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LIBRO SEGUNDO

EL NAVÍO ORIÓN

I

=El número 24601 se trueca en 9430=

Juan Valjean había sido preso nuevamente.

Séanos permitido pasar sólo rápidamente sobre detalles dolorosos. Nos concretaremos á transcribir dos sueltos publicados por los periódicos de aquella época, algunos meses después de los sorprendentes sucesos acaecidos en M* sur M*.

Estos artículos son bastante concretos. Es sabido que entonces no existía aún la _Gaceta de los Tribunales_.

Tomamos el primero de la _Bandera blanca_. Lleva la fecha del 25 de julio de 1823:

«Uno de los distritos del Pas-de-Calais acaba de ser teatro de un acontecimiento poco común. Un hombre forastero al departamento, llamado Magdalena, había realzado en pocos años, gracias á nuevos procedimientos, una antigua industria local, la fabricación de azabaches y abalorios negros. Así había hecho su fortuna, y digámoslo también, la del propio distrito. En recompensa de sus servicios habíanle nombrado alcalde. La policía ha descubierto que el tal Magdalena no era otro que un antiguo presidiario escapado del penal y, condenado por robo en 1796, llamado Juan Valjean. Juan Valjean ha sido reinstalado en presidio. Parece que antes de su prisión había conseguido retirar de la casa Laffite una suma de más de medio millón que tenía allí colocada y que, por otra parte, se asegura había ganado legítimamente en su negocio. No ha podido averigüarse dónde Juan Valjean ocultó dicha suma al ingresar de nuevo en el presidio de Tolón».

El segundo artículo, un poco más detallado, está extraído del _Diario de París_, de igual fecha:

«Un antiguo presidiario cumplido, llamado Juan Valjean, acaba de comparecer ante el tribunal de los jurados del Var con circunstancias dignas de llamar la atención. Este criminal había llegado á burlar la vigilancia de la policía. Había cambiado de nombre, logrando hacerse elegir alcalde de una de las pequeñas poblaciones del departamento del Norte. Había establecido en esta población un comercio bastante considerable. Ha sido, por fin, desenmascarado y detenido, gracias al celo infatigable del ministerio público. Tenía por concubina una mujer pública, que murió del susto en el momento de su detención. Este miserable, que está dotado de fuerzas hercúleas, había encontrado medio de evadirse; pero, tres ó cuatro días después de su evasión, la policía le echó mano de nuevo, en París mismo, en el instante en que subía á uno de esos pequeños carruajes que hacen el trayecto de la capital al pueblecillo de Montfermeil (Sei-ne et-Oise.)

«Dícese que había aprovechado el intervalo de esos tres ó cuatro días de libertad para retirar una suma considerable colocada por él en casa de uno de nuestros principales banqueros. Esta suma se hace ascender á unos seiscientos ó setecientos mil francos. Según el acta de acusación, debe haberla enterrado en un sitio por él sólo conocido, así es que no se ha podido dar con ella. Sea como fuése, es lo cierto que el llamado Juan Valjean acaba de comparecer ante los jurados del departamento de Var, acusado de un robo en camino público á mano armada, hace cerca de ocho años, cometido en la persona de uno de esos honrados niños que, como ha dicho el patriarca de Ferney en versos inmortales:

«Todos los años llegan de Saboya Para deshollinar con mano diestra Los largos tubos de las chimeneas».

«Este bandido ha renunciado á su defensa. Ha sido probado por el hábil y elocuente órgano del ministerio público, que el robo había sido perpetrado de complicidad, y que Juan Valjean formaba parte de una cuadrilla de ladrones del Mediodía. En consecuencia, Juan Valjean, declarado culpable, ha sido condenado á la pena de muerte. Este criminal se había negado á entablar recurso de casación. El rey, en su inagotable clemencia, se ha dignado conmutarle la pena por la de cadena perpetua. Juan Valjean ha sido conducido inmediatamente al penal de Tolón».

No se habrá olvidado que Juan Valjean tenía en M* sur M* costumbres religiosas. Algunos periódicos, entre ellos _El Constitucional_, presentaron esa conmutación como un triunfo del partido clerical.

Juan Valjean cambió de número en presidio. Llamóse 9.430.

