo como él, si las desgracias en que he nacido (merced al favor de los dioses) y las instrucciones de Méntor no me hubieran enseñado a moderarme.

Reunidos los daunios exigieron, como la única condición para la paz, que se les permitiese elegir un rey de su nación que borrase con sus virtudes el oprobio con que el impío Adrasto había cubierto el reino. Tributaron gracias al cielo por haber derrocado al tirano: venían en tropel a besar la mano de Telémaco, que se tiñera en la sangre de aquel monstruo, y era para ellos su derrota un verdadero triunfo. De esta manera cayó en un momento el poder que amenazaba a toda la Hesperia, y hacía temblar a tantos pueblos; semejante a aquellos terrenos firmes y sólidos al parecer, pero que se socavan poco a poco por sus cimientos, burlan por largo tiempo el débil trabajo que los destruye, no se debilita su fuerza, permanecen unidos, nada les conmueve, y sin embargo se arruinan lentamente hasta hundirse y presentar un abismo. De esta manera el poder injusto y falaz abre un precipicio a sus pies, cualquiera que sea la prosperidad que se procure por medio de la violencia; pues el fraude y la inhumanidad minan con lentitud los fundamentos más sólidos de la autoridad legítima; se la admira y teme, se tiembla delante de ella hasta el momento mismo en que ha dejado de existir: cae por su propio peso, y nada basta a levantarla de nuevo, porque ha destruido con su propia mano el verdadero apoyo de la buena fe y de la justicia, que proporcionan la confianza y el amor.

Reuniéronse a la mañana siguiente los caudillos del ejército para conceder rey a los daunios. Complacíanse al ver confundidos los dos campos con amistad inesperada, y que ambos ejércitos componían uno solo. No pudo asistir a la asamblea el sabio Néstor, porque el dolor y la senectud oprimían su corazón a la manera que la lluvia abate y marchita por la tarde la flor que durante la mañana y al amanecer la aurora fue gloria y ornato de la verde pradera. Convertidos sus ojos en dos fuentes de lágrimas que no podían agotarse, huía de ellos el benéfico sueño que calma las penas más acerbas: había desaparecido de su corazón la esperanza, verdadera vida del corazón humano: a aquel anciano desgraciado le era amargo el alimento, odiosa la luz, y su alma pedía solo abandonar el cuerpo para sumergirse en la eterna noche del imperio de Plutón. Procuraban en vano sus amigos consolarle: negábase su abatido corazón a la amistad cual el enfermo a los mejores alimentos, y a cuanto le decían para mitigar su dolor no daba otra respuesta que suspiros y gemidos. ¡Pisístrato, Pisístrato!, decía de tiempo en tiempo: ¡hijo mío Pisístrato, tú me llamas! Yo te sigo, tú me harás agradable la muerte. ¡Oh querido hijo mío!, no deseo otro bien que volverte a ver en las orillas de la Estigia. Trascurrían horas enteras sin pronunciar una sola palabra; pero gimiendo, levantando las manos al cielo y con los ojos anegados en llanto.

[Ilustración]

Entre tanto esperaban reunidos los príncipes a Telémaco, que se hallaba cerca del cadáver de Pisístrato, esparciendo sobre él flores a manos llenas, olorosos perfumes y amargas lágrimas. ¡Querido compañero!, decía: jamás olvidaré haberte visto en Pilos, seguido a Esparta y vuelto a encontrarte en las costas de la grande Hesperia: te soy deudor de mil y mil cuidados: te amaba, tú me amabas también. Conocí tu valor que hubiera sobrepujado al de muchos griegos célebres. Él te ha hecho perecer con gloria; mas ¡ah!, también ha privado al mundo de una virtud naciente que hubiera sido igual a la de tu padre. Sí, tu cordura y elocuencia hubieran sido en la edad madura semejantes a las de ese anciano a quien admira toda la Grecia. Adornábate ya aquella dulce persuasión a que nada resiste cuando habla, aquellas maneras francas para referir, aquella prudente moderación que aplaca como un encanto el enojo, aquella autoridad que proporcionan la prudencia y la fuerza de los buenos consejos. Cuando hablabas, prestaban todos el oído, te oían con prevención y deseaban hallar la razón en tu discurso, y tus palabras, sencillas y sin ostentación, penetraban en los corazones cual el rocío en la tierna yerba. ¡Ah!, ¿por qué perdemos para siempre tantos bienes que poseíamos hace pocas horas? Pisístrato, a quien abracé esta mañana, ya no existe; solo nos queda de él un triste recuerdo. Si al menos hubieras tú cerrado los párpados de Néstor antes que nosotros cerrásemos los tuyos, no vería lo que hoy ve, no sería el más desventurado de los padres.

