LIBRO PRIMERO
UN JUSTO
[Ilustración]
I =El señor Myriel=
En 1815 el señor Carlos Francisco Bienvenido Myriel estaba de obispo en D***. Era este un anciano como de setenta y cinco años y ocupaba el obispado de D*** desde 1806.
Por más que semejante detalle no tenga nada que ver con el fondo de lo que nos proponemos relatar, no estará tal vez fuera del caso, aún cuando no tenga otro objeto que el de ser verdaderos en todo, al consignar los rumores y murmuraciones que acerca de su personalidad habían circulado cuando llegó á tomar posesión de su diócesis. Lo que de los hombres se dice, verdadero ó falso, ocupa generalmente en su existencia é influye sobre todo en su porvenir, tanto como lo que hacen. El señor Myriel era hijo de un consejero del parlamento de Aix; nobleza de toga. Se decía que su padre, deseando que heredara su cargo, le había casado siendo aún muy joven, esto es, á los diez y ocho ó veinte años, siguiendo una costumbre muy generalizada entre las familias de los magistrados. Carlos Myriel, sin embargo de su matrimonio, había dado bastante que hablar. Á pesar de su corta estatura, era de presencia gallarda, elegante, graciosa y espiritual; la primera parte de su vida perteneció por completo al mundo y á la galantería.
Sobrevino la Revolución, precipitáronse los acontecimientos, dispersáronse, diezmadas por la persecución general, las familias de la antigua magistratura, y el señor Carlos Myriel, desde las primeras jornadas de la revolución, emigró á Italia. Su esposa, falleció allí, de una enfermedad de pecho de la que venía padeciendo hacía mucho tiempo. No tuvieron hijos. ¿Qué aconteció luego en los destinos del señor Myriel? El derrumbamiento de la antigua sociedad francesa, la caída de su propia familia, los trágicos espectáculos del 93, más horrorosos sin duda para los emigrados que los miraban de lejos con el agrandamiento del miedo ¿engendraron tal vez en su alma ideas de retiro y soledad? Entre alguna de las diversas afecciones ó distracciones que llenaban su vida, ¿se vió herido de súbito por un golpe terrible y misterioso, de esos que muchas veces aplastan el corazón del hombre que las catástrofes públicas no conmovería aún cuando atacasen su existencia ó su fortuna? No podemos decirlo; sólo sabemos que á su vuelta de Italia era sacerdote.
En 1804, el señor Myriel ocupaba el curato de B. (Brignoles). Era ya viejo y vivía completamente retraído.
Durante la época de la coronación, cierto insignificante asunto de su ministerio que no podemos precisar, le llevó á París. Entre otras personas de valimiento á quienes acudió en bien de sus feligreses contábase el cardenal Fesch. Un día en que el emperador había ido á visitar á su tío, el digno cura que esperaba en la antecámara se encontró al paso con Su Majestad; Napoleón, al observar que el buen anciano le miraba con cierta curiosidad, volvióse y dijo bruscamente:
--¿Quién es este buen hombre que me mira?
--Señor,--dijo el señor Myriel;--vos mirando un buen hombre y yo un grande hombre, podemos ambos aprovecharnos de ello.
Aquella misma noche pidió el emperador al cardenal el nombre de aquel cura, y algún tiempo después fué sorprendido el señor Myriel con el nombramiento de obispo de D***.
¿Qué había de verdad, por otra parte entre los cuentos que se inventaban sobre la primera parte de la vida del señor Myriel? Nadie lo sabía. Pocas eran las familias que habían conocido á la del señor Myriel antes de la revolución.
El señor Myriel debía correr la suerte de todo recién llegado á una pequeña población, donde se encuentran muchas bocas que hablan y muy pocas cabezas que piensen. Debía correrla, por más que fuése obispo y por que era obispo. Sin embargo, las murmuraciones con las que iba mezclado su nombre no pasaban de murmuraciones, es decir: murmullos, frases, palabras; menos que palabras, _palabrerías_, como diríamos en el idioma enérgico del Mediodía.
Sea como fuere, después de nueve años de episcopado y de residencia en D*** todos los cuentos, objeto de las conversaciones del primer momento, en que se ocupan las pequeñas poblaciones y la gente pequeña, habían caído en el olvido más profundo. No había quien se atreviese á hablar de ello ni quien osase recordarlo siquiera.
El señor Myriel había ido á D*** en compañía de una buena señora, la señorita Batistina, hermana suya, la cual contaba diez años menos que él.
No tenían ambos más servidores que una criada de la misma edad que la señorita Batistina, á quien llamaban señora Magloria, la cual, después de haber sido _el ama del señor cura_, tomó á la sazón el doble título de camarera de la señorita y ama de gobierno de su ilustrísima.
Era la señorita Batistina de corta estatura, delgada, pálida y bondadosa; la encarnación del ideal expresado en la palabra «respetable» puesto que parece necesario en una mujer para ser venerable, el haber sido madre. Jamás había sido bonita; no había sido su existencia otra cosa que una serie no interrumpida de obras piadosas, la cual había acabado por derramar sobre ella cierta especie de blancura diáfana; así es que, al envejecer, había adquirido lo que podríamos llamar hermosura de la bondad. Lo que en su juventud había sido flaquedad convirtióse con los años en transparencia, al través de la cual se adivinaba el ángel. Era mejor que una virgen, un alma. Parecía su persona hecha de sombra; apenas tenía bastante cuerpo para encerrar un sexo; un poco de materia conteniendo una luz; dos grandes ojos fijos siempre en la tierra, esto es, un pretexto para que el alma viviese en ella.
La señora Magloria era una viejecilla blanca, rellena, sonrosada, rechoncha, activa, hacendosa y atareada y sofocada siempre, á causa de su actividad natural al principio, á causa de su asma después.
Á su llegada, dieron posesión al señor Myriel de su palacio episcopal, con los honores decretados por el imperio, según los cuales, se coloca al obispo inmediatamente después de el mariscal. El alcalde y el presidente le hicieron la primera visita, y él, por su parte, hizo su visita primera al general y al prefecto.
Terminada la instalación, esperó la ciudad á apreciar al obispo por sus obras.
II
=El señor Myriel vuélvese Monseñor Bienvenido=
El palacio episcopal de D*** estaba situado junto al hospital.
Era dicho palacio un grandioso y magnífico edificio labrado en piedra á principios del último siglo, por monseñor Enrique Puget doctor en teología de la facultad de París y abad de Simore, el cual fué nombrado obispo de D*** en 1712. Este palacio era una verdadera morada señorial. Todo era espléndido en él, las habitaciones del obispo, los salones, las cámaras interiores, el patio de honor extensísimo con sus galerías de arcos, y según la antigua costumbre florentina, los jardines plantados de magníficos árboles.
En la sala comedor, ancha y soberbia galería situada en el piso bajo con acceso á los jardines, monseñor Enrique Puget dió en 29 de Julio de 1714 un gran banquete de honor á los eminentes señores Carlos Brulart de Genlis, arzobispo y príncipe de Embrun; Antonio de Mesgrigny, capuchino, obispo de Grasse; Felipe de Vendôme, gran prior de Francia y Abad de San Honorato de Lerins; Francisco de Berton de Crillón, obispo y barón de Vence; César de Sabran de Forcalquier, obispo y señor de Glandeve, y Juan Soanen, predicador del rey, capellán del Oratorio, obispo y señor de Senez.
Los retratos de estos siete reverendos personajes adornaban la sala, al par de esta fecha memorable «29 DE JULIO DE 1714» grabada en letras de oro sobre una lápida de mármol blanco.
El hospital era una pequeña casa baja, reducida á un solo piso, con un jardín insignificante.
Á los tres días de su llegada visitó el obispo el hospital. La visita terminó rogando al director que se sirviese hacerle otra á su vez en su palacio.
Dos días después, el director del hospital sostenía con el obispo el siguiente diálogo:
--Señor director del hospital, ¿cuántos enfermos tenéis en este momento?--le preguntó el obispo.
--Veintiséis, monseñor.
--Los mismos que yo había contado.
--Las camas,--repuso el director,--están casi unidas las unas á las otras.
--Esto mismo he notado.
--Las salas, no son más que cuartos, y el aire se renueva difícilmente en ellas.
--Esto me parece.
--Y luego, cuando viene un rayo de sol, es el jardín demasiado pequeño para los convalescientes.
--También lo creo así.
--En tiempos de epidemia, este año hemos tenido el tifus, y hace dos años tuvimos la fiebre miliar, más de cien enfermos reunidos dan mucho que hacer.
--También pensé yo en ello.
--¡Cómo ha de ser, monseñor!--exclamó el director del hospital,--es preciso conformarse.
Esta conversación tenía lugar en la galería comedor, situada junto al jardín.
El obispo permaneció callado unos instantes, después de los cuales dirigiéndose de súbito al director del hospital le dijo:
--Señor mío: ¿cuántas camas creéis que caben buenamente en esta sala?
--¿En la sala comedor de su ilustrísima?--preguntó estupefacto el director.
El obispo recorría la sala con su mirada, pareciendo como que tomase medidas y echase cálculos.
--Aquí caben perfectamente veinte camas,--decía hablando consigo mismo;--luego, levantando la voz:
--Atended, señor director del hospital,--dijo.--Existe aquí un evidente error. Allí estáis reducidos á cinco ó seis departamentos, veintiséis personas. Aquí no somos más que tres y tenemos espacio para sesenta. Hay error, lo repito: vosotros ocupáis mi lugar y yo el vuestro. Devolvedme por lo tanto mi casa y tomad la que os pertenece.
Al día siguiente, estaban los veintiséis enfermos pobres instalados en el palacio del obispo, y el obispo en el hospital.
Monseñor Myriel carecía de bienes, por haber sido arruinada su familia por la Revolución. Su hermana percibía una renta vitalicia de quinientos francos, que satisfacía en el curato sus gastos personales. Monseñor Myriel cobraba del Estado, como obispo, un sueldo de quince mil francos.
El mismo día en que se alojó en el hospital, determinó monseñor Myriel emplear de una vez para siempre aquella suma en la siguiente forma. Transcribimos aquí la nota escrita de su propia mano.
NOTA PARA REGULAR LOS GASTOS DE MI CASA
Para el pequeño seminario Mil quinientas libras. Congregación de la misión Cien libras. Para los lazaristas de Montdidier Cien libras. Seminario de las misiones extranjeras en París Doscientas libras. Congregación del Espíritu Santo Ciento cincuenta libras. Establecimientos religiosos de la Tierra Santa Cien libras. Sociedades de caridad maternal Trescientas libras. Además, para la de Arlés Cincuenta libras. Obra para el mejoramiento de cárceles Cuatrocientas libras. Obra para el alivio y redención de presos Quinientas libras. Para libertar á los padres de familia presos por deudas Mil libras. Suplemento al sueldo de los pobres maestros de escuela de la diócesis Dos mil libras. Pósito de los Altos Alpes Cien libras. Congregación de señoras de D***, de Manosque y de Sisterón, para la enseñanza gratuita de niñas indigentes Mil quinientas libras. Para los pobres Seis mil libras. Mis gastos personales Mil libras.
Total Quince mil libras.
Durante todo el tiempo que ocupó la sede de D*** monseñor Myriel no varió en nada esta disposición. Llamábala, como hemos visto, _tener regulados los gastos de su casa_.
Este arreglo fué aceptado con sumisión absoluta por la señorita Batistina. Para esta santa criatura, Monseñor de D***, era á un mismo tiempo su hermano y su obispo; su amigo por la naturaleza, y su superior según la Iglesia. Le amaba y veneraba sencillamente. Cuando él hablaba, asentía inclinándose; cuando obraba, se adhería á sus obras. Sólo el ama, la señora Magloria, murmuraba un poco.
El señor obispo, como se habrá comprendido, no se reservaba más que mil libras, las cuales, unidas á la pensión de la señorita Batistina, sumaban mil quinientas anuales. Con estas mil quinientas libras vivían las dos ancianas y el anciano.
Y cuando algún cura de aldea iba á D***, aún encontraba el señor obispo con qué agasajarle, gracias á la severa economía de la señora Magloria; y á la inteligente administración de la señorita Batistina.
Cierto día, á los tres meses de estar en D***, dijo el obispo:
--¡Con todo y con esto me encuentro bastante apurado!
--Ya lo creo,--exclamó la señora Magloria,--como que monseñor no ha reclamado siquiera la renta que le adeuda el departamento por sus gastos de carruaje en la ciudad y de visita en la diócesis, según costumbre de los obispos de otros tiempos.
--¡Es verdad!--dijo el obispo,--tenéis mucha razón, señora Magloria.
Y presentó su reclamación.
Algún tiempo después, el consejo general tomaba en consideración la solicitud del obispo, votó en su favor una suma anual de tres mil francos, bajo el siguiente epígrafe: _Asignación al señor obispo, para gastos de carruaje, postas y visitas pastorales_.
Esto dió mucho que hablar á la clase media de la localidad, y con tal motivo, un senador del Imperio, antiguo miembro del Consejo de los Quinientos, favorable al del diez y ocho Brumario y agraciado por la ciudad de D*** con una magnífica senaduría, escribió al ministro de Cultos, señor Bigot de Preamenú, una esquela confidencial irritadísima, de la cual tomamos las siguientes líneas auténticas:
«--¿Gastos de carruaje? ¿Á qué objeto en una ciudad de menos de cuatro mil habitantes? ¿Gastos de viaje? ¿Á qué hacer semejantes viajes? ¿Ni como ha de correr la posta en un país montañoso? Aquí no hay carreteras, ni se puede viajar más que á caballo. El mismo puente de Durance en Château-Arnoux, apenas puede sostener las carretas de bueyes. Estos curas son todos iguales, ambiciosos y avaros. Éste cuando vino, hizo la del buen apóstol. Ahora ya hace como los demás, necesita coche y silla de posta. Quiere ya como los antiguos obispos tener lujo. ¡Oh! es mucha clerigalla ésta! Señor conde, las cosas no irán como deben ir hasta que el emperador no nos libre de solideos. ¡Abajo el papa! (Entonces andaban embrollados los negocios con Roma). Yo por mi parte estoy por el César único y solo, etc., etc.».
En cambio la cosa regocijó mucho á la señora Magloria.
--Bueno,--dijo ella á la señorita Batistina,--monseñor ha comenzado por los otros, pero á la postre le ha sido preciso acabar por sí mismo. Tiene ya arregladas todas sus limosnas. He aquí por lo tanto tres mil francos para nosotros. ¡Al fin!
Aquella misma noche, el obispo escribió y entregó á su hermana una nota, concebida en los siguientes términos:
GASTOS DE CARRUAJE Y VISITAS
Para dar caldo de carne á los enfermos del hospital Mil quinientas libras. Para la sociedad de caridad maternal de Aix Doscientas cincuenta libras. Para la sociedad de caridad maternal de Draguignan Doscientas cincuenta libras. Para los niños expósitos Quinientas libras. Para los huérfanos Quinientas libras.
Total Tres mil libras.
Tal fué el presupuesto de monseñor Myriel.
En cuanto á los derechos episcopales, dispensa de amonestaciones, dispensas de parentesco, aspersiones, predicaciones, bendición de iglesias ó capillas, casamientos, etc., el obispo los cobraba á los ricos con igual rigor que presteza tenía para darlo á los pobres.
Al poco tiempo afluyeron las ofrendas en dinero. Los ricos y los pobres llamaban á la puerta de monseñor Myriel; acudían los unos á recoger la limosna que iban los otros á depositar. En menos de un año, llegó á ser el obispo el tesorero de todas las buenas obras, y el cajero de todas las necesidades. Pasaban por sus manos sumas considerables; pero nada logró hacerle cambiar en lo más mínimo su género de vida, ni añadir la menor superfluidad á sus necesidades.
Lejos de eso, como siempre hay abajo más miseria que fraternidad arriba, todo estaba, por así decirlo, repartido antes de recibido; era como el agua en tierra seca; por mucho dinero que le dieran, nunca lo tenía. Entonces se despojaba de lo suyo.
Siendo costumbre que los obispos encabecen con sus nombres de pila sus mandatos y letras pastorales, los pobres del país habían escogido con cierta especie de instinto afectuoso, entre los nombres del obispo, aquel que ofrecía un significado en relación con su modo de ser, así es que no le llamaban más que monseñor Bienvenido. Nosotros haremos otro tanto, y como ellos, le llamaremos así en lo sucesivo. Por lo demás, el que se le designase con este nombre le complacía.
--Me agrada el nombre,--decía, Bienvenido;--suaviza el monseñor.
No pretendemos que el retrato que aquí bosquejamos sea verdadero; nos concretamos á consignar que es parecido.
III
=Á buen obispo, mal obispado=
Aunque el señor obispo había convertido su carruaje en limosnas, no dejaba por ello de hacer sus visitas pastorales. La diócesis de D*** es verdaderamente pesada, hay en ella poquísimas llanuras y muchas montañas; sin caminos casi, como hemos visto, comprende treinta y dos curatos, cuarenta y un vicariatos y doscientos ochenta y cinco agregados. Visitar todo eso era penosísimo, sin embargo, el señor obispo llenaba cumplidamente su misión. Cuando debía visitar un punto cercano iba á pie, en tartana cuando estaba en la llanura y, como Dios le daba á entender, en la montaña. Las dos viejecitas le acompañaban generalmente, pero cuando el camino era demasiado penoso para ellas, iba solo.
