LIBRO PRIMERO
WATERLOO
I
=Lo que se encuentra viniendo de Nivelles=
El año último, (1861), en una hermosa mañana de mayo, un viajero, el mismo que refiere esta historia, venía de Nivelles y se dirigía á La Hulpe. Caminaba á pie. Siguiendo por entre dos hileras de árboles una calzada ancha y empedrada, ondulando sobre unas colinas que van sucediéndose una á otra, elevando ó hundiendo la senda como olas enormes.
Había ya pasado de Lillois y Bois Seigneur Isaac. Distinguía, al oeste, el campanario de pizarra de Braine l'Alleud, que tiene la forma de un vaso boca abajo.
Acababa de dejar tras sí un bosque sobre una altura, y en el ángulo de un camino transversal, al lado de una especie de poste carcomido, en el que se leía esta inscripción: _Barrera antigua, número 4_, un bodegón en cuya fachada se leía: _Á los cuatro vientos. Echabeau, café de particular._
Medio cuarto de legua más allá de este bodegón, llegó al fondo de un pequeño valle, donde corre el agua bajo un arco abierto en el terraplén de la carretera. El ramaje de los escasos, pero verdísimos árboles, que cubren el valle por el lado de la calzada, se extiende por el otro en las praderas, prolongándose con cierta gracia, y como en desorden, hasta Braine l'Alleud.
Había allí á la derecha, á orilla del camino, una posada, una carreta de cuatro ruedas delante de la puerta, una gran haz de estacas, un arado, un montón de ramas secas cerca de un seto vivo, cal que humeaba en una balsa cuadrada, y una escalera apoyada á lo largo de un cobertizo cercado de paredes de paja.
Una muchacha escardaba en un campo, en el cual un gran cartelón amarillo, probablemente anuncio de alguna función de ferias, era continuo juguete del viento. En el ángulo de la posada, junto á una laguna en la que navegaba una flotilla de patos, se encontraba un sendero mal engravado que se perdía entre malezas. El viajero siguió por él.
Al cabo de unos cien pasos, después de haber seguido á lo largo de una pared del siglo XV, que remataba en una aguda albardilla de ladrillos encontrados, hallóse delante de una puerta grande de piedra, cintrada, con imposta rectilínea, del estilo severo de Luis XIV, entre dos medallones planos.
Una fachada severa dominaba esta puerta, y una pared perpendicular á la fachada llegaba casi á tocar la puerta, flanqueándola bruscamente en ángulo recto. En el prado delantero á la puerta había tres rastrillos, á través de los cuales brotaban en confusa y caprichosa mezcla todas las flores que produce mayo. La puerta estaba cerrada; adornaba sus dos hojas decrépitas, un aldabón viejo y enmohecido.
El sol era magnífico; las ramas presentaban ese suave estremecimiento de mayo, que más parece venir de los nidos que del viento. Un hermoso pajarillo, probablemente enamorado, gorjeaba á más y mejor en un árbol frondoso.
El viajero se inclinó y examinó en la piedra de la izquierda, por bajo de la jamba derecha de la puerta, una ancha excavación circular parecida al alvéolo de una esfera. En aquel momento abriéronse las puertas y salió una aldeana.
Reparó en el viajero, y viendo lo que fijaba su atención:
--Hizo esto una bala francesa,--dijo ella.
Y luego añadió:
--Eso que estáis viendo más arriba en la puerta, junto á un clavo, es el boquete de una bala de cañón que no pudo traspasar la madera.
--¿Cómo se llama este lugar?--preguntó el viajero.
--Hougomont,--dijo la aldeana.
El viajero se levantó. Dió algunos pasos y fué á mirar por cima de los setos, viendo en el horizonte al través de los árboles, una especie de montecillo, y sobre este montecillo algo que, de lejos, parecía un león.
Encontrábase en el campo de Waterloo.
II =Hougomont=
Hougomont, fué éste un lugar fúnebre, principio del obstáculo, primera resistencia que encontró en Waterloo, ese gran leñador de Europa, que se llamaba Napoleón; primer nudo bajo el filo del hacha.
Fué un castillo; no es ya más que una granja. Hougomont es para el anticuario _Hugomons_. Aquella mansión fué erigida por Hugo, señor de Somerel, el mismo que dotó la sexta capellanía de la abadía de Villiers.
El viajero empujó la puerta, rozó al cruzar el pórtico con una carretela antigua, y entró en el patio.
Lo primero que llamó su atención en aquel lugar fué una puerta del siglo XVI, que parece el ojo de un puente, estando caído todo lo demás adjunto al mismo. El aspecto monumental nace frecuentemente de la ruina. Después del arco se abre en un muro otra puerta con clavos del tiempo de Enrique IV, dejando ver los árboles de un huerto. Al lado de esta puerta un hoyo estercolero, picos y palas; algunas carretillas, un pozo antiguo con su brocal de piedra y su torniquete de hierro, un potro que salta, un pavo que hace la rueda, una capilla coronada por un pequeño campanario, un peral en flor tocando en la pared de la capilla, he aquí el patio, cuya conquista fué uno de los sueños de Napoleón. Si él hubiera podido tomar aquel rincón de tierra, le habría dado tal vez el mundo entero. Las gallinas remueven hoy el polvo con sus picos. Óyese un gruñido, es un gran perro que enseña los dientes y que reemplaza á los ingleses.
Los ingleses estuvieron allí admirables. Las cuatro compañías de guardias de Cooke hicieron frente, durante siete horas, al encarnizamiento de todo un ejército.
Hougomont, visto en el mapa, en plano geométrico, comprendiendo cercados y edificaciones, presenta una especie de rectángulo irregular con uno de sus ángulos cortado. En este ángulo es donde se halla la puerta meridional, guardada por aquel muro que la hiere directamente. Hougomont tiene dos puertas: la meridional, que es la del castillo, y la septentrional, que es la de la granja.
Napoleón envió contra Hougomont á su hermano Jerónimo; las divisiones Guilleminot, Foy y Bachelu se estrellaron allí; casi todo el cuerpo de Reille fué también empleado en ello inútilmente; las balas de Kellermann se agotaron contra aquel heroico paredón. Harto fué que la brigada Bauduin forzase por el Norte á Hougomont, y que la brigada Soye le acometiera por el Sur, pero sin tomarle.
Los edificios de la granja limitan el patio por el Sur. Un pedazo de la puerta del Norte, rota por los franceses, pende colgado del muro. Son cuatro tablas clavadas sobre dos travesaños, y en las que se patentizan los destrozos del ataque.
La puerta septentrional, derribada por los franceses, y á la que se ha añadido una pieza para sustituir el trozo colgado del muro, se entreabre al otro extremo del patio; está cortada rectangularmente en una pared de piedra por lo bajo y ladrillo en la parte superior, cerrando el patio por el Norte. Es sencillamente una puerta para carros, como las hay en todas las casas de labranza, compuesta de dos grandes hojas hechas de tablas rústicas. Á la otra parte se extienden los prados. La disputa de esta entrada fué terrible. Durante mucho tiempo se han conservado sobre el montante de la puerta toda clase de huellas de manos ensangrentadas. Allí fué donde mataron á Bauduin.
La borrasca del combate parece que todavía suena en aquel patio; el horror es visible; el trastorno de la terrible lucha se ha quedado allí petrificado; acá la vida, allá la muerte, es todavía ayer. Los muros agonizan, las piedras caen, las brechas gritan; los agujeros son llagas; los árboles inclinados y temblorosos parecen hacer esfuerzos para huir.
Aquel patio en 1815 estaba más edificado que hoy día. Varias construcciones derribadas después, formaban estrellas, ángulos y recodos fortificados.
Allí estuvieron parapetados los ingleses; los franceses penetraron al fin, pero no pudieron sostenerse. Al lado de la capilla, un ala del castillo, únicos vestigios de la residencia de Hougomont, se mantiene en pie, y podríamos decir despanzurrada. El palacio sirvió de torreón; la capilla de fortín, ambos se exterminaron.
Los franceses, fusilados por todas partes, detrás de las paredes, desde lo alto de los graneros al fondo de las cuevas, por todas las ventanas, por todos los respiraderos, por todas las hendiduras de las piedras, acercaron fajinas prendiendo fuego á los muros y á los hombres: la metralla fué contestada por el incendio.
Entrevénse todavía en el ala arruinada, á través de las ventanas guardadas por barrotes de hierro, los aposentos desmantelados de un cuerpo de edificio de ladrillo; los guardias ingleses se emboscaron en esos aposentos; la espiral de la escalera, agrietada desde el piso al techo, aparece como el interior de un caracol destrozado. La escalera tiene dos tramos; los ingleses sitiados en ella, y apiñados en los escalones superiores, habían cortado los inferiores. Estos consistían en anchas losas de piedra azul, amontonados hoy entre las ortigas. Unos diez solamente se mantienen adheridos todavía á la pared, en el primero de los cuales se ve grabada la figura de un tridente. Estos inaccesibles escalones permanecen sólidos en sus alvéolos. El resto parece una mandíbula desdentada. Dos árboles viejos están allí todavía; muerto el uno, herido el otro en el pie, reverdece en abril. Desde 1815 empezó á brotar al través de la escalera.
Gran mortandad hubo también en la capilla. El interior, tranquilo ya, resulta extraño. No ha vuelto á decirse misa en él después de la matanza. Sin embargo, allí está todavía el altar de madera tosca, pegado sobre un fondo de piedra sin pulir. Cuatro paredes blanqueadas de cal, una puerta frontera al altar, dos pequeñas ventanas cintradas, sobre la puerta un gran crucifijo de madera, encima del crucifijo un tragaluz cuadrado tapado con un haz de heno, en un rincón del suelo un bastidor viejo de ventana con todos los vidrios rotos; tal es la capilla.
Junto al altar está clavada una imagen de madera de santa Ana, del siglo XV; la cabeza del niño Jesús se la llevó una bala de cañón. Los franceses, dueños por un momento de la capilla, y desalojados después, la incendiaron. Las llamas llenaron su recinto, convirtiéndolo en horno. Se quemó la puerta, se quemó también el entarimado; el Cristo de madera no se quemó; el fuego llegó á lamer sus pies cuyos muñones permanecen ennegrecidos, deteniéndose luego. Esto fué un milagro al decir de aquellos aldeanos. El niño Jesús decapitado no tuvo la fortuna del Cristo.
Las paredes se encuentran cubiertas de inscripciones. Junto á los pies del Cristo se lee este nombre: _Henquinez_. Luego estos otros: _conde de Río Mayor, marqués y marquesa de Almagro (Habana)_. Hay nombres franceses con exclamaciones acentuadas por la cólera.
Tuvieron que blanquearse de nuevo las paredes en 1849. Allí se insultaban las naciones mutuamente.
En la puerta de esta capilla fué donde se recogió un cadáver que tenía un hacha en la mano. Era el cadáver del subteniente Legros.
Á la izquierda de la puerta de la capilla se ve un pozo. Hay dos en el patio. Uno se pregunta: ¿por qué no hay aquí cubo ni garrucha? Es que ya no se saca agua.
¿Y por qué no se saca agua?
Porque está lleno de esqueletos.
El último que sacó agua de aquel pozo se llamaba Guillermo Van Kylsom. Era un aldeano que habitaba en Hougomont, de donde era jardinero. El 18 de junio de 1815, su familia tuvo que huir y ocultarse en los bosques.
La selva que rodea á la abadía de Villiers abrigó durante muchos días y muchas noches á todas aquellas desventuradas poblaciones dispersas. Hoy todavía se encuentran vestigios tales como viejos troncos de árboles quemados, que señalan el sitio donde aquellos pobres vivaqueadores tiritaron entre las espesuras de la maleza.
Guillermo Van Kylsom permaneció en Hougomont «para guardar el castillo» agazapándose en un rincón de la cueva. Los ingleses le descubrieron. Sacáronle de su escondite y á sablazos de plano se hicieron servir los combatientes por aquel hombre aterrado. Tenían sed, y Guillermo les dió de beber. De aquel pozo sacó el agua. Muchos bebieron allí su último trago. El pozo del que bebieron tantos muertos, debió morir también.
Después de la acción, diéronse prisa á enterrar los cadáveres. La muerte tiene su manera especial de acosar la victoria, haciendo que la peste siga á la gloria. El tifus es siempre anejo del triunfo. Aquel pozo era profundo. Fué convertido en sepultura. Lanzáronse en él trescientos muertos. Tal vez con demasiada precipitación. ¿Estaban muertos todos? La leyenda dice que no. Parece que la noche que siguió al enterramiento, oyéronse salir del pozo débiles y tristes voces de socorro.
Este pozo está aislado en medio del patio. Tres paredes mitad piedra y mitad ladrillo, replegadas como las hojas de un biombo simulando una torrecilla cuadrada, le cierran por tres lados. El cuarto está descubierto. Por aquí es por donde se sacaba el agua. La pared del fondo tiene una especie de abertura informe, tal vez el agujero de obús. Esta torrecilla tenía un techo del que no quedan más que los maderos. El armazón de sostenimiento del muro de la derecha describe una cruz. Asomándose al fondo, se pierde la vista en la profundidad de un cilindro de ladrillo, en el cual se agrupan las tinieblas. El nacimiento de toda la fábrica de este pozo desaparece entre las ortigas.
Este pozo no tiene por brocal la gran losa azul que sirve de antepecho en todos los de Bélgica. La losa azul se halla sustituida por un travesaño en el cual se apoyan cinco ó seis estacas irregulares de madera nudosa, y anquilosados, que parecen una grande osamenta. No existe cubo, ni cadena, ni polea; pero se conserva aún la pila de piedra que servía de repartidor. El agua de las lluvias se acumula en ella y, de cuando en cuando, se acerca á beber algún pájaro de las vecinas selvas, remontándose inmediatamente.
En esas ruinas existe, habitada todavía, una casa, la casa de labranza, cuya puerta da al patio. Al lado de una linda placa de cerradura gótica, hay en dicha puerta un tirador de hierro, en forma de trébol, colocado oblicuamente. En el momento que el teniente hannoveriano Wilda cogía ese tirador para refugiarse en la granja, un zapador francés le cortó la mano de un hachazo.
La familia que ocupa hoy la casa, tuvo por abuelo al antiguo jardinero Van Kylsom, muerto hace mucho tiempo. Una mujer de cabellera gris nos decía: Yo estaba allí. Tenía tres años. Mi hermana, mayor que yo, tenía miedo y lloraba. Lleváronnos al bosque. Yo iba en brazos de mi madre. Aplicaban de cuando en cuando el oído sobre el suelo para escuchar. Yo imitaba el cañón, y hacía _bum, bum_.
Una puerta del patio, á la izquierda, como hemos ya dicho, daba al cercado.
Este cercado es terrible.
Se divide en tres secciones, casi podríamos decir en tres actos. La primera es un jardín, la segunda el huerto, la tercera un bosque. Estas tres partes tienen una cerca común; por el lado de la entrada las edificaciones del castillo y de la granja, á la izquierda un seto, á la derecha una tapia de ladrillo, en el fondo otra tapia de piedra. Se entra desde luego en el jardín, que se extiende en pendiente, plantado de groselleros, cubierto de vegetaciones silvestres, cerrado por un malecón monumental de piedra sillería con balustres de doble espesor. Fué un jardín señorial del primer estilo francés que precedió á _Le Nôtre_; ruinas y abrojos todo, en la actualidad. Las pilastras terminan en globos, que parecen balas de piedra. Cuéntanse todavía cuarenta y tres balustres en pie; los demás yacen tendidos en la yerba. Casi todos están acribillados por balas de fusil. Un balustre destrozado aparece sobre el estrave como una pierna rota.
En este jardín más bajo que el huerto, fué donde penetraron seis tiradores del 1.º de ligeros, y no pudiendo salir, cogidos y acosados como osos en guarida, aceptaron el combate con dos compañías hannoverianas, una de las cuales iba armada de carabinas. Los hannoverianos coronaban los balustres y disparaban sobre los seis franceses desde lo alto. Los tiradores, respondiendo desde abajo, seis contra doscientos, con la mayor intrepidez y sin más abrigo que los groselleros, tardaron en morir un cuarto de hora.
Subiendo algunos escalones, se pasa del jardín al huerto. Allí, en el espacio de pocas toesas cuadradas, murieron mil quinientos hombres en menos de una hora. El muro parece dispuesto á comenzar nuevamente el combate. Allí están todavía las treinta y ocho troneras, abiertas por los ingleses á distintas alturas. Delante de la décima sexta se ven dos sepulturas inglesas de granito.
Sólo existen troneras en el muro del Sur, que fué de donde vino el ataque principal. Ese muro está oculto al exterior por un gran seto vivo; llegaron los franceses creídos de que no había más que el seto, saltaron, y se encontraron con el muro, obstáculo y emboscada, con los guardias ingleses detrás, las treinta y ocho troneras haciendo fuego á la vez, una tempestad de balas y metralla; allí fué aplastada la brigada Soye. Así comenzó Waterloo.