Luego que dijo estas palabras hizo lavar la sangrienta herida que se veía en el costado de Pisístrato, y que extendiesen el cadáver sobre un lecho de púrpura, en el cual, inclinada la cabeza desfigurada con la palidez de la muerte, presentaba la imagen del tierno árbol que después de haber cubierto con su sombra la tierra, y dirigido hacia el cielo sus ramas floridas, se ve abatido por la cortante hacha del leñador, y no hallando apoyo en la tierra, madre fecunda que nutrió sus tallos, pierde el verdor, vacila, llega a caer, y vienen a arrastrarse entre el polvo, secas y marchitas, aquellas ramas que ocultaban el cielo, convirtiéndose en un tronco despojado de todos sus adornos. De esta manera Pisístrato, presa de la muerte, era conducido por los que debían colocarle en la hoguera fatal. Ya la llama se elevaba hacia el cielo, y le conducía pausadamente una tropa de pilios con los ojos bajos y bañados en lágrimas, llevando las armas en señal de duelo; puesto en la hoguera y consumido en breve el cadáver por el fuego, fueron colocadas sus cenizas en una urna de oro que confió Telémaco cual un tesoro inestimable a Calímaco, ayo de Pisístrato, diciéndole: Guardad esas cenizas, tristes pero preciosos restos del que tanto amabais: guardadlas para su padre; mas esperad a presentárselas cuando haya recobrado fuerzas bastantes para pedirlas, pues lo que aumenta el dolor en una ocasión lo templa en otra.

[Ilustración]

En seguida entró Telémaco en la asamblea de los reyes confederados, en la cual guardaron todos silencio luego que se presentó deseosos de escucharle. Se ruborizó y no pudieron hacerle hablar; porque los elogios que le daban y las aclamaciones públicas, sobre todo por lo que acababa de ejecutar, aumentaron su vergüenza y hubiera deseado poder ocultarse: esta fue la primera ocasión en que se le vio turbado e indeciso. Por último, pidió como una gracia que no le tributasen ningún elogio, diciendo: No porque yo no los aprecie, señaladamente cuando los dan tan buenos jueces, sino porque temo apreciarlos demasiado, y sé que corrompen al hombre llenándole de orgullo y haciéndole vano y presuntuoso. Es preciso merecer los elogios y huir de ellos, porque los exagerados son semejantes a los no merecidos. Los tiranos se hacen elogiar más que nadie por los aduladores, sin embargo de ser los mayores malvados. ¿Qué placer puede proporcionar el ser elogiado como ellos? Los elogios verdaderos serán aquellos que me deis cuando no esté presente, si tengo la fortuna de llegar a merecerlos. Si me creéis verdaderamente bueno, debéis creer también que deseo ser modesto y que temo la vanidad: omitidlos, pues, si me estimáis, y no me elogiéis por creerme deseoso de escucharlo.

Acabó de hablar Telémaco, y no dio respuesta alguna a los que continuaban ensalzándole, porque les impuso silencio el aire de indiferencia que manifestó. Comenzaron a temer se disgustase, y por lo mismo terminaron los elogios; pero acrecentose su admiración al saber su ternura hacia Pisístrato, y su esmero en tributarle los últimos deberes: todo el ejército admiró más estos rasgos de bondad que los prodigios de valor y prudencia de que acababan de ser testigos. Es prudente y valeroso, se decían unos a otros, favorecido de los dioses y el verdadero héroe de nuestro siglo: es sobrehumano: cuanto obra es maravilloso y nos llena de sorpresa. Humano, bondadoso, amigo fiel y tierno, compasivo, liberal, benéfico, consagrado todo a los que debe amar, forma las delicias de cuantos viven con él, y ha desaparecido de su carácter la altivez, indiferencia y arrogancia: así cautiva nuestros corazones y nos convence de sus virtudes, y he aquí la causa de que estemos todos dispuestos a sacrificar por él nuestras vidas.

