LIBRO XIII.
Ya la fama del gobierno suave y moderado de Idomeneo atraía pobladores de todas partes, los cuales venían a buscar su dicha bajo tan apacible dominación: ya los campos cubiertos por largo tiempo de abrojos y espinas, prometían cosechas abundantes y frutos desconocidos hasta entonces. Abría la tierra sus entrañas a la tajante reja preparándose a recompensar las fatigas del labrador, en cuyo corazón renacía la esperanza: veíanse en los valles y colinas rebaños de ovejas que retozaban sobre la yerba, y grandes piaras de toros y de vacas, cuyos bramidos se repetían en los ecos de las elevadas montañas: unos y otros prestaban abono a los terrenos, y esas piaras eran debidas a Méntor, que halló medios para traerlas aconsejando a Idomeneo hiciese intercambios con los peucetas, pueblos inmediatos, trocando lo superfluo que no quería permitir en Salento por los ganados de que carecían los salentinos.
La ciudad y poblaciones de su contorno abundaban de gallardos jóvenes que, sumidos por largo tiempo en la miseria, no osaran contraer matrimonio para no aumentar sus desgracias; pero cuando advirtieron los sentimientos de humanidad que animaban a Idomeneo, y que deseaba obrar cual un padre, perdieron el temor al hambre y a las demás plagas con que el cielo aflige a la tierra, y solo se escuchaban gritos de júbilo y cánticos de los pastores y labradores que celebraban sus himeneos: pudiendo creerse haber aparecido entre ellos el dios Pan con una tropa de sátiros y de faunos mezclados entre las ninfas, bailando a la sombra de los bosques al son de sus instrumentos. Todo se hallaba tranquilo y risueño; mas era el gozo moderado, y los placeres, aunque más vivos y puros, solo servían al reposo de las faenas.
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Admirados los ancianos al ver lo que no se atrevían a esperar al cabo de su edad avanzada, lloraban de gozo y de ternura; y alzando las trémulas manos al cielo exclamaban: Bendecid, oh gran Júpiter, a este rey tan semejante a vos, don el mayor que nos habéis dispensado. Ha nacido para bien de los hombres: retribuidle todos los beneficios que recibimos de él. Nuestros últimos nietos, procedentes de los matrimonios que protege, le serán deudores de todo, hasta de la vida; y de este modo será verdaderamente padre de todos sus vasallos. Los jóvenes de ambos sexos que se desposaban daban señales de júbilo entonando cánticos en loor del que causaba su contento. El nombre de Idomeneo ocupaba continuamente el labio y el corazón: creíanse dichosos al verle, temían perderle, y su pérdida hubiera sumido en el desconsuelo a todas las familias.
Entonces confesó Idomeneo no haber experimentado jamás placer que igualase al de ser amado y hacer felices a tantos. Nunca lo hubiera creído, decía: parecíame que toda la grandeza de los príncipes consistía únicamente en ser temidos, que el resto de los hombres existía para ellos, y todo lo que había oído decir de los reyes amados de sus pueblos, cuyas delicias formaban, lo consideraba como una fábula: mas ahora conozco la verdad. Pero debo contaros de qué manera habían emponzoñado mi corazón desde la infancia acerca de la autoridad de los reyes, que es el origen de todas las desgracias de mi vida. Entonces empezó Idomeneo la siguiente narración.
El primer objeto de mi cariño fue Protesilao, que con corta diferencia era de más edad que yo, porque su carácter vivo y osado convenía con el mío. Tomaba parte en mis placeres, lisonjeaba mis pasiones, y logró hacer sospechoso a mis ojos a otro joven llamado Filocles, a quien yo también amaba. Temía este a los dioses, era moderado, mas de un alma grande, haciendo consistir su grandeza no en elevarse, sino en vencerse y en no ejecutar acción alguna indecorosa: hablábame con libertad de mis defectos, y cuando no se atrevía a hacerlo me daban a entender lo que deseaba reprenderme su silencio y la tristeza que advertía en su semblante.
Esta sinceridad me agradaba al principio, y le aseguraba yo muchas veces que le escucharía toda mi vida lleno de confianza, como preservativo contra la lisonja. Decíame él cuanto debía yo hacer para seguir las huellas de mi abuelo Minos en beneficio de mi reino; y aunque su sabiduría no era tan profunda como la vuestra, ¡oh Méntor!, poseía sin embargo máximas buenas que reconozco ahora. Los artificios de Protesilao, a quien excitaban la ambición y la envidia, fueron disgustándome poco a poco de Filocles; y como este no era solícito, dejaba prevaleciese aquel, contentándose con decirme siempre la verdad cuando quería yo escucharle: procuraba mi bien, no su fortuna.