Por lo demás, digámoslo para no tener que repetirlo, con el señor Magdalena desapareció la prosperidad de M* sur M*. Todo cuanto él había previsto durante aquella noche de fiebre y vacilación, se realizó; faltando él, _faltó el alma_ en el pueblo. Después de su caída, verificóse en M* sur M* la división egoísta que sucede á las grandes existencias caídas, el fatal desmembramiento de las cosas florecientes que se realiza todos los días en las obscuridades de la comunidad humana, y que la historia no ha consignado más que una vez porque se efectuó á consecuencia de la muerte de Alejandro.

Los lugartenientes se coronan reyes; los mayordomos se improvisaron fabricantes. Surgieron las rivalidades envidiosas. Los vastos talleres del señor Magdalena se cerraron, cayeron en ruinas los edificios, dispersáronse los obreros. Dejaron los unos el país, dejaron los otros el oficio. Todo se hizo desde entonces en pequeño, en vez de hacerse en grande; por el lucro, en vez de hacerse para el bien. No hubo ya centro; por todas partes competencia y encarnizamiento. El señor Magdalena lo dominaba y dirigía todo. Caído él, cada cual tiró para sí; el espíritu de lucha sucedió al espíritu de organización; la aspereza á la cordialidad; el odio de unos á otros, á la benevolencia del fundador para todos; los hilos anudados por el señor Magdalena se enredaron y rompieron; falsificáronse los procedimientos; envileciéronse los productos; matóse la confianza; disminuyeron las ventas; hubo menos pedidos, redujéronse los jornales; holgaron los talleres; vino la quiebra. Y luego, nada para los pobres. Todo se desvaneció.

El mismo Estado llegó á entender que alguien había sido arruinado en alguna parte. No habían transcurrido aún cuatro años desde que la sentencia del Tribunal Penal comprobó la identidad del señor Magdalena con la de Juan Valjean que lo llevó á presidio, cuando ya los gastos de recaudación del impuesto eran dobles en el distrito de M* sur M*, y el ministro señor de Villèle lo manifestó así en la tribuna en el mes de febrero de 1827.

II =Donde se leerán dos versos, que son tal vez del diablo=

Antes de ir más adelante, es del caso referir con algunos detalles un hecho singular que pasó hacia la misma época en Montfermeil, y que no deja de tener su coincidencia con ciertas conjeturas del ministerio público.

Existe en la comarca de Montfermeil una superstición antiquísima, tanto más curiosa y preciosa, cuanto que una superstición popular de las cercanías de París es como un aloe en Siberia. Nosotros somos de aquéllos que respetan todo lo que está en estado de planta rara. He aquí, pues, la superstición de Montfermeil.

Créese allí que el diablo, desde tiempo inmemorial, tiene escogida aquella selva para ocultar en ella sus tesoros. Las buenas mujeres afirman que no es raro encontrar, á la caída de la tarde, en los sitios apartados del bosque, un hombre negro, con aspecto de carretero ó leñador, calzando zuecos, vestido con un pantalón y saco de lienzo, y fácil de conocer, porque en vez de gorra ó sombrero, tiene dos cuernos inmensos en la cabeza. Esto debe hacer que en efecto pueda reconocérsele fácilmente. Á este hombre se le ve generalmente ocupado en ahondar un hoyo. Hay tres maneras distintas de sacar partido de semejante encuentro. La primera es dirigirse al hombre y hablarle. Entonces se advierte que es el tal sencillamente un aldeano, y que el parecer negro consiste en el crepúsculo; que no hace ningún hoyo, sino que corta hierba para sus vacas, y que lo que se había tomado por cuernos no es otra cosa que una horquilla para remover el estiércol, la cual lleva entre ambas espaldas, y cuyos colmillos, gracias á la perspectiva de la noche, parecen salirle de la cabeza. Vuelve uno á casa y se muere dentro de la semana.

La segunda manera consiste en observarle, esperar á que haya concluido su hoyo, que lo vaya rellenando, y se haya ido; correr enseguida allí donde hizo el hoyo, destaparle y sacar el «tesoro» que el hombre negro ha depositado necesariamente en él. En este caso muérese uno dentro del mes.

En fin, la tercera manera consiste en no hablarle al hombre negro una palabra, no mirarle, y echar á correr á todo escape.

Haciéndolo así, le queda á uno todo el año para morirse.

Como las tres maneras tienen sus inconvenientes, la segunda, que ofrece al menos algunas ventajas, entre otras la de poseer un tesoro, aunque no sea más que por un mes, es la más generalmente aceptada.

