LIBRO TERCERO
EL ABUELO Y EL NIETO
I =Una tertulia antigua=
Cuando el señor Gillenormand vivía en la calle Servandoni frecuentaba distintas reuniones muy encopetadas y muy nobles, en las cuales se le admitía, aunque no pasaba de burgués. Como tenía dos clases de talento, primero el que en realidad poseía, y luego el que le prestaban, era hasta solicitado y agasajado. No iba á ninguna parte sino con la condición de dominar. Hay personas que quieren á toda costa tener influencia y que se ocupen de ellos; donde no pueden ser oráculos, son bufones. Gillenormand no era de esta naturaleza; el dominio que ejercía en los salones realistas que frecuentaba, no le costaba nada en propio respeto.
En todas partes era oráculo. Había llegado á tenérselas tiesas con Bonald, y con el mismo Bengy Puy Vallee.
Hacia 1817 pasaba invariablemente dos tardes por semana en una casa de su vecindad, calle de Fárou, en la de la baronesa de T., digna y respetable señora, cuyo marido había sido, en tiempos de Luis XVI, embajador de Francia en Berlín. El barón de T., quien durante su vida fué muy aficionado á los éxtasis y á las visiones magnéticas, había muerto arruinado en la emigración, dejando por toda herencia diez volúmenes manuscritos, encuadernados en tafilete encarnado y con cantos dorados, de memorias muy curiosas sobre Mesmer y su cubeta. La señora de T. no había publicado las memorias por dignidad, y vivía de una corta renta que se había salvado sin saber cómo. Vivía retirada de la corte, _sociedad muy mezclada_, decía ella, en un aislamiento noble, altivo y pobre. Algunos amigos se reunían dos veces por semana junto á su hogar de viuda, formando una tertulia puramente realista. Tomaban su té, y según les impulsaba el viento á la elegía ó al ditirambo, daban gemidos ó gritos de horror sobre el siglo, sobre la Carta, sobre los bonapartistas, sobre la prostitución del cordón azul en los burgueses, sobre el jacobinismo de Luis XVIII; y se hablaba muy por lo bajo de las esperanzas que dejaba concebir el _señor_, hermano del rey, más tarde Carlos X.
Acogíanse con transportes de alegría las canciones populacheras, en que á Napoleón se le llamaba _Nicolás_. Las duquesas más delicadas y las mujeres más encantadoras del mundo, se extasiaban oyendo coplas como ésta, dirigida á los «federados»:
Recoged en los calzones la camisa que se sale, no digan que los patriotas levantan bandera blanca.
Entreteníanse en juegos de palabras, que creían terribles, equívocos inocentes, que suponían venenosos, en cuartetas y aún dísticos, como éste contra el gabinete moderado Desolles, Desuelos, de que formaban parte los ministros _Decazes_, Decasa, y _Deserre_, Destufa:
Para afirmar el trono removido en su planta hay que cambiar de suelos, de estufas y de casa.
Arreglaban también la lista de la cámara de los Pares, «cámara abominablemente jacobina», combinando sus nombres de manera que resultaban frases como ésta: _Damas Sabran, Gouvion-Saint Cyr_. Todo alegremente.
En aquella tertulia parodiábase la revolución. Reinaba cierta manía, para aguzar la misma cólera en sentido inverso. Así que también cantaban su _Ça ira_:
¡Ya irán, ya irán, ya irán los bonapartistas del farol á colgar!
Las canciones son como la guillotina, cortan indistintamente, hoy esta cabeza, mañana aquélla. Es una de sus variedades.
En el proceso Fualdés, que ocurrió en aquella época, 1816, se tomaba partido por Bastide y Jausion, porque Fualdés era «bonapartista». Calificaban á los liberales de _hermanos y amigos_, lo cual se tenía por el último extremo de la injuria.
Como ciertos campanarios, la tertulia de la baronesa de T. tenía dos gallos.
El uno era el señor Gillenormand, y el otro el conde de Lamothe Valois, del cual se decía por lo bajo con cierto respeto _¿No lo sabéis? Es el Lamothe del asunto del collar._ Los partidos tienen estas amnistías singulares.
Añadamos aquí que en la clase media, ciertas posiciones honrosas pierden importancia manteniendo relaciones demasiado fáciles; es preciso tener cuidado con quien se trata, porque así como hay pérdida de calórico en la proximidad de un cuerpo frío, así también se pierde consideración con el trato de las gentes menospreciadas. La parte encopetada de la sociedad antigua prescindía de esa ley, como de todas las demás. Marigny, hermano de la Pompadour, entraba libremente en casa del príncipe de Soubise. ¿Á pesar de lo que era? No, sino precisamente por lo que era. Du Barry, padrino de la Vaubernier, era muy bien recibido en casa del señor mariscal de Richelieu. Semejante sociedad es el Olimpo. Mercurio y el príncipe de Guémenee están como en su casa. Se admite á los ladrones con tal que sean dioses.
El conde Lamothe, que en 1815 era un viejo de setenta y cinco años, no tenía de notable más que su aspecto reservado y sentencioso, su rostro anguloso y frío, sus maneras perfectamente distinguidas, su traje abotonado hasta la corbata, y sus largas piernas, siempre cruzadas y metidas en un ancho pantalón sin gracia alguna, de color de barro de Sienne cocido. Su cara era del mismo color del pantalón.
Este señor de Lomothe «era muy considerado» en aquella tertulia á causa de su «celebridad» y, cosa extraña por cierto, á causa también de su nombre de Valois.
En cuanto al señor Gillenormand, la consideración de que disfrutaba era absolutamente de buen género. Tenía autoridad.
Á pesar de su ligereza, y sin que se perjudicare en lo más mínimo su jovialidad, tenía un modo de ser imponente, digno, noble y modestamente altivo, que venía aumentando su respetable edad. No se cuenta impunemente un siglo. Los años acaban por rodear la cabeza de una venerable aureola.
Tenía además esos dichos que son el reflejo de la escuela rancia. Así es que cuando el rey de Prusia, después de haber restaurado á Luis XVIII, fué á visitarle bajo el nombre de conde de Ruppin, y fué recibido por el descendiente de Luis XIV casi como marqués de Brandeburgo y con la impertinencia más delicada; Gillenormand lo aprobó. _Todos los reyes que no son el rey de Francia_, dijo él, _no pasan de reyes de provincia_. Un día oyó esta pregunta y esta respuesta. ¿Á qué ha sido condenado el redactor del _Correo Francés_? Á ser suspendido. El _sus_ está de más,[13] observó Gillenormand. Dichos de este género fundan una situación.
En un _Te Deum_, aniversario de la vuelta de los Borbones, vió pasar al príncipe de Talleyrand, y dijo:
--_He ahí á su Excelencia el Mal._
Digamos también, que no siempre esos dichos estaban al alcance de todos, y que muchas veces era tan aguda la malicia ó tan fina la intención, que sólo los muy inteligentes la percibían; pero bastaba que uno de estos hábiles aplaudiera, para que los demás reconociesen la superioridad del viejo hidalgo.
Gillenormand iba generalmente acompañado de su hija, aquella _prolongada_ señorita que á la sazón pasaba de los cuarenta años y representaba cincuenta, y de un hermoso niño de siete años, blanco, sonrosado, fresco, de alegres é inocentes ojos, el cual no entraba jamás en la sala sin oir murmurar á su alrededor estas exclamaciones: ¡Qué guapo es! ¡Qué lástima! ¡Pobre niño! Este niño era el mismo de quien hemos hablado hace poco. Se le llamaba «pobre niño», porque su padre era «un bandido del Loira».
Este bandido del Loira era el yerno del señor Gillenormand, de quien hemos ya hecho mención y á quien calificaba de «deshonra de la familia».
II =Uno de los espectros rojos de aquel tiempo=
Todo el que pasara en aquella época por la pequeña aldea de Vernón, y se parase un momento en aquel hermoso puente monumental, que será sustituido probablemente antes de poco por algún feo puente de alambre, habría podido observar, dirigiendo su vista desde lo alto del parapeto, á un hombre de unos cincuenta años, con gorra de badana, vistiendo pantalón y chaquetón de grosero paño gris, en el cual llevaba cosida una cosa amarilla, que en su tiempo había sido una cinta roja, calzando zuecos, tostado por el sol, la cara casi negra y el pelo casi blanco, con una gran cicatriz que se corría desde la frente á la mejilla, encorvado, doblado, envejecido antes de tiempo, paseando casi diariamente con una azadilla y una podadera en la mano, por uno de aquellos espacios encerrados entre tapias inmediato al puente, que se extienden como una cadena de terrados costeando la orilla izquierda del Sena; lindos cercados llenos de flores, de los que podría decirse si fueran mucho mayores: son jardines; y si fueran algo más pequeños: son ramilletes. Todos aquellos cercados terminan por un lado en el río, y por el otro en una casa. El hombre del chaquetón y los zuecos vivía en 1817 en el más pequeño de dichos cercados, y en la más humilde de aquellas casas. Vivía solo y solitario, silenciosa y pobremente, con una criada que no era ni joven ni vieja, ni bonita ni fea, ni señora ni lugareña.
El cuadrado de tierra que él llamaba su jardín, era famoso en el pueblo por la belleza de las flores que cultivaba; pues las flores eran toda su ocupación.
Á fuerza de trabajo, perseverancia, de cuidado y de cubos de agua, había conseguido crear, después del creador, é inventado ciertas dalias y ciertos tulipanes que parecían haber sido olvidados por la naturaleza. Era ingenioso, y se había anticipado á Soulange Bodin en la formación de pequeños terraplenes de brezo para cultivar los arbustos raros y preciosos de América y de China. En verano, apenas despuntaba el día, ya estaba en su jardín, cavando, cortando, escardando, regando, andando por medio de sus flores con cierto aspecto de bondad, de tristeza y dulzura; muchas veces pensativo é inmóvil pasaba horas enteras escuchando el canto de un pájaro en un árbol, ó el chillar de algún niño en alguna casa, ó bien con los ojos fijos sobre la punta de una hojita de yerba, en alguna gota de rocío convertida por los rayos del sol en brillante carbunclo. Comía frugalmente, y bebía más leche que vino. Un muchacho le hacía ceder, y le regañaba su criada. Era tímido hasta parecer arisco; salía muy poco, y no veía á nadie más que á los pobres que llamaban á su ventana, y al cura párroco, el Señor Mabeuf, un buen anciano.
Sin embargo, si algún convecino ó forastero llamaba á su puerta deseoso de ver sus tulipanes y sus rosas, abríala inmediatamente sonriendo. Éste era el bandido del Loire.
