LIBRO QUINTO
Á LA CAZA NOCTURNA, JAURÍA MUDA
I =Las sinuosidades de la estrategia=
Aquí, con respecto á las páginas que van á leerse y á otras que vendrán después, es indispensable una observación.
Hace ya muchos años que el autor de este libro, forzado á pesar suyo á hablar de sí mismo, se halla ausente de París. Desde que le dejó, París se ha transformado. Ha surgido una ciudad nueva, que le es hasta cierto punto desconocida. No tiene necesidad de decir que ama á París; París es la ciudad natal de su espíritu. Á consecuencia de los derribos y reedificaciones, el París de su juventud, aquel París que se llevó religiosamente en su memoria, es á estas horas el París de otros tiempos. Permítasele hablar de este París como si existiera todavía. Es posible que allí donde va el autor á conducir á los lectores, diciéndoles: «En tal calle hay tal casa», no exista hoy día casa ni calle. Los lectores lo comprobarán, si quieren tomarse el trabajo de hacerlo. En cuanto á él, desconoce el París nuevo, y escribe con el París antiguo delante de los ojos, en medio de la ilusión más agradable. Es una satisfacción para él soñar que queda algo tras de sí de lo que veía cuando estaba en su país, y que no se ha desvanecido todo aún.
Mientras uno va y viene por su país natal, créese que las calles le son indiferentes; que las ventanas, los tejados y las puertas nada significan; que las paredes le son extrañas; que los árboles no son más que árboles; que las casas donde no entra le son inútiles; que el empedrado por donde anda son simplemente piedras.
Pero más tarde, cuando se encuentra fuera, advierte que aquellas calles le son queridas; que aquellos tejados, aquellas ventanas y aquellas puertas le hacen falta; que aquellas paredes le son necesarias; que aquellos árboles le son amados; que aquellas casas donde él no entraba, había quien entraba en ellas todos los días, y que ha dejado parte de sus entrañas, de su corazón y de su sangre en aquellas piedras. Todos aquellos sitios que ya no vemos y que quizá no volveremos á ver jamás, y cuya imagen hemos conservado, adquieren cierto encanto doloroso, se nos presentan con la melancolía de una aparición, nos hacen visible la tierra santa, y son, por decirlo así, la forma misma de la patria; y los amamos y los evocamos tales como son, tales como eran, obstinándonos en ello, y no queremos cambiar nada de ellos, porque estamos apegados á la forma de nuestra patria como á las facciones de nuestra madre.
Séanos, pues, permitido hablar del pasado en el presente. Dicho esto, suplicamos al lector que lo tenga en cuenta, y continuamos.
Juan Valjean había dejado enseguida el boulevard y se había engolfado en las calles, haciendo cuantas líneas quebradas podía, volviendo algunas veces sobre sus propios pasos para cerciorarse de que no le seguían.
Es ésta una maniobra natural en el ciervo hostigado. En los terrenos en que puede quedar impresa la huella, esa maniobra tiene, entre otras, la ventaja de engañar á los cazadores y á los perros con el contrapié. Es lo que en montería se llama _emboscada falsa_.
Era una noche de luna llena. Á Juan Valjean no le disgustaba. La luna, muy cerca todavía del horizonte, marcaba en las calles grandes espacios de luz y sombra. Juan Valjean podía escurrirse á lo largo de las casas y paredes del lado sombrío, y observar el claro. No reflexionaba quizá bastante que el lado obscuro se le esparcía, sin embargo, en todas las callejuelas que rodean á la calle de Polibeau, y creyó estar seguro de que nadie iba tras él.
Cosette andaba sin preguntar. Los sufrimientos de los seis primeros años de su vida habían introducido cierta pasividad á su naturaleza. Por otra parte, y ésta es una observación que tendremos que tener en cuenta más de una vez, estaba ella acostumbrada, sin darse muy exacta cuenta del porqué, á las singularidades del buen hombre y á las extravagancias del destino. Además se sentía segura junto á él.
Juan Valjean no sabía mejor que Cosette adónde iba. Confiaba en Dios como ella confiaba en él. Parecíale que alguien superior á él le llevaba también de la mano; creía sentir un ser invisible que le conducía. Por lo demás, no tenía idea alguna decidida, ningún plan, ningún proyecto. Ni siquiera estaba seguro del todo de que aquel Javert, pudiendo también ser Javert, sin que supiese que él era Juan Valjean. ¿No iba disfrazado? ¿No se le creía muerto? Sin embargo, hacía algunos días que le pasaban cosas que parecían singulares. No necesitaba más. Estaba resuelto á no volver á entrar en la casa de Gorbeau. Como el animal arrojado de su guarida, buscaba un hueco donde esconderse, mientras encontraba donde alojarse.
Juan Valjean describió gran número de laberintos en el barrio Montfetard, que yacía dormido como si estuviera todavía bajo la disciplina de la Edad Media, al yugo de la queda; combinó de diversas maneras, en hábiles estrategias, la calle Censier y la calle Copeau, la calle del Battoir-Saint-Victor y la calle del Puits l'Ermite. Hay por allí casas-posadas, pero ni siquiera entraba en ellas, no encontrando lo que le convenía. Es decir, dudaba que si por casualidad le buscaban, hubiesen perdido la pista.
Al dar las once de Saint-Etienne-du-Mont, atravesaba la calle de Pontoise, delante de la comisaría de policía, que está en el número 14. Algunos instantes después, el instinto de que hablábamos más arriba hizo que se volviese. En cuyo momento vió claramente, gracias al farol de la comisaría que los descubría, á tres hombres que le seguían de bastante cerca, pasar sucesivamente bajo aquel farol por la parte obscura de la calle. Uno de aquellos tres hombres entró en el portal de la casa del comisario. El que marchaba al frente se le hizo decididamente sospechoso.
--Ven, hija mía,--díjole á Cosette. Y se apresuró á dejar la calle de Pontoise.
Describió un circuito, dió la vuelta al pasaje de los Patriarcas, que estaba cerrado á causa de la hora, cruzó á grandes pasos la calle de la Epée-de-Bois y la de la Arbalete, y penetró en la de Postas.
Hay allí una encrucijada, donde existe hoy el colegio Rollin y adonde va á empalmar la calle Nueva de Santa Genoveva.
Es por demás decir que la calle Nueva de Santa Genoveva es una calle vieja, y que por la calle de Postas no pasa apenas en diez años una silla de posta. Dicha calle de Postas estaba habitada en el siglo VIII por alfareros, y su verdadero nombre era calle de los Potes.
La luna arrojaba sus clarísimos rayos en la encrucijada. Juan Valjean se escondió en el hueco de una puerta, calculando que si aquellos hombres le seguían todavía, no podría dejar de verlos muy bien cuando atravesasen por aquella claridad.
En efecto, aún no habían trascurrido tres minutos cuando aparecieron los hombres. Entonces eran cuatro; todos de elevada estatura, vestidos con largos levitones obscuros, con sombreros redondos, y gruesos bastones en la mano. No eran menos sospechosos por su elevada estatura y grandes puños, que por su marcha siniestra en las tinieblas. Se les podía tomar por cuatro espectros disfrazados de paisano.
Detuviéronse en medio de la encrucijada, y se agruparon como para consultar. Parecían estar indecisos. El que guiaba, volvióse de repente señalando con la mano derecha la dirección que había tomado Juan Valjean; otro de los del grupo parecía indicar con cierta persistencia la dirección contraria. En el instante en que se volvió el primero, la luna iluminó por completo su rostro, Juan Valjean reconoció claramente á Javert.
II =Es muy ventajoso que por el puente de Austerlitz pasen carruajes=
Cesó la incertidumbre para Juan Valjean; afortunadamente duraba todavía para aquellos hombres. Aprovechóse él de su vacilación. Ellos perdían tiempo, y él lo ganaba. Salió del hueco de la puerta en que se había escondido avanzando por la calle de Postas, hacia al lado del Jardín Botánico. Cosette empezaba á fatigarse; tomola entonces él en brazos y así la llevó. No pasaba nadie por allí y no se habían encendido los faroles á causa de la luna.
Dobló el paso.
En pocas zancadas llegó á la alfarería de Goblet, en cuya fachada la claridad de la luna hacía perfectamente legible la antigua inscripción:
De Goblet el hijo, está aquí la fábrica, Venid á escoger floreros y cántaros, Cantarillas, tiestos, ladrillos y jarras, Que todo se vende, ya en fino y en basto.
Dejó tras de sí la calle de la Clef, después la fuente de San Víctor, bordeó el Jardín Botánico por las calles bajas, y llegó al muelle. Volvió la cabeza al estar allí. El muelle se encontraba desierto; las calles también. Nadie iba detrás de él. Respiró.
Llegó al puente de Austerlitz.
Todavía se pagaba peaje en aquella época.
Acercóse al ventanillo del peajero y dió un céntimo.
--Son dos sueldos,--dijo el inválido del puente.--Lleváis una criatura que puede andar. Debéis pues pagar dos.
Pagó, contrariado de que su paso hubiese dado lugar á una observación. Toda fuga debe pasar inadvertida.
Un gran carro atravesaba el Sena al propio tiempo que iba él también hacia la orilla derecha. Esto le favoreció mucho, puesto que pudo atravesar todo el puente á la sombra de aquel carro.
Hacia la mitad del puente, teniendo Cosette los pies entumecidos, quiso andar. Él la puso en el suelo y volviola á tomar de la mano.
Salvado ya el puente, distinguió en frente de él, hacia la derecha, unos depósitos de madera. Dirigióse allí; pero para llegar era preciso atravesar un ancho espacio descubierto é iluminado. No vaciló. Los que le perseguían estaban evidentemente despistados, y Juan Valjean se creía fuera de peligro. Buscado sí, pero no seguido.
Abríase entre dos de aquellos depósitos, cercados de tapia, una callejuela, la del Chemin Vert Saint Antoine. Era la tal, estrecha, obscura y como hecha á propósito para él. Antes de entrar miró tras de sí.
Desde allí donde estaba, veía en toda su longitud el puente de Austerlitz.
Cuatro sombras acababan de entrar en el puente.
Esas sombras volvían la espalda al Jardín Botánico dirigiéndose hacia la orilla derecha.
Aquellas cuatro sombras eran los cuatro hombres.
Juan Valjean sintió el estremecimiento de la fiera descubierta.
Quedábale una esperanza, y era que quizá aquellos cuatro hombres no habían entrado aún en el puente y no le habrían distinguido en el momento en que él había atravesado, con Cosette de la mano, el gran espacio iluminado.
En este caso, penetrando por la callejuela delante de la cual se encontraba, logrando llegar á los depósitos, huertas, sembrados y terrenos baldíos, podía escapar fácilmente.
Pareciéndole que podía confiar en aquella callejuela silenciosa, entró en la misma.
III =Véase el plano de París de 1727=
Á cosa de unos trescientos pasos, llegó á un punto en que la calle bifurcaba. Dividíase oblicuamente en dos, una á la izquierda y otra á la derecha. Juan Valjean tenía delante de sí como los dos brazos de una. Y. ¿Cuál debía seguir?
No vaciló un momento, y tomó por la derecha.
¿Por qué?
Porque la izquierda se dirigía hacia el arrabal, es decir, á los sitios habitados, y la derecha hacia el campo, es decir, á los lugares desiertos.
Entre tanto, no andaba muy aprisa. El paso de Cosette acortaba el de Juan Valjean.
Volvió á tomarla en brazos. Cosette apoyaba su cabeza sobre el hombro de su buen conductor sin decir una sola palabra.
Volvíase de cuando en cuando para mirar teniendo buen cuidado de ir por el lado sombrío de la calle. La calle seguía recta detrás de él, y las dos ó tres primeras veces que volvió la cabeza no vió nada; el silencio era profundo; continuó pues su marcha algo tranquilizado. De pronto, en cierto momento, al volverse, parecióle divisar, por la parte de la calle que acababa de pasar, á lo lejos, entre la obscuridad, algo que se movía.
Precipitóse adelante, mejor que anduvo, esperando encontrar alguna callejuela lateral, y huir por ella, haciendo perder una vez más su pista.
Pero encontró una tapia.
Aquella tapia, sin embargo, no era un obstáculo para seguir adelante; era una pared que costeaba una callejuela transversal, en la cual terminaba la calle que venía siguiendo Juan Valjean.
Era allí preciso tomar nuevamente por la derecha ó por la izquierda.
Miró á la derecha. La callejuela se prolongaba á trozos entre construcciones, que eran cobertizos ó granjas, pero no tenían salida. Veíase claramente el fondo cerrado por una gran pared blanca.
Miró á la izquierda. La callejuela por este lado estaba abierta, y á distancia como de doscientos pasos, penetraba en otra calle de la que era afluente. Por aquella parte estaba su salvación.
En el momento en que Juan Valjean pensaba tomar por la izquierda, á fin de llegar hasta la calle que se divisaba al extremo de la callejuela, observó en el ángulo formado con la otra, á la cual se dirigía, una especie de estatua negra, inmóvil.
Era evidentemente un hombre apostado allí que esperaba para cortarle el paso.
Juan Valjean retrocedió.
El punto de París en que se encontraba Juan Valjean, situado entre el arrabal Saint Antoine y la Râpée, es uno de los que han sido completamente reformados por obras recientes, afeándole, según unos, transfigurándole según otros. Los cultivos, los almacenes y los edificios viejos, han desaparecido. Hoy existen en su lugar grandes calles modernas, anfiteatros, circos, hipódromos, estaciones de caminos de hierro, una cárcel, Mazas; el progreso, como se ve, con su correctivo.
Hace medio siglo, en la lengua usual popular, compuesta toda ella de tradiciones, que se obstina en llamar al Instituto _las Cuatro Naciones_, y á la Ópera Cómica _Feydeau_, el preciso lugar adonde había llegado Juan Valjean se llamaba _Le Petit Picpus_. La puerta de Saint Jacques, la puerta de París, la barrera de los Sargentos, los Porcherons, la Galiota, los Celestinos, los Capuchinos, el Mail, la Bourbe, el árbol de Cracovia, la Pequeña Polonia, el Pequeño Picpus, son nombres del París antiguo que sobrenadan en el nuevo. La memoria del pueblo flota sobre los residuos del pasado.
El Pequeño Picpus, que por lo demás apenas ha existido y nunca pasó de ser la sombra de un barrio, tenía casi el aspecto monacal de una ciudad española[11]. Los senderos estaban apenas apisonados, las calles poco edificadas. Á excepción de las dos ó tres de las que vamos á hablar, todo eran tapias y soledad. Ni una tienda, ni un carruaje; apenas aquí y allá alguna luz encendida en las ventanas; siendo todas apagadas á las diez. Jardines, conventos, depósitos de maderas, huertas, algunas, pocas, casas bajas, y grandes tapias tan elevadas como las casas.
Tal era aquel barrio en el último siglo. La Revolución lo había ya maltratado. La municipalidad republicana lo había demolido, atravesado y agujereado. Habíanse establecido allí depósitos de cascotes. En treinta años ha ido desapareciendo este cuartel bajo el rasero de las nuevas construcciones. Hoy no queda ya el menor vestigio.
El Pequeño Picpus del que no guarda indicio ninguno de los planos actuales, está bastante bien indicado en el plano de 1727, publicado en París por la casa Denis Thierry, calle de Saint Jacques, frente á la de Platre, y en Lyon en casa Juan Girin, calle Mercière, en la Prudence. El Pequeño Picpus dibujaba lo que acabamos de llamar una Y de calles, formada por la del Chemin Vert Saint Antoine, separándose en dos ramas; tomando la izquierda el nombre de callejuela de Picpus, y la derecha el de calle de Polonceau. Las dos ramas de la Y estaban reunidas en su parte superior como por una barra. Esta barra se llamaba calle del Droit-Mur. La calle de Polonceau desembocaba en ella; la callejuela de Picpus seguía más allá, y avanzaba hacia el mercado Lenoir. Subiendo del Sena, los que llegaban al extremo de la calle de Polonceau tenían á su izquierda la calle Droit-Mur, volviendo bruscamente en ángulo recto, en frente la tapia de esta última, y á su derecha una prolongación truncada de la misma calle Droit-Mur, sin salida, llamada el callejón Genrot.
Éste era el punto donde se encontraba Juan Valjean.
Como hemos dicho ya, al distinguir la negra silueta del espía en el ángulo de la calle Droit-Mur y la callejuela de Picpus, retrocedió. No cabía duda; estaba siendo objeto de la vigilancia de aquel fantasma.
¿Qué hacer?
No estaba ya á tiempo de retroceder. Lo que había visto moverse en la sombra á alguna distancia detrás de él un momento antes era, sin duda, Javert y su ronda. Javert estaba ya probablemente á la embocadura de la calle, en cuyo extremo se hallaba Juan Valjean. Javert, según todas las apariencias, conocía perfectamente aquel pequeño dédalo y había tomado sus precauciones, enviando á uno de sus hombres á guardar la salida. Estas conjeturas, tan parecidas á la evidencia, se arremolinaron enseguida como un puñado de polvo que hace girar una ráfaga súbita de viento, en el dolorido cerebro de Juan Valjean. Examinó éste el callejón sin salida llamado Genrot; allí estaba la valla. Examinó después la callejuela Picpus; allí el centinela. Veía esta figura sombría destacarse en negro sobre el blanco suelo inundado de luz por la luna. Avanzar, era caer en manos de aquel hombre. Retroceder era lanzarse en brazos de Javert. Juan Valjean se sentía cogido como por un lazo que fuera estrechándose lentamente.
Miró al cielo con desesperación.
IV =Tentativas de evasión=
Para comprender lo que vamos á decir, es preciso figurarse de una manera exacta la calleja Droit-Mur, y en particular el ángulo que quedaba á la izquierda, al salir de la calle Polonceau para entrar en ella. La calleja de Droit-Mur estaba casi enteramente á la derecha, hasta la callejuela de Picpus, formada por casas de pobre apariencia; á la izquierda por un solo edificio de aspecto severo, compuesto de varios cuerpos, que iba aumentando gradualmente uno ó dos pisos á medida que se aproximaban á la callejuela de Picpus, de suerte que ese edificio, muy elevado por esta última calle, resultaba muy bajo por la de Polonceau. Aquí, en la parte del ángulo de que hemos hablado, descendía hasta el extremo de no ser más que una sencilla tapia, la cual no terminaba en la recta de la calle, sino que formaba un chaflán muy rebajado, oculto por sus dos esquinas á dos observadores que estuviesen, el uno en la calle Polonceau y el otro en la de Droit-Mur.
Á partir de los dos ángulos del chaflán, la pared se prolongaba por la calle Polonceau hasta una casa señalada con el número 49, y por la calle Droit-Mur, donde su extensión era mucho menor, hasta el edificio sombrío de que hemos hablado, y cuyo primer trozo de fachada cortaba lateralmente, formando así en la calle un nuevo ángulo entrante. Esta parte de la fachada era de triste aspecto; no se veía en ella más que una ventana, ó por mejor decir, dos postigos, cubiertos por una plancha de cinc, siempre cerrados.
La manera de ser de los lugares que describimos es rigurosamente exacta y despertará de seguro recuerdos fidelísimos en la mente de los antiguos moradores del barrio.
El chaflán estaba enteramente ocupado por una cosa que se parecía á una puerta colosal y miserable. Era una vasta é informe unión de tablas perpendiculares más anchas las de arriba que las de abajo, enlazadas por largas tiras de hierro trasversales. Al lado había una puerta cochera de dimensiones comunes, cuya construcción no se remontaba evidentemente más allá de cincuenta años.
Un tilo mostraba su ramaje por cima del chaflán, y la pared estaba cubierta de hiedra por el lado de la calle Polonceau.
Dado el inminente peligro que corría Juan Valjean, tenía este edificio sombrío cierta apariencia de inhabitado y solitario que le atraía. Recorrióle rápidamente con la vista. Diciéndose que si lograba penetrar en él, quizá se salvaría; tuvo, pues, de pronto, una idea y una esperanza.
En la parte media de la fachada de aquel edificio por la calle Droit-Mur, había en todas las ventanas de los diversos pisos antiguas vertedoras de embudo hechas de plomo. Los diversos empalmes de estos conductos que iban á parar de las cubetas al conducto central, dibujaban sobre la fachada una especie de árbol. Dicha ramificación de tubos con sus cien codos, imitaban perfectamente las parras deshojadas que se extienden retorcidas por las paredes de las antiguas granjas.
Aquella caprichosa espaldera de ramas de plomo y hoja de lata, fué el primer objeto que llamó la atención de Juan Valjean. Sentó á Cosette de espaldas contra un guardacantón, recomendándola el silencio, y corrió al sitio en que el canalón principal llegaba al suelo. Quizá hubiese medio de trepar por allí y entrar en la casa. Pero el conducto estaba destrozado é inservible, pudiéndose sostener apenas donde estaba. Además, todas las ventanas de aquella morada silenciosa estaban guardadas por espesas rejas de hierro, hasta las de las buhardillas de la techumbre. Y luego, la luna alumbraba de lleno la fachada, y el hombre que observaba á Juan Valjean desde el extremo de la calle, hubiera podido ver si la escalaba. Finalmente ¿qué hacer de Cosette? ¿Cómo subirla á lo alto de una casa de tres pisos? Renunció, pues, á trepar por el canalón, subiendo á lo largo de la pared para entrar de nuevo en la calle de Polonceau.
Cuando llegó al chaflán donde había dejado á Cosette, advirtió que nadie podía verle. Y como acabamos de decir, escapábase á todas las miradas de cualquier lado que viniesen. Además estaba en la sombra. En fin, había dos puertas; quizá podría forzarlas. La tapia sobre la cual se veía el tilo y la hiedra, daba evidentemente á un jardín, donde podría al menos esconderse, aun cuando los árboles no tenían hoja todavía, pasando así el resto de la noche.
Corría el tiempo; era preciso correr igualmente.
Tentó la puerta cochera, y reconoció desde luego que estaba condenada por dentro como por fuera.
Llegóse á la otra puerta grande más esperanzado. Estaba atrozmente desvencijada, su misma extensión la hacía menos sólida, las tablas estaban podridas, y las ligaduras de hierro, que eran sólo tres, estaban enmohecidas. Parecía posible taladrar aquella barrera carcomida.
Al examinarla, vió que lo que creía puerta no era tal puerta. No tenía goznes, ni pernios, ni cerradura, ni partición en medio. Las barras de hierro la atravesaban de parte á parte sin solución de continuidad. Por las hendiduras de las tablas divisó cascotes y guijarros groseramente cimentados, que los transeuntes podían ver todavía hace diez años. Le fué preciso reconocer tristemente que aquella apariencia de puerta era simplemente el paramento de madera de una tapia á que estaba pegado. Era muy fácil arrancar una tabla, pero se encontraría frente á frente con una pared.
V =Lo que sería imposible con el alumbrado por gas=
En aquel momento un ruido sordo y acompasado empezó á dejarse oir á cierta distancia. Juan Valjean arriesgóse á mirar cautelosamente por fuera de la esquina de la calle. Siete ú ocho soldados, formados en pelotón, acababan de desembocar en la calle Polonceau. Vió brillar las bayonetas. Aquello se dirigía hacia él.
Dichos soldados al frente de los cuales distinguía la elevada figura de Javert, avanzaban lentamente y con precaución. Parábanse con mucha frecuencia. Era indudable que exploraban todos los rincones de las paredes y todos los huecos de puertas y pasadizos.
No cabía ya la menor equivocación ni conjetura; aquélla era una patrulla que Javert había encontrado, y á la que había pedido auxilio.
Los dos acólitos de Javert venían en las filas.
El paso que llevaban y con las paradas que hacían, necesitaban un cuarto de hora para llegar al sitio en que se encontraba Juan Valjean. Fué aquél un instante terrible. Pocos minutos separaban á Juan Valjean de aquel espantoso precipicio que se abría delante de él por la tercera vez. Y el presidio no era ya solamente el presidio, era Cosette perdida para siempre; es decir, una vida parecida al interior de una tumba.
No había más que una cosa posible.
Juan Valjean tenía una particularidad; podía decirse que llevaba dos alforjas: en la una guardaba loa pensamientos de un santo, en la otra los terribles talentos de un presidiario. Buscaba en una ó en otra, según el caso.
Entre otros recursos, gracias á sus numerosas evasiones del penal de Tolón, recuérdese que era maestro consumado en el arte increíble de elevarse sin escala, sin garfios, con sólo la fuerza muscular, apoyándose en la nuca, en los hombros, en las caderas y en las rodillas, ayudándose en los más insignificantes relieves de las piedras, por el ángulo derecho de un muro, hasta la altura de un sexto piso si era menester: arte que ha hecho tan terrible como célebre el rincón del patio de la Conserjería de París por donde se escapó, hace unos veinte años, el condenado Battemolle.
Juan Valjean midió con los ojos el muro, sobre del cual asomaba el tilo. Tendría unos diez y ocho pies de altura. El ángulo que formaba con la fachada lateral del gran edificio estaba relleno en su parte inferior con un macizo de manpostería de forma triangular, destinado probablemente á preservar aquel harto cómodo rincón, de las paradas de esos estercoleros que llamamos transeuntes. Este relleno preventivo de los rincones de pared está muy generalizado en París.
Aquel macizo tendría unos cinco pies de altura. Desde su parte superior, el espacio que había que salvar hasta colocarse sobre la tapia apenas llegaba á catorce pies.
El muro estaba coronado de piedra lisa, sin cabrio.
La dificultad estribaba en Cosette. En Cosette que no sabía escalar un muro. ¿Abandonarla? Juan Valjean no podía soñar con ello. Subirla consigo era imposible. Todas las fuerzas de un hombre le son indispensables para llevar á cabo semejantes ascensiones. El menor peso trastornaría su centro de gravedad y le precipitaría.
Faltábale una cuerda. Juan Valjean no la tenía ¡Dónde encontrar una cuerda, á media noche, en la calle Polonceau? Seguramente que en aquel instante, si Juan Valjean hubiera poseído un reino, lo habría dado gustoso por una cuerda.
Todas las situaciones extremas tienen sus destellos, que así nos deslumbran como nos iluminan.
La mirada desesperada de Juan Valjean dió con el sustentáculo del farol del callejón Genrot.
En aquella época, no estaban aún iluminadas por el gas las calles de París. Al anochecer se encendían faroles de reverbero, colocados de trecho en trecho, los cuales subían y bajaban por medio de una cuerda que atravesaba la calle de parte á parte, y que se ajustaba en la ranura de una palomilla. El torniquete en el cual se arrollaba la cuerda, estaba empotrado en la pared, más abajo del farol, dentro de un pequeño armario de hierro cuya llave tenía el farolero, y hasta la misma cuerda estaba protegida por un tubo de metal.
Juan Valjean, con la energía de una lucha suprema, cruzó la calle de una zancada, entró en un callejón é hizo saltar el pasador del armario con la punta de su navaja: poco después estaba nuevamente junto á Cosette. Tenía ya la cuerda. Son muy listos en sus maniobras esos sombríos descubridores de expedientes, luchando con la fatalidad.
Hemos dicho que los faroles no habían sido encendidos aquella noche. El farol del callejón Genrot estaba, pues, naturalmente, apagado como los demás; y podíase pasar junto al mismo sin notar siquiera que no estaba en su sitio.
Mientras tanto, la hora, el lugar, la obscuridad, la preocupación de Juan Valjean, sus gestos singulares, sus idas y venidas, todo eso empezaba á inquietar á Cosette. Cualquiera otra criatura que ella, hubiera ya gritado hacía rato. Limitóse á tirar á Juan Valjean del faldón de la levita. Seguía oyéndose cada vez más claro el ruido de la patrulla que se acercaba.
--Padre,--dijo ella por lo bajo,--tengo miedo. ¿Quién viene ahí?
--¡Chist!--respondió el pobre hombre.--Es la Thénardier.
Cosette se estremeció. Él añadió:
--No digas nada. Déjame hacer á mí. Si gritas, si lloras, la Thénardier te descubre. Viene para llevarte.
Entonces, sin preocuparse, pero sin perder tiempo, con una precisión firme y resuelta, tanto más de notar en semejante caso, ya que la patrulla y Javert podían aparecer de un instante á otro, quitóse su corbata, pasola alrededor del cuerpo de Cosette por bajo de los sobacos, teniendo cuidado de no lastimarla, ató la corbata á un cabo de la cuerda por medio de un nudo, llamado de golondrina por las gentes de mar, tomó el otro cabo de la cuerda entre los dientes, quitóse los zapatos y las medias, que arrojó á la otra parte de la tapia, subió sobre el macizo de mampostería, y empezó á elevarse entre el ángulo del muro y de la fachada, con tanta seguridad y aplomo como si hubiese tenido escalones en que apoyar las plantas y los codos. Aún no se había pasado medio minuto estaba ya de rodillas sobre la tapia.
Cosette le miraba con estupor, sin decir una sola palabra. El encargo de Juan Valjean y el nombre de la Thénardier la habían helado.
De súbito oyó la voz de Juan Valjean que le gritaba, pero en voz muy baja.
--Arrímate á la tapia.
Ella obedeció.
--No hables ni tengas miedo,--repuso Juan Valjean.
Y ella sintió elevarse del suelo.
Antes de que hubiese tenido tiempo de darse cuenta de lo que le sucedía, estaba ya también en lo alto del muro.
Juan Valjean la cogió, cargó con ella á cuestas asiendo sus manecitas con su mano izquierda, echóse boca abajo, y arrastrándose por el corte del muro, llegó hasta el chaflán. Como se había creído, había allí un cobertizo, cuyo tejado partía de lo alto del cierre de tablas, y descendiendo así hasta el suelo, seguía un plano inclinado muy suave rozando con el tilo. Circunstancia feliz, porque la tapia era mucho más alta por este lado que por el de la calle. Juan Valjean no distinguía el suelo debajo de él, sino á mucha profundidad.
Acababa de llegar al plano indicado del tejado, y no había dejado aún la cresta del muro, cuando un murmullo violento anunció la llegada de la patrulla. Oyóse la voz tonante de Javert:
--¡Regístrese el callejón! La calle Droit-Mur está guardada, la callejuela Picpus también. ¡Yo respondo de que está en el callejón!
Los soldados se precipitaron en aquel callejón sin salida.
Juan Valjean se deslizó fácilmente á lo largo del tejado, llevando consigo á Cosette, y al llegar al tilo, saltó á tierra. Fuése miedo ó valor, Cosette no había respirado. Tenía las manos algo desolladas.
VI =Principio de un enigma=
Juan Valjean se hallaba en una especie de jardín vastísimo, de aspecto singular; uno de aquellos jardines tristes que parecen hechos para ser vistos de noche y en invierno. Era el tal jardín de forma oblonga con una calle de grandes álamos en el fondo, con arbolado bastante alto en los lados, y un espacio sin sombra en medio, donde se distinguía un árbol corpulento, aislado: después algunos árboles frutales, torcidos y erizados como gruesos matorrales, cuadros de legumbres, un melonar cuyas campanas de vidrio para resguardarle del frío brillaban á la luz de la luna, y un pozo antiguo. Había aquí y allá bancos de piedra, que parecían negros por el musgo. Las calles estaban bordeadas de pequeños arbustos, sombríos y rectos. La hierba invadía la mitad, y cierto moho verde cubría el resto.
Juan Valjean tenía á su lado el cobertizo cuyo tejado le había servido para bajar, un montón de haces de leña, y detrás, junto á la pared, una estatua de piedra, cuyo semblante mutilado no era ya más que una máscara informe que aparecía vagamente en la obscuridad.
El cobertizo era una especie de ruina donde se distinguían algunas habitaciones desmanteladas, de las cuales una, llena por completo de trastos, parecía ser la única que cumplía su objeto.
El gran edificio de la calle Droit-Mur, que daba la vuelta á la callejuela Picpus, presentaba sobre dicho jardín dos fachadas á escuadra. Estas fachadas interiores eran más lúgubres aún que las exteriores. Todas las ventanas tenían rejas. No se entreveía luz en ninguna. En los pisos superiores había tragaluces como en las cárceles. Una de aquellas fachadas proyectaba su sombra sobre la otra, descendiendo hasta el jardín como un inmenso manto negro.
No se veía otra casa alguna. En el fondo del jardín se perdía entre la bruma y la noche. Sin embargo, se distinguían confusamente algo como tapias cruzándose entre sí, indicando que había más allá otros huertos, y los tejados bajos de la calle Polonceau.
No puede imaginarse nada más aterrador y solitario que aquel jardín. No había nadie, lo que era muy natural dada la hora; pero no parecía que aquel sitio fuése á propósito para que nadie anduviera por él, ni aún en medio de la luz del día.
El primer cuidado de Juan Valjean fué el de buscar y calzarse sus zapatos, entrando luego en el cobertizo con Cosette. Quien huye no se cree jamás bastante escondido. La niña pensando siempre en la Thénardier, participaba del mismo instinto de ocultarse todo lo posible.
Cosette temblaba y se pegaba á él. Oíase el ruido tumultuoso de la patrulla que registraba el callejón y la calle, los culatazos contra las piedras, las voces de Javert llamando á los espías que tenía apostados, y sus imprecaciones mezcladas con palabras que no se entendían claramente.
Después de un cuarto de hora, pareció que aquella especie de zumbido borrascoso comenzaba á alejarse; Juan Valjean no respiraba apenas.
Había puesto suavemente su mano sobre la boca de Cosette.
Por lo demás, aquella soledad era tan extrañamente tranquila, que aquel barullo horrible, tan furioso y cercano, no producía en él la menor sombra de turbación. Parecía que aquellos muros estuviesen elevados con las piedras sordas de que nos habla la Escritura.