Un día llegó á Senez, antigua ciudad episcopal, montado en un asno. Su bolsa, harto escasa á la sazón, no le había permitido tomar otro vehículo. El alcalde del pueblo salió á recibirle mirándole apearse de semejante cabalgadura con ojos escandalizados. Varios vecinos reían en derredor suyo.
--Señor alcalde,--dijo el obispo,--y señores acompañantes, bien se me alcanza lo que os escandaliza; creéis que prueba mucho orgullo en un pobre sacerdote montar una cabalgadura igual á la de Jesucristo. Hágolo por necesidad y no por vanidad, os lo aseguro.
En sus visitas era siempre indulgente y bondadoso: predicaba menos que hablaba. No buscaba nunca raciocinios ni ejemplos remotos. Á los habitantes de una comarca citaba el ejemplo de otra comarca vecina. En los lugares donde eran duros para los menesterosos les decía:
--Ved lo que hacen los de Brianzón. Han dado permiso á los pobres, á las viudas y á los huérfanos, para que vayan á cortar yerba en sus prados tres días antes que á ningún otro; y les reparan las casas gratuitamente cuando están ruinosas. Por eso Dios bendice ese país. En todo un siglo de cien años no ha habido en su comarca un solo asesino.
En los pueblos avaros y perezosos, decía:
--Ved á los de Embrun. Si al tiempo de la cosecha se encuentra un padre de familia con que sus hijos están en el ejército y sus hijas sirviendo en la ciudad, y él se encuentra enfermo é impedido, el cura le recomienda desde el púlpito; y el domingo, después de misa, todas las gentes del lugar, hombres, mujeres y niños, van al campo del pobre infeliz, le hacen su siega, y luego llevan á su granero paja y grano.
Á las familias divididas por cuestión de interés y herencia les decía:
--Mirad á los montañeses de Devolny, país tan salvaje, que no se oye cantar en él un ruiseñor en cincuenta años. Pues bien; cuando muere en una familia el padre, vanse los mozos á probar fortuna, dejando la hacienda á las muchachas para que puedan encontrar marido.
En los lugares donde reinaba la afición á pleitos y se arruinaban los labradores comprando papel sellado, solía decirles:
--Tomad ejemplo de esos buenos campesinos del valle de Queiras. Existen allí unas tres mil almas. ¡Bendito sea Dios! es aquello una pequeña república. Allí no se conoce escribano ni juez. El alcalde lo hace todo. Él arregla el reparto de la contribución; él fija en conciencia á cada cual su cuota, juzga gratis toda diferencia, divide las herencias sin honorarios, da las sentencias sin gastos; y le obedecen, porque es un hombre justo entre hombres sencillos.
En los pueblos donde no encontraba maestro de escuela, citaba también el de Queiras:
--¿Sabéis lo que hacen?--decía:--Como en los lugares de doce á quince chozas no se puede sostener siempre un maestro, los tienen pagados por todo el valle, los cuales recorren las aldeas, pasando ocho días en una, diez en otra, y así enseñando. Los tales maestros acuden á las ferias, donde yo los he visto, y se los conoce por las plumas de escribir que llevan en la cinta del sombrero. Los que únicamente enseñan á leer llevan solamente una pluma, los que enseñan á leer y contar, dos; los que enseñan latín además de la lectura y el cálculo, llevan tres plumas... Estos son los más sabios. ¡Qué vergüenza el ser ignorantes! Haced, haced lo que hacen los de Queiras.
De esta manera hablaba, grave y paternalmente; á falta de ejemplos inventaba parábolas, yendo siempre derecho á su objeto, con pocas frases y muchas imágenes, que esta era la elocuencia de Jesucristo, convencida y persuasiva.
IV =Obras como palabras=
Su conversación era afable y alegre, siempre al alcance de las dos ancianas que pasaban la vida junto á él; cuando reía, su risa era la de un estudiante.
La señora Magloria le trataba siempre de eminencia. Cierto día levantóse de su sillón, y fué á su biblioteca á buscar un libro. Estaba el libro en una de las tablas más altas de la estantería, y como el obispo era de cortísima estatura, no lograba alcanzarle.
--_Señora Magloria_,--dijo,--_arrimad una silla; mi eminencia no alcanza á esa tabla._
Una de sus parientas de cuarto ó quinto grado, la condesa de Lô, desperdiciaba raras veces la ocasión de enumerar en presencia suya lo que ella llamaba «las esperanzas» de sus tres hijos. Tenía la tal, muchos ascendientes viejos ya y próximos á morir, de quienes eran sus hijos herederos naturales. El más joven de los tres debía heredar de una tía abuela más de cien mil libras de renta; el segundo debía suceder á un su tío en el título de duque y el mayor á su abuelo en la dignidad de par.
El obispo oía silencioso tan inocentes como perdonables alardes maternales. Una vez, sin embargo, pareció más pensativo que de costumbre, al repetir la condesa de Lô los pormenores de todas aquellas sucesiones y «esperanzas». Interrumpióse á sí misma la condesa, diciendo con cierta impaciencia:
--¡Dios mío, primo! ¿en qué estáis pensando?
--Pienso,--contestó el obispo,--en una frase bien singular, que me parece de San Agustín: «Poned vuestra esperanza en aquel á quien nadie ha de suceder».
Otra vez, al recibir una carta en que se le anunciaba la muerte de un hidalgo del país, en la que iban enumerados en larga fila, además de las dignidades del difunto, todos los títulos feudales y nobiliarios de su parentela, exclamó:--¡Qué buenas espaldas tiene la muerte! ¡Qué carga más admirable de títulos le hacen llevar alegremente, y cuánto ingenio deben tener los hombres que así llenan la tumba de vanidades!
Tenía oportunas y suaves salidas satíricas, que encerraban casi siempre una lección moral.
Durante una cuaresma, fué á D*** un cura joven, quien predicó en la catedral. Estuvo bastante elocuente; el objeto de su sermón era la caridad. Invitó á los ricos á dar á los pobres para evitar el infierno, que pintó todo lo mas horroroso que supo, y á ganar el cielo, que presentó halagüeño y seductor. Había entre los oyentes un rico mercader retirado, un tanto usurero, llamado Geborad, el cual había ganado dos millones en la fabricación de paños burdos, sargas y bayetas. En su vida, el señor Geborad, había dado limosna á ningún pobre. Desde el día de aquel sermón, notóse que daba todos los domingos una moneda de cinco sueldos á las viejas pobres que mendigaban á las puertas de la catedral. Eran seis, y tenían que partirse entre todas aquella moneda.
Vióle un día el obispo dando su limosna, y dijo á su hermana sonriendo:
--Mira, mira al señor Geborad comprando cinco sueldos de cielo.
Cuando se trataba de caridad, no se acobardaba jamás ante una negativa, siempre encontraba palabras con que contrarrestarla.
Cierto día estaba pidiendo para los pobres en una de las tertulias de la ciudad; encontrábase en ella el marqués de Champtercier, viejo, rico y avaro, el cual había sabido encontrar la manera de ser á un tiempo ultra realista y ultra-volteriano. Es género que ha existido. Llegóse á él el obispo, y cogiéndole del brazo le dijo:
--_Señor marqués, es indispensable que deis alguna cosa._
Volvióse el marqués, y respondió secamente:
--_Monseñor, tengo ya mis pobres._
--_Pues dádmelos_,--replicó el obispo.
Un día predicó en la catedral este sermón:
--«Queridísimos hermanos y amigos míos: existe en Francia un millón trescientas veinte mil casas de aldeanos que solo tienen tres aberturas; un millón ochocientas diez y siete mil que solo tienen dos, la puerta y una ventana; y finalmente, trescientas cuarenta y seis mil chozas, que no tienen mas que la puerta. Esto es á consecuencia de una cosa que llaman la contribución de puertas y ventanas. Llenemos de familias pobres, mujeres viejas y criaturas pequeñas, esas casuchas, y pronto tendremos calenturas y otras enfermedades. ¡Dios da el aire á los hombres, y la ley se lo vende! No acuso á la ley, pero bendigo á Dios. En el Isere, en el Var, en ambos Alpes, Altos y Bajos, los campesinos no tienen siquiera carretoncillos, teniendo que transportar el estiércol á cuestas; carecen de velas, y se alumbran con teas resinosas y pedazos de cuerda embreados.
«Lo mismo sucede en toda la parte alta del Delfinado. Amasan pan para seis meses, y lo cuecen con boñiga de vaca seca. En invierno parten á hachazos ese pan, que tienen que poner veinticuatro horas en remojo para poder comerle.
«¡Hermanos míos, sed compasivos! ¡Considerando lo mucho que se padece en rededor nuestro!»
Habiendo nacido en la Provenza, se había familiarizado sin esfuerzo con todos los dialectos del Mediodía. Decía así: _¡Eh bé! moussu, sés sagé?_ como en el bajo Languedoch.--_¿Onté anaras passa?_ en los bajos Alpes.--_Puerte un bouen moutou embe un bouen fromage qrase_, en el alto Delfinado. Esto complacía mucho al pueblo y contribuía no poco á ganarle simpatías con todo el mundo. Encontrábase en la cabaña, y aún en medio del monte, como en su casa. Sabía decir las verdades mas sublimes en los idiomas mas vulgares; hablando en todas las lenguas, penetraba fácilmente en todas las almas.
Por lo demás, él era siempre el mismo, así para las gentes del gran mundo como para las del pueblo.
Jamás condenaba á nadie ni nada, sin apreciar debidamente las circunstancias, para lo cual solía decir: veamos el camino por donde ha pasado la falta.
Siendo, como se calificaba á sí mismo sonriendo, _un ex pecador_, no poseía ninguna de las asperezas del rigorismo, estaba siempre mas elevado, sin preocuparse poco ni mucho del fruncimiento de cejas de los virtuosos intransigentes; su doctrina podía reasumirse en estos términos:
«El hombre lleva sobre sí la carne que es á la vez su carga y su tentación. La lleva y sucumbe á su peso.
«Debe guardarla, contenerla y reprimirla, sin sucumbir hasta el postrer esfuerzo. En este caso puede existir aún falta; pero las faltas de esta naturaleza no pasan de veniales; son una caída, sí, pero una caída sobre las rodillas que pueden convertirse en plegaria.
«Ser santo, es la excepción; ser justo, la regla general. Errad, desfalleced, pecad, pero sed justos.
«Pecar lo menos posible, esta es la ley del hombre. No cometer jamás pecado alguno es sueño de ángeles. Todo lo terrenal está sujeto á pecar. El pecado es la gravitación».
Cuando veía á muchos que gritaban fuerte y se indignaban fácilmente decía sonriendo:--¡Caramba! parece que se trata de un gran crimen cometido por todo el mundo, y que los hipócritas espantados se apresuran á protestar para estar á cubierto.
Era sobre todo indulgente para con las mujeres y los pobres, sobre quienes gravita con todo su peso la sociedad. Decía él: Las faltas de las mujeres, de los niños, de los criados, de los débiles, de los pobres y de los ignorantes, son faltas de los maridos, de los padres, de los maestros, de los fuertes, de los ricos y de los sabios.
Decía además:--Á los que ignoran, enseñadles lo más que podáis: la sociedad es culpable de no dar gratis la instrucción y responsable por lo tanto, de la obscuridad que ella produce. Si un alma envuelta en tinieblas comete pecado, no es ella, aunque peque, la culpable, sino el que produjo las sombras.
Como se ve, tenía su manera especial de juzgar de las cosas. Supongo que la había sacado del Evangelio.
Cierto día oyó hablar en una reunión de un proceso criminal que se estaba instruyendo y que pronto se debía fallar. Tratábase de un infeliz quien por amor á una mujer y un hijo, que de la misma había, y falto de recursos, cometió la torpeza de acuñar moneda falsa. En aquella época se castigaba todavía con la pena de muerte á los monederos falsos. La mujer había sido detenida al poner en circulación la primera moneda fabricada por el hombre. Estaba presa, pero no existían otras pruebas contra ella; ella solamente podía deponer contra su amante y perderle confesando. Negó, siguió la causa sosteniéndose firme en su negativa, hasta que el señor procurador del rey (fiscal) tuvo la idea de suponer una infidelidad del amante, y con fragmentos de cartas, diestramente combinados, logró convencer á la desgraciada presa de que tenía una rival y de que aquel hombre la engañaba. Entonces exasperada por los celos, denunció al amante, confesando y probándolo todo.
Aquel hombre, por lo tanto, estaba perdido. Iba próximamente á ser juzgado con su cómplice, en Aix. Comentábase el hecho, deshaciéndose todo el mundo en alabanzas de la destreza y habilidad del fiscal, por haber sabido hacer entrar los celos en aquel juego, arrancando la verdad á la cólera, para que surgiese de todo ello la justicia de la venganza. El obispo escuchó silencioso cuanto se dijo. Cuando todo el mundo hubo concluido preguntó:
--¿Dónde van á ser juzgados este hombre y esta mujer?
--En el tribunal del jurado.
Y luego repuso:
--¿Y al señor fiscal, dónde se le juzgará?
Tuvo lugar en D*** un triste drama. Un hombre fué condenado á muerte por asesino. Era un desgraciado, no del todo instruido ni ignorante del todo, que había hecho de titiritero en las ferias y de escribiente público. Durante el proceso no se hablaba en la ciudad de otra cosa. La víspera del día en que debía tener lugar la ejecución, se puso enfermo el cura de la cárcel. Faltaba, por lo tanto, un sacerdote para asistir al reo en sus últimos momentos. Fueron á buscar uno, el cual rehusó diciendo: Esto no es de mi incumbencia. Qué tengo yo que hacer ni que ver con ese saltimbanqui; yo también estoy enfermo, y sobre todo, no es este mi deber. Esta respuesta fué trasladada al obispo, quien contestó inmediatamente: _Tiene razón el señor cura, no es suyo este deber, sino mío._
Se fué inmediatamente el obispo á la cárcel, bajó al calabozo donde estaba el reo, y llamándole por su nombre, le tendió la mano y le habló. Pasó todo el día junto al condenado, olvidándose del alimento y del sueño, rogando á Dios por el alma de aquel desgraciado y á este por la suya propia. Díjole las mayores verdades, que son las más sencillas, fué padre, hermano y amigo; obispo, para bendecirle únicamente. Supo hacérselo ver todo de una manera tan clara, que llegó á consolarle y tranquilizarle. Aquel hombre iba á morir desesperado; la muerte era un abismo para él. Erguido y estremeciéndose junto al horrible precipicio de la tumba, retrocedía espantado. No era todo lo ignorante que se necesita para ser indiferente en absoluto. La sentencia de que era objeto sacudió profundamente su ser, habiendo roto por diversos puntos la valla que nos separa de lo misterioso, y á la cual llamamos vida. Miraba sin cesar más allá de este mundo por aquellas fatales aberturas, sin ver más que tinieblas. El obispo le hizo ver una luz.
Al día siguiente, cuando fueron á buscar al reo, estaba allí el obispo. Acompañóle y presentóse ante la multitud, con sus vestiduras moradas y su cruz episcopal pendiente del cuello, codeándose con aquel miserable aherrojado. Subió con él á la carreta, subió con él al catafalco. El reo, tan triste y abatido la víspera, aparecía radiante; sentía reconciliada su alma y esperaba en Dios. Abrazóle el obispo, y en el momento en que iba á bajar la cuchilla, le dijo:
--«Aquél á quien el hombre mata, resucita en Dios; aquel á quien rechazan los hermanos, el Padre lo acoge. Ruega, cree, entra en la vida: el Padre está allí».
Cuando descendió del tablado, había en su mirada algo que hizo que el pueblo le abriese respetuoso paso. En verdad, no se sabía que admirar más, si su palidez ó su serenidad. Al penetrar de nuevo en aquella humilde morada, que él llamaba sonriendo _su palacio_, dijo á su hermana: _vengo de oficiar de pontifical_.
Como las cosas más sublimes son generalmente las menos comprendidas, no faltaron en la ciudad gentes que dijeron, al comentar la conducta del obispo: _Es mucha vanidad_. Sin embargo, no pasó ello de cuento de salón; el pueblo, que no entiende de malicia en cosas santas, enternecióse y admiró.
En cuanto al obispo, el haber visto de cerca la guillotina fué para él un golpe del que tardó mucho en reponerse.
Realmente, el patíbulo, cuando se le ve levantado y dispuesto, tiene algo que alucina. Puede sentirse más ó menos indiferencia acerca de la pena de muerte, no decidirse por una opinión categórica, no decir sí ni no, mientras no se haya visto con ojos propios una guillotina; pero si llega uno á tropezarse con ella, la violenta sacudida que se siente, obliga á pronunciarse y tomar partido en pro ó en contra.