El que hubiera leído por aquel tiempo las memorias militares, las biografías, el _Monitor_ y los boletines del gran ejército, hubiera podido notar el nombre, repetido frecuentemente, de Jorge Pontmercy. Muy joven aún el Jorge Pontmercy, fué soldado en el regimiento de Saintonge. Cuando estalló la revolución, el regimiento de Saintonge fué agregado al ejército del Rin, pues los antiguos regimientos de la monarquía conservaron sus nombres de provincia, aún después de la caída del trono, y no fueron reformados hasta 1794. Pontmercy peleó en Spira, en Worms, en Neustadt, en Turkeim, en Alzey, en Maguncia, siendo uno de los doscientos que formaban la retaguardia de Houchard. Fué también otro de aquellos doce que pelearon contra el ejército del príncipe de Hesse, detrás del antiguo baluarte de Andernach, y no se replegó sobre el grueso del ejército, sino cuando el cañón enemigo abrió la brecha desde el cordón del parapeto hasta la misma escarpa. Estuvo con Kleber en Marchiennes, y en la acción de Monte Palissel, donde sacó el brazo roto de un balazo.
Después pasó á la frontera de Italia, siendo uno de los treinta granaderos que defendieron el desfiladero de Tende con Joubert. Joubert fué nombrado entonces ayudante general, y Pontmercy subteniente. Pontmercy estuvo al lado de Berthier, en medio de la metralla, en aquella jornada de Lodi que hizo decir á Bonaparte: _Berthier ha sido artillero, soldado de á caballo y granadero_. En Novi vió caer á su antiguo general Joubert, en el momento en que, levantado el sable, gritaba: ¡Adelante! Habiéndose embarcado con su compañía para asuntos del servicio en un barquichuelo que iba de Génova á no se qué puerto de la costa, cayó en una emboscada de siete ú ocho velas inglesas. El capitán del barco quería arrojar los cañones al mar, ocultar los soldados en el entrepuente, y escurrirse en la sombra como un buque mercante; pero Pontmercy hizo brillar los colores nacionales en la driza del mástil del pabellón, y atravesó orgulloso bajo los cañones de las fragatas británicas.
Veinte leguas más adelante, creciendo siempre su audacia, atacó y apresó con su barquichuelo un gran transporte inglés, que llevaba tropas á Sicilia, tan cargado de hombres y caballos, que iba atestado hasta los topes. En 1805 formó parte de la división Malher, que se apoderó de Gunzburgo contra el archiduque Fernando. En Weltingen recibió en sus brazos, en medio de una lluvia de balas, al coronel Maupetit, herido mortalmente al frente del 9.º de dragones, distinguiéndose en Austerlitz en aquella admirable marcha escalonada, verificada bajo el fuego del enemigo. Cuando la caballería de la guardia imperial rusa destruyó un batallón del cuarto regimiento de línea, Pontmercy fué de los que se vengaron, arrollando á aquella tropa. El emperador le concedió la cruz. Pontmercy vió sucesivamente caer prisioneros á Wurmser en Mantua, á Melas en Alejandría, y á Mack en Ulm. Formó parte del octavo cuerpo del gran ejército mandado por Mortier, y que conquistó Hamburgo. Después pasó al regimiento 55 de línea, que llevaba antiguamente el nombre de Flandes. En Eylau estuvo en el cementerio donde el heroico capitán Luis Hugo, tío del autor de este libro, sostuvo solo con su compañía, compuesta de ochenta y tres hombres, durante dos horas, todo el empuje del ejército enemigo. Pontmercy fué uno de los tres que salieron vivos de aquel cementerio. Estuvo también en Friedland; luego en Moscú, después en la Berésina, y en Lutzen, Bautzen, Dresde, Wachau, Leipzick y en los desfiladeros de Gelenhausen; después en Montmirail, Chateau Tierry, Craon, en las orillas del Marne, en las riberas del Aisne y en la terrible posición de Laón. En Arnay le Duc, siendo capitán, acuchilló á diez cosacos, y salvó, no á su general, sino á su cabo. Fué también acuchillado él en este encuentro, y hubo que extraerle veintisiete esquirlas del brazo izquierdo. Ocho días antes de la capitulación de París, acababa de permutar con un compañero, y de entrar en la caballería, pues tenía lo que en el antiguo régimen se llamaba «doble mano», es decir, igual aptitud para manejar como soldado el sable ó el fusil, y como oficial un escuadrón ó un batallón. De esta aptitud, perfeccionada por la educación militar, han nacido ciertos cuerpos especiales, como por ejemplo, los dragones, que son á un mismo tiempo jinetes é infantes. Acompañó á Napoleón á la isla de Elba. En Waterloo era jefe de un escuadrón de coraceros de la brigada Dubois. Él fué quien cogió la bandera del batallón de Luxemburgo, y fué á ponerla á los pies del emperador. Estaba cubierto de sangre, pues había recibido, al apoderarse de la bandera, un sablazo que le cruzó la frente. El emperador, satisfecho, le dijo:
«--Eres coronel, barón y oficial de la Legión de honor».
Pontmercy respondió:
--Señor, os lo agradezco por vida mía.
Una hora después caía en el barranco de Ohain. ¿Y quién era este Jorge Pontmercy? Era aquel mismo bandido del Loire.
Ya hemos visto algo de su historia. Pues bien; después de Waterloo, sacado Pontmercy, como dijimos, del barranco, consiguió unirse al ejército y fué llevado de ambulancia en ambulancia hasta los acantonamientos del Loire.
La Restauración le dejó á media paga, después le mandó de cuartel; es decir, sujeto á vigilancia, á Vernón. El rey Luis XVIII, considerando como no sucedido, nada de lo hecho durante los cien días, no le reconoció ni la gracia de oficial de la Legión de honor, ni su grado de coronel, ni su título de barón; pero él no dejaba de firmarse siempre «el coronel barón de Pontmercy». No tenía mas que una vieja casaca azul, y no salía nunca sin colocar en ella la roseta de oficial de la Legión de honor. El fiscal de su majestad le hizo advertir por un intermediario oficioso que se le perseguiría por uso «ilegal» de esta condecoración; y cuando lo supo Pontmercy respondió con amarga sonrisa: ó yo no entiendo el francés, ó vos no le habláis; la verdad es que no os entiendo. Después salió ocho días seguidos con su roseta; nadie se atrevió á inquietarle. Dos ó tres veces el ministro de la Guerra y el comandante general del departamento le escribieron con este sobre: «al señor comandante Pontmercy».
Devolvióles las cartas sin abrirlas.
En aquella misma época Napoleón hacía lo propio en Santa Elena con las cartas de sir Hudson Lowe, dirigidas _al general Bonaparte_. Pontmercy había acabado, permítasenos la frase, por tener en la boca la misma saliva que su emperador.
En Roma hubo también prisioneros cartagineses que se negaban á saludar á Flaminio, por tener algo del alma de Aníbal.
Una mañana encontró al fiscal de su majestad en una de las calles de Vernón, y dirigiéndose á él, le dijo:--Señor procurador del rey, ¿me es permitido llevar mi cicatriz?
No tenía más que su mezquina media paga de jefe de escuadrón. Había alquilado en Vernón la casa más pequeña que encontró, y en ella vivía solo, como acabamos de ver. En tiempo del imperio, y entre dos campañas, tuvo tiempo para casarse con la señorita Gillenormand. El viejo burgués, aunque disgustado interiormente, había consentido en ello suspirando y diciendo: «Las familias más principales se ven obligadas igualmente á ello. En 1815 murió la señora Pontmercy, mujer por otra parte admirable, de sentimientos elevados y nada vulgar, digna por todos conceptos de su marido, dejándole un niño. Este niño hubiera sido la felicidad del coronel en su soledad, pero el abuelo había reclamado imperiosamente á su nieto, declarando que si no se lo entregaban le desheredaría.
El padre cedió por interés del niño, y no pudiendo tener á su hijo al lado, dedicó su cariño á las flores.
Había por otra parte, renunciado á todo: no se movía, ni conspiraba. Dividía su pensamiento entre las cosas inocentes que hacía y las grandes cosas que había hecho; pasaba el tiempo esperando un clavel, ó acordándose de Austerlitz.
El señor Gillenormand no tenía relación alguna con su yerno. El coronel era para él «un bandido», y él era para el coronel un «majadero». Gillenormand no hablaba nunca del coronel, sino para hacer alguna alusión satírica á su «baronía». Habían convenido expresamente en que Pontmercy no trataría nunca de ver ni hablar á su hijo, so pena de ser éste expulsado y desheredado. Por los Gillenormand era Pontmercy como un apestado. Querían educar al niño á su manera. El coronel obró mal quizá, al aceptar semejantes condiciones; pero pasó por ellas, creyendo obrar bien, sacrificándose únicamente él.
La herencia del anciano Gillenormand era poca cosa; pero la de la señorita Gillenormand mayor era considerable, porque su madre había sido muy rica; y habiendo ella permanecido soltera, el hijo de su hermana era su heredero natural. El niño, que se llamaba Mario, sabía que tenía un padre, pero nada más. Nadie abría la boca para hablarle de él; pero la gente con quien le hacía tratar su abuelo, por sus cuchicheos, sus medias palabras y sus guiños, había llegado á llamar la atención del muchacho, quien había acabado por comprender algo; y como naturalmente iba tomando por una especie de infiltración y penetración lenta, las ideas y las opiniones que formaban á su alrededor, por así decirlo, una atmósfera respirable, llegó poco á poco á no pensar en su padre, sino avergonzándose con el corazón oprimido.
Mientras iba Mario creciendo así, cada dos ó tres meses se escapaba el coronel é iba furtivamente á París como un perseguido por la justicia que ha roto sus cadenas, y se apostaba en San Sulpicio, á la hora en que la señora Gillenormand llevaba á Mario á misa. Allí temeroso de que la tía volviese la cabeza, oculto detrás de un pilar, inmóvil, sin atreverse á respirar, contemplaba á su hijo. Aquel hombre, lleno de cicatrices, tenía miedo de aquella solterona.
De eso mismo provenían sus relaciones con el párroco de Vernón, el señor Mabeuf.
Este digno cura tenía un hermano capillero en San Sulpicio, que había visto muchas veces á aquel hombre, contemplando á su hijo, y había fijado su atención en la cicatriz que le cruzaba el carrillo, y la gruesa lágrima que tenía en sus ojos. Aquel hombre que, si era de varonil aspecto, lloraba como una mujer, había chocado al capillero; su rostro le había impresionado. Un día que fué á Vernón á ver á su hermano, se encontró en el puente al coronel Pontmercy, y reconoció en él al hombre de San Sulpicio. El hermano habló de él al cura, y ambos, bajo un pretexto cualquiera, hicieron una visita al coronel, visita que trajo tras sí luego otras muchas.
