Chapter 20 of 30 · 52131 words · ~261 min read

LIBRO QUINTO

DESCENSO

I =Historia de un adelanto en la fabricación de abalorios negros=

Mientras aquella madre que, al decir de las gentes de Montfermeil, parecía haber abandonado á su hija, ¿qué había sido de ella? ¿dónde estaba? ¿qué hacía?

Después de haber dejado á su pequeña Cosette á los Thénardier, continuó su camino hasta llegar á M* sur M*.

Recordemos que esto pasaba en 1818.

Fantina había dejado su provincia hacía unos diez años. M* sur M* había cambiado de aspecto. En tanto que Fantina descendía lentamente de miseria en miseria, su ciudad natal había prosperado.

Desde hacía unos dos años, había realizado uno de aquellos hechos industriales que son grandes acontecimientos en lugares pequeños.

Es un detalle importante que creemos conveniente consignar, y casi diríamos subrayar.

De tiempo inmemorial, M* sur M*, poseía como industria especial la imitación del azabache inglés y de los abalorios negros de Alemania. Esta industria había vegetado solamente á causa de la carestía de las materias primas que recaía sobre la mano de obra. Cuando Fantina volvió á M* sur M* acababa de realizarse una gran transformación en la manera de producir aquellos «artículos negros». Á fines de 1815, un hombre, un desconocido, fué á establecerse en la ciudad, habiendo ideado sustituir en semejante fabricación, la goma laca á la resina, y para los brazaletes particularmente, los colgantes simplemente ajustados á la chapa, á los colgantes soldados á la misma.

Este pequeño cambio había producido una revolución.

Este pequeño cambio, en efecto, había reducido prodigiosamente el precio de la materia prima, lo cual había permitido, primeramente, elevar el precio de la mano de obra en beneficio del país, en segundo lugar mejoraba la fabricación en provecho del consumidor, y en el tercero podíase vender más barato, triplicando el beneficio en provecho del industrial.

Así es que una idea producía tres resultados.

En menos de tres años el autor del procedimiento se había hecho rico, lo cual no dejaba de ser una gran cosa, pero había enriquecido á los que le rodeaban, lo cual es todavía mucho mejor. Era forastero en el departamento. De su origen, nada se sabía; de sus principios, muy poca cosa.

Decíase que había llegado á la ciudad con muy poco dinero, algunos centenares de francos todo lo más.

Pero de aquel mísero capital, puesto al servicio de una idea ingeniosa fecundada por el método y el cálculo, había sacado una fortuna y la de la comarca.

Á su llegada á M* sur M* no poseía más que el traje, las apariencias y el lenguaje del obrero.

Parece que el mismo día en que hizo como de escondidas su entrada en la pequeña ciudad de M* sur M*, al caer de una tarde de diciembre, el morral á la espalda y el palo de espino en la mano, acababa de declararse un grande incendio en la casa de la ciudad. Aquel hombre se precipitó en las llamas, salvando, con peligro de su vida, dos niños, que resultaron ser luego hijos del capitán de la gendarmería, lo cual hizo que nadie soñara en pedirle su pasaporte. Después de ello se supo su nombre. Llamábase el _tío Magdalena_.

II =Magdalena=

Era hombre de unos cincuenta años escasos, de aire preocupado y buen sujeto. He aquí todo lo que podía decirse de él.

Gracias á los progresos rápidos de aquella industria que había reanimado tan admirablemente, M* sur M* había llegado á ser un centro de negocios importante. España, que consume mucho azabache negro, encargaba cada año grandes cantidades. M* sur M*, en semejante comercio, competía casi con Londres y Berlín. Los beneficios del tío Magdalena eran tales, que desde el segundo año pudo levantar una gran fábrica, en la cual había dos vastos talleres, uno para hombres y para mujeres otro. Cualquiera que tuviese hambre podía presentarse en la seguridad de encontrar allí trabajo y pan. El tío Magdalena pedía á los hombres buena voluntad, á las mujeres costumbres puras, y á todos probidad. Había dividido los talleres á fin de separar los sexos, y que, así las niñas como las mujeres, pudiesen estar tranquilas. En este punto era inflexible. En esto sólo se manifestaba intolerante. Y estaba tanto más fundada semejante severidad, cuanto, siendo M* sur M* ciudad guarnecida, las ocasiones de corrupción eran frecuentes. Por lo demás, su llegada había sido un beneficio y su presencia era providencial. Antes de la llegada del tío Magdalena todo languidecía en el país; desde ella, todo vivía la saludable vida del trabajo. Un gran movimiento de circulación daba calor y penetraba en todo. La holganza y la miseria eran desconocidas. No había allí bolsillo, por obscuro que fuése, donde no pudiese encontrarse algún dinero, ni casa tan pobre que no encerrase un poco de alegría.

El tío Magdalena empleaba á todo el mundo. No exigía más que una cosa: ser hombre honrado, ser honrada mujer.

Como hemos dicho, en medio de aquella actividad de la cual era causa y sostén, el tío Magdalena hacía su fortuna, pero cosa rarísima en un simple hombre de negocios, no parecía en modo alguno que fuése ello su principal cuidado. Parecía que se preocupaba mucho más de los otros, que de sí mismo. En 1820 se sabía que tenía colocado en su nombre, en casa de Laffitte, un capital de seiscientos treinta mil francos; pero antes de reservarse estos seiscientos treinta mil francos, había empleado más de un millón para la ciudad y para los pobres.

El hospital estaba mal dotado, fundó en él diez camas. M* sur M* está dividida en población alta y baja. La parte baja, que era en la que él vivía, no tenía más que una mala escuela, en una casa medio arruinada; mandó construir dos: una para niñas y otra para niños. Pensionaba de su bolsillo particular dos profesores con una gratificación doble á su mezquino sueldo oficial, y cierto día, en que alguien le preguntó admirado el porqué, dijo él: «Los dos primeros funcionarios del Estado, son la nodriza y el maestro de escuela». Había creado á su costa una sala de asilo, cosa desconocida á la sazón en Francia, y una caja de socorros para los obreros viejos é imposibilitados. Su fábrica era un centro, un nuevo barrio surgido á su alrededor, en el que no faltaban familias indigentes; estableció pues allí una farmacia gratuita.

Al principio, cuando se le vió empezar, decían las buenas almas: «Es un atrevido que quiere hacerse rico». Cuando se le vió enriquecer al país antes que enriquecerse á sí propio, las mismas buenas almas dijeron: «Es un ambicioso». Y esto parecía tanto más probable, cuanto era aquel hombre religioso, practicando sus actos con cierta regularidad, cosa muy bien vista en aquella época. Iba regularmente á oir misa todos los domingos. El diputado local que husmeaba competencias en todas partes, no tardó en preocuparse de aquella religiosidad. El tal diputado, que había sido miembro del cuerpo legislativo del imperio, participaba de las ideas religiosas de un padre del Oratorio; conocido bajo el nombre de Fouché, duque de Otrante, del que había sido hechura y amigo. Á puerta cerrada se reía de Dios bonitamente. Pero cuando vió al rico industrial Magdalena oyendo la misa de las siete de la mañana, entrevió en él un candidato posible y resolvió superarle, tomando desde luego un confesor jesuita, asistiendo á vísperas y á misa mayor. La ambición, en aquellos tiempos, era, en la excepción directa de la palabra, una _carrera al campanario_. Los pobres aprovecharon de aquel temor, así como Dios mismo, porque el honorable diputado fundó también dos camas en el hospital, y fueron ya doce.

Sin embargo, en 1819, corrió una mañana por la ciudad el rumor de que, á propuesta del señor prefecto y en consideración á los muchos servicios prestados al país, el tío Magdalena iba á ser nombrado por el rey alcalde de la ciudad. Aquéllos que habían tildado de «ambicioso» al forastero, aprovechaban satisfechos aquella ocasión, deseada por todos, exclamando: «¡He aquí lo que decíamos nosotros!». Todo el vecindario se enteró de ello. El rumor era cierto. Algunos días después apareció el nombramiento en el _Moniteur_. Al día siguiente el tío Magdalena renunció.

Durante aquel mismo año 1819, los productos del nuevo procedimiento inventado por Magdalena figuraron en la exposición de la industria; fundándose en el informe del jurado, nombró el rey al inventor, caballero de la Legión de honor. Nuevos rumores en la población. ¡Ah! ya; ¡era la cruz lo que quería! El tío Magdalena renunció á la cruz.

Decididamente, era aquel hombre un enigma. Las buenas almas quedaron satisfechas diciendo: después de todo, no pasa de ser un aventurero.

Ya lo hemos visto, el país le debía mucho, los pobres se lo debían todo; era tan útil, que era preciso acabar por venerarle, y tan cariñoso, que era indispensable acabar por amarle; sus obreros, en particular, le adoraban, y él admitía semejante adoración con cierta gravedad melancólica. Cuando se le consideró rico, «las personas de sociedad» le saludaron y se le llamaba en la ciudad el señor Magdalena; sus obreros y los chicos siguieron, no obstante, llamándole el _tío Magdalena_, siendo esto lo único que le hacía sonreir agradablemente. Á medida que iba encumbrándose, las invitaciones llovían sobre él. «La sociedad» le reclamaba. Las tertulias _del buen tono_ que había en la ciudad y, que naturalmente, se hubieran cerrado en los primeros tiempos al artesano, abríanse de par en par al millonario. Á todas le invitaban. Á ninguna asistía.

Tampoco entonces las buenas almas se dieron á partido.--«Es un hombre ignorante y de poca educación. Quién sabe de dónde ha salido. No sabría como conducirse en sociedad. Aún no está probado que sepa leer».

Cuando se le había visto ganar dinero, decíase: es un comerciante. Cuando se le vió repartir sus riquezas, se dijo: es un ambicioso. Cuando se le vió renunciar los honores, dijeron: es un aventurero; y cuando se le vió esquivar el mundo, se le llamó bruto.

En 1820, cinco años después de su llegada á la población, los servicios que había prestado al país eran tan notables y tan unánime la opinión de toda la comarca, que volvió nuevamente el rey á nombrarle alcalde de la ciudad. Renunció todavía, pero el prefecto no admitió la renuncia; todos los notables fueron á rogarle; el pueblo en plena calle le suplicaba; fué tanta la insistencia, que no tuvo más remedio que aceptar. Parece ser que lo que más le inclinó á semejante aceptación, fué el apóstrofe casi irritado de una vieja, mujer del pueblo, la cual exclamó desde el umbral de la puerta con desenfado: _Un buen alcalde es útil. ¿Quién retrocede ante el bien que puede hacer?_

Ésta fué la tercera fase de su ascensión. El tío Magdalena había llegado á ser el señor Magdalena, el señor Magdalena era el señor alcalde.

III =Sumas depositadas en casa Laffitte=

Sin embargo, el señor Magdalena, continuó tan sencillo como el primer día. Tenía el cabello gris, la mirada seria, el color tostado de un obrero, el aspecto reflexivo del filósofo. Llevaba de ordinario un sombrero de alas anchas, y un gabán largo de paño grueso abotonado hasta la barba. Llenaba sus funciones de alcalde, pero después de ello, vivía solitario. Hablaba muy poco. Excusaba los cumplimientos: saludaba de paso y sin detenerse; sonreía para ahorrarse el hablar, pasando por calles apartadas hasta para excusarse de sonreir. Las mujeres decían de él: «¡Buen oso!». Su mejor entretenimiento era pasear por el campo.

Comía siempre solo, con un libro abierto delante, en el cual leía. Tenía una pequeña pero escogida biblioteca. Gustaba de los libros; los libros son amigos fríos y seguros. Á medida que aumentaba su tiempo con su fortuna, parecía que lo aprovechaba para cultivar su espíritu. Desde que se había establecido en la ciudad, notóse que de año en año su lenguaje iba puliéndose, siendo cada vez más delicado y suave.

Llevaba frecuentemente en sus paseos campestres su escopeta, pero raras veces se servía de ella. Cuando llegaba el caso, por casualidad, su tiro era inefable. Jamás había matado un animal inofensivo. Jamás había tirado á un pajarillo.

Aun cuando no era ya joven, decíase que tenía una fuerza prodigiosa. Ofrecía siempre su golpe de mano á quien pudiera necesitar de ello; levantaba un caballo, sacaba una rueda del atolladero y detenía por los cuernos un toro á la carrera. Llevaba siempre llenos sus bolsillos al salir, y vacíos al volver. Cuando atravesaba alguna aldea, los chiquillos harapientos se le acercaban alegremente, rodeándole como una nube de mosquitos.

Creíase que había, en otros tiempos, vivido en el campo, porque poseía toda clase de secretos útiles que revelaba á los campesinos. De él aprendían á destruir la polilla de los trigos, aspergeando los graneros é inundando las hendiduras del suelo con una disolución de sal común, y á extirpar el gorgojo, suspendiendo por todas partes, en las paredes, en los techos, en los pajares y en las casas, romero en flor. Poseía «recetas» para extirpar de los campos la nigela, la arvejana, la cola de zorro, y tantas cuantas yerbas parásitas se comen el trigo. Salvaba una conejera de los ratones, nada más que con el olor de un marranillo de Berbería que hacía entrar.

Un día vió gran número de campesinos ocupados en arrancar ortigas, fijóse en aquel montón de plantas arrancadas y ya secas diciendo:--Están muertas. Y no obstante sería de gran provecho si se supiesen utilizar. Cuando la ortiga es tierna, su hoja es una legumbre excelente; cuando seca, tiene filamentos y fibras como el cáñamo y el lino. La tela de ortiga valdría lo que la del cáñamo. Machacada la ortiga, es buena para la volatería; molida, es buena para los cornúpetos. La semilla de la ortiga mezclaba con el forraje da brillantez al pelo de los animales; la raíz mezclada con sal produce un hermoso color amarillo. Siendo, finalmente, un excelente heno que puede ser segado dos veces. Y ¿qué necesita la ortiga? Un poco de tierra, ningún cuidado ni cultivo alguno. Solamente que la semilla va cayendo á medida que la planta muere, y es algo difícil su recolección. Esto es todo. Tomándose un poco de trabajo, la ortiga sería de mucha utilidad; se la descuida y es dañina. Entonces se la mata. ¡Cuántos hombres se parecen á la ortiga! Añadiendo después de una pausa: Amigos míos, tened esto muy presente: no hay malas hierbas ni hombres malos. No hay sino malos cultivadores.

Los muchachos le amaban igualmente, porque sabía hacer juguetes muy lindos con paja y cáscaras de coco.

Cuando veía la puerta de una iglesia colgada de negro, entraba; buscaba los entierros, como buscan otros los bautizos. La viudez y la desgracia ajenas le atraían, á causa de su gran benignidad; mezclábase á los amigos en duelo, á las familias enlutadas, á los sacerdotes plañideros al rededor de un féretro. Parecía que daba gustoso por texto á sus pensamientos aquellas salmodias llenas de la vislumbre de otro mundo. Fija su mirada en el cielo, escuchaba con una especie de aspiración hacia los misterios de lo infinito, aquellas tristes voces que cantaban junto al borde del obscuro abismo de la muerte.

Realizaba gran número de buenas acciones, escondiéndose para ello como se esconden otros por las malas. Penetraba ocultamente, de noche, en las casas, y subía furtivamente las escaleras. Más de un pobre diablo se encontraba, á lo mejor, al volver á su guardilla, con que la puerta había sido abierta, tal vez forzada, durante su ausencia. ¡El pobre hombre se creía que había estado allí algún ladrón! Entraba, y lo primero que veía era una moneda de oro olvidada sobre algún mueble. El «ladrón» que había estado allí, había sido el tío Magdalena.

Era afable y triste á la vez. El pueblo decía: «He aquí un rico que no tiene nada de orgulloso. Un hombre feliz que parece no estar contento».

Algunos pretendían que fuése un personaje misterioso, afirmando que no entraba nadie en su cuarto, el cual era una verdadera celda de anacoreta, ¡llena de relojes de arena alados, y adornada de tibias puestas en cruz y de calaveras! Esto se decía mucho, si bien algunas jóvenes elegantes y maliciosas, fueron un día á su casa y le dijeron:--Señor alcalde, enseñadnos vuestro cuarto. Se cuenta por ahí que es una gruta.--Sonrió, y les abrió inmediatamente la puerta de su «gruta», lo cual castigó merecidamente su curiosidad. Era una habitación sencillamente adornada con muebles de caoba bastante feos, como todos los de este género, tapizada con papel de doce sueldos. Nada había allí notable, como no fueran dos candeleros de forma antigua, colocados sobre la chimenea y que tenían todas las trazas de ser de plata, «pues estaban contrastados». Observación llena de espíritu de los pueblos pequeños. Á pesar de la visita, no por eso se dijo menos que nadie penetraba en su cuarto; y que era una especie de caverna de ermitaño, una cueva, un agujero, una tumba.

Susurrábase también, que poseía «sumas inmensas» depositadas en casa Laffitte, con la particularidad de estar siempre á su inmediata disposición; de tal suerte, añadíase, que el señor Magdalena puede llegar el mejor día á casa Laffitte, firmar un recibo y llevarse sus dos ó tres millones, en diez minutos. En realidad, «aquellos dos ó tres millones» se reducían, como hemos dicho, á seiscientos treinta ó cuarenta mil francos.

IV =El señor Magdalena de luto=

Á principios de 1821 los periódicos publicaron la muerte del señor Myriel, obispo de D***, conocido generalmente por «_monseñor Bienvenido_», fallecido en olor de santidad á la edad de ochenta y dos años.

El obispo de D***, añadiendo aquí un detalle que omitieron los periódicos, hacía cuando murió, algunos años que estaba ciego, y con todo y estar ciego, tenía á su hermana junto á él.

Digámoslo de paso: ser ciego y ser amado, es en efecto, sobre la tierra, donde no hay nada completo, una de las formas más extrañas y exquisitas de la felicidad. Tener continuamente á nuestro lado una mujer, una hija, una hermana, un ser encantador que está junto á nosotros porque necesitamos de él y porque no puede prescindir de nosotros, saber que somos indispensables á quien no es necesario, poder medir incesantemente su afecto por la cantidad de presencia que nos da, y poder decirnos: puesto que me consagra ella todo su tiempo, prueba que poseo todo su corazón; ver el pensamiento á falta de la figura; comprobar la fidelidad de un ser en el total eclipse del mundo; percibir el roce de un vestido como aleteo, sentirle ir y venir, salir, volver á entrar, hablar y cantar, y recordar luego que somos el centro de aquellos pasos, de aquellas palabras y aquellos cantos; patentizar á cada paso su propia atracción; conocerse uno tanto más poderoso cuanto más imposibilitado; llegar á ser en la obscuridad y por la obscuridad el astro en torno del cual gravita aquel ángel, pocas son las felicidades que igualen á ésta. La suprema dicha de la vida es la convicción de que uno es amado; amado por sí mismo; decimos mal, amado á pesar de nosotros mismos; esta convicción la alcanza el ciego. En semejante desgracia, ser servido es ser acariciado. ¿Falta algo entonces? No. Que no pierde la luz quien tiene amor. ¡Y qué amor! ¡Un amor compuesto únicamente de virtud! No hay ceguera donde hay certeza. El alma busca á tientas el alma, y la encuentra. Y aquella alma encontrada y comprobada es una mujer. Os sostiene una mano, es la suya; besa vuestra frente una boca, es su boca; sentís junto á vosotros una respiración, es ella. Todo tenerlo de ella, desde su culto hasta su piedad: no encontrarse jamás abandonado, tener aquella dulce debilidad para socorreros, apoyarse en aquella inquebrantable caña, tocar con nuestras manos la Providencia y poder retenerla en nuestros brazos como un Dios tangible, ¡qué arrobamiento! El corazón, esa obscura flor celestial, ábrese á cierta expansión misteriosa. ¡Nadie cambiaría semejante sombra por toda la luz! El alma ángel está allí, siempre allí; si se aleja, es para volver; se desvanece como el sueño y reaparece como la realidad. Siéntese el calor que se aproxima, allí está. Siéntese un exceso de serenidad, de gozo, de éxtasis, es un rayo de luz en medio de la noche. Y mil cuidados insignificantes. Nadas que resultan enormes en aquel vacío. Los más inefables acentos de la voz femenina empleados en acariciarnos y en suplirnos en el universo desvanecido. Siéntese así el cariño del alma. Nada se ve, pero se siente uno adorado. Es un paraíso en las tinieblas.

Desde este paraíso, pasó al otro, monseñor Bienvenido. La noticia de su muerte fué reproducida por el diario local de M* sur M*. El señor Magdalena apareció al día siguiente vestido de negro con gasa en el sombrero.

Notóse en el pueblo aquel luto, y se comentó. Parecióles una luz acerca del origen del señor Magdalena. Acabóse por creer que tenía algún parentesco con el venerable obispo. _Viste luto por el obispo de D***_, díjose en las tertulias, lo cual levantó mucho el concepto del señor Magdalena dándole súbita y repentinamente cierta consideración entre la nobleza de M* sur M*. El microscópico arrabal de San Germán de aquella ciudad pensó en levantar la cuarentena impuesta al señor Magdalena, pariente probable de un obispo. El señor Magdalena comprendió el adelantamiento que había obtenido en el aumento de reverencias que le hicieron las señoras mayores, y en las sonrisas más frecuentes que le dirigieron los jóvenes. Una tarde, cierta decana de aquel pequeño gran mundo, curiosa por derecho de ancianidad, se permitió preguntarle:

--Señor alcalde, ¿seríais tal vez primo del difunto señor obispo de D***?

Él contestó:

--No, señora.

--Pero,--repuso la noble viuda,--¿el luto que vestís es por él?

Á lo que respondió el señor Magdalena:--Es que durante mi juventud fuí lacayo de su familia.

Otra circunstancia debemos consignar todavía, y es que cada vez que pasaba por la ciudad algún niño saboyano recorriendo el país en busca de chimeneas que deshollinar, hacíale llamar el señor alcalde, y después de preguntarle su nombre le daba dinero. Los saboyanitos se lo decían unos á otros, así es que pasaban muchos.

V =Vagos relámpagos en el horizonte=

Poco á poco y con el tiempo, todas las oposiciones se desvanecieron. Había habido en el encumbramiento del señor Magdalena, por esa especie de ley que subsiste siempre junto á los que se elevan, sus correspondientes injurias y calumnias, que se trocaron luego en sólo murmuraciones, más tarde en malicias, desvaneciéndose por último completamente; la consideración llegó á ser cumplida, unánime, cordial, y llegó un momento, hacia 1821, en el cual esta frase: _el señor alcalde_ se pronunciaba en M* sur M* casi con el mismo acento que esta otra, _el señor obispo_ era pronunciada en D*** en 1815. Muchos eran los que, de diez leguas á la redonda, iban á consultar á Magdalena. Él terminaba las diferencias, hacía que cesaran los pleitos y reconciliaba á los enemigos. Todo el mundo le quería por juez de su derecho. Parecía encerrar en su espíritu el libro de la ley natural. Era aquello como un contagio de veneración que, en seis ó siete años progresivamente, llegó á extenderse por todo el país.

Sólo un hombre, así en la población como en la comarca, se libró absolutamente de aquel contagio; é hiciese lo que quisiere Magdalena, continuaba rebelde, como si algún instinto secreto é imperturbable le desvelase é inquietase. Parece, efectivamente, que existe en ciertos hombres un verdadero instinto bestial, puro é íntegro como todo instinto, que crea las antipatías y las simpatías, que separa fatalmente una naturaleza de otra naturaleza, que no titubea, que no se turba, ni guarda silencio, ni se desmiente jamás; claro en medio de su obscuridad, infalible, imperioso, refractario á todo consejo de la inteligencia y á todos los disolventes de la razón, y que, de cualquier manera que se presenten los destinos, advierte secretamente al hombre-perro de la presencia del hombre-gato, y al hombre-zorro de la presencia del hombre-león.

Frecuentemente, cuando el señor Magdalena pasaba por una calle, tranquilo, afectuoso, rodeado de las bendiciones de todos, sucedía que un hombre de elevada estatura, vistiendo una levita color de plomo obscuro, armado con un grueso bastón y cubierta la cabeza con un sombrero rebajado, se volvía bruscamente hacia él y le seguía con la mirada hasta que había desaparecido, cruzado de brazos, moviendo lentamente la cabeza y levantando el labio superior impulsado por el inferior hasta la nariz, especie de mueca significativa que podría traducirse por:--Pero ¿qué es lo que es este hombre?--De fijo yo le he visto en alguna parte.--En todo caso no ha de engañarme siempre.

Aquel grave personaje, de gravedad casi amenazadora, era de éstos que, por rápidamente que se les mire, preocupan al observador.

Llamábase Javert y era de la policía.

Desempeñaba en M* sur M* las penosas pero útiles funciones de inspector. No había visto los principios del señor Magdalena. Javert debía el puesto que ocupaba á la protección del señor Chabouillet, secretario del ministro de Estado, conde Anglès, entonces prefecto de policía de París. Cuando Javert llegó á M* sur M*, la fortuna del gran industrial era ya un hecho, y el tío Magdalena era ya el señor Magdalena.

Muchos agentes de policía tienen una fisonomía especial que se complica con cierto aire de bajeza mezclado á cierto aire de autoridad. Javert tenía una de estas fisonomías, pero sin la bajeza.

Estamos convencidos de que si las almas fuesen visibles á los ojos, se vería claramente la rareza de que cada uno de los individuos de la especie humana, corresponde á algunas de las diversas especies de la creación animal; y entonces podría reconocerse fácilmente esta verdad, apenas vislumbrada por el pensador, que, desde la ostra hasta el águila, desde el puerco al tigre, todos los animales están en el hombre, y que cada uno de ellos está en un hombre. Y á veces, igualmente, varios de ellos á un mismo tiempo.

Los animales no son otra cosa que las figuras de nuestras virtudes y de nuestros vicios, errantes ante nuestros ojos; los fantasmas visibles de nuestras almas. Dios nos los muestra para hacer que reflexionemos. Solamente que como los animales no son más que sombras, Dios no les ha hecho educables en toda la extensión de la palabra; ¿para qué? Al contrario, siendo nuestras almas realidades, y teniendo un fin propio, Dios les ha dado la inteligencia, es decir, la posibilidad de la educación. La educación social bien dirigida, puede siempre sacar de un alma, sea cual fuere, toda la utilidad que en ella se encierre.

Sea ello dicho y bien entendido, desde el punto de vista terrestre aparente, y sin prejuzgar la cuestión profunda de la personalidad anterior ó ulterior de los seres que no son el hombre. El _yo_ visible no autoriza en ningún caso al pensador para negar el _yo_ latente.

Hecha esta observación, prosigamos.

Por lo tanto, si se admite de momento con nosotros, que en todo hombre se encierra una de las especies animales de la creación, nos será más fácil decir quién era el inspector Javert.

Los aldeanos de Asturias están convencidos de que en cada camada de loba se encuentra un perro al cual mata la madre, á fin de evitar que en creciendo devore á los pequeños.

Dadle un rostro humano á este perro, hijo de loba, y éste será Javert.

Javert había nacido en una cárcel, de una de esas mujeres que echan la cartas, cuyo marido estaba en presidio. Al ser mayor, vió que se encontraba fuera de la sociedad, desesperanzado de poder entrar jamás en ella. Observó que la sociedad mantiene irremisiblemente separados de ella á dos clases de hombres, los que la atacan y los que la guardan; no podía elegir más que entre estas dos clases; y al mismo tiempo, sentíase poseído de no sé qué fondo de rigidez, de regularidad y de probidad, mezclada con cierto inexplicable odio hacia aquella raza de gitanos de la cual había nacido. Entró en la policía. Hizo carrera. Á los cuarenta años era inspector.

Había estado, durante su juventud, empleado en los presidios del Mediodía.

Antes de seguir adelante, expliquemos la frase, rostro humano, que hemos aplicado hace poco á Javert.

El rostro humano de Javert consistía en una nariz achatada, con dos profundas ventanas, desde las cuales subían por los carrillos dos enormes patillas. Sentíase uno desagradablemente impresionado la primera vez que veía aquellas dos cavernas. Cuando Javert reía, lo cual era tan raro como espantoso, sus delgados labios parecían correrse, dejando ver, no solamente sus dientes, sino también sus encías, y se formaba al rededor de su nariz una arruga abultada y salvaje como si fuera el hocico de un animal carnívoro. Javert serio era un perro de presa; cuando reía, un tigre. Por lo demás, tenía poco cráneo, mucha mandíbula; los cabellos cubrían su frente y le caían sobre las orejas; entre ambos ojos un ceño central permanente como una estrella de cólera, la mirada obscura, la boca contraída y temible, y una expresión de mando feroz.

Este hombre se componía de dos sentimientos tan sencillos como relativamente buenos, pero que él hacía casi malos á fuerza de exagerarlos; el respeto á la autoridad y el odio á la rebeldía; pues á sus ojos el robo, el asesinato, todos los crímenes, no eran otra cosa que otras tantas formas de la rebeldía. Envolvía en una especie de fe ciega y profunda, á todo el que desempeñaba alguna función del Estado, desde el primer ministro al guarda bosque. Cubriendo igualmente de desprecio, aversión y desagrado á todo el que había saltado una vez el dique legal de la maldad. Era absoluto sin admitir excepciones. Por una parte, decía:--El funcionario no puede engañarse; el magistrado jamás se equivoca.--De la otra, decía:--Éstos están irremisiblemente perdidos. Nada de bueno pueden dar.--Era su opinión completamente partidaria de la de esos espíritus extremados, que atribuyen á la ley humana no sé qué facultad para hacer, ó, si se quiere, patentizar demonios, y que ponen una Estigia en la parte baja de la sociedad. Era estoico, serio, austero; pensador triste; humilde y altivo como los fanáticos. Su mirada era una barrena, una barrena fría, y así taladraba. Todo su modo de ser estaba encerrado en estas dos palabras: velar y vigilar. Había introducido la línea recta en lo que hay en el mundo más tortuoso; tenía conciencia de su utilidad, la religión de sus funciones, y era espía como hubiera sido sacerdote. ¡Desdichado del que caía en sus manos! Hubiera detenido á su padre á intentar escaparse de presidio y denunciando á su madre al huir de la cárcel. Y lo hubiera hecho con aquella especie de satisfacción interna que produce la virtud. Además, su vida era toda privación, aislamiento, abnegación, castidad; jamás una sola distracción. Era el mismo deber implacable; la policía comprendida, como los espartanos comprendían á Esparta; una vigilancia despiadada, una honradez bárbara, un espía de mármol. Bruto encarnado en Vidocq.

Todo en la persona de Javert revelaba al hombre que espía y que se esconde. La escuela mística de José Maistre, la cual, en aquella época, salpimentaba con su elevada cosmogonía los llamados periódicos ultras, no hubiera dejado de decir que Javert era un símbolo. No se le veía la frente, que desaparecía bajo su sombrero; no se le veían los ojos, que se perdían bajo sus cejas; no se le veía la barba, que se hundía dentro la corbata; no se veían sus manos, que se quedaban dentro las mangas; no se le veía el bastón, por llevarlo siempre bajo la levita. Pero en llegando la ocasión, veíase de súbito salir de aquellas sombras, como de una emboscada, una frente angulosa y deprimida, una mirada funesta, una barba amenazadora, unas manos enormes y un rebenque monstruoso.

En sus momentos de ocio, bien escasos por cierto, á pesar de odiar los libros, leía; debiéndose á ello que no fuése ignorante del todo. Esto se reconocía fácilmente en cierto énfasis que había en sus palabras.

No tenía ningún vicio, ya lo hemos dicho. Cuando estaba satisfecho de sí mismo, se permitía tomar un polvo de tabaco. Por ahí solamente estaba unido á la humanidad.

Comprendíase fácilmente que Javert fuése el terror de toda aquella, clase de gente que la estadística anual del ministerio de Justicia designa bajo el epígrafe: _Gentes de oficio desconocido_. Con sólo pronunciar el nombre de Javert se desbandaban; la figura de Javert apareciendo, les petrificaba.

Tal era aquel hombre formidable.

Javert era como un ojo fijo constantemente sobre el señor Magdalena. Ojo lleno de sospechas y conjeturas. El señor Magdalena había acabado por comprenderlo y sin embargo parecía no dar á ello la menor importancia. Jamás le hizo á Javert la menor pregunta; no le buscaba ni le evitaba, soportando, sin fijarse, al parecer, aquella mirada pesada y casi provocadora. Trataba á Javert como á todo el mundo, con sencilla bondad.

Por algunas palabras escapadas á Javert, adivinábase que había buscado secretamente, con la curiosidad propia de la raza, en la cual entran por igual el instinto y la voluntad, todos los vestigios anteriores que Magdalena hubiese podido dejar en alguna parte. Parecía saber, y algunas veces lo dejaba entender, bajo palabras más ó menos veladas, que alguien había tomado ciertos informes en cierto país, sobre cierta familia desaparecida. Una vez llegó á decir hablando consigo mismo:--¡Creo que ya le tengo! Luego estuvo tres días como ensimismado sin decir una palabra. Parecía que el hilo que se creía haber atrapado se le hubiese roto.

Por lo demás, y es éste el correctivo necesario á lo que el sentido de ciertas frases pudieran presentar de demasiado absoluto, no puede haber nada verdaderamente infalible en ninguna criatura humana, y es propio del instinto precisamente el poder ser turbado, despistado, desorientado. Sin esto resultaría superior á la inteligencia, y el bruto resultaría entonces mejor iluminado que el hombre.

Javert estaba evidentemente algo desconcertado, viendo la tranquila serenidad de Magdalena.

Cierto día, no obstante, sus extrañas maneras parecieron causar cierta impresión en Magdalena.

He aquí el motivo.

VI =Fauchelevent=

Pasando una mañana el señor Magdalena por una calle sin empedrar de M* sur M*, oyó un gran barullo y vió un grupo á corta distancia. Acercóse á ver lo que era, y vió que un viejo, llamado el tío Fauchelevent, acababa de caer debajo de su carro, cuyo caballo estaba rendido.

Era Fauchelevent uno de los raros enemigos que tenía aún el señor Magdalena en aquella época. Cuando Magdalena había llegado á la ciudad, Fauchelevent, antiguo tabelión y campesino casi letrado, practicaba cierta clase de negocios que empezaban á irle mal. Fauchelevent había visto aquel simple obrero que iba enriqueciéndose, mientras, que él, maestro, se arruinaba. Esto le había llenado de envidia, haciendo que aprovechara cuantas ocasiones se le presentaran para atacar á Magdalena. Cuando ya arruinado y viejo, sin quedarle más que un carro y un caballo, sin familia y sin hijos por otra parte, se hizo carretero para poder vivir.

El caballo se había roto, al caer, ambas piernas, y no podía moverse. El viejo estaba cogido entre las ruedas. La caída había sido verdaderamente desgraciada, pues todo el peso del carruaje gravitaba sobre su pecho. El carro estaba completa y pesadamente cargado. El pobre Fauchelevent lanzaba gritos lastimeros. Habíase probado de arrancarle de allí, pero inútilmente. Un esfuerzo desordenado, una ayuda mal dada, una sacudida en falso podían aplastarle. Era imposible salvarle de otra manera que no fuése levantar el carro por debajo. Javert, que había aparecido en el momento del accidente, había mandado á buscar un gato.

El señor Magdalena llegó. Apartóse respetuosamente todo el mundo.

--¡Ayudadme!--gritaba el viejo Fauchelevent.--¿No habrá por ahí algún buen hombre para salvar á este pobre viejo?

Magdalena volvióse hacia los allí reunidos:

--¿No hay un gato de albañil?

--Han ido á buscar uno--contestó un hombre.

--¿Cuánto tardará en estar aquí?

--Sí, han ido por el que podía encontrarse más cerca, á Flachot, en casa el herrero; en fin, sea como fuere, siempre tardará un buen cuarto de hora.

--¡Un cuarto de hora!--exclamó Magdalena.

Á la víspera había llovido, y estaba el suelo empapado, así es que el carro se iba hundiendo en el suelo, comprimiendo más y más el pecho del viejo carretero. Era casi seguro que antes de cinco minutos tendría rotas las costillas.

--Es imposible esperar un cuarto de hora,--dijo Magdalena á los artesanos que estaban mirando.

--¡Y no hay otro medio!

--Pero no habrá tiempo; ¿no estáis viendo como va hundiéndose el carro?

--¡Virgen santísima!

--Oid,--repuso Magdalena,--queda todavía debajo del carro espacio bastante para que un hombre pueda penetrar y levantarle luego con la espalda. En medio minuto se arranca del peligro á este pobre hombre. ¿Hay alguien por aquí que tenga fuerza y corazón para ello? ¡Cinco luises de oro que ganar!

Nadie de los del grupo contestó.

--¡Diez luises!--dijo Magdalena.

Los asistentes bajaron los ojos. Uno de ellos murmuró:--Sería preciso ser de hierro. ¡Luego es muy fácil quedar aplastado!

--Á ver,--volvió á decir Magdalena,--¡veinte luises!

El mismo silencio.

--No es la buena voluntad lo que hace falta,--dijo una voz.

El señor Magdalena volvió la cabeza, y reconoció á Javert. No le había notado al llegar.

Javert continuó:

--Se necesita gran fuerza. Sería preciso ser un hombre terrible para levantar un carro como éste con la espalda.

Luego, mirando con fijeza á Magdalena, prosiguió acentuando mucho las palabras que iba pronunciando:

--Señor Magdalena, no he conocido en mi vida más que un solo hombre capaz de hacer lo que proponeis.

Magdalena se estremeció.

Javert continuó con aire indiferente, pero sin apartar los ojos de Magdalena:

--Era un presidiario.

--¡Ah!--exclamó Magdalena.

--De Tolón.

Magdalena palideció.

Entretanto continuaba el carro hundiéndose poco á poco. El infeliz Fauchelevent rugía y aullaba.

--¡Me ahogo! ¡se rompen mis costillas! ¡un gato, una palanca, cualquier cosa! ¡Ah!

Magdalena miraba en torno suyo.

--¿No hay quién se quiera ganar veinte luises y salvar la vida á este pobre viejo?

Ninguno de los asistentes se movió: Javert repuso:

--Yo jamás he conocido otro hombre capaz de reemplazar el gato, que el presidiario.

--¡Ah! ¡ved que me aplasta!--exclamaba el viejo.

Magdalena irguió la cabeza, encontrando la mirada de halcón de Javert siempre fija sobre él, vió también todos los hombres del corro inmóviles, y sonrió tristemente.

Inmediatamente, y sin decir más palabra, doblóse sobre sus rodillas, y antes que la gente agrupada tuviese tiempo de lanzar un grito, estuvo ya debajo del carruaje.

Hubo entonces un momento espantoso de expectación y de silencio.

Vióse á Magdalena casi aplanado sobre el suelo bajo aquel peso, intentar por dos veces inútilmente, apoyar los ante-brazos en las rodillas. Gritábanle:

--¡Tío Magdalena! ¡retiraos!

El viejo Fauchelevent mismo exclamó:

--¡Señor Magdalena, salid de aquí! ¡no tengo más remedio que morir, ya lo veis! ¡dejadme! ¿Queréis haceros aplastar también?

Magdalena no dijo una palabra.

Los del corro alentaban apenas. Las ruedas habían continuado hundiéndose, y era ya casi imposible que Magdalena pudiese salir de debajo del carro.

De pronto se vió como si la enorme masa vacilara, el carro fué levantándose lentamente, las ruedas acababan de salir del carril. Oyóse entonces una voz ahogada que exclamaba: Pronto, dadme ayuda. Era Magdalena que estaba haciendo el último esfuerzo.

Todo el mundo se precipitó. La resolución de uno solo estaba dando fuerza y valor á todos. El carro se vió sostenido por veinte brazos. El viejo Fauchelevent estaba salvado.

Magdalena se levantó. Estaba pálido, aunque bañado en sudor. Sus vestidos estaban desgarrados y cubiertos de barro. Todos lloraban. El viejo besaba sus rodillas y le llamaba su Providencia. Él, manifestaba en su expresión una especie de sufrimiento dichoso y celestial, fijando su tranquila mirada sobre Javert, que seguía mirándole sin pestañear.