Los hombres atrevidos, á quienes tientan todas las empresas aventuradas, han abierto frecuentemente, según se asegura, los hoyos cavados por el hombre negro, y tratado de robar al diablo. Pero parece que el resultado de la operación ha sido muy mediocre, al menos si se ha de dar crédito á la tradición, y particularmente á los dos versos enigmáticos que en latín bárbaro dejó escritos sobre este asunto un mal fraile normando, medio hechicero, llamado Trifón. Este Trifón está enterrado en la abadía de San Jorge de Bocherville, cerca de Rouen, de cuya tumba nacen sapos.

Hácense, por lo tanto, esfuerzos enormes; los tales hoyos, son ordinariamente muy profundos. Se suda, se escarba, se trabaja toda la noche, porque es de noche cuando esto se hace. Moja uno la camisa, gasta su vela, mella su piqueta, y cuando se llega por fin al fondo del hoyo, cuando se pone la mano sobre el «tesoro», ¿qué se encuentra? ¿qué viene á ser el tesoro del diablo? Un sueldo, á veces un escudo, una piedra, un esqueleto, un cadáver ensangrentado; algunas veces un espectro doblado en cuatro como una hoja de papel dentro de una cartera, y otras muchas, nada.

Así aparecen anunciarlo á los curiosos indiscretos los versos de Trifón:

Fodit, et in fossa thesauros condit opaca As, nummos, lapides, cadaver, simulacra, nihilque.

Parece que en nuestros días se encuentra igualmente, ya un frasco de pólvora con balas, ya un juego de naipes, grasiento y chamuscado, que ha servido evidentemente al diablo. Trifón no menciona estos dos hallazgos, en atención tal vez á que vivió en el siglo XII, y no parece que el diablo tuviese el ingenio de inventar la pólvora antes de Roger Bacon, ni las cartas antes de Carlos VI.

Por lo demás, si alguien juega con aquellas cartas, puede estar seguro de perder cuanto posea; y respecto á la pólvora que está en el frasco, tiene la propiedad de hacer reventar el fusil á la cara de quien se sirve de ella.

Ahora bien; poco tiempo después de la época en que le pareció al ministerio público que el presidiario liberado Juan Valjean, durante su evasión de algunos días, había rondado en torno de Montfermeil, observóse en la misma población que un antiguo peón caminero, llamado Boulatruelle, andaba «dando paseos» por el bosque.

Creíase saber en el país que el tal Boulatruelle había estado en presidio; estaba sometido á cierta vigilancia de la policía, y como no encontraba trabajo en ninguna parte, la administración le empleaba, con rebaja de jornal, de peón caminero en la carretera de Gagny á Lagny.

El tal Boulatruelle era mirado de reojo por las gentes de la comarca; pero él siempre respetuoso, siempre humilde, harto pronto á quitarse la gorra á todo el mundo, temblando y sonriendo ante los gendarmes, probablemente afiliado á alguna partida, según decían, sospechando que solía ponerse en emboscada al caer de la noche en algún rincón de la espesura. No tenía en su abono sino el ser borracho.

He aquí lo que creían haber notado:

Hacía algún tiempo que Boulatruelle dejaba muy temprano su trabajo de reparar la vía, y se internaba en el bosque con su piqueta. Á la caída de la tarde encontrábasele en los claros más desiertos, en las malezas más selváticas en ademán de buscar alguna cosa, y algunas veces abriendo hoyos. Las buenas mujeres que pasaban tomábanle por Belcebú, y aunque reconocían luego á Boulatruelle, no se tranquilizaban sin embargo. Estos encuentros parecían contrariar en alto grado á Boulatruelle. Era visible que procuraba recatarse, y que había algo de misterioso en lo que hacía.

Decían en la aldea:

--Es claro que el diablo ha hecho alguna aparición. Boulatruelle le ha visto, y busca. En verdad que es bastante estrafalario para atraparle el gato á Lucifer. Los volterianos añadían: ¿Será Boulatruelle quien atrape al diablo, ó el diablo á Boulatruelle? Las viejas no sabían sino hacerse cruces.

Sin embargo, las idas de Boulatruelle al bosque cesaron, y volvió luego á regularizar sus trabajos de caminero. Hablóse de otra cosa.

