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LIBRO XXIV.

Hínchanse las velas, levantan las anclas, y la tierra empieza a huir al parecer de su vista. Percibe de lejos el experimentado piloto los montes de Léucade, cuyas cimas se ocultan entre un torbellino de heladas escarchas, y los Acroceraunios, que ostentan su orgullosa frente humillada tantas veces por el rayo celeste.

Durante la navegación decía Telémaco a Méntor: Ahora me parece comprendo las máximas de gobierno que me habéis explicado. Parecíanme un sueño al principio; mas poco a poco se van desarrollando en mi entendimiento, presentándose con claridad, a la manera que todos los objetos aparecen sombríos y en confusión al amanecer y cuando brillan los primeros crepúsculos de la aurora, y saliendo de un caos al lucir la luz que crece insensiblemente, se les distingue dándoles las figuras y colores naturales. Estoy bien persuadido de que lo esencial en el que gobierna es distinguir los diferentes caracteres del entendimiento para elegir y aplicar a cada uno según sus talentos; pero réstame saber de qué manera puede conocerse a los hombres.

Es preciso estudiarlos para conocerlos, respondió Méntor; y para conocerlos, verlos y tratarlos. Los reyes deben hablar con los súbditos, consultarlos, experimentarlos en los empleos de poca importancia, de los cuales hagan les den cuenta para cerciorarse de si son capaces de otros más elevados. ¿Cómo es, mi querido Telémaco, que en Ítaca adquiristeis conocimientos de las buenas o malas propiedades de los caballos? A fuerza de observarlos y observar sus defectos o perfecciones junto a gente experimentada. Del mismo modo llegaréis insensiblemente en lo posible a conocer las buenas o malas cualidades de los hombres, hablando con los sabios y virtuosos que por largo tiempo hayan estudiado sus caracteres. ¿Quién os ha enseñado a distinguir los poetas buenos de los malos? La frecuente lectura y las reflexiones de personas que conocen la poesía. ¿Por qué medios habéis adquirido discernimiento en la música? Aplicándoos a observar varios músicos. ¿Cómo podrá esperarse gobernar bien a los hombres sin conocerlos? ¿Y cómo se llegará a conocerlos no habiendo vivido jamás con ellos? Porque no es vivir con ellos verlos en público, cuando solo dicen cosas indiferentes o preparadas con estudio, sino tratarlos en particular, extraer del fondo de sus corazones los secretos que encierran, tantearlos y sondearlos para descubrir sus máximas. Mas para juzgar de ellos perfectamente, ha de conocerse primero lo que deben ser, y el mérito sólido y verdadero, para distinguir a los que le tienen de los que carecen de él.

Sin conocer el mérito y la virtud, se habla continuamente de uno y otro, que para la mayor parte de los hombres no son otra cosa que palabras que se honran de pronunciar a toda hora. Pero es preciso tener principios ciertos de justicia, de razón y de virtud para conocer al justo y virtuoso, y poseer las máximas de un gobierno sabio y bueno para distinguir al que las profesa del que se aleja de ellas por medio de sutilezas ingeniosas. Por último, para pesar muchos cuerpos es indispensable un peso fijo; y para juzgar, principios constantes a que se reduzcan todos nuestros juicios, y penetrar con exactitud el objeto de la vida humana y qué fin se debe buscar al gobernar a los hombres. Este objeto único, esencial, es no apetecer jamás la autoridad y el poder para sí; porque en este caso arrastrará la ambición a satisfacer el orgullo tiránico; sino sacrificarse a las infinitas penalidades del gobierno para hacer al hombre bueno y feliz. De otro modo se camina a ciegas por la senda de la vida, entregándose a la casualidad, a la manera que el bajel surca los mares sin piloto, sin consultar los astros, y desconociendo las inmediatas costas: necesariamente ha de naufragar.

Por ignorar muchas veces los príncipes en qué consiste la verdadera virtud, ignoran también lo que deben buscar entre los hombres. A sus ojos se presenta la verdadera virtud con cierta aspereza; les parece demasiado austera e independiente; les espanta y disgusta, y dan oídos a la lisonja: desde este momento ya no pueden hallar sinceridad ni virtud, y corren en pos de un fantasma de falsa gloria que les hace indignos de la verdadera. En breve se acostumbran a juzgar que no existe virtud sólida sobre la tierra; pues así como el bueno conoce al malo, desconoce este a aquel y no se persuade de que exista ninguno. Tales príncipes solo saben desconfiar de todos; se ocultan, se aíslan, envidian las cosas de menor importancia, y a todos temen mientras de todos son temidos. Huyen la luz, procurando no aparecer cuales son: sin embargo, aspirando a no ser conocidos no pueden lograrlo, porque la maligna curiosidad de los súbditos todo lo penetra y adivina. Complácense al verles inaccesibles las personas interesadas que les rodean; porque saben que siéndolo a los hombres lo son también a la verdad, y por lo mismo se esfuerzan a oscurecer el mérito con relaciones infames para alejar de su lado a los que pudieran abrirles los ojos. Los monarcas que obran de esta suerte, pasan la vida en una grandeza estúpida, en la cual temiendo a cada paso ser engañados, llegan a serlo inevitablemente, y merecen serlo; porque desde el momento que no hablan sino a un corto número de personas, se obligan a recibir el influjo de las pasiones y preocupaciones de estas, y hasta los buenos tienen defectos y prevenciones. Además se entregan al arbitrio de los chismosos, raza infame y maligna que se alimenta de veneno, que emponzoña las cosas más inocentes, abulta las pequeñas, inventa el mal antes de dejar de perjudicar, y se goza por interés propio en sembrar la desconfianza e indigna curiosidad en el corazón de un príncipe débil y suspicaz.

Conoced, pues, mi querido Telémaco, conoced a los hombres: examinadlos haciendo que hablen unos de otros; experimentadlos poco a poco sin entregaros a ninguno. Aprovechaos de vuestra experiencia cuando hayáis sido engañado en vuestros juicios; porque lo seréis alguna vez, y porque los malos poseen demasiado bien el arte de sorprender al bueno por medio del fingimiento. Aprended por tales medios a no juzgar bien ni mal con precipitación: lo uno y lo otro es igualmente peligroso; y así os instruirán con utilidad los yerros padecidos. Cuando encontréis talentos y virtud en un hombre, servíos de él sin desconfianza; porque el hombre de bien apetece sea reconocida su rectitud, y aprecia más la estimación y la confianza que los tesoros. Pero cuidad de no corromperlos dándoles un poder ilimitado; porque tal vez siempre habría sido virtuoso el que no lo es por haberle dado demasiada autoridad y excesivas riquezas. Bastante favorecen los dioses al que encuentra en un reino dos o tres amigos verdaderos, de bondad y sabiduría constantes; pues en breve halla por su medio personas semejantes a ellos que ocupen los empleos inferiores. Confiándose el monarca a los buenos, conoce lo que no es posible conozca por sí mismo.