No retardaron por más tiempo tratar de la necesidad de elegir rey de los daunios. Opinaron la mayor parte de los príncipes que concurrían al congreso debía dividirse entre ellos el país como conquistado, y ofrecieron a Telémaco la fértil comarca de Arpi, que produce dos veces al año los ricos dones de Ceres, los agradables presentes de Baco, y el fruto siempre verde de la oliva consagrado a Minerva. Este país, le decían, debe haceros olvidar la pobre isla de Ítaca, sus cabañas, las espantosas rocas de Duliquio y las escabrosas selvas de Zacinto. No penséis ya en Ulises, que habrá perecido sin duda en las aguas del promontorio Cafareo, víctima de la venganza de Nauplio y en desagravio de Neptuno, ni en Penélope, a quien poseen sus amantes desde vuestra partida, ni tampoco en vuestra patria, cuya tierra no es favorecida del cielo como la que os ofrecemos.

Escuchaba tranquilo Telémaco estos razonamientos; pero no son más sordas las rocas de la Tracia y de la Tesalia, ni más insensibles a las quejas del desesperado amante, que lo eran sus oídos a tales ofertas. Ni me mueven, dijo, las riquezas ni las delicias: ¿de qué sirve poseer gran porción de terrenos y mandar considerable número de hombres? De mayor embarazo y menos libertad. Demasiadas desgracias acompañan la vida del hombre más sabio y moderado para añadirle todavía el trabajo de gobernar a otros hombres indóciles, inquietos, injustos, engañosos e ingratos. Cuando se aspira a ser señor de los hombres por amor propio, sin atender a otra cosa que a la autoridad, placeres y gloria, se llega a ser impío, tirano, azote de la especie humana. Por el contrario, si se les quiere gobernar para su bien, siguiendo las verdaderas reglas, se llega a ser tutor más que dueño, y entonces cuesta infinito trabajo, pero es preciso no abrigar el deseo de extender los límites de la autoridad; porque el pastor que no se come el rebaño, que le defiende del carnívoro lobo con peligro de su vida, que vela noche y día para conducirle al saludable pasto, no aspira a aumentar el número de las reses ni a arrebatar las de su vecino, pues en tal caso aumentaría también su trabajo y su cuidado. Aunque nunca goberné, las leyes, y los hombres sabios que las dictaron, me han hecho conocer cuán penoso es regir los imperios y las ciudades. Me contento, pues, con la pobre isla de Ítaca, por más que sea pequeña y pobre: harta gloria me cabrá si llego a reinar en ella con justicia, valor y piedad, aunque recelo que siempre será demasiado pronto para llegar a ocupar el trono.

¡Plegue a los dioses burle mi caro padre el furor de las olas, y reine hasta la más extremada senectud para que su ejemplo me enseñe a vencer las pasiones y moderar las de todo un pueblo!