No obstante el huerto fué tomado. No había escalas, pero los franceses treparon con las uñas. Batiéronse cuerpo á cuerpo bajo los árboles. Toda aquella yerba se empapó en sangre. Un batallón de Nassau, setecientos hombres, fué deshecho allí. La parte exterior del muro, contra el cual se asestaron las dos baterías de Kellermann está acribillada por la metralla.
Este cercado es sensible como otro cualquiera al mes de Mayo. Tiene sus botones de oro y sus margaritas blancas; la yerba es alta; pacen allí caballos de labor; cuerdas de crin, en las que se seca la ropa, cruzan los espacios de árbol á árbol, obligando á los transeuntes á bajar la cabeza; los pies caminan por un erial hundiéndose á lo mejor en los agujeros de los topos. Encuéntrase en medio de la yerba un tronco desarraigado, caído y verde aún. El mayor Blachmann se apoyó en él para espirar. Bajo un gran árbol próximo cayó el general alemán Duplat, oriundo de una familia francesa refugiada al revocarse el edicto de Nantes. Contiguo á este árbol se inclina un manzano vetusto, enfermo, vendado con un apósito de paja y arcilla. Casi todos los manzanos caen de vejez. No hay uno que no tenga señales de bala ó de metralla. Los esqueletos de los árboles muertos abundan muchísimo en este cercado. Los cuervos vuelan entre sus ramas. En el fondo hay un bosque lleno de violetas.
Bauduin muerto; Foy herido; el incendio, la matanza, la carnicería; un río de sangre inglesa, de sangre alemana y de sangre francesa, furiosamente mezclada; un pozo lleno de cadáveres; el regimiento de Nassau y el regimiento de Brunswick destruidos; Duplat muerto; Blackmann muerto, la guardia inglesa mutilada; veinte batallones franceses, de los cuarenta del cuerpo de Reille, diezmados; tres mil hombres, en sólo aquellas ruinas de Hougomont, acuchillados, destrozados, degollados, fusilados, quemados; y todo ello para que un aldeano pueda decirle hoy á un pasajero: _Señor, dadme tres francos; si gustáis os explicaré lo de Waterloo_.
III =El 18 de junio de 1815=
Retrocedamos, que es éste uno de los derechos del narrador, y trasladémonos al año 1815, y con alguna anterioridad á la época en que comienza la acción referida en la primera parte de este libro.
Si no hubiera llovido en la noche del 17 al 18 de junio de 1815, el porvenir de Europa hubiera sido otro. Algunas gotas de agua de más ó de menos hicieron desviar á Napoleón. Para que Waterloo fuése el término de Austerlitz, la Providencia no tuvo necesidad más que de un poco de lluvia; y una nube, atravesando el cielo contra lo natural de la estación, bastó para el derrumbamiento de un mundo.
La batalla de Waterloo, y esto dió tiempo á Blücher para llegar, no pudo comenzar hasta las once y media. ¿Por qué? Porque la tierra estaba mojada. Fué preciso aguardar un poco á que se solidara para que la artillería pudiese maniobrar.
Napoleón era oficial de artillería, y se resentía de ello. El fondo de este admirable capitán era el hombre que, en el parte al Directorio desde Aboukir, decía: _Tal bala de las nuestras mató seis hombres_. Todos sus planes de batalla están hechos para el proyectil. Hacer converger la artillería sobre un punto dado; tal era su clave de victoria. Trataba la estrategia del general enemigo como una ciudadela, y la batía en brecha. Abrumaba con la metralla el punto débil; ataba y desataba las batallas con el cañón. Era la puntería parte de su genio. Romper los cuadros, pulverizar los regimientos, deshacer las líneas, aplastar y dispersar las masas, todo se encerraba en eso para él; herir, herir, herir sin tregua ni descanso, y encomendada esta tarea á las balas. Método temible, y que, unido á su genio, hizo invencible durante quince años, á aquel sombrío atleta del pugilato de la guerra.
El 18 de junio de 1815 contaba él tanto más con la artillería, cuanto que tenía en su favor el número. Wellington no disponía más que de ciento cincuenta y nueve bocas de fuego; Napoleón tenía doscientas cuarenta.
Supongamos la tierra seca y la artillería pudiendo rodar, y la acción empezando á las seis de la mañana. La batalla se hubiera ganado y terminado á las dos; tres horas antes de la peripecia prusiana.
¿Qué culpa hubo por parte de Napoleón en la pérdida de aquella batalla? ¿Es imputable el naufragio al piloto?
La decadencia física evidente de Napoleón, ¿se complicaba en aquella época con cierto decaimiento interior? Los veinte años de guerra, ¿habían gastado la hoja como la vaina, el alma como el cuerpo? ¿Se manifestaban ya los defectos del veterano en el capitán? En una palabra, aquel genio, como muchos historiadores importantes lo han creído ¿se eclipsaba ya? ¿Agitábase frenéticamente para disimularse á sí mismo su debilidad? ¿Empezaba á oscilar bajo el extravío de un soplo de la aventura? ¿Volvíase, cosa grave en un general, desconocedor del peligro? En la clase de los grandes hombres materiales, que pueden llamarse los gigantes de la acción, ¿existe una edad para la miopía del genio? La vejez no hace mella en los genios de lo ideal; para los Dante y los Miguel Ángel, envejecer es crecer. Pero para los Aníbal y Bonaparte ¿es decrecer, ocaso? ¿Había perdido Napoleón el sentido directo de la victoria? ¿Había llegado á no reconocer ya el escollo, á no adivinar el lazo, ni discernir el borde resbaladizo de los abismos? ¿Faltábale el olfato de las catástrofes? Él, que antes sabía todos los senderos del triunfo, y que desde la altura de su carro refulgente de rayos, los señalaba con su dedo soberano, ¿tenía entonces el siniestro aturdimiento de conducir al principio su tumultuoso tiro de legiones? ¿Se había apoderado de él, á los cuarenta y seis años, una locura suprema? Aquel conductor titánico del destino, ¿no era ya más que un inmenso abismo?
No lo hemos creído nunca.
Su plan de batalla, era, al decir de todo el mundo, una obra maestra. Ir derecho al centro de la línea de los aliados, abrir un claro en el enemigo, cortarle en dos; empujar la parte británica hacia Hal, y la parte prusiana hacia Tongres; hacer de Wellington y de Blücher dos trozos, apoderarse de Mont Saint Jean, tomar á Bruselas, arrojar el alemán al Rin y el inglés al mar. Todo esto para Napoleón entraba en su plan de batalla. Después, ya vería.
Es por demás decir que no pretendemos hacer aquí la historia de Waterloo; una de las escenas generatrices del drama que vamos contando, tiene su punto de partida en esa batalla; pero, repetimos, no es su historia nuestro objeto. Está ya hecha además, y hecha magistralmente bajo un punto de vista por Napoleón, y bajo otro punto de vista por una pléyade de historiadores[7].
Por nuestra parte, dejamos á los historiadores con sus apreciaciones, no somos sino un testigo lejano, un pasajero en la llanura, un investigador inclinado sobre aquella tierra embutida de carne humana, tomando, quizá, las apariencias por realidades. No tenemos derecho alguno para hacer frente, en nombre de la ciencia, á un conjunto de hechos, donde hay sin duda algún espejismo; no tenemos ni la práctica militar ni la competencia estratégica que autorizan un sistema; según nosotros un encadenamiento de azares dominó en Waterloo á entrambos capitanes, y cuando se trata del destino, de este misterioso acusado, le juzgamos como le juzga el pueblo, juez sencillo y leal.
IV =A=
Quien quiera figurarse claramente la batalla de Waterloo, no tiene más que trazar sobre el suelo con el pensamiento una A mayúscula. La pierna izquierda de la A es el camino de Nivelles, la pierna derecha es la carretera de Genappe, el palo trasversal es el camino cubierto de Ohain á Braine-l'Alleud. El vértice de la A es Mont-Saint Jean, allí está Wellington; la punta izquierda inferior es Hougomont, allí está Reille con Jerónimo Bonaparte; la punta derecha inferior es la Belle Allience, allí está Napoleón.
Un poco más abajo del punto en que el palo trasversal de la A encuentra y corta la pierna derecha, está la Haie-Sainte. En el centro de este palo está el punto preciso donde se dijo la frase final de la batalla. Allí es donde se colocó el león; símbolo involuntario del supremo heroísmo de la guardia imperial.
El triángulo comprendido en el vértice de la A, entre los dos palotes y la cuerda, es la meseta del Mont-Saint Jean. La disputa de esa meseta fué toda la batalla.
Las alas de ambos ejércitos se extendían á derecha é izquierda de los dos caminos de Genappe y de Nivelles; Erlón frente á frente de Pictón y Reille frente á frente de Hill.
Detrás de la punta de la A, detrás de la meseta de Mont-Saint Jean, se encuentra la selva de Soignes.
En cuanto á la llanura en sí misma, imagínese un vasto terreno ondulante, dominando cada pliegue al que le sigue, y todas estas ondulaciones subiendo hacia Mont Saint Jean, desde donde van á parar á la selva.
Dos ejércitos enemigos en un campo de batalla son dos atletas que luchan á brazo partido. Cada uno procura hacer caer al otro. Agárranse á todo; un matorral es un punto de apoyo; el ángulo de un muro es un parapeto; por falta de una bicoca en que guardar la espalda, se pierde un regimiento. El declive de una llanura, un accidente del terreno, una senda trasversal á propósito, un bosque, un barranco, pueden detener la planta de ese coloso que se llama un ejército, é impedirle la retirada.
El que sale del campo es derrotado. De ahí la necesidad para el jefe responsable de examinar el menor grupo de árboles y de profundizar el más pequeño relieve.
Ambos generales habían estudiado atentamente la llanura de Mont-Saint Jean, llamada hoy llanura de Waterloo. Desde el año anterior la había examinado Wellington con sagacidad previsora, como para el caso de una gran batalla.
En este terreno, y para aquel duelo, el 18 de junio, tenía Wellington la parte buena y Napoleón la mala. El ejército inglés ocupaba las alturas, el francés la llanura.
Esbozar aquí el aspecto de Napoleón á caballo, con su anteojo en la mano, sobre la altura de Rossomme, al amanecer del 18 de junio de 1815, estaría de más. Antes de pintárselo, todo el mundo le ha visto. Aquel perfil sereno bajo el pequeño sombrero de la escuela de Brienne, aquel uniforme verde, con vueltas blancas ocultando la placa, el capote tapando las charreteras, el cabo del cordón rojo bajo chaleco, el calzón de cuero, el caballo blanco con su gualdrapa de terciopelo púrpura con águilas y NN coronadas en las puntas, sus botas de campana sobre medias de seda, las espuelas de plata, la espada de Marengo, es decir, la figura completa del último César, está presente en todas las imaginaciones, aclamada por unos, mirada por otros severamente.
Aquella figura ha estado mucho tiempo completamente rodeada de luz; esto consistía en cierta obscuridad legendaria que se desprende de la mayor parte de los héroes, y que vela, siempre por más ó menos tiempo la verdad; pero hoy, ya la historia y la luz han aparecido.
La luz de la historia es desapiadada; tiene algo de extraordinario y de divino, que siendo, como es, luz, y precisamente porque lo es, coloca á veces la sombra allí donde se veían los rayos, haciendo del mismo hombre dos fantasmas distintos, cada uno de los cuales ataca al otro, haciéndole justicia, y las tinieblas del déspota luchan con los fulgores del capitán. De ahí la exacta medida del justo medio en la apreciación definitiva de los pueblos: Babilonia violada, rebaja á Alejandro; Roma encadenada, disminuye la grandeza de César; Jerusalén muerta, empequeñece á Tito.
La tiranía sigue al tirano. Es una desgracia para el hombre, dejar en pos de sí la sombra de su forma.
V =El quid obscurum de las batallas=
Todo el mundo conoce la primera fase de aquella batalla confusa al principio, incierta, vacilante, amenazadora para ambos ejércitos, más aún para los ingleses que para los franceses.
Había llovido toda la noche; la tierra estaba removida por el aguacero, habiendo charcos y lagunas aquí y allá, en todos los huecos de la llanura, alcanzando el agua en ciertos puntos, á los ejes de los furgones del tren; las cinchas de los tiros chorreaban fango líquido. Si los trigos y centenos derribados por aquel tropel de carros en marcha, no hubiesen llenado los baches y formado lecho bajo las ruedas, se hubiera hecho imposible todo movimiento, y particularmente en los valles de la parte de Papelotte.
La acción empezó tarde; Napoleón como hemos explicado ya, tenía la costumbre de tener toda la artillería á mano como una pistola, apuntando ya á este punto, ya al otro de la batalla, y había querido esperar á que las baterías enganchadas pudiesen rodar y galopar libremente; era menester para ello que apareciese el sol y secase la tierra. Pero el sol no apareció. Ya no le saludaba como en la jornada de Austerlitz. Cuando sonó el primer cañonazo, el general inglés Colville miró su reloj; señalaba las once y treinta y cinco minutos.
La acción comenzó furiosamente, con mayor furia tal vez de la que hubiese querido el emperador, por el ala izquierda francesa sobre Hougomont. Al mismo tiempo atacó Napoleón el centro, precipitando la brigada Quiot sobre la Haie-Sainte, y Ney dirigió el ala derecha francesa contra el ala izquierda inglesa, que se apoyaba en Papelotte.
El ataque contra Hougomont, tenía algo de simulado: atraer hacia allí á Wellington, haciéndole inclinar á la izquierda, éste era el plan. Y este plan se hubiera realizado si las cuatro compañías de guardias inglesas y los valientes belgas de la división Perponcher no hubiesen guardado sólidamente la posición, pues Wellington, en vez de ir á concentrarse allí, pudo limitarse á enviar, por todo refuerzo, otras cuatro compañías de guardias y un batallón de Brunswick.
El ataque del ala derecha francesa sobre Papelotte, era á fondo: desbaratar la izquierda inglesa, cortar el camino de Bruselas, interceptar el paso á los prusianos que pudieran acudir, forzar á Mont Saint-Jean, rechazar á Wellington hacia Hougomont, de allí hacia Braine l'Alleud de allí sobre Hal; nada más sencillo. Salvo algunos incidentes, este ataque dió buen resultado, puesto que se tomó Papelotte y se lanzó de Haie-Sainte al enemigo.
Un detalle que debe constar. Había en la infantería inglesa, particularmente en la brigada de Kempt, muchos reclutas. Estos soldados bisoños, ante nuestra terrible infantería, fueron valientes; su inexperiencia, salió perfectamente bien del paso; hicieron sobre todo un excelente servicio de guerrilla; el soldado en guerrilla, entregado en parte á sí mismo, se convierte, por decirlo así, en general propio; aquellos reclutas mostraron algo de la inventiva y furia francesas. Aquella infantería novicia tuvo inspiración propia. Esto desagradó á Wellington.
Después de la toma de la Haie Sainte, vaciló la batalla.
Hubo en esta jornada, desde el medio día á las cuatro, un intervalo obscuro; la parte media de esta batalla apenas se distingue, pues participa de la confusión de la riña. Cúbrela el crepúsculo. Adviértense vastas fluctuaciones en aquella bruma, un espejismo vertiginoso, el aparato guerrero de entonces, casi desconocido en nuestros días, las granaderas de llama, los portapliegos flotantes, las correas cruzadas, las cartucheras de granada, los dolmanes de los húsares, las botas encarnadas de mil pliegues, los pesados chacós guarnecidos de cordones, la infantería casi negra de Brunswick mezclada con la infantería escarlata de Inglaterra, los soldados ingleses llevando por charreteras grandes rodetes blancos circulares, la caballería ligera hannoveriana con sus cascos de cuero oblongos con filetes de cobre y cabelleras de crines rojas, los escoceses con las piernas desnudas y sus mantas de cuadros, las grandes polainas blancas de nuestros granaderos; cuadros, no líneas estratégicas, lo conveniente al pincel de Salvator Rosa, no al de Gribeauval.
Siempre se mezcla en las batallas cierta parte de tempestad. _Quid obscurum, quid divinum._ Cada historiador se inclina un poco á trazar los perfiles que más le agradan entre aquella confusión. Sea cual fuere la combinación de los generales, el choque de las masas armadas tiene incalculables reflejos; en toda acción, los dos planes de ambos jefes penetran uno en otro, y uno á otro se desfiguran. Tal punto del campo de batalla devora más combatientes que tal otro, como los terrenos más ó menos esponjosos que absorben más ó menos pronto el agua que se les arroja. Es pues necesario derramar á veces más soldados de los que se quisiera. Gastos imprevistos. La línea de batalla flota y serpentea como un hilo, los regueros de sangre corren ilógicamente, los frentes de los ejércitos ondulan, los regimientos al entrar ó salir forman cabos ó golfos, todos esos escollos se agitan continuamente unos delante de otros; donde estaba la infantería llega la artillería, donde estaba la artillería acude la caballería; los batallones son humaredas.