No obstante, hubo algunas personas curiosas que pensaron que había en aquello probablemente, sino los tesoros fabulosos de las leyendas, algo bueno más serio y positivo que los billetes de banco del diablo, y cuyo secreto había medio sorprendido sin duda el caminero. Los más «empeñados» eran el maestro de escuela y el bodegonero Thénardier, el cual era amigo de todo el mundo, y no se había desdeñado de estar en tratos con Boulatruelle.

--Ha estado en presidio,--decía Thénardier.--¡Ay! ¡Dios mío! Nadie sabe quién va, ni quién ha de ir.

Una noche el maestro de escuela afirmaba que en otros tiempos la justicia hubiera inquirido lo que Boulatruelle iba á hacer en el bosque y que le habría obligado á hablar, y que Boulatruelle de seguro no habría resistido por ejemplo, en el tormento, la prueba del agua.

--Sometámosle á la del vino,--dijo Thénardier.

Y desde luego pusieron manos á la obra, é hicieron beber al viejo caminero. Boulatruelle bebió muchísimo y habló muy poco. Combinó con arte admirable y en proporción magistral la sed de un hambriento con la discreción de un juez. Sin embargo, á fuerza de volver á la carga, y de compaginar y apurar las pocas palabras obscuras que se le escaparon, he aquí lo que Thénardier y el maestro de escuela creyeron entender.

Yendo Boulatruelle, cierta mañana, al despuntar el alba á su trabajo, quedóse sorprendido de ver en un rincón del bosque una pala y un pico, _como si dijéramos escondidos_. Sin embargo, pensó que serían probablemente la pala y el pico, del tío Six Fours, el aguador, y no volvió á acordarse más de ello. Pero la noche de aquel mismo día vió, sin que pudieran verle á él, por estar oculto tras un árbol corpulento, á «cierto individuo forastero que se dirigía desde el camino á lo más espeso del bosque, y á quien él, Boulatruelle, conocía perfectamente». Esto, traducido por Thénardier, quería decir que era un _compañero de presidio_. Boulatruelle se había negado obstinadamente á decir su nombre. El tal individuo llevaba un lío, de forma casi cuadrada, á modo de caja ó cofrecillo. Sorpresa de Boulatruelle. Hasta pasados siete ú ocho minutos no se le ocurrió, sin embargo, la idea de seguir «al individuo». Pero era ya tarde; el hombre se había internado en la espesura, había ya anochecido por completo, y Boulatruelle no pudo alcanzarle. Entonces tomó el partido de observar estando á la vista de la ladera del bosque. «Hacía luna». Dos ó tres horas después, Boulatruelle vió salir al individuo de la espesura, llevando, no ya el cofrecillo, pero sí una pala y un pico. Boulatruelle dejó pasar al individuo sin ocurrírsele la idea de acercársele, porque calculó antes, que el otro era tres veces más fuerte que él, y armado con su pico le hubiera aplastado probablemente al conocerle y verse reconocido. Tierna efusión de dos antiguos camaradas que vuelven á encontrarse. Pero la pala y el pico fueron un rayo de luz para Boulatruelle; corrió, pues, al zarzal por la mañana, y ya no encontró allí pico ni pala. De esto dedujo que el individuo entró en el bosque, é hizo un hoyo con el pico, enterró el cofre, y lo cubrió luego de tierra con la pala.

Pues bien; el cofre era demasiado pequeño para contener un cadáver; debía pues contener dinero. De ahí sus pesquisas. Boulatruelle había explorado, sondeado y huroneado todo el bosque; había registrado todos los sitios donde le pareció ver tierra recientemente removida, pero inútilmente.

No pudo «pescar» nada. Nadie volvió á acordarse de ello en Montfermeil. Hubo solamente algunas buenas comadres que dijeron:

--Tened por seguro que el caminero de Gagny no ha armado todo este enredo para nada; es seguro que ha venido el diablo.

III =De por fuerza la cadena del grillete debió haber sufrido alguna operación preparatoria para romperse de un solo martillazo=

Á fines de octubre de aquel mismo año de 1823, vieron los habitantes de Tolón entrar de nuevo en su puerto, á consecuencia de un temporal, y para reparar algunas averías, el navío _Orión_, que más tarde fué utilizado en Brest como navío escuela, el cual, formaba á la sazón, parte de la escuadra del Mediterráneo.

Este buque, estropeado del todo como estaba, pues el mar, lo había echado á perder, hizo su efecto al entrar en la rada. Llevaba no sé qué pabellón, que le valió el saludo reglamentario de once cañonazos, contestados por él uno tras otro; total, veintidós.