De pronto, en medio de aquella profunda calma levantóse un ruido nuevo, ruido celeste, divino, inefable, tan embelesador como era el otro horroroso. Era un himno suspendido de las tinieblas, un fulgor de súplica y de armonía en el obscuro y terrorífico silencio de la noche; voces de mujeres, pero voces compuestas á la vez del acento puro de las vírgenes y del sencillo acento de las niñas; de voces que no son de la tierra y que se parecen á las que los recién nacidos oyen todavía y los moribundos oyen ya. Aquel cántico venía del edificio sombrío que dominaba el jardín. En el instante en que el ruido de los demonios se alejaba, podía decirse que era un coro de ángeles aproximándose en la sombra.
Cosette y Juan Valjean cayeron de rodillas.
No sabían lo que era aquello; no sabían dónde estaban; pero ambos comprendían, el hombre y la niña, el penitente y la inocente, que debían estar de rodillas.
Aquellas voces tenían de extraño que no impedían que el edificio pareciese desierto. Era aquello como un canto sobrenatural en una morada deshabitada.
Mientras cantaban las voces, Juan Valjean no pensaba ya en nada. No veía la noche, veía un cielo azul. Parecíale sentir cómo se le desplegaban las alas que todos tenemos dentro de nosotros.
El canto se apagó. Había tal vez durado largo tiempo. Juan Valjean no hubiera podido decirlo. Las horas de éxtasis no son nunca más que de un minuto.
Todo había vuelto al silencio. Ningún ruido en la calle; ningún ruido en el jardín. Lo amenazador, como lo tranquilizador, se había desvanecido por completo. El viento rozaba sobre la cresta de la tapia algunas yerbas secas, que producían un murmullo suave y lúgubre.
VII =Continuación del enigma=
Soplaba ya la brisa de la noche, la cual indicaba que debía ser la una ó las dos de la madrugada. La pobre Cosette no decía nada. Como se había sentado al lado de Juan Valjean, y apoyaba en él su cabeza, creyó éste que se había dormido. Inclinóse y la miró.
La niña tenía los ojos desmedidamente abiertos, y cierto aire pensativo que apenó á Juan Valjean.
Además seguía temblando.
--¿Tienes sueño?--le dijo Juan Valjean.
--Tengo mucho frío,--respondió ella.
Un momento después le preguntó:
--¿Está ahí todavía?
--¿Quién?--dijo Juan Valjean.
--La señora Thénardier.
Juan Valjean había ya olvidado el medio de que se había valido para imponer silencio á Cosette.
--¡Ah!--prorrumpió él.--Se ha ido. No temas ya nada.
La criatura suspiró como si le quitaran del pecho un grave peso.
La tierra estaba húmeda y el cobertizo abierto por todas partes; la brisa era más fresca á cada instante. El buen hombre se quitó el levitón, envolviendo con él á Cosette.
--¿Tienes así menos frío? le preguntó.
--¡Oh! ¡Sí, padre!
--Pues bien, espérate un instante. Vuelvo enseguida.
Salió de las ruinas, y empezó á correr á lo largo del gran edificio, buscando donde cobijarse mejor. Encontró puertas, pero estaban cerradas. Las ventanas del piso bajo todas tenían reja.
Cuando hubo pasado el ángulo interior del edificio, notó que se iba acercando á unas ventanas cintradas, distinguiendo en ellas alguna claridad. Levantóse de puntillas y miró por una de aquellas ventanas. Daban todas á una sala vastísima, embaldosadas con grandes losas, cortada por arcos y pilares, donde no se distinguía nada más que una débil luz y grandes sombras. La luz provenía de una lamparilla encendida en un rincón. Aquella sala estaba desierta, y nada se movía en ella. Sin embargo, á fuerza de mirar, creyó ver en tierra, sobre las losas del pavimento, algo que parecía cubierto por un sudario que aparentaba tener forma humana. Estaba boca abajo, la cara contra el enlosado, los brazos en cruz, en la inmovilidad de la muerte. Hubiérase dicho que era una especie de serpiente arrastrándose por el suelo, y que aquella forma siniestra tenía el cordel al cuello.
Toda la sala estaba inundada por aquella bruma de los sitios apenas alumbrados, que aumenta sus horrores.
Juan Valjean ha dicho después distintas veces, que aun cuando había visto durante su vida muchos espectáculos fúnebres, nunca había presenciado nada más glacial y terrible que aquella figura enigmática, cumpliendo, quien sabe qué misterio desconocido, en aquel lugar sombrío y así entrevisto en plena noche. Da grima suponer que aquello pudiese ser algún muerto, y más aun todavía pensar que fuése acaso un vivo.
Tuvo el valor de pegar su frente al vidrio y observar si aquello se movería; pero por mucho que así permaneció durante un espacio que le pareció larguísimo, la forma extendida no hizo el menor movimiento. De pronto se sintió sobrecogido por cierto indescriptible terror y huyó. Echó á correr hacia el cobertizo sin atreverse á volver la vista atrás. Parecíale que, si volvía la cabeza, vería la figura corriendo detrás de él agitando los brazos.
Llegó jadeante á las ruinas. Doblábansele las rodillas, y el sudor corría por todo su cuerpo.
¿Dónde estaba? ¿Quién habría podido imaginar jamás nada semejante á aquella especie de sepulcro en medio de París? ¿Qué venía á ser aquella extraña mansión? ¡Edificio lleno de misterio nocturno, llamando á las almas en la sombra con la voz de los ángeles, y cuando acuden, les ofrece bruscamente aquella espantosa visión; prometiendo abrir las puertas radiantes del cielo y no abriendo más que aquella horrible puerta de la tumba! ¡Y aquello era realmente un edificio, una casa que tenía su número en una calle! ¡No era un sueño! Necesitaba para creerlo tocar las piedras.
El frío, la ansiedad, la inquietud, las emociones de la noche le habían producido una verdadera fiebre, y todas estas ideas chocábanse entre sí dentro de su cerebro.
Acercóse á Cosette. Estaba durmiendo.
VIII =Auméntase el enigma=
La niña había colocado su cabeza sobre una piedra, y se había dormido.
Sentóse él junto á ella, y púsose á contemplarla. Poco á poco, á medida que la miraba, se iba calmando y recobrando la posesión de su libertad de espíritu.
Explicábase claramente esta verdad, fondo de su vida para lo sucesivo, esto es: que mientras ella existiera, mientras ella estuviese cerca de él, no tendría él necesidad de nada sino para ella, ni miedo de nada sino por ella. Ni sentía siquiera que tenía mucho frío, habiéndose quitado su levitón para abrigarla á ella.
Sin embargo, al través de la meditación en que había caído, oía hacía algún rato un ruido singular. Era como de un cascabel que se agitara. Aquel ruido estaba en el jardín. Oíale claro, aunque débilmente. Parecíase á la vaga y débil música que producen los cencerros de los ganados pastando por la noche en los prados.
Aquel ruido hizo que se volviese Juan Valjean.
Miró, y vió que había alguien en el jardín.
Un ser que tenía apariencias de hombre, andaba por entre las campanas del melonar, levantándose, bajándose, parándose con movimientos regulares, como si arrastrase ó extendiese alguna cosa por tierra. Aquél ser parecía cojear.
Juan Valjean se estremecía con aquel temblor continuo de los desgraciados, á quienes todo es hostil y sospechoso. Desconfían del día porque ayuda á verlos, y de la noche porque ayuda á que se les sorprenda. Hacía poco, temblaba de que el jardín estuviese desierto, y entonces se estremecía de que hubiese alguien.
Volvió otra vez de los terrores quiméricos á los terrores reales. Creyó que Javert y los polizontes no se habían marchado tal vez, y que sin duda había quedado gente de observación en la calle; que si aquel hombre le descubría en el jardín, gritaría ladrones, y le entregaría. Cogió entonces suavemente á Cosette dormida entre sus brazos, llevándosela detrás de un montón de muebles y trastos viejos, al rincón más oculto del cobertizo. Cosette no se movió.
Desde allí observó los ademanes del ser que estaba en el melonar. Lo que le parecía extraordinario era que el ruido del cascabel seguía todos los movimientos de aquel hombre. Cuando el hombre se aproximaba, el ruido se aproximaba también, cuando se alejaba, se alejaba el ruido igualmente; si hacía algún gesto precipitado, un _trémolo_ acompañaba el gesto; cuando se paraba, cesaba el ruido al mismo tiempo. Parecía, por lo tanto, evidentemente que el cascabel estaba unido al hombre; pero ¿qué podía significar aquello? ¿Quién podía ser aquel individuo que llevaba colgando una campanilla como un carnero ó como un buey?
Haciéndose estas reflexiones, tocó las manos de Cosette. Estaban heladas.
--¡Ay, Dios mío!--exclamó.
Y la llamó en voz baja:
--¡Cosette!
Ella no abrió los ojos.
Sacudiola vivamente.
No despertó.
--¡Estará muerta!--dijo para sí; y se levantó, temblando de pies á cabeza.
Las ideas más horribles atravesaron su espíritu confusamente. Hay momentos en que nos asaltan las suposiciones más horrendas como un escuadrón de furias, forzando violentamente las paredes de nuestro cerebro. Cuando se trata de aquellos á quienes amamos, nuestra prudencia inventa todas las locuras. Recordó que el sueño puede ser mortal al contacto del aire de una noche fría.
Cosette, pálida, estaba tendida en tierra á sus pies, sin hacer el menor movimiento.
Escuchó su respiración; respiraba, es verdad, pero á su parecer tan débilmente, que pensó se extinguía.
¿Cómo reanimarla? ¿Cómo despertarla? Todo lo que no era esto se borró de su mente. Salió desatentado de entre las ruinas.
Era absolutamente necesario que antes de un cuarto de hora estuviese Cosette delante de la lumbre, y en la cama.
IX =El hombre del cascabel=
Se fué derecho al hombre que veía en el jardín, llevando en la mano el paquete de dinero que sacó del bolsillo de su chaleco.
Aquel hombre tenía inclinada la cabeza, y no le vió acercarse. En pocos pasos Juan Valjean se puso á su lado, y dirigiéndose al hombre exclamó por todo saludo:
--¡Cien francos!
Sobresaltóse el hombre y levantó los ojos:
---¡Cien francos á ganar,--repitió Juan Valjean,--si me dais asilo por esta noche!
La luna iluminaba de lleno el asustado semblante de Juan Valjean.
--¡Vaya! ¡Sois vos señor Magdalena!--exclamó el hombre.
Este nombre, pronunciado á aquella hora sombría, en aquel lugar solitario, por aquel hombre desconocido, hizo retroceder á Juan Valjean.
Todo se lo esperaba menos eso. El que le hablaba era un viejo, cojo y encorvado, vestido casi como un aldeano, que llevaba en la pierna izquierda una rodillera de cuero, de la que pendía un gran cascabel. No se distinguía su semblante por estar en la sombra.
Entre tanto el hombre se había descubierto y exclamaba temblando:
--¡Ay! ¡Dios mío! ¿Cómo estáis aquí, señor Magdalena? ¿Por dónde habéis entrado? ¡Jesús! ¡Dios mío! ¿Habéis caído del cielo? Pero no lo extraño; si caéis alguna vez, del cielo caeréis... Pero ¿cómo es esto? ¿Vos sin corbata, ni sombrero, ni levita? ¿Sabéis que hubiérais dado miedo á quien no os hubiese conocido?... ¡Sin levita! ¡Señor Dios mío! Pero ¿es que los santos se han vuelto locos hoy?... Pero ¿cómo habéis entrado aquí?
Una palabra no esperaba la otra. El buen viejo hablaba con una volubilidad en que no se descubría inquietud alguna; decía todo esto con cierta mezcla de asombro y sencilla honradez.
--¿Quién sois vos? ¿Qué casa es ésta?--preguntó Juan Valjean.
--¡Ah! ¡Pardiez! ¡Eso sí que es gracioso!--exclamó el viejo.--Estoy aquí colocado por vos; y es esta casa la casa en que me colocasteis. ¡Cómo! ¿No me conocéis?
--No,--dijo Juan Valjean.--¿Cómo me conocéis vos á mí?
--Me habéis salvado la vida,--dijo el hombre.
Entonces se volvió, y á la luz de un rayo de luna reconoció Juan Valjean al tío Fauchelevent.
--¡Ah!--dijo Juan Valjean.--Sí, os reconozco.
--¡Me alegro!--dijo el viejo en tono de reconvención.
--¿Y qué hacéis aquí?--preguntó Valjean.
--¡Vaya! Estoy cubriendo mis melones.
En efecto; el tío Fauchelevent tenía en la mano, en el momento en que Juan Valjean se le acercó, uno de los serones que iba extendiendo sobre el melonar, y había ya colocado muchos otros en una hora que hacía que estaba en el jardín. Era esta operación lo que le obligaba á hacer los movimientos particulares que había observado Juan Valjean desde el cobertizo. El hombre continuó:
--Yo me he dicho: la luna es muy brillante, va á helar; pues voy á ponerles el carric á mis melones para que no se constipen.--Y añadió, mirando á Juan Valjean y riéndose:--¡Habríais hecho muy bien en hacer vos lo mismo! ¿Pero cómo os veo así?
Juan Valjean, viendo que este hombre le conocía, á lo menos por señor Magdalena no adelantaba sino cautelosamente. Él multiplicaba las preguntas.
¡Cosa rara! ¡Los papeles parecían trocados! El intruso era quien interrogaba.
--¿Y qué campanilla es ésa que lleváis en la pierna?
--Eso,--dijo Fauchelevent,--es para que eviten mi presencia.
--¡Cómo! ¿Para que eviten vuestra presencia?
El viejo Fauchelevent guiñó el ojo de un modo inexplicable.
--¡Virgen santa! En esta casa no hay más que mujeres, hay muchas jóvenes, y parece que es peligrosa mi presencia. El cascabel las avisa y cuando yo me acerco ellas se alejan.
--¿Pues qué casa es ésta?
--¡Toma! Bien debéis saberlo.
--No, ¡qué he de saber!
--¿Pues no me habéis hecho colocar aquí de jardinero?
--Respondedme como si nada supiera.
--Pues bien: éste es el convento del pequeño Picpus.
Juan Valjean iba coordinando sus recuerdos. La casualidad, es decir, la Providencia, le había arrojado precisamente en el convento del barrio de San Antonio, en que por recomendación suya había sido admitido hacía dos años el tío Fauchelevent, inutilizado de resultas de la caída de su carreta.
Repitió, pues, como hablando consigo mismo:
--¡El convento del pequeño Picpus!
--Pero al hecho,--dijo Fauchelevent.--¿Cómo diablos habéis entrado aquí, señor Magdalena? Por más que podéis ser muy bien un santo, sois un hombre, y los hombres no pueden entrar aquí.
--Pues, ¿no estáis vos?
--No hay nadie más que yo.
--Sin embargo,--dijo Juan Valjean,--es preciso que yo me quede aquí.
--¡Ay, Dios mío!--exclamó Fauchelevent.
Juan Valjean se aproximó al buen viejo, y le dijo con acento grave:
--Tío Fauchelevent, yo os salvé la vida.
--Yo he sido el primero en recordarlo,--respondió Fauchelevent.
--Pues bien; hoy podéis hacer por mí lo que yo hice por vos en otra ocasión.
Fauchelevent tomó entre sus arrugadas y temblorosas manos las dos robustas de Juan Valjean, y permaneció algunos momentos como si no pudiese hablar.
Por fin exclamó:
--¡Oh, sería una bendición del Dios bueno que yo pudiera hacer algo por vos! ¡Yo salvaros la vida!... Señor alcalde, disponed de este pobre anciano.
Su rostro se había como transfigurado por un sentimiento de admirable alegría; parecía irradiar.
--¿Qué queréis que haga?--preguntó.
--Ya os lo explicaré. ¿Tenéis aquí dentro habitación?
Tengo una choza aislada, allá detrás de las ruinas del antiguo convento, en un rincón oculto á todo el mundo. Allí hay tres cuartitos.
La barraca estaba, efectivamente, tan oculta detrás de las ruinas, y tan bien dispuesta para que nadie la viese, que Juan Valjean tampoco la había visto.
--Bien,--dijo Juan Valjean.--Ahora tengo que pediros dos cosas.
--¿Cuáles, señor alcalde?
--La primera es que no digáis á nadie lo que sabéis de mí. La segunda que no tratéis de saber más.
--Como queráis. Sé que no podéis hacer nada que no sea bueno, y que siempre seréis un hombre de bien... Además, vos me habéis empleado aquí; soy vuestro, estoy á vuestras órdenes.
--Está bien. Ahora venid conmigo. Vamos por la niña.
--¡Ah!--dijo Fauchelevent.--¡Hay una niña!
Sin añadir una palabra más, siguió á Juan Valjean como sigue á su amo un perro.
Habría pasado como media hora, cuando Cosette, iluminada por la llama de una buena hoguera, dormía en la casa del jardinero. Juan Valjean se había vuelto á poner la corbata y el levitón, y había encontrado el sombrero arrojado por encima de la tapia. Mientras que Juan Valjean se ponía la levita, Fauchelevent se había quitado la rodillera con el cascabel, que, colgada de un clavo cerca de un canasto, era una especie de adorno de la pared. Los dos hombres se calentaban apoyados los codos sobre una mesa, en que Fauchelevent había puesto un pedazo de queso, pan moreno, una botella de vino y dos vasos. El viejo decía á Juan Valjean, poniéndole la mano en la rodilla:--¡Ay, señor Magdalena! ¡No me habéis conocido enseguida! ¡Salváis la vida á la gente, y después la olvidáis! ¡Oh! ¡Eso está muy mal! ¡Ellos sin embargo se acuerdan de vos! ¡Sois un ingrato!
X =Donde se explica cómo Javert había espiado inútilmente=
Los acontecimientos que acabamos de describir en orden inverso, por así decirlo, habían tenido lugar en las condiciones más sencillas.
Cuando Juan Valjean, en la noche del mismo día en que Javert le prendió al lado del lecho mortuorio de Fantina, se escapó de la cárcel municipal de M* sur M*, la policía supuso que se habría dirigido á París. París es un embrollo donde todo se pierde, y todo desaparece en el seno de su mundo, como en el seno de la mar. No hay espesura que oculte á un hombre como aquella multitud. Los fugitivos de toda especie lo saben muy bien, y van á París como á un abismo; hay abismos que salvan.
La policía lo sabe igualmente, y así es que busca en París lo que ha perdido en otra parte. Allí buscó pues, al ex-alcalde de M* sur M*. Javert fué llamado á París para auxiliar á la policía en la persecución, y el celoso inspector ayudó en efecto poderosamente á la captura de Juan Valjean. El celo é inteligencia de Javert en aquella ocasión fueron mencionados por el señor Chabouillet, secretario de la prefectura en tiempo del conde Anglès, quien por lo tanto habiendo ya protegido á Javert, consiguió que el inspector de M* sur M* fuése incorporado á la policía de París. Ya en ella, Javert se hizo varias veces, y lo diremos aunque la frase parezca impropia de semejantes trabajos, honrosamente útil.
Ya no se acordaba de Juan Valjean: estos perros, siempre en acecho olvidan el lobo de ayer por el lobo de hoy: cuando en diciembre de 1823 leyó un periódico, cosa que no acostumbraba, pero como monárquico, quiso saber los detalles de la entrada triunfal del «príncipe generalísimo» en Bayona. Cuando acabó el artículo, objeto de su interés, llamó su atención en lo último de la página un nombre, el nombre de Juan Valjean. El periódico anunciaba que el presidiario Juan Valjean había muerto, y publicaba la noticia en términos tan formales, que á Javert no le cupo la menor duda; limitóse á decir: _Es ése el registro mejor_. Después dejó el periódico, sin acordarse más.
Algún tiempo después, una nota trasmitida por la prefectura del Sena Oise á la prefectura de París, advertía el robo de una niña, según decía, verificado con circunstancias particulares, en el término municipal de Montfermeil. Una niña de siete á ocho años, decía la nota, que había sido confiada por su madre á un posadero de la población, había sido robada por un desconocido. Aquella niña respondía al nombre de Cosette, y era hija de una mujer llamada Fantina, muerta en un hospital de no se sabía dónde ni cuándo. Esta nota pasó por las manos de Javert, y le dió que pensar.
El nombre de Fantina le era muy conocido; y recordaba que Juan Valjean le había hecho reir, pidiéndole un plazo de tres días para ir á buscar á la hija de la enferma. Recordó que Juan Valjean fué detenido en París en el momento en que subía en la diligencia de Montfermeil. Ciertos indicios habían hecho creer que era la segunda vez que subía en aquel carruaje, y que el día antes había hecho una excursión por los alrededores de Montfermeil, puesto que no había sido visto en el pueblo. ¿Qué tenía que hacer en Montfermeil? Nadie había podido averiguarlo, pero Javert lo adivinó entonces. Allí estaba la hija de Fantina, Juan Valjean iba á buscarla. Aquella niña acababa de ser robada por un desconocido. ¿Quién podía ser el desconocido? ¿Sería tal vez Juan Valjean? Pero Juan Valjean había muerto.
Javert, sin decir nada á nadie, tomó el carruaje del «Plato de estaño», en el callejón de la Planchette, é hizo un viaje á Montfermeil.
Creyendo encontrar allí una gran luz, encontró solamente obscuridad.
Durante los primeros días, los Thénardier, desesperados, habían charlado. La desaparición de la Alondra había hecho ruido en la población, habiéndose dado mil versiones á la historia, que había acabado por presentarse como la del rapto de una niña. De ahí la nota de la policía. Sin embargo, pasada la primera impresión, Thénardier, con su admirable instinto, había comprendido enseguida que no era conveniente llamar mucho la atención del procurador del rey, y que sus quejas sobre el _rapto_ de Cosette tendría por primer resultado atraer sobre sí, y sobre muchos negocios que tenía, la penetrante mirada de la justicia. Lo primero que los búhos rechazan, es la proximidad de la luz. ¿Cómo se justificaría de los mil quinientos francos que había recibido? Dió, pues, vuelta al asunto, amordazó á su mujer, haciéndose el asombrado cuando le hablaba alguien _de la niña robada_.
No sabía de qué se hablaba. Es verdad que se había quejado en el instante preciso en que «le quitaban» tan pronto su niña querida; que hubiera deseado tenerla consigo siquiera dos ó tres días más; pero como era «su abuelo» quien había ido á buscarla, nada más natural en el mundo. Había añadido, que el abuelo hizo bien. Ésta fué la historia que oyó Javert cuando llegó á Montfermeil. El abuelo desvanecía para él á Juan Valjean.
Javert, sin embargo, introdujo algunas preguntas á manera de sondas en la historia de Thénardier. ¿Quién era y cómo se llamaba el abuelo? Thénardier respondió sencillamente:
--Es un labrador rico. He visto su pasaporte, y me parece que se llama Guillermo Lambert.
Lambert era nombre de hombre de bien y tranquilizador. Javert se volvió á París.
--Juan Valjean está bien muerto,--díjose á sí mismo;--¡qué torpe soy!
Comenzaba ya á olvidar toda aquella historia, cuando en marzo de 1824 oyó hablar de un extraño personaje que vivía en la parroquia de San Medardo, conocido por «el mendigo que daba limosna». Este personaje era, según se decía, un rentista de quien nadie sabía el nombre, que vivía solo con una niña de ocho años, que tampoco sabía más sino que había venido de Montfermeil. ¡Montfermeil! Este nombre, sonado de nuevo á los oídos de Javert, llamó su atención. Un viejo mendigo, polizonte, que había sido bedel, al cual daba limosna el desconocido, dió otros varios detalles. El rentista era un hombre muy huraño; no salía más que de noche; no hablaba á nadie; á los pobres alguna que otra vez; no permitía que nadie se le acercase.
Llevaba un feo y viejo levitón amarillo, que valía muchos millones, por estar forrado de billetes de banco. Esto picó decididamente la curiosidad de Javert; y con objeto de ver de cerca á aquel hombre extraordinario sin asustarle, se puso un día el traje del pordiosero, y ocupó el lugar en que el soplón se acurrucaba todas las tardes, murmurando oraciones y espiando al través de su rezo.
«El individuo sospechoso» llegóse en efecto á Javert disfrazado, y le dió limosna; en aquel momento Javert levantó la cabeza, y Juan Valjean recibió la misma impresión al reconocer á Javert, que Javert al reconocer á Juan Valjean.
Sin embargo, la obscuridad hubiera podido engañarle; la muerte de Juan Valjean era oficial. Quedaban, pues, á Javert graves dudas, y en la duda, Javert, el hombre escrupuloso, no ponía su mano encima de nadie.
Siguió á su hombre hasta la casa de Gorbeau, é hizo «hablar á la vieja», lo cual no era difícil. La vieja confirmó lo del levitón forrado de millones, contándole el episodio del billete de mil francos. ¡Ella le había visto! ¡Ella le había tocado! Javert alquiló un cuarto, en el cual se instaló aquella misma noche. Púsose á escuchar á la puerta del misterioso huésped, esperando oir el sonido de su voz; pero Juan Valjean vió su luz por la cerradura, y chasqueó al espía, guardando silencio.
Al día siguiente Juan Valjean se marchó. Pero el ruido de la moneda de cinco francos que dejó caer fué notado por la vieja, quien, oyendo sonar dinero conoció que se iba á mudar, y se apresuró á avisar á Javert. Por la noche, cuando salió Juan Valjean, le estaba esperando Javert detrás de los árboles del boulevard en compañía de dos hombres.
Javert había pedido auxilio á la prefectura, pero no había dicho el nombre del individuo á quien pensaba prender. Éste era su secreto, que se había guardado por tres razones: en primer lugar, por la menor indiscreción podía despertar las sospechas de Juan Valjean; luego, porque echar mano á un antiguo presidiario escapado y tenido por muerto, á un condenado clasificado para siempre por la Justicia _entre los malhechores de peor condición_, era un gran servicio, que de seguro los antiguos polizontes de París no abandonarían á un novato como Javert, y temía que le arrebatasen su ex-presidiario; y finalmente, porque Javert era artista, y gustaba de lo imprevisto. Odiaba los sucesos anunciados, que pierden su mérito con lo que se habla de ellos antes de tiempo. Gustábale elaborar en la sombra sus grandes obras, y desenvolverlas después bruscamente.
Javert había seguido á Juan Valjean de árbol en árbol, luego de esquina en esquina, y no le había perdido de vista un solo instante, ni aún en los momentos en que Juan Valjean se creía en mayor seguridad. Pero ¿por qué Javert no detenía á Juan Valjean? Porque dudaba aún.
Debe recordarse que en aquella época la policía no obraba con toda libertad; la prensa libre la tenía á raya. Algunas detenciones arbitrarias denunciadas por los periódicos, habían resonado en las Cámaras é intimidado á la Prefectura. Atentar á la libertad individual era un hecho grave.
Los agentes temían equivocarse, porque el prefecto les hacía responsables á ellos, y un error importaba una destitución. Figurémonos el efecto que hubiera producido en París este breve suelto, reproducido por veinte periódicos:
«Ayer un anciano de cabellos blancos, respetable rentista, que paseaba acompañado de una niña de ocho años, nieta suya, fué detenido y conducido al depósito de la Prefectura como desertor de presidio».
Debemos repetir también, que Javert tenía sus escrúpulos; las prevenciones de su conciencia se unían á las prevenciones del prefecto. Dudaba en realidad.
Juan Valjean volvía la espalda, y marchaba en la obscuridad.
La tristeza, la inquietud, la ansiedad, el cansancio, el nuevo disgusto de verse obligado á huir de noche y buscar á la ventura un asilo en París para Cosette y para él, la necesidad de regular un paso al de una niña, todo esto había cambiado el modo de andar de Juan Valjean é impreso en su cuerpo tal aire de senectud, que la policía, encarnada en Javert, podía engañarse, y se engañó. La imposibilidad de aproximársele mucho, un traje de preceptor emigrado, la declaración de Thénardier que le hacía abuelo, y finalmente la creencia de su muerte en el penal, aumentaba la incertidumbre que iba acrecentándose en el espíritu de Javert.
Tuvo por un momento intención de detener bruscamente á Juan Valjean y pedirle sus documentos. Pero si aquel hombre no era Juan Valjean, y si no era el viejo y honrado rentista, podía seguramente ser algún bribón profunda y hábilmente mezclado en la obscura trama de los crímenes de París, algún jefe de partida peligroso, que daba limosna para ocultar sus mañas, costumbre ya generalizada. Tendría sin duda compañeros, cómplices, y lugares á propósito para ocultarse. Todas aquellas vueltas y revueltas que daba parecían indicar que no era simplemente un buen hombre. Detenerle de súbito, era «matar la gallina de los huevos de oro». Por otra parte, ¿qué inconveniente había en esperar? Javert estaba seguro de que no se le escaparía.
Le seguía, pues, bastante perplejo, é interrogándose cien veces acerca de aquel personaje enigmático.
Hasta que llegó á la calle Pontoise, gracias á la viva luz que salía de una taberna, no reconoció sin la menor duda á Juan Valjean. Existen en el mundo dos seres que se estremecen profundamente: la madre cuando encuentra á su hijo perdido, y el tigre cuando encuentra á su presa. Javert experimentó entonces ese estremecimiento profundo. Desde que tuvo la seguridad de que aquel hombre era Juan Valjean, el terrible presidiario, advirtió que en su persecución no le acompañaban mas que dos agentes, y pidió auxilio al comisario de policía de la calle de Pontoise. Para coger una vara de espino, hay que ponerse guantes.
El tiempo que advirtió para ello, y un minuto que se paró en la encrucijada Rollin para dar instrucciones á su agente, le hicieron perder la pista. No obstante, conoció enseguida que Juan Valjean trataría de poner el río entre él y sus perseguidores. Recogió la cabeza y reflexionó un momento como un sabueso que olfatea la tierra para descubrir el rastro. Javert, con su poderosa rectitud de instinto, se fué derecho al puente de Austerlitz. Una frase del peajero le puso al corriente:
--¿Habéis visto un hombre con una niña?
--Le he cobrado dos sueldos,--dijo el peajero.
Javert entró en el puente en el momento preciso de estar Juan Valjean al otro lado del río, atravesando, con Cosette de la mano, el espacio iluminado por la luna. Le vió entrar en la calle de Chemin ver Saint-Antoine; recordó el callejón Genrot que no tiene salida, situado allí como una trampa, y la única salida de la calle de Droit-Mur á la calle de Picpus. _Le cogió las vueltas_, como dicen los cazadores, y envió inmediatamente uno de sus agentes para que guardase aquella salida. Vió una patrulla que volvía al cuerpo de guardia del Arsenal; pidió auxilio, y se hizo acompañar por ella. En tales partidas, soldados son triunfos, para todo sirven. Para cercar al jabalí se necesita conocer la montería y tener muchos perros. Combinadas tales disposiciones, teniendo á Juan Valjean cogido entre el callejón por la derecha, su agente por la izquierda y él por detrás, tomó un polvo de tabaco.
Después empezó á obrar. Tuvo un momento de alegría infernal; dejó ir su presa delante de él, en la confianza de que la tenía segura, deseando retardar todo lo posible el instante de echarle mano, gozándose en tenerle cogido y verle marchar libre, pero cubriéndole con esa cruel y voluptuosa mirada de la araña, que deja volar la mosca, y del gato que deja que corra el ratón. La uña y la garra tienen una sensualidad monstruosa que se deleita con los movimientos confusos de la bestia aprisionada en su tenaza. ¡Cuánta delicia encierra aquella opresión!
Javert gozaba. Las mallas de su red estaban sólidamente unidas. Estaba seguro del triunfo; ya no tenía que hacer otra cosa que cerrar la mano.
Acompañado como iba, era imposible toda idea de resistencia, cualesquiera que fuesen la energía, vigor y desesperación de Juan Valjean.
Javert se adelantó, pues, poco á poco, mirando y registrando al paso todos los rincones de la calle, como los bolsillos de un ladrón.
Cuando llegó al centro de la red no encontró el pájaro.
Calcúlese su exasperación.
Interrogó al centinela de las calles Droit-Mur y Picpus; este polizonte que había permanecido inmóvil en su puesto, no había visto pasar á nadie.
Acontece en montería muchas veces, que un ciervo se escapa, aún teniendo la jauría sobre él, y entonces los cazadores más experimentados no saben qué decir; Duvivier, Ligniville y Desprez se quedan parados. En uno de semejantes casos Artogne exclamó: _Esto no es un ciervo, es un brujo_.
Javert hubiera de buena gana exclamado lo mismo.
Aquel chasco le produjo un momento de desesperación y de furor.
Es cierto que Napoleón cometió errores en la guerra de Rusia, Alejandro en la de la India, César en la de África, Ciro en la de Escitia, como lo es que los cometió Javert en esta campaña contra Juan Valjean. Erró tal vez en dudar que fuése Juan Valjean; hubiera debido bastarle la primera ojeada. Hizo mal en no echarle sencillamente mano en la casucha. Hizo mal en no prenderle cuando positivamente le reconoció en la calle de Pontoise. Hizo mal en no concertarse con sus auxiliares en la encrucijada Rollin á la luz de la luna. Los consejos son útiles, y es muy útil conocer y pedir los de los sabuesos de muestra; pero el cazador no tomará demasiadas precauciones cuando ojea animales tan astutos como el lobo y el presidiario. Javert, empleando demasiado tiempo y cuidado en apostar los sabuesos, espantó á la fiera, dándole viento de cara, y la ahuyentó. Equivocóse especialmente cuando, habiendo hallado la pista en el puente de Austerlitz, emprendió el juego formidable y pueril de tener á un hombre semejante, sujeto de un hilo.
Imaginóse él que valía mucho más, creyó poder jugar á los ratones con un león, y al mismo tiempo se creyó demasiado débil cuando pidió el refuerzo. Precaución fatal, pérdida de un tiempo precioso. Javert cometió todas esas faltas, á pesar de ser uno de los espías más astutos y prudentes que han existido. Era, propiamente hablando, lo que en montería se llama _perro viejo_. Pero ¿quién es perfecto?