Había algo en tal punto, lo buscáis en vano, ha desaparecido; los claros cambian de sitio; los pliegues sombríos avanzan y retroceden; una especie de viento del sepulcro empuja, arrolla, hincha y dispersa aquellas trágicas multitudes. ¿Qué es una lucha? Una oscilación. La inmovilidad de un plano matemático expresa un minuto y no una jornada. Para pintar una batalla, se necesita uno de esos poderosos pintores cuyos pinceles tienen algo del caos: Rembrant vale más que Vandermeulen. Vandermeulen, exacto al mediodía, miente á las tres. La geometría engaña; solamente es veraz el huracán. Esto es lo que da derecho á Folard para contradecir á Polibio. Añadamos que hay siempre cierto instante en que la batalla degenera en combate, se particulariza y se esparce en innumerables hechos de detalle, que, valiéndonos de una frase de Napoleón, «pertenecen antes á la biografía de los regimientos que á la historia del ejército».
El historiador, en este caso, tiene el derecho de resumir. Sólo puede abarcar los principales contornos de la lucha, y no es dado á ningún narrador, por concienzudo que sea, el fijar absolutamente la forma de esa nube horrible que se llama una batalla.
Y esto, que es verdadero tratándose de todos los grandes hechos de armas, es particularmente aplicable á Waterloo.
Sin embargo, después del mediodía, hubo un momento en que pudo apreciarse la batalla con toda exactitud.
VI =Cuatro horas después del mediodía=
Á eso de las cuatro de la tarde, la situación del ejército inglés era grave. El príncipe de Orange mandaba el centro, Hill el ala derecha, Picton á la izquierda. El príncipe de Orange, desatinado y valiente, gritaba á los holando-belgas: _¡Nassau! ¡Brunswich! ¡Jamás retroceder!_ Hill, debilitado, dirigíase á apoyar su retaguardia en Wellington; Picton había muerto. En el mismo instante en que los ingleses habían arrebatado á los franceses la bandera del 105 de línea, los franceses les habían matado á los ingleses al general Picton de un balazo que le atravesó el cráneo. Para Wellington tenía la batalla dos puntos de apoyo, Hougomont y la Haie Sainte. Hougomont se sostenía aún, pero ardiendo. La Haie Sainte había sido tomada. Del batallón alemán que la defendía, solo cuarenta y dos hombres sobrevivían; todos los oficiales menos cinco habían sido muertos ó prisioneros. Tres mil combatientes se habían asesinado en aquella granja. Un sargento de la guardia inglesa, el primer boxeador de Inglaterra, reputado por sus compañeros como invulnerable, había sido muerto por un tamborcillo francés. Baring había sido desalojado, y Alten acuchillado. Habíanse perdido muchas banderas, entre ellas una de la división Alten, y otra del batallón de Lunebourg, llevada por un príncipe de la familia de Deux Ponts. Los escoceses grises ya no existían; los fuertes dragones de Ponsomby estaban deshechos. Esta valiente caballería había sucumbido bajo el ímpetu de los lanceros de Bro y de los coraceros de Travers; de mil doscientos caballos quedaban seiscientos; de tres tenientes coroneles, dos habían sido derribados. Hamilton herido, Mater muerto. Ponsomby había caído, atravesado de siete lanzadas. Gordon había muerto, Marsh también. Dos divisiones, la quinta y la sexta, estaban destruidas.
Asaltado Hougomont y tomada Haie Sainte, sólo quedaba un nudo, el centro. Este nudo continuaba resistiendo. Wellington le reforzó. Llamó á Hill, que estaba en Merle Braine, y á Chassé, que estaba en Braine-l'Alleud.
El centro del ejército inglés, un tanto cóncavo, densísimo y compacto, estaba fuertemente situado. Ocupaba la meseta de Mont Saint-Jean, teniendo detrás de sí la aldea y delante la pendiente, muy áspera á la sazón. Apoyaba su espalda en la sólida casa de piedra, que en aquella época era dominio señorial de Nivelles, y marca la intersección de los caminos, masa del siglo XVI, tan robusta, que las balas rebotaban en ella sin mellarla. Al rededor de la meseta, los ingleses habían cortado aquí y allí los setos, abriendo troneras en los espinos, poniendo bocas de cañón entre dos troncos cruzados, y aspillerando los zarzales. Su artillería estaba emboscada entre abrojos. Este trabajo púnico, incontestablemente autorizado por la guerra, que admite las estratagemas, estaba tan perfectamente hecho, que Haxo, enviado por el emperador á las nueve de la mañana para reconocer las baterías enemigas, no había visto nada, y había vuelto diciendo á Napoleón que no existía el menor obstáculo, exceptuando las dos barricadas que obstruían los caminos de Nivelles y de Genappe. Era la época en que las mieses están crecidas; en las orillas de la meseta hallábase apostado entre los trigos, un batallón de la brigada Kempt, el 95, armado de carabinas.
Así fuerte y bien apoyado, el centro del ejército anglo-holandés estaba en excelente posición.
El peligro de aquella posición estaba en la selva de Soignes, contigua entonces al campo de batalla, y cortada por las lagunas de Groenendael y de Boitsfort. Un ejército no hubiera podido retroceder allí sin disolverse; los regimientos hubieran sido disgregados inmediatamente. La artillería se hubiera perdido en los pantanos. La retirada, según opinión de muchos inteligentes, aunque rebatida por otros, hubiera sido una dispersión general.
Wellington añadió á este centro una brigada de Chassé, separada del ala derecha, y otra brigada de Vincke, de la izquierda, y á más la división Clinton. Á sus ingleses, á los regimientos de Halkett, á la brigada de Mitchell, á los guardias de Maitland, dió como sostén y refuerzo la infantería de Brunswick, el contingente de Nassau, los hannoverianos de Kielmansegge y los alemanes de Ompteda. Así tuvo á mano veintiséis batallones. _El ala derecha_, como dice Charras, _fué replegada detrás del centro_. Una batería enorme estaba cubierta por sacos de tierra en el lugar donde se encuentra hoy lo que se llama «el museo de Waterloo». Wellington tenía además, en un repliegue del terreno, los guardias-dragones de Sommerset, mil cuatrocientos caballos. Era la otra mitad de aquella caballería inglesa, tan justamente célebre. Destruido Ponsomby quedaba Sommerset.
La batería, que concluida, hubiera sido casi un reducto, estaba dispuesta detrás de una tapia de jardín muy baja, cubierta apresuradamente por una capa de sacos de arena y un ancho repecho de tierra. Esta obra estaba por concluir; había faltado tiempo para empalizarla.
Wellington, inquieto, pero impasible, estaba á caballo, y permaneciendo todo el día en la misma actitud un poco adelantado al antiguo molino de Mont Saint Jean, que existe todavía, bajo un olmo que más tarde un inglés, vándalo entusiasta, compró en doscientos francos, y se lo llevó. Wellington, estuvo allí fríamente heroico. Llovían las balas. El ayudante de campo Gordon acababa de caer á su lado. Lord Hilh, señalándole un obús que reventaba, le dijo: Milord, ¿cuáles son vuestras instrucciones y que órdenes nos dejáis, si os dejáis matar? _Hacer lo que yo_, respondió Wellington. Á Clinton le dijo lacónicamente: _Sostenerse aquí hasta el último hombre_. La jornada iba visiblemente mal. Wellington gritaba á sus antiguos compañeros de Talavera, Salamanca y Vitoria.
_Boys_ (muchachos), _¿hay quien pueda pensar en huir? ¡Acordaos de la vieja Inglaterra!_
Á eso de las cuatro, la línea inglesa hizo un movimiento hacia atrás. De pronto no se vió ya en la cresta de la meseta más que la artillería y los tiradores, el resto había desaparecido; los regimientos, arrojados por los obuses y las balas francesas, replegáronse al fondo que corta hoy todavía el sendero de la granja de Mont Saint Jean, realizóse un movimiento retrógrado; el frente de batalla inglés desapareció, Wellington retrocedió.
--¡Principio de la retirada!--exclamó Napoleón.
VII =Napoleón de buen humor=
El emperador á caballo, aunque enfermo é incomodado, por un sufrimiento local, no había estado nunca de tan buen humor como aquel día. Desde la mañana, sonreíase su impenetrabilidad. El 18 de junio de 1815, aquella alma profunda, cubierta de mármol, irradiaba en la obscuridad. El hombre que había estado sombrío en Austerlitz estuvo alegre en Waterloo. Los más grandes predestinados tienen estas contradicciones. Nuestras alegrías no son más que sombra. La suprema sonrisa pertenece á Dios.
_Ridet Cæsar, Pompeius flebit_, decían los soldados de la legión Fulminatril. Pompeyo no debía llorar esta vez; pero es lo cierto, que se reía César.
Desde la una de la noche anterior, explorando á caballo, bajo el aire y la lluvia, acompañado de Bertrand, las colinas inmediatas á Rossomme, satisfecho de ver la larga línea de las fogatas inglesas que iluminaban por completo el horizonte de Frischemont á Braine l'Alleud, habíale parecido que el destino emplazado por él á día fijo en el campo de Waterloo, era exacto á la cita; había detenido su caballo y permanecido inmóvil algún tiempo viendo los relámpagos, oyendo los truenos, y se había oído cómo aquel fatalista lanzaba en la sombra esta frase misteriosa: «Estamos de acuerdo». Napoleón se engañaba. No estaban ya de acuerdo.
No se había tomado para dormir un sólo minuto, todos los instantes de aquella noche habían señalado para él alguna alegría. Había recorrido toda la línea de las avanzadas de caballería, parándose aquí y allá á hablar con los centinelas. Á las dos y media, cerca del bosque de Hougomont, había oído el paso de una columna en marcha; creyó por un momento en la retirada de Wellington: Entonces dijo: _Es la retaguardia inglesa que se prepara á levantar el campo. Haré prisioneros á los seis mil ingleses que acaban de llegar á Ostende._ Estaba expansivo; había vuelto á encontrar aquella inspirada verbosidad del desembarco de 1.° de marzo, cuando mostraba al gran Mariscal el aldeano del golfo Juan, exclamando:--_¡Y bien, Bertrand, he aquí ya un refuerzo!_ La noche del 17 al 18 de junio burlábase de Wellington: _¡Ese inglesillo necesita una lección!_ dijo el emperador. Hablaba Napoleón, y retumbaba el trueno, mientras la lluvia arreciaba.
Á las tres y media de la madrugada había perdido una de sus ilusiones; los oficiales enviados como exploradores le habían dicho que el enemigo no hacía movimiento alguno. Nada se movía, ni un solo fuego de vivaque se había apagado. El ejército inglés dormía. El silencio era profundo en la tierra; no había más ruido que el del cielo. Á las cuatro, condujeron á su presencia los exploradores un aldeano que había servido de guía á una brigada de caballería inglesa, probablemente la brigada Vivian, que iba á tomar posesión en la aldea de Ohain, á la extrema izquierda. Á las cinco, dos desertores belgas le habían informado que acababan de dejar su regimiento, y que el ejército inglés esperaba la batalla.--_¡Tanto mejor!_--había exclamado Napoleón.--_Prefiero más bien derribarlos que rechazarlos._
Por la mañana, en el ribazo que forma el ángulo del camino de Plancenoit, había echado pie á tierra en medio del lodo, y había mandado que le llevaran de la granja de Rossomme una mesa de cocina y una silla rústica; se había sentado, teniendo un haz de paja por alfombra, y había desdoblado sobre la mesa el mapa del campo de batalla, diciendo á Soult: _¡Lindo tablero!_
Á consecuencia de la lluvia de la noche, los convoyes de víveres, atascados en los caminos llenos de baches, no habían podido llegar de mañana; los soldados no habían dormido, estaban calados y en ayunas, lo cual no había impedido á Napoleón decir alegremente á Ney: _Tenemos noventa probabilidades de las ciento_. Á las ocho sirvieron el almuerzo al emperador. _Tenía convidados muchos generales._
Durante el almuerzo se dijo que Wellington estuvo la antevíspera en el baile de la duquesa de Richmond en Bruselas, y Soult, soldado rudo con cara de arzobispo, dijo: _El baile es hoy_. El emperador había contestado con una chanzoneta á Ney, que había dicho: _Wellington no será tan simple que espere á vuestra majestad_. Era ésta su costumbre. _Gustábale chancearse_, dice Fleury de Chaboulón.
_El fondo de su carácter era un humor festivo_, dice también Gourgaud.
_Abundaba en chanzonetas, más originales que ingeniosas_, dice Benjamín Constant.
Estas espontaneidades del gigante valen la pena de que insistamos. Él fué quien llamó á sus granaderos _los gruñones_, pellizcándoles las orejas y tirándoles de los bigotes.
_El emperador no cesaba de hacernos jugarretas_, decía uno de ellos.
Durante la misteriosa travesía de la isla de Elba á Francia, el 27 de febrero, en alta mar, el bergantín de guerra francés el _Zephyr_ encontró al bergantín _Inconstante_, donde Napoleón iba escondido, y al pedir al _Inconstante_ noticias de Napoleón, el emperador, que llevaba aún en aquel momento en su sombrero la escarapela blanca y amaranto sembrada de abejas, adoptada por él en la isla de Elba, había tomado riendo la bocina y respondido él mismo: _El emperador sigue bien_. Quien así se ríe, está familiarizado con los sucesos. Napoleón había tenido muchos accesos de semejante risa durante el almuerzo de Waterloo. Después de almorzar se quedó pensativo un cuarto de hora, y luego dos generales se sentaron en el haz de paja, con la pluma en una mano y un pliego de papel sobre la rodilla: el emperador les dictó la orden de batalla.
Á las nueve, en el instante en que el ejército francés, escalonado y puesto en movimiento en cinco columnas, desplegándose las divisiones en dos líneas, la artillería entre las brigadas, las bandas de música á la cabeza, batiendo marcha, con el redoble de los tambores y el sonido de las trompetas, poderoso, vasto y alegre mar de cascos, sables y bayonetas en el horizonte, el emperador conmovido había exclamado por dos veces: ¡Magnífico, magnífico!
De las nueve á las diez y media, todo el ejército, lo cual parece increíble, había tomado posiciones y se había ordenado en seis líneas, formando, para repetir la frase del emperador, «una figura de seis VV». Algunos instantes después de la formación de la línea de batalla, en medio de aquel profundo silencio, precursor de la tormenta que precede á los combates, viendo desfilar las tres baterías de á doce, destacadas por su orden de los tres cuerpos de Erlón, de Reille y de Lobau, y destinadas á comenzar la acción, atacando á Mont Saint Jean, donde se encuentra la intersección de los caminos de Nivelles y de Genappe. Tocó el emperador en el hombro á Haxo, diciéndole: _He aquí veinticuatro buenas mozas, general_.
Seguro del éxito, había alentado con una sonrisa, al pasar delante de él, á la compañía de zapadores del primer cuerpo, designada por él mismo para hacerse fuerte en Mont Saint Jean, en cuanto fuése tomada la aldea.
Toda aquella serenidad no fué turbada más que por una palabra de altiva compasión, al ver á su izquierda, en el lugar en que se encuentra hoy una gran tumba, formar en masa con sus soberbios caballos á aquellos admirables escoceses grises, dijo: _¡Es lástima!_
Después montó á caballo, dirigiéndose hacia Rossomme, y eligió para observatorio un reducido montecillo de césped á la derecha del camino de Genappe á Bruselas, que fué su segunda parada durante la batalla.
Su tercera parada, la de las siete de la tarde, entre la Belle-Alliance y la Haie-Sainte, es terrible; es un cerrillo bastante elevado que existe todavía, detrás del cual se había agrupado la guardia en un declive de la llanura. Al rededor de este cerro rebotaban las balas sobre el empedrado de la calzada hasta Napoleón. Como en Briene, sentía sobre su cabeza el silbido de las balas y de las granadas. Hanse recogido casi en el mismo punto donde puso los pies su caballo, balas oxidadas, hojas viejas de sable y proyectiles informes y corroídos. _Scabra rubigine._ Hace algunos años se desenterró un obús de á sesenta, cargado todavía, cuya espoleta se había roto al ras de la bomba. En esta última parada fué donde el emperador le dijo á su guía Lacoste, aldeano hostil, el cual iba atado lleno de miedo á la silla de un húsar, volviéndose á cada descarga de metralla, y procurando esconderse detrás de Napoleón: _¡Imbécil! Esto es vergonzoso. Vas á hacer que te maten por la espalda._
El que estas líneas escribe ha encontrado por sí mismo en la movediza pendiente de aquel cerrillo, ahondando en la arena, los restos del cuello de una bomba, descompuestos por el óxido de cuarenta y seis años, y trozos de hierro viejo que se rompían entre sus dedos como varas de saúco.