¡Príncipes aquí reunidos!, escuchad lo que a mi entender conviene a vuestros intereses. Si dais a los daunios un rey justo, los regirá con justicia y les enseñará a conocer la utilidad de conservar la buena fe, y de no usurpar nunca las tierras de sus vecinos, ventajas que no han podido disfrutar bajo el cetro del impío Adrasto; y mientras sean regidos por él nada tendréis que temer, porque os serán deudores de un buen monarca, y de la paz y prosperidad en que vivan, y lejos de atacaros os bendecirán sin cesar, por cuyo medio el rey y su pueblo vendrán a ser obra de vuestras manos. Si por el contrario, aspiráis a adjudicaros el país, ved aquí las desgracias que os presagio. Desesperado, este mismo pueblo volverá a comenzar la guerra, peleará con justicia por su independencia, y en su favor estarán los dioses, enemigos de la tiranía; y si estos le protegen, llegaréis a ser confundidos tarde o temprano, disipándose cual el humo vuestra prosperidad, faltará a vuestros caudillos el consejo y la prudencia, huirá el valor de vuestras banderas, y la abundancia de vuestras campiñas. Podréis lisonjearos, seréis temerarios en vuestras empresas, impondréis silencio a los hombres honrados que quieran decir la verdad. Sin embargo, caeréis repentinamente, y dirán de vosotros: ¿Son acaso estos aquellos pueblos florecientes que debían dictar leyes al universo?, y en el día huyen delante de sus enemigos, hechos ludibrio de todas las naciones que los desprecian hoy: he aquí la obra de los dioses, he aquí el castigo merecido de las naciones soberbias e inhumanas. Considerad además que si tratáis de repartiros el país conquistado, todos se unirán contra vosotros, y llegará a hacerse odiosa la liga formada en defensa de la independencia común de la Hesperia contra el usurpador Adrasto, y de este modo os acusarán con razón de aspirar a la tiranía universal.

Pero supongo alcancéis la victoria contra los daunios y contra todas las demás naciones: la misma victoria os destruirá: he aquí la razón. Esta empresa introducirá la discordia entre vosotros; porque como no está apoyada en la justicia, careceréis de regla para establecer límites a las pretensiones de cada uno: cada cual deseará que la conquista sea proporcionada a su poder; y ninguno tendrá autoridad bastante para hacer la distribución pacíficamente, y este será el origen de una guerra que no verán terminada vuestros nietos. ¿No vale más ser justos y moderados que seguir los consejos de la ambición arrostrando tantos peligros y a través de tantas desgracias inevitables? La paz, los placeres inocentes y agradables que la acompañan, la venturosa abundancia, la amistad de las naciones vecinas, la gloria inseparable de la justicia, la autoridad que se adquiere haciéndose árbitro de los pueblos extranjeros por medio de la buena fe, ¿no son bienes más apetecibles que la vanidad insensata de una conquista injusta? ¡Reyes, veis que os hablo por vuestro interés, escuchad pues al que os ama bastante para contradeciros y desagradaros haciéndoos conocer la verdad!

Mientras hablaba Telémaco de esta suerte, cual si fuera un ser más que humano, y admiraban suspensos los reyes la sabiduría de sus consejos, hirió sus oídos un confuso rumor que difundiéndose por todo el campo llegó a penetrar hasta el sitio en donde se hallaban reunidos. Acaba de arribar, decían, a estas costas un extranjero acompañado de varios hombres armados: este desconocido es de alta estatura, y todo parece en él heroico: se advierte ha padecido largo tiempo, y que el valor le ha hecho superior a sus padecimientos. Al principio han querido rechazarle como enemigo los naturales del país que defienden la costa recelando viniese a invadirlo; pero después de desnudar la espada con intrepidez, ha manifestado sabría defenderse si le hostilizaban, aunque solo pedía la paz y reclamaba la hospitalidad. Al momento ha presentado una rama de olivo en señal de paz; le han escuchado, ha exigido le condujesen a la presencia de los que gobiernan en esta costa de Hesperia, y le traen aquí para que hable con los reyes que se hallan reunidos.

Apenas fueron informados de esta novedad, se presentó a ellos un incógnito que les llenó de sorpresa, y hubieran podido creer fácilmente ser el dios Marte cuando reúne sus sanguinarias tropas en las montañas de Tracia.