VII =Fauchelevent, Jardinero en París=

Fauchelevent se había lesionado la rodilla en la caída. El señor Magdalena le hizo trasladar á la enfermería que tenía establecida para sus obreros en el mismo edificio de la fábrica, la cual estaba servida por dos hermanas de la Caridad. Al día siguiente por la mañana se encontró el pobre viejo un billete de mil francos en su mesa de noche, con estas palabras escritas por el propio Magdalena: _Os compro vuestro carro y vuestro caballo_. El carro estaba roto, el caballo muerto. Fauchelevent curó, pero la rodilla quedó dislocada. El señor Magdalena, por recomendación de las hermanas de la Caridad y de su cura, hizo colocar al buen viejo, de jardinero en un convento de monjas del cuartel de San Antonio de París.

Algún tiempo después, el señor Magdalena fué nombrado alcalde. La primera vez que Javert vió al señor Magdalena revestido con la banda que le daba el carácter de primera autoridad de la población, sintió una especie de estremecimiento como el que podría sentir un dogo olfateando un lobo bajo los vestidos de su dueño. Desde entonces, evitó el verle cuanto pudo. Cuando las necesidades del servicio lo exigían imperiosamente y no podía hacer otra cosa que hablar directamente con el señor alcalde, cumplía su deber con profundo respeto.

Aquella prosperidad de M* sur M* creada por el tío Magdalena, tenía, sobre los signos visibles que hemos indicado, otro síntoma que, no por dejar de ser visible, era menos significativo. Este síntoma no engaña jamás. Cuando la población sufre, cuando el trabajo falta, cuando el comercio es nulo, el contribuyente resiste los impuestos por penuria, apura y deja pasar los plazos, y el Estado sufre grandes pérdidas en apremios y reembolsos. Cuando el trabajo abunda, cuando el país es dichoso y rico, los impuestos se pagan fácilmente y cuestan poco al Estado. Puede decirse que la miseria y la riqueza pública tienen un termómetro infalible, los gastos de percepción del impuesto. En siete años habían sido reducidos estos gastos de tres cuartas partes en el distrito de M* sur M*, lo cual hacía que frecuentemente citase dicho distrito como modelo entre todos los demás, el señor de Villèle, ministro de Hacienda á la sazón.

Tal era la situación de aquel país cuando regresó Fantina. Nadie se acordaba de ella. Afortunadamente la puerta de la fábrica del señor Magdalena era lo que una cara conocida. En cuanto se presentó, fué admitida en el taller de mujeres. Era el oficio enteramente nuevo para Fantina, y no podía por lo tanto ser diestra en él, por cuya razón sacaba un jornal bastante escaso; sin embargo, era lo suficiente á sus principales necesidades; estaba pues resuelto el problema de ganarse la vida.

VIII =La señora Victurnien emplea treinta francos en moralidad=

Cuando vió Fantina que podía vivir, tuvo un momento de alegría. Vivir honestamente del trabajo propio, ¡qué favor del cielo! El amor al trabajo renació verdaderamente en ella. Compróse un espejo, regocijándose al ver su juventud, sus hermosos cabellos y sus bellísimos dientes; olvidóse de muchas cosas para no pensar sino en Cosette y en las posibilidades del porvenir y fué dichosa. Alquiló un cuartito que amuebló á crédito de su trabajo futuro, resto de sus costumbres desordenadas.

No pudiendo decir que estaba casada, guardóse muy bien, como hemos ya dejado entrever, de hablar de su hija.

En sus principios, según se ha visto, pagaba exactamente á los Thénardier. Como no sabía más que firmar, tuvo necesidad de escribir por la mediación de un escribiente público.

Escribía frecuentemente, lo cual se notó, empezándose á decir por lo bajo en el taller de mujeres, que Fantina «escribía cartas» y que tenía «ciertos aires».

Nadie más á propósito para espiar las acciones de las gentes que aquellas personas con quienes no tienen nada que ver.--¿Por qué este señor no viene nunca antes de anochecer? ¿Por qué el señor tal no cuelga los jueves la llave en su lugar? ¿Por qué anda siempre por callejones? ¿Por qué la señora baja siempre del coche antes de llegar á la casa? ¿Por qué manda á comprar un cuadernillo de papel de cartas, teniendo «llena su papelera»?, etc., etc. Existen seres que, por conocer el objeto de tales enigmas, los cuales les son, por otra parte, perfectamente indiferentes, emplean más dinero, gastan más tiempo, y se dan más trabajo del que sería necesario para diez buenas acciones; y esto gratuitamente, por gusto, sin ser pagada su curiosidad más que por la curiosidad misma. Seguirán días enteros á éste ó aquél, pasarán horas y horas de guardia en las esquinas, de noche, entre los árboles, desafiando lluvias y fríos, sobornarán criados, emborracharán cocheros y lacayos, comprarán doncellas, harán suyos los porteros. ¿Para qué? para nada. Por encarnizamiento de ver, de saber y de penetrar. Pura comezón de murmurar y nada más. Y frecuentemente conocidos semejantes secretos, tales misterios publicados, expuestos á la luz del día los enigmas, producen catástrofes, duelos, descréditos, ruinas de familias, amargando innumerables existencias, por el gran placer de quienes lo han «descubierto todo» sin interés, sólo por instinto. ¡Triste cosa por cierto!

Ciertas personas son malas únicamente por necesidad de hablar. Sus palabras, conversando en la tertulia y charlando en la antecámara, son como las chimeneas que consumen pronto la leña; les hace falta mucho combustible, siendo su combustible el prójimo.

Se observó pues á Fantina.

Á más de ello, no faltaba quien tuviese envidia de sus rubios cabellos y de sus dientes blancos.

Súpose que en el taller, en medio de las otras se volvía frecuentemente para enjugar una lágrima. Era en los momentos en que recordaba á su hija, y también, tal vez, el hombre á quien amó.

Es un trabajo penosísimo el de romper los sombríos nudos del pasado.

Se averiguó también que escribía, al menos dos veces cada mes, siempre con la misma dirección, y franqueando las cartas. Se pudo adquirir un sobre en que se leía: _Al señor Thénardier, hostelero, en Montfermeil_. Se hizo hablar en la taberna al escribiente, un infeliz viejo que no conseguía llenar su estómago de vino tinto sin desembarazar su pecho de secretos. Para abreviar: súpose que Fantina tenía un hijo, «que debía ser tal vez una hija». Se encontró comadre que hizo el viaje, á Montfermeil; habló con los Thénardier, y dijo á su vuelta: «Con los treinta francos que me ha costado el viaje, lo he sacado todo en limpio. ¡He visto la criatura!».

La comadre, que tal hizo, era una gorgona llamada señora Victurnien, guardiana y portera de la virtud de todo el mundo. La señora Victurnien contaba cincuenta y seis años, y doblaba la máscara de su fealdad con la máscara de la vejez. Voz temblorosa, espíritu caprichoso. Aquella vieja había sido joven, parecía mentira. Durante su juventud, en pleno 93, casóse con un fraile escapado del claustro, con gorro encarnado, pasando de los Bernardinos á los Jacobinos. Era seca, ruda, áspera, espinosa, venenosa casi; acordándose siempre del fraile de quien había enviudado y que le había domado y doblegado. Era una ortiga en la que se notaba desde luego el roce del hábito frailuno. Durante la restauración se hizo beata, pero con tal energía, que los clericales le perdonaron su enlace con el fraile. Tenía una pequeña posesión que había legado ruidosamente á una comunidad religiosa. Estaba pues muy considerada en el obispado de Arras. Esta Victurnien fué quien estuvo en Montfermeil, y volvió diciendo: «Yo he visto la criatura».

Todo esto necesitó su tiempo; Fantina estaba ya, más de un año hacía, en la fábrica, cuando una mañana la encargada del taller le entregó, de parte del señor alcalde, cincuenta francos, diciéndole que quedaba despedida, y que de parte también del propio señor alcalde, se la invitaba á dejar la población.

Éste tuvo lugar, precisamente, en el mismo año que los Thénardier, después de pedirle doce francos en lugar de seis, le estaban exigiendo quince francos en lugar de doce.

Fantina quedó aterrada. No podía dejar el pueblo. Estaba debiendo el alquiler y los muebles. Cincuenta francos no eran suficientes á saldar estas deudas. Balbuceó algunas frases suplicantes. La encargada le significó que debía salir inmediatamente del taller. Fantina no era, por otra parte, más que una obrera mediana. Agobiada de vergüenza más que de desesperación, salió del taller y se fué á su cuarto. ¡Su falta era ya conocida de todo el mundo!

No se juzgaba con fuerzas para decir una palabra. Se le aconsejó que viera al señor alcalde, á lo que no se atrevió. El alcalde le había dado cincuenta francos, porque era bueno y la despedía, porque era justo. Sometióse pues á este mandato.

IX =Triunfo de la señora Victurnien=

La viuda del fraile fué útil para algo.

Por otra parte, el señor Magdalena no sabía un palabra de todo aquello. Tales son las combinaciones de sucesos de que está llena la vida. El señor Magdalena tenía la costumbre de no entrar casi nunca en el taller de mujeres.

Había colocado á la cabeza de dicho taller una vieja solterona que le habían recomendado, y tenía toda su confianza en esta mujer, persona verdaderamente respetable, firme, equitativa é íntegra, poseída del espíritu de caridad, que consiste en dar, pero sin sentir en el mismo grado el alma de la caridad que vive de la comprensión y que perdona. El señor Magdalena descansaba en ella. Los mejores hombres se ven obligados frecuentemente á delegar su autoridad. Así, pues, dentro de sus plenos poderes y en la convicción de que obraba bien, la celadora del taller instruyó el proceso, juzgó, condenó, y ejecutó á Fantina.

En cuanto á los cincuenta francos, ella los había dado sacándolos de una cantidad que el señor Magdalena le había confiado para limosnas y socorros de obreras, de la que no daba cuenta.

Fantina se ofreció á servir de criada, y al efecto fué de puerta en puerta buscando colocación. Nadie aceptó sus servicios. No había podido dejar la población. El prendero á quien ella debía sus muebles, ¡qué muebles! le había dicho: «si os marcháis, os haré prender como ladrona». El propietario, al cual adeudaba el alquiler, díjole: «Sois joven y bonita, por lo tanto no ha de faltaros con qué pagar». Partió los cincuenta francos entre el propietario y el prendero; devolvió á éste las tres cuartas partes de su mobiliario, no quedándose más que con lo indispensable, y se encontró sin trabajo, sin oficio, sin más que su cama, y debiendo todavía cerca de cien francos.

Púsose á coser camisas ordinarias para los soldados de la guarnición, ganando doce sueldos al día. Su hija le costaba diez. Entonces fué cuando empezó á no pagar puntualmente á los Thénardier.

Sin embargo, una pobre vieja, que encendía su luz cuando ella volvía por la noche, le enseñó el arte de vivir en la miseria. Después de vivir con poco, viene el vivir con nada: son ello dos cuartos, obscuro el primero, el segundo negro.

Fantina aprendió la manera de pasar sin fuego todo un invierno, como se prescinde del pajarillo que se os comía un sueldo de alpiste cada dos días, cómo se hace de las sayas cobertor y del cobertor sayas, cómo se ahorra la vela, cenando á la luz de la ventana de enfrente. ¿Quién es capaz de acertar todo lo que ciertos seres débiles, que han envejecido en la indigencia y la honradez, saben sacar de un sueldo? Acaba ello por ser una ciencia. Fantina llegó á poseerla, y con ella recobró cierto valor.

En aquella época, decíale ella á una de sus vecinas: «¡Bah! me digo yo: no durmiendo más que cinco horas, y dedicando todas las demás á la costura, podré ganar casi diariamente para pan. Luego cuando se está triste, se come menos. Así es que con los sufrimientos é inquietudes, un poco de pan por una parte, y los disgustos por otra, todo en junto me irá alimentando».

Dentro esta apurada situación, el tener á su hija junto á ella hubiera sido una singular dicha. Llegó á pensar en hacerla venir. Pero, ¿por qué hacerla participar de su desnudez? Luego ¡estaba adeudando á los Thénardier! ¿cómo saldar su cuenta, y luego, el viaje, cómo pagarlo?

La vieja que le había dado, lo que podríamos llamar lecciones de la vida indigente, era una santa mujer llamada Margarita, devota de buena fe, pobre y caritativa para con los pobres, y aún para con los ricos; sabía escribir lo bastante para firmar _Margarita_, y creía en Dios que es la existencia.

Existen muchas de estas virtudes en lo bajo; un día estarán en lo alto. Esta vida tiene siempre una mañana.

Al principio, Fantina estaba tan avergonzada, que apenas se atrevía á salir.

Cuando estaba en la calle, adivinaba que las gentes se volvían atrás para señalarla con el dedo; todo el mundo se fijaba en ella y nadie la saludaba; el menosprecio acre y frío de los transeuntes penetraba sus carnes, y aún su alma, como el viento norte.

En las poblaciones pequeñas, parece que una desgraciada se encuentre sin abrigo entre el sarcasmo y la curiosidad general. En París, al menos, nadie les conoce, y semejante obscuridad viene á ser un vestido. ¡Oh! ¡cómo hubiera querido ella volver á París! Era imposible.

Fué indispensable acostumbrarse al desprecio, como se había acostumbrado á la miseria. Poco á poco fué ella tomando su partido. Después de dos ó tres meses, llegó á sacudir sus aprensiones y salir á la calle como si nada hubiera pasado. «Todo me es igual», díjose.

Iba pues, y venía, con la cabeza erguida, sonriendo amargamente y sintiendo que iba perdiendo la vergüenza.

La señora Victurnien la miraba pasar algunas veces desde su ventana, advirtiendo la desdicha de «aquella criatura», gracias á ella «colocada donde debía estar», y se felicitaba. Las gentes malas tienen la dicha negra.

El exceso de trabajo fatigaba á Fantina, y la tosecilla seca que tenía iba en aumento. Algunas veces decía á su vecina Margarita: «Tocad, ved mis manos como arden».

No obstante, por la mañana, cuando peinaba con un peine viejo y roto sus hermosos cabellos, que brillaban como la seda floja, gozaba un instante de feliz coquetería.

X =Prosigue el triunfo=

Había sido despedida del taller á fines del invierno; se pasó el verano, pero volvió el invierno. Días cortos, menos trabajo. El invierno carece de calor, de luz, de medio día; la tarde va unida á la mañana, niebla y crepúsculo, la ventana parece empañada, no se ve claro. El cielo es un tragaluz. El día entero una cueva. El sol tiene el aspecto de un pobre. ¡El horror impera! El invierno trueca en piedras el agua del cielo y el corazón del hombre. Sus acreedores la acosaban.

Fantina ganaba muy poco. Sus deudas habían crecido. Los Thénardier, mal pagados, le escribían cartas á cada instante, cuyo contenido la desolaba al par que sus portes la arruinaban. Cierto día le escribieron que su pequeña Cosette estaba completamente desnuda con el frío que hacía, que tenía necesidad de una saya de lana, y que era preciso que mandase la madre, para ello, diez francos por lo menos. Al recibir la carta se pasó todo el día estrujándola entre sus manos. Por la noche entró en casa de un barbero que vivía en un extremo de la calle, y se quitó el peine que le sujetaba el pelo. Su admirable cabellera rubia se extendió y cayó hasta las caderas.

--¡Bonito cabello!--exclamó el barbero.

--¿Cuánto me daríais por él?--preguntó Fantina.

--Diez francos.

--Cortadlos.

Compró inmediatamente una saya de punto de lana y se la mandó á los Thénardier.

Esta saya puso furiosos á los Thénardier. Era el dinero lo que ellos querían: Dieron pues la saya á su Eponina. La pobre Alondra continuó tiritando.

Fantina pensaba:--«Mi hija no tiene ya frío. La he vestido con mis cabellos».--Púsose entonces una gorrita redonda, ajustada á su cabeza rapada, con la cual estaba aún graciosa.

Operóse entonces una evolución tenebrosa en el corazón de Fantina.

Cuando vió que no podía peinarse, comenzó á sentir odio á todo cuanto la rodeaba. Había, por largo tiempo, participado de la veneración general hacia el tío Magdalena, á pesar de lo cual á fuerza de repetirse que había sido él quien la había despedido, y que era él la causa de su desgracia, llegó á odiarle á él más que á todos. Cuando pasaba junto á la fábrica á las horas que los obreros acostumbran á estar á la puerta, afectaba reir y cantar.

Una obrera ya vieja, que la observó una vez, mientras cantaba y reía de aquella manera, exclamó:--He aquí una chica que acabará mal.

No tardó _la chica_ en tener un amante; el primero que se le acercó, un hombre á quien no amaba, por despecho, con todo el peso del dolor en el corazón. Fué un miserable, una especie de músico mendicante, un ocioso, un perdido; que la maltrataba, y que la dejó como ella le había tomado, con disgusto.

Ella adoraba á su hija.

Cuanto más descendía, más iban creciendo las sombras á su alrededor, brillando más en el fondo de su alma aquel dulce y tierno ángel de su corazón. Ella decía: «Cuando seré rica, tendré á mi Cosette conmigo»; y se reía. La tos no la dejaba, y sentía dolores en la espalda.

Un día recibió de los Thénardier una carta concebida en los siguientes términos: «Cosette está enferma de una fiebre generalizada en la comarca, llamada fiebre miliar. Son precisos medicamentos caros. Esto nos arruina y no podemos continuar pagándolos. Si no nos mandáis desde luego cuarenta francos, antes de ocho días habrá muerto la niña».

Rompió á reir á grandes carcajadas, y dijo, dirigiéndose á su anciana vecina:

--¡Buena es ésa! ¡cuarenta francos! esto es: dos napoleones de oro. ¿Y de dónde quieren que yo los saque? ¡Qué estúpidas son estas gentes!

Sin embargo, dirigióse á la escalera y junto á una ventana volvió á leer la carta.

Luego bajó precipitadamente la escalera, y siguió corriendo, saltando y riendo siempre.

Alguien que la encontró la dijo:--¿Qué es lo que os pasa que estáis tan alegre?

Ella respondió:--Una barbaridad que acaban de escribirme unos campesinos. Me piden cuarenta francos. ¡Lugareños habían de ser!

Como pasase por la plaza, fijóse en un gran grupo de gente que rodeaba un carruaje de forma caprichosa, sobre el imperial del cual peroraba un hombre vestido de encarnado. Era un titiritero, sacamuelas en ejercicio, que ofrecía al público dentaduras completas, opiatas, polvos y elixires.

Fantina se mezcló al grupo, riéndose como las demás con aquella arenga, la cual participaba de germanía para la canalla y de juerga para la gente corriente.--El sacamuelas fijándose en aquella linda joven, que se reía, exclamó de súbito:--¡Hermosos dientes! á vos, á vos que os estáis riendo, lo digo. Si queréis venderme los dos paletos os doy de cada uno un napoleón de oro.

--¿Qué es eso? ¿qué son los paletos?--preguntó Fantina.

--Paletos,--repuso el sacamuelas,--son los dientes centrales de la mandíbula superior.

--¡Qué horror!--exclamó Fantina.

--¡Dos napoleones de oro!--murmuró una vieja sin diente alguno.--¡He aquí una mujer feliz!

Fantina se marchó corriendo y tapándose las orejas para no oir la voz ronca del titiritero que seguía gritando:--¡Pensadlo bien, hermosa! Dos napoleones de oro no son una bicoca. Si el corazón os lo dicta, id á verme esta tarde á la hostería del _Tablado de plata_; allí me encontraréis.

Fantina entró de nuevo en su cuarto; estaba furiosa, y contó el caso á su buena vecina Margarita.--¿Comprendéis esto? ¿No es verdad que es un hombre despreciable? ¿Cómo se permite que recorran el país semejantes hombres? ¡Arrancarme los dos dientes! ¡Quedaría horrible! ¡El pelo vuelve á crecer, pero los dientes! ¡Ah, hombre monstruoso! ¡Preferiría arrojarme sobre el empedrado desde un quinto piso y aplastarme el cráneo. Ha dicho que estaría esta tarde en el _Tablado de plata_.

--¿Y cuánto os ha ofrecido?--preguntó Margarita.

--Dos napoleones de oro.

--¡Caramba! ¡cuarenta francos!

--Sí,--dijo Fantina, son cuarenta francos.

Fantina se quedó meditabunda y se puso á trabajar. Pasado como un cuarto de hora, dejó el trabajo para leer de nuevo la carta de los Thénardier en la escalera.

Y al volver á entrar díjole á Margarita, que trabajaba también junto á ella:

--¿Qué es fiebre miliar? ¿lo sabéis?

--Sí,--respondió la anciana,--una enfermedad.

--¿Y son necesarios muchos remedios?

--¡Oh! remedios terribles.

--¿Y se adquiere fácilmente?

--Nos coge á lo mejor.

--¿También á las criaturas?

--Á las criaturas sobre todo.

--¿Y mueren muchos?

--¡Muchísimos!--dijo Margarita.

Fantina volvió á salir á la escalera para leer nuevamente la carta.

Por la tarde bajó y se la vió dirigirse hacia la parte de la calle de París, donde están las posadas.

Al día siguiente, por la mañana, como entrase Margarita en el cuarto de Fantina antes de amanecer, pues trabajaban siempre juntas, y de esta manera no tenían que encender más que una luz para las dos, encontró á Fantina pálida y helada sentada sobre la cama. No se había acostado. Su gorra se le había caído sobre las rodillas. La vela había ardido toda la noche, y estaba casi consumida por completo.

Margarita se paró en el umbral, petrificada por aquel enorme desorden, y exclamó:

--¡Señor, Dios mío! ¡Se ha consumido toda la vela! ¿Qué es lo que sucede?

Luego contempló á Fantina que volvió hacia ella su cabeza rapada.

Fantina durante aquella noche había envejecido diez años.

--¡Jesús!--dijo Margarita;--¿qué os pasa Fantina?

--Nada,--contestó Fantina.--Al contrario. Mi hija no morirá ya de la terrible enfermedad por falta de socorros. ¡Estoy contenta!

Al hablar así, enseñaba á la vieja dos napoleones de oro que brillaban sobre la mesa.

--¡Ah! ¡Jesús, Dios mío!--dijo Margarita.--¿Pero eso es una fortuna? ¿de dónde habéis sacado estos luises de oro?

--Los he ganado,--contestó Fantina.

Al mismo tiempo sonrió tristemente. La vela alumbraba su cara. La sonrisa de Fantina manaba sangre. Una saliva sonrosada señalaba los bordes de sus labios, y veíase en la boca un agujero negro.

Los dos dientes se habían arrancado.

Mandó, pues, los cuarenta francos á Montfermeil.

Por lo demás, la consabida carta no había sido más que una trampa de los Thénardier para coger dinero. Cosette no estaba enferma.

Fantina tiró su espejo por la ventana. Desde mucho tiempo había dejado su cuartito del segundo piso, por un tabuco cerrado con un pestillo en la guardilla; una de estas habitaciones en que el techo forma ángulo con el suelo y en que á cada instante se topa de cabeza. El pobre no puede penetrar en el fondo de su habitación, como en el fondo de su destino, sino doblegándose muchísimo. Fantina no tenía ya cama, le quedaba sólo un pingajo, al que llamaba su cobertor, un mal colchón sobre el suelo y una silla rota. Un pequeño rosal que tenía se le había secado, olvidado en un rincón. En el otro lado había un bote que había sido de manteca, el cual servía para poner el agua que se helaba en invierno y en la cual se iban marcando los diferentes niveles del líquido, por círculos de hielo. Había perdido el pudor, luego perdió también la coquetería. Última señal de decadencia. Salía con gorras sucias á la calle. Fuése por falta de tiempo ó por indiferencia, no repasaba siquiera sus vestidos. Á medida que los talones se rompían iba metiendo las medias en los zapatos. Esto se descubría por algunos pliegues perpendiculares. Remendaba su corpiño viejo y usado, con pedazos de percal que se rompían al menor movimiento. Las gentes á quienes debía, le armaban «escándalos», sin dejarle el menor reposo. Se encontraba con ellas en la calle como en las escaleras. Pasábase las noches pensando y llorando. Tenía los ojos muy brillantes, y sentía un dolor fijo en la espalda debajo del omóplato izquierdo. Tosía mucho. Odiaba profundamente al tío Magdalena y nunca se quejaba. Cosía diez y siete horas diarias; pero un contratista del trabajo de las cárceles, que hacía trabajar con rebaja á las presas, causó de súbito una baja en los precios, con lo cual se limitó aún más el miserable jornal de las obreras libres: á nueve sueldos ¡Diez y siete horas de trabajo y nueve sueldos diarios! Sus acreedores se mostraban entonces implacables como nunca. El prendero que había recobrado casi todos sus muebles, le decía continuamente: ¿Cuándo me pagarás, pícara? ¡Qué más querían de ella, Dios bueno! Encontrábase acorralada, é íbase desarrollando en ella algo de fiera. También entonces Thénardier le escribió que decididamente había esperado ya mucho tiempo con demasiada bondad, y que necesitaba cien francos enseguida, y que si no, pondría á la pequeña Cosette en la calle, á pesar de estar convaleciente de aquella grave enfermedad, con el frío y por los caminos á que fuése de ella lo que fuere, aunque reventase, si así lo quería.

--Cien francos,--pensó Fantina.--¿Pero dónde encontrar trabajo con el cual ganar cien sueldos diarios?

--¡Andando!--exclamó,--vendamos el resto.

Y la desventurada se hizo mujer pública.

XI =Christus nos liberavit=

¿Qué significa la historia de Fantina? La sociedad comprando una esclava.

¿Á quién? Á la miseria.

Al hambre, al frío, al aislamiento, al abandono, á la desnudez. Venta dolorosa. Una alma por un pedazo de pan. La miseria ofrece, la sociedad acepta.

La santa ley de Jesucristo gobierna nuestra civilización, pero no la penetra aún; dícese que la esclavitud ha desaparecido de la civilización europea. Es un error. Existe todavía; pero ya no pesa más que sobre la mujer, y se llama prostitución.

Pesa sobre la mujer, es decir, sobre la gracia, sobre la debilidad, sobre la belleza, sobre la maternidad. ¡No es ello una de las menores ignominias del hombre!

Al punto de este doloroso drama al cual hemos llegado, nada le quedaba á Fantina de lo que en otro tiempo había sido. Se había convertido toda en mármol al lanzarse al lodo. Quién la toca se estremece de frío. Para ella, os sufre é ignora quién sois; es la imagen deshonrada y severa. La vida y el orden social le han dicho su última palabra. Le ha pasado cuanto podía pasarle. Todo lo ha sentido, todo lo ha sobrellevado, todo lo ha sufrido, todo lo ha experimentado, todo lo ha perdido y lo ha llorado todo. Está resignada con aquella resignación que se parece á la indiferencia, como la muerte se parece al sueño. No teme ni evita nada. Nada cree tampoco. ¡Caiga sobre ella toda la nube y pase sobre ella todo el océano! ¡Qué le importa! Es ya una esponja empapada en todas sus amarguras.

Á lo menos así lo cree ella, pero es un error imaginarse que la suerte se puede agotar y que pueda tocarse al fondo de lo que fuere.

¡Ay! ¿qué es lo que son los destinos así empujados de continuo? ¿á dónde van? ¿por qué han de ser así?

El que esto sabe, ve en toda obscuridad.

Es único. Se llama Dios.

XII =La ociosidad del señor Bamatabois=

Existe en todas las pequeñas poblaciones, y la había en M* sur M* particularmente, cierta clase de jóvenes que gastan mil quinientas libras de renta en provincias, como el mismo aire con que sus semejantes consumen en París doscientos mil francos anuales. Pertenecen los tales, á la gran raza neutra; impotentes, parásitos, nulos, que poseen un pedazo de tierra, un poco de tontería y un poco de ingenio, que serían rústicos en un salón y se creen caballeros en una taberna, que dicen: Mis prados, mis bosques, mis colonos; que silban á las actrices en el teatro para probar que son gente de gusto; que disputan con los oficiales de la guarnición para hacer gala de valentones; que cazan, fuman, bailan, beben, huelen á tabaco, juegan al billar, contemplan á los viajeros que vienen en la diligencia, viven en el café, comen en la posada, tienen su perro para roer los huesos debajo de la mesa y una querida que pone los platos encima, que regatean un sueldo, exageran las modas, admiran la tragedia, desprecian las mujeres, usan botas antiguas, copian á Londres al través de París y á París al través de Pont-á-Mousson, envejecen aniñados, no trabajan nunca, no sirven para nada ni hacen gran mal.

Si Félix Tholomyés hubiese permanecido en su provincia sin haber visto nunca París, hubiera sido uno de estos hombres.

Si fuesen más ricos, se diría de ellos: son elegantes. Si fueran más pobres, se diría: son holgazanes. Tales cuales son, se les llama sencillamente, desocupados. Entre los tales desocupados, los hay fastidiosos y fastidiados, visionarios y pillastres más ó menos graciosos.

Durante aquella época, un elegante se componía de un gran cuello, una gran corbata, un reloj con chucherías, tres chalecos sobrepuestos de colores distintos, el azul y el encarnado interiores, un frac de color de aceituna, de talle corto y cola de merluza, con doble hilera de botones de plata, pegados casi los unos á los otros, subiendo hasta los hombros, y un pantalón del mismo color, pero más claro, guarnecido en sus dos costuras de un número indeterminado de bandas, pero siempre impar, variando entre una y once, límite del cual no se pasaba jamás. Añádase á esto unas botitas con pequeñas herraduras en los tacones, un sombrero de copa alta y alas estrechas, cabellos peinados con tupé, un enorme bastón, una conversación realzada por los juegos de palabras de Potier. Y sobre todo, espuelas y bigotes. En aquella época, los bigotes significaban paisano y las espuelas peón.

El elegante provinciano llevaba las espuelas más largas y los bigotes más marcados que el parisién.

Era la época de la lucha entre las repúblicas de la América meridional y el rey de España, de Bolívar contra Morillo. Los sombreros de ala estrecha eran realistas, y se llamaban morillos; los liberales llevan sombreros de alas anchas, llamados bolivares.

Ocho ó diez meses después de lo que hemos narrado en las páginas precedentes, hacia los primeros días de enero de 1823, una tarde que había nevado, uno de estos elegantes, uno de estos desocupados, «de buenas intenciones», pues llevaba morillo, é iba además muy bien embozado en una gran capa de las que completaban en tiempo de frío el traje á la moda, divertíase en perseguir á una infeliz que andaba en traje de baile, descotada y con flores en la cabeza, frente las puertas del café de los oficiales. Nuestro elegante fumaba porque era ello, decididamente, de moda.

Cada vez que aquella pobre mujer pasaba junto á él, lanzábale con una bocanada de humo de su cigarro, algún apóstrofe, que él creía ingenioso y agudo, como: ¡Qué fea eres!--¡Quieres marcharte!--No tienes dientes, etc., etc.--Este personaje se llamaba Bamatabois.--La mujer, triste sombra vestida que iba y venía caminando sobre la nieve, no le contestaba ni miraba siquiera, ni dejaba de recorrer en silencio, por ello, la ruta que se había trazado y que la ponía cada cinco minutos bajo aquellos sarcasmos, como el soldado condenado á palos que se revuelve bajo las baquetas. El poco caso que se le hacía, picó indudablemente al ocioso, quien aprovechando un momento en que la mujer daba la vuelta, fué se tras ella á paso de lobo, y sofocando la risa, se bajó, cogió del suelo un puñado de nieve, y se la arrojó bruscamente entre sus desnudos hombros. La pobre muchacha lanzó un rugido desgarrador, y volviéndose indignada como una pantera, lanzóse contra el hombre, clavándole las uñas en la cara, acompañando la acción de las palabras más duras que puedan oirse en un cuerpo de guardia. Aquellas injurias vomitadas con voz aguardentosa, salían indignas y asquerosas de la boca de una mujer, á la cual le faltaban efectivamente los dos dientes centrales de la mandíbula superior. Era Fantina.

Al escándalo que se produjo, salieron todos los oficiales del café; agrupáronse también los transeuntes, formándose un gran corro, que se divertía azuzando y aplaudiendo alrededor de aquel torbellino, compuesto de dos seres en el que apenas podían reconocerse un hombre y una mujer; el hombre, procurando defenderse, con el sombrero rodando por el suelo; la mujer, pegando sin tino ni concierto con las manos y los pies, descompuesta, espumeante, sin dientes ni cabellos, lívida por la cólera, horrible.

De pronto, un hombre de elevada estatura, adelantándose entre la multitud, asiendo á la mujer por el corpiño de raso cubierto de barro, la dijo:--«Sígueme».

La mujer levantó la cabeza, apagando de súbito su furioso acento. Sus ojos se pusieron vidriosos; de lívida se tornó pálida y temblando con el estremecimiento del terror.

Había reconocido á Javert.

El elegante había aprovechado la ocasión para escapar.

XIII =Solución de algunas cuestiones de policía municipal=

Javert apartó á los concurrentes, rompió el círculo y echó á andar á grandes pasos hacia las oficinas de policía situadas al extremo de la plaza, arrastrando hacia allí á la miserable. Ella se dejó conducir maquinalmente. Ni él ni ella decían una palabra. La nube de espectadores en el paroxismo de la alegría les iba siguiendo con sus pullas. La suprema miseria es siempre ocasión de obscenidades.

Al llegar á las oficinas de policía, que estaban en una sala baja caldeada por una estufa y custodiada por una guardia, con una vidriera con reja que daba á la calle, abrió Javert la puerta, entrando con Fantina, y volvió á cerrar inmediatamente tras sí, con gran descontentamiento de los curiosos, que se empinaban sobre las puntas de los pies, alargando el cuello cuanto podían, ante la obscura vidriera del cuerpo de guardia, procurando ver algo. La curiosidad es una glotonería. Ver es devorar.

Al entrar, se fué Fantina á un rincón, muda é inmóvil, donde se acurrucó como un perro espantado.

El sargento de guardia puso una vela encendida sobre una mesa. Sentóse Javert, sacó de su bolsillo un pliego de papel sellado y se puso á escribir.

Esta clase de mujeres se encuentran completamente abandonadas por nuestras leyes á la discreción de la policía. Ésta hace de ellas lo que quiere; las castiga como parece, confiscando á su antojo estas dos tristes cosas que se llaman su industria y su libertad. Javert estaba impasible; su cara seria y grave no transparentaba la menor emoción. Sin embargo, estaba grave y profundamente preocupado. Era uno de aquellos momentos en que ejercía sin tener quién pudiera contrariarle, pero con todos los escrúpulos de una conciencia severa, su tremendo poder discrecional. En aquel instante estaba penetrado de que su asiento de agente de policía era un tribunal. Y juzgaba. Juzgaba y condenaba. Procuraba llamar así cuantas ideas podía tener dentro de su espíritu á propósito para auxiliarle en la gran obra que ejecutaba. Cuanto más examinaba lo hecho por aquella pobre chica, más indignado se sentía. Era evidente que acababa de presenciar la comisión de un crimen. Acababa de ver allí, en medio de la calle, á la sociedad representada por un elector propietario, insultada y atacada por una criatura fuera de toda ley. Una prostituta atentando contra un contribuyente. Él lo había visto, él, Javert. Y escribía en silencio.

Cuando hubo concluido, firmó, doblé el papel y dijo al sargento de la guardia entregándoselo:--Tomad tres hombres y acompañad esta mujer á la cárcel.--Después, volviéndose á Fantina, añadió:--Vas por seis meses.

La desventurada se estremeció.

--¡Seis meses! ¡seis meses de cárcel!--exclamaba.--¡Seis meses de ganar solamente siete sueldos al día! ¿Qué será de mi pobre Cosette? ¡de mi hija! ¡mi hija! Pero yo debo aún más de cien francos á los Thénardier: señor inspector ¿sabéis vos esto?

Fantina se arrastraba sobre las baldosas mojadas por las botas llenas de barro de aquellos hombres, sin levantarse, caminando de rodillas.

--Señor Javert,--decía,--os pido perdón. Os aseguro que la culpa no era mía. Si hubiérais visto el comienzo de la disputa, os hubiérais persuadido, lo juro por Dios vivo, de que no era mía la culpa. Fué aquel señor, al cual yo no conozco, quien me echó un puñado de nieve en la espalda. ¿Es que hay derecho de echarnos nieve á la espalda cuando seguimos, como seguía yo, tranquilamente por nuestro camino sin causar daño á nadie? Esto me exasperó. Estoy enferma ¡vedlo! y luego hacía mucho rato que me estaba echando pullas. «¡Eres fea! decía, ¡no tienes dientes!». Ya sé yo perfectamente que me faltan dientes. Yo no hacía ni le decía nada; yo pensaba: Es un señor que se divierte. Estuve muy prudente con él, no le dije una palabra. Entonces fué, por esto sin duda, que me arrojó la nieve. Señor Javert, mi buen señor Javert; ¡ah! señor inspector, ¿no hay quién lo haya visto para atestiguar que es verdad lo que os digo? Puede que haya hecho mal enfadándome; pero ya veis, aquella impresión, en el primer momento nadie puede dominarse aunque quiera. Hay momentos supremos. Y luego sentir una cosa tan fría inesperadamente sobre la carne. He faltado tirando el sombrero de aquel señor. Pero, ¿por qué se ha ido? Yo le pediría perdón. ¡Oh, Dios mío! me sería indiferente pedirle perdón. Perdonadme vos por esta vez, señor Javert. Advertid, vos tal vez no lo sepáis; en la cárcel no se ganan más que siete sueldos, esta falta no es del gobierno, pero no se ganan sino siete sueldos; y haceos cargo de que yo debo pagar cien francos, ó de no, me mandarían aquí á mi hija. ¡Oh, Dios mío! me es imposible tenerla conmigo. ¡Es tan humillante lo que yo hago! ¡Oh, mi Cosette! ¡oh, mi angelito de la Virgen! ¡qué sería de ella, pobre criatura! Debo decíroslo, los Thénardier, los posaderos, los campesinos, no se pagan con palabras. Les hace falta dinero. ¡No me encarceléis! Atendedme; tengo una niña á la cual arrojarían en mitad del camino, á la ventura, en pleno invierno; es preciso tener piedad de esta criatura, mi buen señor Javert. Si estuviese ya crecida, podría ganarse el pan, pero no puede el pobre angelito. No, señor, yo en el fondo no soy mala. No es la holgazanería, ni la glotonería lo que me han hecho lo que soy. Yo bebo aguardiente, pero es por miseria. No me gusta, pero me aturde. Cuando yo era más dichosa, no había sino ver mis armarios, para convencerse de que no era una mujer coqueta; que gusta el desorden. Yo tenía ropa blanca, mucha ropa blanca. Compadeceos de mí, señor Javert.

Ella hablaba así, arrodillada, agitada por los sollozos, cegada por las lágrimas, desnuda la garganta, retorciendo las manos, tosiendo seca y frecuentemente, balbuceando tristemente con la voz de la agonía. Los grandes dolores son como un rayo divino y terrible que trasfigura á los miserables. En aquel momento Fantina aparecía nuevamente bella. En ciertos momentos se detenía y besaba tiernamente la levita del inspector. Hubiera podido enternecer un corazón de granito, pero no lograba enternecer un corazón de palo.

--Vaya,--dijo Javert,--ya te he oído. ¿Lo has dicho todo? ¡Márchate ahora á pasar tus seis meses! Al Padre Eterno en persona le sería imposible hacer nada por ti.

Á esta frase solemne: _al Padre Eterno en persona le seria imposible hacer nada por ti_, comprendió ella que estaba dictada la sentencia. Doblóse anonadada sobre sí misma murmurando:--¡Perdón!

Javert volvió la espalda.

Los soldados la cogieron por el brazo.

Hacía algunos minutos que había penetrado en la sala un hombre, sin que nadie lo hubiese advertido al parecer. Había cerrado la puerta, habiéndose aproximado al escuchar los desesperados ruegos de Fantina.

En el momento en que los soldados ponían sus manos sobre la desgraciada, que no quería levantarse, adelantó un paso saliendo de entre la sombra, y dijo:

--¡Un instante si os place!