Las ondulaciones de las llanuras distintamente inclinadas, donde se verificó el combate entre Napoleón y Wellington, no son ya, como nadie ignora, lo que eran en 18 de junio de 1815. Al tomar de ese campo fúnebre lo que fué necesario para levantar en él un monumento, le quitaron su relieve natural, y la historia desconcertada no puede reconocerlo.
Para glorificarlo se le ha desfigurado.
Wellington, al volver á ver dos años después á Waterloo, exclamóse diciendo: _¡Me han cambiado mi campo de batalla!_ Allí donde está hoy la gran pirámide de tierra coronada del león, había una cresta que descendía hacia el camino de Nivelles en rampa practicable, pero que del lado de la calzada de Genappe era casi escarpado por completo. La elevación de esta escarpadura puede medirse todavía en la actualidad por la altura de los dos terraplenes de las dos grandes sepulturas que encajonan el camino de Genappe á Bruselas: una, la tumba inglesa, á la izquierda; otra, la tumba alemana, á la derecha. No hay allí tumba francesa. Para Francia, toda aquella llanura es un sepulcro. Gracias á las mil y mil carretadas de tierra, empleadas para el promontorio de ciento cincuenta pies de alto y de casi media milla de circuito, la meseta de Mont Saint-Jean es hoy día accesible por una cuesta suave; el día de la batalla, sobre todo por la parte de la Haie-Sainte, era de acceso áspero y difícil, siendo tan inclinada la vertiente, que los cañones ingleses no veían por bajo de ellos la granja situada en el fondo del valle, centro del combate.
El 18 de junio de 1815, la lluvia había además agrietado profundamente aquella aspereza, el lodo dificultaba la subida; de manera que no bastaba trepar, sino que era preciso hundirse en el barro. Á lo largo de la cresta de la meseta corría una especie de foso imposible de adivinar para un observador lejano.
¿Qué foso era aquél? Digámoslo. Braine l'Alleud es una aldea de Bélgica. Ohain es otra. Estas aldeas, escondidas ambas en las curvas del terreno, están unidas por un camino de cerca de legua y media, que atraviesa una llanura ondulante, entrando y hundiéndose muchas veces como un surco entre las colinas, lo que convierte el camino en barranco en muchos puntos. En 1815, como hoy mismo, ese camino cortaba la cresta de la meseta de Mont Saint Jean entre las dos calzadas de Genappe y de Nivelles; solamente que en la actualidad está al mismo nivel de la llanura, y entonces era una hondonada, pues sus dos repechos laterales han servido para el promontorio monumental.
Este camino era y es todavía una zanja en la mayor parte de su trayecto; zanja de una profundidad á veces de doce pies, y cuyas laderas escarpadas se hundían en algunos sitios, sobre todo en invierno, por la fuerza de los aguaceros. Esto ocasionaba diversos accidentes.
El camino resultaba tan estrecho á la entrada de Braine l'Alleud, que un viajero había sido allí aplastado por un carro, como lo atestigua una cruz de piedra levantada junto al cementerio, donde se lee el nombre del muerto, _el señor Bernardo Debrye, mercader de Bruselas_, y la fecha del accidente, febrero de 1637.
Dice así la inscripción:
D. M. O.
AQUÍ FUÉ APLASTADO DESGRACIADAMENTE POR UN CARRO EL SEÑOR BERNARDO DEBRYE, MERCADER DE BRUSELAS ÉL (ilegible)
FEBRERO DE 1637
Era tan profundo también, en la meseta de Mont Saint Jean, que un aldeano, Mateo Nicaise, fué igualmente aplastado en 1783 por un hundimiento del repecho, lo que atestiguaba también otra cruz de piedra, cuyos brazos desaparecieron al hacerse el desmonte, pero cuyo pedestal derribado permanece todavía visible en la pendiente del césped, á la izquierda de la calzada, entre la Haie-Sainte y la granja de Mont-Saint-Jean.
En un día de batalla, aquel camino hondo, de cuya existencia nada daba indicio, cortando la cresta de Mont Saint Jean, formando foso en la cima de la escarpadura, barranco oculto entre los cerros, era invisible, es decir, terrible.
VIII =El emperador dirige una pregunta al guía Lacoste=
Es lo cierto que, en la mañana de Waterloo, Napoleón estaba contento.
Y tenía razón; el plan de batalla concebibo por él, según hemos consignado, era efectivamente admirable.
Una vez empeñada la batalla, sus diversas peripecias, la resistencia de Hougomont, la tenacidad de la Haie Sainte, muerto Bauduin, Foy fuera de combate, el muro inesperado donde fué á estrellarse la brigada Soye, el fatal aturdimiento de Guilleminot al carecer de petardos y sacos de pólvora; el atascamiento de las baterías; las quince piezas sin escolta deshechas por Uxbridge en una hondonada; el poco efecto de las bombas al caer en las líneas inglesas, hundiéndose en el suelo empapado de agua por la lluvia levantando solamente volcanes de lodo, de suerte que la metralla se convertía en salpicadura fangosa; la inutilidad del ataque simulado de Piré contra Braine l'Alleud, toda esa caballería, quince escuadrones, casi anulada; el ala derecha inglesa poco inquietada, mal atacada el ala izquierda, el extraño error de Ney agrupado en vez de escalonar; las cuatro divisiones del primer cuerpo, masas compactas de veintisiete filas, y frentes de doscientos hombres, entregados así á la metralla; los horribles claros causados por las balas en esas masas; las columnas de ataque desunidas; la batería de escarpa bruscamente descubierta por su flanco; Bourgeois, Donzelot y Durutte comprometidos; Quiot rechazado; el teniente Vieux, aquel hércules procedente de la escuela politécnica, herido en el momento en que derribaba á hachazos la puerta de la Haie Sainte bajo el fuego lanzado de lo alto por la barricada inglesa que cortaba el ángulo de la carretera de Genappe á Bruselas; la división Marcognet, cogida entre la infantería y la caballería, fusilada á quemarropa entre los trigos por Best y Pack, acuchillada por Ponsomby, y clavada su batería de siete piezas; el príncipe de Sajonia Weymar manteniendo y conservando, contra el conde de Erlón, á Erischemont y Smohain; la bandera del 105 tomada, y tomada también la del 45; aquel húsar negro prusiano detenido por los exploradores de la columna volante de trescientos cazadores recorriendo el terreno entre Wavre y Plancenoit; las noticias poco tranquilizadoras dadas por este prisionero; la tardanza de Grouchy, los mil quinientos hombres muertos en menos de una hora en el cercado de Hougomont, los mil ochocientos caídos en menos tiempo todavía, alrededor de la Haie-Sainte; todos esos incidentes tempestuosos, pasando como nubes de la batalla delante de Napoleón, apenas turbaron su mirada sin haber anublado en modo alguno aquel semblante imperial con la menor incertidumbre. Napoleón estaba acostumbrado á mirar la guerra en general: jamás hizo guarismo por guarismo la adición dolorosa del detalle; los números le importaban poco, mientras le diesen el total de la Victoria. Aún cuando los principios saliesen equivocados, no se alarmaba, porque se creía dueño y poseedor del final; sabía esperar, suponiéndose entonces fuera de la cuestión, trataba al destino de igual á igual. Parecía decir á la suerte: No creo que te atrevas.
Dividido en luz y sombra, Napoleón se sentía protegido en el bien y tolerado en el mal. Tenía, ó creía tener en su favor, una connivencia, casi podría decirse una complicidad con los sucesos, equivalente á la antigua invulnerabilidad.
No obstante, teniendo tras sí Bérésina, Leipzick y Fontainebleau, parece que podía desconfiarse de Waterloo. Un misterioso fruncimiento de cejas resultaba visible en el fondo del cielo.
En el momento en que Wellington retrocedió, estremecióse Napoleón. Vió desguarnecerse de súbito la meseta de Mont Saint Jean y desaparecer el frente del ejército inglés. Era que se rehacía, pero ocultándose. El emperador se medio levantó sobre los estribos. El rayo de la victoria cruzó ante sus ojos.
Wellington acorralado en la selva de Soignes y destruido, era el aniquilamiento definitivo de Inglaterra por Francia; era Crecy, Poitiers, Malplaquet y Ramillies vengados. El hombre de Marengo borraba á Azincourt.
El emperador, meditando entonces aquella terrible peripecia, paseó por última vez su anteojo sobre todos los puntos del campo de batalla. Su guardia descansando sobre las armas detrás de él, le observaba desde abajo con cierta contemplación religiosa.
Meditaba; examinaba las vertientes, observaba las pendientes, escudriñaba el grupo de árboles y el cuadro de centeno como el sendero; parecía cortar uno á uno los matorrales.
Fijóse en las barricadas inglesas de las dos calzadas, dos anchas talas de árboles, la de la calzada de Genappe por cima de la Haie Sainte, armada con dos cañones, únicos de toda la artillería inglesa que apuntasen al fondo del campo de batalla, y la de la calzada de Nivelles donde resplandecían las bayonetas holandesas de la brigada Chassé. Vió junto á aquella barricada la antigua capilla de San Nicolás pintada de blanco, situada en el ángulo de la travesía hacia Braine l'Alleud.
Inclinóse sobre el caballo, y habló á media voz al guía Lacoste. El guía hizo un signo de cabeza negativo, probablemente pérfido.
Levantóse de nuevo el emperador y reflexionó.
Wellington había retrocedido.
Ya no faltaba más que completar aquel retroceso arrollándole de una vez.
Napoleón, volviéndose bruscamente, expidió una estafeta á todo escape á París, anunciando que se había ganado la batalla.
Napoleón era uno de esos genios que producen el trueno.
Acababa de encontrar el rayo.
Dió orden á los coraceros de Milhaud de tomar la meseta de Mont-Saint Jean.
IX =Lo inesperado=
Eran tres mil quinientos. Presentaban un frente de un cuarto de legua. Eran hombres gigantes montados en caballos colosales. Eran veintiséis escuadrones, y tenían detrás, para apoyarles, la división de Lefebvre-Desnouettes, los ciento seis gendarmes escogidos, los cazadores de la guardia, mil ciento noventa y siete hombres, y los lanceros de la guardia, ochocientas ochenta lanzas. Llevaban cascos sin crines y corazas de hierro batido, pistolas de arzón en las fundas y largos espada sables. Por la mañana todo el ejército les había admirado, cuando, á las nueve, tocaban los clarines y entonaban todas las bandas el himno: _Velemos por la salud del imperio_, habían venido en columna cerrada, con una de sus baterías al flanco y la otra en el centro, desplegándose en dos filas entre la calzada de Genappe y Frischemont, para ocupar su punto de batalla en aquella poderosa segunda línea, tan sabiamente dispuesta por Napoleón, la cual, teniendo á su extrema izquierda los coraceros de Kellermann y á su extrema derecha los coraceros de Milhaud, tenía, por así decirlo, dos alas de hierro.
El ayudante de campo Bernard les llevó la orden del emperador. Ney sacó su espada y se puso á la cabeza. Los escuadrones enormes partieron.
Entonces se vió un espectáculo formidable.
Toda aquella caballería, con los sables desenvainados, banderines y trompetas al viento, formada en columna por divisiones, descendió con un mismo movimiento y como un solo hombre, con la precisión de un ariete de bronce que abre una brecha, la colina de la Belle Alliance, penetrando en la formidable hondonada en donde tantos hombres habían ya caído, desapareció en medio del humo, saliendo después de entre la sombra, reapareciendo al lado del valle, siempre compacta y unida, subiendo al trote largo, al través de una nube de metralla que llovía sobre ella, la espantosa pendiente de fango de la meseta de Mont Saint Jean. Subían gravemente, amenazadores, imperturbables; en los intervalos de la fusilería y de la artillería, oíase aquel pisoteo colosal de caballos. Siendo dos divisiones, eran dos columnas; la división Wathier ocupaba la derecha, la división Derlot la izquierda. Creíase ver de lejos, prolongándose hacia la cresta de la meseta, dos inmensas culebras de acero atravesando la batalla como un prodigio.
Nada parecido se había visto desde la toma del gran reducto de Moskowa por la caballería pesada. Murat faltaba aquí, pero estaba Ney. Parecía que aquella masa se había convertido en un monstruo, con una sola alma. Cada escuadrón ondulaba y se dilataba como el anillo de un pólipo, se les distinguía al través de una vasta humareda, rasgada aquí y allí. Revuelta y confusa mezcla de cascos, crines, sables, brincos borrascosos de las grupas de los caballos entre el estampido del cañón y el sonido de clarines, tumulto disciplinado y terrible; y por cima de todo, el movedizo brillar de las corazas como las escamas sobre la hidra.
Esta narración parece de otros tiempos. Algo parecido á esta visión aparecía sin duda en las antiguas epopeyas órficas describiendo los hombres caballos, los antiguos hipántropos, esos titanes de cara humana y pecho ecuestre que escalaron á galope el Olimpo, horribles, invulnerables, sublimes; dioses y bestias.
Extraña coincidencia numérica, veintiséis batallones iban á recibir á aquellos veintiséis escuadrones. Detrás de la cresta de la meseta, á la sombra de la batería oculta, la infantería inglesa, formada en trece cuadros, dos batallones por cuadro, y en dos líneas, siete en la primera, seis en la segunda, con la culata al hombro, apuntando y atenta á lo que iba á venir, serena, inmóvil, muda: estaba esperando. No veía á los coraceros, ni los coraceros la veían á ella. Oía cómo iba subiendo aquella marea de hombres. Oía cómo crecía el ruido de aquellos tres mil caballos, el pisoteo alternativo y simétrico de sus cascos al trote largo, el roce de las corazas, el choque de los sables, y una especie de resoplido grandioso y feroz. Hubo un momento de silencio espantoso; después, apareció de súbito por encima de la cresta una larga fila de brazos levantados blandiendo sables, y los cascos, y las trompetas, y los banderines; y tres mil cabezas con bigotes grises gritando: ¡Viva el emperador! Toda aquella caballería desembocando en la meseta, pareció el principio de un terremoto.
De repente, cosa trágica, á la izquierda de los ingleses, á nuestra derecha, la cabeza de la columna de los coraceros se encabritó con un clamor horrible. Al llegar al punto culminante de la cresta, desenfrenados, en toda su furia y en su carrera de exterminio, sobre los cuadros y cañones, los coraceros acababan de ver entre ellos y los ingleses un foso, una gran zanja. Era la hondonada del camino de Ohain.
Espantoso momento. El barranco estaba allí, inesperado, abierto á pico bajo los pies de los caballos, á la profundidad de dos toesas entre los repechos de ambos lados. La segunda fila empujó á la primera, y la tercera empujó á la segunda. Los caballos se encabritaban queriendo volver atrás, caían sobre sus grupas, alzaban al aire sus cuatro pies, tirando y derrumbando á los jinetes, agrupándose unos contra otros é imposibilitados de retroceder. Toda la columna no era más que un solo proyectil, la fuerza adquirida para destruir á los ingleses aplastó á los franceses. El barranco inexorable no podía ser vencido sino llenándole; jinetes y caballos rodaron confundidos en él, atropellándose y mezclados unos á otros, no formando más que una sola carne en aquel abismo; y cuando aquel foso estuvo ya lleno de hombres vivos, pasando por encima atravesaron la zanja los demás. Casi una tercera parte de la brigada Dubois se hundió en aquel abismo.
Aquí comenzó la pérdida de la batalla.
Una tradición local, evidentemente exagerada, dice que dos mil caballos y mil quinientos hombres quedaron sepultados en la hondonada de Ohain. En este número van verosímilmente comprendidos todos los demás cadáveres arrojados en el barranco al día siguiente del combate.
Notaremos de paso que aquella brigada Dubois, tan funestamente maltratada, era la misma que una hora antes, en carga aparte, había arrancado su bandera al batallón de Lusebourg.
Napoleón antes de ordenar la carga de los coraceros de Milhaud, había examinado el terreno, pero sin haber alcanzado ver ese camino hondo, que ni siquiera formaba un solo relieve en la superficie de la meseta. Advertido, sin embargo, y llamada su atención por la capillita blanca que marca el ángulo del camino con la calzada de Nivelles, había dirigido, probablemente sobre la eventualidad de un obstáculo, una pregunta al guía Lacoste. El guía había respondido _no_.
Casi podría decirse que de aquel movimiento de cabeza de un aldeano surgió la catástrofe de Napoleón.
Otras fatalidades debían todavía surgir.
¿Era posible que Napoleón ganase aquella batalla? Nosotros respondemos que no. ¿Por qué? ¿Por causa de Wellington? ¿Por causa de Blücker? No. Por causa de Dios.
Que venciese Bonaparte en Waterloo, no entraba ya en la ley del siglo XIX. Preparábase otra serie de hechos, en la cual no tenía cabida Napoleón. La mala voluntad de los sucesos venía anunciándose de larga fecha.