Los unos la admiran, como de Maistre; los otros la execran, como Beccaria. La guillotina es la concreción de la ley, y se llama _vindicta_; no es neutral, ni permite al individuo que lo sea.
Quien la percibe se estremece con el más misterioso estremecimiento. Todas las cuestiones sociales escriben su interrogante al rededor de esa cuchilla. El catafalco es una visión; no es un simple tablado, un instrumento, una máquina inerte hecha de madera, hierro y cuerda; no. Parece una especie de ser que tenga cierta sombría iniciativa; diríase que aquel tablado ve, que aquella máquina oye, que aquel mecanismo comprende, que aquella madera, aquel hierro y aquellas cuerdas tienen voluntad. En medio de los espantosos desvaríos en que se precipita el alma á su presencia, surge el terrible catafalco como tomando parte en lo que hace. El patíbulo es cómplice del verdugo; devora, come carne y bebe sangre. Es una especie de monstruo fabricado por el juez y el carpintero; un espectro que parece vivir cierta vida abominable, alimentada por todas las muertes que ha producido.
Así es que la impresión fué horrible y profunda; al día siguiente de la ejecución y otros muchos después, apareció el obispo como anonadado. La serenidad, tal vez violenta, del momento de horror se había desvanecido, hostigándole de continuo el fantasma de la justicia social. Él, que de ordinario aparecía satisfecho de todas sus santas acciones, parecía como que se reprochase algo. Á veces hablaba consigo mismo, murmurando á media voz monólogos lúgubres. He aquí uno que cierta noche le oyó, y recordó siempre su hermana:
--No creía yo que fuése tan monstruoso. No deja de ser una falta el absorberse en la ley divina, hasta el punto de olvidarse de la humana. La muerte solo pertenece á Dios. ¿Con qué derecho se atreven los hombres á lo desconocido?
Atenuáronse con el tiempo tales impresiones, y tal vez se borraron también. Observóse, no obstante, que en lo sucesivo evitaba el obispo pasar por el lugar de las ejecuciones.
Á cualquiera hora podía llamarse á monseñor Myriel á la cabecera de los enfermos y moribundos. No ignoraba que era éste su principal deber y su trabajo más importante. Las viudas ó huérfanas no tenían necesidad de llamarle jamás; presentábase él mismo oportunamente. Sabía sentarse y callar largas horas al lado del hombre que había perdido á la mujer amada ó al de la madre que había perdido á su hijo.
Y como sabía el momento de callar, sabía también conocer el punto en que debía hablar. ¡Oh verdadero y admirable consolador! No intentaba jamás borrar el dolor con el olvido, al contrario, procuraba engrandecerle y dignificarlo con la esperanza. Él decía: Conviene mucho fijarse en la manera de recordar los muertos. No penséis en lo que se pudre. Elevad vuestra mirada á lo alto; fijaos bien, y allá, en el fondo del cielo, veréis la viviente luz del difunto bien amado.
Sabía él que la creencia es sana; por eso procuraba aconsejar y calmar al hombre desesperado, señalándole con el dedo al hombre resignado, y transformar el dolor que mira á una fosa, mostrándole el dolor que contempla una estrella.
V
=De cómo monseñor Bienvenido hacía durar demasiado tiempo sus sotanas=
La vida privada de monseñor Myriel la llenaban los mismos pensamientos que su vida pública. Quien hubiese podido verla de cerca, hubiera saboreado un espectáculo grave y placentero á la vez, en aquella pobreza voluntaria en que vivía el obispo de D***.
Como todos los ancianos, y como la mayoría de los pensadores, dormía poco. Este corto sueño era profundo. Recogido en sí mismo por la mañana, parecía orar mentalmente durante una hora. Luego decía misa, unas veces en la catedral, otras en su casa. Después de la misa, se desayunaba con pan de centeno, mojado en leche de sus vacas. Luego se ponía á trabajar.
El cargo de obispo da muchísimo que hacer; es preciso que reciba diariamente al secretario del obispado, que es de ordinario un canónigo, y casi también todos los días á sus vicarios particulares. Tienen congregaciones que revisar, privilegios que conceder, toda una librería eclesiástica que examinar, devocionarios, catecismos, rituales, etc.; pastorales que escribir, sermones que autorizar, curas y alcaldes que poner de acuerdo, su correspondencia clerical y su correspondencia administrativa; por un lado el Estado, por otro la Santa Sede; en fin, negocios á millares.
El tiempo que le dejaban libre estos innumerables negocios, sus oficios y breviario, lo dedicaba en primer lugar á los necesitados, á los enfermos y á los afligidos; el tiempo que le dejaban libre los afligidos, los enfermos y los necesitados, lo dedicaba al trabajo. Así se entretenía en escabar en su jardín, como en escribir ó leer. Con una sola palabra designaba estas dos clases de trabajo; llamábalo _jardinear_. «El espíritu es también jardín», decía él.
Á eso del medio día, cuando el tiempo se presentaba bien, salía á pasear al campo ó la ciudad, entrando frecuentemente en las casas pobres. Veíasele andar solo, entregado á sus meditaciones, bajos los ojos, apoyado en su largo bastón, vistiendo su ropón morado, calzando medias moradas también y gruesos zapatos, y cubierto con su sombrero chato, de cuyos tres canalones pendían bellotas de oro y seda verde.
Daba carácter de fiesta doquier se presentaba. Hubiérase dicho que su paso tenía algo de refrigerante y luminoso. Los niños y los viejos salían al umbral de las puertas para ver al obispo como se sale á ver el sol. Él los bendecía y ellos le bendecían á él. Todo el mundo señalaba la casa del obispo á los menesterosos.
Parábase aquí y allá, hablando á los chiquillos y á las niñas, y sonriendo á las madres. Visitaba á los pobres mientras tenía dinero, y cuando lo había acabado visitaba á los ricos.
Como hacía durar mucho sus sotanas y no quería que esto se notase, jamás salía por la ciudad sin su esclavina morada, lo cual no dejaba, en verano, de ser incómodo.
Al regresar á casa comía. La comida se parecía al almuerzo.
Por la noche á las ocho y media cenaba acompañado de su hermana: la señora Magloria, de pie á su espalda, servía á la mesa. Nada más frugal que esa comida. Si el obispo convidaba algún cura, entonces aprovechaba la ocasión la señora Magloria para servir á monseñor algún pescado bueno de los lagos ó alguna pieza escogida del monte. Todo cura servía de pretexto para mejorar la comida, y el obispo dejaba que así fuése. Salvo estas excepciones, no se componía su cena ordinaria más que de legumbres cocidas en agua y sopas de aceite. Así se decía en la ciudad:--«Cuando el obispo no hace comida de cura, la hace de trapense».
Después de cenar, hablaba como media hora con la señorita Batistina y la señora Magloria; luego iba á su cuarto y se ponía á escribir, ya en cuartillas sueltas ó ya en las márgenes de algún in folio. Era instruido en letras y bastante erudito. Dejó cinco ó seis manuscritos muy curiosos; entre otros, una disertación sobre el versículo del Génesis: _Al principio el Espíritu de Dios flotaba sobre las aguas_. Confrontóle con tres textos; el versículo árabe que dice: _Soplaban los vientos de Dios_; el de Flavio Josefo: _Un viento de lo alto se precipitó sobre la tierra_, y por último, la paráfrasis caldea de Onkelos que dice: _un viento que venía de Dios soplaba sobre la faz de las aguas_. En otra disertación examina las obras teológicas de Hugo, obispo de Tolemaida, tío bisabuelo del que escribe este libro, y consigna la opinión de que dicho obispo fué el autor de los opúsculos publicados en el siglo último con el pseudónimo de Barleycourt.
Á veces, en medio de una de sus lecturas, fuése el que fuere el libro que tuviese entre las manos, sumergíase de repente en una meditación profunda, de la que no salía sino para escribir algunas líneas en los márgenes del mismo. Las tales líneas, por lo general, nada tienen que ver con el libro que las contiene; así se encuentra una nota escrita por él en el margen de un volumen en cuarto titulado: _Correspondencia de lord Germain con los generales Clitón, Cornwallis y los almirantes de la estación de América. Versalles, librería de Peincot, y París, librería de Pissot, Muelle de los Agustinos._
He aquí la nota:
--«¡Oh, vos! ¿quién sois?
«El Eclesiastés os llama Todopoderoso; los Macabeos os dicen Creador; la Epístola á los Efesios, Libertad; Baruch, Inmensidad; los Psalmos, Sabiduría y Verdad; Juan, Luz; los Reyes, señor; el Éxodo, Providencia; el Levítico, Santidad; Esdras, Justicia; la Creación os llama Dios, y el hombre, Padre; pero Salomón, al deciros Misericordia, os da el más bello de todos vuestros nombres».
Á eso de las nueve de la noche se retiraban las mujeres á sus habitaciones del primer piso, dejándole solo, en el piso bajo, hasta el día siguiente.
Aquí creemos necesario dar una idea exacta de la morada del señor obispo de D***.
VI =Por quién hacia Su Ilustrísima guardar su casa=
La casa del señor obispo se componía como hemos dicho, de planta baja y un solo piso; tres piezas en los bajos, tres en el primer piso, y encima un desván. Detrás de la casa había un jardín de una extensión de un cuarto de yugada. Las dos mujeres ocupaban el piso, el obispo los bajos. La primera habitación, y que daba á la calle, servía de comedor, la segunda de dormitorio, y de oratorio la tercera. No podía salirse del oratorio sin pasar por el dormitorio, ni salir de éste sin atravesar el comedor. Al fondo del oratorio había una alcoba cerrada, con una cama para los huéspedes. El obispo solía ofrecer esta cama á los curas de aldea, cuyos asuntos ó necesidades parroquiales les llevaban á D***.
La que había sido farmacia del hospital, pequeño edificio adosado á la casa junto al jardín, servía á la sazón de cocina y bodega.
Había además en el jardín, un establo, que fué cocina del hospicio y en el que el obispo tenía dos vacas. Fuése la que fuere la cantidad de leche que diesen las vacas, mandaba diariamente la mitad al hospital. _Debo pagar este diezmo_, decía.
La habitación era bastante grande, y por consiguiente difícil de calentar durante el invierno. Como la leña estaba muy cara en D*** imaginó y mandó hacer Su Ilustrísima un compartimiento cerrado con tablas en el mismo establo de las vacas, en el cual se pasaba las veladas durante la época de los fríos. Llamábale á este departamento su _salón de invierno_.
No había en este salón de invierno, como en el comedor, otros muebles, que, una mesa de madera cuadrada, sin pintar, y cuatro sillas de paja. El comedor estaba adornado además con un aparador antiguo pintado de color de rosa. Otro aparador parecido y convenientemente puesto, con sus manteles blanquísimos, orlados de imitaciones de encaje, servía de adorno y altar del oratorio.
Los ricos devotos y las mujeres piadosas de D*** abrían frecuentes suscripciones para enriquecer con un altar nuevo el oratorio de Su Ilustrísima; cada vez que esto sucedía, tomaba agradecido el dinero destinado al objeto repartiéndolo inmediatamente entre los pobres. «El altar más bello, decía él, es el alma de un pobre elevándose á Dios en oración de gracias».
Tenía en su oratorio dos sillas arrodilladeras de paja, y un sillón, de paja también, en su dormitorio. Cuando por casualidad recibía Su Ilustrísima siete ú ocho personas á la vez, el prefecto, el general, la plana mayor del regimiento de guarnición, ó algunos estudiantes del seminario, veíase obligado á recurrir á las sillas del salón de invierno del establo, al oratorio por las arrodilladeras y al sillón del dormitorio; de esta manera alcanzaba reunir hasta once asientos para los visitantes. Á cada nueva visita tenía que desamueblar una pieza.
Cuando llegaba el caso de que los visitantes fueran doce, salía del paso manteniéndose de pie junto á la chimenea, si era en invierno, ó paseando por el jardín, si en verano.
Había además en la alcoba cerrada otra silla, pero estaba casi despajada y sostenida sólo por tres pies, lo cual quiere decir que no podía utilizarse sin apoyarla contra la pared. La señorita Batistina tenía también en su cuarto una gran poltrona cuya madera había sido dorada en otros tiempos, cubierta de _peskin_ floreado; pero habiendo sido preciso subir la tal poltrona por la ventana, á causa de la estrechez de la caja de la escalera, no había medio de utilizarla en casos apurados.
Las ambiciones de la señorita Batistina se hubieran satisfecho con poder comprar una sillería de terciopelo Utrecht amarillo labrado, con marco de caoba de cuello de cisne, con su canapé. Pero esto hubiera costado, á lo menos, quinientos francos; viendo pues que no había podido reunir con las economías de cinco años, más de cuarenta y dos francos y medio, había acabado por renunciar. ¡Quién llega jamás á su ideal!
Nada más fácil de figurarse lo que era el dormitorio del obispo. Una puerta-vidriera con salida al jardín; enfrente, la cama, una de esas camas de hierro de hospital con cobertor de sarga verde; en un ángulo obscuro, entre la cortina y la pared, los utensilios de tocador, revelando aún los antiguos hábitos elegantes del hombre de mundo; dos puertas, una junto á la chimenea dando acceso al dormitorio, y otra cerca del armario biblioteca para salir al comedor. Este armario, cerrado por grandes vidrieras y lleno de libros en todos sus estantes; la chimenea, de madera pintada imitando mármol, sin fuego casi siempre, y en el hogar un par de morillos de hierro, figurando por guirnaldas florones huecos, con incrustaciones de plata, especie de lujo episcopal; encima de la chimenea un crucifijo de cobre, que había sido plateado también, sobre terciopelo negro raído, encuadrado en un marco de madera desdorado; cerca de la puerta-vidriera, una gran mesa con un tintero, cargado de papeles en confusión y de tomos in folio. Delante de la mesa, el sillón de paja. Delante de la cama, un reclinatorio perteneciente al oratorio.
Dos retratos, en marcos ovalados, colgaban de la pared á uno y otro lado de la cama. Las pequeñas inscripciones, doradas en el fondo perdido del lienzo al lado de las figuras, indicaban que los retratos representaban, uno al abad de Chaliôt, obispo de San Claudio, el otro el abad Tourteau, vicario general de Agda; abad de Grand Champ, de la orden de Citeaux, diócesis de Chartres. Al reemplazar el obispo en aquella sala á los enfermos del hospital, había encontrado aquellos retratos, y allí mismo los había dejado. Eran de eclesiásticos, probablemente de donadores; dos motivos por los cuales él los respetaba. Lo único que sabía de los tales personajes, es que ambos habían sido nombrados por el rey, uno para su obispado y el otro para su beneficio, en un mismo día, el 27 de abril de 1785. Al descolgar los cuadros la señora Magloria para sacudirles el polvo, encontró el obispo esa particularidad escrita con tinta descolorida en un pedacito de papel, enmohecido por el tiempo, pegado con cuatro obleas detrás del retrato del abad de Gran-Champ.
Había en la ventana una antigua cortina de tela gruesa de lana, la cual llegó á tal extremo de vejez, que por no tener que gastar en otra nueva, vióse obligada la señora Magloria á hacerle un gran zurcido precisamente en su punto medio. Este remiendo dibujaba una cruz. El obispo lo hacía notar frecuentemente. ¡Está muy bien! decía.
Todas las piezas de la casa, así las de la planta baja como las del principal, sin excepción, estaban blanqueadas con cal, como lo están generalmente todos los cuarteles y hospitales.
No obstante, en los últimos años, encontró la señora Magloria, como veremos luego, bajo el papel enjalbegado, unas pinturas que adornaban el aposento de la señorita Batistina. Antes de ser hospital, había sido aquella casa _parlatorio_ público; de ahí semejante decorado. Los suelos estaban enladrillados de rojo, se lavaban todas las semanas, con su esterilla de paja junto á todas las camas. Así es que aquella casita, cuidada por dos mujeres, patentizaba de arriba abajo una limpieza encantadora. Único lujo que permitía el obispo, quien solía decir: _Esto no les quita nada á los pobres_.
Debemos confesar, sin embargo, que le quedaban, de lo que había poseído en otro tiempo, seis cubiertos de plata y un cucharón, que la señora Magloria miraba todos los días regocijada brillar espléndidamente sobre el tupido mantel de hilo blanquísimo. Y como describimos aquí al obispo de D*** tal cual era, debemos añadir que le había ocurrido decir más de una vez:
--Renunciaría difícilmente á comer con cubiertos de plata.
Debemos añadir á esta plata dos grandes candeleros macizos, que procedían de la herencia de una tía abuela. Generalmente estaban colocados sobre la chimenea con sus dos correspondientes velas de cera, pero cuando había algún convidado, la señora Magloria encendía las velas y ponía los candeleros sobre la mesa.
Había en el dormitorio del obispo, y junto á la cabecera de la cama, una pequeña alhacena, en la cual guardaba todas las noches la señora Magloria los seis cubiertos y el cucharón. Debemos decir también que jamás se quitaba la llave.
