LIBRO CUARTO
CONFIAR ES, CASI SIEMPRE, ABANDONARSE
I =Una madre que se encuentra con otra=
Durante el primer cuarto de este siglo, había en Montfermeil, junto á París, una especie de bodegón que ya no existe. Aquel bodegón era propiedad de una familia llamada Thénardier, compuesta de marido y mujer, y estaba situado en el callejón de Boulanger. Veíase sobre la puerta una tabla mal clavada en la pared. En dicha tabla había pintado algo que parecía un hombre llevando á cuestas otro, el cual ostentaba grandes charreteras de general, doradas, grandes estrellas plateadas, y grandes manchas rojas figurando sangre; el resto del cuadro era humo todo, y representaba, probablemente, una batalla. Al pie se leía la siguiente inscripción: AL SARGENTO DE WATERLOO.
Nada más común que un carro ó una carreta á la puerta de un mesón. Sin embargo, el vehículo, ó mejor dicho el fragmento de vehículo que obstruía la calle, delante el bodegón del Sargento de Waterloo, una tarde de primavera de 1818, hubiera ciertamente llamado por su conjunto la atención de cualquier pintor que hubiese acertado á pasar por allí.
Era la parte delantera de una de esas carretas, de las cuales se sirven en países montañosos, destinadas al transporte de grandes maderos y troncos de árboles. Componíase la tal delantera de un macizo eje de hierro, con el cual encajaba un pesado timón, sostenido por dos ruedas desmesuradas. Todo aquel conjunto era rechoncho, sólido, pesado, deforme. Hubiera podido creerse ser el afuste de un cañón gigante. Los carriles de caminos fangosos habían dado á las ruedas, las llantas, los cubos, el eje y el timón, una capa de orín y barro amarillento y sucio, muy parecido al revoque voluntario con que se embadurnan algunas catedrales. La madera desaparecía bajo el barro, el hierro bajo el orín. Debajo del eje colgaba una gruesa cadena digna de un esforzado Goliat. Aquella cadena recordaba, no ya los maderos que tenía el deber de transportar, pero sí los mastodontes y mamuthes, que hubieran podido arrastrarla; tenía cierto aire de presidio, pero de presidio ciclópeo y sobrehumano, parecía como desligada de algún monstruo. Homero hubiera sujetado con ella á Polifemo, y Shakespeare á Calibau.
¿Por qué aquel juego delantero de carreta ocupaba aquel lugar en la calle? En primer lugar, para obstruirla, luego para acabarse de enmohecer. Hay en el antiguo régimen social un sinnúmero de instituciones que uno se encuentra al paso de igual manera, y que no puede ser sino por razones parecidas, por lo que están donde se encuentran.
El centro de la cadena colgaba bajo el eje y tocando casi al suelo, y sobre la curva que describía, como sobre la cuerda de un columpio, estaban, sentadas y agrupadas aquella tarde, entrelazadas graciosamente, dos niñas, de como unos dos años y medio la primera, y de unos diez y ocho meses la otra, en brazos de la mayor la más pequeña. Un pañuelo previsoramente anudado las guardaba de caerse. Una madre había visto aquella espantosa cadena y se había dicho:--¡Toma! he aquí un juguete para mis niñas.
Las dos criaturas, graciosamente engalanadas y aún con cierto esmero, irradiaban; podía decirse que de aquel hierro viejo brotaban dos rosas; sus ojos eran un triunfo, sus frescas mejillas sonreían. La una era castaña, morena la otra. Sus cándidos rostros eran dos admirables arrobamientos; un espino florido, que había allí cerca, enviaba á los transeuntes sus perfumes que parecían manar de ellas; la de diez y ocho meses enseñaba su desnudo y gracioso vientre con la casta desvergüenza de la niñez. Por encima y alrededor de aquellas dos delicadas cabezas, amasadas en la dicha y templadas á la luz, la fachada del bodegón, negra por el orín, casi terrible, encabestrada por estacas y llena de ángulos sucios y sombríos, parecía ser algo como el pórtico de una caverna. Á los pocos pasos, acurrucada en el umbral del bodegón, la madre, mujer de aspecto poco simpático por otra parte, pero interesante á la sazón, columpiaba á las dos criaturitas por medio de largo bramante, protegiéndolas con la mirada de cualquier accidente, con aquella expresión animosa y celeste á la vez, propia de la maternidad; á cada vaivén, los horribles eslabones lanzaban un estridente chirrido que parecía un grito de cólera; las pequeñuelas se extasiaban; el sol poniente mezclábase en aquella alegría, y nada tan bello como aquel capricho de la casualidad que había hecho de una cadena de titanes un columpio de querubines.