Los grandes estratégicos tienen sus eclipses.
Las grandes necedades se hacen muchas veces como las cuerdas gruesas, con muchos cabos. Tomad un cable hilo á hilo, tomad separadamente los motivos determinantes, los romperéis muy fácilmente uno tras otro, y diréis: ¡Esto no vale nada! Trenzad y torced luego los mismos hilos, y resultará una resistencia enorme; es Atila, que duda entre Marcio en Oriente y Valentiniano en Occidente; es Aníbal, que descansa en Cápua; es Dantón, que se duerme en Arcis del-Aube.
Sea como fuere, en el mismo instante en que Javert conoció que se le escapaba Juan Valjean, no se aturdió. Estando seguro de que el presidiario escapado no podía hallarse muy lejos, puso vigías, organizó ratoneras y emboscadas, y dando una batida por el barrio, de toda la noche, lo primero que vió fué el desperfecto del farol, y la cuerda rota, indicio precioso, pero que le extravió más, puesto que le hizo dirigir sus investigaciones al callejón Genrot. Había en el callejón algunas tapias bastante bajas que daban á jardines, cuyas cercas terminaban en inmensos terrenos baldíos. Juan Valjean debía haber escapado evidentemente por allí. El hecho era que de haber penetrado un poco más adelante en el callejón, lo hubiera hecho tal vez y se habría perdido, porque Javert registró aquellos jardines y aquellos terrenos, como quien anda buscando una aguja.
Al despuntar el día dejó dos hombres de confianza en observación, volviendo á la prefectura de policía, avergonzado como un polizonte que se hubiera dejado prender por un ladrón.
NOTAS:
[11] El aspecto de las ciudades españolas ha cambiado mucho desde la época en que Víctor Hugo las visitó; el progreso ha penetrado en ellas á pesar de la oposición clerical. (N. del T.)
LIBRO SEXTO EL PEQUEÑO PICPUS
I =Callejuela de Picpus, número 62=
Nada se parecía más, hace medio siglo, á cualquier puerta cochera como la puerta cochera del número 62 de la callejuela de Picpus. Aquella puerta, generalmente entreabierta del modo más halagüeño, dejaba ver dos cosas nada fúnebres: un patio rodeado de tapias cubiertas de vides, y el semblante de un portero ocioso. Por encima de la pared del fondo se descubrían grandes árboles. Cuando un rayo de sol alegraba el patio, cuando un vaso de vino alegraba el portero, era difícil pasar por delante el número 62 de la calle de Picpus sin llevarse una idea risueña. Era, no obstante, lo que se entreveía un lugar sombrío.
El sol se reía; la casa rezaba y lloraba.
Si se conseguía pasar de la portería, lo cual no era fácil, y aun puede decirse casi imposible para casi todos, porque había un _¡Sésamo, ábrete!_ que era preciso saber; si pasada la portería, se entraba á la derecha en un pequeño vestíbulo, al que daba una escalera oprimida entre dos paredes, y tan estrecha, que no podía pasar por ella más que una sola persona; si no se dejaba uno asustar por el embadurnamiento amarillo con zócalo color de chocolate que cubría aquella escalerilla; si se aventuraba uno á subir, se pasaba un primer descansillo, después otro, y se llegaba al primer piso, á un corredor en que la pintura amarilla y el plinto chocolate continuaban persiguiéndole con pacífico encarnizamiento. Escalera y corredor estaban alumbrados por dos magníficas ventanas. El corredor formaba recodo, que quedaba obscuro. Al doblar este cabo, después de dar algunos pasos, se encontraba una puerta, tanto más misteriosa, cuanto que no estaba cerrada. Empujándola, se encontraba uno en una pequeña habitación de unos seis pies cuadrados, embaldosada, lavada, limpia, fría, cubierta de papel color de marrón, con florecillas verdes, de quince sueldos la pieza. Una luz blanca y mate penetraba por una gran ventana de vidrios pequeños, situada á la izquierda de toda la anchura de la habitación.
Si se miraba, no se veía á nadie. Si se escuchaba, no se oía una pisada, ni un murmullo humano. Las paredes estaban desnudas; el cuarto no estaba amueblado; no había ni una silla.
Mirándolo de nuevo, se descubría en la pared, frente á la puerta, un agujero cuadrangular, como de un pie cuadrado, con una reja de hierro de barras cruzadas, negras, nudosas, fuertes, formando cuadrados; mejor diremos, mallas de menos de pulgada y media de diagonal. Las florecillas verdes del papel amarillo llegaban en orden á las barras de hierro, sin que este contacto fúnebre las asustase, ni las hiciera estremecer. Suponiendo que un ser viviente hubiese sido tan excesivamente delgado que hubiera intentado entrar ó salir por aquel agujero cuadrado, la reja se lo habría impedido. Aquella reja no dejaba pasar el cuerpo; pero dejaba pasar los ojos, es decir, el espíritu. Parecía que hasta en esto se había pensado, porque estaba forrada de una plancha de hoja de lata introducida en la pared un poco más adentro, picada por mil agujeritos más microscópicos que los de una espumadera. Por debajo de esta plancha había una abertura, muy parecida á la de un buzón de correos. Una cinta de hilo atada á un torniquete de campanilla, colgaba á la derecha del agujero enrejado.
Si se tiraba aquella cinta, sonaba la campanilla, y se oía una voz muy cercana que hacía temblar.
--¿Quién va?--preguntaba la voz.
Era una voz de mujer, una voz dulce, tan dulce como lúgubre.
Aquí era también preciso saber una palabra mágica. Si no se sabía, la voz se callaba y la pared volvía á su silencio; como si del otro lado estuviese la aterradora obscuridad del sepulcro.
Si se sabía la palabra, la voz respondía:
--Entrad por la derecha.
Entonces se veía á la derecha una puerta vidriera, coronada de una ventana-vidriera también, y pintada de gris. Levantábase el picaporte, pasábase la puerta, y se experimentaba absolutamente la misma impresión que cuando en un teatro se entra en un palco con celosía, antes de que ésta se haya bajado y se haya encendido la araña. Entrábase, en efecto, en una especie de palco de teatro, iluminado apenas por la luz de la puerta-vidriera, estrecho, amueblado con dos sillas viejas y una estera destrozada, verdadero palco con su barandilla á regular altura, que tenía una tablita de madera negra. Aquel palco estaba enrejado, pero no con una reja dorada como en la Ópera, sino con un monstruoso enverjado de barras de hierro horriblemente entrelazadas, y empotradas en la pared con enormes soldaduras, que parecían puños cerrados.
Pasados los primeros momentos, cuando la vista había empezado á acostumbrarse á la media luz de aquel aposento y trataba de atravesar la verja, no podía pasar más allá de seis pulgadas. Allí se tropezaba con una barrera de postigos negros, asegurados y reforzados por traviesas de madera, pintadas de amarillo obscuro. Aquellos postigos estaban formados por largas hojas y planchas delgadas que se doblaban unas sobre otras; pero juntas entre sí ocultando toda la verja. Siempre estaban cerrados.
Al cabo de algunos instantes oíase una voz que llamaba por detrás de los postigos, diciendo:
--Aquí estoy. ¿Qué me queréis?
Era una voz amada, muchas veces una voz adorada. No se veía á nadie. Apenas se oía el ruido de la respiración.
Parecía que fuése aquello una evocación que hablase al través de la losa de la tumba.
Si el que llegaba poseía ciertas condiciones exigidas, rarísimas por cierto, se abría la estrecha hoja de un postigo, y la evocación se convertía en aparición. Detrás de la reja y detrás del postigo sé veía, tanto como permitía verlo el enrejado, una cabeza, de la cual sólo se descubría la boca y el mentón; lo demás estaba cubierto por un velo negro: Entreveíase una toca negra y una forma apenas perceptible, cubierta por un sudario negro.
Aquella cabeza hablaba; pero no miraba ni sonreía jamás.
La luz que entraba por detrás estaba dispuesta de tal modo, que el visitante veía blanca la aparición y ella veía negro al visitante. Aquella luz era un símbolo.
Los ojos, sin embargo, penetraban ávidamente por aquella abertura hecha en aquel sitio cerrada á todas las miradas. Una vaguedad impenetrable rodeaba aquella figura vestida de luto. Los ojos escudriñaban aquella vaguedad, tratando de separarla de la aparición. Al poco tiempo se conocía que no se veía nadie, porque lo que se veía era la noche, el vacío, las tinieblas, una bruma de invierno mezclada al vapor de la tumba, una especie de paz horrorosa, un silencio en que no se recogía nada, ni aún los suspiros; una sombra en que no se distinguía nada, ni aún los fantasmas.
Lo que se veía era el interior de un claustro.
Era el interior de aquella casa triste y severa que se llamaba el convento de las bernardas de la Adoración perpetua. Aquel palco era el locutorio. La voz que había hablado primero era la voz de la tornera, que estaba siempre sentada inmóvil y silenciosa, al otro lado de la pared, cerca de la abertura cuadrada, defendida por la verja de hierro y por la placa de mil agujeros como por una doble visera.
La obscuridad provenía de que el locutorio tenía una ventana del lado del mundo, y no tenía ninguna del lado del convento. Los ojos profanos no debían ver nada de aquel lugar sagrado.
Pero había de haber algo más allá de aquella sombra; había una luz: había pues una vida en aquella muerte. Aunque aquel convento era el más resguardado de todos, vamos á probar de penetrar en él y de hacer penetrar al lector, diciéndole, sin olvidar la discreción, cosas que los narradores no han visto, y que por consiguiente jamás se han dicho.
II =La obediencia de Martín Verga=
Este convento, que en 1824 existía desde muchos años en la callejuela Picpus, era una comunidad de bernardas de la obediencia de Martín Verga.
Las tales bernardas dependían, pues, no de Claraval, como los bernardos, sino del Císter, como los benedictinos. Ó en otros términos: seguían la regla, no de San Bernardo, sino de San Benito.
Cualquiera que haya ojeado algunos infolios, sabe que Martín Verga fundó en 1425 una congregación de bernardas benedictinas, que tenía por capital de la orden á Salamanca, y por sucursal Alcalá.
Esta congregación había extendido sus raíces en todos los países católicos de Europa.
Estos injertos de una orden en otra, no tienen nada de nuevo en la Iglesia latina. Para no hablar más que de la orden de San Benito, diremos que pertenecían á ella, sin contar la obediencia de Martín Verga, cuatro congregaciones: dos en Italia, la de Montecasino y Santa Justina de Padua; dos en Francia; Cluny y San Mauro, y nueve órdenes, Valombrosa, Gramont, los Celestinos, los Camaldulenses, los Cartujos, los Humillados, los del Olivo, los Silvestrinos y, por último, los Cistercienses, porque Císter mismo, aunque tronco de otras órdenes, no era más que una rama de San Benito. Císter fué fundado por San Roberto, abad de Molesme, en la diócesis de Langres, en 1098. Ahora bien; en 529 fué cuando el diablo, que se había retirado al desierto de Subiaco (era ya viejo; ¿se habría hecho ermitaño?), fué arrojado del antiguo templo de Apolo, donde vivía, por San Benito, que tenía entonces diez y siete años.
Después de la regla de las carmelitas, las cuales iban descalzas con una áspera esterilla de mimbre al cuello y no se sentaban nunca, es la más dura la de las bernardas-benedictinas de Martín Verga. Van vestidas de negro, con una pechera, que, según la prescripción expresa de San Benito, sube hasta la barba. Una túnica de sarga de mangas anchas, un gran velo de lana, la pechera que sube hasta la barba, cortada en forma cuadrangular sobre el pecho y la toca que baja hasta los ojos; he aquí el hábito. Todo es negro, excepto la toca, que es blanca.
Las novicias llevan el mismo hábito todo blanco. Las profesas llevan además un rosario al lado.
Las bernardas-benedictinas de Martín Verga practican la adoración perpetua como las benedictinas llamadas señoras del Santo Sacramento, las cuales al principio de este siglo tenían en París dos casas, una en el Temple y otra en la calle de Santa Genoveva. Por lo demás las bernardas-benedictinas del Pequeño Picpus, de las cuales hablamos, eran una orden completamente distinta de la que seguían las señoras del Sacramento que vivían en la calle nueva de Santa Genoveva y en el temple. Había muchas diferencias en la regla como en el hábito. Las bernardas-benedictinas del Pequeño Picpus llevaban la pechera negra, y las benedictinas del Sacramento de la calle Nueva de Santa Genoveva la llevaban blanca; y además, en el pecho, un Santísimo Sacramento de unas tres pulgadas de alto, de plata sobredorada ó cobre. Las religiosas del Pequeño Picpus no llevaban el Santísimo Sacramento. La Adoración perpetua común al Pequeño Picpus y al convento del Temple, dejaba, sin embargo, que fuesen completamente distintas las dos órdenes.
Había únicamente semejanza en esa práctica entre las señoras del Sacramento y las bernardas de Martín Verga, de igual manera que la había en el estudio y glorificación de todos los misterios relativos á la infancia, á la vida y á la muerte de Jesucristo y de la Virgen entre otras dos órdenes separadas, y aún enemigas á veces: la del oratorio de Italia, establecida en Florencia por Felipe de Neri, y la del oratorio de Francia, fundada en París por Pedro Bérulle. El oratorio de París pretendía la primacía, porque Felipe de Neri, no era más que santo cuando Bérulle era cardenal.
Volvamos á la severa regla española de Martín Verga.
Las bernardas-benedictinas de esta regla comen de viernes todo el año, ayunan toda la cuaresma y otros muchos días especiales, se levantan en el primer sueño, desde la una de la madrugada hasta las tres, para leer el breviario y cantar maitines; se acuestan en sábanas de jerga en todas las estaciones y sobre paja, no toman baños ni encienden nunca lumbre, se azotan todos los viernes, observan la regla del silencio, no se hablan más que en las horas de recreo, que son muy pocas, y llevan camisa de buriel durante seis meses, desde el 14 de septiembre, que es la Exaltación de la Santa Cruz, hasta la Pascua. Estos seis meses son una gracia, la regla dice todo el año; pero la camisa de buriel insoportable en el rigor del verano, ocasionaba fiebres y espasmos nerviosos, y fué preciso limitar su uso. Á pesar de esta modificación el 14 de septiembre, cuando las religiosas se ponen esta camisa, tienen tres ó cuatro días de calentura. Obediencia, pobreza, castidad y estabilidad en el claustro; tales son sus votos altamente agravados por la regla.
La priora es elegida cada tres años por las madres que se llaman _madres vocales_, porque tienen voz en el capítulo.
Una priora no puede ser reelegida más de dos veces, lo cual fija en nueve años el mando más duradero de una priora.
No ven jamás al sacerdote celebrante, que permanece oculto por una cortina de nueve pies de alto. Durante los sermones, cuando el predicador está en el púlpito, bajan el velo, cubriéndose el rostro. Deben hablar siempre en voz baja, andar mirando al suelo y con la cabeza inclinada.
Sólo un hombre puede entrar en el convento, el arzobispo diocesano.
Hay otro que puede entrar también, que es el jardinero, pero siempre es un viejo; y al objeto de que esté constantemente solo en el jardín, y de que las religiosas puedan evitar su presencia, lleva un cascabel atado en la rodilla.
Están sometidas á la priora con una sumisión absoluta y pasiva: es la sujeción canónica en toda su abnegación. Como la voz de Cristo, _ut voci Christi_; al gesto, al primer signo, _ad nutum_, _ad primum signum_; inmediatamente, con alegría, con perseverancia, con cierta obediencia ciega, _prompte_, _hilariter_, _perseveranter et cœca quadam obedientia_; como la lima en mano del artífice, _quasi lima in manibus fabri_; no pueden ni leer, ni escribir nada sin permiso especial, _legere vel scribere non addiscerit sine expressa superioris licentia_.
Turnan todas en lo que llaman ellas _la reparación_.
La reparación es el ruego por todos los pecados, por todas las faltas, por todos los desórdenes, por todas las violaciones, por todas las iniquidades, por todos los crímenes que se cometen en la tierra. Durante doce horas consecutivas, desde las cuatro de la tarde hasta las cuatro de la mañana, ó desde las cuatro de la mañana hasta las cuatro de la tarde, la hermana que está de _reparación_ permanece de rodillas sobre las piedras ante el Santísimo Sacramento con las manos juntas y una soga al cuello. Cuando el cansancio se le hace insoportable, se prosterna extendida con el rostro en tierra y los brazos en cruz: éste es todo su descanso. En esa actitud ruega por todos los culpables del universo. Esto es grande, casi sublime.
Como este acto se practica ante un poste, sobre el cual arde un cirio, se dice indistintamente _estar de reparación ó estar en el poste_. Las religiosas prefieren, para mayor humildad, esta última frase que encierra mejor la idea de suplicio ó humillación.
_Estar de reparación_ es un acto en el cual se absorbe toda el alma. La hermana del poste no volvería la cabeza aunque cayera un rayo á sus espaldas.
Además, hay siempre otra monja de rodillas delante del Santísimo Sacramento. Esta estación dura una hora y se relevan como los soldados de centinela. Ésta es la Adoración perpetua.
Las prioras y las madres llevan siempre nombres de una gravedad particular, tomados por lo general, no de los santos y mártires, sino de los momentos de la vida de Jesucristo, como: la madre Natividad, la madre Concepción, la madre Presentación, la madre Pasión. Sin embargo, no están prohibidos los nombres de santos.
Cuando se ven no puede vérseles más que la boca.
Todas tienen los dientes amarillos. Jamás ha entrado en el convento un cepillo para los dientes. Limpiarse los dientes es el extremo de una escala después de la cual viene la perdición del alma.
Ellas no dicen nunca de nada _mío_, ni _mi_ porque no tienen nada suyo, ni deben tener afecto á nada. Dicen siempre _nuestro_, como nuestro velo, nuestro rosario; y si hablasen de su camisa, dirían indudablemente _nuestra camisa_. Algunas veces se aficionan á cualquier objeto insignificante, á un libro de rezo, á una reliquia, á una medalla bendita; pero en cuanto advierten que empiezan á aficionarse á ese objeto, deben darlo inmediatamente. Recuerdan las palabras de santa Teresa, á quien dijo una gran señora al entrar en su orden: «Permítame, madre, que vaya á buscar una santa Biblia que aprecio en mucho». ¡Ah! _¡Apreciáis todavía algo! Entonces no entréis en nuestra casa._
Les está prohibido encerrarse y tener un _mi cuarto_, una _mi celda_. Viven en celdas abiertas. Cuando se encuentran, dice una: _Bendito y alabado sea el Santísimo Sacramento del altar_. Y responde la otra: _Por siempre jamás_. Esta ceremonia se repite cuando una llama á la puerta de otra. Apenas ha tocado la puerta, cuando por dentro se oye una voz dulce, que dice: _Por siempre jamás_... Como todas las prácticas, se hace ésta maquinalmente con la costumbre, así es que á veces dice una: _Por siempre_, antes que la otra haya tenido tiempo de decir lo que es algo más largo: _Bendito y alabado sea el Santísimo Sacramento del altar_.
En los conventos de la Visitación, dice la que entra: _Ave María_, y la que está dentro responde: _Gratia plena_. Éste es un saludo, que está en efecto «lleno de gracia».
Á cada hora del día da tres golpes supletorios la campana de la iglesia del convento. Á esta señal, priora, madres vocales, profesas, conversas, novicias y postulantes interrumpen lo que dicen ó lo que hacen, ó lo que piensan, y dicen todas á la vez, si son las cinco, por ejemplo: _Á las cinco y á todas horas bendito y alabado sea el Santísimo Sacramento del altar_. Si son las ocho: _Á las ocho y á todas horas_, etc.; y así siempre, según la hora que da.
Esta costumbre cuyo objeto es interrumpir el pensamiento y dirigirse á Dios, existe en muchas comunidades; sólo varía en la fórmula. Así, en la del Niño Jesús se dice: _Á esta hora y á cualquier otra, el amor de Jesús inflame mi corazón_.
Las benedictinas-bernardas de Martín Verga, claustradas hace cincuenta años en el Pequeño Picpus, cantaban los oficios salmodiando gravemente en canto llano puro, y siempre á toda voz mientras duraba el oficio. Al encontrar un asterisco en el misal, hacían una pausa, diciendo por lo bajo: _Jesús, María y José_. En el oficio de difuntos tomaban un tono tan bajo, que parecía imposible que pudiese descender tanto la voz de mujer; lo cual producía un efecto conmovedor y trágico.
Las del Pequeño Picpus habían mandado abrir una fosa debajo del altar mayor para sepultura de la comunidad. El _Gobierno_, como decían ellas, no permitía que se depositasen allí los ataúdes. Debían, pues salir del convento cuando morían; lo cual las afligía y consternaba como una infracción.
Pero en cambio habían conseguido ser enterradas á una hora especial, y en un rincón especial del antiguo cementerio de Vaugirard, que ocupaba un terreno que se decía había sido de la comunidad.
Los jueves asistían estas religiosas á la misa mayor, vísperas y demás oficios, como los domingos. Observan escrupulosamente todas las demás fiestas menores desconocidas de los mundanos, que la Iglesia prodigaba antiguamente en Francia y prodiga aún en España é Italia. El tiempo que pasan en la capilla es interminable. Con relación al número y duración de sus rezos, no podemos dar mejor idea que citando estas frases candorosas de una de ellas: _Los rezos de las postulantes son horrorosos, los de las novicias lo son más todavía, y los de las profesas aún son peores_.
Una vez por semana el capítulo se reúne, presídelo la priora, y asisten á él las madres vocales. Cada hermana se arrodilla á su vez en la piedra, y confiesa en alta voz, á presencia de todas, las faltas y pecados que ha cometido durante la semana. Las madres vocales deliberan públicamente después de cada confesión, é imponen también en alta voz la penitencia.
Sobre la confesión en alta voz, para la cual se reservan todas las faltas un poco graves, tienen para las faltas veniales lo que llaman _la culpa_. Hacer la culpa es prosternarse durante la misa boca abajo delante de la priora, hasta que ésta, á quien no llaman nunca más que _nuestra madre_, avisa á la paciente que puede levantarse dando un golpecito en el brazo de su sillón. Se hace la culpa por cosas insignificantes: por romper un vaso, por rasgar un velo, por retardar involuntariamente algunos segundos al ir á misa, por cantar mal una nota en la iglesia, etc.; esto es bastante para hacer la culpa. La culpa es enteramente voluntaria; la _culpable_ (esta palabra está usada aquí etimológicamente) se juzga y castiga á sí misma. Los días de fiesta y domingos, hay cuatro madres cantoras que salmodian los oficios ante un gran facistol de cuatro pupitres. Cierto día, una madre cantora entonó un salmo que empezaba por _Ecce_, y en vez de _Ecce_ dijo en alta voz estas tres notas: _do, si, sol_. Por su distracción, hizo una culpa que duró toda la función. Lo que agravó enormemente la culpa fué que el capítulo se había reído.
Cuando llaman al locutorio á una de las monjas, aunque sea la priora, se baja el velo de manera, según ya hemos dicho, que sólo deja ver la boca.
La priora es la única que puede hablar con los extraños; las demás no pueden ver más que á su familia, pocas y raras veces. Si por casualidad quiere alguien ver á una monja á quien ha conocido ó amado en el mundo, tiene que formar casi un expediente. Si es una mujer puede en algunas veces concedérsele la autorización; la monja va al locutorio y habla por entre los postigos, que sólo se abren por una madre ó una hermana. No hay para qué decir que este permiso se niega siempre á los hombres.
Tal es la regla de san Benito, rigorizada por Martín Verga.
Aquellas monjas no estaban alegres, sonrosadas y frescas como lo están frecuentemente las de otras muchas órdenes. Estaban pálidas y graves. Desde 1825 á 1830, tres se volvieron locas.
III =Severidades=
Se ha de ser por lo menos dos años postulante, generalmente cuatro, y otros cuatro novicia. Es muy raro que los votos definitivos puedan pronunciarse antes de los veintitrés ó veinticuatro años. Las bernardas-benedictinas de Martín Verga no admiten bajo ningún concepto viudas en su orden.
Entréganse en sus celdas á muchas maceraciones desconocidas, de las cuales no deben hablar nunca.
El día en que profesa una novicia se la viste con sus más hermosos atavíos, se cubre su cabeza con blancas rosas, se perfuman y rizan sus cabellos, y después se prosterna; extiéndese sobre ella un gran velo negro, y se canta el oficio de difuntos. Entonces las religiosas se dividen en dos filas, y mientras pasa junto á ella una de estas filas, diciendo con lastimero acento: _Nuestra hermana ha muerto_, responde la otra: _Vive en Jesucristo_.
En la época en que pasó esta historia, había anexo al convento un colegio de niñas nobles, ricas la mayor parte, entre las cuales se distinguían las señoritas Sainte-Aularie y de Belissen, y una inglesa que llevaba el ilustre nombre católico de Talbot. Estas jóvenes, educadas por las religiosas, entre cuatro paredes, crecían en el horror al mundo y al siglo. Una de ellas nos decía un día: _Ver el empedrado de la calle me hacía estremecer de pies á cabeza_. Iban vestidas de azul con un gorro blanco, y un Espíritu Santo de plata sobredorada, ó de cobre, en el pecho. En ciertos días de gran festividad, y particularmente en el de santa Marta, se les concedía, como un gran favor y felicidad suprema, vestirse de monjas y cumplir las prácticas de san Benito durante todo el día. Al principio las religiosas les prestaban sus vestidos negros; pero después, pareciendo esto una profanación, fué prohibido por la priora. Sólo se permitió desde entonces hacer este préstamo á las novicias. Es muy notable que estas representaciones, toleradas sin duda y alentadas en el convento por un secreto espíritu de proselitismo, y para dar á las niñas cierto anticipado goce del santo hábito, fuése un placer real y una verdadera diversión para las educandas. Éstas se entretenían simplemente, puesto que se trataba _de una cosa nueva, de un cambio_. Cándidas razones de la infancia, que no logran hacer comprender á los mundanos el placer de tener un hisopo en las manos, y estarse de pie horas enteras cantando á coro ante un facistol.
Las educandas, excepción hecha de la austeridad, se conformaban con todas las prácticas del convento.
Hubo joven, que habiendo vuelto al mundo, aún muchos años después de casada, no logró dejar la costumbre de decir en alta voz cada vez que llamaban á la puerta: _¡Por siempre jamás!_ Las educandas, como las monjas, sólo veían á sus familias en el locutorio. ¡Ni sus mismas madres podían abrazarlas! Véase hasta qué punto se llevaba la severidad. Cierto día, fué una de las jóvenes visitada por su madre acompañada de una hermanita de tres años. La pequeña lloraba porque quería abrazar á su hermana. Imposible. Suplicóse que á lo menos se permitiera á la niña pasar la manita por entre los hierros para besársela. También fué negada esta petición, casi con escándalo.
IV =Alegrías=
Aquellas niñas no dejaron por esto de llenar de encantadores recuerdos aquella rígida morada. Había horas en las que resplandecía la infancia en aquella clausura. En cuanto sonaba la de recreo, abríase una puerta, y los pájaros decían: ¡Bueno! ¡Aquí están las niñas! Un torrente de juventud inundaba aquel jardín cortado por una cruz como una mortaja. Fisonomías radiantes, frentes blancas, ojos inocentes llenos de alegre luz, auroras de toda especie se esparcían entre aquellas tinieblas. Después de los salmos, de las campanas, de los toques, de los lamentos y de los oficios, estallaba de repente el ruido que hacían las niñas, ruido más dulce que el de las abejas. Abríase la colmena de la alegría, y cada una llevaba su miel. Jugaban, se llamaban, se agrupaban, corrían; bellísimos y diminutos dientes blancos charlaban en todos los rincones, los velos desde lejos vigilaban las risas, las sombras vigilaban los rayos; pero ¡qué importaba! Brillaban y reían. Aquellas cuatro lúgubres tapias tenían su minuto de alegría y asistían, vagamente iluminadas por el reflejo de tanto placer, á todos esos dulces susurros del enjambre infantil. Venía á ser como una lluvia de rosas en medio de aquel luto. Las niñas loqueaban bajo los ojos de las religiosas; la mirada de la impecabilidad no puede incomodar á la inocencia. Gracias á aquellas niñas, entre tantas horas de austeridad, había una de desahogo. Saltaban las pequeñas, y las grandes bailaban. En aquel claustro el juego andaba mezclado con el cielo. Nada tan tierno y augusto á la vez como aquellas almas inocentes entregadas á la expansión. Homero habría venido á reirse allí con Perrault, y en aquel negro jardín había juventud, salud, ruido, algarabía, aturdimiento, placer y felicidad bastante para desarrugar el ceño de todas las ancianidades, así de la epopeya como del cuento, así del trono como de la cabaña: desde Hécuba hasta la abuela.
En tal casa se han oído, más que en ninguna otra parte quizás, esas _ocurrencias infantiles_ tan graciosas y que hacen reir y meditar á un tiempo. Entre aquellas cuatro fúnebres paredes exclamó cierto día una niña de cinco años: «¡Madre mía! acaba de decirme una de las grandes que ya no tengo que estar aquí más que nueve años y diez meses. ¡Qué alegría!».
Fué allí también donde se oyó este memorable diálogo:
UNA MADRE VOCAL.--¿Por qué lloráis, hija mía?
LA NIÑA (de seis años) sollozando.--He dicho á Alicia que sabía yo la historia de Francia, y ella me ha dicho que no la sabía, ¡y la sé!
ALICIA, la grande (de nueve años).--No, no la sabes.
LA MADRE.--¿Cómo es eso, hija mía?
ALICIA.--Me ha dicho que abriese el libro al azar y que le hiciese una pregunta de lo que trae el libro, y ella me respondería.
¿Y qué?
Que no ha contestado.
--Veamos: ¿qué le habéis preguntado?
--He abierto el libro al azar, como ella decía, y le he hecho la primera pregunta que ha salido.
--¿Y cuál ha sido la pregunta?
--Ésta: _¿qué sucedió después?_
También se hizo allí esta observación profunda sobre una cotorra un poco golosa que pertenecía á una señora pensionista:
«--¡Es muy graciosa! ¡Se come la manteca de las tostadas como una persona!».
Fué sobre una de las losas de aquel convento, donde se recogió esta confesión, escrita de antemano para no olvidarla, por una pecadora de siete años:
«--Acúsome, padre, de haber sido _avara_.
«--Acúsome, padre, de haber sido _adúltera_.
«--Acúsome, padre, de haber dirigido miradas á los hombres».
En uno de los bancos de césped de aquel jardín, fué improvisado por una boca de rosa de seis años este cuento, escuchado por ojos azules de cuatro y cinco:
«--Éranse que se eran tres pollitos que vivían en un país donde había muchas flores; cogieron las flores y se las metieron en el bolsillo, y después las hojas, y las pusieron en sus juguetes. Y había un lobo en aquella tierra, y muchos bosques; el lobo estaba en el bosque, y se comió los pollitos».
Y este otro poema:
«--Sucedió que dieron un palo.
«Y fué Polichinela quien se lo dió al gato.
«Y no hízole bien sino mal.
«Entonces una señora metió á Polichinela en la cárcel».
Allí también dijo una niña abandonada, recogida por el convento y educada por caridad, esta frase tierna y dolorosa, oyendo hablar á las demás de sus madres, murmurando la pobre en un rincón:
«--Mi madre no estaba allí cuando nací yo».
Había una tornera muy gruesa que andaba siempre atareada por los corredores con su manojo de llaves, y que se llamaba sor Ágata. Las _grandes_--de más de diez años--la llamaban _Ágatocles_.
El refectorio era una gran sala rectangular que sólo recibía la luz por un claustro de arquivoltas al nivel del jardín; era obscuro y húmedo y como decían las niñas, «estaba lleno de bichos». Todos los sitios contiguos le suministraban su contingente de insectos.
Cada uno de los cuatro ángulos había recibido, en el lenguaje de las educandas, un nombre particular y expresivo. Había el rincón de las arañas, el rincón de las orugas, el rincón de las cucarachas y el rincón de los grillos.
El rincón de los grillos estaba cerca de la cocina, y era el más apreciado, porque allí hacía menos frío que en los demás. Del refectorio habían pasado los nombres al colegio y servían para distinguir, como en el antiguo colegio de Mazarino, cuatro naciones. Cada educanda pertenecía á una de las cuatro naciones, según el rincón del refectorio en que se sentaba á la hora de comer. Un día el señor arzobispo, haciendo la visita pastoral, vió entrar en la clase, por donde pasaba, una niña muy coloradita de hermosos cabellos rubios, y preguntó á otra educanda, linda y morenita de frescas mejillas, que estaba á su lado:
--¿Quién es ésa?
--Es una araña, monseñor.
--¡Bah! ¿Y esta otra?
--Ésta es un grillo.
--¿Y aquélla?
--Una oruga.
--¡De veras! ¿Y tú?
--Yo soy una cucaracha, monseñor.
Cada casa de este género tiene sus particularidades. Á principios del siglo, Ecouen era uno de esos lugares encantadores y severos en los que se desarrolla, en una sombra casi augusta, la infancia de las niñas. En Ecouen, para tomar puesto en la procesión del Corpus, se hacía distinción entre las vírgenes y las floristas. Había igualmente «palios é incensarios»; las unas llevaban los cordones del palio, y las otras incensaban al Santísimo Sacramento. Las flores correspondían de derecho á las floristas. Cuatro «vírgenes» abrían la marcha. Durante la mañana de este gran día, no era raro oir preguntar en el dormitorio:
--¿Quién es virgen?
Madama Campan cita este dicho de una «pequeña» de siete años, dirigiéndose á una «grande» de diez y seis que iba á la cabeza de la procesión, mientras que ella, la pequeña, se quedaba á la cola:
--¡Ah, tú eres virgen! Y ¡yo no lo soy!