El huerto, algo afeado por las construcciones de que hemos hablado anteriormente, componíase de cuatro calles en cruz, convergentes á un pozo, y de otra calle que seguía la línea de la tapia blanqueada que le cercaba. Estas calles dejaban entre sí cuatro cuadrados separados por bojes. En tres de los cuales, la señora Magloria cultivaba legumbres, y en el cuarto tenía él miles de flores entre algunos árboles frutales.
Cierto día la señora Magloria le dijo con cierta intencionada dulzura:
--Monseñor, vos que sabéis sacar partido de todo, ved ahí, por cierto, un espacio inútil. ¿No valdría más sacar de él ensaladas que ramos?
--Señora Magloria--respondió el obispo--estáis en un error. Lo bello es tan necesario como lo útil.--Añadiendo después de una pausa:--Tal vez más.
Aquel cuadrado, compuesto de tres ó cuatro franjas de flores, ocupaba casi tanto al obispo como sus libros. Pasábase allí entretenido diariamente una ó dos horas, cortando, escardando ó abriendo su tierra, aquí y allá, para echar sus semillas. No era tan hostil á los insectos como hubiese exigido un jardinero.
Por otra parte, no tenía pretensiones de botánico. Nada sabía de los grupos y del solidismo; no se curaba ni remotamente de decidir entre Tournefort, y el método natural; no era partidario de las utrícolas contra los cotiledones, ni por Jussieu contra Linneo. No estudiaba las plantas; gustaba de las flores. Si respetaba mucho á los sabios, respetaba aún más á los ignorantes; y sin faltar nunca á ambos respetos, regaba sus floridas franjas de verdura todas las noches de verano con una regadera de lata, pintada de verde.
No había en la casa puerta alguna que se cerrase con llave.
La del comedor, de que hemos hablado, daba directamente á la plaza de la catedral, y en tiempos antiguos había ostentado también sus cerrojos y cerraduras como las puertas de una cárcel; pero el obispo había mandado quitar todos aquellos hierros, y así de noche como de día se cerraba únicamente con un picaporte. El primero que llegase, á cualquier hora que fuere, no tenía mas que empujar. Al principio mortificó bastante á las dos mujeres aquella puerta, que nunca se cerraba, pero el obispo les había dicho: «Si queréis, ponedle cerrojos á las de vuestros cuartos». Sin embargo, acabaron ambas por participar de la confianza del obispo, ó de aparentar al menos que participaban. Á pesar de todo, tenía la señora Magloria de cuando en cuando, sus temorcillos.
En cuanto á él, puede apreciarse la explicación de su pensamiento indicado cuando menos en estas dos líneas, escritas de su puño al margen de una Biblia:
«He aquí la diferencia: la puerta del médico no debe estar cerrada jamás; la del sacerdote debe estar siempre abierta».
En otro libro, intitulado _Filosofía de la ciencia médica_, había escrita esta otra observación:
«¿No soy yo por ventura médico como ellos? Yo también tengo mis enfermos; en primer lugar los suyos, á quienes llaman ellos enfermos, en segundo, los míos, á quienes llamo yo desgraciados».
Había además escrito en otra parte:
«No pidáis jamás su nombre á quien os demanda asilo. Precisamente quien mas necesidad tiene de asilo es quien mas apurado se encuentra para decir su nombre».
Aconteció que un digno cura, no recuerdo si fué el párroco de Couloubroux ó el de Pompierry, instigado sin duda por la señora Magloria, tuvo la ocurrencia de preguntarle un día, si Su Señoría estaba seguro de no cometer hasta cierto punto una imprudencia dejando día y noche su puerta abierta á disposición de quien quisiese entrar, y si no temía que acabase por suceder alguna desgracia en una casa tan mal guardada. El obispo le tocó en el hombro con dulce gravedad diciéndole: _Nisi Dominus custodierit domum, in vanum vigilant qui custodiunt meam_.
Pasando enseguida á hablar de otra cosa.
Decía también frecuentemente: «Existe el valor del sacerdote, como el del coronel de dragones. Solamente, añadía, que el nuestro debe ser tranquilo».
VII =Cravatte=
Aquí tiene su lugar natural un hecho que no debemos omitir porque es de aquellos que demuestran perfectamente que hombre era el señor obispo de D***.
Después de la destrucción de la partida de Gaspard Bes, que había infestado los desfiladeros de Ollioules, uno de sus tenientes, Cravatte, se refugió en la montaña. Ocultóse por algún tiempo con sus bandidos, resto de la cuadrilla de Gaspard Bes, en el condado de Niza; pasó después al Piamonte, súbitamente reapareció en Francia de nuevo por el lado de Barcelonette. Viósele primero en Jauziers y después en Tuiles. Escondíase en las cavernas de Joug de-l'Aigle, y desde allí descendía hacia las aldeas y los lugares por los barrancos de la Ubaye y de Ubayette.
Llega un día hasta Embrum, penetra por la noche en la catedral, y roba cuanto encuentra en la sacristía. Sus fechorías asolaban el país. Encargóse de su persecución la gendarmería, todo en vano; siempre se escapaba; á veces resistía á la fuerza. Era miserable y audaz á un mismo tiempo.
En medio de todos aquellos horrores, llegó el obispo que estaba haciendo su visita por el Chastelar. El alcalde le salió al encuentro para aconsejarle que retrocediera. Cravatte dominaba la montaña hasta el Arche, y aún mas allá; era peligroso viajar por allí, aunque fuése escoltado. Era exponer inútilmente tres ó cuatro infelices gendarmes.
--Por lo mismo,--dijo el obispo,--pienso ir sin escolta.
--¿Esto piensa Su Ilustrísima?--preguntó el alcalde.
--Y tanto pienso esto, que no quiero absolutamente ningún gendarme y voy á salir dentro de una hora.
--¿Salir?
--Salir.
--¿Solo?
--Solo.
--¡Monseñor! no haréis lo que decís.
--Hay allí, en la montaña,--dijo el obispo,--un lugarejo que no he visitado hace tres años. Son muy amigos míos aquellos pacíficos y honrados pastores. Poseen los pobres una cabra por cada treinta que guardan. Tejen muy bonitos cordones de lana de colores variados, y tocan deliciosos aires pastoriles en flautitas de seis agujeros. Necesitan que de cuando en cuando se les hable de la bondad de Dios. ¿Qué dirían los pobres de un obispo que tuviese miedo? ¿Qué dirían si yo no fuése allí?
--Pero monseñor, ¿y los ladrones?
--¡Calle!--dijo el obispo,--ahora recuerdo. Tenéis mucha razón. Puedo encontrarlos, y precisamente ellos han de tener mucha necesidad de que se les hable de Dios.
--¡Monseñor! ¡tened presente que son unos bandidos! ¡una cuadrilla de lobos!
--Señor alcalde, quién sabe si es por eso que Jesús me ha hecho su pastor. ¿Quién sabe las miras de la Providencia?
--Os van á desvalijar, monseñor.
--Si no tengo nada.
--Os matarán.
--¿Á un pobre sacerdote viejo que pasa murmurando sus oraciones? ¡Bah! ¿Y á qué objeto?
--¡Ah, señor! ¡si llegáis á encontrarlos!
--Les pediré limosna para mis pobres.
--Monseñor, no vayáis. ¡En nombre del cielo! exponéis vuestra vida.
--Señor alcalde,--dijo el obispo,--¿no es decididamente más que eso? Yo no estoy en el mundo para guardar mi vida, y sí para guardar almas.
No hubo más remedio que dejarle hacer.
Y salió, en efecto, inmediatamente, acompañado sólo de un muchacho que se ofreció á servirle de guía. Hablóse mucho en la comarca de su obstinación, causando mucho miedo.
No quiso llevar consigo ni á su hermana ni á la señora Magloria. Atravesó la montaña, cabalgando en su mula, sin encontrar á nadie, llegando sano y salvo á casa de sus buenos amigos, los pastores. Estuvo por allí quince días, predicando, administrando, enseñando y moralizando. Al acercarse el día de su partida, resolvió cantar un _Te-Deum_, de pontifical. Habló de ello al cura. Pero, ¿cómo hacerlo? careciendo de los ornamentos episcopales. No podía el pobre cura poner á su disposición más que una miserable sacristía de aldea, con algunas casullas de damasco, usadas y guarnecidas de galones falsos y deslucidos.
--¡Bah!--dijo el obispo.--Señor cura, anunciad desde el púlpito nuestro _Te Deum_. Y todo se andará.
Buscóse en las iglesias de los alrededores. Todas las grandezas de aquellas humildes parroquias reunidas no hubieran sido bastantes á vestir convenientemente un chantre de catedral.
Cuando estaban en lo mejor de sus apuros, trajeron y depositaron en casa del cura, una gran caja con destino al señor obispo, dos jinetes desconocidos, los cuales volvieron á partir inmediatamente. Abrióse la caja, encontrándóse en ella una capa de tejido de oro, una mitra guarnecida de diamantes, una cruz arzobispal, un báculo magnífico; en una palabra, todas las vestiduras pontificales robadas hacía un mes á la catedral de Nuestra Señora de Embrun. Dentro de la caja venía un papel en el cual estaban escritas estas palabras: _Cravatte á monseñor Bienvenido_.
--¡Cuando decía yo que todo se arreglaría!--exclamó el obispo. Después añadió sonriendo:--Al que se contenta con el sobrepelliz de un cura, le manda Dios una capa de arzobispo.
--Monseñor,--murmuró el cura encogiéndose de hombros y sonriendo también:--¡Dios ó el diablo!
El obispo miró fijamente al cura, reponiendo con autoridad:
--¡Dios!
Cuando volvió de nuevo á Chastelar, en toda la extensión del camino salían á verle por curiosidad. Encontróse en la casa rectoral de Chastelar á la señorita Batistina y á Magloria que le esperaban, y dijo á su hermana:
--¿Qué tal, tenía yo razón? El pobre cura que salió á visitar á los pobres montañeses con las manos vacías, vuelve acá con las manos llenas. Partí, llevando únicamente mi esperanza en Dios, y me traigo el tesoro de una catedral.
Por la noche, antes de acostarse dijo todavía:
--No he temido jamás á los ladrones ni á los asesinos. Estos son los peligros exteriores, es decir, los peligros ligeros. Las preocupaciones, éstas son los ladrones; los vicios, éstos son los asesinos. Los grandes peligros residen en nosotros mismos. ¡Qué importa lo que puede amenazar nuestra cabeza ó nuestro bolsillo! No debemos preocuparnos sino de lo que amenaza á nuestras almas.
Luego, dirigiéndose á su hermana, dijo:
--Hermana mía, el sacerdote jamás debe tomar precauciones contra el prójimo. Lo que hace el prójimo, Dios lo permite. Concretémonos á rogar cuando creamos que nos amaga algún peligro. Roguémosle, no por nosotros, pero sí por nuestros hermanos, á fin de que no cometan falta por causa nuestra.
Por lo demás, los sucesos extraordinarios eran rarísimos en su existencia. Damos cuenta de aquellos que sabemos; pero ordinariamente, se pasaba su vida haciendo todos los días lo mismo y á las mismas horas. Un mes de sus años se parecía á una hora de sus días.
En cuanto á lo que fué «el tesoro» de la catedral de Embrun, nos veríamos apurados si se nos interrogara sobre ello. Contenía objetos muy ricos, tentadores y muy á propósito para emplearlos en provecho de los desgraciados. Robados ya lo estaban, la mitad de la aventura era por lo tanto una realidad; no faltaba sino cambiar la dirección del robo, haciéndole dar un rodeo hacia la parte de los pobres. Nada podemos afirmar, sin embargo, sobre el particular.
Solamente que se encontró entre los papeles del obispo, una nota bastante confusa que se refería, tal vez á este particular, concebida en los siguientes términos: _La cuestión está en si esto debe ser devuelto á la catedral ó al hospital_.
VIII =Filosofía después de beber=
El senador de quien antes hemos hablado, era un hombre inteligente, que había hecho su carrera con una rectitud incapaz de reconocer como obstáculos esto que llamamos conciencia, fe jurada, justicia y deber; había caminado siempre directamente á su objetivo, sin separarse un punto de la recta de su encumbramiento é intereses. Era un antiguo procurador, enternecido por el éxito, no malo del todo, prestando cuantos servicios insignificantes podía á sus hijos, á sus yernos, á sus demás parientes y aun á sus amigos; había tomado sabiamente de la existencia sólo la parte buena y utilitaria. Todo lo demás le parecía estúpido.
Tenía ingenio y había leído lo suficiente para creerse discípulo de Epicuro, sin ser otra cosa que un simple producto de Pigault-Lebrun. Reíase de buen grado y alegremente de las cosas eternas é infinitas, como de las «ocurrencias del buen obispo». Llegando algunas veces, con cierta condescendiente autoridad, á reirse á las mismas barbas de Monseñor Myriel de lo que este decía.
No recuerdo bien con motivo de qué ceremonia medio oficial, el conde*** (dicho senador) y Monseñor Myriel debieron comer en casa del prefecto. Á los postres, el senador, un poco alegre, pero digno siempre, exclamó:
--¡Voto á san...! ¡señor obispo! Charlemos un poco. Un senador y un obispo se miran raras veces sin guiñar el ojo. Somos dos agoreros. Voy á seros franco. Tengo mi filosofía.
--Tenéis mucha razón,--respondió el obispo.--Cuando uno se ocupa de sus filosofías, uno se acuesta. Y vos, señor senador, os habéis echado en un lecho de púrpura.
El senador envalentonado, repuso:
--Seamos buenos chicos.
--Ó buenos diablos, lo mismo da,--dijo el obispo.
--Os confieso--, replicó el senador,--que el marqués de Argens, Pyrrhon, Hobbes y el señor Naigeon no son unos bolonios. Tengo yo en mi biblioteca á todos mis filósofos encuadernados y dorados por el canto.
--Como vos mismo, señor conde,--interrumpió el obispo.
Prosiguió el senador:
--Odio á Diderot; es un ideólogo, un declamador y un revolucionario: en el fondo cree en Dios, es más santurrón que Voltaire. Voltaire se rió de Needham, y se equivocó: porque las anguilas de Needham prueban la inutilidad de Dios.
Una gota de vinagre en una cucharada de pasta de harina, suple perfectamente al _fiat lux_. Suponed la gota bastante gruesa, y bastante grande la cucharada, y tenéis el mundo.
El hombre es la anguila. Entonces, ¿á qué el Padre eterno?
Señor obispo, la hipótesis de Jehová me fatiga. No sirve más que para producir gentes débiles que sueñan vaciedades. ¡Abajo ese gran Todo que nos enreda! ¡Viva Zero que me deja tranquilo! De vos á mí, y por decirlo de una vez, ó para confesarme á mi pastor, creed que cuando llega el caso, tengo buen juicio. No estoy loco, ni mucho menos, por vuestro Jesús que predica, á cielo descubierto y en todas partes, el desprecio de las riquezas y el sacrificio. Consejo de avaro ó de pordiosero. Despreciar las riquezas: ¿por qué sacrificarse?: ¿á qué? Jamás he visto que un lobo se inmole á otro lobo de buena gana. No nos salgamos pues de la naturaleza. Nos encontramos en la cúspide; tengamos por lo tanto una filosofía superior. ¿Para qué estar en lo alto, si no hemos de querer ver más allá de la punta de la nariz de los demás? Vivamos alegremente. La vida es el todo.
Que exista para el hombre otro porvenir, en otra cualquier parte, en lo alto, en lo bajo ó donde se quiera, no creo yo de ello una palabra. ¡Ah! se me recomienda la pobreza y el sacrificio, y debo por lo tanto tener cuidado de todo cuanto haga; es preciso también que me rompa la cabeza sobre el bien y el mal, sobre lo justo y lo injusto, sobre el _fas_ y el _nefas_. ¿Por qué? Porque he de dar cuenta de mis acciones. ¿Cuándo? Después de muerto. ¡Vaya un sueño! Después de muerto bien haya quien me pinche. Haced que coja un puñado de ceniza una mano de sombra. Hablemos en puridad, ya que pertenecemos á los iniciados, y que le hemos levantado á Isis el guardapié: No existe el bien ni el mal; no hay más que vegetación. Busquemos lo real. Penetremos por todas partes. Profundicemos, ¡qué diablos! es preciso orear la verdad, sondear las profundidades de la tierra y cogerla. Entonces seréis fuerte y podréis reir.
Yo soy cuadrado por la base. Señor obispo, la inmortalidad del hombre es como un «oiga usted». ¡Vaya una promesa! fiad en ella y... Vaya un documento sólido el de Adán. Uno es alma, y podrá ser ángel, y podrá tener dos alas azules en los omóplatos. Ayudadme, pues; ¿no fué Tertuliano quien dijo que los bienaventurados irán de un astro á otro? Sea. Seremos las langostas de las estrellas. Luego veremos á Dios. Ta ta ta. ¡Qué tonterías, ni qué paraísos! Dios es un cuento monstruoso.