Javert levantó los ojos y reconoció al señor Magdalena. Descubrióse y saludó con cierta turbación y disgusto.

--Perdonad, señor alcalde...

Esta frase, señor alcalde, produjo en Fantina un extraño efecto. Levantóse rápidamente como un espectro que surgiese de la tierra, desasiéndose de los soldados que la tenían de los brazos y dirigiéndose al señor Magdalena sin dar tiempo á que la detuviesen, y mirándole fijamente, con aire extraviado, exclamó:

--¡Ah! ¡con que eres tú el señor alcalde!

Luego lanzó una carcajada y le escupió en la cara.

El señor Magdalena se limpió y dijo:

--Inspector Javert, dejad en libertad á esta mujer.

Javert sintió como si se volviera loco. Sintió en aquellos instantes, una sobre otra, y casi mezcladas á la vez, las más violentas emociones que había experimentado en toda su vida. Ver una mujer pública escupiendo en la cara al señor alcalde, era una cosa tan monstruosa que, aun dentro las más extrañas suposiciones, hubiera calificado de sacrilegio su posibilidad. Por otra parte, allá en el fondo de su imaginación, comparaba confusa y terriblemente lo que era aquella mujer y lo que podía ser el señor alcalde, y entonces entreveía horrorizado algo de común en tan prodigioso atentado. Pero al ver al alcalde, al magistrado, limpiarse tranquilamente el rostro y decir: _Dejad en libertad á esta mujer_, sintió como un desvanecimiento de estupor, faltándole el pensamiento y la palabra á un tiempo; el asombro había traspasado para él los límites de lo posible. Quedóse mudo.

Aquella frase no había hecho tampoco menos efecto en Fantina. Levantó ella su brazo desnudo y se agarró á la llave de la estufa como quien vacila. Sin embargo, miró á su alrededor, y comenzó á hablar en voz baja, como hablando con ella misma:

--¡En libertad! ¡que me dejen marchar! ¡que no vaya á la cárcel por seis meses! ¿Quién ha dicho eso? ¡No es posible que nadie lo haya dicho! ¡He oído mal! ¡No puede haber sido el monstruo del alcalde! ¿Habréis sido vos, señor Javert, el que ha dicho que me dejen libre? ¡Oh! ¡ya veis! yo me explicaré y me dejaréis marchar. Ese monstruo de alcalde, ese mal viejo, es quien tiene la culpa de todo. ¡Figuraos, señor Javert, que me ha despedido por culpa de las habladurías de unas cuantas chismosas que tiene en el taller! ¡No es esto horroroso! ¡Despedir á una pobre joven que cumple honradamente su deber! No había yo ganado lo bastante, y toda mi desgracia ha nacido de ello. Es indispensable una reforma, que los señores de la policía podrían hacer fácilmente, y sería impedir á los contratistas de las cárceles que perjudicaran á los pobres. Yo os lo explicaré.

Vos ganáis, por ejemplo, doce sueldos cosiendo camisas; y se os baja á nueve sueldos, no hay medio entonces de vivir. Es preciso pues, en este caso ir por donde se pueda. Yo tenía á mi pequeña Cosette, me he visto pues obligada á hacerme mujer mala. ¿Comprendéis ahora cómo es este pícaro alcalde quien ha hecho todo el mal? Después, es verdad que yo he pisoteado el sombrero de aquel señor delante del café de los oficiales. Pero él antes me había echado á perder el vestido con la nieve. Nosotras no tenemos más que un vestido de seda para la noche. ¿Veis como no he hecho el mal intencionadamente? ¿Verdad, señor Javert? ¡Hay, por lo tanto, muchas mujeres peores que yo, que son más felices! ¡Oh, señor Javert! sois vos quien ha dicho que se me deje en libertad, ¿no es verdad? Tomad informes, dirigíos á mi casero; le pago bien, dirá que soy honrada. ¡Ah, Dios mío! os pido perdón: he tocado sin querer la llave de la estufa y ha salido el humo.

El señor Magdalena la escuchaba con profunda atención. Mientras Fantina hablaba, se había metido los dedos en el bolsillo del chaleco, había sacado la bolsa y la había abierto; estaba vacía; habíala pues vuelto á guardar. Entonces dijo á Fantina:

--¿Cuánto habéis dicho que debéis?

Fantina, que no miraba más que á Javert, volvióse y dijo:

--¿Te hablo á ti por ventura?

Después, dirigiéndose á los soldados:

--Decid, ¿habéis visto cómo le he escupido á la cara? ¡Ah! viejo y pícaro alcalde, vienes aquí para meterme miedo, pero no lo lograrás. ¡Yo tengo miedo solamente al señor Javert!

Y así diciendo, volvióse al inspector:

--Ya lo veis, señor inspector, es preciso ser justo, y estoy persuadida de que lo sois... El hecho es muy sencillo; un hombre se entretiene echando un puñado de nieve al cuello de una mujer, esto ha hecho que los oficiales se rieran, dispuestos como están siempre á bromear; ¡y nosotras estamos ahí para los que quieran divertirse! Luego venís vos y tenéis, naturalmente, el deber de restablecer el orden; os lleváis á la mujer que ha faltado, pero reflexionáis, y como sois bueno, mandáis que se me deje libre; esto lo hacéis por mi pobre hija, porque seis meses de cárcel me impedirían el dar de comer á mi pobre hija. ¡Solamente me prevenís para que no reincida! ¡Oh no, no reincidiré, señor Javert! Aun cuando hagan conmigo todo lo que se les antoje, no me moveré. Solamente que hoy, entendéis, he gritado porque me han hecho daño; no ha tenido toda la culpa la nieve de aquel señor, sino que, como os he dicho, estoy enferma, toso y siento en el estómago como una bola que me está quemando; el médico dice que debo cuidarme. Dadme la mano, tocad, no temáis.

Fantina no lloraba ya; su acento era cariñoso, y llevaba á su cuello blanco y delicado la grosera y ruda mano de Javert, á quien miraba sonriendo.

De pronto, arregló vivamente el desorden de sus vestidos, haciendo caer los pliegues de la falda que se le habían subido á la altura de la rodilla, y dirigiéndose á la puerta, dijo á media voz á los soldados con un movimiento de cabeza amistoso:

--Muchachos, el señor inspector ha dicho que me deja, y yo me voy.

Puso ella la mano en el pestillo. Un paso más y estaba en la calle.

Javert, hasta este instante permaneció de pie, inmóvil, la vista fija en el suelo, colocado en medio de esta escena como una estatua separada de su asiento que espera ser colocada en otra parte.

El ruido del pestillo le despertó. Levantó la cabeza con cierta expresión de soberana autoridad, expresión tanto más terrible cuanto más baja es la autoridad, feroz en el animal salvaje, atroz en el hombre de nada.

--¡Guardia!--exclamó,--¿no estáis viendo que esta pícara va á marcharse? ¡Quién os ha dicho que la dejéis salir?

--Yo,--dijo Magdalena.

Al oir Fantina la voz de Javert, soltó temblorosa el pestillo, como deja un ladrón el objeto robado. Á la voz del señor Magdalena volvió la cabeza, y desde este momento, sin decir una palabra más, sin atreverse á respirar siquiera, paseó su mirada de Magdalena á Javert, de Javert á Magdalena, según era el uno ó el otro quien hablaba.

Era evidente que debía estar Javert, como vulgarmente se dice, «fuera de juicio» para que se permitiese apostrofar al guardia, como acababa de hacerlo, después de la indicación del alcalde para dejar á Fantina en libertad. ¿Se le había olvidado que estaba en presencia del alcalde? ¿Había acabado por decirse á sí mismo, que era imposible que una «autoridad» hubiese dado semejante orden, y que á no dudarlo, el señor alcalde había dicho, sin querer, una cosa por otra? Ó bien, ¿ante las enormidades que acababa de ver en dos horas, conocía que debía llegar á una resolución suprema, que era necesario que el pequeño se hiciese grande, que el polizonte se transformase en magistrado, que el agente de policía se hiciese hombre de justicia, y que en tan extremada situación, el orden, la ley, la moral, el gobierno y la sociedad entera, estaban personificadas en él, en Javert?

Fuere por lo que fuése, cuando el señor Magdalena hubo dicho aquel _yo_ que acababa de oir, vióse al inspector de policía Javert, volverse hacia el señor alcalde, pálido, frío, azulados los labios, la mirada desesperada, agitado su cuerpo de un temblor imperceptible, y, cosa, inaudita, díjole bajando la vista, pero con acento seguro:

--Señor alcalde, esto es imposible.

--¿Cómo?--preguntó el señor Magdalena.

--Esta perdida ha insultado á un señor.

--Inspector Javert,--repuso el señor Magdalena, con acento tranquilo y conciliador,--escuchad. Sois un hombre honrado, y no tengo ninguna dificultad en daros explicaciones. Oid la verdad. Yo atravesaba la plaza cuando conducíais vos á esta mujer; había aún algunos grupos; me he informado; lo he sabido todo; el señor aquel es quien ha faltado y el que, en buena ley de policía debió ser arrestado.

Javert respondió:

--Esta miserable acaba de insultar al señor alcalde.

--Esto es cosa mía,--dijo Magdalena.--Mi injuria me pertenece, y puedo hacer de ella lo que quiera.

--Perdonad, señor alcalde, la injuria no se os ha hecho á vos sino á la justicia.

--Inspector Javert,--replicó Magdalena,--la principal justicia es la conciencia. He oído á esta mujer, y sé lo que hago.

--Y yo, señor alcalde, yo no sé explicarme lo que estoy viendo.

--Entonces, limitaos á obedecer.

--Obedezco á mi deber, y mi deber me ordena que encierre á esta mujer seis meses en la cárcel.

El señor Magdalena respondió con dulzura:

--Pues oid bien: No estará encerrada ni un día.

Á estas palabras decisivas, atrevióse Javert á mirar fijamente al alcalde y le dijo, pero con acento respetuoso siempre:

--Tengo el sentimiento de oponerme á lo dicho por el señor alcalde; es la primera vez de mi vida, pero séame permitido observar que estoy dentro de los límites de mis atribuciones. Circunscríbome, ya que el señor alcalde así lo quiere, al solo hecho del señor... que yo he presenciado. Fué esta mujer quien se arrojó sobre el señor Bamatabois, elector y propietario de esa hermosa casa de piedra con balcón y tres pisos, que hace esquina á la explanada. ¡En fin, hay cosas en este mundo! Pero sea ello lo que fuere, es éste, señor alcalde, un hecho de policía que ha tenido lugar en la calle, y que, por lo tanto me corresponde; así es que yo retengo á Fantina.

Entonces el señor Magdalena se cruzó de brazos y dijo con acento tan severo que nadie se lo había oído aún en la ciudad:

--El hecho de que habláis es un hecho de policía municipal. Conforme á los artículos nueve, once, quince y sesenta y seis del código de instrucción criminal, yo soy juez. Ordeno por lo tanto que se deje en libertad á esta mujer.

Javert quiso todavía hacer el último esfuerzo.

--Pero, señor alcalde...

--Debo recordaros el artículo 81 de la ley de 13 de diciembre de 1799, sobre detención arbitraria.

--Permitidme, señor alcalde...

--Ni una palabra más.

--No obstante...

--Salid,--dijo el señor Magdalena.

Javert recibió este golpe enhiesto, de frente, en medio del pecho como un soldado ruso. Saludó, inclinándose hasta el suelo, al señor alcalde y salió.

Fantina se separó un poco de la puerta, para dejarle el paso libre, mirándole estupefacta pasar ante ella.

Sin embargo, encontrábase ella anegada en la más extraña emoción. Acababa de verse, hasta cierto punto, disputada por dos opuestos poderes. Había visto luchar ante sus ojos á aquellos dos hombres que tenían en sus manos su libertad, su vida, su alma y su hija; el uno de aquellos hombres, la arrastraba hacia las tinieblas, el otro, hacia la luz. En aquella lucha, entreveía al través del agrandamiento del miedo, á aquellos dos hombres que le parecían dos gigantes; hablando el uno como el espíritu del mal, y hablando el otro como el ángel de su guarda. El ángel acababa de vencer al demonio, y lo que la hacía temblar de pies á cabeza, ¡aquel ángel, su libertador, era precisamente el hombre á quien aborrecía, el alcalde, al cual había creído por mucho tiempo autor de todos sus males, el señor Magdalena! ¡Y en el preciso momento en que ella acababa de insultarle groseramente, él la salvaba! ¿Se había pues equivocado? ¿Debía por lo tanto, cambiar el espíritu que la alentaba?... Lo ignoraba, pero estaba temblando. Escuchaba aturdida, miraba azorada, y á cada palabra que decía el señor Magdalena, sentía desvanecerse y trasformarse en su interior las espantosas tinieblas del odio, y nacer en su corazón un algo inefable y consolador, que venía á ser como un sentimiento de alegría, confianza y cariño.

Cuando hubo salido Javert, el señor Magdalena se le dirigió y hablando con calma y con cierto dolor, como un hombre grave que no quiere llorar:

--Os he escuchado. No sabía yo nada de cuanto habéis dicho, y creo que es verdad. Ignoraba asimismo que hubiéseisida de mis talleres. ¿Por qué no os dirigisteis á mí? En fin: yo pagaré ahora vuestras deudas, haré que venga vuestra hija, ó que vayáis vos misma á buscarla. Viviréis aquí, en París ó donde queráis. Yo me encargo de vuestra hija y de vos. No trabajaréis más si no queréis. Yo os daré todo el dinero que os haga falta. Volveréis por lo tanto á ser honrada, siendo dichosa. Y luego, oídme, yo os lo aseguro desde ahora, si todo ha pasado como habéis dicho, y yo no dudo, no habéis dejado nunca de ser virtuosa y santa delante de Dios, ¡oh, desgraciada mujer!

Era ello mucho más de lo que la pobre Fantina podía soportar. ¡Tener á Cosette! ¡salir de aquella vida de infamia! ¡vivir libre, rica, dichosa y honrada, con su Cosette! ¡viendo como surgían de súbito, en medio de sus miserias todas aquellas realidades celestiales! Miraba como atontada á aquel hombre que le estaba hablando sin poder hacer otra cosa que lanzar algunos suspiros: «¡Oh! ¡oh! ¡oh!». Dobláronse sus piernas, y quedó arrodillada delante del señor Magdalena, y antes que él tuviese tiempo de impedirlo, sintió que ella le tomaba la mano y que la llevaba á sus trémulos labios.

Después, se desmayó.

LIBRO SEXTO JAVERT

I =Principio del reposo=

El señor Magdalena hizo llevar á Fantina á la enfermería de su propia casa. Confiola á las hermanas, que la metieron en cama. Le había sobrevenido una gran calentura. Pasó una parte de la noche delirando y hablando en alta voz. No obstante, acabó por conciliar el sueño.

Al día siguiente, á eso del medio día, despertó. Parecióle oir alguien que respiraba junto á su lecho. Separó la cortina y vió al señor Magdalena como mirando algo por encima de su cabeza. Aquella mirada estaba impregnada de piedad, de angustia y de súplica. Siguió ella la dirección de su mirada, y vió que se dirigía á un crucifijo pendiente de la pared.

El señor Magdalena se había transfigurado á los ojos de Fantina. Le pareció verle envuelto en luz. Estaba absorto sin duda en alguna oración. Contemplóle un buen espacio sin atreverse á interrumpirle. Por último, le dijo tímidamente:

--¿Qué hacéis?

El señor Magdalena estaba allí hacía una hora. Esperaba que Fantina despertase. Tomóle la mano, observóle el pulso, y contestó:

--¿Cómo estáis?

--Bien, he dormido,--dijo ella,--creo que estoy mejor. Esto no será nada.

Y él repuso, como respondiendo á la primera pregunta que ella le había dirigido, como si la acabase de oir entonces:

--Estaba rogando al mártir que está en lo alto.

Añadiendo interiormente:--Por la mártir que está aquí abajo.

El señor Magdalena había pasado la noche y la mañana informándose. Ya lo sabía todo. Conociendo ya con todos sus detalles la historia de Fantina, continuó:

--Habéis sufrido mucho, pobre madre. ¡Ah, no os quejéis, habéis ganado el dote de los elegidos! Así es como los hombres hacen ángeles. La falta no es suya, puesto que no saben hacerlo de otro modo. Mirad, este infierno del que acabáis de salir, es la faz primera del cielo. Es preciso empezar por ahí.

Él suspiró profundamente. Ella al mismo tiempo sonrió, con aquella sonrisa sublime á la que le faltaban dos dientes.

Javert, durante aquella noche misma, había escrito una carta. Púsola, á la mañana siguiente, por sí mismo al correo de M* sur M*. Iba dirigida á París, con este sobrescrito: _Al señor Chabouillet, secretario del señor prefecto de policía_. Como el sucedido del cuerpo de guardia había recorrido la población, la directora de la estafeta y algunas otras personas que vieron la carta antes de salir y que conocieron la letra de Javert en la dirección, creyeron que iba en ella la dimisión de su cargo.

El señor Magdalena se apresuró á escribir á los Thénardier. Fantina les debía ciento veinte francos. Él les mandó trescientos, diciéndoles que se cobrasen de aquella cantidad y que mandasen enseguida la niña á M* sur M*, donde su madre enferma la reclamaba.

Esto deslumbró á Thénardier.

--¡Diablo!--dijo él á su mujer, no debemos soltar la chiquilla. ¡Cuidado que esta alondra nos va á producir lo que una vaca de leche! ¡Ya sé yo lo que es ello! Algún infeliz que se habrá enamorado de la madre.

Contestó mandando una cuenta de quinientos francos muy bien hecha. En esta cuenta figuraban por más de trescientos francos dos documentos incontestables; una cuenta del médico y otra del boticario, los cuales habían asistido y medicado, durante dos largas enfermedades, á Eponina y Azelma. Cosette, ya lo hemos dicho, no había estado enferma. Todo se redujo á una simple sustitución de nombres. Thénardier escribió al pie de la cuenta:

_Recibido á cuenta trescientos francos._

El señor Magdalena mandó inmediatamente trescientos francos más y escribió. «Mandad cuanto antes á Cosette».

--¡Cristo!--exclamó Thénardier,--no hay que soltar la niña.

Entretanto Fantina continuaba, sin restablecerse, en la enfermería.

Las hermanas, por de pronto, no habían recibido ni cuidado á aquella «chica» sino con repugnancia. Quien haya visto los bajos-relieves de Reims, recordará la expresión del labio inferior de las vírgenes prudentes contemplando las vírgenes locas. Aquel antiguo menosprecio de las vestales por las ebubeyas, es uno de los más profundos instintos de la dignidad femenina, las hermanas lo sentían también, con el aumento que agregaba al mismo la religión. Pero, á los pocos días, Fantina las había desarmado. Empleaba solamente palabras tan tiernas y humildes, que la madre que en ellas se manifestaba, enternecía. Un día, las hermanas la oyeron decir al través de la fiebre.

--He sido una pecadora, pero cuando tenga á mi hija junto á mí, querrá ello decir que Dios me ha perdonado. Mientras he sido mala, no he deseado jamás tener á Cosette á mi lado, pues no hubiera podido soportar su triste admiración. Y era sin embargo, por ella por quien yo hacía el mal, lo cual hace sin duda que Dios me perdone. Sentiré las bendiciones del cielo cuando esté aquí Cosette. Yo la contemplaré, encontrando en su inocencia mi consuelo. Ella no sabe nada. Es un ángel, ya veis, hermanas mías. Á su edad no se han perdido las alas todavía.

El señor Magdalena la visitaba dos veces cada día, y ella le preguntaba siempre:

--¿Veré pronto á Cosette?

Y él contestaba:

--Puede que mañana por la mañana. Llegará de un momento á otro; la estoy esperando.

Y el pálido semblante de la madre, irradiaba.

--¡Oh!--exclamaba,--¡qué feliz voy á ser!

Hemos dicho ya que Fantina no se restablecía. Al contrario, su estado parecía agravarse semanalmente. Aquel puñado de nieve aplicada al centro de los dos omóplatos, había determinado una supresión súbita de la traspiración, gracias á lo cual, la enfermedad que venía incubando hacía algunos años, acabó por manifestarse violentamente. Empezábanse entonces á seguir para el estudio y tratamiento de las enfermedades del pecho, las acertadas indicaciones de Laënnec. El médico auscultó á Fantina, y movió tristemente la cabeza.

El señor Magdalena preguntó al médico:

--¿Y bien, doctor, cómo sigue?

--¿No tiene una hija á quien desea ver?--dijo el médico.

--Sí.

--Pues bien, haced que venga luego.

El señor Magdalena se estremeció.

Preguntóle Fantina:

--¿Qué ha dicho el médico?

El señor Magdalena se esforzó en sonreir.

--Ha dicho que hiciera venir pronto á vuestra hija. Que esto os volvería la salud.

--¡Oh!--dijo ella,--¡tiene razón! pero, ¿qué hacen estos Thénardier, que no mandan á mi Cosette? ¡Oh! va á venir. ¡Por fin, veré la felicidad á mi lado!

Thénardier, sin embargo, no soltaba la niña, buscando para ello mil pretextos. Que Cosette estaba delicada para ponerse en camino en invierno. Después, que quedaban algunas pequeñas deudas cuyas cuentas iba reuniendo, etc., etc.

--¡Mandaré á cualquiera á buscar á Cosette!--dijo el señor Magdalena, y si es preciso iré yo mismo.

Entonces escribió, dictadas por Fantina, las siguientes líneas que le hizo firmar.

«Señor Thénardier,

«Entregad á Cosette al portador. Os serán pagados todos los picos. Tengo el honor de saludaros respetuosamente.

«FANTINA».

Estando en eso, sobrevino un incidente grave. En vano pretendemos cortar y pulimentar el misterioso bloque de nuestra existencia; la negra vena del destino reaparece siempre.

II =De cómo Juan puede llegar á ser champ=

Cierta mañana, en que estaba el señor Magdalena en su gabinete ocupado en despachar con tiempo algunos asuntos perentorios de la alcaldía para el caso de que se decidiese á hacer el viaje á Montfermeil, pasáronle aviso de que el inspector de policía, Javert, deseaba hablarle. Al oir pronunciar este nombre, no pudo evitar Magdalena una desagradable impresión. Desde la aventura de la oficina de policía, Javert le había excusado más que nunca, y Magdalena no le había vuelto á ver.

--Hacedle entrar,--dijo.

Javert entró.

Magdalena continuó sentado junto á la chimenea con la pluma en la mano y la mirada fija en un cuaderno que estaba hojeando y anotando, el cual contenía las actas de algunos procesos verbales de distintas contravenciones de policía urbana. Prosiguió, no obstante, en su tarea, sin fijarse en Javert. No podía dejar de preocuparse por la pobre Fantina, y le pareció conveniente mostrarse glacial.

Javert saludó respetuosamente al señor alcalde que estaba de espaldas, y quien, sin volver la cabeza, continuó anotando.

Javert, dió dos ó tres pasos hacia dentro, parándóse luego sin romper el silencio.

Un fisonomista que hubiese estado familiarizado con el modo de ser de Javert, que hubiese estudiado, por algún tiempo, á aquel salvaje puesto al servicio de la civilización, aquel compuesto singular de romano y espartano, de fraile y de cabo de escuadra, aquel espía incapaz de mentir, aquel moscardón virgen; un fisonomista enterado de su secreta y antigua aversión al señor Magdalena, de su disgusto con el alcalde por lo de Fantina, y que hubiese observado á Javert en aquel momento, se hubiera dicho: ¿Qué habrá pasado? Hubiérale sido evidente porque habría conocido aquella conciencia recta, clara, sincera, proba, austera y feroz, que Javert acababa de ser víctima de algún grave é íntimo suceso. Javert no sentía nada en el alma que no se revelase en su semblante. Estaba, como todos los caracteres violentos, sujeto á variaciones bruscas. Jamás había estado su fisonomía tan extrañamente demudada y tan incomprensible. Al entrar, se había inclinado delante del alcalde dirigiéndole una mirada en la que no había rencor, ni odio, ni cólera, ni desconfianza; se había detenido á algunos pasos detrás del sillón, quedándose firme, de pie, en actitud casi militar, con la rudeza sencilla y fría del hombre que desconoce la dulzura y que es de ordinario un seríais pasivo, esperando, sin decir una palabra, sin hacer un gesto, con verdadera humildad y en la más tranquila resignación, á que el señor alcalde se volviese; sereno y grave, con el sombrero en la mano, bajos los ojos, con una expresión que participaba por igual de la del soldado delante de su oficial y de la del reo delante del juez. Todos los sentimientos, como todos los recuerdos que se le pudiesen suponer, habían desaparecido. Nada se veía en su semblante impenetrable y duro como el granito, más que una tristeza melancólica. Todo en su persona respiraba firmeza y humildad, y como cierto abatimiento valeroso.

Por fin, dejó su pluma el señor alcalde, y se medio volvió:

--¡Y bien! ¿qué hay? ¿qué es ello, Javert?

Javert permaneció un instante silencioso aún, como recogiéndose en sí mismo, luego levantó la voz con cierta triste solemnidad, de la que no excluyó la sencillez, diciendo:

--Hay, señor alcalde, que se ha cometido un hecho penable.

--¿Qué hecho?

--Un agente inferior de la autoridad ha faltado al respeto debido á un magistrado, de un modo gravísimo. Yo vengo en cumplimiento de mi deber á daros conocimiento del hecho.

--¿Quién es ese agente?--preguntó el señor Magdalena.

--Yo,--dijo Javert.

--¿Vos?

--Yo.

--¿Y quién es el magistrado ofendido por el agente?

--Vos, señor alcalde.

Magdalena se incorporó en su sillón, Javert prosiguió, con aire severo y los ojos bajos:

--Señor alcalde, vengo á pediros que os sirváis proponer á la autoridad mi destitución.

Magdalena, estupefacto, abrió la boca, Javert le interrumpió.

--Vos diréis tal vez, que yo hubiera podido presentar mi dimisión, pero esto no era bastante. Presentar la dimisión es honroso, pero yo he faltado y debo ser castigado. Es forzoso que se me destituya.

Y, después de una pausa añadió:

--Señor alcalde: estuvisteis el otro día muy severo conmigo, injustamente. Sedlo hoy con justicia.

--¿Y eso á qué?--exclamó Magdalena.--¿Qué galimatías es éste? ¿qué es lo que queréis decir? ¿dónde está este acto culpable cometido por vos contra mí? ¿Qué me habéis hecho? ¿en qué me habéis faltado? ¿Os acusáis para ser reemplazado?...

--Separado,--dijo Javert.

--Separado, sea si es preciso, pero no lo entiendo.

--Ya lo comprenderéis, señor alcalde.

Javert suspiró profundamente y repuso, siempre fría y tristemente:

--Señor alcalde, hace seis semanas, luego de la escena que tuvo lugar por aquella chica, que, estando yo furioso, os denuncié.

--¿Me denunciásteis?

--Á la prefectura de policía de París.

El señor Magdalena, que no se reía mucho más que Javert, sonrió.

--¿Como alcalde que se antepone á la policía?

--Como antiguo presidiario.

El alcalde palideció.

Javert, que no había levantado los ojos, continuó:

--Yo lo creía así. Estuve mucho tiempo con esta idea. Una gran semejanza, las indagaciones que habéis hecho practicar en Faverolles, vuestra fuerza muscular, la aventura del viejo Fauchelevent, vuestra puntería, vuestra pierna un poca coja y, ¿qué sé yo qué más? ¡Barbaridades! en fin, que os tomé por un tal Juan Valjean.

--¿Un tal?... ¿Cómo habéis dicho?

--Juan Valjean. Un presidiario á quien conocí hace veinte años, cuando era yo ayudante de guarda chusma en Tolón. Al salir del penal, ese Juan Valjean, á lo que parece, robó en casa de un obispo, y luego cometió otro robo á mano armada y en un camino público contra un niño saboyano. Ha estado oculto, no sé cómo, unos ocho años, y eso que se le andaba buscando. Yo llegué á figurarme... En fin, ¡que me atreví á ello! La cólera me hizo decidir, y os denuncié á la prefectura.

El señor Magdalena, que había vuelto á hojear el cuaderno, hacía un momento, repuso con acento de perfecta indiferencia.

--¿Y qué se os ha contestado?

--Que estaba loco.

--¿Y bien?

--¡Que bien pueden tener razón!

--¡Bueno es que lo reconozcáis!

--Es preciso, puesto que el verdadero Juan Valjean ha reaparecido.

Cayósele de las manos al señor Magdalena el papel que tenía en ellas, levantó la cabeza, miró fijamente á Javert, y dijo con acento inexplicable:

--¡Ah!

Javert continuó:

--He aquí lo que ha pasado, señor alcalde. Parece que existía en este país, hacia la parte de Ailly-le-Haut-Clocher, una especie de buen hombre á quien llamaban el tío Champmathieu. Era el tal un miserable. Nadie se había fijado en él. Esta clase de gente ignora todo el mundo como viven. Últimamente, durante el otoño, el tío Champmathieu, estuvo preso por un robo de manzanas, cometido en... En fin, el punto es lo de menos; es el caso que hubo robo, escalamiento y algunas ramas de árbol desgajadas. Se detuvo á Champmathieu, teniendo todavía una rama de manzanas en la mano. Metiósele en la cárcel. Hasta aquí no pasaba de ser ello una ligera falta correccional. Mas ahora ved lo que hay en el caso de providencial. Estando la cárcel medio arruinada, el señor juez de instrucción dispuso que fuése trasladado Champmathieu á la cárcel departamental de Arras. En dicha, cárcel, se hallaba á la sazón, un antiguo presidiario llamado Brevet, que estaba preso por yo no sé qué y que hacía de calabocero por su buen comportamiento. Señor alcalde, en cuanto llegó allí Champmathieu, aún antes de entrar, exclamó enseguida Brevet:

--¡Diantre! yo conozco este hombre. Es un _Fagot_[4].--¡Miradme bien, buen hombre! ¡Vos sois Juan Valjean!

--¡Juan Valjean! ¿qué Juan Valjean?

Champmathieu se hacía el admirado.

No te hagas el desentendido,--dijo Brevet:--eres Juan Valjean y has estado en el penal de Tolón. Hace veinte años. Estábamos juntos.

Champmathieu negaba. ¡Está claro! ¿Comprendéis el porqué? Se profundiza, se indaga. Y así se hizo, hasta que se sacó en limpio lo siguiente: Que Champmathieu, hace unos treinta años, era jornalero podador en la comarca, habiendo trabajado en varios puntos, y particularmente en Faverolles. Aquí se perdió el rastro. Algún tiempo después se le vió nuevamente en Auvernia, luego en París, donde según dijo, fué carretero y tuvo una hija lavandera, y aunque esto no está probado, resulta que por fin se vino por acá. Ahora, pues, antes de ir á presidio por robo comprobado, ¿qué era Juan Valjean? Podador. ¿Dónde? En Faverolles. Otro hecho. El Valjean se llamaba por nombre de pila Juan, y su madre se apellidaba Mathieu.

¿Qué puede haber de más natural que al salir del presidio tomara para ocultarse el apellido de su madre y se hiciese llamar desde entonces Juan Mathieu? Pasa luego á Auvernia, donde el acento del país cambia el Juan _(Jean)_ en _chan_, y se le llama Chan-Mathieu. Acepta nuestro hombre este cambio y catadlo transformado en Champmathieu. Vais comprendiendo, ¿verdad? Se practica una información en Faverolles. Nada se sabe de la familia de Juan Valjean. Vos no ignoráis que las familias de esta clase de gente se desvanecen con la mayor facilidad. Se las busca á lo mejor, y nada se encuentra. Estas gentes, cuando no son lodo son polvo. Además como el principio de esta historia data de treinta años, no hay nadie en Faverolles que haya conocido á Juan Valjean. Se piden informes á Tolón. Á más de Brevet, no hay más que dos presidiarios que hayan conocido á Juan Valjean. Estos son dos condenados á cadena perpetua, llamados Cochepaille y Chenildieu. Se les saca del penal y se les hace venir. Se les carea con el pretendido Champmathieu. Ninguno de los dos vacila. Para ellos, lo mismo que para Brevet, es este Juan Valjean. La misma edad, cincuenta y cuatro años, la misma estatura, el mismo aire, en fin, el mismo hombre. En este tiempo precisamente mandé yo mi denuncia á la prefectura de París. Allí se me contestó que yo había perdido el tino y que Juan Valjean se encuentra en Arras y en poder de la justicia. ¡Comprended si esto había de asombrarme, á mí, que creía tener aquí al mismo Juan Valjean! Escribí luego al señor Juez de instrucción, quien me mandó llamar, y me presentó á Champmathieu...

--¿Y qué?--interrumpió el señor Magdalena.

Javert contestó con cara imperturbable y triste:

--Señor alcalde, la verdad es la verdad. Y aún que sea á pesar mío, confieso que aquel hombre es Juan Valjean. Yo mismo le reconocí.

El señor Magdalena le preguntó en voz baja:

--¿Estáis seguro?

Javert sonrió de la manera dolorosa con que se acostumbraba á expresar una profunda convicción.

--¡Oh! ¡seguro!

Estuvo unos momentos pensativo, tomando y soltando maquinalmente, con las puntas de los dedos, polvos de serrín de los que había en la salvadera de sobre la mesa, y añadió luego:

--Y ahora, después de haber visto al verdadero Juan Valjean, no acierto á explicarme cómo pude creer otra cosa. Pídoos, por lo tanto, perdón, señor alcalde.

Al dirigir esta frase suplicante y grave, al mismo á quien hacía seis semanas, le había humillado en pleno cuerpo de guardia diciéndole: «¡Salid!». Javert, el hombre altivo, se manifestaba á la sazón lleno de sencilla dignidad.

El señor Magdalena no contestó á la súplica mas que con esta pregunta seca:

--Y, ¿qué dice este hombre?

--Cáspita, señor alcalde, mal negocio es éste para él. Si es Juan Valjean hay reincidencia. Saltar un muro, romper una rama, y tomar unas manzanas, esto, para un muchacho, es una falta correccional; para un hombre sería ya delito, y para un presidiario resulta un crimen. Escalamiento y robo, nada le falta. No es, pues, para el caso de policía correccional, sino competencia del tribunal en lo penal. Y no será ello cosa de una temporada de cárcel, sino presidio de por la vida. Y luego existe también el robo del niño saboyano que también ha de salir. ¡Diantre! Ya le dará que hacer, diréis, ¿no es verdad? Sí, á otro que no fuera Juan Valjean. Pero Juan Valjean es muy listo. También en esto yo le reconozco. Otro sentiría ya el calor; se movería, gritaría, como grita el puchero puesto al fuego; no querría ser de ninguna manera Juan Valjean, etc. Pero él presentándose como si nada comprendiera, dice: «¡Yo soy Champmathieu, yo no puedo decir más!». Parece admirado, ó embrutecido, por decirlo mejor. ¡Oh, el papel está bien estudiado! pero no importa, las pruebas existen. Le han reconocido cuatro personas, y el pícaro viejo será condenado. Ha sido trasladado á la audiencia de Arras. Debo ir allá como testigo. Estoy ya citado para ello.

El señor Magdalena se había vuelto otra vez hacia la mesa, tomando de nuevo su legajo, y lo hojeaba tranquilamente, leyendo y escribiendo á la vez como hombre atareado. Volviéndose después á Javert, dijo:

--Basta, Javert. Al fin y á la postre, nada me importan estos detalles. Estamos perdiendo el tiempo, y hay mucho que hacer y que despachar con urgencia. Javert, debéis ir inmediatamente á casa de la tía Buseaupied, que vende hierbas allá en la esquina de la calle Saint-Saulve. Decidle que presente su queja contra el carretero Pedro Chesnelong. Es éste un hombre brutal, que por poco aplasta á esta mujer y á su hijo. Es forzoso que sea castigado. Vais luego á casa de Carcellay, calle de Montre de Champigny, quien se queja de que una gotera de la casa del lado que vierte en la suya el agua de lluvia, perjudica los cimientos de su propiedad. Después os enteraréis de las faltas de policía denunciadas en la calle de Guiborg, en la casa de la viuda Doris, y en la calle de Garraud Blanc, en casa de la señora Renata le Bossé, é instruiréis proceso verbal. Pero os estoy dando mucho que hacer. ¿No vais á marcharos? ¿No me habéis dicho que debíais pasar á Arras para este negocio dentro ocho ó diez días?

--Mucho antes, señor alcalde.

--¿Qué día entonces?

--Creo haber dicho al señor alcalde que la causa se veía mañana, y que yo salgo en la diligencia de esta noche.

Magdalena hizo un movimiento imperceptible.

--¿Y cuánto ha de durar esta vista?

--Á lo más, un día. La sentencia se pronunciará, á más tardar, mañana por la noche. Pero yo no esperaré el fallo, que no puede faltar; después de prestada mi declaración, volveré.

--Está bien,--dijo Magdalena.

Y entonces despidió á Javert alargando la mano.

Javert no se movió.

--Perdonad, señor alcalde,--dijo.

--¿Hay más?--preguntó Magdalena.

--Señor alcalde, me falta recordaros una cosa.

--¿Cuál?

--Que debo ser destituido.

El señor Magdalena se levantó.

--Javert, sois un hombre honrado y os aprecio. Habéis exagerado vuestra falta. Siendo además ella una ofensa que me concierne á mí únicamente. Javert, sois digno de ascender más que de bajar. Creo que debéis conservar vuestro puesto.

Javert fijó su mirada cándida en el señor Magdalena, en el fondo de la cual parecía vislumbrarse aquella conciencia no bien despejada, pero rígida y pura, diciendo con acento tranquilo:

--Señor alcalde no puedo concederos lo que decís.

--Y yo os repito,--replicó Magdalena,--que es ello de mi incumbencia.

Pero Javert, fijo en su única idea, continuó:

--En cuanto á exagerar, no exagero jamás. Ved cómo razono. He sospechado de vos injustamente. Esto no significa nada. Estamos en nuestro derecho sospechando de quien quiera que sea, aún cuando haya abuso en la sospecha de un superior nuestro. ¡Pero sin pruebas, cediendo á un exceso de cólera, deseando vengarme, os denuncié como presidiario, á vos, á un hombre respetable, á un alcalde, á un magistrado! lo cual no es solamente grave, sino gravísimo. He ofendido en vuestra persona á la autoridad, yo agente de ella! Si cualquiera de mis subordinados hubiese hecho lo que he hecho yo, le hubiera declarado indigno del servicio, y le hubiera destituido. ¡Pues bien! Atended, señor alcalde, una palabra. Yo generalmente he sido severo. Con los demás, he sido justo. He obrado bien. Pero ahora, si no fuése severo conmigo, todo lo que yo he hecho en justicia, resultaría injusto. ¿Debo yo ser distinto de los demás? ¡De ninguna manera! ¡Porque no hubiera sido bueno sino para castigar á los otros, y no á mí! ¡y sería yo, por lo tanto, un miserable y cuantos me llamasen: ¡el bribón de Javert! tendrían razón. Señor alcalde, no deseo de ninguna manera que me tratéis con benevolencia; vuestra benevolencia me ha requemado la sangre cuando ha favorecido á los demás, y no puedo quererla para mí. La bondad que consiste en dar la razón á la mujer pública contra el propietario, al agente de policía contra el alcalde, á cualquier inferior contra el superior, á ésta le llamo yo mala voluntad. Con semejantes bondades se desorganiza la sociedad. ¡Dios mío! Es muy fácil ser bueno; la dificultad está en ser justo. ¡Vedlo sino! Si vos hubiérais sido lo que yo creía, no hubiera yo sido bueno para vos. ¡Ya lo hubiérais visto! Señor alcalde, yo debo tratarme como trataría á cualquier otro. Cuando yo reprendía á los malhechores, cuando castigaba á los perdidos, me decía muchas veces á mí mismo: Si delinques, si caes en falta alguna vez, puedes estar tranquilo! ¡He tropezado, he caído en falta, tanto peor! Estoy por lo tanto perdido, echado, destituido; es lo equitativo. Conforme. Tengo brazos, trabajaré en la tierra; me es igual. Señor alcalde, el buen servicio exige un ejemplo. Pido sencillamente la destitución del inspector Javert.