Insensiblemente llegó Protesilao a persuadirme ser Filocles un espíritu melancólico y soberbio que censuraba todas mis acciones, que nada me pedía por el orgullo de no deberme cosa alguna, y que aspiraba a la reputación de hombre superior a los honores: añadiendo que del mismo modo que me hablaba de mis propios defectos, lo hacía a los demás con igual libertad; que daba a entender bastantemente que no me estimaba, y que abatiendo de este modo mi reputación pretendía abrirse el camino para el trono por el brillo de una virtud austera.
No pude persuadirme al principio quisiese destronarme Filocles; porque la verdadera virtud encierra cierto candor e ingenuidad que no es posible desfigurar, y que no puede desconocerse siempre que se esté atento. Pero comenzaba a disgustarme la firmeza de Filocles contra mis debilidades; al paso que la complacencia de Protesilao y su inagotable mañosidad para provocar nuevos placeres me presentaba aun más intolerable la austeridad de aquel.
No pudiendo Protesilao sufrir que yo no diese crédito a lo que me decía contra su rival, tomó el partido de no hablarme y persuadirme de algún otro modo más convincente que las palabras. He aquí de que modo acabó de engañarme. Me aconsejó diese a Filocles el mando de los bajeles que debían ir a pelear con los de Carpatia; y para resolverme a ello me dijo: Bien sabéis que no puedo ser sospechoso en mis alabanzas hacia él: confieso tiene valor y genio para la guerra; os servirá en ella mejor que nadie, y prefiero el interés de vuestro servicio a mis resentimientos personales.
Quedé encantado al hallar tanta rectitud y equidad en el corazón de Protesilao, a quien había yo confiado la administración de los negocios más delicados; y le abracé arrebatado de gozo considerándome muy dichoso en haber depositado toda mi confianza en un hombre que me parecía superior a las pasiones. Pero ¡ah, cuán dignos de compasión son los monarcas! Conocíame él mejor que yo mismo, y sabía ser estos por lo común inaplicados y desconfiados: desconfiados, por la continua experiencia que tienen de los hombres corrompidos que les rodean: inaplicados, porque les arrastran los placeres y están acostumbrados a ver a otros ocupados en pensar por ellos, sin que tomen el cuidado de hacerlo por sí mismos. Conoció, pues, que no le sería difícil inspirarme envidia y desconfianza de un hombre que no dejaría de ejecutar grandes hechos, dándole sobre todo la ausencia mayor facilidad para tenderle lazos.
Previó Filocles al partir lo que podía suceder. Acordaos, me dijo, de que ya no podré defenderme; de que solo escucharéis a mi enemigo, y de que mientras voy a serviros con peligro de mi propia vida, me arriesgo a no hallar otra recompensa que vuestra indignación. Os engañáis, le respondí: no habla de vos Protesilao como vos lo hacéis de él: os elogia y estima creyéndoos digno de los cargos más importantes; y si comenzase a hablarme contra vos, perdería mi confianza. Nada temáis; y ocupaos solo de servirme bien. Partió en efecto, quedando yo en una situación particular.
Debo confesarlo, Méntor: veía yo claramente cuán necesario me era tener muchas personas con quienes consultar, y que nada era más perjudicial a mi reputación y al éxito de mis empresas que hacerlo con una sola. Tenía yo experiencia de que los prudentes consejos de Filocles me habían libertado de muchos errores peligrosos en que me hiciera caer el orgullo de Protesilao, y reconocía haber en aquel un fondo de probidad y de máximas dictadas por la equidad que eran desconocidas a este; pero había dejado tomar a Protesilao un tono decisivo a que apenas podía resistir. Fatigábame el estar siempre entre aquellos dos hombres, que nunca se hallaban de acuerdo, y preferí por debilidad arriesgar alguna cosa en perjuicio de los negocios públicos para respirar libremente. No hubiera yo osado confiar ni aun de mí mismo la razón vergonzosa de este partido; pero aunque no me atrevía a descubrirla, sin embargo no dejaba de obrar secretamente en mi corazón, y fue la causa verdadera de lo que hacía.