[Ilustración]

¡Oh vosotros, comenzó a decir, pastores de vuestros pueblos, reunidos aquí sin duda, ora para defender la patria contra sus enemigos, ora para hacer observar las leyes más justas: escuchad a un hombre a quien persigue la fortuna! ¡No permitan los dioses padezcáis nunca los infortunios que me agobian! Soy Diomedes, rey de Etolia, que hirió a Venus en el sitio de Troya. La venganza de esta deidad me persigue por todas partes, y Neptuno, que nada puede rehusar a la celestial hija de los mares, me ha entregado al furor de los vientos y de las olas, que repetidas veces han hecho zozobrar los bajeles en que navegaba. Venus inexorable me ha privado de la esperanza de regresar a mi reino, de abrazar a mi familia, y de ver aquella hermosa luz del país do comencé a existir. No, jamás verán mis ojos lo que me era más caro sobre la tierra. Después de tantos naufragios, vengo a buscar en estas costas desconocidas un albergue seguro para vivir con algún descanso. Si teméis a los dioses, y sobre todo a Júpiter protector de los extranjeros, si sois compasivos, no me neguéis en estos dilatados países una corta porción de tierra inculta, algún desierto, arenal o roca escarpada para fundar con mis compañeros una ciudad que a lo menos sea imagen de la perdida patria. Solo pedimos un pequeño espacio que sea inútil para vosotros: viviremos en paz y estrecha alianza: vuestros enemigos lo serán nuestros, tomaremos parte en vuestros intereses sin exigir otra cosa que la libertad de vivir según nuestras leyes.

En tanto que Diomedes hablaba de esta suerte, mirábale Telémaco dejándose ver en su rostro las diferentes pasiones que le agitaban, y cuando aquel comenzó a referir sus largos infortunios se prometió fuese Ulises; mas luego que declaró su nombre se alteraron sus facciones, cual se marchita la flor al recibir el soplo del helado aquilón. Las palabras de Diomedes, quejándose del prolongado enojo de una divinidad, conmovieron su corazón recordándole iguales desgracias padecidas por él y por su padre: bañaron sus mejillas lágrimas de dolor y de gozo, y se arrojó a los brazos de Diomedes.

Soy, le repuso, el hijo de Ulises a quien habéis conocido, y que no os fue inútil cuando tomasteis los famosos caballos de Reso. Los dioses le han tratado sin compasión como a vos. Si los oráculos del Érebo no son falaces, vive todavía; mas ¡ay, no vive para mí! Abandoné a Ítaca para correr en busca suya, y ni he podido hallarle ni regresar a Ítaca: juzgad, pues, por mis desgracias la compasión que excitarán en mi corazón las vuestras. Esta es la única ventaja que proporciona el ser desgraciado: saber compadecer las desgracias de otro. Aunque extranjero en este país, puedo, ¡oh gran Diomedes! (porque, sin embargo de las miserias que agobiaron a mi patria durante mi infancia, no ha sido tan descuidada mi educación que ignore cuánta sea vuestra gloria en las lides), puedo, digo, ¡oh el más invencible de los griegos después de Aquiles!, ofreceros algún socorro. Los monarcas que veis, son humanos y saben que no hay virtud, verdadero valor ni gloria duradera sin humanidad. El infortunio añade nuevo lustre a la gloria de los hombres grandes: les falta alguna cosa cuando nunca fueron desgraciados; pues carece su vida de ejemplos de firmeza y sufrimiento, porque la virtud perseguida conmueve todos los corazones que aún respetan el nombre de ella. Dejadnos el cuidado de procuraros consuelo: toda vez que los dioses os conducen entre nosotros, es un presente que nos ofrecen, y debemos creernos dichosos al poder dulcificar vuestras penas.

Mirábale Diomedes atentamente lleno de admiración, y sentíase conmovido al escucharle: abrazáronse ambos como si largo tiempo les hubiese unido estrecha amistad. ¡Hijo digno del sabio Ulises!, exclamó Diomedes, reconozco en vuestras facciones las suyas, la elegancia en las palabras, la elocuencia, la generosidad de sus sentimientos y la sabiduría de su recto juicio.