Todo lo dicho, era pronunciado con acento humilde, valeroso, desesperado y convencido, lo cual daba cierta grandeza particular á aquel extraño y honrado personaje.

--Veremos,--dijo el señor Magdalena. Y le tendió la mano.

Javert retrocedió, y dijo en tono casi salvaje:

--Perdonad, señor alcalde, pero esto no puede ser. Un alcalde no le da la mano á un esbirro.

Y añadió entre dientes:

--Esbirro, sí; desde el momento en que he abusado de la policía, no soy más que un esbirro.

Después saludó profundamente, y se dirigió á la puerta.

Luego volviendo sobre sus pasos y siempre con los ojos bajos:

--Señor alcalde,--dijo:--continuaré en mi puesto hasta que se me reemplace.

Salió Javert, y el señor Magdalena quedó admirado y pensativo, escuchando aquel andar firme y seguro que se perdía sobre el pavimento del corredor.

NOTAS:

[4] _Fagot_, antiguo presidiario.

LIBRO SÉPTIMO LA CAUSA CHAMPMATHIEU

I =Sor Simplicia=

Los incidentes que vamos á leer no han sido todos conocidos en M* sur M*. Pero lo poco que se ha sabido de ellos dejó en la población tales recuerdos, que quedaría en este libro un gran claro si no los diésemos á conocer en sus menores detalles.

En los tales detalles encontrará el lector dos ó tres circunstancias inverosímiles, que respetamos por consideración á la verdad.

En las primeras horas de la tarde que siguieron á la visita de Javert, el señor Magdalena fué á ver á Fantina, según costumbre.

Antes de llegar hasta Fantina, mandó llamar á sor Simplicia.

Las dos religiosas que tenían á su cargo la enfermería, lazaretistas como todas las hermanas de la caridad, se llamaban sor Perpetua la una, y la otra sor Simplicia.

Sor Perpetua era como si dijéramos el tipo de una aldeana cualquiera; una hermana de la caridad sencillamente tosca, que se había puesto al servicio de Dios como en otro cualquiera. Era religiosa como hubiera sido cocinera. Tipo que no es del todo raro. Las órdenes monásticas aceptan gustosas este grosero barro provinciano, que toma fácilmente la forma de capuchina ó de ursulina. Estas rusticidades se aprovechan para las tareas bastas de la devoción. La transformación de un boyero en carmelita no es difícil; se pasa de lo uno á lo otro sin gran trabajo; el fondo común de ignorancia de la aldea y del claustro, viene á ser una preparación, ya hecha, que introduce á pie enjuto al campesino en el claustro. Agrandad un poco la blusa y ya tenéis el hábito. Sor Perpetua era una robusta religiosa de Marines, cerca Pontoise, que hablaba en _patois_, psalmodiaba y murmuraba, azucarando las tisanas de conformidad con la devoción ó hipocresía del acogido, brusca con los enfermos, áspera con los moribundos, dándoles casi con el cristo en la cara, martirizando á los agonizantes con plegarias coléricas, atrevida, honrada, robusta y colorada.

Sor Simplicia era blanca como la cera. Junto á sor Perpetua, era el cirio al lado de la vela de sebo. Vicente de Paul ha delineado perfectamente la hermana de la caridad en estas admirables palabras en las que mezcla tanta libertad como esclavitud: «No tendrán, dice, más monasterio que las casas de los enfermos, más celda que un cuarto de alquiler, más capilla que la iglesia parroquial, más claustro que las calles de la población y las salas del hospital, más clausura que la obediencia, más rejas que el temor de Dios ni más velo que la modestia». Este ideal estaba encarnado en sor Simplicia; nadie hubiera podido fijar la edad de sor Simplicia; jamás había sido joven, y parecía que no había de ser vieja nunca. Era una persona--no nos atrevemos á decir una mujer--amable, austera, simpática, delicada, fría, y que no había mentido jamás. Era tal su amabilidad, que parecía frágil, siendo, no obstante, más fuerte que el granito. Tocaba á los desgraciados con sus hermosos, finos é inmaculados dedos. Tenía, por así decirlo, palabra silenciosa; no hablaba más que lo necesario, y era su acento tal, que hubiera á la vez edificado en un confesionario y encantado en un salón. Aquella delicadeza se había amoldado perfectamente al hábito de estameña encontrando en aquel rudo contacto, un continuado alerta del cielo y de Dios. Insistimos en este detalle particular. No había mentido jamás, ni había dicho nunca, por cualquier interés ni por indiferencia, una cosa que no fuera verdad; la verdad santa, éste era el rasgo característico de sor Simplicia, éste era el acento de su virtud. Era casi célebre en la congregación por su imperturbable veracidad.

El padre Sicard, hablando de sor Simplicia en una carta al sordomudo Massieu, dice: Por sinceros y puros que seamos, tenemos todos en nuestro candor, la mancha de alguna mentirilla inocente. Ella estaba limpia de semejante mancha. Mentirilla, mentira inocente, ¿existe por ventura? Mentir, es lo absoluto del mal. Mentir poco, es imposible; el que miente dice toda la mentira; mentir, es el modo de ser mismo del demonio; Satán tiene dos nombres, se llama Satán y se llama Mentira. He aquí lo que ella pensaba. Y como pensaba, así obraba. De ello resultaba aquella blancura de que hemos hablado, blancura que brillaba igualmente en sus ojos que en sus labios. Su sonrisa era blanca, su mirada era blanca también. No había la menor tela de araña, ni un solo grano de polvo, que empañase el cristal de su conciencia. Al tomar el hábito de San Vicente de Paul, había adoptado el nombre de Simplicia, por elección especial. Simplicia de Sicilia, como sabe todo el mundo, es aquella santa que prefirió dejarse arrancar los pechos que responder, habiendo nacido en Siracusa, que había nacido en Segesta, mentira que la hubiera salvado. Semejante modelo se ajustaba perfectamente á esta alma.

Sor Simplicia, al entrar en la orden, tenía dos defectos, de los que se había ido corrigiendo poco á poco; gustaba de manjares delicados, y de recibir cartas. No leía jamás otro libro que uno de oraciones, impreso en grandes caracteres y escrito en latín. No sabía el latín, pero entendía el libro.

La piadosa hermana había tomado afecto á Fantina, adivinando quizás, una virtud latente, dedicándose casi exclusivamente á su cuidado.

El señor Magdalena llamó á parte á sor Simplicia, y le recomendó á Fantina con singular acento, del que se acordó después la hermana.

Después de haber hablado á la hermana, se dirigió á Fantina.

Fantina esperaba diariamente la llegada del señor Magdalena, como se espera un rayo de calor y de alegría, diciendo á las hermanas:

--No vivo sino cuando está aquí el señor alcalde.

Aquel día tenía mucha fiebre. En cuanto vió al señor Magdalena, le preguntó:

--¿Y Cosette?

Él contestó sonriendo:

--Luego.

El señor Magdalena estuvo con ella como de ordinario. Solamente que hizo la visita de una hora, en lugar de media, con gran contentamiento de Fantina. Hizo mil súplicas á todo el mundo para que nada le faltase á la enferma. Pudo notarse que hubo un momento en que su semblante apareció sombrío. Pero esto se explicó al saber que el médico se le había acercado y dicho al oído:--Pierde muchísimo.

Volvió luego á la alcaldía, y el chico de la oficina le vió examinar un mapa, itinerario de Francia, colgado de la pared del gabinete, y luego escribir con lápiz algunos números en un papel.

II =Perspicacia de maese Scaufflaire=

De la alcaldía pasó al extremo de la población, á casa de un flamenco, maese Scaufflaer, afrancesándolo Scaufflaire, quien alquilaba caballos y «cabriolés á voluntad».

Para ir á casa de Scaufflaire, el camino más corto era el de tomar por una calle muy poco frecuentada, en el cual vivía el cura de la parroquia del señor Magdalena. El cura era, al decir de las gentes un hombre digno, respetable y sesudo. Al momento en que el señor Magdalena llegaba frente la casa del cura no había en la calle más que un transeunte, y este transeunte advirtió lo siguiente: El señor alcalde, después de haber pasado la casa, se paró de súbito; permaneció un momento parado; después volviendo sobre sus pasos, deshizo el camino, hasta la puerta de la vicaría, que era una puerta ordinaria, con llamador de hierro. Puso vivamente la mano en el picaporte, y lo levantó; después volvió á pararse nuevamente, quedando como dudoso y pensativo; y después de algunos segundos, en lugar de dejar caer bruscamente el llamador, bajólo suavemente, volviendo á emprender su camino con cierta prisa que no llevaba antes.

El señor Magdalena encontró á maese Scaufflaire, en casa, ocupado en recoser un arnés.

--Maese Scaufflaire,--preguntóle:--¿tenéis un buen caballo?

--Señor alcalde,--dijo el flamenco,--todos mis caballos son buenos. ¿Qué entendéis vos por un buen caballo?

--Entiendo por bueno, un caballo que pueda recorrer veinte leguas en un día.

--¡Diablo!--exclamó el flamenco,--¡veinte leguas!

--Sí.

--¿Arrastrando un cabriolé?

--Sí.

--Y ¿cuánto tiempo podrá descansar después de la jornada?

--Es preciso que pueda, en caso de necesidad, volver al día siguiente.

--¿Recorriendo la misma distancia?

--Sí.

--¡Diablo! ¡diablo! ¿Son veinte leguas?

El señor Magdalena sacó del bolsillo el papel en el que había escrito con lápiz algunos números, el cual manifestó al flamenco. Eran éstos: 5, 6, 8-1/2.

--Veis,--le dijo.--Total diez y nueve y media, que vale tanto como decir: veinte.

--Señor alcalde,--respondió el flamenco,--puedo serviros. Mi caballito blanco, debéis haberlo visto por fuerza pasar alguna vez, una jaca del bajo Boulogne. Lleno de fuego. En vano se le quiso hacer caballo de silla. ¡Á él con ésas! Derribaba á cuantos intentaban acercársele. Creyósele viciado, y cuando no sabían qué hacer de él, lo compré yo. Púsele al cabriolé. ¡Señor mío! ¡esto era lo que él quería! Es dócil como una niña, y corre más que el viento. Pero guárdese nadie de montarle, porque no quiere de ninguna manera ser caballo de silla. Cada cual tiene sus ambiciones. Tirar, sí llevar no; es preciso creer que éste es su lema.

--Pero, ¿hará el trayecto?

--Recorrerá al trote largo las veinte leguas en menos de ocho horas. Pero escuchad antes las condiciones.

--Decid.

--En primer lugar, dejaréis que descanse una hora á mitad del camino; le daréis de comer; cuidado de que alguien vigile mientras coma, evitando que el chico de la posada robe la avena; porque tengo observado, que en las posadas, suele ser la avena bebida con mayor frecuencia por los mozos de cuadra, que comida por los caballos.

--Se vigilará.

--En segundo lugar... ¿Es para el señor alcalde, el cabriolé?

--Sí.

--¿Sabe el señor alcalde guiar?...

--Sí.

--Está bien. ¿El señor alcalde viajará solo y sin equipaje, al objeto de no cargar demasiado el caballo?

--Convenido.

--Pero, señor alcalde, no yendo nadie con vos, tendréis que tomaros el trabajo de vigilar que no se le quite la avena.

--Por supuesto.

--Me abonaréis treinta francos por día, incluso los de descanso. Ni un ochavo menos, corriendo, naturalmente, de cuenta del señor alcalde, la manutención del caballo.

El señor Magdalena sacó de su bolsillo tres monedas de oro de veinte francos, y las dejó sobre la mesa.

--He aquí dos días adelantados.

--En cuarto lugar, por una carrera semejante, un cabriolé sería muy pesado y fatigaría al caballo. Será preciso, por lo tanto, que consienta el señor alcalde, en viajar en un pequeño tílburi que tengo.

--Consiento.

--Es muy ligero, pero está descubierto.

--Me es igual.

--¿Ha calculado el señor alcalde que estamos en invierno?

El señor Magdalena no contestó;--el flamenco repuso:

--¿Que hace mucho frío?

El señor Magdalena guardó silencio.

Maese Scaufflaire continuó:

--¿Que puede llover?

El señor Magdalena levantó la cabeza, y dijo:

--El tílburi y el caballo estarán á la puerta de mi casa mañana á las cuatro y media de la madrugada.

--Entendidos, señor alcalde,--dijo Scaufflaire. Después, rascando con la uña del pulgar una mancha que había en la mesa, repuso con aquel aire indiferente que los flamencos saben mezclar también á su finura:

--¿Sabéis en lo que estoy pensando? en que el señor alcalde no me ha dicho á dónde se dirige... Y... ¿á dónde va el señor alcalde?

No tenía él en la cabeza otra cosa desde el principio de la conversación, pero, sin saber por qué, no se había atrevido á hacer la pregunta.

--¿Tiene vuestro caballo buenas piernas delanteras?--dijo el señor Magdalena.

--Sí, señor alcalde. Le retendréis un poco en las pendientes. ¿Hay muchas en el camino que vais á recorrer?

--No olvidéis que debe estar á la puerta de mi casa á las cuatro y media de la madrugada precisamente,--respondió el señor Magdalena, y salió.

El flamenco se quedó hecho un bestia, según decía él de sí mismo después.

El señor alcalde había salido hacía cinco ó seis minutos, cuando volvió á abrirse la puerta; era el señor alcalde.

Su aire era como antes, impasible y preocupado.

--Maese Scaufflaire,--dijo,--en cuánto estimáis el caballo y el tílburi que vais á alquilarme, llevando el uno al otro.

--Tirando el uno del otro, señor alcalde,--dijo el flamenco soltando una carcajada.

--Sea. ¿Cuánto?

--¿Es que el señor alcalde me los quiere comprar?

--No, pero, os los quiero garantir á todo evento. Á mi vuelta me devolveréis la cantidad. ¿En cuánto estimáis el caballo y el tílburi?

--En quinientos francos, señor alcalde.

--Aquí están.

El señor Magdalena dejó sobre la mesa un billete de banco; luego salió, sin entrar ya de nuevo.

Maese Scaufflaire se arrepentía en alto grado de no haber dicho mil francos. Sin embargo, caballo y tílburi juntos no valían más que cien escudos.

El flamenco llamó á su mujer, y le explicó el caso. ¿Dónde diablos querrá ir el señor alcalde? Ambos tuvieron su consejo.--Irá á París,--dijo la mujer.--No lo creo,--contestó el marido.

El señor Magdalena se había dejado olvidado sobre la chimenea, el papel en el cual había escrito algunos números.

El flamenco tomó el papel, y empezó á calcular.--¡Cinco, seis, ocho y media! éstos serán los relevos de posta... Volvióse luego á su mujer.--He dado en ello,--dijo.--¿Cómo?--De aquí á Hesdin median cinco leguas, seis de Hesdin á Saint-Pol, ocho y media de Saint Pol á Arras. Va á Arras.

Entretanto, el señor Magdalena había vuelto á su casa. Para regresar de casa maese Scaufflaire, había tomado el camino más largo, como si la puerta de la vicaría fuése para él una tentación, que hubiese querido evitar. Había subido á su habitación, y se había encerrado en ella, lo cual no tenía nada de extraño, porque solía recogerse temprano. No obstante, la portera de la fábrica, que era al mismo tiempo la única criada del señor Magdalena, observó que su luz se había apagado á las ocho y media, lo cual participó ella al cajero, cuando entró, añadiendo:

--¿Está tal vez enfermo el señor alcalde? he advertido en su semblante algo de nuevo.

El cajero, habitaba un cuarto, situado precisamente debajo de el del señor Magdalena. Sin fijarse en las palabras de la portera, acostóse enseguida, y se durmió. Á eso de media noche, despertó bruscamente; había oído entre sueños un ruido extraño sobre su cabeza. Púsose á escuchar. Eran pasos que iban y venían, como si alguien se pasease en el cuarto de arriba. Fijó más su atención, y reconoció los pasos del señor Magdalena. Esto llamó su atención; generalmente no se oía en aquel cuarto el menor ruido antes de la hora en que acostumbraba á levantarse el alcalde. Un instante después, creyó oir el cajero algo parecido á un armario que se abre y vuelve á cerrarse. Luego como si arrastraran un mueble, y pasado un momento de silencio, volviéronse á oir los pasos nuevamente. El cajero, se sentó sobre la cama, despertando por completo; observa, mira, y al través de los cristales de la ventana, vió en la pared de enfrente, el reflejo rojizo de una ventana iluminada. Por la dirección de los rayos, no podía ser aquella otra ventana que la del cuarto del señor Magdalena. El reflejo oscilaba como si procediese antes de una llama que dé una luz. La sombra de las vidrieras no se advertía, lo cual indicaba que la ventana estaba abierta de par en par. Dado el frío que hacía, era sorprendente el que estuviese abierta la ventana. El cajero volvió á dormirse de nuevo. Una hora ó dos más tarde, despertó otra vez. Los mismos pasos, lentos y regulares, seguían yendo y viniendo sobre su cabeza.

El reflejo seguía dibujándose en la pared, pero era entonces pálido y tranquilo, como el de una lámpara ó bujía.

La ventana continuaba abierta.

Vamos á ver ahora lo que pasaba en el cuarto del señor Magdalena.

III =Una tempestad bajo un cráneo=

El lector ha, sin duda, adivinado que el señor Magdalena no era otro que Juan Valjean.

Hemos ya examinado otra vez las profundidades de aquella conciencia; ha llegado el momento de examinarlas de nuevo. No lo haremos sin emocionarnos y sin temblar. No existe nada más terrible que esta clase de consideraciones. Los ojos del espíritu no pueden encontrar en ninguna parte, más luz ni más tinieblas, que en las interioridades del hombre; ni pueden fijarse en cosa alguna que sea más formidable, más complicado, más misterioso y más infinito. Existe un espectáculo más grande que el del mar, el del cielo; pero hay otro más grande que el del cielo, es el del interior del alma.

Escribir el poema de la conciencia humana, aunque no sea más que á propósito de un solo hombre, á propósito del más insignificante de los hombres, sería fundir todas las epopeyas en una sola epopeya, superior y definitiva.

La conciencia, es el caos de todas las quimeras, de todas las ambiciones, y de las tentaciones todas; el horno de todos los delirios, el antro de todas las ideas; es el pandemónium del sofisma, el campo de batalla de todas las pasiones. Penetrad á ciertas horas al través del lívido semblante de un ser humano que reflexiona, y mirad detrás, mirad en el interior de aquella alma, en el fondo de aquella obscuridad. Hay allí, bajo el silencio del exterior, combates de gigantes como los de Homero, luchas de hidras y dragones y nubes de fantasmas como en Milton, y espirales ilusorias como en Dante. Nada tan sombrío como el infinito que lleva todo hombre dentro de sí mismo, y al cual somete con desesperación, y á su pesar, las voluntades de su cerebro y las acciones de su vida.

Alighieri encontró un día cierta puerta siniestra ante la cual dudó. He aquí igualmente, otra ante nosotros, á cuyos umbrales dudamos también. Entremos sin embargo.

No tenemos gran cosa que añadir á lo que le pasó á Juan Valjean después de la aventura de Gervasillo. Desde aquel momento, como hemos visto, fué ya otro hombre. Lo que el obispo había querido hacer de él, esto fué. No fué aquello una transformación, sino una transfiguración.

Resolvió desaparecer, vendió la plata del obispo, no guardándose más que los candeleros como recuerdo; deslizándose de población en población, atravesó la Francia, llegó á M* sur M*, tuvo la idea que hemos dicho, realizó lo que hemos consignado, logró hacerse inasible é impenetrable; y establecido desde entonces en M* sur M*, satisfecho por sentir su conciencia entristecida por el pasado y la primera mitad de su existencia desmentida por la última, vivió pacífico, sereno y esperanzado,, no teniendo más que dos pensamientos: ocultar su nombre y santificar su vida, escaparse á los hombres y encontrar á Dios.

Estos dos pensamientos, se encontraban tan estrechamente unidos en su espíritu, que no formaban más que uno solo, siendo ambos por igual imperiosos y absorbentes, dominando sus acciones más insignificantes. Ordinariamente estaban de acuerdo para regular la conducta que debía seguir, ambos le llamaban hacia la obscuridad, haciéndole bueno y sencillo y aconsejándole lo mismo. Algunas veces había divergencia entre ellos. En este caso, veíase al hombre que toda la comarca de M* sur M* llamaba el señor Magdalena, no vacilaba un instante en sacrificar la primera idea á la segunda, ó sea, su obscuridad á su virtud. Así, á despecho de toda reserva y de toda prudencia, había conservado los candeleros del obispo, vestido luto, llamado é interrogado á cuantos saboyanos había visto pasar, tomado informes de su familia en Faverolles, y salvado la vida al viejo Fauchelevent, á pesar de las mortificantes insinuaciones de Javert. Parecíale, como hemos indicado ya, pensar, á semejanza de los sabios, santos y justos, que su primer deber no estaba en complacerse á sí mismo.

No obstante, es preciso decirlo, jamás le había pasado nada parecido á lo presente.

Nunca las dos ideas que imperaban en el hombre desgraciado, de cuyos sufrimientos estamos dando cuenta, habían sostenido una lucha tan seria. Comprendíalo él confusamente, pero á fondo, desde las primeras palabras pronunciadas por Javert, al entrar en su gabinete. En cuanto oyó pronunciar aquel nombre que había sepultado entre las sombras, quedó sobrecogido de estupor y como desvanecido por aquel inesperado y siniestro golpe de su destino, y al través de su admiración sintió el estremecimiento que precede á los grandes sacudimientos; doblóse como se dobla la encina al aproximarse el huracán, como el soldado al aproximarse al asalto. Sintiendo venir sobre su cabeza, sombras llenas de rayos y centellas. Al oir á Javert, lo primero que se le ocurrió fué correr á Arras, denunciarse, sacar de la cárcel á Champmathieu y sustituirle; este pensamiento era doloroso y punzante como una incisión en carne viva, pero pasada la primera impresión, se dijo: ¡Veamos! ¡veamos! Reprimió este primer impulso de su generosidad, y retrocedió ante el heroísmo.

Sin duda hubiera sido mejor que después de las santas palabras del obispo, después de tantos años de arrepentimiento y de abnegación, en medio de una penitencia admirablemente comenzada, aquel hombre, en presencia de tan terrible coyuntura, no hubiera dudado un instante y hubiera continuado andando al mismo paso hacia el precipicio abierto ante sus ojos y en cuyo fondo se encontraba el cielo; esto hubiera sido magnífico, tal vez, pero no fué así. Es preciso dar cuenta exacta de todo cuanto se acumulaba en aquella alma, diciendo lo que era y lo que en ella había. La primera victoria fué de momento para el espíritu de conservación; reunió sus ideas; ahogó sus emociones; pensó en la personalidad de Javert; su gran peligro; retardó toda resolución con la firmeza del espanto, aturdióse ante lo que venía obligado á realizar, recobrando luego su calma de igual manera que volvía al gladiador romano á recoger su escudo.

El resto del día siguió en el mismo estado, éste era un torbellino en el interior, la más perfecta calma exteriormente, no hizo otra cosa que tomar lo que podrían llamarse «medias conservadoras». Todo andaba aún confuso y chocándose en su cerebro; era tal su turbación, que no alcanzaba á ver clara la forma de una sola idea, y ni él mismo hubiera podido decir nada de sí mismo, sino que acababa de recibir un gran golpe.

Acercóse, según tenía ya por costumbre, al lecho del dolor de Fantina, prolongando la visita por instinto de bondad, diciéndose que debía obrar así, recomendándola mucho á las hermanas por si llegaba el caso de que tuviese de ausentarse. Presentía vagamente que tendría que ir tal vez á Arras; y sin estar de mucho decidido á hacer el viaje, decíase que estando, como estaba, al abrigo de toda sospecha, no podía haber inconveniente alguno en que fuése testigo de lo que pasase, y alquiló para ello el tílburi de Scaufflaire, al objeto de estar prevenido para lo que pudiere sobrevenir.

Comió con bastante apetito.

Volvió á su cuarto, y se concentró.

Examinó la situación; y la encontró inaudita, en grado tan superlativo, que en medio de sus delirios, por no sé qué impulsión de inexplicable ansiedad, levantóse de su asiento cerrando la puerta con llave. Y temiendo que aún pudiese entrar alguien, echó la aldaba, á fin de parapetarse lo posible.

Un momento después mató la luz. Le estorbaba.

Parecíale que aún podían verle.

¿Quién?

¡Ay! aquello á lo cual cerraba la puerta, había entrado ya; aquélla que él quería cegar, le estaba ya mirando: su conciencia.

Su conciencia, es decir, Dios.

No obstante, en el primer momento se hizo la ilusión de estar solo y seguro; bien cerrada la puerta, se creyó inaccesible; apagada la luz, juzgábase invisible. Entonces tomó él posesión de sí mismo; apoyó los codos sobre la mesa; dejó caer la cabeza entre sus manos, y empezó á meditar entre tinieblas.

¿Dónde estoy? ¿Es cierto que no estoy delirando? ¿Qué es lo que me han dicho? ¿Es verdad que he visto á Javert y que me ha dicho todo aquello? ¿Quién será ese Champmathieu? ¿Es verdad que se me parece? ¿Es esto posible? ¡Cuando pienso que ayer yo estaba tan tranquilo, bien ajeno de dudar de nada! ¿Qué es lo que hacía yo ayer á estas horas? ¿Qué es lo que se encierra en este incidente? ¿Cómo se desenredará? ¿Qué haré?

He aquí su tormento.

Su cerebro había perdido la fuerza necesaria á retener las ideas; éstas pasaban por él como las olas, á pesar de que procuraba detenerlas sujetando su frente con ambas manos.

De aquel tumulto que trastornaba su razón y su voluntad, y entre el cual buscaba una evidencia y una resolución, nada podía arrancar en definitiva más que angustias.

Su cabeza ardía. Acercóse á la ventana, y abrió sus hojas de par en par. No se veía una estrella en el cielo. Volvió á sentarse junto á la mesa.

Así se pasó la hora primera.

Poco á poco, no obstante, algunas líneas vagas empezaron á fijarse y á tomar cuerpo en su imaginación, y pudo entrever entonces con los rasgos de la realidad, no el conjunto de situación, pero sí algunos detalles. Empezaba á reconocer que por extraordinaria y crítica que fuése su situación, era, por completo, dueño de ella.

Su estupor no hizo, con semejante descubrimiento, más que acrecentarse.

Independientemente del objeto severo y religioso que se propusiera en sus acciones, todo lo que había hecho hasta aquel día, no había sido otra cosa que un hoyo para esconder su nombre. Lo que había temido siempre en sus horas de recogimiento en sí mismo, en sus noches de insomnio, era oir pronunciar su nombre; decíase que en este caso habría terminado todo para él; que el día en que su nombre reapareciese, se desvanecería en torno de sí su nueva vida, y, quién sabe si también con ella su nueva alma. Estremecíase á la sola idea de semejante posibilidad. Y si en tales momentos alguien le hubiese dicho que llegaría la hora en que su nombre resonaría en sus oídos, con la odiosa frase «Juan Valjean», saldría súbitamente de entre las sombras irguiéndose ante él, donde aquella luz formidable creada para disipar el misterio en que se envolvía resplandecería instantáneamente sobre su cabeza, y que aquel nombre no le amenazaría ya; que aquella luz no produciría sino más espesas tinieblas; que aquel velo rasgado aumentaría el misterio; que aquel temblor de tierra consolidaría su edificio, y que aquel prodigioso incidente no tendría otro resultado, si él así lo quería, que el hacer más despejada y más impenetrable su existencia, y que de su confrontación con el fantasma de Juan Valjean, el bueno y digno industrial Magdalena resultaría más honrado, más digno y más considerado que nunca;--si alguien le hubiese dicho esto, hubiera meneado la cabeza compadeciéndole y teniendo sus palabras por insensatas. ¡Pues bien! todo ello acababa de realizarse, toda aquella balumba de imposibles era un hecho, y ¡Dios había permitido que aquellas locuras se convirtiesen en realidades!

Su desvanecimiento continuaba despejándose. Íbase, paso á paso, dando cuenta de su verdadera situación.

Parecíale que acababa de despertar de un sueño extravagante, y que se encontraba deslizándose por una pendiente, en plena noche, de pie, temblando, retrocediendo en vano sobre el peligroso borde de un abismo. Divisaba perfectamente entre las sombras á un desconocido, un extraño á quien el destino tomaba por él y le empujaba al precipicio en su lugar. Era indispensable para cerrarse el precipicio, que alguien cayese en su fondo, él ó el otro.

No había sino dejar al tiempo.

Hízose por completo la luz, y conoció entonces:--Que su puesto estaba vacío en el presidio; que por más que hiciese cuanto quisiera, le seguiría aguardando; que el robo de Gervasillo le llamaba allí; que aquel vacío le estaría esperando y atrayendo hasta que fuése de una manera fatal é inevitable.--Además, decíase él:--Que en tal momento había quién le reemplazaba, que parecía ser un tal Champmathieu la víctima de semejante error, y que mientras le representase en presidio la persona de Champmathieu y siguiese en la sociedad bajo el nombre de señor Magdalena, nada tenía que temer si no impedía que los hombres sellaran sobre la cabeza de Champmathieu la piedra de infamia que, como la losa del sepulcro, cae una sola vez para no levantarse jamás.

Era todo esto tan violento y tan extraordinario, que produjo en él una de estas sacudidas indescriptibles que ningún hombre ha experimentado más de dos ó tres veces en toda su vida, especie de convulsión de la conciencia que remueve cuantas dudas encierra el corazón cuyo conjunto está formado por la ironía, el gozo y la desesperación, y que podría llamarse un estallido de risa interior.

Encendió de nuevo y precipitadamente la bujía.

--¿Y bien?--se preguntó--¿de qué me asusto? ¿Á qué pensar en esto? ¡estoy salvado! ¡todo ha concluido! No veía más que una sola puerta entreabierta, por la cual mi pasado pudiese penetrar en mi vida; esta puerta queda ahora tapiada, ¡para siempre jamás! Este Javert que viene acosándome hace tanto tiempo, ese temible instinto que parecía haberme adivinado, y ¡que me había adivinado en realidad! que me seguía á todas partes, este espantoso perro de caza, siempre de parada sobre mí, está ya derrotado, ocupado en otra parte y completamente despistado! ¡Está satisfecho, y ya me dejará tranquilo, puesto que tiene á su Juan Valjean! ¡Quién sabe también, y ello es lo más probable, si querrá alejarse de esta población! ¡Y todo esto se ha hecho sin mí! ¡No he intervenido para nada! ¡Y luego! ¿qué mal hay en ello? ¡Quiénes así me vieran, creerían que soy víctima de una catástrofe! Y, sobre todo, si resulta algún daño para alguien no es á buen seguro por culpa mía. Es la Providencia quien lo ha hecho todo. ¡Es que quiere que así sea indudablemente! ¿Tengo yo el derecho de estorbar lo que ella ordena? ¿Qué es lo que estoy pidiendo? ¿En qué voy á mezclarme? Esto no es de mi incumbencia. ¿Cómo no estoy contento? ¿Qué es lo que me falta entonces? El fin á que espiro hace tantos años, el sueño de mis noches, el objeto de mis oraciones, mi seguridad, ¡yo la espero! Dios lo quiere. Nada debo hacer contra la voluntad de Dios. ¿Y, por qué lo querrá Dios? Para que yo prosiga en lo comenzado, para que haga bien, para que sea yo un poderoso y vivo ejemplo, para que se diga, en fin, que ha habido su parte de ventura unida á esta penitencia que he sufrido, y en esta virtud á la que he vuelto. En verdad que no alcanzo á explicarme porqué he tenido miedo de entrar en casa de este buen cura y de explicárselo todo como á un confesor, pidiéndole consejo, cuando es evidente que me hubiera dicho lo mismo. ¡Estoy decidido á dejar que sigan las cosas su curso natural! ¡Dejemos que obre Dios!

Hablábase así, allá en las profundidades de su conciencia, inclinado hacia lo que pudiéramos llamar su propio abismo. Levantóse de su asiento y se puso á pasear la estancia. Vamos, dijo, no debo pensar más en ello. ¡Ya tengo hecha mi resolución! Pero no sintió, sin embargo, la menor alegría.

Al contrario.

Pretender que el pensamiento no vuelva á una idea, es como pretender que el mar no vuelva á la playa. Para el marinero se llama esto marea; para el culpable se llama remordimiento. Dios agita las almas como el océano.

Á los pocos instantes, por más que hizo, volvió nuevamente á su sombrío diálogo, del cual venía á ser orador y oyente á la vez, diciendo lo que hubiera querido callar, y oyendo lo que no hubiera querido saber; cediendo á aquel misterioso poder que le decía: «¡Piensa!», como había dicho él mismo, hace dos mil años, á otro condenado: «¡Anda!».

Antes de seguir adelante, y para ser plenamente comprendidos, insistimos en una observación muy necesaria.

Es cierto que se habla uno á sí mismo; no existe ningún ser pensador que no lo haya probado. Puede decirse igualmente que el Verbo nunca es más grande ni magnífico que cuando recorre el interior del hombre, desde el pensamiento á la conciencia, y que vuelve luego de la conciencia al pensamiento. En este sentido, solamente debieran entenderse las palabras empleadas frecuentemente en este capítulo, _dijo_, _exclamó_; decíase, hablábase, exclamaba en sí mismo, sin que el silencio exterior se rompiera. Hay grandes tumultos en que todo habla en nosotros menos la boca. Las realidades del alma, no por ser invisibles é impalpables, dejan de ser realidades.

Preguntábase, pues, en dónde estaba. Interrogábase acerca de su «resolución irrevocable». Confesóse á sí mismo que aquello que acababa de ordenar en su espíritu, era monstruoso, que «el dejar correr las cosas á la voluntad de Dios», era simplemente horroroso. Dejar que siguiese adelante aquel error del destino y de los hombres, sin detenerlo, contribuir á él con el silencio, no hacer nada en fin, ¡era hacerlo todo! era el último rebajamiento de la indignidad hipócrita! ¡Era un crimen bajo, cobarde, miserable, abyecto y repugnante!

Por la primera vez, después de ocho años, aquel hombre desventurado acababa de sentir el sabor amargo de un mal pensamiento y de una mala acción.

Y lo arrojó con asco.

Continuó interrogándose.

Y preguntóse severamente qué era lo que había entendido al dar «por conseguido su objeto».

Reconoció que, efectivamente, su vida tenía un objeto. ¿Pero cuál? ¿El de ocultar su nombre? ¿Engañar á la policía? ¿Y era por una cosa tan insignificante, por lo que había hecho cuanto había hecho? ¿No existía acaso otro objeto grande y verdadero? ¿Salvar, no su persona, sino su alma? Ser nuevamente honrado y bueno. ¡Ser un justo! ¿No era esto, por ventura, y esto sólo, lo que él únicamente había querido, lo que el obispo le había recomendado? ¿Cerrar la puerta á su pasado? ¡Pero no la cerraba de aquel modo, gran Dios! ¡no la cerraba! volvía á abrirla, con una acción infame. ¡Volvía á ser ladrón, y el más odioso de los ladrones! ¡robaba á otro su existencia, su vida, su paz, su parte de sol! Se convertía en asesino. ¡Mataba, mataba, moralmente á un miserable; le infería esa muerte espantosa de los vivos, esa muerte á cielo abierto, que se llama presidio!

Por el contrario, entregarse, salvar á aquel hombre víctima de tan funesto error, recobrar su nombre, aparecer otra vez por deber el presidiario Juan Valjean, eso era verdaderamente llevar á cabo su resurrección cerrando para siempre el infierno de que salía. ¡Caer aparentemente en él era en realidad salir de él! Y eso era lo que convenía hacer, y nada habría hecho no haciéndolo así. Toda su vida resultaba inútil, toda su penitencia perdida.

¡Pero qué! ¿Estaba dicho todo? No: sentía que el obispo estaba allí y que estaba tanto más presente cuanto que había muerto, y que le miraba fijamente, y que en lo sucesivo el alcalde Magdalena con todas sus virtudes le sería odioso, y que el presidiario Juan Valjean, sería á sus ojos admirable y puro.

Los hombres verían su máscara, pero el obispo veía su rostro; los hombres podrían ver su vida, pero el obispo veía su conciencia. Era preciso, pues, ir á Arras, libertar al falso Juan Valjean y denunciar al verdadero. ¡Ay! Ése era el mayor de los sacrificios, la más dolorosa de las victorias, el último paso que había que salvar; pero era preciso. ¡Destino cruel! ¡No poder entrar en la santidad á los ojos de Dios sin entrar en la infamia á los ojos de los hombres!

--¡Pues bien!--dijo.--¡Tomemos ese partido, hagamos nuestro deber! ¡Salvemos á ese hombre!

Pronunció estas palabras claramente, sin advertir que hablaba en alta voz.

Tomó sus libros, los comprobó y puso en orden. Arrojó al fuego un legajo de créditos de pequeños comerciantes atrasados.

Escribió una carta y la cerró, en cuyo sobre habría podido leer cualquiera que hubiese estado allí en aquel momento: _Á Monsieur Laffite, banquero, calle de Artois. París._ Sacó de un secreter una cartera que contenía algunos billetes de banco y el pasaporte de que se había servido aquel año para ir á las elecciones.

Quien le hubiera visto realizar todos aquellos actos en medio de tan grave meditación, no habría sospechado nada de lo que pasaba por él. Solamente á intervalos se movían sus labios; otras veces levantaba pausadamente la cabeza y fijaba su ávida mirada en un punto cualquiera de la pared, como si hubiera allí precisamente alguna cosa que quisiera aclarar ó interrogar.

Concluida la carta al banquero Laffite, metiósela en el bolsillo, lo mismo que la cartera, volviendo á pasear la estancia.

Su divagación no había variado. Continuaba viendo claramente su deber escrito en letras luminosas que resplandecían ante sus ojos y giraban con su mirada: _¡Anda! ¡di tu nombre! ¡denúnciate!_

Veía igualmente, y como si se moviesen delante de él con formas sensibles, las dos ideas que hasta entonces habían sido la norma de su vida: ocultar su nombre, santificar su alma. Por primera vez se le aparecían absolutamente distintas, y comprendía la diferencia que las separaba. Reconocía que una de aquellas ideas era necesariamente buena, al paso que la otra podía llegar á ser mala; que aquélla era el sacrificio y ésta era la personalidad; que la una decía: _el prójimo_, y la otra decía: _yo_; que la una venía de la luz y procedía la otra de la noche.

Ambas se combatían. Él presenciaba ese combate. Á medida que él reflexionaba, ellas habían crecido á los ojos del espíritu y tenían ya estaturas colosales; parecíale verlas luchar dentro de sí mismo, dentro de ese infinito de que hablábamos antes, en medio de las tinieblas, diosa la una y gigante la otra.

Estaba lleno de espanto, pero le parecía que la buena salía triunfante.

Sentía que tocaba en el otro extremo decisivo de su conciencia y de su destino; que el obispo había marcado la primera fase de su vida nueva, y que aquel Champmathieu le marcaba la segunda. Después de la gran crisis, la gran prueba.

Entretanto, la fiebre, apaciguada por unos instantes, volvía á invadirle poco á poco. Mil pensamientos le asaltaban, pero fortificándole más en su resolución.

Díjose por un momento:--Que tomaba quizá el asunto con demasiado calor; que después de todo, aquel Champmathieu, no era tan interesante, pues al fin y al cabo, había robado.

Y se respondió: Si este hombre, en efecto, ha robado algunas manzanas, tiene un mes de prisión. Está, pues, muy lejos de presidio. Pero ¿quién sabe si en efecto ha robado? ¿Está probado por ventura? El nombre de Juan Valjean le abruma, y parece eximirle de pruebas. ¿Los procuradores del rey no obran habitualmente así? Le creen ladrón, porque saben que ha sido presidiario.

En otro instante se le ocurrió la idea de que cuando se hubiese denunciado á sí mismo, acaso tendrían en cuenta el heroísmo de su acción y su vida honrada durante siete años, y cuanto había hecho en favor del país, y que le harían gracia.