Sorprendió Filocles al enemigo, consiguió una completa victoria, y se apresuró a volver para evitar los malos oficios que debía temer; pero Protesilao, que aun no había tenido tiempo suficiente para engañarme, le escribió que yo deseaba hiciese un desembarco en la isla de Carpatia para coger el fruto de aquella victoria. En efecto, me había persuadido que podría conquistarla con facilidad; pero obró de tal manera que faltaron a Filocles muchas cosas necesarias para la empresa, y le sujetó a ciertas órdenes precisas que debían producir varios contratiempos en su ejecución.
Entre tanto valiose Protesilao de un criado muy corrompido, a quien yo tenía cerca de mi persona, y que observaba hasta lo que era de menos importancia para referírselo, a pesar de que parecía que apenas se trataban, y de no estar nunca de acuerdo en cosa alguna.
Llamábase Timócrates, y vino cierto día a decirme con gran secreto haber descubierto un asunto de la mayor importancia. Filocles, me dijo, intenta aprovecharse de vuestra armada para hacerse rey de la isla de Carpatia. Los jefes de las tropas son adictos a él, y ha ganado a los soldados por su liberalidad, y más aún por la perniciosa licencia en que les deja vivir. Le ha envanecido la victoria; he aquí la carta que ha escrito a uno de sus amigos acerca del proyecto de hacerse rey: con esta prueba tan evidente no cabe ya dudar.
Leí la carta, que me pareció de puño de Filocles: habían imitado perfectamente su letra entre Protesilao y Timócrates. Su lectura me llenó de sorpresa: la leí varias veces, y no podía persuadirme fuese de Filocles, recordando en medio de mi agitación los rasgos notables de su desinterés y buena fe. Sin embargo, ¿qué podía yo hacer? ¿Cómo resistir a una carta en que me parecía reconocer seguramente la letra de Filocles?
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Cuando vio Timócrates que no podía yo resistir a su artificio, aspiró a más. ¿Me atreveré, añadió vacilando, a haceros notar una palabra que se halla escrita en esta carta? Dice Filocles a su amigo que puede hablar con toda confianza a Protesilao sobre cierta cosa que expresa por una cifra: seguramente habrá entrado este en los proyectos de Filocles, conviniéndose en perjuicio vuestro. Ya sabéis que Protesilao os estrechó a que enviaseis a Filocles contra los carpatianos, y después ha dejado de hablaros de él como antes lo hacía: por el contrario, le elogia y disculpa, y se miran de algún tiempo a esta parte con bastante benevolencia. Sin duda habrán ambos tomado medidas para partirse la conquista de Carpatia. Considerad también que él quiso se hiciese esta empresa contra toda regla, y que ha expuesto a perecer toda vuestra armada para satisfacer su ambición. ¿Creéis que Protesilao quisiera servir de este modo a Filocles si estuviesen aún desavenidos? No, no; no es posible dudar que los dos se han reunido para elevarse a la vez a una grande autoridad, y acaso para derrocar el trono que ocupáis. Al hablaros de este modo, sé que me expongo a su resentimiento, si contra mis consejos sinceros dejáis por más tiempo en sus manos el poder; mas ¡qué importa con tal que os diga la verdad!
Hicieron grande impresión en mí estas últimas palabras de Timócrates: ya no dudé de la traición de Filocles, y desconfié de Protesilao como amigo suyo. Entre tanto no cesaba Timócrates de decirme: Si aguardáis a que Filocles haya conquistado la isla de Carpatia, ya no será tiempo de desbaratar sus planes: no perdáis tiempo en aseguraros de él mientras podéis hacerlo. Causábame horror la disimulación de los hombres, y no sabía ya de quién fiarme; porque después de haber descubierto la traición de Filocles, no encontraba ninguno sobre la tierra cuya virtud me inspirase confianza. Estaba yo resuelto a sacrificar sin dilación a este pérfido; mas temía a Protesilao, y no sabía qué hacer con respecto a él: temía hallarle culpable, y no menos fiarme de él.
Por último, en medio de mi agitación no pude menos de decirle que Filocles había excitado sospechas en mi corazón. Aparentó sorprenderse, y me recordó su moderación y la rectitud de su conducta; ponderó sus servicios; y en una palabra, hizo cuanto era necesario para persuadirme de su buena correspondencia con él. Por otra parte no perdía ocasión Timócrates para llamar mi atención acerca de la inteligencia de ambos, y para obligarme a perder a Filocles mientras que aún era tiempo de asegurarme de él. Ved, caro Méntor, cuán desgraciados son los reyes, y el peligro que corren de ser juguete de los demás hombres, hasta en los momentos mismos en que parece tiemblan humillados a sus plantas.