¿Pero será preciso, decía Telémaco, servirse de los malos cuando son hábiles, como he oído decir tantas veces? Es necesario hacerlo frecuentemente, respondió Méntor; porque en una nación agitada y en desorden, se hallan hombres injustos y artificiosos que ya tienen poder, que poseen empleos de importancia de que no puede despojárseles, y que han adquirido la confianza de ciertas personas poderosas con quien es preciso contemporizar; y debe hacerse también porque se les teme como malvados capaces de trastornar la sociedad. Indispensable es servirse de ellos por algún tiempo; mas debe cuidarse de que poco a poco lleguen a ser inútiles. Guardaos bien de depositar en ellos jamás vuestra íntima y verdadera confianza; porque pueden abusar de ella y sujetaros a pesar vuestro, por la importancia del secreto que les confiéis, cadenas mucho más difíciles de romper que las de hierro. Servíos de ellos para cosas de poca importancia, tratadlos bien, empeñadlos por su propio interés en que os sean fieles; único medio de lograrlo; mas no les deis parte en vuestras secretas deliberaciones. Tened siempre dispuesto un resorte que obre según vuestra voluntad; pero sin darles jamás la llave de vuestro corazón. Y cuando el estado goce de quietud, regido por hombres sabios y de probidad, de quienes estéis seguro, irán siendo inútiles los malvados que os fuera preciso emplear. Entonces continuad tratándoles bien, porque nunca es lícito ser ingrato aun con los malvados; pero tratándolos bien, procurad sean buenos, sin olvidaros de que es necesario tolerar ciertos defectos a la humanidad, recobrando sin embargo la autoridad poco a poco, y evitando los males que harían si no se les reprimiese. Es un mal producir el bien valiéndose del malo, y aunque aquel sea inevitable muchas veces, debe procurarse que desaparezca. Un monarca sabio, que solo apetece la justicia, llegará a conseguirla con el tiempo sin el auxilio de hombres corrompidos y engañosos, y encontrará hombres de bien, dotados de la aptitud necesaria.

Pero no basta encontrarlos: preciso es formar otros nuevos. Eso, respondió Telémaco, debe producir grandes dificultades. Ninguna, replicó Méntor, porque dedicándoos a buscar hombres hábiles y virtuosos para ensalzarlos, excitaréis y animaréis a los que posean valor o talentos, y todos se esforzarán en merecerlo. ¡Cuántos yacen en una oscura ociosidad, que serían grandes hombres si les estimulase al trabajo la emulación o la esperanza! ¡Cuántos a quienes la miseria o la imposibilidad de medrar por la virtud arrastra a lograrlo por el delito! Si destináis las recompensas y los honores al talento y a la virtud, ¡cuántos formaréis adornados de uno y otra! ¡Y cuántos haciéndoles ascender de grado en grado desde los primeros empleos hasta los de mayor importancia! Ejercitaréis sus talentos, experimentando la extensión de ellos y la sinceridad de su virtud; y los que lleguen a los más elevados, habrán servido a vuestra vista en los inferiores, y juzgaréis de ellos no por sus palabras sino por la serie de sus acciones.

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En tanto que discurrían de esta suerte Méntor y Telémaco, descubrieron un bajel feacio que había recalado en cierta isla pequeña, inculta y desierta, rodeada de espantosos peñascos; y al mismo tiempo cesaron de soplar los vientos, suspendiendo al parecer sus agradables soplos: serenose el mar cual un espejo: no podían las velas dar movimiento al bajel, y eran inútiles los esfuerzos de los fatigados remeros. Fue preciso arribar a la isla, que era más bien un escollo que propia para habitarla los hombres. En tiempo de menos calma no habrían podido arribar a ella sin gran peligro.

Los feacios, que aguardaban el viento para partir, no se hallaban menos impacientes de continuar su viaje que los salentinos: acercose a ellos Telémaco por entre aquellas escarpadas riberas, y preguntó al primero a quien halló si había visto a Ulises, rey de Ítaca, en el palacio del rey Alcínoo.

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No era feacio el que casualmente fue preguntado por Telémaco, sino un extranjero desconocido, de semblante majestuoso, aunque abatido y triste; pensativo al parecer apenas escuchó al principio lo que le preguntaba Telémaco; mas al fin le respondió: No os engañáis: Ulises fue recibido en el palacio del rey Alcínoo, como asilo en donde se teme a Júpiter y en donde se ejerce la hospitalidad; mas ya no está allí, y le buscaríais inútilmente: partió para Ítaca, si es que los dioses aplacados ya, permiten pueda saludar a sus penates.

Apenas hubo pronunciado el extranjero estas tristes palabras, se introdujo en un pequeño bosquecillo que señoreaba una roca, desde el cual miraba atentamente las aguas, huyendo de los hombres afligido al parecer por no poder partir.

Tenía Telémaco fija la vista en él, y se aumentaba su conmoción y sorpresa cuanto más le miraba. Este desconocido, decía a Méntor, me ha respondido como el que apenas escucha lo que le dicen por hallarse lleno de pesadumbre: compadezco a los desgraciados desde que lo soy, y siento que se interesa mi corazón por este hombre sin conocer la causa. Me ha recibido mal, apenas se ha dignado escucharme y responderme: sin embargo, no me es posible dejar de desear el término de sus desgracias.

He ahí, respondió Méntor sonriendo, el fruto de los infortunios de la vida: hacer a los príncipes moderados y sensibles a los padecimientos del hombre. Cuando solo han gozado el veneno halagüeño de la prosperidad, se consideran dioses, quieren que para satisfacer sus deseos humillen sus cumbres las montañas, desprecian a los hombres, y se burlan de la naturaleza entera. Si oyen hablar de padecimientos ignoran lo que sean considerándolos como un sueño; pues jamás han visto la distancia que media entre el bien y el mal. El infortunio solamente puede hacerlos sensibles y cambiar sus corazones de peña en corazones humanos. En este caso llegan a conocer que son hombres, y cómo deben tratar a sus semejantes. Si un desconocido excita tanto vuestra compasión, porque como vos va errante por esta costa, ¿cuánta deberá excitaros el pueblo de Ítaca cuando le veáis un día padecer, considerando que os le confiaron los dioses cual el rebaño al pastor, y que será tal vez desgraciado a causa de vuestra ambición, lujo o imprudencia? Porque no padecen las naciones sino por culpa de los reyes que deberían vigilar para impedir que padeciesen.

Mientras hablaba así Méntor, hallábase Telémaco melancólico y disgustado; mas al fin le respondió algo conmovido: Si todas esas cosas son ciertas, bien infeliz es el rey; porque llegará a ser esclavo de los que manda: nacido para ellos, a ellos debe consagrarse enteramente. Encargado de sus necesidades, será padre del pueblo y de cada individuo: deberá acomodarse a sus debilidades, corregirles cual padre y hacerlos sabios y felices. La autoridad que tiene no es al parecer suya, sino de aquellos: nada puede hacer para su gloria ni para sus comodidades. Únicamente reside en él la de las leyes; ha de obedecerlas para dar ejemplo a los vasallos; y hablando con propiedad, es el defensor de ellas para hacerlas obedecer. Para mantenerlas ha de velar y trabajar incesantemente; porque goza menos libertad y quietud que los demás, y es un esclavo que sacrifica su reposo y libertad por la libertad y felicidad públicas.

Cierto es, respondió Méntor, que el rey lo es únicamente para cuidar de su pueblo, como el pastor del rebaño, o cual el padre de la familia; pero ¿pensáis Telémaco que sea infeliz por tener que hacer bien a tanto número de personas? Corrige al malo castigándole, alienta al bueno con la recompensa, y representa a los dioses conduciendo por el camino de la virtud a todo el género humano. ¿No le cabe bastante gloria en hacer observar las leyes? La de hacerse superior a ellas es una falsa gloria que merece desprecio y horror. Si es malo no puede dejar de ser infeliz, porque no sabrá hallar paz en el seno de la vanidad y de las pasiones; y si bueno debe gozar el más puro y sólido de todos los placeres, trabajando en obsequio de la virtud y esperando de los dioses la recompensa eterna.