Pero esta suposición se desvaneció muy pronto, y sonrió amargamente al pensar que el robo de los dos francos á Gervasillo le hacía reincidente; que aquel crimen reaparecería de seguro, y que, según los términos precisos de la ley, incurría en la pena de cadena perpetua.

Prescindiendo de toda ilusión, iba alejándose más y más de la tierra, buscando consuelos y fuerzas en otra parte. Díjose que era indispensable cumplir con su deber; que tal vez no sería tan desgraciado después de haberlo cumplido, como lo sería eludiéndolo; que de _dejar correr los sucesos_, y quedándose en M* sur M*, su consideración, su nombradía, sus buenas obras, la deferencia, la veneración, su caridad, su riqueza, su popularidad y su virtud estarían impregnadas de un crimen, y ¿qué sabor habían de tener aquellas cosas santas unidas á una cosa tan indigna? Mientras que si llevaba á cabo su sacrificio, con el presidio, el potro, la cadena, el gorro verde, el trabajo sin descanso, y la vergüenza sin compasión, se mezclaría siempre una idea celestial.

En fin, díjose que era una necesidad, que su destino así lo exigía, que él no era dueño de desarreglar los arreglos de lo alto; que en todo caso, había que escoger: ó la virtud por fuera y la abominación por dentro, ó la santidad dentro y la infamia fuera.

Al remover tantas ideas lúgubres, no desfallecía su ánimo, pero se fatigaba su cerebro. Y comenzaba á pensar mal de su grado, en otras cosas; cosas indiferentes.

Las arterias de sus sienes latían fuertemente. Continuaba yendo y viniendo arriba y abajo. Dieron luego las doce en el reloj de la parroquia, y después en el del ayuntamiento. Contó las doce campanadas en ambos relojes, y comparó el sonido de las campanas. Recordó con este motivo, que no hacía muchos días había visto en un almacén de hierro viejo, una campana antigua para vender, en la que había grabado este nombre: _Antonio Albin de Romainville_.

Tuvo frío. Encendió un poco de fuego, sin acordarse de cerrar la ventana.

Sin embargo, volvió á caer en su estupor, y fuele preciso hacer un gran esfuerzo para recordar en qué estaba pensando antes de dar las doce. Recordóle por fin.

--¡Ah! Sí,--exclamó;--había tomado la resolución de denunciarme.

Y súbitamente recordó á Fantina.

--¡Es verdad!--exclamó.--¡Y esa pobre mujer!

Aquí se reveló una nueva crisis.

Fantina, aparecióndosele bruscamente en su delirio, fué lo que un rayo de luz inesperado. Parecióle que todo cambiaba de aspecto en torno suyo, y exclamó:

--¡Ah! ¡Sí! ¡Pero hasta ahora yo no he pensado más que en mí! ¡No he atendido más que á mi conveniencia particular! Si me conviene callar ó denunciarme,--ocultar mi persona ó salvar mi alma,--ser un magistrado despreciable y respetado, ó un presidiario infame y venerable,--es decir yo, nadie más que yo, y siempre yo. ¡Pero, Dios mío, todo ello no es más que egoísmo! Puede ser en diferentes formas, pero es siempre egoísmo. ¡Si yo pensase algo en los demás! La primera santidad es pensar en el prójimo. ¡Veamos, examinemos!

Exceptuado yo, borrado yo, olvidado yo, ¿qué sucederá? Si yo me denuncio, me prenden y sueltan á ese Champmathieu, se me vuelve á presidio, ¿y después? ¿Qué va á pasar aquí? ¡Ah! ¡Aquí hay un país, un pueblo, fábricas, una industria, obreros, hombres, mujeres, ancianos, abuelos, niños y desgraciados! Yo he creado todo esto, yo he hecho vivir todo esto; donde hay una chimenea que arroja humo, yo soy quien he puesto el tizón en la lumbre y la carne en el puchero; yo he creado la comodidad, la circulación, el crédito; antes de yo venir, no había nada; yo he despertado, vivificado, animado, fecundado, estimulado, enriquecido toda la comarca; faltando yo, faltaría el alma. Desapareciendo, todo muere.

¡Y esa mujer que ha sufrido tanto, que tantos merecimientos encierra en su caída, cuya desgracia causé yo sin querer! ¡Y esa criatura que quería yo ir á buscar, y que se lo he prometido á la madre! ¿No le debo yo por ventura algo también á esa mujer, en reparación del mal que le he causado? Si yo desaparezco, ¿qué sucederá? Muerta la madre, quedará la niña á la aventura. He aquí lo que sucederá si me denuncio.

¿Y si no me denuncio?

Veamos lo que puede suceder.

Luego de sentada esta cuestión, detúvose, y después de un momento de vacilación temblorosa, que duró muy poco, respondióse con calma:

--Y bien; este hombre va á presidio, es cierto; pero ¡qué diablos! ha robado. Por más que yo pueda imaginarme que no es ladrón, ¡ello es que ha robado! Me quedo aquí decididamente. En diez años habré ganado diez millones; los distribuyo en el país, no me guardo nada; ¿para qué lo quiero? ¡No es por mí por quien hago lo que hago! La prosperidad de todos va creciendo; las industrias se despiertan y emulan; las manufacturas y las industrias se multiplican; las familias, ¡cien familias, mil familias! son felices; la comarca se puebla; nacen poblaciones donde había granjas; nacen granjas donde no había nada; desaparece la miseria, y con la miseria desaparece el libertinaje, la prostitución, el robo, el asesinato, todos los vicios y todos los crímenes. Esa pobre madre cría á su hija; ¡y he aquí toda una comarca rica y honrada! ¡Oh! ¡sí! Yo estaba loco, yo soñaba en un absurdo al tratar de denunciarme. Es preciso reflexionar y no precipitarse. ¡Pues qué! Por habérseme ocurrido el hacer el grande y el generoso... ¡Sensiblerías melodramáticas al fin y al cabo! Porque yo haya pensado en mí sólo para salvar de un castigo, quizá algo exagerado, pero justo en el fondo, no se á quién, á un ladrón, á un pícaro evidentemente, ¡ha de perecer todo un país! ¡ha de morir esa pobre mujer en el hospital! ¡ha de quedar una criaturita abandonada en medio del camino! ¡Como perros! ¡Ah! ¡Esto es abominable! ¡Sin que la madre haya vuelto á ver á su hija, ni la hija haya casi conocido á su madre! ¡Y todo ello por ese pícaro viejo, ladrón de manzanas, que de seguro hubiera merecido ir á presidio por otra cosa, si no por ésa! ¡Lindos escrúpulos que salvan á un culpable y sacrifican á muchos inocentes, que salvan á un viejo vagabundo, que al fin y al cabo apenas tiene algunos años de vida, y que no será más desgraciado en presidio que en su miseria; escrúpulos que sacrifican á toda una población, madres, mujeres, niños! ¡Aquella pobre Cosette que no tiene más que á mí en el mundo, y que sin duda se halla en este momento tiritando de frío en el tabuco de los Thénardier! ¡He ahí otros nuevos canallas!

¡Y yo faltaría á mi deber en perjuicio de todos esos pobres seres! ¡Y yo iría á denunciarme! ¡Á cometer la más solemne tontería! Veámoslo por la parte peor. Supongamos que al obrar así cometo una mala acción, y que mi conciencia me lo reprocha algún día; aceptar en bien de otro, esos reproches que recaen sobre mí únicamente, esa mala acción que sólo á mi alma compromete, ése sí es sacrificio, ésa sí es virtud.

Levantóse y volvió á pasear. Esta vez le parecía estar satisfecho.

Así como los diamantes no se encuentran sino en las tinieblas de la tierra, no se encuentran las verdades sino en las profundidades del pensamiento. Parecíale que después de haber descendido á semejantes profundidades, después de haber andado á tientas por largo tiempo en lo más negro de aquellas tinieblas, acababa por fin de encontrar uno de aquellos diamantes, una de aquellas verdades, la cual tenía en su mano y le estaba deslumbrando al contemplarla.

--Sí, pensó él entonces. Esto es lo cierto. He dado con la verdad, tengo la solución. Hay que decidirse, y ya estoy decidido. ¡Dejemos hacer! No vacilemos, no retrocedamos, que tal es el interés de todos, aunque no el mío. Yo soy Magdalena, y Magdalena sigo siendo. ¡Desgraciado del que sea Juan Valjean! Yo no lo soy. No conozco á ese hombre, ni sé quien sea: y si existe al presente algún Juan Valjean, ¡que se arregle! Á mí no me importa. Es un nombre de fatalidad que flota en la noche; si se para y cae sobre alguna cabeza, ¡tanto peor para ella!

Miróse al espejo colocado encima de la chimenea, y dijo:

--¡Ah! Me alegro de haber tomado una resolución. Ya soy otro.

Dió todavía algunos pasos y parándose de repente dijo:

--¡Vamos! No debo vacilar ante ninguna de las consecuencias de la resolución tomada. Aún hay algunos hilos que me atan á ese Juan Valjean. Es preciso romperlos. En ese mismo cuarto hay objetos que me acusarían, testigos mudos; es preciso que desaparezcan.

Metió la mano en la faltriquera, sacó un bolsillo, le abrió, y tomó de él una llavecita.

Introdujo esta llave en una cerradura, cuyo agujero se veía apenas, disimulado entre los dibujos más oscuros del papel qué tapizaba las paredes. Abrióse un escondrijo, una especie de armarito practicado entre el ángulo de la pared y la cubierta de la chimenea. No había en aquel escondrijo más que harapos: una blusa de tela azul, un pantalón viejo, un morral viejo, y un garrote de espino con doble contera en sus extremos.

Los que hubiesen visto á Juan Valjean en la época en que pasó por D***, octubre de 1815, habrían conocido fácilmente todas las piezas de aquel miserable arreo.

Habíalas conservado él, como había conservado los candeleros de plata, para recordar siempre su punto de partida; solamente que ocultaba lo que procedía del presidio, y dejaba á la vista los candeleros que venían del obispo.

Dirigió una mirada furtiva á la puerta; como temeroso de que se abriera á pesar del cerrojo que la guardaba, y luego, con un movimiento rápido y brusco, de una sola brazada, sin dar siquiera una mirada á aquellos objetos por tantos años tan religiosa y peligrosamente guardados, lo cogió todo, andrajos, palo y morral, arrojándolo al fuego.

Volvió á cerrar el escondrijo, y redoblando sus precauciones, inútiles ya, puesto que estaba vacío, ocultó la puerta con un mueble, que colocó delante.

Después de algunos segundos, el aposento y la pared de enfrente se iluminaron con un gran resplandor rojizo y tembloroso. Todo ardía, el garrote chisporroteaba y despedía centellas hasta en medio del cuarto.

Al consumirse el morral con los inmundos harapos que contenía, había quedado al descubierto una cosa que brillaba entre la ceniza. Acercándose á ver, fácilmente se habría distinguido que era una moneda de plata; sin duda la pieza de cuarenta sueldos robada al niño saboyano.

Pero él no miraba al fuego, y continuaba yendo y viniendo al mismo paso.

De repente, fijáronse sus ojos en los dos candeleros de plata, que con el reflejo de la llama brillaban vagamente sobre la chimenea.

--¡Ah!--exclamó.--Todo el Juan Valjean está aquí todavía. Es preciso destruir eso aún.

Y cogió ambos candeleros.

Había aún bastante lumbre para desfigurarlos fácilmente y hacer una especie de lingote sin forma.

Inclinóse un poco sobre el hogar y se calentó un instante; esto le produjo un verdadero consuelo. ¡Ah! ¡Qué calor tan agradable! dijo.

Removió las brasas con uno de los candeleros.

Un minuto más, y estaban ya en el fuego.

En aquel instante le pareció oir una voz que gritaba en su interior: ¡Juan Valjean! ¡Juan Valjean!

Erizáronse sus cabellos, y se quedó como un hombre que escucha algo terrible.

--¡Sí, eso es, acaba! decía la voz. ¡Completa tu obra! ¡Destruye esos candeleros! ¡Aniquila ese recuerdo! ¡Olvida al obispo! ¡Olvídalo todo! Pierde á Champmathieu. ¡Está bien! ¡Alégrate! «¡Conque es cosa convenida; está resuelto! ¡No hay más que decir! ¡ahí queda un hombre, un anciano que no sabe lo que se le quiere, que nada ha hecho, un inocente, tal vez, cuya desgracia es tu nombre, tu nombre que pesa sobre él como un crimen, que va á ser confundido contigo, que va á ser condenado, que va á concluir sus días en la abyección y el horror! ¡está bien! Y tú, hombre honrado. Sigue siendo el señor alcalde, honorable y venerado, enriquece á la población, alimenta á los necesitados, educa á los huérfanos, vive feliz, virtuoso y admirado, y durante todo ese tiempo, mientras tú estés aquí en la alegría y en la luz, habrá otro que lleve tu chaqueta roja, que lleve tu nombre ignominioso y que arrastre tu cadena en presidio. ¡Sí, todo estará así muy bien! ¡Oh! ¡Miserable!

El sudor inundaba su frente. Fijaba sobre los candeleros una mirada huraña. Sin embargo, lo que hablaba en él no había aún terminado. La voz continuó:

--¡Juan Valjean! Habrá en derredor tuyo muchas voces que harán gran ruido, que hablarán muy alto, y que te bendecirán y una sola que nadie oirá, y que te maldecirá en las tinieblas. ¡Pues bien! ¡Oye, infame! ¡Todas aquellas bendiciones caerán antes de llegar al cielo, y únicamente la maldición será la que suba hasta Dios!

Aquella voz, débil al principio, y que se había elevado desde lo más oscuro de su conciencia, había llegado á ser gradualmente ruidosa y formidable, y él la oía entonces perfectamente junto á sí. Parecíale que había salido de él, y que á la sazón le estaba hablando desde fuera.

Creyó entender las últimas palabras tan claramente, que miró dentro del cuarto con cierto terror.

--¿Hay aquí alguien?--preguntó en voz alta y todo azorado.

Después añadió con una risa que parecía la de un idiota:

--¡Qué torpe soy! ¡Si no puede haber nadie!

Alguien había en efecto; pero el que allí estaba no era de los que pueda ver el ojo humano.

Dejó los candeleros sobre la chimenea.

Y volvió á su paseo monótono y lúgubre que, al par que turbaba su sueño, despertaba sobresaltado al hombre dormido en el aposento inferior.

Aquel andar le aliviaba y aturdía al mismo tiempo. Á veces parece que en las ocasiones supremas se mueve uno para pedir consejo á todo lo que pueda encontrarse variando de lugar. Al cabo de algunos instantes no sabía dónde se encontraba.

Retrocedía á un tiempo con igual espanto ante las dos resoluciones que había tomado alternativamente. Las dos ideas que le aconsejaban parecíanle tan funestas la una como la otra.

¡Qué fatalidad! ¡qué encuentro el de aquel Champmathieu confundido con él! ¡Verse precipitado justamente por el medio que parecía haber escogido la Providencia para tranquilizarle!

Hubo un momento en que pensó en el porvenir. ¡Denunciarse, gran Dios! ¡Entregarse! Comparó con inmensa desesperación todo lo que sería menester abandonar, y todo lo que sería menester volver á tomar. Era preciso dar un adiós á aquella existencia tan buena, tan pura, tan radiante, de aquel respeto de todos, de la honra, de la libertad! ¡Ya no iría más á pasear el campo, ya no oiría más el canto de los pájaros en el mes de mayo, ya no daría limosna á los pequeñuelos! ¡Ya no sentiría la dulzura de las miradas de agradecimiento y cariño fijas en él! ¡Dejaría aquella casa edificada por él, aquel pequeño cuarto que habitaba! Todo se le presentaba bello en aquel momento.

¡Ya no leería más en aquellos libros, ya no escribiría más en aquella mesita de madera blanca! Su anciana portera, la única sirviente que tenía, ¡ya no le subiría el café por las mañanas! ¡Gran Dios! En vez de todo eso, el presidio, la argolla, la chaqueta roja, la cadena al pie, la fatiga, el calabozo, el cepo, todos aquellos horrores conocidos! ¡Á su edad, después de haber sido lo que era! ¡Si hubiese sido joven! ¡Pero viejo, y ser tuteado por el primer venido, ser registrado por el guardachusma, ser apaleado por el cabo de vara! ¡Llevar los pies desnudos en zapatos herrados! ¡Tender y someter su pierna mañana y tarde al martillo de la ronda que examina los grilletes. ¡Sufrir la curiosidad de los extraños á quienes se diría: _Ése es el famoso Juan Valjean, que ha sido alcalde en M* sur M*_! ¡Y por la noche, sudoroso y abrumado por el cansancio, con el gorro verde sobre los ojos subir de dos en dos, bajo el látigo del capataz, la escala del pontón flotante! ¡Oh! ¡Qué miseria! ¿Puede pues el destino ser malo como un ser inteligente y volverse monstruoso como el corazón humano?

Y por más que hacía, volvía siempre á caer en el doloroso dilema que constituía el fondo de su delirio: ¡Permanecer en el paraíso, y convertirse en demonio! ¡Entrar de nuevo en el infierno, y trocarse en ángel!

¡Qué hacer, gran Dios! ¡Qué hacer!

La tormenta de que creía haberse librado con tanto trabajo, volvía á desencadenarse en él. Sus ideas comenzaron otra vez á mezclarse, tomando cierto carácter estúpido y maquinal propio de la desesperación. El nombre de Romainville se le presentaba sin cesar á la imaginación junto con dos versos de una canción que había oído en otro tiempo. Recordaba que Romainville era un bosquecillo junto á París, á donde van los jóvenes enamorados á coger lilas en abril.

Vacilaba exterior como interiormente, caminando con la vacilación del niño que comienza á andar solo.

Había momentos en que, luchando contra su cansancio, esforzábase para alcanzar su inteligencia. Trataba de plantear por última vez y definitivamente, el problema ante el cual había caído en cierto modo rendido de fatiga. ¿Debía denunciarse? ¿debía callar? No conseguía sacar nada en limpio. Los vagos contornos de todas las razones dibujadas por su delirio temblaban y se disipaban unos después de otros como el humo. Sentía únicamente que cualquiera que fuése el partido que tomara, por necesidad, y sin poderlo remediar, encerraba algo que debía morir dentro de él, que entraba en un sepulcro, así fuése por la derecha, como por la izquierda; siempre era indispensable una agonía, la agonía de su felicidad, ó la agonía de su virtud.

¡Ay! Todas aquellas irresoluciones habían vuelto á apoderarse de él. No había adelantado nada desde el principio.

Así venía luchando en medio de la mayor angustia aquella alma desgraciada. Mil ochocientos años antes también, el ser misterioso en quien se resumen todas las santidades y todos los sufrimientos de la humanidad, mientras los olivos se agitaban impulsados por el viento cruel del infinito, rechazó con la mano un buen espacio el espantoso cáliz que se le aparecía derramando sombras y esparciendo tinieblas por entre las profundidades llenas de estrellas.

IV =Formas que toma el sufrimiento durante el sueño=

Las tres de la madrugada acababan de dar, y hacía ya cinco horas que paseaba por su cuarto casi sin interrupción, cuando se dejó caer en una silla.

Y así durmió y soñó.

Aquel sueño, como la mayor parte de los sueños, no se relacionaba con la situación, sino por algo inexplicable, funesto y doloroso, que le produjo grande impresión. Aquella pesadilla le hirió tan vivamente, que la escribió después. Éste es uno de los papeles que dejó escritos de su puño, y que creemos deber transcribir textualmente.

Fuése lo que fuere aquel sueño, quedaría incompleta la historia de aquella noche, si lo omitiésemos. Es la aventura sombría de un alma enferma.

Hele aquí. En el sobre había escrito este renglón: _El sueño que tuve aquella noche_.

«Estaba en el campo, en un gran campo triste, escueto, sin hierba. No me parecía que fuése ni de día, ni de noche.

«Paseábame con mi hermano, el hermano de mi infancia, en el cual, debo decir, que no pienso nunca, y á quien casi no recuerdo ya.

«Hablábamos y encontrábamos transeuntes; nos referíamos á una vecina que tuvimos en otro tiempo, la cual, cuando se mudó á una habitación que daba á la calle, trabajaba siempre con la ventana abierta. Y sentíamos frío á causa de estar abierta aquella ventana.

«No había árboles en el campo.

«Vimos un hombre pasar junto á nosotros. Era un hombre desnudo, de color de ceniza, montado en un caballo color de tierra. El hombre no tenía cabellos; veíasele el cráneo y las venas sobre el cráneo. Llevaba en la mano una varita flexible como un sarmiento y pesada como el hierro. Pasó el jinete sin decirnos nada.

«Mi hermano me dijo:

«--Tomemos el camino hondo.

«Había efectivamente un camino hondo, donde no se veía un matorral ni una brizna de hierba. Todo era de color de tierra, incluso el cielo. Andados algunos pasos, advertí que no me respondían cuando hablaba. Volví la cabeza, y vi que mi hermano no estaba ya á mi lado.

«Entré en un pueblecillo que encontré al paso. Supuse que era Romainville (¿por qué Romainville?)[5].

«La primera calle por donde entré estaba desierta. Entré luego en otra. Detrás del ángulo que formaban las dos calles, había un hombre de pie, junto á la pared. Díjele á este hombre:--¿Qué país es éste? ¿Dónde estoy? El hombre no respondió.

«Vi la puerta de una casa abierta y entré.

«La primera habitación estaba desierta. Entré en la segunda. Detrás de la puerta de la estancia había un hombre de pie junto á la pared. Pregunté á este hombre:--¿De quién es esta casa? ¿Dónde estoy? El hombre no respondió tampoco.

«La casa tenía un jardín. Salí de la casa y entré en el jardín. El jardín estaba desierto. Detrás del primer árbol vi á un hombre de pie. Díjele á este hombre:--¿Qué jardín es éste? ¿Dónde estoy?

«El hombre tampoco respondió.

«Vagué por la población, advertí que era una ciudad. Todas las calles estaban desiertas, todas las puertas abiertas. No pasaba un ser viviente por sus calles, ni se encontraba en sus moradas, ni paseaba sus jardines. Pero había detrás de cada esquina, detrás de cada puerta, detrás de cada árbol, un hombre en pie que estaba en silencio. Y no se veía nunca más que uno solo. Aquellos hombres me miraban pasar.

«Salí del pueblo y eché á andar por el campo.

«Poco después, volví la cabeza, y vi una multitud que venía siguiéndome. Reconocí á todos los que había visto en el pueblo. Tenían cabezas extrañas. Parecían no andar aprisa, y sin embargo caminaban más que yo. No hacían ruido alguno al andar. En un instante aquella multitud me alcanzó y rodeó. Los rostros de aquellos hombres eran de color de tierra.

«Entonces el primero, á quien yo había visto é interrogado al entrar en el pueblo, me preguntó:--¿Á dónde vais? ¿No sabéis por ventura que hace ya mucho tiempo que estáis muerto?

«Abrí la boca para responder, y advertí que no había ya nadie junto á mí».

Despertóse. Estaba helado.

Un viento, frío como viento de la mañana, hacía girar en sus goznes las hojas de la venta abierta.

El fuego se había extinguido. La bujía tocaba á su fin. La noche era obscura todavía.

Levantóse y asomó á la ventana. No se veían estrellas en el cielo.

Desde la ventana descubríase el patio de la casa y la calle. Un ruido seco y duro, que resonó de pronto sobre el suelo, le hizo bajar los ojos.

Vió debajo de él dos estrellas rojas, cuyos rayos se prolongaban y recogían caprichosamente en la sombra.

Como su pensamiento estaba medio sumergido todavía en la bruma de los sueños, exclamó:

--¡Calle!--y pensó.--¡No las hay en el cielo, pero sí en la tierra!

Disipóse, sin embargo, aquella turbación; un ruido semejante al primero acabó de despertarle; miró, y conoció que aquellas dos estrellas eran los faroles de un coche. Por la claridad que estos faroles despedían, pudo distinguir la forma del carruaje. Era un tílburi con un caballo blanco. El ruido que acababa de oir eran las patadas del caballo sobre el suelo.

--¿Qué carruaje es ése?--se preguntó.--¿Quién puede venir tan de mañana?

En aquel momento llamaron por lo bajo á la puerta de su cuarto.

Tembló de pies á cabeza, y exclamó en voz terrible:

--¿Quién llama?

Alguien dijo:

--Yo, señor alcalde.

Reconoció la voz de la vieja portera.

--¡Y bien! ¿Qué ocurre?

--Señor alcalde, van á dar las cinco.

--¿Y qué me importa?

--Señor alcalde, está ahí el cabriolé.

--¿Qué cabriolé?

--El tílburi.

--¿Qué tílburi?

--¿No ha encargado el señor alcalde un tílburi?

--No,--dijo él.

--El cochero dice que es para el señor alcalde.

--¿Qué cochero?

--El cochero de maese Scaufflaire.

--¿Maese Scaufflaire?

Este nombre le hizo estremecer, como si un relámpago hubiera cruzado ante sus ojos.

--¡Ah! sí,--repuso.--¡Maese Scaufflaire!

Si la vieja le hubiese podido ver en aquel instante, hubiera quedado espantada.

Siguió un prolongado silencio. Examinaba con aire estúpido la llama de la bujía, entreteniéndose en coger la cera hirviente alrededor del pábilo, arrollándola con sus dedos. La vieja esperó. Después, aventurándose á levantar aún la voz:

--Señor alcalde, ¿qué debo contestar?

--Que está bien; que bajo.

V =Los rayos de las ruedas=

El servicio de postas de Arras á M* sur M* se hacía todavía en aquella época en pequeñas malas del tiempo del imperio. Estas malas eran unos cabriolés de dos ruedas, forrados de cuero leonado por dentro, suspendidos por muelles, sin más que dos asientos, uno para el conductor y otro para un viajero. Las ruedas estaban armadas de esos prolongados cubos ofensivos que obligan á los demás carruajes á mantenerse á distancia, y de los que se ven todavía algunos en los caminos de Alemania. La mala de la correspondencia, inmensa caja oblonga, estaba colocada detrás del cabriolé, formando parte de él. Este cajón estaba pintado de negro y el resto del carruaje de amarillo.

Dichos carruajes, á los que en nada se parecen los de hoy en día, presentaban cierto aspecto deforme y jorobado, de manera que cuando se los veía pasar á lo lejos, y como arrastrándose por alguna carretera en el horizonte, podían compararse á esos insectos, que creemos se llaman «termitas», que con un cuerpo muy pequeño arrastran un gran bulto. Caminaban no obstante, con gran velocidad.

La mala, que salía de Arras todas las noches á la una, después de pasar el correo de París, llegaba á M* sur M* poco antes de las cinco de la madrugada.

Aquella noche la mala que bajaba á M* sur M* por la carretera de Hesdin, golpea, al doblar una calle, en el momento en que entraba en la población, un tílburi pequeño tirado por un caballo blanco, que venía en sentido inverso, en el cual sólo iba una persona, un hombre envuelto en su capote. La rueda del tílburi recibió un golpe bastante fuerte. El conductor gritó á aquel hombre que se parara; pero el viajero no le hizo caso, y continuó su camino al trote largo.

--He aquí un hombre endiabladamente apresurado,--dijo el conductor.

El hombre que así corría era el mismo á quien acabamos de ver luchar interiormente entre convulsiones dignas de lástima.

¿Á dónde iba? No hubiera podido decirlo.

¿Por qué se daba tanta prisa? No lo sabía. Caminaba el azar delante de él. ¿Á dónde? Á Arras sin duda; pero quizá iba también á otra parte. Iba conociéndolo por momentos, y se estremecía. Engolfábase en aquella noche como un remolino de tinieblas. Un algo le empujaba, otro algo le atraía.

Lo que por él pasaba nadie hubiera podido decirlo, pero todo el mundo puede comprenderlo. ¿Qué hombre no ha entrada alguna vez en su vida en la obscura caverna de lo desconocido?

Por lo demás, no había él resuelto nada, nada decidido, nada determinado, nada hecho. Ninguno de los actos de su conciencia había sido definitivo. Se hallaba, más que nunca, como en el primer momento.

¿Por qué, pues, iba á Arras?

Repetíase lo que ya se había dicho al tomar el cabriolé de Scaufflaire:--que cualquiera que debiese ser el resultado, no había de haber inconveniente en ver con sus ojos, en juzgar por sí mismo;--que era ello prudente, pues le convenía saber lo que pasare.--Que no podía decidirse, sin haber observado y escudriñado;--que de lejos todos los objetos se nos hacen montañas, y por último, que después de haber visto al tal Champmatieu, quien sería indudablemente algún miserable, su conciencia quedaría probablemente muy tranquila dejándole ir á presidio en lugar suyo;--que en verdad, allí estarían Javert y los antiguos presidiarios, Brevet, Chenildieu y Cochepaille que le habían conocido, pero de seguro ya no le reconocerían. Que Javert estaba ya fuera de toda sospecha.

Que las conjeturas y las suposiciones se fijaban solamente en aquel Champmatieu, y no hay nada más tenaz que las suposiciones y las conjeturas;--y que no había, por lo tanto, peligro alguno.

Que sin duda era aquél un momento tenebroso, pero que saldría de él; que, después de todo era dueño de su destino, por malo que fuése.

Y que, como dueño, podía disponer de él á su antojo.

Aferrábase á este pensamiento.

Pero en el fondo si hemos de ser sinceros, hubiera preferido no ir á Arras.

Y sin embargo, iba.

Así pensando, arreaba al caballo que corría con ese trote regular y sentado que hace dos leguas y media por hora.

Á medida que el cabriolé avanzaba, sentía en su interior algo que retrocedía.

Al rayar el día estaba en campo raso; la población de M* sur M* se hallaba á larga distancia detrás de él. Miró blanquear el horizonte; miró sin ver, cómo pasaban delante de sus ojos todas las frías figuras de una aurora de invierno.

El alba tiene sus espectros como el crepúsculo, mas él no los veía; pero sin saberlo, y como por una especie de penetración casi física, las negras siluetas de árboles y colinas acrecentaban el estado violento de su alma con algo aún más negro y más siniestro.

Cada vez que pasaba por delante de alguna de aquellas casas aisladas que á veces se encuentran junto al camino, se decía:--¡Y aquí hay gentes que duermen!

El trote del caballo, los cascabeles del arnés, las ruedas sobre la carretera, producían un ruido suave y monótono. Esas cosas resultan agradables cuando uno está alegre, y lúgubres cuando triste.

Era muy entrada la mañana cuando llegó á Hesdin. Paróse delante de un mesón, para dejar rehacer el caballo y darle pienso.

El caballo era, como había dicho Scaufflaire, de esa raza pequeña del Bolonesado, de gran cabeza, gran vientre y poco cuello, pero de pecho abierto, ancha grupa, piernas descarnadas y finas, y pie seguro; raza fea, pero robusta y sana. El excelente bruto había andado cinco leguas en dos horas, y no tenía encima una sola gota de sudor.

Él no había bajado del tílburi. El mozo de cuadra, que traía la avena, se bajó de repente y examinó la rueda izquierda.

--¿Vais así muy lejos?--preguntó el hombre.

Él contestó sin salir de sus meditaciones.

--¿Por qué?

--¿Venís de lejos?--repuso el mozo.

--De cinco leguas de aquí.

--¡Ah!

--¿Por qué decís: ah?

El mozo se inclinó de nuevo, permaneció un instante silencioso, fijándose en la rueda, y después se enderezó, diciendo:

--Es que veo una rueda que puede haber hecho cinco leguas, no lo dudo; pero que de seguro no va hacer ahora un cuarto de legua más.

El viajero saltó del tílburi.

--¿Qué estáis diciendo, amigo?

--Estoy diciendo que es un milagro que hayáis hecho cinco leguas sin ir rodando vos y vuestro caballo en cualquier precipicio del camino real. Mirad.

La rueda, en efecto, estaba muy estropeada. El choque de la silla-correo había roto dos de sus rayos y destrozado el cubo, cuya matriz había saltado de su centro.

--Amigo,--dijo al mozo,--¿hay algún carretero por aquí?

--Sin duda, señor.

--Hacedme el favor de ir por él.

--Está aquí á dos pasos... ¡Eh! ¡maese Bourgaillard!

Maese Bourgaillard, el carretero, estaba en el umbral de su puerta. Se acercó á examinar la rueda, é hizo el gesto de un cirujano que cree rota una pierna.

--¿Podéis componer esta rueda inmediatamente?

--Sí señor.

--¿Cuándo podré seguir mi camino?

--Mañana.

--¡Mañana!

--Hay un jornal largo de trabajo. ¿Tenéis mucha prisa?

--Mucho. Es preciso que vuelva á partir dentro de una hora á lo más.

--Imposible, señor.

--Pagaré lo que se quiera.

--Imposible.

--¡Pues bien! Dentro de dos horas.

--Hoy es imposible. Es preciso hacer nuevos los dos rayos y el cubo. No podéis salir antes de mañana.

--El caso es que no puedo esperar á mañana. ¿Si en vez de componer esa rueda se reemplazase con otra?...

--¿Cómo?

--¿No sois carretero?

--¡Sin duda!

--¿Y no tenéis una rueda que venderme? Así podría partir enseguida.

--¿Una rueda suelta?

--Sí.

--No tengo ninguna á propósito para esta clase de cabriolé. Dos ruedas constituyen un par, y dos ruedas no se juntan siempre á la ventura.

--En ese caso, vendedme un par de ruedas.

--Es que no todas las ruedas se ajustan á todos los ejes.

--Probadlo.

--Es por demás. No tengo para vender más que ruedas de carro. Es éste un país tan pobre.

--¿Tenéis un cabriolé para alquilarme?

El maestro carretero, al primer golpe de vista había conocido que era el tílburi carruaje de alquiler. Y se encogió de hombros.

--¡Cuidáis bien de los carruajes que se os alquilan! si tuviera yo alguno no sería quien os lo alquilase.

--Pero ¿me lo venderíais?

--No lo tengo.

--¡Cómo! ¿Ni un carrito ligero? Ya veis que no es difícil contentarme.

--Es éste un pobrísimo país. Tengo ahí,--añadió el carretero,--una carretela antigua que es de un señor de la ciudad que me la dió á guardar, y que se sirve de ella todos los seis y treinta de cada mes. Ya os la alquilaría, pues no me cuesta nada, pero sería preciso evitar que la viera su dueño; y luego que es, como os he dicho, una carretela, y se necesitan dos caballos para tirar de ella.

--Tomaré dos caballos de posta.

--¿Á dónde vais?

--Á Arras.

--¿Y el señor quiere llegar hoy?

--Precisamente.

--¿Con caballos de posta?

--¿Por qué no?

--¿Os es igual llegar esta noche á las cuatro de la madrugada?

--No, ciertamente.

--Es que, vea usted, hay algo que debe decirse, para encontrar caballos de posta... ¿Traéis pasaporte?

--Sí.

--Pues bien, tomando caballos de posta no llegaréis á Arras antes de mañana. Éste es un camino transversal. Los relevos se sirven mal, los caballos están en los campos. Nos encontramos, además, en época de labranza; se necesitan muchas yuntas, y se toman cuantos caballos se encuentran, así los de posta como los otros. Tendréis que esperar, á lo menos, tres ó cuatro horas en cada relevo. Y luego, no podréis andar sino al paso. Hay que subir tantas cuestas.

--Entonces iré á caballo. Desenganchad el cabriolé. ¿Se encontrará una silla en el pueblo?

--Sin duda, pero ¿sufre la silla este caballo?

--Es verdad, vos me recordáis que no la sufre.

--Entonces...

--¿Pero se encontrará fácilmente en la población, un caballo de alquiler?

--¡Un caballo para ir á Arras de una tirada!

--Sí.

--Es preciso un caballo como no se encuentran por aquí. Tendríais que comprarlo, porque no siendo conocido. Pero ¡Ca! ¡ni vendido ni alquilado, por quinientos ni por mil francos lo encontraréis!

--¿Qué hacer, entonces?

--Lo mejor que podéis hacer, y os lo digo á fe de hombre honrado, es que yo recomponga la rueda, y que dejéis el viaje para mañana.

--Mañana sería tarde.

--¡Diantre!

--¿No pasa por aquí el correo de Arras?

--¿Á qué hora?

--Por la noche. Los dos hacen el servicio de noche, así el que sube como el que baja.

--¿Y es indispensable emplear todo un día para componer esta rueda?

--Un día largo; como os he dicho.

--¿Y poniéndose á trabajar dos oficiales?

--¡Aún que se pusieran diez!

--¿Si atáramos los rayos con cuerdas?

--Los rayos sí, pero no el cubo. La llanta está echada á perder.

--¿No hay quien alquile coches en el pueblo?

--No.

--¿Hay otro carretero?

El mozo de cuadra y el maestro carretero contestaron á un tiempo moviendo la cabeza:

--No.

El viajero se alegró inmensamente.

Era que la Providencia le detenía, al parecer, en su camino. Ella había roto la rueda del tílburi. Sin embargo, no queriendo rendirse al primer aviso, acababa de hacer todos los esfuerzos posibles para continuar el viaje; había, leal y escrupulosamente, puesto cuantos medios tenía á su alcance; no había retrocedido ante los elementos, ante la fatiga ni los dispendios; nada tenía que reprocharse. Si no adelantaba más, no era culpa suya. No era suya la falta de su detención; era un hecho providencial.

Respiró. Respiró libremente á todo pulmón por vez primera, después de la visita de Javert. Parecíale que la mano de hierro que le oprimía el corazón hacía veinte horas, acababa de dejarle en libertad.

Y pareciéndole que Dios le protegía á sazón, díjose á sí mismo:

Que habiendo hecho cuanto había podido, no tenía más sino volver tranquilamente sobre sus pasos.

Si su conversación con el carretero hubiese tenido lugar en una de las habitaciones de la posada, si no hubiese habido testigos, si nadie la hubiese oído, todo habría tal vez terminado allí y es muy probable que no hubiéramos narrado ninguno de los acontecimientos que se van á leer; pero la conversación fué tenida en la calle. Todo coloquio en la calle produce inevitablemente un corro. Hay siempre gentes dispuestas á hacer de espectadores. Durante su conversación con el carretero, se habían detenido varios transeuntes alrededor de ellos. Después de haber estado escuchando algunos minutos, un muchacho, en el cual nadie se había fijado, se separó del grupo echando á correr.

En el momento en que el viajero, después de la deliberación interior que hemos indicado, tomaba la resolución de retroceder, volvió el muchacho. Venía acompañado de una vieja.

--Señor,--dijo la vieja,--me ha dicho el chico que queréis alquilar un cabriolé.

Estas simples palabras, pronunciadas por una vieja acompañada de un muchacho, le hicieron trasudar. Creyó ver en las sombras la mano que le había soltado, dispuesta á cogerle de nuevo.

Y díjole á la vieja:

--Sí, buena mujer, necesito alquilar un cabriolé.

Apresurándose á añadir:

--¿Pero no hay ninguno en este pueblo?

--Sí lo hay,--dijo la vieja.

--¿Dónde está?--repuso el carretero.

--En mi casa,--replicó la vieja.

Estaba temblando. La mano fatal le acababa de asir nuevamente.

La vieja tenía, en efecto, bajo un cobertizo, una especie de calesín cubierto de mimbre. El carretero y el mozo de la posada, temiendo que se les escapara el viajero, intervinieron.

--Es un mal carro;--Apoyado sobre el eje;--Es cierto que los asientos están suspendidos por correas;--Lloverá dentro de él como bajo una criba;--Las ruedas tomadas y enmohecidas por la humedad;--No iréis con él mucho más allá de lo que iríais con el tílburi;--¡Es una carreta!--¡Pues no se divertiría poco este señor, embarcándose en él!--etc., etc.

Todo aquello podía ser verdad, pero aquel carro, aquel calesín, aquella carreta, ó lo que fuése, tenía dos ruedas con que poder ir á Arras.

Pagó lo que quisieron, dejó el tílburi para que el carretero se lo tuviese arreglado á su vuelta, hizo enganchar el caballo blanco al calesín, y subiendo en él, emprendió nuevamente la ruta que venía siguiendo desde por la mañana.