Creí yo dar un golpe de profunda política y desconcertar los planes de Protesilao enviando a Timócrates secretamente a la armada para que diese muerte a Filocles. Llevó Protesilao su disimulo hasta un extremo tal, que me engañó tanto más cuanto aparentó con naturalidad dejarse engañar. Partió, pues, Timócrates, y halló a Filocles bastante embarazado en el desembarco, pues carecía de todo; porque ignorando Protesilao si la supuesta carta bastaría para que pereciese su enemigo, quiso tener preparado al mismo tiempo otro recurso en el mal éxito de una empresa de que me había hecho concebir tantas esperanzas, y que por esta razón no dejaría de irritarme contra Filocles. El valor de este, su genio y el amor de las tropas sostenían aquella guerra difícil; y a pesar de que todos conocían que era temerario el desembarco, y debía ser funesto a los cretenses, esforzábanse a realizarle como si estuviese unido el éxito de él a su felicidad y a su vida, contentos en arriesgarla bajo las órdenes de un caudillo tan prudente como solícito de hacerse amar.
Debía temerlo todo Timócrates al dar muerte a aquel capitán en medio de un ejército que le amaba con entusiasmo; mas la ambición extremada ciega al hombre, y ninguna dificultad hallaba tratándose de dar gusto a Protesilao, con quien se prometía gobernar absolutamente después de la muerte de Filocles. No podía tolerar Protesilao existiese un hombre de bien, cuya sola vista le reprendía secretamente sus delitos, y que abriéndome los ojos podía llegar a destruir sus proyectos.
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Asegurose Timócrates de dos capitanes que estaban siempre al lado de Filocles, ofreciéndoles en mi nombre grandes recompensas, y en seguida le manifestó haber ido para decirle de mi parte cosas reservadas que no podía confiar sino en presencia de aquellos capitanes. Filocles se encerró con ellos y con Timócrates; y entonces este dio una puñalada a Filocles: resbaló el acero y no penetró. Sin alterarse, Filocles le arrebató el puñal, y con él se defendió de los tres: dio voces, acudieron, franquearon la puerta, y le sacaron de manos de los tres que llenos de turbación le habían atacado débilmente. Fueron aprisionados, y los hubieran despedazado según la indignación de todo el ejército, a no contener Filocles a la multitud. Habló a solas con Timócrates, y le preguntó con afabilidad las causas de haberse resuelto a ejecutar tan detestable hecho; y temiendo este le diesen la muerte, se apresuró a mostrar la orden que yo le diera por escrito para que le matase; y como el traidor es siempre cobarde, creyó salvar su vida descubriéndole la traición de Protesilao.
Horrorizado Filocles al ver tanta malicia entre los hombres, tomó un partido prudente. Declaró a todo el ejército que se hallaba Timócrates inocente, le puso en salvo enviándole a Creta, y entregó el mando de la armada a Polimenes, a quien nombraba yo para el mando, en la orden escrita de mi puño, cuando hubiesen dado muerte a Filocles, y por último exhortó a las tropas a que cumpliesen con el deber de fidelidad que me debían; y durante la noche se embarcó en un pequeño barco que le condujo a la isla de Samos, en donde vive tranquilamente pobre y solitario, ocupado en hacer estatuas para proporcionarse el sustento, sin querer oír hablar de los hombres engañosos e injustos, y sobre todo de los reyes, a quienes considera más ciegos e infelices que el común de los hombres.