Se ha calculado que en salvas, galas reales y militares, cambios de ruidos corteses, señales de etiqueta, formalidades de radas y ciudadelas, salidas y puestas de sol, saludadas diariamente por todas las fortalezas y todos los buques de guerra, apertura y cierre de puertas, etc., etc., el mundo civilizado tiraba con pólvora por toda la tierra, cada veinticuatro horas, ciento cincuenta mil cañonazos inútiles. Á seis pesetas por cañonazo, importa ello novecientas mil pesetas diarias, ó sean trescientos millones al año, que se van en humo. Esto no es más que un simple detalle. Durante el mismo tiempo se mueren de hambre muchos pobres.

El año 1823 era lo que ha llamado la Restauración «época de la guerra de España».

Esta guerra encerraba muchos sucesos en uno solo, con muchísimas singularidades. Un gran asunto de familia para la casa de Borbón; la rama de Francia socorriendo y protegiendo á la de Madrid, es decir, realizando un acto de primogenitura; una vuelta aparente á las tradiciones nacionales, complicada con servidumbre y sujeción á los gabinetes del norte; el señor duque de Anguleme, llamado por los periódicos liberales _él héroe de Andújar_, comprimiendo, dentro cierta actitud triunfal, algo contrariada por su aire apacible, el viejo terrorismo, demasiado real del Santo Oficio, en lucha con el quimérico terrorismo de los liberales; los _sans culottes_ resucitados, con grandísimo honor de las viejas aristócratas, bajo el nombre de _descamisados_; el monarquismo poniendo obstáculos al progreso, calificado de anarquía; las teorías del '89 bruscamente interrumpidas en sus trabajos de zapa; un ¡alto! europeo intimado á la idea francesa, dando la vuelta al mundo; al lado del hijo de Francia, generalísimo, el príncipe de Carignon, después Carlos Alberto, alistándose en aquella cruzada de reyes contra los pueblos, como voluntario entre los granaderos de charreteras de lana encarnada; los soldados del imperio volviendo á entrar en campaña, pero después de ocho años de reposo, viejos y tristes, bajo la escarapela blanca; la bandera tricolor agitada en el extranjero por un heroico puñado de franceses, como lo había sido la bandera blanca, en Coblenza treinta años antes; los frailes mezclándose á nuestros soldados; el espíritu de la libertad y de lo nuevo restringido por las bayonetas; los principios humillados á cañonazos; la Francia deshaciendo con las armas lo que antes había hecho con su genio. Por lo demás, los jefes enemigos vendidos, los soldados vacilantes y las ciudades sitiadas por los millones. Ningún peligro militar, y sin embargo, explosiones posibles, como en toda mina sorprendida é invadida; poca sangre vertida, poca honra conquistada, vergüenza para algunos, gloria para nadie. Tal fué aquella guerra, hecha por príncipes que descendían de Luis XIV; y conducida por generales procedentes de Napoleón. Cúpoles la triste suerte de no recordar ni la gran guerra ni la gran política.

Algunos hechos de armas resultaron serios; la toma del Trocadero, entre otros, fué una buena acción militar; pero en suma, lo repetimos, las trompetas de aquella guerra producen un sonido cascado, el conjunto fué sospechoso, la historia aprueba á la Francia las dificultades que mostró para la aceptación de aquel falso triunfo.

Parece evidente que algunos oficiales españoles encargados de la resistencia, cedían fácilmente; la idea de la corrupción desprendíase de muchas victorias; pareció que se habían ganado antes generales que batallas, y el soldado vencedor regresó humillado. Guerra que humillaba, en realidad y por la que se podía leer _Banco de Francia_ en los pliegues de su bandera.

Soldados de la guerra de 1808, sobre los cuales se había desplomado formidablemente Zaragoza, fruncían el entrecejo en 1823 ante la fácil apertura de las ciudadelas, y echaban de menos á Palafox. Que es preferible al ardimiento de la Francia, tener ante sí á un Rostopchine mejor que á un Ballesteros.