Agitado interiormente Telémaco, parecía no haber llegado a persuadirse jamás de estas máximas, a pesar de enseñarlas a los otros. Contra estos sentimientos le suministraba la melancolía cierto espíritu de contradicción y sutileza para resistir las verdades que le explicaba Méntor, oponiendo a ellas la ingratitud tan común entre los hombres. ¡A qué, decía, esforzarse a costa de tantas fatigas para hacerse amar de ellos, cuando acaso no os amarán nunca! ¡A qué hacer bien a los malvados que se servirán de los beneficios para causaros daño!

Debe contarse con la ingratitud de los hombres, respondió Méntor con serenidad; pero sin dejar por ello de hacerles beneficios, pues ha de ejecutarse así, menos por amor hacia ellos que por satisfacer a los dioses, porque nunca es perdido el bien que se hace: si llegan a olvidarle los hombres, los dioses lo recompensan. Además, si la multitud es ingrata, siempre se encuentran algunos virtuosos que se interesan por la virtud; y aun la multitud misma, aunque caprichosa e inconstante, no deja de hacer justicia tarde o temprano al virtuoso.

Pero si aspiráis a evitar la ingratitud de los hombres, no os ocupéis únicamente en hacerlos poderosos, ricos, temibles por sus armas, felices por la variedad de placeres; porque esta gloria, esta abundancia de delicias llegarán a corromperles, y al paso que se aumentará su maldad, crecerá su ingratitud. Esto es hacerles un presente funesto; ofrecerles un veneno delicioso. Aplicaos a mejorar sus costumbres, a inspirarles sentimientos de justicia, de sinceridad, de temor a los dioses, de humanidad, de fidelidad, moderación y desinterés; y haciéndolos buenos, impediréis sean ingratos: les proporcionaréis el verdadero bien, que es la virtud; y si es sólida, les inclinará al que se la haya inspirado. De esta suerte os haréis bien a vos mismo dándoles bienes ciertos, y no deberéis temer su ingratitud. ¿Por qué ha de causar sorpresa que sean ingratos los hombres para con un príncipe que solo les ha ejercitado en la injusticia, ambición, envidia, inhumanidad, altivez y mala fe? No debe prometerse el príncipe otra cosa de sus vasallos, que lo que les ha enseñado a hacer. Si emplease su poder y su ejemplo en hacerlos buenos, encontraría el premio de sus fatigas en las virtudes de aquellos, o al menos hallaría en las suyas y en el favor de los dioses motivos de consuelo en sus errores.

Apenas terminó su discurso Méntor, se acercó Telémaco presuroso hacia los feacios del bajel que se hallaba detenido en aquella costa; y dirigiéndose a un anciano, preguntole de dónde venían, a dónde se dirigía su navegación, y si habían visto a Ulises.

[Ilustración]

Venimos de la isla de Feacia, respondió el anciano, y navegamos hacia el Epiro en busca de mercancías. Ulises, como ya os han dicho, pasó a nuestra patria; mas partió de ella. ¿Y quién es, añadió Telémaco, ese hombre poseído de tristeza, que busca los lugares más apartados mientras vuestro bajel se da a la vela? Es, contestó, un extranjero a quien no conocemos: dicen se llama Cleómenes, natural de Frigia, y que un oráculo había presagiado a su madre, antes que él naciese, sería rey con tal que no permaneciera jamás en su patria; y que si permanecía, experimentarían los frigios el enojo de los dioses sufriendo una peste cruel. Luego que nació le entregaron sus padres a unos marineros que le condujeron a la isla de Lesbos, y allí fue alimentado en secreto a expensas de su patria, tan interesada en que permaneciese lejos de ella. Pronto llegó a ser vigoroso, robusto, afable, y diestro en todos los ejercicios corporales, y aun se aplicó gustoso a las ciencias y nobles artes; pero no pudieron sufrirle en ningún país. La predicción le hizo célebre; fue conocido en breve por donde quiera que iba, y causaba temor a todos los reyes, que recelaban les arrebatase la corona. Así vaga desde la juventud, sin hallar lugar alguno en que pueda permanecer. Ha transitado por varias naciones muy lejanas de la suya; mas apenas llega a una ciudad, descubren su nacimiento y el oráculo anunciado, y cree conveniente ocultarse y elegir en cada lugar un género de vida oscura: sin embargo, en todas partes sobresalen sus talentos a pesar suyo, según dicen, ora en la guerra, ora en las letras, ora en los negocios de mayor importancia; porque en cada país se presenta alguna ocasión imprevista que le obliga a ser conocido del público. Su mérito le hace desdichado; pues por él es temible y se ve desterrado de todas las naciones en que quiere morar. Su destino le hace digno de estimación y de aprecio; pero le aleja de todos los países conocidos. No es ya joven, y sin embargo aún no ha podido hallar ninguna costa del Asia ni de la Grecia en donde le hayan permitido vivir con reposo. No le seduce la ambición, ni corre tras la fortuna: se consideraría feliz si el oráculo no le hubiese anunciado jamás la corona. Ninguna esperanza le queda de volver a su patria; porque sabe no podría llevar a ella sino duelo y lágrimas a todas las familias. La misma corona, causa de sus padecimientos no le parece apetecible: corre tras ella a su pesar, arrastrado por la fatalidad, de nación en nación, mientras aquella huye de él para gozarse en su desgracia hasta la senectud. ¡Presente funesto de los dioses que llena sus días de inquietud, y le causa pesares en la edad en que debilitado el hombre solo ha menester el reposo! Corre, dice, hacia la Tracia en busca de algún pueblo salvaje e insociable para reunirle, civilizarle y regirle por algunos años; y después de haber cumplido el anuncio del oráculo, nada tendrán que temer de él las naciones más florecientes, y se promete retirarse a una aldea de la Caria para dedicarse a la agricultura, que aprecia con pasión. Es sabio y moderado, teme a los dioses, conoce a los hombres, y sabe vivir en paz en medio de ellos sin estimarlos. He aquí lo que refieren de ese extranjero por quien me preguntáis.

Durante esta conversación volvía la vista Telémaco repetidamente hacia el mar, que comenzaba a agitarse. Elevaba el viento las olas, que venían a estrellarse contra las rocas y las cubría de espuma, e improvisadamente prosiguió el anciano: Me es preciso partir: no pueden esperarme mis compañeros; y al decir estas palabras corre a la orilla, se embarca, y solo se percibe la confusa gritería de los marineros que desean con impaciencia continuar su viaje.

El desconocido a quien llamaban Cleómenes había andado errante algún tiempo por lo interior de la isla, subiendo a la cumbre de las rocas y contemplando el espacio inmenso de los mares con semblante melancólico, sin perderle de vista Telémaco y observando todos sus pasos. Había interesado su corazón aquel hombre virtuoso, errante, desgraciado, destinado a los más grandes hechos, y convertido en blanco de la rigurosa fortuna lejos de su patria. Al menos, decía Telémaco, yo veré tal vez a Ítaca, pero Cleómenes jamás podrá regresar a Frigia. El ejemplo de un hombre aún más desgraciado que él, mitigaba las penas de Telémaco. Por último, viendo preparado su bajel, el hombre descendió de las rocas escarpadas con tanta agilidad y ligereza como el mismo Apolo en las selvas de la Licia, tras recoger el rizado cabello, pasa a través de los precipicios para herir con sus flechas a los ciervos y jabalíes. Llegó el desconocido al bajel, y cortando este las aguas comenzó a alejarse de la tierra.