Y bien, interrumpió Méntor: ¿tardasteis mucho en averiguar la verdad? No, respondió Idomeneo: poco a poco llegué a conocer los artificios de Protesilao y Timócrates: desaviniéronse ambos, porque los malvados no pueden estar unidos mucho tiempo; y su discordia acabó por ponerme de manifiesto el abismo en que me habían precipitado. ¿Y no tomasteis el partido, replicó Méntor, de deshaceros del uno y del otro? ¡Ah!, contestó Idomeneo: ¿ignoráis acaso, querido Méntor, la flaqueza y embarazo en que se hallan los príncipes? Una vez entregados a hombres osados y corrompidos, que poseen el arte de hacerse necesarios, ya no pueden prometerse libertad. Aquellos a quienes más desprecian, son los que mejor tratan y a quienes colman de beneficios: causábame horror Protesilao, mas depositaba en sus manos toda mi autoridad. ¡Extraña quimera! Complacíame en conocerle; pero faltábame energía para recobrar el poder que le había confiado. Además, le hallaba complaciente, industrioso para lisonjear mis pasiones y solícito por mis intereses, y finalmente tenía una razón para excusar mi propia debilidad, pues desconocía la verdadera virtud; y por no haber elegido personas de probidad que dirigiesen mis negocios, creía no haberlos sobre la tierra y que la probidad era un fantasma. ¿Qué importa, decía yo, dar un gran golpe para salir de las manos de un hombre corrompido para caer en las de otro como él, que no será más desinteresado ni sincero?
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Entre tanto regresó la armada conducida por Polimenes: ya no me ocupé de la conquista de la isla de Carpatia; y Protesilao no pudo disimular tanto que yo no conociese cuánto le afligía se hallase Filocles en seguridad en la isla de Samos.
Volvió a interrumpir Méntor a Idomeneo para preguntarle si después de tan infame traición había continuado dispensando a Protesilao su confianza.
Era yo, contestó Idomeneo, demasiado enemigo de los negocios, y en extremo descuidado para sacarlos de sus manos: hubiera sido necesario alterar el orden que había yo establecido para mi comodidad, e instruir en ellos a otro; y jamás tuve resolución para emprenderlo. Prefería cerrar los ojos para no ver los artificios de Protesilao, y solo hallaba consuelo dando a entender a ciertas personas de mi confianza que no desconocía su mala fe; pues por este medio imaginaba ser engañado a medias, porque sabía que me engañaban. Al mismo tiempo hacía entender a Protesilao de cuando en cuando la impaciencia con que soportaba su yugo, y complacíame en contradecirle muchas veces, en vituperar públicamente cosas que él había hecho, y en decidir contra su parecer. Mas como él conocía mi orgullo y mi pereza, no le causaba embarazo mi pesadumbre, y volvía obstinadamente a la carga, valiéndose ora de medios urgentes, ora de la superchería y de la insinuación; y sobre todo cuando advertía estar yo ofendido, redoblaba su solicitud para proporcionarme nuevas diversiones capaces de ablandarme, o bien para empeñarme en algún negocio que diese ocasión a que él se hiciera necesario, y hacer valer el celo que le animaba por mi reputación.
Aunque me hallaba prevenido contra él, arrastrábame siempre este modo de lisonjear mis pasiones. Conocía mis secretos y me aliviaba en los cuidados: hacía respetar a todos mi autoridad; y por último, no pude resolverme a perderle. Pero conservándole en el lugar que ocupaba, impedí a todos los hombres de bien me hiciesen conocer mis verdaderos intereses; y desde entonces ya no oí en mis consejos una sola palabra pronunciada con libertad: alejose de mí la verdad, y fui castigado del error que prepara la caída de los reyes por haber sacrificado a Filocles a la cruel ambición de Protesilao; creyéndose dispensados de desengañarme, después de un ejemplo tan terrible, aun los más celosos por el bien del estado y de mi persona.
Querido Méntor, yo mismo temía que la verdad disipase la nube y llegase hasta mí a despecho de los lisonjeros; porque careciendo de valor para seguirla, me era importuna su luz, y sentía interiormente que me hubiera causado temores y remordimientos sin sacarme de tan funesto compromiso. Mi negligencia, y el ascendiente que había llegado a adquirir sobre mí insensiblemente Protesilao, llegaron a quitarme la esperanza de recobrar mi perdida libertad. No quería conocer mi estado ni dejar le conociesen los demás. Ya sabéis, Méntor, el amor propio y la falsa gloria en que se educa a los reyes: jamás quieren estos conocer su error; y así es que para cubrir uno cometen ciento. Antes de confesar haberse engañado, y de tomarse el trabajo de enmendar el error, se dejarán engañar para toda su vida. Esta es la situación de los príncipes débiles e inaplicados, y esta era precisamente la mía cuando me fue preciso marchar al sitio de Troya.