Al compás que mecía las dos criaturitas, entonaba la madre, en voz de falsete, una canción célebre entonces:
Ha de ser, dijo, un guerrero
La canción y el cuidado de sus hijas le privaban de enterarse de lo demás que pasaba en la calle.
No obstante, como alguien se le había acercado al comenzar la primera estrofa de la canción, oyó de repente, á su oído, una voz que le dijo:
--Allí tenéis dos hermosas criaturas.
Á la bella y tierna Imogine...
Respondió la madre continuando la canción; luego volvió la cabeza.
Una mujer estaba junto á ella á pocos pasos. Aquella mujer tenía también una criatura que llevaba en brazos.
Llevaba además, un gran saco de noche que parecía muy pesado.
La criatura de esta mujer era uno de los seres más divinos que puedan verse. Era una niña de dos á tres años. Hubiera podido juntarse á las otras pequeñitas por la coquetería de sus vestidos; veíasele un cuellecito de lienzo fino, cintas en la chambra y encajes valenciennes en la gorrita. Levantados los pliegues de la falda, veíase un muslo blanco, apretado y terso. Estaba admirablemente sonrosada y rebosando de salud y vida. La hermosa criatura excitaba deseos de morder las manzanicas de sus mejillas. No podemos decir nada de sus ojos, sino que habían de ser grandes y que tenían magníficas pestañas. Estaba dormida.
Dormía aquel sueño de profunda confianza, propio de su edad. Los brazos de las madres son todo ternura; las criaturas duermen profundamente en ellos.
En cuanto á la madre, era de aspecto pobre y triste. Vestía un traje mixto, que indicaba á la obrera que tiende nuevamente á campesina. Era joven. ¿Era hermosa? ¡Tal vez! pero con aquel traje no lo parecía. Sus cabellos de los que escapaba un mechón rubio, parecían muy abundantes, pero se ocultaban severamente bajo una gorra de beata, fea, apretada, estrecha y anudada debajo de la barba. La risa muestra siempre los dientes hermosos cuando se tienen, pero ella no se reía. Sus ojos parecían no haberse secado en mucho tiempo. Estaba muy pálida, su aspecto era cansado y enfermizo; miraba á su hija, dormida en sus brazos, con aquel aire propio de las madres que los han nutrido á sus pechos. Un gran pañuelo azul como los que usan para sonarse los inválidos, plegado en forma de pañoleta, cubría rudamente su talle. Tenía las manos ásperas y salpicadas de manchas rojizas, y el índice endurecido y picado de la aguja; llevaba un mantón obscuro de grosera lana, un vestido de percal y zapatos gruesos. Era Fantina.
Sí, era Fantina en realidad, pero se la reconocía difícilmente. No obstante, examinándola detalladamente, encerraba todavía su belleza. Una triste arruga, que parecía un principio de ironía, rizaba ligeramente su mejilla derecha. En cuanto á su tocado, aquel aéreo tocado de muselina y cintas, que parecía hecho por la misma alegría, la locura y la música, lleno de cascabeles y perfumado de lilas, habíase desvanecido como las brilladoras escarchas, que uno cree diamantes á la luz del sol, y que, al fundirse en agua, dejan negra la rama que engalanaran.
Diez meses se habían pasado desde la famosa «linda gracia».
¿Qué es lo que había pasado durante este tiempo? Se adivina.
Después del abandono, el tormento. Fantina había perdido de vista desde luego á Favorita, Zefina y Dalia; el lazo roto por parte de los hombres se había deshecho por la de las mujeres; de seguro se hubieran admirado si quince días después, alguien les hubiese dicho que eran amigas, lo cual no tenía para ellas razón de ser. Fantina se había quedado sola. El padre de su hija había partido; semejantes rompimientos son irrevocables; encontróse ella absolutamente aislada, con la costumbre de trabajar de menos y el amor á los placeres, de más. Impulsada por sus relaciones con Tholomyés á desdeñar el único oficio que sabía, había descuidado los medios de dar salida á su trabajo, y se los encontró luego cerrados.