El coronel, muy reservado al principio, concluyó por abrir su corazón. El cura y el capillero llegaron á saber toda la historia, y como Pontmercy sacrificaba su felicidad por el porvenir de su hijo. Esto hizo que el cura le mirase con veneración y ternura, y que el coronel cobrase afecto al cura. Por lo demás, cuando por casualidad son ambos sinceros y buenos, nadie se penetra y amalgama más fácilmente como un viejo cura y un soldado viejo. Los dos en el fondo son una misma cosa; el uno se sacrifica por la patria de abajo, y el otro por la patria de arriba; no hay otra diferencia.
Dos veces al año, el primero de enero y el día de San Jorge, escribía Mario á su padre cartas de atención que le dictaba su tía, y que parecían copiadas de algún formulario; esto era lo único que toleraba el señor Gillenormand; el padre respondía en cartas tiernísimas que el abuelo se guardaba en el bolsillo sin leer.
III =Requiescant=
La tertulia de la baronesa de T. era todo lo que Mario Pontmercy conocía del mundo. Era la única abertura por donde podía mirar á la vida. Aquella abertura era sombría, y le daba más frío que calor, más tinieblas que luz. Aquel niño, que era todo alegría y claridad, al entrar en aquel mundo extraño volvióse al poco tiempo triste, y lo que aún era más impropio de sus años, grave. Rodeado de todas aquellas personas imponentes y singulares, miraba seriamente asombrado en torno suyo. Todo contribuía á aumentar en él este estupor.
Á esta tertulia concurrían algunas viejas nobles venerabilísimas, que se llamaban Mathan, Noé, Lévis, que se pronunciaba Leví, y Cambis, que se pronunciaba Cambyse. Aquellas caras antiguas y sus nombres bíblicos, se mezclaban en la imaginación del niño con el antiguo Testamento que aprendía de memoria, y cuando estaban todas sentadas en círculo, alrededor de un fuego moribundo, iluminadas apenas por una lámpara de pantalla verde, con sus perfiles severos, sus cabellos grises ó blancos, sus luengos vestidos de otros tiempos, en los que no se distinguían más que colores lúgubres, dejando caer á intervalos palabras majestuosas y severas á un tiempo, el niño Mario las contemplaba con ojos azorados, creyendo ver en ellas, no mujeres, sino patriarcas y magas; no seres reales, sino fantasmas.
Á estos fantasmas se agregaban varios clérigos que frecuentaban aquella tertulia, y algunos nobles; el marqués de Sass****, secretario de órdenes de la señora de Berry; el vizconde de Val***, que publicaba bajo el seudónimo de _Carlos Antonio_ odas de una sola rima; el príncipe de Beauf*******, que siendo aún joven tenía los cabellos grises y una mujer bonita y de talento, cuyos trajes de terciopelo escarlata con trencillas de oro, muy escotados, eran el escándalo de aquella casa sombría; el marqués de C***** de E******, que sabía mejor que nadie en Francia «la urbanidad proporcionada»; el conde de Am*****, buen hombre de benévolo semblante, y el caballero de Port de Guy, columna de la biblioteca del Louvre, llamada el gabinete del rey. El señor Port-de-Guy, calvo, y más envejecido que viejo, contaba que en 1793, cuando tenía diez y seis años, había sido condenado á presidio por refractario, y atado á la misma cadena que un octogenario, el obispo de Mirepoix, refractario igualmente, pero como eclesiástico, mientras que él lo era como soldado.
Estaban en Tolón. Su obligación era ir á recoger del cadalso, durante la noche, las cabezas y los cuerpos de los guillotinados de día; llevaban á cuestas aquellos troncos destilando sangre, de modo que sus rojos capotes de presidiario tenían por bajo de la nuca una costra de sangre, seca por la mañana y húmeda por la noche. En la tertulia de la baronesa de T. abundaban las narraciones trágicas, y á fuerza de maldecir á Marat, se aplaudía á Trestaillon. Algunos diputados del género _inhallable_ jugaban al wist; el señor Tribord de Chalard, el señor Lemarchant de Gomicourt, y el célebre chancero de la derecha, Cornet Dincourt. El baile de Ferrete, con su calzón corto y sus demacradas pantorrillas, entraba de paso alguna vez en aquella tertulia, al ir á casa de Talleyrand. Había sido camarada de devaneos del conde de Artois, y al revés de Aristóteles, acurrucado debajo de Campaspe, había hecho andar á la Guimard de cuatro pies, y por consiguiente había demostrado á los siglos cómo puede vengar á un filósofo un baile.
Respecto á los clérigos, eran éstos el abate Halma, el mismo á quien Larose, su colaborador en el _Rayo_, decía: «¡Bah! _¿Quién no tiene cincuenta años? Algunos boquirubios solamente_»; el abate Letourneur, predicador del rey; el abate Frayssinous, que no era todavía ni conde, ni obispo, ni ministro, ni par, y que llevaba una sotana vieja sin botones; y el presbítero Keravenant, cura de San Germán de los Prados; además el nuncio del papa, que era entonces monseñor Macchi, arzobispo de Nisibi, luego cardenal, notable por su larga nariz pensativa; y otro monseñor, que se titulaba abate Palmieri, prelado doméstico, uno de los siete protonotarios participantes de la santa sede, canónigo de la insigne basílica liberiana, abogado de los santos, _postulatore di santi_, lo cual se refiere á los asuntos de canonización, y significa poco más ó menos, procurador de memoriales de la sección del paraíso; y por último, dos cardenales, el señor de la Luzerne y el señor Cl****** T*******.
El señor cardenal de la Luzerne era escritor, y tuvo algunos años después el honor de firmar al lado de Chateaubriand algunos artículos en el _Conservador_; el señor de Cl****** T******* era arzobispo de Toul***, y solía ir con frecuencia á París á pasar una temporada en casa de su sobrino el marqués de T*******, que fué ministro de Guerra y Marina. El cardenal arzobispo de Toul***, era un viejecillo alegre, que enseñaba sus medias rojas bajo la sotana arremangada; su especialidad era odiar la enciclopedia, y jugar perdidamente al billar. En aquella época, las gentes que pasaban durante las noches de verano, por la calle M*****, donde estaba entonces el palacio de Cl****** T*******, se paraban á escuchar el choque de las bolas, y la voz chillona del cardenal que gritaba á su conclavista, monseñor Cottret, obispo _in partibus_ de Caryste: «apunta, capellán, otra carambola».
El cardenal arzobispo había sido presentado en casa de M. de T. por su más íntimo amigo el señor de Roquelaure, antiguo obispo de Senlís, y uno de los cuarenta académicos. El señor de Roquelaure era notable por su elevada estatura y por su asiduidad en la Academia. Al través de la puerta vidriera de la sala contigua á la biblioteca, donde la Academia francesa celebraba entonces sus sesiones, los curiosos podían ver todos los jueves al antiguo obispo de Senlís, casi siempre en pie, recién empolvado el pelo, con medias moradas, de espaldas á la puerta, sin duda para dejar ver mejor su alzacuello. Todos estos eclesiásticos, aún cuando eran tan cortesanos como hombres de iglesia, aumentaban la gravedad de la tertulia de la baronesa T. cinco pares de Francia, el marqués de Vib****, el marqués de Tal***, el marqués de Herb*******, el vizconde de Damb*** y el duque de Val******* acentuando el aspecto señorial. Este duque, aún cuando era príncipe de Mon***, es decir, príncipe soberano extranjero, tenía formada tan elevada idea de Francia y de la dignidad de par, que todo lo veía al través de ellas, y solía decir: «Los cardenales son los pares de Francia de Roma; los lores son los pares de Francia de Inglaterra». Por lo demás, como la revolución en este siglo debe entrar en todas partes, aquel salón feudal estaba, según hemos dicho, dominado por un hombre de la clase media. El señor Gillenormand reinaba allí.
Aquélla era la esencia y la quinta esencia de la sociedad parisiense de la bandera blanca; allí se ponía en cuarentena todas las famas, aún cuando fueran realistas, puesto que en toda fama hay algo de anárquico. Chateaubriand entrando allí hubiera producido el efecto del padre Duchesne. Sin embargo, en esta sociedad ortodoxa, entraban por tolerancia, algunos arrepentidos. El conde Beug*** fué admitido á título de corrección.
Las tertulias «nobles» de hoy día, no se parecen á aquéllas en nada. El barrio de San Germán moderno, huele á hereje, y los realistas de ahora son demagogos; digámoslo en elogio suyo.
En casa de la baronesa de T., como la tertulia se componía de lo más superior, dominaba un gusto exquisito y altanero bajo la flor de una urbanidad refinada. Los hábitos y modales llevaban consigo toda clase de refinamientos involuntarios, que pertenecían al antiguo régimen enterrado, pero vivo. Algunas de aquellas maneras, en el lenguaje sobre todo, eran muy caprichosas; los observadores superficiales habrían tomado por provincialismo lo que no era más que antigualla. Llamábase á una dama «la señora generala»; y no era del todo inusitado llamar á otra «señora coronela». La simpática señora de León, en memoria sin duda, de las duquesas de Lougueville y de Chevreuse, prefería ese apelativo á su título de princesa. La marquesa de Créquy se había llamado también «señora coronela». Fué en este «gran mundo» quien inventó el refinamiento de decir siempre en las Tullerías, hablando al rey en intimidad, _el rey_ en tercera persona, y no decir nunca «vuestra majestad», había sido «profanado por el usurpador».
Juzgábanse los hechos y los hombres; burlábanse del siglo, con lo cual quedaban dispensados de comprenderle; auxiliábanse en estas admiraciones y se comunicaban mutuamente la cantidad de luz que cada uno poseía. Matusalén enseñaba á Epiménides; el sordo ponía al corriente al ciego. Declarábase como no pasado el tiempo transcurrido desde Coblenza, y así como Luis XVIII estaba por la gracia de Dios en el vigésimo quinto año de su reinado, los emigrados se encontraban de derecho en el vigésimo quinto año de su adolescencia.
Todo era relativo; nada había vivido demasiado; la palabra era apenas un soplo; el periódico, de conformidad con la tertulia, parecía un papiro. No faltaban jóvenes, pero estaban casi muertos. En la antecámara, las libreas eran anticuadas; aquellos personajes, completamente pasados de moda, tenían criados de su época. Todo parecía que había vivido demasiado tiempo, luchando obstinadamente con el sepulcro.
Conservar, Conservación, Conservador. He aquí poco más ó menos todo su diccionario; _oler bien_ era lo importante. Y en efecto; las opiniones de aquellos grupos venerables estaban amortizadas; sus ideas olían á nardo de embalsamar. Era aquél un mundo amomiado. Los amos estaban embalsamados, los criados rellenos de paja.