Al partir quedó Protesilao árbitro de los negocios públicos, y durante mi ausencia se condujo con altivez e inhumanidad. Gemía todo el reino de Creta oprimido por su tiranía; pero nadie osaba advertirme la opresión que sufrían mis pueblos, porque sabían que yo temía saber la verdad, y que abandonaría al resentimiento de Protesilao a cualquiera que se resolviese a hablarme contra él. Pero cuanto más callaban, crecía con mayor violencia el mal. Más adelante me estrechó a separar de mi lado al bizarro Meríones, que me había seguido al sitio de Troya con tanta gloria; pues había llegado a inspirar envidia a Protesilao, como sucedía con todos aquellos a quienes distinguía yo por poseer algún mérito.
Quiero que sepáis, Méntor, que este ha sido el origen de todas mis desgracias. La muerte de mi hijo no fue la causa de la sedición de los cretenses, sino la venganza de los dioses irritados contra mí, y el odio público que me había atraído Protesilao. Cuando yo derramé la sangre de aquel, cansados los cretenses de mi severo gobierno, se agotó su paciencia, y el horror de esta última acción no hizo otra cosa que mostrar exteriormente lo que sentían los corazones mucho tiempo antes.
Me acompañó Timócrates al sitio de Troya, e informaba secretamente a Protesilao en sus cartas de cuanto podía llegar a descubrir. Bien conocía yo la cautividad en que me hallaba; mas procuraba no pensar en ello desesperado de encontrar remedio. Cuando los cretenses se sublevaron a mi regreso, los primeros que huyeron fueron Protesilao y Timócrates; y me hubieran abandonado sin duda si no me hubiese visto precisado a huir casi al mismo tiempo que ellos. Contad, Méntor, con que el hombre insolente en la prosperidad es siempre tímido y débil en la desgracia: cámbiase su carácter al momento que se escapa de sus manos la autoridad ilimitada; véseles tan humillados cuanto eran altaneros, pasando momentáneamente de un extremo a otro.
¿Y por qué, dijo Méntor, conserváis todavía a vuestro lado a esos dos hombres perversos, siendo así que los conocéis? No me sorprende que os hayan seguido, pues no podían hacer cosa más conveniente a sus intereses: también conozco que habéis sido generoso concediéndoles un asilo en vuestro nuevo establecimiento; mas ¿por qué entregaros a ellos todavía después de tan infausta experiencia?
Ignoráis, respondió Idomeneo, cuán inútil sea la experiencia a los príncipes débiles y negligentes que viven sin reflexión. Todo les desagrada, y no tienen valor para corregir cosa alguna. El hábito de tantos años era una cadena de hierro que me estrechaba a esos dos hombres que me sitiaban a toda hora. Desde que me hallo aquí me han empeñado en los gastos excesivos que habéis visto, agotando la riqueza de este estado naciente, y acarreándome la guerra que sin vuestro auxilio iba a aniquilarme. Bien pronto hubiera yo experimentado en Salento iguales infortunios que en Creta; pero al fin me habéis abierto los ojos, inspirándome el ánimo de que carecía para salir de la esclavitud: ignoro lo que habéis obrado en mí; pero me siento otro hombre desde que os halláis en Salento.
Preguntó en seguida Méntor a Idomeneo cuál era la conducta de Protesilao en el cambio de los negocios. Nada hay más artificioso, respondió, que su comportamiento después de vuestra llegada. Al principio no omitió cosa alguna para inspirarme sospechas. Nada decía contra vos; mas venían a mí varias personas y me advertían ser muy temibles los dos extranjeros. El uno, decían, es hijo del falaz Ulises; y el otro un incógnito de grandes talentos: están acostumbrados a vagar de un reino a otro; y ¿quién sabe si habrán formado algún designio sobre este? Ellos mismos refieren haber causado grandes turbulencias en los países por donde han transitado: este es un estado naciente, no consolidado aún, y podría arruinarse al menor movimiento.