Había llegado ya la época de la caída de aquel hombre inmenso.
El excesivo peso de aquel hombre en el destino de la humanidad turbaba el equilibrio. Aquel individuo pesaba más él solo que el grupo universal. Esta plétora de toda la vitalidad humana concentrada en una sola cabeza, el mundo subiéndose al cerebro de un hombre, sería mortal para la civilización, á durar mucho. Había llegado el momento en que la incorruptible equidad suprema debía advertirlo. Probablemente se sentían lastimados los principios y los elementos, de los que dependen las gravitaciones regulares en el orden moral como en el orden material. La sangre humeante, el rellenamiento de los cementerios, las madres llorando, son en verdad quejidos temibles. Existen, cuando la tierra sufre excesivamente sobrecargada, gemidos misteriosos que parten de la sombra y oye el abismo.
Napoleón había sido denunciado en el infinito, y estaba decretada su caída.
Molestaba á Dios.
Waterloo no es, por lo tanto, una batalla; es el cambio de frente del universo.
X =La meseta de Mont-Saint-Jean=
Al mismo tiempo que el barranco, descubrióse la batería.
Sesenta cañones y los trece cuadros abrasaron á los coraceros á boca de jarro. El intrépido general Delort hizo el saludo militar á la batería inglesa.
Toda la artillería volante inglesa había entrado al galope dentro de los cuadros. Los coraceros no tuvieron ni un solo minuto para respirar. El desastre del barranco les había diezmado, pero no desalentado. Eran de aquellos hombres que cuanto disminuyen en número lo aumentan en valor.
La columna Wathier había sufrido únicamente el desastre; la columna Delort, á la que Ney había hecho oblicuar á la izquierda, como si presintiese el engaño, había llegado entera.
Los coraceros se lanzaron sobre los cuadros ingleses.
Pegados al cuerpo del caballo, las bridas sueltas, el sable entre los dientes y pistola en mano, tal fué el ataque.
Hay momentos en las batallas en que el ánimo endurece al hombre hasta convertir al soldado en estatua, y en que toda su carne se vuelve granito. Los batallones ingleses, desesperadamente acometidos, no se movieron.
Aquello fué horroroso.
Todos los frentes de los cuadros ingleses fueron atacados á la vez. Un torbellino frenético los envolvía. Aquella fría infantería permaneció impasible. La primera fila, rodilla en tierra, recibió á los coraceros con las bayonetas, la segunda los fusilaba; detrás de la segunda fila, los artilleros cargaban los cañones, abríase el frente del cuadro, dejando pasar una erupción de metralla, y volvía á cerrarse. Los coraceros respondían aplastando. Sus grandes caballos se encabritaban, levantando las piernas sobre las filas enemigas, saltando por encima de las bayonetas y cayendo como gigantes en medio de aquellos cuatro muros vivientes. Las balas abrían claros en los coraceros, los coraceros abrían brechas en los cuadros. Filas enteras de hombres desaparecían deshechas bajo los pies de los caballos. Las bayonetas se hundían en los vientres de aquellos centauros. De ahí la deformidad de heridas como no se hayan visto tal vez nunca.
Mutilados los cuadros por aquella caballería enfurecida, estrechábanse sin descomponerse. Inagotables en metralla, estallaban en medio de sus acometedores. La forma de ese combate era monstruosa. Aquellos cuadros no eran ya batallones, eran cráteres, aquellos coraceros no eran una caballería, sino una tempestad. Cada cuadro era un volcán atacado por una nube; la lava combatiendo al rayo.
El último cuadro de la derecha, el más expuesto de todos por carecer de apoyo, fué casi aniquilado á los primeros choques. Componíase del 75.º regimiento de highlanders. El gaitero, colocado en el centro, mientras se exterminaban á su alrededor, bajando con distracción profunda sus ojos melancólicos, llenos del reflejo de las selvas y los lagos, sentado sobre un tambor y su gaita bajo el brazo, tocaba los aires de sus montañas. Aquellos escoceses morían pensando en Ben Lothian, como los griegos acordándose de Argos. El sable de un coracero, derribando de un golpe la gaita y el brazo que la sostenía, acabó con la música, matando al músico.
Los coraceros relativamente poco numerosos, y aminorados por la catástrofe del barranco, tenían en contra suya á casi todo el ejército inglés; pero se multiplicaban, valiendo cada uno por diez. Así es que algunos batallones hannoverianos iban ya replegándose. Wellington lo vió, y pensó en su caballería. Si Napoleón, en aquel mismo instante hubiese pensado en su infantería, habría ganado la batalla. Este olvido fué su grande y fatal error.
De pronto los coraceros acometedores viéronse acometidos. La caballería inglesa estaba á sus espaldas. Al frente los cuadros, detrás Somerset; Somerset eran los mil cuatrocientos guardias dragones; Somerset tenía á su derecha á Dornberg con la caballería ligera de alemanes, y á su izquierda á Trip con los carabineros belgas; los coraceros, atacados de frente y retaguardia, á derecha é izquierda, por la infantería y la caballería, tenían que hacer cara á todas partes. ¿Qué les importaba? Eran un torbellino. Su bravura rayó en lo inexplicable.
Además, tenían detrás de sí la batería, tronando sin cesar. Y sólo así podían ser, tales hombres, heridos por la espalda. Una de sus corazas, agujereada en el omóplato izquierdo por una bala de cañón, está en la colección del museo de Waterloo.
Para tales franceses, eran indispensables ingleses como aquéllos.
Ya no fué aquello una lucha; fué una sombra, una furia, un arrebato vertiginoso de ánimo y valor, un huracán de espadas centelleantes. En un instante los mil cuatrocientos guardias dragones quedaron reducidos á ochocientos; Fuller, su teniente coronel, cayó muerto. Ney acudió con los lanceros y cazadores de Lefebvre Desnouettes. La meseta de Mont-Saint Jean fué tomada, recobrada, y vuelta á tomar. Los coraceros dejaban la caballería para volverse contra la infantería, ó por mejor decir, toda aquella confusión formidable se acogotaba, sin soltarse uno á otro. Los cuadros permanecieron firmes. Hubo doce asaltos. Ney tuvo cuatro caballos muertos. La mitad de los coraceros quedó en la meseta. Esta horrorosa lucha duró dos horas.
El ejército inglés quedó profundamente quebrantado. Es indudable que si los coraceros no hubiesen sido debilitados en su primer choque por el desastre de la hondonada, habrían acorralado el centro y decidido la victoria. Esta caballería extraordinaria petrificó á Clinton, quien había visto las batallas de Talavera y Badajoz. Wellington, vencido en sus tres cuartas partes, admirábales heroicamente, exclamando á media voz: ¡Sublime![8]
Los coraceros destrozaron siete de los trece cuadros, tomaron ó clavaron sesenta piezas de artillería, y cogieron á los regimientos ingleses seis banderas, que tres coraceros y tres cazadores de la guardia fueron á llevar al emperador delante de la granja de la Belle-Alliance.
La situación de Wellington había empeorado. Aquella batalla singular era como un duelo entre dos heridos encarnizados, que, cada uno por su parte, al par que combate y se resiste, va perdiendo toda la sangre. ¿Cuál de los dos caerá primero?
La lucha de la meseta continuaba.
¿Hasta dónde llegaron los coraceros? Nadie podría decirlo. Lo que sí es cierto, es que al día siguiente de la batalla fueron hallados muertos un coracero y su caballo entre la armadura de la báscula de pesar carruajes en Mont-Saint-Jean, en el punto mismo donde se cruzan y dividen los cuatro caminos de Nivelles, de Genappe, de La Hulpe y de Bruselas. Este jinete había atravesado las líneas inglesas. Uno de los hombres que levantaron su cadáver vive todavía en Mont Saint Jean. Se llama Dehaze. Tenía á la sazón diez y ocho años.
Wellington se sentía desfallecer. La crisis era inminente. Los coraceros no habían conseguido su objeto, puesto que el centro no había sido destruido. Todos ocupaban la meseta, pero nadie la poseía; sin embargo dominaban la mayor parte los ingleses.
Wellington ocupaba la población y la llanura culminante; Ney no tenía mas que la cresta y la pendiente. Unos y otros parecían haber echado raíces en aquel suelo fúnebre.
Pero el decaimiento de los ingleses parecía irremediable. La hemorragia de su ejército era horrible. Kempt, en el ala izquierda, reclamaba refuerzo. _No le hay_, respondía Wellington; _¡Que se haga matar!_ Casi en el mismo instante, coincidencia singular que pinta el abatimiento en ambos ejércitos, Ney pedía infantería á Napoleón, y Napoleón exclamaba: _¡Infantería! ¿De dónde quiere que la saque? ¿Quiere que la haga yo?_
Sin embargo, el ejército inglés era el más debilitado. Los combates furiosos de aquellos poderosos escuadrones con corazas de hierro y pechos de acero, habían aniquilado su infantería. Algunos hombres, alrededor de una bandera, marcaban el lugar donde hubo un regimiento: batallones había, mandados únicamente por un capitán ó por un teniente; la división Alten, tan maltratada ya en la Haie-Sainte, estaba casi destruida; los intrépidos belgas de la brigada Van Kluze, cubrían con sus cadáveres los centenos á lo largo del camino de Nivelles; casi nada quedaba de aquellos granaderos holandeses que en 1811, mezclados en España á nuestras filas, combatieron á Wellington, y que en 1815, aliados á los ingleses, combatían á Napoleón. La pérdida de sus oficiales era considerable. Lord Uxbridge, que al día siguiente hizo enterrar su pierna, tenía la rodilla destrozada. Si, por parte de los franceses, en las cargas de los coraceros, Delort, l'Héritier, Colbert, Duop, Travers y Blancard quedaron fuera de combate, por la de los ingleses, estaba herido Alten, Barne lo estaba también, Delancey muerto, Van Meeren muerto, Ompteda muerto, y todo el estado mayor de Wellington fué diezmado, llevando Inglaterra la peor parte en aquel equilibrio sangriento. El 2.º regimiento de guardias de infantería había perdido cinco tenientes coroneles, cuatro capitanes y tres alféreces; el primer batallón del 30.º de infantería había perdido veinticuatro oficiales y ciento doce soldados; el 79.º de montañeses tenía veinticuatro oficiales heridos, diez y ocho oficiales muertos, y cuatrocientos cincuenta soldados también muertos.
Loa húsares hannoverianos de Comberland, un regimiento entero, con su coronel Hacke á la cabeza, quien más tarde debía ser juzgado y destituido, habían vuelto grupas ante la lucha refugiándose en el bosque de Soignes, sembrando la dispersión hasta Bruselas. Los carros, los tiros, los bagajes, los furgones llenos de heridos, viendo ganar terreno á los franceses y acercarse á la selva, precipitáronse en ella; los holandeses, acuchillados por la caballería francesa, gritaban: ¡Al arma!
Desde Vert Coucou hasta Groenendael, en una extensión de cerca dos leguas en dirección á Bruselas, hubo, al decir de testigos que viven todavía, una verdadera invasión de fugitivos. El pánico fué tal, que se comunicó al príncipe de Condé en Malinas y al mismo Luis XVIII en Gante. Á excepción de la débil reserva escalonada detrás del hospital de sangre, establecido en la granja de Mont Saint Jean y de las brigadas Vivian y Vandeleur que flanqueaban el ala izquierda, Wellington no tenía ya caballería. Gran número de baterías estaban desmontadas. Estos hechos están confesados por Siborne; y Pringle, exagerando el desastre, llega á decir que el ejército anglo holandés, había quedado reducido á treinta y cuatro mil hombres. El duque de hierro permanecía sereno, pero sus labios estaban blancos. El comisario austríaco Vincent y el comisario español Álava, testigos de la batalla en el estado mayor inglés, creyeron al duque ya perdido. Á las cinco miró Wellington su reloj, y se le oyó murmurar esta frase sombría: _¡Blücker ó la noche!_
Esto fué casi en el mismo instante en que una línea lejana de bayonetas, brillaba en las alturas del lado de Frischemont.
Ahí estaba la peripecia de aquel drama gigante.
XI =Mal guía para Napoleón, bueno para Bülow=
Bien conocido es el doloroso error de Napoleón; esperando á Grouchy, apareció Blücker; la muerte en lugar de la vida.
El destino tiene estos reveses; cuando se espera el trono del mundo, se divisa Santa Elena.
Si el pastorcillo que servía de guía á Bülow, teniente de Blücker, le hubiese aconsejado dejar la selva por encima de Frischemont mejor que por encima de Plancenoit, la fisonomía del siglo XIX hubiera sido quizá diferente. Napoleón hubiera ganado la batalla de Waterloo.
Por cualquier otro camino más elevado que el de Plancenoit, el ejército prusiano salía á un barranco infranqueable para la artillería, y Bülow no podía llegar.
Pues bien, con una sola hora de retraso, y es el general prusiano Muffling quien lo dice, Blücker no hubiera encontrado á Wellington de pie: «la batalla estaba perdida».
Era ya tiempo, como se ve, de que Bülow llegase. Había á la verdad, retardado mucho: había pernoctado en Dion-le Mont, de donde había salido al despuntar el alba. Pero los caminos estaban impracticables, y sus divisiones se habían atascado. Los carriles que abrían las ruedas de los cañones en el barro, llegaban hasta los ejes. Además, había sido preciso pasar el Dyle por el estrecho puente de Wavre; la calle que conduce al puente, había sido incendiada por los franceses, las cajas y furgones de artillería no pudiendo pasar por entre dos filas de casas ardiendo, tuvieron que esperar á que se apagara el incendio. Eran ya las doce, cuando la vanguardia de Bülow no había podido llegar todavía á Chapelle-Saint Lambert.
De haber comenzado la acción dos horas más temprano, hubiese terminado á las cuatro, y Blücker hubiera caído sobre la batalla ganada por Napoleón. Tales son esos inmensos azares, proporcionados á un infinito que está muy por encima de nuestros alcances.
Desde el medio día, el emperador el primero, con su anteojo de larga vista, había divisado al extremo del horizonte, algo que le llamó su atención. Y había dicho: Allá, á lo lejos, veo una nube que me parece ser de tropas. Luego, preguntó al duque de Dalmacia:
--Soult, ¿qué es lo que veis hacia Chapelle-Saint-Lambert? El mariscal, aplicando su anteojo, respondió: Cuatro ó cinco mil hombres, señor. Evidentemente Grouchy. Sin embargo, aquello continuaba inmóvil en la bruma. Todos los anteojos del estado mayor habían examinado «la nube» designada por el emperador. Algunos habían dicho: Son columnas que hacen alto. La mayor parte decía: Son árboles. La verdad es que la nube no se movía. El emperador había destacado para reconocer aquel punto obscuro la división de caballería ligera de Domon.
Bülow, en efecto, no se había movido. Su vanguardia era muy débil, y nada podía hacer. Debía esperar al grueso del ejército, y tenía orden de concentrarse antes de entrar en línea; pero á las cinco, viendo Blücker el peligro de Wellington, ordenó á Bülow que atacase, y dijo esta frase notable: «Es preciso dar aire al ejército inglés».
Poco después, las divisiones, Losthin, Hiller, Hacke y Ryssel, se desplegaban ante el cuerpo de Lobau; la caballería del príncipe Guillermo de Prusia salía del bosque de París; Plancenoit estaba ardiendo, y las balas prusianas comenzaban á llover, llegando hasta las líneas de la guardia de reserva detrás de Napoleón.
XII =La guardia=
Cualquiera sabe lo demás: la irrupción de un tercer ejército, la batalla dislocada, ochenta y seis bocas de fuego tronando de repente, Pirch llegado de nuevo con Bülow, la caballería de Zieten mandada por Blücker en persona, los franceses rechazados, Marcognet arrojado de la meseta de Ohain, Durutte desalojado de Papelotte, Donzelot y Quiot retrocediendo, Lobau acuchillado, una nueva batalla precipitándose al caer de la noche sobre los regimientos franceses debilitados, toda la línea inglesa volviendo á tomar la ofensiva y marchando adelante, la gigantesca brecha abierta en el ejército francés, la metralla inglesa y la metralla prusiana auxiliándose, el exterminio, el desastre de frente, el desastre en los flancos, y la guardia entrando en línea bajo aquel espantoso derrumbamiento.
Como ésta presentía que iba á morir, gritó: ¡Viva el emperador! La historia no registra nada tan conmovedor como aquella agonía estallando en aclamaciones.
El cielo había estado cubierto todo el día. De repente, en aquel mismo instante, las ocho de la tarde, rasgáronse las nubes del horizonte dejando pasar, al través de los olmos de la carretera de Nivelles, el grande y siniestro fulgor del sol poniente. Habíasele visto salir en Austerlitz.