V =Distracciones=
Sobre la puerta del refectorio estaba escrita en grandes letras negras la siguiente oración, llamada el _Pater Noster blanco_, la cual tenía la virtud de conducir las gentes directamente al cielo.
«_Pequeño Padre nuestro blanco, que Dios hizo, que Dios dijo, que Dios puso en el paraíso. Por la noche, al acostarme, tres ángeles me encontré acostados en mi cama, uno á los pies, dos á la cabecera, y en medio á la Virgen Santa, que me dijo me acostase y de nada me cuidase. Dios bueno es mi padre, la Santa Virgen mi madre, los tres apóstoles mis hermanos y las tres vírgenes mis hermanas. La camisa en que Dios nació éste mi cuerpo envolvió; la cruz de santa Margarita en mi pecho tengo escrita. Nuestra Señora la Virgen por los campos va caminando, á su hijo querido llorando, y con el señor san Juan se ha encontrado.--Señor san Juan ¿de dónde venís?--Vengo del_ AVE SALUS.--_¿Habéis visto si está allí Dios?--En el árbol de la Cruz, pendientes tiene los pies, clavadas tiene las manos, lleva sobre la cabeza corona de espinos blancos._
«_Quien rezare esta oración tres veces por la mañana y otras tantas por la noche, ganará el cielo á la postre_».
En 1827 había desaparecido de la pared esta oración tan característica, bajo una triple capa de pintura. Hoy acaba de borrarse también de la memoria de algunas niñas, jóvenes de entonces, señoras ancianas actualmente.
Un gran crucifijo colgado de la pared completaba la decoración del refectorio, cuya única puerta, como creemos haber dicho, daba al jardín. Dos mesas estrechas, con dos bancos á lo largo de cada una, formaban dos líneas paralelas desde uno á otro extremo del refectorio. Las paredes eran blancas, las mesas negras; colores ambos de luto, variedad única de los conventos. Las comidas eran frugales, y aún el régimen de las niñas muy severo. Un solo plato de carne y legumbres mezcladas, ó de pescado salado, era todo su lujo. Este plato ordinario, reservado solamente á las educandas, era, sin embargo, una excepción. Las niñas comían y callaban bajo la vigilancia de la madre de semana, que de cuando en cuando abría y cerraba ruidosamente un libro de madera siempre que alguna mosca trataba de volar ó zumbar contra la regla. El silencio iba sazonado con algún trozo de la vida de los Santos, leído en alta voz desde un púlpito con atril, colocado al pie del crucifijo. La lectora era una de las educandas de más edad, que estaba de semana. En la mesa había colocados á distancia regular lebrillos barnizados, en donde las educandas lavaban por sí mismas su vaso y su cubierto, y algunas veces arrojaban también los desperdicios de carne dura ó de pescado pasado: esto se castigaba. Los tales lebrillos se llamaban los _círculos de agua_.
La niña que rompía el silencio «hacía una cruz con la lengua». ¿Dónde? En la tierra. Lamía el suelo. El polvo, este fin de todas las alegrías, se encargaba de castigar á aquellas pobres hojas de rosa, culpadas de murmullo.
Había en el convento un libro, del cual no se había impreso más que un _ejemplar único_, y que estaba prohibido leer. Éste era la regla de san Benito, arcano que no debía penetrar ningún ojo profano. «Nemo regulas, seu constitutiones nostras, externis communicabit».
Las educandas consiguieron un día coger el libro, y se pusieron á leer naturalmente, interrumpiendo con frecuencia la lectura por el temor de ser sorprendidas, lo cual les hacía cerrar el libro precipitadamente. De todo aquel gran miedo no sacaron más que un placer muy mediano.
Algunas páginas ininteligibles acerca de los pecados de los muchachos. Esto fué lo «más interesante».
Las colegialas jugaban en una alameda de desmedrados árboles frutales. Á pesar de la extremada vigilancia y de la severidad de los castigos, cuando el viento había sacudido los árboles, algunas de ellas recogían furtivamente del suelo una manzana verde, ó un albaricoque macado, ó una pera roída de gusanos. Aquí dejaremos hablar por nosotros una carta que tenemos á la vista, escrita hace veinticinco años por una antigua educanda, hoy marquesa de***, y una de las mujeres más elegantes de París. La copia es textual.
«Se guarda una su pera ó su manzana como puede, y cuando se sube á dejar el velo encima de la cama, y á esperar la hora de cenar, se la esconde debajo de la almohada, y por la noche se la come estando en la cama: y cuando ni aún esto es posible, se come en el excusado». Era ésta una de sus mayores delicias.
Una vez, al pasar la visita el señor arzobispo, una de las educandas, la señorita Bouchard, que tenía algunas relaciones de parentesco con los Montmorency, apostó á que le pediría un día de asueto, atrevimiento enorme, tratándose de una comunidad tan austera. La apuesta fué aceptada; pero ninguna de las que habían apostado creían en que se hiciera la petición.
Llegó el momento, y al pasar el señor arzobispo por delante de las educandas, la señorita Bouchard, con indescriptible admiración de todas sus compañeras, salió de la fila y dijo: «Monseñor, un día de asueto».
La señorita Bouchard era fresca y crecida, y tenía además la carita de rosa más linda del mundo. Monseñor de Quélen se sonrió, y dijo: «¡Cómo, querida hija mía, un día de asueto! Tres días, si gustáis. Os concedo tres días». La priora nada podía hacer, había hablado el señor arzobispo. Qué escándalo para el convento, y qué alegría en el colegio. Júzguese del efecto.
Este claustro tan severo no estaba, sin embargo, tan amurallado que la vida de las pasiones del mundo, el drama y aún la novela no penetrasen en él. Para probarlo nos limitaremos á consignar aquí, y á indicar brevemente un hecho real é incontestable, que por otra parte nada tiene que ver con la historia que vamos refiriendo. Citaremos simplemente el hecho para completar la fisonomía del convento.
Hacia dicha época pues, había en el convento una mujer misteriosa, que sin ser monja, era tratada con gran respeto; se llamaba «señora Albertina». No se sabía de ella sino que estaba loca, y que pasaba por muerta en el mundo. Tenía, según se decía, encerrados en la historia, arreglos de fortuna indispensables á un gran casamiento.
Esta mujer, que apenas contaba treinta años, morena y hermosa, miraba vagamente con sus negros y grandes ojos. ¿Veía? No se sabía de cierto.
Se deslizaba más bien que andaba; no hablaba nunca, y no era cosa segura si respiraba ó no. Tenía las ventanas de la nariz contraídas y lívidas, como después de lanzar el último suspiro; tocar su mano era tocar la nieve. Mostraba cierta gracia especial de espectro. Donde ella entraba se sentía frío. Un día, una de las hermanas al verla pasar, díjole á otra:--Pasa por muerta.--Puede que lo esté,--respondió la segunda.
Hacíanse sobre la señora Albertina mil diversas suposiciones. Era el objeto eterno de la curiosidad de las educandas. Había en la capilla una tribuna, que se llamaba del _Ojo de buey_. Esta tribuna sólo tenía un ojo redondo por ventana, una claraboya, desde la cual la señora Albertina asistía á los actos del culto. Generalmente estaba siempre sola allí, porque situada la tribuna en el primer piso, podía verse perfectamente al predicador y al celebrante, lo cual estaba prohibido á las religiosas. Un día ocupaba el púlpito un clérigo joven de elevada alcurnia, el señor duque de Rohan, par de Francia, oficial de mosqueteros rojos en 1815, cuando era príncipe de León, muriendo después en 1830 de cardenal-arzobispo de Besanzón.
Era la primera vez que el señor de Rohan predicaba en el convento del Pequeño Picpus. La señora Albertina asistía generalmente á los sermones y á los oficios en la mayor calma y en la más completa inmovilidad. Aquel día, en cuanto vió al duque de Rohan, se medio levantó, y dijo en voz alta, en medio del silencio de la capilla: _¡Calla, Augusto!_ Toda la comunidad, asombrada, volvió la cabeza; el predicador levantó los ojos; pero la señora Albertina había ya vuelto á su natural inmovilidad. Un soplo del mundo exterior, un rayo de vida pasó instantáneamente por aquella figura marchita y helada; después todo se desvaneció, y la loca volvió á ser nuevamente un cadáver.
Aquellas dos palabras, sin embargo, dieron que hablar á todo lo que podía hablar en el convento.
¡Qué de misterios, qué de revelaciones! en aquel _¡Calla, Augusto!_ El duque de Rohan se llamaba efectivamente Augusto. Era evidente que la señora Albertina había salido del gran mundo, puesto que conocía al duque de Rohan; que había ella ocupado en el siglo alta posición, porque hablaba familiarmente á tan gran señor, y que tenía con él relaciones de parentesco tal vez, y muy íntimas seguramente, cuando le llamaba por su nombre de pila.
Dos duquesas muy severas, las de Choiseul y de Sérent, visitaban con frecuencia á la Comunidad, en la cual penetraban sin duda en virtud del privilegio _Magnates mulieres_, dando mucho miedo á las colegialas. Cuando pasaban las dos viejas, todas las educandas temblaban y bajaban los ojos.
El duque de Rohan era, por otra parte, sin saberlo él, objeto de la atención general de aquellas jóvenes. Acababa de ser nombrado, como aspirante al episcopado, vicario general del arzobispado de París, y tenía por costumbre ir á cantar los oficios en las funciones de la capilla del Pequeño Picpus. Ninguna de las jóvenes reclusas podía verle á causa de la cortina de sarga; pero tenía una voz dulce y un tanto aguda, que ya conocían y distinguían todas perfectamente. Había sido mosquetero; se decía que era muy pulcro, que peinaba con gran esmero sus hermosos cabellos castaños, formando bucles alrededor de la frente, que llevaba un ancho cinturón de magnífico moaré, y que su sotana negra estaba cortada elegantísimamente. Así es que llevaba toda la atención de aquellas imaginaciones de diez y seis años.
Ningún ruido exterior penetraba en el interior del convento.
Sin embargo, hubo un año en que se oyó el sonido de una flauta. Fué éste un acontecimiento del que se acuerdan todavía las educandas de aquel tiempo. Era una flauta tocada indudablemente por algún vecino, que siempre repetía el mismo aire, un aire muy antiguo: _Zetulbé mía, ven á reinar en mi alma_, el cual se oía dos ó tres veces diariamente. Las muchachas se pasaban las horas escuchando, las madres vocales estaban indignadas, las imaginaciones trabajaban, llovían los castigos. Esto duró muchos meses. Las educandas estaban todas más ó menos enamoradas del músico desconocido. Cada cual se creía otra Zetulbé. El sonido venía del lado de la calle Droit-Mur. Todas lo hubieran dado todo, lo hubieran comprometido é intentado todo, por ver, siquiera por un segundo, por entrever, por vislumbrar solamente al «gallardo joven» que tañía tan deliciosamente la flauta, y que sin imaginárselo, conmovía á un mismo tiempo todas aquellas almas. Las hubo que se escaparon por una puerta excusada y subieron al tercer piso de la calle Droit-Mur para tratar de ver por los respiraderos. Imposible. Una de ellas llegó hasta el punto de pasar el brazo por cima de la cabeza al través de los hierros, agitando su pañuelo blanco. Otras dos fueron más osadas aún. Encontraron medio de trepar hasta el tejado, arriesgándose por él, hasta que por fin consiguieron ver al «gallardo joven».
Era un viejo hidalgo emigrado, ciego y arruinado, que se entretenía en su buhardilla, tocando la flauta para consolarse.
VI =El convento pequeño=
Había en el recinto del Pequeño Picpus tres edificios completamente distintos: el convento grande, que habitaban las religiosas; el colegio en que estaban las educandas, y el convento pequeño. Era éste un departamento con jardín, donde vivían en común toda clase de antiguas religiosas de distintas órdenes, restos de los claustros destruidos por la revolución; una abigarrada mezcla de todos los hábitos negros, grises y blancos, de todas las comunidades, y de todas las variedades posibles. Era lo que puede llamarse, si se nos permite semejante combinación de palabras, un convento arlequín.
Desde el Imperio se había permitido á aquellas infelices, dispersas y desterradas, acogerse bajo la protección de las benedictinas-bernardas, donde recibían una corta pensión del Gobierno. Las religiosas del Pequeño Picpus las habían acogido muy bien. Era, pues, aquello una mezcla chocante. Cada una seguía su regla. Algunas veces se permitía á las educandas, como gran concesión, hacerles una visita; y estas jóvenes han conservado, entre otros recuerdos, los de la madre santa Basilia, de la madre santa Escolástica, y de la madre Jacob.
Una de estas refugiadas se hallaba reinstalada como en su casa. Era una religiosa de Santa Aura, y era también la única que sobrevivía de su comunidad. El antiguo convento de monjas de Santa Aura ocupaba, desde principios del siglo XVIII, precisamente la misma casa del Pequeño Picpus, que perteneció después á las benedictinas de Martín Verga. Esta santa monja, demasiado pobre para poder llevar el magnífico hábito de su orden, que era un manto blanco con escapulario escarlata, había vestido piadosamente con él un pequeño maniquí, que enseñaba á todo el mundo con satisfacción, y que legó al convento cuando murió. En 1824 no quedaba de aquella orden más que una religiosa; hoy día no queda más que una muñeca.
Además de estas dignas madres, había algunas viejas del siglo, que habían obtenido permiso de la priora, como la señora Albertina, para retirarse al convento pequeño.
Pertenecían á este número, la señora de Beauford de Hatpoul y la marquesa Dufresne.
Otra había también que era sólo conocida en el convento por el gran ruido que hacía al limpiarse las narices. Las educandas la llamaban la señora Batahola.
Hacia 1820 ó 1821, la señora de Genlis, que publicaba en dicha época un periódico, titulado el _Intrépido_, pidió para entrar de pensionista en el convento del Pequeño Picpus, por recomendación del señor duque de Orléans. Esto alborotó la colmena; las madres vocales temblaban; la señora de Genlis había escrito novelas, pero declaró que era la primera en condenarlas. Además, había llegado al punto en que la devoción se vuelve insociable. Por fin, con la ayuda de Dios y la del príncipe, entró en el convento, pero se marchó á los seis ú ocho meses, dando por toda razón que el jardín carecía de sombra. Las religiosas se alegraron muchísimo. La señora de Genlis, aunque ya vieja, tocaba aún el arpa bastante bien.
Al marcharse dejó el sello de su estancia en la celda. Era supersticiosa y latinista. Estas dos palabras expresan gráficamente su perfil. Hace algunos años se encontraban aún pegados en lo interior de un armarito de su celda donde guardaba el dinero y las alhajas, estos cinco versos latinos, escritos por su propia mano con tinta roja en papel amarillo, y que, en su opinión, tenían la virtud de espantar á los ladrones:
Imparibus meritis pendent tria corpora ramis; Dismas et Gesmas, media est divina potestas; Alta petit Dismas, infelix, infima, Gesmas, Nos et res nostras conservet summa potestas. Hos versus dicas, ne tu furto tua perdas.
Estos versos, en latín del siglo VI, agitan la cuestión de si los dos ladrones del Calvario se llamaban, como se cree comúnmente, Dimas y Gestas, ó Dismas y Gesmas. Esta diferencia ortográfica, por insignificante que parezca, hubiera podido contrariar las pretensiones que tenía en el siglo pasado el vizconde de Gestas de descender del mal ladrón. Por lo demás, la virtud benéfica atribuida á estos versos es verdadero artículo de fe en la orden de las hospitalarias.
La iglesia de la casa, construida de manera que formaba un corte de separación entre el convento grande y el colegio, era común, sin embargo, al colegio, al convento grande y al pequeño; y en ella se admitía también al público por una especie de entrada de lazareto que conducía á la calle.
Pero todo estaba dispuesto de modo que ninguna de las habitantes del claustro pudiese ver un rostro de afuera. Imagínese el lector una iglesia cuyo coro hubiera sido cogido por la mano de un gigante, y doblado de manera que formase, no ya, como en todas las iglesias, una prolongación detrás del altar, sino una especie de sala ó caverna obscura á la derecha del celebrante; supóngase esta sala cerrada por la cortina de siete pies de altura de que ya hemos hablado; amontónense allí á la sombra de esa cortina, en sitiales de madera, las religiosas del coro á la izquierda, las educandas á la derecha, las conversas y las novicias en el centro, y se tendrá una idea de cómo las religiosas del Pequeño Picpus asistían al culto divino. Esta caverna, que se llamaba el coro, se comunicaba con el claustro por un pasadizo. La iglesia tomaba la luz del jardín. Cuando las religiosas asistían á las funciones en que su regla prevenía el silencio, el público sólo se enteraba de su presencia por el choque de las tablillas de los sitiales, que se levantaban y bajaban ruidosamente.
VII =Algunas siluetas de aquella sombra=
Durante los seis años que median desde 1819 á 1825, había sido priora del Pequeño Picpus la señorita Blemeur, que en religión se llamaba la madre Inocente. Pertenecía á la familia de Margarita de Blemeur, autora de la _Vida de los Santos de la orden de san Benito_.
Había sido reelegida en su cargo. Era mujer de unos sesenta años, baja, gruesa, «que cantaba como un puchero cascado», dice la carta citada anteriormente. Por lo demás, era excelente mujer; la única alegre del convento, y por esto era estimada de todas.
La madre Inocente se parecía en algo á su ascendiente Margarita, la Dacier de la orden.
Era literata, erudita, sabia, competente, historiadora, curiosa, rellena de latín, repleta de griego y henchida de hebreo, y más benedictino que benedictina.
La vice-priora era una religiosa española muy anciana y casi ciega, la madre Cineres.
Las más de notar, entre las madres vocales, eran la madre santa Honorina, tesorera; la madre santa Gertrudis, primera maestra de novicias; la madre santo Ángel, segunda maestra; la madre Asunción, sacristana; la madre san Agustín, enfermera, la única que era mala en el convento; después la madre, santa Mechtilde (señorita Gauvain) muy joven, con admirable voz; la madre Ángeles (señorita Drouet), que había estado en el convento de las Hijas de Dios y en el convento del Tesoro, entre Gisors y Magny; la madre san José (señorita Cogolludo); la madre santa Adelaida (señorita de Auverney); la madre Misericordia (señorita de Cifuentes, que no pudo resistir tanta austeridad); la madre Compasión (señorita de Miltière, que entró en el convento á los sesenta años, á pesar de no permitirlo la regla, pero muy rica); la madre Providencia (señorita de Laudinière): la madre Presentación (señorita de Sigüenza), que fué priora en 1847; y por fin, la madre santa Celina (hermana del escultor Ceracchi), que se volvió loca; la madre santa Chantal (señorita de Suzón), loca igualmente.
Había además, entre las más bellas, una linda joven de veintitrés años, que procedía de la isla de Borbón, descendiente del caballero Roze, que se llamaba señorita Roze y se hizo llamar madre Asunción.
La madre santa Mechtilde, encargada del canto y del coro, enseñaba muy satisfecha á las educandas. Tomaba de entre ellas diariamente una gama completa, es decir, siete educandas desde diez años á diez y seis inclusive, de voces y estaturas variadas, á quienes hacía cantar de pie, alineadas en fila por edades, desde la menor á la mayor, lo cual ofrecía el caprichoso aspecto de un flautado de jóvenes, especie de flauta viviente del dios Pan, formada de ángeles.
Las hermanas conversas á quienes querían más las educandas eran sor santa Eufrasia, sor santa Margarita, sor santa Marta, ya chocha, y sor san Miguel, cuya larga nariz era objeto de risa.
Todas estas mujeres eran amables para las niñas; sólo eran rígidas para ellas mismas.
No se encendía lumbre más que en el colegio, y el alimento, comparado con el del convento, era escogido. Además, tenían por las educandas mil cuidados; sólo que, cuando una niña pasaba junto á una religiosa y le hablaba, la monja no respondía nunca.
La regla del silencio había producido el efecto singular de que en todo el convento se negaba la palabra á las criaturas humanas cuando se concedía á los objetos inanimados. Á veces hablaba la campana de la iglesia, otras el cascabel del jardinero. Un timbre muy sonoro, que la tornera tenía á su lado y que se oía en toda la casa, indicaba con sus variados toques que venía á ser una especie de telegrafía acústica, todos los actos de la vida material que debían ejecutarse, llamando al locutorio, cuando había necesidad, á tal ó cual habitante de la casa. Cada persona y cada cosa tenía sus toques: la priora uno y uno; la vice-priora uno y dos; seis con cinco llamaban á clase; de modo que las educandas no decían nunca entrar en clase, sino ir á las seis con cinco. Cuatro con cuatro era el toque á que respondía la señora de Genlis, el cual se oía con mucha frecuencia. _Es el diablo á cuatro_, decían las que tenían poca caridad. Diez con nueve toques anunciaban un gran acontecimiento. Era éste la apertura de la _puerta de clausura_, enorme plancha de hierro erizada de cerrojos, que no giraba sobre sus goznes sino á presencia del arzobispo.
Éste y el jardinero, como hemos ya dicho, eran los únicos hombres que entraban en el convento. Las educandas veían á otros dos; el uno el capellán que era el presbítero Banés, viejo y feo, á quién podían contemplar desde el coro al través de una reja; y el otro el profesor de dibujo, señor Ansiaux, llamado en la carta de que hemos copiado algunas líneas _señor Anciot_ y calificado de _viejo horrible y jorobado_.
Como se ve, todos los hombres eran escogidos.
Tal era aquella curiosa morada.
VIII =Post corda lapides=
Después de haber delineado la figura moral del convento, no estará de más indicar en breves palabras la configuración material: el lector tiene ya de ella alguna idea.
El convento del Pequeño Picpus de San Antonio, ocupaba casi completamente el vasto trapecio que formaban las intersecciones de las calles Polonceau, Droit-Mur, la callejuela Pequeño Picpus y el callejón sin salida llamado en los antiguos planos calle Aumarais. Estas cuatro calles rodeaban el trapecio, como un foso. El convento se componía de varios edificios y un jardín. El edificio principal, tomado en conjunto, era un compuesto de construcciones híbridas, que miradas á vista de pájaro dibujaban con bastante exactitud una horca colocada en tierra.
El brazo mayor de esta horca, ocupaba todo el trozo de la calle Droit-Mur, comprendido entre la callejuela Picpus y la calle Polonceau; el brazo pequeño era una fachada alta, cenicienta, severa y enrejada, que daba frente á la callejuela Picpus, cuya extremidad designaba la puerta cochera número 62. Casi en medio de esta fachada, el polvo y la ceniza blanqueaban una puertecita vieja, cintrada, en que las arañas tejían su tela, y que sólo se abría una ó dos horas los domingos, y en las raras ocasiones en que salía del convento el ataúd de alguna religiosa.
Era la entrada pública de la iglesia. El codo de la horca la formaba una sala cuadrada con destino al servicio de la cocina, y á la que las religiosas llamaban _la despensa_. En el gran brazo estaban las celdas de las madres y de las hermanas, y el noviciado; en el otro brazo las cocinas, el refectorio rodeado del claustro y la iglesia. Entre la puerta número 62 y el ángulo del callejón sin salida Aumarais, estaba el colegio, que no se veía desde fuera. El resto del trapecio formaba el jardín, que estaba mucho más bajo que el nivel de la calle Polonceau, lo que hacía que la cerca rematase mucho más alta por dentro que por fuera. El jardín, ligeramente convexo, tenía en el centro, en una pequeña altura, un hermoso abeto agudo y cónico, del cual arrancaban, como de la punta central de una rodela, cuatro grandes calles, y otras ocho menores, colocadas dos á dos entre las primeras, de tal manera, que si el recinto hubiese sido circular, el plano geométrico de estas calles hubiera parecido una cruz colocada sobre una rueda. Todas las calles iban á terminar en las tapias irregulares del jardín, y por lo tanto, eran desiguales en longitud.
Estaban bordeadas de groselleros. En el fondo, una calle de elevados álamos iba desde las ruinas del antiguo convento, que estaban en el ángulo de la calle Droit-Mur, á la casa del convento pequeño, situado en el ángulo de la callejuela Aumarais. Antes de llegar al convento pequeño se encontraba lo que llamaban el jardinillo. Añádase á este conjunto un patio, muchos ángulos desiguales formados por las habitaciones interiores, paredes de cárcel, y por toda perspectiva y vecindad la negra y extensa línea de tejados que corría al otro lado de la calle Polonceau, y se tendrá una imagen completa de lo que era hace cuarenta y cinco años el convento de bernardinas del Pequeño Picpus. Esta santa casa se había construido precisamente en el sitio que ocupó un famoso juego de pelota, desde el siglo XIV al XVI, al cual llamaban el _trinquete de los once mil diablos_.
Todas aquellas calles eran de las más antiguas de París. Los nombres de Droit-Mur y Aumarais son antiquísimos; pero las calles que los llevaban eran más antiguas todavía.
La calleja Aumarais se había llamado calleja de Maugout, y la calle Droit-Mur se llamó anteriormente calle de los Rosales Silvestres, porque Dios abrió las flores antes que el hombre tallase las piedras.
IX =Un siglo bajo una toca=
Ya que estamos puestos á dar pormenores de lo que fué en otro tiempo el convento del Pequeño Picpus, y que hemos osado abrir una ventana en este discreto asilo, permítanos el lector todavía otra ligera digresión, ajena al fondo de este libro, pero característica y útil para dar á conocer que aún en el mismo claustro existen tipos originales.
Había en el convento pequeño una mujer centenaria que había ido allí procedente de la abadía de Fontevrault.
Antes de la revolución había pertenecido al mundo.
Hablaba mucho del señor de Miromesnil, guarda-sellos de Luis XIV, y de una tal Duplat, presidenta, á quienes había conocido mucho. Toda su vanidad, todo su placer, consistía en recordar estos nombres á cada paso. Contaba maravillas de la abadía de Fontevrault, que parecía una ciudad, pues tenía sus calles dentro del monasterio.
Hablaba con cierto acento picardo, que provocaba la risa de las educandas. Cada año renovaba solemnemente sus votos, y en el momento de hacer juramento, decía al sacerdote: monseñor san Francisco le prestó en manos de monseñor san Julián; monseñor san Julián le prestó en manos de monseñor san Eusebio; monseñor san Eusebio en manos de monseñor san Procopio, etc., etc.; así yo le presto en vuestras manos padre. Y las educandas reían, no so capa, sino so velo; encantadoras y sofocadas sonrisas que hacían fruncir el ceño á las madres vocales.
Otras veces, la centenaria contaba historias. Decía que «en su juventud los bernardinos no les iban en zaga á los mosqueteros». Era un siglo hablando; pero era el siglo XVIII. Narraba la costumbre de los cuatro vinos en Champagne y Bourgogne, antes de la revolución. Siempre que un gran personaje, un mariscal de Francia, un príncipe, un duque ó un par pasaba por alguna de las ciudades de Bourgogne ó Champagne, el Ayuntamiento le arengaba y presentaba cuatro copas de plata llenas de cuatro vinos diferentes. En la primera copa se leía esta inscripción: «vino del mono»; en la segunda, «vino del león»; en la tercera «vino del carnero»; en la cuarta, «vino del cerdo». Aquellos cuatro letreros expresaban los cuatro grados por que desciende la embriaguez: la primera embriaguez es la que alegra, la segunda la que irrita, la tercera la que atonta y la última en fin la que embrutece.
Guardaba dentro de un armario, bajo llave, un objeto misterioso, que estimaba en mucho. La regla de Fontevrault no se lo prohibía, pero ella no quería enseñar aquel objeto á nadie. Se encerraba en la celda, lo que también permitía su regla, ocultándose siempre que quería contemplarle. Si oía pasos en el corredor, cerraba el armario tan precipitadamente cuanto podían sus trémulas manos. Cuando se le hablaba de aquello, se callaba siempre, siendo como era tan amiga de hablar. Las más curiosas se encontraban chasqueadas por su silencio, y las más tenaces por su obstinación. Era, pues, su objeto, motivo de los comentarios de todas las personas desocupadas ó fastidiadas del convento.
¿Qué podía ser aquel tan precioso, tan guardado, tesoro de la centenaria? ¿Sería algún libro santo? ¿Algún rosario único? ¿Alguna reliquia eficaz y probada? Todas se perdían en conjeturas.
Á la muerte de la pobre anciana corrieron todas al armario, más de prisa tal vez de lo que hubiese convenido, y le abrieron. Encontróse el objeto envuelto en un triple lienzo, como patena bendita.
Era un plato de Faënza, en el cual había pintados unos amorcillos volando en fuga, perseguidos por unos mancebos de botica armados de enormes jeringas. La persecución abundaba en gestos y posturas cómicas. Uno de los graciosos amorcillos aparece ya ensartado; en vano agita sus alas, y trata de volar; el matachín se ríe de sus esfuerzos con risa satánica.
Moraleja: el amor vencido por el cólico.
Aquel plato, por otra parte muy curioso y que tuvo quizá el mérito de sugerir una idea á Molière, existía aún en septiembre de 1845 de venta en una prendería del boulevard Beaumarchais.
Aquella buena vieja no quería recibir ninguna visita de fuera del convento, _porque_, según decía, «el locutorio era demasiado triste».
X =Origen de la adoración perpetua=
Por lo demás, aquel locutorio casi sepulcral del que hemos procurado dar una idea, es un hecho puramente local, que no tenía semejante severidad en los otros conventos. En el de la calle del Temple, que en verdad era de otra orden, los postiguillos negros estaban reemplazados por cortinas obscuras, y el locutorio mismo era un salón bien entarimado, cuyas ventanas tenían cortinillas de muselina blanca, y cuyas paredes admitían toda clase de cuadros: el retrato de una benedictina con la cara descubierta, floreros pintados, y hasta una cabeza de turco.
En el jardín del convento de la calle del Temple, estaba aquel castaño de Indias que pasaba por el más hermoso y más grande de Francia, y que tenía fama, entre el pueblo bonachón del siglo XVIII, de ser «el padre de todos los castaños del reino».
Hemos dicho ya que el convento del Temple estaba ocupado por las benedictinas de la Adoración perpetua, distintas de las que dependían de Císter. La orden de la Adoración perpetua no es muy antigua; cuenta sólo doscientos años. En 1649 el Santísimo Sacramento fué profanado dos veces, con pocos días de diferencia, en dos iglesias de París: en San Sulpicio y en San Juan de Grève, espantoso y raro sacrilegio que conmovió toda la población. El prior, vicario mayor de San Germán de los Prados, dispuso una procesión solemne de todo su clero, oficiando el nuncio del papa. Pero semejante expiación no pareció suficiente á dos dignas mujeres, la señora Courtin, marquesa de Boucs, y la condesa de Chateauvieux. Aquel ultraje inferido «al augusto Sacramento del altar», aunque pasajero, no se borraba del alma de aquellas dos santas mujeres, que creyeron que no podía ser reparado sino por una «adoración perpetua» en algún convento de monjas. Y ambas á dos, la una en 1652 y otra en 1653, hicieron donación de grandes sumas á la madre Catalina de Bar, llamada del Santísimo Sacramento, religiosa benedictina, para fundar con este fin piadoso, un monasterio de la orden de San Benito. El primer permiso para esta fundación fué concedido á la madre Catalina de Bar por el señor de Metz, abad de San Germán, «á condición de que no pudiera ser recibida ninguna joven que no llevase trescientas libras de renta, que suponen seis mil libras de capital». Después del abad de San Germán, el rey concedió las reales cédulas; y reunidas las licencias abaciales y las reales, fué registrado en 1664 en el Tribunal de Cuentas y en el Parlamento.
Tal es el origen y la consagración legal del establecimiento de las benedictinas de la Adoración perpetua del Santísimo Sacramento en París. Su primer convento se «edificó de nueva planta» en la calle de Casette, con el dinero de las señoras de Boucs y de Chateauvieux.
Esta orden, era pues, como se ve, distinta de las que seguían las benedictinas llamadas del Císter y dependía del abad de San Germán de los Prados; de igual manera que las monjas del Sagrado Corazón dependen del general de los jesuitas, y las hermanas de la Caridad del general de los lazaristas.
Era también totalmente distinta de la de las bernardas del Pequeño-Picpus cuyo interior acabamos de manifestar. En 1657, el papa Alejandro VII autorizó por breve especial á las bernardas del Pequeño-Picpus para practicar la adoración perpetua como las benedictinas del Santísimo Sacramento. Pero las dos órdenes no fueron por eso menos distintas.
XI =Fin del Pequeño-Picpus=
Desde el principio de la restauración, el convento del Pequeño-Picpus iba muy á menos, lo cual era parte de la muerte general de la orden, que iba desapareciendo como todas las demás órdenes religiosas desde el siglo XVII. La contemplación es, lo mismo que la oración, una necesidad humana; pero se transformará como todo lo que ha tocado la revolución, y de enigma del progreso social, se convertirá en favorable.
La casa del Pequeño-Picpus se despoblaba rápidamente. En 1840 el convento pequeño había desaparecido, el colegio también; no había ya viejas ni jóvenes; las unas habían muerto, las otras se habían ido. _Volaverunt._
La regla de la Adoración perpetua es de una rigidez tal, que asombra; las vocaciones retroceden, la orden no se renueva. En 1845 entraban aún de acá y de allá algunas, pocas, religiosas conversas, pero ni una de coro. Hace cuarenta años había unas cien religiosas: hace quince no había más que veintiocho. ¿Cuántas quedan hoy? En 1847 la priora era joven, aún no tenía cuarenta años, prueba de que la elección se hacía en un círculo muy reducido. Á medida que disminuye el número, aumenta el trabajo; el servicio de cada una se hace más duro. Veíase desde entonces llegar el momento en que ya no serían sino una docena de espaldas doloridas y encorvadas á soportar la pesada regla de San Benito. La carga es pesadísima, y sigue siempre la misma para pocas como para muchas; el mucho peso aplasta. Por eso mueren.