[Ilustración]

Entonces se apoderó del corazón de Telémaco una secreta impresión: afligíase sin conocer la causa, lloraba, y llorando hallaba consuelo. Al mismo tiempo descubrió a los marineros de Salento tendidos sobre la yerba y entregados al sueño. Hallábanse cansados y abatidos, y el benéfico sueño se había insinuado en sus miembros, derramándose sobre ellos los narcóticos de la noche en medio del día por el influjo de Minerva. Maravillose Telémaco al observar la pereza de los salentinos, mientras diligentes y atentos los feacios habían aprovechado el viento favorable; pero todavía se hallaba aún más ocupado en observar el bajel feacio, próximo a desaparecer entre las olas, que de acercarse a los salentinos para despertarlos de su profundo sueño. Una admiración y agitación interior le arrastraban a seguir con la vista el bajel, del cual solo descubrían las velas que blanqueaban algún tanto sobre el campo azulado de las aguas. Ni aun escuchaba a Méntor que le hablaba; y fuera de sí, era su agitación semejante a la de las Ménades cuando con el tirso en la mano hacen resonar sus gritos en las riberas del Hebro, y en las montañas de Ródope y de Ismaro.

Por último volvió de la especie de encanto en que se hallaba, y comenzaron a correr de nuevo sus lágrimas. No me maravilla, dijo entonces Méntor, veros llorar: la causa de vuestro dolor, que os es desconocida, no la ignora Méntor: la naturaleza habla y se hace sentir, y ella enternece vuestro corazón. El desconocido que ha producido en vos tan viva inquietud es el grande Ulises; y cuanto os ha referido de él el anciano feacio bajo el nombre de Cleómenes es una ficción dirigida a ocultar con más seguridad el regreso de Ulises a su reino. Va en derechura a Ítaca, ya se halla cerca del puerto, y vuelve por fin a ver aquellos lugares tanto tiempo deseados. Le habéis visto según os predijeron en otro tiempo; pero sin conocerle: en breve le veréis, le conoceréis y él os conocerá; pero los dioses no podían permitirlo ahora fuera de Ítaca. No ha estado su corazón menos agitado que el vuestro; pero es demasiado prudente para descubrirse a mortal alguno en unos lugares en que pudiera verse expuesto a las asechanzas de los crueles amantes de Penélope. Ulises es el más sabio de los hombres; su corazón es semejante a un profundo pozo, del cual no podría extraerse el secreto. Ama la verdad, y jamás dice lo que puede ofenderla; pero solo dice lo necesario, y la prudencia tiene cerrados sus labios cual un sello para articular palabras inútiles. ¡Cuán agitado se hallaba mientras os habló! ¡Cuánta violencia se hizo para no descubrirse! ¡Cuánto ha padecido al veros! He aquí la causa de su tristeza y abatimiento.

Lloraba Telémaco mientras Méntor hablaba, y los sollozos le impidieron responder en mucho tiempo. Por último exclamó: ¡Ah, mi querido Méntor! no en balde experimentaba yo que este desconocido alteraba mis entrañas. ¿Mas por qué, conociéndole, no me habéis dicho que era Ulises antes que partiese? ¿Por qué le habéis dejado partir sin hablarle y sin manifestar que le conocíais? ¿Qué misterio es este? ¿Seré yo siempre desgraciado, o querrán los dioses, irritados contra mí, tenerme lleno de agitación como a Tántalo sediento, embelesado con una agua engañosa que huye sin cesar de su abrasado labio? ¡Ulises! ¡Ulises! ¿Os habré perdido para siempre? ¡Acaso no le volveré a ver! ¡Acaso también le harán caer los amantes de Penélope en los lazos que me tendían! Si al menos le siguiese, moriría con él. ¡Ulises! ¡Ulises! Si las tempestades no os conducen a algún nuevo escollo (porque todo lo temo de la enemiga fortuna), tiemblo al considerar si os aguardará en Ítaca suerte tan funesta como la de Agamenón en Micenas. Mas, querido Méntor, ¿por qué me habéis privado de tanta dicha? En este momento le abrazaría, me hallaría con él en el puerto de Ítaca, y pelearíamos ambos para vencer a nuestros enemigos.

He ahí, respondió Méntor sonriendo, cómo son los hombres, mi querido Telémaco: os halláis desconsolado por haber visto a Ulises sin conocerle. ¿Cuánto habríais dado ayer por tener seguridad de que existía? Sin embargo, asegurado hoy por vuestros propios ojos de que vive, os causa pesadumbre lo que ayer habría colmado de gozo vuestro corazón. De esta manera desprecia el corazón del hombre lo que más deseaba luego que lo posee; y así se atormenta a sí mismo sobre lo que aún no ha poseído.

Para ejercitar vuestro sufrimiento, obran de este modo los dioses; y mientras consideráis perdidos estos momentos, sabed son los más útiles de vuestra vida, pues os empleáis en la más necesaria de todas las virtudes para el que debe mandar. Porque para ser el hombre dueño de sí mismo y de los demás, debe ser sufrido; pues la impaciencia, que se reputa como vigor del alma, es una flaqueza, una impotencia para sobrellevar las penas. El que no sabe aguardar y padecer, puede compararse al que no sabe callar un secreto: ambos carecen de firmeza para reprimirse, como el que corre en un carro sin fuerza bastante para contener a los briosos caballos, que desobedeciendo el freno, se precipitan arrastrando en su caída al hombre débil cuya mano no obedecen. El hombre impaciente se ve arrastrado a un abismo de desgracias por sus propios deseos; y cuanto mayor es su poder, más funesta le es la impaciencia. Nada le contiene; todo lo violenta para satisfacerse; rompe las ramas del árbol para coger el fruto antes de maduro; destroza las puertas antes que aguardar a que se las abran, y quiere segar la mies cuando la siembra el labrador prudente. Cuanto hace con precipitación y fuera de tiempo, tiene tan poca duración como sus inconstantes deseos. Tan insensato es el hombre que todo cree preverlo y se entrega a deseos impacientes abusando de su poder. Para enseñaros a sufrir ejercitan los dioses vuestra prudencia, y se gozan al parecer en la vida errante e incierta en que siempre os tienen. Si os presentan los bienes que apetecéis, y huyen cual el sueño, es para enseñaros que aquello que cree el hombre tener en la mano desaparece en un instante. Las lecciones más sabias de Ulises no serían tan útiles para vos como su larga ausencia y las penas que padecéis por buscarle.

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Todavía quiso Méntor poner a prueba el sufrimiento de Telémaco de un modo más fuerte. Cuando corría a estrechar a los marineros para que apresurasen la partida, le detuvo Méntor para que ofreciese a Minerva un sacrificio; y con la mayor docilidad lo ejecutó. Prepararon dos altares de césped, ardió el incienso y corrió la sangre de las víctimas. Dirigió Telémaco al cielo fervorosas súplicas, y reconoció la poderosa protección de la diosa.

Acabado el sacrificio siguió Telémaco a Méntor por las sendas sombrías de un pequeño bosque, y observa alteradas repentinamente las facciones de su amigo; y a la manera que borra Aurora las sombras de la noche cuando al abrir las puertas de oriente inflama el horizonte, así desaparecen las arrugas que afeaban su rostro: bórrase el colorido de sus ojos, y resplandece en ellos un fuego celestial en vez de la austeridad de sus miradas: huye la descuidada y blanca barba, y admira Telémaco las facciones de una mujer de aspecto majestuoso y agradable al mismo tiempo; y en su tez, más fresca y hermosa que aparece la tierna flor que se abre al nacer Apolo, descubre el albor del lirio y el carmín de la rosa. Sobresalían en su rostro juventud permanente, sencillez y majestad: exhalaba ambrosía el flotante cabello, y veíanse brillar en las vestiduras los vivos colores que pinta el sol al comenzar su carrera en las oscuras bóvedas del firmamento y en las nubes que dora. El pie de la deidad no descansaba en tierra: vagaba por los aires cual el ave de ligera pluma, y empuñaba una lanza que causaría temor a las ciudades y naciones más guerreras, y aun al mismo Marte. Su voz era sonora y agradable; pero introducíanse sus palabras cual el rayo en el corazón de Telémaco. Brillaba en su pecho la terrible égida, y aparecía sobre el casco el ave de Atenas.