No había remedio para ella, Fantina sabía leer apenas, sin saber escribir, se la había enseñado solamente cuando niña á poner su firma; hizo escribir, por un escribiente público, una carta á Tholomyés, luego otra y más tarde una tercera. Tholomyés no contestó á ninguna. Cierto día oyó Fantina decir á sus comadres fijándose en su hija:--¡Hay por ventura quien se tome en serio estas criaturas! Una se encoje de hombros y nada más.--Entonces pensó ella en que Tholomyés se habría también encogido de hombros por aquella criatura, y que no iba á tomar en serio la vida de aquel ser inocente; y su corazón se envolvió en sombras, en la parte que se refería al hombre aquel. ¿Qué partido tomar en este caso? Ignoraba á quién dirigirse. Había cometido una falta, pero en el fondo de su naturaleza, como sabemos bien, se guardaba el pudor y la virtud. Sentía vagamente que se encontraba en vísperas de caer en el desfallecimiento y resbalar á lo peor. Era preciso valor; lo tuvo, y se creció en sí misma. Ocurriósele la idea de volver á su ciudad natal, á M*** sur M***. Allí tal vez se encontraría con quien la conociese y la proporcionase trabajo; sí, pero era preciso ocultar su falta. Y ella entreveía confusamente la necesidad indispensable de una separación más dolorosa aún que la primera. Su corazón se desgarraba, pero tomó, no obstante, una resolución. Fantina, como veremos, poseía el valor fiero de la vida. Había ya renunciado valientemente al fasto, y se había vestido de percal, habiendo destinado toda su seda, todos sus perifollos, todas sus cintas y todos sus encajes á su hija, única vanidad que le restaba, ¡bien santa por cierto! Había vendido cuanto tenía, lo cual le produjo unos doscientos francos; y después de satisfechas sus insignificantes deudas vinieron á quedarle aproximadamente ochenta francos.
Á los veinte y dos años, y durante una deliciosa mañana de primavera, dejó París llevándose á su hija sobre la espalda. Cualquiera al verlas pasar se hubiera apiadado de una y otra. Aquella mujer no tenía en el mundo más que aquella criatura, y aquella criatura no tenía en el mundo más que aquella mujer. Fantina había amamantado á su hija, lo cual había fatigado su pecho y tosía un poco.
Como no tendremos nueva ocasión de hablar del señor Félix Tholomyés, concretarémonos á decir, que veinte años después, durante el reinado de Luis Felipe, era un corpulento abogado de provincia, influyente y rico, elector, prudente y jurado severísimo; alegre y campechano siempre.
Á eso del medio día, después de haber, para descansar, caminado á trechos mediante tres ó cuatro sueldos por legua, en los que se llamaban á la sazón los cochecitos de los alrededores de París, encontróse Fantina en Montfermeil, en el callejón de Boulanger.
Como viese al pasar junto al bodegón Thénardier, las dos pequeñitas, tan alegres en su monstruoso columpio quedó, hasta cierto punto, deslumbrada, parándose delante de aquel cuadro de alegría.
Existen encantamientos. Aquellas dos criaturas lo fueron en verdad para aquella madre.
Contemplólas completamente emocionada. La presencia de los ángeles es siempre un anuncio del paraíso. Creyó ver ella sobre aquel figón el misterioso aquí de la Providencia. ¡Aquellas dos pequeñuelas eran evidentemente dichosas! Mirábalas y admirábase ella verdaderamente enternecida, tanto que en el preciso momento de tomar la madre aliento, entre dos versos de la canción, no pudo abstenerse de decir la frase que acabamos de leer:
--Tenéis allí dos hermosas criaturas.
Los seres más feroces se sienten desarmados cuando se acaricia á sus pequeñuelos.
Irguió la madre la cabeza dando las gracias, é invitó á la transeunte á que se sentara en el peldaño de la puerta; ella estaba sentada en el umbral. Entraron en conversación las dos mujeres.
--Me llamo Thénardier,--dijo la madre de las pequeñuelas.--Somos los dueños de esta hostería.
Luego, siguiendo la canción, repuso entre dientes:
Ha de ser, soy caballero Y voy á la Palestina.