En cuanto se puso en movimiento el calesín, confesóse que había sentido cierta alegría al pensar que no iría más allá. Examinó entonces aquella alegría con cierta cólera, y la encontró absurda. ¿Por qué había de alegrarse de retroceder? Puesto que, después de todo, hacía el viaje libremente. Nadie le obligaba á ello.

Y seguramente, nada había de acontecerle que él no quisiera.

Cuando salía ya de Hesdin, oyó una voz que le gritaba: «¡Deteneos! ¡deteneos!». Detuvo efectivamente el calesín, con un movimiento vivo y rápido en el que había aún algo de febril y convulsivo, parecido á la esperanza.

Era el chico de la vieja.

--Señor,--le dijo,--yo soy quien os ha proporcionado el calesín.

--¿Y qué?

--Que nada me habéis dado.

Él, que daba á todo el mundo fácilmente, encontró aquella pretensión exorbitante y odiosa.

--¡Ah! ¿eres tú perillán? díjole, ¡pues no hay de qué!

Y arreando el caballo, partió al trote largo.

Había perdido demasiado tiempo en Hesdin y quería ganarlo. El caballito era valiente y tiraba por dos; pero corría el mes de febrero, había llovido, y estaban los caminos perdidos. Además, aquello no era el tílburi. El calesín era más duro y pesado, y había muchas pendientes que subir.

Necesitó cerca de cuatro horas para ir de Hesdin á Saint-Pol. Cuatro horas para cinco leguas.

En Saint-Pol desenganchó en la primera posada que encontró, é hizo conducir el caballo á la cuadra. Como se lo había prometido á Scaufflaire, se estuvo junto al pesebre mientras comió el caballo. Pensando en mil cosas tristes y confusas.

La posadera entró en la cuadra.

--¿No quiere el señor almorzar?--preguntó.

--¡Y es verdad!--exclamó él;--tengo buen apetito.

Siguió á aquella mujer de figura agradable y airosa, que lo condujo á una sala baja en la que había varias mesas cubiertas de tela encerada en lugar de manteles.

--Despachad pronto,--dijo él;--es preciso que emprenda nuevamente la marcha; llevo mucha prisa.

Una gruesa muchacha flamenca le puso enseguida cubierto. Admiró en la joven la verdadera expresión del bienestar.

--Esto es lo que yo sentía,--pensó;--no haber almorzado.

Sirviósele, cogió el pan, tomó un bocado, volviendo luego á dejarlo sobre la mesa sin volverlo á tocar.

Un carretero estaba comiendo en otra mesa. Díjole nuestro viajero á este hombre:

--¿Por qué es tan amargo este pan?

El carretero, que era alemán, no entendió lo que se le decía.

El viajero se volvió á la cuadra con su caballo.

Una hora después había salido de Saint-Pol dirigiéndose á Tinques, que dista sólo cinco leguas de Arras.

¿Qué hacía él durante el trayecto? ¿En qué pensaba? Al igual, que la mañana, miraba pasar los árboles, los techos de las cabañas, los campos cultivados, y los cambios del paisaje, que variaba á cada curva del camino.

Es ésta una contemplación que satisface el alma muchas veces, disponiéndola á meditar. Ver mil objetos por primera y última vez, ¿puede haber algo más meláncolico y profundo? Viajar, es nacer y morir á cada instante. Tal vez en la región más vaga de su espíritu, hacía comparaciones entre aquellos mudables horizontes y la existencia humana. Todas las cosas de la vida son una huida continuada delante de nosotros.

Todas las cosas en la vida huyen perpetuamente ante nosotros. Después de un deslumbramiento, un eclipse; se mira, se corre, se alargan las manos para asir lo que pasa; cada evento es una curva del camino, y de súbito se encuentra uno viejo. Siéntese como una sacudida, todo es negro; se distingue una puerta obscura. El sombrío caballo de la vida, que nos arrastra, se para. Y vemos á alguno, velado y desconocido, que le desengancha en las tinieblas.

Empezaba á caer el crepúsculo en el momento en que unos muchachos, que salían de la escuela, vieron entrar al viajero en Tinques. Es verdad que se estaba todavía en los días cortos del año. No se detuvo en Tinques. Al salir por el otro extremo de la población, un peón caminero que engravaba la carretera, levantó la cabeza y dijo:

--¡Vaya un caballo fatigado!

El pobre animal, en efecto, no andaba sino al paso.

--¿Vais tal vez á Arras?--añadió el caminero.

--Sí.

--Siguiendo este paso no llegaréis muy temprano.

Detuvo el caballo y preguntó al caminero:

--¿Cuánto falta todavía de aquí á Arras?

--Cerca de siete leguas largas.

--¡Cómo! La guía de postas no marca más que cinco y cuarto.

--¡Ah!--respondió el peón.--¿Entonces no sabéis que se está componiendo el camino? Á un cuarto de legua de aquí le encontraréis cortado. No hay medio de seguir adelante.

--¿De veras?

--Tomad allí por la izquierda, el camino que va á Carency; pasaréis el río, y al llegar á Camblin, tomáis á la derecha; allí cruza el camino de Mont-Saint Eloy, que va á Arras.

--Pero viene la noche y me perderé.

--¿No sois del país?

--No.

--Y además, todo es camino de travesía. Atended, señor,--repuso el caminero:--¿queréis tomar mi consejo? Vuestro caballo va muy cansado, quedaos en Tinques; hay muy buena posada. Dormís en ella, y mañana podréis ir á Arras.

--Es preciso que llegue allí esta noche.

--Eso es otra cosa. En este caso, id de todos modos á la posada y tomad un caballo de refuerzo. El muchacho que le conduzca os servirá de guía.

Siguió el consejo del peón. Volvióse atrás, y media hora después pasó por el mismo sitio á trote largo, con un buen caballo que reforzaba al suyo.

Un mozo de cuadra, que se titulaba postillón, iba sentado en las varas del calesín.

Sin embargo conocía que perdía tiempo.

Había caído ya por completo la noche.

Entraron en la travesía. El camino era malísimo. El carruaje saltaba de un bache á otro. Dijo él al postillón:

--Siempre al trote, y doble propina.

En uno de los vaivenes rompióse el balancín.

--Señor, dijo el postillón, se ha roto el balancín, y no sé cómo enganchar mi caballo. Esta travesía es muy peligrosa de noche; si quisiérais volveros á dormir á Tinques esta noche, mañana muy temprano podríamos estar en Arras.

Él le respondió:

--¿Tienes un cabo de cuerda y un cuchillo?

--Sí, señor.

Cortó él entonces una rama de árbol é hizo un balancín.

Esto fué otra pérdida de veinte minutos; pero volvieron á partir al galope.

La llanura estaba tenebrosa. Una niebla baja, reducida y negra, parecía trepar por las colinas, desprendiéndose como el humo. Distinguíanse puntos blanquecinos entre las nubes. Un fuerte viento, que venía del mar, producía en todas las cavidades del horizonte un ruido semejante al de remover muebles. Todo cuanto entreveía se le presentaba terrorífico. ¡Cuántas cosas tiemblan al impulso de los soplos de la noche!

El frío le penetraba. Nada había comido desde la víspera. Recordaba vagamente su otro viaje nocturno por la gran llanura de las cercanías de D***, hacía ocho años, y le parecía cosa de ayer.

Oyó dar horas en un campanario lejano, y le preguntó al mozo:

--¿Qué hora es ésta?

--Las siete, señor; á las ocho estaremos en Arras. Ya no nos faltan más que tres leguas.

Por primera vez hizo entonces esta reflexión, pareciéndole extraño no se le hubiese ocurrido antes:

Que era quizá inútil tanta molestia como se tomaba; que no sabía siquiera á qué hora se veía la causa, que debería al menos haberse informado de ello; que era una extravagancia el seguir adelante, sin saber si aquello serviría para algo.--Después formó confusamente algunos otros cálculos en su espíritu:--Que ordinariamente las vistas del tribunal penal comenzaban á las nueve de la mañana; que el proceso no debía ser largo; que el debate sobre el robo de las manzanas sería muy corto; que lo más que habría luego sería cuestión de identificar la persona, cuatro ó cinco declaraciones y algunas breves palabras de parte de los abogados; ¡que llegaría tal vez cuando ya estaría todo terminado!

El postillón arreaba sus caballos. Habían pasado el río y dejado detrás á Mont Saint Eloy.

La noche aumentaba más y más su obscuridad.

VI =Sor Simplicia puesta á prueba=

Sin embargo, en aquel momento mismo, Fantina estaba alegre.

Había pasado muy mala noche. Tos horrible, recrudecimiento de fiebre, y delirio. Por la mañana, cuando la visitó el médico la encontró delirando, éste se alarmó y encargó que le avisasen en cuanto regresara el señor Magdalena.

Fantina estuvo triste toda la mañana, habló poco, y se entretuvo en hacer dobleces en las sábanas, repitiendo cálculos en voz baja que parecían como cálculos de distancias. Sus ojos estaban hundidos y fijos. Parecían casi apagados, pero brillaban á intervalos, resplandeciendo como estrellas.

Parece que al acercarse cierta hora sombría, la claridad del cielo inunda á aquéllos á quienes abandona la claridad de la tierra.

Cada vez que sor Simplicia le preguntaba cómo estaba respondía invariablemente:--Bien. Yo quisiera ver al señor Magdalena.

Algunos meses antes, en el momento en que ella acababa de perder el último resto de pudor, de vergüenza y de alegría, era aún la sombra de sí misma; á la sazón no era más que su espectro. El mal físico había completado la obra del mal moral. Aquella criatura de venticinco años tenía la frente arrugada, las mejillas lacias, la nariz afilada, los dientes descarnados, el color plomizo, el cuello huesoso, las clavículas salientes, los miembros demacrados, la piel terrosa, y sus cabellos rubios mezclados con algunos blancos. ¡Ah! ¡Cómo anticipan la vejez las enfermedades!

Al medio día volvió el médico, dió algunas prescripciones, preguntó si había el señor alcalde vuelto á la enfermería, y movió tristemente la cabeza.

El señor Magdalena acostumbraba ir diariamente á las tres á ver á la enferma; y como la exactitud era entonces bondad, era exactísimo.

Á eso de las dos y media, comenzó Fantina á manifestarse agitada. En el espacio de veinte minutos preguntó más de diez veces á la religiosa:

--¿Hermana mía, qué hora es?

Dieron las tres. Á la tercera campanada, Fantina se sentó en la cama, ella que apenas podía moverse dentro el lecho, cruzó convulsivamente sus descarnadas y amarillentas manos, y la hermana oyó salir de su pecho uno de esos suspiros profundos que parecen levantar un gran peso de angustia. Después Fantina se volvió y miró á la puerta.

Nadie entró; la puerta no se abrió.

Permaneció así un cuarto de hora, fijos los ojos en la puerta, inmóvil y como reteniendo el aliento. La hermana no se atrevía á hablarle. El reloj de la iglesia dió las tres y cuarto. Fantina se dejó caer de nuevo en su almohada.

No dijo una palabra, y volvió á hacer dobleces en la sábana.

Pasóse media hora, pasóse una, y nadie apareció; cada vez que el reloj sonaba, incorporábase Fantina y miraba hacia la puerta; después volvía á dejarse caer.

Adivinábase claramente su pensamiento; pero ella no pronunciaba nombre alguno, ni se quejaba, ni acusaba á nadie.

Solamente tosía de una manera lúgubre. Hubiérase dicho que algo obscuro iba descendiendo sobre de ella. Estaba lívida, y tenía los labios azulados, sonriendo á cada instante.

Dieron las cinco. Entonces oyó la hermana cómo decía en voz muy baja y dulce acento:--¡Ya que me iré mañana, hace mal en no venir hoy!

La misma sor Simplicia estaba admirada de la tardanza del señor Magdalena.

En tanto Fantina miraba al cielo de la cama, pareciendo como que quisiera recordar algo.

De repente se puso á cantar con voz débil como un suspiro. La hermana se puso á escuchar.

He aquí lo que cantó Fantina:

Compraremos muchas y muy bellas cosas Viendo de las calles lo más principal Azul es el lirio, rosadas las rosas, Azul es el lirio, que dulce es amar. La Virgen María con manto bordado Ayer vino á verme en mi pobre hogar, Y me dijo:--Mira, bajo el velo traigo El niño que un día viniste á implorar. --Á la ciudad pronto, corriendo, volando, Comprad lienzo, agujas, hilos y dedal.

Compraremos muchas y muy bellas cosas Viendo de las calles lo más principal.

Buena y santa virgen del manto bordado Arreglé una cuna, con cintas, sin par; Y aunque Dios la estrella de más vivos rayos Me diera prefiero lo que tú me das. --¿De todo este lienzo, señora, qué hago? --Al recién nacido hacedle el ajuar.

Azul es el lirio, rosadas las rosas, Azul es el lirio, que dulce es amar.

Lavad este lienzo.--¿En dónde?--En el río. Y haced sin mancharlo, romper, ni arrugar, Una hermosa falda con su cuerpecito, Que con muchas flores la quiero bordar. --¿Qué haremos, señora, faltando aquí el niño? --Haced mi sudario, llevadme á enterrar.

Compraremos muchas y muy bellas cosas Viendo de las calles lo más principal, Azul es el lirio, rosadas las rosas, Azul es el lirio, que dulce es amar.

Esta canción era una antigua romanza de nodriza con que ella acostumbraba, en otro tiempo, dormir á su pequeña Cosette y que no había vuelto á presentarse á su imaginación en los cinco años que se habían pasado sin ver á su hija.

Cantaba esto con voz tan triste y con tan dulce acento, que era bastante á hacer llorar á la misma religiosa. La hermana, acostumbrada á cosas austeras, sintió asomar una lágrima.

El reloj dió las seis. Fantina pareció no oir, como parecía no prestar atención á nada de lo que pasaba junto á ella.

Sor Simplicia envió una criada de la enfermería á preguntar á la portera de la fábrica si había regresado el señor alcalde y si subiría luego. La muchacha volvió á los pocos minutos.

Fantina continuaba inmóvil, y parecía prestar sólo atención á sus ideas.

La criada contó, muy por lo bajo á sor Simplicia, que el señor alcalde había salido por la mañana antes de las seis, á pesar del frío que hacía, en un tílburi tirado por un caballo blanco; que iba solo, sin cochero; que ignoraba el camino que había tomado; que algunos decían haberle visto por la carretera de Arras, y otros aseguraban haberle encontrado en la de París. Que al despedirse había estado tan amable como siempre, y únicamente había dicho á la portera, que no se le esperase aquella noche.

Mientras las dos mujeres, de espaldas á la cama de Fantina, cuchicheaban, la hermana preguntando y conjeturando la criada, Fantina con aquella viveza febril propia de ciertas enfermedades orgánicas, que mezcla los movimientos libres de la salud á la espantosa demacración de la muerte, se había puesto de rodillas sobre la cama, con las manos crispadas, apoyándose sobre la almohada, y asomando la cabeza por entre la abertura de las cortinas; estaba escuchando. De repente exclamó:

--¡Estáis hablando del señor Magdalena! ¿Por qué habláis tan bajo? ¿Qué es lo que hace? ¿Por qué no viene?

Su acento era tan brusco y tan ronca su voz, que las dos mujeres, creyendo oir una voz de hombre, volviéronse asustadas.

--¡Respondedme!--exclamó Fantina.

La criada balbuceó:

--La portera me ha dicho que no podría venir hoy.

--Hija mía,--dijo la hermana,--estad tranquila, y volveos á echar.

Fantina, sin cambiar de actitud, repuso en voz alta, con acento imperioso y desgarrador á un tiempo:

--¿No podrá venir? ¿Y por qué? Vosotras sabéis el motivo, lo estabais cuchicheando entre ambas. Quiero saberlo.

La criada se apresuró á decirle al oído á la hermana:

--Decid que está ocupado en asuntos municipales.

Sor Simplicia se ruborizó ligeramente; lo que la criada le proponía era una mentira y por otra parte, le parecía que de decir la verdad á la enferma podría sin duda acarrearle un golpe terrible, lo cual era harto grave, dado el estado en que se hallaba Fantina. Este rubor duró poco. La religiosa levantó sobre Fantina sus ojos tristes y serenos, y la dijo:

--El señor alcalde se ha ausentado.

Fantina se incorporó y sentóse sobre sus talones. Sus ojos centellearon. Una alegría infinita se trasparentó en aquella fisonomía dolorida.

--¡Se ha ausentado!--exclamó.--¡Ha ido á buscar á Cosette!

Luego elevó sus dos manos hacia el cielo, y todo su rostro se mostró inefable. Sus labios se movían; oraban en voz baja.

Cuando acabó la oración, dijo á la hermana:

--¡Hermana mía!--exclamó,--voy á echarme de nuevo, y á hacer todo lo que me mandéis; ahora mismo he sido mala, he levantado la voz, y os pido perdón; es muy feo hablar alto, ya lo sé, pero mi buena hermana, ya lo veis, ¡estoy tan contenta! Dios es bueno, el señor Magdalena es bueno; figuraos que ha ido á buscar á mi niña, á Cosette á Montfermeil.

Volvióse á acostar, ayudando á la hermana á arreglar la almohada, y besó una crucecita de plata que llevaba al cuello, la cual le había regalado sor Simplicia.

--Hija mía,--dijo la hermana,--procurad ahora descansar, y no habléis.

Fantina cogió entre sus manos húmedas la mano de la hermana; ésta procuraba ocultar la pena que le causaba aquel sudor.

--Ha salido esta mañana para ir á París. En rigor, no tiene necesidad de pasar por París. Montfermeil está un poco á la izquierda viniendo hacia acá. ¿Recordad cómo me decía ayer, cuando yo le hablaba de Cosette: _Pronto, pronto?_ Es una sorpresa que quiere darme. ¿Entendéis? Él me hizo firmar una carta para sacarla de manos de los Thénardier. No tendrán nada que decir, ¿no es verdad? Entregarán á Cosette puesto que se les ha pagado. Las autoridades no permitirían que se guardaran la criatura habiéndoles pagado. Hermana, no me hagáis señas para que deje de hablar. Soy tan extremadamente feliz; ya me siento muy bien, no tengo mal alguno, voy á ver nuevamente á Cosette; creo que tengo hambre. Hace más de cinco años que no la he visto. ¡Vos no podéis figuraros cuánto atraen los hijos! Y luego, ¡estará tan hermosa, ya la veréis! ¡Si supiérais, tiene unos dedos tan lindos y rosados! Ahora tendrá tan bonitas manos. De un año las tenía tan chiquitas. Ahora estará muy crecida. ¡Tiene ya siete años! Es una señorita. Yo la llamo Cosette, pero se llama Eufrasia. Mirad, esta mañana estaba yo mirando el polvo que hay sobre la chimenea, y se me ha ocurrido la idea de que vería pronto á Cosette. ¡Oh! ¡Dios mío! ¡Qué triste es dejar pasar los años sin ver una á sus hijos! ¡deberíamos reflexionar que no es la vida eterna! ¡Ay! ¡Qué bien ha hecho el señor alcalde yendo por ella!... ¿No es verdad que hace mucho frío? ¿ha llevado, al menos, su capote? Mañana estará de vuelta, ¿no es verdad? mañana será día de fiesta. Mañana por la mañana, hermana mía, os acordaréis de hacerme poner mi gorrita guarnecida de encajes. Montfermeil es un pueblo. He recorrido á pie este camino en otros tiempos. Es una gran distancia para mí. Pero las diligencias van muy aprisa. Mañana estará aquí con mi Cosette. ¿Cuánto hay de aquí á Montfermeil?

La hermana, que no tenía la menor idea de las distancias, respondió: --¡Oh! Ya lo creo que podrá estar aquí mañana.

--¡Mañana! ¡Mañana!--dijo Fantina.--¡Veré á Cosette mañana! Veis, buena hermana del Dios bueno, ya no estoy mala. Estoy loca. Y creo que si quisiera, bailaría.

Cualquiera que la hubiera visto un cuarto de hora antes, no se hubiera dado cuenta de lo que veía. Estaba sonrosada, hablaba en voz clara y natural, todo sonreía en ella. Á veces se reía hablando en voz baja. Alegría de madre, es casi alegría de niño.

--Bien, bien,--repuso la religiosa;--toda vez que sois dichosa, obedecedme y no habléis más.

Fantina dejó caer la cabeza sobre la almohada, y dijo á media voz:

--Sí, échate, sé prudente, que vas á ver á tu hija. Tiene razón sor Simplicia. Todos en esta casa tienen razón.

Después, sin moverse, sin menear la cabeza, se puso á mirar á todas partes, abiertos sus grandes ojos, con aire complacido y sin decir una palabra más.

La hermana corrió las cortinas creyendo que se dormiría.

Entre siete y ocho llegó el médico. No oyendo el menor ruido, creyó que Fantina dormía, y entró con cuidado, acercándose de puntillas á la cama.

Llegó, separó las cortinas, y á la luz de la lamparilla, vió los grandes y serenos ojos de Fantina que le contemplaban.

Díjole ella:--Señor, ¿no es verdad que se me permitirá que la acueste á mi lado en una camita?

El médico creyó que deliraba. Ella añadió:

Vedlo, hay justamente el sitio necesario.

El médico llamó aparte á sor Simplicia, que se lo explicó todo; esto es, que el señor Magdalena se había ausentado por uno ó dos días, y que en la duda no habían creído deber desengañar á la enferma, que estaba en la creencia de que el señor alcalde había ido á Montfermeil, pues que estaba en lo posible que lo hubiese adivinado. El médico aprobó. Y al volver á acercarse á la cama, Fantina añadió:

--Ya veréis, cuando despierte por la mañana le daré los buenos días á mi pobre niña, y por la noche, como yo no duermo, la veré dormir. Su tranquila y dulce respiración me hará un gran bien.

--Dadme la mano,--dijo el médico.

Alargóle el brazo, y exclamó sonriendo:

--¡Ah! Es verdad; ¡no lo sabéis! Ya estoy buena. Cosette llega mañana.

El médico se quedó sorprendido. Estaba mejor. La opresión había disminuido. El pulso había recobrado fuerza. Una especie de vida ficticia reanimaba aquel pobre ser desfallecido.

--Señor doctor,--repuso ella.--¿La hermana os habrá dicho que el señor alcalde ha ido á buscar el ratoncillo?

El médico recomendó el silencio, y que se procurase evitar toda emoción penosa. Prescribió una infusión de quina pura, y para el caso de repetirse la calentura por la noche, una poción calmante. Al marcharse dijo á la hermana:

--Esto va mejor. Si tuviéramos la suerte de que en efecto llegase mañana el señor alcalde con la niña, ¿quién sabe? Hay crisis tan asombrosas, se han visto curas producidas por grandes alegrías... y aunque sé que es ésta una enfermedad orgánica, ya muy adelantada; ¡hay tanto de misterioso en todo! Que, entra en lo posible que se salve.

VII =El viajero al llegar toma sus precauciones para volverse=

Eran cerca de las ocho de la noche cuando el calesín que hemos dejado en camino, entraba por la puerta-cochera de la casa de Postas de Arras. El hombre á quien hemos seguido hasta este momento, se apeó, respondió con aire distraído á las atenciones de los criados de la posada, despidió al postillón con su caballo de refuerzo, conduciendo por sí mismo el caballito blanco á la cuadra; después empujó la puerta de una sala de billar que estaba en el piso bajo, y se sentó, apoyando los codos sobre una mesa. Había empleado catorce horas en aquel trayecto que creía recorrer en seis. Hacíase la justicia de creer que no era por culpa suya, aunque en el fondo no le disgustase.

Entró la posadera:

--¿Va á pasar aquí la noche el señor? ¿Va á cenar?

Él hizo un signo de cabeza negativo.

--El mozo de cuadra ha dicho que el caballo del señor está muy cansado.

En esto rompió el silencio:

--¿Es que no podrá el caballo emprender la vuelta mañana temprano?

--¡Oh, señor! Necesita á lo menos dos días de descanso.

Y él preguntó:

--¿No está aquí la administración de postas?

--Sí, señor.

La posadera le acompañó al despacho; manifestó allí su pasaporte y se informó de si había medio de volverse aquella misma noche á M* sur M* con el coche correo. Justamente el único asiento al lado del conductor estaba desocupado; y lo tomó, pagándolo inmediatamente.

--Caballero,--le dijo el encargado,--no faltéis para salir puntualmente á la una.

Hecho esto, salió de la posada y empezó á andar por la ciudad.

No conocía Arras; las calles estaban obscuras; caminaba al azar. Sin embargo, parecía obstinarse en no preguntar á los transeuntes. Atravesó el riachuelo Crinchon, y encontróse en un dédalo de calles estrechas, en que se perdió. Pasaba un artesano con un farol. Después de vacilar bastante, decidióse á preguntar al artesano, no sin haber mirado antes á su alrededor como temeroso de que fuése oído lo que iba á preguntar:

--Señor,--dijo;--¿el palacio de Justicia, si os place?

--No sois de la ciudad, señor,--respondió el hombre, que era un buen anciano.--Seguidme si gustáis. Yo voy también allá, es decir, á la prefectura, que es donde ahora se reúnen provisionalmente los jueces, mientras se están reparando las salas de justicia.

--¿Y es allí,--preguntó,--donde se reúnen también los jurados?

--Sin duda. Lo que es hoy la prefectura, era el palacio episcopal antes de la revolución. El señor Conzié, que era obispo en 1782, hizo construir una gran sala. Y es en esta gran sala donde se juzga.

Siguiendo su camino, le dijo el artesano:

--Si se trata de un proceso, es ya algo tarde. Generalmente las vistas concluyen á las seis.

Sin embargo, al llegar á la plaza mayor, le enseñó el artesano cuatro grandes ventanas iluminadas en la fachada de un vasto y tenebroso edificio.

--Á fe mía que llegáis á tiempo,--añadió;--habéis tenido suerte. ¿Veis esas cuatro ventanas? Ahí está el tribunal de los jurados. Hay luz; luego no han concluido todavía. Será negocio largo, y habrá sido preciso continuar la audiencia de noche. ¿Tenéis interés en la causa? ¿Es tal vez un proceso criminal? ¿sois acaso testigo?

El forastero respondió:

--No vengo por causa alguna, tengo sólo que hablar á un abogado.

--Eso es distinto,--dijo el artesano.--Mirad, señor, la puerta es aquella ahí donde está el centinela. No tenéis más que subir por la escalera principal.

Bastáronle las indicaciones del artesano, y pocos minutos después se hallaba en una sala donde había mucha gente, y mezclados en los grupos varios abogados con toga, cuchicheando acá y allá.

Es siempre una cosa que oprime el corazón, ver esos grupos de hombres vestidos de negro murmurando entre ellos en voz baja á la puerta de las salas de justicia. Es muy raro que de todas aquellas bocas salgan palabras de caridad y lástima. Lo que sí sale con bastante frecuencia son condenas anticipadas. Semejantes grupos se presentan al observador, que pasa y raciocina como otras tantas colmenas sombrías, ó como espíritus zumbadores que fabrican en común toda especie de edificios tenebrosos.

Aquella sala, espaciosa y alumbrada por una sola lámpara, era una antigua galería del palacio episcopal, que servía de antecámara. Una puerta de dos hojas, cerrada en aquel momento, la separaba de la gran sala donde estaba reunido el tribunal de jurados.

La obscuridad era tal, que no temió él dirigirse al primer abogado que encontró.

--Caballero,--le dijo;--¿en qué están?

--Ya han concluido,--respondió el abogado.

--¡Concluido!

Esta palabra fué repetida con un acento tan singular, que el abogado se volvió.

--Perdonad, señor mío: ¿sois acaso algún pariente?

--No. No conozco aquí á nadie. ¿Ha habido condena?

--Sin duda. No podía ser otra cosa.

--¿Presidio?...

--Para toda la vida.

--Y,--repuso él, con voz tan débil que apenas se le oyó:--¿Se ha probado entonces la identidad?

--¡Qué identidad!--replicó el abogado.--No había identidad alguna que probar. El asunto era claro. Esa mujer había matado á su hijo, y se ha probado el infanticidio. Desechado por el jurado el cargo de premeditación, ha sido condenada de por vida.

--¿Pero es una mujer?--dijo él.

--Ciertamente: la joven Limosin. ¿De qué me habláis entonces?

--De nada, pero toda vez que han concluido, ¿por qué está todavía la sala iluminada?

--Para otro proceso, que ha comenzado hace unas dos horas.

--¿Qué otro proceso?

--¡Oh! Es otro proceso muy claro también: un truhán, un reincidente, un presidiario que ha cometido un robo. No sé á punto fijo su nombre; pero tiene cara de verdadero criminal. Sólo por tener la cara que tiene, le mandaba yo á presidio.

--Señor,--preguntó él.--¿No hay medio de entrar en la sala?

--No lo creo; hay mucha gente. Sin embargo, se ha suspendido la audiencia y han salido afuera muchos. Tal vez al volverse á abrir la puerta podáis penetrar. Probadlo.

--¿Por dónde se entra?

--Por esa puerta grande.

El abogado se separó.

En algunos instantes, casi á un mismo tiempo, había experimentado todas las emociones posibles. Las palabras de aquel indiferente le habían, atravesado alternativamente el corazón como agujas de hielo y como hojas de fuego. Cuando supo que aún no había terminado la causa, respiró; pero no hubiera podido decirse si era ello manifestación de alegría ó de dolor.

Acercóse á varios grupos para oir qué decían.

Habiendo gran número de causas pendientes, el presidente del tribunal había señalado, para aquella noche, dos de las más sencillas y breves. Se había comenzado por la de infanticidio, y se estaba ahora en la del presidiario, el reincidente, el «caballo de retorno». Este individuo había robado unas manzanas; pero no parecía el hecho bien probado, pero lo que sí lo estaba era que había sido presidiario en Tolón, y ello era lo que daba mal aspecto á su causa. Había terminado el interrogatorio y la declaración de testigos; pero faltaban todavía la acusación del fiscal y la defensa del abogado, lo cual no terminaría antes de las doce de la noche. El acusado saldría probablemente condenado: el fiscal era de los buenos, y no se le _escapaba_ ninguno de sus reos; era un chico de provecho que hacía versos.

Un ujier estaba de pie junto á la puerta que daba entrada á la sala de los jurados. El viajero preguntó al ujier:

--¿Se abrirá pronto la puerta?

--No se abrirá ya,--dijo el ujier.

--¿Cómo? ¿No se volverá á abrir cuando continue la audiencia? ¿Pues no se ha suspendido?

--Se ha suspendido y ha vuelto á continuar,--respondió el portero;--pero no se abrirá la puerta.

--¿Por qué?

--Porque está llena la sala.

--¡Y qué! ¿No hay sitio alguno?

--No, señor. La puerta está cerrada. Nadie puede entrar ya.

El ujier añadió después de un instante de silencio:--Hay todavía dos ó tres sitiales detrás del señor presidente; pero no son admitidos allí sino los funcionarios públicos.

Y esto diciendo volvió la espalda.

Retiróse el forastero cabizbajo; atravesó la antecámara y bajó la escalera lentamente, como vacilando á cada peldaño. Es probable que tuviese consejo consigo mismo. La lucha violenta que se verificaba en su interior desde la víspera, no había terminado, y á cada momento surgía una nueva peripecia. Al llegar á la meseta de la escalera se arrimó á la baranda y se cruzó de brazos. De pronto desabrochó su levita, sacó su cartera, tomó el lápiz, arrancó una hoja, y escribió rápidamente en ella, á la luz del farol, este renglón: _Magdalena alcalde de M* sur M*_. Volvió á subir después á grandes pasos la escalera, atravesó la muchedumbre, se dirigió al ujier y le entregó el papel, diciéndole con autoridad:

--Entregad esto al señor presidente.

El ujier tomó el papel, le miró, y obedeció enseguida.

VIII =Entrada de favor=

Sin él imaginárselo, había adquirido el alcalde de M* sur M* cierta celebridad. Hacía siete años que su reputación de virtuoso llenaba todo el bajo Bolonesado, y había acabado por traspasar los límites de aquella pequeña comarca, extendiéndose por dos ó tres departamentos vecinos. Además de los grandes servicios que había prestado á la capital, reformando la industria de los abalorios negros, no había uno solo de los ciento cuarenta y un municipios de aquel territorio, que no le debiese algún beneficio, habiendo contribuido también á favorecer las industrias de otros varios distritos.

Así es como hubo una época en que sostuvo con su crédito y sus fondos la fábrica de tules de Bolonia, la de hilatura mecánica de lino de Frevent, y la manufactura hidráulica de lienzos de Boubers sur Canche. En todas partes se pronunciaba con veneración el nombre del señor Magdalena. Arras y Douai, envidiaban su alcalde á la pequeña y dichosa población de M* sur M*.

El magistrado del tribunal superior de Douai, que presidía á la sazón el de los jurados de Arras, conocía, como todo el mundo, aquel nombre tan profunda y universalmente respetado. Cuando el ujier, abriendo discretamente la puerta que comunicaba de la sala del consejo con la de la audiencia, se inclinó detrás del sillón del presidente y le entregó el papel en que estaba escrito el renglón que acaba de leerse, añadiendo: _Este señor desea asistir á la audiencia_, el presidente hizo un vivo ademán de atención, y tomando una pluma, escribió algunas palabras en el mismo papel, que devolvió al ujier, diciéndole: «Hacedle entrar».

El desgraciado personaje cuya historia vamos narrando, había permanecido junto á la puerta de la sala en el mismo sitio y en la misma actitud en que el ujier le había dejado, parecióle oir, al través de sus meditaciones, que alguien le decía:--«Señor, ¿queréis hacerme el honor de seguirme?». Era el mismo ujier que poco antes le había vuelto las espaldas, quien le saludaba inclinándose hasta el suelo. El ujier, al propio tiempo, le entregó el papel. Desdoblólo, y como estaba allí cerca la lámpara, pudo leer:

«El presidente del tribunal de los jurados, presenta sus respetos al señor Magdalena».

Estrujó el papel entre sus manos, como si aquellas palabras tuviesen para él un sabor extraordinario y amargo.

Y siguió al ujier.

Algunos minutos después se hallaba solo en una especie de gabinete artesonado, de aspecto severo, alumbrado por dos bujías colocadas sobre una mesa con tapete verde. Aún resonaban en su oído las últimas palabras del ujier, que acababa de dejarle diciendo: «Señor, ésta es la sala del consejo; no tenéis más que dar media vuelta al botón de cobre de esa puerta, y os hallaréis en la misma sala del tribunal detrás del sillón del señor presidente». Estas palabras se mezclaban en su pensamiento á un recuerdo vago de los corredores estrechos y escaleras obscuras que acababa de recorrer.

El ujier le había dejado solo. El momento supremo había llegado. Procuraba recogerse en sí mismo sin poder conseguirlo. Precisamente en el momento en que más necesidad hay de reunir á las realidades de la vida todos los hilos del pensamiento, es cuando éstos se rompen dentro el cerebro. Se encontraba allí mismo donde los jueces deliberan y condenan.

Miraba con tranquilidad estúpida aquella cámara silenciosa y temible, donde tantas existencias habían sido quebrantadas, donde su nombre iba á resonar en breve, y que su destino atravesaba en aquel instante. Miraba á las paredes, luego se miraba á sí mismo, asombrándose que aquéllas fuesen las de aquella cámara, y de que aquel hombre fuése él.

Hacía veinticuatro horas que no había comido, estaba rendido por las sacudidas del calesín; pero no lo sentía, parecíale no sentir nada.

Acercóse á un cuadro negro pendiente de la pared en el que se guardaba bajo el cristal una antigua carta autógrafa de Juan Nicolás Pache, alcalde de París y ministro, y fechada, sin duda por equivocación, el día 9 de junio del año II, y en la cual enviaba Pache, á la municipalidad, la lista de los ministros y diputados arrestados en sus propias casas.

Cualquiera que hubiese podido verle y observarle en aquel momento, habría imaginado sin duda que aquella carta le interesaba mucho, pues no apartaba de ella los ojos, y la leyó por dos ó tres veces. Sin embargo, la leía sin fijarse en ella, y sin propósito alguno. Pensaba en Fantina y en Cosette.

Así pensando, volvióse; y sus ojos se fijaron en el botón de cobre que le separaba de la sala de audiencia. Había casi olvidado aquella puerta. Su mirada, tranquila al principio, se detuvo y quedó como clavada en aquel botón; después apareció azorada é inmóvil, impregnándose poco á poco de espanto. Desprendíanse de entre sus cabellos, gotas de sudor que inundaban sus sienes.

Hubo un momento en que hizo con cierta autoridad, mezclada de rebeldía, ese gesto indescriptible que quiere significar y que dice tan bien: _¡Pardiez! ¿Quién me obliga á ello?_ Después volvióse vivamente, y vió delante de sí la puerta por donde había entrado, dirigióse á ella, abrióla y salió.

Ya no estaba en aquella cámara; se hallaba fuera: en un corredor largo, estrecho, cortado por escalones y postigos, que formaban toda clase de ángulos, alumbrado aquí y allá por algunos faroles parecidos á lamparillas de enfermo. Era el corredor por donde había entrado. Respiró, escuchó, no percibió el menor ruido ni delante ni detrás de sí, y huyó como si alguien le persiguiese.

Cuando hubo recorrido varios recodos de aquel pasillo, volvió á escuchar de nuevo. Siempre el mismo silencio y las mismas sombras á su alrededor. Estaba sofocado, vacilaba, tuvo que apoyarse en la pared. La piedra estaba fría, el sudor se le había helado en la frente, y se enderezó temblando.

Entonces, solo allí, de pie, en la obscuridad, temblando de frío y de algo más tal vez, meditó.

Había meditado toda la noche, había meditado todo el día; no oía dentro de sí mismo mas que una voz que repetía: ¡Ay!

Así se le pasó un cuarto de hora. Al fin, dobló la cabeza, suspiró con angustia, dejó caer los brazos, y retrocedió sobre sus pasos. Andaba lentamente y como abrumado. Parecía que alguien le hubiese alcanzado en su fuga, y le hiciese volver atrás.

Entró de nuevo en la cámara del consejo, y lo primero que distinguió fué el botón de la puerta. Aquel botón redondo de cobre pulimentado, brillaba para él como una estrella horrible. Mirábale como podría mirar un cordero el ojo de un tigre.

Su vista no podía apartarse de él.

De cuando en cuando daba un paso, y se aproximaba á la puerta.

Si hubiera escuchado, habría oído como una especie de murmullo confuso, el ruido de la vecina sala; pero no escuchaba ni oía.

De pronto, sin saber cómo, encontróse junto á la puerta, cogió convulsivamente el botón; la puerta se abrió.

Estaba en la sala de audiencia.

IX =Lugar en el cual van formándose las convicciones=

Adelantó un paso, cerró maquinalmente la puerta tras sí, y permaneció de pie, contemplando lo que estaba viendo.

Era un vasto recinto iluminado apenas; ya silencioso, ya murmurante, donde se desarrollaba todo el aparato de un proceso criminal, con su mezquina y lúgubre gravedad, entre la multitud.

Á un extremo de la sala, en el cual se encontraba él, estaban algunos jueces con aire distraído, con toga ya usada, mordiéndose las uñas ó cerrando los párpados; al otro extremo había una muchedumbre andrajosa, abogados en toda clase de actitudes, soldados de semblante honrado y duro, entablamentos viejos y manchados, un techo sucio, mesas cubiertas de sarga, más amarilla que verde, puertas ennegrecidas por las manos; en clavos, suspendidos en el artesonado, quinqués de taberna, que daban más humo que claridad; sobre las mesas algunas velas en candeleros de cobre; la obscuridad, la fealdad, la tristeza; y de todo aquello se desprendía una impresión austera y augusta, porque se sentía allí esa gran cosa humana que se llama la ley, y la gran cosa divina llamada justicia.

Nadie, entre aquella multitud, se fijó en él. Todas las miradas convergían hacia un solo punto, hacia un banco de madera inmediato á una puertecilla, á lo largo de la pared, á la izquierda de la presidencia. En aquel banco, alumbrado por algunas velas, había un hombre sentado entre dos gendarmes.