Estas señales hicieron conocer a Telémaco que era Minerva, y exclamó: ¡Oh diosa! ¡Sois vos la que os dignáis conducir al hijo de Ulises por amor hacia su padre!.... Más quería decir; pero faltole la voz, y esforzábase en vano para expresar las ideas que cual un raudal le presentaba el entendimiento. La presencia de la diosa le sobrecogía, y hallábase como el que oprimido por el sueño no puede articular palabra alguna por la agitación que entorpece su labio.

Hijo de Ulises, dijo por último la diosa, escuchadme por la postrera vez. A ningún mortal he instruido con tal solicitud como a ti: te he conducido por la mano a través de los naufragios, guerras sangrientas, tierras desconocidas, y cuantos males pueden poner a prueba el corazón del hombre. Te he hecho ver por medio de la experiencia las máximas verdaderas y falsas para reinar, y tus errores no te han sido menos útiles que las desgracias; porque ¿cuál es el hombre que pueda gobernar sabiamente si nunca ha padecido ni aprovechádose de los padecimientos a que le han arrastrado sus errores?

Semejante a tu padre han llenado la tierra y los mares tus tristes aventuras: ya eres digno de seguir sus huellas. Ve: nada te falta sino la corta y fácil travesía hasta Ítaca, adonde tu padre arriba en este momento: pelea a su lado y obedécele como el último de sus vasallos: da ejemplo a estos. Será Antíope tu esposa, y vivirás feliz con ella por haber buscado menos la belleza que la virtud y la sabiduría.

Cuando ocupes el trono, cifra tu gloria en renovar el siglo de oro: escucha a todos, cree a muy pocos; guárdate de creerte a ti mismo: teme engañarte; pero nunca temas conozcan que has sido engañado.

Ama al pueblo y nada omitas para hacerte amar; porque el miedo solo es necesario cuando falta el amor, y debe únicamente emplearse con disgusto como remedio violento y el más peligroso.

Considera en todas ocasiones las consecuencias de tus empresas, previendo los mayores inconvenientes, persuadido de que el verdadero valor consiste en prever los peligros y arrostrarlos cuando son inevitables. El que no quiere verlos carece de ánimo para sobrellevarlos con tranquilidad; y el que los ve todos y evita los que puede, arrostrando los demás con esfuerzo, es el sabio y magnánimo.

Huye la molicie, el fasto y la profusión, cifrando tu gloria en la sencillez. Las virtudes y las buenas acciones sean el ornato de tu persona y de tu palacio, y la guardia que te custodie: aprendan todos en ti a conocer en lo que consiste el verdadero honor.

No olvides nunca que los reyes no reinan para su propia gloria, sino para el bien de sus pueblos: que los beneficios que hacen se trasmiten a los más remotos siglos, y los males que causan se multiplican de generación en generación a la remota posteridad; pues un mal rey produce a veces calamidades para muchos siglos.

Sobre todo está siempre alerta contra tu genio, enemigo que llevarás hasta el sepulcro, y que tomará parte en tus decisiones, y te engañará si le escuchas. Él te hará perder las ocasiones más importantes, producirá inclinaciones o aversiones semejantes a las de la niñez, en perjuicio de tus verdaderos intereses: él decide los negocios de mayor consecuencia por razones frívolas; y él por último oscurece los talentos, abate el valor, y hace al hombre inconsecuente, débil, infame e insoportable. Desconfía pues de este enemigo.

¡Teme a los dioses, oh Telémaco! Este temor es el mayor tesoro del corazón humano: a él acompañan la sabiduría, la justicia, la paz, el gozo, los placeres puros, la verdadera libertad, la agradable abundancia y la gloria sin mancilla.

¡Hijo de Ulises!, yo te dejo; pero nunca te abandonará mi sabiduría con tal que no olvides jamás que nada puedes sin ella. Ya es tiempo de que aprendas a marchar solo. No me separé de ti en Egipto y en Salento sino para acostumbrarte a la privación de mi compañía, a la manera que se desteta al infante cuando ha llegado el tiempo de suministrarle alimentos más sólidos.

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Luego que la diosa terminó este discurso se fue remontando en el aire, y ocultándose en una nube de oro y azul, desapareció. Maravillado Telémaco se prosternó lloroso y alzando las manos al cielo. Fue después a despertar a sus compañeros; se apresuró a partir, corrió a Ítaca, y reconoció a su padre en casa del fiel Eumeo.

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FIN DEL TELÉMACO.

AVENTURAS DE ARISTONOO.

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AVENTURAS DE ARISTONOO.

Después de haber perdido Sofrónimo todos los bienes que heredara de sus mayores, por consecuencia de naufragios y otros infortunios, vivía retirado en la isla de Delos, y allí buscaba en su propia virtud consuelo a tantas pérdidas. Al compás de su lira de oro cantaba las maravillas de la divinidad que aquellos naturales adoraban; y favorecido de las musas, ora estudiaba con atención los secretos de la naturaleza, el curso de los astros, su movimiento y la fábrica entera del universo; ora las propiedades de las plantas y la conformación de los animales; ora en fin procuraba conocerse a sí mismo y perfeccionar su corazón con el ejercicio de las virtudes, burlando así los caprichos de la fortuna, que queriendo oprimirle le elevaba a la verdadera gloria.

En tanto que vivía feliz en su retiro, sin haberes, vio cierto día a la orilla del mar un venerable anciano que le era desconocido. Era un extranjero que acababa de llegar a la isla, y admiraba los bordes del mar en que sabía haber flotado en otro tiempo la isla entera; contemplaba la costa sobre cuyos arenales y rocas se alzaban vistosas colinas que perpetuaban el verdor y las flores, y las cristalinas aguas de los ríos y fuentes que regaban tan delicioso país; y al acercarse a los bosques sagrados que circuían el templo, maravillábale su permanente verdura que los más violentos aquilones no osaron nunca marchitar. Examinaba con asombro la bella arquitectura del templo edificado en mármol de Paros, blanco cual la nieve y adornado de altas columnas de jaspe; y entretanto no ocupaba menos la atención de Sofrónimo el aspecto del extranjero. Caíale sobre el pecho la blanca barba: surcado el rostro de arrugas, pero sin deformidad, se conservaba aún exento de las injurias de la edad senil. Era su estatura alta y majestuosa, aunque algo encorvado su cuerpo, y apoyábase en un bastón de marfil. ¡Oh extranjero!, le dijo Sofrónimo. ¿Qué buscas en esta isla que parece te es desconocida? Si es el templo de la divinidad que la protege, hele allí: me ofrezco a encaminarte a él; pues respeto a los dioses, y sé lo que ordena Júpiter en cuanto a los socorros que deben prestarse a los extranjeros.

Gustoso acepto, contestó el anciano, lo que con tanta bondad y cortesía me ofreces; y plazca a los dioses remunerar tu piadosa protección a los extranjeros: vamos, pues, al templo, y mientras llegaban a él refiriole el motivo de su viaje.