Una vieja y digna marquesa, recién llegada de la emigración y arruinada, no tenía más que una sirvienta y seguía diciendo: «Mis criados».
¿Qué hacían en la tertulia de la baronesa de T.? Eran ultras.
Ser ultra no tiene hoy significación, aunque lo que representa no haya desaparecido. Expliquémonos:
Ser ultra, es ir más allá; es hacer la guerra al cetro en nombre del trono, y á la mitra en nombre del altar; es maltratar lo que se arrastra; es arrear al tiro; es denigrar la hoguera por su decadencia en tostar herejes; es reprochar al ídolo su poca idolatría: es insultar por exceso de respeto; es no hallar en el papa bastante papismo, en el rey bastante realeza, y hallar demasiada luz en la noche; es estar descontento del alabastro, de la nieve, del cisne y de la azucena en nombre de la blancura; es ser partidario de las cosas hasta el punto de hacerse su enemigo; es llevar el pro hasta la contra.
El espíritu ultra caracteriza especialmente la primera fase de las Restauraciones.
No hay nada en la historia parecido al cuarto de hora que empieza en 1814 y termina en 1820, al advenimiento de Villèle, el hombre práctico de la derecha.
Estos seis años fueron un momento extraordinario, brillante y opaco al mismo tiempo, risueño y sombrío, iluminado como por la claridad del alba, y cubierto á la vez por las tinieblas de las grandes catástrofes que llenaban aún el horizonte, perdiéndose lentamente en lo pasado. Hubo allí, en aquella luz y en aquella sombra, un pequeño mundo nuevo y viejo, bufón y triste, juvenil y senil, restregándose los ojos, que nada se parece tanto al despertar como la vuelta de una emigración; grupo que miraba á Francia con recelo, y era mirado por Francia con ironía; viejos búhos aristócratas llenando las calles, los que aparecen y los aparecidos, «en lo antiguo» estupefactos de todo, valientes y nobles hidalgos que se sonreían de estar en Francia, y lloraban también sorprendidos de volverla á ver, desesperados por no encontrar ya su monarquía; la nobleza de las cruzadas, despreciando á la nobleza del Imperio, es decir, á la nobleza de la espada; las razas históricas que habían perdido la significación de la historia; los hijos de los compañeros de Carlo Magno, menospreciando á los compañeros de Napoleón. Las espadas, como acabamos de decir, se enviaban recíprocamente el insulto; la espada de Fontenoy era objeto de risa, y estaba cubierta de orín; la espada de Marengo era odiosa, y no se veía en ella más que un sable. El _Antiguamente_ desconociendo el _Ayer_.
No se tenía el sentimiento de lo grande ni el sentimiento de lo ridículo, y hubo quien llamó Scapin á Bonaparte. Aquel mundo no existe ya; nada queda de él. Cuando por casualidad sacamos de él alguna figura, y tratamos de hacerla revivir en la imaginación, nos parece tan extraña como un mundo antidiluviano; y es que, en efecto, ha sido sumergida también por un diluvio. Ha desaparecido bajo dos revoluciones. ¡Qué olas tan poderosas son las ideas! ¡Cómo cubren rápidamente todo lo que deben destruir y sepultar en cumplimiento de su misión; y que pronto abren terribles profundidades!
Tal era la fisonomía de las tertulias de aquellos tiempos lejanos y cándidos en que Martainville tenía más ingenio que Voltaire.
Aquellas tertulias tenían una literatura y una política propias. Creíase en Fiévée; Agier imponía la ley; comentábase á Colnet, publicista que vendía libros viejos en el muelle Malaquais. Napoleón era reconocido solamente por el ogro de Córcega. Más tarde fué una concesión al espíritu del siglo el introducir en la historia al señor de Bonaparte, teniente general de los ejércitos del rey.
Aquellas tertulias no se conservaron mucho tiempo puras. Desde 1818 empezaron á germinar en ellas algunos doctrinarios, matiz sospechoso que tenía por sistema ser realista, disculpándose de serlo. Los doctrinarios estaban avergonzados donde los ultras triunfaban. Tenían talento, y guardaban silencio; su dogma político estaba convenientemente aderezado de gravedad; debían por lo tanto, triunfar. Hacían, por otra parte, útiles excesos de corbata blanca y frac abotonado. El error ó la desgracia del partido doctrinario ha sido crear una juventud envejecida. Tomaban actitudes de sabios; soñaban en injertar en el principio absoluto y excesivo, un poder templado. Oponían, y á veces con rara inteligencia, al liberalismo demoledor un liberalismo conservador, y se les oía decir:
«Perdón para el realismo: nos ha hecho más de un beneficio. Nos ha traído de nuevo la tradición, el culto, la religión, el respeto; es fiel, valiente, caballeresco, amante y rendido. Viene á mezclar, no sin pesar, las nuevas grandezas de la nación con las grandezas seculares de la monarquía. Tiene la desgracia de no comprender la Revolución, el Imperio, la gloria, la libertad, las nuevas ideas, las nuevas generaciones, el siglo. Pero este defecto que tiene respecto de nosotros, ¿no le tenemos nosotros algunas veces también respecto de él? La Revolución de la que somos herederos, debe tener conocimiento de todo. El contrasentido del liberalismo es atacar al realismo. ¡Qué falta! ¡Qué ceguera!
«La Francia revolucionaria no respeta á la Francia histórica; es decir, á su madre; esto es, á sí misma. Desde el 5 de septiembre se trata á la nobleza de la monarquía como desde el 8 de julio se trataba á la nobleza del Imperio. Ellos han sido injustos para con el águila; nosotros lo somos para con la flor de lis. ¡Se desea, pues, tener siempre algo que proscribir! ¿Desdorar la corona de Luis XIV, raspar el escudo de Enrique IV es útil por ventura? ¡Nos burlamos de Vaublauc, que borraba las NN. del puente del Jena! ¿Y qué hacía? Lo que hacemos nosotros. Bouvines nos pertenece lo mismo que Marengo; y las flores de lis lo mismo que las NN. Éste es nuestro patrimonio. ¿Por qué mermarlo? No debemos renegar de la patria por lo pasado ni por lo presente. ¿Por qué no hemos de admitir toda la historia? ¿Por qué no hemos de amar á toda la Francia?»
De este modo criticaban y protegían los doctrinarios el realismo: descontentos porque le criticaban, furiosos porque le protegían.
Los ultras señalaron la primera época del realismo; la congregación caracterizó la segunda. Á la pasión sucedía la habilidad. Terminemos aquí nuestro bosquejo.
En el curso de esta narración, el autor de este libro ha encontrado en su camino ese punto curioso de la historia contemporánea; y al pasar, ha debido dirigirle una mirada, y trazar alguno de los perfiles singulares de aquella sociedad desconocida hoy. Pero lo hace rápidamente, y sin ninguna idea amarga ó irrisoria. Algunos recuerdos afectuosos y respetuosos, pues que se refieren á su madre, le unen á ese pasado. Por otra parte, debemos consignarlo, aquel pequeño mundo tenía su grandeza. Podemos sonreirnos; pero no despreciarle ni odiarle. Era la Francia de otros tiempos.
Mario Pontmercy hizo, como todos los niños, ciertos estudios. Al salir de las manos de su tío Gillenormand, su abuelo le entregó á un digno profesor de la más pura inocencia clásica, y aquella alma joven que empezaba á abrirse, pasó de una mojigata á un pedante. Mario pasó los años de colegio para entrar luego en la escuela de jurisprudencia. Era realista, fanático y austero. Amaba poco á su abuelo, cuya alegría y cinismo le desagradaban, y era sombrío con respecto á su padre.
Por lo demás, era un mozo entusiasta y frío, noble, generoso, altivo, religioso, exaltado, digno hasta la dureza, puro hasta el salvajismo.
IV =Fin del bandido=
La terminación de los estudios clásicos de Mario coincidió con la despedida de la sociedad del señor Gillenormand. El viejo dió un adiós al barrio de San Germán y á las reuniones de la baronesa de T., yendo á establecerse en el Marais en su casa de la calle de las Hijas del Calvario. Allí tenía por criados, además del portero, á la doncella Nicolasita, que había sucedido á la Magnón, y á aquel vasco finchado y cansino, de que hemos hablado anteriormente.
En 1827 Mario acababa de cumplir diez y siete años. Un día, al volver á su casa, vió á su abuelo con una carta en la mano.
--Mario,--dijo el señor Gillenormand,--mañana saldrás para Vernón.
--¿Para qué?--preguntó Mario.
--Para ver á tu padre.
Mario se estremeció.
En todo había pensado, menos en que podría llegar un día en que tuviese que ver á su padre. No podía ocurrirle nada más inesperado, más sorprendente, y digámoslo también, más desagradable. Era la antipatía obligada á convertirse en simpatía; no era un disgusto, pero sí un trabajo pesado.
Mario, además de sus motivos de antipatía política, estaba convencido de que su padre, el acuchillador, como le llamaba Gillenormand en sus días de mayor afabilidad, no le amaba; esto era evidente, puesto que así le había abandonado y entregado á otras manos. Creyendo que no era amado, no amaba. Nada más natural, se decía á sí mismo.
Se quedó tan estupefacto, que no preguntó nada al señor Gillenormand. El abuelo añadió:
--Parece que está enfermo, y te manda llamar.
Y después de un rato de silencio añadió:
--Saldrás mañana por la mañana. Creo que hay en la plazuela de las Fuentes una diligencia que sale á las seis y llega por la noche. Toma billete. Dice que corre prisa.
Después arrugó la carta y se la metió en el bolsillo. Mario hubiera podido partir aquella misma noche y estar al lado de su padre al día siguiente por la mañana, porque salía entonces de la calle Bouloy una diligencia que iba de noche á Ruán, pasando por Vernón.
Pero ni el señor Gillenormand ni Mario pensaron en informarse.
Al día siguiente al anochecer llegaba Mario á Vernón. Principiaban á encenderse las luces. Preguntó al primer transeunte: «¿La casa del señor Pontmercy?...».
Porque interiormente profesaba las ideas de la Restauración, no reconocía por lo tanto en su padre al barón ni al coronel.
Se le indicó la casa. Llamó; fué á abrir una mujer con una lamparilla en la mano.
--¿El señor Pontmercy?--preguntó Mario.
La mujer permaneció inmóvil.
--¿Está aquí?--preguntó Mario.
La mujer hizo con la cabeza un signo afirmativo.
--¿Puedo hablarle?
La mujer hizo un signo negativo.
--¡Es que soy su hijo!--dijo Mario.--Me espera.
--Ya no os espera,--dijo la mujer.