[Ilustración]

Al mismo tiempo abrazaba Filoctetes al célebre hijo de Tideo, y referíanse ambos sus tristes aventuras. Sin duda, dijo Filoctetes, os complacerá ver al sabio Néstor: acaba de perder a Pisístrato, el último de sus hijos, y solo le resta en la carrera de la vida un camino de lágrimas que le conduce al sepulcro. Venid a consolarle; porque un amigo desventurado es más a propósito que otro alguno para aliviar su dolor. Al momento pasaron a la tienda de Néstor, que pudo apenas conocer a Diomedes: tan abatido se hallaba su espíritu. Lloró con él al principio, y su entrevista aumentó el pesar del anciano; mas poco a poco fue templando su corazón la presencia de aquel amigo, y llegó a conocer que la satisfacción de referirle sus padecimientos y escuchar los de Diomedes daba alivio al mal que le aquejaba.

Reunidos entre tanto los reyes con Telémaco, se ocupaban de lo que debían ejecutar. Aconsejábales este adjudicasen a Diomedes la tierra de Arpi, y eligiesen a Polidamante rey de los daunios por ser de su nación. Era este un famoso capitán a quien nunca había querido emplear Adrasto por envidia, temiendo le atribuyesen los éxitos cuya gloria apetecía para sí solo, y que más de una vez le advirtiera en secreto exponía demasiado su vida por la salud del estado en aquella guerra contra tantas naciones, intentando atraerle a que observase con sus vecinos una conducta más recta y moderada. Mas por desgracia los hombres que aborrecen la virtud aborrecen también a los que se atreven a decirla, sin que les mueva su sinceridad, celo y desinterés. Endurecía el corazón de Adrasto una prosperidad falaz contra los consejos más saludables, y desoyéndolos triunfaba cada día de sus enemigos; porque el orgullo, la mala fe y la violencia le proporcionaban siempre la victoria, y porque nunca llegaban las desgracias que hacía tanto tiempo le anunciara Polidamante. Por lo mismo burlábase de la prudencia tímida que preveía siempre inconvenientes, y le era insoportable Polidamante: le alejó de los empleos, y le dejó padecer solitario en la pobreza.

Esta desgracia agobió a Polidamante al principio; mas le proporcionó aquello de que carecía, convenciéndole de la vanidad de las grandes fortunas: llegó a ser sabio, y se regocijó de su desgracia: aprendió a callar, a vivir con poco, a cultivar las virtudes privadas, más apreciables aún que las ostensibles; y por último, a no depender de los hombres. Moraba al pie del monte Gargano en un desierto, sirviéndole de techo la bóveda imperfecta de una roca: apagaba su sed un cristalino arroyo que se precipitaba de la montaña: dábanle frutas algunos árboles: tenía dos esclavos que cultivaban una escasa porción de tierra, y trabajaba con ellos: recompensaba la tierra con usura su trabajo, y nada le faltaba. No solamente no carecía de frutas y legumbres en abundancia, sino de toda especie de flores, y allí deploraba las desgracias de los pueblos que arrastra a la ruina la insensata ambición de un monarca; y esperaba que los dioses, justos aunque pacientes, derrocasen el poder de Adrasto. Cuanto más aumentaba su prosperidad tanto más próxima e irremediable le parecía su caída, porque la imprudencia, feliz en sus errores, y el poder llevado al último grado de absoluta autoridad, son precursores de la destrucción de los reyes y de los imperios; y cuando supo la derrota y muerte de Adrasto no se manifestó gozoso ni de haberla previsto, ni de encontrarse libre de aquel tirano: únicamente se lamentó temiendo cayesen los daunios en la servidumbre.

Este fue el hombre a quien propuso Telémaco para elevarle al trono. Hacía ya tiempo que conocía su valor y sus virtudes; porque siguiendo los consejos de Méntor no cesaba de informarse de las cualidades buenas o malas de todas las personas que ocupaban algún empleo considerable, no solo en las naciones confederadas que concurrían a aquella guerra, sino en las enemigas. Su principal cuidado era averiguar qué hombres poseían algún talento o virtud particular en dondequiera que estuviesen.