Aristonoo es mi nombre, le dijo: nací en Clazómenas, ciudad célebre de la Jonia situada en la hermosa costa que se extiende hasta el mar, y que parece va a unirse con la isla de Quíos, patria afortunada de Homero. Fue pobre mi familia, aunque noble. Mi padre Polístrato, cargado de hijos, no quiso darme a criar, y encargó a uno de sus amigos de Teos que me expusiese. Criome en su casa con la leche de una cabra cierta anciana de Eritras, que poseía una heredad próxima al lugar en que me habían expuesto; mas era tan pobre aquella infeliz mujer que, al llegar yo a la edad en que ya era capaz de servir, me vendió a un mercader de esclavos que me condujo a la Licia. Vendiome este en Patara a Alcino, hombre rico y virtuoso que cuidó de mi educación y protegió mi juventud. Parecile dócil, moderado, sencillo e inclinado a todo lo bueno y honesto que podía enseñárseme, y me dedicó a las artes favorecidas de Apolo. Hízome aprender la música y los ejercicios corporales, y sobre todo el arte de curar las llagas, que en breve me hizo célebre, inspirándome Apolo maravillosos secretos; y Alcino, cuyo cariño se aumentaba de día en día, satisfecho en extremo de mi buena correspondencia a sus cuidados, me dio la libertad y me envió a Polícrates, tirano de Samos, que en medio de su increíble prosperidad, abrigaba el temor de que llegase a abandonarle la fortuna que por tanto tiempo le fuera favorable. Amaba la vida, llena para él de delicias, y temía perderla, esforzándose a prevenir hasta las más leves apariencias de enfermedad; por cuya razón veíasele siempre rodeado de los hombres más célebres y experimentados en la medicina. Complaciole en extremo mi resolución de pasar mi vida en su compañía, y para que le fuera más adicto, diome grandes riquezas y me colmó de honores. Permanecí mucho tiempo en Samos admirando los favores que le dispensaba la fortuna, en todo conforme a sus deseos. Si emprendía la guerra, alcanzaba la victoria; y hasta sus más arduos proyectos se efectuaban con brevedad. Crecían diariamente sus tesoros en tanto que sus enemigos se humillaban a sus pies, y conservaba la salud a la par de la prosperidad.

Cuarenta años habían corrido desde que aquel afortunado tirano tenía al parecer cautiva la fortuna, sin que en tanto tiempo le hubiese esquivado esta sus favores una sola vez; y tan inaudita prosperidad excitó mis temores, porque le amaba cordialmente, y me atreví a comunicarle mis recelos. Causáronle alguna impresión mis palabras; pues aunque afeminado por los placeres y engreído con su poder, conservaba afecto a la humanidad, cuando le recordaban los dioses y la inconstancia de las cosas terrenales. Me permitió le dijese la verdad, y moviéronle tanto mis temores, que resolvió interrumpir su dicha. Bien veo, me dijo, que no hay hombre exento de la persecución de los hados; y cuanto más favorables han sido estos, más temibles deben ser los reveses. Largos años me han colmado de bienes, y debo por lo mismo temer los mayores infortunios, si no huyo los que me amenazan. Quiero, pues, prevenir las traiciones que me prepare la lisonjera fortuna; y al acabar de decir estas palabras, sacó del dedo su precioso anillo, muy estimable para él, y le arrojó en mi presencia al mar desde una elevada torre, prometiéndose haber satisfecho con esta voluntaria pérdida la necesidad de sufrir una vez a lo menos en la vida los rigores de la fortuna. Mas cegábale la prosperidad; pues no deben reputarse como adversidades aquellas que elegimos o nos causamos por nuestra propia mano, ni nos afligen otras que las forzosas e inesperadas con que nos castigan los dioses. Ignoraba Polícrates que el medio más seguro para prevenir los golpes de la fortuna, es desprenderse con moderación y prudencia de los bienes caducos con que nos enriquece. Desdeñó la fortuna el anillo que le sacrificaba Polícrates, y viose, a pesar suyo, más dichoso que nunca. Había un pez tragado el anillo: cayó en la red, fue llevado a casa de Polícrates, y al prepararle para su mesa le halló el cocinero en el vientre y fue presentado al tirano a quien causó asombro ver que la fortuna se obstinaba en favorecerle. Mas acercábase ya el término de su prosperidad, y debía trocarse esta de repente en la adversidad más espantosa.

El gran rey de Persia Darío, hijo de Histaspes, emprendió la guerra contra los griegos y subyugó en poco tiempo todas las colonias griegas de la costa de Asia e islas vecinas situadas en el mar Egeo. Cayó Samos en su poder, fue vencido el tirano, y Oretes, que mandaba las tropas de aquel rey, mandó alzar el suplicio en que fue aquel ahorcado. De esta manera pereció en el más cruel e infame de todos los suplicios aquel hombre que gozara tan prodigiosa prosperidad y que no pudo hallar el infortunio que buscaba; tan cierto es que nada amenaza tanto al hombre de algún grande infortunio como una gran fortuna: la fortuna, que abate a los más elevados y saca del polvo a los más infelices; la fortuna, que había precipitado a Polícrates desde lo más alto de su instable rueda, y colmádole de bienes desde la más miserable de todas las condiciones humanas. Nada me quitaron los persas: al contrario, apreciaron mis conocimientos en el arte de curar, y la moderación con que me condujera mientras gocé el favor del tirano. Mas no hicieron lo mismo con los que habían abusado de su confianza, a quienes castigaron de varios modos.

Como ningún daño había causado, y sí favorecido a cuantos estuvieron a mi alcance, fui el único a quien respetaron los vencedores y me trataron honrosamente, complaciéndose todos en ello, porque me estimaban conociendo había gozado de la prosperidad sin provocar la envidia, mostrar dureza ni orgullo, ambición ni injusticia. Permanecí algunos años en Samos sin que fuese turbada mi tranquilidad; mas sentí al cabo de ellos el vehemente deseo de regresar a la Licia en donde pasara agradablemente los primeros años, con la esperanza de ver de nuevo a Alcino, autor de mi fortuna.

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Pero a mi regreso tuve la triste nueva de su muerte después de haber perdido los bienes y sufrido con la mayor constancia las desdichas que acarrea la senectud. Esparcí flores y vertí lágrimas sobre sus cenizas, coloqué una honrosa inscripción sobre su sepulcro, e investigué la suerte de sus hijos. Solo existía Orsíloco, uno de ellos, que no pudiendo resolverse a permanecer sin bienes de fortuna en la misma patria en que su padre viviera en la opulencia, la había abandonado embarcándose en un bajel extranjero para pasar una vida oscura en cualquier remota isla; mas había naufragado cerca de la de Cárpatos, sin que quedase ningún descendiente de la familia de mi bienhechor. Al momento me decidí a adquirir la casa en que Alcino viviera y los fértiles campos que poseía en su derredor.

Hallábame muy satisfecho de encontrarme en aquellos lugares que me recordaban la dulce memoria de tan lisonjera edad y de un señor tan bondadoso, y parecíame estar aun en la flor de los primeros años en que había servido a Alcino; mas apenas hube adquirido los bienes que le pertenecieran, vime obligado a pasar a Clazómenas por haber fallecido mis padres Polístrato y Fidilia, dejando otros muchos hijos entre quienes reinaba la discordia. Me presenté a ellos luego que llegué, vestido de un traje humilde como hombre sin bienes de fortuna, y les mostré las señales que comúnmente se usan para que sean conocidos los expósitos. Sorprendiéronse al ver aumentado el número de los herederos de Polístrato que debían ser partícipes de su corta fortuna, y desconocieron mi origen negándose a reconocerme ante los magistrados. Para castigar su inhumanidad, consentí en ser considerado como extraño, y solicité fuesen excluidos para siempre de la sucesión de mis bienes. Acordáronlo así los magistrados, y entonces hice alarde de las riquezas conducidas en mi bajel, dándome a conocer como el mismo Aristonoo que tantos tesoros adquiriera al lado de Polícrates, tirano de Samos, manifestándoles no haber contraído jamás el lazo conyugal.