Mario observó entonces que la mujer lloraba.
Ésta le señaló con el dedo la puerta de una sala baja, donde entró.
En aquella sala, iluminada por una vela de sebo colocada sobre la chimenea, había tres hombres; uno de pie, otro de rodillas y otro en camisa y tendido sobre los ladrillos.
Éste era el coronel.
Los dos primeros eran un médico el uno, y un sacerdote que estaba orando el otro.
El coronel había sido atacado hacía tres días por una fiebre cerebral; al principio de la enfermedad tuvo un presentimiento fatal, y escribió al señor Gillenormand llamando á su hijo.
El mal había ido en aumento; y el día mismo de la llegada de Mario á Vernón, el coronel había tenido un acceso de delirio. Habíase levantado del lecho y á pesar de los esfuerzos de la criada, gritando: ¡Mi hijo no viene! ¡Voy á buscarle! Había salido de su cuarto, cayendo sobre los ladrillos de la antesala. Acababa de espirar.
Habían sido llamados el médico y el cura; pero así el médico como el cura llegaron tarde.
También había llegado tarde el hijo.
Á la luz crepuscular de la vela se distinguía en la mejilla del yaciente y pálido coronel, una gruesa lágrima que había salido de los ojos del muerto. Su mirada se había apagado, pero la lágrima no se había secado aún. Aquella lágrima era la tardanza de su hijo.
Mario contempló á aquel hombre, á quien veía por primera y última vez; aquella fisonomía venerable y varonil, aquellos ojos abiertos que no miraban, aquellos cabellos blancos, aquellos miembros robustos, en los que se veían en distintos puntos líneas obscuras que eran sablazos, y unas como estrellas rosadas, que eran agujeros de balas. Contempló aquella enorme cicatriz que imprimía un sello de heroísmo en aquella frente, marcada por Dios con el sello de la bondad. Pensaba en que aquel hombre era su padre, y en que estaba muerto; y él permaneció frío.
La tristeza que experimentó fué la misma que hubiera sentido ante otro cualquier muerto.
Y sin embargo, en aquella sala se respiraba un profundo dolor. La criada sollozaba en un rincón, el cura rezaba y se le oía sollozar también, el médico se secaba las lágrimas, el cadáver lloraba igualmente.
Aquel médico, aquel cura y aquella mujer miraban á Mario al través de su aflicción sin decir una palabra. Él era allí el extraño.
Mario, escasamente conmovido, avergonzado, y en una situación embarazosa, tenía el sombrero en la mano, y le dejó caer al suelo para hacer creer que el dolor le quitaba la fuerza necesaria para sostenerle.
Al mismo tiempo sentía como un remordimiento, y se avergonzaba de obrar así. Pero ¿era suya la culpa? No amaba á su padre. ¡Y qué!
El coronel no dejaba nada. La venta de sus muebles apenas pagaba el entierro.
La criada encontró un pedazo de papel, que entregó á Mario, en el cual estaba escrito lo siguiente, de mano del coronel:
«_Para mi hijo._--El emperador me hizo barón en el campo de batalla de Waterloo. La Restauración me niega este título que he comprado con mi sangre; mi hijo le tomará y le llevará. No hay que decir que será digno de él». Á la vuelta, el coronel había añadido:
«En la misma batalla de Waterloo, un sargento me salvó la vida: se llamaba Thénardier. Creo que últimamente tenía una posada en un pueblo de los alrededores de París, en Chelles ó en Montfermeil. Si mi hijo le encuentra, haga en su favor todo cuanto pueda».
No por veneración á su padre, sino por ese vago respeto á la muerte, que tan imperiosamente vive en el corazón del hombre, Mario tomó el papel y se lo guardó.
Nada quedaba del coronel. El señor Gillenormand mandó vender á un prendero su espada y su uniforme. Los vecinos devastaron el jardín y saquearon las flores más raras; las demás plantas se convirtieron en abrojos y maleza, y murieron.
Mario, sólo permaneció cuarenta y ocho horas en Vernón. Después del entierro volvió á París, y se entregó de nuevo al estudio de las leyes, sin pensar más en su padre, como si jamás hubiera existido.
Á los dos días estaba enterrado el coronel, y á los tres olvidado.
Mario llevaba una gasa en el sombrero. Esto fué todo.
V =Utilidad del ir á misa para hacerse revolucionario=
Mario había conservado las costumbres religiosas de su infancia. Un domingo que fué á oir misa á San Sulpicio, á la misma capilla de la Virgen á que le llevaba su tía cuando era pequeño, estaba distraído y más pensativo que de costumbre; se había colocado detrás de un pilar, arrodillándose, sin advertirlo, sobre una silla de terciopelo de Utrech, en cuyo respaldo estaba escrito este nombre: _Mabeuf, capillero_.
En cuanto comenzó la misa, se presentó un anciano y dijo á Mario:
--Caballero, éste es mi sitio.
Mario se levantó enseguida, y el viejo se sentó en su silla.
Acabada la misa, Mario permanecía reflexivo á algunos pasos de distancia; el viejo se le acercó otra vez y le dijo:
--Os pido perdón, caballero, por haberos distraído antes y de distraeros todavía un momento; pero tal vez me habréis creído impertinente, y debo daros una explicación.
--Es inútil, caballero,--dijo Mario.
--¡Oh!--contestó el viejo.--No quiero que forméis mal concepto de mí. Este sitio es el mío. Me parece que desde él encuentro la misa mejor. ¿Por qué? Voy á decíroslo. Á este mismo sitio he visto venir por espacio de diez años, cada dos ó tres meses regularmente, á un pobre padre que no tenía otro medio ni otra oportunidad de ver á su hijo, porque se lo impedían cuestiones de familia. Venía á la hora en que sabía que acompañaban á su hijo á misa. El niño no sabía que su padre estaba aquí; ni aún sabía tal vez el inocente que tuviese un padre. El padre se ponía detrás de una columna para que no le viesen; contemplaba á su hijo y lloraba. ¡Cuánto adoraba al niño aquel pobre hombre! Yo lo veía. Ese sitio resulta como santificado para mí, y he tomado la costumbre de oir misa en él. Le prefiero al banco de obra, que tengo derecho á ocupar. Traté un poco al caballero de quien os hablo. Tenía un suegro y una tía rica, y parientes que creo amenazaban desheredar al hijo si veía á su padre. Y él se sacrificaba, porque su hijo fuése algún día rico y feliz. Les separaban opiniones políticas. No desapruebo yo el que se tengan opiniones políticas; pero hay personas que no saben contenerse prudentemente. ¡Dios mío! Porque un hombre haya estado en Waterloo, no es un monstruo; por esto no se debe separar á un padre de su hijo. Era un coronel de Bonaparte, que ha muerto, según creo. Vivía en Vernón, donde tengo un hermano cura; se llamaba algo así como Pontmarle ó Montpercy. Tenía, por cierto, una gran cicatriz de un sablazo.
--Pontmercy,--dijo Mario, palideciendo.
--Precisamente, Pontmercy. ¿Le habéis conocido?
--Caballero,--dijo Mario,--era mi padre.
El anciano obrero juntó las manos y exclamó:
--¡Ah, sois vos su hijo! Sí, esto es, ahora debe ser un hombre ya. Pues bien; podéis decir que habéis tenido un padre que os quiso mucho.
Mario ofreció su brazo al anciano, y le acompañó hasta su casa.
Al día siguiente dijo al señor Gillenormand:
--Hemos arreglado con algunos amigos una partida de caza. ¿Permitís que me ausente por tres días?
--¡Por cuatro!--respondió el abuelo.--Anda, diviértete.
Y guiñando el ojo, dijo en voz baja á su hija:
--¡Algún amorcillo!
VI =Consecuencias de haber encontrado á un capillero=
Á dónde fué Mario, más adelante se verá.
Mario estuvo tres días ausente; después volvió á París, se fué directamente á la biblioteca de la escuela de Jurisprudencia, y pidió la colección del _Monitor_.
Leyó el _Monitor_; leyó la historia de la República y del Imperio, el _Memorial de Santa Elena_, todas las memorias, todos los periódicos, todos los boletines, todas las proclamas, todo lo devoró. La primera vez que encontró el nombre de su padre en los boletines del gran ejército, tuvo calentura toda una semana. Visitó á los generales á cuyas órdenes había servido Jorge Pontmercy, y entre otros al conde H. El capillero Mabeuf, á quien fué á ver también, le contó la vida de Vernón, el retiro del coronel, sus flores, su soledad. Mario llegó á conocer perfectamente á aquel hombre raro, sublime y amable, á aquella especie de león-cordero, que había sido su padre.
Mientras estaba ocupado en este estudio, que consumía todo su tiempo y todos sus pensamientos, casi no veía á los Gillenormand.
Á las horas de comer aparecía; después, si se le buscaba, no estaba en casa. La tía murmuraba. El abuelo Gillenormand se sonreía:
--¡Bah! ¡bah! ¡Es la edad de los amoríos!--Algunas veces añadía el viejo:
--¡Diablo! Creía que era ello un galanteo, pero voy viendo que es una pasión.
Era efectivamente una pasión; Mario iba adorando á su padre.
Al propio tiempo se verificaba un cambio extraordinario en sus ideas. Las fases de este cambio fueron numerosas y sucesivas. Como es ésta la historia de muchos espíritus de nuestra época, creemos útil seguir estas frases paso á paso, é indicarlas todas.
Aquella historia en que había fijado los ojos le azoraba.
El primer efecto fué un deslumbramiento.
La República y el Imperio no habían sido para él hasta entonces más que palabras monstruosas. La República, una guillotina entre crepúsculos; el Imperio, un sable en plena noche. Pero acababa de ver ambas cosas, y donde no esperaba encontrar más que un caos de tinieblas, había visto, con cierta sorpresa inaudita, mezclada de temor y alegría, brillar astros como Mirabeau, Vergniaud, Saint Just, Robespierre, Camille Desmoulins, Dantón, y despuntar un sol: Napoleón. No sabía dónde estaba y retrocedía ciego ante tanta luz. Poco á poco fué pasando el asombro, acostumbróse á aquel esplendor, consideró los actos sin pasión, examinó á los hombres sin terror; la Revolución y el Imperio aparecieron luminosamente en perspectiva ante sus ojos, y vió á cada uno de aquellos dos grupos de sucesos y de hombres reunirse en dos grandes hechos; la República en la soberanía del derecho cívico restituido á las masas; el Imperio en la soberanía de la idea francesa impuesta á Europa; y vió salir de la Revolución la gran figura del pueblo, y del Imperio la gran figura de la Francia. Y declaró en su conciencia que todo aquello había sido bueno.