Manifestaron alguna repugnancia al principio los reyes confederados acerca de colocar en el trono a Polidamante, diciendo: Hemos experimentado cuán temible sea un rey que apetece la guerra y la sabe hacer. Polidamante es gran capitán, y puede acarrearnos muchos peligros. Cierto es, respondió Telémaco, que Polidamante conoce el arte de la guerra, pero desea la paz, y he aquí las dos circunstancias que podéis desear; porque persuadido de las desgracias, riesgos y dificultades de aquella, es más capaz de evitarla que el que ninguna experiencia tiene de ellos. Habituado a gozar las delicias de una vida tranquila, ha condenado las empresas de Adrasto y previsto sus funestas consecuencias. Más temible os debe ser un príncipe débil, ignorante y falto de experiencia, que el que conocerá y decidirá por sí todas las cosas. El primero lo verá todo por los ojos de un favorito apasionado, o de un ministro lisonjero, inquieto o ambicioso, y este príncipe ciego se empeñará en la guerra sin querer hacerla. Jamás podréis vivir seguros de él, porque no podrá estarlo de sí mismo: faltará a su palabra, y en breve os reducirá a la extremidad sensible que haga indispensable, bien que le destruyáis, bien que él os destruya. ¿Y no es más útil y seguro, y al mismo tiempo más justo y más noble, corresponder fielmente a la confianza de los daunios dándoles un rey que sea digno de regirles?

Logró persuadir a cuantos le escuchaban. Lo propusieron a los daunios, que esperaban llenos de impaciencia, y al oír el nombre de Polidamante dijeron: Ahora nos convencemos de que los reyes confederados obran de buena fe, y quieren establecer una paz perpetua, pues nos dan rey tan virtuoso y capaz de gobernarnos. Si nos hubieran propuesto un hombre afeminado, cobarde e inexperto, habríamos creído que procuraban abatirnos y corromper la forma de nuestro gobierno, y esta conducta artificiosa hubiese producido un secreto resentimiento en nuestros corazones; mas la elección de Polidamante nos hace conocer el candor con que proceden. Sin duda nada se prometen de nosotros que no sea justo y noble, pues nos conceden un rey incapaz de obrar contra la libertad y gloria de nuestra nación. Por lo mismo, protestamos a la faz de los justos dioses que antes retrocederán las aguas de los ríos hacia sus fuentes que dejemos de amar a tan benéficos monarcas. ¡Ojalá que nuestros últimos nietos no olviden jamás el beneficio que hoy nos hacen, y que se renueve de generación en generación la paz del siglo de oro en toda la extensión de las costas de Hesperia!

En seguida propuso Telémaco concediesen a Diomedes la comarca de Arpi para establecer en ella una colonia, diciendo: Este nuevo pueblo os será deudor de su establecimiento en un país que no ocupáis. Acordaos de que todos los hombres deben amarse mutuamente, de que la tierra es demasiado dilatada, de que es preciso tener vecinos, y que son preferibles aquellos que están obligados desde su fundación. Muévaos la desgracia de un rey que no puede regresar a su país. Unidos Polidamante y Diomedes por los vínculos de la virtud y de la justicia, que son los únicos duraderos, viviréis en paz y os haréis temibles a todos los pueblos vecinos que aspiren a engrandecerse. ¡Daunios!, ya veis que os hemos dado un rey capaz de hacer llegue vuestra gloria hasta el cielo: dad vosotros también, pues os lo pedimos, la tierra que os es inútil a un monarca acreedor a toda clase de auxilios.

[Ilustración]

Respondieron los daunios que nada podían negar a Telémaco, pues a él debían un rey como Polidamante, e inmediatamente partieron a buscarle al desierto para colocarle en el trono; pero antes de partir adjudicaron a Diomedes las feraces campiñas de Arpi para que estableciese un nuevo reino. Esto llenó de complacencia a los confederados, porque la nueva colonia griega podría auxiliarlos poderosamente, si alguna vez intentaban los daunios renovar la usurpación de que había dado Adrasto el mal ejemplo.

Ya no pensaron los reyes más que en separarse. Partió Telémaco con su tropa derramando lágrimas, después de haber abrazado afectuosamente al valeroso Diomedes, al sabio e inconsolable Néstor, y al célebre Filoctetes, digno heredero de las flechas de Hércules.

[Ilustración]