Bajo un punto de vista más grave aún, y en el cual conviene que insistamos también, aquella guerra, que ofendía en Francia el espíritu militar, indignaba al mismo tiempo al espíritu democrático. Era una empresa de esclavizamiento. En esta campaña, el objeto del soldado francés, hijo de la democracia era la conquista de un yugo por otro yugo. Repugnante contrasentido. La Francia se hizo para despertar el alma de los pueblos, no para ahogarlos. Desde 1792, todas las revoluciones de Europa son la revolución francesa; la libertad irradia de Francia. Es un hecho solar; que es preciso estar ciego para no verlo, como ha dicho muy bien Bonaparte.

La guerra de 1823, atentado contra la generosa nación española, fué pues, al mismo tiempo, un atentado contra la revolución francesa. Esta monstruosa agresión era la Francia, quien la cometía á la fuerza porque, salvo las guerras libertadoras, todo lo que hacen los ejércitos lo hacen por fuerza. La palabra _obediencia pasiva_ lo indica bien. Un ejército es una rara obra maestra de combinación, cuya fuerza resulta de una suma enorme de impotencia. Así se explica la guerra, hecha por la humanidad contra la humanidad, y á pesar de la humanidad.

En cuanto á los Borbones, la guerra de 1823 les fué fatal. Tomáronla ellos por un triunfo. No vieron el peligro que había en hacer matar una idea por una consigna. Equivocáronse en su candidez, hasta el punto de introducir en su establecimiento, como elemento de fuerza, la inmensa debilidad de un crimen. Fué parte de su política el espíritu de asechanza. 1830 germinó en 1823. La guerra de España vino á ser en sus consejos un argumento en favor de los golpes de fuerza y en favor de las aventuras de derecho divino. La Francia restableciendo en España _el rey neto_, bien podía restablecer en su casa el rey absoluto. Cayeron en el fatal error de tomar la obediencia del soldado por el consentimiento de la nación. Semejante confianza pierde los tronos. No es bueno dormirse á la sombra de un manzanillo, ni á la de un ejército.

Volvamos al navío _Orión_.

Durante las operaciones del ejército mandado por el príncipe generalísimo, cruzaba una escuadra el Mediterráneo. Hemos dicho ya que el _Orión_ pertenecía á esta escuadra y que fué devuelto, por desperfectos marinos, al puerto de Tolón.

La presencia de un buque de guerra en un puerto tiene siempre algo inexplicable que preocupa á la multitud. Será porque es cosa grande y porque la multitud ama lo grande siempre.

Un navío de línea es uno de los hallazgos más admirables del ingenio humano con el poder de la naturaleza.

Un navío de línea se compone á la vez de lo que hay más pesado y de lo que hay más ligero, porque tiene que luchar á un mismo tiempo con las tres formas de la sustancia: lo sólido, lo líquido y lo fluido. Tiene once garras de hierro para asir el granito en el fondo del mar, y más alas y entenas que un coleóptero para tomar el viento de las nubes. Su aliento sale por sus ciento veinte cañones como por enormes clarines, y responde fieramente al rayo. El océano procura extraviarle entre la espantosa semejanza de sus ondas, pero el navío tiene su alma, su brújula que le aconseja y le muestra siempre el norte. En las noches obscuras, sus faroles suplen á las estrellas. Así pues, contra el viento tiene el cable y la lona, contra el agua la madera, contra la roca el hierro, el cobre y el plomo, contra la sombra la luz, contra la inmensidad una aguja.

Si se quiere tener una idea de todas las proporciones gigantescas, cuyo conjunto constituye el navío de línea, no hay más que entrar bajo una de las calas cubiertas, de seis pisos, en los puertos de Brest ó de Tolón. Los buques en construcción están allí, por así decirlo, bajo campana. Esa viga colosal es una verga; esa gran columna de madera echada en tierra hasta perderse de vista, es el palo mayor. Midiéndole desde su raíz en la cala, hasta su cima entre las nubes, tiene la longitud de sesenta toesas, y tres pies de diámetro su base. El palo mayor inglés se eleva á doscientos diez y siete pies sobre la línea de flotación. La marina de nuestros padres empleaba los cables, la nuestra emplea cadenas. El simple montón de cadenas de un buque de cien cañones tiene cuatro pies de alto, veinte de ancho y ocho de profundidad. Y para hacer un navío semejante, ¿cuánta madera se necesita? Tres mil metros cúbicos. Un bosque flotante.