Lo que pasó desapercibido á su deslumbramiento en esta primera apreciación demasiado sintética, no creemos del caso consignarlo aquí. Lo que pintamos es el estado de un espíritu en marcha; y los progresos no se hacen en una etapa. Dicho esto de una vez para siempre, así por lo precedente como para lo sucesivo, continuemos.
Entonces conoció que hasta aquel momento no había comprendido ni á su patria ni á su padre. No había conocido á la una ni al otro; había tenido una especie de velo voluntario ante los ojos.
Ahora veía claro; y por una parte admiraba y adoraba por otra.
Estaba agobiado de pesares y de remordimientos; pensaba desesperado que no podía decir todo lo que tenía en el alma sino á una tumba. ¡Oh! si su padre hubiera vivido, si le tuviera todavía: si Dios, compadecido y bondadoso, hubiera permitido que viviese aún, ¡cómo habría corrido, cómo se habría precipitado, cómo habría gritado á su padre!: ¡Padre! ¡Mírame! ¡Soy yo! ¡Yo, que tengo tu mismo corazón! ¡Soy tu hijo! ¡Cómo habría abrazado su encanecida frente, inundado sus cabellos de lágrimas, contemplado su cicatriz, estrechado sus manos, adorado sus vestidos, besado sus plantas! ¡Oh! ¡Por qué había muerto su padre tan pronto, antes de tiempo, antes de la justificación, antes del amor de su hijo! Mario tenía un eterno sollozo en su corazón, que exhalaba á cada instante un ¡ay! Al mismo tiempo se hacía más formal, más grave; se afirmaba en su fe y en su modo de pensar. Á cada momento venía un nuevo rayo de luz de la verdad á completar su razón; verificábase en él como un crecimiento interior. Sentía una especie de engrandecimiento natural, producido por dos cosas nuevas para él: su patria y su padre.
Como sucede cuando se posee una clave, todo se abría para él; se explicaba lo que había odiado, y penetraba en lo que había aborrecido. Veía claramente el sentido providencial, divino y humano de las grandes cosas que le habían inducido á detestar, y de los grandes hombres á quienes le habían enseñado á maldecir. Cuando pensaba en sus antiguas ideas, que no eran más que de ayer, y que sin embargo le parecían rancias, se indignaba y sonreía.
De la rehabilitación de su padre había pasado, naturalmente, á la rehabilitación de Napoleón.
Sin embargo, debemos decir, que ésta no se había verificado sin esfuerzo.
Desde la infancia se le había imbuido de las opiniones que el partido de 1814 había formado de Bonaparte. Ahora bien; todas las precauciones de la Restauración, sus intereses y sus instintos tendían á desfigurar á Napoleón. Le execraba más todavía que á Robespierre; se había explotado hábilmente el cansancio de la nación y el odio de las madres. Bonaparte había llegado á ser una especie de monstruo casi fabuloso, y para presentarle á la imaginación del pueblo, que, como hemos indicado hace poco, se parece á la imaginación de los niños, el partido de 1814 hacía aparecer sucesivamente espantosos todos los disfraces, desde lo terrible, sin dejar de ser grandioso, hasta lo terrible que llega á ser grotesco; desde Tiberio al Coco.
Así es, que hablando de Bonaparte, cada uno podía libremente llorar ó reventar de risa, con tal que le odiase. Mario no había tenido nunca acerca de _aquel hombre_--como le llamaban--otras ideas que ésas, las cuales se habían combinado en su espíritu con la tenacidad propia de su carácter. Había realmente en su interior otro pisaverde testarudo que odiaba á Napoleón.
Pero leyendo la historia, estudiándola en los documentos y en los materiales, se fué rasgando poco á poco el velo que cubría á Napoleón á los ojos de Mario.
Entrevió primero algo inmenso, y sospechó que se había engañado acerca de Bonaparte como en lo demás; cada día veía más claro, y empezó á subir lentamente, paso á paso, primero casi con sentimiento, y después con embriaguez y como atraído por una fascinación irresistible, los escalones sombríos, luego los alumbrados vagamente, y por último los luminosos y espléndidos del entusiasmo.
Una noche estaba solo en su cuartito, junto al tejado. La vela estaba encendida; leía, apoyado de codos en la mesa, al lado de la ventana abierta. Una multitud de pensamientos surgiendo del espacio, iban á mezclarse con sus ideas. ¡Qué espectáculo es la noche!
Óyense ruidos sordos sin saber de dónde vienen; se ve resplandecer como un ascua entre cenizas á Júpiter, que es mil doscientas veces más grande que la tierra; el azul es negro, las estrellas brillan; es imponente.
Leía los boletines del gran ejército, aquellas estrofas homéricas escritas sobre el campo de batalla; veía en ellos por intervalos el nombre de su padre, y siempre el nombre del emperador; aparecía á sus ojos todo el gran imperio, sentía como una marea que se elevase en su interior; en algunos momentos le parecía que pasaba su padre á su lado como un soplo y le hablaba al oído; íbase abstrayendo poco á poco; creía oir los tambores, el cañón, las cornetas, el paso regular de los batallones, el galope sordo y lejano de la caballería; de cuando en cuando sus ojos se elevaban al cielo, y veía brillar en las profundidades sin fondo las constelaciones colosales; bajábalos después al libro, viendo moverse confusamente otras cosas colosales. Tenía el corazón oprimido. Estaba transportado, tembloroso, anhelante. De pronto, sin saber él mismo lo que por él pasaba, ni á qué fuerza secreta obedecía, se levantó, extendiendo ambos brazos fuera de la ventana, miró fijamente á la sombra, al silencio, al tenebroso infinito, á la inmensidad eterna, y gritó: ¡Viva el emperador!
Desde aquel momento todo estaba dicho: el ogro de Córcega,--el usurpador,--el tirano,--el monstruo, que había sido amante de sus hermanas--el histrión, que recibía lecciones de Talma,--el envenenador de Jafa,--el tigre,--Buonaparte,--todo esto se desvaneció abriendo campo en su espíritu á un vago y luciente fulgor, que alumbraba hasta una altura inaccesible el pálido fantasma de mármol de César. El emperador no había sido para su padre sino el querido capitán á quien admiraba, y por quien se sacrificaba el soldado; para Mario fué algo más; fué el constructor predestinado del grupo francés, sucediendo al grupo romano en la dominación del universo; fué el prodigioso arquitecto de un cataclismo, el continuador de Carlo-Magno, de Luis XI, de Enrique VI, de Richelieu, de Luis XVI y del comité de Salvación pública; teniendo sin duda sus defectos, sus faltas, sus crímenes, es decir, siendo hombre: pero augusto en sus faltas, brillante en sus defectos, poderoso en sus crímenes.
Fué el hombre predestinado que obligó á todas las naciones á decir:--la gran nación;--fué más todavía, fué la encarnación de Francia, conquistando la Europa con la espada, y el mundo con la luz que despedía. Mario vió en Bonaparte el espectro deslumbrador que se levantará siempre en la frontera y guardará el porvenir. Déspota, pero dictador; déspota resultante de una república, y simbolizando una revolución: Bonaparte fué para él, el hombre pueblo, así como es Jesús el Hombre-Dios.
Vese, pues, que, al igual de todos los recién convertidos á una religión, su conversión le embriagaba; le precipitaba y llevaba quizá demasiado lejos su adhesión. Su índole era ésta; puesto en una pendiente le era casi imposible detenerse. El fanatismo por el sable le arrebataba; y se complicaba en su espíritu con el entusiasmo por la idea. No conocía que con el genio admiraba juntamente la fuerza, es decir, que instalaba en los dos recintos de su idolatría lo divino y lo brutal. Bajo diversos conceptos, habíase equivocado nuevamente.
Todo lo admitía. Tal es el modo de encontrar el error en el camino por donde se busca la verdad. Tenía cierta buena fe violenta, que todo lo abrazaba en conjunto. Así en la nueva vía en que había entrado, al juzgar los errores del antiguo régimen, lo mismo que al medir la gloria de Napoleón, despreciaba las circunstancias atenuantes.
Sea como fuere, Mario había dado un gran paso. Donde viera antes la caída de la monarquía, veía ahora el porvenir de Francia. Había cambiado de orientación. Lo que había sido el Ocaso era el Levante. Dió una vuelta en redondo.
Verificábanse en él todas estas revoluciones sin que su familia lo sospechase.
Cuando en esta misteriosa tarea hubo perdido del todo su antigua piel de borbónico y de ultra; cuando se despojó del traje de aristócrata, de jacobino y de realista; cuando fué completamente revolucionario, profundamente demócrata y casi republicano, fué á casa de un grabador de la calle de Orfêvres y mandó hacer cien tarjetas con su nombre, en que se leía: «El barón Mario de Pontmercy».
Lo cual era una consecuencia lógica del cambio que se había operado en él; cambio en que todo gravitaba al rededor de su padre.
Solamente que como no conocía á nadie, y no podía dejar las tarjetas en ninguna portería, se las guardó en el bolsillo.
Por otra consecuencia natural, á medida que se aproximaba á su padre, á su memoria, á las cosas por las que el coronel había peleado veinticinco años, se iba alejando de su abuelo. Ya lo hemos dicho, desde muy antiguo no gustaba del carácter del viejo Gillenormand. Entre ambos había ya todas las disonancias que puede haber entre un joven grave y un viejo frívolo. La alegría de Geronte choca y exaspera á la melancolía de Werther. Mientras habían sido comunes en ellos las opiniones políticas y las ideas, Mario se había encontrado como en un puente con el señor Gillenormand; mas cuando ese puente se hundió, los separó el abismo. Además, Mario sentía inexplicables impulsos de rebelión cuando recordaba que el señor Gillenormand, por motivos estúpidos, le había apartado sin piedad del coronel, privando al hijo del padre y al padre del hijo.
Á fuerza de lástima por su padre, había casi llegado á tener aversión á su abuelo.
Pero nada de esto, como hemos dicho, se traslucía exteriormente. Tan sólo se mostraba más frío de día en día, más lacónico en la mesa, y con más frecuencia se ausentaba de la casa. Cuando su tía le reprendía era muy respetuoso, y daba por pretexto sus estudios, el curso, los exámenes, las conferencias, etc.
El abuelo no salía de su infalible diagnóstico:--¡Enamorado! Ya conozco eso.
Mario hacía de cuando en cuando algunas escapatorias.
--Pero ¿adónde va?--preguntaba la tía.
En uno de estos viajes, siempre cortos, fué á Montfermeil para cumplir la indicación que su padre le había hecho, y buscó al antiguo sargento de Waterloo, al posadero Thénardier. Thénardier había quebrado; la posada estaba cerrada, y nadie sabía qué había sido de él. Mario, con motivo de estas investigaciones, estuvo cuatro días fuera de su casa.