Arrepintiéronse mis hermanos de haberse conducido conmigo tan injustamente, y seducidos por la esperanza de heredarme, hicieron inútilmente los mayores esfuerzos para lograr mi benevolencia. La desunión que reinaba entre ellos produjo la venta de todos los bienes paternos, que yo compré, teniendo ellos el sentimiento de verlos en poder del mismo a quien no habían querido dar la menor parte. Viéronse, pues, reducidos a la más aflictiva pobreza; mas luego que conocieron su falta les abrí mi corazón: les perdoné, fueron recibidos en mi casa, proporcioné a cada uno de ellos medios para ejercer el comercio marítimo; y reunidos todos viven juntos pacíficamente en mi casa, habiendo yo llegado a ser el padre común de aquellas familias cuya unión y aplicación al trabajo les proporcionó en breve considerables riquezas. Mas entretanto la senectud, como ves, ha venido a blanquear mi cabello y arrugar mi rostro, advirtiéndome que no disfrutaré por largo tiempo tan cumplida prosperidad. Antes de morir he querido ver por la última vez la tierra querida, más grata para mí que mi propia patria; la Licia donde aprendí a ser bueno teniendo por modelo al virtuoso Alcino. Supe antes de llegar a ella por un negociante de las islas Cícladas, que aún existe en Delos un hijo de Orsíloco, digno imitador de las virtudes de su abuelo Alcino; y al momento dejé el camino de la Licia, apresurándome a venir en su busca a esta isla consagrada a Apolo, bajo los auspicios de este dios, como vástago de la familia a quien todo lo debo. Réstame poco tiempo que vivir; pues la parca, enemiga del reposo que tan rara vez conceden los dioses a los mortales, no tardará en cortar el hilo de mis días; mas moriré contento si, antes de cerrarse mis párpados para siempre, llego a ver al nieto de mi antiguo señor. Tú que habitas en esta isla, dime, si le conoces, dónde podré encontrarle. Si me proporcionas que le vea, otórguente los dioses la recompensa, permitiéndote acariciar sentados sobre tus rodillas a los nietos de tus nietos hasta la quinta generación, y plázcales conservar en tu casa la abundancia y la paz como fruto de tus virtudes. En tanto que así hablaba Aristonoo, lloraba Sofrónimo, ora de gozo, ora de dolor; y sin poder articular palabra tendió al fin los brazos al cuello del anciano, y estrechándole contra su corazón se esforzó a decirle entre sollozos:

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Yo soy, oh padre mío, el que buscáis: aquí tenéis a Sofrónimo, nieto de vuestro amigo Alcino: al escucharos, no me queda duda de que os traen los dioses para consolar mis infortunios. En vos se halla la gratitud que parecía haber huido de la tierra. En mi infancia oí decir que un hombre célebre y rico se hallaba establecido en Samos después de haber sido educado en casa de mi abuelo; mas habiendo muerto joven mi padre Orsíloco, dejándome en la cuna, nada más he podido saber; y en la incertidumbre jamás me atreví a pasar a Samos, prefiriendo permanecer en esta isla, procurándome consuelo a mis desgracias, con el menosprecio de las vanas riquezas, y cultivando las musas en el templo consagrado a Apolo; y la virtud, que habitúa a los hombres a contentarse con poco y a vivir con tranquilidad, ha sustituido hasta ahora al goce de los demás bienes.

Al acabar de decir estas palabras habían llegado ya al templo, y propuso Sofrónimo a Aristonoo hacer oración y presentar sus ofrendas. Hicieron un sacrificio de dos ovejas más blancas que la nieve y de un toro en cuya frente se veía un hermoso lunar. Cantaron himnos en honor de la divinidad que alumbra el universo, arregla el curso de las estaciones, alienta a las ciencias y preside el coro de las nueve musas; y pasaron el resto del día en volver a referir sus aventuras; recibiendo Sofrónimo en su casa al anciano, con el respeto y ternura que hubiera recibido al mismo Alcino si aún viviese.

Embarcáronse al día siguiente para la Licia, y allí condujo Aristonoo a Sofrónimo a una fértil campiña situada a las orillas del río Janto, en cuyas aguas se bañara y lavara tantas veces su hermosa y rizada cabellera Apolo al regresar de la caza fatigado y cubierto de polvo. Veíanse en ella multitud de álamos y sauces cuyas ramas, llenas de verdor y frescura, ocultaban nidos de innumerables avecillas que en incesantes gorjeos pasaban noche y día. Al precipitarse el río de una alta roca causaba gran ruido, y cubríase de blanca espuma la superficie de sus aguas, resbalando estas por un canal cubierto de conchas. Hondeaban en la campiña las doradas mieses, y las vides y árboles frutales poblaban las colinas que se elevaban en forma de anfiteatro. La naturaleza entera, finalmente, se presentaba en aquellos parajes risueña y agradable, el cielo sereno y apacible, y la tierra pronta siempre a arrojar de sus entrañas nuevas riquezas para recompensar las fatigas de sus cultivadores. Descubrió Sofrónimo, al adelantarse por la orilla del río, una casa sencilla y mediana, pero de agradable arquitectura y justas proporciones. No la adornaban el mármol, el oro, la plata ni el marfil, ni muebles lujosos; pero todo en ella respiraba aseo y comodidad aunque sin magnificencia. En medio del patio veíase una fuente cuyas aguas corrían por el canal que formaba el verde césped matizado de flores; y aunque los jardines no eran muy vastos, producían frutas y plantas útiles para alimentar al hombre. A derecha e izquierda de ellos veíanse dos florestas cuyos árboles parecían tan antiguos como la tierra que los nutría, y cuyas espesas ramas producían una sombra impenetrable a los rayos del sol. Entraron en un salón en donde comieron de cuanto producían los jardines; mas de ninguna de las cosas que la sensualidad va a buscar tan lejos y con tanto dispendio a las ciudades. Leche tan dulce como la que ordeñaba Apolo mientras fue pastor en la casa del rey Admeto: miel más exquisita que la que labran las abejas de Hibla en Sicilia, o del monte Himeto en el Ática; legumbres y frutas acabadas de coger, y vino más delicioso que el néctar servido en copas cinceladas; y mientras duró aquella frugal comida no quiso Aristonoo sentarse a la mesa, excusándose al principio con diversos pretextos para ocultar su modestia; mas estrechado por Sofrónimo, manifestó su resolución de no comer jamás con el nieto de Alcino a quien por tanto tiempo había servido como a su señor en aquel mismo lugar. He aquí, dijo, el sitio en que aquel sabio anciano acostumbraba a comer, a conversar con sus amigos y a entretenerse en diversos juegos. He allí donde paseaba leyendo a Hesíodo y a Homero. He allí, por último, el lugar en donde reposaba durante la noche; y al recordar todas estas circunstancias enternecíasele el corazón y corrían de sus párpados abundosas lágrimas.

Acabada la comida condujo a Sofrónimo a las dilatadas praderas en que vagaban rumiando grandes piaras de ganados mayores a la orilla del río, y vieron venir numerosos rebaños que regresaban de pastar llenas de leche las madres y seguidas de sus tiernos corderillos que las seguían retozando; y por último considerable número de esclavos que se animaban al trabajo por el interés de su señor, que por su dulzura y humanidad se hacía amar de ellos, suavizando las penalidades de la esclavitud.