Yo no he de decir todo esto en el _Moniteur_, ¡qué diantre! pero puedo murmurarlo entre amigos. _Inter pocula._ Sacrificar la tierra al paraíso, es dejar la tajada por la sombra. ¡Ser el escarnio del infinito! ser un salvaje. Yo no soy nada. Me llamo el señor conde Nada, senador, ¿era yo antes de mi nacimiento? No. ¿Seré después de mi muerte? No. ¿Qué soy? un poco de polvo agregado por un organismo. ¿Qué he venido á hacer sobre esta tierra? Tengo la elección: sufrir ó disfrutar. ¿A dónde me conducirá el sufrimiento? A la nada; pero habré sufrido. ¿A dónde me conducirá el goce? A la nada; pero habré gozado. Mi elección está hecha. Es preciso comer ó ser comido. Yo como. Más vale ser el diente que la yerba. Esta es mi ciencia. Luego que vaya todo como pueda, el sepulturero está allí, el panteón para nosotros; todo cae en la fosa común. Fin. _Finis._ Liquidación total. Este es el término donde todo acaba. La muerte ha muerto, creedme. Si hay alguien que tenga algo que decir sobre el particular, desde luego me río de estos sueños. Cuentos de nodrizas. El coco para los niños, Jehová para los hombres. No; nuestro mañana es de la noche. Detrás de la tumba no hay sino nadas iguales. Así hayáis sido un Sardanápalo ó un Vicente de Paul, esto no importa. Ésta es la verdad. Vivid, pues, sobre todo. Servíos de vuestro _yo_ mientras lo poseáis. En verdad os lo digo, señor obispo, tengo yo mi filosofía y mis filósofos. Jamás me he dejado ni me dejaré enredar en estas invenciones. Después de todo, no deja de ser ello de algún provecho para los pobres que andan por acá con los pies desnudos, para los ganapanes, y los miserables. Alimentadles de leyendas, quimeras, alma, inmortalidad, paraíso y estrellas. Ellos comen eso mezclado con pan seco. Quien nada tiene, puede tener el buen Dios, que es bien poca cosa. No me opongo á ello, pero guardo para mí á Noigeón.
El buen Dios, es bueno para el pueblo.
El obispo batió palmas.
--¡Esto es hablar!--exclamó.--¡Qué excelente y maravilloso es este materialismo! No lo tiene quien quiere. ¡Ah! cuando uno lo posee, no hay quien le engañe, ni se deja uno desterrar brutalmente como Catón, ni lapidar como Esteban, ni abrasar vivo como Juana de Arco. Aquellos que han sabido procurarse tan admirable materialismo, tienen la incomparable dicha de sentirse irresponsables, y de pensar que pueden ellos devorarlo todo, sin la menor inquietud; las prebendas, las dignidades, el poder bien ó mal adquirido, las retractaciones lucrativas, las traiciones útiles, las sabrosas capitulaciones de conciencia y que bajarán á la tumba, hecha ya la digestión. ¡Qué cosa tan rica! Y no digo eso por vos, señor senador. No obstante, me es imposible dejar de felicitaros. Vosotros, los grandes señores, tenéis, como habéis dicho, una filosofía particular, hecha por vuestro gusto y á gusto vuestro, exquisita, refinada, accesible solo á los ricos, siempre sabrosa y sazonada á vuestro paladar para todas las necesidades de la vida. Esta filosofía está tomada de las profundidades y desenterrada por buscadores especiales. Mas como sois príncipes buenos, no lleváis á mal que la creencia en un buen Dios sea la filosofía del pueblo, así como, por ejemplo, que el pato guisado con castañas sea el pavo trufado de los pobres.
IX =El hermano explicado por la hermana=
Para dar una idea del interior doméstico del señor obispo de D*** y de la manera como aquellas dos santas mujeres subordinaban sus acciones, sus pensamientos, hasta sus instintos de mujer, miedosas por naturaleza, á las costumbres é intenciones del obispo, sin que él tuviera necesidad de tomarse la pena de hablar para expresarlas, no podemos hacer otra cosa que transcribir una carta de la señorita Batistina á la señora vizcondesa de Boischevron, su amiga de la infancia. Esta carta está en nuestras manos.
D*** 16 diciembre de 18...
«Mi buena señora: no se pasa un día, durante el cual no hablemos de vos. Es ésta ya en nosotros una costumbre, pero existe además otra razón para ello. Figuraos que al quitar el polvo y al lavar las paredes y los techos, la señora Magloria ha hecho grandes descubrimientos; ahora ya nuestros dos aposentos tapizados de papel viejo blanqueado por la cal, no resultarían indignos de pertenecer á un castillo como el vuestro. La señora Magloria ha arrancado todo el papel. Debajo había otras cosas. Mi salón donde no hay muebles, y del que nos servimos para tender la ropa de la colada, mide quince pies de alto por diez y ocho de ancho en cuadro, un techo pintado á la antigua, con dorados y artesonados como vuestra casa. Estaba cubierto por un lienzo desde que fué convertido en hospital. En fin, que han aparecido ensambladuras del tiempo de nuestros abuelos. Pero es en mi cuarto donde hay que ver. La señora Magloria ha descubierto, por bajo de diez papeles por lo menos, pegados unos sobre otros, pinturas, que sin ser del todo buenas, pueden muy bien pasar. Está Telémaco, armado caballero por Minerva, está también en los jardines, cuyo nombre no recuerdo ahora. En fin, allí donde las damas romanas iban solo una noche. ¿Qué he de deciros más? Tengo romanos, tengo romanas (_aquí una palabra ininteligible_), y toda la comitiva. La señora Magloria ha aclarado todo esto, y este verano piensa reparar algunas pequeñas averías, barnizándolo todo, y mi cuarto será así un verdadero museo. Ha encontrado igualmente en un rincón del granero, dos consolas de madera, bastante antiguas. Pidiéronnos dos escudos de seis libras por volverlas á dorar, pero vale más dárselos á los pobres; además son bastante feas; yo gustaría más de un velador de caoba.
«Yo sigo siendo siempre tan dichosa. Mi hermano es tan bueno. Todo lo que tiene se lo da á los pobres y á los enfermos. Pasamos mucha estrechez. En este país es muy crudo el invierno, y es preciso hacer algo por los que carecen de todo... Nosotros estamos más ó menos alumbrados y abrigados. Ya veis que son estas grandes comodidades.
«Mi hermano tiene sus costumbres particulares. Cuando hablamos de ello, dice que un obispo debe ser así. Figuraos que las puertas de esta casa no se cierran jamás. Entra el que quiere, y se encuentra en seguida con mi hermano. No teme nada, nada, ni siquiera de noche. Esa es su valentía, según él dice.
«No permite que yo tema por él, ni que la señora Magloria tema tampoco. Se expone á toda clase de peligros, y no quiere que aparentemos que nos apercibimos de ello. Es preciso saberle comprender.
«Sale cuando llueve, camina bajo el agua, y viaja en invierno. No le asusta la noche, ni los caminos peligrosos, ni los malos encuentros.
«El año pasado se fué solo á un país de ladrones, sin permitir que le acompañáramos nosotras. Estuvo ausente unos quince días. Á su vuelta, nada le había pasado: se le creía muerto, y gozaba de buena salud. Dijo: «¡Ved cómo me han robado!» y abrió una maleta, llena con todas las alhajas de la catedral de Embrun que le habían entregado los ladrones.
«Esta vez, al volver, no pude menos de regañarle un poco, cuidando, sin embargo, de hablar mientras metía mucho ruido el carruaje, á fin de que nadie pudiera enterarse.
«Al principio me decía yo: no hay peligros que le detengan, es terrible; ahora he acabado por acostumbrarme. Muchas veces hago señas á la señora Magloria para que no le contradiga. Él obra y se aventura como le parece. Me llevo á la señora Magloria y me subo con ella á mi cuarto, ruego por él y me quedo dormida. Estoy tranquila, porque sé muy bien que si le sucediera algún percance, sería ello mi fin. Me iría con el buen Dios en compañía de mi hermano y obispo. La señora Magloria ha tenido más trabajo que yo para acostumbrarse á lo que ella llamaba sus imprudencias. Ahora ya estamos resignadas. Rezamos las dos juntas; las dos tenemos miedo á un tiempo, y á la par nos dormimos. El diablo podría entrar en casa sin el menor obstáculo. Después de todo, ¿por qué hemos de temer? Siempre hay con nosotros en nuestra casa alguien que es más fuerte. Puede el diablo pasar, pero el buen Dios la habita.
«Esto me basta; mi hermano no tiene ya necesidad de decirme nada. Le comprendo sin que me hable, y nos abandonamos á la Providencia.
«Ved cómo hay que tratar á un hombre que tiene su grandeza de espíritu.
«He preguntado á mi hermano acerca de las noticias que me pedís sobre la familia de Faux. Ya sabéis que está él muy al corriente, y que conserva todos sus recuerdos, pues sigue siendo muy buen realista. Esta familia es una de las más antiguas entre las normandas de la generalidad de Caen. Hace quinientos años hubo un Raúl de Faux, un Juan Faux y un Tomás Faux, que eran hidalgos, y uno de ellos señor de Rochefort. El último fué Guido Esteban Alejandro, maestre de campo, y no sé qué más en la caballería ligera de Bretaña. Su hija, María Luisa, casó con Adriano Carlos de Gramont, hijo del duque Luis de Gramont, par de Francia y coronel de guardias francesas, y teniente general de los ejércitos. Se escribe Faux, Fauq y Faoucq.
«Recomendadnos, mi buena señora, á las oraciones de vuestro santo pariente el señor cardenal. En cuanto á vuestra cara Silvania, ha hecho bien aprovechando los cortos instantes que pasa á vuestro lado para escribirme. Está buena, trabaja á gusto vuestro, me quiere siempre; es todo lo que yo deseo; estoy muy contenta con el recuerdo que por vos me ha enviado. Mi salud no es del todo mala, y sin embargo, voy enflaqueciendo diariamente. Adiós, se acaba el papel, y esto me obliga á despedirme. Tantas cosas á todos. «BATISTINA.
«P. S.--Vuestro sobrinillo está precioso. ¿Sabéis que va ya para cinco años? Ayer vió pasar un caballo al que habían puesto rodilleras, y dijo: ¿Qué es lo que tiene el pobre en las rodillas?--¡Es una criatura encantadora! Su hermanito corre ya por la habitación tirando de un palo de escoba como de un carro, y grita: ¡Au!».
Como se ve por esta carta, aquellas dos mujeres sabían acomodarse á la manera de ser del obispo con esa concepción particular de la mujer que comprende al hombre, mejor que el hombre se comprende á sí mismo. El obispo de D*** bajo aquel aspecto sereno y cándido que no desmentía jamás, hacía á veces cosas grandes, atrevidas y magníficas sin que pareciese advertirlo siquiera. Ellas podían asustarse, pero le dejaban hacer. Alguna que otra vez la señora Magloria solía mostrar su oposición antes, pero nunca durante ni después de la acción. Jamás se le distraía con una sola palabra, ni un gesto siquiera, durante una obra comenzada. En muchos casos sin que tuviera necesidad de decirlo, cuando tal vez ni aún conciencia de ello tenía, tanta era su sencillez, presentían ellas vagamente que obraba como obispo; entonces no eran ellas más que dos sombras en aquella casa. Servíanle pasivamente, y si era preciso para obedecer, que desapareciesen, desaparecían.
Sabían, con admirable delicadeza de instinto, que los excesos de solicitud pueden ser á veces un estorbo, por lo cual, aún creyéndole en peligro, pero comprendiendo, no diré su pensamiento, pero sí su naturaleza, hasta el punto de no velar por él. Confiábanle á Dios.
Sin embargo, Batistina decía, como acabamos de leer, que el fin de su hermano sería el suyo. La señora Magloria no lo decía, pero lo sabía.
X =El obispo en presencia de una luz desconocida=
En una época un tanto posterior á la fecha de la carta citada en las páginas precedentes, hizo él cierta cosa, que, si hemos de creer lo que se dijo en toda la ciudad, era más arriesgada aún que su paseo por las montañas de los bandidos.
Existía junto á D*** en el campo, un hombre que vivía solitario. Este hombre, digamos de una vez la gran palabra, era, un antiguo convencional, llamado G.
Hablábase del convencional G. entre la gentezuela de D*** con cierto horror. ¡Un convencional! ¡Quién puede figurárselo! Eso existía en tiempos en que se tuteaban unos á otros y se llamaban ciudadano. Aquel hombre venía á ser casi un monstruo. No había votado la muerte del rey, pero poco le había faltado. Era pues, un casi regicida. Había sido terrible. ¿Por qué á la vuelta de los príncipes legítimos no habían hecho comparecer á ese hombre ante un consejo prebostal? No era preciso cortarle la cabeza, porque era necesario ser clemente; pero al menos se le podía haber condenado á destierro perpetuo. ¡Hacer un escarmiento! Además, era un ateo como todas aquellas gentes de entonces.
Habladurías de gansos sobre el buitre.
¿Era en realidad un buitre el convencional G.? Sí, á juzgar por lo que había de esquivo en su soledad. No habiendo votado la muerte del rey, no estuvo comprendido en los decretos de destierro, y podía permanecer en Francia.
Habitaba á tres cuartos de hora de la ciudad, alejado de toda vivienda y de todo camino; en la perdida quebrada de un valle salvaje. Decíase que tenía allí una especie de campo, un tabuco, una madriguera. Nada de vecinos, nada de transeuntes. Desde que moraba en aquel valle, la senda que á él conducía había desaparecido bajo la yerba. Hablábase de aquel sitio como de la casa del verdugo.
Por lo tanto, tenía el obispo fija su idea en lo que de él se decía, y de tiempo en tiempo miraba al horizonte, hacia el punto donde un grupo de árboles indicaba el valle del viejo convencional, y decía: «¡Allí existe un alma que está sola!».
Y para sus adentros, añadía: «Le debo mi visita».
Debemos confesar, sin embargo, que semejante idea, tan natural al principio, le parecía después de un momento de reflexión, como extraña é imposible, y casi repulsiva, porque en el fondo participaba de la impresión general, y el convencional le inspiraba, sin que él acertase á darse cuenta de ello, esa especie de sentimiento que es como la frontera del odio, y que expresa perfectamente la palabra: despego.
No obstante, ¿debe la sarna de la oveja hacer retroceder al pastor? No. ¡Pero qué oveja!
El buen obispo estaba perplejo. Algunas veces se dirigía hacia aquel punto, pero luego retrocedía.
Cierto día, por fin, corrió por la ciudad la noticia de que una especie de pastorcillo que servía al convencional G. en su madriguera, había ido en busca de un médico; aquel infame viejo se moría, por que la parálisis aumentaba, y no podía pasar de aquella noche. ¡Á Dios gracias! añadían algunos.
El obispo tomó su bastón, púsose su sobretodo á causa de estar su sotana, como hemos dicho, por demás usada, y además, por guardarse del aire de la tarde, que no había de tardar en soplar, y partió.
El sol declinaba y tocaba casi al horizonte cuando llegó el obispo al sitio excomulgado. Reconoció por los latidos de su corazón que se encontraba cerca de la madriguera. Saltó una zanja, pasó un seto, atravesó un puente, entró en un huertecillo descuidado, dió algunos pasos resueltos, y de pronto, en un fondo erial, detrás de altos abrojos, percibió la caverna.
Era una cabaña baja, pobre, pequeña y aseada, cuya fachada cubría un emparrado.
Junto á la puerta, sentado en un viejo sillón de ruedas veíase un hombre de cabellos blancos, que sonreía mirando al sol poniente.
Junto al viejo sentado, estaba de pie un joven, el pastorcillo, sirviendo al anciano una taza de leche.
Mientras le miraba el obispo, el anciano levantó la voz diciendo:--Gracias, no necesito nada más. Y su sonrisa dejó de fijarse en el sol para dirigirse al chico.
Adelantóse el obispo, y al ruido que produjo su andar volvió el viejo sentado la cabeza, y su semblante expresó toda la sorpresa que se pueda sentir después de una larga vida.
--Desde que estoy aquí,--dijo el anciano,--ésta es la vez primera que un hombre entra en mi casa. ¿Quién sois, señor?
El obispo respondió:
--Yo me llamo Bienvenido Myriel.
--¡Bienvenido Myriel! he oído pronunciar ese nombre. ¿Seríais vos acaso aquél á quien el pueblo llama monseñor Bienvenido?
--Yo soy.
El viejo repuso con ligera sonrisa:
--En ese caso, ¿sois vos mi obispo?
--¡Puede!
--Entrad, señor.
El convencional tendió la mano al obispo; pero el obispo no se la tomó, limitándose á decir únicamente:
--Me alegro de ver que me han engañado. No parece en verdad, que estéis enfermo.
--Señor,--respondió el anciano,--voy á curar del todo.
Hizo una pausa, y dijo:
--Voy á morir dentro de tres horas.
Luego repuso:
--Tengo algo de médico, y sé de qué manera llega la última hora... Ayer no tenía fríos más que los pies; hoy ha subido el frío á las rodillas, y estoy sintiendo ahora que alcanza la cintura; cuando llegue al corazón, me pararé. ¿Verdad que es bello el sol? He hecho que me arrastren hasta aquí para lanzar mi última mirada sobre las cosas. Podéis hablarme, la conversación no me fatiga. Habéis hecho muy bien en venir á ver á un hombre que va á morir. Es bueno que en este momento haya testigos. Cada uno tiene sus manías; yo hubiera querido llegar hasta la aurora. Pero sé que me quedan apenas tres horas; será de noche. En fin, ¡qué importa! Acabar es trabajo sencillo. No hay necesidad de día para, ello. Sea, moriré á la hora de las estrellas.