En el tiempo en que el autor de este libro vivía todavía en París, murieron dos. La una tenía veinticinco años, la otra veintitrés. Ésta pudo decir como Julia Alpinula: _Hic jaceo. Vixi annos viginti et tres._ Á causa de semejante decadencia, es por lo que el convento ha renunciado á la educación de niñas.
No hemos podido pasar por delante de aquella casa extraordinaria, desconocida, obscura, sin entrar y sin hacer entrar en ella los espíritus que nos acompañan y nos oyen referir, para utilidad de algunos quizá, la historia melancólica de Juan Valjean. Hemos penetrado en aquella comunidad enteramente llena de antiguas prácticas, que parecen tan nuevas á la fecha. Es el jardín cerrado; _Hortus conclusus_.
Hemos hablado de aquel sitio singular con alguna minuciosidad, pero con respeto, al menos con todo lo que son compatibles respeto y detalle. No nos lo explicamos todo, pero no insultamos nada. Estamos á la misma distancia del himno laudatorio de José de Maistre, que lleva á la coronación del verdugo, que de la ironía de Voltaire, que llega hasta reirse del crucifijo.
Ilogismo de Voltaire, sea dicho de paso; porque Voltaire hubiera defendido á Jesús como defendía á Calás; y para aquellos mismos que niegan las encarnaciones sobrehumanas, ¿qué representa el crucifijo? El asesinato de la sabiduría.
En el siglo XIX, la idea religiosa está pasando por una grave crisis. Se olvidan ciertas cosas, y está bien hecho, con tal que al olvidar aquello se aprenda esto.
Nada de vacío en el corazón humano. Si se hacen ciertas demoliciones, y si es bueno que se hagan, ha de ser á condición de que sigan á ellas las reconstrucciones.
Entre tanto, estudiemos las cosas que dejaron de ser. Es necesario conocerlas, aunque no sea más que para evitarlas. Las falsificaciones del pasado toman falsos nombres, y se llaman á sí mismas porvenir.
Este reaparecido, el pasado, está expuesto á la debilidad de falsificar su pasaporte. Averigüemos el ardid: desconfiemos. Seamos cautos.
Lo pasado tiene su fisonomía, la superstición; y un antifaz, la hipocresía. Denunciemos el rostro y arranquemos la máscara.
En cuanto á los conventos, nos ofrecen una cuestión compleja. La civilización los condena; los protege la libertad.
LIBRO SÉPTIMO PARÉNTESIS
I =El convento: idea abstracta=
Este libro es un drama, cuyo primer personaje es el infinito.
El hombre es el segundo.
Siendo así y habiéndose encontrado un convento en nuestro camino, hemos debido penetrar en él. ¿Por qué?
Porque el convento, que es propio así del Oriente como del Occidente, de la antigüedad como de los tiempos modernos, propio del paganismo, del budismo, del mahometismo, como del cristianismo, es uno de los instrumentos ópticos dirigidos por el hombre al infinito.
No es éste lugar de desenvolver desmedidamente ciertas ideas; sin embargo, aún manteniendo absolutamente nuestras reservas, nuestras restricciones, y hasta nuestras indignaciones, debemos decirlo: siempre que hallamos en el hombre el infinito, bien ó mal comprendido, nos sentimos sobrecogidos de respeto. Hay en la sinagoga, hay en la mezquita, en la pagoda, en el wigwam, la parte repugnante que execramos y la parte sublime que adoramos. ¡Qué contemplación para el espíritu y que infinidad de meditaciones! El reflejo de Dios dando la muralla de la humanidad.
II =El convento: hecho histórico=
Bajo el punto de vista de la historia, de la razón y de la verdad, queda el monaquismo condenado.
Los monasterios, cuando abundan en una nación, son obstáculos de la circulación, establecimientos embarazosos, centros de pereza allí donde son necesarios centros de trabajo. Las comunidades monásticas son á la gran comunidad social, lo que el muérdago es á la encina, lo que la verruga al cuerpo humano. Su prosperidad y crecimiento significan la miseria del país. El régimen monacal, bueno al nacer de las civilizaciones, útil para producir la reducción de la brutalidad por medio de lo espiritual, es perjudicial á la virilidad de los pueblos. Además, cuando se relaja y entra en su período de desarreglo, como continúa dando ejemplo, se vuelve nocivo por las mismas razones que le hacían saludable en su período de pureza.
La clausura ha tenido su tiempo. Los claustros, útiles en la primera educación de la civilización moderna, han sido perjudiciales á su crecimiento y dañosos á su desarrollo. Como institución y como manera de formar el hombre, fueron los monasterios, buenos en el siglo décimo, discutibles en el décimoquinto y son detestables en el décimonono. La lepra monacal ha corroído casi hasta el esqueleto dos admirables naciones: la Italia y la España: luz una y esplendor la otra de Europa, durante algunos siglos; y en la época en que vivimos, esos dos pueblos ilustres no comienzan á curar sino gracias á la vigorosa higiene de 1789.
El convento, el antiguo convento de mujeres particularmente, como aparece todavía á principios del siglo actual así en Italia, como en Austria y España, es una de las más sombrías concreciones de la Edad Media. El claustro, ese claustro citado, es el punto de intersección de los terrores. El claustro católico, propiamente dicho, está completamente lleno de las negras irradiaciones de la muerte.
El convento español, sobre todo, es fúnebre. Allí, en la obscuridad, bajo bóvedas llenas de bruma, bajo cúpulas vagas á fuerza de sombra, se elevan altares babélicos macizos, altos como catedrales; allí, pendientes de cadenas, entre las tinieblas, inmensos crucifijos blancos; allí se ostentan desnudos, sobre el ébano, grandes Cristos de marfil; más que ensangrentados, sanguinolentos, horribles y magníficos, los codos mostrando los huesos, las rótulas mostrando los tegumentos, las llagas mostrando las carnes; coronados de espinas de plata, clavados con clavos de oro, rubíes por gotas de sangre en la frente, y diamantes por lágrimas en los ojos. Los diamantes y rubíes parecen mojados y hacen llorar, abajo en la sombra, á seres velados, que tienen las costillas maceradas por el cilicio y por las disciplinas ferradas, los pechos aplastados por pleitas de esparto, las rodillas desolladas por la oración, mujeres que se creen esposas, espectros que se creen serafines. ¿Piensan esas mujeres? No. ¿Quieren? No. ¿Aman? No. ¿Viven? No.
Sus nervios se han convertido en huesos; sus huesos se han trocado en piedras. Su velo es un tejido tenebroso, y bajo aquel velo, su aliento se parece á no se sabe qué trágica respiración de la muerte. La abadesa, una larva, las santifica y aterra. Allí está lo inmaculado espantoso. Tales son los antiguos monasterios de España; madrigueras de devoción terrible, antros de vírgenes, lugares feroces.
La España católica ha sido más romana que la misma Roma. El convento español ha sido, por excelencia, el convento católico. Sentíase allí el Oriente. El arzobispo, kislar-agá del cielo, tenía bajo cerrojos y espiaba aquel serrallo de almas reservado á Dios. La monja era la odalisca, el sacerdote el eunuco. Las fervientes eran escogidas en sueños, y poseían á Cristo. De noche, el hermoso mancebo, desnudo, descendía de la cruz para el éxtasis de la celda. Altos muros guardaban de toda distracción viviente á la sultana mística que tenía al crucificado por sultán. Una mirada al exterior era una infidelidad. El _in pace_ reemplazaba al saco de cuero. Lo que de los harenes en Oriente se arrojaba al mar, era arrojado á la tierra en los conventos de Occidente. Allí, como aquí, había mujeres que retorcían sus brazos; para las unas la ola, para las otras la fosa; ahogadas aquéllas, enterradas éstas. ¡Monstruoso paralelismo!
Hoy día, los defensores del pasado, no pudiendo negar estas cosas, han tomado el partido de sonreir. Se ha puesto en moda una manera cómoda y extraña de suprimir las revelaciones de la historia, de invalidar los comentarios de la filosofía, y de eludir todos los hechos embarazosos y todas las cuestiones sombrías. _Materia para declamar_, dicen los hábiles. Declamaciones, repiten los necios. Juan Jacobo, declamador; Diderot, declamador; Voltaire hablando de Calás, Labarre y Sirven, declamadores. No sé quién ha descubierto últimamente que Tácito era un declamador, que Nerón fué una víctima, y decididamente debía compadecerse á «este pobre Holofernes».
Los hechos, sin embargo, son difíciles de desbaratar, porque se obstinan en ser lo que son. El autor de este libro ha visto por sus ojos, á ocho leguas de Bruselas, un recuerdo existente de la Edad Media que está al alcance de todo el mundo, en la abadía de Villers; es éste el agujero de los olvidados en medio del prado, que fué patio del claustro, y á orillas del Thil; cuatro calabozos de piedra, mitad bajo el suelo, mitad bajo el agua. Son lo que llamaban el _in pace_. Cada uno de aquellos calabozos conserva todavía un trozo de puerta de hierro, una letrina y un tragaluz enrejado, que, por fuera, está á dos pies más alto que el río, y por dentro, á seis pies bajo el piso. Cuatro pies de río pasan exteriormente á lo largo del muro. El suelo está siempre mojado. El habitante del _in pace_ tenía por lecho aquella tierra mojada. En uno de los calabozos se ve un pedazo de argolla sujeta al muro; en otro se encuentra una especie de caja cuadrada hecha con cuatro losas de granito, demasiado corta para tenderse en ella, demasiado baja para incorporarse. Metíase allí dentro un ser humano cubriéndolo con otra piedra. Esto existe. Esto se ve y se toca.
Este _in pace_, estos calabozos, estos goznes de hierro, estas argollas, este elevado tragaluz al nivel del cual corre el río, esta caja de piedra cerrada con una tapa de granito como una tumba, con la diferencia de que el muerto era un vivo, este suelo que es lodo, este agujero de letrina, estos muros que rezuman, ¡vaya unos declamadores!
III =Con qué condición puede respetarse lo pasado=
El monaquismo, tal cual existía en España y tal como existe en el Tíber, es para la civilización una especie de tisis. Detiene la vida. Despuebla simplemente. Claustración, es como castración. Ha sido el azote de Europa. Agréguese á ello la violencia frecuentemente hecha á la conciencia, las vocaciones forzadas, la feudalidad apoyándose en el claustro, la primogenitura vertiendo en el monaquismo el exceso de los nacidos en la familia, las atrocidades de que hemos hablado, los _in pace_, las bocas cerradas, los cerebros tapiados, tantas inteligencias infortunadas encerradas en el calabozo de los votos eternos, la toma de hábito, entierro de almas llenas de vida. Añadid los suplicios individuales á las degradaciones nacionales, y quien quiera que seáis, os estremeceréis indudablemente ante la cogulla y el velo, esos dos sudarios de invención humana.
Y todavía, sobre ciertos puntos y en ciertos lugares, á despecho de la filosofía y del progreso, el espíritu claustral persiste en pleno siglo XIX, y una peregrina recrudescencia ascética, asombra hoy al mundo civilizado. La terquedad de las instituciones envejecidas, en perpetuarse, se parece á la obstinación del perfume rancio que reclamase el derecho de aromatizar nuestros cabellos, ó á la pretensión del pescado pasado que quisiere ser comido, ó á la persecución del traje del niño que quisiera seguir vistiendo al hombre, ó á la ternura de los cadáveres que volvieran para abrazar á los vivos.
¡Ingratos! dice el vestido. Yo os he guardado del mal tiempo. ¿Por qué me rechazáis ahora? Vengo de la pleamar, dice el pescado. Yo he sido rosa, dice el perfume. Yo os amé, dice el cadáver. Yo os civilicé, dice el convento.
Á todo ello basta una sola respuesta: Antiguamente.
Pensar en la prolongación indefinida de las cosas muertas y en el gobierno de los hombres por embalsamamiento, restaurar los dogmas deteriorados, dorar de nuevo los tabernáculos, revocar nuevamente los claustros, volver á bendecir los relicarios, rehabilitar las supersticiones, alimentar de nuevo los fanatismos, echar mangos nuevos á los hisopos y á los sables, reconstituir el monaquismo y el militarismo, creer en la salvación de la sociedad por la multiplicación de los parásitos, imponer el pasado al presente, parece, en verdad, cosa extravagante.
Y existen, no obstante, teóricos para semejantes teorías. Los tales teóricos, gente de talento por otra parte, usan un procedimiento muy sencillo: aplican sobre el pasado cierto barniz que llaman orden social, derecho divino, moral, familia, respeto á la ancianidad, autoridad antigua, tradición santa, legitimidad, religión; y van gritando: ¡Mirad, atended! Ahí va eso, gentes honradas. Esta lógica era ya conocida de los antiguos. Los arúspices la practicaban. Frotaban con tiza una becerra negra, y exclamaban: Es blanca. _Bon cretatus._
Por nuestra parte, respetamos eso y lo otro, y en todos terrenos perdonamos lo pasado, con tal que consienta en estar muerto. Si quiere vivir todavía, le atacamos, procurando matarle.
Supersticiones, hipocresías, mojigaterías y preocupaciones, todas esas larvas, que, como larvas que son, se agarran tenazmente á la vida: tienen dientes y uñas entre sus nebulosidades y es preciso acorralarlas cuerpo á cuerpo y hacerles la guerra, y hacérsela sin tregua; porque es una de las fatalidades de la humanidad la de estar condenada á combatir fantasmas eternamente.
Es muy difícil coger á la sombra por el cogote y derribarla.
Un convento en Francia, en plena luz del siglo XIX, es un corro de búhos encarándose con el sol. Un claustro, en flagrante delito de ascetismo, en medio de la ciudad de 1789, de 1830 y 1848; Roma floreciendo dentro de París, es un anacronismo. En tiempos normales, para disolver un anacronismo y desvanecerlo, no hay más que apelar al milésimo. Pero no estamos en tiempos normales.
Combatamos.
Combatamos, pero distingamos. Es propio de la verdad no ser nunca excesiva. ¡Qué necesidad tiene de exagerar! Existe lo que es preciso destruir, y lo que buenamente se debe aclarar y examinar. El examen benévolo y grave, ¡cuánta fuerza da! No llevemos, por lo tanto, la llama allí donde alcanza la luz.
Dado pues el siglo XIX, somos contrarios, en tesis general y respecto á todos los pueblos, en Asia como en Europa, en la India como en Turquía, á las claustraciones ascéticas. Quien dice convento dice pantano. Su putridez es evidente, su estancamiento malsano, su fermentación produce calenturas á los pueblos y los marchita, su multiplicación atrae las plagas de Egipto. No podemos pensar sin horror en esos países en que los faquires, los bonzos, los santones, los caloyos, los morabitos, los talapuinos y los derviches pululan y hormiguean como gusanos.
Dicho esto, la cuestión religiosa subsiste. Esta cuestión tiene ciertos lados misteriosos, temibles casi; seanos permitido observarla bien.
IV =El convento bajo el punto de vista de los principios=
Reúnense varios hombres y habitan en común. ¿En virtud de qué derecho? En virtud del derecho de asociación.
Se encierran en su casa. ¿En virtud de qué derecho? En virtud del derecho que tiene todo hombre de abrir ó cerrar su puerta.
No salen. ¿En virtud de qué derecho? En virtud del derecho de ir y venir, que implica el derecho de estarse en su casa.
Y allí, en su casa, ¿qué hacen?
Hablan quedo; bajan los ojos; trabajan. Renuncian al mundo, á las ciudades, á la sensualidad, á los placeres, á las vanidades, al orgullo, á los intereses.
Visten tosca lana ó grosera tela. Ninguno de ellos posee cosa alguna en propiedad. Al entrar allí, el que era rico se hace pobre. Lo da todo á todos. El que era lo que se llama noble, hidalgo y señor, es igual al que era simple campesino. La celda es idéntica para todos. Todos se someten á la misma tonsura, llevan el mismo sayal, comen el mismo pan negro, duermen sobre la misma paja, mueren sobre la misma ceniza. La misma cogulla á la espalda, la misma cuerda á la cintura.
Si la regla manda ir con los pies desnudos, con los pies desnudos andan todos. Entre ellos podrá haber un príncipe; pero este príncipe será una sombra como los demás.
Nada de títulos. Hasta los mismos apellidos desaparecen; sólo son conocidos por el nombre. Todos están encorvados bajo la igualdad del nombre de pila. Han disuelto la familia carnal y constituido en su comunidad una familia espiritual. Sus parientes son todos los hombres. Socorren á la humanidad y cuidan á los enfermos.
Eligen á aquellos á quienes han de obedecer, y al nombrar uno á otro, le llama: hermano.
Aquí se me interrumpirá diciendo: ¡Pero ése es el convento ideal! Basta que sea el convento posible, para que sea el que yo tenga en cuenta.
De esto procede que en el libro anterior haya hablado de un convento en tono respetuoso. Descartándonos de la Edad Media y del Asia, y reservándonos la cuestión histórica y política bajo el punto de vista estrictamente filosófico, fuera de la esfera de la polémica militante, y con la condición de que la vida monástica sea absolutamente voluntaria, y sólo entren en ella los que tengan vocación, miraremos siempre la comunidad claustral con esta atenta gravedad, y hasta con diferencia en ciertos casos. Donde hay comunidad hay asociación; donde hay asociación hay derecho. El monasterio es el producto de la fórmula: Igualdad, Fraternidad.
¡Oh! ¡Cuán grande es la libertad! ¡Qué transfiguración más espléndida! La libertad bastándose á sí misma para convertir en república el monasterio.
Prosigamos.
Pero estos hombres ó estas mujeres que viven encerrados entre cuatro paredes, que se visten de buriel, que son iguales, que se llaman hermanos, ¿hacen todavía algo más?
Sí.
¿Qué?
Contemplan la sombra; se arrodillan y juntan las manos.
¿Y esto, qué significa?
V =La oración=
Ruegan.
¿Á quién?
Á Dios.
Rogar á Dios; ¿qué quiere decir esta palabra?
¿Hay un infinito después de nosotros? ¿Es este infinito uno, inmanente, permanente, necesariamente sustancial, puesto que es infinito, y que, si la materia le faltase, allí estaría su límite; necesariamente inteligente, puesto que es infinito, y que, si la inteligencia le faltase, allí terminaría? Este infinito ¿despierta en nosotros la idea de la esencia, en tanto que no podemos atribuirnos á nosotros mismos más que la idea de la existencia? En otros términos: ¿no es el absoluto respecto del cual somos nosotros lo relativo?
Al mismo tiempo que hay un infinito fuera de nosotros, ¿no hay dentro de nosotros otro infinito? Estos dos infinitos (¡plural espeluznante!) ¿se superponen tal vez el uno al otro? El segundo infinito, ¿no es, por así decirlo, subyacente al primero? ¿No es su espejo, su reflejo, su eco, abismo concéntrico de otro abismo?
¿Ese segundo infinito es inteligente también? ¿Piensa? ¿Ama? ¿Quiere? Si ambos infinitos son inteligentes, cada uno de ellos tiene un principio volente, en cada uno hay un yo, así en el infinito superior como en el infinito inferior. El yo de abajo es el alma; el yo de arriba, Dios.
Poner en contacto por mediación del pensamiento, el infinito de abajo con el infinito de arriba, se llama orar.
No le quitemos nada al espíritu humano; suprimir siempre es malo. Lo necesario es reformar y transformar. Ciertas facultades del hombre se dirigen á lo Desconocido; el pensamiento, la meditación, la oración. Lo desconocido es un océano. ¿Qué viene á ser la conciencia? La brújula de lo Desconocido. Pensamiento, meditación, oración: son éstos, grandes fulgores misteriosos. Respetémoslos. ¿Adónde van esas irradiaciones del alma? Á la sombra; es decir, á la luz.
La grandeza de la democracia consiste en no negar nada, ni renegar de nada de la humanidad. Junto al derecho del hombre, al menos á su lado, está el derecho del alma.
Destruir los fanatismos y venerar lo infinito; ésta es la ley. No debemos limitarnos á caer de rodillas bajo el árbol Creación, y á contemplar su inmenso ramaje lleno de estrellas. Tenemos un deber: trabajar en pro del alma humana; defender el misterio contra el milagro, adorar lo incomprensible, y rechazar lo absurdo; no admitir como inexplicable más de lo necesario; sanear la creencia; separar las supersticiones de la religión; limpiar de gusanos la idea de Dios.
VI =Bondad absoluta de la oración=
En cuanto al modo de orar, todos son buenos, siendo sinceros. Cerrad todo libro y penetrad en lo infinito.
Sabemos que existe una filosofía que niega el infinito; pero también hay una filosofía clasificada patológicamente, que niega el sol. Esta filosofía se llama ceguedad.
Erigir un sentido de que carecemos en origen de verdad, es ciertamente una razón de ciego.
Lo curioso es el tono altivo, de superioridad y de compasión que toma para con la filosofía que ve á Dios, esa filosofía que anda á ciegas. Nos parece oir á un topo exclamando: ¡Me dan lástima con su sol!
Sabemos que hay ilustres y poderosos ateos; pero en el fondo, encaminados á la verdad por su mismo poder, no tienen la seguridad de su ateísmo; para ellos la cuestión viene á ser casi de nombre; y en todo caso, si no creen en Dios, con ser hombres de talento prueban que existe.
Nosotros saludamos en ellos á los filósofos, al par que calificamos inexorablemente su filosofía.
Continuemos.
Lo igualmente admirable es la facilidad con que muchos se pagan de palabras. Una escuela metafísica del Norte, algo cargada de neblina, ha creído que hacía una revolución en el entendimiento humano reemplazando la palabra Fuerza por la palabra Voluntad.
Decir: la planta quiere, en lugar de la planta crece, sería en efecto una frase fecunda, si se añadiese: el Universo quiere. ¿Por qué? Porque de ahí se deduciría que si la planta quiere, es que hay un yo; el Universo quiere, hay pues un Dios.
Por nuestra parte, que en contraposición á semejante escuela no rechazamos nada _á priori_, creemos que, admitir en la planta una voluntad, como dicha escuela admite, es mucho más difícil que admitir la voluntad en el Universo, que ella niega.
Negar la voluntad del infinito, es decir, Dios, no puede hacerse sino negando el infinito mismo. Ya lo hemos demostrado.
La negación del infinito conduce directamente al nihilismo. Todo se convierte en «concepción del espíritu».
Con el nihilismo no hay discusión posible; porque si el nihilista es lógico, duda de que su interlocutor exista, sin estar seguro de que exista él mismo.
Desde su punto de vista, es posible que no sea él para sí mismo más que «una concepción de su espíritu».
Pero no advierte que todo lo que niega lo admite en junto, con sólo pronunciar la palabra: espíritu.
En suma, no ha abierto todavía ninguna senda al pensamiento, esa filosofía que quiere terminarlo todo con este monosílabo: No.
Al No, no hay más que una respuesta: Sí.
El nihilismo no tiene trascendencia.
No existe la nada. El cero no existe. Todo es algo. La nada es nada.
El hombre vive de la afirmación más que de pan.
Ver y mostrar no es suficiente. La filosofía debe ser una energía; debe tener por esfuerzo y por efecto, mejorar al hombre. Sócrates debe entrar en Adán y producir á Marco Aurelio; ó en otros términos, hacer salir del hombre de la felicidad el hombre de la sabiduría. Transformar el Edén en Liceo. La ciencia debe ser un cordial. ¡Gozar! ¡Qué triste fin! ¡Qué ambición más mezquina! Los brutos gozan. ¡Pensar! he aquí el verdadero triunfo del alma.
Hacer fluir el pensamiento al alcance de la sed de los hombres; darles á todos en elixir la noción de Dios; unir fraternalmente la conciencia y la ciencia, y hacerles justos por medio de este misterioso enlace. Tal es la misión de la filosofía verdadera. La moral es una expansión de verdades. La contemplación lleva á la acción. Lo absoluto debe ser práctico. Es preciso que el ideal sea respirable, potable y comestible para el espíritu humano. Sólo lo ideal tiene derecho á decir: _Tomad, ésta es mi carne; bebed, ésta es mi sangre_. La sabiduría es una comunión sagrada. Bajo esta sola condición deja de ser un amor estéril de la ciencia para convertirse en el modo único y soberano de la unión humana; y de filosofía se eleva á religión.
La filosofía no debe ser un edificio construido sobre el misterio para mirarle fácilmente, sin más resultado que un objeto de curiosidad.
Nosotros, y dejando para otra ocasión el desarrollo de nuestro pensamiento; nos limitaremos á decir que no comprendemos, ni el hombre como punto de partida, ni el progreso como fin, sin estas dos fuerzas, que son los dos motores: creer y amar.
El progreso es el fin; lo ideal es el tipo.
¿Qué es lo ideal? Dios.
Ideal, absoluto, perfección, infinito; palabras idénticas.
VII =Precauciones indispensables para condenar=
La historia y la filosofía tienen deberes eternos, que son al mismo tiempo simples deberes: combatir á Caifás obispo, á Dracón juez, á Trimalción, legislador, á Tiberio emperador; esto es claro, directo, explícito, y no ofrece el menor inconveniente. Pero el derecho de vivir aparte, aún con sus inconvenientes y sus abusos, debe ser reconocido y respetado. El cenobitismo es un problema humano.
Cuando se habla de los conventos, de esos lugares de error, pero de inocencia; de extravío, pero de buena voluntad; de ignorancia, pero de devoción; de suplicio, pero de martirio, es preciso casi siempre decir sí y no.
Un convento es una contradicción. Su fin es la salvación; su medio, el sacrificio. El convento es el supremo egoísmo dando por resultado la abnegación suprema.
Abdicar para reinar: ésta parece ser la divisa del monaquismo.
En el claustro se sufre para gozar. Se gira una letra de cambio sobre la muerte. Se descuenta en noche terrena la luz celestial. En el claustro se acepta el infierno como herencia anticipada sobre el cielo.
La toma del velo ó de la cogulla es un suicidio que se paga con la eternidad.
No nos parece, pues, que semejante asunto sea cosa de burla. Todo es en ello serio, así el bien como el mal.
El hombre justo frunce el entrecejo, pero no sonríe con maligna sonrisa.
Comprendemos la cólera, no la malignidad.
VIII =Fe, ley=
Algunas palabras todavía.
Censuramos la Iglesia cuando está saturada de intrigas; despreciamos la aspereza espiritual opuesta á la temporal; pero honramos en todas partes al hombre pensativo.
Saludamos al que se arrodilla.
Una fe, es necesaria para el hombre. ¡Desgraciado del que nada cree!
El hombre no está desocupado cuando está absorbido. Existe el trabajo visible y el invisible.
Contemplar, es trabajar; pensar, es producir.
Los brazos cruzados trabajan; las manos juntas hacen. La mirada al cielo es una obra.
Thales estuvo cuatro años inmóvil, y fundó la filosofía.
Para nosotros, ni los cenobitas están ociosos, ni son los solitarios holgazanes.
Pensar en la Sombra es una cosa seria.
Sin invalidar en nada cuanto hemos dicho, creemos que conviene á los vivos un perpetuo recuerdo de la tumba. Sobre este punto el sacerdote y el filósofo están de acuerdo.
_Morir habemos_, replica á Horacio el fundador de la Trapa.
Mezclar á la vida algo de la muerte, es la ley del sabio; pero es también la ley del asceta. Sobre este punto el asceta y el sabio convergen.
Existe el crecimiento material, y le queremos; pero existe también el engrandecimiento moral, que respetamos.
Los espíritus irreflexivos y ligeros dicen:
--¿Qué objeto tienen esas figuras inmóviles contemplando el misterio? ¿Para qué sirven? ¿Qué hacen?
¡Ay! En presencia de la obscuridad que nos rodea y nos espera, sin saber lo que hará de nosotros la dispersión inmensa, les respondemos:
--No hay tal vez cosa más sublime que la que hacen esas almas. Y añadimos: No hay tal vez en el mundo trabajo más útil.
Es preciso que haya los que oran siempre, por los que nunca oran.
Para nosotros, todo consiste en la cantidad de pensamiento que entra en la oración.
Leibnitz orando, es grande; Voltaire adorando, magnífico. _Deo erexit Voltaire._
Estamos por la religión contra las religiones.
Somos de los que creen en la miseria del rezo y en la sublimidad de la oración.
Por lo demás, durante el minuto que cruzamos por el mundo, minuto que afortunadamente no imprimirá su sello al siglo XIX; en esta hora en que tantos hombres tienen la frente baja y el alma poco elevada; entre tantos vivientes que tienen por regla de moral el gozar, y se ocupan de las cosas perecederas y deformes de la materia; aquél que se destierra á sí propio nos parece venerable.
El monasterio es un gran destierro. El sacrificio que da en lo falso no deja de ser un sacrificio. Tomar por deber un error severo, no deja de tener su grandeza.
Considerado en sí mismo é idealmente, y mirándole bajo todos sus aspectos para llegar al examen imparcial de la verdad, el monasterio y, sobre todo el convento de monjas, porque en nuestra sociedad la mujer padece más, y su destierro en el claustro es una especie de protesta; el convento de monjas, decimos, tiene incontestablemente cierta majestad.
La vida del claustro, tan austera y tan monótona, de la que acabamos de bosquejar algunas líneas, no es la vida, porque no es la libertad; no es la tumba, porque no es la plenitud: es el lugar extraño desde donde se descubre, como desde la cima de una alta montaña, á un lado el abismo en que vivimos, y al otro el abismo en que iremos á parar; es la estrecha y tortuosa frontera que separa, dos mundos, iluminado y obscurecido á un tiempo por los dos, y donde se confunden el rayo debilitado de la vida y el rayo ténue de la muerte; es la penumbra de la tumba.
En cuanto á nosotros, que no creemos lo que esas mujeres creen, pero que vivimos como ellas por la fe, no hemos podido pensar nunca, sin cierto terror religioso y tierno, sin cierta piedad llena de envidia, en esas criaturas resignadas, trémulas y confiadas; en esas almas humildes y augustas que se atreven á vivir en el borde mismo del misterio, esperando, entre el mundo que les está cerrado y el cielo que no se les ha abierto, volviéndose hacia la caridad invisible; pero consolándose con la idea de saber dónde está, aspirando al abismo y á lo desconocido, con la mirada fija en la inmóvil obscuridad, arrodilladas, desvanecidas, estupefactas, esperanzadas, y casi elevadas á ciertas horas por el soplo profundo de la eternidad.
LIBRO OCTAVO LOS CEMENTERIOS TOMAN LO QUE SE LES DA
I =Donde se trata de la manera de entrar en un convento=
En esta casa fué donde Juan Valjean había, según dijo Fauchelevent, «caído del cielo».
Había saltado por la pared del jardín que formaba el ángulo de la calle Polonceau. Aquel himno de ángeles que había oído en medio de la noche, era el canto de maitines de las monjas; la sala que había visto en la obscuridad, era la capilla; la fantasma que vió tendida en tierra, era la hermana del poste en el acto del desagravio; la campanilla cuyo extraño ruido le había sorprendido tanto, era el cascabel del jardinero, atado á la pierna del tío Fauchelevent.
Acostada Cosette, Juan Valjean y Fauchelevent habían cenado, como hemos dicho, un pedazo de queso y un vaso de vino al amor de una buena hoguera chispeante; y como la única cama que había, estaba ocupada por Cosette, se habían echado cada uno sobre un haz de paja.
Juan Valjean antes de cerrar los ojos, había dicho: «Es preciso que me quede aquí». Esta frase había estado dando vueltas todo la noche en el cerebro de Fauchelevent.
Á decir verdad, ninguno de los dos durmió.
Juan Valjean, viéndose descubierto y perseguido por Javert, comprendía que tanto Cosette como él, estaban perdidos si entraban de nuevo en las calles de París. Puesto que la nueva ráfaga de viento que le impeliera le había arrojado á aquel claustro, ya no tenía Juan Valjean más que una idea: quedarse allí. Para un desgraciado en su posición, era el convento á la vez que el refugio más peligroso, el más seguro; el más peligroso, porque no pudiendo entrar allí ningún hombre, si era descubierto, lo sería en flagrante delito, y no tendría que esperar para ir á la cárcel; el más seguro, porque si conseguía que le admitiesen y se quedaba, ¿quién había de ir á buscarle allí? Habitar en un lugar imposible, era su salvación.
Fauchelevent, por su parte, se devanaba los sesos, acabando por conocer que nada comprendía.
¿Cómo se encontraba allí el señor Magdalena dadas las tapias del jardín? Las paredes de un claustro no se traspasan.
¿Cómo estaba allí llevando aquella niña? Una pared vertical no se escala llevando en brazos una criatura.
¿Quién era aquella niña? ¿De dónde venían ambos? Desde que Fauchelevent entró en el convento no había oído hablar más de M* sur M* y no sabía nada de lo que allí había pasado. El señor Magdalena tenía ese aspecto que desanima á los curiosos; y además, Fauchelevent se decía á sí mismo: Á un santo no se le interroga. El señor Magdalena había conservado para él todo su prestigio. Solamente por ciertas palabras escapadas á Juan Valjean el jardinero creyó poder deducir que el señor Magdalena había podido quebrar, á causa de las dificultades de la época, y que le perseguían sus acreedores, ó bien que se había comprometido en algún negocio político y debía ocultarse, lo cual no repugnaba á Fauchelevent, quien, como casi todos los campesinos del Norte, tenía un antiguo fondo bonapartista. Ocultándose, pues, el señor Magdalena, había buscado un asilo en el convento, y era natural que quisiese permanecer en él. Pero lo inexplicable, y en lo cual devanaba inútilmente sus sesos Fauchelevent, era en el cómo había entrado allí el señor Magdalena, y entrado además con la niña. Fauchelevent los veía, los tocaba, les hablaba, y no podía creerlo. Lo incomprensible acababa de hacer su entrada en el tabuco de Fauchelevent, que andaba á tientas en medio de mil diversas conjeturas, y no veía claro sino esto: Que el señor Magdalena le había salvado la vida.