Era la señora Thénardier una mujer coloradota, angulosa de carnes apretadas; el tipo de la mujer del soldado llevado al extremo. Y cosa rara, tenía cierto aire melancólico debido á las lecturas novelescas. Era una melindrosa hombruna. Las novelas antiguas, invadiendo las imaginaciones de los bodegoneros, producen semejantes efectos. Era joven aún, pues apenas contaba treinta años. Si aquella mujer, que estaba acurrucada, hubiese estado de pie, su elevada estatura, tal vez su facha de coloso ambulante, un tanto selvático, hubiera quizá asustado á la viajera, turbando su confianza y desvaneciendo por lo tanto lo que debemos referir. Una persona que esté sentada en vez de estar de pie, influye en el destino.
La viajera refirió su historia algo modificada.
Que era obrera; que su marido había muerto; que el trabajo escaseaba en París, en vista de lo cual iba á buscarlo en su país: que había salido de París aquella misma mañana, á pie; que, como llevaba á su hija, sintiéndose fatigada y habiendo encontrado el coche de Villemomble, había subido en él; que de Villemomble había ido á Montfermel á pie; que la niña había andado un poco, pero muy poco; que como era tan tierna, se había fatigado pronto, y le había sido preciso tomarla nuevamente en brazos y que la tontuela se había dormido.
Y al decir esto, dió á su hija un apasionado beso que la despertó. La niña abrió los ojos, dos grandes ojos azules como los de su madre, y miró, ¿qué? Nada, todo, con aquel aire serio y á veces severo de los pequeñuelos, que es tal vez un misterio de su luminosa inocencia ante nuestros crepúsculos de virtud. Diríase que se sienten ángeles y que nos adivinan hombres. Después la niña se echó á reir, y aunque su madre procuraba detenerla, se deslizó al suelo con la indomable energía de un pequeño ser que quiere moverse libremente. Al punto advirtió á las otras dos del columpio, quedándose parada contemplándolas, sacando la lengua y torciendo el gesto en señal de admiración.
La señora Thénardier desató á sus hijas, las hizo bajar del columpio, y dijo:
--Ea: jugad las tres.
Aquellos angelitos se entendieron enseguida, y á vuelta de un minuto, las niñas Thénardier jugaban con la recién llegada á hacer agujeros en el suelo, inmenso placer.
Aquella recién llegada era muy alegre; la bondad de la madre estaba escrita en la alegría de la hija; había tomado un palito que le servía de pala, y cavaba enérgicamente una fosa, buena para una mosca. El mismo trabajo de los enterradores pasa á ser objeto de risa hecho por una criaturita.
Las dos mujeres seguían en su conversación.
--¿Cómo se llama vuestra pequeñita?
--Cosette.
Cosette, era Eufrasia. La niña se llama Eufrasia. Pero de Eufrasia la madre había hecho Cosette, por aquel dulce y gracioso instinto de las madres y del pueblo que cambia Josefa en Pepita y Francisca en Paca. Es éste un género de derivados que enreda y desconcierta por completo la ciencia de los etimologistas. Nosotros conocimos una abuela que había llegado á hacer de Teodora, Gnon _(ñon)_.
--¿Qué edad tiene ahora?
--Va á cumplir tres años.
--Como la mayor de las mías.
Entre tanto las tres pequeñuelas se habían agrupado con cierto aire de profunda ansiedad y beatitud; acababa de realizarse un fenómeno: un gran gusano acababa de salir de la tierra; les daba miedo, y las tenía extasiadas.
Sus frentes radiantes parecían unirse; podía decirse que había tres cabezas en una aureola solamente.
--¡Criaturitas!--exclamó la señora Thénardier.--¡Cómo se juntan enseguida! ¡Vedlas, parecen tres hermanas!
Esta frase fué la chispa que esperaba probablemente la otra madre. Tomó entonces la mano de la Thénardier, mirola fijamente, y le dijo:
--¿Queréis cuidar de mi hija?
La Thénardier hizo uno de estos movimientos de sorpresa que no son un consentimiento ni una negativa.
La madre de Cosette prosiguió:
--Porque, desgraciadamente, no puedo llevarme mi hija á mi país. El trabajo no lo consiente. Con una criatura no se encuentra colocación en ninguna parte. Se encuentra en ello una ridiculez en semejante país. Sin duda me ha hecho Dios pasar á propósito junto á vuestra hostería. Cuando he visto estas niñas tan bonitas, tan aseadas y tan satisfechas, he sentido una conmoción interior. Y he dicho para mí: He aquí el reflejo de una buena madre. ¿No es verdad? Podrán ser tres hermanas. Luego yo no tardaré mucho tiempo en volver. ¿Queréis cuidar de mi hija?