El anciano se volvió hacia el pastor:
--Y tú, vete á acostar. Has velado toda la noche, y estás cansado.
El muchacho entró nuevamente en la cabaña.
El anciano le siguió con la mirada y añadió, como hablando consigo mismo:
--Mientras él dormirá, yo moriré. Ambos sueños pueden ser buenos vecinos.
El obispo no estaba conmovido como parece que debía estarlo. No creía él sentir á Dios en aquella manera de morir; digámoslo todo, porque las pequeñas contradicciones de los corazones grandes deben ser indicadas como las demás; él, que cuando llegaba el caso se reía de buena fe de su eminencia, en aquel momento le chocaba algún tanto no oir que se le llamase monseñor, llegando á estar tentado de replicar: ciudadano. Ocurriósele el capricho de cierta familiaridad, muy común en médicos y eclesiásticos, pero que no era habitual en él. Aquel hombre, después de todo, aquel convencional, aquel representante del pueblo, había sido un poderoso de la tierra; por la primera vez de su vida tal vez, se sintió el obispo inclinado á la severidad.
El convencional, sin embargo, considerábale con modesta cordialidad, en la cual hubiérase podido distinguir tal vez la humildad que acompaña al individuo próximo á convertirse en polvo.
El obispo, por su parte, si bien se abstenía generalmente de toda curiosidad, la cual, según él, era vecina de la ofensa, no podía abstenerse de examinar al convencional con una atención, que, no siendo originada por la simpatía, se la hubiese reprochado sin duda su propia conciencia con relación á otro hombre cualquiera. Un convencional le hacía el efecto de estar algo fuera de la ley, inclusa la ley de la caridad. G., sereno, el busto casi erguido, la voz vibrante, era uno de esos grandes octogenarios que causan la admiración del fisiólogo. La Revolución tuvo muchos de esos hombres dignos de su época. Adivinábase desde luego en aquel anciano al hombre fuerte. Tan próximo como estaba á su fin, conservaba todas las apariencias de la salud. Había en su certera mirada, en su enérgico acento, en el robusto movimiento de sus hombros, un algo, capaz de desconcertar á la muerte. Azrael, el ángel mahometano del sepulcro, hubiera retrocedido creyendo haber equivocado la puerta. G. parecía morirse, porque así lo quería. Gozaba de la libertad, hasta en su misma agonía. Las piernas solamente estaban inmóviles. Las tinieblas le tenían cogido por ellas. Tenía los pies muertos y fríos, y la cabeza, viviente con toda la pujanza de la vida, aparecía erguida y radiante. G. en aquel supremo instante, se asemejaba al rey del cuento oriental, de carne su parte superior, de mármol su base.
Había allí una piedra. El obispo se sentó. El exordio fué _ex-abrupto_.
--Os felicito,--díjole en tono casi reprensivo.--Vos no habéis votado nunca la muerte del rey.
El convencional no pareció fijarse en la significación amarga que ocultaba la palabra _nunca_. Pero respondió, después de haber desaparecido de su rostro la menor sombra de sonrisa:
--No me felicitéis demasiado, señor, porque voté el fin del tirano.
Era el acento austero ante el tono severo.
--¿Qué queréis decir?--repuso el obispo.
--Quiero decir que el hombre tiene un tirano, la ignorancia. Yo voté el fin de ese tirano. Ese tirano ha engendrado la dignidad real, que es la autoridad tomada de lo falso, mientras que la ciencia es la autoridad tomada de lo verdadero. El hombre no debe ser gobernado más que por la ciencia.
--Y la conciencia,--añadió el obispo.
--Es igual. La conciencia es la cantidad de ciencia innata que se encierra en nosotros.
Monseñor Bienvenido escuchaba, algo asombrado, este lenguaje enteramente nuevo para él.
El convencional prosiguió:
--Tocante á Luis XVI, dije no. Yo no me creo con derecho para matar á un hombre; pero siento el deber de exterminar el mal. Yo voté el fin del tirano, es decir, el fin de la prostitución de la mujer, el fin de la esclavitud del hombre, el fin de las tinieblas para el niño. Votando la república, voté todo eso. Yo voté la fraternidad, la concordia, la aurora. Ayudé á la caída de las preocupaciones y de los errores. El hundimiento de los errores y de las preocupaciones produce la luz. Nosotros hicimos caer al viejo mundo; y el viejo mundo, vaso de miserias, al derramarse sobre el género humano, se ha convertido en cáliz de alegría.
--De alegría impura,--dijo el obispo.
--Podéis decir alegría turbada; y hoy por hoy, después de ese regreso fatal del pasado que se llama 1814, alegría desvanecida. ¡Ay! La obra resultó incompleta, convengo en ello; nosotros demolimos el antiguo régimen en los hechos, no pudiendo suprimirlo del todo en las ideas. Destruir el abuso no es suficiente, es preciso modificar las costumbres. El molino no existe, pero prosigue el viento.
--Vosotros demolisteis. Demoler puede tal vez ser útil; pero yo no me fío de una demolición mezclada en cólera.
El derecho encierra su cólera, señor obispo, y la cólera del derecho es un elemento de progreso. No importa, diga quien quiera lo contrario, la Revolución francesa es el paso más grande del género humano desde el advenimiento de Cristo. Incompleto puede ser, pero sublime. Ha despejado todas las incógnitas sociales, y ha suavizado los espíritus; ha apaciguado, ha templado é ilustrado, ha hecho infiltrar en la tierra torrentes de civilización, en una palabra: ha sido buena. La Revolución francesa es la consagración de la humanidad.
El obispo no pudo abstenerse de murmurar:
--¿Sí? ¡93!
El convencional se incorporó en su silla con una solemnidad casi lúgubre, y con toda la energía con que pueda contar un moribundo, exclamó:
--¡Ah! ¡Vos también! ¡93! Ya esperaba yo esta palabra. Se ha estado formando una nube durante mil quinientos años. Al fin de quince siglos ha descargado. ¿Pretendéis acusar por ello al rayo?
Sintió el obispo, tal vez sin explicárselo, que había sido herido en algo. Supo contenerse, y respondió:
--El juez habla en nombre de la justicia; el sacerdote habla en nombre de la clemencia, que no es sino otra justicia más alta. El trueno no debe jamás equivocarse.
Y añadió mirando fijamente al convencional:
--¿Luis XVII?
El convencional alargó la mano, y asiendo al obispo del brazo, dijo:
--¡Luis XVII! Veamos. ¿Á quién lloráis en él? ¿Es al niño inocente? Entonces, sí, también lloro con vos. ¿Es al infante real? Os suplico que reflexionéis. Para mí, el hermano de Cartouche, niño inocente, colgado por los sobacos en la plaza de la Grève hasta que sobreviniese la muerte, por el solo crimen de ser hermano de Cartouche, no es menos doloroso que el nieto de Luis XV, niño inocente, martirizado en la torre del Temple por el solo crimen de haber sido nieto de Luis XV.
--Señor,--dijo el obispo,--no gusto de esta mezcla de nombres.
--¿Cartouche? ¿Luis XV? ¿Por cuál de los dos reclamáis?
Hubo un momento de silencio. El obispo se arrepentía casi de haber ido allí, y no obstante, se sentía vaga y extrañamente conmovido.
El convencional repuso:
--¡Ah! señor cura, no os gustan las crudezas de la verdad; Cristo gustaba de ellas. Y sabía tomar una vara y limpiar el templo. Su látigo, de luz refulgente, era un rudo decidor de verdades. Cuando exclamaba: _Sinite parvulos_... no hacía distinción alguna entre los niños. Él no se inquietaba en preferir el primogénito de Barrabás al primogénito de Herodes. Señor, la inocencia tiene en sí misma su corona. La inocencia ni pierde ni gana siendo alteza. Es igualmente augusta vistiendo andrajos que flordelisada.
--Es verdad,--repitió en voz baja el señor obispo.
--Insisto--continuó el convencional G.--Habéis nombrado á Luis XVII. Entendámonos. ¿Lloramos por todos los inocentes, por todos los mártires, por todos los niños, por los de abajo como por los de arriba? Conformes. Pero ya os lo he dicho; es preciso remontarnos más arriba del 93, esto es, antes de Luis XVII, donde deben comenzar nuestras lágrimas. Yo lloraré con vos por los hijos de los reyes, con tal que vos lloréis conmigo por los hijos del pueblo.
--Por todos lloro,--dijo el obispo.
--¡Igualmente!--exclamó G.--Y si debe inclinarse la balanza, que sea del lado del pueblo. Hace mucho más tiempo que sufre.
Hubo en nuevo silencio siendo el convencional quien lo rompió. Irguióse apoyándose sobre un codo, tomó con el pulgar y el índice un pliegue de su mejilla, como hace maquinalmente el que interroga cuando juzga, é interpeló al obispo con una mirada llena de todas las energías de la agonía. Casi fué una explosión.
--Sí, señor; hace mucho tiempo que el pueblo sufre. Y luego, advertid: No es esto todo, ¿á que venís vos á preguntarme y hablarme de Luis XVII? Yo no os conozco ni sé quién sois. Desde que vine á este país, vivo en este recinto, solo, sin poner jamás los pies afuera, ni ver á nadie, más que á ese muchacho que me asiste. Vuestro nombre, es verdad, ha llegado confusamente hasta mí, y debo decirlo, no mal pronunciado; pero esto nada significa; ¡las gentes hábiles tienen tantas maneras de hacer que les crea el bueno del pueblo!... Á propósito, no he oído el ruido de vuestro carruaje; os lo habréis dejado sin duda detrás del soto, allá abajo en el empalme de la carretera. No os conozco, repito. Me habíais dicho que erais el obispo, pero esto nada me indica sobre vuestra personalidad moral. En suma, vuelvo á mi pregunta: «¿Quién sois?». Sois obispo, es decir, un príncipe de la Iglesia, uno de esos hombres dorados, blasonados, con grandes rentas, y gruesas prebendas; el obispo de D*** quince mil francos fijos, diez mil de eventuales; total, veinticinco mil francos; con buena cocina, buenas libreas, con buena mesa, comiendo pollos de agua en viernes; pavoneándose entre lacayos delante y detrás de su berlina de gala, que tiene palacios, y arrastra coche en nombre de Jesucristo, ¡que andaba descalzo! Sois un prelado; rentas, palacios, caballos, buena mesa; todas las sensualidades de la vida, tendréis todo eso como los demás, y como los demás disfrutáis de ello, está bien; pero esto dice demasiado ó no dice bastante; esto no me prueba nada sobre el valor intrínseco y esencial, de quien viene con la pretensión probable de traerme la sabiduría. ¿Á quién estoy hablando? ¿Quién sois vos?
El obispo inclinó la frente y respondió:
--_Vermis sum._
--¡Un gusano de tierra en carroza!--refunfuñó el convencional.
Tocábale el turno al convencional ser altivo y al obispo humilde.
Éste repuso con dulzura:
--Sea, señor mío; pero explicadme, como mi coche, que está ahí á dos pasos detrás de los árboles, como mi buena mesa y los pollos de agua que yo como en viernes, como mis veinticinco mil francos de renta, como mi palacio y mis lacayos, prueban que la piedad no es una virtud, que la clemencia no es un deber, y que el 93 no fué inexorable.
El convencional pasóse la mano por la frente como para despejar una nube.
--Antes de contestaros,--le dijo,--os pido que me perdonéis. Acabo de cometer un error, señor mío. Estáis en mi casa, sois mi huésped y os debo cortesía. Discutís mis ideas, y debo limitarme á combatir vuestros argumentos. Vuestras riquezas y vuestros goces son mis ventajas contra vos en este debate; pero no es de buen gusto servirse de ellas. Os prometo no valerme más de las tales.
--Os doy por ello gracias,--dijo el obispo.
G. replicó:
--Volvamos nuevamente á la explicación que me pedíais. ¿Dónde estábamos? ¿Qué me decíais? ¿Que el 93 fué inexorable?
--Inexorable, sí,--dijo el obispo.--¿Qué opináis de Marat batiendo palmas á la guillotina?
--¿Y qué me decís vos de Bossuet cantando el _Te-Deum_ sobre los acuchillados?
La contestación era dura, pero iba derecha al blanco con la rigidez de una punta de acero. El obispo se estremeció, y no se le ocurrió respuesta alguna; y luego, le desconcertaba la manera de nombrar á Bossuet. Los mejores ingenios tienen sus ídolos, y por esto se sienten vagamente mortificados por sus faltas de respeto á la lógica.
El convencional empezaba á sentir hipo, el asma de la agonía que se mezcla á los últimos alientos, le embargaba la voz; no obstante, aún había en su mirada una perfecta lucidez de alma. Prosiguió:
--Digamos todavía algunas palabras, puedo aún. Separándonos de la revolución que, tomada en conjunto, es una inmensa afirmación humana, 93, ¡ay! es una réplica. Vos la encontráis inexorable; pero ¿y la monarquía, señor cura? Carrier es un bandido; pero ¿qué nombre le dais á Montrevel? Fouquier-Tainville es un vividor; pero ¿qué opinión os merece Lamoignon Baville? Maillard es espantoso; pero ¿Saulx-Tavannes qué os parece? El padre Duchesne es feroz; pero ¿qué epíteto me concedéis para el padre Letellier? Jourdan Corta-Cabezas es un monstruo; pero no tanto como el marqués de Louvois. Señor, señor, compadezco á María Antonieta, archiduquesa y reina; pero compadezco también á aquella pobre mujer hugonote, que, en 1685, bajo el reinado de Luis el Grande, dando de mamar á su hijo, fué amarrada á un poste, desnuda hasta la cintura; y arrancándole del pecho la criatura, colocáronla á cierta distancia; hinchado su seno por la leche y el corazón de angustia, la hambrienta y pálida criatura miraba muriendo aquel seno, lleno de vida, y el verdugo decía á la mujer, madre y nodriza á un tiempo: «¡Abjura!» dándole á escoger entre la muerte de su hijo y la de su conciencia. ¿Qué me diréis de este suplicio de Tántalo aplicado á una madre? Señor, guardad bien esto en la memoria: La Revolución francesa tuvo sus razones. Su cólera será absuelta indudablemente por la posteridad. Su resultado es el mejoramiento del mundo. De sus golpes más terribles, surge una caricia para el género humano. Abrevio, concluyo. Tengo demasiado buen juego. Además, me muero.
Y dejando de mirar al obispo, el convencional terminó su pensamiento con estas sencillas palabras:
--Sí, las brutalidades del progreso se llaman revoluciones. Cuando han terminado, se reconoce esto: que el género humano ha sido tratado con dureza, pero que ha marchado.
El convencional no advertía siquiera que acababa de tomar sucesivamente una después de otra, todas las trincheras interiores del obispo. Éste conservaba una todavía, y del supremo recurso de la resistencia de monseñor Bienvenido, salió esta otra frase reapareciendo casi toda la rudeza del principio:
--El progreso debe creer en Dios. El bien no puede tener servidores impíos. Es un mal conductor del género humano el hombre ateo.
El antiguo representante del pueblo no respondió. Sintióse estremecido; miró al cielo, saltándole una lágrima con aquella mirada. Cuando acabó de llenarse el párpado, la lágrima se deslizó á lo largo de la descolorida mejilla, y dijo balbuceando por lo bajo y como hablando consigo mismo, perdida su mirada en lo profundo:
--¡Oh tú! ¡Oh ideal! ¡Tú sólo existes!
El obispo sintió una especie de conmoción inexplicable.
Después de un silencio, el anciano levantó un dedo señalando al cielo, y dijo:
--El infinito existe. Allí está. Si el infinito no tuviera un yo, sería el yo su límite; no sería infinito; ó en otros términos, no sería. Pero es: luego existe un yo. El yo del infinito que es Dios.
El moribundo había pronunciado estas últimas palabras en voz alta en el estremecimiento del éxtasis, como si viera á alguien. Cuando acabó de hablar se cerraron sus ojos. El esfuerzo le había debilitado por completo. Era evidente que acababa de vivir en un minuto, las pocas horas que podían quedarle. Lo que acababa de decir le había aproximado á la muerte. El supremo instante había llegado.
Comprendiólo el obispo; apremiaba el tiempo, había ido allí como sacerdote; de una extremada frialdad había pasado gradualmente á la emoción extrema; fijó su mirada en aquellos ojos cerrados, tomó aquella mano rugosa y helada, é inclinándose hacia el moribundo, le dijo:
--Ésta es la hora de Dios. ¿No os parece que hubiera sido sensible el habernos encontrado inútilmente?
El convencional abrió los ojos de nuevo; cierta gravedad, en la que había algo de sombrío, inundó su semblante.