Además, debemos tener en cuenta que no se trata aquí sino del buque de guerra de hace cuarenta años, del simple buque de vela; el vapor, entonces en la infancia, ha añadido luego nuevos milagros á ese prodigio que se llama fragata de guerra. Hoy, por ejemplo, el buque mixto de hélice es una máquina sorprendente, arrastrada por un velamen de tres mil metros cuadrados de superficie, y por una caldera de la fuerza de dos mil quinientos caballos.

Sin hablar de estas nuevas maravillas, la antigua nave de Cristóbal Colón y de Ruyter, es una de las grandes obras maestras del hombre. Inagotable en fuerza como en soplos el infinito, almacena el viento en su vela, manteniéndose fija en la inmensa difusión de las olas sobre las cuales flota y reina.

Llega, sin embargo, un instante en que la ráfaga rompe como una paja aquella verga de sesenta pies de longitud, en que el viento doblega como un junco aquel mástil de cuatrocientos pies de alto, en que el ancla, que pesa diez mil libras se tuerce en la garganta de la ola, como el anzuelo del pescador en la quijada de un sollo, en que aquellos monstruosos cañones lanzan rugidos plañideros é inútiles, que arrastra el huracán en el vacío y la obscuridad, y en que todo aquel poder y toda aquella majestad, se abisman en otro poder y otra majestad superiores.

Cuantas veces se despliega una fuerza inmensa para acabar en una inmensa debilidad, da ello que pensar á los hombres. De ahí que abunden los curiosos en los puertos, sin que ellos se expliquen á sí mismos perfectamente el por qué de acudir en derredor de esas maravillosas máquinas de guerra y navegación.

Todos los días, pues, desde la mañana á la noche, los muelles, los diques y escolleras del puerto de Tolón estaban llenos de una multitud de ociosos y bobos, como dicen en París, cuyo trabajo consistía en contemplar el _Orión_.

El _Orión_ era un buque estropeado de hacía mucho tiempo. En sus navegaciones anteriores habíanse amontonado sobre su quilla espesas capas de mariscos, al extremo de hacerle perder la mitad de su marcha. Se le había dejado en seco el año anterior para rasparle los mariscos, y luego se le había botado al agua nuevamente. Á la altura de las Baleares el bordaje inferior se había fatigado y abierto; y como el forrado no se hacía entonces con chapa metálica, el buque hacía agua. Sobrevino un violento golpe de equinoccio que desfondó á babor la roda y una portañola, y deterioró el porta-obenques de mesana. Á consecuencia de esas averías, el _Orión_ tuvo que regresar á Tolón.

Estaba fondeado junto al arsenal, donde se le armaba y reparaba. El casco no había sufrido nada á estribor, pero según costumbre, desclávanse aquí y allí algunos listones de los costados, para dejar penetrar el aire en el armazón.

Una mañana, la muchedumbre que lo contemplaba, fué testigo de un accidente.

La dotación estaba ocupada en envergar las velas. El gaviero encargado de tomar el mastelero de gavia por la parte de estribor, perdió el equilibrio. Se le vió vacilar, y la multitud agrupada en el muelle del arsenal, lanzó un grito; la cabeza se le fué tras el cuerpo; el hombre giró en torno de la verga, con las manos extendidas hacia el abismo, asiéndose al pasar al estribo, con una mano primero, y luego con la otra, y quedó suspendido de él. Tenía el mar debajo de sí á una profundidad vertiginosa. El sacudimiento de la caída había impreso al estribo un brusco movimiento de columpio. El hombre iba y venía agarrado al extremo de aquella cuerda como la piedra de una honda.

Ir á socorrerle era correr un riesgo horrible. Ninguno de los marineros, pescadores todos de la costa recientemente ingresados en el servicio, se atrevía á aventurarse á ello. Entre tanto, el desgraciado gaviero se fatigaba; y aunque no podía vérsele la angustia en el rostro, se distinguía en todos sus miembros el desfallecimiento. Sus brazos se retorcían en una horrible tirantez. Cada esfuerzo que hacía para remontarse, no servía más que para aumentar las oscilaciones del estribo. No gritaba, temeroso de malgastar las fuerzas. Ya nadie esperaba más que el momento en que soltase la cuerda, y á cada instante volvían todos la cabeza por no verle caer. Hay momentos en que un cabo de cuerda, un palo, la rama de un árbol, es la vida misma, y es en verdad cosa terrible, ver como un ser viviente se desprende y cae como fruto maduro.

De pronto vióse trepar un hombre por el aparejo con la agilidad del tigre. Este hombre iba vestido de rojo, luego era un presidiario; llevaba gorro verde, era, pues, un condenado á cadena perpetua.