Para aquel desenlace, cada batallón de la guardia iba mandado por un general. Friant, Michel, Roguet, Harlet, Mallet y Poret de Morvan, estaban allí. Cuando aparecieron las elevadas gorras de los granaderos de la guardia con la ancha placa del águila, y se vieron éstos, simétricos, alineados y serenos, entre la bruma de aquella pelea, sintió el enemigo respeto hacia Francia; creyó ver entrar veinte victorias en el campo de batalla con alas desplegadas, y, los vencedores, creyéndose vencidos, retrocedieron; pero Wellington gritó: _¡Arriba, guardias, y buena puntería!_
El regimiento encarnado de guardias inglesas, tendido detrás de los setos, se levantó; una lluvia de metralla acribilló la bandera tricolor, flotante en medio de nuestras águilas; precipitáronse todos enseguida unos contra otros, y empezó la suprema matanza. La guardia imperial sentía entre las sombras cómo el ejército iba cediendo á su alrededor, y el inmenso estremecimiento de la derrota; oyó el grito de ¡sálvese quien pueda! que había reemplazado al de ¡viva el emperador! y teniendo la fuga detrás y la muerte delante, continuaba avanzando y muriendo. No hubo allí vacilantes ni tímidos. Cada soldado de aquella tropa era tan héroe como el general. Ni uno solo de sus hombres faltó al suicidio.
Ney, desatinado, elevándose á toda la altura del que acepta la muerte, ofrecíase á todos los golpes de aquella tormenta. Allí perdió su quinto caballo. Empapado en sudor, saltando fuego de sus ojos, espumantes los labios, desabrochado el uniforme, una de sus charreteras medio cortada por el sablazo de un jinetes de la guardia inglesa, su placa de la grande águila abollada por una bala, lleno de sangre y de lodo, admirable, con una espada rota en la mano, y exclamando; _¡Venid á ver cómo muere un mariscal de Francia en el campo de batalla!_ Pero inútilmente; no murió. Aparecía rudo é indignado. Lanzó á Drouet de Erlón esta pregunta: «_¿Es que no quieres hacerte matar?_». Y seguía gritando en medio de toda aquella artillería que iba destrozando á un puñado de hombres: _¿No hay nada para mí? ¡Oh! ¡Quisiera que todas esas balas inglesas entrasen en mi pecho!_
¡Estabas reservado para las balas francesas! ¡desdichado!
XIII =La catástrofe=
La derrota á espaldas de la guardia fué lúgubre.
El ejército se replegó bruscamente y á la vez, por todas partes: de Hougomont, de la Haie Sainte, de Papelotte, de Plancenoit. El grito de: ¡Traición! fué seguido del grito: ¡Sálvese quien pueda!
Un ejército que se desbanda es un deshielo. Todo cede, se rompe, estalla, flota, rueda, cae, choca, se empuja y precipita. ¡Destrucción inaudita!
Ney toma otro caballo, salta encima, y sin sombrero, sin corbata, sin espada, se coloca en medio de la calzada de Bruselas, deteniendo á la vez á ingleses y á franceses. Intenta retener al ejército; llama, insulta, se aferra á la derrota. Pero es rechazado por ella. Los soldados se le escapan, gritando: _¡Viva el mariscal Ney!_
Dos regimientos de Durutte van y vienen despavoridos y como agitados entre los sables de los ulanos y el fuego de las brigadas de Kempt, de Best, de Park y de Rylandt. La peor de las luchas es la derrota; los amigos se matan entre sí por huir; los escuadrones y los batallones dispersándose chocando unos contra otros; enorme espuma de la batalla. Lobau en un extremo y Reille en el otro, son arrollados por aquella ola. En vano Napoleón forma muralla con lo que le queda de su guardia; en vano emplea para el último esfuerzo sus escuadrones de servicio. Quiot retrocede ante Vivian, Kellermann ante Vandeleur, Lobau ante Bülow, Morand ante Pirch, Domon y Subervic delante del príncipe Guillermo de Prusia, Guyot, que dirige la carga de los escuadrones del emperador, cae bajo los pies de los dragones ingleses. Napoleón recorre al galope la línea de los fugitivos, les arenga, incita, amenaza y suplica. Todas las bocas que exclamaban por la mañana viva el emperador, permanecen abiertas y en suspenso; apenas hay allí quien le conozca. La caballería prusiana, venida de refresco, se precipita, vuela, acuchilla, corta, hiende, mata, y extermina. Los tiros se arremolinan, los cañones se vuelcan; los soldados del tren desenganchan los arcones y toman los caballos para escapar; los furgones volcados con las ruedas al aire, impiden el tránsito, ocasionando asesinatos; todos se aplastan, se atropellan, caminando sobre muertos y vivos. Los brazos se alzan desesperados. Una multitud vertiginosa llena los caminos, los senderos, los puentes, las llanuras, las colinas, los valles y los bosques obstruidos por la evasión de cuarenta mil hombres. Gritos, desesperación, morrales y fusiles arrojados entre los centenos, paso abierto á estocadas, no hay allí distinciones entre camaradas, oficiales, ni generales; el espanto es indescriptible. Zieten acuchilla á la Francia á su placer. Los leones se han convertido en corzos. Tal fué aquella fuga.
En Genappe se intentó volver la cara, hacer frente, contener. Lobau reunió trescientos hombres, y con ellos levantó una barricada á la entrada de la aldea; pero á la primera descarga de la metralla prusiana, huyeron todos, y Lobau fué hecho prisionero. Todavía se ve hoy impresa aquella descarga de metralla en el antiguo paredón de un edificio de ladrillo, á la derecha del camino, pocos minutos antes de llegar á Genappe. Los prusianos se lanzaron sobre Genappe, furiosos sin duda de ser tan fácilmente vencedores. La persecución fué monstruosa. Blücker ordenó el exterminio. Roguet había ya dado el triste ejemplo de amenazar de muerte á todo granadero francés que le llevara un prisionero prusiano. Blücker sobrepujó á Roguet. El general de la guardia joven, Duhesme, acorralado contra la puerta de una posada en Genappe, entregó su espada á un húsar de la muerte, quien la tomó, matando luego al prisionero. La victoria terminó con el asesinato de los vencidos. Castiguemos, ya que somos la historia; el viejo Blücker se deshonró. Semejante ferocidad fué el colmo del desastre. La derrota desesperada atravesó Genappe, atravesó Quatre Bras, atravesó Gosselies, atravesó Frasnes, atravesó Charleroi, atravesó Thuin, y no paró hasta la frontera. ¡Ay! ¿Y quién era el que huía de esta suerte? El grande ejército.
Este vértigo, este terror, ese derrumbamiento del más alto valor que jamás ha admirado la historia, ¿deja por ventura de tener su causa? No. La sombra de una enorme recta se proyectaba sobre Waterloo. Era la jornada del destino. Una fuerza superior al hombre fué la que trazó la línea de este día.
De ahí la espantosa sumisión de todas las frentes; de ahí todas aquellas almas grandes rindiendo sus espadas. Los que habían vencido á la Europa cayeron aterrados, sin tener ya nada que hacer ni que decir, sintiendo en la sombra la presencia de un algo terrible. _Hoc erat in fatis._ Aquel día cambió la perspectiva del género humano. Waterloo es el gozne del siglo XIX. La desaparición del grande hombre era necesaria al advenimiento del gran siglo. Alguien, á quien nadie replica, se encargó de ello. Así se explica el pánico de aquellos héroes. En la batalla de Waterloo no hubo sólo una nube, hubo un meteoro. Pasó Dios.
Al caer de la noche en un campo cercano á Genappe, Bernard y Bertrand asieron por el faldón de la levita y detuvieron, á un hombre esquivo, pensativo, siniestro, que arrastrado hasta allí por la corriente de la derrota, acababa de echar pie á tierra, habiendo pasado el brazo por la brida de su caballo y, con ojos extraviados, regresaba solo á Waterloo. Era Napoleón, intentando todavía ir adelante; inmenso sonámbulo de aquel sueño de gloria anonadada.
XIV =El último cuadro=
Algunos cuadros de la guardia, inmóviles entre la corriente de la derrota, como rocas en el agua que pasa, se sostuvieron hasta la noche. Venía la noche, y con ella la muerte; esperaron esa doble obscuridad, é inquebrantables, dejáronse envolver por ambas. Cada regimiento, aislado de los demás, y no teniendo ya lazo alguno que les uniese al ejército, roto por todas partes, moría por su cuenta. Habían tomado posiciones para ejecutar esta última acción, los unos sobre las alturas de Rossomme, los otros en la llanura de Mont-Saint Jean. Allí, abandonados, vencidos y terribles, aquellos cuadros sombríos agonizaban formidablemente. Ulm, Wagram, Jena, Friedland, morían en ellos.
Á la hora del crepúsculo, á eso de las nueve de la noche, en la falda de la meseta de Mont-Saint Jean, quedaba uno todavía. En ese valle funesto, al pie de aquella pendiente, trepada antes por los coraceros, inundada entonces por las masas inglesas, bajo los fuegos convergentes de la artillería enemiga victoriosa, bajo una espantosa densidad de proyectiles, aquel cuadro luchaba aún. Mandábalo un oficial llamado Cambronne. Á cada descarga, el cuadro disminuía y contestaba. Replicaba á la metralla con la fusilería, estrechándose continuamente sus cuatro lados. De lejos, los fugitivos, parándose algunos momentos para tomar aliento, oían en las tinieblas aquel tronar sombrío y decreciente.
Cuando esta legión quedó reducida á un solo puñado de hombres, cuando su bandera no fué más que un jirón, cuando sus fusiles, agotadas las balas, no fueron más que palos, cuando el montón de cadáveres fué mayor que el grupo viviente, hubo entre los vencedores una especie de terror sagrado, en torno de aquellos moribundos sublimes, y la artillería inglesa, recobrando el aliento, enmudeció. Fué una especie de tregua. Aquellos combatientes tenían á su alrededor como un hormigueo de espectros, siluetas de hombres á caballo, el negro perfil de los cañones, el cielo blanco, divisado á través de las ruedas y de las cureñas. La colosal calavera que los héroes entrevén siempre entre el humo, en el fondo de la batalla, se adelantaba mirándolos, hacia ellos. Pudieron oir fácilmente entre la sombra crepuscular cómo se cargaban las piezas; las mechas encendidas, semejantes á ojos de tigre entre la obscuridad de la noche, formaron un círculo alrededor de sus cabezas; todos los bota fuegos de las baterías inglesas se acercaron á los cañones, y entonces, al tener el instante supremo suspendido sobre aquellos hombres, conmovido un general inglés, Colville según unos, Maitland según otros, les gritó: ¡Valientes franceses, rendíos! Cambronne respondió:
--¡Mierda!
XV =Cambronne=
El respeto debido á los lectores no puede llegar al extremo de vedar al historiador la repetición de la palabra, tal vez más adecuada, que ha dicho un francés. Esto prohibiría la consignación de lo sublime en la historia.
Prohibición que infringiríamos nosotros por nuestra cuenta y riesgo.
Conste, pues, que en medio de aquellos gigantes, hubo un titán: Cambronne.
Decir esta palabra y morir enseguida, ¡hay nada más grande! Porque morir es el querer morir, y no fué culpa suya si después de ametrallado sobrevivió.
El hombre que ganó la batalla de Waterloo, no es Napoleón derrotado, no es Wellington replegándose á las cuatro y desesperado á las cinco; no es Blücker, que no llegó á batirse; el hombre que ganó la batalla de Waterloo fué Cambronne.
Fulminar con semejante palabra el trueno que os mata, es vencer.
Dar esta respuesta á la catástrofe, decir esto al destino, conceder esta base al león futuro, arrojar esa réplica á la lluvia de la noche, al muro traidor de Hougomont, á la hondonada de Ohain, al retraso de Grouchy, á la llegada de Blücker; ser la ironía en el sepulcro, saber quedar en pie después de haber caído, ahogar en dos sílabas la coalición europea, ofrecer á los reyes aquellas letrinas ya conocidas de los Césares, hacer de la última de las palabras la primera, mezclando con ella el brillo de la Francia; cerrar insolentemente la jornada de Waterloo con el martes de Carnaval, completar á Leónidas con Rabelais, resumir aquella victoria en una palabra suprema, imposible de pronunciar; perder el terreno y conservar la historia, y después de aquella matanza conquistarse la risa, es verdaderamente inmenso.
Es insultar al rayo, es llegar á la grandeza esquiliana.
La palabra de Cambronne hace el efecto de una fractura. Es la ruptura del pecho por el desdén: es el desbordamiento de la agonía que estalla. ¿Quién fué el vencedor? ¿Wellington? No. Sin Blücker estaba perdido. ¿Fué Blücker? No. Si Wellington no hubiera comenzado, Blücker no hubiera podido concluir. Aquel Cambronne, aquel pasajero de última hora, aquel soldado ignorado, aquel átomo de la guerra, siente que hay allí una mentira en una catástrofe, doblemente punzante, y en el punto en que estalla de rabia, le ofrece esta irrisión: ¡la vida! ¿Cómo no botar?
Están allí todos los reyes de Europa, los generales afortunados, los Júpiter tonantes; tienen cien mil soldados victoriosos, y detrás de los cien mil, un millón; sus cañones, con las mechas encendidas, están prontos, tienen bajo sus plantas la guardia imperial y al gran ejército, acaban de aplastar á Napoleón, y no queda ya más que Cambronne. No queda ya para protestar más que aquel gusano.
Pero él protestará. Entonces busca él una palabra como se busca una espada. La espuma se le viene á los labios, y es aquella espuma la palabra. Ante aquella victoria prodigiosa y medianísima, ante aquella victoria sin victoriosos, aquel desesperado se levanta; sometiendo á la enormidad, hace constar su nada; hace más que escupir en ella; y abrumado bajo el peso del número, la fuerza y la materia, encuentra el alma, una expresión, el excremento. Lo repetimos, decir esto, hacer esto, hallar esto, es ser el vencedor.
El espíritu de los grandes días penetró en este hombre desconocido en aquel instante fatal. Cambronne dió con la palabra de Waterloo como Rouget de l'Isle dió con la _Marsellesa_, por la intuición de un soplo de lo alto.
Un efluvio del huracán divino se desprende y viene á pasar al través de estos hombres, los cuales se estremecen, entonando el uno el cántico supremo, y lanzando el otro el grito terrible. Aquella palabra de desdén titánico, no la lanzó Cambronne únicamente á Europa en nombre del imperio; hubiera sido poco; dirigiola al pasado en nombre de la Revolución. Siéntese y reconócese en Cambronne el alma antigua de los gigantes. Parece ser Dantón que habla, ó Kleber que ruge.
Á la palabra de Cambronne, la voz inglesa contestó: ¡Fuego! Las baterías fulguraron, retembló la colina, de todas aquellas bocas de bronce salió el postrer vómito de espantosa metralla, levantóse una vasta humareda, vagamente blanqueada por la luna naciente. Cuando se hubo disipado el humo, ya no había nada. Aquel resto formidable acababa de ser aniquilado: la guardia estaba muerta.
Los cuatro muros del reducto viviente yacían destrozados, apenas se percibía aquí y allá algún sacudimiento entre los cadáveres. Así fué cómo las legiones francesas, más grandes que las legiones romanas, expiraron en Mont Saint Jean, sobre el suelo empapado de agua y sangre, entre los trigos sombríos, en el mismo lugar por donde pasa ahora á las cuatro de la madrugada, silbando y fustigando alegremente su caballo, José, el conductor de la valija-correo de Nivelles.
XVI =¿Quot libras in duce?=
La batalla de Waterloo es un enigma. Tan obscuro para los que la ganaron como para quien la perdió. Para Napoleón fué un pánico[9]. Blücker no vió en ella sino fuego; Wellington no entendió nada. Véanse los partes. Los boletines resultan confusos, los comentarios embrollados. Éstos balbucean, aquéllos tartamudean.
Jomini divide la batalla de Waterloo en cuatro tiempos; Muffling la corta en tres peripecias; Charras, aunque en algunos puntos tengamos diversa apreciación, es el único que ha fijado con su certero golpe de vista las principales y características líneas de aquella catástrofe del genio humano en lucha con el azar divino. Todos los demás historiadores se han deslumbrado más ó menos, y en medio de su deslumbramiento andan á tientas. Jornada fulgurante, en efecto, derrumbamiento de la monarquía militar que, con gran estupor de los reyes, arrastró á ella á todos los reinos; caída de la fuerza, derrota de la guerra.
En semejante acontecimiento, impregnado de una necesidad sobrehumana, la parte de los hombres es nula.
Quitarles Waterloo á Wellington y á Blücker, ¿es quitar algo á Inglaterra y á Alemania? No. Ni la ilustre Inglaterra, ni la augusta Alemania, son discutibles en el problema de Waterloo. Gracias al cielo, los pueblos son grandes independientemente de las lúgubres aventuras de la espada.