Esta única certidumbre le bastaba para decidirse. Díjose para sí: Ha llegado mi turno. Y añadió en conciencia: El señor Magdalena no deliberó tanto cuando se metió debajo de la carreta para sacarme de allí. Y decidió salvar al señor Magdalena.
Esto no obstante se hizo algunas preguntas dándose las correspondientes respuestas: Después de lo que hizo por mí, si fuera un ladrón ¿le salvaría? Sin duda alguna. Si fuera un asesino, ¿le salvaría? Igualmente. Entonces siendo un santo, ¿le salvaré? no hay duda.
Pero hacer que se quede en el convento, ¡ahí está la dificultad!
Ante esta tentativa, casi quimérica, no retrocedió Fauchelevent; aquel pobre campesino picardo, sin más medios que su buena intención y voluntad, y algo de esa proverbial astucia del lugareño, puesta á la sazón al servicio de una intención generosa, propúsose escalar las imposibilidades del claustro y las duras escabrosidades de la regla de San Benito. El tío Fauchelevent era un viejo que había sido egoísta toda su vida, y que al fin de sus últimos días, cojo, enfermo y sin vínculo alguno en el mundo, encontró un placer en el agradecimiento; y viendo que podía hacer una buena acción se arrojó como un hombre que en el momento de la muerte, se encontrase en la mano un vaso de buen vino del que jamás hubiese catado, y se lo bebiese con avidez.
Puede añadirse también, que el aire que respiraba hacía algún tiempo en aquel convento había destruido su personalidad, habiendo acabado por hacerle necesaria una buena acción, cualquiera que fuése.
Tomó, pues, la resolución de consagrarse al señor Magdalena.
Acabamos de calificarle de _pobre campesino picardo_. La calificación es justa, pero incompleta. En el punto á que hemos llegado de esta historia, es conveniente dar alguna idea fisiológica del tío Fauchelevent. Era aldeano; pero había sido escribiente, lo cual añadía la astucia curialesca á su astucia natural, y cierta penetración á su sencillez. Habiéndole salido mal sus negocios, por diferentes causas, pasó de curial á carretero y bracero.
Sin embargo, á despecho de los juramentos y los latigazos, que necesitan, al parecer, los caballos, había seguido interiormente siendo curial. Tenía cierto talento natural: no decía _j'ons_ ni _j'avons_; sostenía una conversación, cosa rara en una aldea; y sus paisanos decían de él: habla casi como un señor de sombrero. Fauchelevent pertenecía efectivamente á la clase que el vocabulario impertinente y superficial del último siglo llamaba: «entre burgués y rústico»; y que las metáforas que iban del palacio á la cabaña, calificaban de «medio villano, y medio cortesano; sal y pimienta».
Fauchelevent, aunque muy probado y aún gastado por la suerte, especie de pobre y gastado ánimo, cuya trama se veía claramente, era hombre de primer impulso y muy espontáneo; preciosa cualidad que impide siempre ser malo. Sus defectos y sus vicios, porque los había tenido, eran superficiales; en suma, su fisonomía era de las que simpatizan desde luego con el observador. Su rostro no tenía ninguna de aquellas arrugas siniestras en lo alto de la frente, que indican perversión ó brutalidad.
Al amanecer, después de haber meditado muchísimo, el tío Fauchelevent abrió los ojos y vió al señor Magdalena, que sentado sobre un haz de paja, contemplaba á Cosette dormida. Fauchelevent se incorporó y le dijo:
--Y ahora que estáis aquí, ¿como vais á componeros para salir?
Esta frase resumía la situación, sacando á Juan Valjean de sus meditaciones.
Los dos buenos hombres celebraron consejo.
Tenéis que empezar,--dijo Fauchelevent,--por no poner los pies fuera de este cuarto ni la niña ni vos. Un paso en el jardín nos perdería.
--Naturalmente.
--Señor Magdalena,--continuó Fauchelevent,--habéis llegado en muy buen momento, quiero decir, muy malo; hay una de estas señoras muy enferma. Esto hará que no vengan á mirar mucho por aquí.
Parece que se muere. Están rezando las cuarenta horas. Toda la comunidad está en el aire, ya no piensa más que en eso. La moribunda es una santa; y no es extraño, porque aquí somos santos todos. La diferencia entre ellas y yo sólo está en que ellas dicen: nuestra celda, y yo digo: mi choza. Ahora van á rezar la oración de los agonizantes, y luego la de los muertos. Por hoy podemos estar aquí tranquilos; pero no respondo de mañana.
--Sin embargo,--dijo Juan Valjean,--esta choza está en un recodo de la pared; está además oculta por unas ruinas y por los árboles, y no se la ve desde el convento.
--Y yo añado que las religiosas no se acercan nunca por aquí.
--¿Entonces?--dijo Juan Valjean.
Este «entonces» acentuado por un interrogante, significaba: Me parece que podemos permanecer aquí escondidos. Á esto respondió Fauchelevent:
--Pero están las niñas.
--¿Qué niñas?--interrogó Juan Valjean.
Cuando Fauchelevent abría la boca para explicar lo que acababa de decir, se oyó una campanada.
--La religiosa ha muerto,--dijo.--Éste es el toque.
É hizo una seña á Juan Valjean para que escuchara.
Sonó otra campanada.
--Es el toque, señor Magdalena. La campana seguirá tocando de minuto en minuto, durante veinticuatro horas, hasta la salida del cuerpo de la iglesia. Ya veis, las niñas juegan. En las horas de recreo basta que una pelota ruede un poco más para que llegue hasta aquí, á pesar de las prohibiciones, y vengan á buscar y recorrer todo esto. Son unos diablillos esos querubines.
--¿Quiénes?--preguntó Juan Valjean.
Las niñas. Os descubrirían enseguida, y gritarían: ¡un hombre! Por hoy no hay cuidado, porque no hay recreo. El día se va á ir en rezos. ¿Oís la campana? Como os he dicho, dará un golpe cada minuto. Es el toque.
Ya entiendo, tío Fauchelevent; hay colegialas.
Juan Valjean pensó para sí:
--¡Sería la educación de Cosette finalmente encontrada!
Fauchelevent exclamó:
--¡Pardiez! ¡Si hay colegialas! ¡Y que no chillarían al veros! ¡Y que no huirían! Porque aquí ser hombre es estar apestado. Ya veis que á mí me hacen llevar una campanilla en la pata como una fiera.
Juan Valjean continuaba meditando cada vez más profundamente. «Este convento podrá ser nuestra salvación», murmuró. Luego levantó la voz diciendo:
--Sí, lo difícil es quedarse.
--No, dijo Fauchelevent;--lo difícil es salir.
Juan Valjean sintió que le afluía la sangre al corazón.
--¡Salir!
--Sí, señor Magdalena; para volver á entrar es preciso salir.
Y después de haber dejado pasar una campanada de duelo, continuó:
--Así no podéis continuar aquí. ¿De dónde venís? para mí habéis caído del cielo, porque os conozco; pero para las religiosas es menester haber entrado por la puerta.
Oyóse en este momento un toque bastante complicado de otra campana.
--¡Ah!--dijo Fauchelevent.--Llaman á las madres vocales al capítulo. Siempre que muere alguna celebran capítulo. Ha muerto al amanecer; es la hora en que se suele morir.
Pero ¿no podríais salir por donde habéis entrado? Veamos, yo no lo digo por preguntar: ¿por dónde habéis entrado?
Juan Valjean se puso pálido. La sola idea de volver á bajar aquella temible calle le hacía temblar. Salir de una selva de tigres, y estando ya fuera, pensad en el efecto que os haría el consejo de un amigo que os invitara á entrar otra vez. Juan Valjean se figuraba ver á toda la policía recorriendo el barrio, á los agentes en observación, centinelas por todas partes, horribles garras extendidas hacia su cuello, y al mismo Javert quizá en el centro de la encrucijada.
--¡Imposible!--dijo.--Tío Fauchelevent, suponed que he caído del cielo.
--Si yo lo creo, por mí lo creo,--respondió Fauchelevent.--No tenéis necesidad de decírmelo. Dios os habrá cogido con la mano para veros de cerca, y después os habrá soltado. Sólo que sin duda quería llevaros á un convento de hombres, y se ha equivocado.
¿Otro toque? ¡Ah! es para decir al portero que vaya á avisar á la municipalidad, para que ordene al médico de los muertos á que venga á ver el cadáver. Todo esto es la ceremonia de cuando se muere; pero á estas señoras no les gusta mucho esa visita. Un médico no cree en nada. Viene, levanta el velo, y algunas veces otra cosa también. ¡Qué prisa han tenido esta vez para avisar al médico! ¿Qué será ello?
Vuestra niña duerme. ¿Cómo se llama?
--Cosette.
--¿Es hija vuestra? Ó lo que es igual ¿sois su abuelo?
--Sí.
--Á ella le será fácil salir de aquí. Hay una puerta excusada que da al patio. Llamo, el portero abre, yo llevo mi cesto al hombro, la niña va dentro, y salgo. El tío Fauchelevent sale con su cesto; esto es muy sencillo.
Diréis á la niña que esté quietecita debajo de la tapa. Después la deposito el tiempo necesario en casa de una vieja frutera, amiga mía, sorda, que vive en la calle de Chemin Vert, donde tiene una camita. Le gritaré al oído, que es una sobrina mía que la tenga allí hasta mañana; y luego la niña entrará con vos, pues yo os facilitaré la entrada. Será preciso. Pero vos, ¿cómo vais á salir?
Juan Valjean meneó la cabeza.
--Todo consiste en que nadie me vea, tío Fauchelevent. Buscad un medio de que salga como Cosette, en un cesto y bajo una tapa.
Fauchelevent se rascó la punta de la oreja con el dedo medio de la mano izquierda, señal evidente de grave apuro.
Oyóse un tercer toque.
--El médico de los muertos se va,--dijo Fauchelevent.--Habrá mirado y dicho: Bien; está muerta. Cuando el médico ha visado el pasaporte para el paraíso, la administración de pompas fúnebres envía un ataúd. Si se trata de una madre, la amortajan las madres; si de una hermana, la amortajan las hermanas. Después clavo yo la caja. Esto forma parte de mis obligaciones de jardinería. Por lo visto, un jardinero tiene algo de sepulturero. Se deposita el cadáver en una sala baja de la iglesia, que da á la calle, y en la que no puede entrar ningún hombre más que el médico de los muertos, pues no cuento como hombres á los sepultureros ni á mí. En dicha sala es donde clavo yo la caja. Los sepultureros vienen por ella, y ¡arrea, cochero! Así es cómo se va á los cielos. Traen una caja donde no hay nada, y se la llevan con algo dentro. Y he ahí lo que es un entierro. _De profundis._
Un rayo de sol horizontal iluminaba el rostro de Cosette dormida, que abría vagamente los labios. Parecía un ángel bebiendo la luz. Juan Valjean se puso á contemplarla. No escuchaba ya á Fauchelevent.
El no ser escuchado no es razón para callarse. El buen jardinero continuó pacíficamente su charla:
--Se abre la fosa en el cementerio de Vaugirard, que según dicen, va á ser suprimido. Es un cementerio antiguo que está fuera de las ordenanzas, que no tiene uniforme y va á tomar el retiro. Es lástima, porque es muy cómodo. Tengo allí un amigo, el tío Mestienne, el sepulturero. Estas monjas tienen el privilegio de ser enterradas al caer de la noche. Existe un decreto de la prefectura dado expresamente para ellas.
¡Qué de acontecimientos desde ayer! Ha muerto la madre Crucifixión, y el señor Magdalena ha...
--Sido enterrado,--dijo Juan Valjean, sonriendo tristemente.
Fauchelevent hizo rebotar la palabra.
--¡Diablo! Si estuviérais aquí en realidad, sería ello un verdadero entierro.
Oyóse un cuarto toque. Fauchelevent descolgó precipitadamente del clavo la rodillera con el cascabel, y se la puso en la pierna.
--Esta vez el toque es para mí. Me llama la madre priora. Bueno, me he pinchado con la punta de la hebilla. Señor Magdalena, no os mováis de aquí, esperadme. Algo de nuevo ocurre. Si tenéis necesidad, ahí encontraréis vino, pan y queso.
Y salió del cuchitril diciendo:--¡Allá voy, allá voy!
Juan Valjean le vió atravesar el jardín tan deprisa cuanto lo permitía su pierna torcida, mirando de pasada su melonar.
Antes de diez minutos el tío Fauchelevent, cuya campanilla dispersaba á su paso las religiosas, llamaba suavemente á una puerta, y una voz dulce respondía: _Por siempre jamás. Por siempre jamás_, es decir: _Adelante_.
Aquella puerta era la del locutorio reservado al jardinero para las necesidades del servicio, el cual estaba contiguo á la sala capitular. La priora, sentada en la única silla del locutorio, esperaba á Fauchelevent.
II =Fauchelevent ante la dificultad=
El aire agitado y grave es peculiar en ocasiones críticas á ciertos caracteres y ciertas profesiones, y especialmente á los curas y frailes. En el momento en que entró Fauchelevent, estaba impreso este doble signo de la preocupación en la fisonomía de la priora, que era aquella buena é ilustrada señorita de Bleumeur, madre Inocente, generalmente alegre.
El jardinero hizo un saludo tímido, y se paró en el umbral de la celda. La priora, que estaba pasando las cuentas de su rosario, levantó los ojos y le dijo:
--¡Ah! ¿Sois vos, tío Fauvent?
Tal era la abreviación adoptada en el convento.
Fauchelevent repitió el saludo.
--Tío Fauvent, os he mandado llamar.
--Aquí me tenéis, reverenda madre.
--Tengo que hablaros.
--Y yo por mi parte,--dijo Fauchelevent con un valor que le asustaba interiormente,--tengo también algo que decir á la reverendísima madre.
La priora le miró.
--¡Ah! ¿Tenéis que comunicarme algo?
--Una súplica.
--Está bien, hablad.
El buen Fauchelevent, ex-escribiente, pertenecía á la categoría de los aldeanos que tienen mucho aplomo. Cierta hábil ignorancia es una gran fuerza; no se desconfía de ella, y engaña. En los dos años largos que Fauchelevent llevaba en el convento, se había granjeado el afecto de la comunidad. Siempre solitario y siempre dedicado á su jardín, no tenía realmente otro que hacer que ser curioso. Á la distancia que estaba de todas aquellas mujeres, que iban y venían cubiertas con su velo, no veía delante de sí más que una agitación de sombras. Á fuerza de atención y penetración había llegado á reponer la carne en todas aquellas fantasmas, así es que aquellas muertas vivían para él. Era como un sordo cuya vista se alarga, ó como un ciego cuyo oído se aguza. Se había dedicado á estudiar y explicarse la significación de los diversos toques de campana, y lo había conseguido, de modo que aquel claustro enigmático y taciturno no tenía misterios para él, aquella esfinge le decía al oído todos sus secretos. Fauchelevent, sabiéndolo todo, lo ocultaba todo. Éste era su arte. Todo el convento le creía estúpido; gran mérito en religión. Las madres vocales le hacían caso. Era un mudo curioso. Y así inspiraba confianza.
Luego lo hacía todo con mucha regularidad, y no salía nunca más que para sus necesidades naturales de hortelano y jardinero. Esta discreción de salidas se le tenía muy en cuenta.
No por eso había dejado de hacer hablar á dos hombres: en el convento al portero, por cuyo medio sabía las particularidades del locutorio; y en el cementerio al enterrador, con lo cual sabía las particularidades de la sepultura; de manera, que tenía respecto de las religiosas una doble luz, así sobre la vida como sobre la muerte. Pero de nada abusaba.
La congregación le apreciaba.
Viejo, cojo, casi ciego, probablemente algo sordo, ¡qué de cualidades! Difícilmente se le hubiera podido reemplazar.
El buen hombre, con la seguridad del que se ve apreciado, entabló, frente á frente con la reverenda priora, una arenga de aldeano bastante difusa y muy profunda. Habló largamente de su edad, de sus enfermedades, del peso de los años, contándolos dobles, de las exigencias crecientes del trabajo, de la extensión del jardín, de las noches que pasaba, como la última, por ejemplo, en que había tenido que cubrir con estera los melones resguardándolos de los efectos de la luna, acabando por decir: que tenía un hermano (la priora hizo un movimiento), un hermano no joven (segundo movimiento de la priora, pero movimiento de tranquilidad), que si se le permitía podría su hermano vivir con él y ayudarle; que era un excelente jardinero; que la comunidad podría utilizar sus buenos servicios, mejores que los suyos; que de no ser admitido su hermano, él, que era el mayor, sintiéndose cascado é inútil para el trabajo, se vería bien á pesar suyo, obligado á marcharse; y que su hermano tenía una niña, que llevaría consigo y se educaría en Dios en la casa, y podría, ¿quién sabe? llegar á monja.
Cuando hubo terminado, la priora interrumpió el recorrido de las cuentas de su rosario entre los dedos, y le dijo:
--¿Podríais procuraros de aquí á la noche una barra fuerte de hierro?
--¿Para hacer?
--Una palanca.
--Sí, reverenda madre,--respondió Fauchelevent.
La priora, sin decir una palabra más se levantó y entró en el cuarto inmediato, que era la sala capitular, donde estaban reunidas, probablemente, las madres vocales.
Fauchelevent, quedó solo.
III =La madre Inocente=
Trascurrió próximamente un cuarto de hora. La priora entró de nuevo sentándose otra vez en la silla.
Los dos interlocutores parecían preocupados. Trascribiremos lo mejor que podamos el diálogo que se empeñó:
--¿Tío Fauvent?
--¿Madre reverenda?
--¿Conocéis bien la capilla?
--Tengo en ella un pequeño rincón para oir misa y asistir á los oficios.
--¿Habéis entrado en el coro alguna vez?
--Dos ó tres.
--Es preciso levantar una piedra.
--¿Pesada?
--La losa del suelo que está junto al altar.
--¿La piedra que cierra la bóveda?
--Sí.
--Es obra para la que se necesitan dos hombres.
--La madre Ascensión, que es fuerte como un hombre, os ayudará.
--Una mujer no es nunca un hombre.
--No tenemos más que una mujer para ayudaros. Cada uno hace lo que puede. Porque Mabillón dé cuatrocientas diez y siete epístolas de san Bernardo, y Merlonus Horstius no dé más que trescientas sesenta y siete, no he de despreciar á Merlonus Horstius.
--Ni yo tampoco.
--El mérito consiste en trabajar según nuestras fuerzas. Un claustro no es un taller.
--Ni una mujer un hombre. ¡Mi hermano sí que es fuerte!
--Además, tendréis una palanca.
--Ésta es la única llave que va bien á semejantes puertas.
--La piedra tiene una argolla.
--Pasaré por ella la palanca.
--La piedra está colocada de modo que pueda girar.
--Está bien, reverenda madre; abriré la bóveda.
--Las cuatro madres cantoras os ayudarán.
--¿Y cuando la bóveda esté abierta?
--Será preciso volverla á cerrar.
--¿Es esto todo?
--No.
--Dadme vuestras órdenes, madre reverendísima.
--Fauvent, tenemos confianza en vos.
--Estoy aquí para lo que se ofrezca.
--Y para callar.
--Sí, reverenda madre.
--Cuando esté abierta la bóveda...
--La cerraré de nuevo.
--Pero antes...
--¿Qué, reverenda madre?
--Será preciso bajar algo.
Hubo un momento de silencio. La priora, después de hacer un movimiento con el labio inferior que parecía indicar cierta duda, lo rompió:
--¿Tío Fauvent?
--¿Reverenda madre?
--¿Sabéis que esta mañana ha fallecido una madre?
--No.
--¿No habéis oído la campana.
--En el fondo del jardín no se oye nada.
--¿De veras?
--Apenas distingo yo mi toque.
--Ha muerto al amanecer.
--Además, esta mañana el viento soplaba de la parte contraria.
--Es la madre Crucifixión. ¡Una bienaventurada!
La priora se calló, moviendo un momento los labios como haciendo oración mental, y continuó:
--Hace tres años, que sólo por haber visto rezar á la madre Crucifixión, una jansenista, la señora de Béthune, se hizo ortodoxa.
--¡Ah! Sí; ahora oigo el toque, reverenda madre.
--Las madres la han llevado al departamento de las difuntas que da á la iglesia.
--Ya sé.
--Ningún hombre más que vos puede y debe entrar en dicho departamento; vigilad bien. ¡Tendría que ver que un hombre entrase en el depósito de los muertos!
--¡Con más frecuencia!
--¿Eh?
--¡Con más frecuencia!
--¿Qué es lo que decís?
--Que con más frecuencia.
--¿Con más frecuencia que qué?
--Reverenda madre, no digo con más frecuencia que qué, digo sencillamente con más frecuencia.
--No os comprendo. ¿Por qué decís con más frecuencia?
--Por decir lo que vos, reverenda madre.
--Pero yo no he dicho con más frecuencia.
--No lo habéis dicho; pero lo he dicho yo para decir lo que vos.
En este momento dieron las nueve.
--Á las nueve de la mañana, y á todas horas, alabado y adorado sea el Santísimo Sacramento del altar,--dijo la priora.
--Amén,--contestó Fauchelevent.
La hora sonó muy oportunamente, cortando el «con más frecuencia». Es muy probable que sin esta interrupción la priora y Fauchelevent no hubiesen desenredado nunca aquella madeja.
Fauchelevent se enjugó la frente.
La priora murmuró de nuevo por lo bajo, rezando sin duda, y dijo después levantando la voz:
--Durante su vida hizo la madre Crucifixión muchas conversiones; después de muerta hará milagros.
--¡Los hará!--contestó Fauchelevent afirmándose en su terreno, y esforzándose para no volver á tropezar.
--Tío Fauvent, la comunidad ha sido bendecida en la madre Crucifixión. Sin duda no es dado á todo el mundo morir como el cardenal de Bérulle celebrando la santa misa, y exhalar el alma hacia Dios pronunciando estas palabras: _Hanc igitur oblationem_. Pero sin alcanzar tanta dicha, la madre Crucifixión ha tenido una buena muerte. Ha conservado el conocimiento hasta el postrer instante. Nos hablaba á nosotras, y luego hablaba á los ángeles. Nos ha hecho sus últimos encargos. Si tuviérais un poco más de fe, y hubiérais podido estar en su celda, os habríais curado la pierna con sólo tocarla. Sonreía de continuo. Sentíase que iba á resucitar en Dios. Adivinábase en su muerte el paraíso.
Fauchelevent creyendo que terminaba una oración, dijo:
--Amén.
--Tío Fauvent, es preciso cumplir las disposiciones de los muertos.
La priora recorrió algunas cuentas de su rosario. Fauchelevent continuó callado.
Ella prosiguió:
--He consultado sobre este punto á varios eclesiásticos trabajadores en la viña del Señor, que se ocupan en los ejercicios de la vida clerical recogiendo admirables frutos.
--Reverenda madre, desde aquí se oyen los toques mucho mejor que desde el jardín.
--Y luego, que más que una difunta, es una santa.
--Como vos, madre reverenda.
--Dormía en su ataúd desde hace veinte años, por concesión expresa de nuestro santo padre Pío VII.
--El que coronó al emp... Buonaparte.
Para un hombre hábil como Fauchelevent, semejante recuerdo era una torpeza. Afortunadamente la priora, entregada á sus meditaciones, no le entendió.
--¿Tío Fauvent?
--¿Reverenda madre?
--San Diódoro, arzobispo de Capadocia, quiso que en su sepultura se escribiese sólo esta palabra: _Acarus_, que significa gusano de tierra, y así se hizo. ¿No es verdad?
--Sí, reverenda madre.
--El bienaventurado Mezzocane, abad de Aquila, quiso ser inhumado bajo la horca, y se hizo así.
--Es verdad.
--San Terencio, obispo de Porto, en la desembocadura del Tíber, pidió que se grabase en la losa de su sepulcro el signo que se ponía en la losa de los parricidas, con el deseo de que los transeuntes escupiesen sobre su tumba. Y así se hizo también. Que es preciso obedecer á los muertos.
--Así sea.
--El cuerpo de Bernardo Guidonis nacido en Francia cerca de Roche Abeille, fué, según había dispuesto, y á pesar del Rey de Castilla, conducido á la iglesia de los dominicos de Limoges, por más que Bernardo Guidonis hubiese sido obispo de Tuy en España. ¿Puede decirse lo contrario?
--No, reverenda madre.
--El hecho está atestiguado por Plantavit de la Fosse.
Volvieron á correr en silencio las cuentas del rosario.
La priora continuó:
--Tío Fauvent, la madre Crucifixión será enterrada en el ataúd en que ha dormido por espacio de veinte años.
--Es justo.
--Es una continuación del sueño.
--¿Tendré, pues, que clavarla en ese ataúd?
--Sí.
--¿Y prescindiremos de la caja de las pompas fúnebres?
--Naturalmente.
--Estoy á las órdenes de la reverendísima comunidad.
--Las cuatro madres cantoras os ayudarán
--¿Á clavar la caja? No hay necesidad.
--No; á bajarla.
--¿Adónde?
--Á la bóveda.
--¿Qué bóveda?
--Debajo del altar.
Fauchelevent dió un brinco.
--¿En la bóveda debajo del altar?
--Debajo del altar.
--Pero...
--Llevaréis una barra de hierro.
--Sí; pero...
--¡Levantaréis la piedra introduciendo la barra en el anillo!
--Pero...
--Debemos obedecer á los muertos. El deseo supremo de la madre Crucifixión ha sido ser enterrada en la bóveda debajo del altar de la capilla, no descansar en tierra profana; continuar muerta en el mismo sitio en que ha rezado viva. Así nos lo ha pedido, es decir, mandado.
--Pero eso está prohibido.
--Prohibido por los hombres; mandado por Dios.
--¿Y si llega á saberse?
--Confiamos en vos.
--¡Oh! Yo soy una piedra de estas paredes.
--Se ha reunido el capítulo. Las madres vocales á quienes acabo de consultar, y que están aún deliberando, han decidido que la madre Crucifixión sea, según su orden, enterrada en su ataúd, debajo del altar. ¡Figuraos, tío Fauvent, si se llegasen á hacerse aquí milagros! ¡Qué gloria en Dios para la comunidad! Los milagros salen de las tumbas.
--Pero, reverenda madre, si el inspector de la comisión de salubridad...
--San Benito II, en materia de sepulturas, resistió á Constantino Pogonates.
--No obstante, el comisario de policía...
--Chonodemaro, uno de los siete reyes alemanes que entraron en las Galias, bajo el imperio de Constancio, reconoce expresamente el derecho de los religiosos á ser enterrados en religión, es decir, debajo del altar.
--Pero el inspector de la prefectura...
--El mundo no significa nada ante la cruz. Martín, undécimo general de los cartujos, dió esta divisa á su orden: _Stat crux dum volvitur orbis_.
--Amén,--dijo Fauchelevent, que seguía imperturbablemente su costumbre de salir del paso siempre que oía hablar en latín.
Un auditorio cualquiera le basta á quien se ha estado callado mucho tiempo. El día en que el retórico Gymnastoras salió de la cárcel, llevando el cuerpo lleno de dilemas y silogismos reprimidos, se paró ante el primer árbol que encontró, arengándole y haciendo grandes esfuerzos para convencerle. La priora, habitualmente sujeta al dique del silencio, tenía demasiado lleno el depósito, y se levantó, exclamando con una locuacidad propia de una compuerta que se levanta:
--Tengo á mi derecha á Benito y á mi izquierda á Bernardo. ¿Quién es Bernardo? El primer abad de Claraval. Fontaines, en Borgoña es el país bendito por haberle visto nacer. Su padre se llamaba Tecelino y su madre Aletha. Principió en Císter para llegar á Claraval; fué ordenado de presbítero por el obispo de Chalón del Saona Guillermo de Champeaux; tuvo setecientos novicios, y fundó ciento sesenta monasterios; él fué quien derribó á Abelardo en el concilio de Sens en 1140, como á Pedro de Bruys y Enrique su discípulo, y á otra secta de extraviados, que se llamaban los apostólicos; confundió á Arnoldo de Brescia; anonadó al monje Raoul, el matador de judíos; dominó en 1148 el concilio de Reims; hizo condenar á Gilberto de la Porée, obispo de Poitiers, y á Éon de l'Etoile; intervino en las diligencias de los príncipes; iluminó al rey Luis el Joven; aconsejó al papa Eugenio III; arregló el Temple; predicó la Cruzada; hizo doscientos cincuenta milagros durante su vida, y hasta treinta y nueve en sólo un día.
¿Quién es Benito? Es el patriarca de Montecasino, es el segundo fundador de la Santidad Claustral, el Basilio de Occidente. Su orden ha producido cuarenta papas, doscientos cardenales, cincuenta patriarcas, mil seiscientos arzobispos, cuatro mil seiscientos obispos, cuatro emperadores, doce emperatrices, cuarenta y seis reyes, cuarenta y una reinas, tres mil seiscientos santos canonizados, y subsiste aún, después de mil cuatrocientos años.
¡De un lado San Bernardo, de otro el encargado de la salubridad! ¡De un lado San Benito, de otro el inspector de vialidad! El Estado, la vialidad, las pompas fúnebres, los reglamentos, la administración, ¿qué tenemos nosotras que ver con eso? Cualquiera se indignaría al ver cómo se nos trata. ¡Ni aun tendremos el derecho de dar nuestras cenizas á Jesucristo! La salubridad es una invención revolucionaria. Dios subordinado al comisario de policía: ése es el siglo. ¡Silencio, Fauvent!
Fauchelevent, bajo semejante ducha, no estaba, en verdad, muy á su gusto. La priora continuó:
--El derecho del monasterio á la sepultura no es dudoso para nadie. No pueden negarlo más que los fanáticos y los ilusos. Vivimos en unos tiempos de confusión terrible. Se ignora lo que se debe saber, y se sabe lo que se debe ignorar. Dominan la ignorancia y la impiedad. Hay gentes en esta época que no hacen distinción entre el grandísimo San Bernardo y el Bernardo llamado de los Pobres Católicos, un buen eclesiástico que vivía en el siglo XIII. Otros blasfeman hasta el punto de comparar el cadalso de Luis XVI con la cruz de Jesucristo. Luis XVI no era más que un rey. ¡Tengamos, pues, en cuenta á Dios!
No hay ya nada justo ni injusto. Se sabe el nombre de Voltaire, y se ignora el de César de Bus. Y sin embargo, César de Bus es un bienaventurado, y Voltaire un infeliz. El último arzobispo, el cardenal de Périgord, ni aun sabía que Carlos de Gondren sucedió á Bérulle, y Francisco Bourgoin, á Gondren, y Juan Francisco Senault á Bourgoin, y el padre Santa Marta á Juan Francisco Senault. Se sabe el nombre del padre Cotón, no porque fuése uno de los tres que contribuyeron á la fundación del Oratorio, sino porque dió motivo para uno de sus juramentos exclamatorios al rey hugonote Enrique VI.
Lo que hace á san Francisco de Sales simpático á las gentes del mundo, es que hacía fullerías en el juego.
¡Y luego se ataca á la religión! ¿Por qué? Porque ha habido malos sacerdotes; porque Sagitario, Obispo de Gap, era hermano de Salone, obispo de Embrun, y que ambos siguieron á Mommol. ¿Y eso qué importa? ¿Impide por ventura que Martín de Tours sea un santo, y de que diera la mitad de su capa á un pobre? Se persigue á los santos; se cierran los ojos á la verdad; se acostumbra el hombre á las tinieblas. Los animales más feroces son los ciegos. Nadie se acuerda del infierno para nada. ¡Ah pueblo pervertido! En nombre del rey significa hoy lo mismo que en nombre de la revolución. No se sabe lo que se debe á los vivos ni á los muertos. Está prohibido morir santamente. El sepulcro es un negocio civil. Esto es horroroso. San León II escribió expresamente dos cartas, la una á Pedro Notaire y la otra al rey de los visigodos, para combatir y rechazar en las cuestiones que se relacionan con los muertos, la autoridad del exarca, y la supremacía del emperador Gauthier, obispo de Châlons, se las tuvo tiesas en esta materia á Otón, duque de Borgoña. La antigua magistratura estaba en esto conforme. En otros tiempos teníamos nosotras voz en el capítulo, aun en las cosas del siglo. El abad de Císter, general de la orden, era consejero nato del parlamento de Borgoña. Podíamos hacer de nuestros muertos lo que queríamos. Pues qué, el mismo cuerpo de san Benito, ¿no está en Francia en la abadía de Fleury, llamada de San Benito del Loira, aunque murió en Italia en Montecasino, el sábado 21 de marzo del año 543? Todo esto es incontestable. Aborrezco á los intrusos; odio á los herejes, pero odiaría más aún á quién me sostuviese lo contrario. No hay más que leer á Arnaldo Wion, á Gabriel Bucelin, á Tritemo, á Maurólico y á Lucas de Achery.
La priora tomó aliento, volviéndose luego á Fauchelevent:
--Tío Fauvent, ¿está dicho?
--Está dicho, reverenda madre.
--¿Se puede contar con vos?
--Obedeceré.
--Está bien.
--Estoy completamente consagrado al convento.
--Quedamos entendidos. Cerrareis el ataúd; las hermanas le llevarán á la capilla y se rezará el oficio de difuntos. Después se volverán al claustro. Á las once y media vendréis con la barra de hierro, y todo se hará con el mayor sigilo. No habrá en la capilla nadie más que las cuatro madres cantoras, la madre Ascensión y vos.
--Y la hermana que esté en el poste.
--No se volverá.
--Pero oirá.
--No escuchará. Además, lo que el claustro sabe lo ignora el mundo.