Este hombre, era el hombre.

Él no le buscó, pero le vió. Sus ojos se le fueron, naturalmente allí, como si hubieran sabido de antemano dónde encontrarían aquella figura.

Creyó verse asimismo, envejecido; no absolutamente parecido en cuanto al rostro, pero semejante en actitud y aspecto, con sus cabellos erizados, su pupila fosca é inquieta, con su blusa tal como iba el día en que entró en D*** lleno de odio y ocultando en el alma aquel repugnante tesoro de pensamientos horribles que había ido guardándose por espacio de diez y nueve años, cogidos en los suelos del presidio.

Y díjose á sí mismo estremeciéndose:--¡Dios mío! ¿debo volver á verme así?

El otro parecía tener lo menos sesenta años. Había en su semblante algo de rudo, estúpido y espantado.

Al ruido de la puerta, los que allí estaban se habían estrechado para dejarle sitio, el presidente había vuelto la cabeza, y creyendo que el personaje que acababa de entrar era el alcalde de M* sur M*, le había saludado. El fiscal que había visto al señor Magdalena en M* sur M*, adonde le habían llamado más de una vez las funciones de su ministerio, le reconoció y saludó igualmente. Sin advertirlo apenas, se hallaba bajo el peso de cierta alucinación, y sólo veía:

Los jueces, el escribano, los gendarmes y la multitud de cabezas cruelmente curiosas; había ya visto otra vez lo mismo, en otro tiempo,, hacía veintisiete años. Volvía nuevamente á encontrarse con todas aquellas cosas funestas; que estaban allí, que allí se movían, que existían allí. No era un esfuerzo de su memoria, un reflejo de su pensamiento, no; eran verdaderos gendarmes y verdaderos jueces, verdadera multitud y verdaderos hombres de carne y hueso. El hecho era evidente; veía aparecer de nuevo y revivir en torno de sí, con todo el aspecto formidable de la realidad, los monstruosos espectros del pasado.

Todo aquello estaba palpablemente ante sus ojos. Cerrólos horrorizado, exclamando para lo más profundo de su alma: ¡Jamás!

Y por un azar trágico del destino, que hacía temblar todas sus ideas, volviéndole casi loco, era otro _él_ allí presente: ¡Aquel hombre á quien juzgaban y á quien todos llamaban Juan Valjean!

Tenía delante de los ojos «visión inaudita» una especie de representación del momento más horroroso de su vida, personificada en un fantasma.

Todo era lo mismo, el mismo aparato, la misma hora de la noche, casi las mismas figuras de los jueces, de los soldados y de los espectadores. Solamente que colocado sobre la cabeza del presidente había un crucifijo, cosa de que carecían los tribunales del tiempo de su condena. Cuando se le juzgó, no estaba Dios allí.

Había una silla detrás de él, en la cual se dejó caer aterrado por la idea de que pudieran verle. Una vez sentado, se aprovechó de un gran legajo de papeles que había sobre la mesa de los jueces para ocultar su rostro á los espectadores. Así podía ver él sin ser visto. Poco á poco fué recobrando el sentimiento de la realidad, llegando hasta aquel punto de calma en que es posible oir.

El señor Bamatabois era del número de los jurados.

Buscó á Javert, pero no le vió. El banco de los testigos quedaban fuera de sus miradas por la mesa del escribano. Y luego que, como hemos dicho, la sala estaba poco alumbrada.

En el punto en que entró, el abogado del acusado terminaba su defensa.

La atención del concurso estaba excitada hasta el más alto grado; hacía tres horas que duraba el debate; tres horas, durante las cuales la multitud veía doblegarse poco á poco bajo el peso de una semejanza terrible un hombre, un desconocido, una especie de ser miserable, perfectamente estúpido ó perfectamente hábil. Era el tal hombre un vagabundo á quien se había encontrado en un campo, llevando una rama cargada de manzanas maduras, arrancada de un manzano en un cercado vecino, conocido con el nombre de cercado Pierrón. ¿Quién era aquel hombre? De la investigación que había tenido lugar, de los testigos que acababan de oirse, unánimes todos, de las luces que se desprendían del debate, tomaba apoyo la acusación. Y la acusación decía: «No tenemos aquí solamente un ladrón de fruta, un merodeador; tenemos en nuestras manos un bandido, un relapso, un antiguo presidiario, un criminal de los más peligrosos, un malhechor llamado Juan Valjean, á quien la justicia anda buscando hace ya mucho tiempo, y quien, hace ocho años, al salir del presidio de Tolón, cometió un robo en camino real á mano armada, en la persona de un niño saboyano llamado Gervasillo, crimen previsto en el artículo 383 del Código penal, y por el cual nos reservamos perseguirle ulteriormente, cuando la identidad haya quedado comprobada judicialmente. Acaba de cometer un nuevo robo, lo cual prueba su reincidencia. Condenadle por el hecho nuevo, más tarde será juzgado por el antiguo». Ante esta acusación, ante la unanimidad de los testigos, el acusado parecía, antes que todo, asombrado. Hacía gestos y signos que querían decir no, ó levantaba los ojos y miraba al techo.

Hablaba con trabajo, respondía con embarazo, pero de pies á cabeza era toda su persona una negativa. Estaba como un idiota en presencia de todas aquellas inteligencias ordenadas en batalla á su alrededor, era como un extranjero en medio de aquella sociedad que le asediaba. No obstante, de allí podía resultar para él el porvenir más amenazador, y la verosimilitud de ello iba creciendo por minutos, y toda aquella multitud veía con mayor ansiedad que él mismo, aquella sentencia llena de calamidades que iba precipitándose sobre su cabeza. Dejábase entrever, asimismo, una eventualidad; la de que, además del presidio, era posible la pena de muerte, si llegaba á reconocerse la identidad, y si el asunto de Gervasillo terminaba más tarde con una condena. ¿Qué es lo que era aquel hombre? ¿Qué clase de apatía era la suya? ¿Era imbecilidad ó astucia? ¿Comprendía demasiado, ó no comprendía nada absolutamente? cuestión era ésa que dividía á la multitud, y que parecía igualmente dividir al jurado.

Había en aquel proceso algo que espantaba, y algo engañoso; el drama no era solamente sombrío, sino obscuro.

El defensor había hablado bastante bien en ese lenguaje de provincia que ha constituido por mucho tiempo la elocuencia del foro, y que usaban antes todos los abogados, lo mismo en París que en Romorantin ó Montbrison; pero que hoy día habiéndose hecho clásico, le usan solamente los oradores oficiales del ministerio público, á quienes conviene por su grave sonoridad y aire majestuoso; lenguaje por el cual se le llama al marido _esposo_, y á la mujer, _esposa_; á París, _el centro de las artes y de la civilización_; al rey, _el monarca_; á monseñor el obispo, _un santo pontífice_; al fiscal, _el elocuente intérprete de la vindicta_; á los alegatos, _los acentos que se acaban de oir_; al siglo de Luis XIV, _el gran siglo_; un teatro, _el templo de Melpómene_; la familia reinante, _la augusta sangre de nuestros reyes_; un concierto, _una solemnidad musical_; al señor comandante general del departamento, _el ilustre guerrero que_, etc.; á los alumnos del seminario, _esos tiernos levitas_; los errores imputados á los periódicos, _la impostura que destila su veneno en las columnas de esos órganos_, etc., etc.--El abogado, pues, había empezado por hablar del robo de las manzanas--cosa no muy á propósito para ese elevado estilo; pero el mismo Benigno Bossuet se vió obligado á hacer alusión á una gallina en lo mejor de una oración fúnebre, y lo hizo elocuentemente.--El abogado había partido del principio de que el robo de las manzanas no estaba materialmente probado. Su cliente, á quién en su calidad de defensor persistía en llamar Champtmathieu no había sido visto escalando la pared ó arrancando la rama.

Se le había cogido llevando aquella rama (que el abogado se complacía en llamar _ramo_), pero que él decía haber encontrado y recogido del suelo. ¿Dónde estaba la prueba de lo contrario? Indudablemente había sido aquella rama arrancada y sustraída después del escalamiento, y arrojada enseguida por el ladrón asustado; había habido, sin duda, un ladrón. Pero, ¿dónde estaba la prueba de que ese ladrón fuése Champmathieu? Una sola cosa: su cualidad de antiguo presidiario. El abogado no negaba que esa cualidad dejase de estar desgraciadamente bien comprobada; el acusado había residido en Faverolles; el acusado había sido allí podador; el nombre de Champmathieu podía muy bien tener por origen el de Juan Mathieu, todo esto era verdad: en fin, cuatro testigos reconocían sin vacilar y positivamente á Champmathieu por el presidiario Juan Valjean; á semejantes indicaciones y á tales testimonios, el abogado no podía oponer sino la negativa de su cliente, negativa interesada; pero suponiendo que fuése el presidiario Juan Valjean, ¿probaba esto que fuése el ladrón de las manzanas? Existía, pues, á todo extremo una presunción, no una prueba. Es verdad que el acusado, y el defensor «en su buena fe», no dejaba de convenir en ello, había adoptado «un mal sistema de defensa», obstinándose en negarlo todo, el robo y su cualidad de presidiario. Una confesión sobre este último punto habría valido mucho más seguramente, y le hubiera granjeado tal vez la indulgencia de sus jueces. Así se lo había aconsejado el abogado; pero el acusado se había negado obstinadamente, creyendo sin duda salvarlo todo no declarando nada. Era esto un error; pero, ¿no se había de tener también en cuenta aquella escasez de inteligencia? Aquel hombre era visiblemente estúpido. Su larga permanencia en presidio, y su prolongada miseria fuera de él, le habían embrutecido, etc., etc. Defendíase mal; pero ¿era ésta una razón para condenarle? En cuanto al asunto de Gervasillo, el abogado no tenía necesidad de discutirlo, no entrando para nada en la causa. El abogado concluía suplicando al jurado y al tribunal que si la identidad de Juan Valjean les parecía evidente, le aplicasen las penas de policía que corresponden al trasgresor ordinario de un bando, y no el castigo espantoso que recae sobre el presidiario reincidente.

El fiscal replicó al defensor. Estuvo violento, y florido, como suelen serlo generalmente los fiscales.

Felicitó al defensor por su «lealtad», y se aprovechó hábilmente de esa lealtad, atacando al acusado con todas las concesiones hechas por su abogado. El abogado parecía conceder que el acusado era Juan Valjean. El fiscal tomó de ello acta. Aquel hombre era, pues, Juan Valjean. Éste era un hecho demostrado para la acusación, y sobre el cual no cabía ya debate. Y aquí, por una hábil antonomasia, remontándose al origen y á las causas de la criminalidad, el fiscal tronó contra la inmoralidad de la escuela romántica, en su aurora á la sazón, bajo el nombre de _escuela satánica_, que le habían dado los críticos de la _Quottidienne_ y del _Orifiamme_, atribuyó no sin verosimilitud, á la influencia de esa literatura perversa, el delito de Champmathieu, ó, por mejor decir, de Juan Valjean. Agotadas estas consideraciones, pasó á hablar del mismo Juan Valjean.

¿Qué es lo que era Juan Valjean?

Descripción de Juan Valjean: un monstruo vomitado, etc. El modelo de esta clase de descripciones se halla en la relación de Teramenes, la cual, si no sirve de nada á la tragedia, presta, cuando menos diariamente, grandes servicios á la elocuencia forense. El auditorio y los jurados «temblaron». Terminada la descripción, el fiscal prosiguió, con un giro oratorio, á propósito para excitar hasta el más alto punto, al día siguiente, el entusiasmo del periódico de la prefectura. ¡Y es un hombre semejante, etc., etc., vagabundo, mendigo, sin medios de subsistencia, etc., etc., acostumbrado por su vida pasada á las acciones culpables, y poco corregido por su estancia en presidio, como lo prueba el crimen contra Gervasillo, etc., etc., es tal ese hombre que, encontrado en la vía pública en fragante delito de robo, á cortos pasos de un muro escalado, llevando aún en la mano el objeto robado, niega todavía el delito, el robo, el escalamiento, lo niega todo, niega hasta su nombre, niega hasta su identidad. Además de cien otras pruebas, que no hemos de repetir, cuatro testigos le reconocen: Javert, el íntegro inspector de policía Javert, y tres de sus antiguos compañeros de ignominia, los presidiarios Brevet, Chenildieu y Cochepaille. ¿Qué opone él á esa unanimidad fulminante? Su negativa. ¡Qué endurecimiento! Vosotros haréis justicia, señores jurados, etc., etc.».

Mientras hablaba así el fiscal, oíale el acusado con la boca abierta, con una especie de asombro, en el cual había buena parte de admiración.

Estaba evidentemente sorprendido que un hombre pudiese hablar de aquella manera.

De cuando en cuando, en los momentos más «enérgicos» de aquella requisitoria, en esos momentos en que la elocuencia, que no puede detenerse, se desborda en un flujo de epítetos sonrojantes y anega al acusado como un torrente, movía el infeliz lentamente la cabeza de derecha á izquierda y de izquierda á derecha, especie de protesta triste y muda con la que se había contentado desde el principio de la vista. Dos ó tres veces, los espectadores que estaban más cerca de él le oyeron decir á media voz: ¡Véase lo que resulta de no haber preguntado al señor Baloup. El fiscal llamó la atención del jurado sobre aquella actitud atontada, fingida á no dudarlo, y que revelaba, no la imbecilidad, sino la maña, la astucia, la costumbre de engañar á la justicia, y que revelaba con toda claridad «la profunda perversidad» del acusado. Terminó reservándose para ocasión mejor, el asunto de Gervasillo, y pidiendo una sentencia ejemplar.

Ésta era, por de pronto, cadena perpetua.

Levantóse el defensor; empezando por cumplimentar al «ministerio fiscal» por su «admirable palabra»; después replicó como pudo, pero ligeramente; el terreno en que estaba su hundía bajo sus pies.

X =El sistema de negativas=

Llegó el momento de cerrar el debate. El presidente mandó levantar al acusado, y le dirigió la pregunta de costumbre.

--¿Tenéis algo que alegar en vuestra defensa?

El hombre se levantó, dando vueltas entre sus manos á una mala gorra, pareciendo no entender lo que se le decía.

El presidente repitió la pregunta.

Esta vez el hombre entendió, pareció comprender. Hizo un movimiento como de quien despierta, paseó la mirada en torno suyo, se fijó en el público, en los gendarmes, en su abogado, en los jurados, y en el tribunal; puso su enorme puño sobre la baranda colocada delante de su banco, volvió á mirar, y de repente, fijándose por fin en la persona del fiscal, comenzó á hablar.

Aquello fué una especie de erupción. Parecía según se escapaban de su boca, las palabras, incoherentes, impetuosas, atropelladas, confusas, que se apresuraban todas ó la vez para salir á un tiempo mismo. Dijo así:

--Tengo que decir. Que he sido carretero de París y que trabajaba en casa del señor Baloup. Es dura profesión; en el oficio de carretero hay que trabajar siempre al aire libre, en los patios ó debajo de algún cobertizo en casa de los buenos maestros, pero nunca en talleres cerrados, porque, ya veis, se necesita mucho espacio. En invierno se pasa tanto frío, que se golpea uno con los brazos para calentarse, pero los maestros no lo consienten, diciendo que así se pierde el tiempo. Manejar el hierro cuando están heladas las piedras es muy pesado. Pronto se gasta así un hombre. En este oficio llega uno á viejo siendo joven. Á los cuarenta años ya no hay hombre. Yo tenía cincuenta y tres, pero lo pasaba muy mal. Y luego ¡son tan malos los obreros! Cuando un pobre no es bastante joven, le llaman viejo tonto y topo viejo. Yo no ganaba más que treinta sueldos diarios; me pagaban lo menos que podían; los maestros se aprovechaban de mi edad. Además, yo tenía á mi hija, que era lavandera en el río. Ella ganaba por su lado, y aunque poco, reuniéndolo todo vivíamos. Su trabajo era muy pesado también. Todo el día en una banca metida hasta la mitad del cuerpo, con lluvia, con nieve, con un viento que corta la cara; cuando hiela, es preciso lavar también; hay personas que no tienen mucha ropa, y que aguardan á la lavandera para mudarse. Si no se lavara, se perderían los parroquianos. Las tablas de las bancas están mal ajustadas; entra el agua por todas partes. Los vestidos se les mojan por fuera y por dentro; la humedad penetra. Ella lavó también en el lavadero de los Niños Expósitos, donde el agua llega por medio de caños; allí no hay bancas. Se lava junto al caño y se aclara en el estanque. Como está cerrado, se tiene menos frío en el cuerpo. Pero se respira un vaho de agua caliente, que es terrible y que ataca á los ojos hasta dejaros ciego. Mi hija volvía á las siete de la tarde, y se acostaba enseguida; estaba muy fatigada. Su marido la pegaba. Se murió. Fuimos muy desgraciados. Era muy buena muchacha; no iba al baile; era muy amiga del reposo. Me acuerdo de un martes de carnaval que se acostó á las ocho. Y ahí tienen ustedes. Digo la verdad. No tienen más que preguntar. ¡Ay! Sí, preguntar. ¡Qué torpe! París es un torbellino. ¿Quién conoce allí á Champmathieu? Por esto cito al señor Baloup. Preguntad en casa del señor Baloup. Después de eso, no sé qué me queréis.

El hombre se calló, quedándose de pie. Había dicho aquello con voz alta, rápida, áspera, dura y ronca, con cierta ingenuidad airada y salvaje.

Una vez se había interrumpido para saludar á uno de los concurrentes. Aquellas afirmaciones que parecía lanzar á la ventura delante de sí, venían como movimientos de hipo, y á cada una de ellas acompañaba el gesto de un leñador que hiende un tronco. En cuanto terminó, el auditorio se echó á reir. Él miró al público, y no comprendiendo por qué, púsose á reir también.

¡Aquello era siniestro!

El presidente, hombre atento y benévolo, habló á su vez.

Recordó á los «señores jurados» que al señor Baloup antiguo maestro carretero, en cuya casa decía el acusado haber trabajado, se le había citado inútilmente. Estaba en quiebra y «no había podido ser habido». Después, volviéndose hacia el acusado, le aconsejó que oyera bien lo que iba á decirle, y añadió:

--Estáis en una situación en que es preciso reflexionar. Pesan sobre vos las presunciones más graves y que pueden traeros fatales consecuencias. Acusado, en interés vuestro, os interpelo por la última vez; explicaos claramente sobre estos dos hechos: Primeramente, ¿habéis saltado, sí ó no, la tapia del cercado Pierrón, tronchado la rama y robado las manzanas; es decir, cometido el crimen de robo con escalamiento? Segundo, ¿sois el presidiario cumplido Juan Valjean? ¿sí ó no?

El acusado movió la cabeza con aire de inteligencia, como hombre que ha comprendido bien y que sabe lo que va á responder. Abrió la boca; se volvió hacia el presidente, y dijo:

--En primer lugar...

Después miró su gorra, miró al techo y se calló.

--Acusado,--repuso el fiscal con voz severa,--estadme atento. No respondéis á nada de lo que se os pregunta. Vuestra turbación os condena. Es evidente que no os llamáis Champmathieu; que sois el presidiario Juan Valjean, oculto primero bajo el nombre de Juan Mathieu, que era el apellido de su madre; que estuvisteis en Auvernia; que nacisteis en Faverolles, donde fuisteis podador. Es evidente que habéis robado con escalamiento manzanas maduras en el cercado Pierrón. Los señores jurados apreciarán estos hechos.

El acusado había acabado por sentarse; pero se levantó rápidamente en cuanto terminó el fiscal, y exclamó á su vez:

--¡Vos sois muy malo, señor! He aquí lo que yo quería decir; pero no se me ocurría al pronto. Yo no he robado nada. Yo soy un hombre que no come todos los días. Venía de Ailly, iba por el camino después de un turbión que había asolado el campo, tanto, que los pantanos se habían desbordado, y de las arenas apenas salía otra cosa que algunas matas de hierba á orillas de la carretera. Encontré en el suelo una rama tronchada que tenía algunas manzanas, y la cogí sin saber ni pensar que me traería un castigo. Tres meses hace que estoy preso, y que me llevan de aquí para allá, y yo no sé qué decir. Hablan contra mí, y me dicen: ¡Responde! El gendarme, que es un buen muchacho, me da con el codo, y me dice por lo bajo: ¡Responde, hombre! Yo no sé explicarme, no he hecho estudios, soy un pobre hombre. Y es un gran error no querer verlo. Yo no he robado, he cogido del suelo una cosa que encontré en él. Habláis de Juan Valjean, de Juan Mathieu! No conozco á semejantes hombres; serán tal vez aldeanos. Yo he trabajado en casa del señor Baloup, en el boulevard del Hospital. Me llamo Champmathieu.

Sois muy mal intencionados creyendo adivinar dónde nací. Vosotros lo decís, pero yo lo ignoro. No todos tienen casa dónde venir al mundo. Muy cómodo sería si así fuése. Creo que mi padre y mi madre eran gentes que andaban por los caminos, y no sé más. Cuando era muchacho me llamaban el Pequeño, ahora me llaman el Viejo; y ésos son todos mis nombres de bautismo, tomadlo como queráis.

He estado en Auvernia, he estado en Faverolles. ¡Pardiez! ¿Qué tiene esto de particular? ¿No se puede haber estado en Auvernia y en Faverolles sin haber estado en presidio? Os digo que no he robado y que soy el tío Champmathieu. He trabajado en casa del señor Baloup, y he estado domiciliado.

¡Me fastidiáis con vuestras barbaridades! ¿Por qué razón os encarnizáis todos contra mí?

El fiscal había permanecido de pie, y dirigiéndose al presidente, dijo:

--Señor presidente, en vista de las negaciones confusas, pero muy hábiles, del acusado, que querría pasar por idiota; pero que no lo logrará--se lo advertimos--os pedimos y requerimos al tribunal para que se sirva mandar comparezcan de nuevo en este recinto los condenados Brevet, Cochepaille y Chenildieu, y el inspector de policía Javert, para que se les interpele por última vez acerca de la identidad del acusado con la persona del presidiario Juan Valjean.

--Debo advertir al señor fiscal,--dijo el presidente,--que el inspector de policía Javert, llamado por sus funciones á la cabeza de partido de un distrito inmediato, ha salido de esta audiencia, y hasta de la ciudad, después de prestar su declaración. Le hemos autorizado para ello, de conformidad con el mismo señor fiscal y el defensor del acusado.

--Es verdad, señor presidente,--repuso el fiscal.--Pero en ausencia del señor Javert, creo deber recordar á los señores jurados lo que él mismo ha dicho hace pocas horas. Javert es un hombre estimable, que honra, por su rigurosa y estricta probidad, las funciones que ejerce, si bien inferiores, muy importantes. Véase en qué términos ha declarado el señor Javert:

«No tengo necesidad alguna de presunciones morales ni de pruebas materiales que desmientan las negativas del acusado. Le reconozco perfectamente. Ese hombre no se llama Champmathieu, es un antiguo presidiario muy malo y muy temido, llamado Juan Valjean. Se le puso en libertad al terminar su condena con gran temor. Ha sufrido diez y nueve años de trabajos forzados por robo calificado. Probó cinco ó seis veces de escaparse. Además del robo de Gervasillo y del robo de Pierrón, creo que cometió otro robo en casa de su ilustrísima el difunto obispo de D***. Le veía frecuentemente en la época en que era yo auxiliar de guardachusma en el presidio de Tolón. Repito que le reconozco perfectamente».

Esta declaración tan terminante pareció producir una nueva impresión así en el público como en el jurado.

El fiscal terminó insistiendo en que á falta de Javert, los tres testigos, Brevet, Chenildieu, y Cochepaille, fuesen oídos de nuevo é interpelados solemnemente.

El presidente dió la orden á uno de los ujieres, y á poco se abrió la puerta de la sala de testigos. El ujier, acompañado de un gendarme dispuesto á auxiliarle, introdujo al condenado Brevet. El auditorio estaba suspenso, y todos los pechos palpitaban como si todos juntos no tuviesen más que un alma.

El antiguo presidiario Brevet llevaba el traje negro y ceniciento de las prisiones centrales. Era un personaje de unos sesenta años, que tenía cierto aspecto de hombre de negocios, con aire de pícaro, cosas ambas que van juntas algunas veces. En la cárcel, adonde le habían llevado nuevos delitos, había llegado á ser algo como calabocero. Era hombre de quien decían sus jefes: Procura hacerse útil. Los capellanes tenían buen concepto de sus costumbres religiosas. Hay que tener presente que esto pasaba en tiempos de la restauración.

--Brevet,--dijo el presidente,--habéis sufrido una pena infamante y no podéis prestar juramento.

Brevet bajó los ojos.

--Sin embargo,--repuso el presidente,--aún en el hombre degradado por la ley, pueden restar, cuando la misericordia divina lo permite, sentimientos de honor y de equidad. Apelo á estos sentimientos en este momento decisivo. Si, como espero, existe en vos aún, fijaos por una parte en ese hombre á quien una palabra vuestra puede perder, y por otra en la justicia, la cual una palabra vuestra puede esclarecer. El instante es solemne, y es tiempo todavía de retractarse, si creéis haberos equivocado. Acusado, levantaos. Brevet, mirad bien al acusado, reunid vuestros recuerdos, y decidnos por vuestra alma y conciencia, si persistís en reconocer á ese hombre por vuestro antiguo compañero de presidio Juan Valjean.

Brevet miró al acusado, volviéndose después al tribunal.

--Sí, señor presidente. Yo soy quien le reconocí primeramente y persisto en ello. Este hombre es Juan Valjean, que entró en Tolón en 1796 y salió en 1815. Yo salí un año después. Ahora tiene el aire de un bruto, pero puede ser le haya embrutecido la edad; en presidio era muy taciturno. Le reconozco positivamente.

--Podéis sentaros,--dijo el presidente.--Acusado, continuad en pie.

Introdujeron á Chenildieu, condenado á cadena perpetua, como lo indicaban su chaqueta roja y gorro verde. Cumplía su condena en el predio de Tolón, de donde le habían sacado para declarar en esta causa. Era un hombrecillo de unos cincuenta años, vivo, arrugado, feo, pálido, descarado y nervioso, que en todos sus miembros y en toda su persona tenía cierta debilidad enfermiza, y en la mirada una fuerza inmensa. Sus compañeros de presidio le habían puesto por mote Niega-á-Dios[6].

El presidente le dirigió aproximadamente las mismas palabras que á Brevet. En el momento en que le recordó que su infamia le quitaba el derecho de prestar juramento, Chenildieu levantó la cabeza mirando descaradamente al público.

El presidente le indicó que debía reflexionar, y le preguntó, como á Brevet, si persistía en reconocer al acusado.

Chenildieu se puso á reir.

--¡Pues no he de reconocerle! Hemos estado juntos cinco años, atados á la misma cadena. ¿Te desagrada que lo diga, viejo amigo?

--Id á sentaros,--dijo el presidente.

El ujier condujo á Cochepaille, otro condenado á perpetuidad, venido de presidio y vestido de rojo como Chenildieu, era un campesino de Lourdes, un medio-oso de los Pirineos. Había guardado rebaños en la montaña, y de pastor había pasado á bandolero; no era menos salvaje, y parecía más estúpido aún que el acusado. Era uno de esos infelices que la naturaleza empieza en bestias feroces, y la sociedad termina en presidiarios.

El presidente intentó conmoverle con algunas palabras patéticas y graves, y le preguntó, como á los otros dos, si persistía, sin vacilar ni turbarse, en reconocer al hombre que estaba de pie delante de él.

--Es Juan Valjean,--dijo Cochepaille.--El mismo á quien llamaban Juan el Gato, por su fuerza extraordinaria.

Cada una de las afirmaciones de estos tres hombres, evidentemente sinceras y de buena fe, había suscitado en el auditorio murmullos de mal agüero para el acusado, murmullos que crecían y se prolongaban más y más, cada vez que una nueva declaración venía á corroborar la anterior. El acusado los había oído con el semblante admirado, que, según la acusación, era su principal medio de defensa. Á la primera, los gendarmes sentados á su lado, le habían oído murmurar entre dientes: ¡Bien! ¡ya tenemos uno! Á la segunda, dijo un poco más alto y con aire satisfecho: ¡Muy bien! Á la tercera exclamó sin contenerse: ¡Famoso!

El presidente le interpeló:

--Acusado, ¿habéis oído? ¿Qué tenéis que decir?

Él respondió:

--Repito que ¡famoso!

Estalló en el público cierto rumor, que llegó casi al jurado. Era evidente que aquel hombre estaba perdido.

--Ujieres,--dijo el presidente,--imponed silencio. Va á cerrarse el debate.

En aquel momento hubo un gran movimiento hacia la presidencia junto á la cual se oyó una voz que gritaba:

--¡Brevet, Chenildieu, Cochepaille! Mirad hacia acá.

Cuantos la oyeron se quedaron como helados, tan lamentable y terrible era su acento. Volviéronse los ojos hacia el punto de donde había partido. Un hombre, colocado entre los espectadores de preferencia sentados detrás del estrado, acababa de levantarse, había empujado la puertecilla de la baranda que le separaba del tribunal, estaba de pie en medio de la sala. El presidente, el fiscal, el señor Bamatabois, veinte personas, le reconocieron y exclamaron á un tiempo:

--¡El señor Magdalena!

XI =Champmathieu más y más asombrado=

Efectivamente era él. La lámpara del escribano iluminaba su rostro. Tenía el sombrero en la mano, no había el menor desorden en su traje, su levita estaba perfectamente abotonada. Estaba muy pálido y ligeramente tembloroso. Sus cabellos, grises todavía al llegar á Arras, aparecían completamente blancos. Había encanecido en aquella hora de estar allí.

Todas las cabezas se levantaron. La sensación fué indescriptible. Hubo en el auditorio un instante de vacilación. La voz había sido tan penetrante, el hombre que estaba allí parecía tan sereno, que al primer momento nadie se explicaba que era aquello. Preguntábanse quién había gritado. Nadie podía creer que fuera aquel hombre tan tranquilo quien hubiese dado un grito tan horroroso.

Aquella indecisión duró solamente algunos segundos. Aún antes de que el presidente y el fiscal pudieran decir una palabra, antes que los gendarmes y porteros hubiesen podido hacer un gesto, el hombre, que en aquel momento seguían todos llamando señor Magdalena, se había adelantado hacia los testigos Cochepaille, Brevet y Chenildieu.

--¿No me reconocéis?--les dijo.

Los tres continuaron admirados, é indicaron con un movimiento de cabeza que no le reconocían. Cochepaille, intimidado, hizo el saludo militar. El señor Magdalena se volvió hacia los jurados y hacia el tribunal, y dijo con acento tranquilo:

--Señores jurados, mandad poner en libertad al acusado. Señor presidente, mandad que se me prenda. El hombre á quien se busca no es él sino yo. Yo soy Juan Valjean.

Ni una sola boca respiraba. Á la primera conmoción de asombro había sucedido un silencio sepulcral. Sentíase en la sala esa especie de terror religioso que sobrecoge á las multitudes cuando se está verificando algo grandioso.

Sin embargo, el rostro del presidente aparecía cubierto de simpatía y tristeza; había cambiado un signo rápido con el fiscal, y algunas palabras en voz baja con los jueces asesores. Y dirigiéndose al público, preguntó con acento que fué comprendido por todo el mundo:

--¿Hay por aquí algún médico?

El fiscal tomó la palabra:

--Señores jurados, el incidente tan extraño como inesperado que suspende la audiencia, nos inspira, lo mismo que á vosotros, un sentimiento que no es necesario expresar. Todos vosotros conocéis, al menos por su fama, al honorable señor Magdalena alcalde de M* sur M*. Si hay algún médico entre el auditorio, unimos nuestra voz á la del señor presidente para rogarle se sirva asistir al señor Magdalena y acompañarle á su domicilio...

El señor Magdalena no dejó terminar al fiscal, interrumpiéndole con un acento lleno de mansedumbre y autoridad. He aquí las palabras que pronunció, trasladadas literalmente, tal cual fueron escritas inmediatamente después de la audiencia por uno de los testigos de aquella escena, tales cuales permanecen todavía en el oído de los que las oyeron hace cuarenta años.

--Os doy muchas gracias, señor fiscal; pero no estoy loco. Vais á verlo. Estábais próximos á cometer un gran error, dese libertad á ese hombre; cumplo con mi deber diciéndoos que yo soy ese desgraciado criminal. Yo soy el único que ve claro aquí, y digo la verdad. Dios, que está allá arriba, mira lo que yo hago, y esto basta. Podéis prenderme, puesto que me tenéis aquí. Yo, sin embargo, he obrado lo mejor que he podido. Me he ocultado bajo un nombre supuesto: me he enriquecido, he llegado á ser alcalde; he querido mezclarme entre las gentes honradas. Pero, por lo visto, esto no es posible. En esto hay muchas cosas que no puedo decir, pues no he de referir aquí mi historia; algún día se sabrá. Robé al señor obispo, es verdad; robé á Gervasillo, es verdad también. Hay razones para decir, como habéis dicho, que Juan Valjean era un miserable, malvado; pero quizá no sea suya toda la culpa. Atendedme, señores jueces: un hombre tan envilecido como yo no puede quejarse de la Providencia, ni debe dar consejos á la sociedad, pero advertid que la infamia, de la cual había procurado salir, es verdaderamente nociva. El presidio hace al presidiario. Haceos cargo de esto, si queréis. Antes de ir á presidio, era yo un infeliz aldeano, muy poco inteligente, casi un idiota; el presidio me cambió. Era estúpido, me volví perverso; era un leño, me volví tizón. Más tarde, la indulgencia y la bondad me salvaron, de igual manera que la severidad me había perdido. Pero perdonadme, pues no podéis vosotros comprender lo que os estoy diciendo. En mi casa se encontrará, entre las cenizas de la chimenea, la moneda de cuarenta sueldos que robé hace siete años á Gervasillo. No tengo nada que añadir. Prendedme. ¡Válgame Dios! El señor fiscal mueve la cabeza como diciendo: Magdalena se ha vuelto loco. ¡No se me cree! Lo siento á fe. ¡No condenéis al menos á ese hombre! ¡Y qué! ¡Estos no me reconocen! Yo quisiera que estuviese aquí Javert. ¡Él sí que me reconocería!

No hay palabras con que expresar toda la melancolía benévola y sombría del acento con que acompañó esta exclamación.

Volvióse hacia los tres presidiarios, diciendo:

--¡Pues bien! ¡Yo os reconozco á vosotros! ¡Brevet! ¿No os acordáis?...

Interrumpióse, vaciló un momento, y luego dijo:

--¿Te acuerdas de aquellos tirantes de punto, labrados á cuadros, que llevabas en presidio?

Brevet experimentó cierta sacudida de admiración, mirándole asombrado de pies á cabeza.

Él continuó:

--Chenildieu, tú que te llamabas á ti mismo Niega-á-Dios, tienes el hombro derecho quemado profundamente, porque te recostaste un día sobre un brasero encendido para borrar las tres letras T. F. P. que se descubren todavía á pesar de ello. Responde: ¿es cierto?

--Es cierto,--dijo Chenildieu.

Dirigióse entonces á Cochepaille.

--Tú, Cochepaille, tienes cerca de la sangría del brazo izquierdo, una fecha grabada en letras azules con pólvora quemada. Esta fecha es la del día del desembarco del emperador en Cannes, 1.º de marzo de 1815. Levántate la manga.

Cochepaille se arremangó, y todas las miradas se dirigieron para ver aquel brazo desnudo. Uno de los gendarmes acercó un farol; la fecha se leía perfectamente.

El desgraciado volvió la vista hacia el auditorio y hacia los jueces con una sonrisa, que enternece todavía á los que la presenciaron cuando la recuerdan. Era, á un tiempo mismo, la sonrisa del triunfo y de la desesperación.

--Ya veis,--dijo,--como soy realmente Juan Valjean.

No había ya en aquel recinto jueces, ni acusadores, ni gendarmes; no había mas que ojos fijos y corazones emocionados. Nadie se acordaba del papel que estaba obligado á representar; el fiscal se olvidaba de que estaba allí para requerir, el presidente de que estaba allí para dirigir, el abogado que se estaba allí para defender. Y es por cierto digno de notarse, que no se hizo pregunta alguna, ni intervino ninguna autoridad. Es condición de los espectáculos sublimes la de apoderarse de todos los ánimos, y convertir los testigos en espectadores. Nadie alcanzaba quizás á darse cuenta de lo que pasaba por él; nadie se explicaba, de seguro, que estuviese viendo en aquello, una gran luz, y todos, sin embargo se sentían interiormente deslumbrados.

Era evidente que tenían delante á Juan Valjean. Esto resplandecía. La aparición de aquel hombre había bastado para llenar de luz aquella aventura tan obscura pocos momentos antes. Sin que fuése ya necesaria otra explicación, toda aquella multitud, como por una especie de revelación eléctrica, comprendió inmediatamente, y de un solo golpe, aquella simple y admirable historia de un hombre que se entregaba para que otro hombre no fuése condenado en su lugar. Los detalles, las vacilaciones, las pequeñas y naturales dificultades, se perdían en aquel vasto hecho luminoso.

Impresión que pasó rápidamente, pero que de momento fué irresistible.

--No quiero molestar más á la audiencia,--repuso Juan Valjean.--Me voy, puesto que no se me prende. Tengo mucho que hacer. El señor fiscal sabe ya quien yo soy y á donde me dirijo; él hará que me prendan cuando quiera.

Dirigióse á la puerta de salida. No se levantó una sola voz, ni se extendió un brazo para detenerle. Todos se retiraron. Brillaba en él, en aquel instante, ese algo divino que hace que las muchedumbres retrocedan y se inclinen delante de un hombre. Atravesó por entre la multitud á paso lento. No se ha sabido jamás quién le abrió la puerta, pero es cierto que la puerta estaba abierta cuando él llegó; desde allí volvióse y dijo:

--Señor fiscal, estoy á vuestras órdenes.

Después se dirigió al auditorio:

--Tantos cuantos estáis aquí me creéis digno de compasión, ¿no es verdad? ¡Dios mío! Cuando pienso en lo que iba yo á hacer, me creo, en verdad, digno de envidia. Sin embargo, hubiera preferido que no hubiese pasado nada de esto.

Salió, y volvióse á cerrar la puerta, de igual manera que se había abierto; porque aquellos que hacen algo grande, están siempre seguros de hallar alguien que les sirva entre la multitud.

Una hora después, el veredicto del jurado descargaba de toda culpabilidad al llamado Champmathieu; y Champmathieu puesto inmediatamente en libertad, marchábase estupefacto, creyendo locos á todos los hombres, y no explicándose nada de aquella visión.

NOTAS:

[5] Este paréntesis es del propio puño de Juan Valjean.

[6] _Chenildieu_ y _Je nie Dieu_ (Niego á Dios) tiene, en francés, una pronunciación casi igual.

LIBRO OCTAVO RETROCESO

I =En qué espejo vió el señor Magdalena sus cabellos=

El día comenzaba á romper. Fantina había pasado una noche de insomnio y calentura, llena, sin embargo, de imágenes risueñas; quedóse dormida al amanecer. Sor Simplicia, que la había velado, aprovechó este sueño para ir á preparar una nueva poción de quina.

La buena hermana hacía algunos instantes que se hallaba en el laboratorio de la enfermería con sus drogas y redomas, mirándolas muy de cerca, á causa de esa especie de bruma que el crepúsculo esparce sobre los objetos, cuando, volviéndose de repente, dió un ligero grito. El señor Magdalena estaba delante de ella; acababa de entrar silenciosamente.

--¡Sois vos, señor alcalde!--exclamó.

Y él respondió en voz baja:--¿Cómo sigue esa pobre mujer?

--No mal, en este instante. Pero ayer estuvimos todas muy inquietas.

Y le explicó lo que había pasado; cómo Fantina había estado muy mala la víspera, y cómo entonces seguía mejor, porque creía que el señor alcalde había ido á buscar á su hija á Montfermeil. La hermana no se atrevió á interrogar al señor alcalde, pero conoció desde luego que no era de Montfermeil de donde venía.