--Será preciso ver,--dijo la Thénardier.
--Os daré seis francos al mes.
En este momento una voz de hombre gritó desde el fondo del figón:
--No puede ser menos de siete francos. Y pagando seis meses adelantados.
--Seis veces siete cuarenta y dos,--dijo la Thénardier.
--Os los daré,--dijo la madre.
--Y quince francos además para los primeros gastos,--añadió la voz de hombre.
--Total cincuenta y siete francos,--dijo la señora Thénardier. Y, al través de estos números, seguía tarareando vagamente:
Ha de ser, dijo un guerrero.
--Los daré,--dijo la madre;--tengo ochenta francos. Aún me quedará para llegar á mi país, si voy á pie. Ya ganaré yo dinero en estando allí y en cuanto haya recogido un poco, volveré por mi amor.
La voz de un hombre repuso:
--¿Tiene la niña ajuar?
--Es mi marido,--dijo la Thénardier.
--Sin duda, ¡pues no faltaba sino que no lo tuviera, mi pobre tesoro! Ya he comprendido que había de ser vuestro marido. ¡Y muy bueno! un ajuar espléndido, todo por docenas; y vestidos de seda como una señora. Ahí lo traigo, en mi saco de noche.
--Debéis dejarlo,--repitió la voz de hombre.
--¡Pues no faltaba más, vaya si lo dejaré!--dijo la madre.--¡No sería poco gracioso que dejase desnuda á mi pobre hija!
La figura del hombre apareció.
--Está bien,--dijo.
El negocio quedó hecho. La madre pasó la noche en el bodegón, dió su dinero, y dejó su criatura; volvió á liar su saco de noche, desembarazado del ajuar, y á la ligera y desorientada, salió á la mañana siguiente, creyendo volver antes de poco. ¡Fácilmente se arreglan separaciones semejantes, que son desesperaciones luego!
Una vecina de la Thénardier encontró á aquella madre cuando se iba, y vínose diciendo:
--Acabo de ver en la calle una mujer llorando que parte el corazón.
Cuando la madre de Cosette hubo salido, díjole el hombre á la mujer.
--Esto va á cubrir la obligación de ciento diez francos que vence mañana. Me faltaban cincuenta francos. ¿Sabes que hubiéramos tenido aquí el escribano para protestar? Armaste ahí una buena ratonera con tus niñas.
--Sin duda,--dijo la mujer.
II =Primer esbozo de dos figuras sombrías=
El ratón cogido era bien insignificante; pero el gato se alegra sin embargo aunque el ratón sea flaco.
¿Qué eran los Thénardier?
Diremos algo en este momento. Más tarde completaremos el croquis.
Pertenecían estos seres á aquella clase bastarda compuesta de gentes groseras que se elevan y de gentes ilustradas en decadencia, que se encuentra entre la llamada clase media y la clase llamada inferior; la que asume algunos de los defectos de la segunda con todos los vicios de la primera, careciendo del generoso aliento del obrero, como del moderado orden del artesano.
Eran de aquellas naturalezas raquíticas que, si alguna llama sombría las caldea por casualidad, se tornan fácilmente monstruosas. Tenía la mujer un fondo salvaje y el hombre todas las apariencias de un perdido. Ambos se encontraban en el punto más elevado de susceptible degradación de la especie del repugnante progreso que recorre la senda del mal. Existen almas cangrejos que retroceden continuamente hacia las tinieblas, retrogradando en la vida más que adelantando, cuya experiencia les sirve únicamente para aumentar su deformidad, empeorando sin cesar é impregnándose más y más de cierta negrura creciente. Aquel hombre y aquella mujer poseían almas de esta naturaleza.
El marido Thénardier, particularmente, era de fisonomía repulsiva. Los fisonomistas no tienen más que mirar al rostro á ciertas gentes para desconfiar de ellas, pues se presentan temibles por ambos extremos. Resultan inquietos en la sombra y amenazadores frente á frente. Encierran en sí algo desconocido. Es imposible de todo punto responder de lo que han hecho ni de lo que harán. La sombra que encierra su mirada es su denuncia. Cualquier palabra que se les oiga ó cualquier gesto que se les advierta, deja adivinar secretos sombríos de su pasado, y sombras misteriosas en su porvenir.