--Señor obispo,--dijo con cierta lentitud, que procedía quizá mejor de la dignidad del alma que del desfallecimiento de sus fuerzas,--he pasado mi vida en la meditación, el estudio y la contemplación. Tenía yo sesenta años, cuando mi país me llamó y me ordenó mezclarme en sus asuntos. Yo obedecí. Existían abusos, y los combatí; existían tiranías, y las destruí; existían derechos y principios, y los proclamé y confesé. El territorio estaba invadido, y lo defendí; la Francia se veía amenazada, y le ofrecí mi pecho. No era rico, y soy pobre. Fuí uno de los dueños del Estado, y cuando las cajas del Tesoro estaban atestadas de valores, tantos que fué menester apuntalar las paredes del edificio, próximas á derrumbarse bajo el peso del oro y de la plata, comía yo en la calle del Arbre-sec á veintidós sueldos el cubierto. He socorrido á los oprimidos, he aliviado á los enfermos. He rasgado los manteles del altar, cierto; pero ha sido para vendar las heridas de la patria. He apoyado siempre la marcha adelante del género humano hacia la luz, y he resistido más de una vez al progreso despiadado. Hubo ocasión en que llegué á proteger á mis propios adversarios, á vosotros. Hay en Peteghem, en Flandes, en el mismo lugar donde los reyes merovingios tenían su palacio de verano, un convento de urbanistas, la abadía de Santa Clara de Beaulieu, que yo salvé en 1793. He cumplido con mi deber según mis fuerzas, haciendo el bien que pude. Después he sido arrojado, acosado, vejado, perseguido, calumniado, escarnecido, afrentado, maldecido y proscrito. Después de muchos años y con todos mis cabellos blancos, veo todavía que hay gentes que se creen con derecho á despreciarme; tengo para la pobre é ignorante multitud cara de condenado, y acepto sin odiar yo á nadie, el aislamiento del odio general. Tengo ahora ochenta y seis años; y voy á morir. ¿Qué venís á pedirme?
--_Vuestra bendición_,--dijo el obispo.
Y se arrodilló.
Cuando el obispo levantó la cabeza, el rostro del convencional se le presentó verdaderamente augusto. Acababa de espirar.
El obispo regresó á su casa profundamente absorbido en inexplicables pensamientos, y se pasó toda la noche en oración.
Al día siguiente, algunos curiosos atrevidos, intentaron hablarle del convencional G.; concretóse á señalar el cielo.
Desde este momento redobló su ternura y fraternidad para con los infelices y desvalidos.
Toda alusión á aquel «desalmado viejo de G.» le sumía en una preocupación singular. Nadie podría asegurar que el paso de aquel espíritu ante el suyo, y el reflejo de aquella gran conciencia sobre la suya, no hubiesen contribuido en su aproximamiento á la perfección.
Aquella «visita pastoral» fué, naturalmente, objeto de murmuración en los mezquinos círculos de la localidad.
--¿Es acaso,--decían ellos,--lugar digno de todo un obispo la cabecera de semejante moribundo? Era evidente que no había de sacar de allí conversión ninguna. Todos esos revolucionarios son relapsos. ¿Á qué ir entonces? ¿Qué podía ver en semejante sitio? No podía ser sino la curiosidad de ver un alma que se la lleva el diablo.
Cierto día, una de esas viudas ricas, perteneciente á la impertinente variedad de las gentes que se creen agudas, le enderezó esta salida:
--Monseñor, no falta quien pregunta cuándo se pondrá Su Ilustrísima gorro encarnado.
--¡Oh! ¡oh! Ése es un gran color,--respondió el obispo.--Puesto que los que le desprecian en un gorro le veneran en un capelo.
XI =Una restricción=
Se arriesgaría mucho á equivocarse quien supusiera por lo dicho que monseñor Bienvenido fuése un «obispo filósofo» ó un «cura patriota». Su encuentro, que podríamos llamar mejor su conjunción con el convencional G., le dejó una especie de asombro que vino á aumentar todavía su benignidad. He aquí todo.
Por más que monseñor Bienvenido no fuera, ni mucho menos, un hombre político, quizá sea éste el lugar de indicar ligeramente cuál fué su actitud en los acontecimientos de entonces, suponiendo que monseñor Bienvenido hubiese pensado alguna vez en tener actitud alguna.
Retrocedamos, pues, algunos años.
Algún tiempo después de la elevación de monseñor Myriel al episcopado, el emperador le había nombrado barón del imperio, al mismo tiempo que á otros muchos obispos. El arresto del Papa tuvo lugar, como sabe todo el mundo, durante la noche del 5 al 6 de julio de 1809, en cuya ocasión fué llamado monseñor Myriel por Napoleón, al sínodo de los obispos de Francia é Italia convocado en París. Este sínodo se celebró en Nuestra Señora, y tuvo la primera sesión el 15 de junio de 1811, bajo la presidencia del cardenal Fesch. Monseñor Myriel fué uno de los noventa y cinco obispos que acudieron; pero asintió solamente á una sesión y á tres ó cuatro conferencias particulares. Obispo de una diócesis montañesa, viviendo tan cerca de la naturaleza, en la rusticidad y la desnudez, parecía como que aportase, en medio de aquellos personajes eminentes, ideas capaces de cambiar el temperamento de la asamblea. Volvióse, por lo tanto luego á D*** donde, habiéndole interrogado acerca de su precipitado regreso, respondió:
--_Mi presencia les molestaba. El aire de fuera les entraba conmigo, haciéndoles el efecto de una puerta abierta._
Otra vez contestó:
--_¿Qué queréis? Aquellas eminencias eran todos príncipes, y yo no pasaba de ser un pobre obispo plebeyo._
Lo cierto es que les había disgustado. Entre otras cosas extrañas, habíasele escapado decir cierta noche, en casa de uno de sus colegas más calificados:
--¡Los magníficos relojes, los ricos tapices, las brillantes libreas, todo ello debe ser altamente incómodo! ¡Oh! Yo no querría tener toda esa superfluidad, molestándome de continuo los oídos con su murmullo: ¡Hay gentes que padecen hambre! ¡las hay que tienen frío! ¡Hay pobres! ¡hay pobres!
Digamos de pasada, que no sería un odio inteligente el odio contra el lujo, puesto que implicaría el odio contra las artes. Sin embargo, en casa de las gentes de Iglesia, salvo la representación y las ceremonias, el lujo es un error. Parece revelar costumbres poco caritativas. Un cura opulento es un contrasentido. El cura debe hallarse cerca de los pobres. ¿Y puede uno estar tocando sin cesar noche y día todas las necesidades, todos los infortunios y todas las miserias, sin llevar sobre sí algo de esa santa nobleza, como polvo de su trabajo? ¿Puede nadie imaginarse un hombre al lado de un brasero sin sentir calor? ¿Concíbese un obrero que trabaje constantemente en un horno, sin tener un cabello quemado, ni una uña ennegrecida, ni una gota de sudor, ni un grano de ceniza en la cara? La primera prueba de caridad en la casa del cura, en la del obispo sobre todo, es la pobreza.
Esto era sin duda lo que pensaba el señor obispo de D***.
No debe creerse, sin embargo, que participase sobre ciertos puntos delicados, de lo que llamaríamos «ideas del siglo». Enredábase poco en querellas teológicas de momento, y absteníase de las cuestiones de compromiso para la Iglesia ó el Estado; pero si se le hubiese instado mucho, creemos que antes se hubiera inclinado á los ultramontanos que á los galicanos. Como estamos haciendo un retrato y no queremos, por lo tanto, ocultar nada, nos vemos obligados á consignar que miró con frialdad la decadencia de Napoleón. Desde 1813 se adhirió ó aplaudió todas las manifestaciones hostiles, excusándose de ir á ver al emperador á su paso de vuelta de la isla de Elba, y absteniéndose de ordenar en su diócesis las rogativas públicas durante los cien días.
Además de su hermana la señorita Batistina, tenía dos hermanos; general el uno y prefecto el otro, á los que escribía con alguna frecuencia. Tuvo con el primero, durante algún tiempo, cierta tirantez de relaciones, porque estando éste encargado, en Provenza, de una comandancia, á la época del desembarque de Cannes, púsose el general á la cabeza de mil doscientos hombres, persiguiendo al emperador como si hubiese querido dejar que se escapara. Su correspondencia resulta mucho más afectuosa con relación al otro hermano, el antiguo prefecto, bello y digno sujeto, que vivía retirado en París, en la calle de Cassette.
Monseñor Bienvenido tuvo, pues, como muchos, su hora de espíritu de partido, su hora de amargura, su nube. La sombra de las pasiones de momento, obscureció también aquel dulce y grande espíritu ocupado en asuntos eternos. Y en verdad, que semejante hombre hubiera merecido no tener opiniones políticas. Es preciso no interpretar mal nuestro pensamiento, confundiendo lo que se llama vulgarmente «opiniones políticas» con la grande aspiración al progreso, con la sublime fe patriótica, democrática y humana que en nuestros tiempos debe ser el único sentimiento profundo de todas las inteligencias generosas. Sin profundizar cuestiones que no tocan sino indirectamente el asunto de este libro, diremos simplemente así: Hubiera sido mejor que monseñor Bienvenido no hubiese sido realista, y que su vista no se hubiese separado un punto de aquella contemplación serena, de la cual irradian distintamente, sobre todas las ficciones y todos los odios terrenales, sobre todos los vaivenes de los vientos mundanos, las tres luces purísimas de: la Verdad, la Justicia y la Caridad.
Á pesar de convenir en que no era para funciones políticas por lo que había creado Dios á monseñor Bienvenido, hubiéramos comprendido y admirado su protesta en nombre del derecho y de la libertad, su oposición enérgica, su resistencia peligrosa y justa á Napoleón omnipotente. Pero lo que nos place ver frente á frente de los poderosos, nos desagrada con relación á los caídos. Nos gusta el combate mientras dura el peligro; y solamente creemos con derecho á los combatientes de primera hora, de ser los exterminadores en la última. Quien no ha sido constante acusador durante la prosperidad, debe guardar silencio ante la desgracia. El denunciador del éxito es el solo y legítimo juez de la caída. Por nuestra parte, cuando interviene la Providencia y hiere, la dejamos hacer. 1812 empieza á desarmarnos. En 1813 la torpe ruptura del silencio de aquel cuerpo legislativo taciturno, envalentonado por las catástrofes, no era merecedor más que de la indignación, siendo, por lo tanto, aplaudirle un error; en 1814, ante aquellos generales traidores; ante aquel Senado, pasando de uno en otro fango: insultando, después de haber divinizado; ante aquella idolatría, abandonando y escupiendo al ídolo, era indispensable volver la cabeza; en 1815, como los supremos desastres estaban en el aire, como la Francia sentía el estremecimiento de un siniestro próximo, como se podía ya distinguir vagamente Waterloo, abierto ante Napoleón, la dolorosa aclamación del pueblo y el ejército al condenado del destino, nada tenía de risible, y salvando al déspota, un corazón como el del obispo de D*** no podía desconocer cuánto había de augusto y tierno al borde del abismo, en el estrecho abrazo de una gran nación y un grande hombre.
Después de esto, era y fué siempre el obispo, justo en todo; verdadero, equitativo, virtuoso, inteligente, humilde y digno; benéfico y benévolo, lo cual viene á ser otra beneficencia. Era sacerdote, sabio y hombre. Pero, debemos consignarlo, dentro la misma opinión política que acabamos de reprocharle, y que estamos dispuestos á juzgar casi severamente, era él fácil y tolerante, más puede ser, que nosotros mismos. El portero de aquel municipio había sido colocado en su puesto por el Emperador. Era un viejo ex sargento de la antigua guardia, que había hecho la campaña de Austerlitz, más bonapartista que las mismas águilas. Escapábansele á cada paso, á este pobre diablo, exclamaciones poco reflexivas, que la ley de entonces calificaba de _dichos sediciosos_. Desde que el perfil imperial había desaparecido de la Legión de honor, no se vistió jamás _conforme á ordenanza_, por no verse, decía, obligado á llevar su cruz. Había arrancado por su mano, con toda veneración la efigie imperial de la cruz que Napoleón le había dado; lo cual había dejado en la condecoración un hueco que no había querido llenar con nada. ¡_Antes morir_, decía él, _que llevar sobre mi corazón los tres sapos!_ Reíase en voz alta de Luis XVIII. _¡Viejo gotoso con botines de inglés!_ decía; _que se vaya á Prusia con su salsifi_: satisfecho de juntar en una misma imprecación las dos cosas que más detestaba, la Prusia y la Inglaterra. En fin, tanto hizo, que acabó por perder el empleo. Al verle sin pan en medio de la calle y rodeado de su mujer é hijos, llamóle el obispo, le riñó dulcemente, y acabó por nombrarle guardián de la catedral.
En nueve años, á fuerza de buenas acciones, de sencillas y suaves maneras, monseñor Bienvenido se había conquistado en toda la ciudad de D***, una especie de veneración tierna y filial. Su misma conducta con Napoleón había sido aceptada, y, como tácitamente perdonada por el pueblo, rebaño bueno y débil que, si bien adoraba á su emperador, amaba igualmente á su obispo.
XII =Aislamiento de monseñor Bienvenido=
Existe, casi siempre, en torno de un obispo, un ejército de curitas, lo mismo que al rededor de un general la correspondiente bandada de subalternos. Son éstos á los que el seráfico San Francisco de Sales llama, no se dónde, «curas boquirrubios». Toda carrera tiene sus aspirantes, cortesanos de los que han llegado á su fin. No hay poder que no tenga su círculo, ni fortuna que no alimente su corte. Los buscadores del porvenir caracoleando en torno del espléndido presente. Toda metrópoli cuenta con su estado mayor. Cualquier obispo algo influyente se ve cercado de continuo por su patrulla de querubines seminaristas, que hacen la ronda y mantienen el orden en el palacio episcopal, montando la guardia junto á las sonrisas de Su Ilustrísima. Caer en gracia del obispo, es tener el pie en el estribo de un subdiaconato. Es preciso recorrer el camino, que el apostolado no ha de despreciar las canonjías.
Así como tiene la grandeza civil, sus grandes caballeros cubiertos, tiene también la Iglesia sus grandes mitras. Éstas las llevan los obispos encopetados, ricos, prebendados, hábiles, admitidos en el gran mundo, que saben orar sin duda, pero que saben igualmente solicitar; poco escrupulosos en hacer que haga antesala á su persona toda una diócesis, punto medio entre la sacristía y la diplomacia, antes clérigos que sacerdotes, prelados antes que obispos. ¡Dichoso el que á ellos llega! Influyentes como son, hacen que lluevan á su alrededor, sobre solicitantes, y favoritos muy especialmente, y sobre toda aquella juventud que sabe agradarles, las buenas parroquias, las prebendas, los arcedianatos, las capellanías, y canonjías, como espera de las dignidades episcopales. Á medida que ellos avanzan, adelantan también sus satélites; son todo un sistema solar en acción. Sus irradiaciones empurpuran su séquito. Su prosperidad se desmigaja al volver de la esquina en muchas pequeñas promociones. Á mayor diócesis para el prelado, mejor canonjía para el favorito. Y luego, allí está Roma. Un obispo que sabe alcanzar un arzobispado; un arzobispo que llegue á cardenal, se os lleva de conclavista; ya estáis en la Rota; ya tenéis _pallium_, y cataos auditor, camarero y monseñor. Luego, de la grandeza á la eminencia no hay más que un paso, y entre la eminencia y la santidad, no media sino el humo de un escrutinio. Cualquier solideo puede aspirar á la tiara. Es el sacerdote, en nuestros días, el único hombre que puede llegar á rey regularmente; ¡y qué rey! ¡el rey supremo! Así se explica el gran semillero de aspirantes de seminario. ¡Cuántos niños de coro radiantes! ¡Cuántos jóvenes presbíteros, llevando en la cabeza el cántaro de la _Lechera_! ¡Como la ambición se llama alegremente devoción! ¿quién sabe? de buena fe tal vez, y ella misma se engaña, por gorrona ó beata.
Monseñor Bienvenido, humilde, pobre y singular, no entraba en el número de las grandes mitras. Estaba demostrado claramente por la completa ausencia de jóvenes presbíteros que se notaba á su alrededor. Ya hemos visto que en París «no había cuajado». Ni un porvenir siquiera se acordaba de apoyarse en aquel anciano solitario. Ni una sola ambición en flor esperaba fructificar á su sombra. Sus canónigos y vicarios generales, eran ancianos bonachones como él, como él también un tanto silvestres, y encerrados como él en aquella diócesis sin salida al cardenalato; los cuales se parecían mucho á su obispo, con la sola diferencia de que ellos estaban acabados y él estaba completo. Veíase tan clara la imposibilidad de medrar junto á monseñor Bienvenido, que apenas salidos del seminario, los jóvenes ordenados por él, se hacían recomendar á los arzobispos de Aix ó de Auch, marchándose enseguida. Porque, en fin, lo repetimos, todo el mundo gusta de ascender. Un santo que viva en un exceso de abnegación, es un vecino peligroso; pues que podría comunicaros fácilmente por contagio, la pobreza incurable, la enquilosis de las articulaciones indispensables al medro y, en fin, mayor cantidad de desprendimiento del que quisiérais; y el hombre se aparta naturalmente, de esta virtud leprosa. De ahí el aislamiento de monseñor Bienvenido. Vivimos en una sociedad de sombras. Medrar, he aquí la enseñanza que mana, desplomada gota á gota, de la corrupción.