--Decididamente,--dijo el abuelo,--se extravía.
Habíase creído adivinar que llevaba bajo la camisa, y sobre el pecho, algo sujeto con una cinta negra que pendía del cuello.
VII =Algún amorcillo=
Hemos hablado de un lancero.
Era un tercer sobrino del señor Gillenormand por parte de padre, el cual llevaba, lejos de la familia y del hogar doméstico, la vida de guarnición. El teniente Teódulo Gillenormand tenía todas las condiciones necesarias para ser lo que se llama un lindo oficial. Tenía «el talle de una señorita», cierto modo de arrastrar el sable, y llevaba el bigote retorcido. Iba raras veces á París, tanto, que Mario no le había visto nunca. Los dos primos sólo se conocían de nombre.
Teódulo era, según creemos haber dicho ya, el favorito de la tía Gillenormand, que le prefería; porque no le veía. No ver á las gentes permite suponerles todas las perfecciones. Una mañana la señorita Gillenormand mayor entró en su cuarto tan conmovida como podía estarlo su placidez. Mario acababa de pedir á su abuelo permiso para hacer un viaje, diciendo que pensaba partir aquella misma noche. ¡Anda! le había respondido el abuelo. Y Gillenormand había añadido aparte, arqueando las cejas hacia lo alto de la frente: ¡Duerme fuera y reincide! La señorita Gillenormand había subido á su cuarto muy cavilosa, dejando escapar en la escalera esta exclamación:--«¡Es ya mucho!». Y esta interrogación:--«¿Pero adónde va?». Entreveía alguna aventura de corazón más ó menos ilícita, alguna mujer en la sombra, una cita, un misterio, y no le hubiera disgustado haberle podido echar el lente. Gustar un misterio es como alcanzar las primicias de un escándalo: y esto no lo detestan las almas más santas. Hay en los secretos receptáculos de la mojigatería, cierta curiosidad por el escándalo.
Veíase, pues, dominada por el vago apetito de saber una historia.
Para distraerse de esta curiosidad, que la agitaba un poco más de lo acostumbrado, había echado mano de sus habilidades, y se había puesto á festonear con algodón, y sobre algodón, uno de esos bordados del Imperio y de la Restauración, en que se ven muchas ruedas de cabriolé. Obra chabacana, obrera ruda. Estaba hacía algunas horas sentada en su silla, cuando se abrió la puerta. La señorita Gillenormand levantó la nariz; el teniente Teódulo estaba en su presencia, haciéndole el saludo de ordenanza. Lanzó ella un grito de alegría. Se puede ser vieja, mojigata, devota y tía; pero no hay mujer que no se alegre el ver entrar en su cuarto un lancero.
--¡Tú aquí, Teódulo!--exclamó.
--De paso, tía.
--¡Pero, abrázame!
--¡Ya está!--dijo Teódulo.
Y la abrazó. La tía Gillenormand fué á su secreter, y lo abrió.
--¿Te quedarás con nosotros una semana al menos?
--Tía mía, parto de nuevo esta misma tarde.
--¡No es posible!
--Matemáticamente.
--Quédate, Teodulito; yo te lo ruego.
--El corazón dice sí; pero la consigna contesta que no. La historia es muy sencilla. Nos mudan de guarnición; estábamos en Melún, y nos llevan á Gaillón. Para ir de la antigua guarnición á la nueva hay que pasar por París, y he dicho: «Voy á ver á mi tía».
--Toma por la molestia.
Y le puso diez luises de oro en la mano.
--Por la satisfacción querréis decir, querida tía.
Teódulo la abrazó por segunda vez, y ella tuvo el gusto de rozar un poco el cuello con los cordones del uniforme.
--¿Haces el viaje á caballo con tu regimiento?--le preguntó ella.
--No, tía. He querido visitaros, y he sacado para ello un permiso especial. El asistente lleva mi caballo, y yo iré en la diligencia. Y á propósito, tengo que preguntaros una cosa.
--¿Cuál?
--¿Está de viaje también mi primo Mario Pontmercy?
--¿Cómo sabes tú eso?--dijo la tía, excitada súbitamente en lo más vivo de su curiosidad.
--Al llegar he ido á tomar mi billete de berlina en la diligencia.
--¿Y qué?
--Que había ya ido un viajero á tomar un asiento del imperial, y he visto su nombre en la hoja de la administración.
--¿Qué nombre?
--Mario Pontmercy.
--¡Ah, pícaro!--exclamó la tía.--Tu primo no es muchacho juicioso como tú. ¡Decir que va á pasar la noche en diligencia!
--Como yo.
--Pero tú es por obligación, y él por desorden.
--¡Caracoles!--prorrumpió Teódulo.
En esto se le ocurrió una idea á la señorita Gillenormand mayor. Si hubiera sido hombre, se habría dado una palmada en la frente. Y dirigiéndose bruscamente á Teódulo le dijo:
--¿Sabes que tu primo no te conoce?
--No. Yo por mi parte le he visto; pero él nunca se ha dignado fijarse en mí.
--¿Y vais á viajar juntos?
--Él en el imperial y yo en la berlina.
--¿Adónde va esa diligencia?
--Á los Andelys.
--¿Y va allí Mario?
--Sí, á no ser que haga lo que yo, y se quede en el trayecto. Yo bajo en Vernón para tomar el coche de Gaillón. Ignoro el itinerario de Mario.
--¡Mario! ¡Qué nombre tan feo! ¡Qué ocurrencia la de ponerle Mario! ¡Pero tú al menos te llamas Teódulo!
--Preferiría llamarme Alfredo,--dijo el oficial.
--Oye, Teódulo.
--Ya oigo, tía.
--Préstame atención.
--Estoy atento...
--¿Estás?
--Estoy.
--Pues bien; Mario hace escapatorias.
--¡Eh! ¡Eh!
--Viaja.
--¡Ah! ¡Ah!
--Duerme fuera de casa.
--¡Oh! ¡Oh!
--Quisiéramos saber la causa.
Teódulo respondió con la calma de un hombre curtido:
--Cuestión de faldas.
Y con esa risita entre cuero y carne que demuestra la certeza, añadió:
--Alguna muchacha.
--Es evidente,--dijo la tía, que creyó oir hablar al señor Gillenormand, y que sintió salir irresistiblemente su convicción de la palabra _muchacha_ acentuada casi de la misma manera por el tío y el sobrino. Y añadió:
--Haznos un favor. Sigue un poco á Mario; esto te será fácil, porque no te conoce; y supuesto que hay muchacha de por medio, haz por conocerla. Nos escribirás la historieta, y se divertirá el abuelo.
Á Teódulo no le gustaba mucho este género de espionaje; pero habíanle conmovido los diez luises, y creía que podrían traer otros detrás de sí. Aceptó, pues, la comisión y dijo:
--Como usted quiera, tía.
Añadiendo para sí:
--Ya estoy convertido en chaperona.
La tía Gillenormand lo abrazó.
--No harías tú nunca esas extravagancias, Teódulo. Tú obedeces á la disciplina, eres esclavo de la consigna, eres hombre escrupuloso y fiel á tus deberes, y no abandonarías á tu familia por ir á ver á una muchachuela.
El lancero hizo una mueca de satisfacción parecida á la del ladrón Cartouche, elogiado por su probidad.
La noche que siguió á este diálogo, Mario subió á la diligencia sin sospechar que se le vigilaba. En cuanto al vigilante, lo primero que hizo fué dormirse. El sueño fué completo y concienzudo. Argos pasó roncando toda la noche.
Al despuntar el día, el mayoral de la diligencia gritó:--¡Vernón! ¡Relevo de Vernón! ¡Los viajeros de Vernón! Y el teniente Teódulo despertó.
--¡Bueno!--murmuró medio dormido aún;--aquí es donde me bajo.
Después empezó á despejársele la memoria poco á poco, y se acordó de su tía, de los diez luises, y de la promesa que había hecho de contar los hechos y los gestos de Mario. Esto le hizo reir.
--Ya no estará tal vez en el coche, pensó para sí abotonándose el levitín. Puede haberse quedado en Poissy y ha podido quedarse también en Triel; si no ha bajado en Meulán, puede haber bajado en Nantes á menos que no se haya apeado en Rolleboise, ó que no haya avanzado hasta Pacy, con la facultad de torcer allí á la izquierda hacia Evreux, ó á la derecha hacia Laroche-Guyón. Ya puede mi tía echarle un galgo. ¿Qué diablos voy á escribirle ahora á la buena vieja?
En este momento un pantalón negro que descendía del imperial apareció en la vidriera de la berlina.
--¿Mario será éste?--dijo el teniente.
En efecto, era Mario.
Al pie del coche, y mezclada con los caballos y los postillones, una muchachuela del lugar ofrecía flores á los viajeros, gritando:
--Flores para las señoras, caballeros.
Mario se acercó á la muchacha, y escogió las flores más hermosas de su cesta.
--Por de pronto,--dijo Teódulo, saltando de la berlina,--ya pica esto mi curiosidad. ¿Á quién diablos va á llevar esas flores? Preciso es que sea muy buena moza para que merezca tan lindo ramo. Quiero conocerla.
Y no tanto por mandato como por curiosidad particular, á semejanza de los perros que cazan por su cuenta, empezó á seguir á Mario.
Éste no fijó la atención en Teódulo. Bajaron de la diligencia algunas mujeres elegantes; Mario no las miró siquiera, parecía que no veía nada á su alrededor.
--¡Está enamorado!--pensó Teódulo.
Mario se dirigió hacia la iglesia.
--¡Perfectamente!--dijo Teódulo.--¡La iglesia! Esto es, Las citas sazonadas con un poco de misa son mejores. Nada tan exquisito como una mirada pasando por encima de Dios.
Mario llegó á la iglesia, pero no entró; dió la vuelta al exterior, y desapareció en el ángulo de uno de los estribos del ábside.
--La cita es fuera,--dijo.--Veremos la muchacha.
Y se adelantó de puntillas hacia el ángulo por donde había dado la vuelta Mario.
Al llegar allí, se quedó estupefacto.
Mario, con la frente entre ambas manos, estaba arrodillado sobre la yerba, junto á una tumba. Había deshojado el ramo. En el extremo de la fosa, en un relleno que indicaba la cabecera, había una cruz de madera negra con este nombre escrito en letras blancas: EL CORONEL BARÓN DE PONTMERCY. Oíase sollozar á Mario.
La chica era una tumba.
VIII =Mármol contra granito=
Allí era donde había ido Mario la primera vez que se ausentó de París. Allí iba cada vez que el señor Gillenormand decía: «Duerme fuera».