Hubo todavía otra pausa: la priora continuó:
--Dejaréis vuestro cascabel. Es inútil que la hermana que esté en el poste advierta que estáis allí.
--¿Reverenda madre?
--¿Qué, tío Fauvent?
--¿Ha venido ya el médico de los muertos?
--Vendrá hoy á las cuatro. Ha sonado ya el toque que manda llamarle. ¿Pero vos no oís ningún toque?
--No me fijo más que en el mío.
--Muy bien hecho, tío Fauvent.
--Reverenda madre, se necesita una palanca lo menos de seis pies.
--¿De dónde la sacaréis?
--Donde no faltan rejas no pueden faltar barras de hierro. Tengo un montón de hierro viejo allá en el fondo del jardín.
--Tres cuartos de hora antes de la media noche; no lo olvidéis.
--¿Reverenda madre?
--¿Qué?
--Si otra vez tuviérais que hacer obras como ésta, mi hermano sí que es fuerte. ¡Un verdadero turco!
--Despacharéis lo antes posible.
--No por ganas podré ir más aprisa. Estoy tan delicado; no me vendría mal un buen auxiliar. Cojeo.
--El ser cojo no es una desgracia, es tal vez una bendición. El emperador Enrique II, que combatió al antipapa Gregorio y restableció á Benito VIII, tiene dos sobrenombres: el Santo y el Cojo.
--Es muy bueno eso de tener dos sobretodos,--murmuró Fauchelevent,--que en realidad tenía el oído un poco duro.
--Tío Fauvent, estoy pensando en que debemos tomarnos una hora entera. Y no será demasiado. Estaréis junto al altar mayor con la barra de hierro á las once. El oficio empezará á las doce, y es menester que todo esté concluido un cuarto de hora antes.
--Todo lo haré para probar mi celo por la comunidad. Está dicho. Clavaré el ataúd. Á las once en punto estaré en la capilla. Estarán ya allí las madres cantoras y la madre Ascensión. Dos hombres valdrían mucho más. En fin, ¡no importa! Llevaré mi palanca. Abriremos la bóveda, bajaremos el ataúd, volveremos á cerrar. Y punto concluido; no va á quedar el menor rastro. El Gobierno nada sospechará. Reverenda madre, ¿todo quedará así arreglado como queréis?
--No.
--¿Hay más que hacer?
--Sobre la caja vacía...
Esto produjo un momento de silencio. Fauchelevent meditaba. La priora meditaba igualmente.
--Tío Fauvent. ¿Qué haremos del ataúd?
--Le enterraremos.
--¿Vacío?
Nuevo silencio. Fauchelevent hizo con la mano izquierda esa especie de gesto que parece dar por terminada una cuestión enojosa.
--Reverenda madre, soy yo quien he de clavar la caja en el depósito de la iglesia; nadie puede entrar allí más que yo; yo cubriré el ataúd con el paño mortuorio.
--Sí, pero los mozos al llevarle al carro, y al bajarle á la fosa, conocerán fácilmente que no tiene nada dentro.
--¡Ah, _di_...!--exclamó Fauchelevent.
La priora empezó á santiguarse, y miró fijamente al jardinero. El _ablo_ se le quedó atascado en la garganta.
Apresuróse á inventar una salida para hacer olvidar el juramento.
--Reverenda madre, llenaré de tierra la caja y hará el mismo efecto que si llevara dentro un cuerpo.
--Tenéis razón. La tierra es lo mismo que el hombre. ¿De modo que llenaréis así el vacío del ataúd?
--Queda á mi cargo.
El semblante de la priora, hasta entonces turbado y sombrío, se serenó. Hizo al jardinero la señal del superior que despide al inferior. Fauchelevent se dirigió á la puerta. Cuando ya iba á salir, la priora levantó dulcemente la voz.
--Tío Fauvent, estoy satisfecha de vos. Mañana, después del entierro, acompañad á vuestro hermano, decidle que lleve también la niña.
IV =Donde parece que Juan Valjean había leído á Agustín Castillejo=
Los pasos de un cojo son como las miradas de un tuerto: no llegan fácilmente adonde se dirigen. Por otra parte, Fauchelevent estaba perplejo. Empleó cerca de un cuarto de hora en llegar á la barraca del jardín. Cosette había despertado; Juan Valjean la había sentado cerca de la lumbre, y cuando entró Fauchelevent le estaba enseñando el cesto del jardinero, pendiente de la pared, y diciéndole:
--Oye bien, hijita. Es preciso que salgamos de esta casa; pero volveremos y estaremos muy bien en ella. Este buen hombre que vive aquí te llevará á cuestas ahí dentro. Tú me esperarás en casa de una señora, adonde iré á buscarte. ¡Si no quieres que te coja otra vez la Thénardier, obedece y no digas otra palabra!
Cosette hizo un movimiento de cabeza con aire grave.
Al ruido de Fauchelevent abriendo la puerta, se volvió Juan Valjean.
--¿Y qué?
--Todo está arreglado, y nada se ha hecho,--contestó Fauchelevent.--Tengo yo permiso para haceros entrar; pero antes es preciso salir. Aquí está el atolladero de la carreta. En cuanto á la niña, es cosa fácil.
--¿La llevaréis?
--¿Se estará callada?
--Yo respondo.
--Pero ¿y vos, señor Magdalena?
Y después de un silencio lleno de ansiedad, exclamó Fauchelevent:
--¡Pero salid por donde habéis entrado!
Juan Valjean, como la primera vez, se limitó á contestar:
--¡Imposible!
Fauchelevent, hablando más bien consigo mismo que con Juan Valjean, murmuró:
--Hay otra cosa que me atormenta. He dicho que la llenaré de tierra, y ahora se me ocurre que, llevando tierra en vez de un cuerpo, no tendrá semejanza verdadera. Se moverá, se correrá, los hombres lo conocerán.
¿Comprendéis, señor Magdalena? y el Gobierno se apercibirá.
Juan Valjean le miró atentamente, creyendo que deliraba.
Fauchelevent continuó:
--¿Cómo di...antres vais á salir? ¡Y es preciso que todo quede hecho mañana! Porque mañana os he de presentar. La priora os espera.
Entonces explicó á Juan Valjean que esto era en recompensa de un servicio que él, Fauchelevent, prestaba á la comunidad. Que en sus atribuciones entraba algo de sepulturero; que clavaba el ataúd y ayudaba al enterrador del cementerio. Que la religiosa que había muerto aquella mañana había pedido ser enterrada en el ataúd que le servía de cama, y sepultada en la bóveda debajo del altar de la capilla. Que esto estaba prohibido por los reglamentos de policía; pero que la religiosa era una de esas muertas á quienes nada se puede negar. Que la priora y las madres vocales creían que debían cumplir lo mandado por la difunta. Y que tanto peor para el Gobierno. Que, él, Fauchelevent, clavaría el ataúd en la celda, levantaría la losa de la capilla y bajaría el cadáver á la bóveda. Y que para recompensárselo, la priora admitiría á su hermano de jardinero y á su sobrina de educanda. Que su hermano sería el señor Magdalena y su sobrina Cosette. Que la priora le había dicho que llevase á su hermano el día siguiente por la tarde después del entierro simulado en el cementerio. Pero no podía traer de afuera al señor Magdalena, si el señor Magdalena no estaba afuera antes. Ésta es la primera dificultad. Después había otra: el ataúd vacío.
--¿Qué es eso del ataúd vacío?--preguntó Juan Valjean.
Fauchelevent respondió:
--El ataúd de la administración.
--¿Qué ataúd? ¿Y qué administración?
--Cuando una religiosa muere, viene el médico de la municipalidad y dice: Ha muerto una monja. El Gobierno envía el ataúd, y al día siguiente envía un carro fúnebre y sepultureros, que cargan el ataúd y se lo llevan al cementerio. Vendrán los sepultureros, levantarán la caja, y no habrá nada dentro.
--Pues meted cualquier cosa.
--¿Un muerto? No le tengo.
--No.
--¿Pues qué?
--Un vivo.
--¿Qué vivo?
--Yo,--dijo Juan Valjean.
Fauchelevent, que estaba sentado, se levantó como si hubiese estallado un petardo debajo de su silla.
--¿Vos?
--¿Y por qué no?
Juan Valjean dejó escapar una de esas sonrisas parecidas á un relámpago en un cielo de invierno.
--Sabéis, Fauchelevent, que habéis dicho: la madre Crucifixión ha muerto, y que yo añadí: y el señor Magdalena está enterrado. Pues ahí tenéis.
--¡Ah! os reís; no habláis formalmente.
--Hablo formalmente. ¿No es preciso salir de aquí?
--Sin duda.
--¿No os dije que buscarais también para mí un cesto y una tapa?
--¿Y qué?
--Que el cesto será de pino, y la tapa un paño negro.
--No; un paño blanco. Á las religiosas las entierran vestidas de blanco.
--Vaya por el paño blanco.
--Vos no sois un hombre como los demás, señor Magdalena.
Al oir Fauchelevent semejantes ocurrencias, que no eran otra cosa que las salvajes y temerarias invenciones del presidio, surgiendo de las cosas apacibles que le rodeaban, y mezclándose, con lo que él llamaba «la marcha regular del convento», sentía un estupor comparable al de un transeunte que viera á una gaviota metiendo el pico para pescar en el arroyo de la estrecha calle de San Dionisio.
Juan Valjean prosiguió:
--Se trata de salir de aquí sin ser visto; pues no deja de ser éste un medio. Pero antes instruidme. ¿Qué pasos se han de dar? ¿Dónde está ese ataúd?
--¿El vacío?
--Sí.
--Abajo, en la llamada sala de los muertos. Sobre dos caballetes y debajo del paño mortuorio.
--¿Cuál es la longitud de la caja?
--Seis pies.
--¿Y dónde está la sala de los muertos?
--Es una pieza del piso bajo que tiene una ventana con reja al jardín, la cual se cierra por fuera con un postigo, y dos puertas, una que da al convento, y otra á la iglesia.
--¿Á qué iglesia?
--Á la iglesia de la calle, la iglesia pública.
--¿Tenéis las llaves de ambas puertas?
--No. Tengo la de la puerta que da al convento, y el portero tiene la de la puerta que da á la iglesia.
--¿Y cuándo abre esa puerta el portero?
--Solamente para dar entrada á los sepultureros cuando vienen á buscar el ataúd. Cuando el ataúd sale, vuelve á cerrarse la puerta.
--¿Quién clava el ataúd?
--Yo.
--¿Quién pone el paño encima?
--Yo.
--¿Vos solo?
--Ningún otro hombre, excepto el médico de la policía, puede entrar en la sala de los muertos. Así está escrito en la pared.
--¿Y podríais esta noche, cuando todos duerman en el convento, ocultarme en dicha sala?
--No; pero puedo ocultaros en un cuartito obscuro que da á la propia sala de los muertos, donde guardo mis útiles de enterrar, y cuya llave tengo en mi poder.
--¿Á qué hora vendrá el carro mañana por el ataúd?
--Á eso de las tres de la tarde. El entierro se verificará en el Cementerio de Vaugirard poco antes de anochecer. No está muy cerca.
--Bien; estaré escondido en el cuartito de vuestras herramientas toda la noche y toda la mañana. ¿Y para comer? Porque tendré hambre.
--Yo os llevaré que comer.
--Podréis ir á encerrarme en el ataúd á las dos.
Fauchelevent retrocedió, haciendo chasquear los dedos.
--¡Pero es imposible!
--¡Bah! ¿Coger un martillo y clavar unos clavos en una tabla?
Lo que le parecía altamente difícil á Fauchelevent, era sencillísimo para Juan Valjean, quien había atravesado peores dificultades. El que ha estado en presidio sabe el arte de encogerse según el diámetro de las evasiones. El preso está sujeto á la fuga como el enfermo á la crisis que le salva ó le pierde. Una evasión es una curación. ¿Y qué es lo que no se acepta para curar? Dejarse encerrar y conducir en un cajón como un bulto, vivir largo tiempo en una caja, encontrar aire donde no le hay, economizar la respiración horas enteras, saber asfixiarse sin morir, todo ello era uno de los sombríos talentos de Juan Valjean.
Por lo demás, un ataúd dentro del cual va un ser viviente, si es estratagema de presidiario, lo es también de emperador. Si hemos de dar crédito al monje Agustín Castillejo, este fué el medio de que se valió Carlos V, al querer después de su adjudicación, ver por última vez á la Blomberg, para hacerla entrar y salir en el monasterio de Yuste.
Fauchelevent, algo tranquilizado, preguntó:
--Pero ¿cómo lo haréis para respirar?
--Respirando.
--¡Dentro de aquella caja! Solamente de pensar en ello me ahogo.
--Tendréis una barrena, está claro; haced unos agujeritos en rededor de la boca, y clavad luego sin apretar la tapa.
--¡Bueno! ¿Y si se os ocurre toser ó estornudar?
--El que se evade no tose ni estornuda jamás.
Y Juan Valjean añadió:
--Tío Fauchelevent, es preciso decidirse: ó ser aquí descubierto, ó salir en el carro de los muertos.
Todo el mundo conocerá la afición de los gatos á pararse y juguetear entre las hojas de una puerta entreabierta. ¿Quién no le ha dicho á un gato: pero entra de una vez? Hay hombres que cuando tienen un incidente abierto ante sus ojos, tienen también inclinación á permanecer indecisos entre dos resoluciones, á riesgo de hacerse aplastar por el destino cerrando bruscamente la aventura. Los más prudentes, por más gatos que sean, y porque gatos son precisamente, corren alguna vez mayor peligro que los audaces. Fauchelevent era naturalmente indeciso. Sin embargo, la sangre fría de Juan Valjean le dominó á pesar suyo, y murmuró:
--La verdad es que no hay otro medio.
Juan Valjean replicó:
--Lo único que me preocupa es lo que sucede en el cementerio.
--Pues eso es lo que á mí no me apura,--exclamó Fauchelevent.--Si tenéis seguridad de salir de la caja, yo la tengo de sacaros de la fosa. El enterrador es un borrachín amigo mío, el tío Mestienne, un viejo de cepa secular. El enterrador mete los muertos en la fosa, y yo meto al enterrador en mi bolsillo. Voy á deciros lo que sucederá. Llegaremos un poco antes de anochecer; tres cuartos de hora antes del cierre de la verja del cementerio. El carro llegará hasta la fosa, y yo le seguiré, porque éste es mi deber. Llevaré un martillo, escoplo y tenazas en el bolsillo. Se detendrá el carro; los mozos atarán una cuerda al ataúd, y os bajarán al hoyo. El capellán recitará las oraciones, hará la señal de la cruz, echará agua bendita y se retirará. Entonces quedaré yo sólo con el tío Mestienne, que es mi amigo, como os he dicho. Y sucederá una de dos: ó que esté borracho, ó que no lo esté. Si no está borracho, le diré: vente á echar un trago, mientras está abierto aún el _Buen Membrillo_. Me lo llevo y le emborracho: no cuesta mucho emborrachar al tío Mestienne, porque siempre está resbaladizo. Le dejo bajo la mesa, le cojo su tarjeta para volver á entrar en el cementerio, y entro de nuevo solo. Entonces ya no tenéis que habéroslas sino conmigo. Si no está borracho, le digo: anda, yo haré tu trabajo. Se va, y os saco del agujero.
Juan Valjean le tendió la mano, y Fauchelevent se precipitó á tomársela con toda la tierna efusión de que puede ser susceptible un campesino.
--Está convenido, tío Fauchelevent. Todo saldrá bien.
--Con tal que nada se descomponga,--pensó Fauchelevent.--¡Sería terrible!
V =No basta ser borracho para ser inmortal=
Al día siguiente, cuando declinaba el sol, los escasos transeuntes de la calle ancha del Maine se quitaban el sombrero al paso de un carro fúnebre de antiguo modelo, adornado de calaveras, tibias y lágrimas. Este carro conducía un ataúd cubierto por un paño blanco, sobre el que se destacaba una cruz negra, semejante á un gran cadáver con los brazos colgando. Un coche enlutado, en el que iban un cura con sobrepelliz y un monaguillo con sotana roja, seguía al carro; á derecha é izquierda de él marchaban dos sepultureros de uniforme gris con adornos negros. Detrás iba un viejo cojeando y en traje de artesano. El cortejo se dirigía al cementerio de Vaugirard.
Del bolsillo del hombre se veían salir al mango de un martillo, la hoja de un escoplo y las puntas de unas tenazas.
El cementerio de Vaugirard era una excepción entre los cementerios de París. Tenía, por así decirlo, sus costumbres particulares, lo mismo que tenía su puerta cochera y su puerta pequeña, llamadas en el barrio por los viejos, siempre apegados á los dichos antiguos, la puerta de los caballeros y la puerta plebeya. Las bernardas-benedictinas del Pequeño-Picpus habían obtenido, según ya hemos dicho, el privilegio de ser enterradas en sitio aparte y por la tarde, en un terreno que había pertenecido á su comunidad. Los sepultureros estaban también sujetos á una disciplina particular, por lo que debían prestar ese servicio en el cementerio por la tarde en verano, y de noche en invierno. Las puertas de los cementerios de París se cerraban en aquella época al ponerse el sol; y siendo ésta una medida municipal, estaba sometido á ella el cementerio de Vaugirard lo mismo que todos los demás. La puerta de caballeros y la puerta de peatones eran dos verjas contiguas, situadas á los lados de un pabellón construido por el arquitecto Perronet, y habitado por el portero del cementerio. Estas verjas giraban por lo tanto inexorablemente sobre sus goznes en el momento en que el sol desaparecía por detrás de la cúpula de los Inválidos.
Si algún sepulturero al cerrarse las verjas se había quedado dentro, no tenía otro medio para salir, que presentar su nombramiento de enterrador, expedido por la administración de pompas fúnebres. En un postigo de la casa del guarda había una especie de buzón como los de correos. El sepulturero echaba en él su tarjeta; el guarda la oía caer, tiraba de una cuerda, y se abría la puerta de peatones. Si el sepulturero no llevaba su tarjeta, decía su nombre, y el guarda, que solía haberse acostado y dormido, se levantaba, le examinaba, y abría la puerta con la llave. El sepulturero salía, pero pagaba quince francos de multa.
Aquel cementerio, que con sus privilegios especiales rompía la simetría administrativa, fué suprimido poco después de 1830. El cementerio de Mont-Parnasse, llamado del Este, le sucedió, y heredó la famosa taberna medianera con el cementerio de Vaugirard, que tenía una muestra con un membrillo pintado, y formaba ángulo por un lado hacia las mesas de los bebedores, y por otro hacia las sepulturas, con esta inscripción: _Al Buen Membrillo_.
El cementerio de Vaugirard era lo que podía llamarse un cementerio en decadencia. Había caído en desuso. Le invadía la yerba, y le abandonaban las flores; los burgueses gustaban poco de que les enterrasen en Vaugirard; olía á pobre. El cementerio del Padre Lachaise ¡ya era otra cosa! Ser enterrado en él, era como tener muebles de caoba. En esto se conocía la elegancia. El cementerio de Vaugirard era un cercado venerable, plantado como los antiguos jardines franceses, con calles rectas, bojes, tuyas, acebos, sepulcros á la sombra de algunos tejos, y la yerba muy crecida. La noche era allí imponente. Presentaba líneas verdaderamente lúgubres.
Aún no se había puesto el sol, cuando el carro fúnebre del paño blanco con la cruz negra entró en la alameda del cementerio de Vaugirard. El cojo que le seguía era Fauchelevent.
El entierro de la madre Crucifixión en la bóveda debajo del altar, la salida de Cosette, la entrada de Juan Valjean en la sala de los muertos, todo se había llevado á cabo sin el menor obstáculo; nada había salido mal.
Digamos, como de pasada, que la inhumación de la madre Crucifixión debajo del altar es para nosotros una falta perfectamente venial. Es una de esas culpas que se parecen á un deber. Las religiosas lo habían hecho, no solamente sin turbación, sino con aplauso de su propia conciencia. En el claustro, lo que se llama «el gobierno» no es más que una intrusión en la autoridad, intrusión siempre discutible. Lo importante es la regla; en cuanto al Código, ya se verá. Hombres, haced cuantas leyes queráis; pero guardadlas para vosotros. El tributo que se paga al César, no es nunca más que el resto del tributo que se paga á Dios. Un príncipe no significa nada ante un principio.
Fauchelevent andaba renqueando muy satisfecho detrás del carro.
Sus dos conspiraciones juntas, una con las religiosas y otra con el señor Magdalena; una en pro del convento y contra el convento la otra, habían sido afortunadas por igual. La serenidad de Juan Valjean era una de esas tranquilidades potentes que se comunican.
Fauchelevent no dudaba del éxito. Lo que faltaba hacer ya no tenía la menor importancia. En dos años había emborrachado ya diez veces al sepulturero, al excelente tío Mestienne, que era un hombre tan bueno como mofletudo. Hacía de él lo que se le antojaba. Le encasquetaba el gorro á medida de su gusto; y la cabeza de Mestienne se ajuntaba perfectamente á la de Fauchelevent. Su confianza era, por lo tanto, completa.
Cuando el cortejo fúnebre entró en el camino que conducía directamente al cementerio, Fauchelevent, lleno de satisfacción, miró al carro, y dijo á media voz frotándose sus grandes manos:
--¡Vaya una farsa!
Paróse súbitamente el carro: había llegado á la verja. Como era preciso enseñar la licencia para el entierro, el encargado de las pompas fúnebres se adelantó y habló un momento con el portero. Durante este coloquio, que produjo una detención de dos ó tres minutos, apareció un desconocido y fué á colocarse detrás del carro, al lado de Fauchelevent: parecía un trabajador; llevaba una blusa con grandes bolsillos, y un azadón al brazo.
Fauchelevent miró á ese desconocido.
--¿Quién sois?--le preguntó.
El hombre le respondió:
--El sepulturero.
Si á Fauchelevent le hubiese cogido de lleno una bala de cañón, no hubiera hecho un movimiento más expresivo.
--¡El sepulturero!
--Sí.
--¡Vos!
--Yo.
--El sepulturero es el tío Mestienne.
--Ha sido.
--¿Cómo... ha sido!
--Porque ha muerto.
Fauchelevent lo había previsto todo, menos que pudiera morirse un enterrador.
Y sin embargo es cierto; también se mueren los enterradores: á fuerza de cavar fosas ajenas, van abriendo la propia.
Fauchelevent se quedó con la boca abierta. Apenas tuvo aliento para tartamudear:
--¡Pero esto no es posible!
--Pues lo es.
--Pero,--repitió todavía débilmente,--el enterrador es el tío Mestienne.
--Después de Napoleón vino Luis XVIII; después de Mestienne vino Gribier. Compadre, yo me llamo Gribier.
Fauchelevent palideció por completo y empezó á examinar á Gribier.
Era éste un hombre alto, flaco, lívido, enteramente fúnebre. Parecía un médico desacreditado convertido en enterrador.
Fauchelevent se echó á reir.
--¡Ah! ¡Qué cosas suceden en este pícaro mundo! ¡Murió el tío Mestienne! ¡Pues viva el tío Lenoir! ¿Sabéis quién es el tío Lenoir? Es la bota del tinto de á doce; es la bota de Surenne; ¡caramba! el verdadero Surenne de París. ¡Ah! ¡Murió el pobre Mestienne! Lo siento; era un buen bebedor; pero vos también lo sois. ¿No es verdad, camarada? Iremos juntos á probar unas copas, enseguida.
El hombre respondió:
--He estudiado; he estudiado hasta el cuarto año, y no bebo nunca.
El carro fúnebre se había vuelto á poner en marcha, y seguía por la calle principal del cementerio.
Fauchelevent había acortado el paso; cojeaba más de ansiedad que de necesidad.
El enterrador iba delante.
Fauchelevent examinó de nuevo al inesperado compañero Gribier.
Era uno de esos hombres que, siendo jóvenes, parecen viejos, y que, siendo flacos, son muy fuertes.
--¡Camarada!--gritó Fauchelevent.
El hombre se volvió.
--Soy el sepulturero del convento.
--Mi colega,--dijo el hombre.
Fauchelevent, sin letras, pero muy agudo, conoció que tenía que habérselas con un hombre temible, con un buen hablista. Entonces murmuró:
--¿Conque murió el tío Mestienne?
El hombre contestó:
--Completamente. Dios consultó su cuaderno de vencimientos y como le hubiese llegado el turno al tío Mestienne, tuvo el tío Mestienne que morir.
Fauchelevent repitió maquinalmente:
--Conque Dios...
--Dios,---dijo el enterrador con autoridad.--Dios, que es para los filósofos el Padre eterno, y para los jacobinos el Ser Supremo.
--¿Y no nos entenderemos?--balbuceó Fauchelevent.
--Desde luego. Vos sois provinciano y yo parisién.
--No puede haber inteligencia hasta no haber bebido en compañía. El que vacía su vaso vacía su corazón. Veníos á beber conmigo. Á esto nadie se niega entre gentes de buena voluntad.
--Primero es el deber.
--Estoy perdido,--pensó para sí Fauchelevent.
Sólo faltaban ya algunas pasos para llegar á la senda que conducía al apartado de las monjas.
El sepulturero añadió:
--Camarada, tengo que dar pan á siete bocas, y como es menester que coman, no puedo yo beber.
Y prosiguiendo con la satisfacción del hombre serio que formula una máxima:
--Su hambre es enemiga de mi sed,--dijo.
El carro dió la vuelta á un grupo de cipreses, dejó la calle principal, atravesó otra más estrecha, entró en el terreno inculto y luego en la maleza. Esto indicaba la proximidad inmediata de la sepultura. Fauchelevent acortó aún más el paso pero no podía acortar el del carro. Afortunadamente la tierra, removida y mojada por las lluvias de invierno, se pegaba á las ruedas y entorpecía la marcha.
Fauchelevent se aproximó al enterrador.
--¡Hay un vinillo tan bueno de Argenteuil!--murmuró á su oído.
--Rústico,--respondió el hombre,--yo no debía ser enterrador. Mi padre era portero en el Pritaneo. Me dedicaba á la literatura; pero llovieron sobre él muchas desgracias; tuvo pérdidas en la Bolsa, y yo he tenido que renunciar á ser autor. Sin embargo, todavía soy escritor público.
--¿Luego no sois enterrador?--prorrumpió Fauchelevent, agarrándose á esta rama, demasiado débil en verdad.
--Lo uno no impide lo otro.
Fauchelevent no entendió esta frase.
--Vamos á beber,--dijo.
Aquí es indispensable una observación.
Fauchelevent, por más inquieto que estuviese, convidaba á beber; pero no se había fijado en un punto: ¿Quién había de pagar? Casi siempre convidaba él, pero pagaba el tío Mestienne. Su convite de entonces era evidentemente un resultado de la nueva situación creada por el nuevo enterrador, le era necesario el convite; pero el viejo jardinero dejaba en la sombra, no sin intención, el proverbial cuarto de hora de san Martín. Fauchelevent, á pesar de su emoción, no se acordaba de pagar.
El enterrador contestó con una sonrisa de superioridad:
--Es indispensable comer. He aceptado el cargo de sucesor del tío Mestienne. Cuando uno ha concluido casi sus estudios, es filósofo. Al trabajo de la mano he añadido el del brazo, y tengo mi biombo de memorialista en la calle de Sêvres. ¿Sabéis? El mercado de los paraguas. Todas las cocineras de la Cruz Roja vienen á mí; y yo les compongo sus declaraciones á los novios. Por la mañana escribo cartas amorosas, y por la tarde abro hoyos de muerto. Ésta es la vida, compadre.
El carro avanzaba. Fauchelevent, en el colmo de la inquietud, miraba á todas partes; gruesas gotas de sudor caían de su frente.
--Pero,--continuó el enterrador,--no se puede servir á dos señores; y tengo que elegir entre la pluma y el azadón. El azadón me estropea las manos.
El carro fúnebre se detuvo.
El monaguillo bajó del coche enlutado, luego el cura.
Una de las ruedas delanteras del carro subía un poco sobre un montón de tierra, detrás del cual se veía una fosa abierta.
--¡Vaya una farsa!--repitió consternado Fauchelevent.
VI =Entre cuatro tablas=
¿Quién estaba en el ataúd? ya lo sabíamos, Juan Valjean.
Juan Valjean que se las había arreglado para vivir allí dentro, y apenas podía respirar.
Es ciertamente extraño calcular hasta qué punto nos da seguridad en todo la seguridad de la conciencia. La combinación ideada por Juan Valjean iba adelante, y marchaba perfectamente desde la víspera. Contaba él, como Fauchelevent, con el tío Mestienne, y no le cabía la menor duda acerca del final. No puede darse situación más crítica ni calma más completa.
De las cuatro tablas del ataúd se desprendía cierta horrible paz. La tranquilidad de Juan Valjean tenía mucho del reposo de la muerte.
Desde el fondo del ataúd había podido seguir, y seguía, todas las fases del terrible drama que estaba representando con la muerte.
Poco después de haber clavado Fauchelevent la tapa del ataúd, sintió Juan Valjean que le llevaban y luego que rodaba. Conoció también, por la suavidad del movimiento, que pasaba del empedrado á la arena, es decir, que salía de las calles y entraba en el paseo. Al oir un ruido sordo adivinó que atravesaba el puente de Austerlitz. Por la primera parada comprendió que entraba en el cementerio. Á la segunda se dijo: aquí está la fosa.
Sintió que cogían bruscamente la caja, y oyó un áspero rozamiento en las tablas; conoció que ataban una cuerda al ataúd para bajarle al hoyo.
Después tuvo una especie de vértigo.
Probablemente los sepultureros y el enterrador habían hecho oscilar el ataúd, y había bajado la cabeza antes que los pies. Volvió pronto en su acuerdo, y vió que estaba horizontal é inmóvil. Había llegado al fondo del hoyo. Sintió una especie de frío.
Oyó resonar sobre él una voz glacial y solemne y oyó como pasaban, tan claramente que podían distinguirlas una tras otra, palabras latinas que no comprendía:
--_Qui dormiunt in terræ pulvere, evigilabunt; alii in vitam æternam, et alii in opprobrium, ut videant semper._
Una voz infantil contestó:
--_De profundis._
La voz grave volvió á oirse diciendo:
--_Requiem æternam dona ei Domine._
La voz infantil respondió:
--_Et lux perpetua luceat ei._
Sintió sobre la tapa del ataúd algo como el débil choque de algunas gotas de ligera lluvia. Era probablemente el agua bendita.
Entonces calculó: Ya esto se acaba. Tengamos todavía un poco de paciencia. Ahora se irá el cura; Fauchelevent se llevará á beber á Mestienne, y me dejarán. Después vendrá sólo Fauchelevent y yo saldré de aquí. Es cosa de una hora.
La voz grave repitió:
--_Requiescat in pace._
Y la voz de niño dijo:
--_Amén._
Juan Valjean, siempre atento al oído, sintió como un ruido de pasos que se alejaban.
--Ya se alejan,--pensó.--Estoy ya solo.
Pero de repente oyó sobre su cabeza un ruido que le pareció el del trueno que despide el rayo.
Era una paletada de tierra que caía sobre el ataúd.
Una segunda paletada de tierra sucedió á la primera.
Uno de los agujeros por donde respiraba quedó obstruido.
Cayó otra paletada. Después otra.
Hay cosas más fuertes que el hombre más fuerte. Juan Valjean perdió el conocimiento.
VII =Donde se verá el origen de la frase: no pierdas el billete=
He aquí lo que había pasado sobre el ataúd en que estaba encerrado Juan Valjean.
Cuando el carro se hubo alejado, y el capellán y el monaguillo subieron en el coche y partieron también, Fauchelevent, que no apartaba los ojos del enterrador, le vió inclinarse y coger la pala, que estaba clavada en el montón de tierra.
Entonces Fauchelevent tomó una resolución suprema.
Colocóse entre la fosa y el enterrador, cruzó los brazos, y exclamó:
--¡Yo soy quien paga!
Y el enterrador le miró asombrado, y respondió:
--¿El qué?
Fauchelevent repitió:
--¡Yo pago!
--¿El qué?
--El vino.
--¿Qué vino?
--El de Argenteuil.
--¿Dónde está ese Argenteuil?
--En el _Buen Membrillo_.
--¡Vete al diablo!--dijo el sepulturero.
Y arrojó una paletada de tierra sobre el ataúd: la caja despidió un sonido ronco.
Fauchelevent se sintió vacilar á punto de caer á la fosa, y gritó con una voz en que tenía algo de la opresión de la agonía:
--Camarada, ¡antes de que cierren el _Buen Membrillo_!
El enterrador llenó nuevamente su pala.
Fauchelevent continuó:
--¡Yo pago!
Y asió del brazo al sepulturero.
--Oídme, camarada,--le dijo;--soy el sepulturero del convento, y vengo para ayudaros. Esta faena podemos hacerla de noche. Empecemos por beber un trago.
Y así diciendo y aferrándose á su desesperada insistencia, hacíase esta reflexión lúgubre:
--¡Y aún cuando beba! ¿Se emborrachará?
--Provinciano,--dijo el enterrador,--ya que absolutamente lo queréis, consiento. Beberemos, pero después del trabajo; antes, de ningún modo.
Y empujó su pala. Fauchelevent le detuvo.
--¡Argenteuil de á seis!
--¡Ah! ¡ya!--dijo el enterrador.--Sois campanero. Din, don, din don; no sabéis decir otra cosa. Id pues á repicar.
Y arrojó á la fosa la segunda paletada.
Fauchelevent llegó al extremo en que ya no sabe el hombre lo que se dice:
--¿Venís ó no venís á beber?--gritó;--pues que soy yo quien paga.
--En cuanto hayamos enterrado á la chica,--dijo el sepulturero.
Y echó la tercera paletada.
Después, clavando la pala en tierra, añadió:
--Advertid que va á hacer frío esta noche, y la muerta se vendría gritando tras nosotros que la dejamos sin ropa.