Al llegar á la altura de la gavia, un soplo del viento se le llevó el gorro, dejando ver una cabeza enteramente blanca; no era, pues, un joven. Efectivamente, un presidiario empleado á bordo, perteneciente á una cuerda de penados, había acudido desde el primer momento al oficial de guardia, y en medio de la turbación é incertidumbre general de la tripulación, mientras todos los marineros temblaban y retrocedían, le había pedido licencia para arriesgarse á salvar al gaviero.

Después de un signo afirmativo del oficial, rompía de un martillazo la cadena soldada á la argolla del grillete; después había tomado una cuerda y lanzádose á los obenques. Nadie echó de ver en aquel momento la facilidad con que fué rota la cadena. Hasta después nadie tuvo presente esta circunstancia.

En un abrir y cerrar de ojos estuvo en la verga. Se detuvo algunos segundos, como si la midiese con la vista. Estos segundos, durante los cuales el viento columpiaba al gaviero en la punta de un hilo, les parecieron siglos á los que miraban. Por fin, el presidiario alzó los ojos al cielo, y adelantó un paso. La multitud respiró. Viósele recorrer ligeramente la verga, y llegado á la punta atar un cabo de la cuerda, que llevaba, dejando pendiente el otro, y descendiendo enseguida, valiéndose de las manos, por aquella cuerda. Reinó entonces una indefinible angustia, cuando en lugar de un hombre suspendido sobre el abismo, vióse que había dos.

Hubiérase podido decir que era una araña corriendo á apoderarse de una mosca; sólo que aquí la araña llevaba la vida, y no la muerte. Diez mil miradas se fijaban á un tiempo en aquel grupo. Ni un grito, ni una palabra; el mismo extremecimiento hacía fruncir todos los entrecejos. Todas las bocas contenían su aliento, como temerosas de añadir el menor soplo al viento que sacudía á aquellos desgraciados.

Entretanto, el presidiario había conseguido acercarse al marinero. Era ya tiempo; un minuto más, y el hombre, aniquilado y desesperado, se dejaba caer en el abismo. El presidiario lo amarró sólidamente á la cuerda en que se sostenía con una mano, mientras trabajaba con la otra. En fin, viósele remontar nuevamente la verga, y tirando, subir hasta ella al marinero; sostúvole un instante para dejar que recobrara fuerzas, después le tomó en brazos y le llevó andando sobre la verga hasta el tamborete, y de allí á la gavia, donde le dejó en manos de sus camaradas.

Entonces aplaudió la multitud, hubo entre la chusma ancianos que lloraron, las mujeres se abrazaban unas á otras en el muelle, y oyéronse voces de todas partes gritando con cierto enternecimiento furioso: ¡El indulto! ¡indulto para ese hombre!

Él, entre tanto, se había preparado para descender á unirse con sus compañeros de cuerda. Para llegar más pronto, deslizóse por el aparejo, y echó á correr sobre una verga baja. Seguíanle todos los ojos. Hubo un momento en que los espectadores se asustaron, fuése que estuviera fatigado, ó que le diese vueltas la cabeza, creyeron que vacilaba y se bamboleaba. De pronto lanzó la multitud un grito horrible, el presidiario acababa de caer al agua.

La caída era peligrosa. La fragata _Algeciras_ estaba fondeada junto al _Orión_, y el pobre presidiario había caído entre ambos buques, siendo de temer que hubiese ido á parar debajo del uno, si no del otro. Cuatro hombres saltaron enseguida en un bote. La multitud los alentaba, la ansiedad reinaba nuevamente en todas las almas. El hombre no subía á la superficie; había desaparecido en el mar, sin dejar huella alguna sobre el agua, como si hubiese caído en un barril de aceite. Sondaron, bucearon; pero en vano. Buscaron hasta venir la noche; ni siquiera el cuerpo se encontró.

Al día siguiente, el diario de Tolón estampaba estas líneas:

«18 de noviembre de 1823. Ayer un presidiario que estaba trabajando á bordo del _Orión_, al acabar de prestar socorro á un marinero, cayó al agua y se ahogó. No ha podido encontrarse el cadáver. Se presume que habrá quedado enredado entre las estacas de la punta del arsenal. Este hombre estaba inscrito en el registro con el número 9.430, y se llamaba Juan Valjean».