El teniente se quedó completamente desconcertado con el inesperado encuentro de un sepulcro; experimentó una sensación desagradable y singular, que le era imposible analizar, compuesta del respeto que inspira una tumba mezclado al respeto debido á un coronel. Retrocedió, pues, dejando á Mario solo en el cementerio, habiendo en su retirada algo de la disciplina. Presentósele la muerte con grandes charreteras, y casi le hizo el saludo militar. No sabiendo qué escribir á la tía, tomó el partido de no decirle nada; y probablemente no hubiera tenido consecuencia alguna el descubrimiento de Teódulo acerca de los amores de Mario, si por una de esas coincidencias misteriosas, tan frecuentes en la casualidad, la escena de Vernón no hubiese tenido, por decirlo así, una especie de resonancia en París.
Mario volvió de Vernón tres días después muy de mañana, llegó á casa de su abuelo, y cansado de las dos noches que había pasado en la diligencia, conociendo la necesidad de reparar su insomnio con una hora de escuela de natación, subió rápidamente á su cuarto, y sin emplear más tiempo que el necesario para quitarse el levitón de viaje y el cordón negro que llevaba al cuello, se fué á tomar el baño.
El señor Gillenormand se levantó temprano, como todos los viejos fuertes; le oyó entrar, y se apresuró á subir lo más pronto que pudo con sus viejas piernas la escalera del cuarto de Mario, al objeto de abrazarle é interrogarle al mismo tiempo para traslucir de dónde venía.
Pero el adolescente había empleado menos tiempo en bajar que el octogenario en subir, y cuando el abuelo Gillenormand entró en la buhardilla, ya Mario había salido.
La cama estaba sin tocar, viéndose sobre ella el levitón y el cordón negro.
--Prefiero esto,--dijo Gillenormand.
Y un momento después entró en la sala en que estaba sentada la señorita Gillenormand bordando sus ruedas de cabriolé.
La entrada fué triunfal.
El señor Gillenormand llevaba en una mano el levitón, y el cordón en la otra.
--¡Victoria!--exclamó.--¡Vamos á penetrar el misterio! ¡Vamos á saber lo fino del fin! Vamos á palpar el libertinismo de nuestro cazurro! ¡Ya tenemos aquí la novela! Tengo el retrato.
En efecto; del cordón pendía una cajita de tafilete negro, muy semejante á un medallón.
El viejo tomó esta caja, y la contempló algunos momentos sin abrirla, con ese aire de voluptuosidad, enajenamiento y cólera de un pobre diablo hambriento al oler una comida espléndidamente que no fuése para él.
--Porque esto, evidentemente es un retrato. Yo no me engaño. Esto se lleva tiernamente sobre el corazón. ¡Qué tontos son! ¡Algún espantoso mascarón, que hará temblar probablemente! ¡Los jóvenes tienen hoy tan mal gusto!...
--Veámosle, padre,--dijo la vieja solterona.
La caja se abrió apretando un resorte, pero no encontraron en ella más que un papel cuidadosamente doblado.
--_De ella á él_,--dijo Gillenormand echándose á reir.--Ya sé lo que es; ¡un billete amoroso!
--¡Ah, ya! ¡Leámosle!--dijo la tía. Y se puso los anteojos.
Desdoblaron el papel y leyeron esto:
--«_Para mi hijo._ El emperador me hizo barón en el campo de batalla de Waterloo. La restauración me niega este título que he comprado con mi sangre; mi hijo le tomará y le llevará. No hay que decir que será digno de él».
Lo que el padre y la hija sintieron entonces, no es para dicho. Se quedaron helados como por el soplo de una calavera. No cambiaron ni una palabra.
Solamente Gillenormand dijo en voz baja, y como hablando consigo mismo:
--Es la letra de aquel acuchillador.
La tía examinó el papel, le volvió en todos sentidos, colocándolo de nuevo en la cajita.
En aquel momento cayó al suelo, del bolsillo de la levita, un paquetito oblongo envuelto en un papel azul. La señorita Gillenormand le recogió, y desdobló el papel azul; eran las cien tarjetas de Mario.
Cogió una y se la dió al señor Gillenormand, que leyó. _El barón Mario de Pontmercy._
El viejo llamó, y acudió Nicolasita.
Gillenormand cogió el cordón, la caja y la levita, lo tiró al suelo en medio de la sala, y dijo:
--Llévate esos arreos.
Pasó una hora larga de profundo silencio.
El viejo y la solterona se habían sentado de espaldas, uno á otro, pensando cada uno por su parte probablemente lo mismo. Al cabo de la hora, dijo la tía Gillenormand:
--¡Magnífico!
Algunos minutos después apareció Mario.
Estaba de vuelta.
Antes de haber atravesado el umbral del salón, distinguió á su abuelo que tenía en la mano una de sus tarjetas, quien, al verle, exclamó con su aire de superioridad plebeya y satírica, un tanto abrumadora:
--¡Vaya, vaya, vaya! Ahora eres barón. Te doy la enhorabuena. ¿Qué quiere decir esto?
Mario ruborizándose ligeramente, respondió:
--Esto quiere decir que soy hijo de mi padre.
Gillenormand dejó de reirse, y dijo duramente:
--Tu padre soy yo.
--Mi padre,--repuso Mario con los ojos bajos y aire reposado,--era un hombre modesto y heroico, que sirvió gloriosamente á la República y á la Francia; que fué grande en la historia más grande que hayan podido hacer los hombres; que vivió un cuarto de siglo en el campo de batalla; de día, bajo la metralla y las balas, y de noche entre la nieve, en el lodo y bajo la lluvia; que tomó dos banderas; que recibió veinte heridas; que ha muerto en el olvido y en el abandono, y que no cometió en su vida más que una falta: amar demasiado á dos ingratos, á su país y á mí.
Esto era más de lo que el señor Gillenormand podía oir. Á la palabra _República_ se había levantado, ó por mejor decir, se había erguido repentinamente.
Cada una de las palabras que Mario acababa de pronunciar, había hecho en el rostro del viejo realista, el efecto del soplo de un fuelle de fragua sobre un tizón ardiente.
De sombrío había pasado á rojo, de rojo á purpúreo y de purpúreo á resplandeciente.
--¡Mario!--exclamó.--¡Abominable criatura! ¡Yo no sé lo que era tu padre! ¡No quiero saberlo! ¡No sé nada! ¡No lo sé! ¡Pero lo que sé es que entre esas gentes nunca hubo más que miserables; que todos ellos son unos perdidos, asesinos, gorros rojos, ladrones! ¡Digo que todos! ¡y lo repito; todos! ¡Yo no conozco á ninguno! ¡Repito que á ninguno! ¡Lo oyes Mario! Ya lo ves; eres tan barón como mi zapatilla. ¡Fueron todos bandidos, al servicio de Robespierre! ¡Forajidos, al servicio de Bu-o-na-parte! ¡Todos traidores, que vendieron, vendieron, vendieron á su rey legítimo! ¡Todos cobardes, que huyeron ante los prusianos y los ingleses en Waterloo! Esto es lo que sé. Si vuestro padre fué uno de ellos, lo ignoro, lo siento; tanto peor, servidor vuestro.
Á su vez fué Mario el tizón y Gillenormand el fuelle. Mario temblaba de pies á cabeza, no sabía qué hacer, ardía su cabeza. Era el sacerdote que ve arrojar al viento todas sus hostias, el faquir que ve á un pasajero escupir á su ídolo. Era imposible que se hubieran dicho tales cosas delante de él impunemente. ¿Pero qué hacer? Su padre acababa de ser pisoteado y humillado en su presencia; pero ¿por quién? Por su abuelo. ¿Cómo vengar el uno sin ultrajar al otro?
Le era igualmente imposible insultar al abuelo y dejar de vengar á su padre. De un lado una tumba sagrada; de otro unos cabellos blancos.
Estuvo unos instantes aturdido y vacilante, con aquel torbellino dentro de la cabeza; después levantó los ojos, y mirando fijamente á su abuelo, gritó con voz tonante:
--¡Abajo los Borbones! ¡Abajo ese cerdo de Luis XVIII!
Luis XVIII había muerto hacía cuatro años, pero á Mario esto le era indiferente.
El rostro del anciano pasó de escarlata al blanco, á un blanco superior al de sus cabellos. Y volviéndose hacia un busto del duque de Berry que estaba encima de la chimenea, le saludó respetuosamente con cierta majestad singular. Después pasó dos veces lentamente y en silencio desde la chimenea á la ventana, y de la ventana á la chimenea, atravesando toda la sala, y haciendo resonar el pavimento como una estatua de piedra andando. Á la segunda vez se inclinó ante su hija, que asistía á esta escena con el estupor de una oveja, y le dijo sonriéndose, con una sonrisa casi serena:
--Un barón como este caballero y un burgués como yo, no pueden continuar bajo un mismo techo.
Y enderezándose de súbito, pálido, tembloroso, aterrador, la frente ensanchada por la terrible irradiación de la cólera, extendió el brazo hacia Mario gritándole:
--¡Vete!
Mario dejó la casa.
Al día siguiente el señor Gillenormand dijo á su hija:
--Mandad cada seis meses sesenta doblones á ese bebedor de sangre, y nunca más volváis á hablarme de él.
Y como le quedaba todavía una gran cantidad de furor que no sabía en qué emplear, siguió llamando de vos á su hija por espacio de más de tres meses.
Mario, por su parte, había salido indignado.
Una circunstancia, que debemos consignar, agravó aún su exasperación. Existe siempre alguna pequeña fatalidad que complica los dramas domésticos y aumenta los motivos de queja, aunque no aumente los verdaderos agravios. Al llevar precipitadamente por orden del abuelo los «arreos» de Mario á su cuarto, Nicolasita había dejado caer, sin repararlo, y probablemente en la escalera de la buhardilla, que era obscura, el medallón de tafilete negro que contenía el papel escrito por el coronel. Ni el papel ni el medallón pudieron encontrarse; y Mario quedó convencido de que el señor Gillenormand,--desde aquel día no llamó de otra manera á su abuelo,--había arrojado al fuego «el testamento de su padre». Sabía de memoria las pocas líneas escritas por el coronel, y por consiguiente nada se había perdido con aquella fatal desaparición. Pero el papel, la escritura, aquella reliquia sagrada, todo esto formaba su propio corazón. ¿Qué habían hecho de él?
Mario se había ido, sin decir ni saber adónde, con treinta francos en el bolsillo, su reloj, y alguna ropa en un saco de noche. Subió á un coche de alquiler, le tomó por horas y se dirigió á la ventura hacia el barrio latino.
¿Qué iba á ser de Mario?
NOTAS:
[13] _pendu_, ahorcado.