En este momento, mientras llenaba la pala, se encorvaba, apareciendo entreabierto el bolsillo de la blusa.
La mirada vaga de Fauchelevent cayó maquinalmente sobre este bolsillo, y se detuvo.
El sol no se había ocultado todavía en el horizonte; había luz bastante para que pudiese distinguirse una cosa blanca en el fondo de aquel bolsillo abierto.
La pupila de Fauchelevent despidió todo el fuego que pueden despedir los ojos de un aldeano picardo. Acababa de ocurrirle una idea.
Sin que el sepulturero, ocupado solamente en llenar la pala, lo advirtiera, Fauchelevent le metió por detrás la mano en el bolsillo, sacando la cosa blanca que estaba en el fondo.
El enterrador arrojó en la fosa la cuarta paletada.
En el instante en que se volvía para coger la quinta, Fauchelevent le miró con cierta profunda calma diciéndole:
--Á propósito, novel sepulturero, ¿tenéis vuestra credencial?
El enterrador se detuvo.
--¿Qué?
--Que va á ponerse el sol.
--¿Y qué? Se pondrá su gorro de dormir.
--Que se va á cerrar la verja del cementerio.
--¿Y qué?
--¿Tenéis la tarjeta?
--¡Ah! ¡Mi tarjeta!--dijo el enterrador.
Y buscó en sus bolsillos.
Después de registrar el primero registró el segundo; luego pasó á los dos del chaleco, uno después de otro.
--No,--dijo;--no tengo la tarjeta. La habré olvidado.
--Tres duros de multa,--dijo Fauchelevent.
El sepulturero se puso verde. El verde es la palidez de los rostros lívidos.
--Ay, Jesús-Dios-mío-la-pata-coja-hasta-la-luna!--exclamó.--¡Quince francos de multa!
--Tres piezas de cien sueldos,--dijo Fauchelevent.
El enterrador dejó caer la pala.
Habíale llegado su turno á Fauchelevent.
--¡Ah novato!--dijo Fauchelevent.--No hay que desesperarse; no es cosa de suicidarse, ni de aprovechar este hoyo. Quince francos son quince francos, y todavía podéis no pagarlos. Vos sois nuevo en esto; yo soy viejo y conozco todos los trastrueques. Voy á daros un consejo de amigo. Sobre todo hay una cosa cierta, y es que el sol se pone, que toca ya en la cúpula de los Inválidos, y que el cementerio va á cerrarse dentro de cinco minutos.
--Es verdad,--dijo el enterrador.
--En cinco minutos no tenéis tiempo para llenar la fosa, que es profunda como un diablo, y llegar á tiempo antes de que cierren la verja.
--Es verdad.
--En ese caso, pagaréis quince francos de multa.
--¡Quince francos!
--Pero os queda tiempo para... ¿Dónde vivís?
--Á dos pasos del portillo, á un cuarto de hora de aquí; en la calle de Vaugirard, número 87.
--Pero no os faltará tiempo, echándoos las zancas á cuestas, para salir inmediatamente.
--Es verdad.
--Una vez fuera de la verja, galopáis hasta vuestra casa, cogéis la tarjeta, volvéis, y el guarda os abre; llevando tarjeta no se paga multa. Así enterraréis vuestro muerto. En el entretanto yo me quedo guardándole para que no se escape.
--Os debo la vida, provinciano.
--Largaos presto,--dijo Fauchelevent.
El sepulturero, conmovido por el agradecimiento, le apretó la mano y partió corriendo.
En cuanto hubo desaparecido en la maleza, Fauchelevent escuchó sus pasos hasta que se perdió el ruido; después se inclinó sobre la fosa, y dijo en voz baja:
--¡Señor Magdalena!
Nadie respondió.
Fauchelevent sintió un temblor. Se dejó caer en la fosa más bien que bajó, echándose sobre el ataúd, y gritó:
--¿Estáis ahí?
Continuó el silencio en el ataúd.
Fauchelevent, sin respirar apenas á fuerza de temblar, sacó el escoplo y el martillo, é hizo saltar la tapa de la caja. El rostro de Juan Valjean apareció á la luz del crepúsculo pálido y cerrados los ojos.
Los cabellos de Fauchelevent se erizaron; levantóse de súbito, y apoyándose de espaldas en la pared de la fosa, para no caer sobre el ataúd. Miraba á Juan Valjean.
Juan Valjean yacía descolorido é inmóvil.
Fauchelevent murmuró en voz baja como suspirando:
--¡Está muerto!
É irguiéndose cuanto pudo, cruzó los brazos tan violentamente, que se golpeó la espalda con ambos puños, y exclamó:
[Ilustración: =--Ya me dormía,--dijo Juan Valjean. Y se incorporó quedándose sentado=]
--¡Éste ha sido mi modo de salvarle!
Entonces el buen hombre empezó á sollozar y á hablar consigo mismo. Es un error creer que el monólogo no existe en la naturaleza. Las grandes emociones hablan en voz alta frecuentemente.
--La culpa es del tío Mestienne. ¿Porqué se había de morir ese imbécil? ¿Qué necesidad tenía de morirse haciendo falta? Él es quien ha ha muerto al señor Magdalena. ¡Señor Magdalena! Está en el ataúd, y en el cementerio. Todo ha terminado. ¡Ah! ¿Es esto tener sentido común? ¡Ay! ¡Dios mío! ¡Está muerto! ¿Y qué voy á hacer yo ahora de la niña? ¿Qué va á decir la frutera?
¿Pero es posible, Dios mío, que un hombre como éste muera así? ¡Cuando recuerdo cómo se metió debajo de mi carreta! ¡Señor Magdalena! ¡Señor Magdalena! ¡Pardiez! Se ha asfixiado; ya se lo dije yo, pero no quiso creerme. ¡Vaya una linda picardía! ¡Ha muerto este buen hombre, el mejor hombre que había entre los buenos de Dios! ¡Y su niña! ¡Ay! ¡No vuelvo yo ahora allá abajo! Me quedo aquí. ¡Haber hecho una cosa como la que hemos hecho! ¡Valía la pena de llegar á viejos para ser locos! Pero ¿cómo se las arregló para entrar en el convento? Por aquí empezó. Hay cosas que no deben hacerse. ¡Señor Magdalena! ¡Señor Magdalena! ¡Tío Magdalena! ¡Magdalena! ¡Señor Alcalde! No me oye. ¡Qué voy á hacer ahora!
Y se arrancaba los cabellos.
Oyóse entonces á lo lejos por entre los árboles, un agudo chirrido. Era la verja del cementerio que se cerraba.
Fauchelevent se inclinó sobre Juan Valjean, retrocediendo bruscamente todo lo que se puede retroceder en una sepultura. Juan Valjean, con los ojos abiertos le estaba mirando.
Ver una muerte es una cosa horrible; pero ver una resurrección no lo es menos. Fauchelevent se quedó petrificado, pálido, confuso, trastornado por el exceso de emociones, é ignorando si tenía que habérselas con un muerto ó con un vivo, mirando como le miraba Juan Valjean.
--Ya me dormía,--dijo Juan Valjean.
Y se incorporó quedándose sentado.
Fauchelevent cayó de rodillas.
--¡Virgen Santa!--exclamó.--¡Me habéis dado un susto!
Después se levantó diciendo:
--¡Gracias, señor Magdalena!
Juan Valjean no estaba más que desvanecido. El aire libre le había vuelto en sí.
La alegría es el reflejo del terror. Fauchelevent tuvo que hacer casi tanto como Juan Valjean para reponerse.
--¡Entonces no habéis muerto! ¡Oh, cuánto ánimo tenéis! Tanto os he llamado, que habéis despertado. Cuando os vi con los ojos cerrados dije: bien, se ha asfixiado. ¡Oh! Me hubiera vuelto loco, pero loco furioso, loco de atar; me hubieran llevado á Bicêtre. ¿Qué había yo de hacer si hubiérais muerto? ¡Y vuestra niña! ¡La frutera no habría comprendido nada! ¡Se deja la niña diciendo, el abuelo ha muerto! ¡Qué historia, santos cielos! ¡Ah! Pero vos vivís. Éste es el verdadero fin de fiesta.
--Siento frío,--dijo Juan Valjean.
Estas palabras recordaron á Fauchelevent la urgencia de la realidad. Aquellos dos hombres, aunque vueltos en sí, tenían, sin saber por qué, turbado el espíritu; sentían algo extraño, que era la impresión natural y siniestra del lugar.
--Salgamos pronto de aquí,--dijo Fauchelevent.
Buscó en su faltriquera y sacó una calabacita de que venía provisto.
--Antes de todo un trago,--dijo.
La calabaza terminó lo que el aire había comenzado. Juan Valjean bebió un sorbo de aguardiente, recobrando la plena posesión de sí mismo.
Salió del ataúd, y ayudó al jardinero á clavar la tapa.
Tres minutos después había salido de la fosa.
Por lo demás, Fauchelevent estaba ya tranquilo. Tomóse pues el tiempo necesario. El cementerio estaba cerrado, y no era de temer la llegada del sepulturero Gribier. El «bisoño» estaría en su casa buscando la tarjeta, sin encontrarla, puesto que la tenía Fauchelevent en el bolsillo. Y sin la tarjeta no podía entrar en el cementerio.
Fauchelevent tomó la pala y Juan Valjean el azadón, y ambos enterraron el ataúd vacío.
Cuando la fosa estuvo llena, dijo Fauchelevent á Juan Valjean:
--Vámonos. Yo llevo la pala, llevad el azadón.
Cerraba ya la noche.
Juan Valjean encontró alguna dificultad para moverse y para andar; en el ataúd había tomado algo de la rigidez de los cadáveres. La anquilosis de la muerte le había cogido entre cuatro tablas; y le fué necesario, por así decirlo, sacudir el hielo del sepulcro.
--Estáis yerto,--dijo Fauchelevent;--lástima que sea yo patizambo; moveríamos un poco los talones.
--¡Bah!--dijo Juan Valjean.--Cuatro pasos me bastan para dar fuerza á las piernas.
Fuéronse por el mismo camino que había seguido el carro fúnebre. Cuando llegaron á la verja, cerrada ya, y al pabellón del portero, Fauchelevent, que llevaba en la mano la tarjeta del enterrador, la echó en la caja, el guarda tiró de la cuerda, se abrió la puerta y salieron los dos.
--¡Qué bien sale todo!--dijo.--¡Habéis tenido una idea magnífica, señor Magdalena!
Atravesaron la barrera Vaugirard con la mayor facilidad del mundo. En las cercanías de un cementerio una pala y un azadón son dos pasaportes. La calle de Vaugirard estaba desierta.
--Señor Magdalena,--dijo Fauchelevent, sin dejar de andar y alzando la vista hacia las casas,--vos que tenéis mejor vista que yo, indicadme el número 87.
--Aquí está precisamente,--dijo Valjean.
--No hay nadie en la calle,--repuso Fauchelevent.--Dadme el azadón, y esperadme dos minutos.
Fauchelevent entró en el número 87. Subió al último piso, guiado por el instinto que lleva siempre al pobre hacia el tejado, y llamó en la obscuridad á la puerta de una buhardilla.
Respondióle una voz.
--Entrad.
Era la voz de Gribier.
Fauchelevent empujó la puerta. El cuarto del sepulturero era, como todas esas infelices viviendas, un desván desamueblado y lleno de trastos. Un cajón--un ataúd quizá--servía de cómoda; una orza de manteca hacía las veces de tinaja; un jergón de paja era la única cama; el suelo servía de silla y de mesa. En un rincón, sobre un harapo, que era un viejo pedazo de alfombra, estaba sentada una mujer flaca, formando un triste grupo con muchas criaturas. Toda aquella pobre vivienda daba indicios de un gran trastorno. Parecía que se había efectuado un temblor de tierra «para uno solo». Las tapas estaban levantadas, los harapos esparcidos, el cántaro roto, la madre había llorado, los hijos habían sido zurrados probablemente; huellas todas de un registro riguroso y obstinado. Conocíase que el sepulturero había buscado inútilmente su credencial, y hecho responsable de la pérdida á todo lo existente en la casa, desde el cántaro hasta su mujer. Gribier parecía desesperado.
Pero Fauchelevent tenía harta prisa de dar fin á la aventura para fijarse en este lado triste de su triunfo.
Entró, pues, y dijo:
--Os traigo vuestra pala y vuestro azadón.
Gribier le miró estupefacto.
--¿Sois vos, provinciano?
--Y mañana encontraréis vuestra tarjeta en la casilla del guarda del cementerio.
Y dejó en el suelo la pala y el azadón.
--¿Qué quiere decir esto?--preguntó Gribier.
--Quiere decir que habéis dejado caer la tarjeta del bolsillo; que la encontré en el suelo después que os marchasteis; que he enterrado al muerto y rellenado la fosa; que he hecho yo vuestra tarea; que el portero os dará vuestra credencial, y que no pagaréis los quince francos. Esto es lo que hay, recluta.
--¡Gracias, provinciano!--exclamó admirado Gribier.--Al primer enterramiento seré yo quien pague de beber.
VIII =Interrogatorio feliz=
Una hora después, ya cerrada la noche, dos hombres y una niña se presentaron en el número 62 de la calle Picpus. El más viejo de aquellos hombres levantó el picaporte y llamó.
Eran Fauchelevent, Juan Valjean y Cosette.
Los dos hombres habían ido á buscar á Cosette, en casa de la frutera de la calle del Chemin Vert, donde á la víspera la había dejado Fauchelevent. Cosette había pasado aquellas veinticuatro horas sin comprender nada, y temblando silenciosamente. Temblaba tanto, que no había llorado. No había comido ni dormido tampoco. La buena frutera le había hecho mil preguntas, sin conseguir otra respuesta que una mirada triste, siempre igual. Cosette no había dejado traslucir nada de lo que había oído y visto en los dos días últimos. Adivinaba que estaba atravesando una crisis, y conocía que era necesario ser «prudente». ¡Quién no ha experimentado el soberano poder de estas tres palabras pronunciadas con cierto tono al oído de una criatura aterrada: _¡No digas nada!_ El miedo es mudo. Además, ¿qué persona guarda los secretos como un niño?
Sólo después de aquellas veinticuatro horas había vuelto á ver á Juan Valjean y lanzado un grito de alegría; fué tal este grito, que el hombre menos suspicaz hubiera adivinado en aquel grito la salida de un abismo.
Fauchelevent era de la casa, y sabía las palabras de pase. Todas las puertas se abrieron.
Así se había resuelto el doble y difícil problema: de salir y entrar.
El portero, que tenía ya sus instrucciones, abrió la puertecita que ponía en comunicación el patio y el jardín, y que hace veinte años se veía aún desde la calle, en la pared del fondo del patio, enfrente de la puerta cochera.
El portero introdujo á los tres por aquella puerta, y desde allí pasaron al locutorio reservado donde el día anterior había recibido Fauchelevent las órdenes de la priora.
La priora, con su rosario en la mano, los estaba esperando. Á su lado, cubierta con el velo, estaba de pie una madre vocal.
Una discreta vela alumbraba, ó mejor, hacía que alumbraba el locutorio
La priora pasó revista á Juan Valjean. Nada escudriña tanto como unos ojos bajos.
Después le interrogó:
--¿Sois el hermano?
--Sí, reverenda madre,--respondió Fauchelevent.
--¿Cómo os llamáis?
Fauchelevent respondió:
--Último Fauchelevent.
Éste había tenido, en efecto, un hermano, llamado Último, que había muerto.
--¿De dónde sois?
Fauchelevent respondió:
--De Picquigny, cerca de Amiens.
--¿Qué edad tenéis?
--Cincuenta años.
--¿Qué oficio es el vuestro?
Fauchelevent respondió:
--Jardinero.
--¿Sois buen cristiano?
Fauchelevent respondió:
--Todos los somos en nuestra familia.
--¿Es vuestra esta niña?
Fauchelevent respondió:
--Sí, reverenda madre.
--¿Sois su padre?
Fauchelevent respondió:
--Su abuelo.
La madre vocal dijo á la priora á media voz:
--Responde bien.
Juan Valjean no había pronunciado una palabra.
La priora fijóse en Cosette atentamente y dijo á media voz á la madre vocal:
--Será fea.
Las dos madres hablaron algunos minutos en voz baja en el rincón del locutorio, y después volvióse la priora y dijo:
--Tío Fauvent, procuraos otra rodillera con cascabel. Ahora se necesitan dos.
En efecto, al día siguiente se oían dos cascabeles en el jardín, y las religiosas no podían resistirse al deseo de levantar una punta del velo. Viendo así en el fondo del jardín, y bajo de los árboles, á dos hombres que cavaban juntos Fauvent y otro. Raro acontecimiento. Rompióse el silencio, llegando á decirse: es un ayudante del jardinero.
Es un hermano del tío Fauvent, añadían las madres vocales.
Juan Valjean estaba ya instalado formalmente; tenía su rodillera de cuero y su cascabel; era ya oficial su cargo y su nombre de Último Fauchelevent. La principal causa de su admisión había sido esta observación de la priora refiriéndose á Cosette: _Será fea_.
Pronunciado este pronóstico, la priora se hizo amiga de Cosette, admitiéndola en el colegio como educanda de caridad.
Es todo ello altamente lógico.
Por más que no haya espejos en el convento, las mujeres tienen la conciencia de su fisonomía; y las jóvenes que se creen bonitas no se dejan convencer fácilmente para monjas. La vocación voluntaria está en razón inversa de la belleza, y por esto se espera más de las feas que de las hermosas. De ahí la gran afición á las fealdades.
Toda aquella aventura enalteció al buen viejo Fauchelevent, por haber conseguido un triple triunfo: cerca de Juan Valjean, á quien salvó y dió un asilo; cerca del sepulturero Gribier, que se decía: me ha librado de pagar la multa; cerca del convento, que, gracias á él, conservando el cuerpo de la madre Crucifixión, había podido eludir al César satisfaciendo á Dios. Hubo un ataúd con cadáver en el Pequeño-Picpus, y un ataúd sin cadáver en el cementerio de Vaugirard; el orden público se turbó indudablemente con ello, pero nadie lo advirtió.
En cuanto al convento, su gratitud para con Fauchelevent fué grandísima. Hasta el punto de ser el mejor de los criados y el mejor de los jardineros. En la primera visita del arzobispo, la priora contó lo acaecido á su Ilustrísima, como confesándose y envaneciéndose un poco. El arzobispo, al salir del convento, habló de ello con elogio y en secreto al señor de Latín, confesor del hermano del rey, que fué después arzobispo de Reims y cardenal. La fama de Fauchelevent corrió tierras y tierras hasta llegar á Roma. Hemos visto una carta dirigida por el papa reinante entonces, León XII, á uno de sus parientes de la nunciatura de París, llamado como él Della-Genga, en la cual se lee lo siguiente: «Parece que hay en un convento de París un excelente jardinero, que es un santo varón llamado Fauvent». Pero ninguna noticia de este triunfo llegó á la barraca de Fauchelevent, quien siguió injertando, escardando y cubriendo sus melones, sin tener la menor idea de su excelencia ni de su santidad. No tuvo jamás su gloria otra noticia que la que alcanzó el buey de Durham ó de Surrey, cuyo retrato se publicó en el _Illustrated London News_ con esta inscripción: _Buey que ha ganado el premio en la exposición de animales de cuernos_.
IX =Clausura=
Cosette en el convento continuó guardando silencio.
Cosette se creía sencillamente hija de Juan Valjean; y como por otra parte nada sabía, nada podía decir, y aún en este caso nada hubiera dicho. Hemos ya indicado que nada enseña el silencio á los niños como la desgracia; y Cosette había padecido tanto, que todo lo temía, hasta su voz y su respiración. ¡Cuántas veces una palabra sola había precipitado sobre ella una tormenta! Apenas había principiado á tranquilizarse desde que estaba con Juan Valjean. Acostumbróse luego á la vida del convento. Solamente echaba de menos á su Catalina, pero no se atrevía á decirlo. No obstante díjole un día á Juan Valjean:
--Padre, si lo hubiera sabido, la habría traído conmigo.
Cosette, al entrar de educanda, tuvo que vestir el uniforme de las colegialas de la casa. Juan Valjean consiguió que le volviesen los vestidos que dejó, es decir, el mismo traje de luto con que la vistió al dejar la taberna Thénardier que no estaba aún muy usado; guardóse Juan Valjean el vestido, las medias de lana y los zapatos, con mucho alcanfor y otros varios aromas, de los que abundan en los conventos, en un baulito que pudo procurarse; colocó el baulito sobre una silla al lado de su cama llevando siempre la llave consigo. Padre,--le preguntó un día Cosette,--¿qué tiene esta caja que huele tan bien?
El tío Fauchelevent, además de la gloria que acabamos de decir, y que él ignoró, fué recompensado por su buena acción. Por de pronto tuvo la satisfacción de su conciencia, y bastante menos trabajo dividiéndole. Y luego que como le gustaba mucho el polvo de tabaco, estando al lado del señor Magdalena tomaba triple cantidad que antes, y saboreándolo mucho más, porque pagaba el señor Magdalena. Las monjas no adoptaron el nombre de Último, y llamaron á Juan Valjean el _otro Fauvent_.
Si aquellas santas mujeres hubieran tenido algo de la perspicacia de Javert, habrían acabado por fijarse en que, cuando había necesidad de salir fuera para las necesidades del jardín, era siempre Fauchelevent el mayor, el viejo, el delicado, el patizambo, y nunca el otro; pero ya fuése porque los ojos siempre fijos en Dios no saben espiar, ó porque estuviesen ocupadas en espiarse unas á otras, lo cierto es que no llamó aquello su atención. Por lo demás, Juan Valjean hizo perfectamente en estarse quieto y no moverse, porque Javert vigiló el barrio por espacio de mucho más de un mes.
Aquel convento venía á ser para Juan Valjean como una isla rodeada de abismos; aquellas cuatro paredes encerraban el mundo para él. Veía el cielo suficiente para estar tranquilo, y á hacer á Cosette bastante feliz. Empezó, pues, para él una vida agradable.
Habitaba con el tío Fauchelevent la barraca del jardín. Aquella casucha hecha de cascote viejo que existía aún en 1845, y se componía, como hemos dicho, de tres piezas completamente desnudas, con sólo las paredes. La principal había sido cedida quieras que no, al señor [Ilustración] Magdalena, por más que Juan Valjean se opusiese á ello, por el tío Fauchelevent. La pared de este cuarto, además del clavo destinado á colgar la rodillera y el cesto, estaba adornada con un papel moneda realista de 1793, pegado á la pared sobre la chimenea, cuyo exacto facsímile reproducimos[12]:
Este asignado vendeano había sido pegado allí por el jardinero precedente, antiguo chuan que murió en el convento, y á quien reemplazó Fauchelevent.
Juan Valjean trabajaba diariamente en el jardín, y era utilísimo. Había sido, como ya sabemos, podador, y no era extraño á la jardinería.
Recuérdese además que conocía todo género de recetas y de secretos del cultivo, de lo que sacó mucho partido. Casi todos los árboles del jardín eran silvestres; él los injertó y les hizo producir excelentes frutas.
Cosette tenía permiso de pasar todos los días una hora á su lado.
Como las hermanas estaban siempre tristes, y Juan Valjean era tan bondadoso, la niña comparaba y le adoraba. Á la hora prefijada corría á la barraca. Cuando entraba en la pequeña choza la llenaba con su presencia de alegría.
Juan Valjean se explayaba y sentía aumentar su dicha con la de Cosette. La alegría que inspiramos tiene el doble encanto de que lejos de debilitarse como todo reflejo, vuelve á nosotros más radiante. Durante las horas de recreo, miraba desde lejos Juan Valjean cómo Cosette jugaba y reía, distinguiendo su risa de entre las risas de los demás.
Porque entonces Cosette ya reía.
El semblante de Cosette había cambiado en cierto modo, puesto que había desaparecido la parte sombría. El reir es el sol de invierno; disipa las nubes del rostro humano.
Terminadas las horas de recreo, cuando se volvía Cosette al convento, Juan Valjean miraba á las ventanas de la clase; y por la noche se levantaba para mirar las ventanas del dormitorio.
Dios tiene sus senderos. El convento contribuyó, al par de Cosette, á mantener y completar, en Juan Valjean la obra del obispo. Es cierto que la virtud llega por una parte hasta el orgullo, del que está separado solamente por un puentecillo hecho por el diablo. Juan Valjean no estaba quizá lejos de esta parte y de este puente, cuando la Providencia le llevó al pequeño Picpus. Mientras no se había comparado sino con el obispo, se había creído indigno y sido humilde; pero desde que hacía algún tiempo se comparaba con los hombres, principiaba á nacer en él el orgullo. ¿Quién sabe si tal vez, y poco á poco, habría concluido por volver al odio?
El convento le detuvo en aquella pendiente.
Era aquel el segundo lugar de cautiverio que veía. En su juventud, en lo que había sido para él el principio de la vida, y después, recientemente aún, había visto otro lugar horroroso, terrible, cuyos rigores había considerado como la iniquidad de la justicia, y el crimen de la ley. Á la sazón, después del presidio, veía el claustro, y pensando en que había estado en el presidio, y que era espectador del claustro, los comparaba con ansiedad en su imaginación.
Algunas veces, apoyándose en la pala, descendía lentamente por las espirales sin fin de meditación.
Recordaba á sus antiguos compañeros, y cuánta era su miseria, quienes se levantaban al amanecer y trabajaban hasta la noche; que apenas les dejaban dormir; se acostaban en camas de campaña, y sólo se les toleraba un colchón de dos pulgadas de grueso, en salas que no tenían lumbre sino en los meses más crudos del año; vestían una horrible chaqueta roja, y se les permitía usar, por gracia, un pantalón de tela en los grandes calores, y una manta de lana en los fríos excesivos; no bebían vino ni comían carne sino cuando trabajaban de «fatiga». Vivían sin nombre, designados solamente por números, y estaban casi convertidos en cifras, bajos los ojos, baja la voz, el pelo cortado, sumisos á la vara en la vergüenza.
Después su espíritu se volvía hacia los seres que tenía á la vista.
Estos seres vivían igualmente con los cabellos cortados, los ojos bajos, la voz baja, no en la vergüenza, pero sí en medio del escarnio del mundo; no con la espalda acardenalada por el látigo, pero sí azotada por las disciplinas. También éstos habían perdido su nombre entre los hombres; eran conocidos solamente por austeros apelativos. No comían carne nunca ni bebían vino jamás, y frecuentemente estaban en ayunas hasta la noche. Vestían éstos, no una chaqueta roja, sino un sudario negro de lana, pesado en el verano, ligero en el invierno, y no podían quitársele ni añadirle nada; no tenían ni aun el recurso de la tela ó de la lana conforme á las estaciones; y llevaban seis meses del año camisas de burriel, que les producían calentura. Vivían, no en salas caldeadas únicamente los días de riguroso frío, sino en celdas en las que nunca se encendía lumbre; dormían, no en colchones de dos pulgadas de grueso, sino sobre paja. Finalmente, ni aun les era permitido dormir; todas las noches, después de un día de trabajo, era preciso despertar en el abatimiento del primer sueño; y cuando empezaban á dormir y á entrar apenas en calor, debían levantarse y rezar en una capilla helada y sombría, de rodillas sobre la piedra.
En días determinados cada uno de aquellos seres, por riguroso turno, permanecía doce horas seguidas arrodillado sobre el mármol, ó prosternado de cara al suelo y los brazos en cruz.
Los primeros eran hombres; éstos, mujeres.
¿Qué habían hecho aquellos hombres?
Habían robado, violado, saqueado, herido, matado, asesinado. Eran bandidos, falsarios, envenenadores, incendiarios, asesinos, parricidas.
¿Qué habían hecho estas mujeres?
Nada.
Por una parte, el bandolerismo, el fraude, el dolo, la violencia, la lubricidad, el homicidio, todas las manifestaciones del sacrilegio, todas las variedades del atentado; por la otra, una sola cosa: la inocencia.
La inocencia perfecta, casi elevada hasta una misteriosa asunción, unida á la tierra por la virtud, y al cielo por la santidad.
De un lado, confidencias de crímenes que se hacen en voz baja; del otro, la confesión de faltas hechas en alta voz.
¡Y qué crímenes! ¡Y qué faltas!
Por un lado miasmas, por el otro inefable perfume.
Por una parte, peste moral con guardas de vista, cercada por cañones, y devorando lentamente á sus apestados; por la otra un casto abrasamiento de todas las almas en el mismo foco. Allí, las tinieblas; aquí, la sombra; pero una sombra llena de luz, y una luz llena de fulgores.
Dos lugares de esclavitud; pero en el primero era posible la redención; tenía un límite legal siempre esperado, y además la evasión. En el segundo, solamente la perpetuidad; y por toda esperanza, al extremo lejano del porvenir, aquella luz de libertad á que los hombres llaman muerte.
En el primero no se está encadenado más que por cadenas; en el segundo por la fe.
¿Qué salía del primero? Una maldición inmensa, rechinamiento de dientes, el odio y la perversidad desesperado, un grito de rabia contra la sociedad humana, un sarcasmo al cielo.
¿Qué del segundo? Bendiciones y amor.
Y en aquellos dos lugares tan parecidos y tan diversos, estas dos clases de seres realizaban lo mismo: la expiación.
Juan Valjean comprendía perfectamente la expiación de los primeros, la expiación personal, la expiación por sí mismo. Pero no se explicaba la otra, la de aquellas criaturas sin reproche ni mancilla, y se preguntaba temblando: ¿Expiación de qué? ¿Qué expiación?
Y respondíale una voz en el fondo de su conciencia: la más divina de las generosidades humanas: la expiación ajena.
Aquí nos reservamos toda teoría personal; no somos más que narradores; nos colocamos en el mismo punto de vista que Juan Valjean, y traducimos sus impresiones.
Tenía él ante sus ojos el vértice sublime de la abnegación, la cumbre más elevada de la virtud, la inocencia que perdona las faltas de los hombres y las expía en su lugar; la servidumbre practicada, la tortura aceptada, el suplicio reclamado por las almas que no han pecado, para librar de él á las que han delinquido; el amor de la humanidad abismándose en el amor de Dios, pero continuando distinto y suplicante: débiles seres, que unen la miseria de los condenados á la sonrisa de los escogidos.
¡Y entonces recordaba que había osado quejarse!
Frecuentemente, á mitad de la noche, se levantaba para escuchar el canto de gracias de aquellas criaturas inocentes y abrumadas de rigores, y sentía frío en las venas al pensar que los que eran castigados con justicia no elevaban la voz hacia el cielo más que para blasfemar; y que él, miserable, había enseñado sus puños á Dios.
¡Cosa extravagante que le hacía meditar mucho, como una advertencia en voz baja hecha por la misma Providencia! Todos los esfuerzos que había hecho para salir del otro lugar de expiación, el escalamiento, la ruptura de prisiones, el peligro aceptado hasta la muerte, la ascensión difícil y brusca, los había tenido que hacer igualmente para entrar en este segundo lugar. ¿Era éste tal vez el símbolo de su destino?
Aquella casa era también una cárcel; y se parecía lúgubremente á la otra de que había huido; y sin embargo, nunca se le había ocurrido tal semejanza.
Veía allí rejas, cerrojos, barras de hierro. ¿Para qué? Para guardar ángeles.
Aquellas altas murallas que había visto cercando tigres, las estaba viendo cercando corderos.
Era un lugar de expiación y no de castigo; pero sin embargo era más austero, más tétrico y más inexorable que el otro. Aquellas vírgenes vivían más oprimidas que los presidiarios.
Un viento frío y rudo, el viento que había helado su juventud, atravesaba el foso enverjado y embarrotado de los buitres; una brisa más áspera y más dolorosa todavía soplaba en la jaula de las palomas.
¿Por qué?
Cuando pensaba en tales cosas, se abismaba su espíritu ante el misterio de la sublimidad.
En tales meditaciones el orgullo se desvanece.
Daba toda clase de vueltas sobre sí mismo, sintiendo su propia perversidad, y lloró muchas veces. Todo lo que había pasado por él hacía seis meses, le conducía nuevamente á las santas inducciones del obispo; Cosette por el amor, el convento por la humildad.
Algunas veces, á la caída de la tarde, en el crepúsculo, á la hora en que el jardín estaba desierto, se le veía de rodillas en medio del paseo que costeaba la capilla, junto á la ventana por donde había mirado la primera noche, de cara al sitio en que sabía estaba la hermana que hacía el desagravio orando prosternada. Rezaba arrodillado ante aquella religiosa.
Parecía que no osaba arrodillarse directamente delante de Dios.
Todo cuanto le rodeaba, aquel jardín pacífico, aquellas flores embalsamadas, aquellas niñas gritando de alegría, aquellas mujeres graves y sencillas, aquel claustro silencioso, le penetraban lentamente; y poco á poco su alma iba llenándose de silencio como el claustro, de perfume como las flores, de paz como el jardín, de ingenuidad como las monjas, y de alegría como las niñas. Después reflexionaba que precisamente dos casas de Dios le habían sucesivamente acogido en los momentos críticos de su vida; la primera, cuando todas las puertas se le cerraban y le rechazaba la sociedad humana; la segunda, cuando la sociedad humana volvía á perseguirle, y el presidio volvía á solicitarle. Sin la primera, hubiera vuelto á precipitarse en el crimen; sin la segunda, en el suplicio.
Su corazón se deshacía en agradecimiento, y amaba cada día más y más.
Se pasaron así bastantes años; Cosette fué creciendo.
NOTAS:
[12] Ejército Católico y Real.--En nombre del Rey.--Bono negociable de diez libras por objetos suministrados al ejército, reembolsable al hacerse la paz.--Serie 3.--N.º 10390.--Stofflet.
TERCERA PARTE MARIO