Dicho Thénardier, á darle crédito á él, había sido soldado; sargento, decía; habiendo hecho probablemente la campaña de 1815, en la que se había portado bizarramente al parecer. Más adelante sabremos lo que había sido. La muestra de su bodegón aludía á uno de aquellos hechos de armas. Él mismo la había pintado, porque era de los que saben hacerlo todo; mal.
Era aquélla la época en que la antigua novela clásica que después de haber sido _Clélie_, no era más que _Lodoïska_, siempre noble, pero más vulgar á cada paso, descendiendo desde la señorita Scudéri á la señora Bournon Malarme, y de la señora de Lafayette á la señora Barthélemy Hadot, encendiendo el alma amorosa de los porteros de París, sin dejar de chamuscar una parte de la de las cercanías. La Thénardier poseía la inteligencia precisa para leer aquella especie de libros. Se alimentaba de ellos. En ellos anegaba los sesos que tenía; lo cual le había dado así durante sus primeros años, como luego después, una especie de actitud meditabunda con relación á su marido, pícaro de ciertos alcances, rufián literato, con gramática propia, grosero y fino á un tiempo, pero formando su sentimentalismo con las lecturas de Pigault Lebrun, y, por «lo que al sexo se refiere», como decía él en su jerga, ganso del todo sin la menor mezcla. Su esposa tendría como unos doce ó quince años menos que él. Más tarde, cuando los cabellos novelescamente llorones empezaron á blanquear, cuando Mégere sustituyó á Pamela, no fué la Thénardier más que una mujer gruesa y de malos instintos que había saboreado novelas tontas. Pero no se leen impunemente las necedades. Resultó de ello que su hija mayor se llamó Eponina; pero la pequeña ¡pobrecita! estuvo á pique de llamarse Gulnare; debiendo no sé á qué diversión, resultado de una novela de Ducray Duminil, el no llamarse más que Azelma.
Por lo demás, diremos de pasada, no era todo completamente ridículo y superficial durante aquella curiosa época, á la cual aludimos, y que podría llamarse la anarquía de los nombres de bautismo. Junto al elemento novelesco que acabamos de indicar, estaba el síntoma social. Y hoy no tiene nada de particular que el hijo de un boyero se llame Arturo, Alfredo ó Alfonso, y que el vizconde--si hay vizcondes todavía--se llame Tomás, Pedro ó Jaime. La diferencia que establece el nombre «elegante» sobre el plebeyo, y el nombre aldeano sobre el aristócrata, no es sino un remolino de igualdad. La irresistible penetración del soplo nuevo se encuentra en ello como en todo. Bajo esa aparente discordancia, existe una cosa grande y profunda: la Revolución francesa.
III =La alondra=
No es suficiente para medrar ser malo. El figón no daba resultado.
Gracias á los cincuenta y siete francos de la viajera, Thénardier había podido evitar un protesto y honrar su firma. El mes siguiente, necesitaron aún más dinero; la mujer llevó á París y empeñó en el Monte de piedad el ajuar de Cosette por la cantidad de sesenta francos. Desde que fué distribuida esta suma, acostumbráronse los Thénardier á no ver en aquella pobre niña más que una criatura recogida por caridad, tratándola en consecuencia. Como ya no le quedaba nada de su ajuar, la vestían con sayas y camisas de desecho de sus hijas, es decir de harapos. Alimentábanla con las sobras de todo el mundo, algo mejor que al perro y un poco peor que el gato. El perro y el gato eran generalmente sus comensales; Cosette comía con ellos debajo de la mesa en una cazuela de madera igual á la de ellos.
Su madre, que había fijado su residencia, como veremos luego, en M* sur M*, escribía, ó por mejor decir, hacía que le escribiesen todos los meses á fin de tener noticias de su hija. Los Thénardier contestaban invariablemente: Cosette está muy bien.
Pasaron los seis primeros meses, mandó la madre los siete francos para el séptimo mes, continuando exactamente sus remesas mensuales. No había terminado aún el año cuando dijo Thénardier:--¡Vaya un negocio! ¡Qué quiere que hagamos con sus siete francos!--y le escribió exigiéndole doce. La madre, á la cual hacían entender que su hija estaba muy bien y que crecía mucho, sometióse y mandó los doce francos.