Nada me decía Protesilao, mas procuraba que entreviese el peligro y exceso de todas las reformas que me hacíais adoptar, valiéndose de mi propio interés. Si colocáis a los pueblos, decía, en la abundancia, no trabajarán; haranse altivos e indóciles, y estarán dispuestos siempre a sublevarse: solamente la debilidad y la miseria los hace dóciles y les impide resistir a la autoridad. Muchas veces procuraba recobrar su antiguo influjo para seducirme, escudándose con el celo por mi servicio, y me decía: Queriendo aliviar al pueblo humilláis la autoridad real; haciendo a aquel un daño irreparable, porque es necesario tenerle abatido para que goce de tranquilidad. Respondíale yo que sabría contener al pueblo en su deber haciéndome amar, sin que se debilitase mi autoridad al procurar aliviarle; castigando con severidad a los delincuentes, y proporcionando por último buena educación a la juventud, y exacta subordinación a todo el pueblo para mantenerle en una vida sencilla, sobria y laboriosa. ¡Por ventura no podrá someterse un pueblo si no se le hace morir de hambre! ¡Qué inhumanidad! ¡Qué bárbara política! ¡Cuántos pueblos vemos gobernados con dulzura y fieles en extremo a sus príncipes! La causa de las revoluciones son la ambición e inquietud de los grandes, cuando se les ha tolerado una licencia excesiva y no se ha puesto límites a sus pasiones; la multitud de grandes y pequeños que viven en la molicie, en el lujo y la ociosidad; la muchedumbre de hombres dedicados a la guerra, descuidando las ocupaciones útiles en tiempo de paz; y por último, la desesperación de los que se ven maltratados, la dureza y altivez de los reyes, y la molicie de estos que los hace incapaces de velar sobre todos los miembros del estado para evitar la sedición. He aquí la causa de las revoluciones, no el pan que se deja comer tranquilo al labrador después que le ha adquirido con el sudor de su frente.
Desde que me ve inalterable en mis máximas, ha tomado un partido enteramente opuesto a su conducta anterior: ha empezado a seguirlas no habiéndolas podido destruir; aparenta aprobarlas, estar convencido de su utilidad, y serme deudor de haberle ilustrado en esta parte. Anticípase a cuanto yo puedo desear para alivio de los pobres; y es el primero que me representa sus necesidades y declama contra los gastos excesivos. Vos mismo sabéis que os elogia, que os manifiesta su confianza, y que nada olvida para complaceros. En cuanto a Timócrates comienza a desaparecer su buena inteligencia, pues ha intentado hacerse independiente excitando los celos de Protesilao; y a sus discordias debo en parte haber descubierto su perfidia.
¡Cómo, pues, respondió Méntor sonriéndose, habéis sido tan débil que os hayáis dejado tiranizar tantos años por dos traidores, cuya traición conocéis! ¡Ah!, replicó Idomeneo, ignoráis la influencia de los hombres artificiosos en el ánimo de un rey débil e inaplicado que se entrega a ellos para toda clase de negocios. Además, ya os he dicho que en el día contribuye Protesilao a todas vuestras miras por el bien público.
Demasiado veo, continuó Méntor con gravedad, cuánto prevalecen los malos sobre los buenos cerca de los reyes: de ello dais un ejemplo terrible. Decís que os he abierto los ojos en cuanto a Protesilao, y aún los tenéis cerrados para dejar el gobierno en manos de ese hombre indigno de vivir. Sabed que los malos no son incapaces de hacer el bien: lo ejecutan con la misma indiferencia que el mal cuando puede convenir a su ambición. Ningún sacrificio les cuesta producir este, porque carecen de bondad y no les detiene principio alguno de virtud; y causan aquel sin trabajo, porque su corrupción les inclina a aparecer buenos para engañar a los demás. Hablando con propiedad, son incapaces de virtud, aunque parece practicarla; pero no lo son de los vicios más horribles que constituye la hipocresía. Mientras estéis dispuesto absolutamente a hacer el bien, lo estará él para conservar su autoridad; mas por poca facilidad que advierta en vos para retroceder, nada omitirá de cuanto pueda contribuir a proporcionaros la nueva caída en el error, a fin de recobrar libremente su natural engañoso y feroz. ¿Podéis vivir con honor y en reposo mientras os asedie a toda hora un hombre como él, y mientras sepáis que el sabio y leal Filocles se halla pobre y deshonrado en la isla de Samos?
Bien conozco, Idomeneo, que los hombres osados y engañosos que instan, arrastran a los príncipes débiles; pero debéis añadir que estos tienen todavía otra desgracia que no es menor, a saber: olvidar con facilidad los servicios y virtudes del que está lejos. La multitud de los que rodean a los monarcas es la causa verdadera de que ninguno haga en ellos grande impresión: se afectan de los presentes y de los que les adulan; todos los demás se borran pronto de su memoria. Sobre todo les mueve poco la virtud, porque en vez de lisonjearles reprueba y condena sus debilidades. ¿Causará sorpresa que no sean amados, no siendo ellos amables, y cuando solo aprecian su grandeza y sus placeres?
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