Ni Alemania, ni Inglaterra, ni Francia, están encerradas en el interior de una vaina. En aquella época en que Waterloo no es más que un choque de espadas; sobre Blücker tiene Alemania á Schiller, y sobre Wellington tiene Inglaterra á Byron. Un vasto nacimiento de ideas es el signo característico de nuestro siglo, y entre esa aurora tienen, así la Inglaterra como Alemania, esplendores magníficos. Ambas son majestuosas, porque piensan. La elevación de nivel que aportan ambas á la civilización, les pertenece intrínsecamente; procede de ellas mismas, y no de un accidente. Todo su engrandecimiento en el siglo XIX no tiene nada de común con Waterloo por su origen. Solamente los pueblos bárbaros tienen crecidas súbitas después de una victoria. Es la vanidad pasajera de los torrentes henchidos por la barrusca. Los pueblos civilizados, sobre todo en los tiempos que atravesamos, no se elevan ni rebajan con la buena ó mala fortuna de un capitán. Su peso específico en el género humano es resultado de algo más que un combate. Su honra, á Dios gracias, su dignidad, su esplendor, y su genio, no son números que los héroes y conquistadores, jugadores al fin, puedan poner á la lotería de las batallas. Frecuentemente batalla perdida, significa progreso conquistado. Á menos gloria mayor libertad. Calla el tambor, y toma la razón la palabra. Es el juego del gana-pierde.
Hablemos, pues, de Waterloo, fríamente por una y otra parte. Demos al azar lo que es del azar, y á Dios lo que es Dios. ¿Qué fué Waterloo? ¿Una victoria? No. Un quinterno.
Quinterno ganado por Europa, y pagada por Francia.
No valía, de mucho, la pena de poner allí un león.
Por lo demás, Waterloo, es el encuentro más extraño que registra la historia. Napoleón y Wellington. No son enemigos, son contrarios. Dios, que se complace en las antítesis, no produjo jamás contraste más sorprendente ni confrontación más extraordinaria.
Por una parte la precisión, la previsión, la geometría, la prudencia, la retirada asegurada, las reservas economizadas, una sangre fría pertinaz, un método imperturbable, la estrategia que aprovecha el terreno, la táctica que equilibra los batallones, la matanza tirada á cordel, la guerra regulada reloj en mano, nada abandonado voluntariamente al azar, el antiguo valor clásico, la corrección absoluta; por la otra, la intuición, la adivinación, el capricho militar, el instinto sobrehumano, el brillante golpe de vista, un no sé qué, que mira como el águila y hiere como el rayo, un arte prodigioso dentro una impetuosidad desdeñosa; todos los misterios de un alma profunda, la asociación con el destino; el río, la llanura, el bosque, la colina, intimados y en cierto modo obligados á obedecer; el déspota llegando hasta tiranizar el campo de batalla; la fe en su estrella mezclada á la ciencia estratégica, engrandeciéndola y turbándola á un tiempo. Wellington era el Barême de la guerra, Napoleón el Miguel Ángel, y esta vez el genio fué vencido por el cálculo.
Por ambas partes se esperaba á alguien. Fué el calculador exacto quien salió en bien. Napoleón esperaba á Grouchy, y no vino, Wellington esperaba á Blücker, y acudió.
Wellington fué la guerra clásica tomando su revancha. Bonaparte, en su aurora, habíala encontrado en Italia, y batido soberbiamente. La vieja lechuza había huido ante el joven buitre. La antigua táctica, no sólo quedó pulverizada sino escandalizada. ¿Qué venía á ser aquel corso de veintiséis años, qué significaba aquel ignorante espléndido que, teniéndolo todo en contra suya, nada en su favor, sin víveres, sin municiones, sin cañones, sin zapatos, casi sin ejército; con un puñado de hombres en frente de masas compactas, se precipitaba sobre la Europa coligada, y ganaba absurdamente victorias imposibles?
¿De dónde salía aquel rayo furibundo que, casi sin tomar aliento y con el mismo juego de combatientes en la mano, pulveriza uno después de otro los cinco ejércitos del emperador de Alemania, derribando á Beaulieu sobre Alvinzi, á Wurmser sobre Beaulieu, á Melas sobre Wurmser, á Mack sobre Melas? ¿Quién era ese advenedizo de la guerra con la atrevida desvergüenza de un astro? La escuela académica militar le excomulgaba huyendo á su presencia. De ahí el implacable rencor del viejo cesarismo contra el nuevo, del sable correcto contra la espada flamígera, y del tablero contra el genio.
El 18 de junio de 1815 encontró este rencor su última palabra, y debajo de Lodi, de Montebello, de Montennote, de Mantua, de Marengo y de Arcole, escribió: Waterloo. Triunfo de las medianías dulce á las mayorías. El destino consintió esta ironía. Napoleón al declinar, se encontró ante Wurmser joven.
Y efectivamente, para tener á Wurmser, basta con blanquear los cabellos á Wellington.
Waterloo es una batalla de primer orden, ganada por un capitán de segundo.
Lo que hay que admirar en esta batalla, es Inglaterra, es la firmeza inglesa, es la resolución inglesa, es la sangre inglesa. Lo que Inglaterra tuvo allí de soberbio no ha de desagradarle, fué ella misma. No fué su capitán, fué su ejército.
Wellington, ingrato hasta la extravagancia, declara en una carta á lord Bathurst que su ejército, el ejército que combatió el 18 de junio de 1815, era un «ejército detestable». ¿Qué pensará de ello esa sombría confusión de esqueletos sepultados en los campos de Waterloo?
La Inglaterra ha sido muy modesta al frente de Wellington. Hacer tan grande á Wellington, es empequeñecerse.
Wellington no pasa de ser un héroe como otro cualquiera. Aquellos escoceses grises, aquellos guardias de á caballo, aquellos regimientos de Maitland y de Mitchell, aquella infantería de Pack y de Kempt, aquella caballería de Ponsomby y de Somerset, aquellos montañeses tocando la gaita bajo la metralla, aquellos batallones de Rylandt, aquellos reclutas enteramente bisoños, que apenas sabían manejar el fusil, haciendo cara á los veteranos de Essling y de Rívoli, esto es lo grande. Wellington fué tenaz, éste es su mérito, y nosotros no se lo hemos de regatear; pero el último de sus infantes y de sus jinetes fué tan fuerte como él. El soldado de hierro bien vale lo que el duque de hierro.
Por nuestra parte, concedemos toda la gloria al soldado inglés, al ejército inglés, al pueblo inglés. Si hubo trofeos son para Inglaterra. La columna de Waterloo sería más justa, si en lugar de la figura de un hombre, elevase á las nubes la estatua de un pueblo.
Pero la gran Inglaterra se irritará de lo que aquí decimos. Ella conserva aún, después de su 1688 y de nuestro 1789, la ilusión feudal, porque cree en la herencia y en la jerarquía. Este pueblo, al cual ninguno aventaja en poderío y gloria, se aprecia á sí mismo como nación, no como pueblo. Y como pueblo, se subordina de buen grado y toma por cabeza un lord. Obrero, se deja despreciar; soldado, deja que le apaleen. Cualquiera sabe que en la batalla de Inkermann un sargento, que según parece, había salvado al ejército, no pudo ser mencionado por lord Raglan, por no permitir la jerarquía militar inglesa citar en un parte á ningún héroe de grado inferior al de oficial.
Lo que admiramos sobre todo, en un encuentro por el estilo del de Waterloo, es la prodigiosa habilidad del azar. Lluvia nocturna, muro de Hougomont, hondonada de Ohain, Grouchy sordo al cañón, el guía de Napoleón que le engaña y el de Bülow que le dirige bien; todo este cataclismo aparece maravillosamente conducido.
En suma, debemos decir, que hubo en Waterloo más matanza que lucha.
Es Waterloo, de todas las batallas en regla, la que presentó la línea de combate más reducida con respecto al número de combatientes; la de Napoleón tenía tres cuartos de legua, y media legua la de Wellington, con setenta y dos mil combatientes por cada parte. De esta aglomeración vino la matanza.
Se ha hecho este cálculo, y establecido la proporción siguiente: pérdida de hombres: en Austerlitz, franceses, catorce por ciento; rusos, treinta por ciento; austríacos, cuarenta y cuatro por ciento.
En Wagram, franceses, trece por ciento; austríacos, catorce.
En la Moskowa, franceses, treinta y siete por ciento; rusos, cuarenta y cuatro.
En Bautzen, franceses, trece por ciento; rusos y prusianos, catorce.
En Waterloo, franceses, cincuenta y seis por ciento; aliados, treinta y uno. Total para Waterloo, cuarenta y uno por ciento. Ciento cuarenta y cuatro mil combatientes; sesenta mil muertos.
Hoy día el campo de Waterloo presenta la calma que pertenece á la tierra, sostén impasible del hombre, y se parece á las demás llanuras.
De noche, sin embargo, despréndese allí una bruma fantástica; y si algún viajero se pasea, si mira, si escucha, si piensa como Virgilio en las funestas llanuras de Filipo, la alucinación de la catástrofe le domina. El horrible 18 de junio revive, la falsa colina monumental desaparece, desvanécese aquel león, y recobra el campo de batalla su realidad; ondulan en la llanura líneas de infantería, galopes furiosos cruzan el horizonte; el espantado soñador ve el brillo de los sables, el resplandor de las bayonetas, el fulgor de las bombas, el entre cruzamiento monstruoso de los truenos; oye, como un estertor en el fondo de una tumba, el vago clamor de la batalla fantasma; aquellas sombras son los granaderos; aquellos fulgores los coraceros; aquel esqueleto es Napoleón; aquel otro Wellington; todo aquello ya no existe; pero choca y combate todavía; y los barrancos se enrojecen, y se estremecen los árboles, y están enfurecidas hasta las nubes: y en medio de las tinieblas, todas aquellas alturas feroces, Mont-Saint Jean, Hougomont, Frichemont, Papelotte y Plancenoit, aparecen confusamente coronadas de torbellinos de espectros que se exterminan.
XVII =¿Es preciso encontrar bueno á Waterloo?=
Existe una escuela liberal muy respetable que no odia en lo más mínimo á Waterloo. Nosotros no pertenecemos á ella. Para nosotros, Waterloo no es más que la fecha asombrada de la libertad. Que tal águila nazca de semejante huevo, eso es seguramente lo inesperado.
Waterloo mirado desde el punto de vista culminante de la cuestión, es intencionalmente una victoria contra-revolucionaria. Es la Europa contra la Francia; es Petersburgo, Berlín y Viena contra París; es el _statu quo_ contra la iniciativa; es el 14 de julio de 1789 atacado al través del 20 de marzo de 1815; es el zafarrancho de las monarquías contra el indomable tumulto francés.
Apagar, por fin, este vasto pueblo en erupción desde hacía veintiséis años; tal era el proyecto. Solidaridad de los Brunswick, de los Nassau, de los Romanoff, de los Hohenzollern, de los Hapsburgo con los Borbones. Waterloo lleva á la grupa el derecho divino. Es verdad también, que habiendo sido el imperio despótico, la realeza, en virtud de la reacción natural de las cosas, debía forzosamente ser liberal, y de ahí que de rechazo naciera de Waterloo, un régimen constitucional, con gran disgusto de los vencedores. Es que la Revolución no puede ser verdaderamente vencida, y que siendo providencial y absolutamente fatal, reaparece siempre; antes de Waterloo, en Bonaparte derribando los tronos caducos, después de Waterloo, en Luis XVIII otorgando y sometiéndose á la Carta. Bonaparte sienta un postillón en el trono de Nápoles, y un sargento en el trono de Suecia, empleando la desigualdad para demostrar la igualdad; Luis XVIII en Saint Ouen rubrica la declaración de los derechos del hombre. ¿Queréis daros cuenta de lo que es la Revolución? Llamadle Progreso. ¿Queréis daros cuenta de lo que es el progreso? Llamadle Mañana. El mañana hace siempre irresistiblemente su tarea, y la hace desde hoy; y siempre llega á su fin, de un modo extraño.
Se sirve de Wellington para hacer de Foy un orador, cuando no era éste más que un soldado. Foy caído en Hougomont, vuelve á levantarse en la tribuna. Así procede el progreso. No hay instrumento malo para tal obrero. Ajusta á su trabajo divino, sin desconcertarse, al hombre que ha atravesado los Alpes, como al buen anciano enfermo y vacilante del padre Eliseo. Sírvese del gotoso como del conquistador; del conquistador fuera, del gotoso dentro.
Waterloo deteniendo con la espada la demolición de los tronos europeos, no ha producido otro efecto que el de hacer continuar la obra revolucionaria por otro lado. Concluyeron los acuchilladores, y empezó el turno de los pensadores. El siglo que Waterloo quería detener le ha pasado por encima y continuado su camino. Aquella siniestra victoria ha sido vencida por la libertad.
En suma, é incontestablemente, lo que triunfaba en Waterloo, lo que sonreía detrás de Wellington, lo que le llevaba todos los bastones de mariscal de Europa, incluso, se ha dicho, el de mariscal de Francia, lo que hacía rodar alegremente los carretones de tierra llenos de huesos para elevar el terreno del león, lo que escribió en son de triunfo sobre aquel pedestal esta fecha, _18 de junio de 1815_, lo que alentaba á Blücker acuchillando la derrota, lo que de lo alto de la meseta de Mont Saint-Jean se inclinaba sobre Francia como sobre su presa, era la contrarrevolución. Que fué la contrarrevolución quien murmuró esta infame palabra: _Desmembración_.
Al llegar á París vió el cráter de cerca, sintió que aquella ceniza abrasaba sus pies, y mudó de consejo, llegando á tartamudear una constitución.
No veamos en Waterloo más de lo que hay en Waterloo. Libertad intencional, ninguna. La contrarrevolución era involuntariamente liberal, lo mismo que, por un fenómeno relativo, era Napoleón involuntariamente revolucionario.
El 18 de junio de 1815, Robespierre á caballo fué desmontado.
XVIII =Recrudescencia del derecho divino=
Concluye la dictadura. Todo un sistema europeo se derrumba.
El imperio se hundió en sombras parecidas á las del mundo romano agonizante. Volvióse á ver el abismo como en los tiempos bárbaros. Sólo que la barbarie de 1815, á la que debemos llamar por su apodo la contrarrevolución, tenía escaso aliento, se fatigó enseguida y se detuvo. El imperio, confesémoslo, fué llorado, y llorado por ojos heroicos. Si la gloria consiste en la espada convertida en cetro, el imperio fué la gloria misma. Había derramado sobre la tierra toda la luz que la tiranía puede dar; luz sombría. Digamos más: luz obscura. Comparada al día verdadero, es la de la noche. Esta desaparición de la noche produjo el efecto de una eclipse.
Luis XVIII regresó á París. Los bailes del 8 de julio borraron los entusiasmos del 20 de marzo. El corso se trocó en antítesis del bearnés. La bandera de la cúpula de las Tullerías fué blanca. Entronizóse el destierro. La mesa de pino de Hartwell colocóse delante del sillón flordelisado de Luis XIV. Hablóse de Bouvines y de Fontenoy como de ayer, habiendo envejecido Austerlitz. El altar y el trono fraternizaron majestuosamente, una de las formas menos disputadas de la salud de la sociedad del siglo XIX establecióse en Francia y en el continente. La Europa tomó la escarapela blanca. Trestaillon se hizo célebre.
La divisa _non pluribus impar_ reapareció entre rayos de piedra, figurando un sol, sobre la fachada del cuartel del muelle de Orsay. Donde había habido una guardia imperial, hubo una casa roja. El arco de _carrousel_, cargado de victorias ya insoportables, extrañas entre aquellas novedades, algo avergonzado tal vez de Marengo y de Arcola, salió del compromiso con la estatua del duque de Anguleme. El cementerio de la Magdalena, terrible fosa común del 93, cubrióse de mármoles y de jaspes, los huesos de Luis XVI y de María Antonieta están entre aquel polvo. En el foso de Vincennes, un cipo sepulcral saliendo de la tierra, recuerda que el duque de Enghien murió en el mismo mes en que Napoleón fué coronado. El papa Pío VII, que había consagrado esta coronación casi al mismo tiempo de aquella muerte, bendijo tranquilamente la caída como había bendecido la elevación. Hubo en Schoenbrunn la sombra de un niño de cuatro años, al cual fué sedicioso llamar el rey de Roma. Y se hicieron todas esas cosas, y aquellos reyes recobraron sus tronos, y el dueño de Europa fué encerrado en una jaula, y el antiguo régimen volvió á ser el nuevo, y toda la sombra y toda la luz de la tierra cambiaron de lugar, porque en la tarde de un día de verano, un pastor le dijo á un prusiano dentro un bosque: ¡Pasad por aquí y no por allí!
El 1815 fué una especie de abril lúgubre. Las antiguas realidades perjudiciales y venenosas se cubrieron de apariencias nuevas. La mentira se deposó en 1789, el derecho divino se enmascaró con una carta, las ficciones se hicieron constitucionales, las preocupaciones, las supersticiones y las intenciones, embozadas con el artículo 14 en el corazón, se barnizaron de liberalismo. Cambiaron de piel las serpientes.