--Está bien,--dijo él;--habéis hecho bien en no desengañarla.

--Sí,--respondió sor Simplicia; pero ahora cuando os vea sin la niña, señor alcalde, ¿qué vamos á decirle?

Permaneció un momento reflexivo y luego:

--¡Dios nos inspirará!--exclamó.

--Sin embargo, no podremos mentir,--murmuró á media voz la hermana.

Era ya completamente de día al entrar en la enfermería; la claridad daba de lleno en el rostro del señor Magdalena. La casualidad hizo que la hermana alzase los ojos.

--¡Dios mío!--exclamó ella.--¿Qué os ha pasado? ¡Todo el pelo se os ha vuelto blanco!

--¡Blanco!--repitió él.

Sor Simplicia no usaba espejo, y no teniéndole, tuvo que buscar en un estuche de instrumentos, donde había un espejito, de que se servía el médico de la enfermería para comprobar cuando un enfermo estaba muerto, que ya no respiraba.

El señor Magdalena tomó el espejo y mirándose los cabellos, dijo:

--¡Es verdad!

Pronunció esta palabra con indiferencia y como si pensase en otra cosa.

La hermana sintió helársele la sangre por algo desconocido que entreveía en todo aquello.

Él preguntó:

--¿Puedo verla?

--¿Es que el señor alcalde no le recordará á su hija?--dijo la hermana, arriesgándose apenas á hacer la pregunta.

--Sin duda; pero faltan á lo menos dos ó tres días.

--Si no viera al señor alcalde hasta entonces,--repuso tímidamente la hermana,--no sabría que estaba de vuelta, y sería fácil inspirarle paciencia. Cuando llegase la niña, pensaría naturalmente que el señor alcalde había venido con ella. De este modo no habría necesidad de mentirle.

El señor Magdalena pareció reflexionar algunos instantes, y luego dijo con tranquila gravedad:

--No, hermana; es preciso que yo la vea. Ta vez lleve yo prisa.

La hermana no dió muestra de fijarse en estas palabras «tal vez», que daban un sentido obscuro y singular á la frase del señor alcalde, y respondió bajando los ojos, con voz respetuosa:

--En ese caso, está descansando; pero el señor alcalde puede entrar.

Hizo él algunas observaciones acerca de una puerta que cerraba mal, y cuyo ruido podía despertar á la enferma, y entró enseguida á donde estaba Fantina, á cuya cama se acercó entreabriendo las cortinas. Estaba durmiendo. El aliento salía de su pecho con ese ruido lúgubre propio de esa clase de enfermedades, que desconsuela á las pobres madres que velan por la noche á la cabecera de su hijo, desahuciado y dormitando. Pero aquella respiración fatigosa no turbaba apenas una especie de serenidad inefable, difundida por su semblante, y que la transfiguraba en su sueño. Su palidez se había trocado en blancura; sus mejillas estaban encarnadas. Sus largas pestañas rubias, único rasgo de belleza que le restaba de su virginidad y juventud, palpitaban á pesar de estar bajos y cerrados los ojos. Todo su cuerpo parecía como tembloroso por cierto movimiento de alas, dispuestas á entreabrirse y llevársela, cuyo aleteo se sentía sin verlas.

Al mirarla en aquel estado, nadie hubiera podido creer que era una enferma casi desahuciada. Antes parecía que iba á emprender el vuelo que á morirse.

La rama, cuando se acerca una mano para arrancar la flor, tiembla, y parece como que huye y se ofrezca al mismo tiempo. El cuerpo humano tiene algo de semejante temblor, cuando llega el instante en que los dedos misteriosos de la muerte van á coger el alma.

El señor Magdalena permaneció inmóvil algún tiempo al lado de aquel lecho, mirando alternativamente á la enferma y al crucifijo, como cuando dos meses antes, fué á verla por la primera vez en el asilo. Ambos aparecían en la misma actitud; dormida ella y orando él; pero en el trascurso de aquellos dos meses, ella tenía los cabellos grises y él los tenía blancos.

La hermana no había entrado con él. Estábase el señor Magdalena de pie junto á la cama, con el dedo sobre los labios, como si hubiese alguien allí á quien imponer silencio.

Ella abrió los ojos, le vió, y le dijo apaciblemente con dulce sonrisa:

--¿Y Cosette?

II =Fantina dichosa=

No hizo el menor movimiento de sorpresa ni de alegría, puesto que era la alegría misma. Esta sencilla pregunta: ¿y Cosette? fué hecha con una fe tan profunda, con tanta certidumbre, con una ausencia tan completa de inquietud y de duda, que no se le ocurrió á él palabra alguna. Ella continuó:

--Ya yo sabía que estabais aquí, aunque dormía, lo estaba viendo. Y hace ya buen rato que lo veo, puesto que toda la noche os he ido siguiendo con los ojos. Estábais en medio de una gloria rodeado de toda clase de figuras celestes.

Él levantó su mirada hasta el crucifijo.

--Pero,--repuso ella,--decidme luego: ¿dónde está Cosette? ¿Por qué no la habéis sentado sobre mi cama para el momento en que yo despertase?

El señor Magdalena respondió maquinalmente algunas palabras, que no ha podido nunca recordar.

Afortunadamente el médico, á quien se había avisado, llegó á tiempo de auxiliar al señor Magdalena.

--Hija mía,--dijo el médico;--calmaos. Vuestra hija está ahí.

Los ojos de Fantina se iluminaron cubriéndose de claridad todo su semblante. Juntó ambas manos con una expresión que contenía todo cuanto puede haber en la oración á un tiempo mismo, dulce y violento.

--¡Oh!--exclamó.--¡Traédmela!

¡Tierna ilusión de madre! Cosette era aún para ella la criaturita que se lleva en brazos.

--Todavía no,--repuso el médico,--todavía no. Aún tenéis un poco de fiebre. La vista de vuestra hija os agitaría y podría haceros daño. Lo primero es curarse.

Ella le interrumpió impetuosamente:

--Pero, ¡si ya estoy buena! ¡Os digo que estoy buena! ¡Qué torpeza de médico! ¡Yo quiero ver á mi hija!

--¿Veis, veis,--dijo el médico,--cómo os exaltáis? Mientras estéis así, me opondré á que veáis á vuestra hija. No basta que la veáis, es preciso vivir para ella. Cuando seáis razonable, yo mismo os la traeré.

La pobre madre agachó la cabeza:

--Señor doctor, os pido perdón, os lo pido de veras. En otro tiempo no habría hablado como ahora, pero me han sucedido tantas desgracias, que algunas veces no sé lo que me digo. Comprendo que teméis la emoción, y esperaré cuanto queráis; pero os juro que no me hubiera hecho el menor daño ver ahora á mi hija. Si la estoy viendo, mis ojos no dejan de verla desde ayer noche. ¿Entendéis? Si ahora me la trajeran me pondría á hablar con ella tranquilamente. Nada más. ¿No es muy natural que tenga deseos de ver á mi hija, á quien han ido á buscar expresamente á Montfermeil? No estoy enfadada. Sé perfectamente que voy á ser dichosa. Toda la noche he estado viendo cosas blancas y personas que me sonreían. Cuando quiera el señor doctor me traerá él mismo á mi Cosette. Ya no tengo calentura, puesto que estoy curada, conozco bien que ya no tengo nada, pero voy á hacer como si estuviese enferma, y á no moverme para complacer á las hermanas. Cuando vean que estoy muy tranquila, dirán: hay que traerle su hija.

El señor Magdalena se había sentado en una silla que había junto al lecho.

Volvióse Fantina hacia él, haciendo visibles esfuerzos por parecer serena y «muy juiciosa», según su propia frase, durante aquel abatimiento de la enfermedad, parecida á la debilidad de la infancia, á fin de que, viéndola tan calmada, no encontrasen dificultad en llevarle su Cosette. Sin embargo, al mismo tiempo que se contenía, no podía menos de dirigir al señor Magdalena algunas preguntas.

--¿Habéis tenido buen viaje, señor alcalde? ¡Oh! ¡Y qué bueno sois en haber ido á buscarla! Decidme solamente cómo está. ¿Ha resistido bien el viaje? ¡Ay! ¡Ya no va á conocerme! Después de tanto tiempo, se habrá olvidado de mí la pobrecita. Las criaturas no tienen memoria, son como los pájaros. Hoy ven una cosa, mañana otra, y luego no se acuerdan de nada. ¿Tenía al menos ropa limpia? ¿Los Thénardier la tenían aseada? ¿Qué le daban de comer? ¡Oh! ¡Cuánto he sufrido, si supiérais, haciéndome todas esas preguntas en los tiempos de mi miseria! ¡Ahora todo ha pasado! ¡Estoy alegre! ¡Oh! ¡Y cómo querría verla! Señor alcalde, ¿os ha parecido bonita? ¿Verdad que es muy hermosa mi hija? ¿Habréis tenido mucho frío en la diligencia? ¿No me la podrían traer siquiera un momento? ¡Ya se la volverían á llevar enseguida! ¡Decidlo vos! ¡Vos que sois el amo!

Él le tomó la mano, y dijo:

--Cosette es hermosa, y está buena; pronto la veréis; pero calmaos. Habláis con demasiada viveza, y sacáis los brazos fuera de la cama, y esto os hace toser.

En efecto, accesos de tos interrumpían á Fantina casi á cada palabra.

Fantina no murmuró siquiera, temiendo haber comprometido con algunas quejas apasionadas la confianza que quería inspirar, y púsose á hablar de cosas indiferentes:

--¿Es muy bonito Montfermeil, no es verdad? Durante el verano se hacen muchas excursiones de recreo. ¿Hacen negocio los Thénardier? No pasa mucha gente por su casa. Es una especie de figón la tal posada.

El señor Magdalena seguía teniéndola cogida la mano y contemplándola ansioso; era evidente que había ido á decirle cosas, ante las cuales su mente vacilaba. El médico, terminada la visita, se había retirado. Sor Simplicia era la única persona que estaba con ellos.

Entre tanto, en medio de aquel silencio, exclamó Fantina:

--¡Ya la oigo! ¡Dios mío! ¡Ya la oigo!

Extendió la mano imponiendo silencio, retuvo el aliento, y se puso á escuchar como extasiada.

Había una criatura que estaba jugando en el patio, hija de la portera ó de alguna operaria. Fué una de esas casualidades que ocurren siempre, y que parecen formar parte del aparato misterioso de los sucesos lúgubres. La criatura, que era una niñita, iba, venía, corría para entrar en calor, reía y cantaba en alta voz.

¡Ah! ¡En qué no se mezclan los juegos de niños! El canto de aquella criatura era el que oía Fantina.

--¡Oh!--exclamó ella.--¡Es mi Cosette! Conozco su voz.

La chiquilla se alejó tal como había venido; la voz se extinguió. Fantina siguió escuchando por algún tiempo; después se cubrió de sombras su semblante, y el señor Magdalena la oyó que decía por lo bajo:

--¡Qué malo es ese médico, no dejándome ver á mi hija! ¡Mala cara tiene ese hombre!

Sin embargo, reapareció el fondo risueño de sus pensamientos, y continuó hablándose á sí misma, sin levantar la cabeza de la almohada:

--¡Qué felices vamos á ser! Tendremos en primer lugar un jardinito. Me lo ha prometido el señor Magdalena. Mi hija jugará en el jardín. Ya debe saber de seguro, las letras. Yo la haré deletrear. Correrá entre la yerba detrás de las mariposas. Yo la contemplaré. Luego hará su primera comunión. ¡Ah! ¿Cuándo debe hacer su primera comunión?

Púsose á contar con los dedos.

--...Uno, dos, tres, cuatro... Tiene siete años. Dentro de cinco, llevará un velo blanco y medias caladas, parecerá una mujercita. ¡Oh, mi buena hermana, no sabéis lo tonta que yo soy! ¡Pues no estoy ya pensando en la primera comunión de mi hija!

Y se puso á reir.

Él había dejado la mano de Fantina, y oía aquellas palabras como se oye el viento que sopla, con la vista en el suelo y el espíritu sumido en reflexiones profundas. De pronto dejó ella de hablar, y esto le hizo á él levantar maquinalmente la cabeza. Fantina se había puesto horrorosa.

No hablaba ya, no respiraba; se había medio incorporado sobre la cama; su hombro descarnado salía por entre la camisa; su rostro, radiante hacía un momento, estaba descompuesto, parecía fijarse en algo formidable que estaba ante su vista al otro extremo de la sala, agrandados sus ojos por el terror.

--¡Dios mío!--exclamó él.--¿Qué tenéis, Fantina?

Ella no respondió, ni apartó los ojos del objeto que parecía estar viendo; tocóle el brazo con una mano, y con la otra le hizo seña de que mirase detrás de sí.

Volvióse, y vió á Javert.

III =Javert contento=

He aquí lo que había pasado.

Acababan de dar las doce y media, cuando el señor Magdalena salió de la sala de los jurados de Arras. Había llegado de vuelta á la posada precisamente á tiempo de partir con la silla correo en el asiento que recordará el lector que había tomado.

Poco antes de las seis de la mañana había llegado á M* sur M*, y su primer cuidado había sido echar al correo su carta dirigida al señor Laffite, y luego ir á la enfermería á ver á Fantina.

En el entretanto, y apenas había dejado él la sala de audiencia del tribunal de los jurados, cuando vuelto en sí el fiscal de su primera sorpresa, había tomado la palabra para deplorar el acto de locura del honorable alcalde de M* sur M*, y declarar que no por ese incidente peregrino, que se aclararía más tarde, se habían modificado sus convicciones requiriendo por lo tanto, la condena de aquel Champmathieu, evidentemente verdadero Juan Valjean. La persistencia del fiscal estaba visiblemente en contradicción con el sentimiento de todos, así del público, como del tribunal y del jurado. Al defensor le costó poquísimo trabajo refutar aquella arenga y establecer que, á consecuencia de las revelaciones del verdadero Juan Valjean, el asunto había cambiado completamente de aspecto y que el jurado no tenía ya ante sí más que un inocente. El abogado había proferido con ese motivo algunas sentencias declamatorias, desgraciadamente poco nuevas, acerca de los errores judiciales, etc., etc.; el presidente, en su resumen, se unió al defensor, y el jurado en breves momentos declaró libre de culpa á Champmathieu.

Sin embargo, hacía falta un Juan Valjean y el fiscal, no teniendo ya á Champmathieu, tomó á Magdalena.

Inmediatamente después de haber sido puesto en libertad Champmathieu, el fiscal se encerró con el presidente. Ambos conferenciaron acerca «de la necesidad de apoderarse de la persona del señor alcalde de M* sur M*». Esta frase, en la que hay muchos de, es del fiscal, escrita toda de su mano en la minuta de su informe al tribunal superior. Pasada la primera emoción, el presidente hizo pocas objeciones. Creyó que era preciso que la justicia siguiese su curso.

Y luego, para decirlo todo, aunque el presidente fuése hombre de bien y bastante entendido, era al propio tiempo muy realista, casi furibundo, y le había chocado que el alcalde de M* sur M*, hablando del desembarco de Cannes, dijese el _emperador_ y no _Buonaparte_.

La orden de arresto fué expedida inmediatamente. El fiscal la envió á M* sur M*, por uno de sus hombres, á uña de caballo, encargándosela al inspector de policía Javert.

Ya sabemos que Javert había regresado á M* sur M*, inmediatamente después de haber prestado su declaración.

Javert se estaba levantando en el momento en que el enviado del fiscal le entregó la orden de arresto y mandato de traslación.

El enviado del fiscal era también un agente de policía muy experimentado, quien puso en dos palabras á Javert al corriente de lo sucedido en Arras. La orden de arresto, firmada por el fiscal, estaba concebida en estos términos:

«El inspector Javert reducirá á prisión al señor Magdalena, alcalde de M* sur M*, quien en la audiencia de este día ha sido reconocido por ser el presidiario cumplido Juan Valjean».

Quien no conociera á Javert y le hubiese visto en el momento de penetrar en la antesala de la enfermería, no habría podido adivinar nada de lo que pasaba, y le habría encontrado el aire más natural del mundo. Estaba frío, sereno, grave, con su pelo gris perfectamente alisado sobre las sienes, y acabando de subir la escalera con su lentitud acostumbrada. Pero quien le hubiese conocido á fondo, examinándole atentamente, se hubiera estremecido. La hebilla de su corbatín de cuero, en vez de estar sobre la nuca, estaba junto la oreja izquierda. Esto revelaba una agitación inaudita.

Javert era un carácter completo, no permitiéndose el menor pliegue ni en su deber ni en su traje; metódico con los criminales, rígido con los botones del vestido.

Para haberse dejado fuera de lugar la hebilla de su corbatín, menester era que se verificase en él una de aquellas emociones que podríamos llamar terremotos interiores.

Habíase presentado sencillamente, después de haber pedido un cabo y cuatro soldados en el cuerpo de guardia inmediato, y dejándoles en el patio había preguntado por el cuarto de Fantina, cuya indicación le había dado la portera sin la menor desconfianza, acostumbrada como estaba, á ver gentes armadas preguntando por el señor alcalde.

Al llegar al cuarto de Fantina alzó el picaporte, empujó la puerta con la suavidad de un enfermero ó de un espía, y entró.

Mejor dicho: no entró. Se mantuvo de pie junto á la puerta entreabierta con el sombrero puesto, y la mano izquierda metida bajo la solapa de su levitón que llevaba abrochado hasta la barba. En el pliegue del codo asomaba el puño de plomo de su enorme bastón, el cual desaparecía detrás de él.

Permaneció en esta actitud cerca de un minuto, sin que se notase su presencia. De pronto Fantina alzó los ojos, le vió, é hizo que se volviese el señor Magdalena.

En el momento en que la mirada de Magdalena tropezó con la mirada de Javert, Javert, sin moverse, sin dar un paso, sin adelantarse, apareció espantoso. Ningún sentimiento humano puede manifestarse tan horrible como la alegría.

Fué aquélla la expresión de un demonio que acababa de encontrar á su condenado.

La certidumbre de tener por fin á Juan Valjean, hizo aparecer en su fisonomía todo cuanto se guardaba encerrado en su alma. El fondo removido subió á la superficie. La humillación de haber perdido la pista y haberse equivocado durante algunos minutos con aquel Champmathieu, se borraba bajo el orgullo de haber adivinado tan bien desde el principio, y tenido por tanto tiempo un instinto certero. El contento de Javert estalló en su actitud soberana. La deformidad del triunfo brilló sobre su deprimida frente. Adquirió todo el desarrollo del horror que pueda caber en un semblante satisfecho.

Javert en aquel momento estaba en el cielo. Sin que él mismo supiese darse cuenta exacta de lo que pasaba por él, comprendía, sin embargo, por una intuición confusa de su deber y de su éxito, que él, Javert, personificaba la justicia, la luz y la verdad en su función sublime de aplastar el mal. Tenía detrás de sí y en derredor suyo, á una profundidad infinita, la autoridad, la razón, la cosa juzgada, la conciencia legal, la vindicta pública, todas las estrellas. Él protegía el orden, hacía surgir el rayo de la ley, vengaba á la sociedad, prestaba su fuerza á lo absoluto; erguíase en medio de su gloria. Había en su triunfo un resto de provocación y de lucha; en pie, altanero, radiante, desplegaba á manos llenas en el azulado ambiente, la bestialidad sobrehumana de un arcángel feroz. La sombra terrible de la acción que desempeñaba hacía visible en su crispada mano el vago centelleo de la espada social. Satisfecho é indignado, tenía bajo su planta el crimen, el vicio, la rebeldía, la perdición, el infierno. Irradiaba, exterminaba, sonreíase, y no puede negarse que había cierta grandeza en aquel san Miguel monstruoso.

Javert, espantoso, no tenía nada de innoble.

La probidad, la sinceridad, el candor, la convicción, la idea del deber, son cosas que, equivocándose, pueden trocarse en repugnantes; pero que, repugnantes y todo, permanecen grandes. La majestad propia de la conciencia humana, persiste en el horror. Son virtudes que tienen un vicio, el error. La despiadada alegría honrada de un fanático en plena atrocidad, conserva cierta aureola tristemente venerable. Sin él advertirlo en medio de su contento formidable, era Javert digno de lástima, como todo ignorante que triunfa. No puede darse nada tan doloroso y terrible como aquel semblante, en que se manifestaba lo que podríamos llamar todo lo malo de lo bueno.

IV =La autoridad recobra sus derechos=

Fantina no había vuelto á ver á Javert desde el día en que el alcalde la había librado de sus manos. Su cerebro enfermo no se daba cuenta de nada; pero se imaginó que iba á buscarla. No pudo, pues, soportar la vista de aquel semblante horrible; sintióse morir, ocultó el rostro entre ambas manos, y exclamó angustiada:

--¡Señor Magdalena, salvadme!

Juan Valjean--ya no le llamaremos de otro modo en adelante--se había levantado y dicho á Fantina con acento apacible y sereno:

--Tranquilizaos, no es por vos por quien viene.

Después dirigiéndose á Javert, le dijo:

--Ya sé lo que queréis.

Javert respondió:

--¡Vamos pues!

Hubo en la inflexión con que acompañó estas dos palabras algo, en verdad, frenético y feroz. Javert no dijo: ¡Vamos pues! sino _¡Vampués!_ No hay ortografía que pueda expresar el acento con que lo pronunció. No fué aquello palabra humana; fué un rugido.

No obró según costumbre, no entró en materia, no presentó la orden de arresto. Para él Juan Valjean era una especie de enemigo misterioso é impalpable, un luchador tenebroso, á quien venía atacando hacía cinco años sin poder derribarle. Aquella prisión no era un principio, sino un fin. Limitóse por ello á exclamar:

--¡Vamos, pues!

Y así diciendo, no adelantó un paso, lanzó solamente sobre Juan Valjean aquella mirada que él arrojaba como un garfio, y con la cual acostumbraba á arrastrar violentamente hacia él á los desgraciados.

Ésta fué la mirada que sintió penetrar Fantina, hasta la médula de sus huesos, dos meses antes.

Al grito de Javert, Fantina había vuelto á abrir los ojos. Pero estando allí el señor alcalde ¿qué había de temer?

Javert se adelantó hasta el medio de la sala y exclamó:

--¡Ea! ¿Vienes?

La infeliz miraba en torno suyo. No había nadie más que la hermana y el alcalde. ¿Á quién se podía dirigir aquel tuteo abyecto de Javert? Á ella solamente; y empezó á temblar.

Entonces vió Fantina una cosa inaudita, de tal modo inaudita, como nunca jamás se le había aparecido otra alguna, ni en los más espantosos delirios de su fiebre.

Vió al repugnante Javert coger por el cuello al señor alcalde, y vió al señor alcalde bajar la cabeza. Parecióle que se hundía el mundo.

Javert, en efecto, había cogido por el cuello á Juan Valjean.

--¡Señor alcalde!--exclamó Fantina.

Javert se echó á reir con aquella expresión espantosa que descubría todos sus dientes.

--¡Ya no hay aquí señor alcalde alguno!

Juan Valjean no probó siquiera de rechazar la mano que le tenía sujeto por el cuello de su levita, y dijo solamente:

--¡Javert!...

Javert le interrumpió:

--Llámame señor inspector.

Señor inspector,--repuso Juan Valjean--quiero deciros una palabra á solas.

--¡Alto y claro! Habla alto,--respondió Javert.--Á mí se me habla siempre en alta voz.

Juan Valjean continuó bajándola:

--Es un favor que os pido...

--Dígote que hables alto.

--Es cosa que únicamente vos debéis oir...

--¿Y á mí qué me importa? ¡No escucho nada!

Juan Valjean se volvió hacia él, y dijo rápidamente muy por lo bajo:

--¡Concederme tres días! ¡Tres días para ir á buscar la criatura de esta pobre mujer! ¡Pagaré lo que sea! Podéis acompañarme si queréis.

--¡Quieres reirte!--exclamó Javert.--¡No te creía yo tan bruto! ¡Me pides tres días para marcharte! ¡Dices que es para ir á buscar la hija de esta chica! ¡Ja, ja! ¡Vaya una gracia!

Fantina se estremeció.

--¡Mi hija!--exclamó.--¡Ir á buscar á mi hija! ¡Luego no está aquí! Hermana mía, respondedme: ¿Dónde está Cosette? ¡Yo quiero á mi hija! ¡Señor Magdalena, señor alcalde!

Javert dió una patada.

--¡Ahora la otra! ¡Á ver si te callas, buena pieza! ¡Bonito país es éste donde los presidiarios son magistrados y las mujeres públicas están cuidadas como condesas! Pero todo ello va á cambiar pronto; ¡ya era tiempo!

Y mirando fijamente á Fantina, añadió, cogiendo otra vez por la corbata, la camisa y el cuello á Juan Valjean:

--Te digo que no hay aquí ningún señor Magdalena, ni señor alcalde alguno. No hay sino un ladrón, un bandido, un presidiario llamado Juan Valjean, que es á quien tengo cogido! ¡Eso es lo que hay!

Fantina se incorporó de súbito, apoyada en sus brazos débiles y descarnadas manos; miró á Juan Valjean, miró á Javert, miró á la hermana, abrió la boca como para hablar, pero salió solamente un ronquido del fondo de su garganta, y chocaron sus dientes; extendió después los brazos con angustia, abrió convulsivamente las manos, y buscando á su alrededor como el que se ahoga, cayóse luego por su propio peso sobre la almohada.

Su cabeza chocó contra la cabecera de la cama, doblándose sobre el pecho; la boca abierta, abiertos los ojos y apagados.

Estaba muerta.

Juan Valjean puso su mano sobre la mano de Javert que le tenía asido, y se la abrió como se abre la mano de un niño, diciéndole:

--¡Habéis matado á esa mujer!

--¡Acabaremos!--exclamó furioso Javert.--Yo no estoy aquí para atender razones. No perdamos el tiempo; la guardia está abajo, vamos enseguida, ó mando que te aten.

Había en un rincón de la sala una cama vieja de hierro en bastante mal estado, que servía para recostarse las hermanas cuando estaban de vela. Dirigióse á ella Juan Valjean, desencajó en un momento la cabecera, ya muy quebrantada, cosa facilísima á un hombre de sus fuerzas, y empuñando la barra principal, lanzó sobre Javert una mirada de alto á bajo. Javert retrocedió hasta la puerta.

Juan Valjean, empuñando su barra, llegóse lentamente hasta el lecho de Fantina y al llegar á él volvióse de frente hacia Javert, diciéndole en voz apenas perceptible:

--No os aconsejo que me estorbéis en este momento.

Es lo cierto que Javert temblaba.

Tuvo intención de ir á llamar á la guardia, pero Juan Valjean podía aprovecharse de aquel minuto para huir. Quedóse pues, cogiendo su bastón por lo más delgado, y reclinándose contra el quicio de la puerta miraba fijamente á Juan Valjean.

Juan Valjean apoyó su codo sobre el pomo de la cabecera y la frente en su mano, contemplando á Fantina inmóvil y tendida, permaneciendo así, absorto, mudo, y sin pensar seguramente en nada de esta vida. No se manifestaba en su rostro ni en su actitud mas que una inexplicable piedad. Después de algunos momentos de semejante meditación, inclinóse hacia Fantina, y le habló en voz baja.

¿Qué le dijo? ¿Qué podía decirle aquel hombre considerado réprobo, á aquella mujer muerta? ¿Qué significaron aquellas palabras? Nadie en la tierra las oyó. ¿Las oyó la difunta? Hay ilusiones conmovedoras que son tal vez realidades sublimes. Lo que está fuera de duda es que sor Simplicia, único testigo de cuanto allí pasó, repitió luego muchas veces que en el momento en que Juan Valjean habló al oído de Fantina, vió asomar claramente una inefable sonrisa en aquellos pálidos labios y en aquellas vagas pupilas, llenas del asombro de la tumba.

Juan Valjean tomó entre sus manos la cabeza de Fantina y la acomodó en la almohada, como hubiera podido hacer una madre con su hija; después le ató el cordón de la camisa y metió sus cabellos en la gorra. Hecho esto, le cerró los ojos.

La cara de Fantina en aquel instante parecía extrañamente iluminada.

La muerte es la entrada en la gran luz.

La mano de Fantina colgaba fuera de la cama. Juan Valjean se arrodilló delante de aquella mano, que levantó suavemente, y la besó.

Después, de pie otra vez, volvióse hacia Javert, diciendo:

--Ahora estoy á vuestras órdenes.

V =Tumba apropiada=

Javert encerró á Juan Valjean en la cárcel de la población.

La prisión del señor Magdalena produjo en M* sur M* una sensación, ó por mejor decir, una conmoción extraordinaria. Sentimos no poder disimular, que á la sola exclamación de: _¡Era un presidiario!_ casi todo el mundo le abandonó. En menos de dos horas, todo el bien que había hecho fué olvidado, y ya no fué mas que «un presidiario». Justo es advertir que no se conocían aún los pormenores del suceso de Arras. Durante todo el día oyéronse en toda la población conversaciones como esta:

--¿No lo sabéis? Era un presidiario cumplido.

--¿Quién?

--El alcalde.

--¡Bah! ¿El señor Magdalena?

--Sí.

--¿De veras?

--No se llama Magdalena; tiene un nombre horrible: Bejean, Bojean, Boujean.

--¡Ay! ¡Dios mío!

--Está preso.

--¡Preso!

--Sí, en la cárcel de la ciudad hasta que se le traslade.

--¡Que se traslade! ¿Le van á trasladar? ¿Y adónde?

--Van á hacerle comparecer ante los jurados por un robo en despoblado que cometió en otro tiempo.

--¡Ya me lo sospechaba yo! Era un hombre demasiado bueno, demasiado perfecto, demasiado confiado. No quería condecoraciones, daba limosna á todos los pilluelos que encontraba. Siempre creí que debía encerrar todo esto una mala historia. En las «reuniones del buen tono» especialmente, dominó esta idea.

Una vieja señorona, suscriptora de la _Bandera blanca_, hizo esta reflexión de la cual es casi imposible sondear la profundidad.

--Me alegro. ¡Así aprenderán los _bonapartistas_!

Así fué como aquel fantasma que se había llamado señor Magdalena, se desvaneció en M* sur M*. Tres ó cuatro personas solamente en toda la población permanecieron fieles á su memoria. La vieja portera que le había servido fué una de ellas.

La noche de aquel mismo día, esta buena anciana, estaba sentada en su cuartito asustada aún y reflexionando tristemente. La fábrica había estado cerrada todo el día, la puerta cochera tenía echado el cerrojo, y la calle estaba desierta. No había en la casa más que las dos hermanas, sor Simplicia y sor Perpetua, que velaban junto al cuerpo de Fantina. Hacia la hora en que el señor Magdalena acostumbraba á entrar, la buena de la portera se levantó maquinalmente, sacó de un cajón la llave del cuarto del señor Magdalena, tomó la palmatoria que le servía por las noches para subir á su cuarto, y colgó la llave en el clavo de donde él la solía alcanzar colocando la palmatoria al lado, como si también le esperase. Luego volvió á sentarse y se puso á reflexionar. La pobre vieja había hecho todo aquello sin darse cuenta de lo que hacía.

Hasta que se pasaron dos horas largas no salió de sus meditaciones, exclamando:

--¡Calle! ¡Dios mío Jesucristo! ¡por qué he puesto yo la llave en el clavo!

En aquel mismo instante se abrió el ventanillo de la portería, pasó una mano, cogió la llave y la palmatoria, y encendió la bujía en la vela que estaba ardiendo.

La portera levantó los ojos y se quedó asombrada, sin poder lanzar un grito que ahogó en la garganta.

Había conocido aquella mano, aquel brazo y aquella manga de levita.

Era realmente el señor Magdalena.

Quedóse algunos segundos sin poder hablar, _sobrecogida_, como decía después ella misma, contando la aventura.

--¡Dios mío, señor alcalde!--exclamó por fin;--yo os creía...

Paróse. El final de su frase hubiera sido una falta de respeto al principio. Juan Valjean continuaba siendo para ella el señor alcalde.

Éste terminó por sí mismo la frase.

--En la cárcel,--dijo.--Sí, allí estaba; he roto un barrote de una ventana, y me he dejado caer desde un tejado, y aquí me tenés. Subo á mi cuarto; avisad á sor Simplicia. Estará sin duda junto á esa pobre mujer.

La vieja obedeció enseguida.

No le hizo él recomendación ninguna; tan seguro estaba que le guardaría ella mejor que él mismo.

Jamás ha podido saberse como logró penetrar en el patio sin hacer abrir la puerta cochera. Tenía y llevaba siempre consigo una llave maestra que abría una puertecilla lateral, pero debían haberle registrado y quitádole esa llave. Este punto no ha sido esclarecido.

Subió la escalera que conducía á su cuarto. Al llegar arriba dejó la palmatoria en el último tramo, abrió la puerta sin hacer ruido, y fué á cerrar á tientas la ventana y postigos; después volvió á tomar la palmatoria y entró en la habitación.

La precaución era útil, porque debemos recordar que la ventana podía ser vista desde la calle.

Dirigió una mirada á su alrededor, sobre la mesa, sobre la silla, sobre la cama, que no se había deshecho hacía tres días. No quedaba el menor vestigio del desorden de la penúltima noche. La portera había «arreglado el cuarto». Y, al arreglarlo, había recogido de entre la ceniza, y colocado cuidadosamente sobre la mesa las dos conteras del palo y la moneda de cuarenta sueldos ennegrecida por el fuego.

Tomó un pliego de papel, en el cual escribió: «_Éstas son las dos conteras de mi bastón y la moneda de dos francos robada á Gervasillo, de que he hablado al tribunal_». Puso sobre dicho papel la moneda de plata y las dos conteras, de modo, que fuera lo primero que se viese al entrar á la habitación. Sacó de un armario una camisa vieja, la que desgarró envolviendo con los pedazos los dos candeleros de plata. No se dió prisa alguna ni mostró la menor agitación. Y mientras envolvía los candeleros del obispo, iba mordiendo un pedazo de pan negro. Es probable que fuera este pan el de la cárcel, que se había llevado consigo al evadirse.

Esto fué comprobado por las migajas de pan que se encontraron en el suelo del aposento, cuando más tarde se hizo en el mismo un reconocimiento por la justicia.

Dieron dos golpecitos en la puerta.

--Adelante,--dijo él.

Era sor Simplicia.

Estaba pálida, tenía los ojos enrojecidos, la vela que llevaba vacilaba en su mano. Las violencias del destino tienen la particularidad de que, por perfectos y fríos que seamos, nos sacan del fondo de las entrañas la naturaleza humana, obligándola á mostrarse al exterior. Con las emociones de aquel día, la religiosa se había convertido nuevamente en mujer. Había llorado y temblaba.

Juan Valjean acababa de escribir algunas líneas en un papel, que entregó á la hermana, diciéndola:--Hermana, mandaréis este papel al señor cura.

El papel estaba desdoblado. La hermana fijó en él los ojos.

--Podéis leerlo,--dijo Juan Valjean.

La hermana leyó:

«Ruego al señor cura que cuide sobre todo de lo que dejo aquí. Con ello se servirá pagar las costas de mi proceso y el entierro de la mujer que ha muerto hoy. Lo restante será para los pobres».

La hermana quiso hablar, pero apenas pudo balbucear algunos sonidos inarticulados. Sin embargo, consiguió decir:

--¿No desea el señor alcalde volver á ver por última vez á esa pobre infeliz?

--No,--respondió él,--me persiguen, y si llegaran á prenderme á su lado, esto turbaría su reposo.

No bien había terminado, cuando sonó un gran ruido en la escalera. Oyóse un tumulto de pasos de gente que subía, y la vieja portera que decía en voz alta y penetrante:

--¡Señor mío, os juro por Dios santo, que no ha entrado aquí nadie durante todo el día, ni durante la noche, porque no me he apartado un instante de la portería!

Un hombre respondió:

--Sin embargo, hay luz en este cuarto.

Reconocieron la voz de Javert.

La estancia estaba dispuesta de manera que la puerta, al abrirse, ocultaba el ángulo de la pared á la derecha. Juan Valjean mató la luz de un soplo y se quedó en el ángulo.

Sor Simplicia cayó de rodillas junto á la mesa.

Abrióse la puerta.

Entró Javert.

Oíase el cuchicheo de varios hombres y las protestas de la portera en el corredor.

La religiosa no alzó los ojos, estaba orando.

La vela, recién apagada, estaba sobre la chimenea, dando con el humeante pábilo escasa claridad.

Javert entrevió á la hermana y se quedó parado.

Recuérdese que el verdadero fondo de Javert, su elemento, su centro respirable, era la veneración á toda autoridad. Homogéneo en su modo de ser, no admitía objeciones ni restricciones. Según él, era la autoridad eclesiástica la primera de todas, era _religioso_, _superficial_ y correcto en este punto, como en todo.

Un cura, á sus ojos, era un espíritu que no se engaña nunca; una religiosa, una criatura que no peca jamás. Eran almas muradas, en este mundo, con sólo una puerta que jamás se abre, sino para dar paso á la verdad.

Al entrever la hermana, su primer movimiento fué retirarse.

Sin embargo, había otro deber que le dominaba é impelía imperiosamente en sentido inverso. Su segundo movimiento fué permanecer allí y arriesgar al menos una pregunta.

Era aquella sor Simplicia, que no había mentido jamás. Javert lo sabía y la veneraba particularmente por esta razón.

--Hermana,--le dijo;--¿estáis aquí sola?

Hubo un momento horrible, durante el cual la pobre portera se sintió desfallecer.

La hermana levantó los ojos, y respondió:

--Sí.

--Así,--repuso Javert,--dispensadme si insisto, es mi deber: ¿no habéis visto esta noche una persona, un hombre que se ha escapado, y á quien vamos buscando, llamado Juan Valjean? ¿No le habéis visto?

La hermana dijo: No.

Mintió, y mintió dos veces seguidas una tras otra, sin vacilar, rápidamente, como quien se presta al sacrificio propio.

--Perdonadme,--dijo Javert, y se retiró saludando profundamente.

¡Oh santa mujer! ¡Años hace que no pertenecéis ya á este mundo; que estáis reunida en el seno de la luz con vuestras hermanas las vírgenes y con vuestros hermanos los ángeles! ¡Que se os tenga en cuenta en el paraíso esta mentira!

La afirmación de la hermana fué para Javert tan decisiva, que ni siquiera advirtió la singularidad de aquella bujía que acababa de ser apagada, y que humeaba aún, sobre la mesa.

Una hora después, un hombre, caminando á través de los árboles y de las brumas, se alejaba rápidamente de M* sur M* en dirección á París.

Este hombre era Juan Valjean.

Hase sabido posteriormente, por el testimonio de dos ó tres arrieros que le encontraron, que llevaba un paquete y que vestía blusa. ¿De dónde había sacado aquella blusa? Se ignora. Sin embargo, hacía pocos días que había fallecido un obrero anciano en la enfermería de la fábrica sin dejar otra cosa que una blusa. Puede que fuése ésta.

Una frase final para Fantina.

Todos tenemos una madre común, la tierra. Fantina fué devuelta á esta madre.

El cura creyó hacer bien, y estuvo en lo justo tal vez, reservando, de lo que Juan Valjean le había dejado, la mayor suma posible con destino á los pobres. Porque, al fin ¿de quiénes se trataba? De un presidiario y de una mujer pública. Por esto simplificó el entierro de Fantina reduciéndolo á lo estrictamente necesario, á lo que se llama la fosa común.

Fantina fué, pues, enterrada en el rincón gratuito del cementerio que, siendo de todos no es de ninguno, y en el cual desaparecen los cuerpos de los pobres. Afortunadamente, sabe Dios dónde encontrar las almas. Enterróse á Fantina en las tinieblas, entre los primeros huesos que se encontraron, sufriendo la promiscuidad de las cenizas.

Fué arrojada á la fosa pública. Su tumba se parece á su lecho.

NOTAS:

[7] Walter Scott, Lamartine, Vaulabelle, Charras, Quinet y Thiers.

SEGUNDA PARTE COSETTE