Ciertas naturalezas no pueden amar por una parte y odiar por otra. La madre Thénardier amaba apasionadamente á sus dos hijas, lo cual hacía que detestase á la forastera. Es muy triste pensar que el amor de madre puede tener alguna parte mala.
El reducido espacio que Cosette ocupaba en su casa le parecía que se lo robaba á sus hijas, y que aquella pobre criatura disminuía el aire que respiraban aquéllas. La tal mujer, como otras muchas de su especie, tenía una cantidad de caricias y una cantidad de golpes y de injurias que distribuir diariamente. Si no hubiese tenido en su casa á Cosette, es segurísimo que sus hijas, idolatradas y todo, hubieran recibido unas y otros; pero la forastera les hacía el favor de detener los golpes, recibiéndolos ella. Sus hijas no alcanzaban, por lo tanto, más que las caricias.
No podía hacer Cosette un movimiento que no cayese sobre su cabeza una lluvia de castigos violentos é inmerecidos.
Dulcísimo y débil ser, que nada debía comprender del mundo ni de Dios, castigado sin cesar, golpeado, reñido é injuriado, y viendo continuamente junto á ella dos niñas, como ella también, viviendo como en un rayo de aurora.
La Thénardier era mala para Cosette. Eponina y Azelma eran malas también. Las criaturas, á su edad, no son sino ejemplares de la madre. Son de menor tamaño, nada más.
Pasóse un año, luego otro.
Decíase en el lugar:
--Estos Thénardier son muy buena gente. ¡No tienen nada de ricos, y mantienen una pobre criatura que les dejaron abandonada en su casa!
Se creía á Cosette abandonada, ú olvidada cuando menos, de su madre. Entre tanto Thénardier, habiendo sabido, quién sabe cómo, que la criatura era probablemente ilegítima, y que la madre no podía confesarlo, exigíale quince francos al mes diciéndole que «la criatura crecía y comía» amenazando enviársela. «¡Que no me encocore mucho!--exclamaba,--porque le planto allí su monigote entre sus tapadillos. Debe aumentar la asignación». La madre pagó los quince francos.
De año en año fué creciendo la niña y también su miseria.
Mientras Cosette fué muy pequeña, fué el súfrelo-todo de las otras dos niñas; desde que creció algo más, es decir, antes de los cinco años, fué ya la criada de la casa.
Cinco años, se dirá, esto es inverosímil. ¡Ay! es verdad. Los sufrimientos sociales empiezan á todas las edades. ¿No hemos visto, por desgracia, recientemente el proceso de un tal Dumollard, huérfano, hecho bandido con el tiempo, el cual, desde la edad de cinco años, según los documentos oficiales, estando solo en el mundo, «trabajaba para vivir y robaba?».
Obligóse, pues, á Cosette á hacer mandados, á barrer las habitaciones, el patio y la calle, á fregar los platos, y aún á llevar fardos. Los Thénardier se creían tanto más autorizados á obrar así, cuanto que la madre, que continuaba siempre en M* sur M* empezó á no pagar muy bien, dejando algún mes en descubierto.
Si aquella madre hubiese vuelto á Montfermeil al fin de los tres años, no hubiera, de seguro, reconocido á su hija. Cosette, tan hermosa y fresca al entrar en aquella casa, estaba entonces pálida y demacrada. Tenía cierto no sé qué receloso é inquieto. ¡Maula! gritábale á cada paso la Thénardier.
La injusticia la había vuelto esquiva, y la miseria la había puesto fea. No le quedaban más que sus bellos ojos, que daba pena al verlos, porque, grandes como eran, parecían encerrar mayor cantidad de tristeza.
Daba grima de ver en invierno aquella pobre criatura, que no había cumplido todavía seis años, tiritando bajo sus andrajos de percal agujereados, barrer la calle antes de amanecer con una escoba enorme entre sus amoratadas manecitas, y una gruesa lágrima en sus grandes ojos.
En el lugar le llamaban todo el mundo la Alondra. El pueblo, que gusta siempre de imágenes, se complacía en dar este nombre á aquel pequeño ser que no abultaba más que un pájaro; tembloroso, espantado y tiritando, despertado el primero en aquella casa, y aún en el pueblo; cada mañana, siempre en la calle ó en el campo, antes del alba.
Solamente que aquella pobre alondra no cantaba jamás.