El hombre había sido engrandecido y rebajado á un tiempo por Napoleón. Lo ideal, bajo el reinado de la materia espléndida, había recibido el extraño nombre de ideología. ¡Grave imprudencia de un grande hombre, ridiculizar el porvenir! Los pueblos sin embargo, esta carne de cañón tan enamorada del ametrallador, le buscaban con la mirada. ¿Dónde está? ¿Qué hace?
--Napoleón ha muerto:--decía un transeunte á un inválido de Marengo y Waterloo.
--_¡Él muerto!_--exclamaba irónicamente el soldado.--_¡Le conocéis bien!_
Las imaginaciones, deificaban aquel hombre caído. El fondo de Europa, después de Waterloo, fué tenebroso. Algo grande permaneció vacío largo tiempo por haber desaparecido Napoleón.
Colocáronse los reyes en este vacío. La vieja Europa se aprovechó de ello para reformarse. Hubo una Santa Alianza. _¡Bella Alianza!_ había ya dicho anticipadamente el campo fatal de Waterloo.
En presencia y al frente de la antigua Europa rehecha, dibujáronse los perfiles de una Francia nueva. El porvenir, zaherido por el emperador, hizo su entrada, llevando sobre la frente esta estrella: Libertad. Los ojos de las generaciones nuevas, volviéronse hacia él y ¡cosa singular! enamoráronse á un tiempo mismo del porvenir, Libertad; y del pasado, Napoleón. La derrota había hecho grande al vencido. Bonaparte caído parecía más alto que Napoleón de pie. Los que habían triunfado se espantaron. Inglaterra le hizo guardar por Hadson Lowe, y Francia le hizo espiar por Montchenu. Aquellos brazos cruzados fueron la inquietud de los tronos. Alejandro le llamaba, mi insomnio. Esta alarma procedía de la cantidad de revolución que se encerraba en él, y esto es lo que explica y escusa el liberalismo bonapartista. Aquel fantasma hacía temblar al viejo mundo. Los reyes reinaron con zozobra mientras la roca de Santa Elena permaneció en su horizonte.
Mientras Napoleón agonizaba en Longwood, los sesenta mil hombres caídos en el campo de Waterloo pudriéronse tranquilamente, y algo de aquella triste paz se esparció por el mundo. El congreso de Viena hizo sus tratados de 1815, y la Europa llamó á esto Restauración.
Y ahí tenéis lo que fué Waterloo.
Pero ¿qué le importa al infinito? Toda aquella tempestad, toda aquella nube, aquella guerra, y luego aquella paz; todas aquellas sombras no turbaron un momento la luz del ojo inmenso, ante el cual, un pulgón saltando de uno á otro tallo de la yerba, es igual al águila volando de campanario á campanario de las torres de Nuestra Señora.
XIX =El campo de batalla por la noche=
Volvamos, pues es una necesidad de este libro, á este fatal campo de batalla.
El 18 de junio de 1815 era de luna llena. Aquella claridad favoreció la persecución feroz de Blücker, denunciando las huellas de los fugitivos, entregó aquellas masas desastradas á la encarnizada caballería prusiana, contribuyendo á la matanza. Existen á veces en las catástrofes esas trágicas complacencias de la noche.
Después del último cañonazo, la llanura de Mont Saint-Jean quedó desierta.
Los ingleses ocuparon el campamento de los franceses: es la comprobación general de la victoria; acostarse en el lecho del vencido. Establecieron su campamento á la otra parte de Rossomme.
Los prusianos, lanzados sobre la derrota, siguieron adelante. Wellington fué á la aldea de Waterloo á redactar el parte á lord Bathurst.
Si alguna vez el _sic vos non vobis_ ha sido aplicable, es seguramente á la aldea de Waterloo.
Waterloo no hizo nada, pues dista una media legua del lugar de la acción. Mont Saint-Jean fué cañoneado, Hougomont fué incendiado, Papelotte fué incendiado, Plancenoit fué incendiado, la Haie Sainte fué tomada por asalto, la Belle Alliance presenció el abrazo de los dos vencedores, y apenas se conocen sus nombres, mientras Waterloo, que para nada figuró en la batalla, se ha llevado todo el honor.
No somos de los que adulan á la guerra; cuando llega el caso le decimos claramente las verdades. Tiene la guerra bellezas horribles, que no hemos tratado de ocultar; pero convengamos también en que tiene sus fealdades, entre las cuales es una de las más sorprendentes el despojo inmediato de los muertos después de la victoria. El alba que sigue á una batalla, se levanta siempre sobre cadáveres desnudos.
¿Quién hace esto? ¿Quién mancha así el triunfo? ¿Cuál es la repugnante y furtiva mano que se desliza dentro del bolsillo de la victoria? ¿Quiénes son los rateros que asestan sus golpes detrás de la gloria? Varios filósofos, y entre ellos Voltaire, afirman que son precisamente los mismos que han conquistado la gloria. Son los mismos, dicen, no cabe sustitución; los que quedan en pie saquean á los caídos. El héroe del día es el vampiro de la noche. Y casi hay derecho, después de todo, de saquear más ó menos los cadáveres de que se es autor. Por nuestra parte no opinamos así. Recoger laureles y robarles los zapatos á un muerto, nos parece imposible que pueda hacerlo una misma mano.
Lo que sí es cierto, que generalmente detrás de los vencedores siguen los ladrones. Pero coloquemos al soldado, sobre todo, al soldado contemporáneo, fuera de duda.
Todo ejército lleva su cola, y ésa es á la que hay que acusar. Hombres murciélagos, entre bandidos y servidores, todas las especies de aves nocturnas que engendra ese crepúsculo que llaman la guerra, portadores de uniforme que no combaten, enfermos supuestos, estropeados temibles, cantineros contrabandistas, acompañados á veces de sus mujeres, andando en sus carritos y robando lo que revenden; mendigos que se ofrecen por guías á los oficiales, granujas, merodeadores... todo eso llevaban en pos de sí los ejércitos en marcha, en otros tiempos, no hablamos del presente, de manera que, en la lengua especial, se les llamaba «los rezagados». Ningún ejército ni nación alguna eran responsables de semejantes seres; cosmopolitas indefinibles, hablaban italiano, y seguían á los alemanes; hablaban francés, y seguían á los ingleses. Uno de estos miserables, rezagado español que hablaba francés, mató á traición y robó en el mismo campo de batalla al marqués de Fervacques, quien le tomó por compatriota á causa de su acento y modismos picardos, en la noche siguiente á la victoria de Cesiroles. Del merodeo nacía el merodeador. La detestable máxima: _Vivir á costa del enemigo_, producía esta lepra, que sólo una disciplina muy severa podía curar. Hay celebridades que engañan; no se sabe siempre por qué ciertos generales, grandes por otra parte, han sido tan populares. Turena era adorado de sus soldados, porque toleraba el pillaje; el mal permitido forma parte de la bondad: Turena era tan bueno, que dejó pasar á fuego y sangre el Palatinado.
Veíanse á la cola de los ejércitos, más ó menos merodeadores, según era el jefe más ó menos severo. Hoche y Marceau no llevaban nunca rezagados; Wellington, hacémosle gustosos esta justicia, llevaba pocos.
No obstante, en la noche del 18 al 19 de junio se despojó á los muertos. Wellington fué rígido, ordenó pasar por las armas á quien quiera que fuése cogido en flagrante delito; pero la rapiña es tenaz. Los merodeadores robaban en uno de los extremos del campo de batalla, mientras se los fusilaba en el otro.
La luna era siniestra en aquella llanura.
Á eso de media noche rondaba un hombre, ó mejor, se arrastraba por la parte del barranco de Ohain. Era, según todas las apariencias, uno de esos que acabamos de caracterizar, ni inglés, ni francés, ni paisano, ni soldado; menos hombre que hiena, atraído por el olor de los muertos, teniendo por victoria el robo, acudía á desvalijar á Waterloo. Vestía una blusa algo parecida ó una esclavina ceñida, iba inquieto y atrevido, marchaba adelante y mirando atrás. ¿Qué era ese hombre? La noche probablemente sabía más acerca de él que el día. No llevaba morral, pero sí evidentemente grandes bolsillos debajo de su esclavina. De cuando en cuando parábase, examinando la llanura á su alrededor, como para ver si se le observaba, inclinábase bruscamente, removía por tierra algo silencioso é inmóvil, después se levantaba y desaparecía. Su manera de deslizarse, sus actitudes, su gesto rápido y misterioso, le hacían parecer á esas larvas crepusculares que frecuentan las ruinas, y que las antiguas leyendas normandas llaman los _Andantes_.
Ciertas aves nocturnas describen en los pantanos siluetas parecidas.
Una mirada que hubiese sondeado atentamente todas aquellas brumas, hubiera podido ver á cierta distancia, parado y como oculto detrás de la casucha, á orilla de la calzada de Nivelles, en el ángulo del camino de Mont Saint-Jeant á Braine-l'Alleud, una especie de carrito de vivandero con toldo de mimbre embreado, al que iba enganchado un rocín hambriento paciendo las ortigas al través del freno, y dentro del carrito, una especie de mujer sentada sobre cajas y fardos. Quizá existía algún lazo de unión entre aquel carrito y el rondador.
La obscuridad era serena. Ni una nube en el cénit. Qué importa que la tierra esté roja, la luna sigue siendo blanca. Ésas son indiferencias del cielo.
En la pradera, las ramas de los árboles destrozadas por la metralla, pero no caídas, y retenidas por la corteza, mecíanse suavemente agitadas por el aire de la noche.
Un aliento, casi una respiración, movía las malezas. Había temblores en la yerba, que parecían exhalaciones de almas.
Oíase vagamente á lo lejos el ir y venir de las patrullas y rondas mayores del campamento inglés.
Hougemont y la Haie-Sainte continuaban ardiendo, formando al oeste y al este, dos grandes llamas, á las que iba á juntarse como un collar desatado de rubíes con dos carbunclos á sus extremos, el cordón de hogueras del ejército inglés, extendido en inmenso semicírculo por las colinas del horizonte.
Hemos referido la catástrofe del camino de Ohain. Lo que había sido la muerte para tantos valientes, horroriza sólo imaginarlo.
Si hay algo pavoroso, si existe una realidad que traspase los límites del sueño, es ésta: vivir, ver el sol, estar en plena posesión de la fuerza viril, disfrutar de salud y alegría, reir valientemente, correr hacia una gloria que se tiene delante brillando con todo su explendor; sentir dentro del pecho un pulmón que respira, un corazón que late, una voluntad que raciocina; hablar, pensar, esperar, amar, tener madre, tener mujer, tener hijos, tener la luz, y de repente, en lo que dura un grito, en menos de un minuto, hundirse en un abismo, caer, rodar, aplastar, ser aplastado, ver espigas de trigo, flores, hojas, ramas, no poder agarrarse á nada; empuñar un sable inútil, tener hombres debajo y caballos encima, luchar inútilmente, rotos los huesos por alguna coz recibida en las tinieblas; sentir un tacón que os revienta un ojo, morder rabiosamente herraduras de caballo, ahogarse, aullar, retorcerse, estar en el fondo y decirse: ¡Hace un instante era yo un ser viviente!
Allí donde había rugido todo aquel lamentable desastre, reinaba á la sazón completo silencio. La caja del camino hondo estaba llena de caballos y jinetes inexplicablemente amontonados. Horrible confusión. Ya no había zanja; los muertos nivelaban el camino con la llanura, llegando al ras del borde como una medida de trigo bien colmada. Un montón de cadáveres en la parte alta, un arroyo de sangre en la baja: tal era aquel camino la noche del 18 de junio de 1815. La sangre corría hasta la calzada misma de Nivelles, y allí se convertía en ancho lago delante de la barrera de árboles tallados que cortaban el paso en la calzada, en un punto que enseñan aún hoy día.
Esto fué, como ya sabemos, en el lugar opuesto, hacia la calzada de Genappe, donde tuvo lugar el hundimiento de los coraceros. El espesor de los cadáveres era proporcionado á la profundidad del camino. Hacia el centro, en el sitio en que estaba llano, por donde había pasado la división Delort, el lecho de muertos disminuía.
El rondador nocturno que acabamos de hacer entrever al lector, iba por este lado. Iba huroneando la inmensa tumba. Miraba receloso, y seguía pasando su asquerosa revista de muertos. Andaba de pies dentro la sangre.
De pronto se detuvo.
Á pocos pasos de él, en el camino hondo, en el punto en que concluía el montón de cadáveres, por debajo de aquella confusión de hombres y caballos, asomaba una mano abierta y alumbrada por la luna.
Aquella mano tenía en el dedo algo que brillaba, era un anillo de oro.
El hombre se inclinó, permaneció un instante agachado, y al levantarse ya no brillaba el anillo en aquella mano.
No se levantó precisamente; se quedó en una actitud entre medrosa y fiera, volviendo la espalda al montón de cadáveres, escudriñando el horizonte, de rodillas, la parte delantera del cuerpo apoyada sobre el suelo con ambos índices, asomando la cabeza por encima del borde del camino hondo. Las cuatro patas del chacal son útiles para ciertas acciones.
Después, tomando una resolución, se levantó.
En aquel instante tuvo un sobresalto. Sintió que le agarraban por detrás.
Volvióse; era la mano abierta que se había cerrado y que le había asido por la falda del capote.
Un hombre honrado hubiera tenido miedo; él se echó á reir.
--¡Calle,--exclamó,--es el muerto! Prefiero un aparecido á un gendarme.
Sin embargo, la mano desfallecida le soltó. Los esfuerzos mueren pronto en la tumba.
--¡Hola!--repuso el merodeador.--¿Está vivo esté muerto? Vamos á ver.
Inclinóse de nuevo, registró en el montón, apartó lo que le estorbaba, cogió la mano, empuñó el brazo, desenredó la cabeza, sacó el cuerpo; y unos instantes después, arrastraba en la sombra del camino hondo, á un hombre inanimado, ó desmayado al menos. Era un coracero, un oficial, y oficial de cierto rango, salíale una gran charretera de oro de debajo de la coraza. Este oficial no tenía casco. Un fuerte sablazo le partía el rostro, donde no se veía más que sangre.
Por lo demás, no parecía que tuviese miembro alguno roto, y por alguna feliz casualidad, si es aquí posible esta palabra, los muertos habían formado arco por encima de él, de manera, que le habían librado de ser aplastado. Tenía los ojos cerrados.
Llevaba sobre la coraza la cruz de plata de la Legión de honor.
El vagabundo arrancó la cruz, que desapareció en uno de los escondrijos interiores de su capote.
Hecho esto, tentó la faltriquera del oficial, en la que palpitaba un reloj, y lo tomó igualmente. Después registró el chaleco, donde encontró un bolsillo, que también se guardó.
Al llegar á este punto del socorro que prestaba á aquel moribundo, el oficial abrió los ojos.
--Gracias.,--le dijo débilmente.
Lo brusco de los movimientos del hombre que así le manoseaba, el fresco de la noche, y el aire respirado libremente, le habían sacado de su letargo.
El vagabundo no respondió. Levantó sólo la cabeza.
[Ilustración: =Thénardier robando á los cadáveres después de la batalla de Waterloo=]
Oyóse ruido de pasos en la llanura; probablemente alguna patrulla que se acercaba.
El oficial murmuró, que aún tenía su voz acentos de agonía:
--¿Quién ha ganado la batalla?
--Los ingleses,--respondió el vagabundo.
El oficial repuso:
--Buscad en mis bolsillos, y encontraréis una bolsa y un reloj. Tomadlos.
Ya lo había hecho.
El vagabundo hizo como que ejecutaba lo que se le pedía, y dijo:
--No hay nada.
--Me han robado,--replicó el oficial,--lo siento: hubiera sido para vos.
Los pasos de la patrulla eran por momentos más perceptibles.
--Alguien se acerca,--dijo el vagabundo, haciendo el movimiento de un hombre que se va.
El oficial, levantando penosamente el brazo, le detuvo.
--Me habéis salvado la vida. ¿Quién sois?
El vagabundo respondió precipitadamente por lo bajo:
--Pertenecía, como vos, al ejército francés. Es menester que os deje. Si me cogieran me fusilarían. Yo os he salvado la vida. Ahora procurad hacer lo que podáis.
--¿Qué graduación es la vuestra?
--Sargento.
--¿Cómo os llamáis?
--Thénardier.
--No olvidaré este nombre jamás,--dijo el oficial.--Y vos acordaos del mío. Me llamo Pontmercy.
NOTAS:
[8] _¡Splendid!_ palabra textual.
[9] «Una batalla terminada, una jornada concluida, falsas medidas reparadas, mayores éxitos asegurados para el porvenir, todo se perdió por un instante de terror pánico». (_Napoleón, Memorias de Santa Elena._)