El gozo enajena mi corazón, dijo Aristonoo a Sofrónimo, mostrándole la casa, los esclavos, los ganados y aquellos terrenos que habían llegado a ser fértiles por virtud de esmerado cultivo, al veros en el antiguo patrimonio de vuestros mayores: me hallo satisfecho al poneros en posesión de estos lugares en que serví por largo tiempo a Alcino. Disfrutad en paz de lo que fue suyo, vivid dichoso y preparaos un término más agradable que el suyo. Al mismo tiempo le hizo donación de aquellos bienes con todas las solemnidades que la ley prescribía, declarando excluidos de la sucesión a sus herederos naturales si alguna vez llegaban a ser tan ingratos que disputasen aquella donación que hacía al nieto de Alcino su bienhechor.

Mas no bastaba esto para satisfacer el generoso corazón de Aristonoo; adornó toda la casa de muebles nuevos, aunque sencillos y modestos, aseados y agradables; llenó los graneros de los ricos presentes de Ceres, y la bodega de vino de Quíos digno de ser servido en la mesa del gran Júpiter por la mano de Hebe o de Ganimedes, añadiendo alguna porción de vino parmeniano y provisión abundante de miel de Himeto y de Hibla, y de aceite de Ática, casi tan dulce como la misma miel; y por último, innumerables vellones de lana muy fina y tan blanca como la nieve, rico despojo de las tiernas ovejas que se alimentaban en las montañas de la Arcadia y en las grandes praderas de la Sicilia; en cuyo estado entregó la casa a Sofrónimo con cincuenta talentos euboicos, reservando para sus parientes los bienes que poseía en la península de Clazómenas, en las inmediaciones de Esmirna, de Lébedos y de Colofón, que eran de mucho valor, y en seguida se embarcó Aristonoo para regresar a la Jonia.

Admirado y enternecido Sofrónimo con tan grandes beneficios, le acompañó lloroso hasta el bajel, estrechándole entre sus brazos y llamándole su padre. Un viento favorable condujo en breve a Aristonoo al seno de su familia, y ninguno de los individuos de esta se atrevió a quejarse de lo que acababa de hacer con Sofrónimo. He dispuesto, les decía, en mi testamento, que todos mis bienes se vendan y se distribuya su valor entre los pobres de la Jonia si alguno de vosotros llega a oponerse a la donación que acabo de hacer al nieto de Alcino.

Vivía en paz aquel sabio anciano gozando de los bienes que el cielo concediera a sus virtudes; y a pesar de su senectud, iba todos los años a la Licia a ver a Sofrónimo y hacer un sacrificio sobre el sepulcro de Alcino que había enriquecido con los más bellos adornos de la arquitectura y de la escultura; disponiendo que después de su muerte fuesen colocadas sus cenizas en el mismo sepulcro para que descansasen al lado de las de su querido señor. Impaciente Sofrónimo de ver a Aristonoo, tenía fija la vista en el mar durante la primavera, deseoso de descubrir el bajel que le conducía, pues era la estación en que verificaba su viaje; y renovábase anualmente el placer de ver venir surcando las olas a aquel bajel tan deseado, cuyo arribo era para él infinitamente más agradable que cuantos tesoros arroja la naturaleza al aparecer la primavera después del riguroso invierno.

Mas llegó un año en que el bajel no parecía, y la tristeza y el temor aparecieron en el rostro de Sofrónimo. Lloraba amargamente, abandonole el sueño, y negose a los más agradables manjares. Inquietábale el menor ruido, y con la vista fija en el puerto preguntaba a cada momento si había arribado algún bajel de la Jonia. Arribó uno, mas ¡ah!, no conducía a Aristonoo sino sus cenizas en una urna de plata que le presentó afligido Anficlo, antiguo amigo de aquel, de su misma edad con corta diferencia, y fiel ejecutor de su última voluntad. Al acercarse a Sofrónimo, enmudecieron ambos, mas sus sollozos expresaron su dolor. Besó Sofrónimo la urna cineraria, y habiéndola bañado con sus lágrimas exclamó: ¡Oh virtuoso anciano! Tú hiciste dichosa mi vida, mas hoy me atormentas con el más acerbo dolor. Ya no te veré más, y sería afortunado si muriese, pues podría verte en los Campos Elíseos, donde tu sombra goza la bienaventurada paz que los justos dioses tienen reservada a la virtud. Tú has hecho renacer en la tierra la justicia, la piedad y la gratitud, mostrando en este siglo de yerro aquella bondad e inocencia que florecieron en la edad de oro. Antes de coronarte los dioses en la mansión de los justos, te han concedido en la tierra una vejez dichosa y prolongada, mas ¡ah!, nunca dura demasiado lo que debiera ser eterno. Ningún placer me proporciona el goce de lo que me diste, pues me veo reducido a gozarlo separado de ti. ¡Sombra querida! ¿Cuándo te seguiré? Preciosas cenizas, si aún soy capaz de sentir, sin duda os causará placer veros mezcladas con las de Alcino. También las mías se mezclarán con ellas algún día. Entretanto, será mi único consuelo conservar los restos mortales del que más he amado. ¡Oh Aristonoo, Aristonoo! No, no has muerto: vives todavía en el fondo de mi corazón. Pueda yo antes olvidarme de mí mismo que borrar de mi memoria aquel hombre tan digno de ser amado, que con tal extremo me amaba, que tanto apreció la virtud y a quien todo lo debo.

Acabadas estas palabras interrumpidas de sollozos, colocó Sofrónimo la urna cineraria en el sepulcro de Alcino; sacrificó multitud de víctimas, cuya sangre inundaba los altares de florido césped que circuían la tumba; derramó abundantes libaciones de vino y de leche; quemó perfumes traídos de lo interior del Oriente, y se esparció por los aires su oloroso humo; estableciendo para siempre la celebración de juegos fúnebres en honor de Alcino y de Aristonoo en aquella misma estación. A ellos concurrían desde la Caria, comarca feliz y abundante; desde las encantadas riberas del Meandro que deja pesaroso el país que riega prolongando su curso por él con multiplicados rodeos; desde las orillas siempre verdes del Caístro; desde las del Pactolo que arrastra arenas doradas; desde la Panfilia que hermosean a porfía Ceres, Flora y Pomona; y por último desde las vastas llanuras de la Cilicia, regadas cual un jardín por los numerosos torrentes que descienden del monte Tauro siempre coronado de nieve; y durante aquella solemne fiesta cantaban himnos en loor de Alcino y de Aristonoo jóvenes de ambos sexos vestidos de túnicas de lino blancas cual la azucena; porque no era posible alabar al uno, sin loar al otro; ni separar a aquellos dos hombres tan íntimamente unidos aun después de su muerte.

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Una gran maravilla se advirtió el mismo día en que Sofrónimo derramaba las libaciones de vino y leche. Durante ellas nació en medio del sepulcro un hermoso mirto de verdura y exquisito olor: se alzó de repente su copuda cabeza para cubrir las dos urnas y protegerlas con su sombra. Exclamaron todos, al ver este prodigio, que los dioses, para recompensar la virtud de Aristonoo, le habían convertido en tan precioso arbusto. Tomó a su cargo Sofrónimo el cuidado de regarle y honrarle cual una divinidad; y lejos de envejecer se renueva de diez en diez años; sin duda porque los dioses han querido mostrar con tal maravilla que la virtud que tan agradables perfumes esparce en la memoria de los hombres no perece jamás.

FIN.

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ÍNDICE

Páginas El traductor — Fenelón y Telémaco I

Aventuras de Aristonoo 537