Digámoslo de pasada, el éxito es horroroso. Su falso parecido, al verdadero mérito, engaña al hombre. Para las muchedumbres, el medro tiene casi el mismo perfil de la supremacía. El éxito, ese falso sinónimo del talento, tiene una víctima, la historia. Solamente lo señalan Juvenal y Tácito. En nuestros días, una filosofía casi oficial, ha entrado de sirvienta en su casa, viste la librea del éxito, y presta servicio en su antesala. Medrar: esta es la teoría. Prosperidad: ahí está la capacidad. Os cae la lotería; he aquí un hombre hábil. Quien triunfa es venerado. ¡Nacer vestido! esto es todo. Tened suerte, el resto ya se viene; sed dichoso, y se os creerá grande. Salvo cinco ó seis excepciones inmensas, que son el esplendor de un siglo, la admiración contemporánea no es mas que miopía. El oropel es oro. Ser un advenedizo cualquiera, nada importa; el que llega primero es siempre el agraciado. El vulgo, es un Narciso viejo que se adora á sí mismo, aplaudiendo las vulgaridades. La enorme facultad, por la cual el hombre es un Moisés, un Esquilo, un Dante, un Miguel Ángel ó un Napoleón, la multitud la concede enseguida, y por aclamación, á quien llega á su objetivo, sea en lo que fuere. Que un escribano se convierta en diputado; que un falso Corneille escriba un _Tiridates_; que un eunuco entre en posesión de un harem; que un Prudhomme militar, gane por casualidad la batalla decisiva de una época; que un boticario invente las suelas de cartón para el ejército de Sambre et Meuse, y se gane con el cartón vendido por suela, una renta de cuatrocientas mil libras; que un buhonero se case con la usura, y le produzca ella por hijos siete ú ocho millones de francos; que un predicador llegue á obispo por gangosear; que el procurador de una gran casa se haga rico, y se le convierta en ministro de Hacienda... los hombres le llaman á todo eso Genio, de igual manera que llaman Beldad al retrato de Mousquetón, y Majestad á la estampa de Claudio. Confundieron las constelaciones del abismo con las estrellas que imprimen sobre el fango de un pantano las patas de los gansos.
XIII =Sus creencias=
Bajo el punto de vista ortodoxo, no tenemos porqué sondear al señor obispo de D***. Frente á frente de un alma semejante, no sentimos casi más que respeto. La conciencia del justo debe ser creída bajo su palabra. Por otra parte, dadas ciertas naturalezas, admitimos el posible desarrollo de todas las bellezas de la virtud humana, dentro creencias distintas de la nuestra.
¿Qué opinaba él de este dogma ó de aquel misterio? Estos son secretos del fuero interno, no conocidos más que de la tumba, en la que las almas entran desnudas. De lo que estamos ciertos es, de que jamás las dificultades de la fe eran resueltas por él con hipocresía. El diamante no puede corromperse. Creía todo lo que podía. _Credo in Patrem_, exclamaba frecuentemente. Poniendo además en las buenas obras toda la cantidad de satisfacción bastante á satisfacer la conciencia, que dice por lo bajo: Estás con Dios.
Lo que creemos deber apuntar, es que fuera, por así decirlo, y aún más allá de su fe, poseía el obispo un tesoro de amor. Por lo cual _quia multum amavit_, sería que le juzgaban vulnerable los «hombres serios», las «personas graves» y las «gentes razonables»; locuciones favoritas de nuestro miserable mundo, en el cual el egoísmo recibe el santo y seña de la pedantería. ¿En qué consistía aquel exceso de amor? En una benevolencia serena, superior á los hombres, como ya hemos indicado antes, que se extendía en casos especiales hasta las cosas. Vivía sin desdén. Era indulgente con todo lo creado por Dios. Todo hombre, incluso el mejor, posee cierta dureza irreflexiva que se la reserva para el animal. El obispo de D*** carecía por completo de semejante dureza, muy común, sin embargo, en los sacerdotes. Sin llegar de mucho hasta el brahmismo, parecía haber meditado estas palabras del Eclesiastés: «¿Sabes á dónde va el alma de los animales?». La fealdad del aspecto, las deformidades del instinto, no le turbaban ni le indignaban jamás, muy al contrario, conmovíanle siempre cuando no le enternecían. Parecía que, pensativo siempre, procuraba buscar, más allá de la vida aparente, la causa, la explicación, la escusa. Parecía estar pidiendo á Dios á cada paso por las conmutaciones. Examinaba su cólera y con el ojo del lingüista que descifra un palimsesto, la cantidad de caos que reside aún en la naturaleza. Semejantes meditaciones arrancábanle á veces palabras extrañas. Una mañana, estando en su jardín, y creyéndose solo, pero seguido de cerca por su hermana, sin que él lo notara, paróse de súbito, mirando fijamente algo del suelo; era una grande araña, negra, velluda, horrible. Su hermana oyó que dijo:
--¡Pobre animal! esto no es culpa suya.
¿Por qué no hemos de consignar estas niñerías, casi divinas de su bondad? Puerilidades, tal vez, pero puerilidades sublimes fueron, como ellas, las de san Francisco de Asís y de Marco Aurelio. Cierto día sufrió una torcedura por no haber querido pisar una hormiga.
De esta manera vivía aquel hombre justo. Algunas veces se quedaba dormido en su jardín, y entonces aparecía verdaderamente venerable.
Monseñor Bienvenido había sido anteriormente, á creer lo que se decía sobre su juventud y su misma virilidad, un hombre apasionado, y tal vez violento. Su mansedumbre universal era menos que un instinto de la naturaleza, el resultado de grandes convicciones filtradas en su corazón al través de la vida, lentamente penetradas en él, pensamiento por pensamiento; porque así un carácter como una roca pueden ser agujereados por la gota de agua. Semejantes huecos son indelebles; tales labores son indestructibles.
En 1815, creemos haberlo dicho ya, contaba nuestro obispo setenta y cinco años, pero sin aparentar más de sesenta. No era alto; aunque algo grueso, procuraba combatir esta tendencia física, dando largos paseos á pie: su paso era firme, y su cuerpo ligeramente encorvado, detalle del que no pretendemos sacar consecuencia alguna. Gregorio XVI, á los ochenta años, andaba tieso y sonriente, lo cual no impedía que fuése un mal obispo. Monseñor Bienvenido tenía lo que se llama vulgarmente «una cabeza hermosa», pero se hacía querer tanto, que era su belleza lo de menos.
Su conversación estaba impregnada de aquella alegría y candidez infantil que constituía su gracia principal, de que ya hemos hablado, por la que se sentía uno como atraído por él, pareciendo que de toda su persona brotaba alegría. Su tez era fresca y sonrosada, todos sus dientes blancos y bien conservados, y que su sonrisa ponía de manifiesto, le daban ese aspecto abierto y simpático que hace exclamar de un hombre: ¡es un buen muchacho! ó de un anciano: ¡Es un buen hombre! Este fué, si no recordamos mal, el efecto que había hecho á Napoleón. La primera impresión para aquel que le veía por primera vez, no era otra, efectivamente, que la de un buen hombre. Pero después de pasar algunas horas junto á él y por poco que se le viera pensativo, íbase el buen hombre transfigurando poco á poco, adquiriendo cierto imponente no sé qué; su frente ancha y serena, augusta por su aureola de cabellos blancos, lo era igualmente por la meditación; la majestad se desprendía de aquella bondad, sin que la bondad dejara de irradiar por ello; producía el contemplarle una emoción especial como la que debiera causar la vista de un ángel sonriente, que desplegara sus alas sin dejar su sonrisa. El respeto, respeto inexplicable, que inspiraba, iba penetrando gradualmente hasta el corazón, y sentíase uno como absorbido por aquella alma fuerte, experimentada é indulgente, en la cual el pensamiento era tan elevado, que no podía manar sino dulzura.
Como se ha visto, la oración, la celebración de los oficios divinos, la limosna, el consuelo á los afligidos, el cultivo de un pedazo de tierra, la fraternidad, la frugalidad, la hospitalidad, el desprendimiento, la confianza, el estudio y el trabajo llenaban uno á uno los días de su vida. _Llenaban_, ésta es la palabra, puesto que los días del obispo estaban todos llenos hasta los bordes de buenos pensamientos, buenas palabras y buenas acciones. Sin embargo, no era el día completo, si el tiempo lluvioso ó frío le privaba de pasear, luego que las dos buenas mujeres se habían retirado, una ó dos horas de la noche en su jardín antes de acostarse. Parecía ser para él como una especie de rito, el prepararse al sueño por la meditación en presencia de los grandes espectáculos nocturnos. Otras veces, en hora muy avanzada de la noche, si las dos ancianas no se habían dormido, le oían pasear lentamente las calles del jardín. Encontrábase allí solo, consigo mismo, absorbido, apacible, adorando y comparando la serenidad de su corazón á la serenidad del éter; emocionado en medio de las tinieblas por los visibles resplandores de las constelaciones y los resplandores invisibles de Dios, abriendo su alma á las imaginaciones que surgen de lo desconocido. Durante aquellos momentos, ofreciendo su corazón al mismo tiempo que las flores nocturnas ofrecen sus perfumes, ardiendo como una lámpara en medio de la estrellada noche, esparciéndose en éxtasis entre la irradiación universal de la creación, no hubiera podido tal vez él mismo decir de sí lo que pasaba por su espíritu; sintiendo que algo inexplicable que se desprendía y escapaba de él, y algo que descendía y penetraba en su interior. ¡Misteriosa reciprocidad entre los profundos abismos del alma y los abismos inmensos del universo!
Pensaba en la grandeza y la presencia de Dios; en la eternidad futura, misterio incomprensible; en la eternidad pasada, misterio menos explicable todavía; en todos los infinitos que se agrandaban ante sus ojos en todos sentidos; y sin tratar de comprender lo incomprensible, lo admiraba. No estudiaba á Dios; se deslumbraba. Consideraba los magníficos choques de los átomos que dan forma y aspecto á la materia, revelando sus fuerzas comprobándolas, creando las individualidades en la unidad, las porciones en la extensión, lo innumerable en lo infinito, y produciendo la belleza con la luz. Aquellos choques unen y desunen átomos y más átomos sin cesar; de ahí la vida y la muerte.
Sentábase sobre un banco rústico adosado á una parra decrépita, contemplando los astros al través de las mezquinas y raquíticas siluetas de los árboles frutales de su jardín. Aquella cuarta de terreno, miserablemente plantado y lleno de cobertizos y barracas, le era estimado y suficiente.
¿Qué necesitaba más aquel anciano que repartía los ocios de su existencia, bien escasos por cierto, en los trabajos de jardinero durante el día y en las contemplaciones de la noche? Aquel reducido cercado, que tenía por techo los cielos, ¿no era lo bastante para poder adorar á Dios oportunamente en sus obras sublimes? ¿No era efectivamente todo lo más que podía desear? Un jardincito para pasear, y la inmensidad para extasiarse en sus pensamientos. Á sus pies aquello que podía cultivar y recolectar; sobre su cabeza, aquello que brinda á la meditación y al estudio; algunas flores en la tierra, y todas las estrellas del cielo.
XIV =Lo que él pensaba=
La última palabra.
Como este género de detalles pudieran, sobre todo en el momento en que nos encontramos, y para servimos de una expresión de moda actualmente, dar al obispo de D*** cierto carácter «panteísta», y hacer creer, sea en contra, sea en favor suyo, que poseía una de aquellas filosofías personales, propias de nuestro siglo, que germinan á veces en los espíritus solitarios, y se forman y desarrollan hasta el punto de reemplazar las religiones, debemos insistir asegurando que ni una sola de cuantas personas conocieron á monseñor Bienvenido, se creyó jamás autorizada á suponer nada que se pareciese á ello. Lo que brillaba en aquel hombre, era su corazón. Su sabiduría era hija de la luz que éste producía.
Nada de sistemas; mucho de obras. Las consideraciones abstractas encierran vértigos: nada indica que se atreviese su espíritu en los apocalipsis. El apóstol puede ser audaz, pero el obispo debe ser tímido. Él hubiera probablemente sentido escrúpulos de sondear muy á fondo ciertos problemas reservados por algo á los grandes y extremados espíritus. Existe cierto horror sagrado bajo los pórticos del enigma; aquellas aventuras sombrías son precipicios, en los que hay algo que le dice al pasajero de la vida: «no entres». Desgraciado del que penetre.
Los genios, en las profundidades inauditas de la abstracción y de la especulación pura, colocados, por así decirlo, sobre los dogmas, proponen sus ideas á Dios. Su oración se ofrece valientemente á la discusión. Su adoración interroga. Ésta es la religión directa, llena de ansiedades y responsabilidad para quien se atreve á tentar sus escabrosidades.
La meditación humana no tiene límite. Á su riesgo y peligro analiza y escudriña su propio deslumbramiento. Casi podría decirse que por cierta reacción espléndida deslumbra ella la naturaleza; el mundo misterioso que nos circunda devuelve lo que recibe, y es muy probable que los contemplativos sean contemplados. Sea lo que fuere, sobre la tierra hay hombres,--¿son hombres éstos?--que distinguen perfectamente en el fondo de los horizontes de la contemplación las alturas de lo absoluto, y que sienten la terrible visión de la montaña infinita. Monseñor Bienvenido no tenía nada de estos hombres; monseñor Bienvenido no era un genio. Hubiera temido semejantes sublimidades, desde las cuales, algunos muy grandes por cierto, como los mismos Swedenborg y Pascal, se han precipitado en la locura. Es cierto que tan poderosas imaginaciones tienen su utilidad moral, y que por tan intrincadas sendas nos vamos acercando á la perfección ideal. Él tomaba, no obstante, el atajo que abrevia: el Evangelio.
No pretendió jamás hacer que tomara su casulla los pliegues del manto de Elías; no proyectaba un solo rayo del porvenir sobre la tenebrosa marcha de los acontecimientos, ni pretendía jamás condensar esa llama al fulgor de las cosas, pues no tenía nada de profeta ni de mago. Aquella alma humilde amaba: he aquí todo.
Que dilatase sus oraciones hasta una aspiración sobrehumana, esto es probable; pero jamás se ora demasiado como no se ama demasiado jamás; que si llegara á ser una herejía el rogar más allá de los textos, Santa Teresa y San Jerónimo serían herejes.
Él se inclinaba siempre hacia los que gemían ó expiaban. El universo se le antojaba una enfermedad inmensa; sentía en todas partes la calentura, exploraba en todas partes el sufrimiento, y sin querer adivinar el enigma, cuidaba de curar la herida.
El tremendo espectáculo de todo lo creado, desenvolvía en él toda ternura, y no se ocupaba sino en buscar por sí mismo é inspirar á los demás la mejor manera de compadecer y aliviar. Cuanto existe, era para aquel bueno y excepcional presbítero, objeto constante de tristeza que procuraba consolar.
Si existen hombres que trabajan en la extracción del oro, él trabajaba en la extracción de la piedad. La miseria universal era su mina. El dolor general era para él constante pretexto de bondades. _Amaos los unos á los otros_; él creía esta máxima completa; no necesitaba más, y concretaba á ella sola su doctrina. Cierto día aquel hombre, que se creía «filósofo», aquel senador, ya nombrado, dijo al obispo:
--Ved el espectáculo del mundo; es la guerra de todos contra todos; el más fuerte es el que tiene más alma. Vuestro _amaos los unos á los otros_, es una barbaridad.
--Bien,--dijo monseñor Bienvenido sin discutir:--_si esto es una barbaridad, el alma debe encerrarse en ella como la perla en su concha_.
Encerrábase pues, y vivía absolutamente satisfecho, dejando aparte las cuestiones prodigiosas que arrastran ó espantan, las insondables perspectivas de la abstracción, los precipicios de la metafísica; todas las profundidades convergentes hacia Dios para el apóstol, ó hacia la nada para el ateo: el destino, el bien y el mal, la lucha de los seres contra los seres, la conciencia del hombre, el sonambulismo meditabundo del animal, la transformación de la muerte, el resumen de las existencias que contiene la tumba, el injerto incomprensible, de amores sucesivos en el _yo_ persistente, la esencia, la sustancia, el Nihil y el Ens, el alma, la naturaleza, la libertad y la necesidad; problemas difíciles, espesuras siniestras, ante las que se inclinan los gigantescos arcángeles del espíritu humano; formidables abismos que Lucrecio, Mami, san Pablo y Dante contemplaron con aquella fulgurante mirada que parece, al fijarse cara á cara con el infinito, que hace que surjan del mismo las estrellas.
Monseñor Bienvenido, era sencillamente un hombre que averigüaba exteriormente las proposiciones misteriosas sin escrutarlas, sin agitarlas, y sin perturbar su propio espíritu, por sentir en su alma gran respeto á la sombra.